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Los objetivos
Algunos jardineros,
los tallos de la maleza asechan
con notorio frenesí.
Mientras que otros
el éxito constante logran,
arrancando de raíz.*
Suponga que se encuentra en una casa y de pronto advierte la escultura de un niño, de tamaño natural, con una expresión tan real que resalta el soberbio arte del escultor.
«¡Qué hermoso busto!» usted comenta.»¿Dónde lo obtuvo?» ¿Se imagina que le dieran una respuesta así?:
«Bueno, subía por las escaleras de un edificio con un trozo de mármol en mis brazos, cuando de pronto se me resbaló, rodando escaleras abajo. En cada escalón que golpeaba, saltaba un pedazo de mármol. Finalmente rodó hasta la calle justo en el momento en que pasaba un camión. Las pesadas ruedas le pasaron por arriba y al tomarlo de refilón, lo lanzaron hasta un parque que quedaba al otro lado de la calle, en donde quedó tirado por meses a la intemperie hasta que fue golpeado por una cortadora de césped. Cuando me enteré y fui a recogerlo, lo encontré con esta forma con que lo ve usted ahora.»
¡Absurdo! Una escultura requiere que se planee cuidadosamente y que se trabaje en ella atendiendo hasta el último de los detalles. El escultor debe saber dónde martillar, en qué lugar rebajar, cómo modelar hasta que finalmente logra la figura que concibió en su mente antes de siquiera comenzar.
En mucha de la enseñanza que se imparte tanto en el hogar como en la Iglesia, los maestros se limitan a enseñar. No están del todo seguros de lo que esperan lograr; no saben exactamente de dónde vienen ni planifican lo suficiente como para saber hacia dónde se dirigen. Son como el incidente de Alicia en el País de las Maravillas, cuando se acercó al Gato Risón.
Alicia: -¿Podrías indicarme en qué dirección debo ir desde acá?
Gato Risón: -Todo depende del lugar al que quieras llegar.
Alicia: -Eso no me importa, realmente.
Gato Risón: -Entonces tampoco importa en qué dirección vayas.
Alicia: -No, siempre que llegue a algún lugar.
Gato Risón: -Por cierto que llegarás a algún lugar, siempre que camines lo suficiente.
Al enseñar, estamos regidos por ese «algún lugar» al que deseamos llegar, por lo que debemos tener un plan. Dentro de ese plan debemos prestar mucha atención a los objetivos. Afortunadamente en la Iglesia se le brinda mucha dedicación a la preparación de los materiales para las lecciones que aparecen en los manuales. Los objetivos de cada una de ellas son cuidadosamente considerados, estando los planes debidamente organizados como para que, recibiendo la debida atención, uno pueda delinear ese plan de acción.
La reseña
Siempre he considerado de suma ayuda para el alumno el poder ofrecer una reseña de la totalidad del curso al comenzar el mismo. Si el joven cuenta con un bosquejo de lo que habrá de estudiar, el maestro podrá dedicarse a ir armando el rompecabezas y de ese modo es mucho más lo que se enseña.
Por ejemplo, al enseñar tocante a la historia de la Iglesia, hay una gran ventaja en dar lo que se puede llamar un «mini curso» durante los primeros días de clase. A modo de reseña, asistido por un mapa, el maestro puede referirse a la apostasía, a la restauración del evangelio, a la organización de la Iglesia, a (la movilización de ésta de un lugar a otro,) y en cuanto al establecimiento de los santos en el Valle del Lago Salado. Todo eso puede cubrirse en una reseña de la historia de la Iglesia.
Entonces el maestro puede comenzar nuevamente por el principio, aunque esta vez tomando la totalidad del tiempo del curso para irlo desarrollando. De ese modo los alumnos saben hacia dónde se dirigen y pueden ir acumulando información por adelantado, todo lo cual redundará en que la clase sea mucho más entretenida y se aprenda más. En pocas palabras, tanto el maestro como los alumnos tendrán un objetivo presente.
Existe la tendencia de parte de los oradores, y algunas veces de los maestros, a suponer que por resultar una idea clara para ellos, automáticamente es clara para la congregación o la clase. A menudo también se supone que el alumno está aprendiendo, que está colocando cada pieza del rompecabezas en su debido lugar, simplemente porque el maestro cuenta con un plan.
