Génesis

Génesis 35


Génesis 35:1. — “Y dijo Dios a Jacob: Levántate, sube a Bet-el, y quédate allí”

Se marca doctrinalmente un llamado divino a la renovación espiritual después de un periodo de confusión moral, conflicto familiar y peligro externo. Al hablarle directamente a Jacob, Dios no comienza con reproche, sino con una invitación a volver al lugar donde todo empezó: Bet‑el, el sitio del primer encuentro, de la promesa y del convenio. Doctrinalmente, este mandato enseña que cuando el pueblo del convenio se ve afectado por el pecado, la violencia o decisiones mal encaminadas, la respuesta de Dios es llamar al arrepentimiento mediante el recuerdo: “levántate” implica salir del estancamiento espiritual; “sube” señala un movimiento ascendente hacia lo sagrado; y “quédate allí” indica permanencia, estabilidad y compromiso renovado. El Señor dirige a Jacob no solo a un lugar geográfico, sino a un estado espiritual de consagración, donde debe reorganizar su vida, purificar su casa y volver a centrar su identidad en Dios. Así, Génesis 35:1 afirma que la restauración espiritual comienza cuando Dios llama a Sus hijos a regresar a los altares olvidados, a recordar Sus promesas y a establecer de nuevo Su presencia como el centro permanente de la vida del convenio.

¿Por qué Dios manda a Jacob a mudarse? La razón no se declara explícitamente, pero es evidente que Jacob estaba en peligro con los pueblos vecinos de la tierra. La llegada de Jacob a la región quedó pronto marcada por la masacre perpetrada por Simeón y Leví contra los hombres de la ciudad de Hamor. En aquellos días, una atrocidad de tal magnitud solía resolverse cuando las ciudades circundantes se aliaban para castigar a los ofensores.

Dios protegió a Jacob y a su familia de dos maneras: primero, mandándoles salir antes de que fueran atacados, y segundo, protegiéndolos durante el viaje, pues “el terror de Dios cayó sobre las ciudades que estaban alrededor de ellos, y no persiguieron a los hijos de Jacob” (v. 5).

“Levántate, sube a Bet-el” (Génesis 35:1), el lugar de manifestación divina y convenio; así también el Israel de los últimos días es invitado a volver a la tierra de sus padres y a la casa del Señor. Así como el efecto inmediato del llamamiento de Dios a Jacob fue llevarlo a purificar a su familia de la idolatría, diciéndoles a “todos los que estaban con él: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos” (Génesis 35:2), así los justos de Israel en los últimos días dejarán sus “dioses ajenos”, cambiarán sus caminos y serán vestidos con ropas de justicia. Así como Dios respondió a Jacob en el día de su angustia, así responderá a los hijos de Jacob cuando se reúnan (Génesis 35:3). Así como “el terror de Dios cayó sobre las ciudades que estaban alrededor de ellos” (Génesis 35:5), así se profetiza de la Nueva Jerusalén que “el terror del Señor también estará allí, de modo que los inicuos no se acercarán a ella” (DyC 45:67). Y así como Jacob volvió a Bet-el para edificar otro altar (Génesis 35:7), así el Israel de los últimos días edificará de nuevo una casa de Dios donde pueda arrodillarse ante sus altares. Así como el Israel antiguo testificó de un Dios que se les apareció (Génesis 35:7), así también testificará el Israel de los últimos días.” (Joseph Fielding McConkie, Gospel Symbolism [Salt Lake City: Bookcraft, 1999], 154)

Génesis 35:1. — “Levántate, sube a Bet-el”

Es un llamado doctrinal a la acción y a la restauración que condensa la misericordia de Dios y la urgencia del arrepentimiento. Al dirigirse a Jacob, el Señor no solo le indica un destino, sino un proceso espiritual: “levántate” implica salir de la pasividad, del peso del error reciente y del temor que paraliza; “sube” señala un movimiento ascendente del alma, un volver a lo alto después de haber descendido a decisiones confusas; y “Bet-el” —Bet-el— representa el lugar de la primera promesa, del altar inicial y del Dios que se reveló cuando Jacob huía sin nada. Doctrinalmente, esta frase enseña que Dios restaura llamando a Sus hijos a recordar y a regresar: no a huir del pasado, sino a reencontrarse con Él en el punto donde el convenio fue establecido. El mandato es breve, pero transformador: invita a reordenar la vida, a purificar el corazón y a centrar de nuevo la existencia en la presencia divina. Así, “Levántate, sube a Bet-el” afirma que la renovación espiritual comienza cuando obedecemos el llamado de Dios a volver a los altares olvidados y a permitir que Su promesa vuelva a gobernar nuestro camino.

