La luz verdadera

Liahona marzo 1962

La luz verdadera

por el élder Sterling Welling Sill

En su libro ‘My Colonel and his Lady’, el autor Archibaldo Rutledge nos cuenta una interesante experiencia que tuvo, cuando era joven, en uno de los pequeños puertos del río Santee, en Carolina del Sur. Había allí una vieja balsa llamada Foam, piloteada por un anciano hombre de color. La balsa estaba siempre sucia, malamente conservada y con un olor nauseabundo. Pero un día en que el doctor Rutledge se llegó hasta el río, encontró a la balsa totalmente transformada. Estaba limpia de proa a popa. Brillaba y centellaba todo a la luz del sol. Los bronces del barco habían sido lustrados hasta quedar como espejos. El agua siempre estancada debajo de los asientos había sido agotada totalmente, y la cubierta había sido fregada madera por madera. No menos milagrosa era la transformación del mismo negro capitán, quien estaba brillante e inmaculado. Su cara refulgía; sus ojos chispeaban. Estaba sentado a la rueda del timón del Foam con una Biblia sobre su falda.

Cuando el doctor Rutledge le preguntó a que se debía tan maravillosa transformación, el viejo capitán dijo: ‘Ahora veo la luz’. En la mente del capitán bullían nuevas ideas y grandes aspiraciones corrían por sus venas. Tenía ahora la gloria de una mente iluminada, la gloria de una personalidad animada. La religión había tocado en él los lugares apropiados. La evidente transformación del barco no era sino la manifestación de un más importante cambio experimentado por su capitán. Su ocupación en sí no había cambiado: él era aún un capitán de balsa. Pero ahora el mejor comandante a todo lo largo del río Santee. En adelante, cualquier cosa que hiciere indicaría su propio cambio de vida. Su trabajo indicaría su grado de gloria.

Pero la historia del negro capitán de barco es, en cierto modo, la historia de todo hombre, porque todo hombre manifiesta su grandeza por medio de su trabajo. Si no es grande lo que hace, él mismo no es grande. ‘Ningún hombre puede tener un grande y noble carácter mientras esté comprometido en un mísero o lastimoso empleo, pues no importa cuál sea la faena del hombre, su carácter está relacionado a ella’. No podemos tener gloria mientras haya agua estancada debajo de nuestros bancos de trabajo, tengamos una actitud agria hacia la vida o padezcamos de un caso de fatiga crónica.

El término “gloria” puede tener diferentes significados para diferentes personas en diferentes circunstancias. El diccionario define a la gloria como la “condición resultante del más alto logro, el mayor grado de gozo, satisfacción, esplendor, magnificencia, resplandor”. La gloria es representada en el arte por un halo de luz sobre la cabeza de alguna persona. Pero en nuestro servicio en la Iglesia y en la vida misma, ese halo no está sobre la cabeza –está en ella, en nuestro corazón, en nuestros hábitos, dentro de nuestro sistema nervioso.

No debemos esperar a vivir en el mundo venidero para pensar en la gloria. Si queremos ser grandes en el cielo, debemos comenzar por ser grandes aquí. Si vamos a ser mejores después, debemos empezar a serlo ahora. Podemos no saber nada de la gloria en la eternidad, pero podemos entender la gloria que el viejo capitán de balsa tenía. Esa es la clase de gloria que ayuda a realizar las cosas. Brilla a través de nuestros ojos y se manifiesta por medio de nuestras manos. Llega a ser la parte de la preparación, la labor y la presentación de nuestras lecciones. Necesitamos aprender a vivir con gloria. Ello nos ayudará a transformar nuestras vidas. Nos ayudará a ‘nacer de nuevo’. Entonces, las confusiones, indecisiones y frustraciones usuales no nos molestarán tanto. Y el cansancio será desterrado de nuestras vidas. Viviremos luego más allá de las distracciones y problemas que ofrecen las cosas ordinarias.

Así como las condiciones del Foam eran una mera expresión de las de su capitán, también la manera en que hacemos nuestra obra como maestros orientadores, o presentamos nuestra lección en la Escuela Dominical, o como desempeñamos nuestras funciones administrativas de nuestra oficina en la Iglesia, será expresión de lo que somos.

No podemos mejorar nuestra situación a menos que primeramente nos mejoremos a nosotros mismos. El éxito no puede  ser encontrado en Nueva Cork, El Cairo o en alguna isla del Pacífico, sino en nosotros mismos. En nosotros mismos es donde podemos encontrar las cosas más importantes. No importa en realidad qué hay detrás de nosotros o delante de nosotros. Lo más valioso es lo que hay dentro de nosotros. Es muy importante que la Iglesia esté dentro de la gente.

Jesús dijo: ‘El Reino de Dios está entre vosotros’. Al decir esto, se dice que quiso significar entre nosotros refiriéndose al “lugar”. Pero si Él se refería a una condición entonces quiso decir que el reino de Dios está en o dentro de nosotros. El mejor camino para lograr entrar en el reino de Dios es teniéndolo primeramente en nosotros.

Las palabras del Himno de la Batalla de la República nos dicen que:

Fue allende de los mares Que el rey Jesús nació Y con gloria tan sublime Que la luz a todos dio…

Esta canción fue escrita para los soldados de la Unión durante la Guerra Civil de los Estados Unidos de Norteamérica y se dice que el efecto que produjo en el alma de ellos equivalió al refuerzo que cien mil hombres más hubieran significado.

La gloria transfigura a las gentes. Transforma gentes en circunstancias. La gloria da una vigorosa y positiva actitud mental. Da vitalidad de propósito. Desplaza la fatiga y asegura el triunfo. Un obrero de la Viña si está cansado es porque no tiene suficiente interés en lo que está haciendo o tiene que hacer. En el deporte, nunca perdemos el interés cuando vamos a la cabeza. No nos cansamos cuando estamos ganando. Si el trabajo del Señor nos resulta algo aburrido y sentimos ciertos deseos de retirarnos a descansar, no nos demos por vencidos. Todo será cuestión de arrepentirnos y mejorar. Aprendamos a trabajar más dura y efectivamente, si queremos luego descansar. Nos fatigamos generalmente cuando nos quedamos atrás o cuando nuestra carga resulta demasiado pesada en relación a nuestro ánimo de transportarla. La solución no sería una carga más liviana, sino un mayor poder. Ello nos indica la necesidad de aprender cómo vivir mediante un voltaje mayor.

Alguien dijo que no quería poseer una religión sino que prefería una religión que lo poseyera. Cuando Dios creo al hombre a su propia imagen, lo dotó de un conjunto de atributos de manera que ‘cada hombre lleve dentro de sí las mismas cosas que busque’. Si buscamos una gran fe, sólo debemos mirar dentro de nosotros mismos. El Creador ya ha plantado en nosotros la semilla de la fe, esperando que sepamos como cultivarla y hacerla crecer. Si necesitamos coraje, miremos dentro de nosotros mismos. Si buscamos una mayor fuerza, recordemos que Dios nos ha dado potencialidad de su omnipotencia, pero que nosotros mismos debemos hacerla madurar.

Se ha dicho que cada uno tiene dos creadores: Dios y un mismo. El doctor Alan Stockdale nos llama la atención hacia el hecho de que Dios dio al hombre casi sin terminar para que él y descendientes lo trabajaran. Dejó la electricidad aún en la nube, el petróleo aún en la tierra. Dejó los ríos sin puentes, los bosques sin talar y las ciudades sin construir. Dios desafió al hombre dejándole materia cruda y no fáciles cosas ya terminadas. Le dejó cuadros sin pintar, música sin escribir y problemas sin resolver, para que el hombre pudiera experimentar el gozo y la gloria de crear. “Dios ha provisto el granito pero no esculpe las estatuas ni construye las catedrales sino por la mano del hombre”.

Dios ha dejado también en el mundo al hombre mismo sin terminar. Es decir, la creación del hombre no fue completada en el Jardín de Edén hace seis mil años. La creación del hombre es algo que aún continúa, ahora mediante el hombre mismo. Actualmente el hombre está creando el entusiasmo, la fe, el entendimiento y la devoción que determinarán su futuro en la eternidad.

Las grandes bendiciones de nuestra vida vienen vestidas de en ropas de trabajo, reclamándonos, como el austero soldado romano, que caminemos con ellas la dura milla. La ley antigua otorgaba a los soldados romanos la autoridad de obligar a cualquiera en su camino a llevar sus cargas personales por una milla. Pero Jesús no se detuvo allí. Él dijo: Cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.” (Mateo 5:41) Hacer más de lo que se espera de nosotros es uno de los mejores caminos hacia la gloria. La gloria desplaza las compulsiones de la vida y llena nuestros corazones de alegría. Produce una fuerza desconocida y una inesperada satisfacción. La gloria suaviza el entrecejo de nuestra cara, quita la fatiga de nuestro cuerpo y hace de la segunda milla una jornada placentera. La gloria nos hace desear que el día tenga más horas para seguir trabajando en la Obra del Señor. La gloria transforma en placer toda obligación. Nos hace capaces de decir al mundo, como Jesús: ‘Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis’ (Juan 4:32).

Fregar la cubierta de una vieja balsa, puede resultar penoso para algunos, pero nada es difícil cuando tenemos una gloria. Andar una milla por obligación puede ser tan fastidioso hasta agotar nuestras fuerzas. Pero caminar dos millas nos proporcionaría verdadero solaz si tuviéramos el ánimo que la gloria da. Es entonces cuando cantaríamos a viva voz aquel hermoso himno que dice:

Tenemos placer en servirte, A ti, nuestro gran Bienhechor…

Fracasar en la obtención de la gloria, es fallar en hacer nuestra parte para que el trabajo en la Iglesia resulte ser una fascinante obra de amor. Y es carecer de la gloria aquella que cantó el Salmista: ‘Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra’ (Salmos 8:5). Es nuestra la tarea de desarrollar esa gloria con la cual hemos sido coronados. Es una gran cosa vivir con la clase de gloria que lo transforma todo y nos ayuda a realizar los trabajos del Señor en una forma jamás hecha.

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El filo de la navaja

Liahona febrero 1962

El filo de la navaja

por el élder Sterling Welling Sill

Hace algunos años se exhibió en casi todos los cines del mundo, la película «El Filo de la Navaja», basada en la novela de W. Somerset Malignan. El tema del libro giraba en torno a la idea de que la línea que separa al fracaso del éxito, es tan fina como el filo de una navaja.

Una de las mejores ilustraciones de esta verdad, la encontramos en el proceso mismo de la filmación de dicha película. Había ocho actores principales y ocho «dobles», es decir que cada uno de los actores tenía un sustituto que haría los más duros, difíciles y agotadores trabajos. Después que la cinta fue terminada, la revista Life publicó las fotos de los ocho principales intérpretes en una página y las de los ocho «dobles» en otra. El «doble» de Tyrone Power, por ejemplo, fue Thomas Noonan, un compañero íntimo suyo. Ambos habían ido juntos a la escuela. Tenían casi el mismo tamaño e igual inteligencia; estaban vestidos en forma idéntica y eran bastante parecidos entre sí. Una notable similitud había también entre cada uno de los otros actores y sus respectivos «dobles». Pero en un sentido, no eran similares. Los salarios percibidos por los actores principales, totalizaron la suma de 480.000 dólares, mientras que los «dobles» alcanzaron, en conjunto, a 6.534 dólares. Los principales eran sólo un poquito mejor, pero percibieron una compensación setenta y cinco veces mayor que sus sustitutos.

Vemos también este principio ilustrado de igual manera, cada día de nuestra vida. En el deporte, por ejemplo, ser sólo un poquito mejor que otros, lo hace a uno campeón. En las grandes ligas de béisbol, un bateador de 350 gana 3.000 dólares mensuales, mientras que uno de 250 gana sólo 300 dólares por mes. Aquél, el campeón, es el que obtiene la primera base tres veces y media de cada diez intentos; el bateador de 250, dos veces y media de cada diez. El campeón tiene éxito sólo una vez más que éste. Quizás éste pega mejor, pero no corre tan rápido como aquél. El margen de diferencia es tan pequeño como «el filo de una navaja» pero ¡cuán tremenda es la diferencia en el resultado!

Este mismo principio está continuamente operando en todo éxito, tanto en el trabajo en la Iglesia como en la vida privada. Frecuentemente vemos a dos hombres con habilidades tan idénticas que no podríamos establecer diferencia alguna; y sin embargo uno de dos llega a ser «astro» y el otro un «doble». Uno de ellos es nada más que en poquito más atento, un poquito más constante, un poquito más puntual, un poquito más leal, un poquito más fiel, un poquito más industrioso. Dedica unos pocos minutos más cuando prepara una lección y un poquito más de tiempo en planearla. Pero ¡cuán tremenda es la diferencia en el resultado!

Alguien ha hecho resaltar la magia que puede encerrar un simple «diez por ciento». Un hombre de 1.75 de estatura es considerado un individuo común. Pero si le restamos el diez por ciento, tendremos un pequeño hombre de menos de 1.60. En cambio, si en vez de sacarle, le aumentamos ese diez por ciento, tendremos un gigante. Cambios comparables se producen cuando sustraemos o sumamos un «diez por ciento» a nuestra diligencia, a nuestra perseverancia o a nuestro entusiasmo. Ese «diez por ciento» hace la diferencia entre un enano y un gigante. Como resultado de esto, descubrimos uno de los más grandes secretos para el éxito en nuestra habilidad para dirigir. Un director sobresaliente es aquél que hace lo mejor que puede y entonces le agrega un diez por ciento. Es aquél que aspira un diez por ciento más alto, que trabaja un diez por ciento más duramente y que persevera un diez por ciento más de tiempo.

Sobre las paredes de la Biblioteca del Congreso, en Washington (EE.UU.), hay una inscripción que dice: «Apunta demasiado bajo quien apunta más abajo que una estrella.» Si esto es verdad en cuanto a un éxito ordinario ¿qué podríamos decir cuando está en juego el reino celestial? El éxito más insignificante llega a ser entonces importante. Pensemos qué pasaría si cada uno de nosotros elevara su objetivo un 10 o un 20 por ciento. Pensemos cuáles serían los resultados en la eternidad.

Supongamos que perdemos el reino celestial sólo por un margen comparable al del filo de una navaja. No será mucha la diferencia, pero cuán importante puede llegar a ser para la eternidad. Generalmente logramos todo lo que nos proponemos; de ahí que podríamos decir entonces que «no es malo fracasar, pero sí lo es el tener bajas aspiraciones.

El 6 de octubre de 1955, un avión de la compañía «United Airlines» se estrelló en una montaña del estado de Wyoming, perdiendo sus vidas 65 personas en el accidente. El piloto iba volando a 4.000 metros de altura. Si hubiera ido a 4.020 metros, tal desastre hubiera podido ser evitado y 65 personas hubieran conservado sus vidas.

¡Qué diferencia para esas personas y sus familiares hubieran producido unos pocos metros más de altura!

Esto es igual en cuanto a nuestro éxito. Frecuentemente volamos lo suficientemente alto como para no dar con la corja de los árboles. Tratamos de hacer sólo lo suficiente como para «pasar», y eso es todo lo que la mayoría de nosotros logra, mientras que sólo un poquito más de esfuerzo, un poquito más de determinación, nos colocaría en los grandes equipos del éxito en nuestra habilidad para dirigir.

El Duque de Wéllington dijo una vez a ciertos soldados franceses que los soldados británicos no fueron más bravos, sino que habían logrado mantener su valentía por cinco minutos más que ellos. El famoso ex-Campeón de peso pesado, Jim Corbett, decía que el secreto del éxito consistía en aguantar un «round» más.

Una de las más grandes lecciones sobre el éxito enseñadas por el Maestro, fue la de caminar una milla más, hacer un poco más y hacerlo con un poquito más de fe, un poquito más de energía, un poquito más de devoción. Y si hacemos esto, nos veremos convertidos, de «dobles», en «astros» o «estrellas». Los resultados son tremendos, aunque la diferencia sea tan fina como el «filo de la navaja.»

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El fuego y nuestra habilidad para dirigir

Liahona enero 1962

El fuego y nuestra habilidad para dirigir

por el élder Sterling Welling Sill

Una parte de la literatura de nuestra era consiste en lo que ha dado en llamarse “ficción práctica”. Tenemos fábulas, mitos, cuentos, etc., que ayudan a ilustrar ideas, enseñan principios e inducen a la acción. Por ejemplo, aprendemos mucho de la famosa fábula de la liebre y la tortuga. El cuento de los hombres ciegos y el elefante, nos provee también de una buena enseñanza. Los caracteres puramente ficticios de Shakespeare y de Dickens, pueden ser de mucha utilidad para el desarrollo de nuestros razonamientos y actitudes. El proceso de la enseñanza se simplifica cuando usamos un énfasis particular, figuras interesantes y expresiones de significado oportuno, que hagan más clara la idea. Durante la Guerra Civil de los Estados Unidos de Norteamérica, cierto general fue apodado ‘Stonewall’ Jackson (stonewall, en inglés, significa “muro de piedra”). Este alias nos ayuda a imaginar la apariencia y aún la personalidad del general en cuestión. Shakespeare logra expresar ampliamente sus ideas por medio de frases pintorescas y su sorprendente locuacidad. Nos vemos a nosotros mismos en el programa cuando dice: “Él mundo entero es un escenario”. Este uso de palabras en un sentido no literal, a veces ayuda a dar belleza, realce y significado a las ideas.

Los griegos en la antigüedad alcanzaron una cultura muy significativa y crearon una colorida literatura, en gran parte de la cual asignaron una personalidad a las fuerzas de la naturaleza, personificando grandes ideas en una forma humana o sobrehumana.

Eso ayudó a disipar la vaguedad de pensamiento y formó ideas más vívidas en sus mentes. Generalmente, estas historias giraban en torno a las hazañas de los titanes y héroes que poblaran la cumbre del antiguo monte Olimpo.

Una de estas leyendas trata acerca de Prometeo, quien logró fama de ser uno de los más grandes benefactores de los mortales nunca habidos. Él fue un verdadero luchador contra la injusticia y los poderes inicuos. “Prometeo” significa “prevenido” y él tuvo fama de ser muy sabio. Pero es más conocido en la mitología griega por el hecho de haber ido hasta el sol, trayendo fuego para darlo a los hombres. Nuestras propias Escrituras nos dicen que Dios “está en el sol, y es la luz del sol, y el poder por el cual fue hecho.” (Doctrinas y Convenios 88:7). Y es a través de ese poder que nuestros ojos son iluminados y nuestros entendimientos vivificados.

Pero desde tiempo inmemorial “fuego” ha venido usándose como una figura de expresión muy significativa y de gran ayuda. “Fuego” o “calor” nos ha servido como símbolo de ardor, fervor, entusiasmo. Decimos que una persona tiene “calor en las venas” o que tiene “un ardiente deseo”. Es común decir “Golpea el hierro mientras está caliente”. Hablamos de “fervientes emociones” o de una “cálida amistad”. A una persona experimentada la calificamos de “fogueada”.

Este tan peculiar  uso de expresiones como éstas, da a nuestro pensamiento una intensidad y sentido provechosos. Todos sabemos que un poquito de fuego en la personalidad es frecuentemente la característica de más valor. Ser capaces de cultivar este fuego en nosotros mismos, es una de las mejores maneras de progresar en nuestra habilidad para dirigir y realizar algo.

Un verdadero dirigente es muy similar a un automóvil: nunca puede andar mucho o tener suficiente potencia, a menos que haya conseguido la “temperatura” necesaria. Por contraste, asimismo, pensamos que las acciones fracasadas se deben a la falta de “calor” apropiado. Decimos entonces que tal o cual equipo de básquet perdió el partido porque sus integrantes estuvieron “fríos”. El término “helado” sirve también para describir actitudes desfavorables o poco amistosas.

Posiblemente la posición menos deseable del termómetro, desde ciertos puntos de vista, es el área entre el calor y el frío. Ello no es una cosa ni la otra. Está escrito en el libro de Apocalipsis que el Señor dijo a los miembros de la Iglesia en Laodicea: “. . . ni eres frío ni caliente ¡Ojalá hubieses sido frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” (Apocalipsis 3:15- 16). Esta condición de estar sobre la línea fronteriza, de no ser ni una ni otra cosa, ha promovido, aún en Dios, un sentimiento de disgusto.

Si queremos tener éxito en la obra del Señor, debemos lograrla “temperatura” necesaria. Nuestro entusiasmo debe ser “febril” si queremos que tenga algún poder. Usamos la figura del “calor” o del “fuego” para calificar una devoción “de todo corazón” o “con toda el alma”. En efecto, el “fuego” es usado muchas veces en las Escrituras para  indicar o comparar la presencia de Dios mismo. Cuando relata que el Señor apareció en la cumbre del monte Sinaí para dar la Ley de Israel, el historiador dice: “Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera.” (Éxodo 19:18). La Biblia usa esta interesante metáfora al referirse a Dios: “…Dios es un fuego consumidor…” (Deuteronomio 4:24; Hebreos 12:29). Por supuesto, podemos ver claramente el contraste entre el “fuego” de Dios y la tibia indiferencia de los laodicenses.

La Biblia usa la figura del fuego para representar la gloria, santidad, presencia, espíritu, juicios y castigos de Dios. “Y quién podrá soportar el tiempo de su venida ¿O quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores.” (Malaquías 3:2). En un juego de palabras, podríamos decir que “aquellos que no sean ardientes, serán quemados”.

Prometeo, según la mitología griega, trajo fuego del sol a los antiguos. La razón por la cual los laodicenses tuvieron problemas, fue porque carecían de fuego. Aparentemente necesitaban algunos “Prometeos” que les proveyeran de ello. Buenos proveedores de fuego son también nuestra necesidad más grande. Necesitamos algunos que hagan volar la chispa que encienda la llama. Jesús bautizó con “el Espíritu Santo y con fuego” (Mateo 3:11). Necesitamos hacer que este fuego arda eficazmente. Todo gran dirigente necesita cultivar la “producción de fuego” y la “provisión de fuego”. Ayudar a llevar la chispa divina a los hombres, es la tarea de mayor importancia. Esta chispa debe ser no solamente encendida en los corazones de la gente, sino constantemente avivada hasta que produzca una llama ardiente y brillante. Para ser un buen director se requiere no sólo “poseer fuego” y “proveer fuego” sino tener también una “potencia de fuego” siempre latente.

La explicación científica de un efectivo ascenso de temperatura nos dice que ha habido un incremento en la actividad molecular. Una actividad aumentada en nosotros mismos, elevará también nuestra temperatura. La actividad espiritual, cuando es acrecentada produce una mejor disposición en nuestras mentes, un mayor fervor en nuestros corazones y hace más eficaces nuestros esfuerzos.

