Josué

Josué 6 


Josué 6:1 — “Jericó estaba cerrada, bien cerrada…”

Los obstáculos pueden parecer totalmente imposibles desde la perspectiva humana. La fortaleza de Jericó resalta que la victoria no vendrá por medios naturales, sino por intervención divina.

Este versículo subraya deliberadamente la imposibilidad humana de la situación. Jericó no solo estaba fortificada; estaba “bien cerrada”, sin entrada ni salida. La narración elimina cualquier expectativa de éxito por medios convencionales y prepara al lector para comprender que la victoria que sigue no será producto de fuerza militar, ingenio humano o ventaja estratégica, sino de la intervención directa del Señor.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este escenario enseña que Dios permite que Sus siervos enfrenten límites absolutos para que aprendan a confiar plenamente en Él. El Señor no siempre reduce primero el obstáculo; a menudo lo deja intacto para que quede claro que la liberación viene de Su poder. Jericó representa esas barreras que no pueden resolverse con esfuerzo adicional, sino únicamente con obediencia y fe.

Doctrinalmente, Josué 6:1 establece el principio de que la obra de Dios no depende de condiciones favorables. El convenio no promete caminos fáciles, sino la presencia del Señor en medio de lo imposible. En la teología de los Santos de los Últimos Días, esto armoniza con la enseñanza de que Dios “prepara la vía” no eliminando siempre la dificultad, sino mostrando Su poder cuando la vía humana se ha agotado.

En una aplicación más amplia, este pasaje invita al creyente a reinterpretar los momentos en que todo parece cerrado. Las puertas selladas no indican derrota, sino el umbral del poder divino. Jericó enseña que cuando no hay salida visible, Dios aún puede abrir un camino que glorifique Su nombre y fortalezca la fe de Su pueblo. La victoria comienza cuando el pueblo reconoce que no puede avanzar sin el Señor, y decide confiar en Él por completo.


Josué 6:2 — “Yo he entregado en tus manos a Jericó…”

Dios declara la victoria antes de que ocurra. En el lenguaje del convenio, lo que Dios promete es tan seguro como si ya se hubiese cumplido. La fe aprende a actuar sobre la palabra divina, no sobre las circunstancias visibles.

Este versículo introduce el lenguaje característico del convenio divino: Dios declara la victoria antes de que sea visible. Jericó sigue en pie, sus muros intactos y sus puertas cerradas, pero en la palabra del Señor la ciudad ya ha sido entregada. En el marco del convenio, lo que Dios promete no es una posibilidad futura, sino una realidad garantizada por Su fidelidad.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, esta declaración enseña que la fe verdadera se apoya en la palabra revelada, no en la evidencia inmediata. Josué es llamado a actuar no según lo que ve, sino según lo que Dios ha dicho. El Señor no describe un proceso incierto; habla en tiempo cumplido. Así, Dios entrena a Su pueblo a vivir por revelación y confianza, no por cálculo humano.

Doctrinalmente, Josué 6:2 revela que la victoria pertenece a Dios antes de que el pueblo participe en ella. Israel no conquista Jericó para ganar el favor divino; avanza porque Dios ya ha decidido entregar la ciudad. Este principio armoniza con la doctrina de los Santos de los Últimos Días de que las bendiciones del convenio fluyen de la iniciativa divina, y la obediencia humana es una respuesta fiel, no la causa del poder.

En una aplicación más amplia, este pasaje invita al creyente a aprender a obedecer promesas no cumplidas aún, pero ya declaradas por Dios. La fe madura actúa conforme a la palabra del Señor incluso cuando las circunstancias no han cambiado. Josué 6:2 testifica que cuando Dios habla, el resultado está asegurado, y el llamado del pueblo es caminar con confianza hacia una victoria que, en el plan divino, ya ha sido ganada.


