Génesis 22
Génesis 22:1 — “Dios probó a Abraham”
La frase establece doctrinalmente que la prueba es un instrumento divino para revelar, no para destruir, la fe del justo. El texto no sugiere ignorancia en Dios, sino intención pedagógica: el Señor permite circunstancias extremas para manifestar en el corazón del hombre aquello que ya se ha ido formando mediante años de convenios, promesas y obediencia sostenida. Después de recibir al hijo prometido, Abraham enfrenta ahora la prueba más profunda, enseñando que las bendiciones no sustituyen la consagración, sino que la intensifican. Doctrinalmente, este versículo afirma que Dios prueba aquello que ama y prepara para mayores responsabilidades eternas, y que la fe madura no se mide por lo que se recibe, sino por lo que se está dispuesto a entregar cuando Dios lo pide. La prueba no es castigo ni crueldad, sino un acto de confianza divina en el crecimiento espiritual del siervo. Así, Génesis 22:1 testifica que el camino del convenio culmina en pruebas que refinan el alma, alinean completamente la voluntad humana con la divina y revelan que la fe verdadera se manifiesta cuando el creyente confía en Dios aun cuando no comprende plenamente Sus designios.
¿Nos tienta Dios? Por lo general pensamos en la tentación como el acto de incitar a alguien a hacer el mal. Sabemos que Dios no nos tienta para hacer el mal, pero también sabemos que desea probarnos, examinarnos, llevarnos al límite para refinarnos. “Porque el Dios justo prueba los corazones y los riñones” (Sal. 7:9). ¿Estamos preparados para ser probados como el salmista que exclamó: “Escudríñame, oh Jehová, y pruébame; examina mis íntimos pensamientos y mi corazón” (Sal. 26:2)?
B. H. Roberts. “Mirad, os ruego, al padre de los fieles, Abraham. Probado de todas maneras; examinado en cada punto; tocado en la cuerda más sensible de toda su alma; requerido por el mandamiento de Dios a tomar al hijo de la promesa y colocarlo sobre el altar, y permitir que el humo que debía consumir su carne ascendiera como incienso a Dios—probado hasta ese mismo punto, y aun así resistió la prueba, creyendo y confiando en la justicia y misericordia de Dios.
Aunque existía el mandamiento general: ‘No matarás’, cuando la voz de Dios vino a él ordenándole matar, no vaciló ni discutió con Dios; manifestó su disposición a sacrificar aun a su propio hijo conforme al mandamiento divino. Pero cuando quedó claro que Abraham no retendría ni siquiera a su hijo ante Dios—cuando la prueba se completó y el examen fue superado—el carnero enredado en el zarzal fue provisto, sacado y atado con gratitud sobre el altar para ocupar el lugar de Isaac.
¡Cuán dulce debió haber sido la comunión de Abraham con Dios después de aquello! ¡Qué confianza debió sentir en la presencia de Dios! ¡Y cuán sublimes debieron parecerle las palabras que salieron de los labios de Jehová, diciendo: ‘Por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo, de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos; y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz’!
¡Oh, amigos míos! Dios ciertamente llama—más aún, exige—sacrificio; pero Dios es capaz de recompensar a los hombres por sus sacrificios, hasta lo sumo. No lo dudéis. Desde ese día, ¿qué bendición hay en el cielo que Abraham no pueda reclamar? ¡Qué poder el del antiguo patriarca ahora y para siempre! ¿Os maravilla que esté escrito en Doctrina y Convenios que Abraham ha pasado por los ángeles y ya no es ángel ni siervo, sino uno de los Dioses en el concilio del Padre? Tenía esa fuerza y poder en sí mismo, porque había hecho el sacrificio.” (Collected Discourses, vol. 5, 12 de diciembre de 1897)
Génesis 22:2 — “Toma ahora a tu hijo, tu único hijo Isaac”
La expresión concentra doctrinalmente el peso máximo de la consagración, pues Dios nombra con precisión aquello que es más amado para revelar la profundidad real de la fe. Al decir “tu hijo”, el Señor apela al afecto natural; al decir “tu único hijo”, enfatiza la singularidad de la promesa; y al decir “Isaac”, recuerda que se trata del hijo del milagro, de la risa redimida y del cumplimiento largamente esperado. Doctrinalmente, esta frase enseña que la prueba divina no es abstracta ni genérica, sino profundamente personal, y que Dios no pide sacrificios impersonales, sino aquello a lo que el corazón se ha aferrado legítimamente. No se trata de negar el amor, sino de ordenar el amor, mostrando que ninguna bendición —por sagrada que sea— puede ocupar el lugar de Dios en la vida del convenio. Así, Génesis 22:2 testifica que la fe suprema consiste en confiar en que el Dios que da promesas es también capaz de preservarlas, restaurarlas o trascenderlas, y que la consagración verdadera se revela cuando el creyente está dispuesto a entregar incluso aquello que sabe que proviene de la mano misma del Señor.
Aquí vemos al menos una de las razones por las cuales el destierro de Ismael (Gén. 21) fue conforme al plan del Señor. El Señor anticipó el simbolismo de Abraham ofreciendo a su único hijo como figura de Su Hijo Unigénito en la carne. El simbolismo no funciona si Abraham tiene dos hijos. Ismael debía quedar definitivamente fuera de la vida de Abraham para que el simbolismo profético se cumpliera.