En significado y función, la palabra más similar a “fuego” es “entusiasmo”, que no es otra cosa que un cierto fuego en el alma que produce un poder especial en nuestro ánimo. La palabra “entusiasmo” viene del griego «cn»-«lhcos» que significa “Dios en nosotros” o “inspiración divina”.

Hemos hablado mucho en cuanto a nuestro derecho a recibir inspiración de Dios. Pero lo que no podemos entender muy bien es en cuanto a nuestro derecho y capacidad para inspirar a otros. Somos hijos de Dios, creados a su propia imagen y dotados de sus atributos. Somos receptáculos de su autoridad y de cierto grado de su poder. Nuestra necesidad es dar más de lo que damos. No somos sólo estaciones receptoras; somos también centros de distribución. Cuando llegamos a poseer este entusiasmo de fuego, tal como Prometeo, podemos entonces darlo a otros. Esta es otra de esas cosas que no sólo podemos dar sin perder, sino que cuanto más damos, más tenemos. He aquí una situación comparable al milagro de la multiplicación de los panes. Podemos comenzar alimentando la multitud teniendo sólo cinco piezas de pan y dos peces, y cuando hayamos saciado a más de cinco mil personas, aún tendremos «doce cestas llenas». (Mateo 14:17-20)

Esta habilidad de llenarnos y llenar a otros de entusiasmo, incluye un gran poder de realización. Esta es una de las habilidades más valiosas de que Dios pudo habernos dotado. Pero su propio valor es aún acrecentable, por ser un don poco común. Es una de las potencialidades que frecuentemente se encuentran sin desarrollar en los hombres. Hay muchos hombres buenos; hay muchos sabios; muchos industriosos. Pero no hay muchos que enciendan el “fuego”, no muchos que lo traigan, no muchos que nos provean de la chispa divina, ni aún siquiera en un sentido simbólico.

Un genuino entusiasmo es una de las mejores garantías para la realización de toda asignación. Un entusiasmo inteligente probablemente sea la mejor contribución para el éxito, que cualquier otra acción. Sir Edward Appleton, ganador del Premio Nobel, dijo: “Considero que el entusiasmo es más valioso que cualquier habilidad profesional”. La destreza profesional, por supuesto, es tremendamente importante en nuestra habilidad para dirigir, pero su eficacia es aumentada cuando se la fortalece con un entusiasmo inteligente.

Agua fría en los “cilindros” de un dirigente, no le dará más resultado que el que da en los cilindros de una locomotora a vapor. Aun cuando el agua a 97 grados de temperatura se considere muy caliente, no es sino cuando alcanza los 100 grados que logra expandirse y transformarse en vapor. Y esta misma agua, que a baja temperatura no tenía poder alguno, podía arrastrar todo un tren de carga de casi un kilómetro de largo por entre montañas. Un comprable aumento de temperatura en el ánimo del hombre, producirá similares resultados en su habilidad para dirigir.

Un entusiasmo inteligente y bien administrado, no sólo puede garantizar casi cualquier logro sino que, como el fuego de donde se nutre, puede comunicarse o contagiarse de una a otra persona. No hay etiqueta alguna adherida al entusiasmo que diga: “Intransferible”. El entusiasmo es totalmente “negociable”. Un corazón puede inspirar a otros corazones con su fuego. En cierta oportunidad, John Wesley dijo: “Yo muestro el fuego que hay en mí y la gente viene a verlo arder”. Muchas gentes sintieron abrasar sus vidas con sólo escuchar a Wesley. Este hombre distribuyó su fuego extensamente entre las gentes, desatando finalmente una de las más grandes contiendas en la historia del mundo religioso, que aún está influenciando a la humanidad.

El “fuego” ha venido usándose como el símbolo de Dios, pero el entusiasmo, o “Dios en nosotros”, es también un símbolo. Entusiasmo en nuestro servicio en la Iglesia, es señal de devoción. Es señal de que estamos viviendo los principios del evangelio, de que vivimos en armonía con la fuente de ese fuego espiritual. Es señal de que creemos en lo que estamos haciendo y que tenemos el fervor y el anhelo que se requieren para lograr su cometido. Este entusiasmo nos despierta, nos vivifica y nos hace infatigables. Los indios americanos dijeron a Colón que ellos tenían una hierba que los aliviaba de toda fatiga. El entusiasmo hace la misma cosa. También produce en las personas esa cualidad de ser «valientes», lo cual es requisito primordial para poder entrar en el reino celestial.

Se dice que los hombres, como los automóviles, andan gracias a una serie de explosiones. Podríamos decir que el entusiasmo es el poder explosivo de la personalidad. Es la mecha que enciende el reguero de pólvora. Todo líder necesita del entusiasmo para poder agilizar su tarea. El entusiasmo actúa como un generador emocional que pone en funcionamiento a la actividad. Provee de la iniciativa, la determinación y la persistencia necesarias para el propósito buscado.

Cuando el espíritu abandona el cuerpo, éste se enfría. Esto pasa también cuando el entusiasmo se aparta de nuestra habilidad para dirigir. Para mantener el entusiasmo, debemos alimentarlo con realizaciones. Si permitimos que nuestros logros  disminuyan, nuestra iniciativa se debilitará y nuestro trabajo será lento. Cuando decaemos en nuestro intento por poseer, aunque sea por un corto tiempo, este valioso “Dios en nosotros”, nuestro termómetro espiritual comienza a bajar y nuestro progreso se detiene.

El gerente de una gran casa de comercio dijo que quería cada uno de sus vendedores estuviera «ardiendo de entusiasmo» y que cada vez que llegaran a trabajar, estuvieran dispuestos a «despachar con entusiasmo». Y agregó que si no estaban dispuestos a «despachar con entusiasmo», él mismo estaría dispuesto a «despachar a ellos, con entusiasmo».

Los principales complementos de los dos mandamientos más grandes, son las cualidades de la amigabilidad, fervor, ardor, devoción, amor y entusiasmo. Estas son cualidades con “temperatura”. Son las cualidades de “fuego” que debemos obtener para nuestra habilidad para dirigir.

Muchos líderes, aún en la obra del Señor, hacen de mala gana y con cierta aversión lo que debiera ser hecho mediante un fuerte voltaje y a alta temperatura. Más que nada, el fuego de nuestras almas necesita ser reencendido. Necesitamos encender la chispa de la fe que Dios nos diera; necesitamos poner más combustible a las llamas de nuestro interés en la obra del Señor. Nuestros espíritus necesitan ser incitados y luego encendidos. Nuestras ambiciones necesitan ser inflamadas de tal manera que podamos tener más “potencia de fuego” en nuestra habilidad para dirigir.

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Tal como

Liahona diciembre 1961

Tal como

por el élder Sterling Welling Sill

Hace muchos años el gran psicólogo William James, anunció su famoso principio de «tal como». Es decir, si deseamos incorporar determinada virtud a nuestra vida, debernos obrar «tal como» si ya la tuviéramos. Es una idea sumamente constructiva que conviene llevar a la práctica. Si deseamos ser valientes, actuemos con valor. Si queremos desarrollar una disposición cordial, amigable y feliz, no podemos andar con la cara enfurruñada y odio en el corazón. Nuestras facultades mentales y espirituales son como siervos. Siempre nos sirven lo que les pedimos. Sí nos portamos como si esperásemos llegar a ser un «don nade» en la vida, éstas suponen que lo decimos en serio y nos conceden lo que deseamos.

En su obra Como Gustéis, William Shakespeare dice: «El mundo entero es un escenario, y todos los hombres y mujeres meramente actores… y en su tiempo un hombre desempeña muchos papeles.» Supongamos que vamos a desempeñar el papel de Fausto, Hamlet o cualquier otro de los personajes importantes de un drama. Primero tendríamos que llenar nuestros pensamientos con las palabras, disposición y espíritu del personaje que vamos a representar y entonces trataríamos de vivir de acuerdo con el papel. No sólo trataríamos de hablar, pensar y obrar como Hamlet o Fausto, sino mentalmente seríamos tal personaje.

Una noticia recientemente publicada hablaba de «La Pasión del Señor» que se presenta cada diez años en el pequeño pueblo bávaro de Oberammergan en el cual un grupo de actores representan la última semana de la vida de Cristo. El drama se ha presentado regularmente desde el año 1663. Cada cual acepta el papel que se le señala y entonces trata de vivir como esa persona y nada más, hasta convertirse en ella. El que desempeña la parte de Jesús debe pensar como Jesús y obrar y sentir como El. ¿Podemos imaginar el resaltado que ello producirá en su vida? ¿Podemos imaginar la potencialidad de este principio de «tal como» en nuestras vidas individuales, si seleccionamos el papel que deseamos representar en la vida y entonces vivimos de conformidad con él las veinticuatro horas del día?

El artículo de referencia sobre «La Pasión» contenía una observación interesante acerca de un hombre que hacía poco se había suicidado. Durante los últimos cinco años había estado desempeñando el papel de Judas Iscariote. Pero no era todos: era el tercer Judas en años recientes que se había suicidado. Si había vivido como Judas y pensado como Judas, ¿Qué cosa más natural que morir como Judas?

Pensemos en el peligro que correríamos, si estudiáramos a una persona degradada y nos pusiéramos a vivir como ella, llenando nuestra mente con sus pensamientos, adoptado sus hábitos y disposición mental. ¿Qué resultado podríamos esperar? Nadie sabe hasta qué punto influyen los pensamientos en nuestras vidas. Sabemos que pueden cambiar nuestra expresión facial. Pueden determinar nuestra apariencia corporal; pueden producir una grande espiritualidad dentro de nosotros; pueden acuñar nuestras cualidades de personalidad en la cantidad que queramos; pueden volvernos locos o pueden elevarnos hasta la más alta realización, sólo con gobernar lo que pensamos y cómo pensamos.

Este principio de «tal como» es una de las ideas más potentes del mundo. Escojamos el papel que queramos desempeñar en la vida, dediquémonos a ello con todo el corazón y ello será lo que llegaremos a ser. Así con esa sencillez. Bien, supongamos que se ha escrito un drama en el cual nos toca representar a un hombre que está acumulando una fortuna inmensa. Este papel exige un hombre de carácter,  vigor, integridad y, entusiasmo; uno en quien todos tienen confianza, uno que domina con solo con su presencia. Pero supongamos que al desempeñar este papel nos vistiésemos como una persona desaseada e irresponsable, y que nos presentáramos en el foro de una manera perezosa, titubeante, como si no tuviésemos ambición, determinación, proyectos o fe de poder lograr jamás cosa alguna que valiera la pena. Supongamos que en el foro actuásemos con todo género de disculpas, careciendo completamente de confianza en nosotros mismos y diciéndonos constantemente: “No puedo hacerlo”; «tengo miedo»; “es más de lo que puedo hacer”; “no nací para ser próspero e industrioso”; «las cosas buenas no son para mí». ¿Qué clase de impresión causaríamos? ¿Qué clase de personas llegaríamos a ser? ¿Qué clase de éxito alcanzaríamos?

¿Cuánto tiempo tardaría un joven para lograr el éxito si se colocara en un ambiente de fracaso y permaneciera allí hasta quedar completamente empapado de ese ambiente? ¿Cuánto tiempo necesitaría un hombre para obtener el éxito si continuamente se estuviera menospreciando a sí mismo, pensando en el fracaso, vistiéndose como si le hubiera sobrevenido el fracaso y siempre quejándose de sus dificultades insuperables? ¿Cuánto se tardaría en llegar al éxito que él mismo nunca pensó alcanzar? El artista más consumado del mundo jamás podría pintar el rostro de una hermosa Madona mientras su mente estuviera llena de pensamientos depravados.

Y sin embargo, esto es más o menos lo que miles de personas están tratando de hacer todos los días. Así son en su trabajo diario; así lo hacen con su trabajo en la Iglesia; y en forma general sucede la misma cosa en sus vidas. Hay muchas personas que casi parecen estar completamente satisfechas con permanecer en la pobreza material o espiritual. Por lo menos, han cesado de esforzarse con vehemencia para salir de ella. Muchos han perdido la ambición o la esperanza de lograr el éxito. Casi se puede medir la calidad del concepto que un hombre tiene de la vida la primera vez que uno lo conoce. Podemos ver la cantidad de pesimismo que hay en su vida y hasta qué grado lo han dejado desilusionado unas pocas contrariedades. Algunas personas se desaniman con suma facilidad. Llegan al grado de tratar a todos con sospechas y desconfían de todo el mundo, incluso de ellos mismos. Mientras el hombre lleve consigo este ambiente de pobreza, siempre dejará una impresión de pobreza. Si constantemente estamos recalcando lo malo que hay en nosotros, si siempre estamos criticando nuestras propias debilidades y flaquezas y reprochándonos a nosotros mismos por no obrar mejor, sólo estamos grabando más profundamente estos cuadros desafortunados en nuestras memorias y les damos mayor influencia en nuestras vidas.

Con demasiada frecuencia nos estorba el paso el antiguo concepto de los sectarios sobre la depravación e inferioridad del hombre. No hay nada de lo depravado o inferior en el hombre que Dios ha creado. La única inferioridad que hay en nosotros es la que nosotros mismos hemos puesto allí. Dios nos creó a su imagen. Nos invistió con sus atributos y nos dio dominio sobre todas las cosas de la tierra, incluso nosotros mismos. El hombre fue creado para que se mantuviera con la cabeza erguida, y ser como Dios, no como esclavo. Se tuvo por objeto que fuese un éxito, no un fracaso. Podemos estar  seguros de que nuestro éxito jamás sobrepujará nuestra confianza en nosotros mismos. Debemos ver un mundo mejor antes que podamos vivir en él. Nos toca desempeñar el papel de la vida que nosotros mismos elijamos.

¿En qué otra cosa estaba pensando Salomón, sino en este principio de «tal como» cuando dijo: «Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él? (el hombre)»

Salomón no dijo: «Cuál es su pensamiento en su mente tal es.» El corazón era considerado el centro del ser. Allí es donde sentimos y vivimos; y allí es también donde «llegamos a ser.»

Esta filosofía de «tal como» alcanzó su expresión más sublime en la vida y enseñanzas del propio Maestro. Jesús dijo: «Todo es posible para aquel que cree.» Sería difícil hallar una expresión de mayor fuerza que ésta. No dijo que únicamente son posibles pocas cosas; sino que todo es posible. El proverbio pudo haber rezado así: «Porque cual es su esperanza en su corazón, tal es él.» Conviene tener cuidado en lo que vayamos a cifrar nuestras esperanzas, porque probablemente lo realizaremos.

La confianza y la fe son la base misma de todo lo que se logra. ¡Qué fuerza tan tremenda hallamos en una convicción genuina! Jesús dijo: «Sea hecho, según tu fe.» Esta idea potente se ha reiterarlo en todas las Escrituras, es el principio original del concepto de «tal como». Esta expresión de la fe central dobla nuestra fuerza y multiplica nuestra habilidad. Llega a su mayor altura en la importante meta que nos mostró Jesús cuando dijo: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.»

Si no hay el valor dentro de nosotros mismos, ¿cómo podría manifestarse? Es maravilloso creer en Dios, pero para  nosotros sería más maravilloso, aún vivir en tal forma que El también pudiera creer en nosotros y que pudiésemos creer en nosotros mismos. Uno debe creer en sí mismo y debe quererse a sí mismo. Debe creer en su trabajo y debe gustarle su trabajo. Si deseamos ser grandes, creamos en la grandeza y desempeñemos el papel correspondiente. Un espíritu lleno de valor y una mente viva y feliz producen un cuerpo de correspondiente condición saludable. Hay poca enfermedad física entre aquellos que tienen buena salud mental y emocional, que aman la vida y lo que están haciendo.

En la Iglesia y fuera de la Iglesia podemos ver a muchas personas que están arruinando sus vidas pensando negativamente. Nos ponemos a desempeñar el papel de cobardes, pecadores, pusilánimes, y así vivimos. Asumimos una modestia falsa y decimos. «No soy capaz; no soy digno; no estoy preparado» Tratamos a Dios con excusas, dilaciones e informalidad. Aceptamos un llamamiento con renuencia y desánimo, y de ese modo nos colocamos dentro del molde de la deformidad.

Si vamos a llamarnos siervos del Maestro, actuemos como corresponde. Debemos recordar quiénes somos: que somos hijos de Dios. Si esperamos algún día llegar a ser como El, ¿por qué no empezarnos a conducirnos en esa forma desde hoy? Ciertamente Él no es débil, ni pobre, pecador o incapaz. Si queremos ser como El, ya es hora de empezar.

La mayoría del mundo sectario cree que Dios es incomprensible, inconcebible,  sin  forma,  sin  pasiones  o  sentimientos.  Si  fuimos formados a la imagen de nada, puede haber justificación para pensamientos negativos; Pero no es cierto. Nuestro Padre es un Personaje glorificado que todo lo sabe y, todo lo puede. Literalmente es el Padre de nuestros espíritus, y según las leyes de herencia, podemos llegar a ser como nuestro Padre. En cuanto a posibilidades, ya somos como El. En vista de que hay en nosotros toda facultad potencial, debernos comenzar a desempeñar ese papel. ¿Por qué hemos de estar pensando continuamente en la debilidad y el fracaso? ¿Por qué hemos de conservar nuestras mentes funcionando a la inversa e insistiendo en pensar negativamente? Podemos beneficiar mucho nuestras vidas descartando la filosofía del fracaso. Debemos dejar de lado las disculpas, la crítica y la demora. Debemos cesar de estar obligando a otro a que nos recuerde nuestro deber, como si fuésemos incompetentes, inválidos como niños. Debemos dejar nuestra falsedad, pecados. Si continuamos actuando como el diablo, eso es lo que llegaremos a ser.

Uno de los problemas que hay en nuestra Iglesia es el cambio constante de oficiales y maestros. Continuamente estamos emprendiendo la marcha y parando, dejando un puesto sin haber logrado el éxito para empezar otro. Muchas personas descubren su disposición mental manifestando un gozo inmenso cuando se les releva de algún puesto. Si pensamos y obramos como desertores, llegaremos a ser desertores. Si no nos emociona estar en la obra de Dios, si nos abruma en lugar de entusiasmarnos, entonces quiere decir que hay algo en nosotros de que debemos arrepentirnos. La obra del Señor es importante y debería ser placentera; y nosotros deberíamos ser felices mientras la desempeñamos.

Jesús mismo dijo: «Sed de buen ánimo; alegraos y gozaos.» El profeta Lehi declaró: «Existe el hombre para que tenga gozo.» El Señor quiere que empecemos a marchar en esa dirección lo más pronto posible. ¿Por qué no hacer lo que Él dice? Si esperamos ser grandes almas en el cielo, conviene que empecemos a ser grandes almas aquí. Si deseamos ser felices en la eternidad, deberíamos estar ensayando aquí. Y si queremos ser felices, no debemos conducirnos  como  si  todas  las  personas  y  todas  las  cosas  nos disgustaran; más bien, debemos portarnos «tal como» si ya fuéramos felices.

Debemos estudia, leer, pensar y trabajar como corresponde a nuestro llamamiento. Debemos saber de qué estamos hablando. Emociona la idea de que si nos esforzamos podemos pensar con benignidad y éxito, y de esa manera es como llegamos a ser personas benignas y felices. Es posible volcar los defectos en virtudes. Todo lo que nos resta hacer es entender quiénes somos y entonces desempeñar el papel correspondiente.

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Lo que nos llevamos puesto

Liahona  septiembre 1961

Lo que nos llevamos puesto

por el élder Sterling Welling Sill

Hay mucha gente, especialmente las mujeres, que sufre muchas angustias porque se ve recortada en el asunto de la ropa. Nos desagrada en forma particular presentarnos en público sin estar lo que nosotros consideramos vestidos correctamente. La expresión: «No tengo qué ponerme», usualmente encierra muchas penas e infelicidad, La ropa no hace al hombre, o como dice el refrán, «el hábito no hace al monje»; pero sí constituye el noventa y cinco por ciento de lo que otras personas ven. Nos da pena cuando no estamos tan bien vestidos como aquellos con quienes nos asociamos. No queremos descollar entre el grupo por motivo de nuestra ropa andrajosa y lo que ello indica.

En los antiguos tiempos bíblicos, cuando se quería humillar a una persona, se le vestía de cilicio y se le cubría de ceniza. Si querían honrarlo, era lavado y entonces vestido, con ropa lujosa, a lo cual se agregaba algún adorno personal, como un collar de oro, para mejorar su apariencia. Jesús se refirió a «un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino fino.» La ropa fina siempre ha sido señal de honra y distinción. Son pocas las cosas que nos «tonifican» más que estar limpios y atractivamente vestidos.

¿Puede haber cosa más estimulante que la esperanza de vivir en la presencia de Dios con nuestros cuerpos, nuestras mentes y personalidades   revestidos   de   gloria   celestial?   ¿Quién   puede entender la pérdida de aquellos que deben conformarse con algo menos fino, algo menos hermoso, algo que comparado a la gloria celestial es como el centelleo de una pequeña estrella al lado del fulgor del sol al mediodía? Algunas veces me pongo a pensar si algunos de los que derrochan sus posibilidades no se sentirán como esas personas pobremente vestidas, siempre quejándose de que «no tengo qué ponerme». Hoy es el tiempo en que debemos resolver lo «bien vestido» que queramos estar en la eternidad. Pero allá, aun más que aquí, el adorno más agradable quizá no sea el que uno lleve puesto sobre la espalda. Hay más probabilidad de que se encuentre en nuestros pensamientos y corazones, desde donde se reflejará en nuestros rostros.

Un espíritu resplandeciente brilla a través de los ojos, que se conocen como las “ventanas del alma”. Nuestros ojos también son los medios por los cuales la gente mira dentro de nuestro corazón. Nuestras expresiones faciales con frecuencia revelan lo que somos. De manera que la medida más eficaz de nuestra valla posiblemente sea la ropa con que vestiremos el espíritu inmortal. Nuestros pensamientos influyen en nuestro aspecto aun en el estado carnal; pero lo que seremos en la eternidad constituirá un elemento importante de nuestro embellecimiento. El espíritu inmortal es el arquitecto que se vestirá con un cuerpo resucitado que corresponda con la belleza y cualidad del espíritu. Las Escrituras dicen de Daniel que «había en él un espíritu superior.» Esa es la clase de espíritu que debemos tratar de desarrollar, porque es lo que vestirá al cuerpo y al carácter en forma correspondiente.

Se dice que al Presidente de cierto país una vez se solicitó que empleara a cierto hombre en el gobierno. El Presidente recibió al solicitante, pero no le dio el puesto y explicó su determinación, diciendo: «No me gusta su cara.» Alguien se opuso, diciendo que la cara de una persona no era motivo para rechazarlo. Sin embargo, el Presidente opinó lo contrario, pues tenía mucha confianza en su habilidad para leer el carácter de la gente manifestado en su semblante.

