La Continua Conversión

Capítulo 9
Escaleras, Rieles de Tren y Llamamientos

Los llamamientos no son premios ni reconocimientos, sino que forman parte del plan de Dios para nuestro crecimiento y desarrollo. La estima propia y el progreso personal deben provenir de sentir el amor de Dios, de saber que estamos donde Dios quiere que estemos, y de reconocer que nuestros esfuerzos son de valor para Él — ya sea que tengamos o no un llamamiento.


Jesús instruyó a Pedro: “Una vez vuelto, fortalece a tus hermanos” (Lucas 22:32). Más adelante el Señor le dijo al Apóstol que si él realmente le amaba, fuera y apacentara Sus ovejas (véase Juan 21:17). El élder David A. Bednar escribió: “A medida que cada uno de nosotros esté más plenamente convertido, fortaleceremos a nuestras familias, a nuestros amigos y a las personas con quienes nos relacionemos” (“Convertidos al Señor”). La verdadera conversión nos motiva a esforzarnos por ser una bendición para otras personas y elevarlas.

Una de las prácticas que destaca a nuestra iglesia de las demás es que no tenemos un clero profesional. Velamos los unos por los otros, nos servimos mutuamente y administramos los asuntos de nuestros barrios sin siquiera pensar en ser remunerados. Los llamamientos ofrecen, a todos cuantos tienen al menos uno, magníficas oportunidades de aprender, crecer y continuar en el proceso de la conversión, pero también pueden presentar algunos desafíos.

Uno de tales desafíos es que a veces recibimos mensajes contradictorios de nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia. Se nos pide que magnifiquemos nuestros llamamientos, pero también que deleguemos; que seamos una luz y dignos ejemplos, pero que al mismo tiempo rindamos servicio anónimo; que pongamos a la familia en primer lugar, pero que nunca dejemos de cumplir con la orientación familiar o con los deberes como maestras visitantes; que estemos anhelosamente consagrados, pero que simplifiquemos nuestras vidas. Tal vez uno de los más confusos de esos mensajes contradictorios es que se nos dice que todos los llamamientos son importantes, pero después oímos infinidad de bromas sobre quienes sirven en la guardería. ¿Cuándo fue la última vez que vio a un hermano invitar a sus parientes a asistir a la reunión sacramental en la que sería sostenido como líder de la guardería, y después oírlo decir cuán humilde se sintió cuando le llegó el llamamiento?

Otro desafío surge cuando los miembros se rehúsan a aceptar llamamientos. A una hermana se le invitó a reunirse con el obispo, quien le extendió un llamamiento para ayudar con el campamento de las jovencitas. La hermana se echó a reír y dijo: “Ni que estuviera fuera de mis cabales. ¡Ya lo hice una vez y no tengo ningún interés en volver a hacerlo!”. Cuando una persona declina un llamamiento, hace más pesada la carga que otras deben llevar sobre sus hombros.

Aun vemos otro desafío en los casos en que los miembros sinceramente desean servir pero no hay suficientes llamamientos para todos. Como presidente de misión, enviaba cartas a los padres recordándoles que las asignaciones de liderazgo en la misión no eran rangos que los misioneros ganaban y que ciertamente no eran los únicos indicativos de progreso. No obstante ello, inevitablemente recibía mensajes de algunos padres frenéticos que escribían cosas como éstas: “No entendemos cómo es que nuestro hijo aún no ha llegado a ser líder de zona. Todos sus hermanos fueron asistentes de sus respectivos presidentes de misión, pero él ni siquiera a líder de zona ha llegado todavía”. A un misionero le preocupó muchísimo una carta de su novia en la que lisa y llanamente le decía: “Mejor que te olvides de cualquier posibilidad de casarte conmigo a menos que llegues a ser asistente de tu presidente de misión”.

Durante un año en particular, nuestra misión recibió muy pocos nuevos misioneros. Eso creó un problema porque teníamos muchos misioneros con gran experiencia que estaban ansiosos por compartir lo que habían aprendido al servir como entrenadores y líderes, pero cada vez eran menos las oportunidades que se les presentaban. Algunos élderes comenzaron a preguntarse por qué no se relevaba a aquellos misioneros que estaban en posiciones de liderazgo para dar una oportunidad a los demás. Otros sentían que se les pasaba por alto cuando algún otro misionero con menos tiempo en la misión recibía una asignación.