Josué 6:3 — “Rodearéis la ciudad, todos los hombres de guerra, y daréis la vuelta alrededor de la ciudad una vez; así haréis durante seis días”

Mark E. Petersen: Puede preguntarse cómo los espías pudieron haber sido reconocidos tan fácilmente al entrar en Jericó. Los arqueólogos dicen que la ciudad ocupaba solo entre seis y diez acres de terreno. Por lo tanto, los extranjeros eran notados con rapidez, ya que evidentemente todos los habitantes de la ciudad se conocían bien entre sí. El hecho de que la circunferencia de la ciudad fuera tan pequeña también hace más comprensible cómo el ejército israelita podía marchar alrededor de ella con tanta facilidad cada día durante una semana.

Situada profundamente en el valle del Jordán, Jericó se encontraba a 825 pies por debajo del nivel del mar. Jerusalén está a 3,200 pies más alta en elevación que Jericó. Cerca de Jericó crecen muchos frutos subtropicales, como dátiles, higos, bananas y uvas, pero también bálsamo, rosas, henna y el mirabolano, una fruta similar a la ciruela que se usaba antiguamente para fabricar tinta.

Se cree que la ciudad data de mucho antes del año 4000 a.C., lo cual es, por supuesto, solo una conjetura. Jericó tuvo distintos emplazamientos a lo largo de los siglos; el pueblo fue reconstruido en lugares alternos, aunque cercanos, después de asedios, terremotos y otras catástrofes. En algunos de los montículos, los arqueólogos han encontrado hasta siete capas de casas, una sobre otra, lo que indica que nuevos pueblos edificaron sobre las ruinas más antiguas que aún permanecían.

La antigua Jericó estaba rodeada por murallas de mampostería y piedra, con torres de vigilancia a intervalos regulares alrededor de la estructura. En algunos lugares los muros tenían catorce pies de grosor y veinticinco pies de altura; en otros lugares, según indican los arqueólogos, las murallas eran más estrechas. Su altura total no se conoce con certeza debido a su condición erosionada después de tantos siglos.

Jericó se encontraba directamente en el camino de los israelitas invasores. Era necesario conquistar Jericó antes de poder entrar y someter otras partes de Canaán. Esto es lo que Josué planeó hacer. (Josué: Hombre de fe [Salt Lake City: Deseret Book, 1978], 38–39).


Josué 6:3–5 — “Rodearéis… y el muro caerá…”

La obediencia a mandamientos aparentemente ilógicos prueba la fe del pueblo. Dios enseña que la victoria se obtiene siguiendo Su palabra, no confiando en métodos convencionales de poder o guerra.

Estos versículos presentan un método de victoria que desafía toda lógica militar. Rodear la ciudad en silencio durante varios días, acompañados por sacerdotes y trompetas, no corresponde a ninguna estrategia humana conocida. Dios establece deliberadamente un camino que excluye la confianza en la fuerza, la astucia o la experiencia bélica, para que quede claro que la caída de Jericó será obra Suya.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este mandato enseña que la fe se prueba cuando Dios pide obediencia antes de ofrecer explicación. Israel no recibe un razonamiento táctico; recibe una palabra divina. La obediencia diaria, repetitiva y aparentemente improductiva se convierte en el verdadero acto de fe. El Señor educa a Su pueblo para caminar por revelación, no por razonamiento natural.

Doctrinalmente, Josué 6:3–5 enseña que la victoria espiritual se obtiene siguiendo la palabra de Dios, no los métodos convencionales del mundo. El poder divino se manifiesta cuando el pueblo renuncia a imponer su propia lógica y decide confiar plenamente en la dirección del Señor. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en la obediencia a mandamientos que requieren sacrificio, paciencia y confianza sostenida.

En una aplicación más amplia, este pasaje invita al creyente a examinar cómo responde cuando Dios manda algo que no parece eficaz ni inmediato. La obediencia fiel, aunque silenciosa y repetitiva, prepara el momento del milagro. Josué 6:3–5 testifica que cuando el pueblo sigue la palabra del Señor sin añadir ni quitar nada, Dios derriba muros que ningún poder humano podría vencer.

