Ven, oye la voz del Señor

Publicado en revista Ensing, diciembre de 1985, pronunciado el viernes 10 de mayo de 1985, en Churchwide Fireside, uso de las escrituras.

Ven, oye la voz del Señor

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Se nos han dado las Sagradas Escrituras, aquellas maravillosas compilaciones de la palabra por un Dios de gracia divina que nos guía de nuevo a su presencia eterna. Estos volúmenes son de un valor infinito. Contienen «. . . la voluntad del Señor. . . la intención del Señor. . . la palabra del Señor. . . la voz del Señor, y el poder de Dios para salvación.» (Doctrinas y Convenios 68: 4)

De hecho, fue Pablo, quien dijo a su amado Timoteo: «Las escrituras sagradas. . . te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.» (2 Timoteo 3:15) En verdad, la salvación, el mayor de todos los dones, está a disposición de aquellos santos que viven la ley del Señor según consta en su santa palabra.

Pablo continúa:

«Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia.»

«A fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra.»  (2 Timoteo 3:16-17)

Otro pasaje maravilloso, uno lleno de sabiduría y discernimiento divino, ensalza las escrituras en estas poéticas palabras:

«La ley de Jehová es perfecta: convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel: hace sabio al sencillo.»

«Los preceptos de Jehová son rectos: alegran el corazón. El mandamiento de Jehová es puro: alumbra los ojos.»

«El temor de Jehová es limpio: permanece para siempre; los decretos de Jehová son verdaderos: todos justos.»

«Deseables son más que el oro, sí, más que mucho oro refinado; y dulces más que la miel, y que el destilar del panal.»

«Tu siervo es, además, amonestado por ellos; en guardarlos hay gran galardón.» (Salmo 19:7-11)

Como todos sabemos, la palabra revelada que ha llegado a nosotros en nuestro día se ajusta a la norma antigua. Como la ley del Señor, es perfecta; a través de él, los testimonios se reciben y las almas se convierten.

¡Cuán preciosa es la palabra divina, revelada de nuevo a los hombres modernos, para satisfacer las necesidades modernas, para guiarnos en todas las circunstancias, desconocidas para nuestros antepasados, y que ahora existen en los últimos días! ¡Qué grandes recompensas nos esperan si nos enteramos de lo que ha salido en nuestros días y si vivimos como él decretó! Veamos, entonces, consideramos nuestros volúmenes de los últimos días de la Escritura, primero, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, y la Perla de Gran Precio.

El Libro de Mormón

¿Qué es el Libro de Mormón? En muchos aspectos es el más maravilloso libro jamás preparado por manos proféticas. Llámelo Biblia si se quiere, porque va de la mano con la misma Biblia en el anuncio de la mente y la voluntad del Señor y en el anuncio del plan eterno de salvación.

Como todos los miembros de la Iglesia saben, el Libro de Mormón es una historia de los tratos de Dios con los antiguos habitantes de las Américas. Es la historia de los pueblos caídos. Algunos de ellos procedían de la Torre de Babel, cuando el Señor confundió las lenguas de todos los pueblos. Otros fueron dirigidos por una mano divina de su casa de Jerusalén a una tierra prometida, para que no fuesen llevados cautivos a Babilonia con el resto rebelde de la casa de Israel en los días de Nabucodonosor.

Estos dos grupos conocidos generalmente como jareditas y leítas, después que sus primeros líderes habitaron el hemisferio occidental durante miles de años. Tuvieron la plenitud del evangelio eterno, recibieron revelaciones, y vieron visiones, hospedaron ángeles, y escucharon las palabras de sus profetas que vieron al Señor, sabían de su bondad y gracia, y enseñaron de Cristo y la salvación que viene a través de su sangre expiatoria.

Al igual que con la Biblia en el Viejo Mundo, y el Libro de Mormón en el Nuevo Mundo. Grabaron las enseñanzas de los santos hombres de Dios que hablaron siendo inspirados por el poder del Espíritu Santo.

De este  modo,  el  Libro de Mormón es un volumen de escritura sagrada. Habla de Dios, de Cristo y del Evangelio. Registra los términos y condiciones en los que viene la salvación. Y lo hace todo con una sencillez, claridad y perfección que supera con creces a la Biblia.

La Biblia del Viejo Mundo ha llegado a nosotros de los manuscritos de la antigüedad que pasaron por las manos de hombres no inspirados que cambiaron muchas partes de acuerdo con sus propias ideas doctrinales. Las delaciones eran comunes, y, en su estado actual, muchas partes claras y preciosas y muchos convenios del Señor se han perdido. Como consecuencia, los que confían en él tropiezan y se confunden y dividen entre muchas iglesias, todas ellas basadas en tal o cual interpretación de la Biblia.

Por otra parte, la Biblia del Nuevo Mundo, como yo elegí designar al Libro de Mormón, se ha conservado para nosotros por una providencia divina que mantiene el antiguo récord en manos proféticas. Escrito por la inspiración en las placas de oro, que estaba escondido en la tierra de Cumorah, para venir en los tiempos modernos por el ministerio de ángeles para luego ser traducido por el don y el poder de Dios.

Después de la traducción, la voz de Dios, hablando del cielo a testigos elegidos de antemano por él, declaró dos cosas: que la traducción era correcta y que el libro era verdad. Para nosotros, por supuesto, la Biblia es verdadera  hasta  donde está correctamente traducida, pero no ponemos ninguna restricción sobre el Libro de Mormón. Pues ha llegado a nuestras manos como un libro perfecto, o casi perfecto, como las manos mortales pueden hacerlo. Es un libro divino, un libro como ningún otra jamás se ha escrita, traducido o publicado.

Al contar lo que ocurrió en una reunión de los líderes de la Iglesia en su día, Joseph Smith, quien bajo la dirección Dios se erige como el traductor de este libro sagrado, dijo: «Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.» (Enseñanzas del profeta José Smith, sel Joseph Fielding Smith, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1938, p. 107)

Ahora, ¿qué hay de nuestro estudio y el uso de un libro así? Ciertamente queremos leer y reflexionar sobre esta palabra divina con el fin de acercarnos al Señor, a fin de obtener un testimonios de la verdad y la divinidad de la gran obra de los últimos días del Señor, a fin de aprender las doctrinas de salvación, a fin de colocar nuestros pies firmemente en el estrecho y angosto camino que conduce a la vida eterna.

¿Ayudaría si nos guiamos en nuestro estudio del Libro de Mormón? En verdad que lo haría, y por lo tanto las ayudas que nos ofrece la edición recién publicada de este libro divino. Notemos algunos de ellos.

En primer lugar, el nombre del libro en sí. Ahora dice, «El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo.» Este cambio se realizó en la sabiduría de los Hermanos y con la aprobación del Espíritu Santo.

Su propósito en esta era atea, cuando muchos de los que se oponen a la verdad claman que los Santos de los Últimos Días no son cristianos, es enviar una señal de que Cristo es el centro de esta religión revelada que ha llegado a nosotros.

Al igual que el Nuevo Testamento, que ha llegado a nosotros desde el Viejo Mundo, proclamando la divinidad del Hijo de Dios, lo mismo ocurre con este testamento preservado en el Nuevo Mundo. De hecho, no estaría mal decir que hay un quinto evangelio: Mateo, Marcos, Lucas, Juan, y Tercer Nefi. Y el  testimonio es tan seguro como el testimonio  ferviente, y la doctrina como un sonido de la nueva palabra que viene del hemisferio occidental como la palabra antigua de Palestina.

En segundo lugar, hay una nueva introducción que establece de manera sucinta y con cuidado el propósito y la naturaleza de la obra y tiene el efecto de invitar a todos los hombres a leer y reflexionar sobre sus verdades. Seguir leyendo

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El misterio de la piedad

Devocional de la Universidad Brigham Young, el domingo 6 de enero 1985. Publicado en https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_mystery-godliness/.

El misterio de la piedad

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Me regocijo en el privilegio de presentar a los jóvenes algunos conceptos básicos acerca de la doctrina más profunda del Evangelio.

Es el primer principio de la religión revelada, la gran piedra angular sobre la cual todo lo demás descansa, la base para todas las doctrinas de salvación. Voy a hablar de lo que la palabra revelada llama el misterio de la piedad. Si nuestra visión es borrosa, donde esta doctrina y estos conceptos se refieren o, si a sabiendas o sin saberlo, hemos sido víctimas de algunas de las nociones sectarias falsas que abundan en referencia a ellos, nuestro progreso hacia la vida eterna será lento por cierto.

Comprender el Misterio de la Piedad

Un misterio, según el diccionario, es «algo más allá de la comprensión humana.» La definición de la palabra desde un punto de vista teológico, dice que un misterio es «un artículo de fe más allá de la comprensión humana, como la doctrina de la Trinidad.»

Si alguna vez hubo algo más allá de la comprensión humana, es la doctrina sectaria de la Trinidad.

Esta doctrina define a Dios y la divinidad como una esencia espiritual de tres-en-uno que llena la inmensidad del espacio; que enseña que son sin cuerpo, partes o pasiones; que aclama que él y que son desconocidos, incognoscible, y no creado, y específica, en los credos, que a menos que creamos todas estas cosas que no podemos ser salvos.

Es cierto que el hombre finito no puede comprender a su Creador Infinito en el pleno sentido de la palabra. No podemos decir cómo dioses comenzaron a ser o de donde vino la materia existente.

Pero estamos obligados a aprender todo lo que Dios ha revelado sobre sí mismo y su evangelio eterno. Si vamos a ganar la vida eterna, debemos llegar a conocer al Gran Dios y su Unigénito, a quien envió al mundo. Y este estado de prueba es el tiempo señalado para comenzar a conocer a Dios, y aprender sus leyes, y por lo tanto para iniciar el proceso de llegar a ser como él. Si no lo hacemos así nunca recibiremos la recompensa prometida.

Debido a que Dios se revela o permanecería por siempre como un desconocido, y porque las cosas de Dios son conocidas sólo por el poder del Espíritu, tal vez deberíamos redefinir un misterio. En el sentido del evangelio, un misterio es algo que está más allá de la  comprensión carnal.

Los santos están en condiciones de comprender todos los misterios, y entender toda la doctrina, y, finalmente, saber todas las cosas. Estos altos niveles de inteligencia se alcanzan sólo a través de la fe, obediencia y justicia. Una persona que se basa solo en el intelecto y que no guardan los mandamientos nunca podrá comprender los mundos sin fin, y el misterio de la piedad.

Probablemente hay más ignorancia y confusión sobre el misterio de la piedad de la que hay alrededor de cualquier otra doctrina. Como se expone en los tres credos de la cristiandad de Nicea, los Apóstoles y el de Atanasio, que Dios mismo dijo eran una abominación a su vista, y como se define en los artículos de religión de las diversas denominaciones, esta doctrina es una masa de confusión y una montaña de falsedad.

Incluso en la Iglesia, gracias a una falta de conocimiento y de la intelectualidad y la atracción mundana que se ajustan a las creencias generales de una cristiandad apóstata, están aquellos que han caído presa de muchas ilusiones falsas sobre la deidad. A modo de ilustración notemos algunos de los problemas.

¿Quién y Qué es Dios?

¿Hay un Dios? Si es así, ¿quién o qué es él? ¿Es él las leyes y fuerzas de la naturaleza? ¿O una imagen de barro o de oro? ¿O es Baal, el hijo resucitado de El a quien los cananeos ofrecieron sacrificios humanos? ¿Es Alá o Buda o la nada confuso y contradictorio que se describe en los credos de la cristiandad?

¿Existe tal cosa como la Trinidad en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres dioses, y, sin embargo, un dios, un dios que ni oye, ni habla, ni aparece, al igual que el adorado por los antiguos?

¿Es omnipotente, omnisciente y omnipresente, o son estas designaciones descriptivas parte de las leyendas del sectarismo Dios?

¿Hay tres dioses o uno? ¿Por qué dice Jesús que el Padre es más grande que él, y Pablo que Jesús es igual al Padre? ¿Por qué el gran énfasis escritural en proclamar que son tres dioses son uno, y que el Señor nuestro Dios es un Señor?

¿Lo del misterio del nacimiento de nuestro Señor? De hecho, ¿por qué Dios incluso tiene un hijo? ¿Es Jesús el Hijo del Hombre, o el Hijo de Dios, o hay alguna diferencia? ¿Era necesario tener un Salvador y Redentor, o es el Corán correcto en la enseñanza de que Dios no tenía necesidad de un hijo porque Allah no tiene más que hablar?

¿Por qué poder podría Jesús expiar los pecados del mundo, o levantarse de la tumba oscura de la muerte, o ascender físicamente al cielo? ¿Es realmente la expiación infinita y eterna, aplicable a todos los mundos y todas las cosas creadas?

¿Por qué un ángel dice a Juan: «Yo soy el Alfa y la Omega»?, y cuando Juan cae a sus pies para adorarlo, dijo: «. . . ¡Mira, no lo hagas!; yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos que tienen el testimonio de Jesús. ¡Adora a Dios!» (Apocalipsis 1: 8, 19:10)

¿Por qué dice Jesús: Yo soy el Hijo de Dios, y me dijo tal y tal a mi Unigénito, cuando en realidad el Unigénito es la descendencia, no del Hijo, sino el Padre?

¿Por qué dice Cristo: Yo soy el Padre y el Hijo y yo cree al hombre a mi propia imagen, cuando en realidad Cristo es el Hijo y no el Padre, y cuando el hombre fue creado, no por el Hijo, sino el Padre?

¿Qué relación tenemos con el Señor? ¿No adoramos al Padre, y sólo a él, o también adoramos al Hijo? ¿Hay que buscar alguna relación especial con Cristo?, o ¿El plan de la llamada salvación para nosotros es buscar el Espíritu y por lo tanto obtener una unidad con el Padre y el Hijo?

Todos estos son sino ejemplos de preguntas, preguntas que plantean algunas de las cuestiones relativas al misterio de la piedad.

Entender través del poder del Espíritu

Es nuestro amigo Pablo que nos dice:

«E  indiscutiblemente, grande es el misterio de la divinidad: Dios fue manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, visto por los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo y recibido arriba en gloria.» (1 Timoteo 3:16)

Estamos de acuerdo. Pero todas estas cosas están más allá de la comprensión carnal. Dios que mora en la carne ¿Cómo puede alguien entender tal pronunciamiento y no ser vivificado por el poder del Espíritu Santo?

La palabra revelada a José Smith anuncia que tormento sin fin no dura para siempre, y que la condenación eterna es de duración limitada. A pesar del claro significado de las palabras, la palabra divina es que el castigo eterno y castigo sin fin, de hecho, tienen un fin.

«Pues he aquí, el misterio de la divinidad, ¡cuán grande es!», dice el Señor, como él le da a estas palabras una definición bíblica especial. Como él dice, esto se hace para que los conceptos involucrados «a fin de que obre en el corazón de los hijos de los hombres, enteramente para la gloria de mi nombre.» (Doctrinas y Convenios 19: 6-12)

Como sucede con un misterio como Dios, que habito en la carne, o como castigo eterno que no tiene referencia a la duración, sino más bien al tipo de castigo, lo mismo ocurre con todo lo demás abrazado dentro de la designación del misterio de la piedad. Seguir leyendo

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Las promesas hechas a los padres

De estudios de las Escrituras Vol. 3: Génesis a 2 Samuel, ed Kent P. Jackson y Robert L. Millet, Salt Lake City, UT: Randall Book Co., 1985, páginas 47-62.

Las promesas hechas a los padres

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Si puedo tener la debida orientación del Espíritu, voy a tratar de ayudar a capturar una visión de cómo los templos del Señor, cómo estas santas casas del  Señor,  asumen una posición central en todo el plan de salvación. Expondré cómo todas las cosas para los vivos y para el muertos, ¿cómo todas las doctrinas y principios que hemos recibido, están unidos en un todo unificado en y a través de las ordenanzas realizadas en la Casa del Señor?

¿Qué es un templo? Es la casa del Señor; es un santuario sagrado. Esa palabra se utiliza en el Antiguo Testamento con referencia al templo (por ejemplo, 1 Crónicas 22:19; 2 Crónicas 30:8). El santuario es un lugar apartado del mundo, un lugar reservado para las cosas espirituales. Es dentro el templo que el velo se separa. Es en el templo que el velo se levanta, el velo entre esta vida y el siguiente reino de la existencia.

El velo es delgado; el templo es el lugar donde se unen el tiempo y la eternidad, se entrelazan las manos y se sientan las bases para la alegría eterna, la felicidad eterna en los reinos que están por venir.

Sabemos que Dios no hace acepción de personas, que se ocupa de cada individuo únicamente sobre la base de la rectitud personal. Él ha dado una promesa en las revelaciones que los dones espirituales fluirán a los fieles, incluso hasta el punto, la promesa así lo dispone, que todas las personas fieles verán el rostro del Señor (Doctrinas y Convenios 67:10; 93:1)

El templo es la casa del Señor, y si el Señor tiene ocasión de visitar cualquier parte de su reino, el lugar al que el vendrá será a su santuario, la casa que se ha dedicado a él, la casa que es de él. Hay veces, multitudes de ellas, cuando el Señor ha aparecido en otras circunstancias y en otros lugares, pero han sido en los períodos de la historia de la Tierra cuando las casas del Señor no han sido erigidas, dedicadas, y nombradas para su uso personal. En aquellos días se presentó en un bosque de árboles, como en el oeste de Nueva York (José Smith11-20), o en la cima de la montaña como como el monte Sinaí (Éxodo 3), o en el Monte de la Transfiguración (Mateo 17), o donde quiera. Sino cuando tiene una casa que es de él, como cuando se le apareció a José Smith y Oliver Cowdery en el Templo de Kirtland (Doctrinas y Convenios 110:1-10), que es el lugar al  que viene. Debido a que todos los fieles están en igualdad total y completa, porque todos reciben bendiciones como resultado de la justicia y no de la posición en la iglesia o alguna otra eminencia, todos los que tienen derecho podrán ver el rostro del Señor y recibirán esa bendición en la Casa del Señor (Doctrinas y Convenios 97:15-16). Declaro estas cosas para ayudar a ganar una perspectiva del valor espiritual de lo que está involucrado en una Casa del Señor.

El presidente Joseph Fielding Smith enseñó: «No importa a qué hemos sido llamados a hacer, o cuál es la posición que ocupamos, o cuan fielmente trabajemos en la Iglesia, ninguno está exento de esta gran obligación». Se refería a la obra del templo, particularmente por los muertos. «Se requiere de apóstoles, así como del más humilde élder. Ni el lugar, ni distinción o el largo servicio en la Iglesia, en el campo de la misión, las estacas de Sión, o de qué otra manera puede haber sido, no dará derecho a ignorar la salvación de los que están muerto. Algunos pueden sentir que si pagan sus diezmos, asisten a sus reuniones ordinarias y otras funciones, dan de sus bienes a los pobres, tal vez pasan uno, dos o más años predicando en el mundo, están absueltos del mayor deber. Pero el más grande y grandioso deber de todos es la obra por los muertos.»

Discutiré a los vivos y a los muertos. Tengo la esperanza de que, desde el punto de vista de la expresiones doctrinales que se hacen y el espíritu, tendrán el concepto fijado firmemente en nuestras mentes que el centro de todas las cosas es el templo: Es el centro, ya que son, el corazón y el centro de lo que hacemos como mortales para que trabajemos en nuestra salvación.

Supongamos que dibujamos un círculo grande o rueda y ponemos en el centro de la rueda un cubo. Entonces sacamos hacia fuera desde el centro hasta el borde del círculo los diferentes radios. Ahora tenemos por lo menos tres conceptos que pueden ser ilustrados con esto. Podemos dibujar un círculo y poner el cubo como la creación, la creación del mundo y de todas las cosas. Entonces estaríamos hablando de la obra de Dios, nuestro Padre Celestial. Estaríamos demostrando que todas las cosas calzan y vienen a causa de la creación. Esto es básico.

Podemos dibujar otro círculo y otro cubo y otros radios, y podemos identificar el centro del círculo como el sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo; de nuevo sería una ilustración perfecta. Se demostraría que la Expiación es el centro y el corazón y el núcleo de todas las cosas. Es el mismo principio que con la creación. Si no existiera la creación, no habría nada. Dios nuestro Padre es Dios en primer lugar, el Creador, de acuerdo con la revelación. Y Dios en segundo lugar, el Redentor, es Cristo el Señor, y el corazón y centro del evangelio es la redención, lo que pone en funcionamiento todos los términos y condiciones del plan del Padre.

Ahora podemos sacar una tercera carta, dibujar exactamente el mismo diagrama. Hacemos un círculo, y esta vez ponemos el templo del Señor en el centro.

Por lo tanto, nos referimos primero a la obra de Dios, nuestro Padre, que es la creación, y luego a la obra de Cristo el Señor, que es la redención. Sin ambos no existiría sería nada. Ahora, cuando dibujamos la gráfica, por tercera vez, nos referimos a la obra de los mortales, y lo que debemos hacer por nuestra propia salvación y por la salvación de todos nuestros hermanos y hermanas que creen y obedecen. Por lo tanto, es la obra de Dios Padre; es la obra de Cristo el Hijo; y es el trabajo de nosotros, sus hermanos y hermanas todos trabajando para llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. En cuando a nuestro trabajo se refiere, todo está centrado en el templo.

