Jesús El Cristo

Capitulo 20

CALLA, ENMUDECE


Preliminares del  viaje.

Ya para llegar a su fin el día en que Jesús por primera vez instruyó a las multitudes por medio de parábolas, dijo a los discípulos: «Pasemos al otro lado.» El destino indi­cado en esta afirmación era la playa oriental del mar de Galilea. Mientras se preparaba la barca, vino a Jesús un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.» Antes de esta ocasión, pocas personas de la clase noble o principal habían ofrecido aliarse manifiestamente con Jesús. Si el Maestro hubiera estado pensando en un programa político y hubiese tenido el deseo de ser reconocido oficial­mente, habría considerado atentamente, cuando no aceptado en el acto, esta oportunidad de asociarse íntimamente con una persona de la categoría de un escriba; pero El, que podía entender los pensamientos y conocer el corazón de los hom­bres, no aceptaba, sino elegía. A los hombres que de allí en adelante iban a ser suyos, El había llamado de sus barcos pescadores y redes, y entre los Doce había incluido a uno de los aborrecidos publícanos; pero El conocía a cada uno de ellos y eligió correspondientemente. El evangelio se ofreció gratuitamente a todos; pero la autoridad para oficiar en ese ministerio no era algo que se conseguía con sólo pedir; para efectuar esa labor sagrada, uno debía ser llamado de Dios.

En el caso citado, Cristo se enteró del carácter del hombre, y sin ofenderlo con una despedida abrupta, le in­dicó el sacrificio exigido a quienes deseaban acompañar al Señor adondequiera que fuese, diciéndole: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene donde  recostar  su   cabeza.» Así como Jesús no tenía morada fija, antes iba donde se lo requería su deber. en igual manera era necesario que todos aquellos que lo representaran, hombres ordenados o autorizados para su servicio, estuviesen dispuestos a negarse a sí mismos la comodidad del hogar y el solaz de la asociación familiar, si los deberes de su vocación así lo requiriesen. No hallamos donde se diga que el escriba aspirante insistió en su solicitud.

Otro hombre indicó su disposición de seguir al Señor, pero pidió permiso para ir antes y sepultar a su padre. A éste, Jesús respondió: «Sigúeme; deja que los muertos entierren a sus muertos.» Algunos lectores han opinado que esta instrucción fue severa, pero difícilmente hallamos razón para esta suposición. Aunque manifiestamente sería falta de afecto filial que un hijo se ausentara de los funerales de su padre en circunstancias ordinarias, sin embargo, si aquel hijo había sido consagrado a un servicio de importancia mayor que todas las obligaciones personales o familiares, su deber ministerial por derecho vendría primero. Por otra parte, el requi­sito expresado por Jesús no era mayor que el que le era exigido a todo sacerdote durante su plazo de servicio activo, ni más severo que las obligaciones del voto nazareo, que muchas personas voluntariamente se imponían. Los deberes del ministerio del reino correspondían a la vida espiritual; la persona consagrada a estos deberes bien podía dejar que los negligentes en cuanto a las cosas del espíritu—espiritualmente muertos, hablando en sentido figurado—sepultaran a sus difuntos.

Nos es presentado un tercer caso. Un hombre que desea­ba ser discípulo del Señor suplicó, que antes de emprender sus deberes, se le permitiera ir a casa para despedirse de su familia y amigos. La respuesta de Jesús se ha convertido en un aforismo muy conocido en la vida y la literatura: «Nin­guno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.

De la narración hecha por S. Mateo sacamos en conse­cuencia que los primeros dos que aspiraban a ser discípulos se presentaron a nuestro Señor mientras se hallaba en la playa, o en la barca cuando estaba a punto de iniciar el viaje nocturno hasta el otro lado del lago. S. Lucas relaciona los acontecimientos con una situación diferente, y agrega la oferta del que quería ir a casa y entonces volver a Cristo, a la del escriba y la del hombre que deseaba ir primero a sepul­tar a su padre. Provechosamente se pueden examinar los tres casos de una vez, sea que todos hayan ocurrido al atardecer de ese mismo día tan colmado de acontecimientos, o en distintas ocasiones.

Se aplaca la tempestad.

Fue el propio Jesús, que probablemente buscaba un re­poso después de las arduas labores del día, quien dio las ins­trucciones de pasar al lado opuesto del lago. No perdieron tiempo en preparativos innecesarios, sino que «le tomaron como estaba, en la barca», y partieron sin demora. Algunas personas estaban deseosas de seguirlo aun sobre las aguas, porque un número de naves pequeñas, «otras barcas» como las llama Marcos, acompañaron la embarcación en que Jesús se hizo a la mar; pero estas navecillas deben haber regresado, posiblemente por motivo de la tormenta que se aproximaba Como quiera que sea, no volvemos a saber de ellas.

Cerca de la popa Jesús halló un lugar donde reposar, y en breve tiempo lo venció el sueño. Se levantó una fuerte tempestad, pero El siguió durmiendo. La circunstancia es instructiva porque manifiesta luego la realidad de los atri­butos físicos de Cristo, así como la condición sana y normal de su cuerpo. Lo dominaban la fatiga y el agotamiento cor­poral por varias causas, como sucede con todos los hombres: sin alimento, le daba hambre; sin beber, sentía sed; traba­jando, se cansaba. El hecho de que después de un día de labor intensa podía dormir con tranquilidad,  aun  en  medio  del estruendo de la tormenta, indica un sistema nervioso sano y un estado de salud completo. En ninguna parte leemos que Jesús se haya enfermado. Vivió de acuerdo con las leyes de salubridad, pero a la vez nunca permitió que el cuerpo dominara al espíritu. Hizo frente a sus actividades cotidianas, que por su naturaleza imponían graves cargas a sus energías físicas y mentales, sin ningún síntoma de agota­miento nervioso, ni malestar o perturbación funcional. Es natural y necesario dormir después de trabajar. Habiendo concluido las faenas del día, Jesús durmió.

