Sed limpios

El 5 de octubre de 1952 en la sesión del domingo por la tarde en la Conferencia General Semianual número 123 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, octubre, 1952.

«Sed limpios»

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Sólo estas breves palabras:

Sé limpio, se puro, se casto, porque ninguna cosa inmunda, ninguna cosa impura, puede heredar el reino de Dios.

Dios habló a nuestro padre Adán y dijo:

. . . Enseña, pues, a tus hijos, que es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque ninguna cosa inmunda puede morar allí, ni morar en su presencia. (Moisés 6:57)

La voz del Señor fue dada por Amulek, diciendo:

. . . Ninguna cosa impura puede heredar el reino del cielo; por tanto, ¿cómo podéis ser salvos a menos que heredéis el reino de los cielos? Así que no podéis ser salvos en vuestros pecados. (Alma 11:37).

Y cuando Cristo resumió el plan de salvación a los nefitas, lo hizo diciendo:

Y nada impuro puede entrar en  su  reino;  por  tanto,  nada  entra  en su reposo, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, y el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin.

Y éste es el mandamiento: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra,  y  venid  a  mí  y  sed bautizados en  mi   nombre,   para   que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os presentéis ante mí sin mancha. (3 Nefi 27:19-20)

Ninguna cosa impura puede heredar el reino de los cielos. «. . . Sed limpios los que lleváis los vasos del Señor» (Doctrinas y Convenios 133:5) En el nombre de Jesucristo. Amén.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Esta es la vida eterna

El 5 de abril de 1952 en la sesión del sábado por la mañana en la Conferencia General Anual número 122 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report 1951, abril.

Esta es la Vida Eterna

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta.

Nosotros creemos que Dios se ha manifestado otra vez en nuestros días para que los hombres puedan ganar la vida eterna en su reino. El conocimiento de Dios y el conocimiento de como él es, son los cimientos de piedra sobre los cuales se basa la religión verdadera. Sin ese conocimiento y sin revelación de él es imposible que el hombre espere las bendiciones, honores y las glorias de la eternidad.

El Maestro dio la clave a este principio en su gran oración intercesora, cuando dijo:

«Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» (Juan 17:3)

El profeta José Smith dijo,

«El primer principio del evangelio es saber con certeza la naturaleza de Dios, y saber que podemos conversar con El como un hombre conversa con otro.» (Enseñanzas del Profeta José Smith página 192)

Durante todas las edades cuando el evangelio ha estado en la tierra ha existido este conocimiento de que Dios siempre ha venido por revelación. Los profetas la han conocido y han dado testimonio delante de la gente de sus atributos y leyes. Crio a Adán «a imagen de su propio cuerpo». (Moisés 6: 9) Entonces anduvo y hablo con él; con el mismo hombre que él había criado a su propia imagen. Envió a su Hijo, Jehová, primogénito en el espíritu, para comunicarse con Moisés «cara a cara, como habla cualquiera a su compañero.» (Éxodo 33:11.) Una de las razones porque mandó a su Hijo en el meridiano de los tiempos fue para mostrar al mundo la clase de persona que es, para que los hombres le conocieran y guardaran sus mandamientos y así ser dignos de regresar a su presencia otra vez.

Cristo dijo que él fue el Hijo de Dios. Dijo que salió del Padre y que vino para dar testimonio del Padre. De él está escrito que él es la misma imagen de la sustancia del Padre. Esto fue conocido en todas las edades. Sin embargo, durante el tiempo de la negra apostasía los hombres sin revelación y sin el Espíritu del Señor se reunieron en conferencias y conclaves para formar un credo que procuraría definir como él era. Ellos dijeron que en una manera mística, él era tres en uno, que llenaba la inmensidad del espacio, que estaba en todas partes y en ningún lugar exacto, que era incomprensible, insabible, increado, incorpóreo y todo lo demás.

Y esa fue la idea que existió en el año 1820 cuando el joven, José Smith, fue a aquel lugar retirado en la arboleda para pedir a Dios cual de las muchas Iglesias era la verdadera y a cual debía unirse.

El Profeta dijo:

«. . . Vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí.

. . . Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!» (José Smith 16-17)

Desde aquel momento el conocimiento de Dios empezó a llenar el mundo. En tiempo esperamos el día cuando el conocimiento de Dios cubrirá la tierra como las aguas cubren el abismo; cuando no será necesario que un hombre diga a su vecino, «Conoce al Señor,» porque todos le conocerán desde el más grande hasta el más pequeño.

Tenemos escrituras que dicen:

«El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros.» (Doctrinas y Convenios 130:22)

Si hubiéramos vivido en el principio, En los días de Adán y si hubiésemos recibido el conocimiento de Dios tal como fue enseñado por revelación por la boca de Adán, el sumo sacerdote administrador de la Iglesia, nos habríamos dado cuenta de que el mismo nombre del Padre  significaba Varón de Santidad, porque como la escritura dice:

«En el lenguaje de Adán, su nombre es Hombre de Santidad, y el nombre de su Unigénito es el Hijo del Hombre.» (Moisés 6:57)

Cuando repetidas veces Cristo se refirió a sí mismo como el Hijo del Hombre, estaba afirmando que él era el Varón de Santidad, Dios el Eterno Padre, es su Padre, y no se refirió a su mortalidad, a su nacimiento como hijo de María.

Todos nosotros que hemos aceptado el evangelio tenemos el poder de llegar a ser hijos de Dios. Lo podemos hacer por fe. Pablo dijo que los que lleguen a ser hijos adoptivos de Dios son coherederos de Jesucristo, de modo que son dignos de recibir, heredar y poseer, tal como Cristo antes ha heredado.

Él apóstol Juan, discípulo amado del Señor, escribió estas palabras:

«Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios: por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a él.»

Ahora fíjense bien en lo que dice:

«Muy amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que  hemos  de  ser;  pero   sabemos   que   cuando   él aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.

Y todo aquel que  tiene  esta esperanza en  él  se purifica,  así  como  él es puro.» (1 Juan 3:2-3) Esas palabras escribió al ser inspirado por el Espíritu Santo.

A esto mismo el Señor dijo Juan:

«El que venciere heredará todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo.» (Apocalipsis 21:7)

Y otra vez:

«Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.» (Apocalipsis 3:21)

Estas escrituras del Nuevo Testamento, y muchas otras que se podrían citar, enseñan la doctrina de la vida eterna y vidas eternas, una doctrina de herencia junto con Cristo el Hijo. Otra vez por revelación moderna se ha dado este conocimiento con más detalles. Se nos enseña que Cristo no recibió de la plenitud al principio mas recibía de gracia en gracia; hasta que recibió la plenitud, y que al fin recibió todo poder, tanto en el cielo como en la tierra. Después de que se hizo registrar esta verdad en la revelación, el Señor dice que esto es para que podamos saber y comprender a quién debemos adorar y en que manera lo debemos hacer. De modo que si guardamos sus mandamientos podemos ir de gracia en gracia hasta que seamos uno en él así como él es uno en su Padre y así heredaremos una plenitud de todas las cosas.

El conocimiento de Dios es el principio de toda religión verdadera. Sin eso no puede haber fe en Dios. El conocimiento de Dios es el fin de toda religión verdadera. Si tenemos ese conocimiento y procuramos, como dice Juan, purificarnos como él también es limpio, entonces podemos seguir en progresión eterna, habiendo alcanzado las bendiciones de paz y felicidad en este mundo y teniendo la seguridad de un galardón eterno en las mansiones que están preparadas; en el nombre de Jesucristo. Amén.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Dos grandes verdades

El 6 de octubre de 1951 en la sesión del domingo por la tarde en la Conferencia General Semianual número 122 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, octubre, 1951. Revista Liahona abril 1952. Improvement Era, diciembre 1951.

Dos grandes verdades

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Dos grandes verdades deben ser aceptadas por el género humano si se salvará: primero, que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Unigénito, el verdadero Hijo de Dios, quien derramó su sangre y su resurrección nos salvó de la muerte física y espiritual traída a nosotros por la Caída; y más, que Dios ha restaurado a la tierra, en estos últimos días, por intermedio del profeta José, su Santo Sacerdocio con la plenitud del eterno Evangelio. Sin estas verdades el hombre no puede tener esperanzas para la vida venidera. (Véase The Improvement Era, Vol. 38, Pág. 204-205.)

Esas palabras fueron dadas por la Primera Presidencia de la Iglesia en un testimonio al mundo en ocasión del centenario del establecimiento del Quórum de los Doce Apóstoles en esta dispensación, y si el Espíritu me da facilidad de palabra, me gustaría decir algunas cosas con referencia a ellos.

Salvación centrada en Cristo

Nosotros somos el pueblo de Dios. Nosotros somos los miembros del Reino de Dios en la tierra la cual es la Iglesia, y nosotros tenemos el conocimiento y la luz y la revelación lo que nos hace saber que la salvación está centrada en Cristo. Nosotros creemos en Cristo, Nosotros somos la Iglesia de Cristo. Nosotros creemos que por medio de su sangre expiatoria y el sacrificio en que él trabajó, todo hombre será levantado en inmortalidad, eso quiere decir, que su cuerpo, y su espíritu serán reunidos, una resurrección será traída; y nosotros creemos que, los que obedecen las leyes y ordenanzas del Evangelio, ganarán, en adición a la inmortalidad, el glorioso regalo de la vida eterna.

Nosotros tenemos testimonio y conocimiento que Cristo fue el primero nacido del Padre, en el mundo espiritual de las preexistentes eternidades, él obedeció las leyes del Padre y por diligencia y rectitud ascendió hasta el estado de un Dios.

Nosotros lo reconocemos como el Creador, bajo el Padre, del mundo y todo lo que en él hay. Nosotros lo adoramos como el Dios quien reveló sus verdades rescatadoras a todos los profetas antiguos, esos poderosos líderes que han venido en todo tiempo cuando ha tenido un pueblo sobre la tierra.

Nosotros creemos que él vino a este mundo nacido de María, literal y realmente como nosotros nacemos de nuestra madre; que él vino al mundo nacido de Dios el Eterno Padre, el Todopoderoso Elohim; como nosotros nacemos de nuestros padres en este mundo literal y actualmente.

Nosotros creemos que él tuvo el poder de dar la vida y de volverla a tomar, porque María fue su madre y Dios fue su padre.

Nosotros testificamos de Cristo; nosotros tenemos el conocimiento que la salvación está en él y por medio de él y sólo por él. «La salvación fue, y es, y ha de venir en la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente». (Mosíah 3:18), y «Cuan grande es la importancia», como Lehi lo expresó, «de dar a conocer estas cosas a los habitantes de la tierra». (2 Nefi 2:8)

Ahora no es posible en mi juicio, para la gente en el mundo aceptar a Cristo y ser salvos, a menos que al mismo tiempo ellos acepten a los profetas a quienes Cristo ha mandado, y reciban la administración de las santas ordenanzas bajo sus manos.

Cristo y sus profetas son uno. Nosotros no podríamos creer en Cristo sino hubiera profetas para declarar de Cristo y de sus verdades salvadoras. El Apóstol Pablo razonó en este tópico y dijo:

«¿Y cómo creerán en aquel  de  quien  no  han  oído?  ¿Y  cómo  oirán sin haber quien les predique?

