¿Soy yo, Señor?

Liahona septiembre 1960

¿Soy yo, Señor?

por el élder Sterling Welling Sill

Una de las últimas y más importantes de las responsabilidades terrenales de Jesús fue preparar a los Doce para las cargas del ministerio que pronto descansarían sobre ellos. Al comer de la última cena en el aposento alto, los discípulos deben haberse sorprendido en extremo cuando oyeron a su Maestro decir:

«De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar.»

Y Mateo sigue diciendo:

«Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?» (Mateo 26:21-22)

La traición es cosa terrible, y una de las mejores maneras de contrarrestar esta falta o cualquier otra, es desarraigarla de la mente y del corazón y destruirla antes de cometerla. Con presentar este asunto a todos los Doce, quizás el Señor estaba procurando que todos examinaran su conciencia mientras todavía estaba con ellos. El problema principal concernía a Judas, pero el Maestro también tenía una lección para los otros once, porque después que Judas hubo salido del cuarto, y los demás hubieron acabado de comer, cantado un himno y salido al monte de las Olivas, Jesús dijo a los once:

«Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche.» (Mateo 26:31)

Pedro mismo, que más tarde llegó a ejercer tan benéfica influencia y con gusto dio su vida por el Maestro, manifestó entonces su propia necesidad de examinar su alma. Le dijo a Jesús:

«Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.»

Jesús le respondió:

«Esta noche, antes que el gallo cante, me negaras tres veces.»

Le era imposible a Pedro creer que tal aconteciera. Afirmó:

«Aunque me sea menester morir contigo, no te negaré.»

Y Mateo añade significativamente:

«Y todos los discípulos dijeron lo mismo.» (Mateo 26:33-35)

Al llegar al Getsemaní, Jesús les dijo: “Sentaos aquí, mientras voy allí y oro.» Llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan, a los cuales especialmente encargó que velaran con Él. Entonces se apartó de ellos también «y yéndose un poco más adelante, se postró sobre su rostro, orando.» (Mateo 26:36-39) Debe haber sentido aún más el peso de la tristeza cuando volvió y encontró dormidos a sus discípulos de rnás confianza. Hacía tan poco que todos le habían profesado su lealtad y constancia, pero no habían podido cumplir la sencilla solicitud del Maestro de velar con El una hora. Entonces dijo algo que nosotros frecuentemente tenemos motivo para reflexionar: «El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es  débil.» (Mateo 26:41)

Debemos estar preparados para combatir esta tendencia común hacia la debilidad que tan frecuentemente se manifiesta en nuestra naturaleza humana. Un momento estamos tan seguros de poder hacer frente a cualquier situación, y el siguiente nos hallamos caídos de espaldas sobre nuestros anhelos más estimados. Parecía que Pedro estaba tan seguro de sí mismo a la hora de la cena, pero antes que cantara el gallo, aun él, Pedro, la roca, el pilar, el discípulo principal, había hecho precisamente lo que tan vigorosamente había declarado no hacer jamás. Sin la menor intención de hacerlo, había negado al Maestro. No sabemos todo lo que sucedió esa noche, pero Jesús había predicho que los once «se escandalizarían» de Él, citando la profecía de que cuando el pastor es herido, las ovejas de la manada son dispersas.

Esta manera interesante en que reaccionaron los discípulos más fieles de Jesús pone de manifiesto algunos de nuestros propios peligros, porque también llevamos con nosotros las semillas de todos los pecados. Podemos fortalecer la «carne» examinando ocasionalmente nuestros propios corazones con la significativa pregunta, «¿Soy yo, Señor?»; porque solamente teniendo presente nuestras propias posibilidades de cometer un mal podemos destruir estos errores antes de cometerlos. Tomas Carlyle dijo una vez que «la mayor de todas las faltas es no estar consciente de ninguna». Esto también nos indica en donde existe la mayor probabilidad de que nos desviemos.

Judas dio tanta cabida en su alma a la maldad, que lo destruyó. Todos debemos damos cuenta de nuestra propia tendencia a esa misma cosa. Ninguno de nosotros se halla libre de la posibilidad de pecar. Aun los once que fueron escogidos tuvieron problemas serios. Ninguno de ellos pudo permanecer despierto para apoyar al Maestro, ni aun durante esa hora en que, bajo el peso de los pecados del mundo, sudaba grandes gotas de sangre por cada poro.

Esta posibilidad de transgredir puede llegar a ser sumamente fuerte aun en las personas más buenas, si no se cuidan constantemente. Escuchemos la confesión que Pablo, en otro tiempo el gran Saulo de Tarso, escribió a Timoteo: «Habiendo sido yo antes blasfemo y perseguidor e injuriador: pero recibí misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad.» (1 Timoteo 1:13) Pero aunque Pablo llevó una vida buena después de su conversión milagrosa, nunca pudo deshacer el daño que había causado. Pese a lo sincero de su arrepentimiento, no podía devolverle la vida a Esteban o deshacer los demás daños. ¡Qué amargura para uno tener que reflexionar su pasado y decir de sí mismo: «Blasfemo, perseguidor e injuriador he sido yo!”

La diferencia entre el éxito y el fracaso en nosotros mismos frecuentemente depende de nuestra habilidad para examinar nuestras propias almas y arrepentirnos antes que el pensamiento inicuo haya tenido oportunidad de incubar. Cierto es que muchos de nuestros pecados, grandes y pequeños, podrían evitarse si tuviéramos un poco más de experiencia en el arte de examinar nuestras conciencias anticipadamente. Entonces podríamos desarraigar y destruir cualquier tendencia nociva antes que produjera su fruto malo. Podríamos, con alguna regularidad, provechosamente hacernos la pregunta de los discípulos a nosotros mismos, y entonces insistir en una respuesta franca e imparcial. Todos deberíamos exigir periódicamente una prueba convincente de nuestra propia integridad y la habilidad para cumplir con lo que hemos prometido.

Igual que los discípulos, habrá ocasiones en que estaremos pensando en una cosa en el momento preciso en que estamos a punto de hacer todo lo contrario. Pedro no tenía la menor intención de hacer lo que hizo; pero su vehemente declaración no duró ni una sola noche. En igual manera, nosotros frecuentemente no podemos predecir lo que haremos en determinadas circunstancias.

Permitimos que la maldad se cometa primero y entonces nos examinamos después. Decimos: ¿Cómo se me ocurrió hacer tal cosa?” Y aun así, frecuentemente no recibimos una respuesta satisfactoria. Pedro sintió tanto remordimiento después de haber negado al Señor, que «saliéndose fuera lloró amargamente». Judas también sintió un remordimiento intenso, pero no reflexionó con suficiente anticipación; y habiéndole negado los sacerdotes su oferta de reparar el mal que había hecho, arrojó el dinero a los pies de ellos y salió y se ahorcó. ¡Qué lástima que no pudo haber sentido el remordimiento antes! El pesar y las lágrimas son de poco valor cuando vienen tan tarde. Sin embargo, con cuanta frecuencia nos ponemos  a  pensar  seriamente  después  de  haberse  cometido  el pecado. Por decirlo así, cerramos con llave la puerta del establo después que el caballo se nos ha ido. Si pudiéramos ajustar el momento de nuestro remordimiento y sentir el pesar algunas horas antes, podríamos evitar la mayor parte de nuestros errores.

Conceptuamos a Judas con el espantoso título de «hijo de perdición». Pero su experiencia trágica nos recuerda que muchos de nuestros propios errores vienen por motivo de la misma clase de introspección ineficaz. Cuando no podemos percibir en nosotros mismos una maldad que se aproxima, nos privamos de toda previsión protectora. Si dedicáramos a la prevención sólo la mitad de la energía que empleamos en el remordimiento, cambiaría el aspecto completo de nuestra vida. La precaución es mucho más benéfica como instrumento del éxito que el remordimiento más profundo.

Supongamos que alguien nos sugiriera la posibilidad de que, igual que Judas, nosotros podríamos traicionar al Señor. Con toda probabilidad, nos llenaríamos de indignación; no cabe duda que nos sentiríamos absolutamente seguros de poder dominarnos en cualquier situación. Sin embargo, esta disposición de no sospechar es precisamente con la que frecuentemente nutrimos el pecado mismo que está recibiendo la fuerza suficiente para destruirnos.

Debemos recordar que Judas no es el único que ha cometido una traición. Por ejemplo, ¿qué opinión tendríamos de la siguiente situación? El año pasado en una de las ramas, el 87% de los jóvenes del Sacerdocio Aarónico ganaron su diploma individual. En otra rama de esa misma estaca, solamente el 10% lograron hacerlo. Alguien fue culpable de la pérdida del 77% de los jóvenes, que no se habrían perdido si se hubiera trabajado con ellos como en la primera de las ramas citadas. Si hubo traición aquí, ¿quién la cometió?

Casi la última instrucción que Jesús dio a Pedro antes de ascender a los cielos fue la comisión, repetida por tres veces: «Apacienta mis ovejas.» (Juan 21:16) La desobediencia completa consistiría en no hacer nada. Dejar que los corderos mueran de hambre no es tan aparatoso como una traición directa; sin embargo, los resultados puedan ser  igualmente  desastrosos.  Es interesante  recordar  que Jesús no perdió su exaltación eterna por motivo de la traición de Judas. Por otra parte, algunos de los jóvenes de esta rama del 10% pueden perder su exaltación por motivo del descuido sencillo de sus directores llenos de buenas intenciones. Algunos, sin comprenderlo, pueden ser desleales a su comisión o negar su responsabilidad, o dudar de su autoridad o quedarse dormidos cuando se presenta su oportunidad. Los medios podrán ser diferentes, pero al fin y al cabo,

¿cuál es el resultado?

El presidente John Taylor dijo: «Si no honráis vuestro llamamiento, Dios os tendrá por responsables de aquellos que pudisteis haber salvado si hubierais cumplido con vuestro deber”. (Journal of Discourses 20:23).

Cuando aceptamos nuestro llamamiento según esa base conviene que estemos bien fortificados con algún medio eficaz para evitar el fracaso.

Hace tiempo un anciano de sesenta y cuatro años dijo: «Si hace 40 años hubiera sabido lo que hoy se habría vivido de otra manera.» Lo que quiso decir fue: «Ojalá pudiera vivir mi vida de nuevo».

Pero si Judas hubiese sabido, mientras proyectaba la traición, lo que sabía momentos antes de suicidarse, también quizá él habría obrado de otra manera.

En lo que concierne al éxito, la previsión es de valor infinitamente mayor que la retrospección.

Uno de los rasgos inspiradores de la vida del Maestro es que no tuvo que cometer un solo pecado para descubrir que esto era malo. Hay algunas personas que tienen que cometer todo error personalmente. No nos ayudará mucho cuando estemos delante del divino tribunal y lamentemos: «Ojalá pudiera vivir mi vida de nuevo.» Ni aun el «lloro, gemidos y crujir de dientes» nos será de mucho provecho. No podemos volver a vivir nuestras vidas. La vida no permite ensayos. No podemos practicar el nacimiento o la muerte o el éxito. Pero sí podemos  ayudarnos  a  nosotros  mismos  si  tan  sólo  prevemos  y analizamos anticipadamente las maldades potenciales, mientras todavía son ideas.

La traición, sea el grado que fuere, es terrible; pero también lo es la insensatez; y lo mismo puede decirse de la incompetencia y la desidia y cualquier otro medio por el cual se pierden las bendiciones eternas. Por tanto, nos sería de mucha ayuda protegernos de los errores posibles examinándonos la conciencia ocasionalmente con la significativa pregunta de los discípulos: ¿»Soy Yo, Señor?»

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La delegación de responsabilidad

Liahona  agosto 1960,

La delegación de responsabilidad

por el élder Sterling Welling Sill

Uno de los renombrados generales de la Segunda Guerra Mundial pronunció un discurso con el nombre ‘El Arte de Delegación’. Este tema es uno de los más importantes de todos los campos de la responsabilidad administrativa, y el orador presentó algunas sugerencias excelentes sobre la manera de llevarla a cabo.

Los primeros comandante militares, comprendiendo que era imposible estar en todos los sitios del campo de batalla al mismo tiempo, nombraron subalternos y les señalaron misiones particulares a cada cual para que dirigiera cierta parte de la batalla. Es de por sí evidente que con tal nombramiento el subalterno debe entender qué es lo que se espera de él. Debe saber en qué consiste su autoridad y responsabilidades. Debe entender que tendrá que responder al General por la forma en que emplea su autoridad.

En cualquier empresa que exige los servicios de más de un hombre es menester la misma forma de proceder. Ningún administrador puede encargarse de todos los problemas que surgen en los negocios, las operaciones militares o el trabajo de la Iglesia. Por tanto, su deber principal consiste en dividir y delega esta responsabilidad, y entonces ver de que cada uno cumpla con su cometido. Son tan numerosas las tareas que se requiere cumplir, y a la vez son tan pocos los detalles que el administrador puede dirigir personalmente, que, si la obra ha de llevarse a cabo, es preciso que haya esta delegación o lo que se ha llamado ‘descentralización coordinada’.

Uno de los ejemplos clásicos de delegación se halla en la Biblia, y ocurrió en la primera parte de los viajes y la historia de los hijos de Israel. Moisés estaba trabajando desde el amanecer hasta el anochecer queriendo hacer todo el trabajo él mismo, escuchando las dificultades y quejas de su pueblo. A pesar de lo mucho que se afanaba, había grandes multitudes que esperaban su turno para ser oídos. Esto causó alguna disensión y murmuraciones entre ellos. Jetro, suegro de Moisés, observando esta confusión, dijo: ‘No haces bien’. Entonces aconsejó a Moisés que escogiera hombres capaces y los pusiera por ‘caporales sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta y sobre diez’, para que juzgaran e instruyeran al pueblo. Es decir, bajo la dirección de Moisés debían asumir esta responsabilidad de ser directores. Moisés aceptó el consejo de Jetro y dio parte de su autoridad a otros. Si surgía un problema, era resuelto, de ser posible, en la escala menor. Los problemas de mayor importancia llegaban a una escala mayor; pero solamente los que ninguna otra persona del campamento podía resolver, eran los que llegaban hasta Moisés.

En nuestra época, así como en los días de Moisés, toda la autoridad de la Iglesia reposa en el Presidente de ella, pero éste no puede hacer todo el trabajo. Por tanto, igual que Moisés, debe delegar parte de su autoridad y responsabilidad a otros oficiales, entre ellos, presidentes de estaca, obispos, etc. Tampoco éstos pueden efectuar toda la obra que les viene por delegación, de modo que ellos, a su vez, la dividen y otorgan parte de su autoridad y responsabilidades a otros que trabajan bajo su dirección. Cuando se lleva a cabo debidamente esta manera de proceder, todo el que obra en la Iglesia tiene su responsabilidad particular, así como la autoridad particular para llevarla a cabo.

Por supuesto, la idea de delegación es absolutamente necesaria, y la  eficacia  con  que  se  hace  y  se  recibe  esa  delegación  influye grandemente en todo nuestro éxito. La delegación de responsabilidad ayuda a descentralizar la responsabilidad y da a todos la oportunidad para prestar servicio. Es la mejor y única manera de llevar a cabo el trabajo.

En vista de que la mayor parte de los problemas pueden resolverse en el peldaño o escalón más bajo de la escala administrativa, debe hacerse todo esfuerzo posible por resolver las dificultades y efectuar la obra de la Iglesia lo más cerca posible de su origen, a fin de que únicamente los problemas serios lleguen al Presidente de la Iglesia.

Hay algunos directores que aparentan delegar, pero retienen para sí mismos la esencia del trabajo o del puesto. Esto significa que en cuanto a fines prácticos, no se otorgó ninguna delegación en efecto. Es decir, no puede llamársele delegación verdadera, si el obispo da cierta responsabilidades a sus consejeros y luego, porque cree que él mismo puede hacer mejor el trabajo, suspende la delegación cada vez que surge un asunto importante. De esa manera, el consejero nunca sabe en qué consiste su autoridad verdadera, o si el obispo ya lo antecedió; ni hay manera alguna en que pueda lograr el desarrollo en su puesto. Tampoco puede llamarse delegación verdadera, si se da el trabajo pero se retiene el mérito. A fin de que pueda lograr el éxito, la delegación no puede ser en parte solamente; ni tampoco puede otorgar la autoridad con una mano y luego quitarla con la otra. Sólo cuando se recibe en forma completa, se puede aprender la responsabilidad.

Uno de los tropezaderos de la delegación de autoridad es la creencia que tienen algunos directores, de que ellos mismos tienen que hacer el trabajo, si quieren que salga bien. Pero ¿cómo van a desarrollarse otros directores? El que dirige tiene la obligación de preparar a aquellos que están bajo su dirección, para que sean mejores administradores que él, y preparar no sólo a uno, sino a muchos, para que puedan asumir su puesto en caso de que él ya no pueda. Sobre la lápida de Andrew Carnegie se halla esta inscripción: ‘Aquí yace un hombre que supo reclutar para su servicio hombres mejores que él’.

El buen director no trata de resolver todo problema personalmente, pues al grado en que el administrador esté resolviendo todos los asuntos, sus subalternos usualmente carecerán de disposición para tomar la iniciativa y, consiguientemente, nunca se desarrollarán a sí mismos. El que delega la autoridad puede enseñar a la persona sobre quien ha delegado la manera de encontrar la resolución correcta, por medio de preguntas y sugerencias.

Teodoro Roosevelt, en un tiempo presidente de los Estados Unidos, dijo que el mejor  administrador es aquel que tiene la prudencia suficiente para escoger buenos hombres que efectúen lo que tiene proyectado, y suficiente dominio sobre sí para no inmiscuirse cuando lo estén llevando a cabo.

Por otra parte, delegación no es abdicación. El director no pierde su autoridad ni su responsabilidad cuando la delega. Continúa siendo el responsable y debe garantizar el éxito de aquel a quien delega la responsabilidad. No puede delegar y luego volver la espalda a lo que suceda después. Debe supervisar, instruir y animar a aquel a quien se ha dado la responsabilidad. El administrador puede delegar su autoridad pero no se deshace de su responsabilidad. Delega su responsabilidad sin perderla. Delegación sin dirección es irresponsabilidad. Tampoco puede decirse que ha habido una delegación verdadera si no se acepta por completo la responsabilidad. No debe permitirse que la incompetencia o falta de disposición por parte de la persona pase inadvertida o sin evaluarse, en lo que concierne a la aceptación de la responsabilidad. Al contrario, aquel que tiene la responsabilidad principal debe percatarse inmediatamente de esta falta de disposición.

Así como la delegación no significa obligación, la aceptación de responsabilidad tampoco significa usurpación. Cada cual debe obrar dentro de los límites del sistema de la Iglesia y la autoridad que se le ha dado. Todo administrador que forma parte de la cadena debe conocer su trabajo y estar capacitado para subdividir y delegar eficazmente. Debe conocer a quién está dando la autoridad y estar seguro de que la tarea está dentro de los límites de la capacidad de la persona; que puede dedicar y que dedicará el tiempo necesario para cumplir debidamente con el encargo.

Una de las dificultades más serias sobre el asunto de la delegación correcta es saber escoger al hombre apto a quién se va a dar la responsabilidad. Cuando se le da a un hombre una posición de responsabilidad, debe ser elegido principalmente por su mérito y su habilidad particular para hacer esa obra mejor que cualquier otro. Podemos ver ejemplos en algunas situaciones políticas, en las que a alguien le es dado un empleo en calidad de favor o pago de alguna deuda. Los que ocupan estas posiciones pueden ser cambiados de un puesto a otro sin consideración a su aptitud o habilidad particular. Pero el éxito se logra con mayor eficacia si se elige a los hombres porque su aptitud particular se presta a la efectuación de la obra deseada. No escogemos a las personas que van a ser médicos, abogados, agentes, profesores o conserjes, sencillamente porque nos simpatizan; ni al fin de determinado período los colocamos a todos otra vez en un montón y jugamos de nuevo un albur para ver quién será el médico y quien será el profesor. El agente de ventas o el conserje podrán ser hombres tan buenos como el médico, pero tropezarían con dificultades en la sala de operaciones si tuviesen que practicar una cirugía complicada.

Tampoco nos parece muy lógico tomar a un hombre que está trabajando eficazmente con los jóvenes del sacerdocio aarónico y ponerlo en algún departamento para el cual no tiene ni la habilidad ni el interés. Es cosa sabida que los hombres y las mujeres no cambian ni pueden cambiar sus intereses e inclinaciones en sucesión rápida, para que correspondan con diversas ocupaciones. Es cierto que los miembros de la Iglesia deben tener varios intereses, pero el conocimiento, habilidades, actitud, hábitos y entusiasmo no pueden cambiarse con la misma facilidad que un sombrero de una cabeza a otra.

En el asunto de la delegación y responsabilidad en la Iglesia, estamos tratando con el sumamente importante propósito de lograr que las personas lleguen al reino celestial, y necesitamos hombres sumamente hábiles para determinadas cosas. Entonces se debe instruir eficazmente y supervisar adecuadamente a cada uno sobre los que se ha delegado y desarrollar en ellos su aptitud particular hasta el grado más alto.

Aun después de  hallar al hombre indicado para cada puesto en particular, no debemos abandonarlo después de hacerle la delegación y permitirle que siga su propio camino. Continúa siendo la responsabilidad del administrador supervisar su trabajo y suministrarle la orientación y dirección necesarias.