Mientras tanto el furor de la tormenta aumentaba; el viento imposibilitaba timonear la nave; las olas golpeaban contra los lados y el agua entraba de tal manera que la barca se anegaba. Los discípulos se llenaron de terror, y sin embargo, Jesús continuaba durmiendo tranquilamente. Cuando su temor llegó al colmo, los discípulos lo despertaron, exclamando, según las varias narraciones independientes: «¡Maestro, Maestro, que perecemos!»; «Señor, sálvanos que perecemosl»; «Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?» Olvidando, en parte por lo menos, que estaba con ellos Uno cuya voz aun la muerte había tenido que obedecer, se apo­deró de ellos un temor desalentador. Sin embargo, su grito de terror no estaba completamente desprovisto de esperanza o de fe: «¡Señor, sálvanos!»—le suplicaron. Tranquilamente contestó su clamor de socorro, diciendo: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?»

Entonces se levantó. A través de la obscuridad de aquella noche tenebrosa, en medio del viento furioso y sobre las encrespadas olas del mar, resonó la voz del Señor. Reprendió a los elementos, y dijo al mar: «Calla enmudece.» Y cesó el viento y la tormenta, y hubo «grande bonanza». Volvién­dose a los discípulos, les preguntó con voz bondadosa, pero de reprensión inconfundible: «¿Dónde está vuestra fe?» y «¿Có­mo no tenéis fe?» El agradecimiento que sentían por haber sido rescatados de lo que momentos antes parecía ser una muerte inminente cedió el paso al asombro y el temor.  «¿Qué hombre es éste—se preguntaron uno   a  otro—que  aun  los vientos y el mar le obedecen?»

De todos los milagros de Cristo que hallamos en las Escrituras, ninguno ha provocado mayor diversidad de comen­tarios y explicaciones propuestas, que este maravilloso ejemplo de su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza. La ciencia no se arriesga a ofrecer explicación alguna. El Señor de la tierra, los vientos y el mar habló, y fue obedecido. Fue El, que, en medio del negro caos de las más remotas etapas de la creación, decretó con efecto inmediato: «Sea la luz; haya expansión en medio de las aguas; descúbrase lo seco»; y como lo ordenó, así se hizo. El dominio del Creador sobre lo creado es real y absoluto. Al hombre siendo estirpe de Dios, envuelto en un cuerpo que es según la propia imagen de su Padre divino, se le ha confiado una pequeña parte de esc dominio. Sin embargo, el hombre ejerce esa facultad delegada por conducto de agencias secundarias, y con la ayuda de maquinaria complicada. Es limitado el poder que el hombre ejerce en los objetos para sus propios fines. De conformidad con la maldición provocada por la caída de Adán—que sobrevino como resultado de la transgresión—lo que el hombre ha de lograr tiene que ser por la fuerza de sus músculos, el sudor de su rostro y el empeño de su mente. Su mandato no es más que una onda sonora que se pierde en el aire, a menos que vaya acompañado del trabajo. Por medio del Espíritu que emana de la propia Persona Divina y se ex­tiende por todo el espacio, inmediatamente surte efecto el mandato de Dios.

No sólo el hombre, sino también la tierra y las fuerzas elementales que a ella pertenecen, cayeron bajo la maldición adámica; y así como la iierra cesó de producir únicamente frutos buenos y útiles, y dio de su substancia para nutrir car­dos y espinas, en igual manera las varias fuerzas de la naturaleza  dejaron de ser agentes obedientes del hombre, regidos por su dominio directo. Lo que llamamos fuerzas naturales—calor, luz, electricidad, afinidad química—no son sino un puñado de las manifestaciones de la energía eterna por medio de las cuales se llevan a efecto los propósitos del Creador; y estas cuantas son las que el hombre puede dirigir y utilizar, pero únicamente por medio de aparatos mecánicos y fórmulas físicas. Sin embargo, el mundo ha de ser «renovado y recibirá su gloria paradisíaca»; y entonces la tierra, el agua, el aire y las fuerzas que obran en ellos obedecerán en el acto el mandato del hombre glorificado como en la actuali­dad responden a la palabra del Creador.

Los demonios son expulsados.

Jesús y los discípulos que lo acompañaban llegaron a las playas orientales del lago, o sea la región de Perea, terri­torio conocido como el país de los gadarenos o gergesenos. No se ha podido identificar el sitio preciso, pero evidente­mente se trataba de un distrito campestre apartado de las ciudades.11 Al salir de la barca, se acercaron al grupo dos endemoniados gravemente atormentados por espíritus malig­nos. S. Mateo declara que eran dos, mientras que los otros escritores no mencionan sino uno; es posible que uno de los dos afligidos se hallaba en peor condición que su com­pañero, y a tal grado, que figura más prominentemente en la narración, o quizá uno de los dos huyó mientras que el otro permaneció. El endemoniado se hallaba en una situa­ción atroz. Tan violenta se había vuelto su demencia, y tan potente la fuerza física consiguiente a su locura, que había fracasado todo intento de sujetarlo. Lo habían atado con cadenas y grillos, pero los había hecho pedazos con la ayuda de la fuerza diabólica y había huido a las montañas, a las cuevas que servían de sepulcros, y allí había vivido más bien como bestia salvaje que como hombre. De día y de noche se oían sus gritos lúgubres y aterradores, y por temor de encontrarlo, la gente viajaba por otros caminos más bien que pasar cerca de sus guaridas. Erraba desnudo de sitio en sitio, y en medio de su violencia frecuentemente se hería la carne con filosas piedras.

Viendo a Jesús, el infortunado corrió hacia El, e im­pelido por el poder del demonio que lo sujetaba, se postró delante de Cristo, clamando al mismo tiempo a gran voz: «¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?» Cuando Jesús les mandó salir, uno o más de los espíritus inmundos suplicaron, a través de la voz del hombre, que no se les molestara, y con presunción blasfema exclamaron: «Te con­juro por Dios que no me atormentes.» Hallamos en S. Mateo esta otra pregunta que le hicieron a Jesús: «¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?» Los demonios que habían tomado posesión de aquel hombre y ahora lo domina­ban, reconocieron al Maestro, a quien sabían que tenían que obedecer; pero rogaron que no se les molestara hasta que llegara el tiempo decretado de su castigo final.

