Por última vez

Conferencia General Octubre 1975

Por última vez

Por el élder William R. Bradford
Del Primer Quorum de los Setenta
Sábado 4 de octubre Sesión de la tarde

Mis queridos hermanos, en esta ocasión me siento muy emo­cionado a causa de las circunstancias que me han hecho llegar hasta aquí. Hace pocos días, encontrándome en Santiago de Chile, recibí una llamada telefónica después de la cual mi esposa y yo nos abrazamos llorando de emo­ción: acababa yo de recibir un llamado del presidente Kimball para servir en este sagrado quorum.

Confieso públicamente mi debilidad; sin embargo, sé que el Señor fortalecerá a aquellos que buscan diligentemente su Espíritu. A través de toda mi vida ha influido en mis decisiones el eco de las palabras: «Ven, sígueme». Es un gran honor y un privilegio seguir los dicta­dos del Espíritu Santo, y os aseguro que siempre estoy en espera de recibirlos.

En esta oportunidad, quisiera rendir tributo a mis familiares y a mis antepa­sados, en especial por su devoción al cuidar del evangelio desde su restaura­ción hasta el presente, por la forma en que lucharon por defender a Sión en al­gunos de sus momentos más difíciles. Y ruego que pueda honrar siempre sus venerados nombres. En cuanto a mis padres, dentro de pocos días darán co­mienzo a su tercera misión de servicio regular, y me gustaría hacer notar en es­ta ocasión que su amor y su ejemplo han ejercido una profunda influencia en mi vida. Mi padre me enseñó a no limi­tarme sólo a participar parcialmente en las cosas del evangelio sino a dedicarme a ellas de todo corazón y totalmente, mientras que mi madre me ha llevado de la mano guiándome en este empeño todos los días de mi vida.

¿Cómo puede un hombre expresar con palabras el amor que emana de su corazón por su esposa y compañera ete­rna, así como por el gozo de incalcula­ble valor que le brindan los hijos que ella le ha dado? Tal es un gozo sagrado; es el gozo de que hablan las escrituras al decir: «… y existen los hombres para que tengan gozo» (2 Nefi 2:25). Nuestra mutua unión endulza y alegra inmen­samente esta, nuestra vida mortal. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Doy gracias…

Conferencia General Octubre 1975

Doy gracias…

Por el élder Charles A. Didier
Del Primer Quorum de los Setenta
Sábado 4 de octubre Sesión de la tarde

Mis queridos hermanos, el encon­trarme aquí en este día lo debo a los cientos de manos que me impul­saron, me animaron y me ayudaron, así como a las muchas manos que se levan­taron hoy dándome su voto de sosteni­miento, y de hecho, debo todo esto a mi condición de miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

En esta oportunidad quisiera limitar­me a manifestar sencillamente mi grati­tud: primero a mi querida esposa, por lo que ha hecho por mí, por la fe que ha tenido en mí y su esfuerzo constante por ser una buena madre para nuestros dos varoncitos; a mi madre, ya fallecida, que tuvo el valor de guiar a la familia a la Iglesia y de velar porque sus hijos aprendieran los principios del evange­lio; a mi padre, que todavía no es miem­bro de la Iglesia, pero que me enseñó a seleccionar siempre las virtudes de la vida; a los misioneros, aquellos mi­sioneros que golpearon a mi puerta lle­vándome el mensaje de la restauración del evangelio, a los que me enseñaron, a los que me bautizaron; a los hermanos con quienes tuve el gran placer de tra­bajar en la Misión de Francia-Suiza, a los misioneros a los que respeto por su dedicación, su sacrificio y su ejemplo.

Extiendo mi agradecimiento a voso­tros, los líderes de la Iglesia, y a todos los hermanos que me han ayudado a vi­vir constantemente el evangelio de Jesu­cristo. Doy gracias al Profeta del Señor, el presidente Kimball, a quien amo y admiro porque se halla entre nosotros para guiarnos a través de estos tiempos tan difíciles.

Doy gracias a mi Señor y Salvador Jesucristo por su sacrificio, doy gracias a mi Padre Celestial que me brindó la posibilidad de aprender la belleza de su evangelio.

Quisiera compartir con vosotros mi testimonio de que sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo, como asimismo, que el Espíritu Santo puede otorgar a todos los que lo deseen el mismo testimonio que yo tengo de la veracidad del Libro de Mormón y de todos los principios que existen en la Iglesia de Jesucristo en la tierra hoy en día. De esto os doy sole­mne testimonio, en el nombre de Jesu­cristo. Amén.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Las llaves del Reino

Conferencia General Octubre 1975

Las llaves del Reino

Por el élder James E. Faust
Ayudante al Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la tarde

Una tranquila mañana de la se­mana pasada salí de mi oficina en Sao Paulo, Brasil, y me dirigí hacia el lugar donde se edificará el templo. Había una ligera neblina matutina que comenzaba a despejarse. Mientras ca­minaba por la suave pendiente que con­duce al sitio, observé con gran interés y agrado que habían limpiado el terreno y colocado estacas nuevas para marcar los contornos del templo que pronto se eri­giría para la gloria de Dios y para ben­decir a sus hijos en Sudamérica. Este templo será diferente a cualquier otro edificio construido en estos lugares.

De pie, ante lo que será la entrada del templo, recordé cómo hace treinta y seis años mis compañeros y yo desem­barcamos en Santos, después de vein­tiún días de viaje y nos dirigimos por tren a Sao Paulo. Había otros misione­ros en el mismo buque con destino a Argentina y Uruguay (que en ese enton­ces eran misiones relativamente nuevas en el continente).

En toda Sudamérica, contábamos con sólo un puñado de miembros de la Iglesia, en su mayoría emigrantes euro­peos, muchos de los cuales se habían convertido en sus países. Al encontrar­me en este lugar donde se levantaría es­te maravilloso edificio, recordé lo difícil y poco prometedor que parecía el futu­ro de la Iglesia en Sudamérica hace treinta y seis años. A pesar de los afanes de más de setenta misioneros, tuvimos únicamente tres bautismos en un año, en toda la misión. No se habían traduci­do Doctrinas y Convenios, la Perla de Gran Precio ni el Libro de Mormón al portugués. Llevábamos a cabo nuestras reuniones en cuartos pequeños e ina­propiados para el importante mensaje que tratábamos de dar a conocer.

En comparación, el año pasado hubo en Sudamérica más de 8.000 bautismos. Contamos con veintidós estacas, dieci­siete misiones, y con más de 152.000 miembros y podemos decir que la obra apenas comienza. Nuestra primera gran generación de representantes regionales y presidentes de estaca y misión suda­mericanos son hombres de negocios, in­cluyendo banqueros, comerciantes, pro­pietarios de fábricas y profesionales; hombres de una gran habilidad y fe.

Me maravilla la forma en que todo esto ha acontecido. Ciertamente es un cumplimiento de lo que Jesús dijo a sus primeros apóstoles: «Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos» (Mateo 16:19). He podido ver de cerca todo este progreso, y por eso no puedo menos que sentir que es la obra de Dios. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Convenios y bendiciones

Conferencia General Octubre 1975

Convenios y bendiciones

Por el élder William H. Bennett
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la mañana

Mis hermanos; desde tiempos an­tiguos hasta el presente, nuestro Padre Celestial ha hecho con sus hijos convenios, por los cuales ha prometido bendecir a aquellos que sean fieles. Mi mensaje hoy será sobre algunos de esos convenios y bendiciones.

De las escrituras aprendemos que antes de nacer en la carne, existíamos como espíritus, hijos literales de nues­tro Padre Celestial. No todos alcanzaron la misma inteligencia y algunos fueron más fieles y obedientes que otros, y co­mo resultado de esto, fueron elegidos para recibir bendiciones especiales y misiones importantes en la tierra. (Véa­se Abraham 3:11-12, 14, 16-19, 22-23.)

Miguel el Arcángel, fue elegido para ser Adán, el primer hombre sobre la tie­rra, para actuar bajo la dirección del Pa­dre y el Hijo a la cabeza de la familia humana.

Otros de los elegidos fueron: Set, el más fiel de los hijos de Adán, quien na­ció después de la muerte de Abel; Enoc, a quien el Señor prometió que a través de su linaje nacerían Noé y el Mesías y que su posteridad permanecería en la tierra mientras ésta existiera. Noé, esco­gido como segundo padre de la raza hu­mana después del diluvio; Sem, selecto hijo de Noé; y Abraham, Isaac y Jacob. (Véase Abraham 1:3; Moisés 1:34, 6:8, 22, 45-46; Lucas 3:8.)

En medio de la idolatría, Abraham adoró al verdadero Dios y probó su fi­delidad en cada prueba que el Señor le dio. Por lo tanto, Jehová hizo un sagra­do convenio de bendecir a Abraham y su posteridad fiel hasta la última gene­ración. Abraham, llegó a ser «Heredero legítimo, un Sumo Sacerdote, con el de­recho que pertenecía a los patriarcas» (Abr. 1:2). Este derecho al sacerdocio ha continuado a través del linaje de los fie­les «conforme a lo que Dios había seña­lado a los patriarcas, relativo a la simiente» (Abraham 1:4; D. y C. 84:14- 16).

Podemos preguntarnos. . . ¿Por qué fueron algunos los elegidos para poseer el sacerdocio y representar a Dios en la tierra como sus ministros especiales? Alma nos da una convincente respuesta a esto: «Y esta es la manera conforme fueron ordenados. . . fueron llamados y preparados desde la fundación del mundo por causa de su gran fe y buenas obras, habiéndoseles concedido prime­ramente escoger el bien o el mal; y por haber escogido el bien y ejercido una fe sumamente grande, son llamados con una santa vocación,. . . y de conformi­dad con ella, se dispuso para tales seres» (Alma 13:3-4).