¿Y cómo predicarán si no son enviados?  (Romanos 10:14-15)

A no ser por Cristo, no habría salvación. Si no fuera por los profetas de Dios enviados en las varias edades de la historia de la tierra, el testimonio de Cristo no se hubiera predicado, el mensaje de salvación no habría sido enseñado, y no habría administradores quienes pudieran desempeñar las ordenanzas de salvación para los hombres, eso es, ejecutarlas para que sean ligadas aquí en la tierra y selladas eternamente en los cielos.

Por eso el Señor ha mandado profetas. Nadie se supondría que pudiera creer en Cristo y rechazar a Pedro, a Santiago y a Juan. El Señor y sus profetas van de acuerdo. Cristo dijo »Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador»; y él dijo a sus apóstoles «Vosotros los pámpanos»: (Juan 15:1, 5) Las ramas y la vid están unidas. El enseñó también que si las ramas fueran cortadas de él, serían marchitas, muertas y arrojadas al fuego. Si la gente del mundo cogiere el fruto de la vida eterna de las ramas, ellos tienen que aceptar a los profetas, porque las ramas son los profetas. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Los hijos del convenio

El 29 de septiembre de 1950 en la sesión del viernes por la mañana en la Conferencia General Semianual número 121 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report 1950, octubre, Revista Liahona febrero, 1951.

Los hijos del convenio

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

El Presidente George Albert Smith dijo esta mañana que no con el solo hecho de tener sus nombres en los registros de la Iglesia se salvarán los miembros en el reino de Dios, sino que es necesario guardar los mandamientos.

El Elder Joseph Fielding Smith dijo la misma cosa y nos leyó el convenio del bautismo, es decir, el convenio que hacemos en las aguas del bautismo.

El convenio

Somos un pueblo que toma y hace convenios. Tenemos el evangelio que es el nuevo y sempiterno convenio: nuevo porque el Señor lo ha revelado de nuevo en nuestro día; sempiterno porque sus principios son eternos, han existido con Dios desde toda la eternidad, y son las mismas leyes invariables por las cuales todos los hombres de todas edades pueden salvarse. El evangelio es un convenio que hace Dios con sus hijos aquí sobre la tierra a fin de traerlos de nuevo a su presencia y darles la vida eterna, si caminan en las sendas de la verdad y justicia mientras están aquí.

Somos los hijos del convenio que hizo Dios con Abrahán, nuestro padre. A Abrahán, prometió Dios la salvación y exaltación si caminamos en las sendas que el Señor le había enseñado. Además, el Señor hizo convenio con Abraham  que  restauraría  a  la  simiente  de  Adán  las  mismas  leyes  y ordenanzas, en toda su belleza y perfección, con la cual lo recibió aquel patriarca de la antigüedad. «Pues cuantos reciban este evangelio,» le dijo el Señor,   «serán   llamados    por    tu    nombre;    y    serán    considerados tu descendencia, y se levantarán y te bendecirán como padre de ellos.» (Abraham 2:10.)

Ahora tenemos este mismo convenio sempiterno. Tenemos el evangelio restaurado, y toda persona que pertenece a la Iglesia, quien ha pasado por las aguas del bautismo, ha tenido el privilegio inestimable de hacer un convenio personal con el Señor que le salvará con la condición de que haga las cosas que promete hacer cuando entra en ese convenio con Dios.

Explicación de Alma

Alma repitió este convenio personal de salvación en las aguas de Mormón en estas palabras —todo, por supuesto, se resume en la promesa de guardar los mandamientos de Dios— pero Alma da estas particularidades: El dice que cuando entramos en las aguas del bautismo hacemos convenio de que entraremos en el rebaño de Cristo y ser nombrados con su pueblo. Hacemos convenio que tomaremos sobre sí el nombre de Cristo y en verdad ser Santos. Hacemos convenio de que sobrellevaremos mutuamente nuestras cargas, para que sean ligeras. Hacemos convenio de llorar con los que lloran. Hacemos convenio de consolar a los que necesitan consuelo. Hacemos convenio de que seremos testigos de Cristo y de Dios en todo tiempo y en todas las cosas y en todos los lugares donde estuviésemos, aún hasta la muerte. Entonces, como resumen, Alma dice que hacemos convenio de que le serviremos a Dios y guardaremos sus mandamientos.

La parte del Señor

En cambio, es decir, si hacemos todas estas cosas, el Señor por su parte promete que saldremos en la primera resurrección y seremos redimidos por él; que derramará más abundantemente sobre nosotros su espíritu mientras estemos aquí en esta vida, y que tendremos la vida eterna en el mundo venidero.

No creo que el Señor haga convenios inútiles con ningún individuo y por tanto, cualquier persona que guarde este convenio, y que haga todas las cosas requeridas por él, puede tener en su corazón la seguridad de que irá a la presencia de Dios y tendrá vida eterna en las mansiones que están preparadas.

Renovación del convenio

Tan importante es este convenio a la vista de Dios que él nos ha proveído el medio y la manera de renovarlo a menudo. La ordenanza por la cual renovamos este convenio es la ordenanza del sacramento. Cada vez que participamos del sacramento dignamente, con corazones humildes y espíritus contritos, convenimos de nuevo de que tomaremos sobre sí el nombre de Cristo, de siempre recordarle, y siempre guardar los mandamientos que él nos ha dado. Y el Señor nos promete de nuevo que siempre tendremos su Espíritu consigo; y además, que tendremos vida eterna en su reino según la revelación que dice:

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero”. (Juan 6:54.)

El ser salvo significa ir al reino celestial. El ser exaltado significa ganar el cielo o grado más alto en aquella gloria. No sólo se nos ha permitido como Santos de los Últimos Días de tomar el convenio de salvación, y de renovarlo de cuando en cuando, pero también hemos sido privilegiados al entrar en convenios que nos dará la exaltación en el reino de nuestro Padre. Después de que un hombre ha tomado el convenio del bautismo y oprimiéndose ha avanzado en justicia y en constancia ante el Señor, y ha deseado guardar los mandamientos, y manifestado por sus obras que pone las cosas del reino de Dios primero y que permitirá que las cosas del mundo sean de importancia secundaria, llega el tiempo cuando es llamado y escogido y ordenado al sacerdocio mayor. La ordenación al sacerdocio mayor incluye un convenio de exaltación.

El Señor reveló este convenio a José Smith en estas palabras:

Porque quienes son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los cuales he hablado, y magnifican su llamamiento, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.

Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón, y la descendencia de Abraham, y la iglesia y reino, y los elegidos de Dios.

Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor;

Porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí; El que me recibe a mí, recibe a mi Padre;

Y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado. Seguir leyendo

Publicado en Convenios | Etiquetado , , | Deja un comentario

Principios fundamentales de nuestra Fe

El 6 de abril de 1950 en la sesión del sábado por la mañana en la Conferencia General Anual número 120 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, abril, 1950.

Principios fundamentales de nuestra Fe

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Se le preguntó José Smith: «¿Cuáles son los principios fundamentales de su religión?

Él respondió:

«Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concernientes a Jesucristo, que murió, fue sepultado, y resucitó al tercer día y ascendió a los cielos y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión sólo son apéndices de eso «. (DHC 3:30)

La Expiación de Cristo

La expiación de Cristo es el acontecimiento más trascendente e importante que jamás se ha producido, y nunca se producirá, en la historia de este mundo. Todo lo referente a la vida y la salvación, es el evento más glorioso. Cristo vino al mundo, principalmente para llevar a cabo la expiación infinita y eterna.

Él dijo:

«. . . Vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió.

Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz. . .» (3 Nefi 27:13-14)

Eso fue a los nefitas. Para los Judios, mientras estuvo en su ministerio terrenal, él dijo:

«Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas.

Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para

ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.» (Juan 10:11, 17,18)

La caída de Adán

Adán había venido al mundo; había sido el primer hombre, el miembro más noble, exceptuando sólo a Jesús, de la raza humana; había caído, como las escrituras recitan; y había traído la muerte temporal y la muerte espiritual al mundo.

La muerte espiritual es ser desterrado de la presencia del Señor. La muerte temporal es la separación del cuerpo y del espíritu. La expiación de Cristo vino a rescatarnos de los efectos de la caída de Adán. Esa expiación da a todos los hombres la vida temporal. «Así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. (1 Corintios 15:22) Esa expiación ofrece a todos los hombres que creen y obedecen los principios de la vida eterna del evangelio o de la vida espiritual volver de nuevo a la presencia del Padre Eterno.

La plenitud del evangelio

Nosotros los Santos de los Últimos Días tenemos el evangelio en su plenitud y en su perfección. Maestros autorizados nos han revelado sus doctrinas a nosotros; administradores legales están entre nosotros para llevar a cabo las ordenanzas de salvación. Estamos en el camino a la vida eterna, y si perseveramos hasta el fin, seremos salvos.

Los que están en el mundo y que se arrepientan, y vengan a la Iglesia, y crean las doctrinas, y reciban las ordenanzas, recibirán el perdón de sus pecados. Ellos serán lavados en la sangre de Cristo a causa de la expiación. Los que  declinen y no lo hagan,  y que no se arrepentirán, quedarán fuera del alcance de la misericordia, tendrán en la justicia de Diosque pagar el precio por sus propios pecados. Ellos tendrán que sufrir, así como Cristo sufrió.

«Así que, te mando que te arrepientas; arrepiéntete, no sea que te hiera con la  vara  de  mi  boca,   y   con   mi   enojo,   y   con   mi   ira,   y   sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas  cosas  por  todos,  para que no padezcan, si se arrepienten;

Mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

Padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres. (Doctrinas y Convenios 19:15-19)

No hay cosa más importante en este mundo, ni lo habrá, que el solo acto de la expiación de Cristo; y podemos ser partícipes de esas bendiciones. Podemos heredar las glorias de la eternidad, y todas las recompensas que Dios ha prometido a los santos, si cumplir con la ley que él nos ha dado en el día de hoy.

El rey Benjamín, un nefita justo y fiel, un ángel de Dios, le dijo:

«Porque el hombre natural es  enemigo de Dios,  y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre». (Mosíah 3:19)

Que podamos hacerlo, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

 

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

El  mensaje de la restauración

El  mensaje de la restauración

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

El 1 de octubre de 1949 en la sesión del sábado por la mañana en la Conferencia General Semianual número 120 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, octubre, 1949, Revista Liahona Julio, 1953.


Si el Espíritu Santo me da palabras, quiero decirles unas cosas en cuanto a la manera en que yo creo que el mensaje de la restauración puede ser llevado al mundo con poder y efecto.

Mensaje de la restauración

Primeramente, antes de todo, y sobre todo, este mensaje es: que Jesucristo es el Hijo del Dios Viviente; que él es el Salvador del mundo y el Redentor de los hombres; que la salvación fue, es y será, solamente en y mediante su nombre. Creemos que él vino al mundo para hacer la voluntad del Padre y labrar la infinita y eterna expiación, y que en virtud de esta expiación todos los hombres que creen y obedecen las leyes del evangelio serán levantados en inmortalidad para vida eterna. Sólo por obediencia a sus Leyes y ordenanzas podemos nosotros alcanzar el reino celestial.

