Publicado en la revista Liahona entre los años 1955-1956. Octubre-noviembre, 1955. Febrero, 1956. Marzo, 1956. Abril, 1956, páginas.
La verdad acerca de Dios
Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Muchos cristianos que hoy viven, devotamente creen que Dios de nuevo se ha revelado al hombre, literal y personalmente, en esta época misma en que vivimos.
Este conocimiento de Dios nuevamente revelado, ha surtido un efecto más devastador y tumultuoso en las creencias religiosas modernas, que cualquier otro acontecimiento desde la resurrección de nuestro Señor, hace ya unos dos mil años.
¿Qué es este nuevo conocimiento que ha venido al mundo? ¿Tiene analogía con las enseñanzas de los antiguos profetas? ¿Cambia, aumenta o derriba sus testimonios? ¿Cuál es su efecto en los credos y dogmas universalmente aceptados por los miembros de casi toda la iglesia cristiana? De hecho,
¿Qué clase de ser es Dios? ¿Y cuantos cristianos realmente saben qué clase de ser están adorando?
¿Es Él un personaje a cuya imagen el hombre ha sido creado, o es una esencia espiritual increada que llena la inmensidad del espacio, presente en todas partes y sin embargo, sin hallarse en ningún lugar particular?
¿Se le puede ver, conocer, describir, o es invisible e imposible de ser visto, desconocido e imposible de ser conocido, una incomprensible fuerza mística que llena todo el espacio?
¿Es Él una persona, una entidad, una personalidad que puede ser conocida, un individuo con todo poder que se apareció a los antiguos profetas y habló con ellos cara a cara, o es Él las leyes y potencias, las fuerzas e influencias que componen las leyes de la naturaleza?
¿Puede Dios estar solo en un lugar a la vez? ¿Es una persona, una personalidad, un individuo glorioso y exaltado que tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre, o es Él las leyes que rigen el universo, los poderes y dominios que hay en todas las cosas, que, sin embargo, no se pueden catalogar, segregar o definir?
¿Es Dios un espíritu, irreal e inaccesible, o es la personificación de toda buena gracia, de modo que siente celo por su nombre, se aíra con los inicuos, es misericordioso hacia los pecadores arrepentidos y justo para con todos los hombres?
¿Y qué se sabe de la Trinidad? ¿Se compone de tres personajes separados que son uno en propósito y plan, o es esta Trinidad eterna solamente tres manifestaciones de la misma esencia espiritual cuyos miembros no son sino diferentes representaciones de la misma cosa?
¿Cómo es que la Trinidad es tres, y sin embargo, uno? ¿Y cuáles son el carácter, perfeccionamiento y atributos que cada uno de los tres posee?
Conceptos antagónicos respecto a Dios
En diversas épocas han existido muchas ideas opuestas acerca de Dios, y en la actualidad aún prevalecen varias en el mundo. Gran cantidad de hombres han convertido el palo o la piedra de Dios; otros han adorado vacas o cocodrilos; otros han visto en los cuerpos celestiales y en la fuerza de la naturaleza objetos dignos del homenaje de los mortales.
En la era cristiana. Tanto los concilios como los individuos han redactado credos, tratando de dar fin a la casi universal incertidumbre concerniente a la naturaleza de Dios y la clase de ser que es.
Uno de estos credos especifica que Dios es Todopoderoso, increado e incomprensible. Acomodan estas descripciones igualmente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; y sin embargo, reza que “no son tres eternos, sino un eterno; como tampoco hay tres increados, ni tres incomprensibles, sino un increado y un comprensible”. La conclusión a que se llega es que “el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios; sin embargo, no hay tres dioses sino un Dios”. (Símbolo de Atanasio).