El presidente Howard W. Hunter enseñó: “[El] compromiso [de Josué] era ser completamente obediente. Su preocupación era hacer precisamente lo que se le había mandado, para que se pudiera cumplir la promesa del Señor. Las instrucciones, sin lugar a dudas, deben de haberle parecido extrañas, pero su fe en el resultado le instó a seguir adelante”. (“Nuestro compromiso con Dios”, Liahona, enero de 1983.)


Josué 6:6–8 — “Llevad el arca del convenio…”

La presencia de Dios va al frente de la batalla. Israel no avanza protegido por su ejército, sino por el arca del convenio. La obra del Señor progresa cuando Él ocupa el primer lugar.

Estos versículos establecen un principio doctrinal decisivo: la presencia de Dios va al frente de la batalla. Antes que soldados, armas o estrategias, lo primero que avanza es el arca del convenio, símbolo tangible de la presencia, autoridad y promesas del Señor. Israel no enfrenta a Jericó confiando en su fuerza, sino siguiendo al Dios que gobierna la batalla desde el principio.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, el arca representa el centro del convenio entre Dios y Su pueblo. Que el arca vaya delante enseña que la victoria no se alcanza cuando Dios apoya los planes humanos, sino cuando el pueblo se alinea con la voluntad divina. Israel no protege el arca; es el arca —la presencia del Señor— la que protege y guía a Israel.

Doctrinalmente, Josué 6:6–8 enseña que el orden espiritual determina el resultado del conflicto. Cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su posición correcta. Sacerdotes, pueblo y ejército actúan en armonía porque siguen la presencia divina. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en la enseñanza de que las bendiciones fluyen cuando el Señor preside y dirige cada aspecto de la obra.

En una aplicación más amplia, este pasaje invita al creyente a evaluar qué va “delante” en su propia vida. La obra del Señor progresa cuando Él ocupa el primer lugar, no solo de manera simbólica, sino práctica. Josué 6:6–8 testifica que cuando el pueblo permite que la presencia de Dios marque el paso, incluso las batallas más difíciles se convierten en escenarios donde el poder divino se manifiesta con claridad y propósito.


Josué 6:10 — “No gritaréis… hasta el día que yo os diga.”

El silencio es una forma de obediencia. Dios enseña dominio propio, paciencia y confianza. No todo acto de fe es visible o ruidoso; a veces consiste en esperar y obedecer sin explicación.

Este mandato introduce una forma de obediencia poco común: el silencio. Dios no solo regula lo que el pueblo debe hacer, sino también cuándo y cómo debe hacerlo. En una cultura de guerra donde el grito podía intimidar o enardecer, el Señor ordena contención. El silencio se convierte en disciplina espiritual, enseñando que la fe auténtica también se expresa en la espera obediente.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este pasaje revela que Dios forma el carácter de Su pueblo tanto por lo que manda como por lo que prohíbe. El silencio diario alrededor de Jericó exige dominio propio, paciencia y confianza sostenida. Israel aprende a someter impulsos naturales y a depender del tiempo del Señor, no del suyo. La fe madura acepta restricciones divinas sin exigir explicaciones inmediatas.

Doctrinalmente, Josué 6:10 enseña que no todo acto de fe es visible o ruidoso. A veces, la obediencia más profunda ocurre en lo discreto y perseverante. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio armoniza con la idea de que el Espíritu obra con poder en la quietud, y que muchas bendiciones se reciben al “guardar silencio” ante Dios mientras Él cumple Su palabra.

En una aplicación más amplia, este versículo invita al creyente a valorar la obediencia que espera sin ver resultados inmediatos. El silencio no es pasividad, sino confianza activa. Josué 6:10 testifica que cuando el pueblo aprende a callar cuando Dios lo manda y a hablar cuando Dios lo indica, su fe se alinea con el ritmo divino, preparando el corazón para el momento en que el Señor manifieste Su poder de manera plena.


Josué 6:15–16 — “Al séptimo día… Gritad.”