El trabajo para la vida y el trabajo por los muertos son uno; están vivos y muertos en la perspectiva eterna del Señor. Todas las cosas están presentes delante de su rostro, y es el mismo para él si una persona está en una habitación o en la habitación de al lado, si uno está en este la vida o en la próxima  vida. Las  mismas  vidas  eternas  se  aplican  a  todos  nosotros. Si vamos a labrar nuestra salvación y tenemos recompensa eterna con él eternamente en su reino, lo haremos por obediencia a las mismas leyes, no importa en cuál de los ámbitos vivimos.  Estas  cosas  ponen  una fundación. Es un concepto glorioso y maravilloso.

Ahora les pido que centren su atención conmigo en algunas cosas que están en las revelaciones. Algunos de ellas pueden no parecer a primera en dar directamente sobre lo que estamos aquí teniendo en cuenta, pero si somos guiados correctamente y guiados por el Espíritu y si todos atamos juntos éste paquete del que estamos hablando, vamos a ver que ellos llevan directamente y deliberadamente a lo que está involucrado. Algo de esto es muy básico; lo escuchamos eternamente en la Iglesia. No estoy seguro, sin embargo, no siempre que lo escuchamos con el énfasis adecuado y la claridad que debe asistir. Parte de ello va un poco más allá de lo básico de los principios fundamentales. Se trata de una exposición que no siempre se da; sin embargo, siempre se debe dar, en todas las reuniones apropiadas de la Iglesia.

Voy a empezar por tomar dos pasajes que son el mismo pasaje. En primer lugar, notemos cómo Malaquías registró el prometido regreso de Elías:

«He aquí, yo os envío a Elías el Profeta antes que venga el  día  de Jehová, grande y terrible.» (Malaquías 4:5)

Que, por supuesto, es la Segunda Venida. Esta escritura, para el mundo religioso de hoy en día, es tal vez uno de los más enigmáticos de todos los pasajes del Antiguo Testamento.

«Él (Elías) hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de   los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición.» (Malaquías 4:6)

Esa es la forma en que se lee en la versión Reina Valera, y la traducción es correcta. Pero lo que es más interesante es que Moroni no lo citó de esa manera, a pesar de que la traducción es correcta. Moroni hizo una mejorar reproducción. Todo lo que hace es establecer que hay más de una manera de redactar un pasaje, y que la versión de que las personas reciben depende de la  madurez  espiritual  que  poseen. El  Señor nos quería dar una versión mejorada. Así que cuando Moroni vino a José Smith en esa noche del 21 hasta 22 septiembre, 1823, citó esta manera:

«He aquí, yo os revelaré el sacerdocio, por conducto de Elías el Profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor.»

«Y él plantará en el corazón de los hijos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá hacia sus padres.»

«De no ser así, toda  la tierra sería totalmente asolada a su venida.» (Doctrinas y Convenios 2:1-3; José Smith-Historia 38-39)

El Profeta tradujo el Libro de Mormón varios años después y regresó a la lengua que se encuentra en la versión King James (3 Nefi 25:5-6). También citó este mismo pasaje de Doctrina y Convenios en 1842, y de nuevo regresó a la Versión king James, no a lo que Moroni había dicho (Doctrinas y Convenios 128:17)

Por lo tanto, tenemos dos versiones, ambas retratan con precisión y dan una doctrina del reino. Uno de ellos la da de una manera que pretende abrir los ojos a algo más allá, por encima de eso, digamos, la generalidad de la humanidad que no son tan espiritualmente dotado pero que tienen derecho a recibir. En esta interpretación que Moroni dio, hay dos cosas que nos conciernen. Una dice: «Yo os revelaré el sacerdocio, por  conducto  de Elías el Profeta.» ¿Qué significa: «Revelar a vosotros el sacerdocio?» Pedro, Santiago y Juan vinieron en mayo o junio de 1829 y le confirieron a José Smith y Oliver Cowdery el sacerdocio, el sacerdocio de Melquisedec. Le entregaron también las llaves del reino, las llaves de las dispensaciones, y el santo apostolado.

José Smith y Oliver Cowdery tuvieron todo desde ese punto de vista en 1829. Elías no llegó hasta el tercer día del mes de abril en 1836. Llegó aproximadamente siete años después de que el Profeta y su socio habían recibido el sacerdocio. Sin embargo, el Señor reveló por conducto de Elías el sacerdocio, Elías trajo las llaves del poder sellador, y el Señor de este modo reveló el uso total y completo del sacerdocio. Autorizó el sacerdocio para ser utilizado y unir en la tierra y para sellar  eternamente  en  los cielos. Lleva ambas llaves y sacerdocio. El sacerdocio es el poder y la autoridad. Las llaves son el derecho de presidir. Por lo tanto, una persona es bautizada, y el bautismo es vinculante en la tierra, y es sellado en el cielo porque Elías vino. Una persona que se casa en el templo, es un matrimonio que existirá por tiempo y eternidad, porque Elías vino y trajo el poder para sellar. Esas ordenanzas que se llevaron a cabo antes de su llegada eran en previsión de la misma y se hicieron vinculante y fueron ratificadas por el Señor en consecuencia. Elías trajo las llaves del poder para sellar.

La siguiente frase que nos ocupa dice:

«Él plantará en el corazón de los hijos de la promesas hechas a los padres»

Eso plantea inmediatamente la pregunta: ¿Quiénes son los niños, que son los padres, y cuáles son las promesas? Si somos capaces de captar una visión desde el punto de vista doctrinal que responde a estas preguntas —que son los padres, que son los niños, y cuáles fueron las promesas— podemos tener una comprensión del evangelio y una comprensión del plan de salvación ampliado infinitamente. Entonces vamos a tener una visión de todo el plan de salvación. Hasta que no lo hagamos, en realidad, nunca vamos a tener esa visión. Seguir leyendo

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Traducción de José Smith; la restauración doctrinal

Devocional de la Universidad Brigham Young, el sábado 3 de noviembre 1984. Publicado en https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_joseph-smith-translation-doctrinal-restoration/.

Traducción de José Smith; la Restauración doctrinal

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Puedo decir con toda sinceridad que me siento a la vez agradado y honrado de conocer y estar con el consejo de la enseñanza de la Iglesia.

Aquí en la Universidad Brigham Young hemos reunido a los maestros del Evangelio de renombre escolar y discernimiento espiritual. Es un privilegio ser los maestros modelo de la Iglesia; ser una influencia leudante para todos los otros que enseñan las palabras de vida eterna; ser luces y guías y modelos para todos los maestros en el reino terrenal.

Les recuerdo del alto estatus de los que enseñan el evangelio por el poder del Espíritu. Como Pablo lo expresó, «a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego milagros;  después  los  dones   de   sanidades;   ayudas, administraciones y diversidades de lenguas.» (1 Corintios 12:28).

Tengan en cuenta el orden de prioridad. Los verdaderos apóstoles de la Iglesia son en primer lugar; los que poseen las llaves del reino, reciben revelación para la Iglesia, y regulan todos sus asuntos en todo el mundo, ya que son guiados por el poder del Espíritu Santo. El presidente Spencer W. Kimball preside la Iglesia hoy en día porque es el apóstol mayor de Dios en la tierra.

Al lado de los apóstoles se destacan los profetas, cada profeta ministrando en su propio lugar y esfera. El don de profecía es el don del testimonio, porque, como el ángel le dijo a Juan, «el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía.» (Apocalipsis 19:10)

Y es este don de la profecía, este regalo del testimonio, este don de saber «por el Espíritu Santo. . . que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que fue crucificado por los pecados del mundo.» (Doctrinas y Convenios 46:13)

—este es el regalo de la revelación personal que es la base de la roca sobre la que se construye la Iglesia.

Sobre esta roca —la roca de la revelación personal—, el Señor construye su Iglesia. Sin ella no habría Iglesia, ningún reino de Dios en la tierra, no habría luz del evangelio en las almas de los hombres. Evidentemente, en la verdadera Iglesia, que es lo siguiente en importancia a los apóstoles, llaves y poderes.

Después de los apóstoles y profetas, vienen los maestros. Se espera que cada maestro pueda ser un profeta y conozca por sí mismo la verdad y la divinidad de la obra. De hecho, en el verdadero sentido, un maestro es mayor que un profeta, por que un maestro no sólo tiene el testimonio de Jesús mismo, sino que lleva el testimonio de la enseñanza del Evangelio.

¿Qué es la comisión divina del maestro? Se trata de «predicar la palabra de verdad por el Consolador, en el Espíritu de verdad.» Y si él enseña en «alguna otra manera» —por el poder de la inteligencia y no la fuerza del Espíritu—, a pesar de que sus palabras son verdaderas «no es de Dios.» (Doctrinas y Convenios 50: 17-18) Tal es el lenguaje de la revelación.

De ahí que en «la ley de la Iglesia» —Hablando como en los fuegos ardientes del Sinaí—: el Señor manda: «Los. . . maestros de esta iglesia [es obligatorio] enseñarán los principios de mi evangelio, que se encuentran en la Biblia y el Libro de Mormón, en el cual se halla la plenitud del Evangelio. . . Y. . . esto es lo que enseñarán, conforme el Espíritu los dirija.» (Doctrinas y Convenios 42:13)

Luego, con los fuegos del testimonio ardiendo en los corazones de los maestros y los truenos del Sinaí preparado para llevar su mensaje a los confines de la tierra, el Señor emite este decreto —llamada  la  ley del maestro, si se quiere— «Y se os dará el Espíritu por la oración de fe; y si no recibís el Espíritu, no enseñaréis.» (Doctrinas y Convenios 42:14)

Así dice el Señor: «Recibid mi Espíritu y sed iluminados con ello; si es menos que esto —Tú no enseñaras a mi evangelio.

«Y todo esto procuraréis hacer como yo he mandado en cuanto a vuestras enseñanzas, hasta que se reciba la plenitud de mis Escrituras.» En ese momento sólo tenían la imperfecta versión King James de la Biblia y el libro casi perfecto Libro de Mormón. Estas fueron sus únicas fuentes bíblicas para los principios del Evangelio.

Cuando la Traducción de José Smith de la Biblia se incluyó en esta revelación bajo la denominación «plenitud de mis Escrituras» —los maestros utilizaron las diversas revelaciones para enseñar lo que ahora se encuentra en la llamada Versión Inspirada.

«Y al elevar vuestras voces por medio del Consolador,» el Señor dice a sus maestros «hablaréis y profetizaréis conforme a lo que me parezca bien.» (Doctrinas y Convenios 42: 12-16)

Esto, entonces, es lo que se espera de nosotros como maestros. Hemos de enseñar el Evangelio restaurado, —las verdades restauradas, las doctrinas restauradas de la salvación. Y es de esta restauración doctrinal— el nuevo revelador de la gran reserva de la verdad eterna de que voy a hablar.

Pedro, el apóstol principal de Dios en la tierra en el meridiano de los tiempos, es la fuente de los mayores pronunciamientos que jamás se ha hecho acerca de la restauración de todas las cosas, la restauración, que estaba destinada a ocurrir en los últimos días. Él y Juan, en su oficio y en virtud de su propia fe, sanó a un hombre cojo desde el vientre de su madre.

Fue una ocasión dramática de gran renombre. Al lisiado que pedía limosnas se le ordenó en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levantarse y caminar. «al instante fueron afirmados sus pies y sus tobillos» Él se levantó; él caminó; saltó; alabó a Dios y se mostró a los del pueblo reunido en el templo. Ellos se sorprendieron; se maravillaban; y, atónitos, y concurrieron al pórtico que se llama de Salomón, donde Jesús había enseñado muchas veces, para ver y aprender lo que había sucedido gran cosa en Israel.

Pedro tuvo su congregación. Era como cuando su maestro había abierto los ojos del ciego de nacimiento a fin de obtener una congregación a la que podía declararse como el Buen Pastor, el Señor Jehová, el Mesías prometido que daría su vida por las ovejas.

El mensaje de Pedro fue que, a pesar de que habían «matado al Autor de la vida,» Dios le había resucitado de entre los muertos, y que él es el único «nombre bajo el cielo, dado a los hombres», en que podrían ser salvos.

Pero, debido a que sus manos gotearon con la sangre inocente del Hijo de Dios sin pecado, Pedro les extendió, una esperanza de salvación inmediata, y la merecida recompensa en un futuro día de juicio.

«Así que, arrepentíos y convertíos», dijo; es decir, crean en mi testimonio a pesar de que aún no están listos para el bautismo; y, si Dios quiere, tal vez «sean borrados vuestros pecados; para que vengan tiempos de refrigerio de la presencia del Señor.»

Esto es: Después de haber pagado el castigo por sus pecados, puede haber algo de esperanza para que en el día del milenio en que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca; pueda haber un poco de esperanza en aquel gran día refrescante y de regeneración, cuando habrá un nuevo cielo y una nueva tierra sobre la cual mora la justicia.

Es decir: Puede haber un poco de esperanza para usted cuando el Señor «envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado», cuando el Hijo del hombre venga en su gloria para gobernar entre los hijos de los hombres.

Y por este mismo Jesús, que vino una vez y fue rechazado, sepan esto: «que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempos antiguos.» (Hechos 3: 1-21)

En otras palabras: Cristo debe morar en el cielo, no puede habitar de nuevo en la tierra hasta la época de la restauración, la época que marca el comienzo de la jornada del milenio. Y en esa época de la restauración, conocido como los tiempos de la restauración, el Señor restaurará todo lo que ha sido dicho por todos los profetas de todas las épocas, desde Adán hasta ese día paradisíaco.

Esta palabra santa no dice que el Señor restaurará todas las cosas antes de la Segunda Venida; que todas las cosas serán restauradas en la era de la restauración, que la edad o período o época o tiempo comenzarán poco antes del regreso del Señor Jesús en toda la gloria del reino de su Padre.

Que esta era de la restauración continuará durante el Milenio se ve en estas palabras reveladas:

«Sí, en verdad te digo que el día en que el Señor venga, él revelará todas las cosas.»

«Cosas que han pasado y cosas ocultas que ningún hombre conoció; cosas de la tierra, mediante las cuales fue hecha, y su propósito y estado final.»

«Cosas sumamente preciosas; cosas que están arriba y cosas que están abajo; cosas que están dentro de la tierra y sobre la tierra y en el cielo.» (Doctrinas y Convenios 101:32-34)

Esta era de la restauración de la que Pablo habló en estas palabras: «En la dispensación del cumplimiento de los tiempos» Dios ha «de reunir todas las cosas en Cristo. . . tanto las que están en los cielos, como las que están en la tierra.» (Efesios 1:10)

¿Cuáles son todas las cosas que habló Dios por boca de sus santos profetas desde el principio del mundo? ¿Y cómo y de qué manera serán restaurados por el Señor?

Es evidente que en los tiempos de la restauración —que tuvo su comienzo en la primavera de 1820, cuando Elohim el Padre y el Hijo Jehová aparecieron personalmente en la Arboleda Sagrada, y continuará en la era del milenio, cuando el regreso de Cristo revelará todas las cosas— claramente en esta era de la restauración, el prometió dar de nuevo lo que se conocía y tenía antiguamente tendrá dos aspectos.

Por un lado el Señor restaurará todas las cosas, tanto temporal como espiritualmente, como eran antes. Todos los santos profetas, en un grado u otro, sabían de la restauración prometida. Todos los profetas sabían que Cristo vendría en el meridiano de tiempo para llevar a cabo la expiación infinita y eterna, y que iba a venir de nuevo a sus santos y reinaría personalmente entre ellos en una tierra renovada.

Sabemos de estas cosas y ellos las conocían. ¿Cómo podrían las personas tener las verdades de la salvación sin el conocimiento de la Expiación y sin un conocimiento de un eventual triunfo de la verdad?

Esta tierra volverá a su estado edénico. Como cantamos en uno de los himnos WW Phelps:

Esta tierra que una vez fue un lugar del jardín,
con todas sus glorias comunes,
Y los hombres lo hizo vivir una raza santa,
y la adoración a Jesús cara a cara,
en Adán-ondi-Ahman.

Y como nuestro décimo artículos de fe testifica: «Creemos. . . que la tierra será renovada y recibirá (de nuevo) su gloria paradisíaca.» En verdad, habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, una tierra milenaria, semejante a la edénica tierra sobre la cual mora la justicia.

En ese día, que es parte de la restauración de todas las cosas, el Señor «Mandará al mar profundo, y será arrojado hacia los países del norte, y las islas serán una sola tierra; y la tierra de Jerusalén y la de Sion volverán a su propio lugar, y la tierra será como en los días antes de ser dividida.» (Doctrinas y Convenios 133: 23-24)

En ese día de la ciudad de Enoc —y la ciudad de Sión, el modelo perfecto para la milenaria Sion— volverá.

Leemos que Enoc caminó con Dios, por encima del poder de Mammon, Mientras Sion extendió a sí misma en el extranjero, y los santos y los ángeles cantan en voz alta, en Adán-ondi-Ahman. Su tierra era buena y muy bendecida, Más allá de Canaán todo de Israel, Su fama era conocida de este a oeste, Su paz era genial, y puro el resto  de Adán-ondi-Ahman.

Y gracias a Dios, todo esto vendrá otra vez en esta época de renovación, de frescura, de la restauración.

Hosanna a tales días venideros,
Segunda venida, del Salvador
Cuando toda la tierra en flor gloriosa
Ofrece los Santos un hogar santo,
Igual que Adán-ondi-Ahman.
(Himnos , núm. 389)

En el día de la restauración se renovarán los cuerpos de los hombres, liberados de la enfermedad, y será semejante a lo que eran en los días primitivos. Cuando los hombres vivían durante casi mil años; Pronto comenzarán a vivir a la edad de un árbol.

En el día de la restauración de los dos reinos de Israel serán una sola. Como un pueblo unido que habitarán en los montes de Israel, en la tierra de Palestina. Ellos edificarán las ciudades antiguas y reclamar la tierra desperdiciada, la que procederá a florecer como la rosa como manantiales de agua brotando desde el desierto seco y árido.

En ese día de la restauración de la Iglesia terrenal y reino de Dios es que se ha de establecer entre los hombres. Apóstoles y profetas, el sacerdocio y poder y las llaves, de nuevo se usaran para la enseñanza y recorrer la tierra y testificar del Señor resucitado. Regalos y milagros como en épocas pasadas han de ser manifestados. Los ciegos verán, los sordos oían, y los espíritus de los hombres, después de haber salido de esta vida, serán llamados de nuevo a reanimar sus cuerpos que de otro modo se pudrirán en fosas cavadas por los hombres.

Todas estas cosas y otras diez mil están destinados a ser restaurada en esta gloriosa era de la restauración. Todo esto es o debe ser bien conocido entre nosotros. Pero esto es algo que subyace en todo esto; algo que es la piedra angular sobre la que se construye; algo sin lo cual ninguna de estas cosas gloriosas podría ocurrir; algo que nosotros damos por sentado.

Ese algo es la restauración doctrinal. Es la restauración de los principios del Evangelio. Es la restauración de las verdades de la salvación. Es la restauración de ese conocimiento sin el que los hombres no podían tener fe como los antiguos y así prepararse para recibir y ser participantes en los otros eventos restaurados de los que hablamos. Seguir leyendo

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La Biblia, un libro Sellado

Discurso pronunciado en el Simposio CES sobre el Nuevo Testamento, 17 de agosto 1984, Universidad Brigham Young. Publicado en La Enseñanza en Seminario, lecturas de preparación para el maestro, Religión 370, 471 y 475.

La Biblia, un libro Sellado

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Es un gusto y un honor estar aquí con ustedes y es mi oración que el Espíritu se derrame abundantemente sobre todos nosotros a medida que consideramos algunos asuntos que son de gran importancia en lo que concierne a nuestra labor como maestros.

Debo hablarles acerca del libro sellado, el cual contiene muchos de los misterios del reino. Estos son aspectos de gran valor para quienes enseñan el Evangelio. Mi tema específico es la Biblia, un libro sellado, pero mi método y la forma en que voy a discutir este tema no será igual a la forma en que lo discute la gente normalmente.

Hay muchas cosas que se deben decir y voy a hablar claramente, esperando poder edificar y no ofender. Estas palabras tan bien conocidas pueden aplicarse a lo que voy a decir:

A todo ser viviente de esta tierra tarde o temprano, la muerte llega. ¿Podría el hombre dar su vida mejor? Que luego de enfrentar peligro y dolor, Por honrar el nombre que de otro heredó, ¿Y sacrificarlo todo por su Dios? (Thomas Babington Macaulay, “Horatius,” líneas 219–224, en The Lays of Ancient Rome, 1842).

Sin embargo, hay una traducción más sencilla que creo que es coloquial o apócrifa o seudoepigráfica, y que dice más o menos así: Los insensatos entran deprisa a los lugares donde los ángeles tienen miedo de entrar. Eso es lo que pasa.