Al percibir que el grado de ansiedad entre los misioneros iba en aumento, empecé a preocuparme. Quería ofrecer oportunidades a la mayor cantidad posible de ellos, pero no me hallaba en la libertad de hacer que cada compañerismo fuese una zona independiente ni de asignar a cada compañero mayor como líder de zona para que cada uno de ellos pudiese contárselo a su familia. Tampoco podía empezar a rotar a los misioneros todas las semanas con el único propósito de que cada uno tuviera su turno como líder de distrito.

Decidí que iba a tratar el asunto en una futura conferencia de zona, pero cuanto más pensaba en ello, tanto más complicada me resultaba la situación. ¿Han notado alguna vez que aquellas personas que dan discursos sobre no tener aspiraciones de recibir llamamientos ya tienen llamamientos? Si yo les decía a los misioneros que los cargos no tenían mayor importancia, ¿qué mensaje estaría dándoles a aquellos que en ese momento servían diligentemente en posiciones de liderazgo? Si inventaba ocupaciones y títulos para cada misionero, ¿qué significaría eso para el “cuarto asistente del distribuidor de himnarios para cada tercera conferencia de zona?”.

Lo que debía hacer era sencillamente recordarles a todos los misioneros que la Iglesia es dirigida por medio de la revelación. Los llamamientos y las asignaciones cumplen con una multiplicidad de propósitos y nunca debemos permitir que nuestra estima propia y nuestro progreso personal dependan únicamente de los llamamientos.

LA REVELACIÓN

Jamás se nos ocurriría preguntarle a nadie: “¿Cómo es que no te han llamado como Apóstol todavía?”, ni decir: “Mejor que te olvides de cualquier posibilidad de casarte conmigo a menos que seas llamado como Setenta”. Todos entendemos que tales llamamientos vienen del Señor, pero, ¿no sucede lo mismo con todos los llamamientos?

Joseph Fielding McConkie escribió: “La Iglesia es gobernada por medio del espíritu de revelación y los llamamientos son extendidos por ese mismo Espíritu. Sin embargo, el suponer que no hay excepciones en cuanto a este principio, implica también suponer que no hay líderes inexpertos o que ninguno de nosotros jamás se vio distraído por influencias contrarias al

Espíritu. La pregunta que todos debemos hacernos es si el Señor sostendrá a un hombre o una mujer en un oficio o llamamiento que descanse sobre él o ella si tal persona se esfuerza por servir al máximo de su capacidad. De ello no hay ninguna duda. La persona llamada llega a ser ungida del Señor” (Anstuers, pág. 177).

El presidente Spencer W. Kimball recordó a los Santos que la revelación guía a la Iglesia “de arriba hacia abajo” (Teachings, pág. 453). Debemos tener eso siempre presente antes de hacer comentarios tales como, “bueno, ya era su turno”, o, “ella había estado tras ese llamamiento por mucho tiempo”, o, “ya veía venir ese llamamiento porque ella y la presidenta son muy buenas amigas”.

Resulta fácil ver la mano de Dios en los llamamientos y estar dispuestos a sostener a otras personas con todo el corazón cuando ellas nos caen bien, pero se hace más difícil reconocer la revelación y sostener a los líderes cuando afloran las faltas.

Virginia H. Pearce, una de las hijas del presidente Gordon B. Hinckley, dijo: “Yo era una jovencita cuando papá fue llamado a ser una Autoridad General. Cuando uno está en esa etapa de su vida, los padres no se ven muy perfectos que digamos. Yo era muy consciente de cualquier flaqueza que mis padres mostraran tener, así que el llamamiento causó en mí una pequeña crisis de fe. Me preguntaba cómo podía el Señor llamar a alguien como mi papá, una persona tan común y corriente y a veces hasta mediocre” (video sobre el presidente Hinckley, 1995). A medida que la hermana Pearce fue madurando, llegó a ver a su padre de un modo diferente y comprendió que aquellas “flaquezas humanas” que habían resultado ser tan aparentes cuando ella era más joven, eran ahora insignificantes al compararlas con la grandeza de su padre.

