La Restauración de Todas las Cosas


Lección 3
La Preparación para la
Venida del Señor


Objetivo: Estudiar las profecías concernientes a lo que ha sido y debe ser restaurado antes de la venida del Señor.

Cristo Reinará Personalmente Sobre la Tierra

Cuando Pedro amonestó a los judíos, después de haber sanado al cojo que se sentaba a la puerta del templo, les declaró que, si se arrepentían y se convertían, podrían ser borrados sus pecados cuando vinieran “los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor”, que sería la época “de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el principio”.

Si desde el principio del mundo todos los profetas han hablado de la restauración de todas las cosas, indudablemente hallaremos algunas referencias a esta restauración en sus escritos. Intentaré señalar algunos de los acontecimientos sobresalientes que han de ser restaurados.

Nuestro décimo Artículo de Fe expresa lo siguiente:
“Creemos en la congregación literal del pueblo de Israel y en la restauración de las diez tribus; que Sion será edificada sobre este continente (América); que Cristo reinará personalmente sobre la tierra, y que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca.”

La Renovación de la Tierra

Consideremos ante todo el asunto de la renovación de la tierra. El hermano Parley P. Pratt, en La Voz de Amonestación, ha dicho:
“Jamás podremos entender precisamente qué significa restauración a menos que entendamos qué es lo que se ha perdido o quitado. Por ejemplo, cuando ofrecemos restaurar una cosa a algún hombre, es como decir que en un tiempo la tuvo, pero la perdió, y nosotros tenemos la intención de reponerla o devolverle la posesión de lo que en otro tiempo poseyó.

Por consiguiente, cuando un profeta habla de la restauración de todas las cosas, da a entender que todas las cosas han sufrido un cambio, y que de nuevo van a ser restauradas a su orden primitivo, es decir, como existieron en el principio…”

Cuando Dios creó los cielos y la tierra, y separó la luz de las tinieblas, su siguiente gran mandamiento fue a las aguas:
“Y dijo Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco; y fue así.”
Después leemos que el Señor declaró que la tierra era buena, y que vio que todo lo demás era bueno en gran manera.

Esto nos da a entender que no había desiertos, yermos infructuosos o pantanos; ni ásperos cerros o grandes montañas cubiertas eternamente de nieve, y que en ninguna parte de la tierra existía una zona polar o glacial, lo cual causara que su clima fuera improductivo y estuviera cubierto eternamente de hielo… En seguida leemos en Génesis 1:29–30:

“Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda hierba que da semilla, que está sobre la faz de toda la tierra; y todo árbol en que hay fruto de árbol que da semilla, os será para comer.
Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se mueve sobre la tierra, en que hay vida, toda hierba verde les será para comer; y fue así.”

Según estos versículos, la tierra no producía hierbas nocivas ni plantas venenosas, ni inútiles cardos y espinas.

De hecho, todo lo que crecía tenía por objeto servir de alimento al hombre, al animal, al ave y a las cosas que se arrastran; y todo su alimento era materia vegetal. Jamás se sacrificaba carne ni sangre para henchir sus almas o gratificar sus apetitos. Los animales de la tierra vivían en perfecta armonía unos con otros; el león comía paja como el buey, el lobo vivía con el cordero, el leopardo se acostaba con el cabrito, la vaca y el oso pacían juntos en el mismo campo…

Y para señorear todo aquello, vemos que el hombre fue creado a imagen de Dios y que fue exaltado en dignidad y poder, y recibió dominio sobre toda la vasta creación de seres vivientes.

La Transgresión de Adán

Sabemos que mientras Adán estuvo en el jardín, no estaba sujeto a la muerte, porque el Señor le dijo:
“De todo árbol del huerto podrás comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”

Adán transgredió, y el castigo fue la muerte. Esta llegó de dos maneras: la primera fue espiritual y la segunda, temporal o física.
La primera consistió en el destierro de la presencia de Dios;
la segunda, en la disolución del cuerpo.
La redención de la muerte espiritual se lleva a cabo mediante el arrepentimiento y la obediencia al evangelio.
La redención de la muerte física, o la muerte del cuerpo, viene por medio de la resurrección de la tumba. En ambos casos, la redención es el efecto de la sangre expiatoria de Jesucristo.

Por haber participado del fruto, no solo vino la muerte sobre Adán, sino que el Señor le dijo:
“Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás hierba del campo.”

La Tierra Será Restaurada

Según esto, vemos que la maldición no vino sobre la tierra sino hasta después de que Adán transgredió. Desde ese día, la enfermedad, la tentación, la muerte y el pecado han sido el destino común del hombre.