Hace algún tiempo apareció en la prensa un artículo sobre el artista Norman  Rockwell  y  la  forma  en  que  infundía  tanta  vida  en  sus pinturas de la gente común. El artista comentó: «Lo que uno es por dentro se manifiesta en su cara. Los ojos, tarde o temprano, se convierten en los espejos del alma.» El Sr. Rockwell atribuía parte de su éxito como artista a las personas que le servían de modelo. Es decir, escogía a personas que habían sabido vivir y que poseían las determinadas cualidades interiores que él deseaba realzar en sus pinturas. Sobre esto comentó: «No me causa mucha satisfacción pintar a personas que han perdido su fe. Podría esbozar sus caras, pero les faltaría ese fulgor interior que proporciona el carácter.»

Alzó una revista, y como ejemplo indicó la cara de un adolescente que había cometido un crimen nefasto. «Mire esta cara» -dijo. Entonces refirió la historia de un joven digno que había servido como el modelo para Cristo en el famoso cuadro «‘La Ultima Cena de Leonardo de Vinci. Este mismo joven, después de haber corrompido su manera de vivir, más tarde fue el modelo para el retrato de judas. La decadencia se manifestaba palpablemente. El Sr. Rockwell se refirió de nuevo al grabado en la revista y dijo: «¿Quién puede decir si la misma cosa le aconteció a este adolescente? Ciertamente es poca la santidad que se ve en su cara.»

Ningún ser mortal ha visto su propio espíritu. ¿Hemos pensado alguna vez como lo estarán afectando nuestros hechos? Causa un poco de sobresalto recordar el papel tan importante que nuestra cara desempeña en nuestras vidas. Más debería sobresaltarnos reflexionar que llevaremos puestas nuestras caras para siempre, y que Dios y los amigos de nuestra inmortalidad serán más diestros que el Presidente al que nos referirnos, en leer lo que se manifiesta en el rostro. Es interesante recordar que en la actualidad nos estamos vistiendo para la vida eterna. Lo que pensamos, lo que hacemos, y las emociones que impulsan muestro corazón son los arquitectos que están labrando la forma y aspectos que llevaremos puestos para siempre.

¿En alguna ocasión hemos visto la cara de alguien que se hallaba poseído por la dominante locura de una espantosa ira, odio o un propósito impío? Quizá nos llenen de miedo ver cómo estaban desfiguradas las facciones del rostro. La cara que ordinariamente puede  ser  agradable  a  la  vista  puede  transformarse  en  algo horrendo y grotesco en un segundo. Cuando ha pasado el arrebato de impiedad, las facciones de nuevo pueden asumir aproximadamente su apariencia anterior, aunque es dudoso que vuelvan a ser las mismas. Cuando una pasión las distiende a tal grado, tal vez nunca vuelvan a su propia forma. Cada desfiguración puede contribuir permanentemente a la deformidad. ¿Qué sería llevar para siempre una cara que asumiera un aspecto permanente en el momento de su mayor contorsión? ¿Nos es más placentero saber que al grado que cierta pasión o pensamiento va dominando nuestra vida, ésta tiende a tomar la forma permanente que le da el pensamiento? Satanás se convirtió en Satanás por sus propios hechos y pensamientos. El pecado no solamente degrada el espíritu, sino también desfigura el cuerpo. Ciertamente no esperaríamos ver la misma belleza en la cara endemoniada del diablo, que esperaríamos ver reflejada en la faz de Dios.

Nuestro Padre Celestial quiere que todos sus hijos sean hermosos, y para tal fin ha dispuesto el salón de belleza más eficaz que uno puede imaginar. Su programa para nuestra exaltación se compone de ciertos métodos de fe, obras y piedad que pueden comunicarle el brillo de la divinidad al espíritu humano. Lo que es el espíritu brillará finalmente a través del rostro con letras luminosas que todos podrán leer. Se dice que Sócrates era feo físicamente, pero solía orar: «Oh Dios, dame belleza por dentro.» Todos conocemos a personas sin atractivo que han llegado a descollar por una belleza que proviene de una espiritualidad llena de vida. El espíritu de santidad comunica la belleza al cuerpo más común. Las grandes cualidades espirituales infunden la gracia y la desenvoltura en la personalidad de uno. Las cualidades de una habilidad destacada para dirigir son cualidades de santidad. Todo gran hombre manifiesta su grandeza en su persona, El Señor quiere que desarrollemos estas características hasta el punto máximo.

La amistad es santidad. Pensemos en lo que sucede dentro de nuestro corazón cuando una hermosa sonrisa y todo lo que representa se extienden por toda la cara y brilla a través de los ojos de la persona que amamos. ¿Podemos imaginar adorno más bello que una personalidad radiante y santa? Tratemos de imaginar esta cualidad en su condición celestial.  Habiendo sobrepujado la belleza, la llamamos gloria. Es tan grande la gloria de Dios, que ningún hombre natural puede aguantar su presencia. (Doctrina y Convenios 67:11-13) Sin embargo, podemos llegar a tener una gloria como la de Él. Aquí podemos débilmente tratar de entender una personalidad glorificada con sus sentidos vivificados, facultades ampliadas de percepción y una capacidad vastamente mayor para la felicidad, el amor y el entendimiento.

El evangelio no es solamente algo con lo cual deben conformar muestras vidas; es también algo que puede llevarse puesto. Cuando Salomón oraba, durante la dedicación de su magnífico templo, dijo: «Oh Jehová Dios, sean vestidos de salvación tus sacerdotes, y tus santos se regocijen en tu bondad.» En nuestra propia época el Señor ha dicho: «Y sobre todo, vestíos con el vínculo de la caridad, como con un manto, el  cual vínculo es el de la perfección y la paz.» (Doctrina y Convenios 88:125)

Entre el tiempo de la muerte y la resurrección los espíritus que hayan vivido dignamente en esta vida recibirán un maravilloso tratamiento de belleza. Mientras se encuentre separado del cuerpo, el espíritu será limpiado, purificado y recibirá su educación final para convertirse en espíritu celestial. Entonces el cuerpo también recibirá su tratamiento de belleza postrero, resucitará y será vivificado para corresponder con el espíritu celestial. Es decir, a todo espíritu celestial le será permitido resucitar para sí un cuerpo celestial.

En los versículos 28 y 29 de la Sección 88 de Doctrina y Convenios el Señor dice: «Aquellos que son de un espíritu celestial recibirán el mismo cuerpo que fue el cuerpo natural, aun vosotros recibiréis vuestros cuerpos, y vuestra gloria será aquella gloria por la que vuestros cuerpos son vivificados por una porción de la gloria celestial recibiréis entonces de la misma, aun la plenitud.»

Desafía el pensamiento tratar de entender la «plenitud» de la gloria celestial. Los que ganan la gloria celestial serán aquellos que estarán vestidos para comparecer ante Dios: serán semejantes a Dios. Pensemos, por vía de comparación, en aquellos que no lleguen a ser dignos de la gloria celestial. Serán excluidos de la presencia de Dios, y «donde Dios y Cristo moran, no pueden venir por los siglos de los siglos». Es decir, aquellos que tengan un espíritu, cuerpo y personalidad menos fina, menos agradable, menos interesante que la celestial, no estarán vestidos correctamente para estar en la presencia de Dios. La expresión «no tengo que ponerme», como la entendemos ahora, podrá tener un significado mucho más trascendental para aquellos que sean excluidos.

La obra del Señor constituye el método por el cual realizamos las bendiciones a que se refería el apóstol Pablo cuando dijo: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.» (1 Corintios 2:9)

¿Quién deseará estar vestido con harapos en la presencia de Dios? Alma dijo: «¿Podéis imaginaros ante el tribunal de Dios con vuestras almas llenas de culpa y remordimiento, recordando todas vuestras transgresiones; sí, con un conocimiento completo de todas vuestras iniquidades; sí, con el recuerdo de haber desafiado los mandamientos de Dios?» (Alma 5:18)

Dios no sólo podrá leer nuestras caras, sino también el alma entera. No sólo verá que estamos vestidos de harapos, sino que nosotros mismos sentiremos vivamente nuestra propia vergüenza.  Mosíah nos da una idea de lo que podríamos sentir: «Y si fueren malas [sus obras], serán consignados al horrendo espectáculo de su propia culpa y abominaciones que los hará retroceder de la presencia del Señor a un estado de miseria y tormento sin fin, de donde no pueden ya más volver.» (Mosíah 3:25)

Y Alma añade: «Y en esta terrible condición no nos atreveremos a mirar a nuestro Dios, sino que nos daríamos por felices con poder mandar a las piedras y montañas que cayesen sobre nosotros, para que nos escondiesen de su presencia.» (Alma 12:14)

Indudablemente estas personas se sentirán extremadamente mal, y convendría esforzamos para no vernos en la misma situación. Debemos prepararnos a nosotros mismos para que el Señor pueda señalarnos y decir:

Éstos son aquellos cuyos cuerpos son celestiales, cuya gloria es la del sol, sí, la gloria de Dios, el más alto de todos, de cuya gloria está escrito que tiene como símbolo el sol del firmamento. (Doctrina y Convenios 76:70)

Podemos desarrollar los rasgos de personalidad más adecuados para que no tengamos que preocuparnos por no tener «algo que ponernos» en esta vida o en la eternidad. El programa del Señor nos embellecerá por dentro y por fuera al grado que lo obedezcamos. El destino final de los hijos de Dios es el reino celestial; pero aquellos que no pueden obedecer la ley celestial no pueden alcanzar una gloria celestial. Por tanto, lo que nos vamos a poner depende de lo que hagamos. Encendemos brillantes luces o velas cuando llega la Navidad para conmemorar el nacimiento de Cristo. Sería mucho más propio encender nuestras vidas con su justicia y vestirnos con sus atributos y sus habilidades, para efectuar su obra.

Ahora es cuando debemos vestirnos con nobleza de carácter, entendimiento, determinación, destreza e industria. El Señor ha prometido a quienes le sirven con justicia y habilidad hasta el fin: «Grande será su galardón, y eterna será su gloria y su prudencia será grande y su conocimiento llegará hasta el cielo… porque por mi Espíritu los iluminaré.» (Doctrina y Convenios 76: 6, 9-10)

¿Podemos imaginar cosa más admirable? Bien podríamos decir que éstos siempre tendrán “algo que ponerse.”

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¿Estamos adorando la red?

Liahona agosto 1961

¿Estamos adorando la red?

por el élder Sterling Welling Sill

Habacuc fue uno de los profetas de los antiguos judíos que vivió unos 600 años antes de Cristo.

Sus profecías forman uno de los libros más pequeños del Antiguo Testamento. Parece que este profeta tropezó con varios problemas al intentar  hacer que la gente viviera como debía. Tal vez esto indique que el mundo no ha cambiado mucho. Una de las debilidades de aquella época que Habacuc trató de indicar al pueblo, era la tendencia que algunos tenían de adorar sus redes. El profeta formuló sus quejas en estos términos:

«Sacará a todos con anzuelo; los recogerá con su red y los juntará en su malla, por lo cual, se alegrará y se regocijará.

Por esto ofrecerá sacrificios a su red y quemará incienso a su malla, porque con ellas engordó su porción y aumentó su comida.» (Habacuc 1:15-16)

Habacuc pinta un cuadro gráfico del pescador próspero de aquellos tiempos, y nos hace recordar a un hombre de correspondiente posición en nuestros días. Vemos a través de los ojos del profeta un pescador muy próspero, diestro en su profesión. Vemos una red henchida de peces. El pescador se regocija en su éxito y en la buena fortuna que le proporciona la pesca.  Naturalmente, está muy feliz. «Su porción es gorda y su comida es engrasada». Ha efectuado estos resultados con su red. Es por causa de lo que en ella recoge, por lo que se halla tan próspero. A tal grado se engríe con su éxito y se deleita con su buena fortuna, que empieza desde luego a hacer «sacrificios a su red» y ofrecer sahumerios a su aljerife».

Por irrisoria que nos parezca esta situación a primera vista, es un problema que todavía está con nosotros. El diccionario dice que «adorar» es un intenso amor hacia una cosa o manifestación de reverencia devoción a algún ser. Ciertamente no notamos una falta de devoción en general. Nuestro problema estriba en el hecho de que nuestra devoción con suma frecuencia es mal orientada o mal colocada. Son tantas las ocasiones en que sentimos demasiada devoción por una cosa indebida. Por ejemplo, mucha de nuestra devoción suele dirigirse hacia las cosas materiales. Una de nuestras faltas comunes es ocasionalmente perder de vista los verdaderos propósitos de la vida y adorar los medios por los cuales nuestra «porción es engordada» y nuestra «comida es engrasada».

Hagamos de cuenta que nos ponemos los anteojos de Habacuc para ver cuántos de nosotros actualmente estamos «adorando nuestras redes», que interpretándolo, significaría nuestros medios modernos de producción.

Por extravagante que nos parezca la idea todavía sigue siendo parte importante de nuestra sociedad: «‘hacer sacrificios a nuestra red» y «ofrecer sahumerios a nuestro aljerife». Para algunos la «red» o medios de producción es una ciencia. No es cosa fuera de lo común que la ciencia sea deificada en los pensamientos de sus aficionados. Pero ésta no es nuestra única red». La contienda en nuestras mentes entre Dios y Mammón ha sido extensa y difícil. Algunas veces pasamos doscientas horas al mes sirviendo a nuestro negocio y dos horas del mes sirviendo a nuestro Dios y nuestras propias almas. No debe extrañarse, pues, que estos intereses ocupen un lugar en nuestra vida que corresponda más o menos con el tiempo y devoción relativos que les obsequiemos.

Jesús comparó la dificultad comprendida en el asunto a la entrada de un camello por el ojo de una aguja y la posibilidad de que un rico llegue al reino ese los cielos. Supongo que no todos los ricos serán necesariamente peores que los pobres, pero algunas veces aquellos se hallan más fuertemente asidos de sus redes, y, consiguientemente, sus redes se prenden más fuertemente de ellos. Con el tiempo nos absorbe lo que hacemos. En un respecto es como el desarrollo de la fe, en vista de que la fe usualmente no se apodera de nosotros hasta que nosotros nos apoderamos de ella. William James, destacado psicólogo, dijo: «Lo que domina nuestra atención determina nuestra acción.» Cuanto mayor la atención, tanto más fuerte la sujeción. Aún en la adoración, el primer paso consiste en fijar la atención firmemente. Hay en el hombre una inclinación natural de adorar algo, y cuando la atracción de la «red» alcanza cierta intensidad, sobrepuja la tendencia de adorar a Dios.

Jesús también destacó el problema que surge de querer servir a dos amos. Generalmente dos ideas dominantes parecen tener más dificultad en llegar a una convivencia pacífica» que dos naciones dominantes. Jesús dijo que la razón por la cual «pocos son escogidos de los muchos que son llamados se debe a que éstos «tienen sus corazones de tal manera fijos en las cosas de este mundo». Es decir, las cosas del mundo han desahuciado sus intereses espirituales. Esto es lo que casi siempre sucede cuando uno dedica una parte tan crecida de su tiempo disponible a «ofrecer sahumerios a sus aljerife». Hay algunos hombres que se postran delante del estado por esa razón. Otros se arrodillan ante ideologías extrañas. Otros sencillamente se encuentran tan ocupados en tantas cosas, que desalojan a Dios de sus vidas sin la menor intención.

Es bien conocida la historia de un joven que deseaba estudiar en el colegio. Tuvo la buena fortuna «de hallar una familia que consintió alojarlo, a cambio de lo cual él les partiría la leña necesaria. El joven gustosamente aceptó. Los vecinos de la casa contigua le ofrecieron darle sus comidas si les partía su leña. Una tercera familia ofreció pagar su matrícula si les partía su leña, y así sucesivamente. En muy poco tiempo este joven se hallaba tan ocupado partiendo leña, que no tenía tiempo para ir al colegio. Los medios habían sobrepujado los fines. Había sacrificado demasiado a su red.

Uno de los errores más frecuentes que cometemos es quitar las cosas de su lugar debido. Confundimos los medios para ganar el sostén con el propósito de la vida. Salomón nos recuerda que hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir; y hay algunas cosas de mucha importancia que es menester hacer en el intervalo. Salomón parece indicar que sería buena idea hacer un presupuesto de nuestro tiempo, como lo hacemos de nuestro dinero. Si un hombre ganara cien pesos por semana, probablemente no gastaría la suma entera en el alquiler o costo de la casa; ni tampoco gastaría su dinero ilimitadamente en lujos, pasando por alto otras necesidades. Sin embargo, con cuanta frecuencia nos hallamos fuera de balance en lo que respecta a nuestro programa personal porque hemos sacrificado sin reparo a nuestra red y dejando lo que resta para Dios y nuestras almas, si es que queda algo.

En el manejo de la casa, la mujer prudente calcula un balance correcto de sus gastos y entonces se ciñe su presupuesto y no permite que una necesidad traspase los derechos de otra. Sería prudente en extremo que hiciéramos la misma cosa con las veinticuatro horas que nos son dadas cada día. Parte de ese tiempo, propiamente pertenece a la red. Parte es de la sociedad; otra parte pertenece a nuestras propias almas; y una parte pertenece a Aquel que nos creó y nos da aun nuestro aliento. A nosotros corresponde calcular el balance correcto.

El conde Tolstoi sostuvo una discusión algo interesante sobre la importancia de las riquezas y la proporción de nuestro tiempo que debe entregarse a la red. Contó acerca de un campesino ruso que estaba tratando de decidir cuánta tierra necesita un hombre. Primero vivía muy contento con su esposa y familia en su hacienda de dos hectáreas. Entonces alguien le dijo que dos hectáreas no eran suficiente, de modo que consiguió cuatro. Luego obtuvo cincuenta hectáreas y por fin cien. Pero entonces alguien le ofreció la oportunidad de adquirir todo el terreno que pudiera recorrer en el espacio de doce horas, entre la salida y la puesta del sol.

A la mañana siguiente cuando comenzó la competencia, ya estaba listo; y al salir el sol echó, a correr con todas sus fuerzas hacia el norte durante la primera cuarta parte del día. Entonces corrió hacia el oriente por tres horas. Durante las siguientes tres horas corrió hacia el sur. El resto del tiempo que le quedaba corrió hacia el occidente para llegar al punto donde había empezado. Y precisamente en el momento que el sol estaba para ponerse en el horizonte, logró  arrastrarse hacia el punto de partida, exhaló un suspiro y cayó muerto. Entonces sus amigos lo sepultaron en un pedazo de tierra de un metro y medio de ancho, dos metros de largo y otros tantos de profundidad. Entonces fue cuando descubrió cuánta tierra el hombre verdaderamente necesita.

Quizá ésta no sea la cantidad que mejor convenga a la necesidad de todo hombre, pero sí indica que se llega a un punto en que las utilidades empiezan a menguar cuando sacrificamos excesivamente a la red. Nuestra relación con la red fácilmente puede convertirse en seria violación del gran mandamiento que, repercutiendo aún a través de los siglos, nos dice: «No tendrás dioses ajenos delante de mí». Probablemente la forma más común de idolatría, particularmente en nuestra época, es nuestra tendencia de «adorar la red». Para los antiguos adoradores del sol, el astro representaba su fuente de abastecimiento. El sol les enviaba energía, calor y alimento, y como consecuencia, lo adoraban; otros han adorado la tierra, de la cual recogían sus alimentos; otros han adorado varias cosas sin importarles en qué forma se presentaran, con tal que, les «engordaran su porción» y «engrasaran su comida».

Isaías nos habla de un hombre que sale al bosque y corta un bello trozo de cedro. Quema parte del leño en el fuego para calentarse; utiliza otra parte para cocer sus alimentos, «y torna su sobrante en un dios, en su escultura; humillase delante de ella, adórala, y ruégale diciendo: Líbrame, que mi dios eres tú.» (Isaías 44:17)

Con frecuencia también nosotros decimos a aquello que nos logra las cosas materiales: «Líbrame, que mi dios eres tú». El hombre a que se refiere Isaías probablemente pensó en su ignorancia que lo propio sería adorar aquello que le proporcionaba calor y fuego para preparar sus alimentos. En muchos casos todavía no podemos ver más allá de los «medios». Suponemos que fue el cedro lo que nos dio el fuego y la red lo que nos trajo los peces. Hasta cierto grado nos  parecemos  a  los  ciegos  de  Hindostán  que  fueron  a  ver  al elefante. Por motivo de sus limitaciones personales uno de los ciegos pensó que el elefante era semejante a un árbol; otro, semejante a una serpiente; otro, semejante a un abanico; otro, semejante a una rata; otro, semejante a una lanza filosa; otro; semejante a una pared, pues cada uno de ellos juzgaba de acuerdo con la parte del elefante que palpaba. Nosotros cometemos un error más grave aun cuando tomamos por Dios al sol, la lluvia, la tierra, ciencia, o el cedro o la red, A veces adorarnos los atributos de Dios más bien que su persona. Decimos «Dios es Amor», etc.

Algunos adoran los gustos y placeres. Un hombre dijo una vez que en vista de que el domingo era su único día libre, había resuelto disfrutarlo con su familia. De manera que cada domingo los llevaba a pasear o a los centros de diversión o a los parques en busca de placer. Pero al hacer esto, apartó a su familia de las reuniones de su Iglesia y del espíritu del día de reposo. De esta manera comenzó a desvanecerse su entendimiento del evangelio. Este hombre estaba usando el domingo para enseñar a su familia a violar los mandamientos de Dios y fijar su atención en las cosas con que se divertían. Con los años su familia naturalmente se retiró cada vez más de la Iglesia, hasta que ahora todos se han vuelto completamente inactivos… ¡Qué sacrificio tan tremendo ha ofrecido este hombre a su red! Por haber buscado el compañerismo de sus hijos en forma indebida, ahora corre peligro de perderlos por todas las eternidades.

Recientemente dijo un amigo mío: «Uno de estos días, que tenga un poco de tiempo, voy a sorprender a todos y empezar a ir a la Iglesia.» Pero, ¿quién de nosotros sabe cuánto tiempo le queda? A los que piensan en tal forma se estaba refiriendo el Señor en la parábola del hombre que estaba proyectando grandes cosas. Pero entonces un día «díjole Dios: Necio, esta noche van a pedir tu alma». (Lucas 12:20) El tiempo es cosa de mucho valor, y, ninguno de nosotros lo tiene en abundancia, ni aun desde el comienzo de nuestras vidas. Según las estadísticas, en 1776 el término medio de la vida del hombre era 35 años. En 1900 era 48. Ahora casi ha llegado a los 70 años. Quiere decir que desde 1900 se han añadido 22 años de vida a nuestro «segundo estado». Esto nos da un poco más  de  tiempo  para  prepararnos  para  la  eternidad;  pero,  ¿qué estamos haciendo con él, y acaso podemos considerarnos mejor preparados para presentarnos delante de Dios ahora que la gente en 1900?