Permítales ver su plan
Si yo fuera un contratista encargado de la construcción de un edificio de oficinas o un centro comercial, me aseguraría de que todos los obreros que trabajaran en ese proyecto tuvieran acceso a una copia de los planos. Es posible que algunos de los planos y especificaciones más detallados no tuvieran mayor significado para nadie más que para los obreros especializados, pero igualmente querría que todos pudieran ver un bosquejo del edificio para así saber cómo se vería terminado y para comprender un poco mejor de qué manera encajaría su trabajo en el proyecto.
En el campo misional recuerdo haber entrevistado a un élder que había dedicado los primeros meses de su servicio misional en Canadá sentado en su apartamento haciendo contactos por teléfono. Tenía como compañero a un joven bastante haragán a quien no le gustaba salir al frío, actitud que casi terminó por arruinarle la misión. En esa entravista me comentó que él suponía que el contactar gente era, después de todo, la única finalidad del servicio misional.
Tras esa experiencia implantamos un programa que consistía en que cuando un misionero recibiera un compañero menor recién llegado a la misión, dedicaría una semana a porporcionarle una reseña de la verdadera finalidad de su servicio. Le expondría a todos los métodos comunes de proselitismo y le daría un curso resumido de lo que habría de hacer en la misión durante los siguientes dos años.
Este sistema dio muestras de ser sumamente productivo. Es posible que muchas de las experiencias de las que se le hablaba en esa semana de introducción no se cristalizaran por muchos meses, en algunos casos no hasta poco antes de finalizar la misión, pero lo cierto era que el misionero sabía qué esperar y a qué atenerse.
Este principio es ampliamente conocido por todo buen líder. La historia de la Iglesia nos cuenta de una oportunidad en la que Brigham Young procuró una entrevista con Jim Bridger, famoso explorador norteamericano, a fin de poder conversar con alguien que ya había transitado los senderos que los santos habrían de seguir en su camino hacia el oeste. Aun cuando el principio está bien establecido en muchas de las actividades de las que tomamos parte en la vida, a menudo los maestros lo dejan pasar por alto. Si se le aplica, no obstante, la sinopsis o la reseña, se transforma en otro buen ejemplo del principio de la repetición que resulta tan esencial en el proceso de aprendizaje.
Objetivos definidos
Al preparar cualquier lección, un maestro sabio contará con varios objetivos bien definidos. De antemano llegará la conclusión de qué es lo que desea enseñar y de los métodos que desea emplear para enseñarlo. Por ejemplo, una lección de historia de la Iglesia en cuanto al martirio del profeta José Smith y a la sucesión de Brigham Young como segundo presidente de la Iglesia puede ser impartida sin que tenga la más mínima aplicación en la vida del joven alumno. Sin embargo, si el maestro se establece objetivos bien definidos, esa misma lección puede ser sumamente significativa para el estudiante.
Es imperioso que las lecciones se apliquen a nosotros mismos:
“Por tanto, les hablé, diciendo: Escuchad las palabras del profeta, vosotros que sois un resto de la casa de Israel, una rama que ha sido desgajada; escuchad las palabras del profeta que fueron escritas a toda la casa de Israel, y aplicadlas a vosotros mismos, para que podáis tener esperanza, así como vuestros hermanos de quienes habéis sido separados; porque de esta manera es como el profeta ha escrito.” (1 Nefi 19:24. Cursiva agregada.)
¿Qué tiene que ver?
A menos que el mensaje se aplique a nosotros mismos, los jóvenes, particularmente, tal vez no vean demasiado significado en él. Por ejemplo, para la juventud resulta difícil encontrar mayor relación entre cosas que acontecieron en los tiempos del Antiguo o del Nuevo Testamento, o en el curso de la historia de la Iglesia, aun en nuestra realidad presente. Si se enseña la lección valiéndose de la técnica de la comparación, de seguro hallarán mucha más aplicación en lo que concierne a su propia vida.