Dios obra conforme a Su tiempo perfecto. La perseverancia diaria culmina en liberación. El séptimo día subraya plenitud, cumplimiento y reposo divino tras la obediencia sostenida.

Estos versículos señalan el clímax de una obediencia prolongada y aparentemente monótona. Durante seis días el pueblo rodea la ciudad sin ver cambio alguno; en el séptimo día, tras siete vueltas completas, Dios ordena finalmente: “Gritad”. El relato enseña que Dios obra conforme a Su tiempo perfecto, no al ritmo de la impaciencia humana. La liberación no llega antes ni después, sino exactamente cuando se cumple el orden divino establecido.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este patrón subraya que la perseverancia diaria es una expresión esencial de fe. El milagro no se produce por un solo acto espectacular, sino por una serie de obediencias constantes y silenciosas. El grito final no sustituye la constancia previa; la corona. Así, el Señor forma a Su pueblo para confiar en que cada paso obediente, aun cuando parece repetitivo, cuenta ante Él.

Doctrinalmente, el énfasis en el séptimo día remite a plenitud, cumplimiento y reposo divino. En las Escrituras, el séptimo día simboliza la obra completada conforme a la voluntad de Dios. Aquí, el reposo no es pasividad, sino la culminación de una obediencia sostenida que permite al Señor manifestar Su poder. El pueblo no “fuerza” el milagro; lo recibe cuando el ciclo de obediencia está completo.

En una aplicación más amplia, Josué 6:15–16 enseña que Dios honra la fidelidad que persevera aun sin señales inmediatas. Muchas liberaciones espirituales llegan solo después de haber caminado el “séptimo día”, cuando la fe ya ha sido probada y purificada. El grito ordenado por Dios proclama que el tiempo de esperar ha terminado y que el Señor cumple Su palabra. Así, este pasaje testifica que la victoria llega cuando la obediencia se mantiene hasta el fin y se confía plenamente en el tiempo perfecto del Señor.


Josué 6:16 — “Entonces Josué dijo al pueblo: ¡Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad!”

Howard W. Hunter: Cuando Josué recibió la instrucción de destruir la ciudad de Jericó que se encontraba delante de ellos, las grandes murallas de la ciudad se alzaban como una barrera imponente y físicamente imposible para el éxito de Israel—o al menos así parecía. Sin conocer los medios, pero con plena certeza del resultado, Josué llevó a cabo las instrucciones que había recibido por medio de un mensajero del Señor. Su compromiso era de obediencia completa. Su preocupación era hacer exactamente lo que se le había mandado, para que se cumpliera la promesa del Señor. Sin duda, las instrucciones parecían extrañas, pero su fe en el resultado lo impulsó a seguir adelante. El resultado, por supuesto, fue otro más en una larga serie de milagros experimentados por los israelitas mientras eran guiados a lo largo de muchos años por Moisés, por Josué y por muchos otros profetas que estaban comprometidos a seguir los mandamientos y las directrices del Señor.

Cuando Josué y su pueblo se acercaron a Jericó, las instrucciones del Señor fueron seguidas con exactitud y, según el relato de las Escrituras, “el muro se derrumbó, y el pueblo subió luego a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, y tomaron la ciudad” (Josué 6:20).
(“Compromiso con Dios”, Ensign, noviembre de 1982, 57).


Josué 6:17 — “La ciudad será anatema… solamente Rahab vivirá.”

Dios es justo y misericordioso. El juicio no cancela la gracia. Rahab es salvada por su fe y fidelidad al convenio, mostrando que la salvación está disponible aun para los que estaban fuera del pueblo.

Este versículo presenta una de las tensiones doctrinales más profundas del Antiguo Testamento: el juicio divino coexistiendo con la misericordia. Jericó es declarada anatema (ḥērem), completamente consagrada al juicio del Señor, no por capricho, sino como acto soberano de Dios sobre una cultura que había colmado su iniquidad. Sin embargo, en medio de ese juicio total, emerge una excepción poderosa: Rahab y su casa. El texto deja claro que el juicio de Dios no es ciego ni mecánico, sino justo y moralmente discerniente.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este pasaje enseña que la gracia de Dios puede operar aun dentro de contextos de juicio. Rahab no es salvada por su origen, su pasado ni su posición social, sino por su fe activa en el Dios viviente y por su fidelidad a la palabra jurada. Ella responde a la luz que recibe, actúa con valentía y se alinea con el convenio del Señor antes de que la conquista ocurra. Así, Dios muestra que la salvación siempre es una cuestión de fe y obediencia, no de pertenencia étnica.

