Éxodo 12
La Pascua como símbolo de la Expiación del Hijo de Dios
Éxodo 12 es uno de los capítulos más profundamente mesiánicos de toda la Escritura. Aquí, antes de que se entregue la ley de Moisés en el Sinaí, el Señor establece un modelo de salvación por medio de la sangre, enseñando que la liberación no vendrá por méritos humanos, poder político ni esfuerzo colectivo, sino por un sacrificio vicario ordenado por Dios. La Pascua no es un detalle ritual previo al éxodo; es el corazón teológico del éxodo.
Si la destrucción de Egipto prefigura la Segunda Venida, entonces la Pascua prefigura con igual claridad la Primera Venida del Salvador. Israel es librado del ángel destructor únicamente por la sangre de un cordero macho, sin defecto, aplicada conforme a la instrucción divina. No hay protección sin sangre; no hay redención sin obediencia.
Paralelos doctrinales: Pascua y Expiación
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Pascua en Egipto |
Expiación de Cristo |
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Ocurre en la primavera, inicio del calendario hebreo (Éx. 12:2) |
La crucifixión ocurre en primavera, durante la Pascua |
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La salvación es por hogares (Éx. 12:4) |
La Expiación salva familias mediante poder sellador |
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Mueren los primogénitos de Egipto |
El Primogénito del Padre es ofrecido por el pecado |
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Grandes señales acompañan el éxodo |
Grandes señales acompañan la crucifixión (Mateo 27:51–54) |
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Tinieblas cubren Egipto |
Tinieblas cubren la tierra en la crucifixión y entre los nefitas |
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Cordero macho sin defecto (Éx. 12:5) |
Cristo es perfecto y sin pecado |
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Ningún hueso será quebrado (Éx. 12:46) |
A Cristo no le quebraron los huesos |
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El cordero se sacrifica al atardecer |
Cristo entrega Su espíritu al caer la tarde |
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Se manda comer la carne del cordero |
Cristo manda comer Su carne y beber Su sangre (Juan 6:54) |
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Pascua como ordenanza perpetua (Éx. 12:14) |
El sacramento se establece en memoria de Cristo |
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Pan sin levadura |
Cristo, el Pan de Vida, es puro y sin corrupción |
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El extranjero no participa (Éx. 12:45) |
El sacramento es para los que han hecho convenio |
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Nada se deja hasta la mañana |
Cristo es quitado de la cruz antes del nuevo día |
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Comer “con prisa” (Éx. 12:11) |
Simboliza urgencia escatológica de la Segunda Venida |
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Los dioses de Egipto son juzgados (Éx. 12:12) |
Babilonia cae por su idolatría (Apoc. 18:8–9) |
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La sangre salva del ángel destructor |
La Expiación salva de ángeles destructores |
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Moisés emerge como líder redentor |
Cristo reinará como Rey en el Milenio |
Principios doctrinales clave de Éxodo 12
1. La salvación es personal, pero nunca aislada. Cada casa debía aplicar la sangre. Nadie podía hacerlo por otra familia. Sin embargo, la redención ocurre dentro del marco familiar, anticipando el poder sellador del sacerdocio en la dispensación del cumplimiento de los tiempos.
2. La sangre solo protege cuando es aplicada. El cordero podía ser perfecto, pero si la sangre no estaba en los postes, el primogénito moría. Esto enseña que la Expiación es infinita, pero no automática. Requiere obediencia, fe y convenios.
3. Dios no distingue entre Israel y Egipto sin la señal. El ángel destructor no preguntó genealogía; buscó sangre. Esto revela una verdad eterna: la salvación no es por linaje, sino por convenio.
4. La Pascua es una ordenanza, no solo un recuerdo. Éxodo 12:14 convierte la Pascua en una observancia perpetua, anticipando el sacramento. No es solo historia; es liturgia salvadora.
5. El juicio y la misericordia ocurren la misma noche. La misma sangre que salva a Israel condena a Egipto por rechazo. El evangelio siempre divide: vida para los obedientes, condenación para los que rehúsan.
Testimonio apostólico
El apóstol Pablo declaró sin ambigüedad: “Cristo, nuestra Pascua, fue sacrificado por nosotros” (1 Corintios 5:7).
Esto no es metáfora poética; es teología revelada. Toda la Pascua fue diseñada para señalar a Jesucristo.
Como enseñan las Escrituras restauradas, todas las cosas dadas por Dios desde el principio tipifican a Cristo (Moisés 6:63; 2 Nefi 11:4).
Boyd K. Packer: “Seguramente, jóvenes, ustedes ven el simbolismo profético de la Pascua. Cristo fue ‘el Cordero de Dios’ (Juan 1:29, 36), el Primogénito, varón, sin mancha. Fue inmolado sin que se quebraran Sus huesos, aun cuando los soldados fueron enviados para hacerlo.
Pero no es de la muerte mortal de la que seremos librados en tal Pascua si andamos en obediencia a estos mandamientos, porque cada uno de nosotros, con el tiempo, morirá. Pero hay una muerte espiritual que ustedes no tienen por qué sufrir. Si son obedientes, esa muerte espiritual pasará de largo, porque ‘Cristo, nuestra Pascua, fue sacrificado por nosotros’, enseña la revelación (1 Corintios 5:7).”** (“La Palabra de Sabiduría: el principio y las promesas”, Ensign, mayo de 1996, pág. 19)
Éxodo 12:2 —“Este mes os será principio de los meses; será para vosotros el primero de los meses del año.”
