Conferencia General Abril 2011
Guiados por el Santo Espíritu
Por el presidente Boyd K. Packer
Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles
Cada uno de nosotros puede ser guiado por el espíritu de revelación y el don del Espíritu Santo.
Han transcurrido cuatrocientos años desde la publicación de la versión en inglés del rey Santiago de la Biblia, con significativos aportes de William Tyndale, un gran héroe, desde mi punto de vista.
El clero no deseaba que la Biblia se publicara en el inglés de uso corriente; entonces persiguieron a Tyndale de sitio en sitio. Él les dijo: “Si Dios me preserva la vida, de aquí a pocos años haré que el joven que guía el arado sepa más sobre las Escrituras que ustedes”1.
Tyndale fue traicionado y confinado a una oscura y helada prisión de Bruselas durante más de un año. Su ropa estaba hecha harapos; entonces les rogó a sus captores que le dieran su capa, su sombrero y una vela, diciendo: “En verdad es tedioso sentarse solo en la oscuridad”2; pero esas cosas se le negaron. Con el tiempo, lo sacaron de la prisión y, ante una gran multitud, fue estrangulado y quemado en la hoguera; pero la obra de William Tyndale y su martirio no fueron en vano.
Puesto que a los niños Santos de los Últimos Días se les enseña desde pequeños a conocer las Escrituras, en ellos se cumple, en cierta medida, la profecía hecha por William Tyndale cuatro siglos antes.
Hoy, nuestras Escrituras están compuestas por La Biblia, el Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo, la Perla de Gran Precio y Doctrina y Convenios.
Debido al Libro de Mormón, con frecuencia se nos llama la Iglesia Mormona, que es un nombre que no nos ofende, pero que en realidad no es exacto.
En el Libro de Mormón, el Señor volvió a visitar a los nefitas porque oraron al Padre en Su nombre; y el Señor dijo:
“¿Qué queréis que os dé?
“Y ellos le dijeron: Señor, deseamos que nos digas el nombre por el cual hemos de llamar esta iglesia; porque hay disputas entre el pueblo concernientes a este asunto.
“Y el Señor les dijo: …¿Por qué es que este pueblo ha de murmurar y disputar a causa de esto?”
“¿No han leído las Escrituras que dicen que debéis tomar sobre vosotros el nombre de Cristo…? Porque por este nombre seréis llamados en el postrer día …
“Por tanto, cualquier cosa que hagáis, la haréis en mi nombre, de modo que daréis mi nombre a la iglesia; y en mi nombre pediréis al Padre que bendiga a la iglesia por mi causa.
“¿Y cómo puede ser mi iglesia salvo que lleve mi nombre? Porque si una iglesia lleva el nombre de Moisés, entonces es la iglesia de Moisés; o si se le da el nombre de algún hombre, entonces es la iglesia de ese hombre; pero si lleva mi nombre, entonces es mi iglesia, si es que están fundados sobre mi evangelio”3.
Obedientes a la revelación, nos llamamos La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en lugar de la Iglesia Mormona. Una cosa es que los demás se refieran a la Iglesia como la Iglesia Mormona o a nosotros como los mormones, y otra muy diferente es que nosotros lo hagamos.
La Primera Presidencia declaró:
“El uso del nombre revelado, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (D. y C. 115:4) es cada vez más importante en la responsabilidad que tenemos de proclamar el nombre del Salvador por todo el mundo. Por ello, pedimos que al referirnos a la Iglesia usemos su nombre completo siempre que sea posible. …
“Al referirse a los miembros de la Iglesia, sugerimos usar la frase ‘los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días’. Como referencia abreviada, se prefiere ‘Santos de los Últimos Días’”4.
“[Los Santos de los Últimos Días] hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”5.
El mundo podrá referirse a nosotros como lo desee, pero al hablar, recuerden siempre que pertenecemos a la Iglesia de Jesucristo.
Algunos afirman que no somos cristianos. O bien no nos conocen en absoluto o entienden mal.
En la Iglesia, todas las ordenanzas se efectúan por la autoridad de Jesucristo y en Su nombre6. Tenemos la misma organización que tenía la Iglesia primitiva, con apóstoles y profetas7.
En la antigüedad, el Señor llamó y ordenó a Doce Apóstoles. Se le traicionó y crucificó; después de Su resurrección, el Salvador enseñó a Sus discípulos durante cuarenta días, y luego ascendió al cielo8.
Pero faltaba algo. Algunos días después, los Doce se reunieron en una casa y “de repente, vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa…; lenguas repartidas… de fuego [se posaron] sobre cada uno de ellos. Y… fueron llenos del Espíritu Santo”9. Ahora, Sus apóstoles habían recibido poder. Comprendían que la autoridad dada por el Salvador y el don del Espíritu Santo eran esenciales para el establecimiento de Su Iglesia. Se les mandó que bautizaran y confirieran el don del Espíritu Santo10. Seguir leyendo

