Pero muchos líderes en la Iglesia tienen un tramo largo por recorrer antes de llegar a ser como el presidente Hinckley. El élder Neal A. Maxwell escribió: “La vida en la Iglesia nos expone a líderes o maestros que no son siempre sensatos, maduros ni diestros” (“Not My Will, But Thine”, pág. 74). En demasiados casos entendemos perfectamente bien lo que significa estar decepcionados de un líder, tal vez por habernos sentido malentendidos, menoscabados, sobre controlados, insultados, criticados, etc., etc.

Tales agravios duelen aún más que las heridas físicas pues provienen de los mismos líderes y maestros que supuestamente deberían apoyarnos y defendemos, y ser nuestros héroes. Debemos reconocer que a veces esas personas en cargos de liderazgo en la Iglesia lamentablemente no son para nada héroes.

Es en esos momentos en que tal vez nos veamos tentados a sentirnos ofendidos cuando debemos recordar la diferencia entre poder y autoridad. La autoridad del sacerdocio proviene de la ordenación, pero el poder nace de la dignidad de la persona y sus deseos de vivir a la manera de Cristo (véase Predicad Mi Evangelio, pág. 4).

Siempre que me he sentido decepcionado por un líder o un maestro en la Iglesia, he tratado de recordar que una persona puede tener autoridad sin ejercer demasiado poder en mi vida. Uno puede respetar la autoridad de una posición aun cuando el poder de la persona en ese cargo sea limitado. Esa perspectiva me ayuda a asumir responsabilidad en cuanto a mi manera de sentir y a actuar prudentemente con las personas en vez de reaccionar ante la manera como ellas actúan.

Cuando los líderes caen del pedestal en el que los ponemos, igual podemos demostrar madurez espiritual y seguir adelante. Recordemos que los líderes no tienen por qué cambiar para que nosotros nos sintamos mejor. Las ofensas no tienen por qué afectarnos indefinidamente. Seremos bendecidos en la medida en que perdonemos y con humildad apoyemos a quienes presiden sobre nosotros y oremos por ellos.

Líderes y maestros en general necesitan nuestras oraciones, especialmente cuando pasan por momentos difíciles. Cuando vemos a líderes trastabillar, en vez de decir: “Tal o cual persona podría hacer las cosas mejor que él o ella”, mejor roguemos a Dios que les ayude y les fortalezca, y oremos por ellos en forma personal.

Una familia tuvo el honor de que el élder David B. Haight, del Cuórum de los Doce se quedara con ellos al asistir a su conferencia de estaca. Cuando se reunieron para orar como familia al final del día, el padre pidió, como siempre lo hacía, por el profeta y por todos cuantos trabajaban con él. Después de la oración y de que el Eider Haight se retirara a su habitación, el hijo menor dijo: “Papá, el élder Haight ES el hombre que trabaja con el profeta. ¡Tendrías que haberlo llamado por su nombre!”.

La noche siguiente, cuando la familia se arrodilló junto con el élder Haight, el padre pidió al invitado especial que ofreciera la oración. Refiriéndose más tarde a aquella experiencia, el hombre dijo que él y su familia se habían sentido muy conmovidos con la sinceridad con la que ese Apóstol oró, particularmente al pedir por algunos de sus hermanos del Cuórum de los Doce, a quienes —para satisfacción del muchacho— él mencionó por nombre al hallarse ellos en diferentes asignaciones.

MÚLTIPLES PROPÓSITOS

¿Por qué le llamaría el Señor a EL o a ELLA? Del mismo modo que nosotros nos hemos hecho alguna vez esa pregunta sobre otras personas, probablemente alguien se la habrá hecho sobre nosotros. Es posible que no siempre sepamos las razones por las que una persona es llamada a un cargo en determinado momento, y no es necesario que las sepamos. El élder Neal A. Maxwell nos recordó que a veces nos encontramos con situaciones al servir en la Iglesia en las que una paloma parece estar supervisando a águilas (véase Wherefore, Ye Must Press Forward, pág. 49).

Debemos confiar en que cada llamamiento no sólo beneficia a la Iglesia, sino que contribuye al crecimiento de la persona que es llamada y al de su familia. El Señor de la viña sabe cómo obtener buen fruto de los árboles que Él atiende —aún aquellos que se encuentran en “el sitio más estéril de todo el terreno” (Jacob 5:21-22).