Jesús preguntó: «¿Cómo te llamas?»; y los demonios dentro del hombre respondieron: «Legión me llamo; porque somos muchos.» Aquí se pone de relieve el hecho de la duali­dad o multipersonalidad del hombre. A tal grado lo habían poseído los espíritus malos, que ya no podía distinguir entre su personalidad individual y la de ellos. Los demonios imploraron que Jesús no los desterrase de aquel país, o como lo expresa S. Lucas con palabras de profunda gravedad, «le rogaban que no los mandase ir al abismo». En su situación desesperada, y movidos por su ansiedad diabólica de hallar morada en cuerpos de carne, aunque fuesen de bestias, su­plicaron que si se les obligaba a salir del hombre, les permi­tiese entrar en un hato de puercos que pacía cerca de allí. Jesús dio el permiso; los espíritus inmundos entraron en los puercos y los aproximadamente dos mil animales que componían el hato se enloquecieron, y echando a correr des­pavoridos, se precipitaron por un despeñadero al lago y se ahogaron. Los apacentadores se llenaron de temor y huyeron para dar aviso en la ciudad de lo que había acontecido con los puercos. Las multitudes salieron para ver por sí mismas; y todos se asombraron de ver al hombre, en otro tiempo un endemoniado al cual todos temían, ahora vestido, y en su juicio cabal, sentado tranquila y reverentemente a los pies de Jesús. Temerosos de Aquel que podía efectuar tales mara­villas y conscientes de su indignidad pecaminosa, «le rogaron que se fuera de sus contornos».

El hombre que había sido librado de los demonios no sintió temor; el amor y el agradecimiento sobrepujaban todos los demás sentimientos que había en su corazón, y al vol­verse Jesús a la barca le suplicó que lo dejara ir con ellos. «Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuan grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.» El hombre se convirtió en misionero no solamente en su propia ciudad, sino en toda Decápolis, la región de las diez ciudades, y dondequiera que iba hablaba del maravilloso cambio que Jesús había efectuado en él.

El testimonio de los espíritus malos e inmundos con respecto a la divinidad de Cristo como el Hijo de Dios no se limita a esta ocasión. Ya hemos considerado el asunto del endemoniado en la sinagoga de Capernaum; y volvió a suce­der cuando Jesús, apartándose de los pueblos de Galilea, se dirigió a la orilla del mar, acompañado de una grande multitud compuesta de galileos y judíos, y gente de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán (es decir, de Perea), y habitantes de Tiro y de Sidón, entre quienes había sanado a muchos de diversas enfermedades; y los que se hallaban dominados por espíritus inmundos se habían postrado para adorarlo, mientras los demonios clamaban: «Tú eres el Hijo de Dios.»

En el lapso del corto viaje considerado en este capítulo. el poder de Jesús como Señor de la tierra, hombres y demo­nios, se manifestó en obras milagrosas de un carácter impresionante en extremo. No podemos clasificar los milagros del Señor como pequeños y grandes, ni como fáciles o difíciles de efectuar; pues lo que para una persona es cosa de poco valor, para otra es de profunda importancia. En cada ocasión la palabra del Señor fue suficiente. Al viento y a las olas, así como al alma hostigada del endemoniado, el Maestro sólo tuvo que hablar para ser obedecido: «Calla, enmudece.»

La hija de Jairo.

Jesús y los que lo acompañaban volvieron a cruzar el lago del país de Gadara a la vecindad de Capemaum, donde la multitud los recibió con aclamación y gozo «porque todos le esperaban». Inmediatamente después de llegar a tierra, se acercó a Jesús uno de los principales de la sinagoga local, llamado Jairo, el cual «le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá».

El hecho de que este hombre vino a Jesús con el espíritu de fe y súplica es evidencia de la profunda impresión que el ministerio de Cristo había surtido aun en los círculos sacerdotales y eclesiásticos. Muchos de los judíos—príncipes y oficiales, así como la gente común—creían en Jesús,9 aun cuando eran bien pocos los de la clase noble que estaban dispuestos a sacrificar su prestigio y popularidad admitiendo que eran discípulos de Cristo. El hecho de que Jairo, uno de los principales de la sinagoga, vino solamente cuando se hallaba dominado por la aflicción consiguiente a la muerte cercana de su única hija, una niña de doce años, no es evidencia de que no hubiera creído previamente; cierto es que en esta oportunidad su fe fue genuina y su confianza sincera, como lo comprueban las circunstancias de la narración.   Se acercó a Jesús con la reverencia que merecía Uno a quien él consideraba facultado para concederle lo que solicitaba, y se postró a los pies del Señor. Cuando este hombre salió de casa en busca de la ayuda de Jesús, la doncella estaba a punto de morir, y él temía que falleciera en tanto que iba. En la breve relación contenida en el primer evangelio, está escrito que él dijo a Jesús: «Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá.» Jesús acompañó al padre suplicante, y muchos los siguieron.

Mientras se dirigían a la casa aconteció algo que inte­rrumpió la marcha. Una mujer gravemente afligida sanó en circunstancias de interés particular; y en breve consideraremos este suceso. Ninguna indicación vemos de que Jairo haya ma­nifestado impaciencia o disgusto por la dilación; había depo­sitado su confianza en el Maestro y subordinó su propio tiem­po y voluntad a los de El; pero mientras Cristo estaba aten­diendo a la mujer doliente, llegaron unos mensajeros de la casa del principal con la triste nueva de que la joven había falle­cido. Podemos deducir que ni aun esta trágica noticia pudo debilitar la fe del hombre; parece que continuó confiando en que el Señor lo ayudaría, porque los portadores del mensaje le preguntaron: «¿Para que molestas más al Maestro?» Jesús oyó lo que dijeron e infundió aliento a la seriamente im­pugnada fe del hombre, con estas palabras de ánimo: «No temas, cree solamente.» Salvo a tres de los apóstoles, Jesús no permitió que ninguno de los que le seguían entrara en la casa con El y con el afligido pero esperanzado padre, Pedro y los dos hermanos, Santiago y Juan, fueron admitidos.