Por lo tanto, debido a la fidelidad premortal de Abraham, se le autorizó a nacer en la tierra a través del linaje de padres fieles, también poseedores del sacerdocio. Además de su excelente ac­tuación previa, habiendo probado su sublime fidelidad en todas las aflic­ciones que pasó en la tierra, el Señor hi­zo con él este solemne convenio tal co­mo está registrado en Abraham 2:8-9 y 11.

«Me llamo Jehová, y conozco el fin desde el principio; por tanto, mi mano te cubrirá. Y haré de ti una nación gran­de, y te bendeciré sobre manera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones, y serás una bendición a tu simiente después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdo­cio a todas las naciones; y bendeciré a los que te bendijeren, y maldeciré a los que te maldijeren; y en tu simiente, serán bendecidas todas las familias de la tierra, aun con las bendiciones del evangelio, que son las bendiciones de salvación, aun de vida eterna.» Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

La limpieza del alma

Conferencia General Octubre 1975

La limpieza del alma

Por el élder John H. Vandenberg
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la mañana

Durante el invierno de 1925-1926, en un pequeño recinto en la ciu­dad de Liverpool, Inglaterra, un grupo de misioneros con destino a varias par­tes de Gran Bretaña y el continente eu­ropeo se reunieron para recibir consejos e instrucciones del élder James E. Talmage, entonces Presidente de la Misión Europea. Parte de los consejos incluían esta advertencia: «Los que vienen de poblaciones pequeñas del oeste esta­dounidense, sin duda alguna observa­rán algunas costumbres y métodos dife­rentes a los de su lugar de origen, que posiblemente los impulsen a hacer críti­ca. Cuidaos de no hacerlo. Recordad que sois los extranjeros en un país ex­traño; sois los invitados. En breve re­conoceréis que tales costumbres y mé­todos son buenos y son resultado de ex­periencias probadas. Lo mejor es que observéis con el deseo de aprender.»

Habiendo sido uno de esos misione­ros, asignado a los Países Bajos (Holan­da), descubrí durante el tiempo que es­tuve allí que el consejo era sabio; desde mi llegada hasta mi partida, aprendí mucho de mis observaciones. Recorrí muchas de sus ciudades, observé sus limpios alrededores, los pintorescos edificios, los canales tan bien conserva­dos. Sobre todo, experimenté una agra­dable relación con un pueblo feliz. Ob­servé a muchas personas dirigiéndose a las grandes y hermosas iglesias en el Día del Señor. Los habitantes eran ale­gres y prósperos, vivían bajo un sistema de gobierno parlamentario. Yo aprendí su historia. Se nos permitía como mi­sioneros, movernos de una parte a otra en nuestros esfuerzos misionales. Esta era una nación que había luchado por ochenta años y hecho grandes sacrifi­cios para obtener libertad de religión, estrechamente vinculada con los Esta­dos Unidos de Norteamérica, pues ¿no había sido este país el que ofreció refu­gio a los peregrinos que llegaron de In­glaterra para evitar la persecución y unos cuantos años después se dirigieron a las costas de Norteamérica? Muchos holandeses emigraron a América y con su amor por la libertad y su fe en Dios, hicieron una gran contribución a al­gunas de las colonias inglesas que fue­ron establecidas a fin de que sus ciuda­danos pudieran gozar de la libertad de adorar a Dios de acuerdo con sus de­seos.

George Washington, un firme defen­sor de la religión, dijo:

«De todas las disposiciones y cos­tumbres que conducen a la prosperidad política, la religión y la moral son apo­yos imprescindibles. En vano sería que quien reclamara ser buen patriota se es­forzara por trastornar estos grandes pi­lares de la felicidad humana, estos fir­mes apoyos de los deberes de los hom­bres y ciudadanos. El político mismo a la par con el piadoso, debería respetar­los y apreciarlos. Con grandes reservas, accedamos a la suposición de que pode­mos conservar la moral sin la religión. No importa cuánto crédito le demos a la influencia de la educación refinada en ciertas mentalidades, la razón y la expe­riencia nos impiden esperar que esa moralidad nacional pueda prevalecer sin el principio religioso. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

La buena reputación

Conferencia General Octubre 1975

La buena reputación

Por el élder O. Leslie Stone
Ayudante del Consejo de los Doce
Sábado 4 de octubre Sesión de la mañana

Mis queridos hermanos, en esta ocasión quisiera deciros unas palabras sobre la importancia de man­tener una buena reputación.

Se han pronunciado desde este pul­pito muchas sabias palabras subrayan­do la importancia de que vivamos el evangelio y mejoremos nuestro modo de vivir. Ahora bien, ¿por qué razón es importante que guardemos los- manda­mientos y vivamos conforme a las en­señanzas de Cristo? Tal vez muchos res­ponderíamos: «Pues debemos hacerlo para ganar la vida eterna». Efectiva­mente, para ganar la vida eterna; pero, ¿para quién? ¿Para nosotros mismos? Sí, en parte. Recordemos que Cristo en­señó: «Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará» (Marcos 8:35). De esto he­mos de sacar en limpio que nuestro in­terés no debe fijarse en satisfacer nues­tra propia conveniencia, por así decirlo, sino en servir a nuestros semejantes, lo cual se traducirá en dedicamos por en­tero al servicio de nuestro Padre Celes­tial, a trabajar en su obra y para su glo­ria. Mas para que nuestro servicio arro­je un resultado eficaz, es preciso que pongamos nuestra vida en orden. En­tonces, al vivir el evangelio, nuestra vi­da reflejará justicia y virtud, lo cual constituirá una poderosa influencia pa­ra el bien de quienes nos rodean. Por esta causa, no basta que seamos justos por el solo propósito de labrar nuestra propia salvación, sino que también de­bemos irradiar el bien hacia los demás de modo que, impulsados por el poder de nuestro ejemplo, eleven sus normas de vida y lleguen a experimentar deseos de seguir el modelo que nos dejó el Salva­dor.

En nuestras actividades diarias, las personas que nos rodean emiten sus opiniones sobre nosotros, opiniones que pueden ser justas o injustas pues no nos es posible controlar, en toda la ex­tensión de la palabra, lo que los demás piensen y opinen de nosotros; no obs­tante, sí podemos controlar la forma en que comunicamos mensajes a los demás mediante nuestra conducta.

Hermanos, debemos poner nuestro mayor empeño en crearnos una buena reputación. Esto es de un valor incalcu­lable y constituye en muchos casos el punto de partida para influir en los de­más para su propio bien, al mismo tiempo que puede significar el medio para llevar el evangelio a muchas almas.

La importancia de lo que significa gozar de una buena reputación adquirió mayor sentido para mí cuando hace ya muchos años, me asocié con un impor­tante hombre de negocios. Nuestros planes consistían en comenzar un nuevo negocio al por mayor, en el que él pon­dría el capital y yo me encargaría de la administración; una vez que llegamos a un entendimiento, me extendió un che­que por una inmensa suma de dinero y me dijo: «Si el negocio resulta un éxito, se llevará usted todo el crédito; pero si fracasa, será usted quien caerá en des­crédito». Luego añadió: «Si el negocio fracasara, usted perdería más que yo, pues en lo que a mí respecta, perdería únicamente el dinero y de éste tengo más, pero usted. . . usted perdería su re­putación, lo cual es mucho más valioso que el dinero».

Jamás olvidaré la importancia que aquel acaudalado hombre de negocios concedía a la reputación. Felizmente pa­ra ambos, la empresa resultó todo un éxito.

Tal vez pueda formarse una reputa­ción bajo una apariencia engañosa que muestra profundidad donde no la hay, honestidad donde hay fraude y virtud donde hay perversidad. Pero la aparien­cia nada vale ya que es preferible fun­damentar la reputación en la verdad, de modo que sea como un diáfano cristal a través del cual pueda verse claramente el reflejo de la integridad del alma; pues es mediante esta integridad de carácter que llegaremos a ser puros y santos de­lante del Señor. De esta manera podre­mos servir a nuestros semejantes en la forma más eficaz. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Depositemos nuestro amor en el Señor

Conferencia General Octubre 1975

Depositemos nuestro amor en el Señor

Por el élder Gene R. Cook
Del Primer Consejo de los Setenta
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

Hermanos, mi corazón rebosa, y siento que lo que deseo más que cualquier otra cosa en este momento, es expresar sinceramente ante vosotros el amor que siento por mi Padre Celestial.

Durante todo el día han revoloteado en mis pensamientos las palabras que me dirigió mi esposa temprano esta mañana: «¿Estás preparado para hoy?»

No he podido dejar de pensar en esto al darme cuenta de que si no estoy prepa­rado, ya es demasiado tarde. El hecho de que los treinta y cuatro años de mi vida representan el tiempo de la prepa­ración ha comenzado a adquirir forma más concreta para mí. Al mirar hacia atrás en mis recuerdos, han desfilado por ellos todas las personas que han ejercido influencia sobre mí, aquellas que me rodearon en los años de mi in­fancia y mi juventud, mis familiares, los líderes del sacerdocio, los presidentes de misión, estos buenos hermanos del Primer Consejo de los Setenta para quienes he trabajado durante algunos años. Al pensar en todo esto, compren­do que ha sido en los días pasados, en sus largas horas, en sus muchas mañanas, cuando he trabado mis mayo­res luchas y he ganado.

Esta tarde, hermanos, me gustaría compartir con vosotros el mensaje de una escritura que no se ha apartado de mi mente, una escritura de Alma que mencionó el élder Sill, que se encuentra en el Libro de Mormón y dice lo siguiente:

«Predícales el arrepentimiento y la fe en el Señor Jesucristo: enséñales a hu­millarse, y a ser mansos y humildes de corazón; enséñales a resistir toda tenta­ción del diablo, con su fe en el Señor Je­sucristo.