Bet-el significa literalmente “casa de Dios”. El significa “Dios” y Beth es un prefijo que significa “casa de”:

  • Belén – Casa de pan
  • Betfagé – Casa de higos
  • Betsaida – Casa de peces
  • Bet-semes – Casa del sol

Dios está mandando a Jacob: “Levántate y sube a la casa de Dios”. Como dijo Isaías: “Venid, y subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob” (Isaías 2:2). Jacob está a punto de vivir una experiencia de templo.

“Uno de los lugares más sagrados del Antiguo Testamento fue un sitio llamado Bet-el. Fue en Bet-el donde Abraham edificó su altar en su primera llegada a Canaán (véase Gén. 12:8, 13). Y fue en Bet-el donde Jacob vio en visión una escalera que llegaba hasta el cielo, después de lo cual edificó una columna. Hasta entonces, el lugar se llamaba Luz. Jacob lo renombró Bet-el, que significa ‘casa de Dios’.” (LDS Church News, 21 de febrero de 1998)

Génesis 35:2. — “Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros”

Se constituye un llamado doctrinal directo a la purificación del corazón y del hogar como condición indispensable para la renovación del convenio. Al dar esta instrucción, Jacob reconoce que no se puede subir a Bet-el ni morar en la presencia de Dios mientras se toleran lealtades divididas; la restauración espiritual comienza con la renuncia consciente a todo aquello que compite con Dios por la confianza, el afecto y la obediencia. Doctrinalmente, este mandato enseña que los “dioses ajenos” no son solo ídolos visibles, sino cualquier dependencia, temor o práctica que desplace al Señor del centro de la vida. La exigencia es comunitaria —“entre vosotros”— porque la santidad del convenio se vive en familia y en comunidad, y la fidelidad de uno afecta a todos. Así, Génesis 35:2 afirma que el arrepentimiento verdadero no es meramente emocional ni verbal, sino decisivo y práctico: quitar, apartar y desechar lo que no pertenece a Dios, para que el corazón quede libre y preparado para adorar, escuchar y volver a caminar bajo la promesa renovada del Señor.

Jacob vivía en una época en que la idolatría era la norma cultural. Aunque Jacob nunca fue adorador de ídolos, algunos de los miembros de su casa todavía practicaban la idolatría. Para nosotros, a quienes el culto a ídolos nos parece tan inútil, resulta sorprendente ver esta práctica dentro del hogar de Jacob.

El hecho de que Jacob tuviera que mandar a su casa a “quitar los dioses ajenos” es un mal presagio para generaciones de sus descendientes. Es como si un mal gen continuara manifestándose en la línea familiar. De algún modo, nunca lograron desprenderse completamente de la idolatría. Moisés ni siquiera pudo bajar del monte cuando Aarón y los israelitas ya habían hecho un becerro de oro. Más adelante, los hijos de Jacob clamarían:

“¿Por qué ha pronunciado Jehová contra nosotros todo este gran mal? ¿O cuál es nuestra iniquidad, o cuál nuestro pecado que hemos cometido contra Jehová nuestro Dios? Entonces les dirás: Porque vuestros padres me dejaron, dice Jehová, y anduvieron en pos de dioses ajenos, y los sirvieron y los adoraron, y me dejaron a mí y no guardaron mi ley.” (Jeremías 16:10–11)

Brigham Young. “Lo que comúnmente se llama idolatría ha surgido de unos pocos hombres sinceros, llenos de fe y con un poco de conocimiento, que instaron a un pueblo descarriado a conservar algunas costumbres —a aferrarse a ciertas formas o figuras— para recordarles al Dios que conocieron sus padres, sin desear ni pretender que el pueblo adorara un ídolo, ni que adorara palos, piedras, bestias o aves. Se introdujeron ídolos que ahora son adorados, y lo han sido durante siglos y miles de años.”
(Discourses of Brigham Young, comp. John A. Widtsoe [Salt Lake City: Deseret Book, 1954], 21)

Génesis 35:2. — “Sed limpios, y mudad vuestros vestidos”

Se expresa doctrinalmente que el regreso a la presencia de Dios requiere una transformación integral, interior y exterior. Al dar este mandato, Jacob enseña que la purificación del pueblo del convenio no se limita a abandonar ídolos, sino que implica una renovación visible que refleje un corazón cambiado. “Sed limpios” apunta a la limpieza espiritual: arrepentimiento sincero, abandono del pecado y reconciliación con Dios; “mudada vuestros vestidos” simboliza una nueva identidad, una ruptura consciente con el pasado y una disposición a presentarse ante el Señor con reverencia y obediencia. Doctrinalmente, el pasaje afirma que Dios valora los símbolos cuando estos expresan realidades espirituales auténticas: el cambio externo no sustituye la santificación interior, pero la acompaña y la testifica. Así, Génesis 35:2 enseña que la renovación del convenio se vive como un acto total—mente, corazón y conducta—en el que el pueblo se prepara para subir a lo sagrado mostrando, aun en lo cotidiano, que ha decidido comenzar de nuevo bajo la dirección y la santidad del Señor.