Enseña una doctrina profunda sobre cómo la redención redefine el tiempo, la identidad y la vida del pueblo de Dios. El Señor no solo libera a Israel de la esclavitud; reinicia su calendario, señalando que la verdadera historia del pueblo comienza con la liberación y no con la opresión. Doctrinalmente, este versículo revela que cuando Dios redime, establece un nuevo comienzo: el pasado queda atrás y el futuro se organiza en torno a la obra salvadora del Señor. El tiempo deja de girar alrededor del poder del opresor y pasa a ordenarse según los actos redentores de Dios, enseñando que la vida del convenio se mide desde la gracia recibida. Así, Éxodo 12:2 afirma que la redención no solo cambia circunstancias, sino que transforma la manera en que el pueblo entiende su historia, su presente y su porvenir, invitándolo a vivir cada etapa desde la memoria viva de lo que Dios ha hecho por él.
Presumiblemente, los israelitas vivían según el calendario egipcio. No habría sido apropiado que continuaran rigiéndose por el calendario de una nación pagana. El nuevo convenio de la Pascua estaría asociado con un nuevo calendario, que enfatizaba el nacimiento de la nación hebrea como un pueblo independiente, ya no esclavos egipcios, sino protegidos por Dios y escogidos por encima de todas las demás naciones. Así, la Pascua simboliza el nacimiento de la nación: es, en efecto, su Día de la Independencia.
Éxodo 12:5 — “El animal será sin defecto, macho de un año.”
Enseña una doctrina central sobre la naturaleza de la redención y el costo de la obediencia. Al requerir un animal sin defecto, el Señor establece que la liberación no se fundamenta en lo sobrante o imperfecto, sino en una ofrenda íntegra, apartada y valiosa, digna de un acto sagrado. Doctrinalmente, la perfección del sacrificio señala que la salvación exige pureza y totalidad, anticipando que la redención verdadera no admite sustitutos defectuosos ni medias entregas. El detalle de “macho de un año” subraya además vigor y plenitud de vida, indicando que lo mejor y más vivo es consagrado al Señor. Así, Éxodo 12:5 afirma que Dios libera a Su pueblo mediante un sacrificio aceptable y completo, enseñando que la obediencia que salva nace de ofrecer a Dios lo mejor, con fe y reverencia, conforme a Su palabra.
¿Podemos escuchar a Elohim hablarnos de Su Hijo diciendo: “Vuestro Cordero será sin la mancha del pecado, sacrificado en la plenitud de su juventud”?
Como enseñó Pedro:
“sabiendo que fuisteis rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18–19; véase también Hebreos 4:15).
Éxodo 12:6 — “Y lo guardaréis hasta el día catorce de este mes, y lo inmolará toda la congregación del pueblo de Israel entre las dos tardes.”
Enseña una doctrina profunda sobre obediencia deliberada, participación comunitaria y el tiempo sagrado de la redención. Guardar el animal implica preparación consciente y expectante: la salvación no es impulsiva, sino recibida con fe paciente que honra el mandato divino. Doctrinalmente, que “toda la congregación” participe afirma que la redención es a la vez personal y colectiva; nadie queda al margen del acto que sella la liberación. El momento señalado —“entre las dos tardes”— subraya que Dios fija tiempos precisos para Sus obras, enseñando que la obediencia exacta abre paso a la protección prometida. Así, para el pueblo de Israel, Éxodo 12:6 declara que la salvación se recibe cuando la fe se expresa en obediencia compartida y puntual, y que Dios honra a un pueblo que se une para actuar conforme a Su palabra en el tiempo que Él ha determinado.
Según el Evangelio de Juan, Jesús fue crucificado en la tarde del día de la Pascua, lo que significa que murió al mismo tiempo que los judíos en Jerusalén estaban sacrificando los corderos pascuales. Las cronologías de Mateo, Marcos y Lucas difieren, pues presentan a Jesús comiendo la Pascua junto con Sus discípulos al mismo tiempo que los judíos celebraban la Pascua (Mateo 26:17; Marcos 14:12; Lucas 22:7–15).
Juan, en cambio, presenta la muerte del Cordero coincidiendo con el sacrificio de los corderos, justo antes de que el resto del pueblo judío se sentara a comer la Pascua.
¿Por qué la cronología de Juan es diferente? No es fácil decirlo, pero en cierto sentido tiene más coherencia:
- Juan dice que la Última Cena ocurrió “antes de la fiesta de la Pascua” (Juan 13:1).
- El Sanedrín no quiso entrar al pretorio romano para no contaminarse “a fin de poder comer la Pascua” (Juan 18:28).
- Cuando Pilato presentó a Jesús al pueblo, “era la preparación de la Pascua, y como la hora sexta” (Juan 19:14), lo que sugiere que la Pascua aún no se había celebrado y que Cristo fue crucificado después del mediodía.
Esto implicaría que Jesús estuvo en la cruz desde aproximadamente el mediodía hasta las seis de la tarde, muriendo al anochecer, exactamente cuando se sacrificaban los corderos pascuales.
¿Cuántos corderos podían sacrificarse en una Pascua? Josefo relata que en una Pascua de su tiempo se sacrificaron 256,500 corderos.