Doctrinalmente, Josué 6:17 afirma que Dios es tanto justo como misericordioso, y que estas cualidades no se contradicen. El juicio no cancela la gracia, ni la gracia niega la justicia. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio armoniza con la enseñanza de que el Señor juzga “según la luz y el conocimiento que se haya recibido”. Rahab actúa conforme a la luz que tiene, y esa respuesta de fe la coloca bajo la protección del convenio, aun siendo extranjera.

En una aplicación más amplia, este versículo testifica que nadie queda excluido del alcance de la misericordia divina por su pasado o procedencia. Rahab representa a todos aquellos que, estando “fuera”, responden con fe cuando reconocen la verdad. Su salvación proclama que Dios no solo derriba muros físicos, sino también barreras espirituales. Josué 6:17 enseña que el Dios que juzga la maldad es el mismo que extiende gracia redentora a todo aquel que cree y actúa con fidelidad, aun en medio del juicio.


Josué 6:18 — “Guardaos del anatema…”

La obediencia colectiva puede ser afectada por la desobediencia individual. Dios enseña que el pecado no es privado cuando el pueblo vive bajo un convenio común.

Este mandato revela que, dentro del convenio, la obediencia nunca es meramente individual. Dios advierte que tomar del anatema no solo afecta al infractor, sino que “hace anatema el campamento de Israel”. El pueblo ha sido salvado y guiado colectivamente, y ahora se le exige fidelidad colectiva. El texto enseña que el pecado, cuando existe una relación covenantal común, tiene consecuencias que trascienden lo personal.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este principio armoniza con la doctrina de que el pueblo del convenio está espiritualmente interconectado. Israel no es una suma de individuos aislados, sino una comunidad sagrada. Cuando uno viola deliberadamente un mandamiento divino, introduce desorden espiritual que afecta a todos. Dios no presenta esta advertencia como amenaza arbitraria, sino como una realidad espiritual inherente al convenio.

Doctrinalmente, Josué 6:18 enseña que la santidad colectiva requiere responsabilidad individual. La consagración de Jericó como ofrenda total al Señor establece un precedente: lo primero pertenece a Dios. Tomar de lo consagrado no es simplemente robar; es quebrantar la confianza del convenio. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en la enseñanza de que la desobediencia deliberada puede debilitar la unidad espiritual del pueblo y afectar la obra del Señor.

En una aplicación más amplia, este versículo invita a reflexionar sobre la naturaleza comunitaria del discipulado. Vivir bajo convenio implica cuidar no solo de la propia rectitud, sino también del bienestar espiritual del cuerpo entero. Josué 6:18 testifica que Dios toma en serio la santidad de Su pueblo y enseña que la fidelidad personal contribuye directamente a la fortaleza colectiva. La obediencia protege; la desobediencia, aunque parezca privada, siempre deja huella en la comunidad del convenio.


Josué 6:19 — “Sean consagrados a Jehová…”

La primera victoria pertenece a Dios. Jericó es una ofrenda inicial, enseñando que lo primero y lo mejor es del Señor. La consagración precede a la herencia plena.

Este versículo establece un principio doctrinal decisivo al inicio de la conquista: la primera victoria pertenece al Señor. Jericó no es simplemente una ciudad tomada; es una ofrenda consagrada. Al dedicar a Jehová la plata, el oro y los metales, Dios enseña que el comienzo de la herencia debe estar marcado por consagración total. Antes de disfrutar los beneficios de la tierra, el pueblo reconoce públicamente al Dador de la victoria.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este patrón refleja la doctrina de que lo primero y lo mejor pertenecen a Dios. La consagración inicial ordena el corazón del pueblo y establece prioridades espirituales correctas. No se trata de una pérdida, sino de una alineación: al devolver a Dios lo que Él ha dado, el pueblo aprende que la herencia no se posee con derecho autónomo, sino como mayordomía sagrada.

