La esencia del discipulado

Conferencia General Abril 2011
La esencia del discipulado
Por Silvia H. Allred
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Cuando el amor es el principio que rige nuestra ayuda a los demás, el servicio que les prestamos es el Evangelio en acción.

Desde los comienzos del mundo, el Señor ha enseñado que para llegar a ser Su pueblo debemos ser uno en corazón y voluntad1. El Salvador también explicó que los dos grandes mandamientos son: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente” y “amarás a tu prójimo como a ti mismo”2. Por último, poco después que se organizó la Iglesia, el Señor mandó a los santos a que “[visitaran] a los pobres y a los necesitados, y les [suministraran] auxilio”3.

¿Cuál es el tema en común de todos estos mandamientos? Es que debemos amarnos y servirnos los unos a los otros. Eso es, de hecho, la esencia del discipulado en la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Al celebrar los 75 años del programa de bienestar de la Iglesia, se nos recuerdan los propósitos del bienestar que son: ayudar a los miembros a ayudarse a sí mismos para llegar a ser autosuficientes, cuidar del pobre y del necesitado, y prestar servicio. La Iglesia ha organizado sus recursos para ayudar a los miembros a proveer de lo necesario para el bienestar físico, espiritual, social y emocional de ellos mismos, de sus familias y de otras personas. El oficio de obispo conlleva un mandato especial de velar por el pobre y el necesitado, y de administrar esos recursos para los miembros de su barrio. En ese empeño, recibe ayuda de los quórumes del sacerdocio, de la Sociedad de Socorro y, en particular, de los maestros orientadores y las maestras visitantes.

La Sociedad de Socorro siempre ha sido una parte esencial del bienestar. Cuando el profeta José Smith organizó la Sociedad de Socorro en 1842, les dijo a las mujeres: “Éste es el principio de días mejores para el pobre y el necesitado”4. Les dijo a las hermanas que el propósito de la sociedad era: “…socorrer al pobre, al indigente, a la viuda y al huérfano, y ejercer todo propósito benevolente… derramarán aceite y vino en el contristado corazón del afligido, secarán las lágrimas del huérfano y animarán el corazón de la viuda”5.

También dijo que la Sociedad “debía instar a los hermanos a las buenas obras para atender a las necesidades de los pobres, buscar a los que necesiten caridad y satisfacer sus carencias; y ayudar al corregir la moral de la comunidad y fortalecer sus virtudes”6.

Hoy en día los hombres y las mujeres de la Iglesia participan conjuntamente para dar alivio a quienes tienen necesidades. Los poseedores del sacerdocio proporcionan apoyo esencial a aquellos que necesitan ayuda y guía espiritual. Maestros orientadores inspirados ofrecen las bendiciones del Evangelio a cada núcleo familiar. Además, brindan su fortaleza y talentos de otras maneras, como ayudar a una familia con reparaciones en la casa, a mudarse o a encontrar trabajo.

Las presidentas de la Sociedad de Socorro visitan los hogares para determinar las necesidades e informar al obispo. Maestras visitantes inspiradas velan por las hermanas y por sus familias. Con frecuencia son las primeras que responden en momentos de necesidad. Las hermanas de la Sociedad de Socorro proporcionan comidas, prestan servicio caritativo y dan apoyo constante en tiempos de dificultades.

Los miembros de la Iglesia en todo el mundo se regocijaron en el pasado, y deberían regocijarse hoy, ante las oportunidades de prestar servicio a los demás. Nuestro esfuerzo mancomunado trae alivio a los que son pobres, tienen hambre, sufren o están afligidos y, de ese modo, salva almas.

Cada obispo tiene a su disposición el almacén del Señor que se establece cuando “los miembros fieles dan al obispo de su tiempo, talentos, habilidades, servicio caritativo, bienes materiales y medios económicos para cuidar de los pobres y edificar el reino de Dios sobre la tierra”7. Todos podemos contribuir al almacén del Señor al pagar nuestras ofrendas de ayuno y poner todos nuestros recursos a disposición del obispo para asistir a los necesitados.

A pesar de que el mundo está cambiando rápidamente, los principios de bienestar no han cambiado con el paso del tiempo porque son divinamente inspirados, son verdades reveladas. Cuando los miembros de la Iglesia y su familia hacen todo lo posible por mantenerse a sí mismos y aún así no pueden satisfacer sus necesidades básicas, la Iglesia está lista para ayudar. Las necesidades a corto plazo se cubren de inmediato y se establece un plan para ayudar al beneficiado a llegar a ser autosuficiente. La autosuficiencia es la capacidad de proveer de lo necesario para las necesidades espirituales y temporales de uno mismo y de su familia.

Al aumentar nuestro grado de autosuficiencia, aumentamos nuestra capacidad de ayudar y servir a los demás del modo en que lo hizo el Salvador. Seguimos el ejemplo del Salvador cuando velamos por los necesitados, los enfermos y los que sufren. Cuando el amor es el principio que rige nuestra ayuda a los demás, el servicio que les prestamos es el Evangelio en acción; es la expresión máxima del Evangelio. Es religión pura.

Al cumplir con mis varias asignaciones de la Iglesia, me he sentido humilde ante el amor y la preocupación que los obispos y las líderes de la Sociedad de Socorro han demostrado hacia su redil. Cuando prestaba servicio como presidenta de la Sociedad de Socorro de estaca en Chile a principios de la década de los ochenta, el país estaba pasando por una gran recesión y el porcentaje de desempleo era de un 30%. Fui testigo de cómo valientes presidentas de la Sociedad de Socorro y fieles maestras visitantes andaban “haciendo bienes”8 en esas difíciles circunstancias. Hacían lo que dice el pasaje que se encuentra en Proverbios 31:20: “Extiende su mano al pobre, y tiende sus manos al menesteroso”. Seguir leyendo

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La obra santificadora de Bienestar

Conferencia General Abril 2011
La obra santificadora de Bienestar
Por el obispo H. David Burton
Obispo Presidente

La obra de cuidarnos mutuamente y de ser “buenos con los pobres” es una obra santificadora, ordenada por el Padre.