Si llevásemos un apunte del tiempo que dedicamos a nuestros esfuerzos, ¿cuánto de este tiempo adicional habremos pasado en «los negocios de nuestro Padre?» Si entregásemos a Dios el tiempo que pasamos en cosas triviales o en gustos, entretenimientos, hábitos malos con ese tiempo podríamos salvar nuestras almas así como las de muchos otros de los hijos de nuestro Padre.

Como directores en la Iglesia se nos ha llamado a trabajar en la empresa más importante que se ha establecido en la tierra. Es la obra a la cual el dedica su tiempo entero. Conviene apartar una cantidad suficiente de nuestro tiempo para este objeto, incluso el tiempo necesario para hacer una preparación adecuada. Hay un tiempo para nuestras redes y un tiempo para adorar a Dios.

Se requiere mucho tiempo para desarrollar actitudes y habilidades. Se necesita algún tiempo para desarrollar el interés en las cosas espirituales. En una conversación, un hombre hablaba del tiempo que había pasado cortejando a su esposa. Su amigo le preguntó: «¿Por qué no la visitó solamente una vez?» El interés, la habilidad y el amor son virtudes acumuladoras, aun en las cosas de Dios. Sería buena idea que todos procurásemos dos relojes. Uno para marcar el tiempo que dedicamos a nuestras redes, y el otro las horas que nos ocupamos en el trabajo de la Iglesia. Quizá nos daríamos cuenta, como lo indicó Habacuc, que estamos sacrificando demasiado a nuestras redes y ofreciendo demasiados sahumerios a nuestro aljerife.

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Gatos monteses

Liahona julio 1961

Gatos monteses

por el élder Sterling Welling Sill

Dos alumnas de una universidad vivían juntas. El hermano de una de ellas había matado un gato montés en una cacería y trajo al gatito juguetón de la hembra muerta a estas jóvenes, a quienes tanto cayó en gracia, que decidieron quedarse con él en su apartamento. Lo alimentaron, lo cuidaron y se divertían mucho jugando con él. Al poco tiempo era como uno de los miembros de la familia. Mas cuando se vive cerca de una cosa todos los días, es algo difícil reparar en los cambios que se están efectuando. Al pasar el tiempo, las jóvenes si apenas se dieron cuenta de que aquel gracioso y juguetón gatito estaba creciendo.

Cierta noche, después de la escuela, una de las jóvenes tuvo que ir sola al apartamiento. Algo le había sucedido al gato montés ese día que había despertado sus instintos hereditarios y desatado la naturaleza destructora del animal salvaje que había en él. El gato montés había cesado de ser un gatito y se había convertido en una bestia salvaje con toda su ferocidad natural e inclinaciones de matar. El animal acometió a la joven asustada. Tratando de protegerse, volcó el teléfono. La telefonista oyó sus gritos y envió a la policía a su casa. Los agentes llegaron a tiempo para salvar a la joven seriamente arañada y matar al gato montés que la habría destruido.

En la claridad de su examen retrospectivo, las jóvenes comprendieron su error de permitir que el gato montés se criara en su apartamiento. Sin embargo, no siempre se ve con igual lucidez la respuesta a toda situación, cuando se mira a través de la perspectiva más opaca de la previsión. La previsión de estas jóvenes alumnas no les había indicado el peligro latente en aquel lindo gatito cuando lo habían aceptado como miembro de la familia. Además, no habían modificado su situación a la par de los cambios que estaban ocurriendo diariamente.

En el momento del ataque, el gato montés todavía era para ellas un gatito inofensivo. Basadas en su valorización original, no habían podido ver la feroz y asesina potencia del animal salvaje que se iba desarrollando en el inofensivo y gracioso gatito. Finalmente, cuando el ataque las obligó a considerar nuevamente la situación, casi fue demasiado tarde.

Desafortunadamente, nuestras jóvenes, alumnas no son las únicas que dejan pasar inadvertida la necesidad de hacer regularmente modificaciones que correspondan con los cambios en las circunstancias. Ni tampoco han sido las únicas víctimas de un gato montés. Muchas personas han creído que estaban jugando con «gatitos», pero más tarde descubrieron que tenían sobre ellos una feroz jauría de gatos salvajes. Una película que vi hace poco narraba la historia de un hombre que se había enviciado en el opio, y para explicar su situación decía que «llevaba un mono prendido al cuello.» Más bien que mono, era algo que había alcanzado las proporciones de un gorila, en cuanto a fuerza y horror. Nadie puede padecer los horrores inimaginables del vicio de las drogas por mucho tiempo sin descubrir que lo que lleva prendido al cuello es mucho más peligroso que cualquier bestia de la selva.

Cuando la persona primeramente adopta una maldad, quizá la vea solamente como un gracioso y juguetón» hábito malo; pero es menester juzgar los malos hábitos, como debe hacerse con los gatitos monteses, por su potencialidad oculta. Ambas cosas tienen una forma de crecer que no conviene pasar inadvertida. Un poco de crecimiento diario, y cuando uno menos lo espera, las filosas garras de un hábito malo están haciendo pedazos a su huésped.

Hace poco se publicó la autobiografía de Lillian Roth. Esta distinguida artista que logró el éxito, la riqueza, adoptó un gato montés. La muerte de su prometido, que falleció inesperadamente a una edad muy joven, le partió el corazón. Por muchas semanas la tristeza agobió a tal grado sus pensamientos, que casi no podía descansar. Su enfermera le sugirió que tal vez si bebía un vaso de aguardiente, antes de acostarse, le ayudaría a dormir. Esa noche, después de beber el aguardiente, fue la primera vez, en algunas semanas, que pudo descansar bien. Agradecida en extremo por la tranquilidad que le había traído el aguardiente, siguió tomándolo las noches subsiguientes sin notar ningún cambio en la relación, que estaba estableciendo con él.

Algún tiempo después, alguien le aconsejó a la señorita Roth que quizá se estaba sobrepasando y debería quitar de su vida aquella maldad creciente. Sus amigos le hicieron ver las desventajas de enamorarse de un gato montés. Sin embargo, ella estaba completamente segura de poder dominarse en cualquier situación. Pero no había pasado mucho tiempo cuando empezó a oír los siniestros gruñidos de un hostil animal salvaje. Entonces fue cuando comprendió por primera vez que ya no estaba jugando con un gracioso e inofensivo gatito. Estaba ligada a una bestia feroz de instintos asesinos. Inmediatamente trató de separarse, pero llena de horror descubrió que no podía descontinuar sus relaciones.

En un tiempo ella había sido dueña de un gato montés; ahora el gato montés era dueño de ella. Cuando gritó, no hubo ningún policía compasivo que la socorriera. Se hallaba completamente indefensa, pues había perdido aun la fuerza de su propia voluntad.

Los años siguientes fueron como una horrible pesadilla. Se casó y se divorció varias veces. Le cancelaron sus contratos para hacer películas; perdió su cuantiosa fortuna, su buen nombre, su amor propio, casi toda otra cosa digna que previamente había poseído. Sin la menor intención, se había puesto en manos de una influencia que casi consumó su destrucción, social, moral y económica.

Sin embargo, el gato montés del licor no es el único. Existen muchas otras variedades. Los hay de todos colores, formas y tamaños. El hábito de fumar es un gato montés; el vicio del juego es otro; también lo son la mentira y el mal genio; la inmoralidad puede llegar a ser uno de los más temibles gatos monteses. Con un poco de tolerancia, cualquiera de éstos nos puede robar todo, aun la habilidad para orientar nuestros propios pensamientos. Por motivo de que siempre exageramos nuestra facultad para dominarnos, cometemos el error de no pensar anticipadamente en este temible peligro con suficiente seriedad.

Frecuentemente oímos que alguien se jacta en esta forma: «Pensaré como me dé la gana.» Pero la semana pasada conocí a una mujer de cuarenta y cinco años de edad que había perdido esa habilidad y acababa de hacer un intento de suicidarse. Esta mujer es una viuda, madre de tres niños pequeños. Tiene su grado de maestra y una posición regular como profesora. Hace pocos años empezó a entregarse al hábito de pensar negativamente, el cual se desarrolló, al pasar el tiempo, en una disposición mental en que se consideraba víctima de las circunstancias. Continuó esta práctica por tanto tiempo, que ahora le es imposible desechar esos períodos prolongados de abatimiento mental. Ha pagado fuertes cantidades de dinero a los psiquiatras para ver si la pueden librar de esta fiera, pero hasta la fecha es poco el progreso que se ha logrado. Comprende lo que podrá ser de sus hijos pequeños si logra el éxito la próxima vez que intente suicidarse. También ha considerado lo que puede suceder si sus pensamientos son perjudicados permanentemente por su melancolía; pero ha perdido la facultad para «pensar como le dé la gana».

Cuando el poeta italiano, Dante, describió su viaje imaginario por el infierno, se refirió a una situación que frecuentemente se aplica a nosotros. Un grupo de condenados había hecho lo malo por tanto tiempo que habían perdido la habilidad para obrar en otra forma. Hicieron la siguiente explicación: «Así como nuestros ojos, fijos en las cosas terrenales, no alcanzaron a mirar hacia el cielo, ahora la justicia nos los ha ligado con la tierra. Y así como muestra avaricia destruyó nuestro amor por lo bueno, perdiendo con ello la obra de nuestra vida, la justicia ahora también nos mantiene cautivos, sujetados por estos grillos.» Estos desdichados habitantes del infierno se habían preparado para un sitio del cual ahora les era imposible escapar. El infierno es el lugar preparado para aquellos que se preparan para morar allí.

Criamos un gato montés destinado a destruirnos, cuando formamos el hábito de criticar y hallar faltas indebidamente en aquellos que nos presiden. Entre otras cosas, destruimos la habilidad que ellos tienen para ayudarnos. Igual que muchos otros hábitos malos, parecerá tan inofensivo al principio; pero si lo continuamos, crecerá y pronto se convertirá en feroz gato montés que nos privará de nuestras bendiciones y dejará en su lugar la apostasía y la condenación.

Nuestra facilitad para dirigir también puede prohijar gatos monteses. En 1926 conocí a un hombre, en quien, según yo conceptuaba entonces, había las mejores posibilidades de llegar a ser un destacado director  en la Iglesia. Pero cuando comenzó a lograr algún éxito en sus negocios, empezó a perder el interés en casi todo lo demás, con excepción de sí mismo. Llegó a confiar necia y desmedidamente en su éxito temporal. Comenzó a disminuir el número de sus actividades en la Iglesia. Redujo sus contribuciones económicas y aumentó el número de privilegios desautorizados. Empezó a tropezar con su importancia recién lograda. Tenía buena cabeza, personalidad atractiva y fina educación excelente, pero se tornó intolerante. Si otras personas cometían errores, las reprendía severamente.

Sin darse cuenta siquiera de lo que sucedía, estaba reuniendo en derredor de sí una jauría de gatos monteses que iban creciendo rápidamente. Uno de éstos pudo haberse llamado afán de las cosas del mundo; otro, envanecimiento; otro, impaciencias; otro, crítica; otro intolerancia. Todos los días los alimentaba con sus hechos. En los años siguientes le sucedió lo mismo que a Lillian Roth. No sólo se apartó de la Iglesia, sino que su carácter intolerable también había destruido su utilidad para sus patrones. Por consiguiente, perdió la importancia de que tanto se preciaba aun para sí mismo. También ha perdido su oportunidad de lograr el éxito económico; y no sólo esto, sino su atractiva personalidad, su entusiasmo, ambición, espiritualidad y la mayor parte de sus amigos. El hombre que era y el hombre que pudo haber sido fueron despedazados por las bestias destructoras, las cuales, una vez que hubieron crecido, lanzaron toda su furia contra aquel que las había criado.

Hay muchos otros gatos monteses. La desidia o pereza es un gato montés; también lo es la ignorancia, igualmente la falta de lealtad. Supongo que en un tiempo el terrible pecado, que con el tiempo venció a judas Iscariote, era tan pequeño que fácilmente pudo haberlo vencido. El gato montés no hace acepción de personas. El rey David, de quien se dijo en su juventud, «Jehová se ha buscado varón según su corazón, permitió que los pensamientos indebidos lo aplicaran en dos pecados mortales.

El rey Salomón crió varios gatos monteses. Este hombre fue bendecido con mayor sabiduría de la que había tenido persona alguna hasta ese tiempo. Dos veces vio a Dios; pero adoptó un pequeño gatito salvaje llamado desobediencia. Se casó con mujeres que no eran de su fe, contraviniendo las instrucciones directas del Señor. «Y enojóse Jehová contra Salomón, por cuanto estaba su corazón desviado de Jehová Dios de Israel, que le había aparecido dos veces.» (1 Reyes 11:9) Salomón perdió su reino, su dignidad y su Dios. Murió adorando ídolos, porque a pesar de toda su sabiduría no entendió el peligro de criar un gato montés, ni corrigió los cambios que gradualmente modificaron su disposición mental hacia Dios.

Uno de los misioneros que me sirvió de ideal mientras estuve en la misión, era un hombre de gran fuerza espiritual. Cuando volvió a casa, consintió un gato montés en su profesión. Dejó que la práctica de la medicina le sirviera de excusa para hacerse inactivo en la Iglesia. Gradualmente aumentó el número de sus privilegios desautorizados a tal grado que cuando murió, relativamente joven, se había apartado completamente de la Iglesia. Cuando dio los primeros pasos por el camino errado, no tenía la menor intención de llegar al terrible destino donde lo alcanzó la muerte. El hecho de que hoy el animal es un gatito pequeño, juguetón y lindo, no significa que será la misma cosa mañana.

Nuestro problema, pues, consiste en determinar lo que pensamos hacer respecto de nuestros propios gatos montases que tienen que ver con nuestra vida personal, así como los que afectan nuestra actividad como directores. La siguiente sugestión viene de un abogado, el cual siempre aconseja a sus clientes a que frecuentemente examinen y gradúen el valor de sus bienes, a fin de efectuar inteligentemente el ajuste necesario. Esta idea resulta mejor todavía cuando se le da una aplicación espiritual. Ciertamente debemos analizar frecuentemente la condición de nuestra fe y nuestra habilidad para dirigir. Solamente así podremos determinar eficazmente qué se puede hacer con respecto, a los gatos monteses que estemos criando en nuestra habitación. Nuestros gatitos podrán ser de un tamaño, forma, o color distintos de los que hemos tratado en los párrafos anteriores, pero no obstante su color o forma, el gato montés siempre es gato montés, y conviene que nosotros estemos bien percatados de su potencia para destruir.

Gran parte de nuestros problemas surgen porque jugamos con lo malo. Aun los más débiles de nosotros, frecuentemente nos sentirnos seguros de poder dominar cualquier situación que se presente. De esta manera, desarrollamos una confianza desmedida en nosotros mismos que puede causar nuestra caída. En la mayoría de nosotros los humanos no hay suficiente temor de la maldad; y ésta, si se le permite continuar, pronto consume nuestra eficacia y destruye nuestra fe.

Fue la profunda sabiduría de Jenófanes que lo hizo decir: «Confieso que soy el cobarde más grande del mundo, pues no me atrevo a cometer ninguna cosa mala.» Cuando sincera y honradamente exista tal sentimiento en nosotros, habremos resuelto en gran manera el problema de nuestros gatos monteses.

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Las iniquidades prevalecen contra mí

Liahona mayo 1961

Las iniquidades prevalecen contra mí

por el élder Sterling Welling Sill

El tercer versículo del Salmo 65 dice: “Las iniquidades prevalecen contra mí”. Hace algunos años Harry Emerson Fosdick escribió un artículo con el título de “Obediencia”, en el cual llamó la atención al poder destructor que el pecado ejerce en las vidas de la gente. Luego de citar el versículo anterior, indicó algunas de las fuentes de donde proviene la potencia del pecado.

El problema principal del género humano es el pecado. Es el obstáculo que estorba el camino de casi todo éxito y felicidad humanos. Por consiguiente, considerándolo desde el punto de vista que sea, incluso el de nuestra propia experiencia, merece nuestra consideración más seria. El pecado es una palabra  antiquísima. Para muchas personas es algo sumamente desgastado que carece de la mayor parte de su dentadura. Hay algunos que lo dejan pasar completamente inadvertido. Para otros, se ha puesto de moda negar del todo la existencia del pecado. Sin embargo, el pecado no acompaña su nombre al destierro; ni deja de existir porque se hace caso omiso de él. Los que cierran sus ojos para no reconocer su existencia probablemente llegan a ser menos competentes para encararse son él, que aquellos que reconocen el problema y continúan combatiendo sus causas. Tenemos toda razón para temer nuestros pecados, porque tienen gran potestad sobre nosotros y en su triunfo podemos ver la ruina de cada una de  nuestras esperanzas.

El problema más grande de nuestras vidas y la responsabilidad mayor de los directores, es la eliminación del pecado. Nuestro cuidado principal y el sitio donde debía empezar nuestro ataque estriban en nosotros mismos. Para nuestro beneficio, pues, debemos buscar la fuente de la potencia de nuestros pecados, porque en la victoria sobre el pecado hallamos nuestra única esperanza de una felicidad permanente.

1.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” por motivo de su fuerza para ligar.

Si se le da rienda suelta, el pecado tiene la facultad para convertirse en hábito, del cual es difícil soltarse. El hábito es de mayor importancia en la determinación de nuestro destino que casi cualquier otra influencia. A fin de que aprendamos a respetar la fuerza de un hábito, procuremos en alguna ocasión dejar uno de ellos, aun de los más pequeños.

Como ilustración de la potencia de un hábito o pecado para aferrarse, se dice que uno de los pueblos antiguos tenía una forma singular de castigar el crimen. Si uno cometía asesinato, su castigo consistía en ser encadenado con el cuerpo de su víctima. Dondequiera que fuese, de allí en adelante, tenía que arrastrar el cuerpo putrefacto de su delito. No había posibilidad de que se libertara de los resultados de su maldad. Si decidía matar de nuevo, se le agregaba otro cuerpo muerto a su carga opresiva, el cual también tenía que arrastrar consigo a todo lugar que fuese, de allí en adelante. Por terrible que nos parezca este castigo, la vida tiene un plan de retribución muy semejante. En cierto respecto siempre nos hallamos encadenados con nuestros pecados. Parece haber un gran poder de retribución que constantemente vigila en todo el mundo a fin de cuidar que ningún pecado quede sin castigo.

El castigo del que desobedece la ley de la templanza es una sed exigente y destructiva que lo impele cada vez más por el camino de la desesperación. Todos han visto los lamentables esfuerzos de un pobre alcohólico que trata de librarse del monstruo que se ha asido a él. El castigo del que no estudia consiste en ser encadenado con la ignorancia, y dondequiera que va, de allí en adelante, debe arrastrar su ignorancia consigo. Mientras se halle entre sus garras, no puede encontrar alivio ni aun por un instante, y no puede haber salvación en la ignorancia. Hemos visto vidas patéticas, abrumadas por su pesada carga de ignorancia, arrastrando por la vida este desagradable yugo destructivo. El castigo del que practica la inmoralidad es que el pecado encarna en su alma y lo deja cicatrizado y desfigurado con su asquerosa presencia. La misma cosa sucede con la falta de honradez, con la pereza, con la disposición incorrecta de ánimo y pensamientos negativos. Probablemente el apóstol Pablo se estaba refiriendo a esta costumbre antigua de ser encadenados con el cuerpo cuando exclamó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24)

El que comete el pecado es semejante al que salta por la ventana desde un piso alto. Si el acto consistiera solamente en saltar, su problema se resolvería fácilmente; más cuando ha saltado por la ventana y empieza a funcionar la ley de gravedad, se encuentra luchando con una fuerza sobre la cual no tiene ningún dominio. Fue el amo absoluto de su primer acto, pero no del poder de la gravedad que inmediatamente siguió.

Muchas personas alegremente juegan con el pecado, suponiendo que los actos separados que pueden cometer, constituyen su problema total. Pero los pensamientos se desarrollan en hechos; los hechos se tornan en hábitos; los hábitos maduran en carácter y el carácter determina nuestro destino. Es cierto que cometemos los pecados separadamente, pero nuestro eterno destino tendrá que encararse con el “poder cautivador” del pecado.

2.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” por motivo de su poder para cegar.

Nunca uno ve su propio pecado debidamente. Ninguno puede calcular correctamente las consecuencias de sus propias maldades. Cuando empieza, el pecado siempre viene disfrazado. Al principio se hace llamar por cualquier otro nombre, por ejemplo, la libertad; pero todo aquel que ha aceptado esta oferta de libertad del  pecado, pronto descubre que ha sido engañado. Uno empieza siendo libre para hacer lo malo, libre para satisfacer sus gustos más bajos; pero termina incapacitado para cesar aquello. Habiendo empezado, se halla esclavizado, atado por las cosas que al principio tenía la libertad de hacer. El Dr. Fosdick dice: “Se hallaba en libertad para jugar con un pulpo; pero ahora que se encuentra envuelto por sus largos brazos y sujetado por sus ventosas, ha perdido la libertad para apartarse.”

La potencia del pecado para cegar, ofusca la visión. Los ojos que en esta forma han sido pervertidos, difícilmente puedan volver a ser enfocados para ver clara o rectamente. Es casi imposible admitir que nuestros propios hechos sean tan negros como cuando el mismo hecho es cometido por un reo. Una de las cosas más difíciles que la gente tiene que aprender a decir es: “He pecado”. Solemos considerar nuestros propios pecados como “experiencia”. Los llamamos “mala conducta” o “errores”. En esta forma cegamos nuestros propios ojos e impedimos que nos demos cuenta de la enfermedad interna que constantemente crece cada vez más, hasta que nos destruye. El pecado siempre nos coloca en posición tal que nuestras ofensas quedan ocultas de nuestra vista. Se vale de tantos alias y disfraces, que uno raras veces se reconoce a sí mismo como el reo. Más imposible aún es imaginar que al fin uno mismo se perderá. El pecado, en los barrios pobres, nos parece terrible; se tambalea y blasfema y se entrega a vicios nefandos. Sin embargo, mudémoslo a una vecindad más respetable, vistámoslo con buen gusto y elegancia, y lo veremos danzar delante de nosotros como Salomé en presencia de su tío, con una fascinación tan irresistible que nuestra felicidad parece depender de ello. Pero la atracción es sólo para incitar nuestra expectación. Una vez que somos vencidos, el pecado cambia rápidamente de ropa y altera su porte. De expectación pasa a la memoria por medio de la comisión, y nunca más volverá a tener la misma hermosura. Entonces lo encerramos en la memoria, como en el cuarto oculto del palacio de Barba Azul, donde se guardaban las cosas muertas. Cuando pensamos en el pecado que se halla en nuestra memoria nos estremecemos, y sin embargo, nuestros recuerdos continuamente están volviendo a él.

3.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” porque son más contagiosos que una enfermedad.