Isaías y Juan nos hablan de un libro que está sellado. La profecía de Isaías habla de llevar las palabras de la parte no sellada del libro a una persona de gran conocimiento, a alguien que se considera tiene gran poder intelectual, quien pidió que se le llevara el libro.

Habiéndosele dicho que dos tercios del libro estaban sellados, el gigante intelectual, experto en el conocimiento lingüístico del mundo, dijo: “No puedo leer un libro sellado” (José Smith—Historia 1:65). Esta profecía se cumplió cuando Martin Harris llevó algunos de los caracteres, copiados de las planchas del Libro de Mormón, al profesor Charles Anthon a la ciudad de Nueva York (véase Isaías 29; 2 Nefi 27; José Smith—Historia 1:63–65).

Juan el Revelador vio en las manos del Gran Dios un libro sellado con siete sellos,  “que  contiene”, como lo dice la revelación, “la voluntad, los misterios y las obras revelados de Dios; las cosas ocultas de su economía concernientes a esta tierra durante los siete mil años de su permanencia, o sea, su duración temporal.” (Doctrinas y Convenios 77:6), y cada sello cubre un período de mil años. Según Juan lo vio, nadie sino el Señor Jesús, “el León de la tribu de Judá, la raíz de David” (Apocalipsis 5:5), tiene el poder de abrir estos siete sellos.

Este mismo conocimiento contiene la parte sellada del Libro de Mormón. Hasta donde sabemos, los dos libros sellados son el mismo libro. De esto sí estamos muy seguros: Cuando se traduzca la parte sellada del Libro de Mormón durante el Milenio, contendrá el relato de la vida preterrenal; de la creación de todas las cosas, la Caída, la Expiación y la Segunda Venida; de las ordenanzas del templo en su plenitud; del ministerio y la misión de los seres trasladados; de la vida en el mundo de los espíritus, tanto en el paraíso como en el infierno; de los reinos de gloria que serán habitados por seres resucitados y de muchas cosas como éstas.

Por ahora, el mundo no está listo para recibir estas verdades. Por un lado, estas doctrinas adicionales destruirían completamente la teoría de la evolución orgánica como se enseña casi universalmente en las instituciones educativas. Por otro lado, estas doctrinas describirán un concepto y plazo de tiempo en cuanto a la creación de esta tierra, de todas las formas de vida y de todas las estrellas y constelaciones que es totalmente diferente de lo que suponen todas las teorías de los hombres. Y es triste, pero hay quienes, si se vieran forzados a tomar una decisión en este momento, elegirían a Darwin por encima de Dios.

Nuestro propósito al referirnos al libro sellado o a los libros de los que hablan Isaías y Juan es el de crear el marco para considerar el libro sellado (la Santa Biblia) que tenemos ahora en las manos. Así como sólo el Señor Jesucristo tiene poder para abrir los siete sellos en el libro de Juan, así también la llegada de la parte sellada del Libro de Mormón depende de nuestra fe y rectitud.

Cuando rompamos el velo de incredulidad que por ahora nos deja fuera de una perfecta comunión con los dioses y los ángeles, y cuando obtengamos una fe como la del hermano de Jared, entonces adquiriremos el mismo conocimiento que él recibió. Esto no ocurrirá sino hasta después que venga el Señor. (Éter 4)

El Libro de Mormón salió a luz y se tradujo por el don y el poder de Dios. No se incluyó a los hombres sabios con su erudición ni conocimiento. No lo sacaron a luz los gigantes intelectuales que recibieron capacitación en la sabiduría lingüística del mundo. Salió a luz mediante el poder del Espíritu Santo. El traductor dijo: “No soy instruido” (2 Nefi 27:19). El Señor contestó: “Los instruidos no. . . leerán” el registro de las planchas. (2 Nefi 27:20)

Aquí hay una gran clave. Se traduce el Libro de Mormón correctamente ya que un hombre poco instruido lo hizo por el don y el poder de Dios. Lo hizo en menos de sesenta días de traducción. La Biblia abunda en errores y en malas traducciones, a pesar del hecho de que los académicos y traductores de mayor conocimiento de todas las épocas trabajaron por muchos años en los manuscritos de la antigüedad para traerlos a la luz.

La clave para lograr un entendimiento del santo orden no se encuentra en la sabiduría de los hombres, ni en los pasillos enclaustrados, ni en los títulos académicos, ni en el conocimiento del griego o el hebreo (aunque de todos estos den como resultado aclaraciones intelectuales muy especiales) sino que las cosas de Dios se conocen y comprenden mediante el poder del Espíritu de Dios (1 Corintios 2). Así dice el Señor: “Llamo a lo débil del mundo, a aquellos que son indoctos y despreciados” para llevar a cabo mi obra. (Doctrinas y Convenios 35:13)

Como bien lo expresó Pablo:

“¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el polemista de este siglo? ¿Acaso no ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?”

“Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.”

“Pues mirad, hermanos, vuestro llamamiento, que no hay muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles.”

“Sino que lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte.” (1 Corintios 1:20, 25–27)

Naturalmente debemos aprender todo lo que podamos en todos los campos; debemos sentarnos con Pablo a los pies de Gamaliel, debemos obtener conocimiento de los reinos y países e idiomas (Doctrinas y Convenios 88:76–81). “Pero bueno es ser instruido”, Jacob nos dice, si hacemos “caso de los consejos de Dios.” (2 Nefi 9:29)

Pero sobre todas las cosas, más importante que todo esto junto, más importante que toda la sabiduría obtenida mediante el poder del intelecto, a través de los hombres sabios de todas las épocas, sobre todo esto está la necesidad de la guía del Espíritu al estudiar y al enseñar. La manera en la que el Libro de Mormón salió a luz, mediante el poder de Dios, que utilizó a un hombre poco instruido, establece el modelo para todos nosotros, para todas las obras en el reino. El Señor puede hacer Su obra a través de nosotros si se lo permitimos.

Bueno, me he formado una opinión cuidadosa y la creo firmemente, de que la Biblia, como la tenemos actualmente, es un libro sellado. No tiene el sello jaredita, que sólo puede ser quitado mediante la fe y la rectitud; la Biblia es para los hombres de nuestros días, para los justos y los malvados; y no está sellada con siete sellos sino con dos.

Daremos los nombres de éstos y cómo pueden ser quitados. La Biblia debe llegar a ser un libro abierto, un libro que todos los hombres de la tierra puedan leer, creer y comprender.

Pero primero debemos decir lo que la Biblia es y mostrar su relación con otros escritos inspirados para ganar la salvación. Todos sabemos que la Biblia es el más grande de todos los libros, que es un volumen de Escrituras sagradas que contiene la mente, la voluntad y la voz del Señor para todos los hombres de la tierra y que ha surtido el más grande efecto en la civilización del mundo, hasta este tiempo, que ningún otro libro que jamás se haya escrito.

No hay pueblo sobre la tierra que tenga a la Biblia en tan grande estima como nosotros. Creemos en ella, la leemos y escudriñamos lo que dice, nos regocijamos en las verdades que enseña y buscamos ajustar nuestras vidas de acuerdo a las normas divinas que en ella se proclaman. Pero no creemos, como lo hace el cristianismo evangélico, que la Biblia contiene todas las cosas necesarias para la salvación, ni creemos que Dios haya dejado de hablar a los hombres, ni de revelar, ni de hacer saber Su voluntad a Sus hijos.

Es más, sabemos que la Biblia contiene sólo una pequeña porción de todas las revelaciones que se han dado en épocas pasadas. Se han dado muchas más revelaciones que las que han sido preservadas para nosotros en la Biblia actual.

Contiene relativamente una pequeña parte de las verdades reveladas cuando se la compara a la gran cantidad de verdades reveladas que han recibido los hombres en épocas de mayor progreso espiritual que la nuestra. Incluso la pequeña porción de verdad que se ha preservado para nosotros en la Biblia actual no nos ha llegado en su expresión y perfección original. Un ángel le dijo a Nefi, en repetidas ocasiones, que la Biblia, que incluye tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento, contenía el conocimiento de la salvación cuando se escribió originalmente y que luego pasó por las manos “de una iglesia grande y abominable, que es la más abominable de todas las demás iglesias” (1 Nefi 13:26); que se quitaron muchas cosas claras y preciosas y muchos convenios del Señor; y a causa de estas cosas muchísimos tropezaron y no sabían en qué creer ni cómo actuar. (1 Nefi 13)

Sin embargo, con todo esto, no podemos evitar concluir que la Divina Providencia dirige todas las cosas como deben ser. Esto significa que la Biblia, como la conocemos ahora, contiene esa porción de la palabra de Dios que un mundo rebelde, malvado y apóstata tiene derecho y es capaz de recibir.

No dudamos tampoco que la Biblia, como está ahora constituida, se ha dado para probar la fe de los hombres. Prepara a los hombres para recibir el Libro de Mormón.

Aquellos que en verdad creen en la Biblia aceptarán el Libro de Mormón; aquellos que creen en el Libro de Mormón aceptarán Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio, y aquellos que sean así iluminados se esforzarán por vivir para que puedan recibir la mayor luz y conocimiento de aquellos libros sellados que todavía saldrán a la luz: aquellos libros, repito, que saldrán a la luz por medio de hombres poco instruidos que serán guiados por el Espíritu Santo.

Afortunadamente, se ha escrito la Biblia para que todos los hombres, sin importar cuán pequeña sea su dotación espiritual, puedan obtener verdades e instrucciones de ella, en tanto que quienes tengan el poder de discernimiento puedan aprender las cosas profundas y escondidas, reservadas sólo para los Santos. Seguir leyendo

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Un hombre llamado Juan

Publicado en El Sacerdocio en acción, relatos sobre el Sacerdocio Aarónico, Tomados de la revista New Era de mayo 1984, páginas, 59-62.

Un hombre llamado Juan

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Una o dos veces en un periodo de mil años a veces cada cien años, más o menos, siempre a intervalos irregulares, siempre cuando el propósito divino así lo requiere; Viene a la tierra un hombre de perfección casi divina. Abraham fue uno de ellos; Moisés fue otro. José Smith fue el designado para nuestros días.

Estos hombres extraordinarios gigantes espirituales que se contaban entre los “nobles y grandes” de la vida premortalsiempre se han destacado como los faros ante el mundo. La obra que ellos llevan a cabo cambia el curso de la historia, y su vida siempre ha estado llena de problemas y tribulación. Otro de esos hombres fue Juan el Bautista.

¿Qué sabemos sobre este personaje? Lo que se sabe con certeza es bastante para llenar un libro, y lo que se ha especulado sobre su persona es suficiente para llenar un segundo tomo. La vida, el ministerio y la muerte de Juan siguieron un curso trágico y desusado.

Su nacimiento fue predicho por los profetas de la antigüedad, quienes se refirieron a él diciendo que sería una voz que clama en el desierto preparando el camino para el Señor (Isaías 40:3). El propio Gabriel, un ángel que venía de la presencia de Dios, visitó a Zacarías para anunciarle que su esposa, Elisabet, ya entrada en años, daría a luz un hijo cuyo nombre debía ser Juan, y que presentaría al Mesías ante Israel. Zacarías dudó de la palabra de Gabriel y por ello quedó sordo y mudo hasta después del nacimiento, cuando le pusieron nombre al niño.

Juan dio testimonio de Jesús como ningún otro profeta. Testifico de Él aún antes de su propio nacimiento, cuando todavía estaba en el vientre de su madre, cumpliéndose así esta promesa de Gabriel:

“. . . Será lleno del Espíritu Santo, aún desde el vientre de su madre” (Lucas 1:15)

Unos treinta años después, mientras Juan bautizaba en Bétabara, Jesús fue a donde él estaba. Al verlo, Juan testificó:

“. . . ¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29)

Y no dudamos que, después de languidecer cerca de un año en los repugnantes calabozos donde lo mantenían encarcelado y antes de ser asesinado por mandato del malvado Herodes Antipas, hubiera vuelto a testificar lo mismo.

Sabemos de la intrepidez de Juan para denunciar el pecado, que llegó al punto de acusar al rey Herodes de incesto y adulterio. Sabemos también que Jesús mandó ángeles para que lo confortaran en la prisión y que Él mismo dijo que entre los nacidos de mujeres, no había mayor profeta que Juan el Bautista (Lucas 7:28)

No obstante, la acción principal de su vida, la que sobresale entre todo lo demás, es que bautizó al Hijo de Dios. Siendo sacerdote del orden Levítico o Aarónico, Juan llamaba a las personas al arrepentimiento y los bautizaba para la remisión de sus pecados. Había elegido Betábara, sobre el río Jordán, para llevar a cabo los bautismos, y multitudes iban a escucharlo y recibir de sus manos el bautismo.

Su prédica y bautismos tenían por objeto preparar a la gente para la venida del Señor. “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento,” enseñaba, “pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11)

Cuando llegó Jesús, que venía de Galilea hacia el Jordán, cerca de Jerusalén, le pidió que lo bautizara. Con admiración, sobrecogido por el hecho de que el mismo Hijo de Dios fuera a recibir el bautismo de sus manos, pero al mismo tiempo sabiendo de antemano que así sería, Juan le dijo:

“. . . Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Jesús le respondió:  “.  .  .  Permítelo  ahora,  porque  así nos  conviene cumplir toda justicia.” (Mateo 3:14-15)

Juan accedió a los deseos de su primo y, solemnemente, con dignidad y con el poder y autoridad del Sacerdocio de Aarón autoridad que los levitas habían empleado a lo largo de los siglos para bautizarsumergió al Señor Jesús en las aguas turbias del Jordán.

Entonces ocurrió el milagro: Los cielos se abrieron y Juan vio al Espíritu Santo que descendía serenamente, como una paloma, para morar con el Cordero de Dios para siempre (Mateo 3:16). Esta es una ocasión, de dos posibles en toda la historia, de que tengamos registro, en la cual un hombre mortal vio a la persona del Espíritu Santo. Y todavía había de suceder algo más. Una voz habló, una voz desde los cielos, la voz del Padre de todos nosotros, y dijo con gloriosa majestad:

“. . . Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.” (Mateo 3:17)

En breve, ésta es la historia bíblica de Juan. Todas las historias de las Escrituras tienen su moraleja, su enseñanza, su doctrina, algo que guíe y ayude a aquellos que las lean y mediten sobre sus profundos y maravillosos conceptos. Nefi expreso de la siguiente forma lo que debemos aprender del bautismo de Jesús:

“Ahora, sí el Cordero de Dios, que es santo” —e indudablemente, Cristo no tenía pecado— tiene necesidad de ser bautizado por agua para cumplir con toda justicia, ¡cuánto mayor es, entonces, la necesidad que tenemos nosotros, siendo impuros,” — ¿y quién de nosotros no ha pecado?— “de ser bautizados, sí, por agua!” (2 Nefi 31:5)

Cristo no fue bautizado para la remisión de pecados, porque Él no había cometido ninguno. No obstante, como lo explica Nefi, recibió el bautismo por las siguientes razones:

  1. como demostración de humildad ante el Padre;
  2. como convenio de que obedecería los mandamientos;
  3. como preliminar para recibir el don del Espíritu Santo;
  4. para entrar al reino de Dios, pues nadie, ni siquiera el Hijo de Dios, puede entrar en él sin el bautismo; y
  5. como modelo y ejemplo para todos los seres humanos, para poder decir: “Sígueme tú. . . A quien se bautizare en mi nombre, el Padre dará el Espíritu Santo, como a mí; por tanto, seguidme y haced las cosas que me habéis visto hacer” (2 Nefi 31:5-12)

Y en conclusión, para nosotros, los que vivimos en estos últimos días, quizás el hecho más extraordinario de la vida de Juan sea que visitó a José Smith y a Oliver Cowdery el 15 de mayo de 1829, en su gloria de ser resucitado, y les dijo:

“Sobre  vosotros,  mis  consiervos,  en  el   nombre   del   Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón, el  cual  tiene  las  llaves  del  ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este sacerdocio nunca más será quitado de la tierra, hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en rectitud.” (Doctrinas y Convenios 13)

Alabado sea el Señor por la obra y el ministerio de un hombre llamado Juan.

 

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Deja que las palabras vayan fuerte

El viernes 6 de abril de 1984, en el Seminario para Representantes Regionales. Publicado en Revista Ensing, febrero de 1985, páginas, 72-75.

Deja que las palabras vayan fuerte

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Mi tarea es discutir algunos principios doctrinales que son de tal importancia infinita, y están tan entrelazados con nuestra lucha por ganar la salvación, que no tengo forma de acuñar las frases o encuadrar las frases para atribuir a ellas la dignidad y la divinidad que se merecen.

No creo que los mismos ángeles de Dios en el cielo, que tienen el privilegio de ver a Dios mismo, tengan un lenguaje que puede exagerar la importancia de estos asuntos que han llegado a nosotros por revelación.

Mi oración llena de fe es que a medida que reitero estas eternas verdades conocidas por todos nosotros, pueda hablar por el poder del Espíritu Santo, y que sus corazones estén abiertos para que el mismo Espíritu Santo renueve en sus almas la veracidad y la magnitud de aquellos asuntos que ahora tenemos el privilegio de tener en cuenta.

Voy a hablar de la obligación que el Señor ha puesto sobre nosotros como su pueblo de predicar el evangelio que nos ha dado a toda criatura sobre la faz de la tierra.

Detrás de esta comisión divina están ciertas verdades eternas. El principal de ellos son los siguientes:

En primer lugar, que la salvación está en Cristo y se manifiesta a los hombres a través de su santo evangelio, el cual Evangelio lo proclama como el Hijo de Dios, que expió los pecados de los hombres y los rescató de la muerte temporal y espiritual traídos al mundo por la caída de Adán.

En segundo lugar, que el Señor ha restaurado en estos últimos días la plenitud de su evangelio eterno a través de José Smith, con lo que el conocimiento de Dios y de Cristo y de la salvación están disponible de nuevo para los hombres en la tierra.

En tercer lugar, que él ha puesto en marcha, por última vez, su iglesia y reino, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que administra el evangelio y por lo tanto hace que la salvación este disponible, repito, a todos los hombres, a los de toda nación, tribu, lengua y pueblo. Debido a que el evangelio es lo más importante en este o en cualquier mundo, porque sólo nosotros tenemos este poder de Dios para salvación, y porque es para todos los hombres, el Señor nos ha mandado a ir adelante «en solemnidad y en el espíritu de oración, en dar testimonio a todo el mundo  de  las  cosas  que  os  son  comunicadas.»  (Doctrinas  y Convenios 84:61)

Su palabra, no a las de un antiguo días, pero para nosotros, es: «Id, pues, por todo el mundo;. . . para que de vosotros salga el testimonio a todo el mundo y a toda criatura.“(Doctrinas y Convenios 84:62.)

Por su propia boca nos ha prometido:

«. . . Toda alma que crea en vuestras palabras y se bautice en el agua para la remisión de los pecados, recibirá el Espíritu Santo.» (Doctrinas y Convenios 84:64)

Además de su propia boca escuchamos esta asombrosa verdad:

«En verdad, en verdad os digo, que aquellos que no crean en vuestras palabras, ni se bauticen en el agua en mi nombre para la remisión de sus pecados, a fin de recibir el Espíritu Santo, serán condenados y no entrarán en el reino de mi Padre, donde mi Padre y yo estamos.»

«Y esta revelación y mandamiento dado a vosotros está en vigor desde esta misma hora en todo el mundo; y el evangelio es para todos los que no lo han recibido.»  (Doctrinas y Convenios 84:74-75)

¿De qué fuente recibirá el mundo el evangelio? ¿De qué fuente beberán para recibir esa agua que quita la sed eterna? Estas palabras contienen la respuesta del Señor:

«. . . De cierto os digo a todos aquellos a quienes se ha dado el reino: Es preciso que de vosotros les sea predicado a  ellos.» (Doctrinas  y Convenios 84:76)

¿Quién llevará el mensaje de salvación al mundo? ¿Quién es responsable de hacer la obra misional? ¿La voz que oyen nuestros niños, es la de nuestro Padre, invitándolos a mantener todo principio que ahora poseen, para que reciban la luz y el conocimiento que ha venido por la apertura de los cielos en nuestros días?

La respuesta del Señor es: «Todos aquellos a los que se le ha dado el reino.» Esto no es un trabajo reservado a los apóstoles y profetas solamente. No se limita a los setenta y los llamados a misiones.

La genialidad del sistema enviado del cielo es que involucra a todos los santos. Será llevado por todos nosotros, más aún por los conversos, y por nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, para elevar la voz de alerta en los oídos de todos ellos.

Pero la gran cruzada de la justicia ha comenzado. Hemos comenzado a reunir a los elegidos desde los cuatro extremos de la tierra en las estacas de Sión, donde, como pueblo, estarán preparados para la segunda venida del Hijo del Hombre. El trabajo está en marcha, y porque es la obra del Señor, no fallará.