La delegación eficaz claramente debe señalar el campo de la responsabilidad. Debe ayudar a establecer los fines y propósitos principales. Debe haber seguridad de que aquel a quien se hace la delegación tiene no sólo la aptitud, sino que acepta completamente la responsabilidad. No podemos destacar en exceso la importancia de la aceptación. Si hay aceptación completa, entonces la delegación debe hacerse sin reservas. El administrador debe delegar el puesto completo con todas sus satisfacciones, prestigio y significado espiritual. Con esto se ofrece una aspiración digna de la dedicación más noble, tanto por parte del que hace la delegación, como del que la acepta.

En el arte de la delegación están comprendidas algunas de las habilidades administradoras más importantes. Debemos estudiarlo constante, completa y continuamente, y entonces llevar nuestros estudios a la práctica.

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El banco de ideas

Liahona julio 1960

El banco de ideas

por el élder Sterling Welling Sill

Probablemente uno de los negocios más importantes del mundo es el negocio bancario. En el banco es donde conservamos seguras las cosas para nuestro uso futuro. Aunque naturalmente se piensa en el dinero al tratarse de bancos, sin embargo, en muchas ocasiones y en distintas maneras se ha sugerido que toda persona procure tener un banco de ideas.

Una de las razones porque existen bancos en donde podemos guardar nuestro dinero, es para evitar que se nos vaya de entre las manos y se pierda. Es precisamente la misma razón por la que debe haber un banco de ideas. Nuestros bolsillos no son un lugar muy adecuado para guardar las cosas de valor, ni tampoco es nuestra cabeza un depósito muy propio para guardar ideas. En primer lugar, nunca se tuvo por objeto que el cerebro fuese un depósito; es un taller. El cerebro no es apto como banco de ideas, porque está lleno de goteras. Las ideas dentro del cerebro son como el agua en un barril que se resuma. Si no lo creemos, tratemos de contener numerosas ideas en el cerebro por algún tiempo, y veamos qué sucede.

Una de nuestras dificultades estriba en que el olvido es un procedimiento inconsciente. El acto de aprender es consciente, pero el de olvidar es inconsciente. Es parecido a lo que sucede en el momento de nacer. Nunca sabemos que hemos nacido sino hasta algún tiempo después de que aconteció. La misma cosa pasa con el olvido. No estamos conscientes de los pensamientos que se nos están escapando y, por tanto, no tomamos las precauciones necesarias para evitar la pérdida. En muchas personas las ideas viejas se están perdiendo con mucha mayor rapidez que la adquisición de las nuevas. Desde luego, podemos ver en qué parará esto.

Las Escrituras sugieren que tengamos un “libro de memorias” para ayudarnos a recordar las cosas importantes. Cuando el Señor visitó a Juan el Teólogo en la Isla de Patmos, le indicó la importancia de preservar las ideas, pues le mandó: “Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de éstas.” Si escribimos una idea, podemos conservarla para siempre en la flor de su juventud y significado impresionante. ¡Que tragedia tan grande habría resultado si Juan hubiese querido retener el Libro de Apocalipsis en su cabeza, en lugar de escribirlo!

Cuando el Señor concedió a José Smith y Sidney Rigdon la gran revelación contenida en la sección 76 de Doctrinas y Convenio, les repitió hasta cuatro veces que escribieran las cosa que habían visto y oído. En el  versículo 28 leemos lo siguiente: “Y mientras nos hallábamos aún en el espíritu, el Señor nos mandó que escribiésemos la visión.” Se hizo la misma amonestación, en sustancia, en los versículos 49, 80 y 113. Y en cada ocasión el Señor dijo que debía escribirse “mientras estaban aún en el espíritu.”

El Señor tenía buena razón para ello. Las palabras rápidamente se borran de la memoria; las impresiones se desvanecen; las ideas pierden su significado y su facultad para impresionar con el transcurso del tiempo. La manera de evitar la pérdida de nuestro dinero es ir pronto y depositarlo en el banco mientras lo tenemos todavía. Una manera buena de conservar las ideas es escribirlas mientras están frescas en nuestra memoria y nosotros mismos estamos “aún en el espíritu”. Los grandes hombres siempre han sabido depositar y almacenar sus ideas. Los cuadernos de Hawthorne nos revelan que jamás permitió que un pensamiento o circunstancia se escapara de su pluma. Robert Louis Stevenson siempre llevaba dos libros consigo: uno  para leer y el otro para escribir. Se dice que durante una entrevista importante, Goethe repentinamente se disculpó y se retiró a un cuarto contiguo donde escribió un pensamiento para su obra Fausto, temiendo que se le fuera olvidar antes que terminara la entrevista.

Poco después que Alma fue nombrado Juez Superior del pueblo, recurrió al Señor para preguntarle qué debía hacer concerniente a ciertos asuntos. Habiéndose recibido las instrucciones, leemos lo siguiente: “Y aconteció que cuando Alma hubo oído estas palabras, las escribió para conservarlas.” (Mosíah 26:33)

Alma sabía que no iba a poder fiarse de su memoria, aun tratándose de la palabra del Señor, de modo que las escribió a fin de preservarlas, no solo para sí mismo sino también para nosotros. El Señor le mandó al hermano de Jared que escribiera las cosas que había visto (Éter 4:1). Cuando el Señor visitó este continente después de su resurrección, dijo: “Os mando que escribáis estas palabras.” (3 Nefi 16:4) Esta repetición pone de relieve el hecho de que las ideas son a la vez deleznables y de valor incalculable. De hecho, una de las diferencias más importantes entre la gente consiste en el número y naturaleza de sus ideas.

La diferencia en Saulo de Tarso antes y después de su conversión se debió a la forma en que sus ideas habían cambiado. Tomás Edison se distinguió de otras personas por motivo de la naturaleza y valor de sus ideas.

Hay algunas ideas que pueden ser de valor particular para nosotros. Pueden hallarse en prosa, en verso o en canciones; mas si buscamos las que son adecuadas y verdaderamente las inculcamos en nuestro sistema, nos inspirarán, instruirán y fascinarán. Así como hay determinadas clases de alimentos que nos vigorizan y edifican, en igual manera existe en todos una simpatía natural y susceptibilidad en lo que respecta a las ideas. Hay cierta música que posee gran fuerza para despertar el entusiasmo de algunas personas y ponen en movimientos sus deseos de vencer. Algunas ideas surten el mismo efecto. Pueden ser ideas propias, o pueden pertenecer a otras personas. Algunas veces nuestras propias ideas se ajustan un poco mejor a nuestra propia maquinaría mental y emocional, que las ideas de otros; sin embargo, aun nuestras propias ideas merman espontáneamente si no las depositamos en un lugar seguro.

Las cosa que estimulan las ideas, como los poemas, trozos de filosofía o palabras selectas tienen la habilidad para incitarnos y desarrollar nuestro entusiasmo y nuestra fe. Conviene aprender de memoria no solo las palabras de las ideas, sino también el espíritu. Esto nos ayudará a llevar nuestra obra al máximo grado. Pero, además, hemos de procurar estar seguros de conservar estas preciosas joyas del pensamiento en el banco para retenerlas permanentemente. Hay expresiones particulares de otras personas que nos sirven para un propósito especial. Debemos posesionarnos de estas ideas que tienen afinidad particular con nuestros pensamientos y ponerlas en el banco donde las podemos adaptar y encauzar para que hagan nuestra obra.

El hecho de que una idea pudo haber pertenecido originalmente a otra persona no disminuye su valor para nosotros. No componemos nuestra propia música o pintamos nuestras propias pinturas, y, sin embargo, unas y otras desempeñan un papel constructivo en nuestras vidas. Las Escrituras son las palabras de otras personas y, sin embargo, nosotros las empleamos para nuestra propia edificación. Emerson dice que después de aquel que primeramente expresa una gran verdad, debe darse crédito al que la cita o repite. También pudo haber dicho que aquel vive de acuerdo con una gran verdad sobrepuja aun al que primeramente la expresó.

Procuremos, pues, alguna clase de archivo para ideas y dediquémonos con empeño a establecer un banco para ideas. El depósito bien puede componerse de alguna carpeta, o sencillamente un cuaderno en el cual podemos escribir y pegar o depositar en alguna otra forma nuestras ideas, a fin de formar una colección permanente. De lo contrario la viveza y la fuerza de una impresión mental se opaca con el tiempo. La velocidad con que desaparece no es uniforme. Determinada sección de un pensamiento puede desaparecer completamente de vista en un instante. La velocidad con que las otras van mermando es más gradual. Como quiera que sea, nuestras vidas quedan más pobres como consecuencia de esa pérdida. “Un buen archivo y una mala memoria constituyen una combinación más útil para el que dirige, que una buena memoria y un archivo malo”. Por tanto, una de las primeras inversiones que debe hacer todo el que aspira a dirigir, es un par de tijeras y un frasco de pegamento.

Una persona podrá tener mucho conocimiento y fracasar a pesar de ello, porque es mala su memoria. Por lo general, la gente puede adquirir el equivalente de muchos años de colegio durante su vida, y a la vez nunca tener a su disposición más que la educación más limitada. Frecuentemente llegamos a determinada altura en la época temprana de la vida, más allá de la cual es poco lo que nos elevamos, porque el funcionamiento que nos hace olvidar se torna más activo que el que nos permite aprender.

Las palabras y pensamientos no son para usarse solamente una vez, sino  muchas. No se nos ocurriría escuchar una pieza emocionante de música sólo una vez y entonces tirarla, ni compraríamos una pintura hermosa para verla una vez únicamente y entonces descartarla.

Al contrario, procuraríamos tenerla donde nos pudiera inspirar muchas veces. Así también las ideas grandes pueden servirnos una y otra vez para instruir e inspirar nuestras mentes.

Un gran hombre me dijo que cuando él quiere tener un poco de inspiración, siempre se refiere a estas ideas selectas, algunas de las cuales él mismo ha escrito. Son para él como sus propios hijos o sus amigos de confianza. Las personas que llamamos amigos tienen más fuerzas para inspirarnos y deleitarnos. Sin embargo, hay ideas que también son particularmente amistosas para nosotros en lo personal. Decimos que es una tragedia grande perder un amigo y, sin embargo, se pierden grandes fortunas todos los días en ideas buenas y útiles, sencillamente porque no tenemos un sistema bancario ni hemos formado el hábito de hacer depósitos regularmente.

Con frecuencia las ideas ganan un porcentaje mayor de crédito que el dinero en el banco. Pero es preciso que primero las captemos, conozcamos y sepamos dominar. Para eso se requiere habilidad. Algunas veces las ideas vienen en un rasgo de inspiración; y en otras ocasiones posan por un momento en nuestras mentes, y entonces, como el pájaro que momentáneamente se detiene en el árbol, emprende el vuelo. Algunas veces las ideas vienen como una serie de pensamientos. En otras ocasiones vienen en grupos, como una familia. Luego hay casos en que constituyen una falange que se abre camino por la fuerza, desalojando de nuestros pensamientos todo lo demás. Hay veces en que nuestros pensamientos son de optimismo, de valor y devoción, capaces de cambiar nuestra vida.

Convendría escribir estos pensamientos “mientras estamos aún en el espíritu”, porque de las ideas viene la sustancia que constituye la vida y la habilidad para dirigir. Si perdemos una idea buena, hemos perdido parte de nosotros mismos. Cuando agregamos las ideas convenientes, hemos aumentado el volumen de nuestra vida. Debemos convertirla en propiedad permanente a fin de tener dominio sobre ella.

Vamos a suponer que se nos invita a una gran conferencia, un banquete de ideas, que va a durar una semana. ¡Que experiencia tan rica para nosotros! Supongamos que durante ese periodo de cinco días se presentan cincuenta ideas verdaderamente buenas. Sin embargo, el único lugar en que podemos depositar estas ideas es en nuestra propia cabeza. Antes que la conferencia termine, el cincuenta por ciento de estas posesiones de tanto valor habrá desaparecido de nuestra memoria. En seis meses el ochenta por ciento de estas se habrá deslizado por entre los dedos de nuestra mente. En dos años más, se habrá perdido el noventa y nueve por ciento.

Si no eran de valor, ¿para qué perder tiempo en adquirirlas? Si son de valor ¿por qué no dar los pasos para retenerlas? Un sabio filosofo dijo: “si llegas a oír una afirmación sabia o una frase adecuada, escríbela”, De este modo formará una asociación con las otras ideas que existen ya en nuestra mente, y establecerán esa unidad que proporciona la fuerza. Se ha dicho que una de las razones porque las ideas mueren tan rápidamente en algunos cerebros, es porque no pueden soportar permanecer incomunicadas.

Las “citas citables” no son de mayor valor que vuestras propias “notas notables” Otro escritor ha dicho: “Cito a otro para poder expresarme mejor”.

Sin embargo, cuando las ideas se reciben en el cerebro por primera vez, no es improbable que se sientan inseguras. Todavía no han sabido como arraigarse. Si las repasamos y recordamos frecuentemente, con el tiempo se establecerán firmemente.

Causa admiración ver un banco con sus alacenas llenas de dinero. Más impresionante es ver un banco de ideas con sus alacenas llenas de inspiración, poder y habilidad. El hecho de ganar dinero pierde gran parte de su significado si no ahorramos una parte; y el dinero que se deposita en el banco gana más crédito que el que se guarda en el bolsillo. No debemos inquietarnos porque al principio no tenemos mucho que ahorrar. Una vez inculcado en hábito, las cantidades aumentarán rápidamente. Es también cierto que las ideas, así como el dinero en el banco, dentro de poco se acumulan hasta llegar a ser una propiedad de inmenso valor.

A veces usamos las palabras “impresión” al referirnos a ciertos pensamientos que acabamos de recibir. La palabra es adecuada; recibir un pensamiento es como rayar la superficie de la mente. Cuanto más profunda, tanto más duradera.

Las ideas y los ideales, como todas las demás cosas, son pequeñas al nacer. Los niños recién nacidos no pueden trabajar como una persona grande. En igual manera, un pensamiento recién nacido que acaba de llegar a nuestra mente, requiere que lo nutramos hasta que madure.

Las civilizaciones de días pasados tenían el gran problema de la mortandad infantil. Debemos procurar que nuestra habilidad para dirigir no padezca en un alto grado de esta |plaga de mortandad infantil entre nuestras ideas, ideales y pensamientos. A fin de reducir esta pérdida, es necesario que la mente adquiera cuantas buenas ideas le sea posibles y las escriba “mientras estamos aún en el espíritu”. Entonces realmente nos hallaremos en el negocio bancario con todos sus beneficios.

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«Tengo que»

Liahona junio 1960

«Tengo que»

por el élder Sterling Welling Sill

En una sección rural del Sur de California murió una señora de descendencia mexicana, dejando una familia de ocho hijos. La hija mayor, que aún no cumplía los 17 años de edad, era una joven de estatura pequeña sobre cuyos débiles hombros cayó la carga de cuidar de la familia. Sus vecinos la vieron emprender la tarea con valor y habilidad. Procuraba que los demás niños se conservaran limpios, los alimentaba y los enviaba a la escuela. Desempeñaba su cargo con competencia extraordinaria. Un día, una de sus vecinas la felicitó por los que estaba logrando. La joven contestó: “No merezco ningún elogio por algo que tengo que hacer.” Su amiga le dijo: “Pero no tienes necesidad de hacerlo. Nadie te lo está exigiendo.” La joven pensó por un momento y entonces le respondió: “Tal vez usted tenga razón, pero ¿qué hago con el ‘tengo que’ que está dentro de mí?”

En la afirmación de esta joven mexicana se encierra uno de los aspectos más importantes del éxito para dirigir. Se compone de un “impulso interior de responsabilidad”. Es algo que insta a obrar debidamente. Fue lo que causó que Sócrates dijese: “No importa cuál sea el deber que me impongas, preferiré morir mil veces que desatenderlo.”

Hay personas que desarrollan un alto grado de este potente sentido de determinación voluntaria de cumplir con su deber. Esta virtud es mucho más que meramente iniciativa. Es una combinación del empeño  y  la  conciencia  en  su  perfección.  Estos  dos  preciosos rasgos de carácter se unen para formar un notable poder espiritual interno.

Durante la primera guerra mundial, el capitán de un cañonero dio órdenes de que el barco fuera a rescatar a un compañero herido. El primer oficial le hizo ver los peligros: le cortarían la retirada dejándoles poca probabilidad de volver al puerto. El capitán le contestó: “Tenemos la obligación de salir; no de volver.” Este Capitán tenía el mismo espíritu y sentido de responsabilidad que nuestra joven mexicana.

Esta cualidad ocupa el lugar principal entre los rasgos del hábil director. Fue una de las características importantes que distinguieron la vida de Abraham Lincoln. Este gran hombre también se guiaba por un ‘tengo que’. Solía decir: “No tengo la obligación de ganar, pero sí de ser leal. No tengo la obligación de lograr el éxito, pero sí de vivir de acuerdo con la mejor luz que hay en mí. Apoyaré a cualquiera que obrare en justicia, y me apartaré de cualquiera que obrare con injusticia.” Fue este ‘tengo que’ de Lincoln lo que lo animó a arrostrar grandes desventajas hasta que por fin triunfó su causa.

Esta virtud llegó a su punto culminante en el propio Maestro Jesucristo, quien la llevó consigo a la cruz. No tuvo que hacerlo, sin embargo lo hizo. De su propia voluntad, hizo lo que tenía que hacer. Él mismo afirmó: “Yo pongo mi vida… nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo.” ¿Podemos imaginar que fuese necesario recordarle a Jesús que cumpliera con su deber?

Recientemente un miembro de la Iglesia me dijo que iba a dejar de fumar. Le pregunté por qué y mostró un artículo que acababa de recortar del periódico sobre el gran incremento de cáncer pulmonar, y el hecho de que los científicos ahora concordaban en que el hábito de fumar causa muchas horribles muertes cancerosas. Es decir, la posibilidad del sufrimiento y la muerte le habían infundido el miedo para hacer lo que debía. No iba a dejar de fumar porque era malo; ni tampoco iba a hacerlo porque agradaría a Dios. No iba a dejar el hábito por motivo de in ‘tengo que’ justo en su corazón. Iba a parar de fumar meramente porque temía el dolor y muerte que estaba trayendo sobre sí mismo. Y aun cuando no puedo negar que fue buena la idea de dejar de fumar, cualquiera que haya sido la razón, también pensé cuánto más notable habría sido si hubiera dejado de fumar por causa de la palabra del Señor. Ciertamente sus motivos no son tan nobles como los que inspiraron a la joven mexicana y al capitán del cañonero.

Jesús ha reiterado en nuestros propios días este principio de acción voluntaria. Conviene que lo consideremos cuidadosamente. Después de leer los siguientes versículos, pensemos como considerará Jesús el desarrollo de nuestro ‘tengo que’. El 1 de agosto de 1831, dijo a José Smith:

Porque he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas; porque el que es compelido en todo es un siervo perezoso y no sabio; por tanto, no recibe galardón alguno.

De cierto digo que los hombres deben estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de  su propia voluntad y efectuar mucha justicia.

Porque el poder está en ellos, y en esto vienen a ser sus propios agentes. Y en tanto que los hombres hagan lo bueno, de ninguna manera perderán su recompensa.

Mas el  que no hace nada hasta que se le mande, y recibe un mandamiento con corazón dudoso, y lo cumple desidiosamente, ya es condenado. (Doctrina y Convenios 58:26-29)

Son palabras algo enérgicas y no cabe duda que son claras. Debemos tener presente que podemos condenarnos a nosotros mismos no haciendo nada. Conozco una ley que dice en sustancia que si una persona se está ahogando y nosotros podemos socorrerla, pero no lo hacemos, somos legalmente responsables. Se pondría en duda nuestra ciudadanía si alguien siempre tuviera que estarnos animando o impulsándonos en alguna otra forma a que fuésemos a socorrer a una persona que se estaba ahogando. También debemos entender claramente el lugar que ocupan en el liderazgo de la Iglesia la iniciativa y el empeño de obrar uno por sí mismo. Los cuatro versículos citados son una parte sumamente importante de nuestra responsabilidad. Si escuchamos atentamente, nuestra conciencia nos dirá lo que es menester hacer. Nuestra iniciativa puede cumplir con cualquier tarea, si tan solamente la utilizamos. Como quiera que sea, sobre nosotros descansa la responsabilidad.

Nuestros pensamientos y ambiciones alcanzan nuevas dimensiones cuando se ponen en ellos las ideas correctas. La habilidad para dirigir llega a su nivel más elevado únicamente cuando desarrollamos la facultad para hacer cosas importantes de nosotros mismos.

Se dice que una vez un agricultor buscaba alguien que le ayudara en el trabajo de campo. Sólo tenían que contestar esta pregunta que él les hacía para ver si eran aptos: “¿Cuántas veces hay que decirte las cosas?” Este es uno de los detalles importantes que el Señor necesita saber acerca de nosotros. Se ha dicho con un poco de sátira que un genio es aquel que puede cumplir con una tarea sin que se le diga más de tres veces.

Por otra parte, conozco un maestro orientador al cual cada mes se hace preciso llamarlo muchas veces para recordarle y avivar su entusiasmo para lograr que haga las visitas del mes. Pero es difícil en extremo conservarlo activo por mucho tiempo. Es como un neumático con media docena de agujeros pequeños. Cada vez que lo necesitan es menester llenarlo de aire; pero lo pierde con la misma rapidez con que lo recibe. Lleva una desventaja grandísima porque tiene que depender de alguna fuerza ajena. ¿Podemos ver en nuestra imaginación la clase de hombre en que el Señor estaba pensando cuando dijo: “El que no hace nada hasta que se le manda, y recibe un mandamiento con corazón dudoso, y lo cumple desidiosamente, ya es condenado”?