Al mirar hacia atrás y recordar llamamientos que en su momento recibí, me doy cuenta de que no era la persona más preparada para ellos. En mi caso me sentía como el pájaro loco supervisando a águilas, pero Dios sabía que yo necesitaba esas experiencias para llegar a ser mejor.

Después de ser relevado de su servicio como Representante Regional, a Stephen R. Covey se le llamó para enseñar la clase de Primaria de su hijo y otros cuatro niños. Ese respetado maestro, acostumbrado a dirigirse a auditorios de miles de personas, descubrió que aquellos niños no estaban interesados en escucharle. Para peor, su hijo le comentó: “Papá, todos piensan que eres un cerebrito”. El hermano Covey escribió: “Hay llamamientos que nos hacen tragar el orgullo. Todo ello es parte de las pruebas y el refinamiento que experimentamos por medio de nuestro servicio en la Iglesia. El Señor se vale de ese proceso para desarrollar muchas partes de nuestra naturaleza y para pulir las asperezas de nuestro carácter” (6Events, pág. 143).

Cuando yo enseñaba este principio a mis misioneros en Chile, cortaba dos pedazos de cartulina con el mismo diseño de dos largas barras unidas por largueros separados a idéntica distancia entre sí. Yo sostenía los dos modelos en alto y les decía: “A pesar de que estos dos diseños se ven exactamente iguales, uno es una escalera y el otro es un riel de trenes. La escalera nos ayuda a subir, mientras que el riel nos permite ir de un lugar a otro. El confundir una cosa con la otra puede creamos problemas ya que nunca llegaremos muy lejos si tratamos de subir por una vía de ferrocarril o de viajar por una escalera”.

José Smith dijo: “Cuando subís por una escalera, tenéis que empezar desde abajo y ascender paso a paso hasta que lleguéis a la cima; y así es con los principios del evangelio: tenéis que empezar por el primero, y seguir adelante hasta aprender todos los principios que atañen a la exaltación” (Enseñanzas, pág. 430). El élder Bruce R. McConkie dijo: “Empezamos a cumplir los mandamientos hoy, y cumplimos más de ellos mañana, y vamos de gracia en gracia por los peldaños de la escalera” (“Jesús Christ and Him Crucified”, pág 400).

Advierta cómo el Profeta comparó los peldaños con principios que debemos aprender, y el élder McConkie habló de mandamientos que se deben cumplir. Ninguno de los dos se refirió a cargos que se deben obtener. El servir como presidenta de Primaria, como presidente de misión o como Setenta de área no es esencial para nuestro progreso eterno. El principio de servir en el reino y el mandamiento de dar de nuestro tiempo y talentos es esencial. El presidente Boyd K. Packer enseñó que somos exaltados “al guardar convenios, no al ocupar altos cargos” (“Covenants”, pág. 24).

Muchas personas que no son miembros de la Iglesia la ven a ésta como una gran corporación en la que sus miembros van escalando posiciones como quien sube por una escalera. Nosotros entendemos que los llamamientos son más bien como una vía de ferrocarril que simplemente nos permite ir a una variedad de lugares en los cuales aprendemos. El élder M. Russell Ballard dijo: “Los oficios del sacerdocio se confieren no para dar al hombre estatus sino para ofrecerle la oportunidad de servir” (“The Greater Priesthood”, pág. 71), y en otra ocasión enseñó: “Nuestros llamamientos y nuestras circunstancias varían de cuando en cuando, lo cual nos brinda oportunidades singulares y diversas de servir y progresar” (“¡Oh, sed prudentes!”).

Mi padre, Ray T. Wilcox, fue un hombre maravilloso que nunca sirvió como obispo. Seguramente habría sido un gran obispo, pero nunca viajó por esas vías del ferrocarril. Por otro lado, mi suegro, Leroy Gunnell, sirvió como obispo en seis ocasiones diferentes. Esos dos hombres siguieron progresando en sus respectivas escaleras al aprender principios y cumplir con mandamientos sin importar por cuáles vías viajaran; sirvieron fielmente más allá de sus asignaciones.