Génesis 22:3 — “Ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes”
La orden lleva doctrinalmente la prueba de Abraham al umbral de la obediencia absoluta, donde la fe se expresa no solo en disposición interior, sino en acción concreta y costosa. El mandato sitúa el sacrificio “allí”, en un lugar designado por Dios, enseñando que la obediencia verdadera ocurre en los términos del Señor y no en los del adorador. Doctrinalmente, el holocausto —una ofrenda total— simboliza la consagración completa de la voluntad, revelando que Dios busca el corazón íntegro antes que el acto mismo. El “monte” representa elevación espiritual y perspectiva eterna: al ascender, Abraham aprende que la fe madura se vive por encima de la comprensión inmediata. Este pasaje no glorifica la pérdida, sino la confianza radical en un Dios que gobierna la vida y la muerte y que, por tanto, puede cumplir Sus promesas aun cuando parecen contradecirse. Así, Génesis 22:3 testifica que la obediencia que salva es aquella que confía en el carácter de Dios más que en el resultado visible, y que la consagración auténtica consiste en poner todo en el altar, seguros de que el Señor provee conforme a Su sabiduría perfecta.
Uno de los grandes temas de los relatos no bíblicos acerca de Abraham es cuán intensamente combatió el principio de la idolatría. Es famoso por burlarse de quienes eran tan insensatos como para fabricar un objeto con sus propias manos y luego postrarse para adorarlo. ¿Quién es el dios: el ídolo o su creador? (Véase el comentario de Abraham 1:5).
Abraham creció en una cultura obsesionada con los ídolos. Su propio padre, Taré, era fabricante de ídolos y obligó al joven Abram a venderlos. Su padre hacía un ídolo y luego oraba a él como si tuviera poder propio. “Cuando yo, Abraham, oí palabras como estas de mi padre, me reí en mi mente y gemí con amargura y enojo en mi alma” (J. Tvedtnes, B. Hauglid, J. Gee, Traditions about the Early Life of Abraham, 53–55).
Abram rechazó la idolatría de su tiempo. Para hacerlo, tuvo que permanecer solo frente a una terrible oposición y amenazas contra su vida. Es una cosa fabricar un ídolo y luego adorarlo; es otra muy distinta desperdiciar tiempo y dinero ofreciéndole sacrificios. ¿Y entre todos los sacrificios posibles, elegir el sacrificio humano? ¿Cuál de esos ídolos mudos exigía sacrificios humanos? ¿Cuál retenía la lluvia del cielo hasta que se derramara la sangre de un niño? ¿Cuál oscurecía el sol hasta que se sacrificaran vírgenes?
Esta práctica debió de horrorizar a Abraham. Él comprendía a Dios como un Creador misericordioso, comprensivo, amoroso y poderoso. La sola idea del sacrificio humano debió de ser tan aborrecible para él como lo es para nosotros. Abraham había presenciado el asesinato ritual de mujeres y niños inocentes (Abr. 1:11). La escena debió revolverle el estómago, ofender su espíritu y desgarrar su corazón. El Facsímil 1 nos muestra que Abraham mismo estuvo a punto de ser sacrificado por un sacerdote egipcio. Salvado por el Señor en el último momento, el acontecimiento debió de afectarlo profundamente (Abr. 1:12).
Neal A. Maxwell declaró: “Si reflexionamos sobre la relación del Señor con Abraham, vemos a un joven que deseaba una vida más justa y feliz, pero que tenía un padre inconstante. Aun así, este joven anhelaba sinceramente el santo sacerdocio y deseaba una mejor forma de vida. Desde temprano en su vida, mucho antes de que se le pidiera ofrecer a Isaac como sacrificio, Abraham experimentó personalmente una lección poco apreciada: lo que significa contemplar ser sacrificado, pues los sacerdotes paganos realmente intentaron sacrificarlo.” (Even As I Am, 43)
Su Dios requería sacrificio de animales, pero nunca sacrificio humano. Esa pudo haber sido una de las grandes distinciones en la mente del joven Abram. Tal vez pensó que los ídolos exigían sacrificios humanos, pero que su Dios jamás ordenaría quitar una vida como ofrenda sacrificial. Solo los paganos ofrecerían “a sus hijos a estos ídolos mudos” (Abr. 1:7). Nunca antes se había mandado a un hombre sacrificar a su propio hijo. No había precedente histórico para lo que Dios estaba pidiendo a Abraham, y Dios estaba pidiendo precisamente aquello que más aborrecía el profeta: matar a su propio hijo como en los sacrificios paganos a dioses falsos.
Con este trasfondo —un profundo y visceral rechazo del sacrificio humano— Dios pide a Abraham que ofrezca a su hijo Isaac. Si Dios pide a Abraham lo que era más difícil para él, no debería sorprendernos si nos pide a nosotros lo que nos resulte más difícil también. Puede ir en contra de todo lo que sabemos y ser completamente opuesto a todo lo que defendemos. La pregunta es si seremos obedientes en toda circunstancia. Esa es la prueba suprema. Abraham la superó. ¿La superaremos nosotros?