Se ha visto obligado a contender con condiciones adversas; el espíritu de odio, envidia y contención ha dominado la tierra, y el hombre ha ganado su pan con el sudor de su rostro. Todas las cosas han sido cambiadas respecto a cómo existieron en el principio, y ahora prevalece un orden diferente en todas ellas. En la restauración, todo debe volver a su condición primitiva. ¿Podremos hallar en los profetas evidencia de que así ha de ser?

Al profeta Isaías, el Señor le dijo:

“Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni vendrá más al pensamiento.
Mas gozaos y regocijaos para siempre en las cosas que yo he creado; porque he aquí que yo he creado a Jerusalén para regocijo, y a su pueblo para alegría.
Y me regocijaré con Jerusalén y me alegraré con mi pueblo, y nunca más se oirán en ella voz de llanto ni voz de clamor.
No habrá más allí niño de días, ni viejo que sus días no cumpla, porque el niño morirá de cien años, y el pecador de cien años será maldito.” (Isaías 65:17–20)

Este nuevo cielo y nueva tierra son nuestra propia tierra y sus cielos restaurados a su prístina belleza y condición. Pero este no será el último gran cambio que se efectuará en la tierra, sino el que ocurrirá en la venida de Jesucristo.

Además, cuando venga este cambio, todo será puesto en orden. Cesará la enemistad entre los hombres y entre los animales.

“El lobo y el cordero serán apacentados juntos; el león comerá paja como el buey; y el polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán ni harán mal en todo mi santo monte, dijo Jehová.”

También está escrito:

“Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra que yo hago permanecen delante de mí, dice Jehová, así permanecerá vuestra simiente y vuestro nombre.
Y sucederá que de mes en mes, y de día de reposo en día de reposo, vendrán todos a adorar delante de mí, dice Jehová.” (Isaías 66:22–23)

En esta restitución o restauración, el mar será echado hacia el norte, y la tierra se hallará en un solo lugar. Las montañas serán allanadas, y los valles exaltados. Muchos han considerado que estas Escrituras son solo una figura, pero se trata de un cambio literal que se llevará a cabo cuando venga Cristo. Ezequiel se refiere a esto en las siguientes palabras:

“Porque he hablado en mi celo y en el fuego de mi ira: Ciertamente en aquel día habrá gran temblor sobre la tierra de Israel;
Los peces del mar, las aves del cielo, las bestias del campo, todo lo que se arrastra sobre la tierra y todos los hombres que están sobre la faz de la tierra temblarán ante mi presencia. Los montes se desmoronarán, los precipicios caerán, y todo muro caerá a tierra.” (Ezequiel 38:19–20)

Otros profetas han predicho esta misma cosa, y Juan declaró en su visión que esto acontecerá cuando se congreguen los ejércitos en Armagedón. Deseo citar lo siguiente:

“Entonces hubo relámpagos, voces y truenos; y hubo un gran terremoto, un terremoto tan grande, cual no fue jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra.
Y la ciudad grande fue dividida en tres partes, y las ciudades de las naciones cayeron. La gran Babilonia vino en memoria delante de Dios, para darle el cáliz del vino del furor de su ira.
Y toda isla huyó, y los montes no fueron hallados.” (Apocalipsis 16:18–20)

Todo esto será parte de la restauración de todas las cosas. También se efectuará la restauración de Israel. Deben cumplirse las muchas promesas que el Señor ha hecho a Israel por medio de sus profetas. Hablando de esta época, Jeremías ha dicho:

“He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David un renuevo justo; y reinará como rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra.
En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado. Y este será su nombre con el cual lo llamarán: Jehová, justicia nuestra.
Por tanto, he aquí que vienen días, dice Jehová, en que no dirán más: Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra de Egipto,
Sino: Vive Jehová, que hizo subir y trajo la descendencia de la casa de Israel de la tierra del norte, y de todas las tierras a donde los había yo echado; y habitarán en su tierra.” (Jeremías 23:5–8)

Jesucristo el Rey

Este Rey, por supuesto, es Jesucristo, y reinará cuando Judá e Israel sean purificados y restaurados a sus propias tierras, y cuando la ofrenda de Judá y de Jerusalén sea grata a Jehová, como en los días pasados y como en los años antiguos, según lo anunció Malaquías.