Yo aprendí muchísimo en mi llamamiento como obispo, y no cambiaría esa experiencia por nada del mundo. Pero mi siguiente estación en la vía de ferrocarril fue trabajar con un grupo de niños en el programa de los Lobatos, llamamiento que también me encantó. Después vino el de servir como presidente de misión, el cual fue seguido por la oportunidad de enseñar en el cuórum de presbíteros de mi barrio. Más tarde serví en una presidencia de estaca, y cuando fui relevado de ella se me asignó que me sentara con un niño autista y lo ayudara todos los domingos en la Primaria. Claro que los llamamientos como presidente de misión y como miembro de la presidencia de estaca eran mucho más intensos que los otros, pero todos me ofrecieron enormes oportunidades de servir, por encima del aparente estatus.

Si yo me imaginara una escalera, me habría visto dar un “gran salto” de líder de los Lobatos a presidente de misión, pero viéndolo de ese modo, también significaría que más tarde “caí hacia atrás” cuando fui llamado a servir como maestro en el cuórum de presbíteros. Pero si lo veo correctamente como una vía de ferrocarril, querrá decir que sencillamente fui de un lugar a otro y progresé a lo largo del trayecto.

El élder Dallin H. Oaks enseñó: “En el mundo nos referimos a ascensos o descensos, pero en los puestos de la Iglesia no se asciende ni se desciende, sólo cambiamos un poco de lugar” (“Arrepentimiento y cambio”). El mismo élder Oaks sirvió en muchos cargos antes de ser llamado al Cuórum de los Doce; entre ellos como consejero en una presidencia de estaca y como representante regional, y también ganó mucha experiencia como Rector de la Universidad Brigham Young. Sin embargo, al ser llamado como Apóstol, no estaba sirviendo como Autoridad General, como presidente de estaca ni como obispo, sino que era maestro en la Escuela Dominical. Tras haber enseñado a los jóvenes de quince y dieciséis años, acababa de ser asignado a enseñar la clase de Doctrina del Evangelio.

A la gente siempre le llamaba la atención que el élder Glenn L. Pace nunca hubiera servido como obispo, presidente de estaca, presidente de misión ni presidente de templo antes de que se le apartara como segundo consejero en el Obispado Presidente (véase Spiritual Plateaus, pág. ix).

Obviamente, el élder Oaks, el élder Pace y muchas, muchas otras personas entienden lo que enseñó el presidente Gordon B. Hinckley cuando dijo: “La obligación de ustedes es tan seria en su esfera de responsabilidad como lo es la mía en mi esfera de responsabilidad. En esta Iglesia no hay ningún llamamiento pequeño o insignificante. Todos, en el desempeño de nuestras tareas, surtimos alguna influencia en la vida de los demás… Sea cual fuere su llamamiento, todos gozan de las mismas oportunidades que yo de lograr el éxito” (“Ésta es la obra del Maestro”).

PROGRESO PERSONAL

Generar estima propia o medir nuestro progreso personal en llamamientos es tan peligrosamente superficial como lo es depender de la buena apariencia, la popularidad, los bienes materiales o los logros académicos para salir adelante. Con el tiempo, todas esas características se desvanecen.

Me encanta la película Jamaica bajo cero, la cual cuenta la historia de un equipo jamaicano de trineo de carreras que competía en los Juegos Olímpicos de invierno. El equipo dirigido por un ex ganador de una medalla de oro olímpica, se entera de que años antes a ese hombre se le había revocado la medalla al descubrirse que había hecho trampas. Cuando uno de los miembros del equipo le pregunta: “¿Por qué lo hizo?”, el entrenador responde: “Pensé que el ganar la medalla de oro bien compensaba el fraude, pero con el tiempo comprendí que si uno no es suficiente sin una medalla, jamás lo será con ella”.

Lo mismo podría decirse de la oficina más grande en el trabajo, del papel protagónico en la obra de teatro, de la posición titular en el equipo, del trofeo, de la beca o hasta de un llamamiento o asignación en la Iglesia. Si no somos felices o si no nos sentimos bien emocionalmente sin ello, jamás llegaremos, como por arte de magia, a sentimos bien como resultado de ello. Los llamamientos no son premios ni reconocimientos, sino que forman parte del plan de Dios para nuestro crecimiento y desarrollo. La estima propia y el progreso personal deben provenir de sentir el amor de Dios, de saber que estamos donde Dios quiere que estemos, y de reconocer que nuestros esfuerzos son de valor para Él —ya sea que tengamos o no un llamamiento.