Había un maestro que tenía una prueba a la que titulaba «¿Qué tiene que ver?», de la que se valía en la preparación de cada una de sus lecciones. Se imaginaba a uno de sus alumnos conjeturando, «Y ¿qué tiene que ver?» Entonces procuraba una explicación lógica en cuanto a por qué la enseñanza o la lección era pertinente para la realidad del alumno. El seguir este método le ayudó tanto en su preparación como en sus presentaciones.
Si de alguna manera podemos establecer el paralelo entre lo de aquella época y lo de la nuestra, seguramente influiremos de una forma positiva en la vida de nuestros jóvenes.
Para todo maestro resultará de tremenda ayuda, ya sea que tenga que dar una lección, un sermón o un simple discurso, el escribir un objectivo y después la siguiente y sencilla fórmula.
Primeramente determine lo que desea enseñar y después escriba:
para que
En los espacios en blanco escriba algo que desea que los miembros de la clase hagan en cuanto a lo que les dijo.
Por ejemplo, supongan que está enseñando a jovencitas y la lección trata sobre la restauración del sacerdocio. La fórmula a seguir sería más o menos la siguiente:
Título de la lección: La restauración del sacerdocio
Objectivos: Demostrar que el sacerdocio fue restaurado por mensajeros
celestiales dotados de autoridad.
Para que: Las jóvenes insten a los jóvenes con quienes están relacionadas, a asistir regularmente a las reuniones del sacerdocio.
Si el maestro cuenta con esto bien bosquejado, de seguro empleará el tiempo de la clase mucho mejor que si no lo tiene, disponiendo de algo que las jóvenes pueden hacer para poner en práctica el mensaje de la lección.
Esto es lo que nos conduce a la realidad presente. En la lección se mencionará algo en cuanto a los jóvenes con quienes las jovencitas se relacionan. Analizarán cómo una señorita puede influir positivamente en el joven para que éste asista a sus reuniones del sacerdocio. También podrá traer a colación ejemplos de la vida real, hechos concretos y no exclusivamente historia.
Paralelamente, un maestro puede ajustarse al manual de la lección y hacer mención correcta de los antecedentes históricos, y, pese a ello, lograr que las jovencitas se pregunten de qué manera está todo eso relacionado con su vida, o de qué manera se aplica a ellas. Si el maestro agrega ese «PARA QUE» a su lección, seguramente que en algún momento de la presentación dirá algo sumamente importante para los alumnos.
La mayoría de los textos tocantes a la pedagogía se dedican más a la forma de enseñar a los alumnos que a la manera de impartir las lecciones. Sabemos de personas sumamente competentes que poseen tremendo conocimiento del tema sobre el cual enseñan pero que no cuentan con la más mínima habilidad para compartir ese conocimiento. Bien puede ser que un maestro con «capacidad para cien litros» apenas vierta en sus alumnos diez o quince. Por otro lado, un maestro con una capacidad de veinte litros, podrá, con la debida constancia, verter diez y ocho litros en aquellos a quienes enseña. La diferencia se basa en el esfuerzo que el maestro ponga en asegurarse de que la lección se puede aplicar a la problemática actual del alumno.
Supongamos que la lección trata sobre las bienaventuranzas, y el objetivo primordial es enseñar en cuanto a ellas. Utilizando la ya mencionada fórmula, el maestro puede agregar «PARA QUE» Y contar con el siguiente objetivo: Enseñar a los alumnos que las cosas que realmente valen la pena hay que ganarlas; que sus privilegios deben ser pagados por adelantado; y que las bendiciones, inclusive nuestra heredad del reino de los cielos, llegan únicamente a aquellos que lo merecen y que están preparados.
Una clase ruidosa
Permítanme describir la experiencia de un maestro que trataba de enseñar esa lección en particular. En una oportunidnd, durante mis épocas de supervisor en el programa de seminarios, visité una clase. Era la última del día, esa clase en la que los adolescentes tienen la tendencia a estar un poco (más) inquietos. Después de un día de gran actividad, su nivel de azúcar en ia sangre está seguramente bajo y se muestran, simplemente, inquietos y barulleros.