Si la cronología de Juan es correcta, entonces los relatos sinópticos pueden explicarse suponiendo que Jesús y los Doce celebraron la Pascua un día antes. ¿No hacemos eso con frecuencia con fiestas y cumpleaños? De hecho, hay indicios de ello. Antes de la Última Cena, Jesús dijo:
“Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua” (Mateo 26:2).
Además, los Evangelios sinópticos no logran dar cuenta de todas las actividades de Jesús durante la semana de la Pasión; siempre ha habido un “día faltante”. Ese problema desaparece si la Última Cena se celebró la noche anterior a la Pascua oficial.
Éxodo 12:7 — “Y tomarán de la sangre, y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de comer.”
Enseña una doctrina central sobre la aplicación personal de la fe y la obediencia visible como medio de protección divina. La sangre, ya derramada por el sacrificio, debía ser aplicada conscientemente en el hogar; no bastaba con que el sacrificio existiera, era necesario obedecer de manera específica para recibir la promesa. Doctrinalmente, este acto revela que la redención proviene de Dios, pero su protección se experimenta cuando la fe se expresa en obediencia concreta: cada familia debía marcar su propia casa, declarando públicamente su confianza en la palabra del Señor. Los postes y el dintel —el marco de la vida diaria— indican que la salvación debía rodear y cubrir el espacio donde se vivía, enseñando que la fe no es solo interior, sino que gobierna el hogar y la conducta. Así, Éxodo 12:7 afirma que Dios distingue y protege a Su pueblo no por herencia cultural ni por cercanía geográfica, sino por la obediencia fiel que aplica Su palabra, mostrando que la salvación prometida se hace efectiva cuando la fe se traduce en acción conforme al mandato divino.
Si eras primogénito en Egipto, la única seguridad era entrar por la puerta marcada con la sangre del cordero.
¿Tiene esto simbolismo? ¿No dijo el Cordero que Él era “el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6)? ¿Y no fue aún más explícito cuando declaró: “Yo soy la puerta” (Juan 10:9)?
“Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo…”
“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”
“Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.”
“Yo pongo mi vida por las ovejas.” (Juan 10:9–15)
Todo esto resuena claramente con el simbolismo de la Pascua.
Éxodo 12:8 — “Y aquella noche comerán la carne asada al fuego, y panes sin levadura; con hierbas amargas lo comerán.”
Enseña una doctrina profunda sobre cómo la redención divina integra memoria, prontitud y transformación interior. Comer “aquella noche” subraya la urgencia del acto salvador: la liberación no se posterga ni se contempla a distancia, se recibe y se vive en el momento señalado por Dios. La carne asada al fuego simboliza el sacrificio plenamente probado y consumado, mientras que los panes sin levadura enseñan separación inmediata del pasado, sin tiempo para que la corrupción fermente; la salida requiere dejar atrás lo viejo sin dilación. Las hierbas amargas, por su parte, preservan la memoria del sufrimiento, mostrando que Dios no borra la historia, sino que la redime y la transforma en testimonio. Así, Éxodo 12:8 afirma que la salvación del Señor no es solo protección del juicio, sino formación del pueblo: se recibe con fe obediente, se vive con prontitud y se recuerda con humildad, para que la libertad naciente esté siempre anclada en la obra redentora de Dios.
Las hierbas amargas representan la amargura de la esclavitud, pues
“los egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza; y amargaron su vida con dura servidumbre, en hacer barro y ladrillo” (Éxodo 1:13–14).
Tradicionalmente, las hierbas amargas incluían berros, rábanos, escarola y rábano picante (Diccionario Bíblico).
Éxodo 12:9–10 — “No lo comeréis crudo, ni cocido en agua, sino asado al fuego.”
Enseña una doctrina profunda sobre la totalidad y seriedad de la redención conforme al diseño de Dios. El Señor no deja el sacrificio a interpretación humana: especifica la forma correcta porque la salvación no se recibe a medias ni según preferencias personales. Doctrinalmente, el fuego representa prueba, juicio y consagración completa; el sacrificio debía pasar plenamente por el fuego para ser aceptable, enseñando que la redención verdadera implica una entrega total y no superficial. Comerlo “crudo” o “cocido en agua” habría diluido el significado del sacrificio, simbolizando una fe incompleta o una obediencia acomodada. Además, no dejar nada para la mañana subraya que la salvación es un acto decisivo que no se posterga ni se administra gradualmente. Así, Éxodo 12:9–10 afirma que Dios libera a Su pueblo mediante una redención completa, definida por Su palabra, enseñando que la obediencia exacta honra el sacrificio provisto por Dios y prepara al pueblo para caminar en una libertad que no se negocia ni se diluye.
La Pascua no era una comida improvisada ni una concesión culinaria; era un acto sacrificial cuidadosamente regulado. El cordero no debía comerse crudo ni hervido, sino asado al fuego, de la misma manera que los sacrificios del holocausto bajo la Ley de Moisés (véase Levítico 1:1–13). El fuego, en el simbolismo bíblico, está estrechamente asociado con la aceptación divina, la purificación y la presencia de Dios.
Cuando Moisés consagró a Aarón y a sus hijos al sacerdocio, el sacrificio siguió este mismo patrón:
“Y Moisés quemó todo el carnero sobre el altar; era holocausto para olor grato, ofrenda encendida a Jehová” (Lev. 8:21).
Así, desde el principio, la Pascua anticipa un sacrificio total, íntegro, ofrecido completamente a Dios. Doctrinalmente, esto apunta a Cristo, cuya vida no fue parcialmente entregada ni mitigada, sino consumida por completo en obediencia al Padre.