Spencer W. Kimball. “Abraham demostró una fe extraordinaria cuando se le aplicó esta prueba sobrehumana. Su joven ‘hijo de la promesa’ debía ser ofrecido ahora sobre el altar del sacrificio. Era el mandamiento de Dios, ¡pero parecía tan contradictorio! ¿Cómo podría su hijo Isaac ser padre de una posteridad innumerable si su vida mortal era terminada en su juventud? ¿Por qué debía Abraham ser llamado a cometer un acto tan repugnante? ¡Era irreconciliable, imposible! Y sin embargo, creyó a Dios.
Su fe inquebrantable lo llevó, con el corazón destrozado, hacia el monte Moriah junto a su joven hijo, quien poco sospechaba las agonías por las que pasaba su padre. Asnos cargados llevaron a la comitiva y los suministros. El padre y el hijo, llevando el fuego y la leña, subieron al lugar del sacrificio…
‘No dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios; plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido’ (Romanos 4:18–21).
El padre Abraham y la madre Sara sabían —sabían— que la promesa se cumpliría. ¿Cómo? No lo sabían ni exigieron saberlo. Isaac ciertamente viviría para ser padre de una numerosa posteridad. Sabían que así sería, aun si tenía que morir. Sabían que podía ser levantado de entre los muertos para cumplir la promesa, y aquí la fe precedió al milagro.”(Faith Precedes the Miracle, 12)
Génesis 22:5 — “Quedaos aquí… y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos”
La declaración revela doctrinalmente el corazón de la fe obediente que confía en Dios aun cuando el camino conduce a una prueba incomprensible. Abraham separa a los siervos no por secretismo, sino porque hay experiencias espirituales que solo se viven en soledad reverente ante Dios; la adoración más profunda ocurre cuando el creyente avanza sin apoyos humanos. Al unir en una sola frase “ir” y “adorar”, Abraham enseña que la adoración verdadera no se limita a palabras o ritos, sino que se manifiesta en la obediencia activa, incluso cuando esta implica sacrificio personal extremo. Doctrinalmente, esta expresión muestra una fe que mira más allá del acto inmediato, pues Abraham habla con certeza de adoración y regreso, confiando en que Dios cumplirá Sus promesas de un modo aún no revelado. Así, Génesis 22:5 testifica que la adoración auténtica es un acto de entrega total de la voluntad, que la fe madura camina hacia Dios aun en silencio y que el creyente adora verdaderamente cuando obedece confiando plenamente en el carácter y el poder del Señor.
Isaac debía ir a solas con su padre. Ningún siervo podía salvarlo ahora. Su padre era su único confidente, pero su padre era también quien exigía el sacrificio. Así que, en realidad, Isaac estaba solo.
El plan era que el sacrificio supremo lo realizara el Salvador de la humanidad, pero Él tenía que hacerlo solo. Pedro, Jacobo y Juan no estarían con el Salvador en Getsemaní. Estaban a un tiro de piedra en lo físico, pero espiritual y emocionalmente bien podrían haber estado al otro lado del mundo. Isaías dijo: “Miré, y no había quien ayudase; y me asombré de que no hubiera quien sustentase” (Isa. 63:5). “He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie hubo conmigo” (Isa. 63:3).
Génesis 22:6 — Tomó Abraham la leña del holocausto y la puso sobre Isaac su hijo
La acción encierra una enseñanza doctrinal profundamente simbólica sobre la obediencia consciente y la entrega voluntaria dentro del convenio. Abraham no solo continúa el mandato divino, sino que involucra a Isaac de manera directa, mostrando que la fe madura no se ejerce a espaldas de la verdad, sino con responsabilidad y participación. Doctrinalmente, la leña sobre Isaac representa la carga del sacrificio asumida con sumisión, prefigurando que el camino de la obediencia implica llevar aquello que parece conducir a la pérdida, confiando en Dios por encima del instinto natural de preservación. Abraham porta el fuego y el cuchillo —los instrumentos de la decisión— mientras Isaac lleva la leña, revelando una relación de confianza y orden: el padre actúa con autoridad obediente, y el hijo camina en mansedumbre. Así, Génesis 22:6 testifica que la fe verdadera no es impulsiva ni ciega, sino deliberada y sostenida, y que Dios permite que Sus siervos participen conscientemente en el sacrificio para que la entrega de la voluntad sea completa, profunda y transformadora.
Isaac cargando la leña para su propio sacrificio es símbolo del Salvador cargando Su cruz rumbo al Gólgota.
Génesis 22:7 — “¿Dónde está el cordero para el holocausto?”