Segundo, este mensaje es, que José Smith hijo, es el profeta escogido por el cual ha sido restaurada en esta dispensación la plenitud del evangelio. Fue escogido por Cristo para ser el restaurador y revelador de todas las cosas necesarias para la salvación y exaltación del hombre; él dio de nuevo a la tierra cada ley, cada principio y cada doctrina para obediencia a los que podemos lograr al reino de Dios. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

Autoridad en el ministerio

El 4 de abril de 1949 en la sesión del lunes por la tarde en la Conferencia General Anual número 119 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, abril, 1949, Liahona mayo 1953.

Autoridad en el ministerio

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Ayer tuve el privilegio de ser un representante del Señor en el bautismo de mi hijo mayor. Después que yo había actuado conforme a la autoridad que tengo, él y yo salimos del agua. Entonces mi padre, uno de los sumos sacerdotes de Dios, puso sus manos sobre la cabeza de mi hijo y le confirmó miembro de la Iglesia de Jesucristo y le dio el don del Espíritu Santo. Este don del Espíritu Santo es el derecho al compañerismo constante de aquel miembro de la Trinidad, basado sobre la rectitud.

El sacerdocio

Mi padre y yo actuamos con la autoridad del sacerdocio, y conforme a la autorización dada por aquellos que tienen las llaves del sacerdocio. Sacerdocio es una cosa; llaves es otra. El sacerdocio es el poder y la autoridad de Dios delegados al hombre en la tierra para actuar en todas las cosas pertenecientes a la salvación de los hombres. Llaves es el poder de dirigir, el derecho de presidir y gobernar en el sacerdocio y en la Iglesia.

Estas dos cosas, la autoridad del sacerdocio y el poder de dirigir que acompaña las llaves del sacerdocio, nos distinguen del mundo. El poder y la autoridad de Dios se encuentran en la Iglesia de Jesucristo; no se encuentran en las iglesias que no son de Jesucristo. Las iglesias del mundo tienen una apariencia de piedad, más niegan la eficacia de ella. Es en y por la autoridad del sacerdocio que el poder de la piedad se manifiesta. Y somos la única gente del mundo que tiene ese sacerdocio, ese poder de actuar en el nombre del Señor y tener aprobados nuestros hechos ambos en la tierra y en el cielo.

Esta es la Iglesia restaurada. Se encuentra hoy día, en todo aspecto, exacta y precisamente como los antiguos la tenían. Tal como Cristo les dio a Pedro y los apóstoles de la antigüedad ambos la autoridad del sacerdocio y las llaves del reino de los cielos, o en otras palabras las llaves del reino de Dios en la tierra, cual reino es la Iglesia, así él nos ha dado a nosotros estas cosas en nuestro día. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es en el sentido más real el reino de Dios en la tierra, y ha sido designado para preparar y calificar a los hombres para que puedan ir al reino de Dios en los cielos, el cual es el reino celestial.

El reino de Dios

El profeta José Smith predicó un sermón glorioso en el cual se dio una definición del reino de Dios. De ese sermón leo estas oraciones:

Donde hay un sacerdote de Dios —un ministro que tiene poder y autoridad de Dios para administrar las ordenanzas del evangelio y oficiar en el sacerdocio de Dios, allí es el reino de Dios

Donde no hay el reino de Dios, no hay salvación ¿Que constituye el reino de Dios? Donde hay un profeta, un sacerdote, o un hombre recto a quien Dios da sus oráculos, hay el reino de Dios: y donde no hay los oráculos de Dios, no hay también el reino de Dios.

. . . Si no recibimos revelaciones, no tenemos los oráculos de Dios; y si no tienen los oráculos de Dios, no es el pueblo de Dios.

. . . Jesús en sus enseñanzas dice, «Sobre esta piedra edificaré mi iglesia” y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.» ¿Qué piedra? Revelación. . .

Cuando los hombres pueden saber la voluntad de Dios y encontrar un administrador Iegalmente autorizado de Dios, allí es el reino de Dios; pero donde no hay estas cosas, no hay el reino de Dios. (D. H. C. tomo 5, pp. 256-259).

Por la gracia de Dios, y por su misericordia, nos ha sido restaurado en este día la plenitud del evangelio sempiterno: todas de las leyes, ordenanzas, y principios que por obediencia a los cuales podemos ser salvos y exaltados en el reino de nuestro Padre. Ningún otro pueblo ha tenido tanto de la luz y las verdades vaciadas sobre él como lo hemos tenido nosotros.

A nosotros ha venido el Libro de Mormón —un registro de los tratos de Dios con un pueblo que tuvo la plenitud del evangelio sempiterno— y contiene, en forma clara y sencilla, las verdades de la salvación. Tenemos muchas de las verdades de la salvación. Tenemos muchas de las verdades del cielo, y si las aceptamos y vivimos según ellas, podemos ganar los galardones más grandes que hay en la eternidad. Pero no es bastante tener la verdad solamente. La posesión de la verdad no salvará al hombre. No es bastante leer las doctrinas del reino y conocerlas. Los demonios también creen y tiemblan. No es bastante tomar el Libro de Mormón y leerlo y creerlo. Tenemos que hacer todas estas cosas. Pero después tenemos que aceptar la verdad haciendo un convenio bajo las manos de un administrador autorizado, alguien que puede ligar en la tierra y en el cielo.

El convenio bautismal

El profeta José Smith escribió estas palabras en su diario, refiriéndose a una plática que tuvo con los doce apóstoles.

Yo les dije a los hermanos que el Libro de Mormón es el más correcto de todos los libros y la clave de nuestra religión; y que el hombre se acercará más a Dios observando sus preceptos, que los de cualquier libro.(Ibid., vol.4 p. 461).

Estoy de acuerdo con cada palabra que el hermano Marión G. Romney dijo ayer (véase el Liahona de Abril de 1953, páginas 170-173). Como él ha hecho, yo he leído el Libro de Mormón con mucha oración, cuidadosamente, más veces que tengo dedos; lo creo, sinceramente y de todo corazón. Sé que es un testigo verdadero de Cristo y un revelador correcto de las doctrinas de Cristo. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

Los deseos del corazón

(Discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young el 8 de octubre de 1985.)

Los deseos del corazón

por Dallin H. Oaks
del Quorum de los doce apóstoles

Le he pedido al hermano Holland (Rector de la Universidad Brigham Young] que no me presentara como es de costumbre. Lo hice a fin de poder presentarme yo mismo de una manera que resulte pertinente al tema sobre el cual hablaré a continuación.

Yo fui bautizado y confirmado miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y recibí el don del Espíritu Santo. En el transcurso de mi vida he hecho muchas cosas buenas, y he hecho algunas otras impropias. Sé que mis pecados pueden serme perdonados. Tengo un testimonio del hecho de que un Padre Celestial amoroso ha concedido el medio, el sacrificio expiatorio de su Hijo, para que toda la humanidad se pueda salvar por medio de la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.

Las características que acabo de mencionar en cuanto a mi persona también se aplican a casi todos los hombres y mujeres en este auditorio. Estas características son vitales. Su valor excede de gran manera los así llamados logros que frecuentemente se mencionan cuando se procede a presentar a una persona.

Además, todos deseamos la bendición suprema de la exaltación en el reino celestial. Aun cuando, debido a nuestra insuficiencia humana, no siempre podamos lograr aquello a lo que aspiramos, deseamos dar lo mejor de nosotros y ése es precisamente el tema de mi discurso: «Los deseos del corazón».

Me atrae este tema, pues considero que recalca el contraste fundamental que existe entre las leyes de Dios, según están reveladas en las Escrituras, y lo que llamaré las leyes de los hombres, tal cual se les detalla en las legislaturas y en los códigos legales con los cuales estuve íntimamente relacionado en mis treinta años de jurisconsulto.

Las leyes de los hombres jamás contemplan los deseos ni las ideas de la persona en forma aislada. La ley trata de establecer la condición mental o intención de una persona sólo cuando hay que determinar qué consecuencias se han de aplicar a una determinada acción realizada por ese individuo.

En contraste con ello, las leyes de Dios contemplan el aspecto espiritual. Las cosas espirituales se ven afectadas por las acciones, pero también por deseos o pensamientos independientes de las acciones. Las consecuencias determinadas por el evangelio están basadas en los deseos del corazón.

Un simple ejemplo bastará para ilustrar dicho contraste. Supongamos que un vecino nuestro tiene estacionado frente a su casa un hermoso automóvil deportivo. Nos sentimos atraídos hacia él, pero no hacemos nada al respecto. Nos limitamos a mirarlo por largo rato con codicia. Al hacerlo así, habremos pecado, habremos quebrantado uno de los Diez Mandamientos (véase Éxodo 20:17). Las consecuencias serán de naturaleza eterna.

Hasta este punto no habremos quebrantado ninguna de las leyes del hombre: sin embargo, si procedemos a la acción, tal como el hacer contacto con los cables del arranque y alejarnos del lugar en el automóvil, habremos cometido un delito que nos hace pasibles a un castigo o a hacer una restitución conforme a las leyes del hombre,

Al tratar de juzgar qué tipo de sanciones se deben aplicar a nuestra acción, la ley procurará determinar con qué intenciones nos apoderamos del vehículo. Si apenas deseábamos tomarlo prestado dando por sentado erróneamente que nuestro vecino nos permitiría hacerlo, tal vez no seamos tenidos por culpables de ningún delito. No obstante, sí seríamos considerados responsables de cualquier daño causado al automóvil mientras lo hubiéramos usado. Si teníamos la intención de llevarnos el vehículo contrario a los deseos de su dueño pero devolverlo al poco rato, habríamos cometido un delito de menor importancia. Si lo que queríamos era llevarnos el automóvil en forma permanente, entonces el delito sería considerado de mayor importancia. Para escoger entre estas varias opciones, un juez o un jurado tendría que determinar el estado mental o emocional del infractor.

Para citar otro ejemplo, si un documento hubiera sido firmado, mas se pusiera en tela de juicio su validez, la ley evaluaría la intención del firmante para determinar si el documento habría sido firmado como una broma, o de buena fe.

Estos sencillos ejemplos nos indican que algunas veces las leyes del hombre tendrán en cuenta la condición mental de una persona para determinar las consecuencias de ciertas acciones, pero la ley nunca habrá de sancionar ni de tener en cuenta la intención o los deseos por sí solos. Lo mismo acontecía en la época de los pueblos del Libro de Mormón.

Como podemos leer en Alma, los ciudadanos de esa nación eran castigados por sus actos criminales, pero «no había ninguna ley contra la creencia de un hombre» (Alma 30:11,).

Y está bien que sea así, pues la ley es un instrumento imperfecto que carece de método alguno capaz de analizar el corazón de una persona.

En contraste, la ley de Dios puede determinar consecuencias basándose estrictamente en nuestros pensamientos y deseos más profundos; no existe la más mínima vacilación en la administración de esta ley. Tal como Ammón enseñó a su pueblo: «[Los] ojos [de Dios] están sobre todos los hijos de los hombres, y conoce todos los pensamientos e intenciones del corazón; porque por su mano todos fueron creados desde el principio» (Alma 18:32).