Siempre resulta fácil detectar una clase que ofrece ciertas dificultades, aun cuando uno esté en el pasillo. Se escuchaba, aunque apenas, la voz del maestro procurando lograr la atención de sus alumnos. Tanto alboroto había en ese salón que pude entrar y sentarme aI fondo de la clase sin siquiera ser advertido por el maestro.
El curso que se enseñaba era sobre el Nuevo Testamento, y la lección del día estaba relacionada con las bienaventuranzas. El maestro estaba leyendo, sin levantar la vista, de un análisis por demás académico sobre las bienaventuranzas en el que parecía estar bien interesado. Sólo esporádicamente alzaba un tanto los ojos para echar una mirada rápida a algún alumno, El artículo del que leía estaba escrito en un lenguaje profesional y complejo y resultaba obvio que ninguno de los alumnos tenía mayor interés en él.
El maestro finalmente interrumpió su lectura cuando uno de los jóvenes casi se cae al suelo al tratar de pasar una nota a una jovencita sentada en la fila detrás de él. Con algo de irritación en su voz, el maestro dijo: «No estás contribuyendo para nada al mantenimiento del orden en la clase. ¿Acaso no piensas en otra cosa que no sea en las chicas?» «Sí» fue su respuesta, «también pienso en el básquetbol.» Por supuesto que sus compañeros se lo festejaron.
Fue en ese momento que el maestro se dio cuenta de que yo estaba presente. Al notar la palidez de su rostro, me sentí incómodo de estar allí. Me presentó y me preguntó si quería decir oigo a la clase. La verdad es que no tenía demasiado interés en seguir sentado detrás de ese grupo escuchando al maestro y a sus almunos lanzarse torturas mutuas, por lo que con gusto accedí a su invitación.
La aplicación a lo actual
Teniendo una vez más presente que a lección era en cuanto a las bienaventuranzas, deben comprender que por alguna causa éstas no parecían ser demasiado importantes para los jóvenes. Mirando al alumno que había causado el problema, dije: «Seguramente juegas al básquetbol». A lo cual respondió afirmativamente. «¿Cómo se te eligió para eso?» le pregunté, y me respondió que no había sido elegido, sino que el entrenador lo había seleccionado. «Ese no parece ser un sistema muy democrático que digamos, ¿no crees?». para lo cual no tuvo una respuesta.
Entonces empleé algo de tiempo para referirme a la importancia de vivir en un sistema democrático, recalcando que más bien deberíamos ser elegidos para integrar el equipo antes que simplemente señalados para ello. No transcurrieron muchos minutos hasta que todos estábamos tomando parte en un acalorado debate: los alumnos. por su parte, insistiendo en el hecho de que de esa forma no se podría contar con un buen equipo, No era cosa fácil integrar un equipo. No se trataba de algo fácil de lograr, sino de un privilegio que uno se tenía que ganar mediante arduo trabajo y práctica, así como por destreza personal. Discutimos el punto por espacio de algunos minutos y después cambiamos un tanto de tema para referirnos a otras cosas que encajaban dentro del mismo punto aunque no tan centrado en los deportes, a fin de que las jovencitas también tomaran parte en la discusión. Los resultados fueron idénticos. «¿Porqué no dejar todo librado al azar?» Tampoco estaban interesados en esa posibilidad y una vez más se lanzaron a la defensa del hecho de que uno tiene que pagar un precio, trabajar arduamente, ser responsable, practicar, etc.
Finalmente estuve de acuerdo con ellos. «En la vida,» les dije, «hay muchas cosas que uno se debe ganar o simplemente no las conseguirá. El ganarlas a medias no es suficiente. ¿Sabían que el Señor hizo mención de eso? Hay algunas recompensas que El nos prometió, siempre y cuando nos las ganáramos.»
Entonces nos referimos a las bienaventuranzas y les dimos lectura en forma detenida, todos prestando atención. Después dedicamos el resto del período de clase a analizarlas, concentrándonos en el significado que tienen en nuestra vida. En lo interesante del tema, el básquetbol y las otras actividades que habíamos discutido parecieron desvanecerse al igual que todo interés en crear desorden.