La pregunta de Isaac — concentra doctrinalmente la tensión sagrada entre obediencia y esperanza, revelando que la fe auténtica no silencia las preguntas, sino que las eleva con confianza reverente. Isaac observa el orden del sacrificio y reconoce la ausencia esencial, mostrando una fe consciente que busca sentido sin rebelión; su pregunta no acusa, invita a la revelación. Doctrinalmente, este momento enseña que Dios permite que la fe sea probada en diálogo honesto, donde el creyente avanza aun cuando no ve la provisión. La ausencia del cordero prepara el escenario para una verdad central del convenio: la provisión viene de Dios y en Su tiempo, no de la previsión humana. Así, Génesis 22:7 testifica que la fe madura camina con preguntas abiertas y corazón dispuesto, confiando en que el Señor proveerá lo necesario para la adoración verdadera y que, en el punto exacto de mayor incertidumbre, Dios revelará Su respuesta redentora.
¿Dónde está el Cordero de Dios? ¿A qué apuntaban miles de años de sacrificios de animales? Isaac hizo la pregunta correcta para quienes vivían bajo la ley de Moisés: “¿Dónde está el cordero?”. Para ellos, el sacrificio expiatorio era algo futuro. Se requería una gran fe para creer que el Hijo de Dios vendría y se ofrecería a Sí mismo como el Cordero de Dios. A muchos les costó creer que el Cordero de Dios llegaría alguna vez.
Jacob, hermano de Nefi, fue acusado de desviar al pueblo por alentarlos a adorar “a un ser que decís que vendrá dentro de muchos cientos de años. Y ahora he aquí, yo, Sherem, os declaro que esto es blasfemia; porque nadie puede saber de tales cosas, pues no puede conocer lo que ha de venir” (Jacob 7:7). Korihor usó el mismo argumento; “comenzó a predicar al pueblo que no habría Cristo… diciendo: Oh, vosotros que estáis atados bajo una esperanza vana y necia, ¿por qué os sujetáis a cosas tan necias? ¿por qué miráis a un Cristo? Porque nadie puede saber cosa alguna de lo que ha de venir. He aquí, estas cosas que llamáis profecías… son tradiciones necias de vuestros padres” (Alma 30:12–14).
John Taylor. “Isaac dijo a su padre: ‘He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?’ ¿Qué habríais pensado si hubierais estado en el lugar de Abraham? Sin embargo, Abraham era un hombre justo y buscaba la justicia, buscaba a Dios, y Dios había hablado con él y lo había bendecido de una manera muy notable, dándole un hijo cuando naturalmente no había perspectiva alguna de que su esposa Sara lo tuviera. ¿Cómo os habríais sentido, padres aquí presentes, si hubierais sido puestos en la misma situación?” (Journal of Discourses, 24:264)
Spencer W. Kimball. “¡Qué corazón tan pesado y qué voz tan triste debió de haber sido la que respondió: ‘Hijo mío, Dios se proveerá de cordero para el holocausto’!” (Conference Report, octubre de 1952)
Génesis 22:9 — “Llegaron al lugar que Dios le había dicho”
La frase marca doctrinalmente el momento en que la fe obediente alcanza su punto de mayor concreción: Abraham no solo escuchó el mandato, sino que perseveró hasta cumplirlo exactamente como Dios lo indicó. El “lugar” no es accidental ni intercambiable; representa el punto preciso donde la voluntad humana y la voluntad divina se encuentran, enseñando que la obediencia verdadera no se detiene a mitad del camino ni se redefine para aliviar el costo emocional. Doctrinalmente, este versículo afirma que la fe madura se demuestra en la constancia, caminando hasta el final aun cuando cada paso incrementa la dificultad y la incomprensión. Llegar al lugar señalado implica aceptar que Dios define tanto el qué como el dónde de la consagración, y que las pruebas culminan en escenarios preparados por Él para revelar Su poder y Su propósito. Así, Génesis 22:9 testifica que el Señor honra a quienes perseveran sin reservas, y que el momento decisivo de la fe ocurre cuando el creyente llega exactamente donde Dios lo ha llamado, dispuesto a confiar plenamente en que allí —y no antes— el Señor se manifestará conforme a Su perfecta voluntad.
La tradición ha designado al Monte Moriah como el sitio de la ofrenda de Abraham. El lugar es sagrado para judíos, cristianos y musulmanes (aunque los musulmanes creen que Ismael fue el hijo del sacrificio). El templo de Herodes fue edificado allí. En la actualidad, es el sitio de la mezquita musulmana, La Cúpula de la Roca.
“Según algunos eruditos islámicos, la roca es el lugar desde el cual Mahoma ascendió al cielo acompañado por el ángel Gabriel…
La Piedra Fundamental y sus alrededores constituyen el sitio más sagrado del judaísmo. Aunque hoy los musulmanes oran hacia la Kaaba en La Meca, en un tiempo oraban junto con los judíos hacia la plataforma elevada sobre la cual se levanta la Cúpula de la Roca. Aunque Mahoma cambió la dirección de la oración para los musulmanes después de un conflicto con una tribu judía, ambos grupos consideraron tradicionalmente este lugar como el punto más sagrado de la tierra, el sitio del Lugar Santísimo durante el período del Templo”.