Otra iglesia proclama que Dios es “el Ser Supremo, incorpóreo e increado”. (Catholic belief, por Bruno, pág. 1) Pero quizás el concepto ortodoxo mejor conocido, se halla en esta declaración: “No hay sino un Dios viviente y verdadero, sempiterno, sin cuerpo, partes o pasiones; de infinito poder, sabiduría y bondad”. (Iglesia Episcopal Protestante de los Estados Unidos. Artículo 1).
Por otra parte, muchos creen que Dios es un ser personal a cuya imagen el hombre ha sido creado, y que los miembros de la Trinidad son personajes distintos, unidos como uno en propósito y plan
El Dios no conocido
Es palpable que no pueden ser verdaderos todos los conceptos que hoy existen concerniente a la naturaleza de Dios y la clase de ser que es, así como a la relación que entre sí tienen los miembros de la Trinidad y sus misiones. La verdad siempre armoniza consigo misma, y los conceptos que se oponen diametralmente no pueden todos estar expresando la verdad.
En vista de que la creencia en Dios es la base fundamental de cualquier religión, así como la creencia en un Dios verdadero es esencial a una religión verdadera, se concluye que es de suma importancia que aquellos que buscan la salvación lleguen al conocimiento de Dios.
Contrastan con los conceptos expresados en los credos de la cristiandad moderna las palabras de nuestro Señor en su gran oración intercesora:
“Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. (Juan 17:3).
José Smith enseñó:
“El primer principio del evangelio es saber con certeza la naturaleza de Dios, y saber que podemos conversar con Él como un hombre conversa con otro. . . ” (Enseñanzas del Profeta José Smith. pág. 192)
Cuando Pablo se puso de pie ante el Areópago para razonar con los filósofos y religiosos atenienses, él dijo:
“. . . Pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción. AL DIOS NO CONOCIDO.” (Hechos 17:23)
Para estos hombres era desconocido aquel ser que es vida eterna conocer. Casi igual condición prevalece hoy entre aquellos que aceptan los credos que proclaman a Dios como algo incomprensible, increado, y sin cuerpo, partes o pasiones.
Pablo, sin embargo, con la majestad y conocimiento de su apostolado dijo a los hombres de Atenas:
“. . . Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio.” (Hechos 17:23)
Y así hoy los testigos del Señor salen proclamando una nueva revelación de Dios y la Trinidad, a fin de que los hombres conozcan a estos santos seres y lleguen a ser herederos de la vida eterna.
La revelación es la única fuente de conocimiento respecto del Dios verdadero y viviente. El hombre ha de beber de esta fuente o para siempre jamás tener sed. No puede hallar a Dios buscándolo solamente en el campo de la razón. Puede hacerse ídolos, escribir y desarrollar conceptos filosóficos, pero todas estas cosas serán sus propias creaciones. No afectan la verdad acerca de Dios. Si no es revelado, permanece desconocido para siempre.
De manera que como lo expresó Isaías:
“¡A la ley y al testimonio! Si no hablan conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Isaías 8:20)
La personalidad de Dios
Como todo cristiano sabe, la Trinidad se compone de tres miembros: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo.
Sin embargo, al presentar el conocimiento revelado de la personalidad de Dios, no se intentará al principio, en el caso de determinados pasajes de las Escrituras, distinguir entre el Padre y el Hijo. Ya que tienen las mismas características personales, los mismos atributos perfeccionados, la misma personalidad (aun cuando son personajes separados), los pasajes de las Escrituras que se citan se aplican o pueden aplicarse igualmente a cada uno de ellos. Los que buscan la verdad pueden más tarde hacer las distinciones necesarias que indican las misiones que cada uno de ellos lleva a cabo, así como su relación entre sí, como miembros de la trinidad.
De manera que si la vida eterna consiste en conocer a Dios, y ya que desea que el hombre obtenga esta salvación, él se ha revelado al ser humano de cuando en cuando. Esta revelación, comenzó desde el principio, con nuestro Padre Adán. Mientras todavía se hallaba en el jardín de Edén, anduvo y habló con Dios, vio su faz, recibió instrucciones de él y supo cómo era. (Génesis 2:15-25; 3:1-24).