El ser «escogidos» para entrar en el reino de los cielos es semejante al ser «escogidos» para integrar un equipo titular de básquetbol o para pertenecer a un grupo determinado. En cuanto al reino de los cielos y a las bienaventuranzas, los jóvenes no saben ni entienden mucho, pero sí saben y entienden en cuanto a otras cosas que forman más parte de su diario vivir, por lo que es sumamente importante para todo maestro comenzar valiéndose de puntos de apoyo que les resulten familiares a los alumnos y después, con sumo cuidado, aplicarlos a lo que debe enseñar e inculcar.
Un maestro que conoce a los jóvenes y que enseña lecciones para que ellos puedan entenderlas puede impartir esa enseñanza en circunstancias que de otro modo ni serían consideradas.
Maestros vs. Interferencias
Recuerdo una oportunidad en que visité una clase de seminarios en Pocatello, Idaho. La maestra era una hermana de apellido Heaps. La clase estaba reunida en un edificio nuevo, que contaba con amplias ventanas a los costados del salón, por las cuales los alumnos podían observar lo que sucedía afuera.
En la acera de enfrente, se procedía a derrumbar un edificio con una voluminosa pesa de plomo ajustada al extremo de una grúa. Estando yo sentado al fondo del salón, pensaba en cuán molesto resultaba el ruido proveniente de la calle y cuánto estaría interfiriendo con la concentración de la maestra y de sus alumnos.
Estaba pensando en eso cuando de pronto me di cuenta de que yo era el único entregado a tal contemplación. La hermana Heaps había captado de tal forma la atención de la clase que ni uno solo de sus alumnos estaba prestando la más mínima atención a lo que sucedía al otro lado de la calle.
Tal incidente se transfomló, para mí, en una vívida demostración de lo que se puede lograr cuando se tiene habilidad para enseñar, y por el resto de ese período de clase, me sentí cautivado por una maestra frente a un grupo de alumnos enormemente interesados en su lección. La demolición al otro lado de la calle no constituía la más mínima interferencia para ella, pues estaba simplemente alimentando a sus alumnos.
En 1938 un grupo de maestros de seminarios e institutos de la Iglesia se reunió en una localidad cercana a Provo, Utah, como parte de una actividad del cuerpo docente durante las vacaciones de verano. El presidente J. Reuben Clark, hijo, se refirió al tema de «La trayectoria de la Iglesia en la educación», y dio comienzo a su discurso refiriéndose a una experiencia que había tenido cuando cursaba la escuela primaria.
Indicó que Daniel Webster, famoso estadista norteamericano del siglo diecinueve «parecía invocar un procedimiento muy valioso para ocasiones en las que, tras navegar los mares o transitar por el desierto, debía hacerse todo esfuerzo posible para regresar al punto de partida.» Entonces el presidente Clark estableció, en una declaración casi digna de las Sagradas Escrituras, los objectivos que debemos tener aquellos que enseñamos en la Iglesia.
«La Iglesia constituye. el sacerdocio de Dios organizado; el sacerdocio puede existir sin la Iglesia. pero ésta no puede existir sin el sacerdocio. La misión de la Iglesia es, primeramente, enseñar, instar, ayudar y proteger al miembro en sus esfuerzos por vivir una vida perfecta, tanto temporal como espiritualmente, o como lo expresó el Maestro, conforme a los registros de las Escrituras: ‘Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto’. En segundo lugar, el deber de la Iglesia es mantener, enseñar, instar y proteger a los miembros en forma colectiva en su aplicación del evangelio, tanto en lo temporal como en lo espiritual; tercero. Es responsabilidad de la Iglesia proclamar afanosamente la verdad, llamando a todos los hombres al arrepentimiento, y a que vivan en obediencia a los principios del evangelio, ‘pues toda rodilla se doblará y toda lengua confesará’.