Cuando queremos a la gente, como queremos a nuestra familia y amigos, ponemos en sus manos una influencia casi irresistible sobre nosotros. Correspondemos a sus palabras y emociones con velocidad telegráfica. Lo que a ellos les sucede tiende a sucedernos a nosotros. Lo que ellos piensan y sienten, nosotros contagiosamente recibimos. Cuando se trata de sus opiniones y prácticas, nos tornamos sensibles e impresionables en extremo. En casi todos los hechos de nuestra vida, meramente estamos siguiendo a otra persona. Cuando Satanás se rebeló en los cielos, la tercera parte de todas las huestes celestiales lo siguieron. El pecado hace que los hombres sean iguales a Satanás. Nadie va por el ancho camino del pecado a solas. Cada cual marcha a la cabeza de alguna especia de caravana. Cuando uno se convierte en pecador, inmediatamente empieza a seducir a sus semejantes. Ninguno de los que usa narcóticos o profanan el nombre de Dios o quebrantan el día de reposo, está conforme hasta que ha convertido a su compañero a sus vicios. El pecado más grande del hombre no es el de ser víctima, sino en buscarlas. Se convierte en Satanás para otros.

4.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” por motivo de su potencia para empedernir.

El pecado hace insensible el alma; aparta los pensamientos de Dios. El corazón endurecido carece de la tierra en la cual puede brotar la semilla de la fe y la justicia. Uno de los rasgos que tornan la salvación en cosa difícil de lograr, es un corazón duro. El Salmista cantó: “No endurezcáis vuestro corazón.” (Salmos 95:8)

El apóstol Pablo repitió la misma amonestación; “No endurezcáis vuestros corazones.” (Hebreos 3:8) Convendría que también nosotros levantásemos la voz para desterrar el pecado y de esta manera librarnos de su potencia para endurecer.

5.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” porque traen sobre otras personas las consecuencias irremediables de la maldad.

Ningún hombre ha podido edificar jamás un muro de suficiente altura para contener las consecuencias del pecado. Los pecados de los padres tienen implicancia sobre los hijos. Las maldades de los hijos también afectan a sus padres y sus compañeros. Una vez desatado el pecado, ya no puede sujetarse; surte sus efectos en todos nosotros; no podemos alcanzarlo; no podemos reparar el daño. El gobernador podrá perdonar a un asesino, pero no puede restaurar una vida. Dios puede perdonarnos nuestros pecados, pero ¿cómo puede perdonar sus consecuencias, o cómo puede perdonarnos nuestra ignorancia, nuestra desidia, la influencia que ejercemos en las vidas de los demás?

6.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” por motivo de su potencia para multiplicarse.

Cada pecado desova otros pecados, como los peces del mar. Una mentira necesita otra mentira para sostenerse. Un hombre puede conducir a una familia o nación a la ruina y la destrucción. Lamán y Lemuel destruyeron una civilización porque tenían en su carácter las semillas del pecado y la muerte, las cuales pronto se multiplicaron en número suficiente para matar un continente entero.

7.- “Las iniquidades prevalecen contra mí” porque inculcan en mí una sensación de culpabilidad que no puede borrarse.

El pecado tiene la facultad para grabarse en la memoria y encarnar en el alma, de donde no es fácil desalojarlo. El pecado permanece en nuestros corazones para afear y enfermar nuestras vidas.

Cuando suenan las campanas de las boyas flotantes en el océano solitario, ninguna mano humana las hace repicar. La desolación de un océano inhabitado las rodea por todos lados. El mar, a causa de su propia inquietud, tañe sus propias campanas. En igual manera, el remordimiento y la culpabilidad repican en el corazón de los condenados, y ninguna mano humana puede hacerlos callar, por los siglos de los siglos. Así es como se manifestará ese “tormento sin fin cuyas llamas ascienden para siempre jamás”, a menos que haya un arrepentimiento sincero.

Debemos quebrantar la potencia del pecado en nuestras vidas, tanto por la reforma, como por la eliminación. El mejor de estos métodos es la eliminación. La cosa más deseable no es la bienvenida del pródigo. Es mucho mejor que la persona conserve limpio su carácter obedeciendo la ley más alta que conoce, a fin de que nunca tenga la difícil y acerba lucha de intentar regenerarse. Debemos podar los retoños del pecado y alentar el desarrollo de la santidad y la comunicación con Dios, como el principio que encauza nuestras vidas.

Entonces podremos desarrollar nuestra potencia y llegar a ser más poderosos que las fuerzas del pecado cuyo propósito es vencernos.

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Alza tus ojos

Conferencia General Abril 1961

Alza tus ojos

Sterling W. Sill

por el élder Sterling Welling Sill
Asistente del Consejo de los Doce Apóstoles


Estoy muy agradecido, mis hermanos y hermanas, por esta oportunidad de asistir con usted a la conferencia general de la Iglesia. Qué privilegio maravilloso es venir aquí y ser fortalecidos en nuestra fe y tener nuestros pensamientos redirigidos hacia el objetivo por el cual se organizó la Iglesia en esta última y más grande de todas las dispensaciones.

La razón del Señor para traernos a estos valles, en primer lugar no fue principalmente para establecer un estado de riqueza y facilidad, es probable que no tuviera la intención de que debíamos sobresalir como una comunidad financiera o como asiento de la influencia política. Nos trajo aquí para la edificación del reino, para enviar el mensaje de la restauración a las naciones, y para preparar al mundo para la segunda venida gloriosa de Cristo. En estos campos hay que sobresalir.

Lo que es una seria responsabilidad que ha de ser confiada con el mensaje de salvación universal. Pero con la ventaja de saber que hemos recibido de nuestros tres grandes volúmenes de nueva escritura, con el apoyo de nuestros propios testimonios personales de  la  verdad,  ¿qué  razón  podemos  dar  posiblemente  si  no  nos destacamos en la fe y en la educación y en la piedad y en ser honrados en nuestra preparación personal, estamos tratando de la vida eterna? Para ayudarnos a conseguir la motivación y la inspiración para este logro que es uno de los propósitos de estas grandes reuniones semestrales. Seguir leyendo

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El prodigo que permaneció en casa

Liahona  abril 1961

El prodigo que permaneció en casa

por el élder Sterling Welling Sill

De todas las enseñanzas de Jesús, una de las más ampliamente conocidas, es la parábola del Hijo Pródigo. Es una narración que tiene que ver con un joven que abandonó su casa y derrochó su herencia viviendo perdidamente». Cuando se disipó su hacienda, descubrió que no podía proveer lo suficiente para sus propias necesidades. Entonces cuando el hambre empezó a agravarse, dejo la «provincia apartada» y volvió a casa, donde todo le había sido abastecido anteriormente.

Las Escrituras nada nos dicen de la vida posterior de este joven. Si verdaderamente aprendió la lección y efectuó un cambio permanente en su manera de pensar y utilizar su tiempo, fue poco lo de matar el “becerro grueso” en su honor, Sin embargo, no siempre cambiamos nuestros hábitos de pensar y vivir tan rápidamente. La regla general de la naturaleza humana tiende a indicar que algunos «pródigos» permanecen en casa sólo el tiempo suficiente para rehacer su fortuna y entonces emprenden el viaje en otra dirección. Y pese al número de veces que se alejan, esperan la misma «bienvenida del pródigo» después de cada fuga.

Sin embargo, no siempre se resuelve este problema con tan solamente volver a casa. En primer no fue culpa de la “provincia apartada” sino del pródigo; y no olvidemos que fue en el hogar donde había las tendencias que lo hicieron abandonarlo. Existe en nosotros esa inclinación de disculpar nuestros hechos durante nuestros períodos de dificultad o crisis. Sin embargo, la crisis no causa la dificultad; solamente la pone de relieve.

Por ejemplo, tenemos la tendencia de disimular las acciones indecorosas de un hombre cuando está ebrio. Opinamos que cuando se halla bajo la influencia del licor, no es realmente responsable. Decimos que es un buen hombre cuando «esta en su juicio». Pero fue mientras estaba en su juicio que cometió la maldad; fue entonces que decidió emborracharse, Su ebriedad  solamente recalca su debilidad, y prepara el camino para una conducta más sospechosa en lo futuro.

Es decir, los pecados, igual que todo lo demás, engendran progenie. El pródigo parecía ser buen joven cuando decidió abandonar su casa. El derroche, las rameras y la vida perdida llegaron como una cadena, unos trabados a otras y vinieron después. Un rasgo malo puede engendrar todo un séquito de maldades. Usualmente los pecados no vienen uno por uno, sino en racimos o en familias. La debilidad y los pecados se alimentan de sí mismos. El fracaso de hoy es la mejor predicción del fracaso de mañana. Uno de los principios psicológicos bien establecidos es que la mente se inclina a seguir las huellas de los pensamientos. Los pensamientos y actividades subsiguientes siguen la huella del que abrió el camino. Con cada repetición se hace más fácil seguir el camino de menor resistencia.

El plan más seguro consiste en no dejar que el nos aventaje demasiado. La única manera segura de evitar que entremos en dificultades es no permitir que la dificultad entre en nosotros. Con cambiar de un sitio a otro es poco lo que se logra, a menos que nosotros mismos cambiemos. El joven no se convirtió en pródigo por hallarse fuera de su hogar. Esto no hizo más que mostrarle lo que había llegado a ser. El hecho de volver a casa no iba a cambiar su prodigalidad,  a  menos  que  estuviese  resuelto  a  cambiarse  a  sí mismo. No sólo debemos reconocer las malas consecuencias del pecado, sino también debemos reconocer en nosotros mismos aquellos rasgos que engendran la dificultad. Esto es sumamente difícil porque nuestras faltas, vistas a través de nuestros propios ojos, tienen muy poco parecido a las mismas faltas cuando las vemos en otros.

Por supuesto, nuestra preocupación mayor debería ser lo que podemos hacer al respecto. El médico aprende medicina comprando los cuerpos enfermos y los saludables. Cuando es sabio, aprende de todas las personas  y de todas las cosas. Aun la propia muerte contribuye a su conocimiento. Nosotros podemos aprender a vivir con mayor éxito siguiendo un procedimiento de comparación.

El Señor se afanó por proveernos los dos extremos opuestos. A nuestro derredor podemos ver lo bueno y lo malo, el uno al lado del otro. Las parábolas de Jesús son comparaciones. El contraste es lo que nos permite entender la lección con más facilidad. Entendemos en el acto los méritos comparativos del levita y del buen samaritano cuando los vemos juntos. Lo mismo sucede con las vírgenes sensatas y las imprudentes. La narración del hijo pródigo puede servirnos de espejo para indicarnos cómo podemos ajustar y adornar nuestras propias vidas. Una consideración atenta de lo que le sucedió puede ser la vacuna que nos inmunizará y guardará de contraer la enfermedad que le causó tan grave pérdida.

Esta parábola puede enseñarnos muchas, cosas. Cada persona puede derivar de ella las ideas particulares que más convengan a sus necesidades personales. En los pensamientos de algunos padres inculcará un poco más rotundamente el espíritu amoroso y disposición para perdonar manifestados por el padre del pródigo. A otros padres quizá los hará pensar en las condiciones del hogar que causaron la prodigalidad en primer lugar. El hermano mayor nos enseña algunas cosas, así de un lado del asunto como del otro. Su lealtad e industria contrasten notablemente con las de su hermano menor. Aquél había trabajado por muchos años y «no había traspasado jamás el mandamiento de su padre». Esto es indicación de sin gran mérito. Sin embargo, habrá quienes desacrediten este mérito porque aparentemente le faltaba algo en lo que concernía a la caridad y la tolerancia, aunque podemos entender lo que naturalmente debe haber sentido hacia su hermano, cuya manera de pensar era tan radicalmente distinta de la suya. Podemos incorporar a nuestras vidas las cualidades que queramos y descartar los rasgos que creamos inconvenientes.

Sin embargo, el pródigo es el personaje principal de la parábola y merece nuestra consideración especial. Todos tienen semejanzas y diferencias cuando se comparan con el ideal. Si nos examinamos atentamente, tal vez descubriremos que nosotros mismos tenemos algún parecido notable con el joven desafortunado que amamos el «hijo pródigo». El rasgo principal de éste consistía en que era disipador. Ese es precisamente el significado de «pródigo». Deseaba actuar como a él le placía. Es una debilidad común. Cuando cedemos con demasiada frecuencia a esta inclinación, es usualmente un síntoma que nos advierte de una dificultad grave que está a punto de surgir.

Si un gramo de prevención vale sin kilo de remedio, entonces conviene reconocer nuestros síntomas antes que la enfermedad se desarrolle demasiado. Una de las garantías más importantes del equilibrio personal es el desarrollo de la habilidad para hacer «lo que conviene» en lugar de permitirnos continuamente hacer como nos plazca. El pródigo «volvió en sí» sólo cuando fue humillado por circunstancias que no podía dominar. Con demasiada frecuencia aceptamos orientación solamente cuando nos vemos obligados a ello. Pensemos en el despilfarro y aun el agravio de que a veces somos culpables cuando nuestros padres, amigos, directores y aun Dios nos aconsejan sobre las malas tendencias. Pensemos en el esfuerzo, tiempo y angustias que pudimos haber evitado si hubiésemos estado dispuestos a aceptar el buen consejo. Alguien ha dicho que en vista de ser tan abundantes los buenos consejos, deberíamos aprovecharlos más. A menudo nos parecemos al hijo pródigo en muchos respectos. No solo derrochó su dinero; también desperdició su tiempo y el tiempo de la gente; disipó sus oportunidades para educarse; malgastó el carácter, no sólo el propio, sino también el de sus compañeros de juerga. Perdió el respeto de aquellos que pudieron haber sido sus amigos sinceros.

Despilfarró las habilidades y empleo provechoso que pudieron haber sido suyos.

Hay personas que no pueden aprender sino por la experiencia; pero algunas veces no nos beneficiamos mucho ni aun de lo que realmente nos sucede. Hay ocasiones en que nuestro éxito no puede sobrevivir nuestra experiencia. Es un hábito muy destructivo insistir en pasar por cada trance personalmente, pues por admirable que es el principio del arrepentimiento, no puede sustituir del todo una orientación prudente y original. Por ejemplo, es  sumamente difícil arrepentirse de “bienes derrochados”. El eminente psicólogo, William James, dijo una vez que el Señor podrá perdonar nuestros pecados, pero las células de nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso nunca perdonan. Es sumamente difícil esconder las sendas que corren por nuestro cerebro de los pensamientos futuros que quieren ir en esa dirección; y en una época posterior podemos encontrarnos en el mismo camino a pesar de creer que debíamos haber sido más prudentes después de la primera experiencia. Como quiera que sea, el que logra más beneficio de una aventura no siempre es el que ha pasado por ella. A menudo la lección viene demasiado tarde para él o se halla tan debilitado por las consecuencias, que ha perdido la facultad para aprovechar la lección. Los doctores jamás insisten en contraer las enfermedades personalmente. Hay mejores maneras de aprender. Podemos aprender ciertas lecciones del hijo pródigo y evitarnos la necesidad de pasar por esa experiencia nosotros mismos. Podemos aprender su lección sin sufrir su pérdida; recibir la experiencia sin correr el riesgo; sacar la ventaja sin pagar el castigo.

El pecado de la prodigalidad tiene muchas ramificaciones destructivas. No solamente debemos evitar el trance particular que vemos delante de nosotros, sino debemos comprender que cada persona tropieza en un lugar distinto. Sería menester que tuviéramos por delante las vidas de varios pródigos para poder completar nuestra experiencia en forma vicaria siquiera. No hay necesidad de esperar hasta que se manifiesten en alguien todas las lecciones derrochadoras. Dios nos ha concedido la razón y la conciencia y mandamientos para evitar que tengamos que experimentar todo eso.

El despilfarro es un producto secundario del vicio y constituye un desorden en nuestras vidas del cual debemos procurar salvarnos como de los vicios mismos. Es bastante difícil eliminar la pérdida y restringir los rasgos de carácter que la están causando, y también es bastante difícil salvarnos de las consecuencias del cáncer mientras estamos mimando la enfermedad. La cirugía es una parte muy útil de la medicina y también una parte muy útil de la religión; y la ocasión más conveniente para operar es antes que el paciente se encuentre demasiado enfermo.

Los rasgos de carácter que nos hacen perder nuestro tiempo no paran allí. Ni todos los derrochadores se van a una «provincia apartada». Es mucho más numerosa la cantidad de pródigos que nunca salen del hogar. Una prodigalidad tan intensa como la que se refiere en la parábola es como una fuerte irritación. En un tiempo comparativamente corto se muere el enfermo o se calma la fiebre. El dinero que sostenía la fiebre de nuestro amigo pronto se agotó, de modo que se vio privado de su poder para derrochar más de sus bienes mientras le faltaba la manera de reponerlos, Por tanto, se vio obligado a hacer algo. No siempre sucede así con los pródigos que permanecen en casa. Su despilfarro no será tan aparatoso, y sin embargo, puede resultar más serio al final porque dura más tiempo. La prodigalidad que es semejante a una fiebre intensa es una cosa; pero la que se parece a la lepra es cosa enteramente distinta.

Sin embargo, sea que la pérdida acontezca en casa o fuera de casa, sea aguda o crónica, constituye uno de los pecados más graves. Despilfarramos el tiempo; disipamos oportunidades; derrochamos bienes; desperdiciamos la salud; malgastamos el decoro propio. Aun dilapidamos la vida eterna. Las leyes de Dios decretan que podemos recibir cualquier bendición si estamos dispuestos a vivir de tal modo que la merezcamos. Dios no puede darnos más. Ha colocado su don principal a nuestro alcance. Pero mediante los  pecados abrumadores de la prodigalidad, disfrazados de ocio, ignorancia, indecisión, inercia, desidia, letargo y pereza, echamos lejos de nosotros las bendiciones del reino celestial, algunas veces aun sin darnos cuenta de que ya no las tenemos.

La mayor parte de nosotros, sea que nos consideremos pródigos o no, desperdiciamos suficientes horas en diez años para recibirnos de médicos en cualquier universidad. El noble escritor escocés, Tomás Carlyle, dijo: «El que muera una persona que pudo haber sido sabia y no lo fue, para mí constituye una tragedia Cuando se pierde una hora no sólo es tiempo perdido; es también despilfarro de poder, de nobleza de carácter; de felicidad futura. Muchos de nosotros no somos más cuerdos a los treinta años de lo que fuimos a los veinte ni más confiables a los cuarenta de lo que fuimos a los treinta; no producimos mayor ambición a los cincuenta años que cuando tuvimos cuarenta; y nuestra piedad tal vez no sea mayor a los sesenta años que cuando tuvimos cincuenta. Así que, al fin de nuestras vidas quizás nos hallaremos tan distantes del reino celestial como al principio.

De modo que el hombre, la gran obra maestra de la creación, dotado con todos los atributos de Dios, destinado para tener dominio sobre toda la tierra, no puede dominarse ni aun a sí mismo o su propio destino y no hace más que derrochar los «bienes de nuestro Padre. Igual que el motor de dieciséis cilindros, a veces solamente hacemos funcionar uno y desperdiciamos quince. Los inmensos desiertos y yermos de la tierra tan sólo pueden simbolizar inadecuadamente los eriales, mayores aún, de la mente y espíritu humanos. La pérdida más grande del mundo no es la devastación que acompaña la guerra, ni lo que cuesta combar el crimen, ni la erosión de nuestros terrenos, ni el agotamiento de nuestros recursos naturales. No es ni aun todas estas cosas juntas. La pérdida mayor del mundo es que los seres humanos, vosotros y yo, hijos de Dios, vivimos tan distantes del nivel de nuestras posibilidades.

La vida, cuando más, es sumamente breve. Nos vemos obligados a llenarla de tantas cosas. Sin embargo, la acortamos aún más por medio de nuestro derroche. Hemos disipado parte de nuestras oportunidades si no logramos crecer. No debemos permitir que el año próximo nos encuentre sin más habilidades que las que tuvimos este año. En lugar de tener muchos años de experiencia, hay ocasiones en que tenemos solamente un año de experiencia, repetida una vez tras otra. Nos es preciso arar nuevas tierras. Necesitamos aprender más, hacer más y ser más.

El otro día viajé siete horas en un avión, que llevaba 67 pasajeros. Casi sin excepción todos pasaron las siete horas ociosamente mirando por las ventanillas del aeroplano y ojeando sin interés alguna revista, Sócrates dijo: «Calificase de ocioso aquel que puede estar haciendo algo mejor.» Esta afirmación tiene un significado particular para nosotros que desperdiciamos nuestro tiempo, mientras a nuestro derredor hombres y mujeres están perdiendo sus bendiciones.

No hace mucho asistí a lo que para mí fue una reunión religiosa de mucho estímulo. Sin embargo, hubo algunos en quienes no surtió ningún efecto. Unos estaban durmiendo, muy pocos estaban anotando lo que oían. El que pronunció la última oración dijo: “Bendícenos a fin de que podamos recordar lo que hemos oído”. Estas oraciones probablemente nunca serán contestadas, hasta que nosotros mismos hagamos algo. Entre otras cosas, interesarnos un poco más y quizá anotar algunas de las ideas más útiles. Las mejores ideas pueden huir de nosotros o ser olvidadas en poco tiempo; y ya sea que suceda lo uno o lo otro, se han derrochado. Con frecuencia se ha dicho: «El hombre que ha sido echado en el olvido es aquel que se ha olvidado de sí mismo y de sus oportunidades.»

El hijo pródigo hizo lo que mejor le pareció y trajo sobre sí su propia ruina. Lo mismo sucede con el ocioso, el desobediente, el ignorante y el perezoso. Uno de los personajes de Shakespeare dijo: «Me burlé del tiempo y ahora el tiempo se burla de mí.» Así es la ley.

Benjamín Franklin dijo:

«Si el tiempo es, de todas las cosas, el más precioso, desperdiciarlo ha de ser la mayor prodigalidad. En vista de que nunca se recupera el tiempo perdido, lo que llamamos suficiente tiempo siempre resulta insuficiente. Esforzaos, pues, y obremos con propósito; para que por medio de la diligencia efectuemos más con menos perplejidad.»

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Casi

Liahona Marzo 1961

Casi

por el élder Sterling Welling Sill

Existe en nuestro idioma una pequeña palabra en la cual se puede encerrar tanta tragedia como la que podríamos hallar en cualquier otra.

Es una palabra al parecer muy inocente, «casi»; pero hallamos una ilustración de su potencialidad trágica en algo que aconteció durante el ministerio del apóstol Pablo.

