La Restauración de Todas las Cosas


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El Arrepentimientos
el Principio de Misericordia


Objeto: Ayudarnos a entender que el arrepentimiento es el segundo principio fundamental del evangelio, el resultado de la fe, que se precisa seguirlo hasta el fin de nuestras vidas mortales para lograr la misericordia.

El segundo principio del evangelio

El arrepentimiento es el segundo principio fundamental del evangelio y el efecto de la fe. Ambos, Juan el Bautista y nuestro Señor Jesucristo, empezaron su ministerio con la promulgación del arrepentimiento. Juan dijo: “Arrepentios, que el reino de los cielos se ha acercado”, y salía a él Jerusalém, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán,” Y eran bautizados por el en el Jordán, confesando sus pecados”
Pero cuando vio a muchos de los fariseos y saduceos que venían a su bautismo, decíales, “0h generación de víboras, ¿quien os ha enseñado a huir de la ira que vendrá? Haced frutos dignos de arrepentimiento.” (Mt.3:1-2,5-7) Nuestro Salvador dijo a los judíos; “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y la de los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.”

Un principio glorioso

El arrepentimiento es uno de los más consoladores principios que se enseñan en el evangelio. En este principio la misericordia de nuestro Padre Celestial y su Hijo Unigénito, Jesucristo, quizá con más potencia que en cualquier otro principio.

¡Cuán terrible sería que no hubiera perdón de los pecados y ningún medio para la remisión de ellos para los que se arrepienten humildemente! Podemos imaginarnos sólo en parte el horror que nos sobrevendría, si tuviéramos que sufrir el castigo de nuestras transgresiones para siempre jamás sin la esperanza de un alivio. ¿Cómo se obtiene el perdón? ¿Por quién se puede obtener?

Nuestro Señor ha dicho:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él, “El que en él cree, no es condenado, mas el que no cree, ya es condenado porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios. “Y esta es la condenación; porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas.
“Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, porques us obras no sean redargüidas,
“Mas el que obra verdad, viene a la luz, para que sus obras sean manifestadas que son hechas en Dios”. (Jn. 3:l6-21)

Sin Cristo no hay remisión de pecados.

Si el Padre no hubiese mandado a Jesucristo al mundo, entonces no hubiera habido ninguna remisión de los pecados y el pecador no podría haber tenido ningún rescate del pecado por medio del arrepentimiento, Jacob, en el Libro de Mormón, ha dicho verdaderamente hablando de la expiación de Jesucristo;

Por tanto, es preciso que sea una expiación infinita, pues a menos que fuera una expiación infinita, esta corrupción no podría revestirse de incorrupción. De modo que el primer juicio que vino sobre el hombre habría tenido que permanecer infinitamente. Y siendo así, esta carne tendría que descender para pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás.
¡Oh, la sabiduría de Dios, su misericordia y gracia! Porque he aquí, si la carne no se levantara más, nuestros espíritus tendrían que estar sujetos a ese ángel que cayó de la presencia del Dios Eterno, y se convirtió en el diablo, para no levantarse más.
Y nuestros espíritus habrían llegado a ser como él, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, para ser separados de la presencia de nuestro Dios y permanecer con el padre de las mentiras, en la miseria como él; sí, iguales a ese ser que engañó a nuestros primeros padres, quien se transforma casi en ángel de luz, e incita a los hijos de los hombres a combinaciones secretas de asesinato y a toda especie de obras secretas de tinieblas. (2N. 9:7-9)

La misericordia de Dios se ha manifestado

El evangelio nos enseña que esta terrible condición se habría apoderado de todos, y nos habría condenado a una miseria eterna, sino hubiese sido por el amor y la misericordia de ambos, el Padre y el Hijo que fué manifestado en el gran sufrimiento de la muerte del Hijo de Dios.
Cuando pensamos que Jesucristo, nuestro Salvador, consintió en venir a la tierra a ofrecerse como sacrificio derramando su sangre, y que así escapáramos de nuestros pecados por medio de nuestro arrepentimiento y el cumplimiento de los principios del evangelio, verdaderamente debemos estar agradecidos. A José Smith el Señor dijo:

“Porque, he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten.
“Mas si no se arrepienten, tendrán que padecer aun como yo he padecido; Padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el mas grande de todos, temblara a. causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que haber bebido la amarga copa y desmayar.
“Sin embargo, gloria sea al Padre, participé, y acabe mis preparativos para con los hijos de los hombres”. (DyC 19:16-19)

La ingratitud es uno de los pecados más grandes

Uno de los pecados mas graves, ambos en magnitud y extensión—porque en las vidas de cada uno de nosotros sin excepción, hasta cierto punto– es el pecado de la ingratitud. Cuando quebrantamos un mandamiento, no importa cuan pequeño e insignificante sea, mostramos nuestra ingratitud hacia nuestro Redentor.

Es imposible que comprendamos el grado o magnitud de su sufrimiento cuando llevó la carga de les pecados de todo el mundo, un dolor tan severo que se nos informa que sangre salió de cada poro de su cuerpo, y esto antes que fuera llevado a la cruz. El dolor físico a causa de los clavos en las manos y pies, no fue el más grande de sus sufrimientos, aunque fue tan intenso.

El sufrimiento mas grande fué la angustia espiritual y mental que provenía de la carga de nuestras transgresiones que tuvo que soportar. Sí entendiéramos cabalmente la magnitud de aquel sufrimiento y su angustia en la cruz, seguramente ninguno de nosotros cometería el pecado a proposito.

No nos dejaríamos vencer por las tentaciones, o la gratificación de malos apetitos y ambiciones y Satanás no hallaría lugar en nuestro corazón, porque asi es, siempre que pecamos, mostramos nuestra ingratitud y hacemos caso omiso al sufrimiento del Hijo de Dios por el cual nos levantaremos de los muertos y viviremos para siempre.

Si en verdad comprendiéramos y sintiéramos aun hasta un mínimo grado, el amor y la graciosa voluntad de arrepentimos por todas nuestras transgresiones y le serviríamos fielmente.

Ninguna cosa impura puede entrar en el reino de Dios

José Smith dijo una ves: “Los que guardan los mandamientos de Dios y siguen sus estatutos hasta el fin, son los únicos individuos que merecen sentarse en el glorioso banquete”, que será la cena o boda cuando venga Cristo. Y el Señor dijo en una revelación a la Iglesia;

“Y sabemos que todos los hombres tienen que a rrepentirse y creer en el nombre de Jesucristo, y adorar al Padre en su nombre, y perseverar con fe en su nombre hasta el fin, o no pueden ser salvos en el reino de Dios.” (DyC 20:29)
Y también esta escrito;

“Y nada impuro puede entrar en su reino; por tanto, nadie entra en su reposo, sino aquel que ha lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin.”(3N.27:19)

El mundo está enfermo

Hoy día el mundo en el cual vivimos esta enfermo. Su enfermedad no consiste de un mal sencillo que se puede remediar de repente por una inyección, vacuna o suero que podría impedir que los microbios destruyan las partes vítales del cuerpo.

Ni es la enfermedad como el sarampión o fiebre escarlatina que tienen su curso regular y cuando terminan dejan a la persona inmune o exenta de futuros ataques. El mal que aflige este mundo es debido a la negligencia de las leyes fundamentales por las cuales la salud de las naciones y pueblos se conservan.

Ni consiste el caso en una sola forma de enfermedad. La persona que quiere intentar corregir el mal descubre que no es posible localizarlo. Se ha extendido por todo el cuerpo político y se manifiesta en varías formas.

Ademas todas las tentativas que se hacen para restaurar al mundo en una condición normal de salud están fracasando a causa de que les faltan los remedios de la fe y el arrepentimiento que llevarían a la humanidad otra vez a la humilde adoración de Dios.