De igual manera, Pablo advirtió a los hebreos que Dios «discierne los pensamientos y las intenciones del corazón», y «todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:12-13).

Estas verdades extraídas de las Escrituras nos indican claramente que Dios nos puede juzgar no sólo por nuestros actos, sino también por los deseos del corazón. No sólo puede hacerlo, sino que lo hace; así lo ha declarado una y otra vez. Si leéis teniendo presente este tema, tal vez os sorprenderéis ante la cantidad de casos en que las Escrituras nos enseñan que seremos juzgados de acuerdo con los deseos del corazón. ¡Cuánto deberíamos tener en cuenta esta realidad!

Tal vez sea para muchos comprometedora, pero no debería tomarlos por sorpresa. ¿Por qué? Tenemos el libre albedrío y lo ejercemos no sólo en lo que hacemos, sino también en lo que decidimos, en lo que tenemos la voluntad de hacer o en lo que deseamos. Las restricciones que pesan sobre la libertad tal vez nos priven del poder de hacer, pero nadie puede privarnos del poder de nuestra voluntad o nuestro deseo. El libre albedrío constituye un principio eterno, y también lo es la responsabilidad que tenemos de la forma en que lo ponemos en práctica. La responsabilidad debe entonces extenderse y aplicar consecuencias a los deseos del corazón.

Veamos qué nos dicen las Escrituras sobre los deseos del corazón. Primero me referiré a un grupo de pasajes que se aplican a este principio de una manera negativa, haciéndonos culpables de haber pecado debido a nuestros pensamientos y deseos malos. Después trataré otros pasajes que se aplican de una forma positiva, prometiéndonos bendiciones precisamente por los buenos deseos del corazón.

La más conocida de todas las designaciones del pecado que se dan en las Escrituras como resultado de los deseos del corazón tiene que ver con el pecado sexual. El Salvador declaró:

«He aquí, fue escrito por los antiguos que no cometerás adulterio; mas yo os digo que quien mira a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio en su corazón» (3 Nefi 12:27-28; véase también Mateo 5:27-28). Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

La doctrina de la Iglesia y el Reino

Discurso pronunciado  el 1 octubre de 1948 en la primera sesión del sábado por la mañana en la Conferencia General Semianual número 119 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, octubre, 1948, páginas 23-28.

La doctrina de la Iglesia y el Reino

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Ruego para que sus oraciones me sostengan y el Espíritu del Señor para que este conmigo, como lo ha estado con los hermanos que han hablado esta mañana, es el deseo de mi corazón.

Hoy hemos escuchado el presidente George F. Richards y al presidente Milton R. Hunter, nos hablaron de la naturaleza y la clase de ser que es Dios el Padre Eterno, y nuestra relación con él. Si él me sostiene me gustaría daros mi testimonio y diré lo que yo entiendo que es la doctrina de esta Iglesia y reino con referencia a su Hijo Amado, Jesucristo.

«¿Qué pensáis del Cristo?»

Cuando Cristo estuvo entre los hombres, en una de sus últimas conversaciones con los fariseos, les preguntó:

“. . . ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es Hijo? Le dijeron: De David. Él les dijo: ¿Cómo, pues, David, en el Espíritu le llama Señor, diciendo:
Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?

Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su Hijo? (Mateo 22: 42-45 )

Porque esos Judios habían perdido el conocimiento de Dios y de Cristo, fueron incapaces de responder. El mundo no ha conocido a Dios por medio de la sabiduría (1 Corintios 1:21). Al igual que muchas personas devotas, ciertamente mentira heredaron de sus padres, vanidad en la que no hay provecho. (Jeremías 16:19) Ellos no sabían que Dios el Padre Eterno fue el Padre de Cristo, y que Cristo era de la simiente de David a través de María, su madre. La gente necesitaba en ese día, tal como lo hizo la gente en los días de José Smith, una nueva revelación de Dios y del plan de salvación.

Como yo lo entiendo, nuestra misión en el mundo en este día, es dar testimonio de Jesucristo. Nuestra misión es dar testimonio de que él es el Hijo del Dios viviente y que fue crucificado por los pecados del mundo; que la salvación fue, y es, y ha de venir, y por medio de su sangre expiatoria (Mosíah 3:18); que en virtud de su expiación todos los hombres serán levantados en inmortalidad, y los que creen y obedecen la ley del evangelio heredarán tanto la inmortalidad como la vida eterna.

Y la posición que José Smith ocupa en el esquema de las cosas es que él es el testigo principal de Cristo que ha habido en este mundo desde que el Hijo de Dios se dirigió personalmente a los hombres y dio testimonio de sí mismo diciendo: “¡Yo soy el Hijo de Dios!” (Juan 10:36 )

El Primogénito en el mundo de los espíritus

Creemos, y testifico que Jesucristo es el hijo primogénito de Dios en el espíritu, que es Dios, nuestro Padre Celestial. Creemos que mientras vivió en el mundo preexistente, en virtud de su inteligencia superior, progresión y obediencia, alcanzó el estado de un Dios. Y luego se convirtió, bajo el Padre, en el creador de este mundo y todas las cosas que están en él, como también el creador de mundos sin número. (Moisés 1:33)

Creemos que él era Jehová del Antiguo Testamento; que fue a través de él que Dios el Padre se comunicó con todos los antiguos profetas, y que reveló su voluntad y el plan de salvación para ellos.

Cristo reveló su evangelio comenzando desde Adán y a todas las dispensaciones posteriores, hasta el tiempo presente. Y todo lo que se ha dado en el evangelio y todo lo que ha sido de alguna manera relacionado con él ha sido diseñado con el propósito expreso de dar testimonio de Cristo y certificar de su divina misión.

A semejanza de Cristo

Desde Adán hasta Moisés y desde Moisés hasta Cristo, profetas y sacerdotes de Dios ofrecían sacrificios. Tales fueron a semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, que había de venir. Cuando Moisés levantó la serpiente sobre el asta en el antiguo Israel, y dijo a los israelitas que cualquiera que la mire vivirá cuando fueron mordidos por serpientes venenosas, y que esto era a similitud del hecho de que el Hijo de Dios sería levantado en la cruz y que todos los que le miraran vivirían eternamente. (Números 21:8-9. Juan 3:14- 15, Helamán 8:13-15)

Cada ordenanza del Evangelio está diseñada para apuntar y centrar la atención de los hombres en Cristo. Somos bautizados a semejanza de su muerte, sepultura y resurrección. Honramos el domingo como el día de reposo, porque era el día en que se levantó de la tumba, rompiendo las ligaduras de la muerte para convertirse en las primicias de los que durmieron (1 Corintios 15:20 ). Los antiguos honraron el séptimo día como un día de descanso y adoración porque era en ese día que él descansó de sus labores después de trabajar bajo la dirección de su Padre en la creación de este mundo. De hecho, como Jacob dice:

“. . . todas las cosas que han sido dadas por Dios al hombre, desde el principio del mundo, son símbolo de él”. (2 Nefi 11:4).

Cada profeta que ha venido al mundo ha dado testimonio de que él es el Hijo de Dios, porque en su naturaleza que es la principal vocación de profeta. El testimonio de Jesús es sinónimo del espíritu de profecía. (Apocalipsis 19:10)

Ministerio del Cristo terrenal

Creemos que Cristo nació en el mundo, literalmente, y de hecho, en el sentido más real como el Hijo de Dios, el Padre Eterno. Él nació de su Padre tan cierta y tan en real, como de María su madre. Fue en virtud de este nacimiento que él fue capaz de decir que ningún hombre le quita la vida, que él tenía el poder de dar la vida y el poder para tomarla de nuevo, y que este mandamiento lo había recibido de su Padre. (Juan 10: 17-18)

Creemos que él vino al mundo con la misión expresa de morir en la cruz por los pecados del mundo; que literalmente es el Redentor del mundo y el Salvador de los hombres; y que por el derramamiento de su sangre se ha ofrecido a todos los hombres el perdón de los pecados, con la condición de que se arrepientan y obedezcan los mandamientos. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Hoy es el día de vuestra salvación

Discurso pronunciado  el 4 abril de 1948 en la segunda sesión del domingo por la tarde en la Conferencia General Semianual número 118 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, abril, 1948, páginas 48-52.

Hoy es el día de vuestra salvación

por el Élder Bruce R. McConkie
del primer concilio de los setenta

Es un privilegio glorioso, el hablar en una sesión de la conferencia general de la Iglesia. Por lo cual estoy agradecido.

Yo sé que la obra en que nosotros estamos embarcados es verdadera. No tengo conocimiento de ninguna cosa en este mundo que sea más importante que el conocimiento que tengo de que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente; que José Smith, fue un vidente escogido, el instrumento en las manos de Dios en esta época, para darnos las leyes y ordenanzas de salvación; y que las llaves de la salvación han permanecido con la Iglesia desde los días de José Smith aun hasta nuestros días.

La salvación de los muertos

Una de las doctrinas de este reino, en la que hay mucho consuelo para los santos, es la de la salvación de los muertos. Nosotros sabemos que por la misericordia de Dios nuestros antepasados pueden llegar a ser coherederos de las riquezas de la eternidad. . . porque nuestro Dios no hace acepción de personas, José Smith dijo que esta es la responsabilidad más grande que Dios nos ha encargado —hablando a los santos de los últimos días de sus deberes individuales— es buscar los datos y hacer la obra por nuestros padres muertos.

Sabemos que nosotros, sin ellos, no podemos ser hechos perfectos; ni pueden ellos sin nosotros. Pero al mismo tiempo hay en esta hermosa doctrina de la salvación por los muertos, una amonestación para los santos de los últimos días. Esta amonestación es manifiesta cuando se comprende que la doctrina es limitada a los que mueren sin un conocimiento del evangelio. No se aplica a nosotros. Para mí, para ustedes y para todos los que tienen un conocimiento del evangelio, ahora es el tiempo y hoy es el día para ocuparnos de nuestra salvación.

Ningún pueblo en todo el mundo ha sido bendecido tanto como nosotros. Tenemos oráculos vivientes a la cabeza; tenemos profetas y apóstoles para guiamos, para comunicarnos la voluntad del Señor. Tenemos la oportunidad de andar en medio de la luz de revelación moderna. Y, consiguientemente, nos vemos obligados a aceptar esa luz y a andar como Dios decrete que andemos si deseamos la gloria y las bendiciones de la eternidad.

Visión del reino celestial

Por un corto período antes de la dedicación del templo de Kirtland se derramó el Espíritu Santo sobre la Iglesia en abundancia, y más particularmente sobre los líderes. El día 21 de enero de 1836 José Smith con algunos otros oficiales de la Iglesia se congregaron en el templo de Kirtland. En las propias palabras del profeta, ocurrió lo siguiente:

Los cielos nos fueron abiertos, y contemplé el reino celestial de Dios y la gloria del mismo, si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé. Vi la belleza trascendental de la puerta por la que entrarán los herederos de ese reino, la cual era semejante a llamas circundantes de fuego; y también el ardiente trono de Dios sobre el que se sentaban el Padre y el Hijo. Vi las hermosas calles de ese reino que parecían ser pavimentadas de oro.