Ha llamado a la carga y no retrocederá.
A los hombres que lo siguen Jesucristo probará.
¡Oh, sé presta, pues, mi alma a seguirle donde va!
Pues Dios avanza ya.
(Himno de Batalla de la República.)

La manera en que cada uno de nosotros ofrece las bendiciones del evangelio de nuestro Padre a otros se convierte en un factor importante en la elaboración de nuestra propia salvación. Y esto nos lleva al convenio del bautismo. Seguir leyendo

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¿Qué pensáis de la salvación por gracia?

Devocional de la Universidad Brigham Young, el martes 10 de enero 1984

¿Qué pensáis de la salvación por gracia?

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Creo que voy a tomar como texto lo que acabamos cantamos:

¡Gloria a Dios en las alturas
Deje respuesta en el cielo y en la tierra;
!Alabad su nombre
Su amor y adorar la gracia, quién todos nuestros dolores calibra;
voz alta cada vez más,
!Digno Cordero
[James Allen, «Gloria a Dios en las alturas,» Himnos no.44]

Me pregunto cuántos de nosotros somos conscientes de uno de los más grandes fenómenos religiosos de estos siglos, uno que ahora está barriendo al cristianismo protestante, algo que nunca ha sucedido en toda la era cristiana.

Somos testigos silenciosos de casi todo el mundo religioso, el que tuvo su nacimiento en la mente de unos pocos grandes reformadores religiosos, hace casi 500 años y que ahora está recibiendo un nuevo nacimiento de libertad e influencia.

¿Puedo divorciarme por un momento de la corriente principal del actual cristianismo evangélico, nadar contra la corriente por así decirlo, y dar a luz alguna expresión más simple y supuestamente maravilloso medio de salvarse con muy leve esfuerzo?

La herejía original

Antes de la reducción a cero en esta manía religiosa que ahora ha tomado posesión de millones de personas devotas, pero engañados, y como un medio de mantener todas las cosas en perspectiva, permítanme primero identificar la herejía original que hizo más que cualquier otra cosa para destruir el cristianismo primitivo.

Esta primera y principal herejía de un ahora caído  cristianismo decadente —y realmente es el padre de todas las herejías— extendió por todas las congregaciones de los verdaderos creyentes en los primeros siglos de la era cristiana; que pertenecía entonces y ahora pertenece a la naturaleza y la clase de ser que es Dios.

Era la doctrina, adaptada del gnosticismo, que cambió el cristianismo de la religión en la que los hombres adoraban a un Dios personal, a cuya imagen el hombre es, en la religión, en la que los hombres adoraban a una esencia espíritu llamado la Trinidad. Este nuevo a Dios, ya no es un Padre personal, ya no es un personaje de tabernáculo, se convirtió en una esencia incomprensible tres-en-uno espíritu que llena la inmensidad del espacio.

La adopción de esta falsa doctrina sobre Dios destruyó efectivamente la verdadera adoración entre los hombres y marcó el comienzo de la era de la apostasía universal. La iglesia dominante que luego se convirtió en un poder político, el poder autocrático sobre reinos e imperios, así como sobre sus propias congregaciones. La salvación, como entonces se suponía, era administrada por la Iglesia a través de los siete sacramentos.

La segunda herejía más grande

Casi un milenio y medio más tarde, durante el siglo XVI, como la Reforma surgió del Renacimiento, como un medio de romper el dominio de la iglesia dominante, los grandes reformadores cristianos encendieron un nuevo fuego doctrinal. Ese fuego, quema violentamente sobre las praderas secas y áridas de la autocracia religiosa, es lo que realmente preparó el camino para la restauración del evangelio en los tiempos modernos.

Fue la doctrina de fuego —la de quema, el flamear del fuego— que se convirtió en la segunda mayor herejía de la cristiandad, porque destruyó efectivamente la eficacia y el poder de la expiación del Señor Jesucristo, por quien viene la salvación.

La primera gran herejía, barrió como un fuego la pradera a través de las ramas que luchaban en un cristianismo naciente, destruyó el culto del verdadero Dios. Y el segundo, una originaria herejía en los mismos tribunales de las tinieblas, destruyó esa misma expiación del Hijo único de Dios.

Esta segunda herejía —y es la ilusión y la manía que prevalece hasta nuestros días en el gran cuerpo del protestantismo evangélico— es la doctrina de que somos justificados por la sola fe, sin las obras de la ley. Es la doctrina de que somos salvos por gracia, sin obras. Es la doctrina que podemos nacer de nuevo, simplemente al confesar al Señor Jesús con nuestros labios mientras continuamos viviendo en nuestros pecados.

Todos hemos escuchado los sermones de los grandes renovadores y profetas autoproclamados de los diversos ministerios de radio y televisión. Cualesquiera que sean los sujetos de sus sermones, siempre terminan con una invitación y una súplica para que la gente vaya hacia adelante y confiesen al Señor Jesús y puedan recibir el poder limpiador de la sangre.

Las emisiones de televisión de estos sermones siempre muestran estadios o coliseos llenos de gente, decenas y centenares y miles de los que van adelante para hacer sus confesiones, para convertirse en cristianos nacidos de nuevo, para ser guardado con todo lo que supone que esto incluye.

Mientras conducía por una carretera en mi coche, estaba escuchando el sermón de radio de uno de estos evangelistas que predicaba la salvación solo por la gracia. Dijo que lo único que tenía que hacer para ser salvo era creer en Cristo y llevar a cabo un acto afirmativo de confesión.

Entre otras cosas, dijo: «Si usted está viajando en un coche, simplemente toque con su mano la radio del coche, y haga contacto conmigo, y luego diga:» Señor Jesús, yo creo «, y serás salvo. »

Por desgracia, yo no acepté su generosa invitación para ganar la salvación instantánea; y así que supongo que mi oportunidad se perdió para siempre. Unido con este concepto está la doctrina de que los elegidos de Dios están predestinados para ser salvo, independientemente de cualquier acto de su parte, que, como supongo, es parte de la razón de un ministro luterano me dijo una vez: «Me salvé hace dos mil años, y no hay nada que pueda hacer al respecto de un modo u otro «, lo que significa que él pensó que él fue salvado por la sangre de Cristo derramada en el Calvario, sin ningún tipo de obras o esfuerzo de su parte.

El ejemplo de Martin Luther

He aquí un relato de cómo el propio Martin Lutero llegó a creer en la doctrina de la justificación por la fe; es un ejemplo perfecto de por qué esta doctrina tiene un gran atractivo.

Un biógrafo nos dice: Lutero «era mucho más preocupado por su salvación personal y dado a las reflexiones pesimistas sobre su condición pecaminosa», tanto es así que también «cayó gravemente enfermo, y fue presa de un ataque de desesperación.»:

Nadie le superó en la oración, el ayuno, vigilias de la noche, la auto- mortificación. El era. . . un modelo de santidad. Pero. . . no encontró paz y descanso en todos sus ejercicios de piedad. . . Vio el pecado en  todas partes. . . No podía confiar en Dios como un Padre reconciliado, como un Dios de amor y misericordia, pero temblaba delante de él, como un Dios de ira, de fuego consumidor. . . Fue el pecado como un poder omnipresente y el principio de que adolece, el pecado como la corrupción de la naturaleza, el pecado como un alejamiento de Dios y la hostilidad a Dios que pesaba sobre su mente como un íncubo y lo llevó al borde de la desesperación.

Si bien en este estado, él ganó la convicción de que el pecador es justificado por la fe sola, sin las obras de la ley. . . Esta experiencia se comportaba como una nueva revelación sobre Lutero. Se arrojó luz sobre toda la Biblia y lo hizo a él un libro de la vida y el confort. Se sintió aliviado de la terrible carga de culpa por un acto de la libre gracia. Él fue llevado fuera de la prisión oscura de la penitencia auto-infligida a la luz del día y el aire fresco del amor redentor de Dios. La justificación rompió las cadenas de la esclavitud legalista, y lo llenó de la alegría y la paz del estado de adopción; que le abrió las puertas del cielo. [Philip Schaff, Historia de la Iglesia Cristiana,  vol. 7, pp. 111, 116-17, 122-24]

Así lo afirma el biógrafo de Lutero. Debe quedar perfectamente claro para todos nosotros que la ruptura de Lutero con el catolicismo era parte del programa divino; llegó como Elías a preparar el camino para la Restauración. Pero esto no significa en ningún sentido poner un sello de aprobación divina en la doctrina que él ideó para justificar la ruptura en su propia mente.

Ejemplo de un día moderno

Recibí una carta de un ex misionero a quien llamaré Élder Carnalus Luciferno, porque nadie en su sano juicio podría tener un nombre así.

En su carta me habló de su propia conversión, de su servicio como líder de zona en el campo misional, de sus muchos conversos. Pero después de regresar a casa, como él lo expresó, «volví a mis viejas costumbres gentiles.»

Tras el cese de este modo de ser un verdadero santo, y convertirse en un verdadero gentil, conoció a algunos representantes de otra iglesia que le enseñó que somos salvos por gracia, sin obras, simplemente por creer en el Señor Jesús.

Entonces él se salvó, y su carta, que envió a mucha gente, era una invitación a estos otros a creer en Cristo y ser salvo como él fue salvado. Más tarde le dije a su presidente de misión, «Háblame de Elder Carnalus Luciferno.»

«Oh,» dijo, «Elder Carnalus Luciferno fue un buen misionero que hizo muchos conversos. Pero desde su regreso a casa, ha sido excomulgado».

«Oh», le dije. «¿Cuál era su problema?»

El presidente de misión respondió: «Antes de unirse a la Iglesia, él era homosexual, y entendí que desde su liberación, ha vuelto a las andadas».

El estrecho y angosto camino

Ahora, vamos a razonar juntos en este asunto de ser salvado sin la necesidad de hacer las obras de justicia. ¿Te has preguntado por qué nuestros misioneros converten a uno de cada ciudad y dos de una familia, mientras que los predicadores de esta doctrina de la salvación por gracia ganan millones de conversos?

¿Le parece extraño que nos desgastemos nuestras vidas en traer un alma a Cristo, para que podamos tener gozo con ella en el reino del Padre, mientras que nuestros colegas evangelistas no pueden ni siquiera contar a sus conversos por su número tan grande?

¿Por qué son los que vienen a escuchar el mensaje de la Restauración se cuentan por cientos  y miles de personas, más que por cientos de miles?

Puedo sugerir que la diferencia entre la forma estrecha y angosta, que pocos encuentran, y el camino ancho, » que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella» (Mateo 7: 13-14). Seguir leyendo

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La prueba de la mortalidad

Discurso pronunciado en la Universidad de Utah, el 10 de enero., 1982. Publicado en http://www.ldslastdays.com/default.aspx?page=talk_probation.htm.

La prueba de la mortalidad

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Estoy muy contento y honrado de tener esta oportunidad de conocer y adorar con ustedes en esta ocasión especial. Antes, el presidente Swinton me comento al teléfono que tal vez me gustaría decir algunas cosas esta noche de las que había dicho recientemente en la Universidad Brigham Young. He estado pensando en eso desde entonces y he llegado a la conclusión de que los estudiantes aquí no tienen que arrepientan de las cosa que los estudiantes de la Universidad Brigham Young. Creo que no voy a decir nada más sobre esa línea. Espero mucho que yo pueda ser guiado por el poder del Espíritu para decir lo que debo decir esta noche

En cualquier ocasión en la que hablan de la Iglesia se ponen en sintonía con el Espíritu Santo, terminan diciendo lo que el Señor quiere que digan. Otra forma de expresar esto es que terminan diciendo lo que el Señor diría si él personalmente estuviera presente. En un sentido muy literal y real, somos los agentes y representantes del Señor. No tenemos ningún mensaje de los nuestros. No hay nada que, como individuo, podamos concebir que ennoblecer, exaltar o, sobre todo, salvar a otra persona.

Todas las cosas que son buenas y edificantes y que han de salvar la virtud y el resto de energía en el Señor. Él nos ha dado, como sus siervos, algo que se llama el don del Espíritu Santo, y que nos da derecho a la compañía constante de ese miembro de la Trinidad si somos fieles y verídicos. En cualquier ocasión que nos las arreglamos para ponernos en sintonía con el Espíritu, decimos lo que debe ser dicho en esa ocasión en particular. Entonces, todo aquel que oye, que está en sintonía con el mismo Espíritu, es receptivo y cree y entiende las expresiones que son dichas.

Nuestras revelaciones dicen que cuando existe esa situación donde el orador habla por el poder del Espíritu, y los oyentes escuchan por el mismo poder, los resultados de adoración son perfectos. Ahora, espero que eso sea lo que podemos tener aquí esta noche en este entorno muy agradable y saludable, donde nos unimos.

La gran prueba de todo el mundo

Pensé, si soy guiado adecuadamente, me gustaría hablar con ustedes acerca de una gran prueba de la que cada uno de nosotros está obligado a tener. Supongo que durante nuestros días de estudiante estamos al tanto de los procesos de prueba. Hacemos un montón de estudio y preparación para que podamos pasar esta prueba, o que —ya sea oral, una prueba por escrito, o lo que sea— para un grado. Vamos a centrar nuestra atención esta noche en la mayor prueba de que alguna vez fueron llamados los individuos a tomar en toda la eternidad. Esa prueba va a venir o no va venir, a toda alma viviente nacido en el mundo, y es la prueba de la mortalidad. Estamos inmersos en una vida mortal en este momento. Estamos viviendo en un período que se ha definido proféticamente como un período de prueba —que es el lenguaje que se aplica a la situación y la condición del hombre desde la Caída.

Ahora, lo que me gustaría hacer, si se me permite, con la ayuda y apoyo de sus oraciones, es dar una visión general de lo que está involucrado en el plan de salvación. Si podemos tener esa visión amplia y tenemos nuestras mentes centradas en lo que el Señor ha hecho y está en el proceso de hacer de todos sus hijos, entonces podemos estar en posición de saber lo que tenemos que hacer en todos los campos de la actividad con el fin de pasar esta prueba.

Tres grandes verdades

Permítanme sugerir algunos grandes conceptos o verdades que tendrán el efecto de dar esta visión general del plan de la salvación eterna. Una forma de abordar el tema sería decir que hay tres eventos grandes y eternos que tienen preeminencia sobre y reemplazan todos los demás en importancia de eternidad en eternidad. En todas las eternidades que han sido o serán —en lo que a nosotros  respecta—  hay  tres  cosas  que  se  interponen preeminente. Sabemos un poco acerca de cada uno de ellos. No sabemos mucho acerca de cualquiera de ellos, pero sí sabemos lo suficiente para que podamos ver la relación que tienen entre sí y el efecto que deben tener sobre nosotros como individuos. Estos tres eventos son la Creación, la Caída, la Expiación. No hay eventos que jamás se hayan producido en toda la eternidad, ni nunca será, tan importante para nosotros como  individuos como la Creación, la Caída y la Expiación, y la Creación, la Caída y la Expiación se envuelven en un solo paquete para formar lo que se llama el Plan de Salvación.

La creación

Vamos a comenzar nuestra consideración aquí esta noche con sólo volver a lo básico y declarando algunas cosas que todos nosotros, espero, sabemos y somos conscientes, se manifiestan en relación con otros eventos con los que están conectados para que podamos obtener una visión integral de lo que está involucrado en el gran y eterno plan de salvación.

Obviamente, empezamos con el hecho de que somos los hijos de Dios. Comenzamos con el hecho de que Dios, nuestro Padre Celestial, es un Ser glorificado, exaltado, y perfecto, que tiene toda sabiduría, todo el poder, toda la fuerza. En Él está la perfección de cada atributo divino. Él es un ser resucitado. El Profeta enseñó que Dios era el único ser supremo e independiente. En él habita toda plenitud y perfección. Él dijo que Él era omnipotente, omnisciente, y por el poder de su espíritu, omnipresente —lo que significa que Él tiene todo el poder y sabe todas las cosas. A través de la forma indicada, Él es en y a través y alrededor todas las cosas— Él siendo, por supuesto, un ser personal, un personaje que tiene un cuerpo de carne y huesos.

Dios disfruta de un tipo, una especie, y de un estatuto de la existencia de la vida que se llama la vida eterna, y la vida eterna consiste en dos cosas. Consiste, número uno, la vida en la unidad familiar. Consiste, número dos, en tener el poder, dominio, fuerza, y la omnipotencia del Padre —todos los cuales se describe bajo el título, «La plenitud del Padre», o, «La plenitud de la gloria y el poder del Padre». Ahora, el nombre de ese tipo de existencia es la vida eterna. Ustedes y yo tenemos el potencial de ganar la vida eterna, lo que significa que está en nuestro poder avanzar desde el estado en el que ahora estamos en el estado de la gloria y exaltación por lo que vamos a ser como Él y vivir la clase de vida que Él vive— la vida en la  unidad familiar. Por supuesto, eso significa que el matrimonio celestial y todo lo que crece fuera de él. Significa avanzar, progresar y crecer de gracia en gracia como el mismo Cristo lo hizo, hasta que llegamos a ser como Dios es. Bueno, eso es lo que está en la tienda. Dios, nuestro Padre, ordenó y estableció el sistema que nos permita hacer eso.

José Smith dijo que Dios mismo —descubriendo que Él estaba en medio de espíritus y gloria— ordenó leyes mediante los cuales podemos avanzar y progresar y llegar a ser como Él. El nombre de esas leyes es el Evangelio de Dios —lo que significa que Dios, nuestro Padre Eterno. Hablamos sobre el Evangelio de Cristo, y cuando lo hacemos, lo que queremos decir es que el Señor Jesús adoptó el plan de su Padre. Él se convirtió en la figura central en ella y llevó a cabo la Expiación. Llamamos adecuadamente gran y eterno plan de Dios al Evangelio de Jesucristo para que podamos centrar nuestra atención en el Redentor que hizo las cosas que ponen el plan en pleno funcionamiento. Él es Aquel que dio eficacia y virtud y fuerza a la expiación infinita y eterna. Cuando Pablo describió, lo hizo en el lenguaje perfecto. Él dijo: «El Evangelio de Dios con respecto a Jesucristo, nuestro Señor, que fue hecho de la simiente de David, según la carne.» Seguir leyendo

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La insensatez de la enseñanza

Discurso a los Maestros de Religión del SEI, viernes 18 Septiembre 1981, en la Manzana del Templo, Salón de actos. Publicado en ldsces.org.

La insensatez de la enseñanza

élder Bruce R. McConkie

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles


Estoy encantado de tener este privilegio y la oportunidad de conocer y adorar con ustedes en esta ocasión especial. Y me hago eco de los sentimientos que fueron tan bien redactados y debidamente expresados en la oración que se acaba de dar, en particular las relativas al presidente Kimball, quien ahora esta bastante mal, pero en los últimos días ha tenido un importante progreso. Me han dicho que de acuerdo a los reportes medicos está mejorando y se espera que esté bien y fuerte, por lo menos a como estaba antes de esta enfermedad.

Ha habido un par de cosas que han sucedido en nuestras vidas y que han tenido más influencia y aún tendrán un mayor impacto sobre la Iglesia que cualquier otra cosa de la que soy consciente, y dos de ellos han llegado como resultado de la inspiración de cielo al presidente Kimball. Uno es el gran paso en la organización que fue tomada cuando tuvo la sabiduría y discernimiento para llenar el Primer Quórum de los Setenta y comenzar a usar a sus miembros en armonía con las disposiciones que se encuentran en las revelaciones. La organización, esto es lo que perfecciona a la Iglesia ya que no importa cuán grande sea el reino, éste crece y se amplia con sus variados intereses, el marco está ahí para el divino gobierno. Seguir leyendo

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Respuestas a preguntas del Evangelio

Devocional para maestros de religión, el martes 1 de julio 1980. Publicado en La Enseñanza en Seminario, lecturas de preparación para el maestro, Religión 370, 471 y 475.

Respuestas a preguntas del evangelio

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

A: Investigadores que buscan la verdad con sinceridad Estimados hermanos y hermanas:

Recibo un diluvio de cartas en las que se hacen preguntas sobre las doctrinas, prácticas e historia de la Iglesia. Varias miles de preguntas me son presentadas cada año. Recientemente recibí una sola carta que incluía 210 preguntas principales, más muchas menores. Contestar las preguntas de esta sola carta hubiera tomado varios cientos de páginas. Con frecuencia tengo una pila de cartas sin contestar con una altura de 15 a 20 centímetros.

Hay ocasiones en que pasan semanas sin que tenga la oportunidad de leer las cartas, y ciertamente sin poder tener ocasión de contestarlas.

Las personas sensatas se pueden percatar de que si dedicara todas las horas que paso despierto a la investigación y trabajo que tomaría contestar las preguntas que me llegan, aun así no podría contestarlas todas. Pero, y esto es mucho más importante, aunque me fuera posible efectuar este servicio, no estaría haciendo lo correcto, ni tampoco sería bueno para las personas que me presentan sus problemas.