Hay personas que no pueden celebrar sus reuniones con sus consejeros y oficiales sino hasta que se ven obligados por alguna fuerza externa. Con frecuencia se necesita una emergencia comparable al temor del cáncer pulmonar, para obligar a una mente desidiosa a que emprenda la marcha. Hay algunos que no pueden llegar ni aun a la Iglesia sin ayuda o alguna especie de respiración artificial del espíritu, y aun cuando van, con frecuencia llegan tarde e indispuestos para hacer o recibir una contribución que valga la pena.

Son pocas las cosas que despiertan más nuestra admiración que la persona que puede hacer algo de sí mismo sin hacerse rogar o tener uno que halagarlo, recordarle o ayudarlo. Pensemos como inspira nuestro orgullo y simpatía la joven mexicana, al asumir en su juventud las grandes responsabilidades de la edad madura. Le habría sido fácil encontrar muchas razones para cuidar únicamente de sí misma. Pero su ‘tengo que’ se hizo cargo de la situación, la familia se preservó unida y en buena situación, y la propia joven fue la más bendecida.

Consideremos ahora nuestra situación. Nuestro Padre Celestial también tiene hijos. Muchos de ellos están aún más necesitados que los hermanitos de la joven mexicana. Muchos de los hijos de nuestro Padre Celestial corren peligro de perder sus bendiciones. Todos los principios del evangelio tienen que ver con el reino celestial.  El objeto de la Iglesia es ayudar a todos a hacerse aptos para recibirlo. Sin embargo nos es dicho que relativamente pocos alcanzarán esa elevada meta. Frecuentemente la razón es la incompetencia de los que dirigen. Con cierta clase de directores, lo realizado puede alcanzar un nivel muy alto; con otra clase, lo efectuado casi se pierde de vista. Hay una tercera clase de dirección que desvía. Jesús dijo: “Mas ¡hay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a lo que están entrando.” (Mateo 23:13)

El artista Rembrandt pintó un cuadro de la crucifixión. Al examinar la pintura, nuestra mirada se dirige a la figura central; pero al ver entre las sombras, percibimos otra figura. Aquellos que conocen la historia del lienzo y del artista dicen que Rembrandt pintó un retrato de sí mismo en el fondo. No hay ninguna duda respecto de su intención. Por motivo de su irreflexión, sus pecados involuntarios, sus esfuerzos mal orientados y mal ejemplo, Rembrandt se mostró a sí mismo como uno de los que ayudaron a sacrificar a Cristo.

La mayor parte de la gente realmente no tiene ninguna intención de causar perjuicios. El maestro orientador que desatiende su deber, o el director que no reúne con sus consejeros, o el maestro que descuida la preparación de su clase, ninguna intención tienen de perjudicar a nadie. Sin embargo, en la vida de la gente se produce un efecto adverso. Nos inspira la idea de que Rembrandt pudo considerarse a sí mismo en el papel que muchos de nosotros involuntariamente desempeñamos a veces. Por lo menos, Rembrandt no se engañó a sí mismo. Quizás también nosotros, allá en el fondo, entre las sombras, también estaremos ayudando a las fuerzas malignas. Es una posibilidad que no debemos pasar por alto.

Nos consideramos como salvadores sobre el Monte de Sión. No podemos ser  salvadores a menos que salvemos a alguien; y la primera alma que cualquier persona debe traer a Dios es la propia. Nunca seremos salvadores de muchas personas si alguien siempre tiene que estarnos empujando.

Conozco a dos jóvenes de la misma edad en la misma rama. Uno de ellos llega fielmente a sus reuniones de sacerdocio quince minutos antes de la hora. Los padres del otro difícilmente pueden hacer que se levante en la mañana. Al primero se le dio la oportunidad de enseñar una de las clases de la Escuela Dominical desde muy joven. Algún día alguien le ofrecerá la oportunidad de ser un Obispo o Presidente de Estaca. A nadie se le ocurre invitar al otro joven a que cumpla con tareas importantes. La diferencia entre ellos consiste en un sentido personal y privado del ‘tengo que’. Cada vez que veo al primer joven me siento impulsado a saludarlo. Esta cualidad  es como una predicción de grandes cosas que logrará en lo futuro.

En una ocasión los apóstoles Pedro y Juan fueron acusados delante de los príncipes de los judíos. Contestaron a los acusadores en estos términos: “

“. . . Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios.”

“Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.” (Hechos 4:19-20)

Se sintieron constreñidos a seguir adelante. Esta virtud los llenó de fuerza y hará lo mismo por nosotros.

También nosotros podemos desarrollar en nuestras vidas ese sentido de obligación, esta benéfica responsabilidad interior si la llevamos a la práctica en la vida diaria. Entonces, igual que la joven mexicana, desarrollaremos un ‘tengo que’ de fuerza suficiente para garantizar nuestro éxito y felicidad.

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Imperturbabilidad

Liahona mayo 1960

Imperturbabilidad

por el élder Sterling Welling Sill

Guillermo James, destacado psicólogo de la Universidad de Harvard dijo una vez que “la esencia del genio consiste en saber qué hemos de pasar por alto”. Esto es también la esencia de la habilidad para dirigir, así como la esencia de una vida feliz. El director activo que quiere llevar una vida vigorosa y útil, siempre encontrará la posibilidad de ser empujado y él mismo empujar un poco. Aun el hombre más precavido del mundo no puede evitar siempre la proba- bilidad de ofender o ser ofendido durante el curso de su vida.

Uno de los problemas de mayor gravedad que afectan la habilidad para dirigir es nuestra tendencia común de recoger y retener más de lo que conviene, de las irritaciones, ofensas y rencores de la vida. Este rasgo inmediatamente impone una seria desventaja al que lo posee, pues «no puede haber arte verdaderamente grande sin la serenidad.» Pablo el Apóstol describe esta personalidad ideal como uno “que no se irrita”.

¿Cuántas cualidades podrían impulsamos más hacia el éxito, que poder siempre conservar un dominio personal bien equilibrado, aun en medio de las dificultades más serias? Existe una palabra, no muy usada, que expresa esta habilidad mejor que cualquier otra que yo conozco.

Según el diccionario, imperturbable se dice de la persona «que no se perturba; que en toda ocasión muestra entereza». Significa conservar la calma y el dominio sobre sí, especialmente en una emergencia o bajo la tensión de algún disturbio o choque emocional serio. Un destacado médico dijo en una ocasión: «No hay virtud que pueda compararse a la imperturbabilidad.»

Algunas personas se dejan llevar por erupciones perjudiciales, inoportunas e irrefrenables de temperamento; tienen arrebatos irrazonables de genio. Con la mayor facilidad se le escapará a uno el éxito de las manos, si permite que las pequeñas molestias e irrita- ciones lo perturben y lo provoquen a que se agite, se incomode, contradiga a todos, y sea descortés y vengativo. Hay algunos que son quisquillosos en extremo. Continuamente se están ofendiendo y no tardan en desarrollar una personalidad nerviosa, excéntrica y malhumorada, con su reacción consiguiente que varía o una irritabilidad molesta y la cólera vehemente.

En ocasiones oímos expresarse la opinión de puede ser bueno «desahogar los ánimos» de cuan cuando; pero si con demasiada frecuencia damos, rienda suelta a estos sentimientos, no tardamos en echar por la ventana la estabilidad del sistema nervioso y el éxito de la organización que tenemos a nuestro cargo. Todavía está en vigor la antigua ley de que «aquel a quien los dioses quieren destruir primeramente lo irritan».

Ciertamente uno de los defectos más nocivos de la personalidad es convertirse en persona quisquillosa y escrupulosa, que por la menor cosa se ofende.

Entonces es cuando los «dares y tomares» comunes de la vida se convierten en un obstáculo insuperable, La gente tiene que aprender a vivir junta y felizmente, aun cuando existan diferencias de opinión y gustos, y aun oposición. Tenemos que aprender a vivir con estas situaciones sin desviarnos mucho de nuestro curso. Es preciso tener cierta robustez de espíritu que nos permita hacer frente a las irritaciones con rectitud e imperturbabilidad. Es algo difícil ser fuertes de espíritu por dentro, y delicados por fuera al mismo tiempo. Con un poco de imperturbabilidad es posible evitar que surjan las irritaciones en primer lugar.

No obstante, pensemos en las muchas situaciones desagradables que se desarrollan porque algunas personas no pudieron soportar una cantidad normal y necesaria de oposición o de crítica. Hay algunos a quienes continuamente se hace necesario estar dando las gracias y alabándolos por todo, a fin de que permanezcan activos. Es la cosa más sencilla que una persona quisquillosa desarrolle en sí misma una sensación opresiva de inferioridad y hasta un complejo de persecución. Hay otros que subconscientemente derivan cierta satisfacción sádica de las relaciones humanas desagradables, imaginándose mártires de tal o cual causa.

Una ofensa muy pequeña puede arrojar una sombra gigantesca sobre nuestra imaginación. Es la cosa más fácil tergiversar nuestro punto de vista imaginándonos cosas que no existen. Un pequeño desdén puede amplificarse a tal grado que no somos capaces de considerar la situación en su aspecto verdadero.

No hace mucho que un miembro de una profesión sobresaliente pronunció un discurso ante un grupo de sus colegas. Expresó el concepto de que no estimaba ni apoyaba esa profesión debidamente. Cierto funcionario público los había criticado injustamente, según ellos, y los miembros del grupo sintieron no sólo una irritación exterior, sino permitieron que ésta se insinuara en su sistema circulatorio nervioso también. En una lucha seria conviene mantener a distancia al antagonista; pero aparentemente estos profesionales dejaron que el enemigo se introdujera en sus defensas donde pudo derrumbar su ánimo y robarles su confianza profesional. Este orador hizo referencia al «honor impugnado» e «integridad ofendida». Dijo que se les había imputado «razones impropias». Impresionó a sus oyentes opinando que la profesión había sido «humillada» y «ridiculizada», y declaró que algunos de los miembros se sentían «profundamente ofendidos». Como consecuencia, se desató una epidemia general de «desánimo» dentro del grupo, sencillamente porque no supieron cómo hacer frente a las irritaciones.

Algunas veces aun la nación entera puede dejarse vencer de un sentimiento insalubre de temor e inferioridad, con resultados devastadores. El grupo o el individuo que espera lograr el éxito deben ser de corazón fuerte. Si nos es conferido un puesto importante, por lo menos nosotros mismos debemos tener confianza en él. No debemos permitir que el enemigo llene de arena nuestra máquina cuidadosamente ajustada.

Cierta persona se quejaba una vez de haber sido “insultado” por las palabras de una persona desconsiderada. Un amigo le contestó: «¿Y quién ha oído de que un águila se sienta ofendida por causa de un gorrión?» Ahora bien, ¿qué concepto nos formaríamos de esa águila, si continuamente estuviese desanimándose por el chirrido de un puñado de gorriones sin conocimiento y amantes de criticar? Reflexionemos el modo en que los cristianos de los días antiguos hicieron frente a la oposición. No se tornaron inactivos ni se desanimaron ni se dieron por vencidos cuando surgió el primer desacuerdo. Ni se perturbaron aun por la más grave persecución. Al contrario, sus problemas los unieron y los hicieron fuertes. Como la madreperla herida que repara su concha con una perla, los primeros cristianos aprendieron a sacar el mayor beneficio de sus irritaciones.

No procuremos lograr nuestra meta negándonos a oír la crítica. Ni tampoco debemos permitir que ésta nos aparte o nos robe el ánimo. Si la crítica está bien fundada, debemos beneficiamos por la corrección; si no tiene fundamento, ¿para qué permitir que destruya la posesión más importante que tenemos (nuestro ánimo) y, aparte de eso, que nos provoque a incomodarnos y a fracasar?

Necesitamos la imperturbabilidad no solamente para el conflicto entre el bien y el mal, sino para las situaciones comunes de todos los días que nos causan una ansiedad innecesaria. Algunas veces hasta perdemos el dominio sobre nosotros mismos y sufrimos un ataque de nervios. Trabamos nuestros engranajes de tal manera que se imposibilita nuestro funcionamiento correcto. Se ha dicho que usualmente se puede determinar el carácter de un hombre por el tamaño de la cosa que le hace perder la paciencia.

Vivimos en una sociedad de individualismo robusto. Hay ocasiones en que las situaciones pueden darnos algunos golpes rudos, y no hemos de ser tan delicados o quisquillosos que vamos a poner en peligro nuestra habilidad para hacer lo bueno. El gran pugilista, Jack Dempsey, dijo que todo boxeador necesita dos habilidades: primero, la habilidad para asestar un golpe fuerte, y segundo, la habilidad para resistirlo. La primera habilidad seria de poco valor al pugilista, si no tuviera la segunda. La vida es igual. Hay muchas personas que fracasan sencillamente porque no pueden “resistir” el golpe: cualquier ocasión desagradable o pequeña los pone fuera de combate.

La naturaleza ayuda a la tortuga a resolver sus problemas dándole una concha. Es una idea muy buena. Si el activo elefante tuviera que enfrentarse a la vida con la delicada piel de un niño, cuántos moretones y magulladuras no recibiría. Cuando se construye un acorazado moderno, se le da una capa o coraza protectora de acero grueso para resguardar las partes delicadas, porque de lo contrario, el barco sería de poca utilidad. Así también, todo aquel que se asocia con otros debe proteger sus «partes delicadas». Con un poco de imperturbabilidad no habría necesidad de perder tanto tiempo precioso compadeciéndonos de nuestras heridas o sufriendo dolores intensos porque el dardo envenenado de la crítica se ha clavado en nuestras espaldas.

Ser demasiado quisquillosos constituye muchos peligros graves. Cuando algunas personas han sido ofendidas dos o tres veces, tienden a retirarse de la actividad. Dejan de ir a la Iglesia, etc. Otros abandonan sus convicciones y se vuelven débiles y vacilantes. Algunos van al extremo contrario y se tornan indiferentes, insensibles e inactivos. Cualquiera de estas dos alternativas rápidamente incapacita al director para que no siga prestando servicio.

El Presidente de cierto país pidió a uno de sus generales su opinión sobre uno de sus compañeros en el ejército. El General le dio una recomendación magnífica, pero un tercer oficial le dijo en confianza: “¿No sabe usted que ese hombre ha dicho unas cosas muy malas de usted?” El General respondió: «Lo sé, pero el Presidente me preguntó qué opinaba yo de él, no lo que él opinaba de mí.»

Jesucristo nos dejó una receta mejor que la del General, para la imperturbabilidad. Él dijo: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y persiguen.» (Mateo 5:44) En otra ocasión le preguntaron cuántas veces debemos perdonar, y Él contestó: «Setenta veces siete.» (Ibíd., 18:22) ¿Nos parece mucho perdonar? Pensemos en la forma en que esta disposición mental aliviaría nuestra tensión, aumentaría nuestra satisfacción y mejoraría la calidad de nuestro servicio. En el asunto de la imperturbabilidad, así como en muchas otras cosas, el propio Jesús fue nuestro mejor ejemplo. Realizó el sacrificio supremo en el momento en que estaba padeciendo las más graves injurias. Aun sobre la cruz pudo decir. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» (Lucas 23:34)

¡Qué diferente se manifiesta esta virtud en la vida del Maestro, cuando se compara con las vidas de algunos de nosotros que estamos tan propensos a ser rencorosos por cualquier cosa pequeña a nuestra responsabilidad y, como la tortuga, nos internamos dentro de nuestra concha por ofensa microscópica! Hay muchas personas en la Iglesia que se han tornado inactivas porque pensaron que no eran estimadas, o porque cierta ofensa imaginaria, las provocó a que arrojaran sus bendiciones por la ventana. A veces tenernos más interés en salir vencedores en alguna discusión, que en hacer bien. Hay ocasiones en que se desarrolla en nosotros una sensación falsa de dignidad que debemos protege a toda costa. También el antiguo concepto de «mal por mal» todavía está inculcado muy profundamente nosotros.

¡Qué cosa tan admirable sería si no fuéramos tan quisquillosos y dejáramos de pensar en desquitar las ofensas! A Dios corresponde el juicio; no a nosotros. Nuestra tarea consiste en hacer lo bueno.

¿Qué importa a quién se atribuye el crédito? Todavía es cierto que la blanda respuesta apaga la ira.

Hace veinte siglos que el hombre más noble ha vivido sobre la tierra dijo: «No se turbe vuestro corazón.» (Juan 14:1) Otra persona ha dicho: «No te agites.» Las dos expresiones significan la misma cosa y una y otra son para nuestro beneficio. «Las úlceras del estómago no vienen de lo que uno consume; vienen de lo que lo está consumiendo a uno.» Así también como viene la alta presión de sangre, las enfermedades del corazón, ataques nerviosos y complejos de inferioridad. Es también la manera más rápida de perder nuestras bendiciones.

La imperturbabilidad nos ayuda a fijar nuestra atención no en el problema, sino en la manera de resolverlo. ¿Qué nos beneficia retener los rencores? o ¿en qué aprovecha si dejamos que los pecados de otros destruyan nuestro ánimo y la eficacia de nuestra obra? Es menester que hasta donde sea posible, nos hagamos vulnerables contra las ofensas; y la imperturbabilidad es la respuesta. Aumentará nuestra facultad para producir; aumentará nuestras bendiciones, aumentará la tranquilidad de la mente. No tiene objeto buscar esta tranquilidad en ningún lugar del mundo, a menos que primeramente la encontremos dentro de nuestro propio corazón. La imperturbabilidad es parte de la santidad.

«Dios nos conceda la serenidad para aceptar lo que no podemos cambiar; el valor para cambiar lo que puede ser cambiado, y la prudencia para distinguir entre lo uno y lo otro.»

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¿Qué debo hacer para lograr el éxito?

Liahona de abril 1960

¿Qué debo hacer para lograr el éxito?

por el élder Sterling Welling Sill

Hallándose en Filipos, Pablo y Silas pasaron por una experiencia interesante mientras estaban en prisión. A la medianoche, mientras oraban y cantaban, vino de repente un gran terremoto que sacudió los cimientos de la cárcel. Se abrieron todas las puertas de la prisión y las cadenas con que estaban atados los presos se soltaron. El carcelero, despertando de su sueño, sacó la espada para matarse, pensando que todos sus prisioneros habrían huido. Mas Pablo le aseguró que todos estaban allí. Entonces el carcelero fue y se derribó a los pies de Pablo y Silas y les preguntó: “Señores, ¿qué es menester que yo haga para ser salvo?”

Pablo instruyó al carcelero sobre lo que había de hacer, y éste empezó su vida nueva bautizándose esa misma noche. Observemos que el carcelero primeramente sintió una necesidad. Solicitó la información a uno que en su concepto podía darle la respuesta. Entonces, todo lo que tuvo que hacer fue obedecer las instrucciones.

Nos parece que ésta es una fórmula o receta muy buena para resolver la mayor parte de los problemas. Concuerda con el consejo de Jesús, cuando declaró: “Pedid, y se os dará.” El carcelero deseaba   saber.   El conocimiento proviene de la explicación, discusión, lectura, reflexión. Un pensamiento pequeño expresado a nuestras mentes puede desencadenar una sucesión de reacciones. Entonces, el producto de nuestras mentes es la respuesta que podemos poner por obra.

Es posible obtener la respuesta a muchos problemas por medio de este sistema. Algunas veces quizá los hechos ya existen en nuestra mente, pero una expresión de alguna otra persona puede obrar como especie de catalizador que cristaliza nuestros pensamientos y los dispone en forma adecuada para nuestra maquinaria mental.

La pregunta: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?”, se compone de nueve palabras sencillas. Sin embargo, para el carcelero la respuesta probablemente representaba la salvación.

“¿Qué es menester que ya haga para ser salvo?”, es probablemente la pregunta más importante de todo el mundo.

Lo que podría considerarse como la segunda pregunta de mayor importancia es muy parecida. Esta se compone de diez palabras, y dice: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”

Para aquellos de nosotros que estamos ayudando a llevar a cabo la obra del Señor, la frase podría tornarse en: “¿Qué es menester que yo haga para salvar a otros?”

Los que son líderes en la Iglesia tienen la responsabilidad de ver que cada uno de aquellos que esté bajo su dirección salga aprobado para entrar en el reino celestial. Es la asignatura principal y más importante del mundo. Creemos y decimos que podemos ser salvadores en el monte de Sión; pero no es una tarea sencilla. Probablemente la única manera de poder ser un salvador es salvar a alguien. Eso es lo que Jesús designó como la cosa de mayor importancia, aun cuando para ello se necesite trabajar toda la vida.

Salvar a alguien es un procedimiento algo complicado; y sin embargo, tal vez no sea más complicado salvar a otros que a nosotros mismos. Muchas personas se esfuerzan toda la vida y no logran salvar sus propias almas.

Al contestar la pregunta del carcelero, Pablo indicó, como Jesús lo hizo antes de Él, que hay ciertas cosas bien definidas con las cuales es necesario cumplir a fin de lograr la exaltación eterna.

El sacerdocio nos da la autoridad para salvar almas, pero el saber dirigir nos da la habilidad para salvarlas.

Por otra parte, el éxito, igual que la exaltación, también depende de un conjunto bien preciso de requisitos.

Esta operación de salvarnos a nosotros mismos es conocida como la de la salvación; pero cuando se trata de salvar a otros, entonces se llama habilidad para dirigir. En estas dos operaciones están comprendidas las habilidades más importantes que se conocen.

El sacerdocio nos da la autoridad para salvar almas, pero el saber dirigir nos da la habilidad para salvarlas. Faltando cualquiera de las dos, la otra pierde mucho de su valor.