Por algunos años el mundo ha sido destrozado por uno de los mas terribles y viciosos conflictos que el hombre jamás ha visto. Las amonestaciones que han sido dadas por los profetas que hubieran podido proteger el mundo de este terrible mal han sido puestas a un lado. El mal se ha extendido por todo el mundo como una plaga de viruelas, dejando sus marcas por todas partes.

Gente inocente ha sido cruelmente exterminada por demonios en forma de hombres. Las destrucciones que usualmente provienen de la guerra no se limitan a los ejércitos contendientes, sino a la malvada ira de los impíos que se ha derramado sobre todos. El odio que ha entrado en el corazón de los que ambicionan gobernar y subyugar a sus semejantes, no tiene límites.

Y mientras oramos, esperamos y trabajamos para sostener a las fuerzas que combaten a aquellos malvados, y que sus designios sean derrotados y el mundo dejado libre, aun nosotros, en las naciones libres, hemos dejado en gran manera los principios de rectitud, y la humilde fe de nuestros padres. Necesitamos también arrepentimos y volver a los principios fundamentales.

¿Se podría haber evitado el conflicto mundial?

¿No es verdad que hubiéramos podido escapar de este gran conflicto si hubiéramos consentido en dar oído a la voz de los profetas? Hace cien años el Señor dijo:

“De cierto, de cierto te digo, que tinieblas cubren la tierra y obscuridad las mentes del pueblo, y toda carne se ha corrompido delante de mi faz.
“He aquí, la venganza viene presto sobre los habitantes de la tierra y un día de ira, de quemar, de desolación, de llanto, de lamentación y luto; y como un torbellino vendrá sobre la faz de la tierra, dice el Señor. “Y empezará entre los de mi casa, y de mi casa se extenderá, dice el Señor.” (DyC 112:23-25)

Los profetas han proclamado las mismas cosas como una amonestación a los habitantes de la tierra, pero éstos no han prestado oído. La guerra no es la única maldad con la cual el mundo ha sido perturbado. En verdad, es el resultado de muchas enfermedades que han afligido a la humanidad. Entre éstas están la avaricia, la mezquindad, el amor a los placeres más que el amor a Dios, la embriaguez y el uso tan desmedido de drogas y narcóticos.

El Decálogo, el cual ha sido un poder salvador en los siglos pasados a quieres han obedecido sus requerimientos, hoy día muchos lo colocan en un plano inferior, como un documento del pasado ajustado sólo para las necesidades de gentes primitivas, pero no aplicable a los pueblos modernos.

Nos jactamos de nuestra civilización y la grandeza del progreso que se ha logrado en tiempos recientes. Es verdad, mucho se ha logrado en la mecánica y en la ciencia y que estamos recibiendo los beneficios de muchas ventajas ignoradas por nuestros padres.

Pero hay cosas, sin embargo, de más importancia en nuestras vidas pequeñas ventajas o los adelantos que nos han llegado por medio de los descubrimientos mecánicos y científicos.

Es muy interesante tener a algunos sabios que son capaces de medir y pesar las lejanas estrellas y de poder computar su distancia de la tierra, pero todo lo cual, si fuese necesario podríamos dejar a un lado. Nuestros padres pudieron vivir sin ellos, pero con lo que no podemos vivir o pasar bien la vida es sin la dirección del Todopoderoso y nuestra fe en el Autor de nuestra salvación.