Sí, y pide a Dios todo tu sostén; sí, sean todos tus hechos en el Señor, y dondequiera que fueres, sea en el Señor; sí, dirige al Señor tus pen­samientos; sí, deposita para siempre en el Señor el afecto de tu corazón.

Consulta al Señor en todos tus he­chos, y él te dirigirá para bien; sí, cuan­do te acuestes por la noche, acuéstate en el Señor, para que él te cuide mientras duermes; y cuando te levantes en la mañana, rebose tu corazón de gratitud hacia Dios; y si haces estas cosas, serás exaltado en el postrer día.» (Alma 37:33, 36-37.)

Hermanos, doy testimonio ante vo­sotros de que esta es la Iglesia de Jesu­cristo, que Él está a la cabeza de ella, que es la roca de nuestra salvación, y que debemos depositar en El todo nues­tro amor. Os testifico además, que si lo depositamos primero en cualquier otra persona o casa, no recibiremos la bendi­ción de la promesa de ser exaltados en el postrer día. Os testifico con una cer­tidumbre imposible de describir con pa­labras, que esta es la Iglesia verdadera de Jesucristo, la única sobre la faz de la tierra, porque el Señor así lo ha declara­do. Doy testimonio de que el presiden­te Kimball es un Profeta de Dios, y qui­siera decir a estos buenos hermanos que integran las Autoridades Generales de la Iglesia, que de todo corazón dedico al Señor todos mis esfuerzos, mi tiempo, mis recursos, mis talentos y todo lo que tengo, para servirle en lo que El desee. Os dejo este testimonio en el nombre de Jesucristo. Amén.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Anécdotas excepcionales

Conferencia General Octubre 1975

Anécdotas excepcionales

Por el élder Sterling W. Sill
Ayudante del Consejo de los Doce
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

Como parte del programa de cada una de las reuniones de directores que se efectuaron en 1966, en conexión con las conferencias trimestrales de es­taca, se presentaron durante unos dos o tres minutos breves relatos de anécdo­tas excepcionales. Una anécdota excep­cional es parte de una experiencia in­sólita vivida por una persona, pero que se aplica a la vida de muchas otras.

Una parte interesantísima de la per­sonalidad humana, es que cada indivi­duo ha sido dotado por la creación con el instinto de coleccionista; y así como las ardillas coleccionan bellotas, al­gunas personas coleccionan estampillas, mariposas y monedas, y hay otros que coleccionan acciones, bonos y pólizas de seguro, cuentas bancarias y bienes raíces. También coleccionamos actitu­des, habilidades, hábitos y rasgos de personalidad.

Desde 1966 yo he coleccionado setenta y dos breves anécdotas excep­cionales. Estos son segmentos de las ex­periencias de alguien, los cuales he cin­celado, pintado y pulido, y aun memorizado y grabado, a fin de que estén dis­ponibles eternamente para mi propio uso personal. En los doce minutos que se me han asignado esta tarde, quisiera presentaros como un regalo, cuatro anécdotas excepcionales de tres minu­tos cada una.

Esta es la primera:

Después del asesinato de Julio César, el mundo se dividió en dos grandes campos de batalla. Uno estaba dirigido por los conspiradores de Bruto y el otro por Octavio César y Marco Antonio, un amigo de Julio César. Durante la larga y ardua guerra que siguió, Marco Antonio se distinguió como el soldado más gran­dioso en el mundo. Podríamos pregun­tarnos, «¿cómo hizo para lograrlo?» Si pudiéramos descubrir los secretos de su éxito, podríamos reproducirlos en nues­tra propia vida. A continuación daré al­gunas de las claves que se han men­cionado en relación con los logros de Marco Antonio: «Armado con su con­vincente habilidad para dirigir la pala­bra, el poder de su lógica, el valor de su habilidad para dirigir y la autodisciplina que lo caracterizaba, arrasó con todo lo que se le ponía delante. Tomó sobre sí las tareas más difíciles con la más asombrosa disposición; durante semanas vivió con una dieta de insectos y cortezas de árboles. Y así se ganó la indiscutible lealtad de sus hombres, el elogio del pueblo, el apoyo de Octavio y la confianza en sí mismo». Teniendo en su contra tal destreza y dedicación, los generales enemigos abandonaron uno a uno la batalla. Y cuando ganó la guerra, Marco Antonio ocupó el lugar que antes había tenido el grandioso Ju­lio César, como amo y señor del mun­do. Pero cuando hubo pasado la nece­sidad de luchar, se convirtió en un ser ocioso, y la ociosidad es la causante de algunos de los fracasos más trágicos de la vida.

Marco Antonio se dirigió a Egipto donde cayó en los brazos amorosos de la hechizante reina Cleopatra; allí llegó a ser víctima de los lujos agradables, de la perfumada elegancia y la inmoralidad de la corte egipcia. Su grandiosa mente se nubló con las llamas del vino y se convirtió en lo que Plutarco llama «un General sólo de nombre». Cuando abandonó sus mejores cualidades, per­dió la lealtad de sus hombres, la ova­ción del pueblo, el apoyo de Octavio y su propio respeto. Finalmente se envió una guardia de soldados para que to­maran prisionero a Marco Antonio y lo llevaran a Roma encadenado. Ya no era necesario enviar un ejército para ven­cerlo, sino sólo un puñado de los solda­dos más mezquinos. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

La noche de hogar

Conferencia General Octubre 1975

La noche de hogar

Por el élder James A. Cullimore
Ayudante del Consejo de los Doce
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

Mis amados hermanos y her­manas, esta tarde quisiera decir algo sobre la noche de hogar. Tal como lo expresó el presidente Kimball en la Conferencia de Área en Estocolmo, existe una gran necesidad de orienta­ción familiar y de la noche de hogar pa­ra ayudar a neutralizar las enfermeda­des del mundo. Dijo el profeta: «El espíritu de esta hora es mundano. El vandalismo es común. Jóvenes aparen­temente de buenas familias manifiestan su rebeldía en actos de destrucción. Muchos se resisten y enfrentan a los re­presentantes de la ley. Parece que se ha perdido el respeto por la autoridad, ya sea secular, religiosa o política. La in­moralidad, el abuso de drogas y el deterioro moral y espiritual parecen crecer mientras el mundo es todo confusión. Pero en nuestro tiempo, el Señor nos ofrece su programa eterno con un nue­vo aspecto y promete hacer que el mun­do retorne al estilo de una vida familiar sana y a la interdependencia familiar. Se trata de devolver al padre el lugar que le corresponde a la cabecera de la familia, quitar a la madre de la vida social y el empleo para llevarla al hogar, y quitar a los hijos de las actividades triviales. El programa de enseñanza en el hogar con su maravillosa actividad, la noche de hogar, neutralizará los efectos nocivos sólo si la gente aplica el reme­dio.»

En la Conferencia de octubre de 1964, el presidente David O. McKay reintrodujo el programa de la noche de hogar, diseñado para ayudar a los padres en las enseñanzas del evangelio en el ho­gar. Desde entonces, la Iglesia ha puesto énfasis en este importante programa y ha establecido el lunes por la noche pa­ra llevarlo a cabo.

Cada año se imprimen más de 907 mil hermosos ejemplares del manual de la noche de hogar preparados por ex­pertos escritores, cerca de 830 mil en in­glés y 77 mil en otros idiomas, los cua­les se distribuyen en 48 países. En el manual de la noche de hogar de 1973-74, la Primera Presidencia manifestó: ‘Per­mitidnos recordaros cuán importante es la unidad familiar en el plan de nuestro Padre Celestial. De hecho, la organiza­ción de la Iglesia existe para ayudar a la familia y a sus miembros a alcanzar la exaltación. Todo Santo de los Últimos Días tiene la gran responsabilidad de asegurarse que los miembros de su fa­milia se esfuerzan por crear en el hogar un clima y condición en el que todos puedan alcanzar la perfección. En cuan­to a los padres, es necesario que dedi­quen su tiempo y energía mucho más allá de la simple provisión de los ele­mentos físicos para los hijos. De los hi­jos se espera que controlen la tendencia natural hacia el egoísmo.

Tanto los padres como los hijos de­ben esforzarse por poner las respon­sabilidades familiares primero, para po­der alcanzar la exaltación familiar.» (Manual para la noche de hogar para la familia, pág. 4.) Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | 2 comentarios

Tú también debes saber

Conferencia General Octubre 1975

Tú también debes saber

Por el élder Marion D. Hanks
Ayudante del Consejo de los Doce
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

Ya hemos dicho muchas veces que creemos que los jóvenes apren­den más de nuestra conducta como pa­dres y adultos que de las lecciones que deliberadamente nos proponemos en­señarles. Ellos aprenden a ser íntegros no tanto por las declaraciones, sino ob­servando y asociándose con personas para quienes la integridad es una norma inquebrantable. Los jóvenes tienen la tendencia a imitar lo que realmente somos y no lo que decimos ser o lo que creemos ser. No hay lección más impor­tante que el ejemplo de una vida de in­tegridad, de honestidad impecable, de una ciudadanía responsable.

No digo esto para poner en duda la importancia vital del privilegio que tenemos como padres y adultos de compartir nuestro conocimiento y com­prensión, y nuestras arraigadas convic­ciones con nuestros hijos y otros miem­bros de esta joven generación; ni tam­poco lo digo para excusarnos de esta sa­grada obligación. Las lecciones que aprendemos en el regazo materno per­manecen nítidas y frescas en nuestra mente, la comprensión que obtenemos del consejo de nuestro padre queda profundamente grabada en nuestra al­ma.