En vez de eso permítanme hacer las siguientes sugerencias generales a aquellas personas que buscan respuestas a preguntas sobre el Evangelio:

1.  Busquen luz y verdad.

Todos los hombres en todas partes, dentro y fuera de la Iglesia, sin referencia a una secta, partido o denominación, están obligados a buscar luz y verdad. La luz de Cristo viene como un regalo gratuito a todos los hombres; ilumina a todo hombre que viene al mundo; y los que siguen sus sugerencias buscan la verdad, logran conocimiento y entendimiento, y son guiados al Evangelio y sus verdades de salvación.

Los miembros de la Iglesia tienen una obligación adicional de entender tanto las leyes de la naturaleza como las doctrinas de salvación. Tienen el don del Espíritu Santo que es el derecho a la constante compañía de este miembro de la Trinidad, basado en la fidelidad. El Espíritu Santo es un revelador. Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5). En el sentido completo y final, la única forma perfecta y absoluta de adquirir un conocimiento seguro en cualquier campo es recibir revelación personal del Santo Espíritu de Dios. Esta bendición enviada del cielo está reservada para aquellos que guardan los mandamientos y obtienen la compañía del Espíritu Santo, recordando que el Espíritu no morará en un tabernáculo impuro.

2.  Escudriñen las escrituras.

Las respuestas a casi todas las preguntas doctrinales importantes se encuentran en los Libros Canónicos o en los sermones y escritos del profeta José Smith. Si no se encuentran en esas fuentes, probablemente no son esenciales para la salvación y puede ser que estén más allá de nuestra actual capacidad espiritual para comprenderlas. Se nos darán nuevas revelaciones cuando entendamos y vivamos en armonía con esas verdades que ya hemos recibido.

La forma de lograr un alto estado en los estudios del Evangelio es primero estudiar, reflexionar y orar sobre el Libro de Mormón, y luego seguir el mismo curso con relación a las otras Escrituras. El Libro de Mormón contiene esa parte de la palabra del Señor que ha dado al mundo para preparar el camino para una comprensión de la Biblia y las otras revelaciones que ahora tenemos entre nosotros.

Se nos ha mandado escudriñar las Escrituras, todas ellas; atesorar la palabra del Señor, para que no seamos engañados, beber profundamente de la fuente de las Escrituras para que nuestra sed de conocimiento sea saciada. Pablo dice que las Escrituras nos pueden hacer “sabios para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15) Éstas nos guían a la Iglesia verdadera y los administradores legales que Dios ha asignado para administrar Su obra en la tierra. Es mucho mejor para nosotros obtener respuestas por medio de las Escrituras que por algo que alguien más dice acerca de ellas. Es verdad que muchas veces necesitamos un intérprete inspirado para ayudarnos a comprender lo que los apóstoles y profetas han escrito para nosotros en los Libros Canónicos, pero también es verdad que muchas explicaciones dadas por mucha gente concerniente al significado de los pasajes de las Escrituras son un tanto menos que la verdad y menos edificantes.

Nos encontramos en una situación mucho mejor si podemos beber directamente de la fuente de las Escrituras sin que las aguas sean enlodadas por otra gente cuya comprensión no es tan grande como la de los escritores proféticos que escribieron primero los pasajes que se hallan en los Libros Canónicos y que se han aceptado como tales. No estoy rechazando los comentarios analíticos apropiados sobre las Escrituras; conozco y aprecio su valor y he escrito volúmenes de ellos yo mismo; simplemente estoy diciendo que las personas que tienen la facultad para hacerlo estarán mucho mejor si crean sus propios comentarios analíticos. Existe algo sagrado, solemne y salvador en el hecho de estudiar las Escrituras de manera individual. Debemos capacitarnos en esa dirección.

3.  Las verdaderas doctrinas están en armonía con los libros canónicos.

Los Libros Canónicos son Escritura. Nos sirven de guía. Son la voluntad, la intención y la voz del Señor. Él nunca ha revelado, revela o revelará algo que sea contrario al contenido de ellos. Ninguna persona que hable con el espíritu de inspiración enseñará jamás una doctrina que no esté en armonía con las verdades que Dios ya ha revelado.

Estas palabras del presidente Joseph Fielding Smith deben guiarnos a todos nosotros en nuestro estudio del Evangelio: “No importa qué esté escrito o lo que cualquiera haya dicho; si aquello que se ha dicho no concuerda con lo que el Señor ha revelado, podemos hacerlo a un lado. Mis palabras, y las enseñanzas de cualquier otro miembro de la Iglesia, ya sea en un cargo mayor o menor, si no concuerdan con las revelaciones, no estamos obligados a aceptarlas. Expongamos claramente este asunto.

Hemos aceptado los cuatro Libros Canónicos como las medidas o balanzas de acuerdo con las cuales medimos la doctrina de todo hombre. “No podéis aceptar los libros escritos por las autoridades de la Iglesia como normas en cuanto a doctrina, sino hasta el punto en que concuerden con las palabras reveladas en los Libros Canónicos.

“Todo hombre que escribe es responsable, no la Iglesia, por lo que él escriba. Si Joseph Fielding Smith escribe algo que no va de acuerdo con las revelaciones, todo miembro de la Iglesia está obligado a rechazarlo. Si escribe aquello que concuerde perfectamente con la palabra revelada del Señor, entonces se debe aceptar” (Doctrines of Salvation, Bruce R. McConkie, tomo 3, págs. 203–204).

4. Procuren buscar armonía entre las expresiones proféticas y las escrituras.

Cada verdad, en cada estudio, en toda la tierra, y en toda la eternidad, está en total armonía con toda otra verdad. La verdad siempre se encuentra en armonía consigo misma. La palabra del Señor es verdad, y ninguna Escritura jamás contradice a otra; ninguna aseveración inspirada de cualquier persona se encuentra fuera de armonía con la aseveración inspirada de otra. Pablo y Santiago no tenía puntos de vista diferentes sobre la fe y las obras; y todo lo que dijo Alma sobre la resurrección está de acuerdo con la sección 76 de Doctrina y Convenios. Cuando encontramos algo que parece ser un conflicto, esto quiere decir que todavía no hemos captado la visión total de los puntos tratados. Seguir leyendo

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Las Siete Herejías Mortales

Devocional de la Universidad Brigham Young, el domingo 1 de junio 1980. https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_seven-deadly-heresies.

Las Siete Herejías Mortales

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles


He procurado diligentemente la guía del Espíritu esta noche para ayudarme en lo que deseo compartirles. Voy a salir de mi formato habitual y acostumbrado, y leeré algunas citas sobre el tema a tratar, y quiero expresar con templanza y precisión los principios doctrinales que esto involucra, y decirlos de manera que no dé lugar a dudas.

Voy a hablar sobre algunos temas que algunos consideran controversiales, aun que no debería ser así. Son cosas en las que debemos estar unidos, y en la medida que lo estemos, vamos a progresar, avanzar y crecer espiritualmente, y prepararnos para una vida de paz, felicidad y gozo aquí, y recibir una recompensa eterna en el reino de nuestro Padre.

Hay una canción o un dicho o un refrán o una leyenda o una tradición o algo que habla de los “7 Pecados Capitales”. Yo no sé nada sobre ellos ni espero saberlo. De mi tema algunos de ustedes, desafortunadamente, saben un poco son «Las Siete Herejías Mortales», no son las grandes herejías de la cristiandad perdida y caída, pero son algunas que se han introducido entre nosotros.

Ahora cito un texto, que Pablo escribió a los santos del pasado, pero que se aplica a nosotros:

“. . . Oigo que hay entre vosotros disensiones; y en parte lo creo.”

“Porque es preciso que entre vosotros haya herejías, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados.” (1Corintios 11:18-19)

Ahora voy a enumerar algunos axiomas (así llamamos en los círculos académicos a estos enunciados):

  • No hay salvación en creer una doctrina falsa.
  • La verdad, el puro diamante de la verdad, la verdad sin mezcla ni error, sólo la verdad conduce a la salvación.
  • Lo que creemos determina lo que hacemos.
  • Ningún hombre puede salvarse en la ignorancia de Dios y de sus leyes.
  • El hombre es salvo tan rápido como gane el conocimiento de Jesucristo y las verdades salvadoras de su evangelio eterno.
  • Las Doctrinas del Evangelio pertenecen al Señor, no al hombre, Son suyas, Él las ordenó, las revela, y espera que nosotros las creamos.
  • Las doctrinas de la salvación no se descubren en un laboratorio o en una excursión geológica o acompañando a Darwin alrededor del mundo. Vienen por revelación y no de otra manera.
  • Nuestra única preocupación en la búsqueda de la verdad debe ser, aprender y creer lo que el Señor sabe y cree. Providencialmente ha expuesto algunas de sus indicaciones en las santas escrituras.
  • Nuestro objetivo como mortales es ganar la “Mente de Cristo”, creer en lo que Él cree, pensar lo que piensa, decir lo que Él dice, para hacer lo que hace, y ser como Él.
  • Estamos llamados a rechazar toda herejía y allegarnos a toda verdad. Sólo entonces podremos progresar de acuerdo con el plan divino.

“Cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección.”

Y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero.” (Doctrinas y Convenios 130:18- 19)

Tengan en cuenta que el conocimiento se obtiene mediante la obediencia. Viene por la obediencia a las leyes y ordenanzas. Hay algunas cosas que un hombre en pecado, no sabe ni podrá saber. Ahora me permito sugerir la lista de herejías:

Herejía uno: Hay quienes creen que Dios está progresando en conocimiento y está aprendiendo nuevas verdades.

Esto es falso total, absoluta y completamente .No hay una pizca de verdad en ello. Esto surge de una visión totalmente retorcida e incorrecta del Sermón “King Follett” sobre la idea de progreso eterno. Dios avanza en el sentido de que sus reinos aumentan y se multiplican sus dominios no en el sentido de que él aprenda nuevas verdades ni descubra nuevas leyes.

Dios no es un estudiante, Él no es un técnico de laboratorio, no está postulando nuevas teorías en base a experiencias pasadas. Él ya se graduó a un estado exaltado, que consiste en saber todas las cosas y tener todo poder.

La vida que Dios vive se llama “Vida Eterna”. Uno de sus nombres, es «Eterno», el uso de esa palabra distingue el tipo de vida que él vive. La vida eterna es la recompensa que obtendremos si creemos y obedecemos y andamos rectamente ante él. Y la vida eterna consiste en dos cosas:

Vivir en unidad familiar (Eterna) heredar, recibir y poseer la “Plenitud de la gloria del Padre”.

Cualquier persona que tenga estas cosas es un heredero y poseedor del más grande de los dones de Dios, que es la vida eterna.

Progreso Eterno consiste en vivir la clase de vida que Dios vive y aumentar en reinos y dominios eternamente. ¿Suponen que un ser infinito y eterno que ha presidido en nuestro universo por casi 2.555 millones años, que hizo los cielos siderales, cuyas creaciones son tan más numerosas como las partículas de la tierra, y que es consciente de hasta cuando cae un pajarillo a tierra…?

¿Suponen que un ser así tiene más que aprender y nuevas verdades que descubrir en los laboratorios de la eternidad? Eso está totalmente fuera de toda comprensión.

¿Suponen aprender algo que destruya el plan de salvación y transforme al hombre y al universo en una nada increada? ¿Suponen hallar un mejor plan de salvación, que el que se ha aplicado a los hombres en innumerables mundos?

He estado muy tentado a decir que cualquiera que lo suponga tiene el intelecto de una hormiga y la comprensión de un terrón de barro cocido en un pantano de fango primordial. . . Pero claro que yo nunca diría algo así.

La verdad salvadora, como reveló y enseñó, el profeta José Smith es que: Dios es omnipotente, omnisciente y omnipresente. Él sabe todas las cosas, tiene todo poder, y está en todas partes por el poder de su Espíritu. Y si no sabemos ni creemos esta doctrina no podemos tener fe para vida y salvación. José Smith enseñó: » tres cosas son necesarias para que cualquier ser racional e inteligente pueda ejercer la fe en Dios para vida y salvación.»

  1. La idea de que El verdaderamente existe.
  2. Una idea correcta de su carácter, perfección y atributos.
  3. Un conocimiento verdadero de que el curso que lleva su vida está de acuerdo con la voluntad de Dios.

Los atributos de Dios son el conocimiento, la fe o poder, la justicia, el juicio, la misericordia y la verdad. Las perfecciones de Dios se definen como: «las perfecciones que pertenecen a todos los atributos de su naturaleza». Es decir que Dios posee todo conocimiento, toda la fe o el poder, toda justicia, todo juicio, toda misericordia, y toda verdad. Él es de hecho es la encarnación y personificación y la fuente de todos estos atributos.

¿Suponen que Dios puede ser más honesto de lo que ya es? No debemos suponer que haya verdades que no conozca o conocimiento que él no posea.

“Sin el conocimiento de todas las cosas, Dios no sería capaz de salvar a ninguna de sus criaturas; ya que es a causa del conocimiento que tiene de todas las cosas, desde el principio hasta el fin, lo que le permite dar ese conocimiento a sus criaturas por el cual se hacen partícipes de la vida eterna; y si no fuera por la idea que existe en las mentes de los hombres de que Dios tiene todo el conocimiento sería imposible ejercer fe en él”. (Mormon Doctrine” Ed. 1966, p.264)

Si Dios sólo está practicando con algunas verdades que ha probado con algunos experimentos que ha hecho, no tendríamos ni la menor idea en cuanto al verdadero propósito de la creación. Seguir leyendo

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La comisión divina del maestro

Discurso pronunciado ante la junta general de la Escuela Dominical, en abril de 1979. Publicado en revista Ensing.

La comisión divina del maestro

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles,


Hemos recibido del Señor un consejo y la instrucción relativa a la enseñanza de su evangelio, que si es aceptado y seguido nos hará los mayores y más influyentes maestros en el mundo.

Este sistema revelado para predicar el evangelio es simple. Es fácil. Puede ser aprendido y practicado por todos los miembros de la Iglesia. Es el mismo sistema de enseñanza utilizado por el Señor Jesús durante su ministerio mortal entre los hombres; y si nos enteramos de sus principios y los aplicamos en nuestra enseñanza, fortaleceremos a los fieles, recuperaremos a los inactivos, y convertiremos al investigador.

Ahora invito a abrir sus corazones, de estar diligentemente atentos a lo que voy a decir, y luego para seguir y poner los principios divinos en funcionamiento en toda su enseñanza.

Lo que voy a establecer, deberá presentarse, por el poder del Espíritu Santo, si es que queremos tener un efecto en la conversión de los corazones de los que escuchan. Y los que oyen deben hacerlo por el poder de ese mismo Espíritu Santo para que puedan recibir la luz y entendimiento que debe venir a ellos como resultado de esta presentación.

Tomemos estas palabras de Pablo. En ellos se establecen algunas de las señas de identidad esenciales de la verdadera iglesia. Es decir, en las cosas que aquí se encuentran nombres, allí está la Iglesia y reino de Dios en la tierra; y donde no se encuentran estas cosas, no se encuentra la verdadera iglesia.

Pablo dice:

«Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros.» —Nota el orden de prioridad, el orden de importancia de las cosas que identifican a la Iglesia verdadera.

Las iglesias del mundo, las iglesias de los hombres, tienen lo que tienen, sino como perteneciente a la Iglesia verdadera y viviente, la palabra revelada es:

«.  .  .  A  unos  puso  Dios en la iglesia, primeramente  apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego milagros; después los dones de sanidades; ayudas, administraciones y diversidades de lenguas.» (1 Corintios 12:28)

Si hay una iglesia con apóstoles que funcionan de acuerdo con el modelo divino, que tienen las llaves del reino, que guían los destinos del pueblo de Dios de acuerdo a su mente y propósitos —es la iglesia verdadera.

Si hay una iglesia con profetas que sirven como profetas siempre han servido, revelando a la gente la mente y la voluntad del Señor —es la verdadera Iglesia.

Y en el mismo sentido, en cuanto a la tercera gran característica de identificación esencial, si hay una iglesia con los maestros que operan en el marco divino, que enseñan la verdad en la forma en que el Señor ha nombrado —es la verdadera iglesia.

Esto significa que todos los que enseñan el evangelio en la forma en que el Señor ordena a que se debe enseñar testigos vivos convertidos de la verdad y la divinidad de su gran obra de los últimos días.

Los verdaderos maestros de la iglesia son llamados de Dios y están autorizados y facultados para presentar su mensaje, y sólo su mensaje, ya que actúan en el curso de su nombramiento.

«Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar  sus ordenanzas.» (Artículos de Fe 5)

Para ganar la salvación tenemos que llegar a un conocimiento de la verdad. Jesús dijo:

«Los verdaderos adoradores adorarán  al  Padre  en  espíritu  y  en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.

«Porque como Dios ha prometido su Espíritu. Y los que le adoran, deben adorar en espíritu y en verdad «(TJS, Juan 4:25-26)

El mundo de hoy está lleno de personas que se acercan al Señor con sus labios, pero sus corazones están lejos de él. «Ellos enseñan como doctrinas mandamientos de hombres, teniendo apariencia de piedad, más negando la eficacia de ella»  (José Smith-Historia 19)

La misma oscuridad espiritual cubrió la tierra en el día en que Jesús ministró entre los hombres. De aquellos que no quisieron oír la voz de nuestro Señor dijo:

«¡Hipócritas! Bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo:”

“Este pueblo con sus labios me honra, mas su corazón lejos está de mí.” “En   vano   me   honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.»  (Mateo 15: 7-9)

Los verdaderos adoradores adoran al verdadero Dios de acuerdo a los principios verdaderos. No hay salvación en adorar a un dios falso o en creer una doctrina falsa. Toda esa adoración es en vano. No tiene virtud salvadora o el poder.

Al hablar de esta misma eterna verdad que los hombres deben pedir al verdadero Dios y adorarlo en espíritu y en verdad, Pablo hace estas preguntas:

«¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en     aquel de quien no han oído?  ¿Y  cómo oirán sin haber quien les predique?»   (Romanos 10:14)

La lógica de Pablo es perfecta. No hay manera de adorar al Padre en espíritu y en verdad hasta que sepamos quién es y creemos en él como Dios. No hay manera de creer en él y en sus leyes, a menos que se nos enseñen. Y no podemos ser enseñados a menos que haya un maestro.

Entonces Pablo pregunta:

«¿Y cómo predicarán si no son enviados?» (Romanos 10:15).

Es decir, ¿cómo pueden los maestros presentar la mente y la voluntad y la voz del Señor a sus discípulos a no ser que sean llamados por Dios y enviados a llevar el mensaje del Señor? A menos que sean llamados por Dios, las doctrinas que enseñan serán los mandamientos de los hombres y la adoración que fluye de la misma será en vano.

Así que Pablo llega a esta conclusión:

«.  .  .  La  fe viene por el oír,  y el oír por la palabra de Dios.» (Romanos 10:17)

En otras palabras, la fe en el Señor Jesucristo y su santo evangelio viene sólo cuando las verdades del Evangelio son impartidas por los administradores legales que han sido llamados por Dios para presentar su mensaje a sus hijos.

Ahora hablo de esta manera simple y contundente porque nunca podemos comprender cómo hemos de enseñar el Evangelio a menos que primero sepamos que en toda nuestra enseñanza representamos al Señor y somos puestos para enseñar su evangelio. Somos agentes del Señor, y como tal, tenemos el poder de decir sólo aquellas cosas que él quiere que digamos.

Un agente representa a alguien principal. No tienen poder propio. Actúan en nombre de otra persona. Ellos hacen lo que se les dice que hagan. Dicen lo que están autorizados a decir nada más, nada menos.

Somos agentes del Señor. Le representamos. «. . . siendo vosotros agentes,» dice, «estáis en la obra del Señor; y lo que hagáis conforme a su voluntad es asunto del Señor.»   (Doctrinas y Convenios 64:29)

Nuestro negocio como maestros es enseñar su doctrina y no otra. No hay otro camino que podemos seguir, si hemos de salvar almas. No tenemos ningún poder salvador nuestro. No podemos crear una ley o una doctrina que resucite a otra persona. El Señor no puede hacer estas cosas, y estamos nombrados para enseñar lo que él revela sobre estas y todas las doctrinas del Evangelio.

¿Qué, entonces, estamos autorizados a hacer en la enseñanza  del evangelio? ¿Cuál es nuestra comisión divina?

«El mandato divino del maestro» se resume en cinco puntos:

1.- Se nos ordena —es algo en lo que no tenemos otra opción; no hay cursos alternativos para nosotros  se  nos  manda enseñar  los principios del Evangelio.

En la revelación conocida como «la ley de la Iglesia,» el Señor dice:

«. . . Los élderes, presbíteros y maestros de esta iglesia enseñarán los principios de mi evangelio» (Doctrinas y Convenios 42:12).