Si Jacob está a punto de tener una experiencia de templo, no debería sorprendernos su mandato de quitar los dioses falsos, purificarse y cambiar los vestidos. Al acercarnos al templo, nosotros también debemos arrepentirnos antes de ser lavados, ungidos y vestidos con las vestiduras del templo. Moisés “santificó a Aarón y sus vestiduras, y a sus hijos y las vestiduras de sus hijos juntamente con él” antes de que fueran autorizados a ministrar en el tabernáculo (Levítico 8:30).

“La purificación era particularmente importante al entrar en el templo. Leemos, por ejemplo, que David se lavó, se ungió y mudó sus vestidos antes de entrar en la casa del Señor (véase 2 Samuel 12:20).

“La purificación de los vestidos era ritualmente importante en el antiguo Israel como preparación necesaria para comparecer ante Dios. Así leemos con respecto a los acontecimientos en el Sinaí:

‘Y Jehová dijo a Moisés: Ve al pueblo, y santifícalos hoy y mañana; y laven sus vestidos, y estén preparados para el día tercero; porque al tercer día Jehová descenderá a ojos de todo el pueblo sobre el monte de Sinaí… Y descendió Moisés del monte al pueblo, y santificó al pueblo; y lavaron sus vestidos’ (Éxodo 19:10–11, 14).

“Este lavamiento tenía como propósito preparar al pueblo para encontrarse con el Señor y llegar a ser un ‘reino de sacerdotes’ (Éxodo 19:5–11). Como tal, constituía una iniciación en una nueva relación con el Dios de sus padres, quien los había rescatado de la esclavitud en Egipto.

“En el antiguo Israel, las vestiduras se purificaban antes de la realización de funciones sagradas (véase Levítico 16:23–24, 28). A una persona ritualmente impura se le requería lavarse a sí misma y sus vestidos, y en ocasiones seguir esta práctica con un sacrificio (véase Levítico 15:5–13, 16–27).”
(Donald W. Parry, ed., Temples of the Ancient World: Ritual and Symbolism [Salt Lake City y Provo: Deseret Book Co., Foundation for Ancient Research and Mormon Studies, 1994], 688)

Génesis 35:7. — “Edificó allí un altar, y llamó el lugar El-bet-el; porque allí Dios se le había aparecido”

Se expresa doctrinalmente la culminación de la renovación espiritual de Jacob, donde el recuerdo se convierte en adoración y la experiencia pasada se sella con obediencia presente. Al edificar un altar, Jacob no solo conmemora una manifestación divina anterior, sino que responde activamente al Dios que vuelve a revelarse, mostrando que la fe madura no vive solo de memorias, sino de compromisos renovados. El nombre El-bet-el (“el Dios de Bet-el”) indica un cambio significativo: antes el lugar era importante por la experiencia; ahora lo central es Dios mismo, reconocido como el Autor de la promesa y el Sustentador del convenio. Doctrinalmente, este versículo enseña que los altares representan decisiones conscientes de consagración, donde el creyente fija su identidad en el Dios que se revela y responde con gratitud, obediencia y permanencia. Así, Génesis 35:7 afirma que la verdadera restauración espiritual se manifiesta cuando el pueblo no solo vuelve a los lugares sagrados, sino que honra al Dios que allí se da a conocer, estableciendo Su presencia como el centro estable y duradero de la vida del convenio.

El-bet-el significa literalmente “Dios de la casa de Dios”. Jacob edificó un altar para comulgar con Dios en la casa de Dios. Esta fue una experiencia de templo, un tiempo para comunicarse con el Dios de sus padres. Sin embargo, sería en el nombre de Israel, y no en el de Isaac ni en el de Abraham, que la casa de Dios sería llamada. Todos los que son convertidos por convenio al Dios de Abraham son adoptados en la Casa de Israel.

Erastus Snow. “Hay promesas especiales para los hijos de Israel, la simiente de Abraham, como pueblo; pues como pueblo son los escogidos de Dios. Pero como individuos, cada uno es responsable de sus propios pecados. Ninguna promesa hecha a los padres puede salvar a ningún individuo. No obstante, conforme a la promesa hecha a los padres, Dios manifiesta entre los hijos de Israel el Sacerdocio, les revela el Evangelio, y les da la oportunidad de recibirlo y obedecerlo y obtener exaltación por medio de él, si así lo desean; y en este respecto son más favorecidos que las naciones gentiles de todo el mundo, aunque Él ha dicho que todo el que teme a Dios y hace justicia es acepto delante de Él entre todas las naciones y pueblos, sean judíos o gentiles.” (Journal of Discourses, 24:160)