Éxodo 12:10 — “Ninguna cosa dejaréis de él hasta la mañana.”
Enseña una doctrina profunda sobre la plenitud y suficiencia de la redención divina. El sacrificio debía ser consumido por completo, mostrando que la salvación provista por Dios no admite reservas ni aplazamientos: se recibe entera o se rechaza. Doctrinalmente, este mandato afirma que la liberación es un acto decisivo en el presente, no algo que se guarda para después; confiar en Dios exige responder cuando Él actúa. No dejar nada hasta la mañana enseña también que la redención no se fragmenta ni se administra a conveniencia humana, sino que se acoge con fe total. Así, Éxodo 12:10 declara que Dios ofrece una salvación completa y suficiente, y que el pueblo del convenio es llamado a aceptarla plenamente, sin retener partes del pasado ni postergar la obediencia que conduce a la libertad.
Nada del cordero podía guardarse. La salvación no admitía reservas ni retrasos. El sacrificio debía ser recibido por completo, sin fragmentarlo ni posponerlo.
Gerald Lund: “Debido a que el cordero pascual debía ser totalmente consumido por la familia en la comida ritual, la tradición establecía que no menos de diez ni más de veinte personas se reunieran por cada cordero sacrificado.” (Jesus Christ, Key to the Plan of Salvation, 14)
Este detalle subraya una verdad doctrinal profunda: no hay salvación parcial. No podemos aceptar solo una parte del sacrificio de Cristo ni reservar obediencia para otro día. El convenio exige una entrega total y presente.
Éxodo 12:11 — “Y lo comeréis así: ceñidos vuestros lomos, vuestro calzado en vuestros pies, y vuestro bordón en vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente; es la Pascua de Jehová.”
Enseña una doctrina poderosa sobre la fe que obedece con prontitud y disposición para partir. La postura corporal ordenada por Dios revela que la redención no es un acto pasivo, sino una respuesta activa que prepara al pueblo para salir inmediatamente cuando el Señor libere. Doctrinalmente, ceñirse los lomos, calzarse y tomar el bordón simboliza confianza total en la palabra divina: el pueblo actúa como si la liberación ya estuviera en marcha, aun antes de verla consumada. Comer “apresuradamente” enseña que la obediencia no se retrasa ni se negocia; cuando Dios redime, llama a avanzar sin volver atrás. Al declarar “es la Pascua de Jehová”, el texto afirma que la salvación pertenece al Señor y ocurre en Sus términos y en Su tiempo. Así, Éxodo 12:11 proclama que la verdadera fe se manifiesta en preparación, urgencia y movimiento, mostrando que Dios libera a un pueblo dispuesto a caminar de inmediato hacia la libertad conforme a Su palabra.
La Pascua debía comerse en actitud de partida. No era una cena para descansar, sino para prepararse para salir. Israel debía estar listo para abandonar Egipto en cualquier momento.
Aquí la Pascua introduce un principio escatológico: no siempre habrá tiempo para prepararse. El acto de comer apresuradamente anticipa el llamado urgente del Señor en los momentos decisivos de la historia, especialmente en relación con la Segunda Venida.
Bruce R. McConkie: “Con referencia a aquella primera noche de la Pascua en Egipto, la palabra divina fue: ‘…lo comeréis apresuradamente’. Pero en los días de Jesús era diferente; el decreto rabínico entonces era que todos los que comían debían reclinarse a la mesa, para indicar reposo, seguridad y libertad…
No hace falta decir que la realidad no se parecía en nada a las pinturas de Leonardo da Vinci y otros, cuya genialidad ha inmortalizado este acontecimiento.”
(The Mortal Messiah, 4:30)
El contraste es instructivo:
- Éxodo: comer de pie, listos para huir.
- Meridiano de los tiempos: comer reclinados, señal de redención ya lograda.
Éxodo 12:14 — “Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová… por estatuto perpetuo.”
Enseña una doctrina central sobre la memoria redentora como fundamento de la fe del convenio. Dios ordena que la liberación no sea un recuerdo ocasional, sino una práctica sagrada y recurrente que forme la identidad del pueblo a lo largo de las generaciones. Doctrinalmente, convertir la liberación en “estatuto perpetuo” significa que la fe se preserva al recordar activamente lo que Dios ha hecho: la memoria se vuelve adoración, y la historia se transforma en testimonio vivo. Esta fiesta no solo conmemora un evento pasado, sino que renueva la gratitud, la obediencia y la confianza presentes, recordando que el mismo Dios que salvó sigue siendo fiel. Así, Éxodo 12:14 afirma que Dios desea un pueblo que viva anclado en la memoria de Su obra redentora, celebrándola con gozo y reverencia para que nunca se olvide que la libertad, la identidad y la esperanza nacen de Su intervención poderosa.
La Pascua no fue concebida como un evento aislado, sino como una ordenanza memorial perpetua. Sin embargo, como ocurrió con muchos aspectos de la Ley de Moisés, Israel llegó a ser negligente en su observancia.
Durante el reinado de Josías (ca. 622 a.C.), la Pascua fue restaurada con una magnitud sin precedentes:
“No fue celebrada pascua como ésta en Israel desde los días del profeta Samuel… ni ninguno de los reyes de Israel celebró pascua como la que celebró Josías” (2 Crón. 35:18).