Cuando yo era un joven misionero en Chile, serví en mi último sector por casi un año. El presidente de misión me llamó aparte y me preguntó: “No se va a sentir decepcionado si no lo llamo como asistente, ¿cierto?”. Me honró que él tan siquiera me hablara del asunto, pero en ese momento estaba en medio de proyectos importantes en el barrio y en la estaca a los que estábamos asignados y mi compañero y yo habíamos estado enseñando a unos cuantos investigadores que venían progresando bastante. Le dije a mi presidente de misión: “Me hará feliz el terminar mi misión aquí mismo donde estoy”, y se lo dije con toda sinceridad. Si él me hubiera dado la asignación de ser uno de sus asistentes, yo la habría aceptado y habría cumplido con ella de la mejor manera posible, pero no la necesitaba para sentirme realizado ni para reconocer que mi misión había valido la pena.

El élder Neal A. Maxwell enseñó: “Ser pasado por alto puede interpretarse erróneamente como no ser valorado por Dios o por colegas. Sin embargo, en el reino de Dios el no ser llamado, por cierto no quiere decir que la persona sea indigna o inepta” (Men and Women of Christ, pág. 102).

Cuando yo estudiaba en la Universidad Brigham Young, sentía mucha envidia de un amigo mío que estaba de viaje en China con un grupo artístico de la universidad. Al actuar en la televisión representando la universidad y la Iglesia ante millones de personas, mi amigo estaba haciendo algo enorme y muy importante, mientras yo apenas asistía a mis clases.

Un día, mientras aguardaba en una fila en el campus de la universidad, una joven detrás de mí me dijo en un inglés muy rudimentario: “Disculpe, ¿por favor ayudar buscar salón de clase para mí?”. Me di vuelta y me encontré con el rostro nervioso de una nueva estudiante. De la mejor manera que pudo, la joven

me explicó que acababa de llegar de China para estudiar música en la universidad. De inmediato comprendí que ella estaba muy atemorizada y necesitaba ayuda. Posiblemente mi amigo había estado llegando a millones de corazones de personas no miembros de la Iglesia en China, pero esa joven, que tampoco era miembro, no estaba en su país, sino en el campus de la Universidad Brigham Young, y yo también estaba allí. Cuando siento envidia de la oportunidad, el llamamiento, la influencia o el cargo de otra persona, ¿será que le estoy diciendo a Dios que no tengo fe en lo que Él está haciendo por mí?

A veces citamos 1 Nefi 3:7: “Iré y haré…”, pasando por alto el hecho de que Dios prepara una vía aun cuando no vayamos. No es necesario que seamos una luz para todo el mundo; basta con que compartamos la luz de Dios en nuestro mundo.

Alma hijo clama: “¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón!” (Alma 29:1), pero después dice: “Mas… peco en mi deseo” (versículo 3). ¿Por qué peca?, ¿porque no debería anhelar proclamar el arrepentimiento entre todas las personas y llevar almas a Dios? Por supuesto que no; su deseo no era malo, pero tal vez comprendió que para ello no era necesario que fuera un ángel, sino que podía hacerlo (y lo hizo) allí, en su propio círculo de influencia.

Lloyd D. Newell escribió: “Aquellos que han hecho un convenio con Cristo y buscan la forma de emular Su ejemplo, saben que las oportunidades de servicio son infinitas” (“Called to Serve, pág. 230). No es necesario que tengamos un llamamiento para parecemos más a Cristo. No es necesario que tengamos una placa distintiva para ser misioneros. No posterguemos las buenas obras hasta ser apartados para realizarlas. La Madre Teresa dijo: “No aguarden por otras personas. Háganlo solos; en forma individual” (Brad Maltzer, Heroes, pág. 47). El Señor declaró: “Si tenéis deseos de servir a Dios, sois llamados a la obra” (D. y C. 4:3).

Progresamos en nuestra continua conversión al reconocer la revelación así como los múltiples propósitos de los llamamientos que recibimos a lo largo de la vida. Dicha conversión se ve realzada cuando comprendemos que la estima propia no se edifica sobre el cimiento de llamamientos y que el progreso personal tampoco se mide por nuestro rendimiento en ellos. Parte de las obras más grandes que llevaremos a cabo, jamás estará ligada a llamamientos ni a títulos. No nos ganamos los llamamientos, ni estos nos hacen ganar un lugar en el cielo, sino que son apenas un medio para aprender más sobre él.

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