Lejos de ser el sitio de silencio respetuoso o conversación a media voz que en la actualidad consideramos propios en el momento y lugar donde ha ocurrido un fallecimiento, aque­lla casa presentaba una escena tumultuosa; pero era la con­dición acostumbrada y ortodoxa con que se observaba el luto en aquella época. Ya habían sido llamados los endechadores profesionales, entre ellos, los cantores de lúgubres melodías, y músicos que producían un ruido ensorde­cedor con sus flautas y otros instrumentos. Al entrar en la casa Jesús dijo a todos: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme.» Fue, en efecto, una repetición del mandato que había pronunciado en una ocasión muy reciente: «Calla enmudece». Sus palabras provocaron el escarnio y la ridiculez de aquellos a quienes se pagaba por el ruido que hacían, y cuya oportunidad de pres­tar sus servicios profesionales se esfumaría si lo que él decía resultaba cierto. Por otra parte, sabían que la doncella estaba muerta, pues ya se habían iniciado los preparativos para los funerales que, de acuerdo con las demandas de la costumbre, debían nacerse lo más rápidamente posible des­pués del fallecimiento. Jesús mandó que los echasen fuera, y restauró la tranquilidad del hogar. Entonces entró en la cámara fúnebre, acompañado únicamente de los tres discípulos y los padres de la doncella. «Y tomando la mano de la la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate.» Con el gran asombro de todos, menos el Señor, la doncella se levantó, se bajó de la cama y anduvo. Jesús mandó que le dieran de comer, pues al ser restaurada la niña a vida, habían vuelto sus necesidades corporales suspendidas por la muerte.

El Señor les impuso la obligación de conservar secretas aquellas cosas, amonestando a todos los presentes a que se refrenaran de comunicar lo que habían visto. No se dan las razones por qué se hizo esta advertencia. En algunas otras ocasiones se hizo una recomendación similar a las personas que habían sido bendecidas por el ministerio de Cristo; y por otra parte, en muchos casos en que efectuó sanidades, no hallamos que se hayan dado estas instrucciones, y por lo menos en una ocasión le fue dicho al hombre sanado de los demonios, que fuera y contara las grandes cosas que habían sido hechas por él. Según su propia sabiduría, Cristo sabía cuándo era conveniente prohibir, y cuándo permitir que se diera publicidad a sus hechos. Aun cuando los padres agradecidos, la propia niña y los tres apóstoles que habían sido testigos de la restauración, hubiesen cumplido fielmente el mandato del Señor de guardar silencio, no podría ocultarse el hecho de que la doncella había resucitado, y ciertamente se harían preguntas sobre la manera en que se había efec­tuado tan grande maravilla. Los músicos y endechadores expulsados del hogar, cuando todavía estaba de luto—que se habían burlado de la afirmación del Maestro de que la doncella estaba dormida y no muerta como suponían—in­dudablemente esparcirían la noticia. No causa sorpresa, pues, leer en la breve versión de este acontecimiento, según S. Mateo, que «se difundió la fama de esto por toda aquella tierra».

Resurreción y la restauración de la vida.

Debe examinarse con cuidado la distinción esencial entre la restauración de una persona muerta a la vida, para que reanude su existencia terrenal, y la resurreción corporal, de la muerte a un estado de inmortalidad. En cada uno de los acontecimientos que hasta ahora hemos considerado—la resurrección del joven de Naín, la de la hija de Jairo, así como la de Lázaro que estudiaremos más adelante—el mila­gro consistió en reunir el espíritu y el cuerpo, a fin de que continuara el curso interrumpido de su existencia terrenal. No cabe duda que subsiguientemente tuvo que morir el recipiente de cada uno de estos milagros. Jesucristo fue el primero, de todos los hombres que han vivido sobre la tierra. en salir de la tumba como Ser inmortal, por lo que propia­mente se dice que fue «Primicias de los que durmieron.»

Aun cuando los profetas Elias y Elíseo, muchos siglos antes del tiempo de Cristo, fueron los instrumentos por medio de quienes se restauró la vida a los muertos—aquél al hijo de la viuda de Sarepta y éste al hijo de la sunamita—dicha restauración, en estos milagros antiguos, fue a la existencia terrenal, no a la inmortalidad.

Es instructivo notar la diferencia en la manera de proceder de los dos profetas del Antiguo Testamento ya mencionados, y la de Cristo, en milagros análogos. En lo que concierne tanto a Elias como a Elíseo, el maravilloso cambio se efectuó solo después de un largo y arduo ejercicio de su ministerio, junto con una fervorosa invocación del poder e intervención de Jehová; pero Jesucristo, Jehová encarnado, no tuvo necesidad de hacer ninguna mani­festación exterior sino mandar, y en el acto quedaron sueltos los vínculos de la muerte. Habló en su propio nombre y con autoridad inherente, porque en virtud del poder con que estaba investido tenía dominio sobre la vida así como sobre la muerte.

Una curación notable por el camino.

Mientras Jesús se dirigía a la casa de Jairo, oprimido por una grande multitud, la marcha se vio interrumpida por otro caso de padecimiento físico. Entre la gente se hallaba una mujer que por doce años había sido afligida por una grave enfermedad que le producía frecuentes hemorragias. Había gastado en tratamientos médicos todo lo que poseía «y había sufrido mucho de muchos médicos», pero nada le había beneficiado, «antes le iba peor». Se introdujo por entre la multitud, y acercándose a espaldas de Jesús, le tocó el man­to, «porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva». El efecto que se produjo fue más que mágico; in­mediatamente sintió la sensación de salud por todo su cuerpo y comprendió que había sido sanada de su aflicción. Habiendo logrado su objeto, segura de haber recibido la bendición que buscaba, la mujer quiso evitar la notoriedad y trató de perderse entre la multitud.  Sin embargo, no pasó inadvertida para el Señor. Se volvió, miró a la multitud y pre­guntó: «¿Quién ha tocado mis vestidos?», o como leemos en S. Lucas: «¿Quién es el que me ha tocado?» Al negarlo todos, Pedro el impetuoso, hablando por sí mismo y por los demás, contestó: «Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado? Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he conocido que ha salido poder de mí.»

La mujer, viendo que no podía ocultarse, llegó temblando «y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante había sido sanada». Si temía ser reprendida, esta inquietud pronto se apartó de ella, porque Jesús, con un tratamiento de respeto y bondad, le dijo: «Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado; vé en paz»; y S. Marcos agrega: «Queda sana de tu azote.”

La fe sincera y candida de esta mujer, en un respecto fue imperfecta. Había creído que la influencia de la persona de Cristo, y aun la que había en su ropa, era una agencia curativa de amplitud suficiente para aliviar su enfermedad. pero no entendía que el poder para sanar era un atributo inherente que El ejercía según su voluntad, y de conformidad con la influencia de la fe manifestada. La fe de la mujer ciertamente ya había sido recompensada en parte, pero de mayor valor para ella que el alivio físico de su enfermedad sería la seguridad de que el Médico divino le había conce­dido el deseo de su corazón, y que había aceptado la fe manifestada por ella. Para corregir este concepto equívoco y confirmarle su fe, Jesús bondadosamente la sometió a la prueba necesaria de la confesión, hecho que debe habérsele facilitado al pensar en el gran alivio que ya había sentido. El le confirmó la curación y le permitió partir con la seguridad consoladora de que el alivio era permamente.