Vi a los padres Adán y Abraham, a mi padre y madre y a mi hermano Alvin, quien hacía mucho tiempo había muerto; y me maravillé de cómo habían obtenido una herencia en el reino, en cuanto habían dejado esta vida antes que el Señor extendido su mano a recoger a Israel por la segunda vez, por lo que no se había bautizado para la remisión de pecados. (D.H.C. 2:380)

Alvin falleció el 19 de noviembre de 1824, cinco años antes que el Señor organizara, mediante el Profeta, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Él No se había bautizado. El bautismo es la puerta del reino celestial de Dios. Es imposible entrar en ese reino si uno no es nacido del agua y del espíritu.

Cuando esta visión fue dada, el padre del Profeta, junto con algunos otros, estuvo en el templo de Kírtland. De manera que es una visión de lo que había de acontecer en el futuro. José sigue escribiendo de esta manera:

Vino a mí la voz del Señor, diciendo: Todos los que han muerto sin un conocimiento de este evangelio, quienes lo hubieran recibido si hubiese sido permitidos permanecer, serán herederos del reino celestial de Dios; además, todos los que en adelante mueran sin un conocimiento de el, quienes lo habrían recibido de todo corazón, heredarán ese reino, pues yo, el Señor, juzgaré a todos los hombres según sus obras y según el deseo de su corazón (D.H.C. 2:380; Teachings of the Phophet Joseph Smith, 107)

No hay ninguna promesa —que yo sepa— que los que rechazan el evangelio en esta vida sean herederos del reino celestial en el mundo venidero.

Cuando el Profeta escribió su epístola sobre el bautismo de los muertos, dijo que este bautismo era:

“. . . para la salvación de los muertos que fallecieran sin el conocimiento del evangelio” (Doctrinas y Convenios 128:5)

Hoy es el día de nuestra salvación

La ley que es aplicada a mí, a ustedes y a todos los que tengan una misma y justa oportunidad para aceptar la verdad en esta vida es la que da Amulek. El dijo:

. . .hoy es el tiempo y el día de vuestra salvación; y por tanto, si os arrepentís y no endurecéis vuestros corazones, inmediatamente obrará para vosotros el gran plan de redención.

Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra.

Y como os dije antes, ya que habéis tenido tantos testimonios, os ruego, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin; porque después de este día de vida, que se nos da para prepararnos para la eternidad, he aquí que si no mejoramos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer obra alguna. (Alma 34:31-33).

El profeta Mormón, hablando según fue inspirado por el Espíritu Santo, pronunció esta maldición sobre todos los que, habiendo tenido la oportunidad de aceptar las leyes de salvación en esta vida, las rechazan: Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Poner nuestro corazón a tono con la voz del Espíritu

Poner nuestro corazón a tono con la voz del Espíritu

Linda K. Burton
Presidenta General de la Sociedad de Socorro
Devocional del SEI para Jóvenes Adultos • 2 de marzo de 2014 • Universidad Brigham Young–Idaho

Es un privilegio estar con ustedes. Le he pedido al Señor que los bendiga para que oigan algo que aumente su capacidad para reconocer la voz del Espíritu. Quizás ya hayan recibido un mensaje dirigido a ustedes en la bella música que hemos escuchado.

Hace 41 años, con vacilación asistí a un devocional para jóvenes adultos en la Manzana del Templo. La enorme nevada que había caído esa tarde puso a prueba mi fe. Fui por cumplir con mi deber, ya que me habían pedido participar. A lo largo de los años he aprendido que lo que dijo el presidente Eyring es cierto: “Una persona no [puede] darle al Señor una migaja de pan sin que Él le [devuelva]… toda una hogaza”1. Mi esposo es la “hogaza” que recibí por mi “migaja” de participación, ya que fue allí donde lo conocí. Él estaba cantando en el coro, y al final de la reunión se llenó de valor y se me acercó para presentarse. Estoy muy agradecida porque sentí la obligación de asistir aquella noche y porque mi Padre Celestial aceptó mi esfuerzo reacio para estar donde tenía que estar.

Me alegra tener aquí a algunos de nuestros hijos y a nuestra nieta mayor. McKaela toca la viola; empezó a tomar lecciones de violín a los 3 años y ahora, a los 16 años, tiene un talento formidable. Lo puedo decir eso porque soy su abuela, y las abuelas no mienten. Ha sido inspirador observar su progreso paso por paso, aprender a usar su instrumento para bendecir no sólo su propia vida sino la de muchas otras personas. Ha aprendido el arte de afinar dicho instrumento, de practicarlo a diario, y el gozo de tocarlo y armonizarlo con otros instrumentos.

Cuando yo servía en una misión con mi esposo, aprendí a leer los símbolos y repetir los sonidos del alfabeto coreano; aprendí saludos básicos, expresiones y términos del Evangelio, y podía distinguir el idioma coreano de otros idiomas. Además, memoricé algunos himnos y canciones favoritos de la Primaria. Pero mi habilidad para hablar o entender la mayor parte de ese hermoso idioma era muy limitada.

¿Por qué les menciono estos ejemplos que aparentemente no tienen ninguna relación? Porque hoy deseo hablar sobre aprender el idioma del Espíritu, de cómo se dirige a nosotros. Así como aprender a tocar un instrumento o hablar un idioma es un proceso, aprender el idioma del Espíritu es también un proceso. Es algo vital para nosotros, ya sea que nos hayamos bautizado hace poco o que seamos miembros de la Iglesia desde hace tiempo.

El Salvador enseñó a los lamanitas que “fueron bautizados con fuego y con el Espíritu Santo… y no lo supieron”2. Deseo que aumentemos nuestra capacidad para oír y entender los susurros del Espíritu y ejercitemos nuestra fe para actuar según dichos susurros. Para ello, debemos primero aprender a reconocer Su voz.

Tomemos un minuto para evaluar nuestra experiencia. Como tenemos una audiencia numerosa a la que se unen jóvenes adultos de todo el mundo, quisiera invitarles a hacer algo. Sin ser demasiado personales, quisiera que compartieran unos con otros en Twitter las experiencias que hayan tenido sobre las siguientes preguntas? Cuando tengan un momento, “tuiteen” sus respuestas a la “hashtag” #CESDEVO.

Quiero que respondan a la pregunta: ¿Cómo podemos saber si hemos oído la voz del Espíritu?

Tal vez nos hagamos algunas otras preguntas:

• ¿He tenido sentimientos de amor, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, ternura, fe, esperanza y consuelo?

• ¿Acuden a mi mente ideas, o me vienen sentimientos al corazón que sé que son del Señor y no míos?

• ¿He oído que mi voz dice la verdad sin haber planeado lo que diría?

• ¿He sentido que se han magnificado mis propias aptitudes y habilidades?

• ¿He sentido que he recibido guía y protección ante el engaño?

• ¿He reconocido el pecado en mi vida y he tenido el deseo de corregirlo?

• ¿He sentido al Espíritu glorificar y dar testimonio de Dios y de Jesucristo?3

Si respondieron que “sí” a cualquiera de las preguntas, habrán sentido el Espíritu del Señor en algún momento en su vida. Pero esta tarde, la pregunta más importante es: “¿Podéis sentir eso ahora?”4

El profeta Mormón enseñó:

“Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal; por tanto, os muestro la manera de juzgar; porque toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sabréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios.

“Pero cualquier cosa que persuade a los hombres a hacer lo malo, y a no creer en Cristo, y a negarlo, y a no servir a Dios, entonces sabréis, con un conocimiento perfecto, que es del diablo; porque de este modo obra el diablo, porque él no persuade a ningún hombre a hacer lo bueno, no, ni a uno solo; ni lo hacen sus ángeles; ni los que a él se sujetan”5.

El presidente Hinckley señaló: “En definitiva, esa es la prueba: ¿Persuade a hacer lo bueno, a elevarse, a andar con la cabeza en alto, a hacer lo correcto, a ser amables, a ser generosos? Entonces proviene del Espíritu de Dios”6.

¿Por qué parece ser tan difícil discernir las impresiones del Espíritu? Quizás sea porque el Espíritu se comunica a nuestra mente y a nuestro corazón. Al aprender el idioma del Espíritu, a veces confundimos nuestros pensamientos y nuestras emociones con los susurros del Espíritu. Otra razón es que el discernir el Espíritu es un don del Espíritu. Así como unos aprenden fácilmente un idioma y otros no, así es con la habilidad para entender los susurros del Espíritu. Muchas veces, el aprender un instrumento o idioma requiere mucho esfuerzo. Hay que practicar y a veces uno comete errores. Ocurre lo mismo con el proceso de aprender el idioma del Espíritu.

¿Les ayudaría saber que la revelación personal es un proceso de línea sobre línea, precepto tras precepto que incluso los profetas, videntes y reveladores tienen que aprender a entender? El siguiente es un ejemplo de la vida del élder Jeffrey R. Holland.

“Hay momentos en los que la única forma de ir desde la A a la C es por medio de la B.

“Habiéndome criado en el sur de Utah y disfrutar todas las maravillas y bellezas en el sur de Utah y del norte de Arizona, quería que mi hijo las conociera y deseé mostrarle los lugares que yo había visto y disfrutado cuanto tenía su edad. Así que su madre nos preparó un pequeño almuerzo, nos llevamos la camioneta del abuelo y nos dirigimos hacia el sur, a lo que llamamos La vieja franja de Arizona.

Al notar que se ponía el sol, decidimos que sería mejor volver, pero nos encontramos ante una bifurcación particular en el camino, en realidad la única que hasta ese punto era absolutamente irreconocible. Le pedí a mi hijo que orara para saber qué camino tomar y sintió que la impresión le decía que debíamos ir por la derecha y yo sentí lo mismo, y al ir hacia ese lado, encontramos un camino sin salida. Avanzamos 300, 500 metros y no había salida. Claramente, era el camino equivocado.

Dimos la vuelta, regresamos al punto de partida y tomamos el otro camino, y claramente era el camino a la izquierda el correcto.

En cierto punto del recorrido, Matt dijo: “Papá, ¿por qué sentimos, después de orar, que el camino de la derecha era el correcto, el que debíamos tomar, y no lo era?” Le dije: “Creo que el deseo del Señor en ese momento y Su respuesta a nuestra oración fue llevarnos al camino correcto lo más rápido posible, con cierta seguridad, con cierto entendimiento de que estábamos en la ruta correcta y no teníamos que preocuparnos por eso. Y en ese caso, la manera más fácil de hacerlo era dejarnos avanzar 300 o 400 metros en el camino equivocado y rápidamente descubrir y saber, sin duda, que era el camino equivocado y, por lo tanto, con la misma certeza, con igual convicción saber que el otro camino era el correcto.