El decaimiento espiritual

El más grande mal de todos los que afligen este mundo hoy día es el decaimiento espiritual y el desprecio hacia la palabra y las leyes de Dios. Las palabras de S.Pablo son verdaderas, hoy día los hombres “siempre aprenden, y nunca llegan al conocimiento de la verdad.” ¿Por qué? A causa de que rechazan la palabra del Señor que les ha sido revelada y creen que saben de sí mismos lo suficiente. Un profeta de la antigüedad dijo:

“¡OH ese sutil plan del maligno! ¿Oh las vanidades, flaquezas y necedades de los hombres! Cuando son instruidos se creen sabios, y no oyen el consejo de Dios, porque menosprecian, suponiendo saber de sí mismos; por tanto, su sabiduría es locura, y de nada les sirve. Y ellos perecerán. Pero bueno es ser “sabio, si se obedecen los consejos de Dios.” (2N.9:28:29)

El mundo sigue en su movimiento rápido dando poca atención a los mandamientos y amonestaciones de nuestro Señor y sus siervos los profetas. Los hombres rehúsan tornarse de su camino de maldad hacia la adoración del Dios viviente. Las naciones están llenas de rencor y matanza. La codicia y avaricia son los factores predominantes en la vida de los hombres y las naciones.
Todo esto tiende a hacer a los hombres infelices y a privarlos de los verdaderos objetivos de la vida. Estamos viviendo en el día cuando el corazón de los hombres se desmaya de temor. Las perplejidades, dolor, matanza entre las naciones, han venido sobre el mundo a causa de que han dejado a un lado los mandamientos del Señor,

La falsa filosofía

Otra enfermedad, que se ha descubierto en el cuerpo del mundo, es la infección de la falsa filosofía y teorías hechas por los hombres que minan la humilde fe en Dios y en la sangre expiatoria de Jesucristo. Hablando de esta condición, el presidente Eimer G. Pateraon, de la Universidad de Agricultura de Utah, ha dicho:

“En los centros de educación y poder el concepto de un Dios personal, como se ha revelado en el Nuevo Testamento, y de lo cual todo individuo y nación son responsables, ha desaparecido en parte sino del todo.

La filosofía, no la que los griegos glorificaron tanto, sino la filosofía falsa, y nuestra interpretación incompleta de una ciencia nueva, han sido unos de los factores en este desarraigo o trastorno.

En su búsqueda de riquezas y poder los gobernantes niegan la validez de una doctrina que podría perjudicarles en caso sus partidarios llegaran a aceptarla. Pero en cualquier caso o cualquiera que sea la causa, en los lugares importantes cualquier sentido de relación individual al Ser Supremo ha desaparecido y algunas naciones ya ni creen que tienen que dar cuenta de sus hechos al Juez de jueces.

El así llamado cristianismo, bajo la benigna influencia de la cual nuestra civilización se ha desarrollado, está siendo negado por las mismas naciones que se engrandecieron poderosamente con él. Esto es traición, quizá la traición más grave que jamás se ha cometido en la tierra. Y ¿quién puede pensar que escaparemos al castigo de tales hechos?

Dos clases de pecados

Juan dice que hay dos clases de pecados. Una clase se puede perdonar; la otra es un pecado de muerte, para el cual no hay perdón. El asesinato es uno de éstos. Es cuando uno deliberadamente derrama sangre inocente. No habrá perdón para los que con intención y perversamente han asesinado a millares de seres inocentes solo por su sed de sangre, riqueza y poder.

Hay perdón para los que se arrepienten verdaderamente y dejan sus pecados mostrando su sinceridad por medio de su arrepentimiento hasta el fin de sus vidas terrenales. La misericordia del Todopoderoso, por medio de la expiación de Jesucristo, alcanza o incluye a todas las almas que dejan sus pecados, excepto a los que con premeditación pecaron, como dice S. Juan, “a muerte”.

Yo amonesto al pueblo de esta gran nación a que se alejen del pecado y se coloquen de acuerdo con todo lo que el Señor ha revelado para que venga la salvación, y que el Señor no diga de esta generación como dijo de los judíos en su día:

“¡Jerusalem, Jerusalem, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados a tí! ¡Cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina junta sus pollos debajo de sus alas, y no quisiste! “He aquí vuestra casa os es dejada desierta.” (Mt. 23:27-28)

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