Tenemos autoridad. Ahora resta el gran problema de adquirir la habilidad. De manera que el asunto de mayor importancia llega a ser la habilidad para dirigir con éxito.

Se ha demostrado una vez tras otra que un soldado lucha con más brío, un agente de ventas puede vender mayor número de artículos y un misionero logra más conversos, si trabajan bajo la dirección de alguien que puede enseñar y capacitar y administrar y organizar y delegar e inspirar e impulsar. Esto constituye una descripción breve de la habilidad para dirigir.

Hace algún tiempo visité una estaca, uno de cuyos barrios había logrado que el 87% de los jóvenes del Sacerdocio Aarónico recibieran sus certificados de logros personales. Esto podría considerarse como la mejor medida que disponemos para identificar a los que marchan de acuerdo con el horario que conduce al reino celestial. En otro barrio de esa estaca, con la misma clase de jóvenes, solamente un 10% alcanzaron sus logros.

La diferencia radicaba enteramente en sus directores. Si hiciéramos un cambio y pusiéramos los líderes que lograron el 87% en el barrio que solamente alcanzó el 10%, indudablemente veríamos el promedio del barrio de porcentaje menor subir hasta aproximadamente el 87%, que es la medida de la habilidad de sus directores; mientras que si ponemos en el barrio del porcentaje alto los directores que lograron solo el 10%, no pasaría mucho tiempo sin que bajara el promedio hasta 10%.

El carcelero preguntó: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?”. Se han escrito o predicado muchos tomos de escrituras y miles de libros y sermones para ayudarnos a encontrar la respuesta. Si preguntásemos: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”, obtendríamos una respuesta más o menos de la misma amplitud, aunque probablemente no tan clara para nuestro entendimiento. La mayor parte de los escritos y discusiones eclesiásticos tienen que ver con la doctrina, filosofía e historia de la Iglesia. En nuestra Iglesia no existe la misma abundancia de ideas, métodos y maneras de proceder que hablen de lo que podemos hacer para que la doctrina influya en la vida de la gente. En la habilidad para dirigir está comprendido todo el campo de aptitud administrativa, métodos de preparación, inculcación de ánimo, medios para mejorar las relaciones humanas, etc.

También abarca el poder del ejemplo y se esfuerza por utilizar todos los recursos de la personalidad, el espíritu, las facultades y los sentidos, a fin de realizar este objeto único: la exaltación eterna de la familia humana.

Sin embargo, pese a la definición que demos a la “habilidad para dirigir eficazmente”, claramente se destaca como la fuerza más grande del mundo. Empleándola, el hombre puede transformar el ánimo moral de una comunidad entera, si lo desea. Ser un director constituye mucho más que ser un hombre bueno. Saber dirigir quiere decir tener la habilidad para hacer que la bondad funcione en las vidas de otros.

El presidente de un quórum, un obispo o un presidente de estaca ha realizado una tarea   magnífica si cumple con los requisitos necesarios para entrar en el reino celestial; y sin embargo, nos es una realización tan grande como lograr que también otros  sean aptos para recibir la misma gloria. Aprender de memoria todas las doctrinas de la Iglesia y cumplirlas al pie de la letra nunca puede ser igual que la habilidad para hacer que estas doctrinas opere en la vida de otros.

Nuestra falta de habilidad para dirigir es el principal factor restringente en la Iglesia y en la vida. El asunto de mayor trascendencia en la vida es lograr el éxito. No hemos sido colocados aquí para derrochar nuestra vida en el fracaso. El fracaso es un pecado; no porque lo sea de sí mismo, sino por lo que simboliza. Si el carcelero no hubiera obedecido las instrucciones, habría sido una indicación de cierta debilidad en él. Pero cuando dejamos de hacer las cosas que son necesarias para salvar a otros, entonces es señal de debilidad en nosotros. Tenemos que vencer estas debilidades; es necesario convertirlas en nuestra fuerza. Todo fracaso es una tragedia. No debemos fracasar; no podemos permitirnos ese lujo. La vida eterna de otros depende de nuestro éxito. La exaltación por todas las eternidades es una idea grandísima. Por consiguiente, una de las preguntas más importantes del mundo es ésta que debemos hacernos a nosotros mismos: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”

Pensemos en la multitud de cosas que dependen de que acertemos con las respuestas correctas.

La habilidad para dirigir es a la vez un arte y una ciencia, y probablemente ninguna persona domina lo uno o lo otro a la perfección.

Obtener ayuda en nuestra habilidad para dirigir viendo obrar a nuestros líderes mayores.

Nadie llega a aprender durante su vida todo lo que hay que saber acerca de la medicina.

Llegamos a entender aun mucho menos de la habilidad para dirigir por dos razones: Primero, la habilidad para dirigir, en todos sus aspectos, es mucho más extensa que cualquier otra ciencia; y segundo, desafortunadamente, por regla general no nos dedicamos con el mismo empeño a nuestra obra de aprender a dirigir. Sea como sea, distamos mucho de alcanzar los límites de nuestras posibilidades.

Fue el notable inventor Edison, según creo, quien dijo que nadie sabía sino un medio por ciento de cualquier cosa. Sin embargo, si nos desanimamos por causa de lo dilatado de nuestro campo, será una de las cosas más desastrosas que podemos hacer. Probablemente el mejor lugar para iniciar nuestra tarea será empezar, como el carcelero empezó, haciéndonos la pregunta: “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?” Y si entonces, al grado que vayamos hallando respuestas, empezamos a obrar con la prontitud del carcelero y continuamos trabajando diligentemente el esto de nuestras vidas, indudablemente recibiremos el premio consiguiente al éxito.

Determinemos, pues, excavar cada semana en un pequeño rincón del campo de la habilidad para dirigir y procuremos hallar algunas respuestas que inmediatamente podamos llevar a la práctica. Así desarrollaremos gradualmente la destreza que viene con el éxito en la habilidad para dirigir. Podemos obtener ayuda de muchas fuentes, y nos beneficiamos mucho cuando leemos y meditamos. Una de estas fuentes es el estudio de los grandes directores.

Las Escrituras hablan acerca de algunos de ellos; otros obran contemporáneamente con nosotros en la Iglesia; en otros campos hay muchos otros hombres que se destacan como directores. No obstante, los principios básicos del éxito en la habilidad para dirigir son muy parecidos, no importa donde los encontremos, y nosotros podemos seleccionarlos, adaptarlos y emplearlos en la obra del Señor.

La siguiente idea podrá ayudarnos. Ha llegado a nosotros una tradición de la Grecia antigua acerca de un gran pintor llamado Apeles. Vivió en el cuarto siglo antes de Cristo y pintó un retrato que lleva por título La Diosa de la Belleza, el cual dejó encantado al mundo. Por muchos años viajó extensamente por muchos países, observando los rasgos más bellos de las mujeres más hermosas. Entonces pintó las cualidades más atractivas que halló en cada una: un ojo de aquí, una frente de allí. Acá pintó una gracia particular, y allá, cierto rasgo de belleza. El resultado, en conjunto, fue su gran obra maestra, el retrato de una mujer perfecta, cuya belleza dejo admirado al mundo.

Todo director destacado es también un “conjunto de cualidades”. Toda persona es “muchos en una”. Se ha dicho que si se restara de cada uno de nosotros lo que propiamente pertenece a otra persona, no quedaría mucho de nosotros. Pero únicamente por este procedimiento de extraer lo mejor de aquellos con quienes nos asociamos, puede la personalidad individual elevarse al máximo grado, en lo que concierne a su habilidad para dirigir.

Cada persona y cada cosa tiene algo que nos puede enseñar. Podemos adoptar y adaptar todo lo que sea menor y digno de consideración. Examinando estas ideas, puede grabarse en lo interior de nuestro propio cerebro y aumentar nuestra habilidad para dirigir, como sucede con nuestro conocimiento del evangelio: línea por línea, y precepto por precepto. Entonces conoceremos esto que llamamos crecimiento, el mayor de todos los fenómenos naturales.

Probablemente la forma más práctica de mejorar nuestras cualidades como directores es estar conscientes de nuestras necesidades. Esa sensación, de por sí, nos ayudará a discernir las buenas cosas que hay en otros, a lograr el mayor beneficio de lo que leemos, oímos y pensamos. Si estudiamos continuamente el problema entero, seremos orientados para descubrir las habilidades necesarias. La inspiración y bendición del Señor santificará y enriquecerá la obra completa, y ganaremos nueva fuerza y ambición para ésta, la mayor de todas las empresas, la habilidad para dirigir en la obra del Señor.

Estas habilidades nos ayudarán a contestar las dos preguntas más grandes de nuestra vida: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?”, y “¿Qué es menester que yo haga para lograr el éxito?”

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Las virtudes del padre

Conferencia General de Abril 1960

Las virtudes del padre

Sterling W. Sill

por el Elder Sterling W. Sill
Asistente del Consejo de los Doce Apóstoles


En el año 428 a. C., se presentó en la antigua ciudad de Atenas una obra titulada Hipólito, una tragedia griega escrita por Eurípides. Esta obra giraba en torno a Teseo, el anciano rey de Atenas, y su hijo Hipólito. Teseo había recibido de su padre, Poseidón, el dios griego del mar, tres dones que en realidad eran tres maldiciones. Estas maldiciones no solo poseían el poder de destruir temporalmente, sino que continuarían castigando eternamente a cualquiera contra quien fueran invocadas.

La primera de estas maldiciones fue dirigida por Teseo contra su propio hijo, Hipólito. Hipólito no había cometido ningún error, pero Teseo había sido engañado y no descubrió su error hasta que Hipólito estaba en su lecho de muerte. Aunque Teseo tenía el poder de invocar la maldición, no tenía el poder de revertirla una vez que estaba en operación. Así, mientras el padre se sentaba junto a la cama de su hijo moribundo, dijo entre lágrimas: “Lloro por tu buen corazón, tu mente verdadera y recta. Los dioses me han privado de mi buen juicio”. Y mientras Hipólito contemplaba la eternidad, le dijo a su padre: “Fue un amargo regalo el que te dio tu padre”. Poco antes de morir, señaló que ya podía ver las puertas del infierno más allá de las cuales sufriría la maldición de su propio padre por toda la eternidad.

Si hubiéramos presenciado esta trágica obra en la antigua Atenas, probablemente habríamos derramado lágrimas junto con los demás, no solo sintiéndonos apenados por Hipólito, la víctima de esta temible maldición, sino especialmente por su padre, quien la puso en marcha. Pero Teseo no fue el primero en poseer este poder de maldecir, ni es el único que lo ha dirigido contra su propio hijo. Seguir leyendo

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El don de midas

Liahona febrero 1960

El don de Midas

por el élder Sterling Welling Sill

Existe una interesante leyenda en la antigua mitología griega que narra la historia de Midas, rey de Frigia, pequeño estado griego. Dionisio o Baco, uno de los dioses griegos, le concedió al rey Midas su deseo de que cuanto tocase se convirtiera en oro. Según la leyenda, este don resultó contraproducente, y cuando hasta sus alimentos y su propia hija se convirtieron en oro, el rey le rogó a Dionisio que le retirara esa facultad.

La idea de Midas fue buena, y si el don sólo hubiese incluido algunas excepciones, quizá habría logrado cosas sumamente notables. Midas no ha sido el único a quien se le ha ocurrido esta idea. Por muchos siglos los alquimistas quisieron encontrar la manera de transformar los elementos más bajos en otros de mayor valor, por ejemplo el hierro y el plomo en plata y oro. A pesar del fracaso de los alquimistas y la desagradable experiencia del rey Midas, no debe abandonarse por completo la idea.

Muchas veces he deseado que este don concedido por Dionisio pudiera haberse otorgado sin ésta inclusión perjudicial tan completa. Hubiera sido interesante ver en qué forma Midas habría usado su poder  extraordinario.  Puedo  imaginarme  la  emoción  que  habría invadido el corazón de este buen rey al ver cómo se convertían en oro brillante, refulgente y de gran valor, las cosas inservibles al tocarlas.

Esta dádiva de Dionisio a Midas fue de corta duración, pero hay personas que han revivido los poderes de este don y actualmente poseen la admirable facultad del rey Midas. Todos nosotros conocemos a personas que tienen la gran habilidad de que parecen convertir en oro todo lo que tocan. Todas sus empresas son felices; todo lo que inician logra el éxito. Si emprenden algún negocio, todos quieren invertir dinero en aquello, porque saben que prosperará. Si a tal persona se le da una posición administrativa en la Iglesia, uno sabe de antemano que esa organización particular avanzará a grandes rasgos y que, como consecuencia, resultará beneficiado todo el que tiene que ver con ella.

“El don Midas” es un don maravilloso. ¿Nos gustaría tenerlo? El Señor nos ha dicho que debemos buscar los mejores dones. Ciertamente éste ha de ser uno de los mejores. Los dones de Dios siempre se basan en el mérito. La gente que tiene el don de Midas es aquella que tiene la habilidad para pensar lógicamente y trabajar arduamente. Son aquellos que tienen la facultad para resolver sus propios problemas y ayudar a contestar sus propias oraciones.

¡Qué emocionante es ver la obra productiva de un destacado director de la Iglesia en quien se puede confiar, que tiene iniciativa, pericia y valor! Uno sabe de antemano que se llevarán a cabo todas las tareas y se terminarán. Los informes serán exactos y se enviarán puntualmente, y se beneficiarán todos los que estén relacionados con la empresa.

A veces nos imaginamos un cuadro mental de una luz dorada y refulgente que despide el oro puro, y a la cual llamamos “brillo”. Hay también algunas personas que poseen algunas de las mismas cualidades. Irradian entusiasmo, valor, diligencia, servicio, buen ánimo, aplicación y formalidad.

La noche de la traición de Benedict Arnold, todo estaba en confusión y se sospechaba de la lealtad muchas personas. El general George Washington le dio al padre de Daniel Webster el puesto de guardia durante la noche. Le dijo: “Capitán Webster, tengo confianza en usted”. El carácter de este capitán contenía oro. Salomón se refirió al que tiene oro en sus obras cuando dijo: “¿Has visto hombre solícito en su obra? Delante de los reyes estará…” (Proverbios22:29)

Hay algunos “reyes” en la actualidad que es para otros lo que los rayos del sol son para la vegetación o el agua para un sembrado sediento. Ya para terminar el otoño, un agricultor conducía el agua del riego por una zanja, más allá de un campo de alfalfa que se estaba secando. Por motivo de la escasez del agua, había abandonado la alfalfa a fin de salvar y madurar cosechas de más valor. Pero en dos o tres lugares, el agua se había desbordado y corrido hacia el campo seco.

Pocas semanas después, se podía determinar, casi al centímetro, hasta qué punto había llegado el agua, porque donde aquellos dedos húmedos habían tocado el campo seco, la alfalfa se veía alta, verde y vigorosa; mientras que a donde no había llegado al agua, las plantas permanecían marchitas y secas igual que antes.

Lo que el agua hace por la alfalfa sedienta, es lo que un buen director hace por la gente. Dondequiera que va, la gente adquiere mayor altura y utilidad que antes. La ciencia de la criminología dice que nadie puede pasar por un cuarto sin dejar alguna evidencia de haber estado allí. Podrá ser la huella del pie, o un aroma, o un cabello que haya caído al suelo. Ahora pensemos en la gran cantidad de evidencia que dejan aquellos que pasan por el mundo y con su tiento implantan la grandeza en la gente a tal grado que sus vidas se desarrollan y florecen y producen.

Por ejemplo, conozco a un hombre que trabaja con los jóvenes del Sacerdocio Aarónico. Por muchos años ha logrado que el cien por ciento de estos jóvenes alcance sus logros. Va a visitarlos a sus casas; se sienten inspirados por sus lecciones; perciben la sinceridad de su interés. Los jovencitos son como la alfalfa: inmediatamente corresponden cuando las condiciones propias de fertilidad, humedad y clima están presentes. Setenta de estos muchachos que han estado bajo la influencia de este hermano han salido a la misión. ¡Cuán agradecidos estarán porque él pudo tocar sus vidas e hizo que su vitalidad espiritual diera vigor a sus raíces!

Usualmente podemos entender mejor una idea cuando consideramos sus aspectos negativos y positivos. Es decir, imaginemos una persona cuyo tacto seca, marchita y destruye. El ejemplo por excelencia de este tacto de muerte es Lucifer, que en otro tiempo fue el Hijo de la Mañana. La rebelión empañó su propia vida, ejerció su influencia satánica sobre sus amigos y se llevó tras sí a la tercera parte de todas las huestes de los cielos para que sufrieran por sus pecados. Alguien ha calculado que han vivido ochenta mil millones de personas sobre la tierra desde nuestro padre Adán. Aun cuando esta cantidad no sea completamente exacta, nos ayuda a comprender el vasto concurso de espíritus que estuvieron presentes en el concilio celestial, de los cuales la tercera parte, bajo la influencia de Satanás, perdieron su esperanza de recibir un cuerpo y la redención. No podemos considerar a Satanás como enteramente responsable, pues cada cual tendrá que responder por sus propios hechos, pero fue su toque destructivo lo que puso en marcha este procedimiento perjudicial.

Hay otras personas que ejercen, en menor escala, esta influencia satánica en sus semejantes, por motivo de su seductora influencia personal. Por ejemplo, conozco a un joven de 29 años que hace poco llegó a Salta Lake City en busca de trabajo. Su apariencia era excelente y había tenido una educación muy buena. Sin embargo, se había casado tres veces. Las tres mujeres que fueron sus esposas, llenas de rencor, han pedido amparo a la ley, que lo ha perseguido por todo el país, tratando de obligarlo a mandar dinero para el sostén de sus hijos. Pero él está resuelto a que pase lo que pase, no le sacarán ni un centavo. No se le puede persuadir a obrar rectamente, ni aun con los que ha ofendido.

Como consecuencia, estas tres mujeres han perdido su fe en la naturaleza humana y sus hijos crecerán llenos de odio hacia su propio padre. Durante los siguientes veinte años probablemente se casará con varias otras mujeres, y dondequiera que vaya, no es de dudar que dejará la marca de la marchitez y la podredumbre en todo lo que toque. Dejará un rastro de pesar, de desilusión y desesperación por donde pase.

Son muchas las personas cuyas vidas tienden a ser así. Por ejemplo, el que pide prestado dinero sin la intención de reponerlo, a menos que lo obliguen. Si tratamos de ayudarlo, dará una mala interpretación a nuestra intención. Le damos información, y él la repite en forma tergiversada; depositamos nuestra confianza en él y nos traiciona; nos fiamos de él y salimos burlados. Dondequiera que pone sus manos impías, seca la felicidad y mata el entusiasmo. Deja tras sus pasos cicatrices, podredumbre y hediondez. Maleficia a la gente que conoce. Dios ha dicho, refiriéndose a algunos: “Mejor hubiera sido para ellos no haber nacido. . .” (Doctrinas y Convenios 75:32) Es decir, aun Dios se resigna a la perdida de algunas personas.

Pues bien, después de esta consideración del aspecto negativo, hagamos un análisis de nuestra propia habilidad para dirigir. Probablemente no hay persona cuya maldad se tilde de ser negra como el carbón, ni cuya bondad se considere de ser de una blancura inmaculada. Lo más probable es que nuestros hechos estén revestidos con unos matices del color gris. En igual manera, nuestra habilidad para dirigir está graduada. Es de suma importancia saber si un director está perdiendo el diez o el cuarenta o el ochenta por ciento de aquellos que podría estar ganando. Es la cosa más sencilla culpar a algunos de los factores contribuyentes, tales como un ambiente desfavorable en el hogar, malos hábitos, etc., de aquellos que están bajo nuestra dirección. Pero ante todas las cosas, la capacidad para dirigir, si merece este nombre, debe ser el elemento responsable. Las obras de aquellos que son guiados es casi la única vara que tenemos para medir nuestra propia habilidad directora. ¿No sería admirable si pudiésemos desarrollar la clase de habilidad que lograra el 100% del éxito?

Hay algunos que se aproximan a esta meta. Hay maestros orientadores que cumplen con el 100% de sus visitas y siempre dejan a los miembros visitados llenos de resolución, inspirados y activos. Hay otros líderes que hacen lo mismo. Sin embargo, Jesús es nuestro mejor ejemplo. Por medio de su contacto, pecadores y publicanos se transformaron en santos y apóstoles. Convirtió a un grupo de hombres comunes en misioneros y evangelistas destacados. Todo el que siguió a Jesús salió beneficiado; todos los que siguieron a Lucifer sufrieron una pérdida. ¿Qué lugar ocupamos entre estos dos extremos?

He aquí algunas ideas que podríamos meditar:

  • A Midas se le otorgó el don porque lo deseab Este es el primer requisito de cualquier cosa que se desea lograr. Jamás se otorgará ningún don que valga la pena a aquellos que no lo deseen. Pero sea cual fuere el don que deseemos, si es razonable, incluso el don del rey Midas, lo podremos lograr, si este deseo tiene suficiente intensidad.
  • Debemos prepararnos para recibir el Jesús dijo: “¿En qué se beneficia un hombre a quien se confiere un don, si no lo recibe?” (Doctrina y Convenios 88:33) La mayor parte de nosotros fracasamos porque no estamos preparados para recibir los dones que nos ofrecen. Claro está que no se podría conceder mucha habilidad a uno que fuese fraudulento, inmoral, perezoso, o que no tuviera buena disposición o no quisiera estudiar. Debemos hacer los preparativos para recibir el don en un terreno fértil, con buen cultivo, humedad suficiente y el clima correcto.
  • Otra regla buena que podemos seguir es ver que de ahora en adelante, empezando hoy mismo, nadie sufra una pérdida por causa de nosotros, ya sea mental, moral, social, económica o espiritualment Si nos gustaría tener el don del rey Midas, procuremos que de hoy en adelante, resulte beneficiado todo aquel con quien nos asociemos. Hay en los negocios comerciantes astutos que procuran obtener cuanto pueden y dar lo menos posible. Raras veces alcanzan un éxito permanente. Los hombres de bien son aquellos que han trabajado con todas sus fuerzas y han tratado de prestar el mayor servicio; hacen más de lo que les es pagado; caminan la segunda milla.