Génesis 22:9 — “Abraham… ordenó la leña y ató a Isaac su hijo”
La frase expresa doctrinalmente el punto culminante de la consagración consciente, donde la obediencia se vuelve ordenada, deliberada y completamente sometida a la voluntad de Dios. Abraham no actúa con prisa ni descontrol, sino que “ordena” la leña, mostrando que la fe verdadera no es impulsiva, sino reverente y metódica aun en medio del mayor conflicto interior. El acto de “atar” a Isaac revela una obediencia compartida: el hijo no es presentado como víctima inconsciente, sino como participante voluntario que confía en su padre y, por extensión, en el Dios que guía a su padre. Doctrinalmente, este momento enseña que la fe más elevada no consiste solo en estar dispuesto en el corazón, sino en someter cada acción concreta al mandato divino, aun cuando ello contradiga los afectos más profundos. Aquí se manifiesta la entrega total de la voluntad humana, tanto del padre como del hijo, enseñando que el sacrificio que Dios acepta es, ante todo, el sacrificio del yo. Así, Génesis 22:9 testifica que la obediencia plena ordena la vida conforme a Dios, que la fe madura actúa con solemnidad y confianza, y que el Señor permite llegar hasta este punto extremo no para destruir, sino para revelar la profundidad real del amor, la confianza y la lealtad del corazón consagrado.
“Tradicionalmente, las patas de un animal se ataban antes de ser sacrificado. En la literatura judía, la historia de Abraham e Isaac es conocida como la Akedá, o ‘La Atadura’, en referencia a que Abraham ató a su hijo”. (Ensign, abril de 2013, 47)
Isaac probablemente tenía la edad suficiente para haberse resistido a su padre cuando intentó atarlo. Aunque no se dice explícitamente en las Escrituras, debemos suponer que Isaac era mayor que un niño pequeño y, por tanto, fue obediente, tal como lo fue Abraham. Si Isaac tenía unos quince años, su padre habría tenido ciento quince. Con toda certeza, Isaac podría haber huido. Aunque no se nos relata la conversación entre padre e hijo en este punto, sabemos que Isaac se sometió a su padre, así como Jesús se sometería más tarde al Suyo.
Neal A. Maxwell. “Seguramente Abraham se maravilló de la sumisión de su hijo Isaac, que prefiguraba la posterior y aún más maravillosa sumisión de Jesús —para quien, sin embargo, no hubo carnero en el zarzal.
Abraham e Isaac tuvieron motivos innegables para un gozo sobrio al descender del monte Moriah, cuando el sacrificio del segundo resultó innecesario. Ambos habían sido obedientes y sumisos, en semejanza de lo que habría de venir en la dispensación del meridiano del tiempo. Quizá incluso ocurrió una conversación especial entre padre e hijo, o tal vez solo un silencio profundo e instructivo. Pero la lección dada a Abraham no se estaba dando a un novato o aprendiz. Los discípulos más avanzados —lejos de ser inmunes a una instrucción adicional— experimentan enseñanzas aún más profundas y constantes”. (Even As I Am, 43)
Génesis 22:10 — “Y extendió Abraham su mano, y tomó el cuchillo para degollar a su hijo”
La declaración representa doctrinalmente el instante supremo en que la fe deja de ser intención y se convierte en entrega total de la voluntad. Este versículo no glorifica la violencia ni el acto en sí, sino que revela la profundidad de una obediencia que confía plenamente en el carácter de Dios aun cuando la mente no puede reconciliar el mandato con la promesa. Abraham llega hasta el límite permitido de la prueba, enseñando que Dios valora no solo la disposición interior, sino la decisión concreta que demuestra que nada —ni siquiera lo más amado y prometido— se antepone a Él. Doctrinalmente, este momento muestra que la fe verdadera no negocia condiciones ni exige explicaciones previas, sino que se apoya en la certeza de que Dios es justo, fiel y capaz de cumplir Sus promesas por medios que trascienden la comprensión humana. El acto de “extender la mano” simboliza la rendición completa del yo, donde el creyente entrega el resultado en manos de Dios. Así, Génesis 22:10 testifica que el sacrificio que Dios busca es la sumisión total del corazón, y que cuando el hombre llega a ese punto de confianza absoluta, Dios mismo interviene para revelar que Su propósito no es quitar la vida, sino perfeccionar la fe y manifestar Su poder redentor.
Abraham realmente iba a hacerlo, “pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos” (Heb. 11:19). Tal vez Dios cumpliría la promesa de otra manera; no importaba. Abraham tenía la fe; estaba listo para dar el golpe cuando el ángel detuvo su mano.
Bruce C. Hafen. José Smith enseñó que “una religión que no requiere el sacrificio de todas las cosas nunca tiene poder suficiente para producir la fe necesaria para la vida y la salvación”. Abraham, ese arquetipo del principio del sacrificio, fue llamado a sacrificar a Isaac, su hijo de la promesa, en circunstancias al menos tan irracionales como las que enfrentó Job. En el caso de Abraham, se le pidió que fuera el instrumento de su propia aflicción, realizando él mismo el sacrificio. Solo esto colocaba la petición de Dios más allá de la comprensión humana.
Además, sacrificar a Isaac significaba destruir de un solo golpe toda esperanza de cumplir la gloriosa promesa de Dios de que, por medio del hijo de Abraham y Sara, continuaría el convenio eterno. Así, la imagen de Abraham de pie sobre Isaac en el altar, con el cuchillo en alto, representa el salto definitivo de la fe religiosa. Allí se encontraba, simultáneamente, en la cúspide de la obediencia fiel y en la profundidad de la angustia personal.