Más tarde, cuando el Señor reveló la historia de la creación, explícitamente enseñó que Él era un ser a cuya imagen y semejanza el hombre había sido creado. Por leer las Escrituras, claramente se deduce que Él fue el modelo según el cual el hombre fue creado física y naturalmente sobre la tierra. Por más que se quiera, es imposible tergiversar las palabras en el sentido de que el hombre fue creado meramente a su imagen y semejanza espiritual.
La historia de la creación del hombre, según el Génesis dice así:
“Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. . .
Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (Génesis 1:26-27).
Éste es el libro de las generaciones de Adán. El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo.
Varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán el día en que fueron creados.
Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set. (Génesis 5:1-3).
De manera que Adán fue creado a su imagen y semejanza de Dios, en la misma forma que Set fue creado a imagen y semejanza de Adán. Pablo dio la misma interpretación literal a estas palabras, explicando que como el varón “es imagen y gloria de Dios”, así, “la mujer es gloria del varón”. (1 Corintios 7).
Vemos pues que el hombre, en cuanto a su forma, es semejante a Dios, y que Dios en su forma es como el hombre. Tanto uno como otro tienen tamaño y dimensiones. Ambos tienen un cuerpo. Dios no es una existencia etérea que se halla en todas las cosas, ni tampoco es meramente los poderes y leyes mediante los cuales todas las cosas son gobernadas.
Esto es lo que enseña las Escrituras antiguas; más tarde veremos qué puede añadir a esto la revelación moderna.
Muchos profetas vieron a Dios
Por medio de la fe, muchos hombres han visto a Dios y han dejado su testimonio sobre su naturaleza y la clase de ser que es. Leemos que cuando Moisés, uno de los profetas más grandes que ha habido;
“. . . Entraba en el tabernáculo, la columna de nube descendía y se ponía a la entrada del tabernáculo, y Jehová hablaba con Moisés.
Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera con su prójimo. . .
En otra ocasión le fue prometido a Moisés ver “las espaldas” del Señor”. (Éxodo 33:9, 11,25).
Moisés no fue el único testigo de Señor en su tiempo. Fue aquella una época en que mediante la fe se dieron muchas grandes manifestaciones espirituales.
“Y subieron Moisés, y Aarón, Nadab, y Abiú y setenta de los ancianos de Israel;
Y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está claro.
Mas no extendió su mano sobre los príncipes de los hijos de Israel; y vieron a Dios, y comieron y bebieron.” (Éxodo 24:9-11).
Isaías nos ha dado un testimonio parecido:
“. . . Vi yo al Señor –nos dice- sentado sobre un trono alto y exaltado, y las faldas de su manto llenaban el templo.
Entonces dije: ¡Ay de mí que muerto soy!, porque siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de un pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, a Jehová de los ejércitos.” (Isaías 6:1, 5).
Tan bien conocido es el hecho de que Enoc, Noé, Abraham, Isaac, Jacob y muchos de los profetas vieron manifestaciones similares, que no se precisa documentar. Y que ese mismo conocimiento continuó entre los elegidos de Dios en la época del Nuevo Testamento, es de común conocimiento entre los estudiantes del evangelio.
En la ocasión del martirio de Esteban, por ejemplo, hallamos una clara ilustración de las personalidades de los miembros de la Trinidad. Por testificar de Cristo a aquellos a quienes acusó de ser “entregadores y matadores” del Justo, Esteban fue apedreado y muerto.
Pero Esteban, estando lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios,
Y dijo: ¡He aquí, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios!” (Hechos 7:55-56).
En ese momento se hallaba Esteban en la tierra, recibiendo testimonio del Espíritu Santo, uno de los miembros de la Trinidad, mientras que el Padre y el Hijo, los otros dos miembros, estaban en el cielo.