Jacob luchó con un ángel y no lo soltó hasta que éste le dio una bendición. No abandonemos a ninguno de aquellos con quienes nos asociamos hasta que les hayamos dado una bendición. Tal vez podamos infundirles algunas ideas o un poco de ánimo. Quizá podamos hacerles algún bien. ¿Quién sabe si podemos inspirar su fe o darles un buen ejemplo o enseñarles una verdad útil? Procuremos que Dios perciba una utilidad de cada uno de sus hijos con quien tengamos que ver. Hagamos lo que Pedro Marshall dijo en una oración: “Oh Señor, ayúdanos a ser parte de la respuesta y no parte del problema”.

Los alquimistas de la antigüedad no pudieron transformar los elementos más bajos en otros de mayor valor; pero no hay razón para que nosotros también fracasemos. Se ha dicho que la Iglesia es una de iglesia de “cambios”. Cambia a la gente. Su propósito mismo consiste en cambiar lo malo en bueno, en elevar a la gente de un estado bajo a uno más alto. También nosotros podemos ser directores de “cambios”. Podemos transformar los fracasos de las personas en éxitos. Realmente el rey Midas tenía una buena idea. Aunque él fracasó, nosotros podemos lograr el éxito. No hay satisfacción más agradable, ni habilidad para dirigir tan útil como tocar las vidas de nuestros semejantes con ideas, fe y amor, y ver florecer esas vidas bajo nuestra mano. Podemos transformar la escoria de la vida en reluciente, hermoso y brillante “oro” de gran valor.

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El «método Andrés»

Liahona noviembre 1959

El «método Andrés»

por el élder Sterling Welling Sill

Cuando apenas comenzaba el ministerio del Salvador, Juan el Bautista se hallaba en Betábara, al otro lado del Jordán, y al ver a Jesús dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Dos de los discípulos de Juan oyeron esto y siguieron a Jesús. Uno de ellos era Andrés, hermano de Simón Pedro. En cuanto Andrés quedó convencido de la misión divina de Jesús, se dio prisa por comunicárselo a Pedro, y la Historia Sagrada nos dice que Andrés “halló primero a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos hallado al Mesías… y le trajo a Jesús” (Juan 1:29-42)

Conocemos bien el profundo impacto de Jesús en la vida de Simón Pedro, así como la obra importante que éste llevó a cabo subsiguientemente. Sin embargo, Pedro no halló a Jesús por sí mismo. Fue su hermano quien lo llevó a Jesús, y alguien ha dado a esta obra de descubrimiento y contacto “el Método Andrés”. Indica uno de los aspectos más importantes del desarrollo de la habilidad para dirigir. Hay muchas personas que quizá nunca se habrían enterado de sí mismas ni el lugar que llegaron a ocupar en  el mundo, si otros no los hubieran descubierto.

Una de las ideas más importantes que debe inculcar en su propia mente todo aquel que ocupa una posición de liderazgo en la Iglesia, es la influencia tan grande que una persona puede ejercer en otra.

No solamente somos el guarda de nuestro hermano, sino que también somos responsables de su descubrimiento y progreso.

La influencia de la atención individual y personal puede producir una de las fuerzas más  potentes que se conocen en el mundo. Ha cambiado muchas vidas aparte de la de Pedro. Esta obra individual fue la base de una de las enseñanzas más instructivas de Jesús.

En la parábola de la oveja perdida, Jesús señaló con palpable sentido común, que el buen pastor debe atender en forma individual y personalmente a cada una de las ovejas de su rebaño; es decir, no puede hacer toda la obra dentro del aprisco en forma general. Deben hacerse muchos viajes individuales a las montañas para visitar a aquellos que tienen la tendencia de extraviarse.

Gran parte de la inspiración que activa la vida de cualquier persona, usualmente se ha tomado prestada de alguna otra. La manera más eficaz de influir en los seres humanos para que hagan lo bueno se funda en una base personal e individual.

El enfermo se siente mejor después que lo visita el médico. Los que padecen de enfermedades mentales pueden ser aliviados por el psiquiatra sin medicina ni cirugía, si el médico es diestro en  la ciencia del entendimiento humano.

Frecuentemente hacemos referencia en la Iglesia a nuestro privilegio de recibir inspiración. Pero no siempre recordamos la importancia de nuestro privilegio de impartir inspiración.

Una personalidad noble puede ejercer un poder creador, fortificante y regenerador en la vida de otros; de hecho, la habilidad en este campo es el fundamental de casi todo éxito logrado en los negocios, leyes, medicina, obra social, actividades espirituales, y una proporción grande de todo el campo de las relaciones humanas depende de ella. Casi todas las actividades florecen bajo su contacto, y se marchitan cuando es retirado.

En la Iglesia, esta habilidad en las relaciones personales e individuales es la base de la conversión, instrucción, superintendencia y estímulo. Toda la obra social personal depende de esta destreza, y es el alma de nuestras  relaciones públicas. Algunos llaman a este modo de proceder “el contacto misional”; otros solamente lo llaman “obra personal”. Para esta ocasión me gustaría llamarlo “el Método Andrés”, para que me ayude a recordar que fue de este modo como el apóstol principal llegó a conocer al Señor.

También quizá nos ayude a recordar la fuerza tan grande que hay en nosotros de influir en los demás hacia lo bueno, en la misma manera.

Un poco de atención individual en el momento preciso puede obrar milagros. Hay ocasiones en que una vida entera cambia por motivo de la circunstancia más pequeña, e igual que Pedro, probablemente toda persona debe gran parte de su éxito a la ayuda amistosa que recibió de otros. Se le preguntó una vez a un hombre prominente cuál era el secreto de su vida ilustre y útil, y su respuesta fue: “Un amigo”.

Cuando yo tenía siete años de edad, venía a vernos un maestro orientador muy amable que solía hablar con nuestra familia acerca de los principios del evangelio. Supongo que en cierta forma, todo espíritu humano es “radiactivo”.

Hay un algo que recibimos al estar en la presencia de un hombre ilustre, que podríamos llamar “radiación espiritual”. La mujer que tocó la orilla del vestido de Jesús, oprimido por la multitud, recibió la virtud que anhelaba. Así me sentía yo en la presencia de nuestro maestro orientador.

Aun a la edad de siete años yo podía sentir la radiación espiritual que emanaba de este humilde y devoto siervo del Señor, y sentía una afinidad dentro de mi propio corazón, la cual aun entonces yo comprendía que me estaba ayudando a orientar mi vida.

Uno de los acontecimientos más importantes ocurrió cuando yo tenía diez años de edad, un domingo en que conocí al presidente de la estaca. Llegué al pasillo en el momento oportuno, y él se detuvo, me tomó de la mano y me preguntó como me llamaba. Entonces me preguntó cómo se llamaba mi padre, y me dijo que lo conocía. Supongo que esta entrevista no duró sino un minuto, pero algo maravilloso había ocurrido en mí en ese instante, al sentir su cordial interés espiritual. En ese momento decidí que algún día desearía emular en mi vida algunas de las cualidades que había sentido en él.

Todos han pasado por algo semejante. Consciente o inconscientemente sentimos diariamente la influencia de nuestros contactos con otros. Una de las oportunidades más grandes para desarrollar nuestra habilidad para dirigir es aprender a usar esta gran fuerza con mayor frecuencia y eficacia.

La parábola tan recomendada por Jesús dice algo acerca de dejar a las noventa y nueve para ir a socorrer a la oveja perdida. Si pusiésemos al corriente esta parábola, en lo que respecta a las estadísticas, y la aplicásemos a nuestra propia obra en la Iglesia, descubriríamos que cada domingo sólo hay cuarenta en el redil y sesenta que necesitan nuestra atención especial.

Cuando Jesús le repitió a Pedro dos y hasta tres veces: “Apacienta mis ovejas”, claro está que no le quiso decir que apacentase únicamente a las que estaban seguras dentro del redil, donde se podría atender a todas en masa. Una de las oportunidades mayores que se nos presenta para apacentar el rebaño de Jesús es por medio de la “obra extraordinaria” con aquellos que no concurren regularmente al aprisco. Es preciso que aprendamos y conozcamos un poco mejor las veredas por entre las montañas.

En ocasiones solemos practicar el “cristianismo verbal” del que habló Santiago, con lo que meramente decimos en sustancia: “Id en paz, calentaos y hartaos”, y no hacemos más. La sociedad que tiene como objeto ayudar a rehabilitar a los alcohólicos, y que lleva por nombre “Alcohólicos Anónimos”, puede enseñarnos unas lecciones muy útiles.

Cuando encuentran a alguien que tiene un problema, no se limitan a invitarlo a la Iglesia, no sólo le envían una postal ni meramente oran por él. Van en persona, y van en el acto y con un programa. Y al llegar allí no conversan sobre el tiempo ni la política, ni hablan en una forma desinteresada y fría. No abandonan la tarea hasta que terminan el trabajo, y entonces regresan una y otra vez hasta que la oveja ha vuelto al camino.

El contacto eficaz con otra persona no sólo es una de las experiencias más estimulantes, sino a la vez una de las más agradables. El “aislamiento”, o “destierro” de nuestros semejantes es el castigo más severo.

El náufrago Enoc Arden se vio obligado a vivir sólo por un período extenso. Tennyson dijo de él: “No carecía de alimentos”. Podía satisfacer toda importante necesidad material. Pero Tennyson añadió: “Lo que ansiaba ver, no podía ver: una faz humana cariñosa; ni oír siquiera una voz humana amable”.

Muchos han hecho naufragar su fe y viven en un aislamiento espiritual. Su necesidad de un estímulo cordial, amigable y espiritual, es tan grande como la de Enoc Arden o cualquier alcohólico. He ahí nuestra gran oportunidad. Pero así como Nerón se divertía tocando mientras Roma ardía, y los soldados jugaban a los dados mientras Jesús moría, también nosotros en igual manera nos ausentamos mientras nuestros hermanos y hermanas se desvían del reino celestial.

No importa donde vaya un hombre noble, esta “radiación espiritual” hace que otros hombres sean mejores. Cerca del fin de un otoño, salí a pasear por un campo de alfalfa seca. Una acequia había llevado el agua de riego más allá de la alfalfa seca para cosechas más valiosas. Pero en dos o tres lugares se había desbordado la acequia y bañado el campo seco. Donde estos “dedos húmedos” habían llegado hasta la alfalfa, las plantas sobrepujaban en altura veinte o veinticinco centímetros a las que no habían recibido agua. Lo mismo sucede por donde pasa un hombre bueno.

Por ejemplo, conozco a uno que obra con los jóvenes del Sacerdocio Aarónico. Son diecinueve los diáconos que tiene en su clase. Cada uno de ellos ha calificado para recibir un certificado individual en los últimos tres años. El año pasado este hermano hizo doscientos sesenta y ocho visitas personales a estos jóvenes en sus hogares para hablar interesadamente con ellos y sus padres acerca de su salvación eterna. Igual que Andrés, los estaba llevando a Jesús.

Alguien se quejará de que esta “obra personal” toma tiempo. Pero,

¿hay otra manera mejor de hacerlo? Si nuestra obra vale la pena, merece que se haga bien. Es la única forma en que se le puede dar a cada cual la ayuda precisa que se adapta a sus necesidades.

Si un médico tiene doce pacientes, cada uno de ellos recibe un diagnóstico y tratamiento separado. No receta la misma cosa para una pierna fracturada, una apendicitis o un corazón débil. El buen médico visita o recibe a sus pacientes individual y personalmente, y si el caso lo requiere, con frecuencia. Sabe que no siempre puede desempeñar un trabajo bueno por medio de cartas, ni por teléfono o telepatía mental. Tampoco se limita a orar por el que está afligido. Más bien, se viste y va en persona. Así debe ser con cada uno de nosotros.

Uno podrá escuchar a un buen predicador desde la mañana hasta la noche sin quedar muy impresionado. Pero el interés personal, individual, profesional, hecho a la medida para cada situación particular, resolverá casi todos los problemas; y con mayor particularidad si la resolución se trasmite por medio de una personalidad considerada, amistosa y radiactiva. La influencia que se produce en esta forma es demasiado potente para poder resistirla y cuando se dedica esta radiación a conseguir que los hombres y las mujeres entren en el reino celestial, puede convertirse en la fuerza más productiva que se conoce en el mundo. La propia salvación es un asunto individual, y puede tratarse mejor sobre una base individual.

Un hábil presidente de misión dijo una vez que si uno tiene un balde de leche que debe vaciar en doce botellas, la mejor manera de proceder no es arrojar el balde sobre las botellas, sino más bien, darle atención individual a cada una de las botellas.

Esta también es la mejor forma de resolver los problemas y desarrollar espiritualidad en la vida de la gente. Así se puede aplicar el tratamiento según se necesita, donde haga falta, cuándo se precise y en la cantidad adecuada.

Habría muchos otros miles de miembros de la Iglesia que podrían entrar en el reino celestial, si tan solamente pudiésemos aprender esta parábola de la oveja perdida y la lleváramos a la práctica debidamente. No sólo el mensaje debe ser interesante, sino también el mensajero.

La misión principal de un maestro no siempre puede ser la de impartir conocimiento. A veces será impulsar la amistad, producir la confianza, provocar situaciones agradables y proveer ánimo general.

No se realiza mucha instrucción sino hasta que el alumno y el maestro se entienden el uno al otro, y está presente el deseo de aprender. Nunca debemos olvidar que la visita siempre debe hacerse por el interés personal e individual del que se está visitando. Si se siente agraviado, ayudémosle a desahogarse. Si algo lo está molestando, ayudémosle a que lo domine.

«Si uno tiene un balde de leche que debe vaciar en doce botellas, la mejor manera de proceder no es arrojar el balde sobre las botellas, sino más bien, darle atención individual a cada una de las botellas»

El buen psiquiatra escucha y hace preguntas y entiende, hasta que el paciente relata lo que le aflige. Habiendo “echado fuera” todo, está en condición de aprender. El psiquiatra no procura triunfar en los argumentos. Su obra consiste en extraer el veneno que está afligiendo al paciente. Solo así está en posición de prestar ayuda. En la vida de casi todas las personas hay desengaños, pecados y problemas; y hasta que no se le quite la presión o se haya purgado el pecado, el alma no estará en posición de dejar entrar luz. Muchas veces un oyente considerado ha servido como el peldaño que lleva al reino celestial, mientras que si no se hubiese dado oportunidad a la persona de expresar sus sentimientos, quizá habría continuado envenenándose hasta que hubiera sido imposible sanarlo.

¡Qué potente fuerza benéfica yace en nuestras manos con esta habilidad para traer almas a Jesús!

El “Método Andrés” debe ser una de las partes más vitales de la obra de todo el que sirve en la Iglesia.

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Creemos en la biblia

Conferencia General de Octubre 1959

Creemos en la Biblia

Sterling W. Sill

por el Élder Sterling W. Sill
Asistente al Consejo de los Doce Apóstoles


Recientemente, un compañero de asiento en un avión me habló sobre la interesante ciencia de la balística. Me explicó que cuando una bala se dispara a través del cañón de un arma, esta recibe un conjunto de marcas características que la identifican para siempre con el cañón en particular por el que fue disparada.

Nuestra conversación luego se trasladó a otro conjunto de hechos que podríamos llamar balística mental o espiritual. Es decir, cuando una idea pasa por la mente, esta recibe un conjunto de marcas características. Por ejemplo, cuando uno piensa pensamientos negativos, desarrolla una mente negativa. Si piensa pensamientos depravados, su mente se vuelve depravada. Si piensa pensamientos condenados, el resultado será una mente condenada. Salomón habló como un experto en balística cuando dijo: “Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él” (Proverbios 23:7).

Durante nuestro viaje tuvimos que esperar una hora entre vuelos. Durante esa espera, examinamos el tipo de literatura que se distribuía en el puesto de revistas del aeropuerto. Nos impresionó—como cualquiera debe estarlo—el hecho de que uno de los problemas más graves de nuestros días, ya sea desde el punto de vista de la Iglesia o de la sociedad en general, es la baja calidad de las ideas que conforman gran parte de nuestra dieta mental. William James dijo una vez: “La mente se compone de aquello con lo que se alimenta.” No pensaríamos en alimentar nuestros cuerpos con comida contaminada, y sin embargo, a menudo alimentamos nuestras mentes y almas con pensamientos contaminados, generando emociones contaminadas en nuestros corazones, a veces con resultados fatales. Seguir leyendo

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Cayendo en la trampa

Liahona octubre 1959

Cayendo en la trampa

por el élder Sterling Welling Sill

La primera guerra mundial fue fructífera en lo que respecta a la invención de métodos nuevos y más eficaces para destruir al enemigo; y particularmente las innumerables maneras en que se emplearon los explosivos para causar la muerte. Se arrojaron bombas desde el aire, se emplearon como barrenos para ocultarse en la tierra; fueron arrojadas como granadas de mano. Se depositaron debajo de la superficie del mar para causar la destrucción repentina de la nave que chocara contra ellas. En la tierra, ocasionalmente se minaba debajo de las trincheras del enemigo para poder destruir a los hombres e instalaciones desde abajo. A veces, en un lugar donde se sospechaba un avance, se colocaban numerosos barrenos, escondidos en la tierra. Llegado el momento del ataque, el otro partido retrocedía hasta que el enemigo se encontrara en la posición más vulnerable del terreno minado; entonces se hacían estallar los barrenos y los soldados enemigos eran despedazados.

Uno de los más diabólicos instrumentos fue un aparato al cual los soldados norteamericanos dieron el nombre de booby trap, que literalmente significa “trampa de bobos”. Se trataba de una máquina explosiva que tenía por objeto engañar a los soldados para que inadvertidamente se destruyesen a sí mismos. El diccionario dice que un “bobo” es una persona de muy corto entendimiento; necio, tonto. El nombre de este artificio infernal da entender este instrumento mortífero tenía los mejores resultados con aquellos soldados poco precavidos que solían cometer alguna tontería.

Estas trampas usualmente tienen una pequeña bomba oculta, colocada de tal manera que la hace detonar la misma víctima con algún movimiento brusco. Es decir, se incita a la víctima a que levante algún objeto, al parecer inofensivo, al cual se ha fijado un detonador.

A veces el enemigo retrocedía intencionalmente abandonando territorio, trincheras, cuarteles, etc., donde previamente se habían dispuesto estas trampas. Cuando el ejército que venía avanzando ocupaba estas posiciones recién abandonadas y los soldados empezaban a tocar o levantar artículos, o pisar donde no debía, las bombas ocultas estallaban, matando a unos e hiriendo a otros, destrozándoles brazos, piernas y caras. Con esto so sólo se lograba matar a los soldados enemigos, sino que era tan grande el número de los que resultaban gravemente heridos, que llegaban a ser una pérdida más seria que aquellos que morían en el acto. De este modo se contenía el avance del ejército entero.

Sin embargo, el uso de esta clase de trampas no se limita a las guerras entre las naciones. Esos mismos “caza bobos”, de una clase u otra, han estado destrozando a la gente, retardando su progreso o destruyendo su felicidad y eficacia como directores desde el principio del mundo. Por ejemplo, se ha dicho que el pecado es el “caza bobo” del diablo.

El diablo se deleita en cazar a los bobos, y es sumamente astuto cuando se trata de ocultar aparatos mortíferos destructivos debajo de señuelos atractivamente dispuestos. Su especialidad es derrumbar la fe, echar por tierra la moralidad y estorbar la industria y entusiasmo productivos. Es particularmente diestro en llenar de barrenos el terreno sobre el cual estamos a punto de avanzar. Nos induce a que levantemos un poco de desánimo, falta de honradez, pensamientos negativos y dos o tres hábitos malos. Entonces, tarde o temprano, tocamos el detonador y la explosión resultante destruye el fundamento mismo de nuestro éxito.

Al diablo nunca le faltan estas trampas. De hecho, hace que estas máquinas infernales compitan la una con la otra para ofrecer las tentaciones más atrayentes de destrucción.

El diablo se deleita en cazar a los bobos, y es sumamente astuto cuando se trata de ocultar aparatos mortíferos destructivos debajo de señuelos atractivamente dispuestos.

Solemos enamorarnos a tal grado de estas creaciones del pecado, que las estrechamos contra nosotros mismos y así comprimimos el disparador invisible que hace volar las entrañas de nuestro éxito.

Judas cayó en la trampa que tuvo por anzuelo treinta piezas de plata. Además, uno de los compañeros de Pablo en la misión, también fue derrumbado innecesariamente de su alto lugar. El Apóstol dijo de  él:  “Me  ha  desamparado,  amando  este  mundo.” (2 Timoteo 4:10) Pilato cayó en las redes de su propia ignorancia. Le preguntó a Jesús: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38), y entonces, sin esperar la respuesta, salió del cuarto. El hijo pródigo se apartó de su familia para ir a un lugar donde podía ser un bobo prodigioso. Solamente unos “pocos” pueden atravesar el territorio lleno de barrenos de Satanás para alcanzar el reino celestial.