Génesis 35:8. — Débora, nodriza de Rebeca, murió

Se introduce doctrinalmente una nota silenciosa de duelo en medio de la renovación espiritual, recordando que el camino del convenio incluye tanto altares como despedidas. Al mencionar a Débora, la Escritura honra a una mujer aparentemente secundaria, pero profundamente significativa, cuya vida estuvo marcada por el servicio fiel y la constancia a lo largo de generaciones. Doctrinalmente, este versículo enseña que Dios ve y recuerda a quienes sostienen la vida del convenio desde la fidelidad cotidiana, aun cuando no ocupen un lugar prominente en la historia. La muerte de Débora en Bet-el —lugar de revelación y promesa— muestra que la restauración espiritual no elimina el dolor humano, pero sí lo enmarca dentro de una esperanza mayor: la vida continúa bajo la presencia de Dios, aun cuando personas queridas parten. Así, Génesis 35:8 afirma que el pueblo del convenio avanza llevando consigo memoria y gratitud por quienes sirvieron con amor silencioso, y que incluso en la pérdida, Dios sigue afirmando Su cercanía, integrando el duelo en una historia más amplia de promesa, continuidad y fe.

No leemos acerca de un encuentro entre Jacob e Isaac al regresar de Harán. Se relata su encuentro con Esaú, pero no con su padre (sino hasta el versículo 27 de Génesis 35). Que Jacob sí se reunió con su padre se evidencia por el hecho de que Débora, la nodriza de su madre, ahora viaja con él. Débora habría permanecido en la casa de Isaac cuando Jacob huyó a Harán, pero aparentemente se unió al clan de Jacob a su gozoso regreso. Es posible que existiera una relación muy estreja entre Jacob y Débora de la cual no tenemos registro.

“¿Por qué habría de figurar la muerte de Débora en la narrativa si no hubiera una razón clara, a saber, que su pérdida fue profundamente sentida por alguien?… Débora fue la nodriza de la madre de Jacob, y quizá dos generaciones de la familia dependieron de su fiel y amoroso servicio… Así, la persona humilde puede desempeñar un papel en los afectos y necesidades humanas que jamás será registrado en documentos públicos. ¿Quién puede medir todo lo que las nodrizas han dado a aquellos a quienes amaron y sirvieron?” (The Interpreter’s Bible, ed. G. A. Buttrick et al. [Nueva York: Abingdon Press, 1952], vol. 1, pp. 739–740)

Génesis 35:10. — “No se llamará más tu nombre Jacob, sino Israel será tu nombre”

Se reafirma doctrinalmente que la transformación que Dios inicia la confirma y la sella con Su propia voz, mostrando que la identidad renovada no es momentánea ni circunstancial, sino permanente y relacional. Al repetir el cambio de nombre a Jacob, el Señor declara que la lucha pasada y la reconciliación lograda han dado fruto duradero: Jacob ya no es definido por su antiguo modo de obtener bendiciones, sino por haber perseverado con Dios y haber sido cambiado por Él. Doctrinalmente, este versículo enseña que cuando Dios nombra, establece; cuando redefine, compromete Su poder para sostener esa nueva identidad. La repetición divina no corrige una duda, sino que consolida un llamado: Israel no es solo un nombre, es una vocación y una promesa que se extiende a generaciones. Así, Génesis 35:10 afirma que la gracia de Dios no solo perdona el pasado, sino que crea un futuro con propósito, invitando al pueblo del convenio a vivir a la altura del nombre que Dios le ha dado, sostenido por Aquel que lo llamó y lo transformó.

El Señor repite aquí el cambio de nombre que ya le había otorgado la noche en que luchó con el Espíritu y con el ángel (Génesis 32:28).

“Los críticos han intentado distinguir entre una ‘tradición de Israel’ y una ‘tradición de Jacob’… [un autor], sin embargo, ha intentado demostrar que cada uso particular tiene un propósito. Su análisis abarca las cuarenta y cinco veces que se usa ‘Jacob’ y las treinta y cuatro veces que se emplea ‘Israel’ desde aquí hasta el final de Génesis. Se dice que ‘Israel’ se utiliza cuando se enfatiza el aspecto espiritual del patriarca, y ‘Jacob’ cuando se destacan los aspectos materiales y físicos.” (The Torah: A Modern Commentary, ed. W. Gunther Plaut [Nueva York: The Union of American Hebrew Congregations, 1981], 233)

Génesis 35:12. — “La tierra que di a Abraham y a Isaac, a ti la daré, y a tu descendencia después de ti”