Doctrinalmente, Josué 6:19 enseña que la consagración precede a la herencia plena. Jericó funciona como “primicias” de Canaán, un acto que santifica lo que vendrá después. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio armoniza con la idea de que el Señor prueba a Su pueblo en los comienzos, no para restringir bendiciones, sino para prepararlo para recibirlas en mayor medida y con mayor fidelidad.

En una aplicación más amplia, este pasaje invita a comprender que las bendiciones duraderas se construyen sobre sacrificios iniciales. Cuando el pueblo consagra lo primero a Dios, declara que confía en Él para el futuro. Josué 6:19 testifica que la consagración no empobrece; consagra el camino, protege al pueblo del egoísmo y asegura que la herencia prometida se reciba bajo el orden y la presencia del Señor.


Josué 6:20 — “El muro se desplomó…”

El poder de Dios derriba lo que parecía inconmovible. Cuando el pueblo obedece plenamente, Dios cumple Su palabra sin necesidad de fuerza humana.

Este versículo describe el momento culminante en el que el poder de Dios se manifiesta de manera innegable. Los muros de Jericó, símbolo de fortaleza, seguridad humana y resistencia absoluta, caen sin que Israel utilice armas de asedio ni fuerza militar directa. El texto subraya que la victoria no procede del grito en sí, ni de la marcha alrededor de la ciudad, sino del cumplimiento fiel de la palabra del Señor.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este evento enseña que Dios actúa cuando la obediencia ha sido completa. El pueblo no improvisa ni altera el mandamiento; obedece exactamente como se le indicó, hasta el final. Solo entonces el Señor interviene. Esto revela que el poder divino no sustituye la obediencia, sino que responde a ella. Cuando el pueblo hace todo lo que está a su alcance conforme a la revelación, Dios hace lo que ningún poder humano puede lograr.

Doctrinalmente, Josué 6:20 afirma que Dios no necesita medios humanos para cumplir Sus propósitos, aunque puede usar a los seres humanos como instrumentos obedientes. Los muros caen “por sí mismos”, mostrando que las barreras más sólidas —sean físicas, espirituales o emocionales— no resisten cuando el Señor decreta su caída. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio armoniza con la enseñanza de que Dios “abre camino donde no lo hay” cuando Sus hijos confían plenamente en Él.

En una aplicación más amplia, este versículo invita a reconocer que muchos muros en la vida del creyente no se derriban por fuerza, sino por fidelidad constante. El pueblo no empuja los muros; camina en obediencia hasta que Dios actúa. Josué 6:20 testifica que cuando el pueblo del convenio confía en la palabra divina más que en sus propias capacidades, el Señor cumple Sus promesas de manera poderosa, clara y glorificadora de Su nombre. La caída del muro proclama que nada es inconmovible cuando Dios habla y Su pueblo obedece.

Howard W. Hunter: Cuando Josué condujo a los hijos de Israel a través del río Jordán, la primera ciudad a la que se enfrentaron fue Jericó. Se enviaron espías y se celebró un consejo de guerra. Sin duda, los generales de Josué expusieron argumentos sobre el tipo de armas, armamentos y tácticas que serían necesarias para abrir brecha en el muro y destruir la ciudad con éxito. Tradicionalmente, esto habría significado un asedio prolongado. Mientras tanto, la reputación de los israelitas los había precedido, pues las puertas de la amurallada Jericó ya estaban cerradas. El relato bíblico dice: “Jericó estaba cerrada y bien cerrada a causa de los hijos de Israel; nadie salía ni entraba” (Josué 6:1).