Buenos días, hermanos y hermanas. En 1897, el joven David O. McKay se encontraba frente a una puerta con un folleto en la mano. Como misionero en Stirling, Escocia, él había hecho eso muchas veces anteriormente; pero ese día, una mujer demacrada abrió la puerta y se paró frente a él. Estaba mal vestida, tenía las mejillas hundidas y estaba despeinada.

Ella tomó el folleto que el élder McKay le ofreció y le dijo cinco palabras que de ahí en adelante nunca olvidaría: “¿Podré comprar pan con esto?”.

Ese encuentro dejó una huella imborrable en el joven misionero. Más adelante escribió: “Desde ese momento tuve una comprensión más profunda de que la Iglesia de Cristo debe estar, y está, interesada en la salvación temporal del hombre. Me fui de allí con el sentimiento de que esa [mujer], con… amargura en [el corazón] hacia el hombre y hacia Dios, no [estaba] en posición de recibir el mensaje del Evangelio. [Tenía] necesidad de ayuda temporal, y no había ninguna organización en Stirling, hasta donde yo pude averiguar, que se la pudiera brindar”1.

Unas décadas después, el mundo sufría bajo la carga de la Gran Depresión. Fue en esa época, el 6 de abril de 1936, que el presidente Heber J. Grant y sus consejeros, J. Reuben Clark y David O. McKay, anunciaron lo que más adelante se conocería como el programa de bienestar de la Iglesia. De modo interesante, dos semanas más tarde se nombró al élder Melvin J. Ballard como su primer presidente y a Harold B. Lee como su primer director administrativo.

No se trataba de un cometido común y corriente. Aun cuando el Señor había levantado almas excepcionales para administrarlo, el presidente J. Reuben Clark dejó claro que “el establecimiento del programa [de bienestar] es resultado de la revelación del Espíritu Santo al presidente Grant, y desde entonces se ha llevado a cabo mediante revelaciones similares que han recibido las Autoridades Generales que han estado a cargo del programa”2.

El compromiso de los líderes de la Iglesia de aliviar el sufrimiento humano era tan certero como irrevocable. El presidente Grant deseaba “un sistema que… tendiera la mano y cuidara de la gente sin importar cuál fuera el costo”. Dijo que incluso llegaría al punto de “cerrar los seminarios, suspender la obra misional por un lapso de tiempo o incluso cerrar los templos, pero que no dejarían que la gente pasara hambre”3.

Yo me encontraba al lado del presidente Gordon B. Hinckley en Managua, Nicaragua, cuando dirigió la palabra a 1.300 miembros de la Iglesia que habían sobrevivido un devastador huracán que había cobrado más de 11.000 vidas. “Mientras la Iglesia tenga recursos”, les dijo, “no los dejaremos pasar hambre, ni los dejaremos sin ropa o sin un lugar donde refugiarse. Haremos todo lo posible por ayudar a la manera que el Señor ha indicado que se haga”4.

Una de las características que distinguen este cometido inspirado y centrado en el Evangelio es que hace hincapié en la responsabilidad personal y la autosuficiencia. El presidente Marion G. Romney explicó: “Se han establecido muchos programas por personas bien intencionadas para ayudar a los necesitados; sin embargo, gran parte de esos programas se han preparado, con visión limitada, para ‘ayudar a la gente’ en lugar de ‘ayudar a la gente a valerse por sí misma’”5.

La autosuficiencia es producto de la vida providente y de ejercitar la autodisciplina económica. Desde el principio, la Iglesia ha enseñado que las familias —hasta donde les sea posible— tienen que asumir la responsabilidad de su propio bienestar temporal. A cada generación se le requiere aprender de nuevo los principios básicos de la autosuficiencia: evitar las deudas, implementar los principios de la frugalidad, prepararse para los tiempos de dificultades, escuchar y seguir las palabras de los oráculos vivientes, desarrollar la disciplina para distinguir entre las necesidades y los deseos, y entonces vivir de conformidad con esos principios.

El propósito, las promesas y los principios que reafirman la obra del cuidado del pobre y del necesitado se extienden mucho más allá de los límites de la vida terrenal. Esta obra sagrada no es sólo para beneficiar y bendecir a aquellos que sufren o que están necesitados. Como hijos e hijas de Dios, no podremos heredar la plenitud de la vida eterna sin estar completamente entregados al cuidado del uno al otro mientras estemos aquí en la tierra. Es mediante el benevolente ejercicio del sacrificio y de dar de nosotros mismos a los demás que aprendemos los principios celestiales del sacrificio y la consagración6.

El gran rey Benjamín enseñó que una de las razones por las que damos de nuestros bienes a los pobres y ministramos para su alivio es para que retengamos la remisión de nuestros pecados de día en día y andemos sin culpa ante Dios7.

Desde la fundación del mundo, la trama de las sociedades rectas siempre se ha tejido con los dorados hilos de la caridad. Añoramos un mundo de paz y comunidades prósperas. Rogamos por sociedades bondadosas y virtuosas en las que la iniquidad se abandone y donde el bien y lo justo prevalezca. No importa cuántos templos edifiquemos, cuánto aumentemos en número de miembros, cuán positivamente se nos perciba a los ojos del mundo, si no cumplimos con este gran mandamiento fundamental de “socorre[r] a los débiles, levanta[r] las manos caídas y fortalece[r] las rodillas debilitadas”8, o si nuestro corazón hace caso omiso de los que sufren y lloran, estamos bajo condenación y no podemos complacer al Señor9, y nunca alcanzaremos la gozosa esperanza de nuestro corazón.

Por todo el mundo, unos 28.000 obispos buscan a los pobres para atender sus necesidades. Cada obispo recibe la ayuda de un consejo de barrio que está compuesto de líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares, incluso una dedicada presidenta de la Sociedad de Socorro. Ellos pueden “apresurarse a socorrer al forastero… derramar aceite y vino en el contristado corazón del afligido… secar las lágrimas del huérfano y animar el corazón de la viuda”10. Seguir leyendo

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“Más que vencedores por medio de aquel que nos amó”

Conferencia General Abril 2011
“Más que vencedores por medio de aquel que nos amó”
Por el élder Paul. V. Johnson
De los Setenta

Las pruebas no son sólo para probarnos. Son de vital importancia en el proceso de llegar a ser participantes de la naturaleza divina.