“Tengo un conocimiento absoluto y certero, un conocimiento perfecto, que Dios nos ama. Él es bueno. Él es nuestro Padre y Él espera que oremos, que confiemos, que seamos creyentes y no nos demos por vencidos, que no nos invada el pánico, y que no retrocedamos ni cedamos cuando algo no parece marchar bien. Sigamos adelante, sigamos trabajando, sigamos creyendo, confiando, siguiendo ese mismo camino, y viviremos para caer en Sus brazos, sentir Su abrazo y oírlo decir: ‘Te dije que estaría bien. Te dije que todo saldría bien”7. Seguir leyendo

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , | Deja un comentario

Como apoyar al Obispo

Liahona, Agosto 1995

Como apoyar al Obispo

por Annette Paxman Bowen

Al poco tiempo de haber sido llamado como obispo .de nuestro barrio, mi esposo aconsejó a los miembros que no criticaran la forma en que las personas de­sempeñan sus llama­mientos. Con el fin de ilustrar ese punto, utilizó como analogía la experiencia que tuvimos una vez los dos al colgar del techo exterior de la casa las luces de Navidad.

El estaba encaramado en una escalera muy alta que se apoyaba precariamente en una pendiente congelada del terreno del frente de la casa. Con un brazo se mantenía asido a la escalera, y con el otro iba colgando las luces de una viga a la otra. No le gustaban las alturas, por lo tanto, estaba algo nervioso. Yo permanecí abajo, tratando de man­tener firme la escalera. Al estirarse para alcanzar la última viga, me gritó: “¡Esto no me gusta nada! Espero no caerme y quebrar un hueso”. Sonriente, le contesté: “¡No te preocupes, que todo saldrá bien! ¡Confío e ti!” El se estiró y colocó la última luz.

Después de relatarles esa anécdota a los miembros del barrio, les explicó que la mayoría de nosotros, en nuestros esfuerzos por servir y por magnificar un llamamiento, estamos metafóri­camente encaramados en escaleras inestables. También nosotros debe­mos vencer nuestros temores e inhi­biciones en el intento simbólico de colocar una o dos luces. Al estar en esa situación, lo que más necesita­mos es a alguien que estabilice la escalera, que de vez en cuando, y si es necesario, nos dé instrucciones y que, al mismo tiempo, pronuncie palabras de aliento y confianza. Lo que no nos hace falta es una persona que esté ahí para criticar la manera en que desem­peñamos nuestra labor.

Basándonos en esa analogía, he pensado en algunos elementos deter­minados con los cuales los miembros pueden apoyar a los líderes de su barrio o rama, especialmente al obispo o al presidente de la rama. He aquí algunas sugerencias de las cosas que se deben y que no se deben hacer:

LO QUE NO SE DEBE HACER

1.- No esperar que las personas que forman parte de la organiza­ción del barrio siempre desempe­ñen sus deberes a la perfección. Hemos oído esto muchas veces, pero merece repetición. Todos nosotros, en nuestros esfuerzos por convertir­nos en verdaderos santos, comete­mos errores. Esto significa que el hermano Fulano quizás se olvide de transmitir un mensaje telefónico como prometió hacerlo, o que la hermana Sutana quizás no esté tan bien preparada como debiera estarlo para enseñar la lección.

2.- No esperar que la Iglesia satis­faga todas sus necesidades. No obs­tante que la organización de la Iglesia ha sido creada y organizada con el fin de apoyar y servir a todos los miem­bros, no puede atender a todas las necesidades de todas las personas. Habrá algún miembro que tendrá que satisfacer sus necesidades sociales con vecinos o compañeros de trabajo; algún matrimonio que tal vez requiera ayuda profesional; alguna familia que tenga que hacer sus propios arreglos para mudarse de residencia.

3.- No juzgar ni criticar. Los comentarios casuales, las expresio­nes de enojo y las sugerencias caren­tes de tacto, además de herir los sentimientos de las personas, causan

una pérdida tremenda de tiempo y energías a los líderes del barrio. Se pueden desperdiciar valiosas horas cuando las personas llaman al obispo para informarle de algo que alguien dijo en el barrio, o para pedirle que arregle desavenencias familiares.

4.- No murmurar. Muy pocos nos pondríamos del lado de Lamán y Lemuel, cuando, de hecho, quizás nosotros mismos seamos culpables de repetir comentarios ofensivos o de albergar malos sentimientos que nos lleven a murmurar con nuestro cónyuge, con los amigos o con cual­quiera que esté dispuesto a escuchar. En vez de quejarnos de alguien, sería mucho mejor que fuésemos a esa persona y, con un espíritu de her­mandad y amor, arregláramos nues­tros asuntos con ella.

5.- No acudir al obispado con un problema referente a una organi­zación, sin antes haber meditado sobre las posibles soluciones. El simple hecho de quejarse de una falla en una organización particular del barrio tal vez empeore la situa­ción y cree un desacuerdo. Por otra parte, cuando tomamos la iniciativa de ofrecernos a prestar servicio, la organización del barrio funciona efi­cazmente y muchos reciben la influencia y las bendiciones de ese ejemplo. En especial, debemos magnificar nuestros llamamientos como maestras visitantes y maestros orientadores, ya que eso aliviará con­siderablemente la carga de todos.

6.- No llamar al obispo en busca de información que nosotros mis­mos podamos obtener de alguna otra forma. Averigüemos primera­mente si las personas encargadas del horario del edificio, así como los líde­res auxiliares y de quorum, tienen directorios y calendarios del barrio.

7.- No llamar a los líderes al lugar donde trabajan, a menos que ellos hayan dado permiso para hacerlo, o a menos que se trate de una verdadera emergencia. Quizás algunos líderes puedan alterar sus horarios a fin de satisfacer las nece­sidades de los miembros del barrio, pero a otros tal vez no les sea posi­ble. A consecuencia de su trabajo, un líder tal vez no esté disponible para los miembros de su barrio, y ni siquiera para su familia. El lamenta no poder atender los llamados, pero hace todo lo posible de acuerdo con las exigencias de su trabajo.

8.- No esperar que el obispo esté presente en toda reunión y en toda actividad. Si no se presenta, no sig­nifica que no se preocupa por los miembros, que es irresponsable o que no los apoya en su llamamiento. Su ausencia significa que habrá tenido un compromiso previo o alguna emergencia. La mayoría de las veces, si el obispo puede estar presente, lo hará.

Por ejemplo, un miércoles por la noche, nuestro obispo no pudo asis­tir a la reunión donde se tratarían los asuntos de una presentación de tea­tro ambulante, debido a que tuvo que asistir a una reunión de los Lobatos. Después de la reunión, no le fue posible devolver dos llamadas telefónicas porque alguien del barrio necesitaba desesperadamente hablar con él, lo cual le llevó hasta altas horas de la noche.

LO QUE SE DEBE HACER

1.- Comprender el orden de prio­ridad de las obligaciones del líder. Después de que mi esposo fue lla­mado a servir como obispo, empeza­mos a proteger con mucho celo el tiempo que dedicábamos a la familia. En particular, gozábamos juntos de los lunes por la noche.

2.- Hacer comentarios positivos. Durante las entrevistas personales y las reuniones, debemos expresarnos con franqueza, pero al mismo tiempo con cortesía. El obispo ora diariamente para recibir inspiración y guía; sin embargo, él valora la sincera opi­nión de los miembros. Debemos mantenerlo informado en cuanto a la situación personal de nuestra vida y a cómo marchan las cosas. De ese modo, cuando llegue el momento, él podrá tomar una decisión prudente e inspirada.

3.- Ir al obispo si se necesita ayuda. No obstante, si fuese posible, se debe tratar de resolver los proble­mas sin tener que acudir a él. Si junto con los miembros de la familia es posible hallar la solución a una dificultad, eso es lo que debemos hacer. Si se precisa ayuda, se debe tratar de obtenerla de aquellas per­sonas que tengan una relación más directa con los miembros: las maes­tras visitantes o los maestros orienta­dores. Si ellos no pueden brindar la ayuda necesaria, el miembro se pone en contacto con el presidente del quorum o de la organización auxiliar correspondiente; y luego, si verdade­ramente se quiere el consejo o la ayuda del obispo, se le debe hacer saber esa necesidad. Y no debemos esperar a que él nos llame; a veces, recibirá la inspiración para hacerlo; sin embargo, él se siente agradecido cuando las personas reconocen que en verdad necesitan verlo y toman la iniciativa para concertar una cita.

4.- Ser comprensivos en cuanto a las demoras para extender lla­mamientos y poner las cosas en marcha. El mantener la organiza­ción de un barrio o rama, con todos los oficiales que se necesitan, es un proceso interminable, y los líderes dan cuidadosa consideración a las sugerencias de los miembros. Sin embargo, tal vez existan circunstan­cias privadas de las cuales quizás éstos no estén al tanto. El obispo y los otros líderes del barrio deben considerar en su totalidad la organi­zación del mismo. Un cambio en una posición quizás resulte en otros cam­bios; o los líderes tal vez sepan en cuanto a una situación difícil en la vida de una persona, lo cual a veces afecta un llamamiento.

5.- Pasar por alto las flaquezas humanas de los líderes ya que ellos cometen errores, se cansan y a veces descuidan ponerse en contacto con miembros que hayan manifestado el deseo de hablarles. De vez en cuando, a los líderes simplemente se les olvida hacer algo; a veces dicen cosas que no parecen ser correctas. Tengamos en cuenta no censurarlos; todo líder tiene sus propias debilida­des y fortalezas.

6.- Expresar agradecimiento. Un comentario positivo o una palabra de aprecio da muy buenos resultados. Los líderes continuarán desempe­ñando sus tareas, ya sea que se les alabe o no. No obstante, palabras tales como “gracias” o “le agradezco la manera en que atendió al asunto” hacen que la experiencia sea mucho más placentera. Y, ¡no lo hagamos sólo con los líderes del barrio! Expresemos con regularidad agrade­cimiento a cualquier miembro del barrio que preste servicio de cual­quier manera. A veces, es bueno recordar que la Iglesia es una organi­zación de voluntarios.

7.- Orar por el obispo, por sus consejeros, por los demás líderes del barrio y por todas las familias que lo componen. Una vez, los miembros de nuestro barrio llevaron a cabo un ayuno cuando yo me iba a someter a una operación. Después de dicha intervención, sentí el poder de las oraciones que se ofrecían por mí. Esas oraciones me ayudaron a recu­perarme con más rapidez. Del mismo modo, los obispos sienten muchas veces la fortaleza y el poder que ema­nan de las oraciones de los miembros del barrio.

8.- Asistir al templo. Los que ten­gan la bendición de vivir cerca de un templo se darán cuenta de que la asistencia regular al mismo aumen­tará su espiritualidad. Sin embargo, no importa cuán alejados vivamos del templo, el esfuerzo y el sacrificio que se hagan por asistir con tanta frecuencia como sea posible nos traerá bendiciones y nos iluminará.

9.- Amarse unos a otros. Esta exhortación del Señor es tan senci­lla, pero a la vez, ¡cuánto abarca! Los miembros de nuestro barrio, así como los de otros barrios y ramas de otras partes del mundo, han respon­dido con entusiasmo a esta invita­ción. Sus cordiales actos son innumerables a medida que se han esforzado por perdonar, expresar amor, escuchar y servirse unos a otros. A consecuencia de ello, el círculo de nuestra familia en el barrio se ha ensanchado y el amor se ha hecho más profundo, convir­tiéndose los miembros literalmente en ángeles ministrantes el uno para con el otro.