De hecho, la planificación militar estaba tan avanzada que, según Josué, “unos cuarenta mil hombres armados para la guerra pasaron delante de Jehová para la batalla, a los llanos de Jericó” (Josué 4:13).

Pero el Señor tenía un plan mejor: “Mas Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó, y a su rey, con sus varones de guerra” (Josué 6:2).

Sí, Jehová tiene un plan mejor. Jericó caería, pero a la manera del Señor. En lugar de estar armados con espadas y lanzas, estaban armados con cuernos de carnero. En lugar de llevar un ariete, debían llevar el arca sagrada. No eran guiados por generales, sino por sacerdotes; no vestían armadura, sino vestiduras sacerdotales. Y en lugar de un grito de batalla, quizá hubo un grito de hosanna. En vez de someterlos a un asedio militar largo y devastador, el Señor prometió que después de solo siete días “el muro de la ciudad caerá, y el pueblo subirá cada uno derecho hacia adelante” (Josué 6:5).

El apóstol Pablo, al comentar este procedimiento tan poco común, lo explica todo en una sola frase sencilla: “Por la fe cayeron los muros de Jericó” (Hebreos 11:30).

El élder James E. Talmage coincidió cuando escribió:
“Con plena confianza en las instrucciones y promesas de Dios, Josué y sus intrépidos seguidores pusieron sitio [espiritual] a Jericó; y los muros de esa ciudad de pecado cayeron ante la fe de los sitiadores sin el uso de arietes ni otros instrumentos de guerra”. (Artículos de Fe, Salt Lake City: Deseret Book, 1984, pp. 93–94).

El presidente Spencer W. Kimball, al abordar el tema de los “muros”, preguntó:
“¿Por qué deben los hombres confiar en fortificaciones físicas y armamentos cuando el Dios del cielo anhela bendecirlos? Un solo golpe de Su mano omnipotente podría dejar sin poder a todas las naciones que se oponen y salvar a un mundo aun cuando esté en agonía. Sin embargo, los hombres rehúyen a Dios y ponen su confianza en las armas de guerra o en el ‘brazo de carne’”. (El milagro del perdón, Salt Lake City: Bookcraft, 1969, p. 318). (“Los muros de la mente”, Ensign, septiembre de 1990, 9).


Josué 6:22–25 — “Josué salvó la vida a Rahab…”

Dios honra los juramentos hechos en Su nombre. La fe de Rahab no solo la salva a ella, sino a toda su casa. La redención bíblica tiene un fuerte carácter familiar y covenantal.

Este pasaje confirma de manera solemne que Dios honra los juramentos hechos en Su nombre. Aun en medio del juicio total sobre Jericó, la promesa dada a Rahab es respetada con exactitud. La salvación de Rahab no es un acto improvisado de misericordia tardía, sino el cumplimiento fiel de un convenio previamente establecido. Esto enseña que la palabra jurada bajo la autoridad divina es inviolable.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este relato subraya que la fe verdadera se manifiesta en acciones concretas y sostenidas en el tiempo. Rahab creyó antes de ver, actuó cuando el riesgo era alto y perseveró hasta el cumplimiento de la promesa. Su fe no fue pasiva ni momentánea; fue una fe que obedeció, confió y esperó. Por ello, Dios no solo la salva del juicio, sino que la integra plenamente al pueblo del convenio.

Doctrinalmente, Josué 6:22–25 revela que la redención bíblica tiene un carácter profundamente familiar y covenantal. Rahab no pide salvación solo para sí; intercede por su padre, su madre, sus hermanos y toda su casa. El texto muestra que cuando una persona actúa con fe dentro del marco del convenio, las bendiciones se extienden a su familia. Este principio armoniza con la doctrina de los Santos de los Últimos Días sobre la centralidad de la familia en el plan de salvación y la naturaleza expansiva de las promesas divinas.