La vida en la tierra incluye dificultades, pruebas y tribulaciones; y algunas de las pruebas que enfrentamos en la vida pueden ser atroces. Tanto en enfermedad, traición, tentaciones, la pérdida de un ser querido, desastres naturales como en alguna otra adversidad, la aflicción es parte de nuestra experiencia mortal. Muchos se preguntan por qué debemos enfrentar desafíos difíciles. Sabemos que una razón es con el fin de probar nuestra fe para ver si haremos todo lo que el Señor ha mandado1. Afortunadamente, esta vida es el escenario perfecto para enfrentar—y pasar—esas pruebas2.

Pero estas pruebas no son sólo para probarnos. Son de vital importancia en el proceso de llegar a ser participantes de la naturaleza divina3. Si afrontamos estas aflicciones debidamente, serán consagradas para nuestro provecho4.

El élder Orson F. Whitney dijo: “Ningún dolor que suframos ni ninguna prueba que experimentemos es en vano… Todo lo que sufrimos y todo lo que soportamos, especialmente cuando lo hacemos con paciencia, edifica nuestro carácter, purifica nuestros corazones, expande nuestras almas y nos hace más sensibles y caritativos… Es mediante las penas y el sufrimiento, la dificultad y la tribulación que ganamos la educación que hemos venido a adquirir aquí”5.

Recientemente, se diagnosticó a un niño de 9 años con un extraño cáncer de huesos. El médico explicó el diagnóstico y el tratamiento, el cual incluía meses de quimioterapia y una seria operación. Dijo que sería un período muy difícil para el niño y para la familia, pero luego agregó: “La gente me pregunta: ‘¿Seré la misma persona después de esto?’. Yo les digo: ‘No, no serás la misma persona, serás mucho más fuerte; ¡serás increíble!’”.

A veces podría parecer que nuestras pruebas se centraran en aspectos de nuestra vida y en las partes del alma que más nos cuesta enfrentar. Puesto que como resultado de estos retos se espera el crecimiento personal, no debería sorprendernos que las pruebas sean muy personales, casi específicamente dirigidas a nuestras necesidades o debilidades particulares. Y nadie está exento, en especial los santos que estén tratando de hacer lo correcto. Algunos santos obedientes podrían preguntarse: “¿Por qué a mí? ¡Estoy tratando de ser bueno! ¿Por qué permite el Señor que suceda esto?”. El horno de la aflicción ayuda a purificar aun a los mejores de los santos incinerando las impurezas de su vida para que quede el oro puro6. Incluso el mejor mineral necesita ser refinado para sacarle las impurezas. Ser bueno no es suficiente; queremos llegar a ser como el Salvador, que aprendió a medida que sufrió “dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases”7.

El sendero Crimson del cañón de Logan es una de mis caminatas preferidas. La parte principal del camino recorre las cimas de los altos acantilados y ofrece una vista hermosa del cañón y del valle que está debajo; sin embargo, llegar a la cima de los acantilados no es fácil. Allí el camino va constantemente en subida, y justo antes de llegar al tope, el escalador se encuentra con la parte más empinada del camino, y los mismos acantilados no permiten que se vea el cañón. El último esfuerzo vale más que la pena, porque una vez que el escalador llega a la cima la vista es imponente. La única forma de verlo es hacer el recorrido.

Las pautas de las Escrituras y de la vida muestran que muchas veces las pruebas más oscuras y peligrosas preceden a acontecimientos extraordinarios y un crecimiento tremendo. “Tras mucha tribulación vienen las bendiciones”8. Los hijos de Israel estaban atrapados contra el mar Rojo antes de que éste fuese dividido9. Nefi enfrentó peligros, la ira de sus hermanos y múltiples fracasos antes de obtener las planchas de bronce10. José Smith fue abrumado con un poder maligno tan fuerte que parecía estar destinado a una destrucción repentina; cuando estaba a punto de hundirse en la desesperación se esforzó por orar a Dios, y en ese preciso momento lo visitaron el Padre y el Hijo11. Con frecuencia los que están investigando la Iglesia enfrentan oposición y tribulación al acercarse al bautismo. Las madres saben que la dificultad del parto precede el milagro del nacimiento. Una y otra vez vemos bendiciones maravillosas después de grandes pruebas.

Cuando mi abuela tenía unos 19 años contrajo una enfermedad que la dejó muy mal. Más tarde dijo: “No podía caminar; no podía usar el pie izquierdo para nada después de estar en cama por varios meses. Los huesos estaban blandos como una esponja y cuando apoyaba el pie en el suelo parecía que me daba un golpe eléctrico”12. Mientras estaba en cama y cuando el sufrimiento era más intenso, consiguió y estudió unos folletos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; se convirtió y después se bautizó. Muchas veces, un desafío en particular nos ayuda a prepararnos para algo de vital importancia.

En medio de los problemas es casi imposible ver que las bendiciones que vendrán sobrepasan ampliamente el dolor, la humillación o la congoja que estemos experimentando en ese momento. “Ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de rectitud a los que en ella han sido ejercitados”13. El apóstol Pablo enseñó: “Porque esta momentánea y leve tribulación nuestra nos produce un cada vez más y eterno peso de gloria”14. Es interesante que Pablo usase el término “leve tribulación”; eso venía de una persona que había sido golpeada, apedreada, padecido naufragio, estado en la prisión y quien había sufrido muchas otras pruebas15. Dudo que muchos de nosotros califiquemos nuestras tribulaciones como leves; sin embargo, comparadas con las bendiciones y el crecimiento que recibimos al final, tanto en esta vida como en la eternidad, nuestras aflicciones son realmente leves. Seguir leyendo

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A la espera en el camino a Damasco

Conferencia General Abril 2011
A la espera en el camino a Damasco
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Quienes busquen diligentemente aprender acerca de Cristo, con el tiempo llegarán a conocerlo.