Luego, por pura gracia —en este caso mediante un carnero enredado en el zarzal— Dios liberó a Abraham de Su terrible mandamiento. En este poderoso símbolo de la Expiación, Dios condujo a Abraham a la noche oscura de su alma y luego transformó la experiencia en un momento de luz. (The Broken Heart: Applying the Atonement to Life’s Experiences, 59)
Thomas S. Monson. Todos amamos el hermoso relato de la Santa Biblia acerca de Abraham e Isaac. ¡Cuán sumamente difícil debió haber sido para Abraham, en obediencia al mandamiento de Dios, llevar a su amado Isaac a la tierra de Moriah para presentarlo allí como holocausto! ¿Podéis imaginar la pesadez de su corazón mientras reunía la leña para el fuego y viajaba al lugar señalado? Sin duda el dolor debió azotar su cuerpo y torturar su mente cuando ató a Isaac y lo colocó sobre el altar, sobre la leña, y extendió su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.
¡Cuán gloriosa fue la proclamación y con qué maravillosa bienvenida llegó!: “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ahora conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único hijo” (Gén. 22:12).
Cuando Dios contempló el sufrimiento de Jesús, Su Hijo Unigénito en la carne, y vio Su agonía, no hubo voz del cielo para preservar la vida de Jesús. No hubo carnero en el zarzal que se ofreciera como sacrificio sustituto. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. (Conference Report, octubre de 1965)
Joseph Smith. El sacrificio requerido de Abraham al ofrecer a Isaac muestra que, si un hombre ha de alcanzar las llaves del reino de una vida sin fin, debe sacrificar todas las cosas. (History of the Church, 5:555)
John Taylor. Hablo de estas cosas para mostrar cómo han de ser probados los hombres. Oí a José Smith decir —y supongo que el hermano Snow también lo oyó— al predicar a los Doce en Nauvoo, que el Señor se apoderaría de las cuerdas de su corazón y las retorcería, y que tendrían que ser probados como Abraham fue probado. Pues bien, algunos de los Doce no pudieron soportarlo; vacilaron y cayeron en el camino. No todos podían resistir lo que Abraham resistió.
José dijo que si Dios hubiera conocido otra manera de tocar los sentimientos de Abraham con mayor agudeza y profundidad, la habría usado. No solo fueron tocados sus sentimientos paternales; había algo más. Tenía la promesa de que en él y en su descendencia serían benditas todas las naciones de la tierra; que su simiente sería multiplicada como las estrellas del cielo y como la arena a la orilla del mar. Había mirado a través del panorama de las edades futuras y visto, por el espíritu de revelación, multitudes de su pueblo levantarse, por medio de los cuales Dios transmitiría inteligencia, luz y salvación al mundo.
Pero al ser llamado a sacrificar a su hijo, parecía que todas sus perspectivas relacionadas con la posteridad quedarían anuladas. Sin embargo, tuvo fe en Dios y cumplió lo que se le exigía. No podemos concebir nada que pudiera haber sido más probador y más desconcertante que la situación en la que fue colocado. (Journal of Discourses, 24:264)
Génesis 22:13 — “Y miró Abraham, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal”
La escena revela doctrinalmente que la provisión de Dios se manifiesta en el momento exacto en que la obediencia ha sido plenamente demostrada. El carnero aparece cuando Abraham ha entregado por completo su voluntad, enseñando que el Señor no sustituye la fe, sino que la honra con provisión. Doctrinalmente, el carnero representa la misericordia que responde a la consagración total: Dios no quería la pérdida del hijo, sino el corazón del padre. El hecho de que esté “a sus espaldas” sugiere que la provisión divina a menudo está más cerca de lo que el creyente percibe, pero solo se revela cuando la mirada se levanta del sacrificio humano hacia la intervención divina. El zarzal, lugar de enredo y dificultad, se convierte en el escenario donde Dios provee, mostrando que incluso los obstáculos pueden servir a Su propósito redentor. Así, Génesis 22:13 testifica que el Señor es el Dios que provee cuando la fe ha sido llevada hasta el extremo de la confianza, afirmando que la obediencia plena abre paso a la misericordia, y que Dios mismo provee el sacrificio que satisface tanto la justicia como el amor dentro de Su plan eterno.