Tenemos la responsabilidad de no negar a nuestros hijos, la oportunidad de aprender aquellos principios que forman los cimientos de todo lo que ha­ya de noble y de bueno en nosotros.

Aquellos que están familiarizados con las Escrituras, saben que la mayoría de las más poderosas y beneficiosas en­señanzas de estos registros sagrados, son las amonestaciones de algunos pa­dres a sus propios hijos.

Yo no tuve la bendición de conocer a mi padre, pues él murió durante mi in­fancia, y ha sido especialmente vital pa­ra mí, descubrir qué es lo que los pa­dres desean que sus hijos aprendan, y comprender el profundo deseo que tienen de hacerles saber aquellas cosas que para ellos son de gran importancia.

La serie de capítulos en los que Al­ma comparte con sus hijos las lecciones más significativas de su propia vida, son un ejemplo poderoso e inspirador acer­ca de las instrucciones que un padre de­be dar a sus hijos. De sus experiencias, ya fueran buenas o malas, obtuvo cier­tas convicciones cruciales, las cuales sintió que debía enseñar. De tres de es­tos temas, con un potente y tierno testi­monio, este humilde hombre habla a su hijo Helamán y repite el mismo testi­monio a sus otros hijos (Alma, capítulo 36).

«Mi hijo, estás en tu juventud, y te ruego, por tanto, que oigas mis palabras y aprendas de mí; porque sé que quien pusiere su confianza en Dios, será sos­tenido en sus tribulaciones, pesares y aflicciones, y será exaltado en el postrer día.

Y no quiero que pienses que lo sé de mí mismo: no de lo temporal, sino de lo espiritual; no del ánimo carnal, sino de Dios.» (Alma 36:3,4.)

«. . .sino el Espíritu de Dios que está en mí es el que me da a conocer estas cosas; porque si no hubiera nacido de Dios, no las habría sabido.» (Alma 38:6.) .

«. . .y no fue sino hasta que imploré misericordia al Señor Jesucristo que re­cibí la remisión de mis pecados. Pero he aquí, clamé a él y hallé paz para mi al­ma.» (Alma 38:8.)

«Y he sido sostenido en pruebas y dificultades de todas clases, sí, y en to­do género de aflicciones; sí, Dios me ha librado de la cárcel, y del cautiverio, y de la muerte; sí y pongo mi confianza en él, y todavía me librará.» (Alma 36:27.) Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

La fe de un profeta

Conferencia General Octubre 1975

La fe de un profeta

Por el élder A. Theodore Tuttle
Del Primer Consejo de los Setenta
Viernes 3 de octubre Sesión de la tarde

En nombre del presidente F. Dilworth Young y del Consejo de los Setenta, extiendo una cordial bienveni­da al élder Gene Cook como miembro del Consejo. Él está bien calificado, muy bien instruido y con una tremenda capacidad; ama al Señor, conoce su tra­bajo y está completamente dedicado al mismo. Estamos complacidos y senti­mos que vosotros también lo estáis, con el anuncio de la organización del Primer Consejo de los Setenta. Damos una afectuosa y sincera bienvenida a los tres primeros miembros de este quorum, los élderes Charles Didier, William Bradford y George Lee. Estos son hombres de constancia y probada habilidad. Se trata de grandes misioneros y estamos ansiosos de experimentar el privilegio de trabajar con ellos.

Inmenso es el poder de la fe. «La fe es la fuerza motriz de toda acción. . . (José Smith «Lectures on Faith», pág. 8.) El profeta José dijo:

“. . . por fe se hicieron los mundos. Dios habló, el caos oyó y los mundos se pusieron en orden por causa de la fe que había en El. Y así fue con el hom­bre, él habló por su fe en el nombre de Dios y el sol se detuvo, la luna obede­ció, las montañas se movieron, cayeron las prisiones. . .

Si no hubiera sido por la fe de los hombres, ellos hubieran hablado en vano al sol, la luna, las estrellas, las pri­siones. . .

La fe entonces es el primer gran principio que tiene poder, dominio y autoridad sobre todas las cosas. . . Sin la fe no hay poder, y sin poder, no habría creación ni existencia.

Cuando un hombre obra por fe, ejer­ce un esfuerzo mental y no físico. Es por medio de palabras y no por sus po­deres físicos, con lo que trabaja todo ser que obra por la fe. . .» (Lectures on Faith, por José Smith, págs. 8, 9-10,61.)

Creo que existen básicamente, dos clases de fe. Una es aquella de la que he hablado —la fe de que Dios vive y go­bierna en los cielos— la que nos sos­tiene en los desafíos que tenemos que’ enfrentar en la vida, y nos capacita para seguir adelante sin darnos por vencidos y para soportar las pruebas que todos tenemos que pasar. Esta fe ha caracteri­zado la vida de nuestra gente a través de su historia. Es un grandioso legado para la posteridad.

Hay otra clase de fe; más poderosa, menos conocida, menos observada. Esta fe en Dios, compone la habilidad que dispongamos para cumplir con nuestros justos deseos. Es la fe creativa, la clase de fe generadora, sin la cual nada se ve­rificaría; esta es la gran fuerza motriz en la vida del ser humano, es la clase de fe que mueve montañas.

Las escrituras nos enseñan que cier­tos poderes de los cielos se encuentran gobernados por la fe del hombre mor­tal. La capacidad de que dispone el Señor para ayudarnos a vencer los obs­táculos, es limitada solamente por nues­tra fe en El.

«Porque si no hay fe entre los hijos de los hombres, Dios no puede hacer ningún milagro entre ellos; por tanto, no se mostró sino hasta después de su fe. . . Y en ningún tiempo ha habido quien obre milagros sino hasta después de tener fe; por tanto, primero creyeron en el Hijo de Dios.» (Eter 12:12, 18.) Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Hazlo

Conferencia General Octubre 1975

Hazlo

Por el élder Robert L. Simpson
Ayudante del Consejo de los Doce
Viernes 3 de octubre Sesión de la mañana

Mis queridos hermanos, hace al­gún tiempo que no asisto a una conferencia de la Iglesia. Esta mañana os traigo la confirmación de que el evangelio es verdadero en Londres, In­glaterra, en Auckland, Nueva Zelandia, en Nukualofa, Tonga; y es verdadero en Salt Lake City, Utah. Y yo me siento muy agradecido por estar aquí.

Presidente Kimball: Durante los últi­mos meses he sido el portador de su mensaje de amor y saludo para los miembros allende de la mar; y ahora, aquí, en esta mañana, le traigo el-afecto sincero y la firme lealtad de más de cien mil miembros de la Iglesia en el Pacífi­co del Sur, quienes ansiosamente cuen­tan los días que faltan para su llegada el próximo febrero, cuando usted ha de presidir las diversas conferencias de la Iglesia en sus países.

La sola idea de llevar a cabo cuarenta y cuatro sesiones de conferencia en die­cisiete días y en nueve diferentes luga­res, apabulla la imaginación; y si esto no fuese suficiente, agreguemos aproxi­madamente 44.800 kilómetros de viaje aéreo y dieciocho cambios del reloj a fin de concordar con las horas de las di­ferentes zonas.

Este es el programa que seguirá el hombre que ha desafiado a un pueblo a «acelerar el paso», un hombre que no declara únicamente «Haced lo que di­go», sino más importante aún, «Haced lo que yo hago». Es mucho más fácil responder cuando la trompeta emite el claro sonido del ejemplo.

Sobre el escritorio del presidente Kimball hay un cartelito con un lema que simplemente dice, «HAZLO». Para nuestro inspirado Profeta la convenien­cia personal está en segundo lugar; todo lo hace para satisfacer la conveniencia del Señor. Su ejemplo en el trabajo ya es como una leyenda, estableciendo la pauta que nosotros debemos seguir.

Mientras me encontraba en una base aérea en Wyoming durante la Segunda Guerra Mundial, en la reunión sacra­mental de nuestra rama se anunció que se llevaría a cabo una conferencia de ra­ma la semana siguiente con la posibili­dad de que nuestro presidente de mi­sión estuviese acompañado de una Au­toridad General de Salt Lake City. Al llegar a la conferencia de rama el siguiente domingo por la mañana, nos presentaron a la autoridad visitante, un hombre a quien ninguno de nosotros había visto antes: era el élder Spencer W. Kimball, el miembro más nuevo del Consejo de los Doce, cumpliendo con una de sus primeras asignaciones. Tenía una modalidad bondadosa y un testimonio innegable y sin embargo, ex­presó preocupación porque aquel lla­mamiento tan importante había recaído sobre él. Pero luego, con confianza renovada, dijo: «Hermanos, no sé exac­tamente la razón por la que el Señor me ha llamado, pero cuento con un talento que puedo ofrecer. Mi padre me enseñó a trabajar; y si el Señor tiene necesidad de un trabajador, estoy disponible.» ¡Sí, el Señor necesitaba aquel trabajador! Necesitaba un buen trabajador que es­tuviese preparado para asumir la res­ponsabilidad primordial en una época crítica.

Esta es la época, y un Profeta que sabe cómo trabajar, se encuentra seña­lando el camino. Mas un hecho es cier­to, esta obra de los últimos días requie­re que miles de nosotros estemos dis­puestos a seguir el paso y el ritmo del Profeta.

Un Profeta que trabaja solo, no pue­de ser muy productivo. Cada dispen­sación ha tenido la imperiosa necesidad de discípulos trabajadores y aptos, y el presidente Kimball está llamando al más grandioso ejército de trabajadores en la historia de la Iglesia. Considere­mos juntos estos tres objetivos como punto de partida en nuestra preparación para mantener el paso de nuestro Profe­ta:

Primero, debemos estar mejor infor­mados en cuanto a la doctrina; segundo, debemos estar más dispuestos a HA­CER; y tercero debemos ser más accesi­bles a los dones del Espíritu.