Contrastan los muchos casos de sanidades, respecto de los cuales el Señor encargó a los beneficiarios que a nadie dijesen cómo y por quién habían sido aliviados, y éste, en que por motivo de lo que El hizo vemos que no podría evitarse la publicidad, máxime cuando la recipiente de la bendición deseaba permanecer incógnita. El hombre difícilmente puede entender los propósitos y motivos de Jesús; pero en el caso de esta mujer vemos la posibilidad de que empezaran a esparcirse relatos extraños y falsos, y parece que la prudencia dictó que se aclarase la verdad allí mismo. Por otra parte, la confesión de la mujer, junto con la graciosa confirmación del Señor, dieron mayor realce al valor espiritual del milagro.

Reparemos en la significativa declaración: «Tu fe te ha salvado.» De suyo, la fe es un principio de poder, y su presencia o ausencia, su abundancia o escasez, influyó e influye en el Señor, y en gran medida interviene en el otorgamiento o negación de las bendiciones; porque El se rige por la ley, no por el capricho o incertidumbre. Leemos que en cierto tiempo y lugar Jesús «no pudo hacer allí ningún milagro» por motivo de la incredulidad de la gente. La revelación moderna declara que la fe para ser sanado es uno de los dones del Espíritu, y se relaciona análogamente con las manifestaciones de la fe en la obra de sanar a otros por el ejercicio del poder del santo sacerdocio.

La interrogación de nuestro Señor, de que quién lo había tocado, constituye otro ejemplo de su método de hacer preguntas para realizar algún propósito, cuando sin nin­guna dificultad habría podido determinar los hechos direc­tamente y sin ayuda de otros. Se hizo la pregunta con un fin particular, pues todo maestro descubre que puede instruir interrogando a sus discípulos. Pero en la pregunta de Cristo, «¿Quién es el que me ha tocado?», hallamos un significado más profundo que el que podría estar compren­dido en una sencilla interrogación sobre la identidad de cierta persona, significado sobrentendido en la siguiente afirmación del Señor:  «Alguien me ha tocado;  porque yo he conocido que ha salido poder de mí.»   El acto exterior con que solía efectuar sus milagros era una palabra o mandato, a veces acompañado de la imposición de manos o de alguna otra administración física, como cuando untó los ojos del ciego.e Es evidente, al considerar el presente caso, que hubo una transmisión efectiva de su propia fuerza a la enferma que sanó. Es insuficiente una creencia pasiva por parte del que aspira a recibir la bendición; sólo cuando se desarrolla cu fe activa puede ser un poder; así también debe obrar la energía mental y espiritual en aquel que ejerce su ministerio en virtud de la autoridad dada de Dios, si se espera que el servicio sea eficaz.

Los ciegos ven y los mudos hablan.

La narración de S. Mateo cita otros dos casos de curaciones milagrosas en seguida de la resurrección de la hija de Jairo. Al pasar Jesús por las calles de Capernaum— se supone que fue al salir de la casa del principal de la sina­goga—lo siguieron dos ciegos, «dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, hijo de David!» En varias oportunidades otros le dieron este título, y en ningún caso encontramos que nuestro Señor se haya negado a aceptarlo o resistido a que lo emplearan. Jesús no se detuvo para atender el llamado de los ciegos, y los dos lo siguieron y aun entraron en la casa tras El. Fue entonces cuando les habló y preguntó: «¿Creéis que puedo hacer esto?» La respuesta fue: «Sí, Señor.» La persistencia con que siguieron al Señor fue una manifestación de la creencia que tenían, de que en alguna manera, desconocida y misteriosa para ellos, El podría ayudarlos; y pronta y manifiestamente confesaron esa creencia. Nuestro Señor les tocó los ojos, diciendo: «Conforme a vuestra fe, sea hecho.» Inmediatamente se produjo el efecto y «los ojos de ellos fueron abiertos».   Se les mandó explícitamente que a nadie hablaran del asunto; pero, llenos de gozo por la inestimable bendición de la vista, «divulgaron la fama de El por toda aquella tierra». Hasta donde hemos podido desenmarañar las indistintas hebras del orden en que se efectuaron las obras de Cristo, ésta fue la primera ocasión, anotada con detalles correspon­dientes, en que dio la vista a un ciego. De ésta siguieron muchos casos notables.

Es digno de notar que al ejercitar su poder sanador para bendecir a los ciegos, Jesús usualmente se valía de algún contacto físico, además del pronunciamiento de la palabra autoritativa de mandato o ánimo. En el caso citado, así como en el de los dos ciegos que estaban sentados al lado del camino, el Señor tocó los ojos apagados. Al sanar al limosnero ciego de Jerusalcn, le untó los ojos con lodo, y a otro con saliva. Hallamos una circunstancia análoga cuando fue sanado un sordomudo, al cual puso sus dedos en las orejas de él y le tocó la lengua.

En ninguno de estos ejemplos se puede considerar este contacto como un tratamiento médico o terapéutico. Cristo no era un médico que dependía de substancias sanativas, ni cirujano que efectuaba operaciones físicas; sus curaciones eran el resultado natural de la aplicación de un poder propio. En lo que concierne a las personas afligidas que no tenían la vista para contemplar el rostro del Maestro y recibir su inspiración, o el oído para escuchar sus palabras de ánimo es concebible que su esperanza—que es el escalón de la creencia, como ésta lo es de la fe—recibía el aliento, por medio de ese contacto físico, para fortalecerse y con­vertirse en una confianza mayor y más permanente en Cristo. Aparentemente no sólo existe una falta completa de fórmulas y formalismos en el ejercicio de su miziisterio, sino una carencia de uniformidad, igualmente impresionante, en cuanto a su manera de proceder.