Se expresa doctrinalmente la continuidad fiel e inquebrantable del convenio de Dios a través de las generaciones. Al vincular explícitamente la promesa hecha a Abraham y a Isaac con su cumplimiento en Jacob, el Señor afirma que Sus promesas no son momentáneas ni dependientes de la perfección humana, sino firmes, deliberadas y heredables. Doctrinalmente, este versículo enseña que la tierra prometida es más que una posesión geográfica: representa herencia, identidad, pertenencia y futuro bajo el convenio divino. Dios no solo recuerda lo que prometió, sino que lo renueva en el momento de restauración espiritual de Jacob, mostrando que el arrepentimiento y la consagración reabren el acceso a promesas antiguas sin agotarlas. Al extender la bendición “a tu descendencia después de ti”, el Señor revela una visión intergeneracional del evangelio, donde la fidelidad presente bendice a generaciones futuras. Así, Génesis 35:12 afirma que el Dios del convenio es un Dios de memoria y de promesa, que ancla a Su pueblo en un pasado sagrado, lo establece en un presente redimido y lo proyecta hacia un futuro asegurado por Su palabra fiel.

Este es un asunto cargado políticamente. ¿Quién tiene un derecho dado por Dios sobre la Tierra Santa? En Génesis 15:18–21, el Señor declaró a Abraham:
“A tu descendencia he dado esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río, el río Éufrates”—¡una extensión enorme! En el mapa actual, esto incluiría Israel, parte de Egipto, Líbano, Jordania, Siria y la mitad de Irak. Nunca, en los anales de la historia, los descendientes de Jacob han controlado toda esa tierra. Aunque los descendientes árabes de Abraham por medio de Ismael han heredado tierras, los israelitas nunca han podido reclamarla en su totalidad. Los días del rey David fueron los de mayor dominio político del estado de Israel, y aun entonces las fronteras no se acercaron a esa magnitud.

La promesa de que Israel recibiría toda esa tierra aún debe cumplirse. Es probable que su cumplimiento sea milenario:

“El que pone su confianza en mí poseerá la tierra y heredará mi santo monte.” (Isaías 57:13)
“Porque la nación o el reino que no te sirva perecerá; y del todo será asolado.” (Isaías 60:12–13)
“…ni tu tierra se dirá más Desolada; sino que serás llamada Hefzi-bah, y tu tierra, Beulah; porque el Señor se deleita en ti, y tu tierra será desposada.” (Isaías 62:4)
“Y sacaré descendencia de Jacob, y de Judá quien herede mis montes; y mis escogidos heredarán la tierra, y mis siervos morarán allí.” (Isaías 65:9)
“En aquel tiempo llamarán a Jerusalén Trono del Señor, y todas las naciones se congregarán en ella… En aquellos días la casa de Judá andará con la casa de Israel, y vendrán juntas de la tierra del norte a la tierra que di a vuestros padres por heredad.” (Jeremías 3:17–18)

Génesis 35:19. — “Raquel murió y fue sepultada”

Se introduce doctrinalmente una de las pérdidas más profundas en la vida de Jacob, recordando que incluso los portadores del convenio no están exentos del dolor más agudo de la experiencia humana. La muerte de Raquel, la esposa amada por la que Jacob había trabajado tantos años, enseña que el cumplimiento de las promesas divinas no elimina la mortalidad ni suspende el sufrimiento, sino que los enmarca dentro de un propósito eterno. Doctrinalmente, este versículo afirma que la vida del convenio se desarrolla en un mundo caído donde el amor verdadero implica también pérdida, y donde la fe no consiste en evitar la muerte, sino en afrontarla con esperanza. El acto de sepultarla señala dignidad, memoria y amor perdurable: Jacob honra a Raquel aun en la separación, mostrando que el duelo también puede ser una expresión de fidelidad. Así, Génesis 35:19 enseña que Dios permanece presente en los momentos de mayor quebranto, y que las promesas hechas a los patriarcas —tierra, posteridad y bendición— continúan avanzando aun cuando el corazón humano se vea atravesado por la tristeza, confiando en que la muerte no tiene la última palabra dentro del plan eterno de Dios.

“Llena de patetismo está esta breve descripción. El amor de Jacob por Raquel había sido el elemento más luminoso de su carácter; ahora ella muere, y él debe hacer su sepultura. Ya había habido tristeza en la vida de ella antes: el engaño de su padre al casar primero a Lea, los amargos años de esterilidad. Luego vino el gozo con el nacimiento de José (30:22–24). Pero ahora, la llegada de su esperado segundo hijo le cuesta la vida. Al principio, cuando no tenía hijos, había clamado: ‘Dame hijos, o si no, me muero’ (30:1); ahora, cuando ya los había tenido, debía morir y dejarlos. No es extraño, por tanto, que llegara a convertirse en el pensamiento de Israel en un símbolo de añoranza y dolor, de modo que Jeremías (31:15) diría respecto a la desolación de Jerusalén: ‘Voz fue oída en Ramá, llanto y lloro amargo; Raquel que llora por sus hijos’. Ella llamó a su hijo Benoni, Hijo de mi dolor. Pero un hecho más feliz se expresó en el nombre que Jacob le dio: Benjamín, el Hijo de la diestra. Porque la tribu de Benjamín habría de desempeñar un papel notable en la historia, ya que de ella vinieron Saúl, el primer rey (1 Sam. 9:1–2), y aquel Saulo de Tarso aún más grande, que habría de ser el apóstol Pablo (Fil. 3:5).” (The Interpreter’s Bible, ed. G. A. Buttrick et al. [Nueva York: Abingdon Press, 1952], vol. 1, pp. 741–742)