Un gran maestro dijo: «Aquel que no lee, de ninguna manera puede exceder al que no sabe leer.» La ignorancia en el evangelio es casi inexcusable en esta época de ilustración y modernas técni­cas didácticas. Especialmente entre aquellos de nosotros que nos hemos comprometido en las aguas del bautis­mo y ratificamos ese compromiso al participar del sacramento semanalmen­te. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Un Hogar Celestial: Una Familia Eterna

Liahona de Febrero 1988

Un Hogar Celestial: Una Familia Eterna

Por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

Constantemente se nos recuerda, tanto por medio de los himnos como en forma oral o escrita, que la familia es la base de una vida recta, y que ninguna otra institución puede tomar su lugar ni cumplir sus funciones esenciales.

Una casa se construye de madera, cemento, piedras o ladrillos. Una familia se edifica con amor, sacrificio y respeto. Una casa puede ser un paraíso cuando cobija a la familia. Esta puede ser grande o pequeña y estar compuesta de gente joven o vieja; puede estar bien constituida o ser desorganizada y tener serios problemas; puede estar formada por padre, madre e hijos de ambos sexos, solteros todavía, o por un matrimonio solo. Pero, sea cual sea la condición, continúa siendo una familia, porque las familias son eternas.

Aprendamos del Supremo Arquitecto

Ya sea que nos estemos preparando para establecer nuestra propia familia o simplemente considerando cómo hacer un paraíso de la que ya tenemos, todos podemos aprender del Señor. Él es el Supremo Ar­quitecto, y nos ha enseñado cómo edificar un hogar.

Mientras Jesús caminaba por los polvorientos ca­minos de los pueblos y las aldeas, que en la actuali­dad llamamos reverentemente Tierra Santa, y enseñaba a sus discípulos en la hermo­sa Galilea, lo hacía fre­cuentemente por medio de parábolas, en un lenguaje que las perso­nas podían comprender con más facilidad. Mu­chas veces se refirió a .la edificación del hogar.

En una oportunidad declaró que “toda. . . casa divi­dida contra sí misma, no permanecerá” (Mateo 12:25). Y en los últimos días advirtió: “He aquí, mi casa es una casa de orden. . . y no de confusión” (D. y C. 132:8).

En una revelación que recibió el profeta José Smith en Kirtland, estado de Ohio, el 27 de diciem­bre de 1832, el Maestro aconsejó: “Organizaos; pre­parad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de glo­ria, una casa de orden, una casa de Dios” (D. v C. 88:119).

¿Dónde podríamos encontrar un diseño más apro­piado para establecer sabia y adecuadamente nuestro hogar? Este sería como el que Mateo describió, una casa edificada “sobre la roca”, capaz de resistir las lluvias de la adversidad, los ríos de la oposición y los vientos de la duda que se encuentran permanente­mente presentes en el turbulento mundo en que vivi­mos. (Véase Mateo 7:24—251)

Algunos podrían preguntarse: “Pero si esa revela­ción se dio como guía para la construcción de un templo, ¿se puede también aplicar a la vida familiar?

Yo les respondo:

¿Acaso el apóstol Pablo no dijo: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en voso­tros?” (1 Corintios 3:16.)

Dejemos que el Se­ñor sea el Arquitecto Maestro de la familia, del hogar que establez­camos. Entonces cada uno de nosotros será el constructor de ese ho­gar y de esa familia.

Quisiera mencionar al­gunas normas dadas por Dios, lecciones de la vi­da, y puntos para consi­derar a medida que construimos.

Arrodillémonos a orar

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y el enderezará tus vere­das.” (Proverbios 3:5-6.)

Así habló el sabio Salomón, el hijo de David, rey de Israel.

En el continente americano, Jacob, el hermano de Nefi, de­claró: “Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe” (Jacob 3:1).

Este consejo inspira­do de los cielos tiene para nosotros en la ac­tualidad el mismo valor que el agua pura y cris­talina para la reseca y sedienta tierra por­que vivimos en tiempos de gran inquietud.

Los consultorios médicos de todo el mundo se en­cuentran llenos de pacientes aquejados de problemas emocionales al igual que de aflicciones físicas. Nuestros tribunales manejan enorme cantidad de casos de divorcio debido a que mucha gente no ha po­dido resolver sus conflictos. En las grandes compañías modernas existen comités especia­les que pasan largas ho­ras tratando de ayudar a la gente que tiene pro­blemas.

Un empleado de per­sonal encargado de atender a los que nece­sitan ayuda puso sobre su escritorio un cartelito para todos aquellos que tenían problemas para resolver.

El cartel decía: “¿Ha probado orar?” Esta persona qui­zás no se diera cuenta en toda su magnitud de que el consejo que daba puede resolver más pro­blemas, aliviar más su­frimiento, prevenir más transgresiones y brindar mucha más paz y tran­quilidad en el alma hu­mana que cualquier otro método que se pueda utilizar.

A un destacado juez de los Estados Unidos se le preguntó qué po­demos hacer los ciuda­danos de diferentes países del mundo para reducir el crimen y la desobediencia a las leyes y para que haya paz y tranquilidad en nuestra vida y en nues­tras respectivas nacio­nes. Pensativamente contestó: “Yo diría que vol­ver a la antigua práctica de la oración familiar”.

¿No os sentís agradecidos de que la oración fami­liar no sea algo pasado de moda para nosotros? No hay nada en el mundo más bello que ver a una familia unida en oración. Hay realmente un gran significado en lo que se dice de que “la familia que ora unida se mantiene unida”.

El Señor nos mandó que tuviéramos oracio­nes familiares cuando dijo: “Orad al Padre en vuestras familias, siem­pre en mi nombre, para que sean bendecidas vuestras esposas y vues­tros hijos” (3 Nefi 18:21).

Pensemos en una típica familia de la Igle­sia ofreciendo sus ora­ciones al Señor. El pa­dre, la madre y los hijos están hincados, con la cabeza inclinada, los ojos cerrados. Un dulce espíritu de amor, uni­dad, y paz inunda el hogar. ¿Piensan que el padre, al escuchar a su pequeño hijo orar a Dios, pidiendo que su papá haga lo que es correcto y obedezca los manda­tos del Señor, puede te­ner dificultad en hacer lo que su niño ha pedi­do?  O una adolescente, al oír a su dulce madre rogar al Señor que ins­pire a su hija para que seleccione bien a sus ami­gos, para que se prepare a fin de poder casarse en el templo, ¿no creen que trataría de hacer todo lo posible por que se cumpla lo que su ma­dre, a la que ama tanto, ha pedido en humilde oración? Y cuando un padre, una madre y to­dos los hijos oran in­tensamente pidiendo que los varones de la fa­milia vivan dignamente para que cuando llegue el momento puedan re­cibir un llamamiento para servir como em­bajadores del Señor en los campos misionales de la Iglesia, ¿se dan cuenta de que esos muchachos crecerán con el firme deseo de servir como misioneros?

Al ofrecer a Dios nuestras oraciones fami­liares y personales, ha­gámoslo con fe y con­fianza en El. Si alguno de nosotros ha sido len­to para escuchar el con­sejo de que debemos orar siempre, no hay mejor momento que ahora para comenzar a hacerlo. Aquellos que piensan que la oración puede ser un síntoma de debilidad deben re­cordar que una persona nunca es más grande que cuando está de ro­dillas.

Sirvamos diligentemente

Para obtener un ejemplo de lo que es el servicio, sólo tenemos que recordar la vida del Señor. Al ministrar en­tre los hombres, la vida de Jesús fue como un resplandeciente faro de bondad. El fortaleció nuevamente los inútiles miembros de los paralíticos, dio vista a los ojos de los ciegos, oído a los Sordos y vida al cuerpo de los muer­tos.

Sus parábolas son una prédica sobre el poder que cada uno de noso­tros puede encontrar dentro de sí. Con la pa­rábola del buen samaritano enseñó: “Amarás a tu prójimo”. Por medio de la bondad demostrada a la mujer adúltera, enseñó una comprensiva compasión. En su parábola de los talentos nos enseñó a todos que debemos superarnos y esforzarnos por lograr la perfec­ción. Es como si nos hubiera estado preparando para el papel que desempeñaríamos al establecer una fami­lia eterna. Las personas que elevan a otras no depen­den de los demás para obtener su propia fortaleza.

Los que cumplen con la voluntad del Señor y obede­cen sus mandamientos no ponen en duda su palabra. La gente que sirve a las demás personas no tiene tiempo para estar de mal humor, resentirse o tener lástima de sí misma.

En la vida de nuestro Profeta, el presidente Ezra Taft Benson, y en su familia encontramos un buen ejemplo de lo que es el servicio diligente. El presi­dente Benson contó a las Autoridades Generales las circunstancias en que su padre respondió al llama­miento para servir en una misión: Dejó a su esposa, que estaba esperando un bebé, a sus siete hijos, la granja y todo lo que poseía para ir a servir. ¿Perdió acaso algo? Nuestro Profeta nos cuenta que su madre reunía a todos los hijos alrededor de la mesa de la cocina y allí, a la vacilante luz de la lámpara de pe­tróleo, les leía las cartas que recibía del esposo. Va­rias veces durante la lectura tenía que parar para enjugarse las lágrimas que brotaban incesantemente de sus ojos. ¿Cuál fue el resultado? Que llegado el momento todos sus hijos sirvieron en una misión, to­dos sirvieron diligentemente.

