Conferencia General Abril 2011
La esencia del discipulado
Por Silvia H. Allred
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro
Cuando el amor es el principio que rige nuestra ayuda a los demás, el servicio que les prestamos es el Evangelio en acción.
Desde los comienzos del mundo, el Señor ha enseñado que para llegar a ser Su pueblo debemos ser uno en corazón y voluntad1. El Salvador también explicó que los dos grandes mandamientos son: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente” y “amarás a tu prójimo como a ti mismo”2. Por último, poco después que se organizó la Iglesia, el Señor mandó a los santos a que “[visitaran] a los pobres y a los necesitados, y les [suministraran] auxilio”3.
¿Cuál es el tema en común de todos estos mandamientos? Es que debemos amarnos y servirnos los unos a los otros. Eso es, de hecho, la esencia del discipulado en la verdadera Iglesia de Jesucristo.
Al celebrar los 75 años del programa de bienestar de la Iglesia, se nos recuerdan los propósitos del bienestar que son: ayudar a los miembros a ayudarse a sí mismos para llegar a ser autosuficientes, cuidar del pobre y del necesitado, y prestar servicio. La Iglesia ha organizado sus recursos para ayudar a los miembros a proveer de lo necesario para el bienestar físico, espiritual, social y emocional de ellos mismos, de sus familias y de otras personas. El oficio de obispo conlleva un mandato especial de velar por el pobre y el necesitado, y de administrar esos recursos para los miembros de su barrio. En ese empeño, recibe ayuda de los quórumes del sacerdocio, de la Sociedad de Socorro y, en particular, de los maestros orientadores y las maestras visitantes.
La Sociedad de Socorro siempre ha sido una parte esencial del bienestar. Cuando el profeta José Smith organizó la Sociedad de Socorro en 1842, les dijo a las mujeres: “Éste es el principio de días mejores para el pobre y el necesitado”4. Les dijo a las hermanas que el propósito de la sociedad era: “…socorrer al pobre, al indigente, a la viuda y al huérfano, y ejercer todo propósito benevolente… derramarán aceite y vino en el contristado corazón del afligido, secarán las lágrimas del huérfano y animarán el corazón de la viuda”5.
También dijo que la Sociedad “debía instar a los hermanos a las buenas obras para atender a las necesidades de los pobres, buscar a los que necesiten caridad y satisfacer sus carencias; y ayudar al corregir la moral de la comunidad y fortalecer sus virtudes”6.
Hoy en día los hombres y las mujeres de la Iglesia participan conjuntamente para dar alivio a quienes tienen necesidades. Los poseedores del sacerdocio proporcionan apoyo esencial a aquellos que necesitan ayuda y guía espiritual. Maestros orientadores inspirados ofrecen las bendiciones del Evangelio a cada núcleo familiar. Además, brindan su fortaleza y talentos de otras maneras, como ayudar a una familia con reparaciones en la casa, a mudarse o a encontrar trabajo.
Las presidentas de la Sociedad de Socorro visitan los hogares para determinar las necesidades e informar al obispo. Maestras visitantes inspiradas velan por las hermanas y por sus familias. Con frecuencia son las primeras que responden en momentos de necesidad. Las hermanas de la Sociedad de Socorro proporcionan comidas, prestan servicio caritativo y dan apoyo constante en tiempos de dificultades.
Los miembros de la Iglesia en todo el mundo se regocijaron en el pasado, y deberían regocijarse hoy, ante las oportunidades de prestar servicio a los demás. Nuestro esfuerzo mancomunado trae alivio a los que son pobres, tienen hambre, sufren o están afligidos y, de ese modo, salva almas.
Cada obispo tiene a su disposición el almacén del Señor que se establece cuando “los miembros fieles dan al obispo de su tiempo, talentos, habilidades, servicio caritativo, bienes materiales y medios económicos para cuidar de los pobres y edificar el reino de Dios sobre la tierra”7. Todos podemos contribuir al almacén del Señor al pagar nuestras ofrendas de ayuno y poner todos nuestros recursos a disposición del obispo para asistir a los necesitados.
A pesar de que el mundo está cambiando rápidamente, los principios de bienestar no han cambiado con el paso del tiempo porque son divinamente inspirados, son verdades reveladas. Cuando los miembros de la Iglesia y su familia hacen todo lo posible por mantenerse a sí mismos y aún así no pueden satisfacer sus necesidades básicas, la Iglesia está lista para ayudar. Las necesidades a corto plazo se cubren de inmediato y se establece un plan para ayudar al beneficiado a llegar a ser autosuficiente. La autosuficiencia es la capacidad de proveer de lo necesario para las necesidades espirituales y temporales de uno mismo y de su familia.
Al aumentar nuestro grado de autosuficiencia, aumentamos nuestra capacidad de ayudar y servir a los demás del modo en que lo hizo el Salvador. Seguimos el ejemplo del Salvador cuando velamos por los necesitados, los enfermos y los que sufren. Cuando el amor es el principio que rige nuestra ayuda a los demás, el servicio que les prestamos es el Evangelio en acción; es la expresión máxima del Evangelio. Es religión pura.
Al cumplir con mis varias asignaciones de la Iglesia, me he sentido humilde ante el amor y la preocupación que los obispos y las líderes de la Sociedad de Socorro han demostrado hacia su redil. Cuando prestaba servicio como presidenta de la Sociedad de Socorro de estaca en Chile a principios de la década de los ochenta, el país estaba pasando por una gran recesión y el porcentaje de desempleo era de un 30%. Fui testigo de cómo valientes presidentas de la Sociedad de Socorro y fieles maestras visitantes andaban “haciendo bienes”8 en esas difíciles circunstancias. Hacían lo que dice el pasaje que se encuentra en Proverbios 31:20: “Extiende su mano al pobre, y tiende sus manos al menesteroso”. Seguir leyendo

