Eso significa que ni siquiera en los días de David o Salomón se celebró una Pascua tan fiel y completa.
En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo exhortó a los santos de Corinto a seguir celebrando la Pascua, aun después del sacrificio expiatorio de Cristo:
“Porque nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros; así que celebremos la fiesta…” (1 Cor. 5:7–8).
Esto sugiere que los santos del meridiano de los tiempos no abandonaron la Pascua inmediatamente. En un contexto restauracionista, no sería sorprendente que la Pascua forme parte de la restitución de todas las cosas (Hechos 3:21) y sea observada nuevamente en Jerusalén durante el Milenio, como “estatuto perpetuo”.
Éxodo 12:16 — “El primer día habrá santa convocación.”
Enseña una doctrina esencial sobre la prioridad de reunirse ante Dios como respuesta a la redención. El Señor establece que el comienzo de la libertad no es la dispersión, sino la congregación sagrada: el pueblo liberado se reúne para reconocer que su rescate procede de Dios y no de su propia fuerza. Doctrinalmente, la “santa convocación” santifica el tiempo y a la comunidad, recordando que la redención crea un pueblo que adora unido y ordena su vida alrededor de Dios desde el primer momento. Así, Éxodo 12:16 afirma que la libertad verdadera inicia con adoración colectiva, que Dios desea un pueblo que celebre Su obra juntos y que la vida del convenio se sostiene cuando la comunidad se reúne para honrar al Señor que los ha hecho libres.
Cada vez que aparece la expresión “santa convocación” en el Antiguo Testamento, puede entenderse como una asamblea solemne: una reunión sagrada, marcada por instrucción divina, reverencia y renovación de convenios.
David B. Haight: “Una asamblea solemne… denota una ocasión sagrada, sobria y reverente cuando los Santos se reúnen bajo la dirección de la Primera Presidencia.” (Ensign, nov. 1994, 14)
La Pascua no era solo un acto familiar; incluía momentos de reunión colectiva donde el pueblo se presentaba ante Dios como una comunidad de convenio.
Éxodo 12:18 — “Desde el día catorce del mes… hasta el día veintiuno.”
Enseña una doctrina profunda sobre el tiempo consagrado como parte esencial de la redención. Dios no limita la obediencia a un momento aislado, sino que establece un período completo en el que el pueblo vive de manera distinta, recordando activamente su liberación. Doctrinalmente, estos días marcados enseñan que la redención inaugura un proceso sostenido: no basta con un acto inicial de fe, sino que la vida del convenio se mantiene mediante prácticas continuas que purifican, ordenan y forman al pueblo. El marco temporal definido por Dios muestra que Él gobierna no solo los eventos salvíficos, sino también el ritmo de la vida redimida, invitando a Su pueblo a permanecer en un estado prolongado de recordación, obediencia y renovación. Así, Éxodo 12:18 afirma que la libertad verdadera se cultiva en el tiempo consagrado, donde cada día vivido conforme a la palabra del Señor reafirma la identidad del pueblo que ha sido rescatado por Su mano poderosa.
La Pascua era parte de una celebración de siete días, comenzando y terminando con días santos. Durante toda la semana no podía haber pan con levadura en los hogares. Estos días festivos eran llamados Sábados, independientemente del día de la semana en que cayeran.
Así, podía ocurrir:
- Un sábado pascual el día 14,
- Un sábado semanal el día 15,
- Y otro sábado pascual el día 21.
Pablo alude a este sistema cuando enseña:
“Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo” (Col. 2:16).
La Pascua, por tanto, no solo miraba hacia atrás, a la liberación de Egipto, sino hacia adelante, a una redención completa, tanto histórica como escatológica.
Éxodo 12:19 —“Por siete días no se hallará levadura en vuestras casas.”
Enseña una doctrina clara sobre la separación consciente del pasado y la pureza que acompaña a la redención. La levadura, que fermenta de manera silenciosa y se expande con rapidez, simboliza aquello que contamina gradualmente la vida cuando no es removido; por eso, Dios ordena una limpieza total del hogar, no parcial. Doctrinalmente, este mandato muestra que la liberación exige más que salir físicamente de la esclavitud: requiere un compromiso deliberado de eliminar lo que pertenece al viejo orden y adoptar un nuevo modo de vivir. Los “siete días” subrayan plenitud y constancia, enseñando que la santidad no es un gesto momentáneo, sino una práctica sostenida. Así, Éxodo 12:19 afirma que la vida redimida se preserva cuando el pueblo decide, de manera intencional y continua, apartar de su entorno y de su corazón todo aquello que corrompe la obediencia y debilita la comunión con Dios.
Jesucristo comparó la levadura con una impureza interior, refiriéndose a la hipocresía de los fariseos:
“Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos” (Mateo 16:6).
Pablo también enseñó que la levadura simboliza la maldad:
“Celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura de sinceridad y de verdad” (1 Corintios 5:8).
¿Tenemos alguna festividad que nos pida purgar nuestros hogares de toda impureza durante una semana completa? El simbolismo es impresionante. Toda malicia, hipocresía, maldad, dureza de corazón, crítica, contienda, etc., debería estar fuera de nuestros hogares de todos modos; sin embargo, para la mayoría de las familias resulta difícil lograrlo incluso por siete días seguidos.
Éxodo 12:21–23 — “…Jehová pasará hiriendo a los egipcios… y no permitirá que el destructor entre en vuestras casas.”