Al retirarse los dos hombres, antes ciegos pero ahora con vista, llegaron otros llevándole un mudo, cuya aflicción parece haber sido causada más bien por la influencia ma­ligna de un espíritu inmundo, que por algún defecto orgánico. Jesús increpó al espíritu malo y echó fuera al demonio que atormentaba al hombre afligido con la tiranía de la mudez. Quedó suelta la lengua del hombre, fue librado de su impía carga y desapareció su mudez.


NOTAS AL CAPITULO 20.

1. Las tempestades del lago de Galilea.—Es un hecho bien docu­mentado que   son   comunes   las   tempestades   repentinas   y   violentas en el lago o mar de  Galilea; y que la tormenta que se aplacó  tras el   mandato   del   Señor   no   fue   en   sí   un   fenómeno   extraordinario, salvo quizá en  cuanto  a su  intensidad.   Las  Escrituras  se  refieren  a otro  acontecimiento  relacionado con  una tempestad en  este  pequeño cuerpo   de   agua,   el   cual   se   considerará   más   adelante   en   el  texto. (Mateo   14:22-26;   Marc.   6:45-56;   Juan  6:15-21)  El  Dr. Thompson, autor   de  The  Land  and   the  Book   (ii:32)   nos  da  esta   descripción fundada  en  su  experiencia  personal   a la orilla del  lago:  «Pasé  la noche  en  el   Wady  Shukaiyif, unos cinco kilómetros  cuesta   arriba a nuestra izquierda.  No bien  acababa  de ponerse el  sol,  cuando  el viento empezó  a  soplar  fuertemente  hacia  el  lago.  Toda  la  noche continuó  con   un  violencia  cada  vez   mayor, de modo que cuando llegamos  a  la   playa   a  la  mañana   siguiente,  la superficie del lago parecía una  enorme  caldera  hirviente.   El  viento aullaba por todos los desfiladeros   del   nordeste   y   del   este,   soplando  con   tanta   furia que ningún grupo de remadores podría haber hecho  llegar una nave a la orilla en cualquiera parte de esa  costa.  .  .  .  Para  entender las causas de estas  repentinas y violentas  tempestades,  debemos  recordar que el agua se halla en un bajío, casi doscientos metros bajo el nivel del océano; que las vastas y despobladas mesetas del Jaulán alcanzan una gran altura, extendiéndose hacia el  interior hasta los eriales del Ilaurán y entonces  hacia  arriba  hasta  el  nevado  monte  Hermón;  y que los torrentes han formado abruptos desfiladeros  y profundas cañadas que convergen  a  la orilla del  lago,  y éstos  hacen  las veces de  gigantescos  embudos que recogen los vientos  fríos de las  mon­tañas.»

2. La tierra antes y después de su regeneración.—Las palabras del apóstol Pablo nos dan a entender que la tierra misma cayó bajo la maldición consiguiente a la caída de los primeros padres de la raza humana, y que así como el hombre ha de ser redimido, también lo será la tierra: «Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que tam­bién nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.» (Rom. 8:21-23) El autor de la presente obra ha escrito en otra parte: «Según las Escrituras, la tierra tiene que pasar por un cambio análogo a la muerte, y ha de ser regenerada de un modo semejante a una resurrección. Muchos de los pasajes de las Escrituras previamente citados sugieren una muerte, al referirse a que los elementos se fundirán a causa del calor y la tierra será consumida y dejará de ser; y la tierra nueva, en realidad el planeta renovado o regenerado, se puede comparar a un organismo resucitado. Se ha dicho que este cambio es semejante a una trans­figuración. (Doc. y Con. 63:20, 21) Todo objeto creado ha sido hecho para un fin o propósito; y todo aquello que alcanza o realiza el objeto de su creación avanzará por la escala del progreso, sea un átomo o un mundo, sea un animálculo o el hombre, hijo directo y literal de Dios. Hablando de los grados de gloria que se han preparado para sus creaciones, así como de las leyes de regeneración y santificación, el Señor, en una revelación dada en 1832, habla en palabras claras sobre la muerte próxima, y subsiguiente vivificación de la tierra: ‘Y además, de cierto os digo que la tierra obedece la ley de un reino celestial, porque llena la medida de su creación y no traspasa la ley; así que será santificada; sí, a pesar de que morirá, será revivificada y se sujetará al poder que la vivifica, y los justos la heredarán.’ (Doc. y Con. 88:25,26)»

El Espíritu de vida que emana de Dios, y es tan infinito como el espacio, puede obrar directamente y con un efecto tan positivo sobre las cosas inanimadas y sobre las diversas manifestaciones de la energía —que nosotros conocemos como las fuerzas de la naturaleza—como sobre las inteligencias organizadas, bien sea en su estado incorpóreo, corporal o desincorporado. Por tanto, el Señor puede hablar directa­mente a la tierra, el viento, el mar, y ser oído y obedecido; porque la afluencia divina, que es la suma total de toda energía y poder, puede obrar, y efectivamente obra en todo el universo. En el curso de una revelación dada por Dios a Enoc, se personifica a la tierra, y el profeta oye sus gemidos y lamentos por causa de la maldad de los hombres: «Y sucedió que Enoc fijó sus ojos sobre la tierra; y oyó una voz que venía de sus entrañas, y decía: ¡Ay, ay de mí, la madre de los hombres! ¡Estoy afligida, estoy fatigada por causa de la iniquidad  de mis hijos!   ¿Cuándo descansaré y quedaré limpia de la impureza que de mí ha salido? ¿Cuándo me santificará mi Creador para que pueda descansar, y reine la justicia sobre mi faz por un tiempo?» Entonces Enoc hizo esta súplica: «Oh Señor, ¿no tendrás compasión de la tierra?» Después de recibir otras revelaciones sobre el entonces futuro curso del género humano en el pecado, y su menos­precio del Mesías que sería enviado, el profeta lloró angustiado, y preguntó a Dios: «¿Cuándo descansará la tierra?» Entonces le fue mostrado que el Cristo crucificado volvería a la tierra para establecer un reino milenario de paz: «Y el Señor respondió a Enoc: Vivo yo, que vendré en los últimos días, en los días de iniquidad y de venganza, para cumplir el juramento que te he hecho concerniente a los hijos de Noé; y llegará el día en que descansará la tierra, pero antes de ese día se obscurecerán los cielos, y un manto de tinieblas cubrirá la tierra; y temblarán los cielos así como la tierra; y habrá grandes tribulaciones entre los hijos de los hombres.» Y sigue entonces la gloriosa promesa de que «por el espacio de mil años la tierra descansará». (P. de G.P., Moisés 7:48, 49, 58, 60, 61, 64)