Uno de los aspectos de esta situación que más desanima, es que nunca parecemos aprender debidamente de la experiencia. Todavía tenemos que palpar lo recién pintado, por decir así, y poner la mano sobre la estufa candente para ver si verdaderamente está candente. Aún podemos entrampar a un ratón grande con un pedazo pequeño de queso. En la misma forma, más o menos, los más palpables “caza bobos” del pecado están causando grandes destrozos.

Estos artificios de Satanás son de todo diseño imaginable, y hay gran abundancia de ellos. De hecho, hallamos casi la misma cantidad de trampas que de bobos. Todos recordamos la trampa en que cayó Esaú. Una noche le dio hambre y vendió su primogenitura por una olla de potaje. Esta idea particular ha sido tan eficaz que

Satanás la ha empleado una vez tras otra. Esaú fue engañado porque la bomba se hallaba oculta detrás de la antigua “falsa perspectiva” que causa que todas las cosas cercanas parezcan grandes e importantes, y todo lo que está en la distancia, pequeño y sin importancia.

Es decir, si fijamos la vista en una fila muy larga de postes de teléfono, cada uno parece disminuir en tamaño, al aumentar la distancia, hasta que por último, el que está en el horizonte da la apariencia de ser del tamaño de una cabeza de alfiler. Parece ser cierto; nuestros ojos nos dicen que es cierto… y sin embargo no es verdad. Podemos demostrarnos a nosotros mismos esta falsa perspectiva en diversas maneras. Por ejemplo, si acercamos una moneda de 10 centavos a nuestros ojos la estrella más grande que se encuentra a millones de kilómetros de distancia; una moneda más grande ocultará el sol. Esto no significa que el peso sea más grande que el sol, sino únicamente que lo tenemos más cerca de los ojos.

Es muy fácil descubrir esta decepción en lo que concierne a la distancia; pero no es tan fácil ver el mismo engaño en lo que toca al tiempo. Preguntemos a un niño pequeño si prefiere una moneda de diez centavos hoy o una moneda de un peso al día siguiente.

Si acercamos una moneda de 10 centavos a nuestros ojos la estrella más grande que se encuentra a millones de kilómetros de distancia; una moneda más grande ocultará el sol.

La olla de potaje le pareció más importante a Esaú en ese momento, que la estimada primogenitura en los años futuros. No pudo evaluar correctamente las cosas que no estaban al alcance de su vista.

Sin embargo, ¿cuántos de nosotros cometemos errores iguales? Todos los días permutamos algún éxito y felicidad por una olla de potaje que apetecemos hoy.

Alguien ha dicho: “El cielo está bien; lo que pasa es que está muy lejos.” Muchos venden su salud y dinero por la ilusión que ofrece el licor. Algunos están dispuestos a padecer una muerte cancerosa en lo futuro a cambio de su ración diaria de nicotina en la actualidad.

Muchas personas se endeudan innecesariamente, si no les exigen los pagos enseguida.

Hacemos muchas otras cosas malas simplemente porque no se nos castiga en el acto. El noviazgo, y aun el matrimonio tampoco están libres de trampas. La incitación de lo presente tiene un atractivo tan grande, que si no estamos atentos y firmes, la vida misma puede estallar en nuestra cara.

Con frecuencia puede inducírsenos a cambiar aun nuestras mansiones en los cielos, si Satanás ceba la trampa con un poco de nuestro queso favorito en la actualidad.

También nosotros podemos perder nuestra primogenitura si no tomamos en consideración esta falsa perspectiva. Aun cuando nuestra vista física sea perfecta, todavía caeremos con los ojos abiertos en las trampas más evidentes, si sobre el castigo ay un letrero que dice “postergado”.

Aun el ser consignado al infierno no es cosa tan grave para algunos, si es que no tienen que ir allí enseguida.

El Fausto de Goethe, cayó en una trampa peor que la de Esaú. Este vendió su primogenitura por una olla de potaje; Fausto vendió su alma por una promesa de veinticuatro años de placeres. Quizá nos parezca que mi aun el bobo puede llegar a tal insensatez; pero debemos recordar que en estos “caza bobos”, el peligro no siempre está a la vista. La razón por la cual es tan popular este pecado destructivo de la demora es que la bomba yace oculta en la distancia, es decir, uno meramente aplaza la acción lo suficiente para disminuir el tamaño de su importancia al grado de cesar de espantarnos. El deber que tenemos que cumplir hoy suele parecernos tan grande, que nos domina; sin embargo, dejémoslo para “mañana”, y hasta tiene la apariencia de haberse resuelto. ¡Qué día tan importante va a ser “mañana”! Es cuando vamos a llevar a cabo todas las cosas que hemos prometido hacer hoy. El que demora es un bobo; el perezoso es un bobo; el que no ve más de lo que tiene por delante es un bobo; y tarde o temprano una de estas bombas estallará en sus órganos vitales.

El que deliberadamente entra en una de estas trampas es un bobo, al igual que el que juega continuamente con ellas. Aunque no se pueda ver el fulminante, es sumamente peligroso jugar con estas trampas. También lo es el coquetear con malos hábitos, aun cuando son pequeños. Las cosas que son pequeñas hoy tienen la costumbre de llegar a ser grandes mañana. Sobre todo, basta con un pequeño mal hábito o mala actitud para conducirnos al terreno que el enemigo ha minado. Entonces, cuando estemos en el sitio más vulnerable, se hace estallar la carga y nuestro éxito puede ser hecho pedazos y nuestras esperanzas se desvanecen con el humo. No importa que sea pequeña la bomba que esté oculta detrás del mal hábito, todavía tiene suficiente fuerza para destrozar nuestra vista y arruinar nuestro criterio. La granada de mano es pequeña: pero más vale no tenerla cerca de uno cuando hace explosión.

Hace algún tiempo, un hombre expresó que deseaba ser más activo en la Iglesia. Parecía tener la facultad de ser una persona muy capaz. Al principio yo no podía entender por qué no había llamado para ser Obispo o Presidente de estaca; pero en una ocasión que lo visité, supe que algunos años atrás había caído en la trampa de la bebida, la cual había estallado en un accidente automovilístico bastante serio que destrozó una vida. Había adquirido el hábito de pensar mal, y esto lo había conducido al terreno minado de la inmoralidad. Había habido una “explosión conyugal” que afectó a cinco menores de edad. Los gastos y angustias consiguientes derrumbaron su posición económica, y su vida entera fue reducida a escombros. Sin embargo, siempre había tenido la intención de hacer lo bueno; realmente quería hacer lo correcto. Pero no era muy prudente y continuamente estaba cayendo en la trampa.

Si uno pudiera pintar un cuadro físico de la espiritualidad de este hombre, quizá se podría representar con los brazos mutilados, sin ojos, las piernas hechas pedazos y lo que quedaba, tan lleno de cicatrices que casi no tendría valor. Su deseo actual de empezar de nuevo era muy loable, pero ¿cómo esperar lograr el éxito? Tiene las desventajas del que busca un empleo que pague bien, pero que se halla tan mutilado que resultaría contraproducente ocuparlo.

El desánimo es una de las trampas más eficaces de Satanás. Cuando permitimos que nuestros caprichos se propasen, no tardan en estallar en nuestra cara. Mengua nuestra industria o viene un decaimiento mental o espiritual, y a menudo no podemos sobreponernos. Satanás entrampa a mucha gente porque no sabe cómo conducirse cuando ocurre esta “marea baja” en sus vidas.

Con frecuencia los bobos se reúnen y se destruyen unos a otros, combinando su manera destructiva de pensar y su mal ejemplo. No hay cosa tan común como grupos pequeños de personas que continuamente se incitan unos a otros a travesear con la maldad y jugar con el fracaso. Por ejemplo, todos saben que no es bueno fumar. El Señor ha aconsejado que no se haga. Es costoso, es perjudicial y difícil de abandonarlo. Sin embargo, con los ojos bien abiertos, los miembros de un grupo se incitan el uno al otro a usarlo, hasta que un hábito que destruye el alma estalla en su cara. El vicio de beber es el queso con que el diablo ceba sus trampas para cazar bobos en grupos. La mejor manera de evitar ser destrozado por una de estas trampas es no tocarla. La mejor manera de evitar ser un borracho es no aceptar la primera copa.

Sólo hay dos clases de alcohólicos: los que pararían si quisieran, y los que pararían si pudieran. El que bebe no está sino ensayando para ser un fracaso.

¿Qué opinión tendríamos de un jugador de básquet que se pusiera a ensayar a no encestar la pelota? ¿O un vendedor que pasara su tiempo poniendo cuanto estorbo pudiera a sus ventas futuras? ¿Y qué opinaríamos de un hijo de Dios que continuamente estuviese jugando con las cosas que lo conducen al territorio de la destrucción eterna? ¿O qué pensaríamos de un líder que se echara sobre la espalda esas actitudes y hábitos que lo harían fracasar?

Si fuésemos jugadores del deporte más popular de nuestro país, nuestros “errores” se publicarían diariamente en los periódicos para que todos los vieran. Pero el juicio final quizá sea la primera vez en que algunos de nosotros veamos la cuenta completa de nuestros errores. Debemos vigilarnos a nosotros mismos y publicar nuestra propia anotación de “goles y errores”. Así, por lo menos, estaremos informados de estas cosas. ¿Qué opinión tendríamos de un jugador de básquet que se pusiera a ensayar a no encestar la pelota?

Los dones más valiosos de la vida no consisten en lo que podemos obtener de ella, sino más bien en lo que podemos llegar a ser por causa de ella. Cesaremos de ser mutilados por estas trampas “caza bobos” únicamente cuando dejemos de levantarlas para ver si estallarán. No nos dejemos engañar creyendo que nuestros malos hábitos son pequeños. Se desarrollarán rápidamente si seguimos nutriéndolos. Podemos estar seguros de una cosa: no importa que haya sido Satanás, nuestro fracaso o nosotros mismos los que hayamos cebado las trampas, todas estallarán algún día con el mismo efecto mortífero. Entonces descubriremos que no nos quedan más que dos cosas a cambio de todo nuestro afán: el “premio” del bobo, y un bobo.

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P-A-G-A

Liahona septiembre 1959

P-A-G-A

por el élder Sterling Welling Sill

En el sermón más notable que jamás se ha predicado, la persona más sobresaliente que jamás ha vivido, expresó lo que probablemente es la idea más importante que jamás se ha comunicado. Se refiere al hecho de atesorar para nosotros bienes en los cielos (Mateo 6:20). Aun en la tierra, este asunto de atesorar bienes aquí tiene tantas ventajas, que dedicamos la mayor parte de nuestras vidas a ello.

Sin embargo, Jesús hizo algunas comparaciones interesantes a favor de los tesoros en el cielo. Indicó que son mucho más satisfactorios y permanentes. “La polilla y el orín” no se conocen el cielo; ni tampoco “los ladrones minan y hurtan”. Si lo pensamos un poco, podremos descubrir algunas otras ventajas que vienen de hacer tesoros en el cielo, entre ellas, la musculatura espiritual que consiguientemente desarrollaríamos.

Hay dos razones principales por las que no siempre adquirimos aquí en la tierra los tesoros que quisiéramos. Una de ellas es que a veces no escogemos la profesión adecuada, y la otra es que no somos tan eficaces en nuestro trabajo como deberíamos ser. Estos mismos problemas son los que probablemente tendremos que resolver antes que nuestros tesoros en el cielo tengan valor alguno.

Concerniente a la primera razón, no hay duda que la ocupación más benéfica a que podemos dedicarnos para ganar los tesoros en el cielo es la que Jesús llamó “los negocios de mi Padre”. (Lucas 2:49)

Nuestro Padre Celestial es un Personaje sumamente rico en todo respecto. Ha convenido en que entremos en sociedad con Él, prometiendo que nada les retendrá a los que se muestren dignos y capaces. El Señor mismo le declaró a John Whitmer lo que era mayor beneficio: “…la cosa que te será de mayor valor… a fin de que traigas almas a mí” (Doctrina y Convenios 15:6)

Esta es la empresa a la que el propio Dios dedica su tiempo entero. Todo personaje grande, incluyendo a Dios, manifiesta su grandeza en su obra.

¿Hemos calculado alguna vez cuánto costaría vivir para siempre en el reino celestial? Para empezar nuestro cálculo, investiguemos cuánto costaría vivir para siempre en el mejor hotel que hay en esta tierra. Entonces hagamos nuestra propia comparación con el reino celestial. Cuando hayamos convertido en efectivo el costo de vivir para siempre en el reino celestial, dividamos esa suma por las pocas horas que dedicamos a trabajar para llegar allí. Probablemente descubriremos que el esfuerzo y trabajo que dedicamos a los “negocios de nuestro padre” nos es pagado a razón de incontables millones de dólares por hora.

Para dar principio a nuestro proyecto, la primera alma que una persona debe traer a Dios, es la propia. Pero el Señor ha dicho además, que si trabajamos todos nuestros días en su servicio y sólo le traemos un alma, nuestro galardón sobrepujará toda nuestra comprensión. Pero con un poco de destreza, podemos hacer mucho más que traerle un alma.

Esto nos lleva nuestra segunda proposición de cómo llevar a cabo “los negocios de nuestro padre” más eficazmente. Para esto se requiere toda la ciencia de la habilidad para dirigir.

Algo ya se ha explicado en el artículo El Proyecto sobre la importancia de seguir cierto proyecto o plan. Una de las mejores fórmulas que yo conozco se compone de cuatro letras, que con un poco de imaginación puede referirse a los tesoros que estamos buscando, La fórmula es la siguiente:

¿Hemos calculado alguna vez cuánto costaría vivir para siempre en el reino celestial? Para empezar nuestro cálculo, investiguemos cuánto costaría vivir para siempre en el mejor hotel que hay en esta tierra.

P A G A

Estas letras significan: Práctica  Actitud Genio  Aptitud

Tomemos estas divisiones principales de la habilidad para dirigir y analicémoslas.

La Práctica

Se ha dicho que fuerza más grande del mundo es la fuerza de la costumbre, el hábito o la práctica. Es más fuerte que la disciplina o la fuerza de voluntad. La práctica es para el éxito lo que los rieles son para la locomotora; así como los rieles apoyan y guían la locomotora, así también la práctica apoya y dirige nuestro éxito.

Tratemos de identificar los hábitos que son esenciales para lograr el éxito como grandes directores. ¿Cuáles son, y cómo podemos adquirirlos?

La práctica es para el éxito lo que los rieles son para la locomotora; así como los rieles apoyan y guían la locomotora, así también la práctica apoya y dirige nuestro éxito.

1.- La práctica o hábito de estudiar. Sabemos que muchos hombres han podido efectuar grandes cosas porque apartaron quince minutos de cada día para hacer un estudio bien orientado y concentrado sobre algún tema particular. Pero el estudio solo de por sí no es suficiente; lo importante es establecer la práctica de estudiar.

2.- La práctica de trabajar. No hay excelencia sin trabajo. Hay muy pocas cosas que uno puede hacer bien sin que su musculatura las haya aprendido de memoria.

Podemos escuchar instrucciones sobre la manera de jugar al básquet o fútbol desde ahora hasta que nos hagamos viejos, pero si nuestros músculos no lo han aprendido de memoria, jamás llegaremos a ser buenos jugadores.

3.- La práctica de pensar. Lamán y Lemuel, hermanos de Nefi, pensaron impropiamente. Algunos de nosotros apenas nos ocupamos de pensar. Thomas Edison, el gran inventor dijo: “No tiene límite lo que un hombre haría con tal de no tener que pensar.”

La mayor parte de nuestros problemas surgen porque no pensamos correctamente, sencillamente porque no pensamos. Antes que podamos lograr que otros piensen, nosotros mismos debemos aprender a pensar. Muchas personas han aprendido a pensar con la pluma en mano.

Escribamos nuestras ideas, entonces repasémoslas la semana entrante y veamos en qué forma podemos mejorarlas. Aprendamos a pensar mientras leemos. Escribamos nuestros pensamientos en el margen del libro y entonces pongámoslos a trabajar.

4.- La práctica de formar planes. Dios hace planes. Si deseamos llegar a ser “como Dios es”, aquí es el mejor lugar donde empezar. El asunto de formar planes es un aspecto muy importante del hacer tesoros en el cielo.

Hay también otras prácticas o hábitos que podemos adquirir para mejorarnos a nosotros mismos. Muchas cosas admirables que podemos acostumbrarnos a hacer. ¿Por qué no tomar nuestra pluma y hacer una lista de las otras prácticas que quisiéramos incorporar a nuestra vida? Al lado de cada una de estas cosas, escribamos los métodos que nos proponemos usar para establecerlas firmemente y hacer que funcionen eficazmente todo el tiempo.

La Actitud

Walter Dill Scott, por muchos años presidente de la Universidad de Northwestern, dijo en una ocasión que la “actitud mental” era más importante que la “capacidad mental”. Otro punto a favor de esta superioridad es que la actitud mental puede mejorarse fácilmente. Un hombre muy erudito dijo: “El descubrimiento más grande de mi generación es que uno puede alterar sus circunstancias con tan sólo modificar su actitud mental”.

La mayor parte de nosotros quisiéramos alterar nuestras circunstancias, pero no queremos cambiarnos a nosotros mismos. No podemos ser mejores directores de lo que somos como individuos. Lamán y Lemuel no tenían la capacidad, como directores, que tenía su hermano menor, Nefi. La diferencia no estribaba en su herencia, ni en su educación, intelecto u oportunidad, sino era más bien la diferencia en su actitud. La misma cosa pasa con nosotros. Somos ambiciosos o perezosos, interesantes o fastidiosos, fieles o desobedientes, leales o inconstantes, logramos el éxito o malogramos, según nuestra actitud. Los tesoros que esperamos hacer en los cielos dependen de la actitud.

Lamán y Lemuel tenían una actitud negativa. Tenían miedo de no poder obtener las planchas; tenían miedo de perecer en el desierto; creían que su padre era un visionario. Carecían de actitud positiva.

En una oportunidad, una importante organización comercial analizó cien fracasos. Las razones que los causaron fueron casi las mismas que habían causado el fracaso de Lamán y Lemuel 2500  años antes. Fueron las siguientes:

1.- 37% fracasó por motivo del desánimo 2.- 37% fracasó por carecer de diligencia

3.- 12% fracasó porque no obedecían las instrucciones

Las causas de estos fracasos y los de Lamán y Lemuel son idénticas. El desánimo es una actitud, al igual que la falta de diligencia y el  desobedecer las instrucciones. En estas actitudes predomina una visión negativa.

He aquí, pues, un lugar muy bueno donde podemos empezar a analizarnos. ¿Cuál es nuestra disposición o actitud? ¿Cuán positivos somos?

El Genio

Uno de los significados de genio es: “facultad intelectual nacida del conocimiento”. Lord Bacon, el filósofo inglés dijo: “El conocimiento es poder.” ¡Cómo se llena uno de ánimo cuando encuentra a alguien que sabe lo que está haciendo, lo que piensa hacer y cómo pretende lograrlo! Mucho más emocionante es encontrar alguien que conoce “los negocios de su Padre”. Si subdividimos el genio, hallamos cuatro palabras que empiezan con la letra P:

1.- Conocimiento del Programa

2.- Conocimiento de las Personas

3.- Conocimiento de la manera de Proceder

4.- Conocimiento de la Personalidad del director

Reflexionemos ¿Nos gustaría ser un genio en la obra de dirigir? ¿Un genio en los “negocios de nuestro Padre”?

1.- La mayor parte del que desempeña algún papel como director en la Iglesia fracasa porque no está familiarizado con el programa ni se rige por él. Es decir, no conoce lo que un comerciante llamaría conocer “su producto”. En los “negocios de nuestro Padre”, este “producto” se llama el evangelio o el plan de salvación, y es preciso que lo conozcamos al derecho y al revés. Necesitamos conocer el manual, ya que constituye nuestro proyecto para realizar la obra.

2.- Necesitamos conocer aquellas “personas”, a quienes el plan tiene por objeto ayudar. Es necesario saber qué les hace falta y la manera de atender a estas necesidades debidamente. Necesitamos saber en qué forma podemos afectar la vida de estas personas con el evangelio.

3.- La tercera bien podría llamarse la P psicológica. Necesitamos saber la mejor manera de “proceder”. El agente de ventas divide su sistema en esta forma: encontrar el interesado; investigar lo que necesita; prepara el “terreno” y hacer la presentación; contrarrestar las objeciones y concluir. Como directores de la Iglesia, también necesitamos saber en qué forma vamos a proceder.

Para lograr el éxito en los “negocios de nuestro Padre” se requiere formar planes, ensayar, ser diligente, tener fe y entusiasmo, hacer visitas personales, preparar, realizar, etc.

4.- Quizá la cuarta P sea la más importante, porque requiere que nos conozcamos a nosotros mismos. La hemos llamado la Personalidad del director.

La cosa con que probablemente todos estamos menos familiarizados en este mundo, es nuestra propia individualidad. Podemos preguntarle a un hombre acerca de la ciencia, invención o historia, y nos da las respuestas. Mas si le pedimos que escriba un análisis de sí mismo, que nos haga saber las cualidades de su mente y alma, difícilmente obtendremos una contestación satisfactoria. Necesitamos saber cómo ponernos en movimiento, cómo plantar la convicción en nuestro corazón. Necesitamos saber cuál es la causa de nuestro desánimo y cómo vencerla. Hay que saber cómo podemos integrar nuestra fe y obras. Hay que saber cómo evitar la falta desánimo, la fatiga, la pereza y el descuido.