Enseña una doctrina central sobre la protección divina basada en obediencia de fe. El Señor mismo pasa para ejecutar juicio, pero también actúa como guardián, distinguiendo entre quienes confían en Su palabra y quienes la rechazan. Doctrinalmente, la sangre en las casas no es un amuleto, sino la señal de una fe obediente que se acoge al medio de salvación provisto por Dios; donde hay obediencia, hay resguardo. El “destructor” no actúa al azar ni con autonomía, pues está sujeto a la autoridad del Señor, quien pone límite al juicio y preserva a Su pueblo. En Egipto, la noche de aflicción se convierte, para Israel, en noche de seguridad bajo la palabra divina. Así, Éxodo 12:21–23 afirma que la salvación no depende de méritos humanos, sino de confiar y actuar conforme a lo que Dios ha establecido, mostrando que Él es a la vez Juez justo y Protector fiel de quienes se refugian bajo Su provisión redentora.
Mark E. Petersen: La sangre del cordero pascual en los días de Moisés fue el medio por el cual los antiguos israelitas fueron librados del ángel de la muerte.
Para todos nosotros, la sangre de Cristo es el medio para escapar del diablo, quien es el peor de todos los ángeles de muerte y destrucción. Al servir al Señor, Su sangre nos rescata—nos salva—de Satanás y nos ayuda a regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.
Así como la sangre del primer cordero pascual significó vida y no muerte para el antiguo Israel, así también la sangre de Cristo es para toda la humanidad un símbolo que nos asegura vida eterna y no muerte espiritual.
Cristo es nuestro Cordero Pascual. Su Pascua es eterna, si la aceptamos, no solo para una noche como ocurrió en Egipto. Debe ser mucho más significativa para nosotros que lo que fue para los hebreos escapar del ángel de la muerte.
La ofrenda de sacrificios al Señor comenzó con Adán. Esos holocaustos simbolizaban la futura expiación de Cristo. Continuaron desde Adán hasta los días de Juan el Bautista. El sacrificio supremo del Salvador en el Calvario puso fin a esos sacrificios e introdujo en su lugar la Santa Cena.
Los sacrificios antiguos miraban hacia adelante, al sacrificio venidero del Cordero de Dios; la Santa Cena mira hacia atrás, a ese sacrificio, y por ello comemos y bebemos los emblemas sagrados en memoria de Él. Las oraciones sacramentales explican la naturaleza sagrada de esa ordenanza.
El cordero pascual de Egipto fue, por supuesto, un sacrificio, pero con un significado ampliado. En lugar de disponer la sangre del sacrificio de la manera habitual, esta vez la sangre debía colocarse en los postes y el dintel de la puerta como señal para el ángel destructor de que allí vivían creyentes. La presencia de esa sangre libraría de la muerte a todos los primogénitos de esas casas. Literalmente simbolizaba vida y salvación para Israel, frente a muerte y destrucción para Egipto.
A lo largo de los siglos desde entonces, la Pascua ha sido observada por los judíos como una de sus festividades sagradas más importantes. (Moses: Man of Miracles, 72–73)
Marion G. Romney: En su misión de muerte, el “destructor” debía pasar de largo, y pasó de largo sin matar a los primogénitos, en los hogares de aquellos israelitas que habían marcado los dinteles y los postes de sus puertas con la sangre de un cordero, según lo ordenó el Señor.
A partir de esta promesa en la Palabra de Sabiduría y de otras Escrituras, parece que existen ángeles destructores que tienen una obra que realizar entre los pueblos de la tierra en esta última dispensación. El Señor dijo al profeta José Smith que, debido a que toda carne se había corrompido delante de Él y los poderes de las tinieblas prevalecían sobre la tierra, estos ángeles estaban esperando la gran orden para segar la tierra y recoger la cizaña para que fuese quemada (DyC 38:11–12).
Eso fue en 1831. En 1894, el presidente Wilford Woodruff dijo: “Dios ha detenido a los ángeles de destrucción por muchos años para que no sieguen el trigo junto con la cizaña. Pero quiero deciros ahora que esos ángeles han salido de los portales del cielo y están ahora sobre este pueblo y esta nación, y están rondando la tierra esperando derramar los juicios. Y desde este mismo día serán derramados. Las calamidades y las tribulaciones están aumentando en la tierra, y estas cosas tienen un significado.” (The Improvement Era, 17:1165)
Ahora bien, mis amados jóvenes hermanos y hermanas, en vista de este conocimiento revelado y de esta comprensión que el Señor nos ha dado acerca de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, ¿no es algo glorioso tener la seguridad de que, si nos revestimos de cuerpos purificados mediante la observancia de la Palabra de Sabiduría, esos ángeles destructores pasarán de largo, tal como lo hicieron con los hijos de Israel, y no nos destruirán? Esta es una de las bendiciones que siguen a la obediencia a la Palabra de Sabiduría. (Conferencia General, octubre de 1952)
Éxodo 12:26–27 — “Y cuando vuestros hijos os dijeren: ¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis: Es la víctima de la Pascua de Jehová…”
Enseña una doctrina central sobre la catequesis familiar y la fe transmitida por testimonio vivido. Dios anticipa la pregunta de los hijos y ordena una respuesta que no sea abstracta, sino narrativa y redentora: contar lo que el Señor hizo cuando pasó y libró a Su pueblo. Doctrinalmente, el rito se convierte en pedagogía sagrada; la práctica despierta la pregunta y la respuesta ancla la identidad del pueblo en la obra salvadora de Dios. Al explicar la Pascua, los padres no solo informan, testifican: enseñan que la vida fue preservada por la intervención divina y que la libertad nació de la obediencia de fe. Así, frente a la memoria del juicio en Egipto, Éxodo 12:26–27 afirma que Dios edifica un pueblo que recuerda y enseña, donde cada generación aprende quién es el Señor porque la redención se cuenta, se celebra y se vive en el hogar.