Por conducto del profeta José Smith se ha dado, en la dispen­sación presente, una descripción parcial de la tierra en su estado regenerado: «Esta tierra, en su estado santificado e inmortal, llegará a ser semejante al cristal, y será un Urim y Tumim para los habitantes que moren en ella, mediante el cual todas las cosas per­tenecientes a un reino inferior, o a todos los reinos de un orden menor, serán aclarados a los que la habitaren; y esta tierra será de Cristo.» (Doc. y Con. 130:9)

El hecho de que Jesucristo, ejerciendo sus facultades divinas, habló directamente al viento o al mar y fue obedecido, no es menos incongruente, respecto de la ley natural de los cielos, que si efectiva­mente diera una orden a un hombre o a un espíritu incorpóreo. El propio Jesús declaró explícitamente que por medio de la fe aun el ser mortal puede hacer funcionar las fuerzas que rigen la materia, y estar seguro de obtener resultados transcendentales: «Porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.» (Mateo 17:20; compárese con Marc. 11:23; Lucas 17:6.

3. El país de los gergesenos.—Se ha intentado desacreditar el relato del endemoniado que Cristo sanó en «la tierra de los gadarenos» (Mateo 8:28; Marc. 5:1; Lucas 8:26), sosteniendo que el antiguo pueblo de Gadara, capital del distrito (véase Wars o¡ the ]ews, por Josefo, iii, 7:1) está situado tierra adentro, a tal distancia que imposibilitaría la carrera precipitada de los puercos al mar en ese sitio. Como se aclaró en el texto, se hace referencia a toda una región o sección, no a una ciudad. Los que apacentaban los puercos corrieron a las   ciudades   para   dar   aviso   del   desastre   que   había sobrevenido a sus hatos. En ese distrito de Pcrea existían en aquella época tres pueblos llamados, respectivamente, Gadara, Gerasa, y Gergesa; de manera que la región en general propiamente se podía designar con el nombre de la tierra de los gadarenos o los gergesenos. El canónigo Farrar dice: «Después de los estudios del Dr. Thompson (The Lana and the Book, ii:25), no hay duda de que Gergesa . . . era el nombre de un pequeño poblado casi frente a Capemaum, cuyas ruinas los beduinos aún llaman Kerza o Gersa. Aparentemente Orígenes—que fue el primero en mencionarlo—y Ensebio y Jerónimo sabían de la existencia de este poblado; y en su época solía señalarse como el sitio en el que ocurrió el milagro, un barranco muy pendiente donde los montes se extienden casi hasta el lago.»—Life of Christ, pág. 254, nota.

4. Se le ruega a Jesús que se aparte.—La gente se llenó de miedo al ver el poder que poseía Jesús cuando se manifestó en la curación del endemoniado así  como  en la  destrucción  de  los puercos; sin  em­bargo, el  segundo de los actos no se llevó a cabo  por mandamiento suyo.   Fue ese temor que los pecadores sienten   en   presencia   del justo.  No estaban  preparados para  otras  manifestaciones  del   poder divino,   y  les causaba   terror   pensar,  en  caso de que se ejerciera, cuál  de ellos sentiría personalmente el efecto.  No obstante,  debemos juzgar  al  pueblo  misericordiosamente,  si acaso  es  necesario  juzgarlo. Eran  paganos  en  parte, y sólo tenían  un  concepto   supersticioso  de Dios.    La  súplica de  que  Jesús  se  apartara  de  ellos  nos evoca   la exclamación  de  Simón  Pedro  al  presenciar  uno de los milagros  de Cristo: «Apártate de mi, Señor, porque soy hombre pecador.»   (Lucas 5:8)

5. «Muerta» o «agonizante»—S. Lucas nos dice (8:42) que la hija de Jairo «se estaba muriendo» cuando el padre afligido solicitó la ayuda del Señor; S. Marcos (5:23) declara  que el  hombre  le  informó que su   hija   estaba   «agonizando».    Estas   dos   afirmaciones   concuerdan; pero según S. Mateo  (9:18)  el padre dijo: «Mi hija acaba de morir.» Los críticos incrédulos  han comentado extensamente lo  que  ellos con­ sideran una incongruencia, cuando no contradicción, en estas versiones: y sin embargo, ambas formas en que lo expresan los tres evangelios son palpablemente correctas.  Aparentemente la doncella estaba exha­ lando el  último  suspiro,  estaba efectivamente  agonizando,  cuando salió su padre.  Antes de encontrar a Jesús, indudablemente pensó que su  hija  ya  habría  fallecido, a  pesar  de  lo cual  su fe se  mantuvo firme.   Sus  palabras   atestiguan   su confianza de que, aun  cuando su hija efectivamente  hubiera muerto  ya, el  Maestro  podría revivirla.   Se hallaba en un estado de grave aflicción mental, mas con todo, su fe no se debilitó.

6. Costumbres orientales de los enlutados.—Desde los tiempos antiquísimos han prevalecido observancias entre los pueblos orientales que a nosotros nos parecen extrañas, tétricas e inopinadas, algunas de las cuales eran comunes entre los judíos en la época de Cristo. Usualmente el luto iba acompañado del ruido y el tumulto, incluso estridentes aullidos por parte de los miembros de la familia afligida y los endechadores profesionales, junto con el alboroto de instrumentos músicos. Geikie cita el pasaje que Buxtorf ha tomado del Talmud, en el cual se encuentra lo siguiente: «Aun a los pobres de entre los israelitas les era requerido tener por lo menos dos flautistas y una endechadora cuando moría su esposa; pero si era rico, todas las cosas debían hacerse de acuerdo con su situación.» En la obra de Smith, Dictionanj of the Bible, leemos «El número de palabras (aproxi­madamente once en la lengua hebrea y otras tantas en el griego) empleadas en las Escrituras para expresar los varios hechos típicos de los que estaban de luto, muestra claramente la naturaleza de las costumbres hebreas en este respecto. Parece que se componían principalmente de ¡os siguientes detalles: (1) Golpearse el pecho u otras partes del cuerpo. (2) Llorar y gritar» excesivamente. (3) Llevar puesta ropa de colores sombríos. (4) Cantos lamentosos. (5) Fiestas funerarias. (6) Emplear personas, especialmente mujeres, para ende­char. Uno de los rasgos distintivos del luto oriental es lo que podría llamarse su publicidad estudiada, y la cuidadosa observancia de cere­monias prescritas. (Gen. 23:2; Job 1:20; 2:8; Isa 15:3; etc.)»