Muchos han dicho que Alexander Hamilton, uno de los más distinguidos estadistas norteamericanos, fue un genio. Analicemos su fórmula para lograr el éxito:

“Algunos hombres me han estimado como un genio, pero todo el talento que tengo estriba en esto: Cuando tengo delante de mí un asunto, lo estudio profundamente. Lo tengo presente de día y de noche. Lo analizo en todos sus aspectos. Mi mente queda empapada en él. El resultado es lo que algunos suelen llamar el fruto del genio, cuando en realidad no es sino el fruto del estudio y del trabajo.”

¿No nos parece maravilloso? Y lo mejor de todo es que siempre produce resultados. Reflexionémoslo. ¿Nos gustaría ser un genio en la obra de dirigir? ¿Un genio en los “negocios de nuestro Padre”?

El Sr. Hamilton nos ha dado un secreto del cual podemos depender en absoluto. Esta fórmula nunca dejará de producir, si nosotros no la desatendemos.

Pues bien, juntando nuestra cuatro palabras tenemos la clase de conocimiento que siempre produce fuerza. Y efectivamente lo hará, si uno:

1.- Conoce el programa, es decir, el producto para aplicar; y

2.- Conoce a las personas: aquellas a quienes se aplica el programa; 3.- Conoce el procedimiento por medio del cual se ha de aplicar; y

4.- Conoce la personalidad del director que hace la aplicación.

Al poner en práctica estas cuatro cosas, habremos dominado una parte principal de la fórmula para hacer tesoros en el cielo.

Aptitud

El éxito depende siempre de la aptitud. La buena dactilógrafa sabe de memoria el teclado de la máquina de escribir; eso constituye su conocimiento. Desea ser buena dactilógrafa; eso constituye su actitud.

Sin embargo, su competencia verdadera y el sueldo que gana están basados en su habilidad para hacer bien el trabajo. La destreza viene de la práctica, la perseverancia y la determinación. Uno podrá leer muchos libros sobre la navegación, pero su éxito verdadero dependerá de su aptitud para hacer fondear la nave.

Nos simpatizan aquellos que se ponen a hacer cosas y las llevan a cabo. Hacen falta jugadores de básquet que tengan buen tino, misioneros que logren hacer convertidos y directores que sepan guiar. Para esto se requieren la aptitud y la destreza.

El trabajador podrá tener conocimiento, pero destreza no; prudencia pero no competencia; poseer muchas herramientas, pero no saber usarlas.

Recordemos que el éxito en la obra del Señor, como en cualquier otro trabajo, está basado en la aptitud.

Analicemos nuestra aptitud para dirigir y determinemos qué puede hacerse para desarrollarla. Podemos hablar acerca de la fe, pero

¿podremos hacer que la gente la tenga? ¿Podremos lograr que la gente sea más activa, más honrada y mejores discípulos del Maestro? Si se puede, ¿cómo vamos a lograrlo? Si no ¿por qué no?

Debemos recordar siempre que nuestra oportunidad mayor consiste en hacer para nosotros tesoros en los cielos.

La fórmula P-A-G-A es la manera de lograr esta riqueza eterna. Preparemos nuestro programa con todo cuidado, y entonces sigámoslo hasta el límite.

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El proyecto

Liahona agosto 1959

El proyecto

por el élder Sterling Welling Sill

Hace poco pasé por la admirable experiencia de ver a un ingeniero muy conocido dirigir la construcción de un edificio que iba a costar algunos millones de dólares. Tenía por delante lo que para mí eran varios dibujos algo complicados, que él llamaba el proyecto.

Una compañía renombrada de arquitectos había preparado estos dibujos después de varios meses de estudio y muchos años de experiencia. Me impresionó profundamente el pensamiento de que cualquier ingeniero diestro puede construir el edificio más hermoso que conciba el arquitecto más destacado, con tan solamente seguir el proyecto de la construcción.

Esta misma idea obra en todas partes. El escultor necesita un modelo para poder trabajar. La buena costurera tiene un patrón por medio del cual rápida y acertadamente puede producir lo que los más famosos modistas inventen. Un cocinero hábil puede lograr el éxito con las mejores recetas. El farmacéutico diestro utiliza los muchos años de estudio que han pasado los doctores más eminentes en las mejores escuelas de medicina. Entonces mediante la habilidad de aquel en la elaboración de la receta, él ayuda a salvar las vidas de muchas personas. Por supuesto, sería peligroso en extremo que el farmacéutico no obedeciera los detalles de la receta del médico, y ya fuera por descuido, o por ignorancia o desobediencia aumentara a lo que el médico hubiese especificado, o disminuyera de ello. Si uno estuviese enfermo, la mejor manera de aliviarse sería procurar el mejor doctor y luego seguir sus instrucciones cuidadosamente.

¡Este concepto es de inmenso valor! Pensemos en la importancia que la fórmula tiene para el científico.

Se ha dicho que la ciencia es solamente una recopilación de fórmulas que se han llevado a cabo con éxito. Es por medio de la fórmula que se preserva y se nos comunica la mayor parte de la verdad.

La fórmula permite que cada uno de nosotros derive el beneficio de las obras a las que muchos han dedicado sus vidas. La habilidad para obedecer eficazmente las direcciones de expertos le permite a uno reproducir en su propia vida el éxito más sobresaliente que pueden concebir en cualquier campo los más destacados proyectistas.

Una de las aplicaciones más significantes de esta importante verdad se halla en el campo de la religión, en el cual median nuestra vida y felicidad mismas, tanto aquí como en la vida venidera. Es también en este campo que podemos seguir el ejemplo del más experto de todos. Dios nombró a la Inteligencia más hábil del cielo para que viniera al mundo, a fin de que fuese nuestro Salvador y redentor. Él es el arquitecto de nuestra salvación, el que diseña nuestra felicidad y quien hacer perfecta nuestra fe. Tiene un conocimiento y entendimiento muy superior al que posee cualquier otra persona, y Él ha trazado para nosotros un proyecto en el cual se han eliminado toda eventualidad y riesgo.

Ha evitado la necesidad de que aprendamos por medio de nuestros errores, y ha hecho imposible el fracaso, si usamos el plan divino en la construcción y operación de nuestras vidas. Esto pone a nuestro alcance una excelencia, belleza y felicidad en la vida que de otra manera sería imposible lograr.

Basado en su abundante experiencia y sabiduría, el Salvador mismo ha trazado mapas detallados con rótulos cuidadosamente preparados que nos muestren la manera precisa de llegar a nuestro destino.

Pero además de todo esto, vino personalmente al mundo para ser nuestro modelo y guía. Uno de los sermones más importantes que jamás se ha predicado en este mundo, consta solamente de dos palabras pronunciadas por Jesús: “Ven, sígueme.”

El sermón más fácil de seguir es el que uno puede ver. En la vida, así como en todas las demás cosas, nuestra necesidad apremiante es tener un buen modelo que podamos seguir.

El Salvador mismo ha trazado mapas detallados con rótulos cuidadosamente preparados que nos muestren la manera precisa de llegar a nuestro destino

Es decir, la fuerza más potente del mundo es la fuerza del ejemplo. Así fue como aprendimos a andar; de esa manera aprendimos a hablar; por eso es que este niño habla inglés, y aquel habla alemán. Casi todas las demás cosas de la vida, las aprendemos por imitar. Copiamos a otros en la manera de vestirnos, el modo en que nos cortamos el cabello, las cosas que decimos y las ideas que pensamos. Al mediodía, al almorzar, algunos comen con el tenedor en la mano derecha; otros con el tenedor en la mano izquierda; si uno hubiera nacido en China o en Japón, tal vez ni siquiera usaría tenedor.

La diferencia estriba en el hecho de que imitamos la manera de actuar de aquellos que nos rodean.

Jesús dijo:

. . . No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. . .” (Juan 5:19)

La fuerza de un ejemplo bueno no solamente es la fuerza más potente del mundo, sino también una de las más contagiosas. Pensemos en la influencia noble de un hogar bueno, dentro del cual lo hijos adoptan los ideales, conceptos y normas de comportamiento de aquellos que los rodean. Esta adopción a veces ocurre sin que nos demos cuenta de ello. Por ejemplo, hace poco me reuní con un grupo de misioneros. Uno de ellos bostezó. Inmediatamente otro hizo lo mismo. Entonces vi cómo fueron bostezando los otros, al grado que el ejemplo de un misionero se manifestaba en los demás.

El bostezo es contagioso, pero también lo es el entusiasmo, e igualmente la fe, la industria y el valor.

Consciente o inconscientemente adoptamos los ademanes, manera de pensar y expresiones de otros. Pensemos en el efecto que la vida de Jesús ejerció en Simón, Pedro y los demás discípulos que lo siguieron. Es el mismo efecto que producirá en nosotros si aprendemos a seguir el modelo. Es fácil ser nobles y grandes cuando nos asociamos con hombres nobles y grandes, porque nos proporcionan el modelo a seguir.

Por supuesto, este principio puede utilizarse para bien o para mal. Hay ocasiones en que hacemos las cosas que no convienen porque alguien nos dio el mal ejemplo. Cuando Lucifer se rebeló, la tercera parte de todas las huestes celestiales lo siguieron. Este sistema de “seguir al capitán” aún se está llevando a efecto. Cuando un joven empieza a faltar a sus reuniones de sacerdocio, otros siguen su ejemplo. Cuando uno fuma, otros también lo hacen. Uno empieza a maldecir, y el otro hace la misma cosa.

Las personas son como los planetas, tienen sus órbitas y se mantienen en su lugar por la atracción que ejerce el uno en el otro. Cuando uno se aparta del camino señalado, otros siguen su ejemplo. Sea que nos hallemos por el “sendero recto y angosto” o por el “camino ancho” de la vida, nadie camina a solas; cada uno de nosotros va a la cabeza de cierta especie de caravana.

La fama y la buena fortuna de un ingeniero, suponiendo que está trabajando con arquitectos buenos, depende de su habilidad para seguir el proyecto. Se precisa que obedezca implícitamente y con todo esmero las instrucciones dadas. Si se equivoca en un detalle. Todo lo demás es afectado. O si el ingeniero constructor sigue el proyecto en la mañana y sus propios caprichos en la tarde, el edificio resultará un fracaso y el ingeniero se verá arruinado.

Mas o menos la misma cosa sucede con cualquier éxito logrado. Sin embargo, en la vida tenemos que hacerlo bien la primera vez; no podemos “reconstruir”; no podemos experimentar; no podemos ensayar. Es decir, no podemos ensayar el nacimiento, ni la vida, la muerte o el juicio final.

Pero aunque uno jamás ha transitado por el camino, puede viajar sin peligro con tan solamente seguir las indicaciones de un buen mapa. Sin embargo, si uno va a depender de sus propias opiniones y orientación, puede perderse. No siempre podemos fiarnos de nuestro propio criterio, porque a veces nos desorientamos. Además, los errores nos  causan inconveniencias innecesarias, pérdida de tiempo y gastos adicionales.

Sería una necedad que uno insistiera en preparar sus propios mapas, especialmente si no conoce el camino. Aquellos que dependen de su propio criterio muchas veces no hacen más que dar rodeos. La caída de las naciones, así como de individuos, en lo pasado ha venido como consecuencia de haber persistido en preparar sus propios mapas. Nosotros que seguimos el evangelio gozamos de la ventaja de las normas, ideales e instrucciones de nuestro Padre Celestial, que conoce el camino perfectamente. Por tanto, no es necesario que cometamos los errores tan costosos y perjudiciales que arruinan la vida de tantas personas, y sin embargo, hay algunas que no pueden seguir ni las direcciones más sencillas. Todos los días vemos vidas frustradas, arruinadas, dignas de lástima, que sufren y se lamentan por haber cometido errores innecesariamente.

Nuestra necesidad más apremiante es la habilidad de seguir el proyecto del gran arquitecto y diseñador de nuestra exaltación eterna

Hay algunos desafortunados que parecen estar resueltos a cometer todos los errores personalmente. Tienen que meter la mano en toda llama y caer en todo lazo. No tienen fe en los mapas; no creen en advertencias. Quieren probar toda desviación y explorar todo camino lateral sin salida. ¡Cuánto más seguro y mejor sería seguir un mapa que los condujera directamente a su destino!

La avenida que conduce al éxito y felicidad eternos ha sido señalada tan eficazmente y alumbrada con tanta brillantez, que no hay necesidad de que nos extraviemos, aun cuando nunca hayamos transitado antes por el camino. Las indicaciones del evangelio, igual que las indicaciones de los caminos, han sido cuidadosamente preparadas por aquellos que conocen bien la ruta.

Hay ocasiones en que tropezamos con dificultades en nuestras vidas por querer seguir dos proyectos diferentes al mismo tiempo. Sería fácil imaginar la confusión de un ingeniero constructor que tratara de erigir un edificio usando dos planos distintos. Jesús nos amonestó en contra de esto al edificar nuestras vidas. Sus palabras fueron: “Sea tu ojo sincero.” Quiso decir que fijásemos nuestra atención solamente en una cosa.

En la epístola de Santiago leemos:

El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.” (Santiago 1:8)

El hombre de doble ánimo es el que ve dos cosas o quiere pensar en ambas al mismo tiempo. Quizá está tratando de usar dos proyectos de arquitectos distintos, mientras que Jesús dijo: “Ninguno puede servir a dos señores.”

No es posible. Uno no puede servir a Dios y a Satanás al mismo tiempo si espera lograr el éxito. No puede uno montar dos caballos en la misma carrera. Leí acerca de un hombre que lo intentó en cierta ocasión, pero no tenía mucho de estar corriendo, cuando los caballos se apartaron en direcciones opuestas al llegar a un árbol.

La bien conocida novela de Roberto Luis Stevenson, que lleva por título “El extraño caso del doctor Jekill”, es un ejemplo muy bueno de un hombre quiso llevar dos sistemas de vida. Pensó que podía ser un médico bondadoso, amoroso y considerado de día y un criminal despiadado de noche. No tardó en destruirse a sí mismo; pero, igual que Lucifer, también destruyó la felicidad de muchos otros con sus hechos.

Este consejo de hacer que nuestro ojo sea sincero es muy bueno. No confundamos nuestros proyectos; procuremos el mejor mapa de caminos y sujetémonos a él todo el tiempo.

No hace mucho, un joven que estudiaba en un seminario me preguntó si yo podría ayudarlo a prepararse para un debate. Me dijo que el tema que iban a discutir era si es difícil o fácil entrar en el Reino Celestial, y él tenía que preparar sus argumentos para mostrar que era difícil. Este es el concepto que la mayor parte de la gente aceptaría, porque la mayoría va por el “camino ancho” y allí es donde yacen las tentaciones y dificultades. Siempre estamos oyendo de lo difícil que es vivir de acuerdo con el evangelio. Algunas personas continuamente están tropezando con toda especie de tentaciones desmoralizadoras. El hecho es que definitivamente es muy difícil entrar en el Reino Celestial cuando nos dedicamos a ello solamente a medias. Es decir, va a ser sumamente difícil para uno abstenerse de fumar este mes, si el mes pasado fumó con regularidad. Va a ser una carga muy pesada cumplir con nuestro deber este año, si nunca jamás lo habíamos hecho. No nos será fácil ser honrados este año, si el año anterior no lo fuimos. La tentación de violar las leyes morales será casi irresistible en lo futuro, si los estamos violando en la actualidad.

Por otra parte, prepararse para el Reino Celestial es fácil, si uno se sujeta a los planes todo el tiempo. Es decir, es tan fácil para el hombre honrado ser íntegro, como lo es para el pícaro ser corrupto. Le es tan fácil al industrioso ser trabajador, como le es al ocioso ser perezoso.

¿Qué clase de personas son las que siempre se dejan vencer por las tentaciones más leves? Son los que han sido vencidos antes. No podemos imaginar que Jesucristo haya tenido que luchar fuertemente contra las pequeñas tentaciones de mentir, defraudar o engañar. ¿Por qué? Porque nunca se desvió del plan. Cada parte de su vida se ajustaba exactamente a todas las demás partes. Se resolvió de una vez por todas. Siguió el proyecto de su Padre que se había forjado en el concilio de los cielos; lo obedeció toda su vida.

Aun cuando luchaba con todos los problemas en el Getsemaní, dijo:

“Padre, hágase tu voluntad.”

Las sabias instrucciones de su Padre fueron la única orientación de su vida. Nuestras dificultades surgen porque mezclamos algunas de las indicaciones de Lucifer, que es el arquitecto del pecado y el fracaso.

El buen farmacéutico, en cuyas manos se halla la vida de un enfermo, no substituye sin autorización los ingredientes de la receta que está elaborando. ¿Acaso es menos importante nuestra vida eterna? El farmacéutico no se guía por sus propios caprichos; tampoco lo hace el piloto de un avión; tampoco debemos hacerlo nosotros. Tenemos más confianza en el éxito del piloto que sigue instrucciones de la radio todo el tiempo. Tenemos más confianza en el éxito de los hijos de Dios que hacen la misma cosa.

Nuestro viaje al reino celestial es la cosa más importante de nuestra vida. De hecho, es la vida. Nuestra necesidad más apremiante es la habilidad de seguir el proyecto del gran arquitecto y diseñador de nuestra exaltación eterna. Es preciso que lo obedezcamos al pie de la letra y a todo tiempo. Así, llenos de satisfacción profunda, hallaremos que nuestras mansiones en el cielo han sido construidas de acuerdo con el magnífico diseño de Dios, nuestro Padre Eterno.

 

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¿Somos prisioneros de nosotros mismos?

Liahona julio 1959

¿Somos prisioneros de nosotros mismos?

por el élder Sterling Welling Sill

Según las estadísticas, a fines de diciembre de 1957 (este artículo fue escrito en 1959) había un total de 195.414 hombres y mujeres que se hallaban detrás de las rejas de las penitenciarías de los EEUU. Sin embargo, no todos los prisioneros se hallan tras rejas o cercos de hierro. Algunos son prisioneros de su propia maldad. Hay millones de alcohólicos empedernidos en todo el mundo que son prisioneros de una sed fatal impelente y degenerante. El alcohol ha afectado y esclavizado sus apetitos y voluntades. Existe también un número menor que sea enviciado con las drogas y ha creado dentro de sí un apetito tan exagerado por esas cosas, que han perdido el poder de dominarse a sí mismos. En esta condición innatural, mienten, roban, engañan y aun matan a fin de poder continuar esa existencia que hasta para ellos mismos es despreciable. Hay muchos tahúres que se sienten constreñidos a jugar, así como ociosos y pecadores, esclavos de sus debilidades, que carecen de la fuerza para obrar de acuerdo con su propia voluntad.

Algunas personas  son esclavas de “mentes negativas”; otros de “mentes morbosas”; otros de “mentes depravadas”—mentes que solamente ellos son los culpables de haber desarrollado. Una mente depravada puede influir en una persona al grado de causarle que lleve una vida de crimen y degeneración, aun contra su propio criterio.

Solemos oír a personas que dicen: “¿Cómo se me ocurrió hacer tal cosa?” o “¿por qué seré yo así?”

Toda persona tiene la libertad para decidir si ha de convertirse o no en pecadora, pero ninguno de ellos es libre después. Los muros que levantamos contra nosotros mismos son muy fuertes, y es muy difícil escalarlos. Si no creemos que nuestros pecados y malos hábitos pueden efectivamente dominarnos, tratemos alguna vez de deshacernos de unos de ellos. Hace poco una mujer se divorció de su esposo. No quería hacerlo, pero él se había convertido en esclavo de hábitos insoportables aun para él mismo. Por motivo de su situación impotente, ella había perdido toda esperanza. Los dos comprendieron que él había perdido permanentemente la  fuerza para reformarse y que solamente la muerte podría poner fin a sus pecados y miserias.

Pero aun la muerte es impotente delante del pecado, pues aunque la muerte haga cesar los problemas de este hombre en lo que concierne a esta vida, ¿qué sucederá en la eternidad?

Nuestros problemas, igual que nuestras vidas, trascienden los estrechos límites de estado terrenal. Desde luego, el momento más oportuno para salir de esta prisión es hoy mismo. El profeta Amulek proclamó:

“Y como os dije antes, ya que habéis tenido tantos testimonios, os ruego, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin; porque después de este día de vida, que se nos da para prepararnos para la eternidad, he aquí que si no mejoramos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer obra alguna.”

“No podréis decir, cuando os halléis ante esa terrible crisis: Me arrepentiré, me volveré a mi Dios. No, no podréis decir esto; porque el mismo espíritu que posea vuestros cuerpos al salir de esta vida, ese mismo espíritu tendrá poder para poseer vuestro cuerpo en aquel mundo eterno.” (Alma 34:33-34)

Es cosa sumamente seria permitir que seamos esclavizados, ya sea en esta vida o en la venidera. Sin embargo, todos los días las fuerzas malignas están aprisionando a miles de personas y enviándolos a los calabozos del pecado. Todos los días a nuevos enviciados en las drogas, nuevos alcohólicos y nuevos cometedores de toda otra maldad. Igualmente, cada día que pasa tenemos nuevos blasfemos, nuevas personas que se ausentan de las reuniones sacramentales, nuevos casos de falta de honradez, irreverencia, inmoralidad y nuevos transgresores de cada una de las leyes de Dios.

Por otra parte, hay organizaciones contra el alcoholismo, agencias de beneficencia del estado, instituciones correccionales  y educativas, la Iglesia y otras, cuyos miembros dedican sus vidas a ofrecer a estos ‘presos’ la oportunidad para libertarse.