Ayudemos a los que van por mal camino

En la travesía de la vida hay muchos que se desvían de la buena senda, que hacen caso omiso de las señales del camino que lleva a la vida eterna, para luego descubrir que el desvío que eligieron no los conduce absolutamente a ningún lado. La indiferen­cia, la negligencia, el egoísmo y el pecado cobran un alto precio en la vida de los seres humanos. En mu­chas familias existen personas que inexplicablemen­te, sin ninguna razón aparente, se rebelan, y luego se dan cuenta de que lo único que lograron fue sufri­miento y pesar.

Al final del año 1985 la Primera Presidencia ex­presó su preocupación por los miembros que habían abandonado el redil de Cristo, en una declaración especial titulada “Una invitación a regresar”. El mensaje contenía la siguiente súplica: “Recomenda­mos a los miembros de la Iglesia que perdonen a los que les hayan ofendido. A aquellos que se han hecho inactivos y a los que han empezado a criticar la Igle­sia ‘Regresen. Regresen y siéntense a la mesa del Se­ñor, para probar nuevamente los dulces y agradables frutos del hermanamiento con los santos’. Estamos seguros de que muchos han deseado regresar, pero se han sentido incómodos ante la idea. Les aseguramos que encontrarán brazos abiertos para recibirlos y ma­nos dispuestas a ayudarlos.”

Debemos extender esa misma invitación cariñosa a los integrantes de nuestra familia que han abandona­do los senderos de la verdad. El amor es el lazo de unión, el bálsamo que cura. Jamás debemos dejar de amar, ni siquiera a los miembros de nuestra familia que nos hayan causado aflicción. El Señor nos ha ordenado que debemos vivir “juntos en amor” (D. y C. 42:45).

Hincaos a orar. Servid diligentemente. Ayudad a aquellos que van por mal camino. Cada uno es una parte vital del diseño preparado por el Señor para hacer de nuestro hogar un pedacito de cielo.

Edifiquemos con habilidad, de la manera correcta y siguiendo Su diseño. Entonces el Señor, que es nuestro inspector en dicha construcción, nos podrá decir, como lo hizo cuando se le apareció a Salomón, constructor de la antigüedad: “Yo he santificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre en ella para siempre; y en ella estarán mis ojos y mi co­razón todos los días” (1 Reyes 9:3). Entonces tendre­mos hogares celestiales y familias eternas. Humilde y sinceramente ruego para que todos podamos recibir esta inmensa bendición. □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Ven sígueme

Ven sígueme

por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Noviembre 1988

Con los problemas de la actualidad, tenemos necesidad de aquel mismo espíritu pionero para que nos aparte de los peligros que amenazan a nuestra sociedad.


A la entrada del Valle del Gran Lago Salado, como un centinela marcando el acceso y señalando el camino, hay un monumento al presidente Brigham Young que lleva inscritas sus palabras: “Este es el lugar”. La estatua del Presidente da la espalda a las privaciones, las penurias y difi­cultades de la larga jornada a través de las planicies desiertas; el brazo extendido apunta en dirección a un valle que encerraba valiosa promesa.

Los historiadores de los Estados Unidos describen aquella primera compañía de 1847, que organizó y dirigió Brigham Young, como uno de los grandes acontecimientos heroicos de la his­toria del país.

Cientos de pione­ros mormones su­frieron y murieron a causa de las en­fermedades, la falta de protección con­tra los elementos o la escasez de ali­mentos. Hubo mu­chos que, por no tener carretas ni animales de tiro, recorrieron a pie los dos mil kilómetros a través de planicies y montañas, empujando o tirando de carros de mano. Una de cada seis de estas personas pereció en el viaje.

El viaje de muchos de esos viajeros no había co­menzado en Nauvoo, Kirtland, Far West o Nueva York [lugares de los Estados Unidos], sino en tierras distantes, como Inglaterra, Escocia, los países Es­candinavos o Alemania. Los niños pequeños no po­drían comprender la gran fe que motivaba a sus pa­dres a alejarse de la familia, los amigos, las como­didades y la seguridad en que vivían; quizás esos niños hayan preguntado: “Mamá, ¿por qué nos vamos de casa? ¿A dónde vamos?” Y la respuesta haya sido: “Vamos, mi chiquito. Nos vamos a Sión, la ciudad de nues­tro Dios”.

Confiados a Dios

Entre la seguridad del hogar que deja­ban y la promesa de Sión se encontraban las rugientes y trai­cioneras aguas del vasto océano. ¿Quién puede des­cribir el miedo que haría presa de aquellos corazones durante los peligro­sos viajes? Impulsa­dos por la inspira­ción silenciosa del Espíritu, sostenidos por una fe sen­cilla pero firme, confiaban en Dios y se embarcaban en su jor­nada. La vieja vida quedaba atrás; por delante te­nían una vida nueva.

A bordo de uno de aquellos barcos de madera atestados de pasajeros estaban mis bisabuelos, acom­pañados de su pequeña familia y sus escasas posesio­nes. Las olas eran altas, el viaje largo, el alojamien­to estrecho y abarrotado. Una de las niñitas, de nombre Mary, cuya salud había sido siempre frágil, día a día se iba deteriorando y volviéndose cada vez más débil ante los ansiosos ojos de su madre. Tenía una enfermedad seria; y allí no había clínicas, ni re­cetas médicas, ni hospital. Sólo tenían el balanceo constante de la vieja embarcación. Día tras día los preocupados padres escudriñaban angustiosamente el horizonte buscando ver tierra; pero no había nada a la vista. La pequeña Mary no pudo soportar las pe­nurias del viaje y, después de muchos días de fiebre y enfermedad, pasó pacíficamente más allá de este valle de lágrimas.

Con los familiares y amigos apretujados en la cu­bierta, el capitán de la nave dirigió el servicio fune­rario. Colocaron tiernamente el preciado cuerpecito en la lona humedecida por las lágrimas y lo dejaron caer en el mar enfurecido. El padre de la niña, un hombre fuerte, trató de consolar a la madre repi­tiendo con palabras entrecortadas por la emoción:

“ ‘Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito’ (Job 1:21). ¡Volveremos a ver a nues­tra Mary otra vez!”

La gloria de Sión

Las escenas como la que acabo de describir no eran raras. Todo el camino, desde Nauvoo, estado de Illinois, a Salt Lake City, estaba sembrado de lá­pidas hechas con piedras apiladas, para marcar las tumbas. Este fue un precio que muchos pioneros pa­garon. Sus cuerpos se hallan enterrados en paz, pero sus nombres viven para siempre.

Los cansados bueyes caminaban lentamente, cru­jían las ruedas de las carretas, los valientes viajeros se afanaban fatigados; nuestros antepasados, inspira­dos por la fe y empujados por las tormentas, marcha­ban firmes. Ellos también tenían su columna de nu­be durante el día y su columna de fuego por la no­che. (Véase Exodo 13:21.) Muchas veces cantaban:

Santos, venid, sin miedo ni temor,
mas con gozo andad.
Aunque cruel jornada ésta es,
tal el mal, la bondad. . .
¡Oh, está todo bien!
(Himnos, 214.)

Aquellos pioneros tenían presentes en la memoria estas palabras del Señor:

“Los de mi pueblo deben ser probados en todas las cosas, a fin de que estén preparados para recibir la gloria que tengo para ellos, sí la gloría de Sión; y el que no aguanta el castigo, no es digno de mi rei­no.” (D. y C. 136:31.)

Al acercarse a su anhelado fin la larga y penosa lucha, un espíritu jubiloso invadió el corazón de to­dos, y los pies cansados y los cuerpos fatigados en­contraron una nueva fortaleza.

En las gastadas páginas del viejo diario de un pio­nero, leemos lo siguiente:

“Nos postramos en humilde oración al Dios To­dopoderoso con el corazón lleno de gratitud hacia El, y le dedicamos a El esta tierra para morada de su pueblo.”

Otro pionero escribió:

“En nuestra casa de un solo cuarto, que habíamos cavado en la ladera de una colina, no había ningu­na ventana. Tampoco había puerta; en su lugar, mi madre había colgado una frazada vieja para cubrir la entrada. Esa fue la puerta que tuvimos aquel primer invierno. Pero mi madre afirmaba que ninguna rei­na al entrar en su palacio hubiera podido sentirse más feliz ni más agradecida por su vivienda y por las bendiciones del Señor de lo que ella se había sentido al entrar en aquel refugio subterráneo.”

Las pruebas, las penurias, las luchas y aflicciones se enfrentaron con resuelto valor y una fe inque­brantable en el Dios viviente. Las palabras de su líder y profeta dieron un texto a su promesa: “Y éste será nuestro convenio: Andaremos en todas las ordenanzas del Señor” (D. y C. 136:4).

Las pruebas de nuestros días

El paso del tiempo nos hace olvidar y dejamos de sentir aprecio por aquellos que recorrieron un sendero de dolor, dejando atrás una huella de se­pulcros sin nombre marcada por las lágrimas. Y ¿qué pasa en nuestros días? ¿No tenemos pruebas? ¿No hay caminos escabrosos que recorrer, monta­ñas escarpadas que subir, sendas que abrir, ríos que atravesar? ¿No tenemos acaso necesidad de aquel mismo espíritu pionero para que nos aparte de los peligros que amenazan a nuestra sociedad?

Las normas de moral están cada vez más bajas. Tenemos hoy más gente que nunca en la cárcel, en reformatorios y con todo tipo de problemas.

El crimen está en aumento constante, mientras que la decencia va disminuyendo rápidamente.

Hay muchos que buscan las emociones pasaje­ras, sacrificando a cambio los gozos eternos. El hombre ha conquistado el espacio, pero le es imposible ejercer control sobre sí mismo. De esa manera perdemos el derecho a la paz.