Génesis 35:20. — “El pilar de la sepultura de Raquel hasta hoy”

Se enseña doctrinalmente el valor sagrado de la memoria fiel dentro del plan de Dios, mostrando que el amor y la pérdida pueden ser consagrados como testimonio duradero. Al erigir un pilar sobre la sepultura de Raquel, Jacob no busca resistirse al dolor, sino honrarlo con significado, convirtiendo el duelo en recordación reverente. Doctrinalmente, este acto afirma que Dios permite y valida memoriales que anclan la fe en la historia real de Sus hijos: recordar no es vivir en el pasado, sino reconocer cómo la gracia divina acompaña incluso los momentos más desgarradores. La frase “hasta hoy” subraya que la fidelidad y el amor dejan huellas visibles que instruyen a generaciones posteriores, enseñando que la vida del convenio se construye tanto con promesas cumplidas como con lágrimas santificadas. Así, Génesis 35:20 proclama que en el reino de Dios nada valioso se pierde: el amor es recordado, el dolor es redimido y la memoria fiel se convierte en un testimonio permanente de esperanza, pertenencia y continuidad en medio de la mortalidad.

Siempre que el registro nos da un punto de referencia usando la expresión “hasta hoy”, se nos recuerda que los escribas que están redactando esta versión final de Génesis lo hacen alrededor del año 1000 a. C.. Su audiencia inmediata estaba muy interesada en los lugares donde ocurrieron estos acontecimientos, porque les eran familiares. En el año 1000 a. C., uno podía ir a Belén, ver el pilar de Raquel y lamentar su pérdida junto al padre Jacob.

Hoy en día, la ubicación exacta de la tumba de Raquel es objeto de disputa. Una tradición que se remonta al año 400 d. C. la sitúa en las afueras de Belén.

“La Tumba de Raquel (en hebreo: קבר רחל‎, transliterado Kever Rakhel), conocida desde la década de 1990 por los musulmanes y por la UNESCO como la mezquita Bilal bin Rabah (en árabe: مسجد بلال بن رباح‎), es el nombre dado a un pequeño edificio religioso revestido de concreto, venerado por judíos, cristianos y musulmanes. La tumba se encuentra dentro de un cementerio musulmán en un enclave amurallado que se adentra en las afueras de Belén, a 460 metros al sur del límite municipal de Jerusalén, en Cisjordania. El lugar de sepultura de la matriarca Raquel, mencionado en el Antiguo Testamento judío y cristiano y en la literatura musulmana, es disputado entre este sitio y varios otros al norte. Los registros extrabíblicos más antiguos que describen este lugar como la sepultura de Raquel datan de las primeras décadas del siglo IV d. C. La estructura abovedada que contiene la tumba data del período otomano musulmán, y cuando Sir Moses Montefiore renovó el sitio en 1841, tras obtener la llave para la comunidad judía, añadió una antesala que incluía un mihrab para la oración musulmana. Según el Plan de Partición de las Naciones Unidas de 1947 para Palestina, la tumba debía formar parte de la zona internacionalmente administrada de Jerusalén, pero el área fue ocupada por Jordania, que prohibió a los israelíes entrar en ella. Aunque inicialmente no quedaba dentro del Área C, el sitio ha pasado a estar bajo el control del Ministerio de Asuntos Religiosos de Israel. La tumba de Raquel es el tercer lugar más sagrado del judaísmo. Los judíos han peregrinado a la tumba desde tiempos antiguos, y se ha convertido en uno de los pilares de la identidad judío-israelí.” (Wikipedia, “Rachel’s Tomb”)