Uno de los acontecimientos más extraordinarios de la historia del mundo sucedió en el camino a Damasco. Ustedes conocen muy bien el relato de Saulo, un joven que “asolaba la iglesia; entrando en cada casa…y… entregaba [a los santos] en la cárcel”1. Saulo era tan hostil que muchos miembros de la Iglesia primitiva huían de Jerusalén con la esperanza de librarse de su enojo.

Saulo los perseguía; pero “al llegar cerca de Damasco, súbitamente le rodeó un resplandor de luz del cielo;

“y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”2.

Ese momento transformador cambió a Saulo para siempre; en realidad, cambió el mundo.

Sabemos que manifestaciones como ésta suceden. De hecho, testificamos que una experiencia divina similar sucedió en 1820 a un joven llamado José Smith. Es nuestro testimonio claro y certero que los cielos se abrieron nuevamente y que Dios habla a Sus profetas y apóstoles; Dios escucha y responde las oraciones de Sus hijos.

Sin embargo, hay quienes sienten que no pueden creer a menos que tengan una experiencia similar a la de Saulo o a la de José Smith. Se encuentran al borde de las aguas del bautismo, pero no entran; esperan en el umbral del testimonio, pero no pueden admitir la verdad. En lugar de tomar pasos pequeños en el sendero del discipulado, quieren que un acontecimiento impresionante los obligue a creer.

Pasan sus días a la espera en el camino a Damasco.

La convicción llega un paso a la vez

Una querida hermana había sido miembro fiel de la Iglesia toda su vida, pero llevaba consigo un pesar personal. Años antes, su hija había muerto después de una breve enfermedad y las heridas de esa tragedia aún la atormentaban; sufría mucho a causa de las preguntas profundas que sobrevienen ante un hecho como éste. Admitió francamente que su testimonio ya no era el de antes; sentía que a menos que se le abrieran los cielos nunca podría volver a creer.

Así que, se encontraba a la espera.

Hay muchos otros que, por diferentes razones, se encuentran a la espera en el camino a Damasco; demoran el comprometerse totalmente como discípulos; tienen la esperanza de recibir el sacerdocio, pero no se deciden a vivir dignos de ese privilegio; quieren entrar en el templo, pero postergan el acto final de fe para merecerlo; esperan que Cristo llegue a su vida como si se tratara de una magnífica pintura de Carl Bloch para que los libre de todas sus dudas y temores de una vez por todas.

La verdad es que quienes busquen diligentemente aprender acerca de Cristo, con el tiempo llegarán a conocerlo; recibirán personalmente una imagen divina del Maestro, aunque la mayoría de las veces llega en la forma de un rompecabezas, una pieza a la vez; tal vez sea difícil reconocer cada pieza por sí sola, quizás no sea claro cómo es que forma parte del conjunto. Cada pieza nos ayuda a ver la imagen completa un poco más claramente. Con el tiempo, después de juntar suficientes piezas, reconocemos la gran belleza de todo. Entonces, al mirar hacia atrás, vemos que el Salvador realmente estuvo con nosotros; no de repente, sino de forma serena, apacible, casi desapercibida.

Eso es lo que podemos experimentar si seguimos adelante con fe y no esperamos demasiado tiempo en el camino a Damasco.

Escuchar y obedecer

Les testifico que nuestro Padre Celestial ama a Sus hijos; nos ama a nosotros; los ama a ustedes. Cuando sea necesario, el Señor incluso los alzará para superar obstáculos a medida que busquen Su paz con un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Con frecuencia Él nos habla en formas que sólo podemos escuchar con el corazón. Para escuchar mejor Su voz, sería sabio que bajásemos el volumen del ruido mundano en nuestra vida. Si ignoramos o bloqueamos las indicaciones del Espíritu, por la razón que sea, se hacen cada vez menos perceptibles hasta que no las escuchamos en absoluto. Aprendamos a escuchar los susurros del Espíritu y luego seamos prestos a obedecerlos.

Nuestro amado profeta, Thomas S. Monson, es nuestro ejemplo con respecto a esto. Los relatos de cómo él presta atención a los susurros del Espíritu son muchos. El élder Jeffrey R. Holland nos cuenta uno de esos ejemplos:

En una ocasión, cuando el presidente Monson estaba cumpliendo con una asignación en Luisiana, un presidente de estaca le preguntó si tendría tiempo para visitar a una niña de 10 años que se llamaba Christal y que estaba en las últimas etapas de un cáncer. La familia de Christal había estado orando para que el presidente Monson fuese a su hogar, pero la casa quedaba lejos y él tenía una agenda tan ocupada que no disponía de tiempo. Así que, en lugar de ir, el presidente Monson pidió a quienes ofrecieron las oraciones en la conferencia de estaca que pidiesen por Christal; con seguridad el Señor y la familia comprenderían.

Durante la sesión del sábado de la conferencia, cuando el presidente Monson se puso de pie para hablar, el Espíritu le susurró: “Dejad a los niños venir a mí y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios”3.

“Sus notas aparecieron borrosas… trató de concentrarse en el tema de la reunión, pero la imagen y el nombre de [la pequeña niña] no abandonaban sus pensamientos”4.

Prestó atención al Espíritu y modificó sus planes. Temprano a la mañana siguiente el presidente Monson dejó a las noventa y nueve y viajó muchos kilómetros para estar junto al lecho de una.

Una vez allí, vio a “la niña, demasiado enferma para incorporarse y demasiado débil para hablar. La enfermedad la había privado también de la vista. Profundamente conmovido por lo que veía y por el Espíritu del Señor… el hermano Monson… tomó la débil manecita de [la niña] entre las suyas. ‘Christal’, le susurró, ‘aquí estoy’.

“Haciendo un gran esfuerzo, ella le respondió: ‘Hermano Monson, yo sabía que usted vendría’”5. Seguir leyendo

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El poder del sacerdocio

Conferencia General Abril 2011
El poder del sacerdocio
Por el presidente Thomas S. Monson

Que hoy y siempre seamos dignos receptores del divino poder del sacerdocio que poseemos. Que bendiga nuestras vidas y que lo usemos para bendecir la vida de los demás.