10.- Saber que se nos estima. Al servirnos mutuamente, nuestro barrio puede experi­mentar la diversa gama de emociones de una familia: com­partir nuestra admiración y nuestras desilusiones, nuestros pesares y gozos y la alegría de recibir ese apoyo. En muchos respectos, el barrio es como una familia.

Cuando mi esposo era obispo, a veces, antes de orar, revisaba la lista de los miembros del barrio, a fin de hacer inventario de las necesidades y las bendiciones. Después oraba por nuestra familia, no sólo por nuestros tres hijos y otros familiares, sino tam­bién por los maravillosos miembros de nuestro barrio.

Cuando la ocasión era apropiada, a veces me arrodillaba con él para orar por los miembros de nuestro barrio. El amor y la ayuda de los miembros están al alcance de todos nosotros. Al hacer frente a los retos de la vida, nos sentimos fortalecidos recibiendo el apoyo de los líderes del barrio y de nuestros hermanos en el evangelio. Es mediante su cuidado que percibimos el amor de nuestro Salvador y de nuestro Padre Celestial. Durante los años en que mi esposo fue obispo, vimos crecer el barrio; pero, más que nada, sentimos ese maravilloso y satis­factorio sentimiento de amor al hacer que los demás formaran parte de nuestra vida.

Ese amor despierta en nosotros el deseo de permanecer junto a la esca­lera de los demás. Cuando cada miembro de nuestro barrio trata de alcanzar alturas más elevadas, le expresamos palabras de aliento y confianza: “¡No te preocupes, que todo saldrá bien! ¡Confío en ti!” □

 

Publicado en Sin categoría | Etiquetado | Deja un comentario

La fórmula del éxito

La fórmula del éxito

Por el présidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Tenemos la responsabilidad de aprender la palabra de Dios, de comprenderla y de vivir de acuerdo con ella. Busquemos la verdad entre aquellos libros y en aquellos lugares en donde sea más factible que ésta se encuentre.

En el meridiano de los tiempos, el apóstol Pedro declaró: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9). Este es el destino que le espera a todo Santo de los Ultimos Días si se esfuerza por lograr el cumplimiento de esas palabras.

Cuando el Salvador estuvo sobre la tierra, enseñó mediante el uso de parábolas. Recordemos la parábola de las vírgenes prudentes y las insensatas a quienes se les mandó llenar sus lámparas con aceite; cinco de ellas se prepararon debidamente y cinco no lo hicieron. Llegó entonces el día en que apareció el esposo, y no había aceite suficiente para llenar las lámparas de las que no estaban preparadas. ¿Recuerdan las palabras de censura que el Maestro dijo en aquella ocasión? “De cierto os digo, que 110 os conozco” (Mateo 25:12). He aquí una gran lección en cuanto a la preparación.

Recordamos también la parábola de los talentos, en la que a uno le fueron dados cinco talentos, a otro dos, y a otro uno. Cuán complacido estaba el Maestro con aquellas personas que habían multiplicado los talentos y los habían utilizado prudentemente, y cuán decepcionado con la persona que había recibido un solo talento y, por temen- a perderlo, lo escondió en la tierra. Estas fueron Sus palabras: “Al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera» (Mateo 25:30).

Recordamos también la parábola de la higuera. La higuera tenía hojas, pero no producía fruto; y se le mandó que jamás volviera a producirlo. Las palabras de reprobación en ese caso fueron muy fuertes: “Nunca jamás nazca de ti. fruto”. Luego se oyó el comentario de los que observaron el cumplimiento de aquel mandato: “¿Cómo es que se secó en seguida la higuera?” (Mateo 21:19-20). Seguir leyendo

Publicado en Amor, Obra misional, Prójimo, Verdad | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Las llaves del Reino

Discurso pronunciado el 4 octubre de 1947 en la sesión del sábado por la mañana en la Conferencia General Semianual número 118 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, octubre, 1947, páginas 59-62.

Las llaves del Reino

por el Élder Bruce R. McConkie del primer concilio de los setenta

Esta Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es, literalmente, el reino de Dios en la tierra. Yo creo que todo hombre que ha presidido como un profeta y presidente ha sido el ungido de Jehová y ha ocupado las llaves del reino, y que estas llaves son la salvación para todos los hombres. Y yo creo que el Señor ha decretado para esta dispensación que el evangelio está aquí para quedarse hasta que Cristo venga, y por supuesto a partir de entonces para siempre. Este es un día en que no se le dará el reino a otro pueblo, y permanecerá con los Santos; y todo el mundo que venga a Cristo y viva sus leyes recibirán paz, gozo y consuelo en esta vida y una esperanza de una vida eterna en el mundo venidero.

Visión dada a José Smith

Cuando José Smith fue a la arboleda sagrada a orar en la primavera de 1820, después de haber sido ejercida por la ansiedad y la agitación religiosa, fue a preguntar cuál de todas las iglesias era la verdadera y a  cual  debía unirse. Entonces se le aparecieron dos seres exaltados, glorificados y resucitados. Dios el Eterno Padre y Jesucristo su Hijoquien, en respuesta a la pregunta de José, le dijo que no debería unirse a ninguna de ellas, porque estaban todas en error; que todos sus credos eran una abominación a su vista; que esos profesores se habían pervertido; que:

“Con sus labios me honran, pero su corazón lejos está de mí; enseñan como doctrinas los mandamientos de los hombres, teniendo apariencia de piedad, mas negando la eficacia de ella”. (Perla de Gran Precio, Escritos de José Smith 19)

El reino organizado

A partir de entonces, en virtud de mandamientos y la revelación del Profeta y otros organizaron este reino, y después de que se organizó, el Señor por revelación, se refirió a ella como la única Iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra, con la cual dijo que estaba complacido, hablando a la iglesia colectiva y no individualmente.

Creo que los antiguos profetas y los profetas de los últimos días han revelado por medio del Espíritu Santo, que este reino permanecerá. Enoc vio el día de hoy y dijo que un pueblo estaría preparado para la venida del Señor, y que en de los últimos días Sión se construiría hasta unirse con la Sión que él había establecido. Daniel vio nuestros días. Reveló e interpretó el sueño que Nabucodonosor había recibido, dijo que había visto una piedra cortada del monte, no con las manos, y que en los días de ciertos reyes el Dios del cielo levantaría un reino que nunca sería destruido y que jamás se daría a otro pueblo, y que permanecería para siempre.

En este día refiriéndose a Daniel el Señor dijo a José Smith:

«Las llaves del reino de Dios han sido entregadas al hombre en la tierra, y de  allí  rodará   el   evangelio   hasta   los   extremos   de   ella,   como la piedra cortada del monte, no con mano, ha de rodar, hasta que llene toda la tierra.». (Doctrinas y Convenios 6:2)

Valientes en la verdad

Cada persona en esta Iglesia tiene derecho a conocer y se espera que conozca por la revelación del Espíritu Santo a su alma que estas cosas son verdaderas; y si las conoce, pues, a mi juicio, no debería tener ningún otro deseo en su corazón, sino el escuchar el consejo de los oráculos vivientes y poner su casa en orden y prepararse para la gloria y la honra y salvación de la que el presidente George F. Richards acaba de hablar.

Me gustaría leer una declaración hecha por el presidente John Taylor, el tercer hombre en presidir este reino. Él dijo: «. . . Se ha preguntado al hermano Brigham si este reino fallará, os digo en el nombre del Dios de Israel que las cosas que han hablado los santos profetas en relación con ella recibirá su cumplimiento, pero en relación con esto os diré otra cosa: Una gran parte de los Santos de los Últimos Días fallaran, una gran mayoría de ellos no son y nunca han estado a la altura de sus privilegios, y magnificando sus llamamientos y su sacerdocio, y Dios tendrá un ajuste de cuentas con tales personas, a menos que se arrepienten «. (El evangelio del reino, p. 137)

Otra frase del presidente Taylor: «Hay una cosa muy cierta, y de hecho estoy muy seguro, y es que este reino no será entregada en manos de ningún otro pueblo. Va a crecer, propagarse y aumentar, y ningún hombre podrá detener su progreso.» (Ibíd., P. 214)

Me parece que si este es el reino de Dios en la tierra, y si está destinado a quedarse aquí y no ser dado a otro pueblo, entonces tenemos derecho a concluir que, como pueblo, como Iglesia, nunca seremos extraviados; y, que como individuos, nunca vamos a desviarnos del curso de la justicia que el Señor ha trazado en estos tiempos si escuchemos el consejo de la Primera Presidencia y al Consejo de los Doce que encabezan el reino.

Las llaves del reino

Wilford Woodruff dijo:

Cuando el Señor le dio las llaves del reino de Dios, las llaves del Sacerdocio de Melquisedec, del apostolado, y las selló sobre la cabeza de José Smith, las selló sobre su cabeza para estar aquí en la tierra, hasta la venida del Hijo del Hombre. Bien dice Brigham Young, «Las llaves del reino de Dios están aquí.» Estuvieron con él hasta el día de su muerte. A continuación, se posaron sobre la cabeza de otro hombre, el presidente John Taylor. Él llevó esas llaves hasta la hora de su muerte. Luego cayeron por turno, en la providencia de Dios, al presidente Wilford Woodruff.

Digo a los Santos de los Últimos Días, que las llaves del reino de Dios están aquí, y van a estar aquí, hasta la venida del Hijo del Hombre. Dejen que todo Israel entienda eso. No pueden descansar sobre mi cabeza, pero en un corto tiempo, descansarán en la cabeza de otro apóstol, y otro después de él, y así continuará hasta la venida del Señor Jesucristo en las nubes del cielo para «recompensar a cada hombre de acuerdo con las obras hechas en la carne. . . »

Le digo a todo Israel en el día de hoy, lo digo a todo el mundo, que el Dios de Israel, quien organizó esta Iglesia y reino, no ha ordenado a ninguna Primera Presidencia para conducirlo por el mal camino. Escuchad, vosotros Israel, ningún hombre que haya respirado el aliento de vida puede sostener estas llaves del reino de Dios y llevar a la gente por mal camino. (Los discursos de Wilford Woodruff, págs. 73-74)

La Iglesia es guiada por revelación

A mi modo de pensar, nunca ha habido un día desde el momento en que José Smith organizó esta Iglesia hasta el presente, en que la iglesia no haya sido guiada por la revelación, guiada por inspiración, en que los oráculos vivientes no hayan dado a la gente el consejo y la instrucción y los mandamientos que el Señor quería que la gente tuviese. Les dijo a sus primeros élderes que lo que hablasen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo sería escritura, que era la mente del Señor y la voluntad del Señor, la palabra del Señor, la voz del Señor y el poder de Dios para salvación. Nunca habrá un momento en que el canon de las Escrituras esté completo. Al igual que siempre, ya que hay élderes en este reino que dan testimonio inspirado de Cristo, por lo tanto, habrá más escrituras. Ha habido más Escrituras dada desde este púlpito durante el curso de esta conferencia, y es tanta la mente y la voluntad del Señor como cualquiera registrada en  los  libros canónicos. Cuando la Iglesia establece, como lo hizo hace más de hace once años, un plan de bienestar, un plan anunciado por la Primera Presidencia de la Iglesia, entonces, sabiendo lo que sabemos, tenemos derecho a aceptarlo como una revelación, para recibirlo como la mente y la voluntad del Señor para los Santos de los Últimos Días.