Éste había sido aprehendido en Cesarea, y era de la incumbencia de Festo, Procurador de judea, presidir el juicio de Pablo. El Gobernador estaba sumamente interesado en el Apóstol y su mensaje. Aprovechando la visita de Agripa, Festo le comunicó la noticia del destacado misionero cristiano que se hallaba preso bajo su cargo. Agripa expresó el deseo de oír el testimonio de Pablo. Fue traído el prisionero y se le dijo: «Se te permite hablar por ti mismo.» Entonces Pablo les relató su extraordinaria visión por el camino de Damasco. Refirió exactamente lo que había acontecido dio un testimonio firme y convincente de la verdad. Agripa quedó interesado e impresionado. ¿Cómo podía dudar de la sinceridad de Pablo o de la certeza de su afirmación? Pero rechazó la oportunidad valiéndose de un método que, aún es sumamente común entre nosotros. No quiso llegar a una determinación que correspondiera con la evidencia presentada. Salvó el inconveniente diciendo meramente a Pablo: «Por poco me persuades a ser cristiano.»

Por supuesto, Pablo sabía qué significaba este «por poco.» Quería decir que aun cuando Agripa tenía a su alcance su propia salvación, no iba a hacer nada al respecto. Pablo le contestó al rey: «¡Pluguiese a Dios que por poco o mucho, no solamente tú, mas también todos los que me oyen, fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas prisiones!» Si Agripa hubiera sido como Pablo, no habría parado en ser «casi» persuadido. En lo que concernía al apóstol Pablo, no había ningún por poco» para él. Siempre había sido una cosa o la otra; nunca un punto intermedio. Una de dos, el cristianismo era verdadero o no. «Conversión parcial» o «devoción fragmentaria» deben haber sido conceptos ininteligibles para Pablo. Él era íntegro; su determinación, completa. ¿Qué clase de lógica nos sugeriría claudicar en medio de dos opiniones?

Pero hay muchas personas que, como Agripa, “casi” son algo. El Rey «por poco» quedó persuadido; pero no llegó hasta ese grado; «casi» se puso a reflexionar el asunto y decidir sobre él. Pero no llegó a realizarse y por consiguiente, las grandes bendiciones que pudo haber recibido murieron aun antes de nacer. “Casi” da la impresión de estar uno tan cerca de la consumación; y sin embargo, a veces nos hallamos tan lejos, que realmente ni vale la pena. Los judíos contemporáneos de Jesús se hallaban tan cerca, y sin embargo, quedaron tan lejos. Con cuánta frecuencia uno se aproxima tanto a la realización, que puede decir: «Casi dejé de fumar»; «casi fui a la Iglesia»; o «por poco me arrepiento» o «por poco logro el éxito.»

Hace poco oí a un agente de ventas decir que, “casi” había logrado una venta muy importante. Le fue preguntado cuánto le faltó, y dijo que el 98 por ciento: estaba hecho. Entonces se le preguntó cuánta comisión le pagaba la compañía por las ventas que «casi» efectuaba. Pensemos en la tremenda importancia del dos por ciento faltante, cuando se agrega al 98 por ciento ya realizado. Este mismo principio opera en la mayor parte de nuestras actividades. Una línea divisoria, sutil en extremo, separa el fracaso del éxito, y cuando nos detenemos «casi» al llegar a la línea, frecuentemente no hemos logrado mucho más que si nunca hubiésemos empezado. Ese 2 por ciento adicional es lo que lleva la obra hasta su conclusión y es de suma importancia.

Probablemente una de la más lamentable de todas nuestras faltas, en lo que respecta a la habilidad para dirigir, es que tan a menudo nos falta esa pequeña fuerza restante que nos llevaría a la realización. Con tanta frecuencia dejamos de esforzarnos cuando falta tan poco para llegar al éxito, después de haber hecho tanto trabajo. El mundo está lleno de obras a medio terminar y problemas a medio resolver. Nos hallamos rodeados de personas medio indecisas. Somos principalmente hombres en parte. Hay una gran cantidad de aves íntegras y flores integras. Es decir, cumplen con el cien por ciento del objeto de su creación. Pero en lo que toca al hombre, la obra maestra de la creación, con cuanta frecuencia distamos tanto de nuestras posibilidades. A menudo el punto vulnerable de nuestro éxito es este hábito malo de conformarnos con el “casi”. Hacemos las cosas fragmentariamente; empezamos mucho y nunca lo acabamos. Podremos hacer muchas cosas con mediocridad, pero nunca llegamos a perfeccionarnos en determinada cosa.

Un joven con varias cartas de recomendación, se presentó una vez ante el gerente general de una negociación de Nueva York para solicitar cierto puesto. ¿Qué puede usted hacer -le preguntó el gerente- en que se especializa?» El joven contestó: «Casi todo, señor,» El ingeniero concluyó la entrevista, comentando: «Para nada me sirve una persona que casi puede hacer todo. Prefiero alguien que sepa hacer una cosa bien.»

¡Qué bendición tan grande para nuestra civilización los hombres y mujeres que pueden llevar a cabo las cosas, que completan lo que inician y no dejan nada medio proyectado o medio resuelto o medio terminado!

Pensemos en todos los que empiezan a ir a la escuela y la abandonan antes de terminar; peor aún, pensemos en aquellos que empiezan el viaje hacia el reino celestial y entonces se desvían antes de perseverar hasta el fin.»

Algunos de los problemas más serios del mundo son estas «obras fragmentarias» y «negocios medio concluidos.» Las grandes recompensas de la vida son para aquellos que terminan lo que empiezan. Es interesante ir a las carreras de caballos y notar cómo se  aglomera  la  gente  en  el  sitio  donde  termina.  Todos  están interesados en ver cómo empieza la carrera, pero tienen mucho más interés en saber los resultados finales.

Se escribió un artículo sobre el primer caballo de carrera que ganó para su dueño más de un millón de dólares en premios. En la carrera particular con la cual sus ganancias alcanzaron esa cifra, corrió otro caballo que llegó en segundo lugar. Este segundo caballo constantemente le había «pisado los talones» al vencedor en un gran número de carreras, pero la suma total de lo que había ganado no pasaba de setenta y cinco mil dólares. Era «casi» tan veloz como el campeón, y sin embargo, éste había ganado trece veces más dinero. No porque fuera trece veces más ágil, ni dos veces, ni siquiera un dos por  ciento más  rápido; de hecho, apenas lo sobrepujaba lo suficiente para adelantarlo de uno a tres metros en una carrera de kilómetro y medio.

Vemos ilustraciones de esto por todas partes. Si la obra por efectuar es producir vapor, se hace necesario calentar al agua con un buen fuego hasta que alcance la temperatura de 100 ó 212 grados (según el termómetro que se esté usando). Es en ese punto donde ocurre la expansión. Si la temperatura del agua dentro de los cilindros de la locomotora solamente llega a 210 ó 98 grados, se ha desperdiciado el combustible y el fuego, no ha sido de ninguna utilidad, porque si “casi” produjimos vapor, realmente no hicimos cosa que valiera la pena.

Resulta igual cosa con el éxito; y también se puede decir lo mismo en lo que concierne al desarrollo de nuestra habilidad para dirigir. Aquel que camina la segunda milla, que hace más de lo requerido, es el que tiene mayor probabilidad de llevar a efecto la obra. Este es el que puede generar esos gramos adicionales de fuerza, el que puede transformar un débil «casi» en potente consumación.

La efectuación es más fácil cuando trabajamos con mas empeño; y más difícil cuando le dedicamos menos trabajo. El que obra con doble ahínco realiza cuatro veces más. Si trabaja con triple fuerza, descubrirá que lo efectuado es nueve veces mayor, y en el ínterin, indudablemente disfrutará nueve veces.

Si vimos a ser directores en la obra del Señor, seamos directores en todo el sentido de la palabra, o de lo contrario, no aceptemos una tarea de mucha responsabilidad. Cierto es que Dios no verá con buenos ojos a los que son desidiosos en posiciones de importancia. Probablemente no hay lugar donde este peligroso “casi” descuelle más o resulte más costoso, que en la obra de la Iglesia. Hay tantas personas que «casi» llegan a tiempo a las reuniones. «Casi» llegan preparadas, «Casi» entienden sus responsabilidades. «Por poco» se deciden. «Por poco» tienen fe. Esto de «casi» haber logrado el éxito en la obra del Señor es asunto de ~bastante seriedad. ¿De qué aprovecha «casi» haber salvado las almas de aquellos por quienes tenemos que responder?

Judas «casi» se arrepintió antes que fuera demasiado tarde.  Ya había caído la noche cuando salió y traicionó a Jesús, y a la mañana siguiente, muy temprano, volvió y se arrepintió. Mateo dice en su evangelio: «Y venida la mañana, entraron en consejo todos los príncipes y los sacerdotes, y los ancianos del pueblo, contra Jesús, para entregarlo a muerte… y le entregaron a Poncio Pilato Presidente. Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado volvió arrepentido las treinta piezas de plata a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos diciendo: Yo he pecado entregando la sangre inocente. Mis ellos dijeron: ¿Qué se nos da a nosotros? Viéraslo tú, y arrojando las piezas de plata en el templo, partióse; y fue y se ahorcó.» (Mateo 27:1-5)

El remordimiento y el arrepentimiento de Judas ciertamente fueron sinceros, pero debieron haberse llevado a cabo más pronto. Si su arrepentimiento hubiese ocurrido la noche anterior, otro habría sido su destino. Hay muchas personas que pecan durante la noche y se arrepienten antes que amanezca. Son parte del grupo que «casi» hace lo que debe. ¿Cuánto nos beneficia «casi» tener la fuerza suficiente para no caer en el pecado?

Lo que necesitamos más que otra cosa es esa pequeña porción adicional de fuerza, esa pequeña resolución adicional, esa poca preparación, esa poca devoción extra; y la necesitamos un poco más pronto a fin de que podamos salir de la categoría del «casi» y entrar en la de «íntegro».

El apóstol Pablo «casi» tuvo un compañero en la misión. Se llamaba Demas. El apóstol escribió su historia completa en siete palabras: «Demas me ha desamparado, amando este siglo.» Demas «casi» fue fiel. Tuvo la fuerza suficiente para «entrar en la órbita», pero le faltó cuando se trataba de conservarse en esa posición.

Cuando un buen ingeniero diseña un puente, lo construye tres veces más fuerte de lo necesario para soportar el peso acostumbrado. Se le da a la construcción la fuerza suficiente para soportar la carga máxima y entonces se le agrega más. ¡Qué confianza siente uno cuando en un puente o en un buen director se percibe una fuerza invariable y segura! Desagrada la sensación de que un puente o un director están casi a punto de venirse abajo. Queremos tener la confianza de que aun cuando se aumentara la carga que tuviese que soportar cualquiera de los dos, continuarían firmes, fuertes y seguros sin ninguna muestra de desintegración aun en sus puntos más débiles. ¡Qué emoción tan grata sentir que aun en las pruebas más severas uno tiene la fuerza necesaria para hacer frente a la crisis!

Esta fuerza adicional necesaria puede desarrollarse.

Durante el juicio de Jesús, Pedro negó al Maestro tres veces. En ese tiempo no tenía la fuerza suficiente para resistir la carga sin ser vencido. Más tarde, cuando lo sentenciaron a ser ~crucificado, la tradición nos dice que no sólo aceptó su martirio valerosamente, sino que hizo aun mas. Pidió que fuese crucificado con la cabeza hacia abajo, porque se sentía indigno de ser crucificado en la misma manera que el Señor. Para entonces Pedro había acumulado un extraordinario depósito de fuerza. Podía soportar cualquier carga que se le impusiera.

Somos nosotros los que diseñamos nuestras propias habilidades para dirigir. Conviene que hagamos un cálculo de la fuerza que necesitamos y dónde se ha de aplicar, y entonces indicar en el proyecto que debemos fortalecernos para poder llevar y soportar tres veces más de la carga calculada. Esta fuerza probará ser una bendición importante para nosotros y beneficiará a todos aquellos con quienes tengamos que trabajar. Nuestra obligación es colocarnos en la categoría de «íntegros» junto con los apóstoles Pedro, Pablo y otros grandes hombres.

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¿Puedes oír el silbido?

Liahona febrero 1961

¿Puedes oír el silbido?

por el élder Sterling Welling Sill

Mucho es lo que se ha dicho y, escrito acerca de la habilidad para dirigir, y la manera en que puede lograrse. A fin de hacer un estudio más convenientemente, diremos que la habilidad para dirigir se divide en secciones; primero, para que podamos entender mejor lo que es, y en segundo lugar, reducirla a su denominador más sencillo con objeto de que con mayor facilidad podamos dominarla y reproducirla en nuestras propias vidas.

Algunas de las divisiones importantes de la habilidad para dirigir tienen que ver con «elección,» «preparación» y «disciplina.» Las casas de negocios más importantes del mundo están gastando anualmente millones de dólares en pruebas de aptitud, entrevistas personales y otras maneras de seleccionar a la persona hábil para el trabajo más conveniente. Después de la “selección” viene la «preparación.» El hombre que ha recibido preparación siempre es más eficaz que el que no la tiene. Cuando descuidamos la preparación para dirigir, desperdiciamos nuestros recursos más importantes; pero cuando intervienen una selección cuidadosa y una preparación eficaz, es mucho más fácil efectuar los grandes resultados. Necesitamos las mejores ideas y el estímulo más incitante para ayudarnos en estos pasos importantes del desarrollo de la habilidad para dirigir.

Se ha relatado con mucha frecuencia una historia sumamente interesante y benéfica concerniente al sistema que se emplea en la selección y preparación de los mejores caballos árabes. Son los caballos destinados a emplearse en servicios importantes. Por supuesto, el animal debe tener inteligencia y resistencia; pero también debe tener la habilidad para aceptar una disciplina rígida. Debe haber obediencia absoluta a las órdenes del amo. Desde que empieza su preparación, le es inculcado al caballo la importancia de responder inmediatamente al silbido del amo. Para poner a prueba la disciplina del caballo y su fuerza para dominarse, se le hace pasar por una serie de ensayos severos, uno de los cuales tiene por objeto determinar cómo reacciona en un lance crítico. Se le priva de agua por algunos por algunos días. Entonces cuando por fin se abre la puerta del corral, el caballo echa a correr hacia el depósito cercano de agua fresca para  apagar la sed que se ha visto obligado a aguantar. Pero cuando el animal está a punto de llegar al agua, se oye el silbido del amo. Se dice que cuando los caballos tienen mucha sed, algunos de ellos no prestan atención al silbido; otros rápidamente calman su sed y entonces obedecen el silbido. Hay otros, sin embargo, que pese a las circunstancias, en cuanto oyen el silbido, inmediatamente dan la vuelta y van al amo. Estos son los que se gradúan con honores y son aceptados para los servicios más importantes. Los demás son eliminados y se les deja para trabajos menos exigentes.

La vida tiene algunos exámenes algo parecidos, en lo que respecta a la habilidad para dirigir. Nosotros, somos candidatos al servicio del Maestro, constantemente estamos pasando por estas pruebas. La manera en que podemos vencerlas determina nuestro nombramiento. Todos los días nos vemos obligados a escoger, y por lo que escogemos fijamos nuestro propio valor y determinamos nuestro propio futuro.

Viene a nuestros pensamientos una de estas pruebas que Jesús pasó. Inició su ministerio con el bautismo que le administró Juan. Inmediatamente después fue conducido por el espíritu al desierto donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches, preparándose para su lucha con Satanás y las grandes pruebas de la tentación. (Mateo 4:1) Habiendo llegado al punto de su mayor debilidad y hambre física, Satanás le ofreció, alimentos, gloria y poder. Jesús soportó todas estas pruebas sin flaquear, así como pasó toda otra prueba sin vacilar. Fue una de las señales de su grandeza, y comprobó su derecho de ser llamado el Maestro. Fue maestro sobre la tentación; maestro de las circunstancias, y más que todo, maestro de sí mismo.

Como contraste, pensemos en algunos otros que en circunstancias mucho menos críticas no vencen la prueba y consiguientemente son rechazados como desecho, como materia de segunda clase.

Por ejemplo, conozco un misionero que al volver de su misión logró mucho éxito como agente de ventas y al fin ganó la posición de socio menor, en una compañía grande. Había soportado muchas pruebas con éxito, pero llegó una de mucha importancia, que no pudo dominar. Al ver, según le parecía, que su éxito iba aumentando, empezó a olvidarse de los ideales que se le habían enseñado: comenzó a fumar, a beber un poco y hacer algunas otras cosas que no correspondían con sus normas de lo que era bueno y lo que era malo. No prestó atención al silbido de su conciencia ni a la vocecita apacible del espíritu. Cuando su conducta llegó a oídos de los jefes de la empresa que tenían que ver con su ascenso, fue rechazado como candidato a una alta posición administrativa y cambiado a una posición de menor responsabilidad. Más tarde se preguntó a uno de los oficiales de la compañía acerca del asunto. Contesto que su negociación jamás colocaría a un miembro de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días en un puesto de responsabilidad, si no era fiel a sus ideales y enseñanzas.

Este hombre no era miembro de la Iglesia, y él mismo fumaba y bebía un poco. Para él no era asunto de religión; era asunto de fuerza de carácter y buenos métodos comerciales.

Los hombres que tienen grandes responsabilidades no pueden dar cabida a muchas debilidades en su carácter Nuestros hechos no solamente son importantes en sí mismos; también son de importancia por lo que representan. El hecho de que este joven abandonó sus normas por cosas triviales era señal de que había un defecto muy grave en su carácter. Esta debilidad o imperfección es seña patente a todos -sea un caballo árabe, un una organización comercial o un miembro de la Iglesia- de que no sirve sino para una responsabilidad menor.

Sino se puede depender del caballo en toda circunstancia, es mejor darse cuenta de ello antes que falle en alguna responsabilidad importante. Lo mismo se puede decir de cualquier hombre. ¡Cuán importante es que fijemos nuestra atención completa en la edificación de nuestras fuerzas y la eliminación de nuestras debilidades, antes que éstas nos pongan fuera de la carreras!

No parece sino natural que el caballo árabe sienta el deseo de calmar su sed ardiente antes de cumplir con su deber. También es fácil imaginar que nosotros podemos hallarnos tan absortos en nuestros propios intereses o placeres, que no oímos el llamado del deber o la voz de la rectitud. Sin embargo, si la vocecita apacible del espíritu no llega hasta nuestros oídos, es obvio que hay algún defecto en nosotros, en lo que concierne al servicio más importante. Porque al abrirse la puerta del corral, por decirlo así, nadie podrá determinar con certeza lo que haremos, salvo que probablemente buscaremos nuestra propia satisfacción, en nuestra propia manera, ante todas las cosas.

La debilidad de este joven ex-misionero lo incapacitó para un servicio importante y el honor y la oportunidad consiguientes. Es difícil en extremo no ser un «desecho» en las demás cosas. Este joven tenía buenas capacidades, pero no podía confiarse de él cuando se manifestó la influencia de sus propios intereses. En lo que concernía a la negociación, no podía contarse con él para que fuera leal. Tal fue la opinión de estos importantes hombres de negocios. Por otra parte; ¿cuál nos parece que será la opinión del Señor?

¿Qué habría pensado de su propio Hijo, si no hubiera sido fiel a las enseñanzas de su Padre en toda circunstancia?

Todos sabernos lo que hizo Judas cuando se le presentó la – oportunidad de ganar treinta piezas de plata. Ahogó los gritos de su conciencia mientras trataba de calmar su sed avarienta en el oro.

Los caballos árabes no tienen más que el silbido de su amo para guiarlos. Deben tener confianza en lo que no pueden entender. Pero nosotros tenemos el evangelio, y nuestro entendimiento, y nuestra razón.  Tenemos  un  admirable  policía  personal  conocido  como nuestra conciencia. Tenemos esa vocecita apacible del espíritu que nos orienta continuamente. El que escucha fielmente su conciencia nunca cometerá muchos errores, por lo menos, sin saber lo que está haciendo. Sólo cuando no escuchamos, o no queremos obedecer, es cuando tropezamos con serias dificultades. Nuestro problema consiste en preparar nuestro corazón, nuestra actitud y nuestros oídos a fin de que siempre podamos oír el silbido y obedecerlo en seguida.

Cristo dijo: «Mis ovejas oyen mi voz.» La rectitud tiene un son familiar para aquellos que siguen al Maestro. Sin embargo, si uno continuamente desobedece su conciencia, no tardará en llegar el tiempo en que ésta ya no podrá guiarlo. Sólo en la obediencia continua estriba la seguridad.

Un pastor tenía una hija, la cual en su niñez solía acompañar a su padre al campo para cuidar las ovejas. Una de las cosas que más le impresionaba era oír  a su padre llamar a las ovejas cuando se hallaban esparcidas. Su voz resonaba con toda claridad en el llano, y las ovejas parecían entender que era para su beneficio y que siempre debían obedecer. No cabe duda que hubo ocasiones en que algunas de ellas no habían terminado de pastar, o por alguna razón no estaban listas para volver cuando oían el llamado. Sin embargo, obedecían a pesar de todo. Bien, supongamos que una de las ovejas determinara no hacer caso, sino más bien pasar la noche en el llano, fuera del redil. En poco tiempo su imprudencia la haría víctima de los lobos o ladrones.

La propia hija del pastor, cuando hubo crecido, abandonó el abrigo y seguridad de su propio hogar y se fue a vivir sola en una ciudad grande. Como todas las demás jóvenes, se sentía perfectamente capaz de cuidarse a sí misma; pero no había pasado mucho tiempo cuando empezó a seguir la manera de vivir de las ciudades grandes y a enredarse con sus pecados. Empezaron a cundir los rumores desagradables, y dentro de poco llegaron hasta su casa. El padre, obedeciendo su instinto de pastor, fue a la ciudad a buscar a su hija, Recorrió la ciudad llamando como hacía con sus ovejas, y por último llegó a oídos de ella. Cuando la joven oyó el llamado, entendió su significado y se dio cuenta de su propio peligro. Encontró a su padre y volvió en sí.

Una de las cosas que más inquietaba a Jesús era aquellos que tenían oídos, pero no podían o no querían escuchar. Es la cosa más fácil hacernos sordos con las cosas que no queremos escuchar. Mientras seamos fieles, la vocecita apacible continuamente nos hablará; Pero si seguimos menospreciando su voz y pasando por alto sus consejos, llega a ser más indistinta y difícil de oír hasta que por fin quedamos solos.

No es menester que seamos bendecidos con grandes facultades mentales para sobrepujar en nuestra obra. No es necesario salir triunfantes en concursos de popularidad; pero sí debemos oír el silbido. Debemos ser fieles a los instintos que Dios nuestro Padre ha dispuesto para nuestro beneficio y orientación. De esta manera se multiplica muchas veces la posibilidad del éxito, porque entonces, si nos encaminamos hacia alguna acción mala, la conciencia nos silba. Si somos inteligentes en nuestros deberes, el silbido es nuestro recuerdo constante. Job, lo oyó y fue el Maestro. Dijo así “aunque me mataré, en él esperaré.”