Génesis 35:22. — Rubén fue y se acostó con Bilha, la concubina de su padre

Se presenta doctrinalmente una de las transgresiones familiares más graves del relato patriarcal, mostrando cómo el pecado sexual también puede ser una forma de rebelión contra el orden del convenio y la autoridad establecida por Dios. Al tratarse de Rubén, el primogénito de Jacob, el acto no solo implica inmoralidad personal, sino una afrenta directa al liderazgo del padre y a la estructura sagrada de la familia; al involucrar a Bilha, la ofensa se agrava por el abuso de una relación de poder y pertenencia. Doctrinalmente, este versículo enseña que el pecado no ocurre en el vacío: las decisiones inmorales tienen consecuencias espirituales y generacionales, afectando herencias, llamamientos y bendiciones futuras. La sobriedad del texto —que nombra el hecho sin justificarlo— subraya que Dios ve y recuerda, aun cuando la reacción inmediata parezca silenciosa. Así, Génesis 35:22 afirma que la primogenitura y el privilegio no protegen del juicio divino, y que el pueblo del convenio está llamado a una santidad que honra tanto a Dios como a las relaciones familiares, recordando que quebrantar ese orden trae pérdida espiritual y reconfigura el curso de la historia sagrada.

Erastus Snow. “Hallamos que el derecho de primogenitura le fue quitado. Cometió una transgresión que ofendió al Señor y ofendió a su padre, y fue de tal carácter que no podía pasarse por alto sin castigo; y el derecho de primogenitura fue quitado de él y dado a los hijos de José. Hallamos explicado en Crónicas que, por cuanto Rubén contaminó el lecho de su padre, el derecho de primogenitura le fue quitado y dado a los hijos de José; y el [mayor] sacerdocio fue contado según esa línea.”
(Journal of Discourses, 21:371)

“Y los hijos de Rubén, el primogénito de Israel (porque él era el primogénito; mas como profanó el lecho de su padre, su primogenitura fue dada a los hijos de José, hijo de Israel; y no fue contada la genealogía conforme a la primogenitura. Porque Judá prevaleció sobre sus hermanos, y de él vino el príncipe; mas la primogenitura fue de José).” (1 Crónicas 5:1–2)

Génesis 35:22–26. — “Los hijos de Jacob fueron doce”

Se establece doctrinalmente que Dios edifica Su pueblo a través de familias reales, con historias complejas y marcadas por gracia, más que por perfección humana. Al enumerar a los doce hijos de Jacob, la Escritura afirma que el propósito divino avanza pese a los pecados, rivalidades y debilidades recién narrados, revelando una verdad central del convenio: Dios no espera linajes impecables, sino corazones y generaciones que Él pueda redimir y ordenar. Doctrinalmente, el número doce señala plenitud y estructura —el fundamento de las tribus de Israel— y enseña que la identidad del pueblo de Dios se define por elección y promesa, no por mérito individual. Esta lista no celebra conductas, sino que consagra una vocación colectiva: cada hijo, con su historia, es incorporado al plan, mostrando que el Señor transforma historias rotas en una comunidad con misión. Así, Génesis 35:22–26 proclama que la obra de Dios es intergeneracional y misericordiosa, capaz de convertir una familia fracturada en un pueblo del convenio, ordenado por Su palabra y sostenido por Su fidelidad.

Los hijos de Jacob fueron doce, y de ellos proceden las doce tribus de Israel. El texto subraya la culminación de la familia patriarcal: pese a las tensiones, pecados y conflictos narrados previamente, el linaje del pacto queda establecido plenamente antes de que la historia avance hacia la siguiente generación.

Génesis 35:27–29. — Isaac expiró y murió, y sus hijos Esaú y Jacob lo sepultaron

Se ofrece una enseñanza doctrinal serena y profunda sobre la culminación fiel de una vida del convenio y el poder reconciliador de la familia bajo la mano de Dios. La muerte de Isaac marca el cierre de una generación que vivió sostenida por promesas, y el hecho de que Esaú y Jacob se unan para sepultarlo testifica que la reconciliación lograda no fue momentánea, sino suficientemente profunda como para honrar juntos al padre que los vinculaba. Doctrinalmente, este pasaje enseña que la fidelidad de Dios puede sanar relaciones quebradas al punto de permitir actos sagrados compartidos, incluso después de una historia marcada por rivalidad y dolor. La sepultura común no borra el pasado, pero lo redime, mostrando que el convenio no solo se transmite por promesas y herencias, sino también por actos de respeto, memoria y unidad en momentos solemnes. Así, Génesis 35:27–29 afirma que el plan de Dios avanza de generación en generación, cerrando ciclos con dignidad y abriendo el camino para que las promesas continúen, recordándonos que honrar a quienes nos precedieron puede convertirse en un acto de sanación y testimonio de que Dios gobierna tanto la vida como la muerte dentro de Su propósito eterno.

“Isaac vivió más que Abraham o Jacob (180 años). El hecho de que tanto Esaú como Jacob sepultaran a Isaac implica que su reconciliación (33:1–15) continuó durante el resto de la vida de su padre, extendiéndose aproximadamente cincuenta años después del regreso de Jacob a la tierra prometida.” (The Apologetics Study Bible, T. Cabal [Nashville: Holman Bible Publishers, 2007], 58)

La sepultura conjunta de Isaac por parte de ambos hijos confirma que la sanidad lograda en Génesis 33 no fue momentánea, sino duradera.