En armonía con las escrituras

No hay nada acerca de la Iglesia, no hay doctrina, ningún procedimiento o ninguna ordenanza, ninguna ley o principio, que no este en completa armonía con las Escrituras. Podemos establecer que todo lo que tenemos es razonable y está en armonía con las escrituras y que estamos en todo de acuerdo con la Iglesia primitiva de Cristo que se estableció hace dos mil años. Pero después de que hayamos hecho eso, y después de que hemos puesto nuestras casas en orden y hemos armonizado nuestras vidas con las doctrinas que se han revelado, entonces tenemos derecho a saber que este es el reino del Señor y conocer como una cuestión de fe y de testimonio, como una cuestión de sentimiento y de revelación. Una vez que entremos en el reposo del Señor no seremos llevados por cualquier viento de doctrina o por la astucia de los hombres. Debido a que nuestros testimonios será seguro, descansaremos de toda la ansiedad y la agitación del espíritu, y si seguimos en con diligencia y valentía en el reino vamos a descansar finalmente con nuestro Padre en el cielo en los mundos eternos, «el cual es la plenitud de su gloria». (Doctrinas y Convenios 84:24)

Creo que no hay ningún motivo para que cualquier persona en esta Iglesia tenga que temer por el destino del reino. No necesitamos sostener el arca, pero sí necesitamos tener en nuestro corazón un temor de no ser dignos, de no ceñirnos a la línea de rectitud y guardar los mandamientos de Dios con ese grado de valentía que nos dará nuestra exaltación en los mundos eternos.

Me gustaría daros mi testimonio como un élder en este reino, que yo sé que esta es la obra del Señor; que Dios ha hablado en este día; que José Smith fue el profeta e instrumento en las manos de Dios para darnos las leyes y ordenanzas de salvación; y que con tanta seguridad como vamos a vivir en armonía con ellos, vamos a tener la gloria y el honor de añadir sobre nuestras cabezas para siempre, y por nuestro llamado y elección vamos a estar seguro. En el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Pilares fundamentales de un testimonio

4 abril de 1947 en la segunda sesión del viernes por la tarde en la Conferencia General Semianual número 117 de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde el Tabernaculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah. Discurso publicado en Conference Report, abril, 1947, páginas 38-41.

Pilares fundamentales de un testimonio

por el Élder Bruce R. McConkie del primer concilio de los setenta

Sé que Jesús es el Hijo del Dios viviente y que fue crucificado por los pecados del mundo. Yo sé que él vino al mundo con la misión de ser el Redentor y el Salvador de los hombres. Yo sé de él, como él mismo dijo a los nefitas:

. . . Vine al mundo a cumplir la voluntad de mi Padre, porque mi Padre me envió.

Y mi Padre me envió para que fuese levantado sobre la cruz. (3 Nefi 27: 13- 14).

Un testimonio de la restauración del evangelio

Creo que este es el gran peso del mensaje del Evangelio restaurado.

Creo y sé también, por las revelaciones del Espíritu Santo a mi alma, que José Smith fue el instrumento en las manos de Dios para restaurar en este día la plenitud del evangelio y la autoridad del sacerdocio y las ordenanzas por lo que usted y yo podemos volver a nuestro Padre en el reino celestial. Testifico y sé que José Smith, anunció su martirio:

José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él. (Doctrinas y Convenios 135: 3)

Creo que este es el segundo gran mensaje del Evangelio restaurado en este día. Y además de eso, porque un testimonio debe ser puesto al día si se quiere tener alguna fuerza y valor en la vida de los hombres, yo testifico que yo sé que las llaves del reino han continuado con los Santos desde los días de José Smith, y que George Albert Smith, quien está a la cabeza hoy es el ungido y oráculo viviente del Señor.

Está muy bien cantar alabanzas a los antiguos profetas y construir sepulcros con sus nombres, pero no hay salvación en ese hecho por sí solo. Si los hombres en este mundo en nuestros días quieren volver al reino de nuestro Padre, le corresponde venir a los oráculos vivientes que han ejercido en su nombre la autoridad del sacerdocio. Deben aceptar y vivir en armonía con los consejos de aquellos hombres a quienes Dios ha escogido hoy.

. . . el que  recibe  a  mis  siervos,  me recibe a  mí.  (Doctrinas  y Convenios 84:36)

Y por otro lado, si no recibimos a los siervos del Señor, no recibimos al Señor.

Como se obtiene un conocimiento de la verdad

A mi juicio, uno de los primeros pilares de toda justicia en este mundo para una persona es obtener por sí mismo el conocimiento, por las revelaciones del Espíritu Santo a su alma, que esta obra en la que estamos embarcados es verdadera. ¿Cómo se obtiene tal conocimiento? Dios no hace acepción de personas (Hechos 10:34) y él, a través del Espíritu Santo, revelará a cada persona que habita este mundo, la ley sobre la cual se basa la recepción de esa revelación, un conocimiento de que esta obra es verdadera. El primer paso en el cumplimiento de esa ley es que una persona desee saber. Los hombres se dan de acuerdo a sus deseos, y, a menos que ellos desean en sus corazones saber que esta obra es verdadera, que Jesús es el Cristo y que José Smith fue un profeta de Dios, nunca ejercerán el esfuerzo, y nunca cumplirán con la ley que les dará derecho a saber. Y creo que el segundo paso es que deben estudiar los principios del reino. El Señor no vierte un testimonio en el vacío. Los hombres tienen que saber cuáles son las doctrinas del reino. Los hombres no guardarán los mandamientos sino tienen un testimonio de Jesucristo y de los principios de salvación. Ningún hombre puede salvarse en la ignorancia (Doctrinas y Convenios 131: 6) de Jesucristo y las leyes de la salvación. Cristo dijo a los Judios:

Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí. (Juan 5:39)

Dijo en el prefacio de su libro de Mandamientos:

Escudriñad estos mandamientos porque son verdaderos y fidedignos, y las profecías y promesas que contienen se cumplirán todas. (Doctrinas y Convenios 1:37)

Tenemos que aprender de las doctrinas del reino si alguna vez en este mundo esperamos obtener una revelación de que esas doctrinas son verdaderas.

Y el tercer paso es que debemos practicar los principios que aprendemos. El Señor dijo:

. . . Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.

El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo. (Juan 7: 16-17)

Debemos practicar los principios que aprendemos y hacerlos parte viva de nuestra vida.

Y como cuarto paso, porque un testimonio viene por las revelaciones del Espíritu Santo y no de cualquier otra fuente, debemos orar al Señor con humildad y con fe y rogarle que nos revele si esta obra es verdadera o no lo es. El profeta Moroni dijo:

Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo;

Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas.  (Moroni 10: 4-5)

Ahora no hay una persona, una persona temerosa de Dios y justa en este mundo, que no pueda venir a este reino y por la obediencia a la ley, que abarca los cuatro pasos, ganar para sí el conocimiento de que esta obra es verdadera, un conocimiento que Jesús es el Cristo, que José Smith es el profeta de esta dispensación y que las llaves del reino están en las manos de los santos de hoy. La Iglesia no se ha desviado. Esta es la  obra  del Señor. Esta Iglesia es literalmente el reino de Dios en la tierra, y la mano del Señor está sobre ella, y no hay inspiración en la cabeza. No hay paz, y no hay seguridad; no hay salvación ni consuelo ni la comodidad ni nada de estos para los Santos de los Últimos Días fuera del reino. En el exterior hay oscuridad y angustia del espíritu y la agitación del corazón y todo lo que molesta a un hombre y que lo lleva por el campo amplio que va hacia la perdición. Pero hay paz y alegría para nosotros aquí en esta vida, y hay una esperanza de vida eterna para nosotros, si nos aferramos a la Iglesia, y si escuchemos los consejos que vienen de los oráculos vivientes. Son la voz de Dios a los Santos de los Últimos Días y para el mundo hoy en día.

La primera cosa que una persona debe hacer es saber por sí mismo que esta obra es verdadera, y después de conseguir ese tipo de conocimiento en su corazón, tendrá el deseo de hacer las obras de justicia. Él va a querer hacer lo que dijo Alma en las aguas de Mormón:

. . . Y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

Sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis, aun hasta la muerte, para que seáis redimidos por Dios, y seáis contados con los de la primera resurrección, para que tengáis vida eterna;

Os digo ahora, si éste es el deseo de vuestros corazones, ¿qué os impide ser bautizados en el nombre del Señor, como testimonio ante él de que habéis concertado un convenio con él de que lo serviréis y guardaréis sus mandamientos, para que él derrame su Espíritu más abundantemente sobre vosotros?

Y ahora bien, cuando los del pueblo hubieron oído estas palabras, batieron sus manos de gozo y exclamaron: Ése es el deseo de nuestros corazones. (Mosíah 18: 8-11)

Y creo que ese convenio es el segundo paso en el plan de la salvación, y que el tercer paso es seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres, y luego como Nefi escribió:

. . . Si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna. (2 Nefi 31:20)

Los Santos de los Últimos Días, un pueblo bendecido

En una ocasión Cristo predicó un sermón en que la doctrina era muy fuerte, el sermón sobre el pan de vida. Después de que él había terminado, las multitudes, incluyendo a los discípulos, se volvieron atrás, y ya no andaban con él, y supongo que fue con una nota de tristeza, que dijo a los Doce:

«¿También vosotros queréis iros?» (Juan 6:67)

Y luego Simón Pedro, que iba a ser su portavoz, el oráculo viviente para ese día, tomó la palabra y dijo:

. . . Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. (Juan 6: 68-69)

Esa es la condición de los  Santos  de  los  Últimos  Días  en  la actualidad. Tenemos las revelaciones de los cielos. Dios ha hablado en este día. La luz y el conocimiento se han derramado sobre nosotros, y no hay ningún lugar en todo este mundo en donde podamos encontrar la paz, el consuelo o la comodidad, a menos que guardemos los mandamientos de Dios y el deseo de hacer las cosas que él quiere que hagamos.

No existe nada en este mundo que sea de mayor importancia que tener la compañía constante del Espíritu Santo, y no creo que haya nada más importante en la eternidad, que obtener la exaltación y la vida eterna, y eso es lo que se ha prometido a los santos con la condición de que obedezcan la ley, y que guardan los mandamientos de Dios.

Ahora no hay nada en este mundo que preferiría hacer que tener el privilegio de predicar el evangelio y de dedicar el tiempo y habilidades con que el Señor pueda bendecirme, que edificar su reino. Estoy agradecido más allá de cualquier capacidad que tenga de expresar el privilegio de ser un miembro del Primer Consejo de los Setenta y asociarme con ustedes los Santos de los Últimos Días y viajar por las estacas de Sión, ruego para que el Señor me bendiga y les bendiga, y derrame su Espíritu sobre los santos, para que podamos guardar los mandamientos de Dios y tener derecho a las grandes bendiciones que fluyen del mismo, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

Publicado en Conocimiento, Restauración, Sin categoría, Testimonio, Verdad | Etiquetado | Deja un comentario