Neal A. Maxwell. ¿Podemos nosotros, aun en lo más profundo de la enfermedad, decirle algo a [Jesús] acerca del sufrimiento? De maneras que no podemos comprender, nuestras enfermedades y aflicciones fueron llevadas por Él aun antes de que nosotros las lleváramos. El peso mismo de nuestros pecados combinados hizo que descendiera por debajo de todo. Nunca hemos estado, ni estaremos, en profundidades como las que Él ha conocido. Así, Su Expiación perfeccionó Su empatía, Su misericordia y Su capacidad para socorrernos, por lo cual podemos estar eternamente agradecidos mientras Él nos instruye en nuestras pruebas. No hubo carnero en el zarzal en el Calvario para librarlo a Él, este Amigo de Abraham e Isaac. (Even As I Am, 116–117)
Génesis 22:14 — “Jehová-jireh… En el monte de Jehová será provisto / será visto”
La proclamación sella doctrinalmente toda la experiencia del sacrificio como una revelación del carácter de Dios: Él es quien ve plenamente y, por ello mismo, provee perfectamente. Al nombrar el lugar, Abraham transforma la prueba en testimonio, declarando que el Señor no solo responde a la necesidad en el último instante, sino que ya había visto el desenlace desde el principio. Doctrinalmente, la doble expresión —“será provisto” y “será visto”— enseña que la provisión divina nace de la omnisciencia amorosa de Dios: porque Él ve el corazón, la fe y el futuro, puede proveer exactamente lo que se necesita en el momento preciso. El “monte” se convierte así en símbolo del lugar donde la fe humana asciende hasta su límite y la gracia divina desciende con poder redentor. Este pasaje afirma que Dios no elimina la prueba antes de tiempo, pero nunca permite que la obediencia fiel termine en destrucción; la culmina en revelación. Así, Génesis 22:14 testifica que el Señor es el Dios que ve antes de que el hombre comprenda y que provee cuando la fe ha sido plenamente ofrecida, enseñando que en el punto más alto de la consagración, Dios se manifiesta como Aquel que sostiene, redime y cumple Sus promesas eternas.
El monte en Moriah es donde Abraham vio la misericordia del Señor. Para ampliar el significado de la frase “en el monte de Jehová será visto”, podemos entenderla de las siguientes maneras:
- “En el monte del Señor se manifestará el amor de Dios por Sus siervos obedientes”.
- “En el monte del Señor se verá la misericordia de Dios al detener la mano del profeta”.
- “En el monte del Señor, Dios proveerá un carnero en el zarzal”.
- “En el monte del Señor, Dios proveerá a Abraham una lección que nunca olvidará”.
- “Porque en el monte del Señor, Abraham verá lo que Dios el Padre tuvo que soportar al sacrificar a Su Hijo Unigénito”.
Melvin J. Ballard. Al leer la historia del sacrificio de Isaac por Abraham, pienso que nuestro Padre Celestial está tratando de decirnos lo que le costó dar a Su Hijo como don al mundo. Recordamos que el hijo de Abraham vino después de largos años de espera y fue considerado por su digno padre como más precioso que todas sus demás posesiones; y sin embargo, en medio de su regocijo, Abraham fue mandado a tomar a ese hijo único y ofrecerlo en sacrificio al Señor. Y él respondió.
¿Podéis sentir lo que había en el corazón de Abraham en esa ocasión? Amáis a vuestros hijos como Abraham amó al suyo. ¿Qué pensáis que había en su corazón cuando se despidió de la madre Sara? ¿Qué había en su corazón cuando vio a Isaac despedirse de su madre para emprender aquel viaje de tres días al lugar señalado para el sacrificio? Imagino que apenas pudo contener su inmenso dolor y tristeza en aquella despedida, pero él y su hijo caminaron juntos durante tres días, Isaac llevando la leña que consumiría el sacrificio.
Finalmente llegaron al monte, y los hombres que los acompañaban fueron dejados atrás, mientras Abraham y su hijo subían solos. Entonces el muchacho dijo: “Padre, tenemos la leña y el fuego, pero ¿dónde está el sacrificio?”. Aquella pregunta debió atravesar el corazón de Abraham. Mirando a su hijo, el hijo de la promesa, solo pudo responder: “El Señor proveerá”.
Subieron al monte, acomodaron las piedras y colocaron la leña. Isaac fue atado de pies y manos, arrodillado sobre el altar. Supongo que Abraham, como verdadero padre, le dio a su hijo un beso de despedida, su bendición y su amor; y su alma debió haberse desbordado en esa hora de agonía. Cada paso avanzó hasta que el acero frío fue desenvainado y la mano levantada para dar el golpe, cuando el ángel del Señor dijo: “Basta”.
Nuestro Padre Celestial pasó por todo eso y aún más, porque en Su caso la mano no fue detenida. Amó a Su Hijo Jesucristo más de lo que Abraham jamás pudo amar a Isaac. Y, sin embargo, permitió que ese Hijo amado descendiera de Su gloria para venir a la tierra, sufrir insultos, abusos y la corona de espinas.
Dios escuchó el clamor de Su Hijo en el jardín, cuando de Sus poros brotaron gotas de sangre y clamó: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa”. ¿Qué padre o madre podría escuchar el clamor de sus hijos y no acudir en su ayuda?
El Padre tenía el poder de salvar a Su Hijo… y no lo hizo. Vio a Su Hijo cargar la cruz, caer bajo su peso, ser clavado en ella y derramar Su sangre. En el caso de nuestro Padre, el cuchillo no fue detenido. El golpe cayó, y la sangre de Su Hijo amado fue derramada.
En ese momento de agonía, parece que incluso el Salvador clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Puedo imaginar a nuestro Padre Celestial, detrás del velo, inclinando Su cabeza, con el corazón casi quebrantado por amor a Su Hijo.