Hay algunos hombres y mujeres, cuya recepción oral está sintonizada tan delicadamente, que el susurro más quedo de su conciencia. La obediencia es todavía mejor que el sacrificio. Somos nosotros los que principalmente nos seleccionamos a nosotros mismos para ocupar puestos de importancia ante el Maestro, disciplinándonos a nosotros mismos. Sólo cuando tenemos esa percepción espiritual  interna es cuando estamos verdaderamente listos para progresar. No basta con que oigamos el silbido sólo cuando nos convenga, antes también debemos oírlo y obedecerlo aun cuando estemos a punto de realizar alguna importante satisfacción personal que sea preciso abandonar. Entonces si somos nobles, sin dilación abandonaremos los gustos que deseamos satisfacer y volveremos al Maestro.

¡Que satisfacción tan maravillosa debe ser para el gran Pastor de todos nosotros, saber que somos obedientes, que somos confiables, que haremos lo recto pese a las consecuencias o incitaciones al otro lado del camino! Cuando necesitemos alguna inspiración para reafirmar nuestra determinación, recordemos a Jesús en la hora de su mayor hambre y sed, frente al propio Satanás, negándose a disponer de alimentos después de su largo ayuno de cuarenta días y cuarenta noches. También rechazó las cosas que la mayor parte de los hombres buscan todas sus vidas. En su necesidad mayor pudo ser más fuerte que las tentaciones más potentes del adversario. Después que hubo resistido a Satanás, descendieron ángeles y lo sirvieron. He ahí, el modelo. Como fue con El, puede ser con nosotros.

Por tanto, debemos ocasionalmente ponernos a examinar nuestros oídos para ver si con bastante claridad podemos escuchar el silbido.

 

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Biblioterapeutica

Liahona diciembre 1960

Biblioterapeutica

por el élder Sterling Welling Sill

El otro día, unos amigos míos que son psicólogos, me enseñaron una palabra nueva la cual he tomado para título de este artículo. Es por demás buscar el vocablo en el diccionario, pues estoy seguro que pasará algún tiempo antes que encuentre lugar en los léxicos. Esta palabra híbrida, biblioterapéutica, se compone de dos vocablos griegos que significan «libros» y «tratamiento». Da a entender, en una palabra, mejoramiento personal, remedio o curación efectuado por medio de buenos libros. ¿Y que podía ser de mayor importancia en nuestros días? Alguien ha dicho que «los libros son una de las posesiones más ricas de la vida». Efectivamente, son la creación más notable del hombre. Ninguna otra cosa que el hombre construye permanece. Los monumentos son derribados, las civilizaciones perecen; mas los libros continúan. El estudio de un buen libro es como celebrar una entrevista con los hombres más nobles de edades pasadas que lo han escrito.

Un pensador ha dicho: «No hay cosa más admirable que un libro. Puede ser un mensaje de los muertos para nosotros, de almas humanas que jamás vimos, que quizá vivieron a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, estas pequeñas hojas de papel nos hablan, nos inspiran, instruyen, abren nuestros corazones y, a su vez, nos revelan lo íntimo de su corazón como hermanos. Si no hubiera libros, Dios estaría mudo, la justicia dormida, la filosofía tullida para la mayor parte de la gente.”

El gran poeta Juan Milton declaró: “Los libros no son cosas muertas, antes contienen cierta potencia de vida tan activa como el alma, cuya progenie son. Preservan como si fuese en un vaso sagrado, la eficacia más pura del intelecto viviente que los crio.” Entonces, como centro mismo de nuestra literatura más estimada, tenemos las Santas Escrituras, las cuales nos comunican los pensamientos del propio Dios. Pero sucede que una de las dificultades más grandes con que tropezamos estriba en que no siempre digerimos propiamente las ideas; y por supuesto, si no entendemos el mensaje, poco importa qué tan maravilloso sea. Alguien nos ha recordado que «el agua no tiene la culpa de que el nadador no sepa nadar». También podría decirse que “la palabra del Señor no tiene la culpa de que perdamos nuestras bendiciones, porque no tomamos el tiempo suficiente para entenderla.”

El instrumento por medio del cual ponemos a nuestra disposición las grandes ideas es esa maravilla de maravillas que conocemos como la mente o el intelecto humano. Recientemente dijo un prominentes neurofísico, que sería imposible construir una máquina electrónica para hacer cálculos, de la capacidad del cerebro humano, por menos de tres millones de dólares. Pero aun así, ¿quién podría comunicar, a una calculadora electrónica la facultad inventiva de Edison, la habilidad de Sócrates para razonar, la previsión y presciencia de Jesús, quién tomaba las cosas comunes que lo rodeaban y las vertía en motivos e ideales de valor inestimable? Cuando Diógenes saltó de su baño y corrió por la calle, gritando, ‘Eureka, Eureka», lo hizo porque estaba experimentando la más sublime de todas las experiencias humanas: el nacimiento de una idea.

La mente es más productiva cuando recibe la nutrición y estímulo adecuados, y es allí, precisamente, donde la biblioterapéutica desempeña su parte; porque aun la palabra de Dios mismo es de poco valor para nosotros si no sabemos lo que dice. A fin de llevar a cabo nuestro mejoramiento, estas ideas deben obrar eficazmente. El aparato de tres millones de dólares de nuestro Creador, que tenemos en nuestra posesión, debe aprender a convertir las ideas buenas en éxitos y hechos. No siempre se logra esto, pues así lo pone de manifiesto el hecho de que muchos de nosotros todavía estamos cometiendo los mismos errores que hemos hecho miles de veces antes.

Woodrow Wilson, en otro tiempo presidente de los Estados Unidos, se refirió a nuestro problema cuando dijo: «La habilidad principal del pueblo norteamericano es la habilidad para resistir la instrucción». Supongo que la mayoría de nosotros reconocemos que nuestra propia falta de instrucción es parte de esa evidencia desafortunada. Aun los libros más notables no comunican a algunos de nosotros lo mismo que dicen a otros. Supongo que hay personas que podrían leer la Biblia entera, de pasta a pasta, sin que se verificara en ellos el menor cambio. Tomás Edison se refirió a un aspecto de esta debilidad cuando dijo: «No hay límites a lo que el hombre hará, para no tener que pensar.» Esto de pensar es una de las cosas más difíciles y desagradables que algunos de nosotros intentamos hacer, y sin embargo Salomón dijo: «Porque cual es su pensamiento en su alma tal es él (el hombre).»

De manera que si somos cual nuestros pensamientos, y si no pensamos, ¿en qué posición nos hallamos? Indica, por lo menos, sea que lo comprendamos o no, que tenemos frente a nosotros un problema muy importante que es menester resolver.

Hace tiempo se oyó decir a cierto hombre que en los últimos cinco años no había leído un solo libro. ¡Qué tragedia tan grande habría sido aun en los siglos de ignorancia de la Edad Media! Sin embargo, cuánto más triste lo es en nuestra propia época de maravillas y alumbramiento, a la cual solemos referirnos como la «Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos.” Otro hombre dijo que de todos los libros del mundo solamente dos lo habían beneficiado. Uno de ellos había sido el libro de recetas culinarias de su madre, y el otro el libro de cheques de su padre.

Hay muchas cosas de valor en los libros, y si logramos transportar las ideas de los libros a nosotros, podemos curar esta indisposición asfixiante indicada por el Señor cuando dijo que «tropezamos al mediodía como de noche».

Alguien ha comparado el problema de incorporar las ideas buenas a nuestro programa diario con lo que le aconteció a Goliat. Recordaremos que David lanzó una roca que hizo blanco en la cabeza del gigante, y habiendo pasado el tiempo, alguien comentó que nunca jamás había penetrado en la cabeza de Goliat cosa semejante. Nuestra necesidad actual más urgente consiste en hacer que un número mayor de cosas penetren nuestra cabeza, nuestro corazón y nuestras actividades diarias. Necesitamos leer más, pensar más, estudiar más, entender más, creer más, y vivir más para ayudarnos a lograrlo. Esta es la función de la biblioterapéutica.

Vive un médico en la ciudad de Birmingham, Alabama, que receta a sus pacientes prescripciones que no se confeccionan en una farmacia, sino en una librería, porque él sabe -cosa que todos nosotros también sabemos- que la mayor parte de la gente que guarda cama se halla en esa condición por motivo de algún malestar mental o emocional. Los pecados, la culpabilidad, los complejos y otros pensamientos incorrectos y actividades nocivas producen tóxicos que envenenan el cuerpo. Como se ha dicho antes, las úlceras del estómago no vienen por lo que uno consume, sino por lo que lo está consumiendo a uno. Y así es como contraemos muchos de los problemas nerviosos, males de corazón y otras enfermedades orgánicas.

Por supuesto, una de las funciones más importantes de la bibilioterapéutica se relaciona con el asunto de evitar que el espíritu se enferme. En la puerta de la biblioteca de la antigua ciudad de Tebas, un rey egipcio mandó inscribir estas palabras: “Medicina para el alma». Lo que la mayor parte de nosotros necesitamos más que cualquier otra cosa, es una buena dosis, de inspiración ocasionalmente; y la medicina más eficaz para curar a nuestro mundo y todos sus habitantes sería una receta confeccionada con la palabra del Señor. Necesitamos más de la medicina de las grandes Escrituras.

Recordemos la parte que la biblioterapéutica desempeñó en el éxito de Abrahán Lincoln. Se tiraba en el suelo frente a la chimenea de su casa y se ponía a leer la vida de Washington y la Santa Biblia. Más tarde podemos  ver cómo estas influencias lo elevaron para que llegara a ser uno de los hombres más nobles de la tierra.

Es interesante pensar en los millones de dólares que actualmente estamos gastando cada año para trasmitir mensajes de diversas clases por las redes y cadenas de las radiotransmisoras. ¿Qué dicen estos mensajes, y cuán importantes son en lo que toca el mejoramiento de nuestras propias vidas? Una vez se le preguntó a Lowell Thomas, el renombrado comentarista de radio, cuál era el mensaje más importante que él había difundido; y se le preguntó también si podía concebir cuál sería el mensaje de mayor trascendencia que pudiera comunicarse por radio a la gente de todo el mundo. El Sr. Thomas contestó que el mensaje más importante que podía concebir sería que Dios nuevamente había hablado a la gente de la tierra.

La obra entera de la Iglesia gira en tomo de este hecho importantísimo: que en la primavera de 1820, como respuesta a una pregunta que el joven José Smith tomó de la Biblia, Dios no sólo habló a la gente de la tierra, sino que también vino en persona, en la manifestación más extraordinaria que jamás se ha escrito. No sólo vino en persona, sino que hizo escribir el mensaje para nuestro beneficio, en tres importantes tomos de Escrituras nuevas, en el cual se exponen con todo detalle los principios sencillos de su plan para la salvación humana. La mayor parte de nosotros en alguna época de nuestra vida, hemos asistido a Convenciones o Conferencias de una clase u otra, y con frecuencia, cuando se hace una presentación importante alguien pide una copia escrita a fin de estudiarla más cuidadosamente para estar seguro que no pasará advertida ninguna cosa esencial. Desde este punto de vista, cuán importante es para nosotros tener una copia palabra por palabra, de las ideas que Dios considerada importancia para nosotros. Las podemos repasar cuantas veces deseemos a fin de aprender de memoria pasajes escogidos y convertirlos en parte de nuestras vidas.

El hecho de que «es imposible que el hombre se salve en la ignorancia” reviste a este concepto de la biblioterapéutica con el más importante significado. Emerson estaba hablando de nuestros problemas cuando dijo: «En las playas del océano de la vida y la verdad morimos miserablemente. Hay ocasiones en que estamos más lejos cuanto más cerca nos encontramos.» ¡Qué lástima que con tanta frecuencia esto sea cierto! Pensemos en lo cerca que se encontraban aquellos que fueron contemporáneos de Jesús. Vivió entre ellos; anduvo por las mismas calles; ellos estaban enterados de sus milagros; tenían en sus manos las Escrituras antiguas que predecían su vida. Fácilmente pudieron haber aprovechado sus preceptos salvadores, y, sin embargo, ¡cuán lejos se hallaban! En su ignorancia lo condenaron a muerte y entonces pronunciaron sobre si mismos su propio juicio, declarando: «Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos.»

Así ha sido siempre; y así puede ser con nosotros. También nosotros nos hallamos tan cerca. Tenemos todas las Escrituras que otros poseen. Tenemos el apoyo del tiempo que ha puesto de relieve la vida de Cristo.

Se ha restablecido el evangelio con una plenitud jamás conocida en el mundo; tenemos el testimonio personal de muchos testigos, así antiguos como modernos, y, además, tenemos tres grandes tomos de Escrituras nuevas. Mas aun con todo, si no entendemos el mensaje, podremos ser semejantes a aquellos que vivieron en el Meridiano de los Tiempos: tan cerca y a la vez tan lejos.

¿No nos parece extraño cómo podemos interesarnos en algo novedoso cuyo valor se ha puesto en duda, y a la vez prestar tan poca atención a un importante tomo de Escrituras sagradas que ha llegado a nuestras manos por conducto de un ángel de Dios? ¿Qué podría ser de más valor que la idea del Sr. Thomas, al respecto de que el más importante de todos los mensajes seria que Dios nuevamente había hablado al hombre en la tierra? Sin embargo, ¿qué nos beneficiará si no nos preocupamos por saber, lo que dijo?

Se relata que el presidente J. Golden Kimball, del Primer Consejo de los Setenta, una vez preguntó a los que se hallaban presentes en una Conferencia de Estaca, a cuántos le gustaría leer la parte sellada de las planchas del Libro de Mormón, a lo cual todos levantaron la mano. Entonces preguntó cuántos habían leído la parte de los anales que no estaba sellada, y en el acto bajaron muchas de las manos que estaban en alto.

En uno de los mandamientos más vehementes de nuestra época el Señor dijo: «Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros»; y uno de los mejores de los “mejores libros» es el Libro de Mormón, las Escrituras de las América. El Señor mismo nos lo entregó. Refiriéndose a él, el profeta José Smith afirmó: «Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, páginas 233-234)

El Libro de Mormón puede servirnos de pasaporte para entrar en el Reino Celestial. El propio libro declara que tiene como fin convencer a los hombres «de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente». (Mormón 5:14)

Pensemos en el cambio benéfico que ocurriría en el mundo si todos los habitantes supieran que sobre todos los dictadores y sobre toda contingencia y circunstancia se halla un Dios al cual todo ser humano por último debe dar cuenta de su vida. Se predijo que el Libro de Mormón saldría a luz en una época en que muchos impugnarían la Biblia o se negarían por completo a aceptarla. Uno de los rasgos trágicos de nuestros días es que hasta muchos ministros de religión han abandonado la Biblia a fin de enseñar sus propias filosofías.

Hace algún tiempo me encontraba en una de las grandes ciudades de nuestro país y fui a oír a uno de los religiosos más distinguido del mundo. Terminada la reunión compré uno de sus libros y lo leí mientras volvía a casa en el tren. Tres semanas después me encontré de nuevo en la misma ciudad, y otra vez fui a escuchar a aquel hombre. Al concluir la reunión, un grupo numeroso de personas se acercó a estrechar su mano y yo me uní a ellas. Después que se hubieron despedido los demás, me presenté y le dije cuánto me había gustado oírlo hablar y leer su libro. Pero había dicho algunas cosas que yo no había podido entender, y le agradecería mucho si se molestaba en discutirlas conmigo. Me contestó que lo haría con todo gusto.

Le dije: En su libro usted ha escrito estas palabras: «Lleguen vuestras raíces hasta Dios.» No lo puedo entender. En otro lugar dice: ‘Sumergíos en Dios.» No lo puedo entender. En otro lugar dice:

«Llenad con Dios vuestros pensamientos.» Tampoco puedo entenderlo. Y le agradecería si tuviera la bondad de explicarme que es lo que usted entiende por Dios.

Su respuesta fue: «Debo contestarle con toda franqueza que no sé qué es Dios y no conozco a persona alguna que sepa qué es.» Entonces dijo algo muy parecido a lo que el Sr. Thomás había expresado, que si alguien pudiera decirnos qué es Dios y qué es lo que piensa, aquello constituiría el mensaje de mayor importancia para el mundo.

Entonces le pedí a este hombre que me interpretara los versículos del Génesis, donde dice que Dios creó al hombre a su propia imagen. Me contestó: «Hay una cosa de la que estoy razonablemente seguro en mi manera de pensar, y es que Dios no es un Dios antropomórfico.» Es decir, no es el Dios a cuya imagen el hombre fue creado.

Aquí tenemos a uno de los ministros más populares del mundo que no sabe qué es Dios, aunque con tal admisión le será imposible alcanzar la salvación, pues Jesús mismo dijo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo al cual has enviado.» (Juan 17:3)

Este gran ministro no solamente no sabe quién es Dios, sino que tampoco entiende la resurrección literal del cuerpo ni los tres grados de gloria; no cree en la preexistencia, ni en la naturaleza eterna de la asociación familiar, ni en la expiación, ni en la salvación para los muertos. No sabe qué oficiales debe haber en la Iglesia, ni cuál debe ser el nombre de ella. No entiende ni la doctrina sencilla del bautismo, pues me dijo que yo podía entrar en la Iglesia con una carta de recomendación de mi obispo o una carta de referencia de mis amigos o podía ser miembro con tal que yo mismo certificara ser persona de buen carácter. Me explicó que podía bautizarme o no, según mis deseos, y si decidía bautizarme, podía ser rociado con agua o sumergido en ella; y mi hija o esposa o cualquier otra persona que yo deseara, podía administrar la ordenanza. Esta es su manera de pensar; y sin embargo, casi las últimas palabras que pronunció  Jesús antes  de  ascender  a  los cielos fueron: «El  que creyere y fuere bautizado será salvo; mas el que no creyere ser condenado.» (Marcos 16:16) Según esto, parece que para Jesús el bautismo era de mucha importancia, y ¿quién ha de saber, mejor que Él, lo que será para nuestro beneficio? ¡Cuán notablemente podía cambiar la situación de este ministro por medio de un «tratamiento» tomado de los libros que contienen las revelaciones directas del Señor para nuestros días! Hemos logrado algunos descubrimientos de mucha utilidad en esta época, pero el más importante que se puede lograr es cuando el hombre descubre a Dios y sabe aprovechar las ventajas que por este medio puede alcanzar.

Jesús le dijo a Pedro: «A ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.» (Mateo 16:19) Está a nuestra disposición este poder en la época precisa en que algunos preguntan si se tuvo por objeto que la salvación fuera únicamente para aquellos que vivieron hace dos mil años, o si Dios ahora ha cambiado su programa o terminado su obra y clausurado todos sus asuntos. ¡Cuánto se beneficiarían las vidas de todos los que moran sobre la tierra si entendieran completamente todo lo que está comprendido en el hecho de que en nuestros propios días Dios nuevamente ha aparecido sobre la tierra para restablecer entre los hombres el conocimiento del Dios del Génesis! Nos ha comunicado la información segura de que el Dios del Génesis y el Dios del Calvario es también el Dios de la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos, y que los beneficios completos están a nuestra disposición, si  tan solamente deseamos informarnos respecto de ellos.

Al principio del Libro de Mormón se halla un testimonio firmado por once hombres, además del profeta José Smith. No hay uno de nosotros que, si entendiera la situación, osaría desacreditar ese testimonio. El más trascendental de todos los mensajes es que Dios nuevamente ha hablado al hombre en la tierra; y el mayor beneficio que puede venir a nosotros es investigar lo que ha dicho y conformar nuestras vidas con esa palabra.

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Apartados

Liahona noviembre 1960

Apartados

por el élder Sterling Welling Sill

Tenemos un método sumamente interesante para instalar en su puesto al que va a obrar en nuestra Iglesia. Después que ha sido seleccionado, juzgado digno e instruido con respecto a sus deberes, llega el momento en que es «apartado». Este rito es una combinación de delegar la responsabilidad, hacer un traspaso de la autoridad para llevarla a efecto y conferir una bendición. Esta manera de proceder se ha practicado por mucho tiempo. Leemos en el Antiguo Testamento que:

Y Jehová dijo a Moisés: Toma a Josué hijo de Nun, hombre en el cual hay espíritu, y pon tu mano sobre él; y lo pondrás delante del sacerdote Eleazar, y delante de toda la congregación, y le darás el cargo en presencia de ellos.

Y pondrás de tu dignidad sobre él, para que toda la congregación de los hijos de Israel le obedezca. (Números 27:18-20)

De conformidad con este modelo, todo obrero es “apartado” para su puesto particular, en esta Iglesia. A cada uno se impone una responsabilidad definitiva de efectuar determinada parte de la obra de la misma. Cuando somos apartados, la posición es nuestra; no pertenece a ningún otro. Nadie más tiene el derecho de hacer aquella obra mientras ocupemos ese puesto. Es cuando llega a ser nuestra la responsabilidad de proveer la iniciativa, el entusiasmo, los planes y la industria necesarios para lograr los resultados más eficaces. Si no hacemos estas cosas, no se llevarán a efecto.

Pero también somos «apartados» en un sentido muy literal. Con nuestra nueva autoridad y bendición, somos diferentes de lo que fuimos antes. Nuestra conducta debe tener la misma excelencia que la importancia de nuestra responsabilidad. Somos «apartados» para pensar, actuar, y vivir en un nivel más elevado. Debemos apartarnos del pecado, la debilidad, el error y el descuido. Mediante nuestra aceptación de la autoridad, prometemos cumplir en todo respecto con la responsabilidad.

Hace un tiempo un joven me dijo que el Presidente de su rama le había pedido que aceptara cierto llamamiento en la Iglesia. Me propuso varias razones por que no quería aceptar. Pude ver claramente que la tarea no se efectuaría debidamente si le era dado el puesto. Me preguntó qué debía hacer. Le contesté que convenía que le dijera a su Presidente francamente que no aceptaría. Mi respuesta lo sorprendió mucho. Me contestó que se le había enseñado a nunca pasar por alto un nombramiento en la Iglesia. Le relaté la parábola de Jesús sobre el señor de la Viña y sus dos hijos. El viñador dijo a cada uno de ellos: «Id hoy a trabajar en la viña». El primero dijo: “No quiero; mas después, arrepentido, fue”. El segundo le respondió: “Yo, señor, voy. Y no fue”. Póngase usted en el lugar de cada uno de ellos. El Presidente le ha pedido que acepte una posición en la rama. Si se niega, el Presidente buscará a otra persona para que haga lo que usted debería haber hecho, y nadie resultará perjudicado más que usted. Ahora consideremos el otro Caso. Supongamos que usted le dice al Presidente: «Yo, señor, voy, pero no va. Si le dice al Presidente de la rama que acepta, le serán dadas la posición y las bendiciones; y entonces si usted no cumple, muchos resultarán perjudicados como consecuencia. Si usted no tiene la intención de cumplir con el puesto un cien por ciento, más vale que no lo acepte en primer lugar.