¿Podríamos arreglárnoslas para encontrar el valor y la firmeza de propósito que caracteriza­ban a los pioneros de épocas pasadas? ¿Podemos nosotros ser pioneros en nuestros días? El dic­cionario da esta definición de la palabra pionero: “Persona que prepara el camino para otras”.

¡Ah, cuánto necesita cíe pioneros el mundo actual!

Tanto los griegos como los romanos se desta­caron con magnificencia en sus días de esplen­dor, pero su dominio terminó cuando quisieron tener lo que llamaron “libertad” sin considerar los derechos de los demás. Quisieron una vida cómoda sin tener que trabajar para ganarla; qui­sieron gozar de seguridad y tranquilidad sin hacer ningún esfuerzo personal por lograrlas. Y al final lo perdieron todo; su libertad, su comodi­dad, su seguridad y tranquilidad. En nuestros días vemos repetirse las mismas tendencias en las personas que se esfuerzan por alcanzar sus propias metas egoístas. Otras hay que, al tratar de buscar alguna guía, se dejan llevar de un la­do a otro y se preguntan: “¿A quién escucharé?”

“¿A quién seguiré?” “¿A quién serviré?” Y Sata­nás está siempre pronto a proveerles líderes y profetas falsos que los guíen astutamente hacia abajo, alejándolos de todo lo que sea recto y bueno.

Defendamos firmemente la verdad

Pero si tenemos oídos que de verdad oyen, presta­remos atención a las palabras del Salvador, quien dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”

(Juan 14:6). La suya es la voz a la que debemos prestar atención a fin de no ceder a las tentaciones y permanecer firmes en la verdad. Recordad que la interminable búsqueda del gozo en las emociones fuertes y en el vicio jamás calmará los anhelos insa­tisfechos del alma. El vicio nunca conduce a la vir­tud; el odio jamás promueve el amor; la cobardía nunca engendra el valor; la duda nunca inspira la fe; la contención jamás viene del Señor.

Hay personas a quienes les resulta difícil soportar las burlas y los comentarios ofensivos de los que ridiculizan la castidad, la honradez y la obediencia a los mandamientos de Dios. Otras se mantienen fir­mes y encuentran fortaleza en las historias de los justos cuyos ejemplos se extienden con la misma va­lidez a través de los siglos. Cuando Noé recibió ins­trucciones de construir el arca, sus necios coterrá­neos echaron una mirada al cielo sin nubes y luego se burlaron y lo despreciaron. . . hasta que comen­zaron las lluvias.

Hace muchos siglos, los habitantes del continente americano pusieron en tela de juicio la realidad del Salvador y de su misión; así fue que discutieron y desobedecieron hasta que, cuando El fue crucifica­do, un fuego inextinguible consumió a Zarahemla, hubo terremotos, la ciudad de Moroníah quedó se­pultada bajo tierra y las aguas se tragaron a la ciu­dad de Moroni. El desprecio, la burla, la profana­ción y el pecado fueron consumidos por una sofo­cante tiniebla y un silencio aterrador. De esta ma­nera se cumplió la palabra de Dios.

¿Es necesario que aprendamos estas lecciones a un precio exorbitante? Los tiempos cambian, pero la verdad permanece igual. Cuando nos negamos a aprender de las experiencias del pasado, nos conde­namos a repetirlas con todo el pesar, el sufrimiento y la angustia que traen aparejados. ¿No podemos te­ner la sabiduría de obedecer a Aquel que conoce el fin desde el principio, nuestro Señor, el que creó para nosotros el plan de salvación?

¿No podemos seguir al Príncipe de Paz, a aquel Pionero que literalmente preparó el camino para que lo siguiéramos? Su plan divino puede salvarnos del pecado, de la presunción y del error. Su ejemplo nos indica el camino a seguir: cuando enfrentó la tentación, huyó de ella; cuando se le ofreció el mundo entero, lo rechazó; cuando se le pidió su vi­da, la dio.

“Venid a mí”, mandó Jesús;
andemos en divina luz;
porque así nos dijo El:
“Amad a Dios y sedle fiel”.

Llevad mi yugo, y sabed
que soy humilde; y haced
lo que os mando, y veréis
si gloria no recibiréis.
(Himnos, 81.)

Al enfrentarnos con un nuevo año que está por comenzar, decidámonos a ser pioneros para preparar el sendero de rectitud para nuestros semejantes, si­guiendo amorosa y fielmente a nuestro Señor y Sal­vador, Jesucristo. □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Una ciudad sobre una colina

Liahona de Noviembre de 1990

Una ciudad sobre una colina

Por el Presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia


“Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid y subamos al monte de Jehová, a la casa del dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas,” (Isaías 2:3.)

Siempre recordaré la gran experiencia que viví durante la dedi­cación del Templo de Washington. Durante la mayor parte de una semana estuve junto con otras personas, en la entrada del templo, sirviendo de anfitrión a los invitados especiales; entre éstos se encon­traban la esposa del presidente de los Estados Unidos, jueces de la Suprema Corte de Justicia, senadores y diputados, embajadores de diversas naciones, clérigos, educadores y ejecutivos de empresas y negocios. Después de esa semana de invitaciones especiales, más de 300.000 personas caminaron reve­rentemente por ese edificio sagrado.

Diarios y revistas publicaron extensos artículos en cuanto a ese templo y la radio y la televisión llevaron la historia del edificio a muchas partes del mundo. Es de dudar que algún otro edificio construido en el este de los Estados Unidos durante esos años haya atraído tanto la atención del público.

Casi sin excepción, todos los que fueron adoptaron una actitud de admira­ción y de reverencia. Muchos se sintieron profundamente conmovidos. Al dejar el recinto del templo, la Primera Dama de la nación de esa época, la señora de Ford, hizo el siguiente comen­tario: “Esta es en verdad una gran experiencia para mí… es algo de gran inspiración para todos”.

Al encontrarme junto con mis compañeros de tarea, día tras día en ese sagrado edificio, dando la bienvenida a muchas de las más altas personalidades tanto de este país como de todo el mundo, dos pensamientos cruzaron mi mente. El primero estaba relacionado con el pasado; el segundo tenía que ver con el presente y el futuro.

Mis pensamientos volaron hacia 135 años atrás. Los miembros de la Iglesia se encontraban en ese entonces en Commerce, Illinois, sin hogar y desamparados, enfren­tándose a la perspectiva del crudo invierno que se aprox­imaba. Habían sido desalojados de Misuri, huyendo a través del río Misisipí y buscando asilo en el estado de Illinois. En un lugar donde el río forma una gran recodo, habían comprado una sección de tierra, un hermoso sitio, pero tan pantanoso que una yunta de animales de tiro no podía cruzarla sin quedar enterrada en el barro. Ese era el lugar que, con tremendos trabajos y sacrificios, habría de llegar a ser Nauvoo, la hermosa. Pero en 1839 Commerce era el lugar de encuentro de miles de miembros de la Iglesia que habían sido desposeídos de todas sus propie­dades, habiendo quedado en la absoluta miseria; indivi­duos que habían dejado atrás el trabajo y los esfuerzos de años, sus casas, graneros, tierras, capillas y edificios públicos, así como varios centenares de hermosas y pro­ductivas granjas; más aún, enterrados en las praderas debajo del pasto de Misuri, habían dejado a muchos de sus seres amados que fueron muertos por las turbas enfu­recidas. En tales circunstancias, desamparados y despo­seídos, totalmente imposibilitados de recobrar lo que en Misuri constituía su hogar, decidieron recurrir al Presi­dente y al Congreso de los Estados Unidos en busca de ayuda, y José Smith y Elias Higbee viajaron a Washington.

Partieron de Commerce el 20 de octubre de 1839, viajando en un ligero carruaje tirado por caballos. Llega­ron a la ciudad de Washington cinco semanas más tarde. La mayor parte del primer día que pasaron en la capital, la dedicaron a buscar algún alojamiento que pudieran pagar o que estuviera al alcance de sus magros recursos. En una carta que dirigieron a Hyrum Smith decían lo siguiente: “Encontramos el alojamiento más barato que podía conseguirse en la ciudad” (History of The Church of Jesús Christ of Latter-day Sninls, tomo IV, pág. 40).

Al recurrir al presidente de la nación, Martin Van Buren, le expusieron su desesperante caso; el presidente les respondió: “Caballeros, vuestra causa es justa, pero nada puedo hacer por vosotros… Si tomo medidas favo­rables para vosotros, me arriesgaría a perder los votos del pueblo del estado de Misuri” (History of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, tomo IV, pág. 80).

Después de su fracaso con el presidente de los Estados Unidos, los delegados de la Iglesia recurrieron al Con­greso de la nación. En las semanas siguientes, de amar­gura y frustración, José regresó a Commerce, re­corriendo la mayor parte del camino a caballo. El her­mano Higbee permaneció en Washington a fin de seguir luchando por la causa de los miembros de la Iglesia, para llegar a conseguir sólo que el Congreso le contestara que no había nada que pudieran hacer al respecto.

¡Cuánto habían cambiado las cosas para la Iglesia desde los tiempos en que José Smith había sido repudiado en Washington, en el año 1839, basta 1974, en que tanto a la Iglesia como al templo se les dio la bienvenida! Tales, en esencia, fueron el primero y el último pensamiento que asaltaron mi mente y corazón durante esos hermosos días dedicados al Templo de Washington.