Génesis 36:1. — Estas son las generaciones de Esaú, el cual es Edom

Se ofrece una enseñanza doctrinal serena y profunda sobre la culminación fiel de una vida vivida bajo el convenio y el poder reconciliador de la familia cuando Dios preside el proceso. La muerte de Isaac señala el cierre de una generación sostenida por promesas divinas, y el hecho de que Esaú y Jacob se unan para sepultarlo testifica que la reconciliación alcanzada no fue superficial ni momentánea, sino lo suficientemente profunda como para honrar juntos al padre que los vinculaba. Doctrinalmente, el pasaje enseña que la fidelidad de Dios puede sanar relaciones quebrantadas hasta permitir actos sagrados compartidos, aun después de historias marcadas por rivalidad y dolor. La sepultura común no borra el pasado, pero lo redime, mostrando que el convenio se transmite no solo por promesas y herencias, sino también por actos de respeto, memoria y unidad en momentos solemnes. Así, Génesis 35:27–29 afirma que el plan de Dios avanza de generación en generación, cerrando ciclos con dignidad y abriendo camino para que las promesas continúen, recordándonos que honrar a quienes nos precedieron puede convertirse en un acto de sanación y un testimonio de que Dios gobierna tanto la vida como la muerte dentro de Su propósito eterno.

Esaú significa rojo. Los edomitas se establecieron al oriente y al sur del mar Muerto y, a lo largo de la historia, fueron vecinos incómodos —cuando no enemigos abiertos— de los israelitas.

“Edom, Idumea o Idumea (rojo). El nombre Edom fue dado a Esaú, el primogénito de Isaac y hermano gemelo de Jacob, cuando vendió su primogenitura por un guiso de lentejas. La tierra que posteriormente el Señor dio a Esaú fue llamada ‘la tierra de Edom’, y sus descendientes fueron llamados edomitas… Edom era completamente una región montañosa… La antigua capital de Edom fue Bosra (Buseirá). Sela (Petra) parece haber sido su principal fortaleza en los días de Amasías…

Historia.—El amargo odio de Esaú hacia Jacob por haber obtenido fraudulentamente la bendición parece haber sido heredado por sus descendientes. Los edomitas se negaron rotundamente a permitir que Israel pasara por su territorio… Más tarde se aliaron con Nabucodonosor durante el sitio de Jerusalén, por lo cual fueron severamente denunciados por los profetas… Finalmente fueron incorporados a la nación judía en tiempos macabeos… Eran idólatras… y habitaban en cuevas excavadas en la roca.” (Dictionary of the Bible, William Smith, “Edom”)

Génesis 36:8. — “El monte Seir”

Se ofrece una enseñanza doctrinal significativa sobre la diferenciación de caminos dentro del plan de Dios y la fidelidad del Señor para cumplir promesas aun fuera de la línea del convenio principal. Al señalar que Esaú habitó en Monte Seir, el texto afirma que su separación geográfica de Jacob no es un rechazo divino, sino el cumplimiento ordenado de un destino distinto. Doctrinalmente, este versículo enseña que Dios gobierna con justicia y generosidad: aunque el convenio mesiánico continúa por medio de Jacob, Esaú también recibe una herencia, una tierra y una posteridad conforme a las promesas hechas anteriormente. El monte Seir se convierte así en símbolo de límites establecidos por Dios, donde cada pueblo y cada familia recibe su lugar y su responsabilidad. La Escritura muestra que la bendición no siempre implica cercanía al centro del relato del convenio, sino fidelidad a la palabra dada por Dios. Así, Génesis 36:8 afirma que el Señor dirige la historia con orden y propósito, asignando territorios, destinos y oportunidades conforme a Su sabiduría, y recordándonos que caminar por sendas distintas no significa quedar fuera del alcance de la providencia divina.

“Seir es el nombre original de la cadena montañosa que se extiende a lo largo del lado oriental del valle del Arabá, desde el mar Muerto hasta el golfo… Los horeos fueron sus habitantes originales, pero llegó a ser posesión permanente de los edomitas, descendientes de Esaú… Se extendía hasta el golfo de Acaba… y su frontera oriental coincidía con la meseta arábiga.” (Dictionary of the Bible, William Smith, “Seir”)

El Señor confirmó esta herencia territorial: “El Señor Dios dio el monte Seir a Esaú… No os metáis con ellos, porque no os daré de su tierra ni aun lo que cubre la planta de un pie; porque he dado el monte Seir a Esaú por heredad.” (Deuteronomio 2:1–5)