He orado y meditado mucho acerca de qué decirles esta noche. No deseo ofender a nadie. Pensé: “¿Cuáles son los desafíos que tenemos? ¿Con qué me enfrento cada día que causa que llore, a veces hasta altas horas de la noche?”. Pensé que trataría de hablar de algunos de esos desafíos esta noche. Algunos se aplicarán a los hombres jóvenes; algunos se aplicarán a los de mediana edad; algunos se aplicarán a quienes son un poco mayores que los de la mediana edad. De los ancianos no hablamos.

Por lo tanto, simplemente quiero comenzar declarando que ha sido bueno para nosotros estar juntos esta noche. Hemos escuchado mensajes extraordinarios y oportunos sobre el sacerdocio de Dios. Yo, al igual que ustedes, he sido elevado e inspirado.

Esta noche quiero abordar temas que he tenido muy presentes últimamente y que he tenido la impresión de que debo compartir con ustedes. De una forma u otra, todos tienen que ver con la dignidad personal requerida para recibir y ejercer el sagrado poder del sacerdocio que poseemos.

Permítanme empezar leyéndoles de la sección 121 de Doctrina y Convenios:

“…los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y… éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud.

“Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre”1.

Hermanos, ésas son las palabras definitivas del Señor en cuanto a Su autoridad divina. No podemos tener dudas en cuanto a la obligación que esto nos impone a cada uno de los que poseemos el sacerdocio de Dios.

Hemos venido a la tierra en tiempos difíciles. La brújula moral de las masas gradualmente ha cambiado al punto de aceptar “prácticamente cualquier cosa”.

He vivido lo suficiente para haber presenciado gran parte de la metamorfosis de la moralidad de la sociedad. Si bien antes las normas de la Iglesia eran casi todas compatibles con las de la sociedad, ahora nos divide un gran abismo que cada vez se agranda más.

Muchas películas y programas de televisión presentan comportamientos que se encuentran en oposición directa a las leyes de Dios. No se sometan ustedes a la insinuación y a la indecencia explícita que con mucha frecuencia se ve allí. Las letras de gran parte de la música actual caen en la misma categoría. Lo profano, que es tan prevalente a nuestro alrededor hoy, jamás se habría tolerado en un pasado no muy distante. Lamentablemente, se toma en vano el nombre del Señor una y otra vez. Recordemos juntos el mandamiento —uno de los diez— que el Señor reveló a Moisés en el monte Sinaí: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano, porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano”2. Lamento que cualquiera de nosotros estemos sujetos a un lenguaje profano, y les ruego que no lo empleen. Les imploro que no digan ni hagan nada de lo que no puedan sentirse orgullosos.

Manténganse totalmente alejados de la pornografía; nunca se permitan verla; jamás. Se ha demostrado que es una adicción la cual es muy difícil de vencer. Eviten el consumo de alcohol y tabaco y cualquier otra droga, que también son adicciones que les costará mucho superar.

¿Qué los protegerá del pecado y la maldad que los rodea? Sostengo que un testimonio firme de nuestro Salvador y de Su evangelio los ayudará a mantenerse a salvo. Si no han leído el Libro de Mormón, léanlo. No les pediré que levanten la mano. Si lo hacen con oración y con el deseo sincero de saber la verdad, el Espíritu Santo les manifestará que es verdadero. Si es verdadero, y lo es, entonces José Smith fue un profeta que vio a Dios el Padre y a Su Hijo Jesucristo. La Iglesia es verdadera. Si aún no tienen un testimonio de estas cosas, hagan lo necesario para obtenerlo. Es esencial que tengan un testimonio propio, ya que los testimonios de los demás sólo les servirán hasta cierto punto. Una vez que se obtiene, el testimonio debe mantenerse activo y vivo por medio de la obediencia a los mandamientos de Dios y mediante la oración y el estudio de las Escrituras con regularidad. Asistan a la Iglesia. Ustedes, jóvenes, asistan a seminario o instituto si tienen esa oportunidad.

Si hubiese algo que no está bien en su vida, tienen disponible una salida. Dejen toda iniquidad; hablen con el obispo. Sea cual sea el problema, se puede resolver mediante el debido arrepentimiento. Pueden volver a ser limpios. Al hablar de aquellos que se arrepienten, dijo el Señor: “…aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos…”3, “…y yo, el Señor, no los recuerdo más”4.

El Salvador de la humanidad se describió a sí mismo diciendo que estaba en el mundo sin ser del mundo5. Nosotros también podemos estar en el mundo sin ser del mundo al rechazar los conceptos falsos y las enseñanzas falsas, y ser fieles a lo que Dios nos ha mandado.

Ahora bien, últimamente he pensado mucho en ustedes jóvenes que están en edad de casarse pero que no han sentido el deseo de hacerlo. Veo que hay jóvenes encantadoras que desean casarse y criar una familia; sin embargo, sus oportunidades se ven limitadas porque hay tantos varones jóvenes que están postergando el matrimonio.

Esta situación no es nueva. Es mucho lo que han dicho sobre este tema los presidentes anteriores de la Iglesia. Compartiré con ustedes sólo uno o dos ejemplos de lo que aconsejaron.

Dijo el presidente Harold B. Lee: “…no estamos cumpliendo con nuestra responsabilidad como poseedores del sacerdocio si dejamos pasar la edad de casarnos y nos abstenemos de casarnos de manera honorable con una de estas adorables jóvenes”6.

El presidente Gordon B. Hinckley dijo lo siguiente: “Mi corazón se enternece por… las hermanas solteras que deseen casarse y no encuentran con quién hacerlo… Tengo mucho menos lástima de los jóvenes, que bajo las costumbres de nuestra sociedad tienen el privilegio de tomar la iniciativa en esos casos y sin embargo muchas veces no lo hacen”7.