7. «No está muerta, sino duerme».—El relato bíblico no nos deja en la duda de que si la hija de Jairo estaba muerta o no. La declaración de nuestro Señor a los clamorosos endechadores de que «la niña no está muerta, sino duerme» indicaba que el sueño iba a ser de corta duración. Era costumbre rabínica  y común  de  la  época  referirse  a la  muerte  como  un  sueño, y los que se burlaron   de  Jesús dieron intencionalmente un significado literal a sus palabras, que el contexto difícilmente  justifica.    Es digno de notarse   que   el   Señor   usó   una expresión  equivalente  al  referirse  a la  muerte  de  Lázaro. «Nuestro amigo  Lázaro  duerme—dijo  a  los que  iban   con  El—mas  voy  para
despertarle.»   La interpretación  literal que los apóstoles  aplicaron a estas  palabras  dio lugar   a que les dijera claramente:   «Lázaro ha muerto.» (Juan 11:11, 14)  Según Lightfoot, reconocido como autoridad en  el campo  de la literatura  hebrea, la muerte es frecuentemente llamada sueño en el Talmud.

8. ¿Por qué hacía preguntas Jesús?—Hemos considerado  ya  mu­chos ejemplos de lo que el hombre llamaría conocimiento sobrehumano poseído por Cristo, el cual le permitía conocer aun los pensamientos. A  muchas  personas  les  es  difícil  reconciliar  esta  virtud   superior  y el  hecho de  que Jesús  frecuentemente   hacía  preguntas  aun sobre asuntos de importancia menor.  Debemos comprender que ni el conocimiento  completo  puede  excluir la  conveniencia  de  hacer  preguntas, y  por otra  parte, que ni aun la omnisciencia da  a entender que siempre se está consciente de todo lo que existe. No cabe duda que debido a su herencia de atributos divinos, recibida de su Padre, Jesús tenía el poder para indagar por sí mismo—ayudado por un medio que nadie más tenía—cualquier hecho que deseara saber No obstante, hallamos que repetidas veces hacía premunías sobre detalles circunstanciales (Marc. 9:21; 8:27; Mateo 16:13; Lucas 8:43). cosa que hizo aun después de su resurrección. (Lucas 24:41: Juan 21:5; 3Nefi 17:7).

En los métodos empleados por los me;ores maestros humanos se ve evidencia de que el catequismo es uno de los medios más eficaces para desarrollar la mente. En su obra, ¿Votes orí the Mirades (páginas 148, 149), Trench recalca en forma instructiva esta lección compren­dida en la pregunta de nuestro Señor concerniente a la mujer que sanó del flujo de sangre: «Con poca persuasión se llega al convenci­miento de que no habría concordado con la verdad absoluta, si el Señor hubiese simulado la ignorancia y hecho la pregunta, sabiendo perfectamente bien, mientras tanto, lo que tácitamente parecía decir que no sabía. ¿Se puede en manera alguna decir que un padre infringe la ley de la verdad más noble si al hallarse entre sus hijos les pre­gunta: ‘¿Quién cometió esta falta?’; aunque ya sabe quién fue, al hacer la pregunta; pero al mismo tiempo deseoso de que el culpable haga una confesión completa y de esa manera pueda colocarse en un estado en que se le puede perdonar? La misma ofensa podría imputarse a la pregunta de Elíseo V.De dónde vienes, Giezi?’ (2 Re. 5:25), cuando en su corazón ya sabía donde había estado su siervo; y aun en la pregunta del propio Dios a Adán, ‘¿Dónde estás tú?’ (Gen. 3:9), y a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano?’ (Ibid.: 4:9) En cada uno de estos casos la pregunta encierra un proposite moral, una oportunidad concedida en el último momento para reparar, por lo menos, parte del error mediante una confesión franca.’

9. Los ciegos ven.—En su análisis de la curación milagrosa de los dos ciegos que siguieron a Jesús dentro de la casa, Trench dice: «Aquí hallamos anotada en los Evangelios la primera de muchas curaciones de ciegos (Mateo 12:22; 20:30; 21:14; Juan 9; o donde se hace alusión a estas sanidades Mateo 11:5) y cada una de ellas es un cumplimiento literal de la palabra profética de Isaías concerniente a la época del Mesías: ‘Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos.’ (35:5) Aun cuando estos milagros son muy frecuentes, ninguno está desprovisto de sus propios rasgos distintivos. Bien sea que los considere­mos desde un punto de vista natural o espiritual, no debe maravillarnos el hecho de que hayan sido tan numerosos. Desde el punto de vista natural, no deben sorprendernos si tenemos presente que la ceguera es una calamidad mucho más común en el oriente que entre nosotros. Desde el punto   de  vista  espiritual,  sólo  tenemos   que  recordar  con cuanta frecuencia se considera el pecado como ceguedad moral en las Escrituras (Deut. 28:29; Isa. 59:10; Job 12:25; Sof. 1:17), y la liberación del pecado como alivio de esta ceguera (Isa. 6:9, 10; 43:8; Mateo 15:14; Ef. 1:18); y desde luego podemos comprender cuán propio fue que Aquel, que era ‘la luz del mundo’, efectuara con tanta frecuencia las obras que simbolizaban tan aptamente esa obra mayor para la cual vino al mundo.»—Notes on the Miracles of our Lord, pág 152.

10. La imputación de una agencia satánica.—Notamos que al sanar al sordomudo endemoniado, a lo cual se hizo referencia en el texto, se acusó a Cristo de haberse confabulado con el diablo. A pesar de que la gente, impresionada por la manifestación del poder divino en la curación, exclamó con reverencia: «Nunca se ha visto cosa semejante en Israel». Los fariseos, resueltos a contrarrestar el buen efecto del ministerio milagroso del Señor, dijeron: «Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios.» (Mateo 9:32-34) Para una exposición más amplia de esta acusación incongruente, y en realidad blasfema, véanse las páginas 281-285 de esta obra.

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