Numerosos revelaciones dicen: Predica mi Evangelio y enseña mi palabra, «diciendo sino las cosas escritas  por  los profetas y  apóstoles,  y  lo  que el Consolador les enseñe mediante la oración de fe.» (Doctrinas y Convenios 52:9)

Evidentemente no podemos enseñar lo que es  desconocido  para nosotros. Un requisito previo para la enseñanza del Evangelio es estudiar el evangelio. Por lo tanto este tipo de decretos divinos dice:

«Escudriñad las Escrituras» (Juan 5:39)

«Escudriñad estos mandamientos» (Doctrinas y Convenios 1:37)

«Atesorad mi palabra»  (JS-H 37)

«Estudia mi palabra» (Doctrinas y Convenios 11:22)

«Escudriñad los profetas» (3 Nefi 23:5)

«. . . Debéis escudriñar estas cosas. Sí, un mandamiento os doy que escudriñéis estas cosas diligentemente, porque grandes son las palabras de Isaías.» (3 Nefi 23:1)

«No intentes declarar mi palabra, sino primero procura obtenerla, y entonces será desatada tu lengua; luego, si lo deseas, tendrás mi Espíritu y mi palabra, sí, el poder de Dios para convencer a los hombres.» (Doctrinas y Convenios 11:21)

Podemos leer todos los libros canónicos de la Iglesia en un año si se procede a un ritmo de alrededor de seis páginas al día. Para ello la búsqueda sincera y la ponderación solemne requerida tomarán más tiempo.

No es el conocimiento y hay experiencias espirituales que se pueden obtener de la lectura, meditar y orar acerca de las escrituras que no se pueden obtener de ninguna otra manera. No importa cuan involucrados estén los miembros fieles y activos de la Iglesia en asuntos administrativos, nunca ganarán las grandes bendiciones que vienen del estudio de las escrituras a menos que paguen el precio de ese estudio y por lo tanto hacer de la palabra escrita una parte de sus vidas.

2.- Hemos de enseñar los principios del Evangelio, que se encuentran en los libros canónicos de la Iglesia.

En la ley de la Iglesia, el Señor dice:

«. . . Los élderes, presbíteros y maestros de esta iglesia enseñarán los principios de mi evangelio, que se encuentran en la Biblia y en el Libro de Mormón, en el cual se halla la plenitud del evangelio.” (Doctrinas y Convenios 42:12)

Entonces el Señor habla de la necesidad de ser guiados por el Espíritu, pero vuelve a la fuente bíblica de la verdad del Evangelio con estas palabras:

«Y todo esto procuraréis hacer como yo he mandado en cuanto a vuestras enseñanzas, hasta que se reciba la plenitud de mis Escrituras.“(Doctrinas y Convenios 42:15)

Cuando se dio esta revelación, la Biblia y el Libro de Mormón eran las únicas Escrituras disponibles para los Santos de los Últimos Días. Ahora también tenemos las Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio, y hay, por supuesto, otras revelaciones que se indicarán en su momento.

3.- Hemos de enseñar por el poder del Espíritu Santo.

Después de haber mandado a todos los maestros enseñar los principios del Evangelio que se encuentra en los libros canónicos, el Señor dice:

«. . . Esto es lo que enseñarán, conforme el Espíritu los dirija.»

Luego se da la gran directiva:

«Y se os dará el Espíritu por la oración de fe; y si no recibís el Espíritu, no enseñaréis.»

Junto con esta instrucción, se da esta promesa:

«Y al elevar vuestras voces por medio del Consolador, hablaréis y profetizaréis conforme a lo que me parezca bien.»

«Pues he aquí, el Consolador sabe todas las cosas, y da testimonio del Padre y del Hijo.» (Doctrinas y Convenios 42:13-14,16-17)

Cada maestro en cada situación de enseñanza bien podría razonar sobre estas líneas:

Si el Señor Jesús estuviera aquí, lo que diría en esta situación sería perfecto. Pero él no está aquí. En su lugar, me ha enviado para que lo represente.

Debo decir lo que él diría si estuviera aquí; y la única manera en que puedo hacer esto es siendo guiado para que él me diga qué decir.

Esta dirección revelada puede venir a mí sólo por el poder de su Espíritu. Por lo tanto, debo ser guiado por el Espíritu si voy a enseñar en mi calidad de agente del Señor.

Estos principios de la enseñanza de las verdades del Evangelio por el poder del Espíritu se exponen aún más en otra revelación por medio de preguntas y respuestas reveladas de esta manera:

Pregunta: «. . . Yo, el Señor, os hago esta pregunta: ¿A qué se os ordenó?»

Es decir, ¿cuál es su comisión? ¿Qué he autorizado a hacer? ¿Qué autorización has recibido de mí?

Respuesta: «A predicar mi evangelio por el Espíritu, sí, el Consolador que fue enviado para enseñar la verdad.» (Doctrinas y Convenios 50:13-14)

Es decir, que su comisión, su autorización, y lo que se nos ha ordenado hacer es enseñar el evangelio, no los puntos de vista privado, no las filosofías del mundo, sino mi evangelio eterno, y hacerlo por el poder de mi Espíritu, todo en armonía con el mandamiento que hasta ahora he dado: «. . . Si no recibís el Espíritu, no enseñaréis» (Doctrinas y Convenios 42:14)

Pregunta: «. . . El que es ordenado por mí y enviado a predicar la palabra de verdad por el Consolador, en el Espíritu de verdad, ¿la predica por el Espíritu de verdad o de alguna otra manera?» (Doctrinas y Convenios 50:17)

Antes de escuchar la respuesta revelada, notemos que el Señor está aquí hablando de la enseñanza del Evangelio, la palabra de verdad, los principios de la salvación. Él no está hablando de las doctrinas del mundo y los mandamientos de los hombres, la adhesión a lo que es vano y no conducen a la salvación.

La pregunta es, ¿Cúando predicamos el evangelio, cuando enseñamos la palabra de verdad, cuando exponemos las verdaderas doctrinas de la salvación, lo hacemos por el poder del Espíritu Santo o de alguna otra manera? Obviamente, el «otro lado» para enseñar la verdad es por el poder de la inteligencia.

Ahora la respuesta revelada: «. . . Si es de alguna otra manera, no es de Dios.» (Doctrinas y Convenios 50:18)

Dejemos esto claro. A pesar de lo que enseñamos sea verdadero, no es de Dios, a menos que se enseñe por el poder del Espíritu. No hay conversión, sin experiencia espiritual, a menos que el Espíritu del Señor este involucrado.

Pregunta: «Y además, el que recibe la palabra de verdad, ¿la recibe por el Espíritu de verdad o de alguna otra manera?»

Respuesta: «Si es de alguna otra manera, no es de Dios» (Doctrinas y Convenios 19-20)

Es por esto que he dicho al principio que si esta presentación era tener la conversión de energía, la debo presentar por el poder del Espíritu y que hay que escuchar y recibir por ese mismo poder. Sólo entonces «el que la predica y el que la recibe se comprenden el uno al otro», por lo que «ambos son edificados y se regocijan juntamente» (Doctrinas y Convenios 50:22)

4.- Hemos de enseñan los principios del Evangelio que se aplican a las necesidades y circunstancias de nuestros oyentes.

Los principios del Evangelio nunca cambian. Ellos son los mismos en todas las edades. Y en general las necesidades de las personas son las mismas en todas las edades. No hay problemas que nos han sucedido, excepto los que han sido la suerte común de los hombres desde el principio. Y lo que no es difícil de llevar a los principios de la Palabra eterna y aplicarlos a nuestras necesidades específicas. La verdad abstracta debe vivir en la vida de los hombres para que puedan dar sus frutos.

Nefi citó el Libro de Moisés y los escritos de Isaías y luego dijo: «apliqué todas las Escrituras a nosotros mismos para nuestro provecho e instrucción.» (1 Nefi 19:23 Aplicó las enseñanzas de Moisés e Isaías a las necesidades de los nefitas)

5.- Debemos testificar que lo que enseñamos es verdad.

Somos un testimonio que lleva la gente, como debe ser. Nuestras reuniones abundan en las solemnes garantías de que el trabajo en el que estamos inmersos es cierto. Testificamos con fervor y convicción de que Jesús es el Señor, que José Smith es su profeta, y que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es «la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra» (Doctrinas y Convenios 1:30)

Todo esto lo hacemos bien. Pero tenemos que hacer más. El maestro inspirado, el que enseña por el poder del Espíritu, se espera que de testimonio de que la doctrina que enseña es verdadera.

Alma nos dio un ejemplo al respecto. Él predicó un sermón poderoso sobre nacer de nuevo. Entonces él dijo que había hablado claramente, había sido comisionado para hacerlo, había citado las Escrituras, y había enseñado la verdad.

«Y esto no es todo, añadió. ¿No suponéis que sé de estas cosas yo mismo? He aquí, os testifico que yo sé que estas cosas de que he hablado son verdaderas. . .“(Alma 5:45)

Este es el sello de la corona colocada sobre enseñar evangelio, es el testimonio personal del maestro de que la doctrina que ha enseñado es verdadera.

¿Quién puede discutir con un testimonio? Los incrédulos pueden contender acerca de nuestra doctrina. Pueden torcer las Escrituras para su destrucción. Ellos pueden explicar tal o cual asunto desde un punto de vista puramente intelectual, pero no pueden dominar un testimonio.

Si digo esto o que la profecía mesiánica de Isaías se cumplió en este o aquel acontecimiento en la vida de nuestro Señor, muchas voces están esperando para debatir el tema y demostrar que los sabios del mundo piensan lo contrario.

Pero si digo que conozco por las revelaciones del Espíritu Santo a mi alma que las declaraciones mesiánicas se refieren a Jesús de Nazaret, que era el Hijo de Dios, ¿qué hay que debatir?

Entonces he dado testimonio en el punto doctrinal que se enseña, y cada oyente que está en sintonía con el mismo Espíritu sabe en su corazón que lo que he dicho es verdad.

Alma, teniendo un testimonio de que las cosas que él había enseñado eran verdaderas, entonces preguntó:

«Y ¿cómo suponéis que yo sé de su certeza?»

Su respuesta, que establece un patrón para todos los maestros, es:

«He aquí, os digo que el Santo Espíritu de Dios me las hace saber. He aquí, he ayunado y orado muchos días para poder saber estas cosas por mí mismo. Y ahora sé por mí mismo que son verdaderas; porque el Señor Dios me las ha manifestado por su Santo Espíritu; y éste es el espíritu de revelación que está en mí.»   (Alma 5:45-46)

Así que ahora tenemos ante nosotros una exposición de nuestra condición de agentes del Señor y de la comisión divina del maestro.

Estamos aquí para:

  1. Enseñar los principios del Evangelio,
  2. Enseñar de los libros canónicos,
  3. Por el poder del Espíritu Santo,
  4. aplicar siempre las enseñanzas a nuestras necesidades, y
  5. Para testificar que lo que hemos enseñado es verdade

Queda, entonces, una cosa más que decir sobre estos asuntos y es dar testimonio de que los conceptos aquí presentados son ciertos, y que si los seguimos tendremos el poder para convertir y salvar las almas de los hombres.

Lo sé.

Que el Señor nos ha mandado enseñar los principios de su evangelio, ya que se establecen en sus sagradas escrituras.

Eso si no hacemos esto por el poder de su Espíritu Santo, nuestra enseñanza no es de Dios.

Que él espera que apliquemos los principios de verdad eterna de nuestras vidas.

Que debemos dar testimonio a todos los que quieran escuchar que nuestras enseñanzas provienen de aquel que es eterno y conducirá a los hombres a la paz en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero.

Que todos los que enseñan pueden hacerlo de acuerdo a este modelo divino, lo ruego, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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Esta generación recibirá mi palabra a través de ti

Discurso pronunciado en el Simposio Sperry de la Universidad Brigham Young, el sábado, 27 de enero de 1979. Publicado en revista Ensing, en junio de 1980.

Esta generación recibirá mi palabra a través de ti

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles,

En el año 1829 el Señor dio información de gran importancia para el pueblo de nuestro tiempo cuando le dijo a José Smith, Su vidente de los últimos días:

«Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti» (Doctrinas y Convenios 5:10)

Deseo demostrar que esta declaración describe verdaderamente las condiciones tal como son. También deseo describir esas condiciones de tal forma que den testimonio de la gran obra del Profeta José Smith al restaurar el evangelio de nuestro Salvador y Maestro, el Señor Jesucristo.

«Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti.» La palabra es el evangelio de salvación; la palabra es el plan de salvación; la palabra es la mente y la voluntad y los propósitos del Señor en lo que concierne a Sus hijos en la tierra; la palabra es todas las verdades, derechos, poderes, doctrinas y principios que son necesarios para el hombre a fin de que puedan tomar las almas que poseen y transformarlas a la clase de almas que puedan ir a donde están Dios y Cristo.

Y la generación de la cual hablamos es esta época o período de tiempo. Es la dispensación en la cual vivimos; abarca desde el inicio de nuestra dispensación y hasta la segunda venida del Hijo del Hombre; y por ese período señalado de la historia de la tierra, la palabra del Señor, la palabra de salvación, la palabra de luz y verdad irán al mundo por medio de José Smith, y de ninguna otra manera y por medio de nadie más.

La palabra y la dispensación

Es esencial que tengamos un antecedente para poder apreciar de lo que se trata. Todos sabemos que la salvación está en Cristo. Él es el Primogénito del Padre. Él era semejante a Dios en la vida premortal, y Él llegó a ser, bajo la dirección del Padre, el Creador de todas las cosas. Vemos hacia Él; nuestra fe se centra en Él, y en el Padre por medio de Él.

Después de Cristo está ese gran personaje espiritual Miguel, quien dirigió a los ejércitos y a las huestes del cielo cuando hubo guerra y rebelión allí, y quien, habiendo sido preordenado para hacerlo así, vino aquí como el primer hombre de todos los hombres y se convirtió en el sumo sacerdote presidente sobre la tierra. La siguiente persona en jerarquía es Gabriel, quien vino a esta vida como Noé. Después de eso, no sabemos el orden de prioridad excepto que, de entre las huestes del cielo, ciertos hombres fueron escogidos y preordenados para ser los líderes de las dispensaciones.

Las dispensaciones son los períodos de tiempo en los cuales el plan de salvación, la palabra —la palabra eterna— se entrega a los hombres en la tierra. No sabemos cuántas ha habido. Supongo que ha habido diez; probablemente han sido veinte; y pudieron haber sido más. No me estoy refiriendo ahora a lo que a veces se llaman dispensaciones en el sentido de que Juan el Bautista, Pablo y algunos otros de los profetas han tenido asignaciones especiales. Estoy hablando de esas grandes épocas o períodos; de esas designadas porciones de tiempo de la historia de la tierra, en las que el Señor, por medio de un hombre, da Su palabra a todo el mundo y hace que todos los profetas, todos los videntes, todos los administradores, y todos los apóstoles de ese período se sujeten y sean exponentes de todo lo que venga por medio de ese individuo. Lo que esto significa es que el líder de una dispensación del evangelio es uno de los diez o veinte espíritus más importantes que hayan nacido en la tierra hasta la fecha.

Es muy poco lo que sabemos acerca de la calidad de hombres que nacerán durante el milenio. En ese entonces muchos grandes espíritus vendrán. Sin embargo, es razonable suponer que el Señor ha designado a unos cuantos que tenían capacidades y talentos espirituales para que vinieran a la tierra en épocas de tumultos, de iniquidad, rebelión y pecado, para ser luces y guías del mundo. Esto nos da una pequeña perspectiva sobre lo que pasa en la vida y en el rango y la posición de José Smith.

Empezamos con el Señor Jesús, y entonces tenemos a Adán y Noé. Después de ellos siguen los líderes de las dispensaciones. Luego llegamos a los profetas, a los Apóstoles, a los élderes de Israel, y a todos los hombres sabios, buenos y prudentes que tienen el espíritu de luz y entendimiento. Cada líder de dispensación es un revelador de Cristo para su día; cada profeta es un testigo de Cristo; y todos los demás profetas y Apóstoles que vengan son un reflejo y eco y exponente del líder de la dispensación. Todos ellos vienen para repetirle al mundo y para exponer y descubrir lo que Dios ha revelado por medio del hombre que fue señalado para dar al mundo Su palabra eterna durante esa época. Ese es el concepto de una dispensación.

La palabra viene por medio de José Smith

Llegamos ahora a nuestra dispensación. No vamos a tratar de minucias. No estamos interesados en cosas pequeñas o insignificantes. Necesitamos poner bajo este encabezado un concepto general de lo que involucra el dar la palabra al mundo por medio de un profeta particular.

José Smith dio al mundo tres grandes verdades. Estas verdades sobrepasan a todas las demás; tienen precedencia sobre todas las cosas; tienen más influencia en la salvación del hombre que cualquier otra, y si los hombres no las conocen, no pueden salvarse. La primera gran verdad es que Dios, nuestro Padre Celestial, es el Creador, el Protector, y quien sostiene todas las cosas y que Él ordenó y estableció el plan de salvación. Es Su evangelio y, como Pablo lo dijo, «el evangelio de Dios. . . acerca de su Hijo (que era del linaje de David según la carne.» (Romanos 1:1,3)

En la búsqueda de la palabra, tanto en la Doctrina y Convenios como en otras partes, la primera cosa que buscamos es el conocimiento de Dios tal como fue revelado por medio de José Smith. El conocimiento de Dios es la verdad más grande en toda la eternidad. Pero es necesario que haya una oposición en todas las cosas, y lo opuesto del conocimiento de Dios que ha llegado por medio de José Smith es la más grande herejía del mundo sectario. Esa herejía consiste en que Dios es una nada espiritual que llena la inmensidad del espacio, y que la creación vino a causa de los procesos de la evolución. De hecho y en verdad, José Smith vino a revelar a Dios, en un día de una casi total obscuridad espiritual, en un día en el cual los hombres ya no conocían la naturaleza y la clase de Ser a quien debían adorar.

La segunda gran verdad es que Jesucristo es el Salvador y Redentor del mundo, que la salvación viene por medio de Su sacrificio expiatorio, y que la Expiación es el fundamento sobre el que podemos edificar para que por medio de la obediencia a las leyes y las ordenanzas del evangelio eterno podamos ser salvos. Esta es la verdad número dos en toda la eternidad. No existe nada más importante para nosotros —habiendo primero aprendido quien es Dios nuestro Padre— que el saber acerca de Cristo y de la salvación que hay en Él. La perversión y herejía de esta verdad es el concepto sectario de que la gente se salva solamente por la gracia, sin las obras.

La tercera gran verdad en toda la eternidad es el conocimiento de Dios el Testador, que es el Espíritu Santo. El Santo Espíritu de Dios es un revelador que revela la verdad; Él es un santificador que limpia y perfecciona a las almas humanas; y es por medio de Él que los dones del Espíritu están a disposición de los fieles, para que puedan tener lo que los Apóstoles, profetas y los grandes hombres de todas las edades tuvieron en sus vidas. La herejía que existe al respecto en el mundo sectario es que los cielos están sellados, y que ya no hay revelación, que ya no hay milagros y que ya no existen los dones del Espíritu. Estas tres grandes verdades son las que buscamos al referirnos a que la palabra viene por medio del Profeta José Smith.

Ahora, una o dos palabras citadas de nuestras revelaciones con respecto a la posición profética de José Smith:

«. . . Yo, el  Señor,  sabiendo  las  calamidades  que  sobrevendrían  a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos.» (Doctrinas y Convenios 1:17)

Tal es la declaración revelada en el prefacio del  Señor en Su libro de mandamientos.

En la sección 21 leemos esto:

«He aquí, se llevará entre  vosotros  una historia;  y  en  ella  serás llamado vidente, traductor, profeta, apóstol de Jesucristo, élder de la iglesia por la voluntad de Dios el Padre, y la gracia de tu Señor Jesucristo.”

“Habiendo sido inspirado por el Espíritu Santo para poner los cimientos de ella y edificarla para la fe santísima.”

“Por tanto, vosotros, es decir, la iglesia, daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad.» (Doctrinas y Convenios 21:1-2,4)

Viene entonces esta proclamación, la cual en el sentido más amplio de la palabra se aplica más completamente a un líder de dispensación: «porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca.» (Doctrinas y Convenios 21:5). Cuando José Smith habló por el poder del Espíritu Santo, era como si el Señor mismo estuviera diciendo las palabras. La voz del Profeta era la voz del Señor; él no era perfecto; solamente Cristo estuvo libre de pecado y maldad. Pero el Profeta estaba tan cerca de la perfección hasta el punto en que los mortales llegan a serlo sin ser trasladados. Era un hombre de tal estatura espiritual que reflejaba al pueblo la imagen del Señor Jesús. Su voz era la voz del Señor.

