
Números 1
Números 1:1–46 — El Señor organiza, conoce y guía a Su pueblo desde el centro de Su presencia.
Este pasaje enseña que Israel no era una multitud sin orden, sino un pueblo contado, organizado y dirigido por revelación divina. El censo no solo tenía fines militares o administrativos; era una declaración doctrinal de que cada tribu, cada familia y cada hombre responsable estaba bajo la mirada y el gobierno del Señor. La frase repetida “Y habló Jehová a Moisés” subraya que la autoridad, el orden y las decisiones no nacen de Moisés, sino de Dios mismo.
El establecimiento del Tabernáculo en el centro del campamento revela el principio central del texto: la presencia de Dios debía ocupar el lugar central, física y espiritualmente, en la vida del pueblo. Todo —el número, el orden de marcha, la ubicación de las tribus— giraba alrededor de ese centro sagrado. Así, el Señor muestra que Su pueblo progresa, se sostiene y sobrevive (incluso milagrosamente) cuando Él es el punto de referencia principal.
Finalmente, el contraste entre la magnitud del pueblo contado y el hecho de que esa generación moriría en el desierto enfatiza una verdad solemne: ser contado entre el pueblo del convenio no garantiza la entrada a la tierra prometida si no hay fidelidad. El Señor puede organizar, sostener y guiar, pero cada generación es probada en su obediencia.
Números 1 enseña que Dios es un Dios de revelación, orden y presencia constante, y que el éxito espiritual del pueblo depende de mantener a Él —y a Su santuario— en el centro de la vida individual y colectiva.
El libro comienza con una frase que aparece repetidamente, una que enfatiza la cercanía del Señor con su profeta: “Y habló Jehová a Moisés . . .” Se mandó a Moisés reunir un comité de censo con un príncipe representante de cada tribu para contar a todo Israel.
Se contabilizó el número de cada tribu. Judá era más grande que las demás tribus, aunque José, compuesto por Efraín y Manasés juntos, también era grande en número. El censo no contó a mujeres de ninguna edad, a los ancianos, ni a los varones menores de veinte años.
El total, 603,550 hombres de veinte años o más (los que podían ir a la guerra), excluyendo a los levitas, daba un censo total de dos a tres millones cuando se añadía el número probable de mujeres y niños. Esto no es imposible considerando la cifra inicial (Génesis 46:26–27). La mayoría de los comentaristas consideran que es un grupo demasiado grande para ser sostenido en el desierto, o para cruzar el Mar Rojo en una noche, o para ser gobernado en campamentos, y se han propuesto varias teorías para reducir los números, en armonía con suposiciones humanas. Pero el Señor dejó claro varias veces que su liberación de Egipto y su mantenimiento en Sinaí fueron milagrosos, y no existe ninguna evidencia objetiva concluyente que contradiga el número del censo reportado. Cualquiera que haya sido la cifra real de la población de Israel, no hay debate posible sobre una cosa: ¡Moisés tenía una tarea increíble en sus manos! Todos los incluidos en el censo, los 603,550, morirían en el desierto, excepto Josué y Caleb y, por supuesto, Moisés, quien fue trasladado.
El orden de acampada y de marcha fue establecido muy específicamente por el Señor. Inmediatamente quedó claro que Él quería que el Tabernáculo, el símbolo de su presencia, estuviera en el centro, física y espiritualmente, de la vida. En los primeros días de esta dispensación el Señor quería que el Templo estuviera en el centro en Kirtland, Ohio (véase D. y C. 94:1; 95:8). Más tarde, la ciudad de Salt Lake habría de ser diseñada en relación con el Templo, que estaba al centro. Espiritual y simbólicamente, ¿no debería estar el Templo en el centro de nuestras vidas? (D. Kelly Ogden; Sndrew C. Skinner)
Números 1:47–54 — El Señor aparta a algunos para cuidar lo sagrado y proteger Su presencia entre el pueblo.
Este pasaje enseña que no todos los llamados dentro del pueblo de Dios sirven de la misma manera. Mientras las demás tribus fueron contadas para la guerra, los levitas fueron apartados para un ministerio distinto: el servicio directo al Tabernáculo, símbolo de la presencia divina. Su exclusión del censo militar no fue una desventaja, sino una consagración especial.
Doctrinalmente, el texto establece que la protección espiritual es tan esencial como la defensa militar. Los levitas guardaban el Tabernáculo, lo trasladaban y ministraban en él, asegurando que la santidad del campamento se preservara. El Señor deja claro que Su presencia no puede ser tratada como algo común; requiere mayordomos consagrados que velen por lo sagrado.
Además, al asignar a los levitas alrededor del Tabernáculo, Dios crea un “anillo de protección espiritual” entre Su santuario y el resto del pueblo. Esto enseña que la cercanía a lo santo conlleva mayor responsabilidad, y que el orden divino protege tanto al santuario como a la congregación.
Números 1:47–54 enseña que el Señor llama y aparta a algunos para servirle directamente, mostrando que la obra espiritual y el cuidado de lo sagrado son fundamentales para la vida y la seguridad del pueblo del convenio.
La tribu levítica estaba exenta del servicio militar y, por lo tanto, excluida del censo porque éste sólo concernía al número de hombres “aptos para salir a la guerra” (v. 45). Los levitas debían encargarse del Tabernáculo: servir en él, trasladarlo y custodiarlo.
