Se ha dicho que “el Señor siempre dispone el remedio antes de la plaga”. Durante aquel gran concilio celestial se organizó una gran misión rescatadora, el objeto de la cual iba a ser efectuar la libertad de los encarcelados, y Jesús fue escogido y ordenado para dirigirla. Y en esa época Él era conocido por su título máximo de “Salvador”. Sacrificó su vida terrenal a fin de redimirnos del pecado y la muerte, y entonces pasó los linderos de esta vida y continuó su obra rescatadora en el mundo de los espíritus.

Isaías habla brevemente de dicho grupo en estas palabras:

Y serán amontonados como se amontona a los encarcelados en una mazmorra, y en prisión quedarán encerrados y serán visitados después de muchos días.” (Isaías 24:22)

Hablando por el Señor, dice este mismo profeta en otro lugar:

El espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ha ungido Jehová para proclamar buenas nuevas a los mansos; me ha enviado a vendar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos y a los prisioneros apertura de la cárcel.” (Isaías 61:1)

Una de las instrucciones más frecuentes del presidente George Albert Smith fue que nos conservásemos “de este lado de la línea del Señor”. Aquellos que fueron desobedientes en los días de Noé no habían obedecido este prudente consejo. Se habían pasado de aquel lado de la línea al territorio de Satanás, y como consecuencia habían sido apresados.

Dice el apóstol Pedro:

Porque también Cristo padeció una  sola  vez  por  los  pecados, el justo por los  injustos,  para  llevarnos  a  Dios,  siendo  a  la verdad muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu.”

“En el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados.”

“Los que en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, a saber,  ocho, fueron salvadas por agua.” (1 Pedro 3:18-20)

Es provechoso tratar de entender las consecuencias del pecado según se manifiesta en la vida de este grupo particular. En primer lugar, se rebelaron contra Dios y entonces fueron destruidos por las aguas. Por último, estuvieron encarcelados muchos largos años hasta que Jesús llegó a ellos a la cabeza de esta admirable misión rescatadora. Consideremos lo que deben haber padecido en términos de sufrimiento mental, remordimiento de la conciencia, inconveniencia, pérdida de tiempo y el atraso considerable en el progreso y felicidad eternos. Si una condena de sesenta días en una cárcel ordinaria es asunto de gravedad, imaginemos el remordimiento y pérdida consiguientes al encarcelamiento y reforma de un espíritu inmortal.

Durante el concilio celestial se organizó una gran misión rescatadora, y Jesús fue escogido y ordenado para dirigirla. La experiencia de Lucifer mismo indica la inutilidad y permanencia de los efectos del pecado. En un tiempo Lucifer ocupaba una posición elevada en los concilios de Dios. Era el esclarecido Hijo de la Mañana hasta que la rebelión afectó su mente, y él y sus adherentes trajeron la condenación sobre sí mismos. Esta es una situación mucho más grave que la maldición del alcoholismo. Si es cosa desagradable poseer y difícil de cambiar una “mente depravada”,

¿qué será tener una “mente condenada”?

La mujer de quien hablé abandonó a su esposo porque había perdido toda la esperanza en su habilidad para rehabilitarse. Supongamos que Dios pierda la esperanza en nosotros. El poeta Dante imaginó que a la entrada del infierno se encuentra esta terrible inscripción: “Dejad toda esperanza, vosotros que entráis”.

¿Nos hemos imaginado alguna vez lo terrible que sería estar condenados a prisión perpetua sin esperanza? Las Escrituras hablan de “las tinieblas de afuera”, “castigo eterno” y “destierro de la presencia de Dios”. También dicen que a “donde Dios y Cristo moran (los malvados) no pueden venir por los siglos de los siglos”.

La más devastadora de todas las emociones humanas es la sensación de estar uno solo, de que nadie lo quiere, de estar perdido. Ahora pensemos en aquellos que actualmente ponen en peligro sus bendiciones aventurándose del otro lado de la línea. Un solo cigarrillo o un solo pensamiento malo pueden poner en marcha el alma humana por el camino del cual uno nunca vuelve, porque aun es cierto que “la jornada de mil kilómetros empieza con el primer paso”.

Pensemos luego en los millones adicionales de personas que habrían quedado perdidas eternamente si no hubiese sido por esta divina misión rescatadora encabezada por el Redentor.

Este “rescate” es la esencia de la misión de Cristo, así en este mundo como en el mundo de los espíritus. En ambos lugares su obra consiste en librar a los ‘presos’ de sus ‘prisiones’; dar libertad a los cautivos que han perdido la capacidad de ayudarse a sí mismos.

Nosotros hemos formado nuestras filas de este lado de la línea del Señor. Nuestra responsabilidad primera y más importante es impedir que el pecado llegue a nosotros. Nuestra segunda responsabilidad es libertar a otros. En los escritos de Isaías leemos lo siguiente: “Yo Jehová te he llamado… para que abras los ojos de ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas.” (Isaías 42:6-7)

Los que trabajan en las sociedades contra el alcoholismo saben que hay muchas víctimas que no pueden efectuar su propia reforma. Necesitan la ayuda de uno que no sea víctima de este mismo vicio. En igual manera, en la obra del Señor se necesitan hombres y mujeres, peritos en su profesión de ayudar a efectuar la exaltación humana. Así como Jesús, estos hombres y mujeres deben ser “vivificados en espíritu”. También deben “vivificarlos” la preparación, inspiración, entendimiento, entusiasmo y el deseo de salvar. Todo misionero, maestro de la Escuela Dominical o maestro orientador “vivificado” en esta forma, puede llegar a ser parte de esta maravillosa misión rescatadora dirigida por el Hijo de Dios.

A veces un cordero, en busca de pasto, inopinadamente se extravía de la vista del pastor sin la menor intención. A veces, un hijo de Dios descuidadamente también puede pasarse de otro lado de la línea. Es en esto donde se manifiesta nuestra habilidad para dirigir; en la prontitud y habilidad con que emprendemos el rescate.

Alcanzamos los honores más altos cuando nos convertimos en “salvadores en el monte de Sión”, y la única forma en que se llega a ser salvador es por salvar a alguien. Esto usualmente significa que se precisa “invadir” el territorio enemigo y alcanzar a nuestros amigos con nuestro conocimiento y fe en tal manera que se encarrilarán de nuevo en la vía que conduce al reino celestial. La habilidad para hacer esto eficazmente es probablemente la realización humana de mayor valía. Es una habilidad difícil de desarrollar, porque se hace necesario cambiar los hábitos que la gente ha cultivado por muchos años. Es menester hacer que la influencia de Cristo afecte sus vidas en forma directa y eficaz.

Jesús dijo:

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:32)

La verdad tiene mayor eficacia aún, cuando el que la lleva posee una amistad genuina junto con un interés personal sincero, y especialmente cuando hace muchas visitas individuales e instructivas a los prisioneros. Un misionero amigable y capaz que tiene experiencia puede influir en las vidas de los que son prisioneros de la ignorancia o esclavos de la indiferencia y el letargo, y efectuar su reforma.

Es posible desarrollar mucha habilidad en este respecto. El Presidente John Taylor decía que “no hay persona quien no se puede conmover, si la persona correcta busca la manera debida de acercarse a ella”.

Este “rescate” es la esencia de la misión de Cristo, así en este mundo como en el mundo de los espíritus.

Pero se hace necesario que podamos discernir las oportunidades en los obstáculos, no los obstáculos en las oportunidades.

Tenemos un mensaje admirable, pero también debe haber un mensajero admirable. Antes que podamos convertir a otros, nosotros mismos tenemos que estar convertidos. Para poder hacer que otro piense debidamente, nosotros mismos debemos ser pensadores. Jamás puede haber un gran mensaje sin un gran mensajero.

Hubo algunos espíritus encarcelados que el Señor visitó, y hay algunos que nosotros podemos visitar. Algunos son prisioneros de la ignorancia; otros, de la desobediencia, la desidia o la indiferencia. Hacen falta mensajeros para que efectúen el “rescate” e influyan en las vidas de las personas antes que el pecado ligue tan fuertemente sus almas que será imposible rescatarlos.

Hace poco, en una conferencia de estaca, uno de los oradores mencionó que en su juventud el Presidente. David O. Mckay le había puesto la mano sobre el hombro. Nunca lo había olvidado. Dijo: “El Presidente. McKay me tocó.”

Hay muchos que pueden decir la misma cosa del Presidente. McKay. Sin embargo, él no solamente toca a la gente con sus manos; también influye en ellos con su ejemplo, su espiritualidad y su fe, y hace que vengan de este lado de la línea del Señor.

La obra de mayor valía en el mundo es influir en la vida de la gente con el espíritu del evangelio. Para aquellos que lo hacen se cumplirá la gran promesa cuando “el Rey dirá a los que están a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo:

Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis.”

“Estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí.” (Mateo 25:34-36)

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El don de interpretar

Liahona junio 1959

El don de interpretar

por el élder Sterling Welling Sill

En una ocasión se preguntó a un hombre muy erudito cuál de las traducciones de la Biblia le agradaba más. Respondió que de todas, la que más le satisfacía era la interpretación de su madre. Esta mujer había interpretado la Biblia mediante su propia vida. Esta es la interpretación que realmente es de importancia. Para este hombre de erudición, la Biblia parecía cobrar más importancia según se manifestaba en la personalidad, fe y conducta diaria de su madre. Vio aquella a quien más reverenciaba en esta vida, arrodillada delante del ser más reverenciado del cielo. La vio vivir de acuerdo con los preceptos de la Biblia.

El espíritu del libro era el de ella. Era la representante visible del mensaje y actitud de la santa palabra escrita. Y ese mensaje penetró con inmensa fuerza en su propio corazón.

Un discípulo fiel del Maestro sabrá interpretar las ideas de un idioma a otro, pero hay otros que saben interpretar las palabras de las Escrituras en hechos, y espíritu del evangelio en sus corazones. Hay algunos directores ilustres que pueden tomar las verdades eternas y actividades religiosas, y tornarlas productivas en su vida.

Uno de nuestros problemas más grandes consiste en tomar al cristianismo de las Escrituras e implantarlo en la gente, particularmente en nosotros mismos. Debemos tener la habilidad para interpretar el espíritu y la vida del Maestro en efectuación real, donde estará alcance de otros. “La única Biblia que algunas personas leen es la Biblia de nuestras propias vidas.” ¿Qué significado más benéfico puede darse al término interpretar, que concebirlo como el acto de trasladar las ideas más importantes de la página impresa a nuestra conducta diaria? ¿O qué fracaso mayor puede venir a nosotros que tener un libro o una mente llena de planes e ideas maravillosos, ninguno de los cuales jamás se ha manifestado en nuestros asuntos diarios?

Se afirma, para vergüenza nuestra, que muchos cristianos son únicamente “cristianos” bíblicos, con lo que dan a entender que el cristianismo permanece mayormente en la Biblia y sólo una parte muy pequeña entra en nosotros.

Algunos se concretan a un cristianismo que es meramente verbal, pero el cristianismo que se limita a la página impresa o a una mera expresión oral, no tiene mucho valor práctico. Por cierto, a menudo es pecado, pues “la mayor blasfemia no consiste tanto en hablar palabras profanas, como en prestar servicio únicamente de boca”. Refiriéndose a los que son como el hijo del señor de la viña que dijo: “Sí, señor, voy”, y no fue, el Señor declaró: “De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios.” (Mateo 21:30-31)

Uno de nuestros mayores defectos es nuestra incapacidad para dar una aplicación práctica a las ideas grandes. Hay algunas personas que pueden escuchar un mensaje inspirador sobre el evangelio sin sentir mucha emoción. Hay algunos que pueden pisar lugares santos sin sentir el deseo de quitarse los zapatos. Aun puede haber algunos que leen la Biblia de cabo a cabo, y luego siguen con sus asuntos usuales como lo hacían antes, sin ningún cambio notable en su actitud, conducta o devoción. Hay algunos que pueden ser sumamente eficientes en su trabajo diario, mas carecen de la habilidad para desempeñar la obra del Señor eficazmente.

Sin embargo, hay algunos que, al igual que la madre del hombre instruido, han desarrollado la habilidad para tomar las ideas e interpretarlas en actitudes, actividades y santidad.

Respondió que de todas, la que más le satisfacía era la interpretación de su madre. Esta mujer había interpretado la Biblia mediante su propia vida

Pueden utilizar la habilidad con que desempeñan el trabajo del mundo tan eficazmente y darle mayor eficacia aun cuando se trata de llevar a cabo la obra del Señor.

Aparte de “traducir de una lengua a otra”, los diccionarios dicen que interpretar es “entender o tomar en buena o mala parte una acción o palabra; atribuir una acción a determinado fin; ejecutar”.

Decimos que un artista interpreta bien su papel, es decir, tiene la habilidad de trasladar lo escrito al hecho.

El mismo concepto podría aplicarse a una idea, pero sucede que la mayor parte de las ideas mueren por el camino. Raras veces salen con vida al pasar por el procedimiento de ser trasladadas o interpretadas en hechos.

A Oliverio Cowdery le prometió: “Y he aquí, si lo deseas de mí, te concederé un don para traducir, igual que mi siervo José.” (Doctrinas y Convenios 6:25) Sin embargo, esta habilidad para hacer que las ideas sobrevivan los primeros pasos de su metamorfosis, a fin de que lleguen a convertirse en fe y hechos, es la cosa de valor verdadero.

La religión efectiva consiste en hacer que las ideas y  los sentimientos crucen la frontera de la utilidad y sean de valor en otras vidas. Esta destreza es también una de las sumamente importantes características de la habilidad para dirigir.

La obra principal de un buen director es ver que esta aptitud para interpretar se desarrolle completamente y se utilice con eficacia.

En varias partes de las Escrituras se usa la frase “el don de traducir”. El Señor dijo que José Smith habría de ser llamado traductor.

Por supuesto, el don al que se refiere aquí es traducir de un idioma a otro. Pero hay otro don de traducir; es el de interpretar el idioma en sensación y la sensación en acción y la acción en efectuación. Los buenos directores más que cualquier otro, deben poseer esta habilidad.

El conocimiento, fe y determinación de los que dirigen puede interpretarse en gloria eterna para aquellos que son dirigidos. La palabra del alcanza su mayor utilidad solamente cuando se interpreta en actividad y santidad efectivas.

Sin embargo, podríamos llamar intérpretes a los hombres del mundo que se han destacado en varios campos. Jaime Watt interpretó la idea de una tetera de agua hirviendo en una potentísima máquina de vapor. Una araña que tejía su tela fue lo que inspiró a un ingeniero para construir uno de los puentes colgantes más notables.

Se dice que mientras partía el cascarón del huevo cocido que iba a comer como desayuno, le vino a Brigham Young la idea que interpretó en el techo ovalado del Tabernáculo de Salt Lake City, que se sostiene sin necesidad de pilares.

Los inventores, escritores, pensadores y directores más destacados son aquellos que pueden adaptar las mejores ideas del mayor número de fuentes, y hacerlas fructificar en su propio trabajo. El que intenta fundar su éxito en sus propias ideas originales, tiene enfrente un obstáculo insuperable. Hallamos una ilustración de esta idea en la conversación que sostuvieron el inventor Thomas A. Edison y el gobernador del estado de Carolina del Norte.

El gobernador estaba felicitando al señor Edison por ser un inventor tan notable.

  • Pero no soy un gran inventor— decía Thomas Edison.
  • ¿No existen más de mil patentes de invención en su nombre?

Es cierto, pero la única invención que puedo decir que es netamente mía, es el fonógrafo.

No le entiendo— dijo el gobernador.

Soy como una esponja— explicó Edison. Absorbo las ideas de cuanta fuente puedo, y entonces todo lo que tengo que hacer es darles un uso práctico. Las ideas que empleo son principalmente de personas que no saben desarrollarlas ellas mismas.

Esta es una de las cualidades de un gran inventor. A la misma vez, es una de las cualidades de un gran director. Esto se aplica particularmente a los que obran en la Iglesia.

Si un profesor no estuviese familiarizado con los métodos e ideas de la pedagogía moderna, no gozaría de mucha estimación. También buscamos maestros que estén familiarizados con los estudios de las más destacadas escuelas de educación. No obstante, el buen maestro también necesita saber tomar las experiencias comunes de todos los días e interpretarlas en carácter, ambición y justicia como lo hizo “el gran Maestro”.

El propio Jesús fue el intérprete consumado. Tenía la mayor habilidad para utilizar con sumo beneficio todas las cosas que veía a su alrededor. El sistema de enseñanza más prominente que usó fue la parábola. Propiamente podríamos colocar todas sus parábolas bajo un solo encabezamiento, a saber, interpretación. Empleaba las ideas que la gente entendía a fin de aclarar las verdades que El deseaba que comprendieran mejor.

Por ejemplo, refirió la parábola del sembrador a un grupo de personas que estaban familiarizadas con el trabajo de campo. Les indicó que no debían sembrar su semilla en terreno duro y seco, ni permitir que las espinas ahogasen a las plantas tiernas una vez que empezaban a crecer. Esta idea con la cual ya estaban familiarizados, se interpretó fácilmente para que la utilizaran en la fomentación de sus propios intereses espirituales.

Basándose en la experiencia de hijo pródigo, del buen Samaritano y las  vírgenes  fatuas,  enseñó  con  profundos  resultados.  Jesús transformaba las cosas más comunes en algo ennoblecedor y hermoso.

En Él hallamos el mejor ejemplo del director verdaderamente grande, y debemos seguir Su ejemplo de aprender de las cosas que están más cerca de nosotros. Cuanto más capaz el hombre, tanto más aprende de las cosas que lo rodean. Sin embargo, la instrucción es de poco valor a menos que se le pueda dar una aplicación práctica.

Para aquellos que pueden ver más allá del propio acontecimiento, hay “lenguas de árboles, libros en los arroyos corrientes, sermones en las piedras y lo bueno en todas las cosas” (Shakespeare)

Si carecemos de los pensamientos y corazón de un intérprete, quizá no veremos sino piedras, y pasaremos por alto los sermones.

En Jesús hallamos el mejor ejemplo del director verdaderamente grande, y debemos seguir Su ejemplo de aprender de las cosas que están más cerca de nosotros.

Si pensamos como el intérprete, se multiplica en nosotros el beneficio aun de las experiencias comunes.

Nos une a otros eslabones importantes de la cadena de los pensamientos constructivos.

Todo viento ayuda al barco a llegar a su destino, si las velas se disponen correctamente.

San Pablo dijo:

. . . Para los que aman a Dios, todas las cosas obrarán juntamente para su bien. . .” (Romanos 8:28)

Podemos aprender de todas las cosas si tenemos los ojos abiertos y disponemos nuestras velas para aprovecharlas. De esta manera, toda experiencia puede llegar a ser para nuestro bien. La enfermedad es tan importante como la salud; la muerte, igual que el nacimiento, es parte del plan divino; la noche es tan necesaria como el día; el trabajo nos beneficia tanto como el descanso.

Unos hechos nos enseñan lo que podemos evitar; otros, lo que debemos hacer. Una personalidad eficaz, bien ajustada y estable toma todos estos incidentes y los interpreta en actitud, destreza, hábitos, devoción y otras cualidades de la habilidad para dirigir felizmente.

Nos es posible lograr en el campo de la habilidad para dirigir lo que los alquimistas antiguos no pudieron lograr en el campo de la metalurgia. Por muchos años los alquimistas intentaron transformar en oro y plata los metales más corrientes, como el hierro y plomo. Por supuesto, tenían que fracasar en esto.

Pero hay una especie de alquimia espiritual que nos garantiza un éxito extraordinario. Pues si lo deseamos sinceramente y obramos vigorosamente con la disposición correcta, podemos lograr la habilidad para interpretar cada una de nuestras experiencias en una cosa buena.

En una de sus novelas, Nathaniel Hawthorne relata la historia de un jovencito que todos los días contemplaba y admiraba las nobles facciones y bondadosas características de una imagen natural de piedra que se hallaba en el costado de la montaña. Y cada día más y más se parecía a la imagen que miraba, no sólo en cuanto a rasgos de personalidad, sino en características físicas. Este joven tuvo la facultad de interpretar para su propio beneficio las nobles cualidades que identificó y admiró en la montaña. Por medio de su propia vida, trajo estas virtudes al alcance de otros.

Lincoln hizo la misma cosa. En su niñez y juventud se dedicó a leer buenos libros. El más importante de éstos, fue la Biblia, la cual de allí en adelante siempre podía identificar como parte de su carácter.

La Biblia relata que el manto de Elías cayó sobre Eliseo. El manto de José Smith cayó sobre Brigham Young. Tenemos la responsabilidad de ver que el manto de la dirección caiga sobre nosotros. El Señor nos dará el poder de ser buenos directores si tan solamente aprovechamos las grandes lecciones que nos rodean.

Los alquimistas intentaron transformar en oro y plata los metales más corrientes, como el hierro y plomo. Por supuesto, tenían que fracasar en esto. Pero hay una especie de alquimia espiritual que nos garantiza un éxito extraordinario.

Una parte muy importante de nuestra preparación es desarrollar y utilizar este don y facultad para interpretar. Con toda experiencia y toda idea debemos decirnos: ¿Cómo me ayudará esto en la obra del Señor? ¿En qué forma puedo desarrollar esto para desarrollar mi fe y actitud? ¿Cómo puedo utilizar para salvar almas, los principios de mi éxito como maestro y negociante?

El que es digno de ser director en la Iglesia tiene la responsabilidad de ver que cada miembro bajo su cuidado se prepare para el reino celestial. Esto causará que nuestro don de interpretar rinda el beneficio mayor.

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