«Porque si hacéis estas cosas» —es decir, escuchar las palabras de José Smith como si Jesús mismo las hubiera hablado— «las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros; sí, y Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de ante vosotros, y hará sacudir los cielos para vuestro bien y para la gloria de su nombre.» (Doctrinas y Convenios 21:6). En cierta medida, hemos visto un cumplimiento de esto en el aumento explosivo, dinámico, y creciente de la Iglesia en nuestros días. «Porque, así dice Dios el Señor: Yo lo he inspirado para impulsar la causa de Sión con gran poder para hacer lo bueno, y conozco su diligencia, y he oído sus oraciones. Sí, he visto su llanto por Sión, y haré que no llore más por ella; porque han llegado los días en que él se regocijará por la remisión de sus pecados y por la manifestación de mis bendiciones sobre sus obras.» (Doctrinas y Convenios 21:7-8)

Hay otro versículo que debemos tomar en cuenta muy particularmente; lo podemos tomar como una medida de nuestro discipulado personal: «Porque he aquí, bendeciré con poderosa bendición» —esto se aplica a todos nosotros— «a todos los que obraren en mi viña, y creerán en sus palabras que por mi conducto le son dadas por el Consolador, el cual manifiesta que Jesús fue crucificado por hombres inicuos, por los pecados del mundo, sí, para la remisión de pecados al de corazón contrito.» (Doctrinas y Convenios 21:9). La prueba del discipulado consiste en cuan completa y totalmente creemos en la palabra que ha sido revelada por medio de José Smith, y cuan efectivamente repetimos o proclamamos al mundo esa palabra.

Donde se encuentra la palabra

La palabra se encuentra en las visiones, en las revelaciones y en las declaraciones inspiradas de José Smith. Muchas de ellas están registradas en la Historia de la Iglesia. El relato de la Primera Visión está también en la Perla de Gran Precio. La carta a Wentworth es el equivalente de lo que ya está en la Perla de Gran Precio; es escritura, con la excepción de que no hemos presentado a la Iglesia y no nos obligamos a aceptarla ni proclamarla al mundo. Hay muchas cosas de igual validez, verdad, y excelencia literaria las que han sido colocadas formalmente en nuestras escrituras.

Cuando el Profeta y sus asociados adoptaron formalmente lo que ahora conocemos como Doctrinas y Convenios, él hizo la siguiente declaración: «Después de una deliberada consideración, por motivo de que estaba por imprimirse el libro de las revelaciones, que son el cimiento de la iglesia en estos últimos días y un beneficio al mundo pues muestran que las llaves de los misterios del reino de nuestro Salvador nuevamente se han conferido al hombre, y que las riquezas de la eternidad [están] al alcance de aquellos que están dispuestos a vivir de acuerdo con toda palabra que procede de la boca de Dios; por tanto la congregación votó expresando que consideraba el valor de las revelaciones para la Iglesia como el de las riquezas de toda la tierra, hablando temporalmente.» Tal es nuestra visión y opinión de la Doctrina y Convenios.

La palabra dada por medio de José Smith también se encuentra en los registros que tradujo. El principal de estos es el Libro de Mormón. Este libro es un nuevo testigo de Cristo; es comparable a la Santa Biblia; es un registro de los tratos de Dios con pueblos del viejo mundo. Con respecto al Libro de Mormón, José Smith dijo: «Declaré a los hermanos,» refiriéndose a una reunión con el Quórum de los Doce, «que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.» El Libro de Mormón contiene esa porción de la palabra del Señor que es necesaria para probar la divinidad de Su gran obra de los últimos días, y que se necesita para enseñar a la humanidad en general las doctrinas básicas de la salvación. Es el libro canónico fundamental y básico de los últimos días.

Algunas de las otras traducciones hechas por el Profeta se encuentran en La Perla de Gran Precio. Él tradujo el libro de Abraham y lo que se conoce como la Traducción de la Biblia por José Smith. Esta última es una obra maravillosamente inspirada; es una de las grandes evidencias de la misión divina del Profeta. Por revelación pura él insertó muchos nuevos conceptos y puntos de vista, tales como el material que se encuentra en el capítulo 14 de Génesis acerca de Melquisedec. Algunos capítulos los reescribió o los acomodó para que las cosas que se dicen en ellos tengan una nueva perspectiva y significado, tal como el capítulo 24 de Mateo y el primer capítulo del evangelio de Juan.

Otra fuente donde hay material del Profeta son sus sermones y sus enseñanzas. Tenemos lo que se encuentra en los libros canónicos, pero hay algo más —lo que habló y luego se registró. Cuando el Señor reveló lo que debemos enseñar, lo dijo en esa revelación conocida como la ley de la Iglesia (Doctrinas y Convenios 42): «. . . Los élderes, presbíteros y maestros de esta iglesia enseñarán los principios de mi evangelio, que se encuentran en la Biblia y en el Libro de Mormón,  en  el  cual  se  halla  la  plenitud del evangelio.» (Doctrinas y Convenios 42:12). En esa época no tenían nuestras otras escrituras. «Y observarán los convenios y reglamentos de la iglesia para cumplirlos, y esto es lo que enseñarán, conforme el Espíritu los dirija.» (Doctrinas y Convenios 42:13). Así que nuestra obligación es enseñar lo que está en los libros canónicos mediante el poder del Espíritu Santo. «Y se  os  dará  el  Espíritu  por  la oración de  fe;  y  si  no  recibís el Espíritu, no enseñaréis. Y todo esto procuraréis hacer como yo he mandado en cuanto a vuestras enseñanzas, hasta que se reciba la plenitud de mis Escrituras.» (Doctrinas y Convenios 42:14-15)

Ahora tenemos más, aunque no tenemos la plenitud que un día será nuestra. «Y al elevar vuestras voces por medio del Consolador, hablaréis y profetizaréis conforme a lo que me parezca bien; pues he aquí, el Consolador sabe todas las cosas, y da testimonio del Padre y del Hijo.» (Doctrinas y Convenios 42:16-17)

Ahora, como dije, debemos hacer más que enseñar de los libros canónicos. Los siervos del  Señor  deben  ir  «predicando  la  palabra.  .  .  no diciendo sino las cosas escritas  por  los profetas y  apóstoles,  y  lo  que el Consolador les enseñe mediante la oración de fe.» (Doctrinas y Convenios 52:9; énfasis agregado).

José Smith tuvo, como ningún otro hombre en nuestra dispensación, la capacidad de sintonizarse con el Consolador y expresar las cosas que eran la mente y la voz del Señor, incluyendo cosas que no están incluidas en los libros canónicos. En este respecto, supongo que lo más notable que dijo es el sermón King Follet, del cual se dice que es el mejor sermón de todo su ministerio. Supongo que no hay algo que rebase el sermón que dio acerca del Segundo Consolador. Cuando el Profeta habló fue como si Dios hubiera hablado.

Las cosas que nos han llegado por medio de las revelaciones y sermones de otros de los hermanos que han vivido desde el Profeta José Smith, por ejemplo, la visión de la redención de los muertos que recibió el Presidente José F. Smith, o lo que cualquier persona inspirada dice en la Iglesia, esas cosas son un reflejo, una explicación, una ampliación de lo que se originó con el Profeta José Smith.

La Palabra y la Doctrina y Convenios

La Doctrina y Convenios presentan la palabra de varias maneras. Hay apariciones de seres celestiales. El Señor mismo vino según está registrado en la sección 110. La primera parte de la sección 27 fue recitada por un ángel que se le apareció al profeta y le dio las instrucciones. La palabra vino por la voz de Dios, en la que ahora es la sección 137 de Doctrina y Convenios (la visión de Alvin en el reino celestial). La palabra vino por medio de visiones como en la sección 76. Principalmente la palabra vino por el poder del Espíritu Santo. La mayoría de las revelaciones vinieron de esa manera.

Si el Espíritu Santo descansa sobre una persona, esa persona habla lo que el Señor hablaría y dicha persona llega a ser la voz del Señor. Vean este versículo de escritura:

«Y en ese día descendió sobre Adán el Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo, diciendo:» —ahora noten quien está hablando y vean el mensaje dado por el Espíritu Santo— «Soy el Unigénito del Padre desde el principio, desde ahora y para siempre, para que así como has caído puedas ser redimido; y también todo el género humano, sí, cuantos quieran.» (Moisés 5:9)

El Espíritu Santo habla en primera persona como si Él fuera el Hijo de Dios, recalcando el hecho de que cuando hablamos por el poder del Espíritu Santo, las palabras pronunciadas son las palabras de Cristo. Todos conocemos la expresión de Nefi de que los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo, y por lo tanto hablan las palabras de Cristo (2 Nefi 32:3). Los profetas que hablan por el poder del Espíritu Santo hablan las palabras de Cristo. Cada élder de la Iglesia, al ser inspirado por el Espíritu Santo, expresa palabras que son escritura y son tan verídicas y tan obligatorias por su contenido verdadero como las palabras pronunciadas por cualquier profeta. Puede ser que no las distingamos, ni que las votemos ni que decidamos que formal y oficialmente nos regiremos por ellas en nuestra conducta; pero son escritura, y son la voz y la palabra del Señor. Este es el tema de los sermones del Profeta. El Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son uno; sin importar quién de ellos diga algo, siempre es la misma palabra. Si un hombre dice por la inspiración lo que ellos dirían, es escritura.

Algunas de las revelaciones llegaron por medio de la confirmación espiritual, lo que quiere decir, que el Profeta meditó el problema en su mente, usando su albedrío como estaba obligado a hacerlo, y luego le presentó el asunto al Señor y recibió la confirmación espiritual de que sus conclusiones eran correctas. Él entonces las escribió, en el nombre del Señor, y las publicamos como revelación.

También hay algunas cartas, por ejemplo las secciones 127 y 128; hay algunos escritos inspirados, tales como las secciones 121, 122, y 123; y hay algunos puntos de instrucción, como la sección 131.

Como saber que es la Palabra de Dios

La siguiente declaración se ha tomado del testimonio de los Doce, en la fecha en que se adoptaron formalmente estas revelaciones: «Estamos dispuestos, pues, a testificar a todo el género humano, a toda criatura sobre la faz de la tierra, que el Señor ha testificado a nuestras almas, por medio del Espíritu Santo, derramado sobre nosotros, que se dieron  estos mandamientos por la inspiración de Dios, que son benéficos para todos los hombres y que ciertamente son verdaderos» (Introducción a la Doctrina y Convenios, pág. V).

Ahora, no hay otra manera en el cielo o en la tierra de que alguien sepa de la verdad y validez de una revelación, a menos que descanse sobre él el mismo Espíritu que descansó sobre el revelador que la recibió. Estamos tratando las cosas del Espíritu. No podemos pesarlas, ni evaluarlas ni juzgarlas en un laboratorio, a menos que hablemos de un laboratorio espiritual. No existe la interpretación privada para las escrituras. La escritura «nunca fue dada por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.» (2 Pedro 1:21). Por lo tanto, cuando los Doce dan testimonio, como lo leemos aquí, de que las revelaciones en la Doctrina y Convenios son verdaderas, eso significa que el Santo Espíritu de Dios ha hablado al espíritu dentro de cada individuo, y a todos ellos colectivamente, y les testificó que las revelaciones recibidas por José Smith eran verdaderas. Solamente recibiendo una revelación espiritual se puede saber la verdad y la divinidad de un asunto espiritual; no hay otra manera.

La Palabra que está por venir

No hemos recibido, de ninguna manera, toda la palabra del Señor. Yo creo que hemos recibido la mayoría de la palabra del Señor que se requiere hasta la Segunda Venida. El Señor ha dado todo lo que los pueblos del mundo tienen la capacidad espiritual de recibir en esta época. Habrá otra gran dispensación —o sea otro gran período de iluminación— cuando Él venga. En esa ocasión Él revelará todas las cosas, tales como la parte sellada del Libro de Mormón. Pero Él no revelará ahora la parte sellada del Libro de Mormón, ni permitirá que la publiquemos al mundo porque su contenido está tan fuera del alcance de la capacidad espiritual de los hombres que los alejaría de la verdad en lugar de llevarlos a la verdad. En realidad es un acto de misericordia el que el Señor limite, a algún pueblo en particular, la cantidad de revelaciones que reciba.

Estamos ahora en una dispensación gloriosa en la cual substancialmente hemos recibido todas las revelaciones que podemos llevar; sin embargo, es cierto que si pudiéramos unirnos y tener fe, recibiríamos más. Eso es algo de lo que sucedió en el año 1978 cuando el Presidente Kimball recibió la revelación de que el evangelio y todas sus bendiciones (el sacerdocio y las ordenanzas de la casa del Señor) debían ir ahora a todas las razas y pueblos y lenguas sin restricción salvo que la gente viva en rectitud y sean dignos de recibir lo que se les ofrece. Esa nueva revelación llegó, en gran medida, porque el profeta de Dios y quienes se asocian con él se unieron en fe, en oración y en deseo, y buscaron una respuesta del Señor. Hay otras revelaciones que podríamos recibir, y espero que las recibiremos, a medida que nos pongamos a tono con el Espíritu. Pero el gran conjunto de revelación para nuestra dispensación —quiere decir las cosas que necesitamos saber para dirigir nuestra conducta a fin de ganar una vida eterna— estas cosas ya se han dado. Y no habrá una gran cantidad de revelaciones importantes que vengan antes de la Segunda Venida debido a la iniquidad del mundo. Parte de esa iniquidad alcanza y permanece entre los Santos de los Últimos Días. Pero finalmente, habrá un día en que se agreguen más revelaciones.

La reafirmación de la Palabra en nuestros corazones

Esta reafirmación es lo que acerca este tema a nosotros como personas. Se supone que cada hombre es un profeta para sí mismo. Cada cabeza de hogar debe ser el revelador para su familia. José Smith dijo estas gloriosas palabras cuando habló del Segundo Consolador: «Dios no ha revelado nada a José, sino lo que hará saber a los Doce, y aún el menor de los Santos puede saber todas las cosas tan pronto como las pueda aguantar.» Los primeros versículos de la sección 76 anuncian este concepto glorioso:

«Porque así dice el Señor: Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en rectitud y en verdad hasta el fin.» (Doctrinas y Convenios 76:5)

No estamos hablando ahora solamente de los Apóstoles y profetas; estamos hablando de todo el conjunto de los miembros fieles:

“Grande será su galardón y eterna será su gloria.”

Y a ellos les revelaré todos los misterios, sí, todos los misterios ocultos de mi reino desde los días antiguos, y por siglos futuros, les haré saber la buena disposición de mi voluntad tocante a todas las cosas pertenecientes a mi reino.”

“Sí, aun las maravillas de la eternidad sabrán ellos, y las cosas venideras les enseñaré, sí, cosas de muchas generaciones.”

Y su sabiduría será grande, y su conocimiento llegará hasta el cielo; y ante ellos perecerá la sabiduría de los sabios y se desvanecerá el entendimiento del prudente.”

“Porque por mi Espíritu los iluminaré, y por mi poderles revelaré los secretos de mi voluntad; sí, cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han llegado siquiera al corazón del hombre.” (Doctrinas y Convenios 76:6-10)

Esas palabras introducen la visión de los tres grados de gloria que recibieron, el Profeta y Sidney Rigdon. Cuando se hubo registrado debidamente esa visión, y mientras el Espíritu aun descansaba sobre ellos, como resumen y conclusión el Profeta escribió:

«Pero grandes y maravillosas son las obras del Señor y los misterios de su reino que él nos enseñó, los cuales sobrepujan a toda comprensión en gloria, en poder y en dominio» (Doctrinas y Convenios 76:114)

Tales cosas no se podían escribir. No se pueden escribir porque solamente se pueden comprender y sentir. No vienen por medio del intelecto. Vienen por el poder del Espíritu. Son asuntos «los cuales nos mandó no escribir mientras estábamos aún en el Espíritu, y no es lícito que el hombre los declare.”

“Ni tampoco es el hombre capaz de darlos a conocer, porque sólo se ven y se comprenden por el poder del Santo Espíritu que Dios confiere a los que lo aman y se purifican ante él.”

“A quienes concede este privilegio de ver y conocer por sí mismos.”

“Para que por el poder y la manifestación del Espíritu, mientras estén en la carne, puedan aguantar su presencia en el mundo de gloria.”

Y a Dios y al Cordero sean la gloria, la honra y el dominio para siempre jamás.” (Doctrinas y Convenios 76:115-119)

La reafirmación de la palabra por medio de nosotros es una cosa tan gloriosa que no tenemos las palabras para expresarla. No podemos expresar la grandeza y la maravilla de vivir en una época cuando Dios ha mandado a un revelador para que hable Su palabra en todo el mundo, y cuando Él ha mandado profetas adicionales para repetir el mensaje y proclamar la verdad y hacer que llegue a los corazones de los hombres lo que ellos sean capaces de recibir.

«Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti» (D. y C. 5:10). José Smith ha dado la palabra, y nosotros repetimos el mensaje, y gran parte de ese mensaje consiste en que cada uno de nosotros —igualmente valiosos— tiene el poder de ponerse a tono con el Espíritu Santo y aprender por sí mismo lo que recibe el profeta. Habrá un día —durante el milenio según lo predijeron los profetas antiguos (Jeremías fue uno de ellos) — en que «ningún hombre le dirá a su prójimo, Conoce a Jehová; porque todos lo conocerán. . . desde el más pequeño hasta el más grande.» El Profeta José Smith dijo que esta promesa se refiere a una revelación personal, de una visita del Señor a una persona. Si nos adherimos, como debemos hacerlo, a las normas de rectitud que hemos recibido, está dentro de nuestra capacidad el recibir una reafirmación de la palabra total y completa, de la palabra que el Señor dio primero por medio de José Smith. Empezamos a recibir esa reafirmación cuando tenemos en nuestros corazones el espíritu de testimonio, y el Santo Espíritu de Dios nos dice que la obra es verdadera.

Lo que estoy diciendo es que el gran final del progreso espiritual no es solamente el conocer que las revelaciones son verdaderas, sino que incluye también el ver visiones, sentir el Espíritu, obtener la luz y el conocimiento adicionales que no es lícito expresar y que no fue escrito en el registro revelado.

Cuán gloriosa es la dispensación en la cual vivimos. Vivimos en una época en la cual el Señor desea confirmar Su palabra en los corazones de todos los que escuchen Su voz, y es nuestro privilegio el obtenerla.

La cosa más gloriosa en todo este sistema de religión revelada que hemos recibido es que la palabra es verdad. No se puede pensar en algo relacionado con nuestro sistema de religión revelada que se compare en importancia al simple hecho de que es verdadero. Y a causa de que es verdadero, funciona. Porque es verdadero, triunfaremos. Debido a que es verdadero, si hacemos lo que ya sabemos que debemos hacer, tendremos paz, gozo y felicidad en esta vida y seremos herederos de la vida eterna en el reino de nuestro Padre en el más allá. Que Dios nos conceda que así sea para todos nosotros.

En el nombre de Jesucristo. Amén

 

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José Smith: Un revelador de Cristo

Devocional de la Universidad Brigham Young, el domingo 3 de septiembre 1978. https://speeches.byu.edu/talks/bruce-r-mcconkie_joseph-smith-revealer-christ/.

José Smith: Un revelador de Cristo

por el Élder Bruce R. McConkie
del Quórum de los Doce Apóstoles

Devota y sinceramente espero que podamos tener una rica efusión del Espíritu Santo, por dos razones: primero, para que yo pueda decir lo que el Señor diría si él personalmente estuviera aquí; y en segundo lugar, para que estas palabras penetren en sus corazones y usted puedan saber con certeza que son verdaderas. Abordaré el tema: «José Smith: Un Revelador de Cristo.»

He elegido un texto elaborado y publicado por la Primera Presidencia de la Iglesia en 1935 con motivo del centenario de la organización de la primera Quórum de los Doce Apóstoles en nuestra dispensación:

Dos grandes verdades deben ser aceptados por la humanidad, si desean ser salvos: primero, que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Unigénito, aún el mismo Hijo de Dios, cuya sangre expiatoria y resurrección nos salvó de la muerte física y espiritual que vino por la caída; y además que Dios ha restaurado en la tierra, en estos últimos días, a través del profeta José Smith, su santo sacerdocio con la plenitud del Evangelio eterno, para la salvación de todos los hombres en la tierra. Sin estas verdades el hombre no puede esperar la riqueza de la vida venidera. (Improvement Era, abril 1935, pp. 204-5)

Tenemos un gran modelo, un patrón revelado en el cual se entretejen todas las revelaciones que se han dado en todas las épocas, el cual nos indica cómo se provee la salvación a los hombres en la tierra. Como todos sabemos, estamos aquí en la tierra como los hijos espirituales de Dios, nuestro Padre Celestial. Estamos aquí habitando cuerpos —tabernáculos de barro— para ser probados y examinados y calificados para ver si haríamos las cosas que el Señor nos manda y ordena a sus hijos en general y a cada uno de nosotros en particular. Estamos aquí para ver si creeríamos en la verdad eterna y si cumpliríamos con los principios tan aceptados y aprendidos. Y si creemos y obedecemos, nos las arreglamos para hacer las cosas que nos permitan, primero, para tener paz y alegría y felicidad en esta vida, y en segundo lugar, para tener una recompensa eterna en el reino de nuestro Padre.

Para todas las edades en las que se ha dado el evangelio, para cada dispensación del evangelio, por cada tiempo en que Dios en su misericordia entrega el plan de salvación a sus hijos en la tierra, sigue un patrón idéntico: él revela dos grandes verdades que se aplican a la dispensación involucradas. Una de estas verdades se aplica a todas las dispensaciones y la otra a la dispensación específica. La verdad de aplicación universal para todos los hombres en todas las edades, desde el padre Adán hasta el último hombre es que la salvación está en Cristo; que él es el Redentor y Salvador de los hombres; que en y a través de su sacrificio expiatorio, y por la sangre que derramó, y la redención que obró, la salvación está disponible para todos los hombres. A causa de Cristo, todos los hombres se levantarán en inmortalidad, y los que creen y obedecen, serán resucitados resucitados a vida eterna en el reino de nuestro Padre.