Howard W. Hunter: Los padres han estado dejando memoriales para sus hijos, y los hijos los han estado levantando para sus padres, desde que comenzó el tiempo. Aquí, en la Plaza del Templo, nos hemos rodeado conscientemente de tales memoriales: la antigua campana de Nauvoo, el Monumento de las Gaviotas, las estatuas de la Restauración, el Cristus de Thorvaldsen, por mencionar solo algunos. Estos sirven para unir generación con generación, preservando en una larga e ininterrumpida cadena los acontecimientos importantes de nuestra herencia común.
El paso del tiempo y el crecimiento de nuestras instituciones suelen tender a separarnos no solo unos de otros, sino también de nuestros propósitos comunes. A lo largo de la historia se nos ha mandado construir memoriales, celebrar fiestas de Pascua o convocar conferencias generales para preservar el poder de nuestra fe unida y recordar los mandamientos de Dios al procurar nuestras metas eternas e inmutables. (“Para que seamos uno”, Ensign, mayo de 1976, 105)
Éxodo 12:30–33 — “…no había casa donde no hubiese un muerto… y dijeron: todos somos hombres muertos.”
Enseña una doctrina solemne sobre la inevitabilidad del juicio cuando la palabra de Dios es resistida hasta el final y, a la vez, sobre la liberación definitiva que nace de Su justicia. La universalidad del lamento revela que el poder humano, por más organizado y seguro que parezca, no puede proteger lo más preciado cuando se niega a reconocer la soberanía del Señor; la confesión desesperada expresa el colapso total de la autosuficiencia. Doctrinalmente, esta noche establece un contraste decisivo: mientras el juicio alcanza a Egipto, el pueblo que obedeció es preservado, mostrando que Dios distingue con precisión entre incredulidad persistente y fe obediente. Así, el pasaje afirma que la liberación de Israel no surge del cansancio del opresor, sino de la intervención justa de Dios, y que reconocer a tiempo Su palabra conduce a vida, mientras que posponer la humillación ante Él conduce a una pérdida que finalmente obliga a soltar aquello que nunca debió retenerse.
Intenta imaginar cómo habría sido ese mes en Egipto: plagas terribles que afectaron tanto a los hombres como a los animales. Y ahora, finalmente, mueren los primogénitos de Egipto. El efecto debió de ser absolutamente aterrador. Esa sensación se percibe claramente en la reacción de los egipcios: “todos somos hombres muertos”.
Es como si dijeran: “¿De qué sirve tener a estos israelitas como mano de obra esclava si todos estamos muertos?
¿De qué sirven el oro y la plata si todos estamos muertos?
¡Que se lo lleven todo! ¡Por favor, Faraón, sácalos de aquí!”
El miedo superó al orgullo nacional. La supervivencia se volvió más importante que la economía, el prestigio o el poder.
Éxodo 12:35: “Y tomaron prestado de los egipcios alhajas de plata y de oro, y vestidos.”
Enseña una doctrina profunda sobre la restitución justa y la dignidad restaurada del pueblo redimido. Este acto no es saqueo ni astucia humana, sino cumplimiento de la palabra del Señor, quien transforma años de opresión en provisión para el camino. Doctrinalmente, Dios muestra que la liberación no consiste solo en salir del cautiverio, sino en hacerlo con honra: el pueblo que fue despojado recibe ahora recursos para vivir y adorar conforme al convenio. En Egipto, los corazones son inclinados por Dios para reconocer —aunque sea involuntariamente— la justicia de esta restitución, evidenciando que Él gobierna incluso las voluntades humanas. Así, Éxodo 12:35 afirma que cuando Dios libera, también restaura, devolviendo dignidad, proveyendo lo necesario y convirtiendo la historia de explotación en testimonio de Su fidelidad y cuidado soberano.
El Señor ya había anunciado esto a Moisés desde el principio: “Y daré gracia a este pueblo en los ojos de los egipcios… no saldréis con las manos vacías… despojaréis a los egipcios” (Éxodo 3:21–22).
Los israelitas nunca pensaron devolver lo que “tomaron prestado”, lo cual puede sonar deshonesto. Sin embargo, fue mandamiento directo del Señor—una excepción a la norma. Mucho de lo que ocurrió en Egipto en los días de Moisés fue, precisamente, una excepción a la regla.
“En la antigüedad, algunos comentaristas vieron esto como una compensación egipcia por el trabajo esclavo de los israelitas, o como un trato acorde con Deuteronomio 15:13–14.”
(The Jewish Study Bible, 104)
Trágicamente, gran parte de ese oro terminaría siendo fundido para fabricar el becerro de oro (Éxodo 32:2–4).
Éxodo 12:37 — “Los hijos de Israel… como seiscientos mil hombres.”