Soy consciente de que hay muchas razones por las cuales pueden estar dudando en cuanto a tomar el paso de casarse. Si les preocupa el proveer económicamente para una esposa y una familia, permítanme asegurarles que no tiene nada de bochornoso el que una pareja sea frugal y economice. Por lo general, es durante estas épocas desafiantes que se unirán más como pareja al aprender a sacrificarse y tomar decisiones difíciles. Tal vez tengan miedo de tomar la decisión equivocada, a lo cual les digo que tienen que ejercer fe. Busquen a alguien con quien sean compatibles. Reconozcan que no les será posible anticipar cada reto que se pueda presentar; pero estén seguros de que pueden solucionar casi todo si son ingeniosos y están dedicados a hacer que el matrimonio salga adelante.

Tal vez estén divirtiéndose demasiado al estar solteros, tomando vacaciones extravagantes, comprando automóviles y juguetes costosos, y básicamente gozando de una vida despreocupada con los amigos. Me he topado con grupos de ustedes que salen juntos, y admito que me he preguntado por qué no están con las jovencitas.

Hermanos, llega el momento en que hay que pensar seriamente en casarse y buscar una compañera con la que quieran pasar la eternidad. Si escogen con prudencia, y si están dedicados al éxito del matrimonio, no hay nada en la vida que les traerá más felicidad.

Cuando se casen, háganlo en la casa del Señor. Para los que poseen el sacerdocio no debería haber otra opción. Tengan cuidado, no sea que dejen de ser dignos de poder casarse allí. Pueden mantener el cortejo dentro de los límites adecuados y aun así pasarlo muy bien. Seguir leyendo

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El aprendizaje en el sacerdocio

Conferencia General Abril 2011
El aprendizaje en el sacerdocio
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Si son diligentes y obedientes en el sacerdocio, tesoros de conocimiento espiritual se derramarán sobre ustedes.

Estoy agradecido de estar con ustedes en esta reunión del sacerdocio de Dios. Esta noche estamos en muchos lugares diferentes y en muchas fases de nuestro servicio en el sacerdocio. Sin embargo, con toda la variedad de nuestras circunstancias tenemos una necesidad en común: aprender nuestros deberes en el sacerdocio y crecer en nuestro poder para llevarlos a cabo.

Como diácono sentí esa necesidad profundamente. Vivía en una pequeña rama de la Iglesia en Nueva Jersey, en la costa este de los Estados Unidos. Era el único diácono de la rama; no sólo el único que asistía, sino el único en los registros. Mi hermano mayor, Ted, era el único maestro. Él está aquí esta noche.

Mientras todavía era diácono, mi familia se mudó a Utah. Allí encontré tres cosas maravillosas establecidas que aceleraron mi crecimiento en el sacerdocio. La primera fue un presidente que sabía cómo sentarse en consejo con los miembros de su quórum. La segunda fue una gran fe en Jesucristo que dio lugar al gran amor del que hemos escuchado: el amor del uno por el otro. Y la tercera fue una convicción compartida de que el propósito global de nuestro sacerdocio era trabajar por la salvación de los hombres.

No era el barrio bien establecido lo que marcó la diferencia. Lo que había allí en ese barrio puede encontrarse en cualquier lugar, en cualquier unidad de la Iglesia en la que estén.

Quizás estas tres cosas sean una parte tan natural de sus experiencias en el sacerdocio que apenas las hayan notado. Otros quizás no sientan la necesidad de mejorar, de modo que esas ayudas pueden ser invisibles para ustedes. De cualquier manera, ruego que el Espíritu me ayude a aclararlas y hacerlas atractivas para ustedes.

Mi objetivo al hablar de estas tres ayudas para que crezcan en el sacerdocio es instarlos a que las valoren y las utilicen. Si lo hacen, su servicio se mejorará; y, si se magnifica, su servicio en el sacerdocio bendecirá a los hijos del Padre Celestial más de lo que ustedes puedan ahora imaginar.

Encontré la primera de estas ayudas cuando se me invitó a integrar un quórum de presbíteros, con el obispo como nuestro presidente. Eso puede parecer algo pequeño e insignificante para ustedes, pero a mí me dio una sensación de poder en el sacerdocio que ha cambiado mi servicio en el mismo desde entonces. En principio, era la forma en que nos guiaba.

Por lo que pude ver, trataba las opiniones de los jóvenes presbíteros como si fuéramos los hombres más sabios del mundo. Esperaba hasta que todos los que querían hablar hubieran terminado; y escuchaba. Luego, cuando decidía lo que debía hacerse, me parecía sentir que el Espíritu nos confirmaba las decisiones a nosotros y a él.

Ahora me doy cuenta de que había sentido lo que la Escritura significa cuando dice que el presidente se sienta en concilio con los miembros de su quórum1. Años más tarde, cuando era obispo y tenía mi quórum de presbíteros, tanto a ellos como a mí se nos enseñó por medio de lo que había aprendido cuando yo era presbítero.

Veinte años después, como obispo, tuve la oportunidad de ver la eficacia de un consejo, no sólo en el centro de reuniones, sino también en las montañas. Durante una actividad del día sábado, un miembro de nuestro quórum había estado perdido en el bosque toda la noche. Por lo que sabíamos, estaba solo, no tenía ropa de abrigo, ni comida ni refugio. Lo buscamos, pero no tuvimos éxito.

Lo que recuerdo es que oramos juntos, el quórum de presbíteros y yo; y luego les pedía a cada uno de ellos que hablara. Escuché con atención y me pareció que ellos también se escucharon con atención unos a otros. Después de un tiempo, nos inundó un sentimiento de paz. Sentí que el miembro del quórum perdido en el bosque estaba seguro y seco en alguna parte.

Supe claramente lo que el quórum debía y no debía hacer. Cuando las personas que lo encontraron describieron el lugar del bosque donde había ido a refugiarse, sentí que reconocí el lugar. Pero para mí, el milagro más grande fue ver la fe unida en Jesucristo de un consejo del sacerdocio que trajo revelación al hombre que tenía las llaves del sacerdocio. Ese día, todos crecimos en el poder del sacerdocio.