También Moisés predijo este regreso mucho antes de que los israelitas fueran esparcidos. Sus palabras son las siguientes:

“Guardaos de no olvidar el pacto de Jehová vuestro Dios, que él estableció con vosotros, y no os hagáis escultura o imagen de cosa alguna que Jehová tu Dios te ha prohibido.
Yo pongo hoy por testigos al cielo y a la tierra, que pronto pereceréis totalmente de la tierra hacia la cual pasáis el Jordán para poseerla. No estaréis en ella largos días sin que seáis destruidos.
Y Jehová os esparcirá entre los pueblos, y quedaréis pocos en número entre las naciones a las cuales os llevará Jehová.
Y allí serviréis a dioses hechos por manos de hombres: de madera y de piedra, que no ven, ni oyen, ni comen, ni huelen.
Pero si desde allí buscas a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscas de todo tu corazón y de toda tu alma.
Cuando estés en angustia, y te alcancen todas estas cosas, si en los postreros días te vuelves a Jehová tu Dios, y escuchas su voz,
Porque Dios misericordioso es Jehová tu Dios; no te dejará, ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que juró a tus padres.” (Deuteronomio 4:23, 26–31)

Un Nuevo Convenio con Israel

En esta restauración, el Señor ha prometido que establecerá un nuevo pacto con Israel y Judá, y que ambos serán un solo pueblo, y nunca más serán divididos.

Al profeta Ezequiel, el Señor le dijo:

“Y los haré una nación en la tierra, en los montes de Israel; y un rey será sobre todos ellos; y nunca más serán dos naciones, ni nunca más serán divididos en dos reinos.
Y concertaré con ellos un pacto de paz; pacto perpetuo será con ellos. Y los estableceré, y los multiplicaré, y pondré mi santuario entre ellos para siempre.
Mi tabernáculo estará con ellos; y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.” (Ezequiel 37:22, 26–27)

Claramente se ve por esta profecía, y otras semejantes proferidas por Isaías, Jeremías y otros profetas, que el Señor nunca tuvo por objeto que los cielos fueran sellados.

Es un error decir o creer que el canon de las Escrituras está completo, y que desde la época de los profetas en el Meridiano de los Tiempos, el Señor decretó que no habría más revelación o Escrituras. ¿Cómo podría el Señor hacer un convenio con Israel —un convenio que habría de ser eterno— sin abrir los cielos y hacer una visita personal, o enviar una revelación divina?

La Predicción de Malaquías

Llegamos ahora a la profecía de Malaquías:

“He aquí, yo os envío al profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.
Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres; no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición.” (Malaquías 4:5–6)

Hallamos aquí la clave de la restauración de todas las cosas. Testificamos al mundo que esta palabra se cumplió con la venida de Elías el 3 de abril de 1836, cuando se apareció a José Smith y a Oliver Cowdery en el templo de Kirtland, y puso en sus manos las llaves para sellar en la tierra así como en los cielos.

Ese mismo día también se apareció Moisés, quien restauró las llaves del recogimiento de Israel y del restablecimiento de los judíos. La razón nos dice que era preciso que estos poderes fueran restituidos a fin de que pudiera llevarse a cabo la gran obra de la restauración.

Testificamos que no solo esto se ha cumplido, sino que todos los profetas que, desde el principio del mundo, han tenido las llaves de dispensaciones, han aparecido en esta Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos para entregar su autoridad. Así se han unido en Cristo las cosas en los cielos y las cosas en la tierra, tal como lo profetizó el apóstol Pablo.

El tiempo no permite mencionar otras restauraciones que han sido y que deben ser reveladas. Basta decir que, para que estas cosas pudieran ser restauradas, era necesario que vinieran mensajeros celestiales desde la presencia del Señor. Dicen las Escrituras:

“Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas.” (Amós 3:7)

Ciertamente, no es razonable pensar que estos acontecimientos tan trascendentales se puedan efectuar sin que el Señor tome las medidas necesarias y llame a sus siervos debidamente comisionados, con poder para proclamar el mensaje al mundo y administrar en su nombre.

Habrá un Juicio Cuando Venga el Señor

Cuando nuestro Señor venga, se efectuará un juicio. Pero dicho juicio no podrá llevarse a cabo hasta que el género humano haya sido advertido y se le haya ofrecido la oportunidad de librarse del pecado y de la muerte. Cuando la tierra sea renovada, será restaurada a la condición en que se hallaba al principio.

Los malvados serán destruidos como el rastrojo, porque la presencia del Señor los consumirá.
Será “pronto testigo contra los hechiceros y adúlteros; y contra los que juran mentira, y los que detienen el salario del jornalero, de la viuda y del huérfano, y los que hacen agravio al extranjero, no teniendo temor de mí, dice Jehová de los ejércitos”. (Malaquías 3:5)

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