Enseña una doctrina poderosa sobre la fidelidad de Dios para cumplir Sus promesas de multiplicación y preservación. Este número no es solo un dato estadístico, sino un testimonio visible de que el Señor transformó una familia en un pueblo numeroso aun bajo esclavitud, confirmando que Su poder para hacer crecer y sostener no depende de condiciones favorables. Doctrinalmente, la salida multitudinaria declara que la redención es colectiva: Dios no libera individuos aislados, sino que forma una comunidad del convenio llamada a caminar junta. En el contexto de Israel, este conteo subraya que la promesa hecha a los patriarcas se ha cumplido y que el pueblo sale no debilitado, sino fortalecido por la mano divina. Así, Éxodo 12:37 afirma que Dios cumple Su palabra en plenitud, convirtiendo la opresión en crecimiento y preparando a un pueblo numeroso para avanzar hacia la libertad con identidad, propósito y esperanza renovada.
Muchos eruditos cuestionan si este número es literal y sugieren que pudo haber sido menor. Sin embargo, ¿quiénes somos nosotros para juzgar?
“Números 1:46 y 2:32 dan la cifra más precisa: 603,550 (Números 3:39 añade 22,000 levitas). Según Éxodo 38:26 y Números 1:46–47, estas cifras se refieren a hombres en edad militar, de veinte años en adelante. Al añadir mujeres y niños, se obtiene una población de al menos dos millones y medio.”(The Jewish Study Bible, 120)
Sea cual sea el número exacto, el relato describe una liberación masiva, sin precedentes, que alteró la historia del Cercano Oriente.
Éxodo 12:43 — “Ningún extraño comerá de ella.”
Enseña una doctrina clara sobre la pertenencia al convenio y la santidad de la redención. La Pascua no es un rito genérico ni una tradición abierta sin compromiso; es una comida de convenio reservada para quienes se han identificado voluntariamente con el Dios que libera. Doctrinalmente, este límite no excluye por etnia, sino por relación: participar exige pertenecer, creer y someterse al orden que Dios ha establecido. La redención, por tanto, no se consume como observador externo, sino como miembro del pueblo que confía y obedece. Así, Éxodo 12:43 afirma que la salvación del Señor crea identidad y comunidad, y que los símbolos sagrados de la liberación solo tienen pleno significado cuando se viven desde dentro del convenio, con fe comprometida y lealtad al Dios que rescata.
Podemos comparar la Pascua en el judaísmo con el sacramento en el cristianismo. Para participar plenamente de cualquiera de los dos, la persona debe haber hecho previamente un convenio con Dios:
- Circuncisión para el judío
- Bautismo para el cristiano
Así como los judíos prohibían a los extraños comer la Pascua, en el cristianismo se recomienda que el sacramento sea tomado principalmente por miembros bautizados (y por investigadores serios bajo ciertas circunstancias).
La Pascua era para Israel lo que el sacramento es para los cristianos bautizados.
Éxodo 12:46 — “Ni quebraréis hueso suyo.”
Enseña una doctrina profunda sobre la integridad del sacrificio y la perfección de la redención provista por Dios. Al preservar el cuerpo del animal sin quebrantamiento, el Señor establece que la salvación no se recibe de manera violenta, fragmentada o descuidada, sino conforme a un orden sagrado que honra la totalidad de la ofrenda. Doctrinalmente, esta norma subraya que lo que Dios provee para redimir es completo y suficiente, y por tanto no debe ser alterado por la mano humana. La integridad física del sacrificio simboliza la integridad del acto redentor: nada falta, nada sobra, nada debe ser añadido o destruido. Así, Éxodo 12:46 afirma que la salvación que viene de Dios es perfecta en su diseño y ejecución, y que el pueblo es llamado a recibirla con reverencia, respetando plenamente la forma en que el Señor ha establecido Su obra redentora.
Refiriéndose a Cristo y a los ladrones crucificados con Él, Juan escribió: “Los judíos… para que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo… rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas” (Juan 19:31).
Romper las piernas aceleraba la muerte al impedir la respiración.
“Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con Él. Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas; pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua… Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo” (Juan 19:32–36).
El detalle pascual se convierte así en una profecía precisa del sacrificio del Mesías.
Éxodo 12:48 — “Mas si algún extranjero quisiere celebrar la Pascua para Jehová, séale circuncidado todo varón.”
Enseña una doctrina profunda sobre la inclusión mediante el convenio y la igualdad espiritual ante Dios. El Señor abre la puerta de la redención a quienes no pertenecen por nacimiento, mostrando que la Pascua no está limitada por etnia, sino definida por compromiso; participar exige aceptar plenamente el convenio y sus señales. Doctrinalmente, la circuncisión no es un requisito cultural, sino una expresión de consagración total: quien desea compartir la mesa de la redención debe identificarse por completo con el Dios que libera y con el pueblo que Él ha formado. Así, Éxodo 12:48 afirma que la salvación es accesible a todos los que están dispuestos a entrar en relación de convenio, enseñando que la gracia de Dios incluye, pero no diluye; invita a todos, pero transforma a quienes responden con obediencia y fe.
¿Cuántos extranjeros se habrán convertido al judaísmo con un requisito como ese?
Uno podría imaginar la respuesta moderna:
“Ustedes coman cordero… yo mejor comeré carne de res. Gracias de todos modos.”
El convenio con Dios siempre ha tenido un precio de compromiso real, no simbólico ni superficial.
