La segunda clave para obtener mayor conocimiento es tener amor el uno por el otro, que viene de una gran fe. No estoy seguro cuál viene primero, pero parece que ambos siempre están allí cada vez que hay un aprendizaje grande y rápido en el sacerdocio. José Smith nos enseñó eso por medio del ejemplo.

En los primeros días de la Iglesia en esta dispensación, recibió un mandamiento de Dios de edificar la fortaleza del sacerdocio. Se le indicó que creara escuelas para los poseedores del sacerdocio. El Señor estableció el requisito de que hubiese amor uno por el otro entre los que enseñaran y los que aprendieran. Éstas son las palabras del Señor en cuanto a crear un lugar de aprendizaje para el sacerdocio y cómo sería para los que aprendieran en él:

“Organizaos… estableced una casa de… instrucción… una casa de orden…

“Nombra[d] de entre vosotros a un maestro; y no tomen todos la palabra al mismo tiempo, sino hable uno a la vez y escuchen todos lo que él dijere, para que cuando todos hayan hablado, todos sean edificados de todos y cada hombre tenga igual privilegio”2.

El Señor describe lo que ya hemos visto que es la fortaleza de un consejo o de una clase del sacerdocio para traer revelación mediante el Espíritu. La revelación es la única manera por la que podemos llegar a saber que Jesús es el Cristo. Esa gran fe es el primer peldaño en la escalera que subimos para aprender los principios del Evangelio. Seguir leyendo

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Su potencial, su privilegio

Conferencia General Abril 2011
Su potencial, su privilegio
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Al leer las Escrituras y escuchar las palabras de los profetas con todo el corazón y mente, el Señor les dirá cómo vivir a la altura de sus privilegios en el sacerdocio.

Había una vez un hombre cuyo sueño de toda la vida era abordar un crucero y navegar el mar Mediterráneo. Soñaba con caminar por las calles de Roma, Atenas y Estambul. Ahorró cada centavo hasta tener suficiente para el pasaje. Como no tenía mucho dinero, llevó una valija adicional llena de latas de frijoles o judías, cajas de galletas y bolsas de limonada en polvo, y eso es lo que comió todos los días.

Le hubiera gustado participar de las muchas actividades que se ofrecían en el barco: hacer ejercicios en el gimnasio, jugar al mini golf y nadar en la piscina. Envidiaba a aquellos que iban al cine, a los espectáculos y a presentaciones culturales; y, ¡cuánto anhelaba sólo un bocado de la maravillosa comida que veía en el barco!, ¡cada comida parecía ser un banquete! Pero el hombre quería gastar tan poco dinero que no participaba en ninguna de esas cosas. Logró ver las ciudades que anhelaba visitar, pero la mayor parte del viaje se quedó en su cabina y sólo comió su humilde comida.

El último día del crucero, un miembro de la tripulación le preguntó a cuál de las fiestas de despedida asistiría. Fue entonces que el hombre supo que no solamente la fiesta de despedida, sino casi todo a bordo del crucero —la comida, el entretenimiento y todas las actividades— estaban incluidas en el precio del pasaje. El hombre se dio cuenta demasiado tarde de que había estado viviendo muy por debajo de su privilegio.

La pregunta que surge de esta parábola es: ¿Estamos, como poseedores del sacerdocio, viviendo por debajo de nuestras posibilidades en lo que se refiere al poder sagrado, los dones y las bendiciones que son nuestra oportunidad y derecho?

La gloria y grandeza del sacerdocio

Todos sabemos que el sacerdocio es mucho más que sólo un nombre o título. El profeta José enseñó que “El sacerdocio es un principio sempiterno, y existió con Dios desde la eternidad… hasta la eternidad, sin principio de días ni fin de años”1. Posee “la llave del conocimiento de Dios”2. De hecho, mediante el sacerdocio “se manifiesta el poder de la divinidad”3.

Las bendiciones del sacerdocio trascienden nuestra capacidad de comprensión. Los fieles poseedores del sacerdocio de Melquisedec “llegan a ser… los elegidos de Dios”4. Son “santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos”5 y finalmente reciben “todo lo que [el] Padre tiene”6. Esto puede ser difícil de entender, pero es hermoso, y yo testifico que es verdad.

El hecho de que nuestro Padre Celestial confíe este poder y responsabilidad al hombre es evidencia de Su gran amor por nosotros y una indicación de nuestro potencial como hijos de Dios en la vida venidera.

Sin embargo, con demasiada frecuencia, nuestras acciones sugieren que vivimos muy por debajo de ese potencial. Cuando se nos pregunta en cuanto al sacerdocio, muchos de nosotros podemos repetir una definición correcta, pero puede que en nuestra vida diaria haya muy poca evidencia de que nuestro entendimiento va más allá de esas palabras recitadas.

Hermanos, tenemos la oportunidad de escoger; podemos darnos por satisfechos con una vivencia limitada como poseedores del sacerdocio y conformarnos con experiencias muy por debajo de nuestro privilegio, o podemos participar del abundante banquete de oportunidades espirituales y bendiciones universales del sacerdocio.

¿Qué podemos hacer para vivir a la altura de nuestro potencial?

Las palabras que se encuentran en las Escrituras y las que se hablan en la conferencia general son para “aplicarlas a nosotros mismos”7, no son sólo para leer o escuchar8. Con demasiada frecuencia asistimos a reuniones y asentimos con la cabeza, incluso puede que sonriamos con comprensión y que estemos de acuerdo; anotamos algunas cosas que debemos hacer y tal vez nos digamos a nosotros mismos: “Eso es una cosa que haré”. Pero en algún lugar entre el escuchar, el escribir un recordatorio en nuestro teléfono multiuso y el ponerlo en práctica, nuestra palanca de “hacerlo” se mueve a la posición de “más tarde”. Hermanos, ¡asegurémonos de colocar la palanca de “hacerlo” en la posición de “ahora”!

Al leer las Escrituras y escuchar las palabras de los profetas con todo el corazón y mente, el Señor les dirá cómo vivir a la altura de sus privilegios en el sacerdocio. No dejen pasar un día sin hacer algo para responder a los susurros del Espíritu.