La inmortalidad, por definición y en su naturaleza, es vivir eternamente con un cuerpo de carne y huesos; es ser resucitado; es tener un cuerpo y un espíritu unidos inseparablemente. La vida eterna, por el contrario, es vivir eternamente en la unidad familiar y, por otro lado, heredar, poseer, y recibir la dignidad, el honor, el poder y la gloria de Dios mismo. Cualquier persona para quien la unidad familiar continúa en la eternidad tendrá vida eterna, y en el transcurso del tiempo adquirirá toda dignidad, honor, gloria, poder, fuerza, y la omnipotencia que el Padre Eterno posee.

La inmortalidad viene a causa del Señor Jesucristo; es un regalo para todos los hombres. La vida eterna se pone a disposición a través del mismo sacrificio expiatorio, y es un don para todos los que obedecen la ley sobre la cual se basa su obtención. Las leyes de la salvación son los mismos para todas las edades. Ellos nunca han variado, y nunca pueden variar. Todo hombre desde Adán hasta la última alma que habite esta tierra debe cumplir precisa y exactamente las mismas cosas y obedecer las mismas leyes con el fin de heredar, recibir y poseer la misma gloria en la eternidad.

La salvación está en Cristo, y para que los hombres crean y obedezca las leyes de Cristo y de la doctrina de Cristo, que comprenden su evangelio eterno deben ser reveladas en cualquier época. Es un requisito universal e invariable. El evangelio no se originó en el meridiano de los tiempos, ni comenzó cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra. Es un evangelio eterno. Se inició en el comienzo, y ha descendido en períodos sucesivos de dispensaciones desde los días de Adán hasta la actualidad, y continuará mientras los hombres estén en la tierra; y siempre y eternamente la salvación estará en Cristo.

Pero necesitamos un revelador del conocimiento de la salvación en cualquier dispensación. Nuestra revelación dice:

«. . . La salvación fue, y es, y ha de venir en la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente. . .» (Mosíah 3:18)

Necesitamos que no haya equivocación al respecto. Nuestro afecto, nuestro interés, nuestra preocupación, nuestro amor, nuestra devoción, todo lo que tenemos y todo lo que poseemos se centra en el Señor Jesús; pero, una vez dicho esto afirmativamente e inequívoca y positivamente, llegamos al hecho de que se necesita un revelador del conocimiento de Cristo y de la salvación para cada época de la tierra. Así nos encontramos con una cosa como ésta en nuestras revelaciones:

«José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él. . .» (Doctrinas y Convenios 135:3)

Y por eso, en nuestra dispensación, vinculamos los nombres de Cristo y de José Smith.

Ahora les citaré las palabras de Brigham Young:

¿Quién puede decir en justicia algo contra José Smith? Yo estaba muy familiarizado con él, más que cualquier otro hombre. No creo que su padre y su madre le hayan conocido mejor que yo. No creo que existiera un hombre en la tierra que lo conociera mejor que yo; y me atrevo a decir con excepción de Jesucristo no ha habido y hay mejor hombre sobre en esta tierra que él. Yo soy su testigo. Fue perseguido por la misma razón que cualquier otra persona justa ha sido o está siendo perseguida en la actualidad. (John A. Widtsoe, comp. Discursos de Brigham Young, 2ª ed., pp. 702-3)

Para obtener una visión verdadera; vamos a razonar juntos y averiguar cómo el Señor opera en relación con sus hijos. En primer lugar, leemos en las revelaciones de Abraham acerca de los nobles y grandes en la vida premortal quienes fueron preordenado. A Abraham se le dice que él es uno de ellos. Ellos son señalados como la descendencia del Padre, como espíritus, como almas; y luego el relato dice:

«Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios. . .» Este es el Señor Jesús, el Señor Jehová. Este es el primogénito en el espíritu que, a través de la rectitud y celo y obediencia, se convirtió en «semejante a Dios», es decir como el Padre.

Y él (es decir, Cristo) dijo a los que estaban con él, es decir al ejército de los nobles y grandes, los que habían visto a Abraham: Descendamos (no yo, Jehová, solo, sino los nobles y grandes, los hijos poderosos y valientes de nuestro Padre); Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos; (es decir, las huestes espirituales de los cielos) puedan morar.

Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare.” (Abraham 3:24-25)

¿Quiénes formaban parte en aquel gran concilio de la eternidad, de los nobles y grandes que Abraham vio? No hay mucha pregunta en nuestras mentes; ellos eran las personas que fueron preordenados para ministrar a los hombres en este mundo.

Si pensamos un poco sobre el orden de prioridad, de procedencia y jerarquía. Sabemos que el Señor Jesús era el número uno: poderoso, superior, valiente, inteligente sobre todos los demás. Sabemos que un espíritu llamado Miguel era el número dos, y que nació en este mundo como Adán, el primer hombre. Sabemos que un espíritu llamado Gabriel era el tercero en preeminencia, fuerza, y el poder, y que él vino a nosotros como Noé.

Después de eso no podemos especificar y categorizar a los diversos espíritus; pero sí sabemos que el más noble y el más grande y el más poderoso entre ellos estaban ordenados para encabezar las dispensaciones para ser la persona que, por su época y edad y dispensación, iniciaría la propagación de la verdad eterna en la tierra. Sabemos, por ejemplo, con referencia a Moisés, que encabezaba una de estas dispensaciones, que «nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien Jehová conoció cara a cara» (Deuteronomio 34:10) Eso establece un modelo. Sabemos de hombres como Enoc, quien vivió hasta que perfeccionó toda su ciudad y  todo su pueblo,  y  ellos fueron  trasladados  y  llevado  al cielo. Miramos hacia atrás a Abraham y lo consideramos a él como el padre de los fieles y nos alegramos de ser de su descendencia.

Hay un número limitado de poderosos espíritus nobles, que encabezaron sus respectivas dispensaciones. ¿Cuántos no sabemos?; quizá había ocho o diez o veinte, el número no importa. Pero hay un grupo reducido de individuos selectos por inteligencia, fuerza y poder junto al Señor Jehová. En el mismo sentido en que él llegó a ser semejante a Dios, estos individuos elegidos y seleccionados están destinados a dirigir su obra a lo largo de las épocas para ser semejantes a Cristo.

Al analizar la importancia relativa de estos individuos, sin conocer los detalles, se puede concluir que si un hombre nace en estos tiempos modernos para encabezar esta dispensación, es semejante a Adán, Moisés, al igual que a Abraham, o Cristo; en otras palabras, era uno de los diez o veinte espíritus más nobles y grandes que, hasta este momento, habían nacido en la mortalidad. Él y las huestes que con él llevaron a cabo sus proyectos creativos para traer a esta tierra a la existencia, él y sus compañeros encabezaron los períodos de tiempo en que la verdad eterna vino a los hijos de los hombres.

Esa es la forma en que clasificamos y colocamos al profeta José Smith: es uno de los grandes cabezas de dispensación, y una cabeza de dispensación es un revelador para su época y conocimiento de Cristo y de la salvación. Por lo tanto, los otros profetas de esta dispensación están asociados con él y los que vienen después de él, sostienen su obra y dan testimonio de él, se convierten en testigos de que él, Él principal profeta de su época, reveló al Señor Jesús y por lo tanto ha puesto la salvación a disposición.

Esto significa que en una reunión de testimonios en nuestro día vinculamos el nombre de José Smith con el de Jesucristo. Nos levantamos y decimos: «Yo sé que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente y que fue crucificado por los pecados del mundo». Y en la siguiente respiración decimos: «Yo sé que José Smith, hijo, fue elegido, nombrado, ungido, y llamado como profeta de Dios para esta época con el fin de revelar a Cristo y para revelar la salvación. «Somos testigos de Cristo, y damos testimonio de José Smith.»

Esa es la forma en que ha sido desde el principio. Siempre ha habido reuniones de testimonio. Si hubiésemos vivido en los días de Adán y nos hubiésemos reunido para adorar al Señor, el Espíritu habría descansado poderosamente sobre nosotros en esas ocasiones y nos hubiera dicho: «Yo sé que la salvación está en Cristo que ha de venir, y sé que Adán, nuestro padre, es un administrador legal que tiene las llaves y poderes y autoridad, y que él es el revelador del conocimiento de Cristo y de la salvación para los hombres en la tierra».

Si hubiésemos vivido en los días de Enoc, habríamos planteado en nuestras reuniones de testimonio y diríamos: «Doy testimonio de Cristo, y doy testimonio de Enoc quien reveló a Cristo, y automáticamente Creo también en Adán, quien vino antes.» Ese patrón que también se ha seguido en los días de Noé, en los días de Abraham, en los días de Melquisedec, y en todas las épocas en que la verdad eterna ha sido revelada. Siempre hemos vinculado el nombre de Cristo al nombre de cabeza de dispensación, y automáticamente creeremos en todos los profetas que han venido antes.

No podemos suponer por un momento que sería posible para alguien que vivió en los días del Señor Jesús y que crea que él es el hijo de Dios y, sin embargo pueda rechazar el testimonio de Pedro, Santiago y Juan. Eso es una imposibilidad filosófica. Si hubiéramos vivido en ese día no habría sido posible decir: «Bueno, voy a creer en Cristo; pero no voy a creer en Pedro, Santiago y Juan, sus apóstoles, quienes lo han revelado a mí y que han dado testimonio de su origen divino.» El Señor y sus profetas siempre van de la mano. Con esto en mente permítanme leer estas palabras de Brigham Young:

Todo aquel que confiesa que José Smith fue enviado de Dios para revelar el santo Evangelio a los hijos de los hombres, y sentar las bases para el recogimiento de Israel, y la edificación del reino de Dios en la tierra, que el espíritu es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Dios envió a José Smith, y reveló el Evangelio eterno por y a través de él, es del Anticristo, no importa si se encuentra en un púlpito o en un trono. (JD 8:176-77)

Teniendo estos conceptos y estas expresiones en mente, voy a leerle algunos pasajes dados y pronunciados por el Señor Jesús, en la que se asocia a sí mismo con Juan el Bautista. Fuera de estos pasajes tendremos una afirmación y una reafirmación de la verdad y el concepto de que Cristo y sus profetas van de la mano, que no es posible creer en uno sin creer en el otro, y que al rechazar a los profetas rechazamos al mismo Cristo. Jesús dijo esto:

Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero. Porque yo no soy el único, hay otro que da testimonio de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero.

Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él también dio testimonio de la verdad.

Y él no recibió su testimonio de varón, sino de Dios, y vosotros mismos decís que él es un profeta, por lo tanto, debéis recibir su testimonio. (Juan 5: 32-35; Traducción de José Smith de la Biblia, en adelante citado como JST; todas las referencias bíblicas sin esta notación provienen de la versión King James)

Juan dio un persuasivo y poderoso testimonio como lo conocemos o encontramos en cualquier registro escrito. En las ocasiones en que Cristo los visitó cerca de Betábara, cuando bautizaba en el Jordán, él dijo:

«. . . ¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (Juan 1:29, 36)

Eso fue simplemente una declaración de texto o un encabezado para largos discursos  que, obviamente, predicó acerca de su origen divino. En una ocasión Juan dijo esto, y es tan contundente y tan claro como cualquier testimonio:

«El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.» (Juan 3:36)

Juan dijo, en efecto: «Este es Jesús; él es el Hijo de Dios.» No había manera posible de creer que Juan era un profeta y rechazar al Señor Jesús. Al aceptar a uno se acepta al otro. Jesús dijo:

Juan vino a vosotros en el camino de la justicia, y dio testimonio de mí, y vosotros no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, aunque visteis esto, no os arrepintis, después de creerle.

Porque el que no cree en Juan acerca de mí, no me puede creer, sin que primero se arrepienta.

Y si no os arrepentís, la predicación de Juan os condenará en el día del juicio.  (Mateo 21: 32-34; JST)

Podríamos recitar otra vez, parafraseando el idioma, y aplicarlo a José Smith y nuestra situación actual.

He aquí otro pasaje:

Entonces le dijeron los fariseos: ¿Por qué no nos recibís con nuestro bautismo, ya que nosotros guardamos toda la ley?

Pero Jesús les dijo: Vosotros no guardaís la ley. Si habíeraís guardado la ley, me hubierais recibido, porque yo soy el que dio la ley.

Yo no os recibiré con vuestro bautismo, porque no os aprovecha en nada. Porque  cuando venga lo que nuevo, lo viejo estará listo para ser desechado. (Mateo 9:18-21; JST)

Tras esas expresiones que nos son tan familiares, como la de poner vino nuevo en odres viejos. En otras palabras, tenemos una nueva revelación en nuestros días en una nueva iglesia, al igual como se encontraba en el meridiano de los tiempos.

Y algunos de ellos llegaron al él, diciendo: Maestro bueno, tenemos a Moisés y a los profetas, y todo aquel que vive por ellos.

Y Jesús respondió diciendo: Vosotros no sabéis de Moisés, ni de los profetas; por que si los hubierais conocido, hubierais creído en mí; por que de mí escribieron. Por que he venido para que tengáis vida. (Lucas 14:35- 36; JST)

El principio de que el Señor y sus profetas van de la mano es glorioso. Estas son algunas de las palabras que escribí sobre este tema en una ocasión.

Estas son algunas palabras que he escrito sobre este tema.

Somos hijos de Abraham, los Judios dijeron a Yavé;
seguiremos a nuestro Padre, heredaremos su tesoro.
Pero a partir de Jesús, nuestro Señor, vino la renovación:
sois los hijos de él, quienes están dispuestos a obedecererle,
si sois descendencia de Abraham, deberiaís andar en su camino,
y escapar de las fuertes cadenas del padre de la ira.

Tenemos a Moisés el vidente y a los profetas de la antigüedad;
cuyas palabras debemos atesorar como la plata y el oro.

Pero a partir de Jesús nuestro Señor, se oyó la voz aleccionadora;
Si a Moisés os volveís, prestad atención a su palabra;
sólo entonces podrís esperar recompensas de gran valor,
pues él habló de mi venida y labor en la tierra.

Tenemos Pedro y Pablo, y seguimos sus pasos, verdareros ceyentes,
pero el que habla es el señor de vivos y muertos:

En las manos de estos profetas, esos maestros y videntes,
que permanecen en su día y les he dado las llaves;
A ellos debéis volveros, para el favor Eterno.

Con estos principios en mente, vamos a estar atentos y de manera muy consciente de su aplicación a José Smith. Una de nuestras revelaciones dice en las palabras del Señor Jesús, dirigiéndose a José Smith «. . . Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti» (Doctrinas y Convenios 5:10) Creo que Él hizo esa declaración, ya sea en esas palabras literales o en el contenido de pensamiento, de todas las cabezas dispensación se ha habido. Creo que dijo a Enoc, Moisés, Abraham, y, en principio, a todos: «Esta generación recibirá mi palabra por medio de ti» Alguien tiene que revelar la verdad eterna, y estos hermanos que he mencionado son los que el Señor dio esa obligación.

Por lo tanto, nos encontramos con directrices como ésta, pronunciadas por el Señor a la Iglesia inmediatamente después de su organización en el sexto día de abril en 1830. Él está hablando de José Smith:

“Por tanto, vosotros, es decir, la iglesia, daréis oído a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba, andando delante de mí con toda santidad”

“Porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca.” (Esto establece una cabeza de dispensación, aparte de todos los otros profetas. Aquí está la posterior declaración de él)

“Porque he aquí, bendeciré con poderosa bendición a todos los que obraren en mi viña, y creerán en sus palabras que por mi conducto le son dadas por el Consolador, el cual manifiesta que Jesús fue crucificado por hombres inicuos, por los pecados del mundo, sí, para la remisión de pecados al de corazón contrito.” (Doctrinas y Convenios 21:4- 5, 9)

¿Cuál es la medida de nuestro discipulado? ¿Cómo medimos y probamos la firmeza con la que nos arraigamos a la fe restaurada? Creo que una de las grandes pruebas es el grado y alcance, el fervor y sinceridad, la devoción y la fe verdadera que le damos a las palabras que salieron del profeta José Smith. He aquí un hombre que, en primer lugar, nos dio el Libro de Mormón, que es un relato de los tratos de Dios con un pueblo que tenía la plenitud del Evangelio, que da testimonio de Cristo, que relata con sencillez y en simpleza las verdades básicas y fundamentales que los hombres deben creer para ser salvos. Aquí está un hombre que dio un libro de incomparable valor de sus palabras, como si fuera para nosotros, por lo menos, ya que fue a través de él que vinieron. Aquí está un hombre que nos dio las revelaciones en Doctrina y Convenios —revelaciones que hablan en primera persona, como el mismo Señor Jesús estuviera hablando por su voz y boca, pero a través de los labios de José Smith— un volumen de la verdad revelada que Dios Todopoderoso habla a través de su profeta.

Aquí están las palabras que el Profeta nos dio en la Perla de Gran Precio, el libro de Moisés está tomado de la traducción de José Smith de las Escrituras y el Libro de Abraham que fue traducido de papiros. Aquí están las palabras de la traducción inspirada de José Smith, si palabras que vienen de Dios por el poder profético. Aquí hay sermones majestuosos, sermones maravillosos que narran la mente y la voluntad y el plan y los propósitos de Dios a los hombres en la tierra —por ejemplo el sermón Follet del que el presidente Kimball citó copiosamente en el funeral del hermano Stapley recientemente.

Hablamos de juzgar a un hombre por sus frutos y uno de los grandes frutos de José Smith son las palabras que habló, las palabras que escribió, el mensaje de inspiración que nos dio. Sugiero que una medida de discipulado, una norma de juicio mediante la cual podemos decir cuán firmemente estamos anclados en la fe del Señor, es la forma sincera y total en que creemos en las palabras que han llegado a través del profeta  José Smith. Obviamente en consecuencia tenemos una obligación y una necesidad de atesorar estas palabras, para buscar estas verdades, para aprender lo que son, y luego hacerlos una parte viva de nosotros.

Damos testimonio de Cristo, y lo hacemos con todo el fervor y convicción y el poder de toda nuestra alma, luchando y trabajando para hacerlo por el poder del Espíritu Santo; y como nuestras voces se hacen eco de la verdad eterna de que Cristo es el Señor, decimos también que José Smith es un profeta de Dios, un administrador legal que recibió poder de Dios, llaves y autoridad para que pudiera atar en la tierra y sellar eternamente en los cielos. Aquí, decimos, es Joseph Smith, un revelador del conocimiento de Cristo y de la salvación para nuestros días. Vinculamos nuestras voces en un gran testimonio de la verdad eterna; y la razón nos da el poder para dar testimonio de Cristo, a través de quien viene la salvación, es que José Smith, el Profeta y Vidente del Señor para nuestro día y en nuestros días, ha recibido la verdad eterna, ha dado testimonio, ha dado la revelación, ha sentado las bases.

Brigham Young dijo una vez: «Tengo ganas de gritar Aleluya, todo el tiempo, cuando pienso que pude conocer a José Smith» (Discourses of Brigham Young, pág 458.); y así es como debe ser, porque la salvación está en Cristo y la salvación está disponible porque José Smith reveló a Cristo al mundo. El mundo tampoco acepta el testimonio y cree en los profetas del Señor, y sigue su propio camino, se arriesga y pierde la esperanza de la salvación eterna. Uno debe creer en Adán y Cristo, si vive en aquel día; o en Abraham y Cristo, si vive en aquel día; o en Moisés y Cristo si viven a continuación; o, en nuestros días, en José Smith y en Jesucristo, al clamar «Hosanna» y «Aleluya» y «¡Alabado sea el Señor!» siempre y cuando sus nombres son mencionados por el poder del Espíritu Santo.

Estoy agradecido más allá de cualquier medida de expresión y en mi alma descansa la absoluta convicción, de que Jesús es el Señor. Lo sé mejor que nada en este mundo. En ese mismo sentido con certeza inquebrantable, absoluta y pura, y conocimiento revelado. Sé que José Smith, hijo, quien encabezó esta dispensación, como el profeta del Señor para nuestro día y nuestro tiempo; y que, como él afirmó, vio en la primavera de 1820 al Padre y al Hijo; y que, al igual que la afirmación de las revelaciones y las verdades que salieron de sus labios son la voz y la mente y voluntad y propósitos del Señor para mí y para todos los hombres de nuestros días.

Ruego a Dios nuestro Padre para que seamos valientes y verídicos, para que podamos permanecer y ser valientes en el testimonio de Cristo, porque la salvación está en Cristo y en ningún otro, y que podamos tener el mismo fervor y la misma devoción al vincular el poderoso y noble cabeza de nuestra dispensación con el nombre del propio Salvador.

Esto lo hago a través de la doctrina y por medio del testimonio en esta ocasión en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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