«En todas estas cosas encontramos para todos los miembros de la Iglesia dos elementos fundamentales que no pueden ser pasados por alto, ni olvidados, ni eclipsados, ni descartados:
«Primero: Que Jesucristo es el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre en la carne. el Creador del mundo, el Cordero de Dios, el Sacrificio por los pecados del mundo. el Expiador de la trangresión de Adán; que fue crucificado; que Su espíritu dejó el cuerpo; que murió; que fue puesto en el sepulcro; que en el tercer día Su espíritu retornó al cuerpo, el cual nuevamehte cobró vida; que se levantó de la tumba como ser perfecto, los Primeros Frutos de la Resurrección; que más tarde ascendió al Padre; y que a causa de Su muerte y mediante Su resurrección todo ser nacido en este mundo, desde el comienzo, también resucitará. Esta doctrina es tan antigua como el mundo mismo. Job declaró: ‘Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán. y no otro.’ (Job 19:26,27.)
«El cuerpo resucitado es un cuerpo de carne y huesos y espíritu, por lo que Job estaba dando anuncio profético a una gran verdad eterna. Estos hechos tan positivos, y todos los demás que allí quedan implícitos, deben ser creídos en toda honestidad y en completa fe. por todo miembro de la Iglesia.
«El segundo de los dos elementos a los cuales debemos ofrecer nuestra más absoluta fe es: Que el Padre y el Hijo realmente y sin lugar a dudas se le aparecieron a José Smilh en una visión en la arboleda; que tanto José como otros recibieron más tarde otras visiones celestiales; que el evangelio y el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios fueron en verdad y por cierto restaurados a la tierra de la cual se habían quitado tras la apostasía de fa Iglesia primitiva; que el Señor nuevamente organizó Su Iglesia mediante José Smith: que el Libro de Mormón no es otra cosa sino lo que profesa ser; que el Profeta recibió numerosas revelaciones conducentes a ofrecer guía, sostén, orden y ánimo a la Iglesia y a sus miembros; que los sucesores del Profeta, también llamados de Dios, han recibido las revelaciones que determinaron las necesidades de la Iglesia. y que continuarán recibiendo revelaciones en la medida que la Iglesia y sus miembros las necesiten, siempre que vivan conforme a la verdad que poseen; que ésta es en verdad La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días; y que sus fundamentos y creencias son aquellos que se especifican en los Artículos de Fe. También estos hechos, junto con todo lo demás allí implícito o lo que de allí surge, deben permanecer, sin adulteración, sin modificación, sin pretexto, justificación ni anulación; ni pueden ser dilucidados ni abolidos. Sin estas dos grandes creencias, la Iglesia dejaría de ser la Iglesia.
«Cualquier persona que no acepte la plenitud de estas doctrinas en cuanto a Jesús de Nazaret o en cuanto al evangelio restaurado y al Santo Sacerdocio, no puede llamarse un Santo de los Ultimos Días. Los cientos de miles de fieles hombres y mujeres. respetuosos de Dios, que conforman esta gran Iglesia, creen plenamente en estas cosas y apoyan a la Iglesia y a sus institucIones a causa de tal creencia.
«Me he referido a estos asuntos por considerarlos la latitud y Iongitud de la ubicación actual de la Iglesia, es decir, su posición doctrinal, tanto en este mundo como en la eternidad. Estando en conocimiento de nuestra verdadera ubicación, podemos cambiar nuestro rumbo si se hace necesario que lo cambiemos y establecernos un nuevo curso de acción. Aquí podemos recordar lo que declaró Pablo cuando dijo :
»’Mas si aun nosotros. o un ángel del cielo. os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema'» (Gálatas 1 :8).
Esta declaración del presidente Clark, hablando en nombre de la Primera Presidencla, constituye para mí un documento rector para los maestros en la Iglesia. Jamás transcurre más de un año sin que vuelva yo a leerla con Ssumo cuidado. Todo maestro en la Iglesia debería leerla en su totalidad, pues lo que acabo de citar es apenas una parte del texto completo; por considerarla tan importante, incluiré su sermón en forma completa en el apéndice de esta obra.
Ruego que cada uno de nosotros, como padres y maestros en la IgIesia, sigamos el buen consejo y la sabiduría que en ese documento se incluyen a fin de mejorar nuestra ensenanza de los principios del evangelio.
* Carol Lynn Pearson, The Search (Provo, Utah: Trilogy Arts, 1970), p.29. (Traducción libre.)
