Jesús comparó la gente a la que hablaba con el hijo que respondió, «Yo, señor, voy; y no fue»; y por eso les dijo: «De cierto os digo, que los publicanos, las rameras van delante al reino de Dios.» (Mateo 21:20-31) Estas palabras son algo severas. Claro está que nos conviene evitar semejante situación. Una de las cosas que nos llena de espanto, respecto de esta comparación, es que también se aplica a nosotros, si las circunstancias coinciden. Uno de los más graves de todos los pecados es la devoción “parcial”. Es cuando no somos «ni fríos ni calientes.» (Apocalipsis 3:15, 16) Manifestamos solamente una fe «parcial». Andamos por camino indeseable de una actuación mediocre y esfuerzos mínimos.

En una ocasión un renombrado entrenador canadiense dijo que la mayor parte de la gente dentro y fuera del atletismo, carecía de resolución. Lo que quiso decir fue que con demasiada frecuencia no nos entregamos de lleno a lo que estamos haciendo. Tenemos muchas reservas respecto de esta cosa o aquélla. Así es como muchas veces emprendemos nuestro llamamiento. Hay irresolución en nuestro entusiasmo, en nuestra determinación y en nuestra industria. Sin embargo, cuando somos irresolutos con la vida, la vida es irresoluta con nosotros. Debemos evitar a toda costa esta irresolución cuando se trate de servir a Dios. Una vez que se nos ha “apartado” no debemos esperar a que se nos impulse, recuerde o inste a cumplir con nuestro deber. La responsabilidad es nuestra, no de ningún otro; y debemos obrar como si nuestra vida misma dependiera de ello, como de hecho depende.

Nuestra tarea ahora no consiste meramente en hablar de la fe, sino en ponerla por obra en la vida de la gente. La fe no puede existir en un vacío. La fe sin obra es muerta. Si aislamos la fe de su tarea apropiada, siempre muere. No hay tal cosa como una fe envasada. Nuestra responsabilidad no es meramente discutir problemas, sino cómo resolverlos. Fuimos “apartados” para garantizar la obra de nuestra organización. La obra debe hacerse efectivamente. Ni la “fe”, la “oración”, la “conversación” o el “conocimiento”, pese a la cantidad que sea, pueden jamás a llegar a ser un sustituto satisfactorio de la actuación efectiva. Sin una buena proporción de industria no es posible el éxito. Debe disgustar mucho a Dios cuando profanamos el puesto y la bendición que poseemos, llenando nuestras mentes de indiferencia, desidia e irresponsabilidad.

Los enemigos mortales del alma son: la flaqueza, la irresolución, la irreflexión y el desánimo. Estos van aquí y allá por toda la Iglesia, no sólo destruyendo la obra del Señor, sino estorbando a los que obran por El. Una obra torpe produce hombres torpes. Según Shakespeare, “maldice al que la da y maldice al que la recibe”.

Demóstenes dijo en cierta ocasión: “Ningún hombre puede tener un carácter alto y noble mientras se dedique a una obra mezquina o ruin. Porque cualquiera que fuere la ocupación de los hombres, su carácter será semejante a ella”. Es imposible comunicar un gran mensaje sin un gran mensajero. Somos “apartados” para ser una gran obra. Debe ocupar el puesto un gran obrero. Se nos ha impuesto la obligación de ser fieles. No debemos descuidar o desatender nuestro llamamiento. Esto se aplica a todo grado de responsabilidad.

¿Qué opinaríamos de un ejército, de cuyo general no se pudiera depender completamente? Antiguamente cuando un soldado se daba de alta en las legiones del César prestaba juramento de que consideraría la vida de César de mayor valor que todo lo demás. Tal acto lo “apartaba”. Desde ese momento en adelante no escatimaba esfuerzo alguno o evitaba el riesgo que fuera si la vida de César se hallaba en peligro. Esta misma devoción hacia el deber caracteriza a la grandeza. Por ejemplo, un comandante llamado Treptow murió en la batalla de Chateau-Thierry en 1918. En el diario que más tarde hallaron sobre su cuerpo se había escrito estas palabras: «Trabajaré, ahorraré, sacrificaré, aguantaré, lucharé con gusto y me esforzaré cuanto pueda, como si todo el conflicto dependiera solamente de mí.» Esta manera de pensar «aparta» a cualquiera como persona de distinción, no importa cuál sea su posición, Nosotros podemos apartarnos con el más emocionante de todos los conceptos del éxito. Ciertamente, no es más importante servir fielmente en el reino de César que en el reino de Dios.

Pero hay ocasiones en que nos convertimos meramente en «cristianos bíblicos». En esta situación el cristianismo está principalmente dentro de la Biblia y muy poco dentro de nosotros. Se necesita que el cristianismo entre en nosotros. Es menester que el espíritu de efectuar llegue a ser parte de nuestros hábitos. Es preciso apartarnos a nosotros mismos con un deseo ferviente y una industria indefectible. Jesús dijo: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.» (Juan 10:10)

La cosa de mayor valor en la vida es la propia vida. En los días de Job se solía decir: «Todo lo que el hombre tiene dará por su vida.» (Job 2:24) No hay inconveniente que no soportaríamos, ni gasto que no haríamos a fin de prolongar la vida por una semana o por un mes, aun cuando supiésemos que durante ese período nos veríamos llenos de dolor y congojas.

De modo que si esta vida terrenal vale tanto, ¿cuánto valdrá la vida eterna? ¿Y qué importancia se atribuye a la obra de los que ayudan a realizarla? Uno de los pecados mayores consiste en destruir la vida terrenal del hombre. Pero, ¿cuánto más grave no será el pecado del que es causante de que se pierda la vida eterna? Supongamos que uno es negligente con su responsabilidad en la Iglesia. Vamos a suponer que porque dice, «Yo, señor, voy»; pero no va, un hermano pierde la vida eterna. ¿Cuál será su situación? Sea que la tragedia venga por intención o por descuido, la pérdida es igual.

El presidente Jhon Taylor dijo: «Si no honráis vuestro llamamiento, Dios os tendrá por responsables de aquellos que pudisteis haber salvado si hubieseis cumplido con vuestro deber». (journal of Discourses 20:23) ¡Qué concepto tan grave e impresionante! Comparativamente pocas personas llegarán a ser hijos de perdición o derramarán sangre inocente; sin embargo, corren peligro de perder sus propias bendiciones y las bendiciones de muchos que están bajo su responsabilidad, por el simple hecho de haber uno descuidado su deber de honrar su llamamiento. Si el gozo mayor consiste en la satisfacción de salvar un alma, ¡cuán terrible será el remordimiento de aquellos que permitirán que se pierdan!

Las Escrituras mencionan la posibilidad de que lleguemos a ser «salvadores sobre el Monte de Sión». Es la categoría más alta que podemos alcanzar; pero la única manera en que se puede ser un salvador es salvar a alguien. ¿Cómo nos sentiríamos, si fuéramos doctores y hubiéramos dedicado nuestra vida a la práctica de la medicina, pero nunca hubiésemos salvado a nadie? La experiencia más emocionante que cualquier médico conoce es ver a otra persona recobrar su salud completa bajo su cuidado.

Imaginemos cómo se sentirá uno, sabiendo que muchas personas vivirán para siempre en el reino celestial, por motivo de la habilidad y devoción con que hemos cumplido la obra para la cual fuimos apartados. Jesús dijo: «¡Cuán grande no será vuestro gozo con ellos en el reino de mi Padre!» (Doctrinas y Convenios 18:15) No podemos sino tratar de imaginar este gozo; pero todo el que obra en la Iglesia debería conocer, lo más pronto posible, esta emocionante experiencia de salvar a alguien. Debemos estar capacitados para ello; debemos poder garantizar nuestro propio éxito.

El negocio principal de la vida consiste en lograr el éxito. No se nos colocó aquí para que desperdiciemos nuestras vidas fracasando. Es fácil decir: “yo, señor, voy”. Es la cosa más sencilla prometer; e igualmente es la cosa más fácil fracasar. Refiriéndose a los esfuerzos de cierta persona, el gran estadista inglés, Winston Churchill, los describió de esta manera: «Tímidos, tardíos, torpes, tediosos y titubeantes.» Cuando nuestra obra se encamina en esa dirección, nos estamos apartando para el fracaso.

Supongamos que tenemos un empleado irresponsable, el cual está causando el fracaso de nuestra empresa vital. ¿Cómo nos sentiríamos hacía él? ¿O supongamos que la vida eterna de nuestros hijos estuviera en sus manos? ¿Qué pensará nuestro Padre Celestial de aquellos que son causantes de que sus hijos pierdan sus bendiciones porque dicen, «Yo, señor, voy » y no van? La peor blasfemia no consiste en maldecir, sino en servir únicamente de boca». La pérdida más grande del mundo es que los seres humanos, como vosotros y yo, vivimos tan distantes del nivel de nuestras posibilidades. Comparado con lo que podríamos ser, sólo estamos medio despiertos.

Ningún fracaso es glorioso. Todo fracaso es un pecado, no sólo por el propio hecho, sino por lo que representa. El fracaso es señal de un defecto en nosotros; es señal de que no nos hemos «apartado» para el  éxito. Es malo fracasar en nuestro propio negocio, pero cuando fracasamos en el negocio de nuestro Padre Celestial, quiere decir que muchas personas perderán las bendiciones de la vida eterna.    No  debemos  fracasar;  más  aún,  ¿por  qué  hemos  de fracasar? Si hacemos lo que es correcto, casi no hay posibilidad del fracaso.

Somos hijos de Dios, creados a su imagen e investidos con sus atributitos. Simplemente recordemos quiénes somos. Es  de tremenda importancia conocer nuestro origen y reafirmarlo constantemente en nuestra vida. Hemos heredado la potencia y la prudencia del Creador. Estamos trabajando en la obra a la cual Dios mismo dedica su tiempo entero. Nunca nos apartemos de nuestra herencia, y desarrollemos nuestras facultades hasta el máximo grado.

No son muchas las personas consideradas grandes por lo que actualmente son; pero todos son grandes por lo que pueden llegar a ser. Considerados como obra ya terminada, ninguno de nosotros podrá impresionar particularmente, ni aun a nosotros mismos; pero considerado como posibilidad eterna, el ser humano es espléndido. Podernos ser salvadores sobre el monte de Sión; poseemos enormes posibilidades. No permitamos que ninguna excepción nos desvíe del éxito. Toda persona logra el éxito o fracaso, de acuerdo con lo que cree, lo que busca con su trabajo o lo que rige su vida. Podemos creer en las cosas más importantes del mundo y luchar por ellas. Para ese fin hemos sido «apartados» y bendecidos.

Además de todo esto, sin embargo, uno mismo puede bendecirse y apartarse para realizar la grandeza por medio de sus energías, su fe, entusiasmo y determinación. Uno puede apartarse a sí mismo para considerar la obra de Dios de mayor estima que todo lo demás. ¡Qué cosa tan admirable es ser «apartado» para la obra del Señor!

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Angosto es el camino

Liahona octubre 1960

Angosto es el camino

por el élder Sterling Welling Sill

Uno de los secretos más importantes de la feliz habilidad para dirigir, bien sea en la Iglesia o cualquier otro lugar, se ha expresado adecuadamente en la bien conocida afirmación de Jesús: “Entrad por la puerta estrecha… porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. (Mateo 7:13-14)

Se reconoce que todos desean ser felices y lograr el éxito; y sin embargo, cuántas son las personas de nobles ideales y ambiciones finas que llegan a un destino indeseable e imprevisto. Se debe a que el camino por el cual llegamos al éxito y la felicidad es tan angosto, que la mayor parte de las personas no pueden permanecer dentro de sus confines por mucho tiempo. Las tendencias naturales de la gente demandan un camino más amplio del que permite el éxito verdadero. Es más fácil andar por un camino ancho; hay más lugar en él para desvíos y rodeos. El camino ancho no limita a uno a pensar rectamente ni a disciplinarse. Existe en nosotros la tendencia de querer más laxitud de la que podemos hallar en un camino angosto. ¿Hemos oído alguna vez de alguien que se haya desviado del camino angosto en ángulo recto? El fracaso empieza simplemente por querer hacer más ancho el camino. Nuestras inclinaciones nos incitan con tanta frecuencia a que exploremos los caminos laterales que nunca nos conducen a donde deseamos ir.

El viajero común desperdicia mucho tiempo del que debe, en desviaciones y callejones sin salida. Hay miles de caminos que conducen a todo destino concebible. Algunos son fáciles y agradables porque no tienen muchas restricciones. Son de amplitud suficiente para permitir muchas clases de actividades incompatibles con el éxito.

En nuestro viaje hacia el éxito, deben considerarse muchas cosas. Un objetivo noble es importante; una ambición digna es loable; el gran entusiasmo es útil. No obstante, también debemos considerar con cuidado el camino por el cual vamos a transitar. Se llega a toda gran realización, sea intelectual, social, física, espiritual o económica, por el camino angosto precisamente de acuerdo con el significado que Jesús aplicó a este término.

Por ejemplo, sabemos que la concentración es importante para lograr el éxito. Cuando se le preguntó a William Gladstone, el destacado político inglés, el secreto de su feliz carrera, su respuesta fue una sola palabra: “Concentración”. Emerson dijo la misma cosa. A eso se estaba refiriendo Jesús cuando manifestó: “…si tu ojo fuere bueno…” (Mateo 6:22) “El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos”. (Santiago 1; también 4:8)

La concentración no es una ancha carretera y se adquiere limitando el capo de acción, ampliando la visión, descartando las distracciones y enfocando la mente.

La decisión es otro de los componentes importantes del éxito, pero también es angosta. La decisión constituye la puerta y la actuación es la vía. Debemos resolvernos, en lo que respecta a determinada cosa, entonces enfocar nuestra atención y guiarnos por la brújula, no por nuestros caprichos. Si uno desea ser preciso y exacto, debe abandonar la indeterminación y la generalidad. El éxito requiere que lleguemos a una determinación; que establezcamos nuestras normas. Debe restringirse la laxitud y eliminarse las cosas que no concuerdan.

La autodisciplina es también estrecha. Consideremos, por ejemplo, las personas que padecen de obesidad o gordura. El principio que está causando su problema es el camino ancho. Si se va a rebajar de peso, sencillamente quiere decir ceñirse a un camino más angosto. Será menester proscribir ciertas cosas, imponer restricciones, limitar la cantidad de alimentos, refrenar con más severidad el apetito. Cuanto mayor sea la reducción deseada, tanto más angosto debe ser el camino.

En la Palabra de Sabiduría el Señor no hizo más que estrechar el camino que conduce a la salud, prohibiendo el uso de ciertas cosas. Los millones de alcohólicos que hay en todo el mundo eran gente sin ese vicio en otro tiempo. Ninguno de ellos intencionalmente se encaminó hacia el terrible lugar donde fue a parar. Probablemente tenían nobles ideales y buenas intenciones. Ciertamente querían llevar vidas felices, útiles y respetables. Cayeron en error sólo porque quisieron hacer demasiado extenso su camino.

¡Con cuánta frecuencia tenemos en nuestras mentes grandes propósitos y nobles ideales precisamente en el momento que nuestras manos buscan las cosas prohibidas y nuestros pies nos llevan por el ancho camino que nos conduce a la destrucción!

Algunas personas se hacen llamar “liberales”. Pero con frecuencia amplían sus pensamientos a tal grado que se introducen en su programa muchas cosas indeseables. Nos valemos de un rasgo interesante llamado tolerancia, que con frecuencia significa ceder terreno. Modificamos y transigimos.

La sociedad se ha vuelto tolerante en extremo en lo que respecto al uso del alcohol, la delincuencia, el pecado, el menosprecio de los mandamientos religiosos. Nosotros nos hemos tornado tolerantes hacia las cosas que causan el fracaso, y aun hemos aprendido a ser tolerantes con el propio camino ancho y espacioso. Tenemos la tendencia de creer demasiado en el “desenlace feliz”, sea cual fuere el camino que tomemos. La liberalidad puede compararse a un río sumamente ancho pero de poca profundidad. Es el torrente de cauce angosto y profundo el que tiene fuerza para abrirse paso entre la montaña.

Hay algunas organizaciones religiosas que atribuyen poca importancia a la iglesia a la cual uno pertenece o a lo que rehace en ella. Afirman que toda la gente tiene algo de bueno en sí, y que al fin y al cabo todos llegarán al mismo lugar.

Oímos decir que no es de mucha importancia lo que creamos o lo que hagamos; y agrada a muchos adoptar un camino muy ancho y espacioso, en el cual puede haber cabida para cualquier cosa.

A pesar del concepto que tengamos del Dios de salvación ¿no es interesante observar que el Dios de la naturaleza es muy estrecho? A nivel del mar, el agua hierve a 100 grados, según el termómetro Centígrado, o 212, según el Fahrenheit; pero nunca a 98 o 210 respectivamente. El agua se congela a 0 y 32 grados respectivamente; pero nunca a 2 o 34. El Dios de la ciencia es estricto. Los objetos más pesados que el aire no pueden resistir la atracón de la tierra. No hay excepciones; nos parecerá intransigente en extremo, pero así es.

Se puede predecir al minuto la vuelta de un planeta en una órbita de 500 millones de millas. A estos astros no les es dada ninguna laxitud para desviarse. La electricidad es estrecha. La brújula siempre indicará hacia el norte, nunca hacia el oriente o poniente; de modo que la brújula no es muy “liberal”. Las matemáticas son muy rígidas. Dos y dos son cuatro, nunca tres y medio. El que ha pasado por la experiencia de hallarse en medio de una fuerte tormenta, en un avión que tuvo que aterrizar por medio de los instrumentos, ¡cómo ha orado que el corazón del piloto no se desvíe ni un ápice! Un momento de “liberalidad” por parte de él puede resultar en muerte instantánea para todos.

Así como la ciencia y la naturaleza son estrechas y angostas, en igual manera lo es el evangelio. Por ejemplo, dice: “El que creyere y fuere bautizad, será salvo; más el que no creyere, será condenado.” (Marcos 16:16) “Un Señor, una fe, un bautismo.” (Efesios 4:5)

Quizá esto parezca muy estrecho, pero también parece razonable, correcto y seguro. La verdadera habilidad para dirigir es también intransigente. Si hacemos estas cosas, logramos el éxito; si hacemos aquellas, fracasamos. No hay más alternativa y empezamos a fracasar precisamente en el momento en que nos convertimos en demasiado liberales.

El elemento principal del éxito en cualquier campo consiste en seguir el camino estrecho. Es la vía de la salvación, la vía del éxito, de la felicidad, de la habilidad para dirigir con éxito, de contener nuestro peso, de dominar nuestra actitud. Es lo contrario del camino que tiene amplitud suficiente para decisiones vagas, pensamientos desenfrenados y actos licenciosos.

Pensemos en lo angosta que es la vía de la lealtad. Nos ciñe a una devoción definitiva. El éxito y la felicidad en el matrimonio también son un camino recto. Dos personas, de su propia voluntad, se entregan el uno al otro y a nadie más. No están por más tiempo irresponsablemente libres para andar aquí y allá donde el capricho pasajero pueda atraerlos. El matrimonio no es una ancha avenida de tránsito en dos direcciones; tampoco lo es la habilidad para dirigir con éxito, ni la vida. La gloria mayor de una persona consiste en la rectitud de su puerta y la estrechez de su camino. Los infieles y desleales andan por el camino ancho. Podrán tener una gran variedad de intereses o ninguno; podrán sentir devoción hacia muchos o nade; podrán vivir sin restricción, de acuerdo con la filosofía del “liberalismo”. No obstante, sabemos que esa vía particular ha sido designada el “camino ancho”, y todos deben saber de antemano a dónde conduce.

Los Diez Mandamientos son estrechos. Las leyes que tiene que ver con el reino celestial también lo son, y son pocos los que se conservan en el camino. Nos alejamos del camino principalmente porque nosotros mismos quitamos el cerco que lo rodea y derribamos las indicaciones y letreros que prohíben el paso, y así, ningún malestar sentimos al apartarnos del camino recto.

En cuanto empezamos a conceptuar la vida como una carretera que permite el tránsito en dos sentidos, empiezan a desarrollarse la hipocresía y la confusión, y nos hallamos envueltos en dificultades. A esta norma doble se debe la discordia que existe que existe entre el hecho y el credo, lo cual es la causa de los innumerables males de nuestra civilización. No basta con fijar una meta elevada; es también necesario que no nos apartemos del camino que conduce allí.

A pesar de la razón y del conocimiento científico de que nos preciamos, aun creemos más o menos subconscientemente, en una especia de magia negra, que pese al camino que tomemos, de una manera u otra nos irá bien. A un pecador empedernido le parece imposible que al fin se vaya a perder.

Tratamos de sostener nuestros nobles ideales con una mano en el momento preciso que cruzan por nuestra mente pensamientos impíos o leemos literatura indebida o hacemos cosas malas. Cuando fijamos nuestros pensamientos en fines o propósitos correctos, mas permitimos que nuestros pies vayan por el camino incorrecto, no sólo nos calificamos de pecadores, sino también de necios; porque ninguna cosa que viaja por el camino errado podrá llegar al destino correcto.

En el sermón más importante que jamás se ha predicado, el Hombre más noble que jamás ha vivido dijo: “Ven, sígueme.” (Lucas 18:22) También: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6) Esto señala un camino angosto en extremo; no tiene desvíos, no hace excepciones, no admite transigencias. Sin embargo, al andar por él tendremos la seguridad de que llegaremos a donde deseamos ir.

Consideremos algunos de los elementos que son parte de la habilidad para dirigir dentro de nuestra propia Iglesia, y midámoslas para ver si están de conformidad con lo que especificó Jesús.

Conducta personal. El hábil director se gloría en conservar su conducta en línea recta con la estrella polar de su fe. Debe ser fiel a lo mejor que hay en él. Otros andarán errantes aquí y allá por todo el territorio, pero él será fiel, no porque alguien podrá verlo, ni porque sea “lo más conveniente”, sino porque es lo recto.

Actitud mental. Si los pensamientos de una persona se desvían por el camino ancho, no hay mucha probabilidad de que sus pies se conserven por el camino angosto. El psicólogo William James dijo: “Aquello que conserva la atención, determina el hecho”. Por donde conduce la mente, allí andan los pies.

La sensación de responsabilidad es un camino estrecho en extremo y, como todas las demás cosas, nuestra limitación es nuestra gloria mayor. El presidente norteamericano Lincoln dijo que la nación no podía existir siendo la mitad esclavos y la otra mitad libres. Tampoco puede existir la habilidad para dirigir si el director es medio responsable y medio irresponsable.

El concepto de Jesús respecto del camino estrecho se aplica a todo elemento que forma parte de nuestra habilidad para dirigir. La integridad personal es estrecha; lo es el deber y también la preparación.

El propio Maestro nos ha dado la fórmula: “entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta, y angosto son los que la hallan.” (Mateo 7:13- 14)

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