En una aplicación más amplia, este pasaje testifica que Dios puede injertar a los que estaban “fuera” dentro de Su pueblo mediante la fe y la fidelidad. Rahab, una mujer cananea con un pasado marginado, no solo sobrevive; “habita entre los israelitas”. Su historia proclama que el Señor no define a las personas por su origen o su historia pasada, sino por su respuesta a la verdad. Josué 6:22–25 enseña que el Dios del convenio es fiel a Sus promesas, poderoso para salvar familias enteras y dispuesto a hacer herederos a todos los que creen y actúan con fidelidad.


Josué 6:26 — “Maldito sea… el que reedifique Jericó.”

Dios establece límites claros sobre aquello que ha juzgado. Reconstruir lo que Dios ha destruido espiritualmente es rebelarse contra Su propósito.

Este juramento solemne establece un límite espiritual claro sobre lo que Dios ha juzgado y consagrado a la destrucción. Jericó no es simplemente una ciudad vencida; se convierte en testimonio permanente del juicio y del poder de Jehová. Al prohibir su reconstrucción, el Señor enseña que ciertas cosas no deben ser restauradas ni reutilizadas, porque pertenecen a una etapa que Él ha cerrado definitivamente.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este mandato revela que Dios no solo libera, sino que también delimita. Así como abre caminos hacia la promesa, también señala aquello que no debe ser retomado. Reconstruir Jericó significaría intentar normalizar lo que Dios ha declarado incompatible con Su propósito. En la vida espiritual, esto enseña que no todo pasado puede integrarse al presente del convenio; algunas estructuras deben quedar atrás.

Doctrinalmente, Josué 6:26 enseña que volver a levantar lo que Dios ha derribado espiritualmente es una forma de rebelión. No se trata de castigo arbitrario, sino de proteger al pueblo de repetir patrones que Dios ya ha juzgado. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio armoniza con la enseñanza de que el arrepentimiento verdadero implica abandonar completamente lo que el Señor ha condenado, no solo modificarlo.

En una aplicación más amplia, este versículo invita a discernir qué “Jericós” personales deben permanecer derribados. La fidelidad al convenio implica respetar los límites que Dios establece. Josué 6:26 testifica que la libertad espiritual no se preserva reconstruyendo antiguas fortalezas, sino avanzando hacia lo nuevo que Dios ha prometido. Honrar los juicios del Señor es parte esencial de caminar con Él en santidad y obediencia.


Josué 6:27 — “Jehová estuvo con Josué…”

El éxito del liderazgo proviene de la presencia del Señor. Cuando Dios está con Su siervo, Su nombre se difunde y Su obra avanza con autoridad divina.

Este versículo concluye el relato de Jericó estableciendo la verdadera fuente del éxito de Josué: la presencia constante del Señor. El texto no atribuye la victoria a la capacidad militar, al carisma personal ni a la experiencia de liderazgo, sino a un hecho teológico central: Dios estaba con Su siervo. En las Escrituras, esta expresión indica aprobación divina, respaldo espiritual y dirección continua.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este pasaje enseña que el liderazgo en el reino de Dios es efectivo solo en la medida en que el Señor esté presente. Josué no actúa independientemente; es un instrumento en manos de Dios. La obra avanza con poder porque el líder camina en obediencia, humildad y dependencia de la revelación. El éxito no es autónomo, sino relacional.

Doctrinalmente, Josué 6:27 afirma que la autoridad espiritual se reconoce cuando Dios la confirma. El hecho de que “su nombre se divulgó por toda la tierra” no es autopromoción, sino consecuencia natural del respaldo divino. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio armoniza con la idea de que el Señor magnifica a quienes Él llama cuando estos le son fieles, y que el respeto del pueblo surge de la evidencia de la presencia del Señor en la obra.

En una aplicación más amplia, este versículo invita a redefinir el concepto de éxito espiritual. No se mide por visibilidad, influencia o resultados inmediatos, sino por la compañía del Señor. Cuando Dios está con Su siervo, Su nombre se extiende y Su obra progresa con autoridad que no puede ser fabricada. Josué 6:27 testifica que la presencia del Señor es el mayor don para cualquier líder y la garantía más segura de que la obra que se realiza es verdaderamente Suya.