Le agradezco y lo alabo porque no nos falló. No solo amaba a Su Hijo, sino que también nos amaba a nosotros. Me regocijo en que no intervino, pues sin ese sacrificio jamás habríamos regresado glorificados a Su presencia. Y así, en parte, este fue el costo de que nuestro Padre Celestial diera el don de Su Hijo a los hombres.
¡Cómo cambiaría mi vida si comprendiera plenamente lo que costó ese don! Estoy seguro de que siempre honraría ese sacrificio con mayor devoción. (Sermons and Missionary Services of Melvin J. Ballard, 152–155)
Génesis 22:17 — “Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo”
La promesa proclama doctrinalmente que la obediencia consagrada abre paso a una bendición que trasciende la vida individual y se extiende a generaciones incontables. Después de la prueba suprema, Dios no solo reafirma lo prometido, sino que lo amplifica, enseñando que la fe demostrada en el sacrificio produce frutos que superan toda expectativa humana. Doctrinalmente, las “estrellas del cielo” simbolizan una posteridad no limitada por lo visible ni por lo inmediato, sino definida por el alcance eterno del convenio: una descendencia que incluye tanto la posteridad literal como la espiritual, unida por la fe y la obediencia. Esta promesa revela que Dios responde a la entrega total con abundancia duradera, y que aquello que se confía plenamente a Él no se pierde, sino que se multiplica. Así, Génesis 22:17 testifica que el Señor honra la fe probada con bendiciones expansivas, enseñando que cuando el corazón del creyente queda alineado con la voluntad divina, Dios extiende Su obra más allá del presente, asegurando continuidad, herencia y vida en plenitud conforme a Sus designios eternos.
Neal A. Maxwell. Antiguamente, la vastedad de la posteridad futura de Abraham se comparó con la arena del mar, una promesa asombrosa (véase Gén. 22:17). Las revelaciones y traducciones de la Restauración abarcan un universo inmenso; por tanto, no nos sorprende que las estimaciones científicas actuales calculen unas 70 sextillones de estrellas, “más estrellas en el cielo —dicen los científicos— que granos de arena en todas las playas y desiertos de la tierra”. (Conference Report, octubre de 2003, 100)
George Q. Cannon. El reino de Abraham no tendría fin. Tendría tronos, principados y dominios; sería coronado no con una corona vacía, sino con una real, símbolo de un dominio, poder y gloria eternos e ilimitados. El Señor ha prometido la misma gloria a todo ser que alcance la gloria del sol, una plenitud de gloria en Su reino celestial. (Journal of Discourses, 15:299)
Génesis 22:18 — “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”
La promesa declara doctrinalmente que el convenio de Dios con Abraham tiene un alcance universal y redentor, destinado no a excluir, sino a bendecir a toda la familia humana. Después de la prueba suprema, el Señor revela que la obediencia fiel de un solo hombre se convierte en un canal mediante el cual fluyen bendiciones para todos los pueblos, enseñando que el propósito del convenio siempre ha sido misional y salvífico. Doctrinalmente, la “simiente” apunta tanto a la posteridad literal como a una descendencia espiritual que vive conforme a la fe de Abraham, y culmina en el plan divino de redención preparado para todas las naciones sin distinción. Esta promesa muestra que Dios transforma el sacrificio personal en beneficio colectivo, y que la fidelidad individual tiene consecuencias eternas que trascienden fronteras, culturas y generaciones. Así, Génesis 22:18 testifica que el Dios del convenio es también el Dios de toda la tierra, que obra por medio de siervos obedientes para bendecir a todos Sus hijos, y que la fe probada y consagrada se convierte en instrumento mediante el cual el amor y la salvación divina alcanzan al mundo entero.
John Taylor. Leemos que en el Templo de Kirtland “Elias apareció y confirió la dispensación del evangelio de Abraham, diciendo que en nosotros y en nuestra descendencia serían benditas todas las generaciones”.
Esa fue la promesa hecha a Abraham hace unos 3,500 años. No fue solo para él, sino por medio de él para otros. Él y su descendencia serían el instrumento mediante el cual la humanidad sería bendecida; serían los medios especiales en las manos de Dios para cumplir esos propósitos. (Journal of Discourses, 25:180)
Bruce R. McConkie. En los casi cuatro mil años transcurridos desde Abraham, millones incontables de su descendencia literal han vivido en la tierra, muchos de ellos en épocas en las que el evangelio, con sus ordenanzas y verdades salvadoras, no estaba entre los hombres. Sin embargo, el Señor prometió a Abraham que esos millones —su descendencia literal, que constituye una parte importante de muchas naciones— tienen derecho, por linaje, a las bendiciones del sacerdocio, del evangelio, de la salvación y de la vida eterna.
Nosotros somos el Israel de los últimos días; somos parte de la simiente de Abraham; poseemos el poder y la autoridad de este sacerdocio; somos luz para las naciones gentiles y, por ello, estamos bajo el mandamiento de llevarles el mensaje de salvación. Y también hemos sido llamados a ser salvadores de Israel, de toda la descendencia de Abraham, de todos los que han vivido desde sus días, hayan tenido o no el evangelio en vida. (Conference Report, abril de 1959)
