Entre esos dos capítulos, el primero y el último, corrió la hebra de otros numerosos capítulos intermedios que hablan de la muerte de José y Hyrum en aquel sofocante día 27 de junio de 1844; de la destrucción de la hermosa ciudad de Nauvoo, construida con tantos sacrificios; de las largas caravanas de carretas que cruzaron el río para internarse en el territorio de Iowa; de los campamentos de nieve y barro de aquella funesta primavera de 1846; de Winter Quarters al lado del río Misuri y la terrible difteria, las fiebres y la plaga que diezmó las filas de los santos; del llamado de los hombres a las filas del ejército, llamado hecho por el mismo gobierno que poco tiempo atrás se había negado a oír las súplicas de los santos; de la senda marcada por sepulcros a lo largo del Elkhorn, el Platte y el Sweetwater, ríos de los estados de Nebraska y Wyoming, sobre el South Pass hasta la entrada al valle del Gran Lago Salado; de las decenas de miles de santos que dejaron Inglaterra y el Este de los Estados Unidos para tomar el curso de esa senda, algunos de ellos tirando de carros de mano y muriendo en medio de las miserables condiciones creadas por el crudo invierno del estado de Wyoming; de la interminable tarea de abrirse paso por entre los arbustos de artemisa de los valles de las monta­ñas de Utah; de la excavación de kilómetros y kilómetros de canales de riego, para irrigar la sedienta tierra desértica, a fin de que produjera el sustento necesario; de décadas de clamor y denuncias contra nosotros, origina­das en el fanatismo irracional; del despojamiento de los derechos civiles bajo leyes originadas en el gobierno fede­ral con sede en Washington y ejecutadas por las fuerzas de orden civil enviadas por ese mismo poder gubernamen­tal. Estos son sólo algunos de los capítulos de aquella época histórica.

Gracias sean dadas a Dios porque esas duras épocas ya han pasado. Gracias sean dadas también a todos aquellos que permanecieron fieles, a pesar de las duras pruebas a que se vieron sometidos. ¡Qué precio, qué terrible precio tuvieron que pagar, sacrificio del cual nosotros somos los beneficiarios! No olvidemos nunca los sacrificios de los primeros santos, mis hermanos y hermanas. Debemos agradecerles a aquellos que, mediante la virtud de su vida, ganaron desde entonces una nueva medida de res­peto de parte de aquella gente para con la nuestra. Debe­mos estar agradecidos por vivir en un tiempo mejor, en el que reina un entendimiento más amplio y un aprecio más extenso y generoso para con La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Esos eran los pensamientos que me embargaban al encontrarme saludando a los miles de distinguidos visi­tantes que fueron al Templo de Washington, muchos de los cuales llegaron hasta el edificio con gran curiosidad y salieron del mismo con una gran admiración, y algunos, hasta con lágrimas en los ojos.

Pero esos pensamientos se relacionaban principal­mente con el pasado. Hubo otros pensamientos que tuve también sobre el presente y el futuro. Viajando en cierta oportunidad por la periferia de la ciudad de Washington, observé con admiración las imponentes agujas de la Casa del Señor, que se elevan hacia el cielo desde una colina ubicada en un denso bosque. En mi mente se agolparon entonces las palabras de muchos pasajes de las Escritu­ras, palabras pronunciadas por el Señor mientras se encontraba sobre el monte y enseñaba al pueblo. Dijo El entonces:

“Vosotros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.

“Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, más sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:14—16; cursiva agregada.)

Toda esta gente ha pasado a ser como una ciudad sobre una colina, que no puede esconderse. A veces, cuando un miembro de la Iglesia se ve envuelto en algún escándalo, nos ofende el hecho de que los diarios y los noticieros hagan sensacionalismo destacando que el delincuente es mormón. Siempre que eso ocurre hacemos el comentario de que si el delincuente fuera miembro de cualquier otra Iglesia, ni se mencionaría su afiliación religiosa. Pero, ¿no es acaso esto, en sí mismo, indirectamente un elogio para nuestra gente como Iglesia? El mundo espera algo dife­rente y mejor de nosotros, y cuando alguno de nuestros miembros hace algo indebido, la prensa se ocupa rápida­mente de hacerlo destacar. En verdad, hemos llegado a ser una ciudad sobre la cumbre de un monte, una ciudad que todo el mundo puede ver. Si vamos a ser en verdad quienes el Señor quiere que seamos, tenemos que llegar a ser “… linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtu­des de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admi­rable” (1 Pedro 2:9).

Si seguimos las enseñanzas de los profetas, mientras el mundo sigue con sus tendencias actuales, nos convertire­mos poco a poco en un pueblo distinto y peculiar que el mundo no podrá menos que notar. Por ejemplo, a medida que la unidad de la familia se desintegra bajo las presiones mundanas, nuestra posición con respecto a la santidad de la familia llegará a ser más evidente y aún más peculiar, en contraste con el resto del mundo, si tenemos la fe de mantenernos en esa posición.

A medida que siga desarrollándose la actitud liberal y de promiscuidad con respecto al sexo, la doctrina de la Iglesia, predicada persistentemente por más de un siglo y medio, llegará a ser aún más peculiar, y hasta rara para muchos.

A medida que el consumo del alcohol y el uso de las drogas vayan aumentando anualmente bajo los estímulos de la sociedad y las incitaciones de la propaganda, nues­tra posición, establecida por el Señor hace más de un siglo, irá volviéndose más importante.

A medida que el día de reposo del Señor vaya convir­tiéndose cada vez más en un simple día de comercio y diversión, aquellos que obedezcan el precepto de la ley escrita por el dedo del Señor en el Sinaí, que se ha reforzado por la revelación moderna, seguirán siendo considerados más extraños y extraordinarios.

No siempre es fácil vivir enteramente aislados, ni dese­amos hacerlo, sino que debemos relacionarnos con los demás. Al hacerlo así, podemos ser benévolos, inofensivos. Podemos y debemos evitar la actitud de considerar­nos perfectos o sumamente justos; al mismo tiempo, podemos y debemos mantener nuestras normas. La ten­dencia natural es precisamente la de hacer lo contrario, y muchos han sido los que han sucumbido a las tentacio­nes del mundo.

En 1.856, cuando los miembros de la Iglesia se encontra­ban prácticamente solos en los valles del Oeste de los Estados Unidos, algunos de ellos pensaron que se encon­traban a salvo de las costumbres mundanas. A tal con­cepto, Heber C. Kimball, miembro de la Primera Presidencia, contestó diciendo: “Quisiera deciros, mis hermanos, que se aproximan tiempos en los cuales tendre­mos que mezclarnos con toda clase de personas en estos tranquilos valles, a tal punto que llegará a ser difícil distinguir entre un santo y un enemigo del pueblo de Dios. Guardaos de la gran separación, porque llegará el tiempo en que todos serán “cernidos’ y muchos serán los que caerán; porque os digo que se aproxima una prueba, una gran prueba se aproxima, ¿y quién estará en condiciones de soportarla?” (Orson F. Whitney, Life of Heber C. Kimball, Bookcraft, 1945, pág. 446.)

No conozco la naturaleza precisa de esa gran prueba, pero me siento inclinado a pensar que el tiempo ya ha llegado y que la misma consiste en nuestra capacidad de vivir de acuerdo con el evangelio en lugar de adoptar las formas de vida, las costumbres y los vicios del mundo.

No pregono que debamos retirarnos de la sociedad, sino que, por lo contrario, considero que tenemos una gran responsabilidad y un gran cometido: ocupar nues­tros puestos en el mundo de los negocios, la ciencia, los gobiernos, la medicina, la educación, así como en cual­quier otra especialidad y vocación digna y constructiva. Tenemos la obligación de capacitar tanto las manos como el intelecto en el trabajo del mundo, para la bendición de toda la humanidad. A fin de lograrlo, debemos trabajar con otros; pero eso no significa que por hacerlo tengamos que bajar la guardia y hacer abandono de nuestras nor­mas y principios.

Si seguimos los consejos y la guía de nuestros líderes, podemos mantener la integridad de nuestra familia. Al hacerlo, aquellos que nos rodeen nos observarán con respeto y se verán impulsados a averiguar por qué y cómo lo logramos.

Podemos oponernos a la marea de pornografía y lasci­via que nos está invadiendo y que destruye la fibra misma de las naciones. Podemos evitar ser partícipes del con­sumo de bebidas alcohólicas y drogas y ayudar a evitar la proliferación de su uso. Al hacerlo, encontraremos a otras personas que sienten y piensan igual que nosotros y con quienes podremos unirnos para presentar un frente común en nuestra lucha contra todo ello.

Podemos evitar hacer compras en el día domingo. Te­niendo a nuestra disposición seis días de la semana, no veo qué necesidad tenemos de comprar muebles los domingos. Nadie tiene la necesidad de comprar ropa los domingos y, con una cuidadosa administración de nuestro tiempo, podemos evitar también vernos obligados a hacer las compras de comida en el día del Señor.

Si observamos éstas así como las demás normas enseña­das por la Iglesia, muchas serán las personas que nos respetarán y encontrarán fortaleza para hacer lo que ellas mismas saben que deberían hacer, pero que son muy débiles para tomar una decisión definitiva al respecto.

Recordemos las palabras de Isaías: “Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y caminaremos por sus sendas” (Isaías 2:3).

No tenemos que comprometer nuestros principios con los demás; no debemos comprometerlos. La lámpara que el Señor ha encendido en esta dispensación puede llegar a ser una luz que alumbre todo el mundo, y otros, viendo nuestras buenas obras, serán guiados a glorificar a nues­tro Padre Celestial, emulando en sus propias vidas los ejemplos que habrán llegado a observar en nosotros.

Comenzando con vosotros y conmigo, puede haber todo un pueblo que, por virtud de nuestra vida en nuestros hogares, en el desempeño de nuestras profesiones, traba­jos y vocaciones, aun en nuestras diversiones, llegue a ser como una ciudad en la cima de una colina a la que los hombres puedan mirar e imitar, y un pendón a las nacio­nes del cual reciban fortaleza los pueblos de la tierra. □

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | 1 comentario