Al regocijarse en el testimonio de los profetas, quienes, mediante la justicia y la fe se perfeccionaron lo suficiente para ver la faz de Dios, también es importante notar que las Escrituras expresamente prometen que aquellos que alcancen la gloria celestial verán a Dios, porque “el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán. Y verán su cara; y su nombre estará en sus frentes”.
De modo que tenemos los testimonios escritos de los antiguos profetas que conocieron a Dios, vieron su cara, estuvieron en su presencia y oyeron su voz. Más tarde consideraremos si este mismo ser invariable –este ser que es el mismo ayer, hoy y para siempre; este ser “en quien no hay cambio ni sombra de variación”. (Santiago 1:17), ha cesado de hablar, si ya no se revela al hombre, si se ha convertido en una inexistencia etérea y ha llegado a ser un DIOS NO CONOCIDO.
Cristo es conforme a la imagen del Padre
Uno de los grandes testimonios de Cristo, durante su ministerio en la carne, fue revelado al mundo la verdad acerca de Dios y su personalidad. En aquel día, como sucede hoy, la mayor parte de la gente había perdido el conocimiento de Dios y se hallaba imbuida en vanas y locas ideas. Como lo expreso Pablo, era una época en que el mundo no había podido conocer a Dios por sabiduría, por lo que “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Corintio 1:21), proclamar la verdad salvadora.
Nuestro Señor proclamó ser el Hijo de Dios, y esta proclamación constituía una afirmación de que su Padre era como Él, así como cualquier hijo es engendrado a imagen y semejanza de su padre. Sin embargo, la historia divina, previendo la futura confusión en que se hundiría el mundo, con respecto a la personalidad de Dios, no paró allí. Al contrario, las Escrituras especifican de una manera clara y positiva que Cristo efectivamente fue creado conforme a la real y expresa imagen de la persona del Padre.
Cristo fue una manifestación de Dios al mundo. Nació, alcanzó la edad madura, ejerció su ministerio entre sus semejantes, fue crucificado, murió y se levantó de nuevo al tercer día mediante una resurrección gloriosa. Inmediatamente después inició una serie de apariciones a los Apóstoles y discípulos, en la que les mostró su cuerpo, permitiéndoles palpar la naturaleza tangible de ese cuerpo y comiendo alimentos en su presencia para impresionarlos con la realidad física de su cuerpo resucitado.
En el camino de Emaús, por ejemplo, el resucitado e inmortal Señor, sin darse a conocer a sus discípulos, anduvo y habló con ellos como cualquier ser mortal. Luego al atardecer, cuando lo reconocieron, “él se desapareció de los ojos de ellos”, y en el acto “tornándose a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos”, y relataron las cosas que les habían acontecido con el Señor resucitado.
“Y entre tanto que ellos hablaban estas cosas, Él se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Entonces ellos espantados y asombrados, pensaban que veían espíritus.
Mas él les dice: ¿Por qué estáis turbados y suben pensamientos a vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos; como veis que yo tengo. Y él diciendo esto, les mostró las manos y los pies.
Y no creyéndolo aún ellos de gozo, y maravillados, díjoles: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces ellos le presentaron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él tomó, y comió delante de ellos.” (Lucas 24:13-53)
Ahora bien, teniendo presente que Cristo después de su resurrección era un ser tangible, físico, personal, con un cuerpo de carne y huesos que podía ser tocado y palpado, sí, un cuerpo que podía andar, hablar y comer, preguntémonos: ¿Y su Padre?
Sobre la respuesta a esta interrogación las Escrituras hablan claramente. Pablo dijo a los corintios que Cristo “es la imagen de Dios”. (2 Corintios 4:4).
A los colosenses dijo que Cristo era “la imagen del Dios invisible”, (Colosenses 1:15), y a los filipenses enseñó que era “en forma de Dios y que fue hecho semejante a los hombres”. (Filipenses 2:6-7).
A los hebreos hizo la afirmación más directa de todas: Seguir leyendo →