Primero: Lean el manual del usuario

Si tuviesen la computadora más avanzada y costosa del mundo, ¿la usarían sólo como adorno? Puede que se vea impresionante; puede que tenga un gran potencial; pero es sólo cuando leen el manual del usuario, aprenden cómo usar los programas y la encienden que aprovechan su potencial completo.

El santo sacerdocio de Dios también tiene un manual del usuario. Comprometámonos a leer las Escrituras y los manuales con mayor propósito y enfoque. Comencemos por leer las secciones 20, 84, 107 y 121 de Doctrina y Convenios. Cuanto más estudiemos el propósito, el potencial y el uso práctico del sacerdocio, más asombrados estaremos de su poder; y el Espíritu nos enseñará cómo acceder a ese poder y cómo usarlo para bendecir a nuestra familia, a las comunidades y a la Iglesia.

Como pueblo, merecidamente damos gran prioridad al estudio secular y al aprendizaje vocacional. Queremos y debemos sobresalir en los estudios y en la destreza de los oficios. Los felicito por esforzarse con diligencia para obtener una formación académica y llegar a ser expertos en su campo. Los invito a que también sean expertos en las doctrinas del Evangelio, en especial la doctrina del sacerdocio. Seguir leyendo

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Las sagradas llaves del Sacerdocio Aarónico

Conferencia General Abril 2011
Las sagradas llaves del Sacerdocio Aarónico
Por Larry M. Gibson
Primer Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes

El Señor quiere que cada poseedor del Sacerdocio Aarónico invite a todos a venir a Cristo, empezando con su propia familia.

Uno de mis hijos, a la edad de 12, decidió criar conejos. Construimos jaulas y obtuvimos un conejo macho grande y dos hembras de un vecino. Yo no tenía ni idea en lo que nos estábamos metiendo. En poco tiempo, nuestro cobertizo estaba repleto de conejos. Ahora que mi hijo es mayor, he de confesar mi asombro de cómo los controlaban; el perro de un vecino, de vez en cuando, se metía al cobertizo y hacía desaparecer a algunos.

Sin embargo me conmovió ver a mi hijo y a sus hermanos cuidar de esos conejos y protegerlos. Ahora, en calidad de esposos y padres, son dignos poseedores del sacerdocio que aman, fortalecen y velan por sus propias familias.

Mis sentimientos se enternecen al verlos a ustedes, hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico, velar por quienes los rodean y fortalecerlos, incluso sus familias, los miembros de su quórum y muchas personas más. Cuánto los amo.

Recientemente vi como apartaban a un hombre joven de 13 años como presidente del quórum de diáconos. Después de eso, el obispo le estrechó la mano, se dirigió a él como “presidente” y les explicó a los miembros del quórum: “Me dirijo a él como presidente para hacer hincapié en lo sagrado de su llamamiento. El presidente del quórum de diáconos es una de sólo cuatro personas en el barrio que poseen las llaves de la presidencia. Con esas llaves, él, junto con sus consejeros, dirigirán el quórum bajo la inspiración del Señor”. Este obispo comprendía el poder de una presidencia dirigida por un presidente que posee y ejercita las sagradas llaves del sacerdocio (véase D. y C. 124:142–43).

Más tarde le pregunté a ese joven si estaba listo para presidir ese gran quórum. Su respuesta fue: “Estoy nervioso. No sé qué es lo que hace un presidente del quórum de diáconos. ¿Me lo puede decir?”.

Le dije que tenía un maravilloso obispado y asesores que le ayudarían a convertirse en un potente líder del sacerdocio con éxito. Sabía que ellos respetarían las sagradas llaves de la presidencia que él poseía.

Luego le hice esta pregunta: “¿Piensas que el Señor te llamaría a este importante llamamiento sin darte dirección?”.

Lo pensó, y luego respondió: “¿Dónde la encuentro?”.

Después de hablar un rato con él, se dio cuenta de que hallaría guía en las Escrituras, las palabras de los profetas vivientes y en las respuestas a sus oraciones. Nos propusimos encontrar una Escritura que sería el punto de partida en su búsqueda por aprender las responsabilidades de su nuevo llamamiento.

Fuimos a la sección 107 de Doctrina y Convenios, versículo 85, donde se menciona que el presidente del quórum de diáconos se sienta en concilio con los miembros de su quórum y les enseña sus deberes. Nos dimos cuenta de que su quórum no es sólo una clase sino también un concilio de hombres jóvenes y que ellos deben fortalecerse y edificarse unos a otros, bajo la guía del presidente. Le expresé confianza en que él sería un presidente formidable que dependería de la inspiración del Señor y magnificaría su sagrado llamamiento a medida que enseñara a sus compañeros diáconos sus responsabilidades.

Después le pregunté: “Ahora que sabes que has de enseñar a los diáconos sus responsabilidades, ¿sabes tú cuáles son?”.

De nuevo, fuimos a las Escrituras y encontramos:

Un diácono es nombrado para velar por la Iglesia y para ser su ministro residente (véase D. y C. 84:111). Seguir leyendo

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Esperanza

Conferencia General Abril 2011
Esperanza
Por el élder Steven E. Snow
De la Presidencia de los Setenta

Nuestra esperanza en la Expiación nos concede el poder de una perspectiva eterna.

Nuestra familia se crió en la elevada región desértica del sur de Utah. Llueve poco y siempre se tienen grandes esperanzas de que haya suficiente agua para el calor del verano. Antes, como ahora, esperábamos que lloviera, orábamos para que lloviera y, en tiempos difíciles, ayunábamos para que lloviera.

Se cuenta que un abuelo llevó a su nieto de cinco años a un paseo por el pueblo. Finalmente, llegaron a una pequeña tienda de comestibles ubicada en la calle principal y se detuvieron a tomar un refresco. Un turista que conducía un automóvil que era de otro estado se acercó al anciano y, señalando a una pequeña nube le preguntó: “¿Cree que va a llover?”.

“Así espero”, contestó el anciano, “si no es por mi bien, por el bien del niño; yo sí he visto llover una vez”.

La esperanza es una emoción que enriquece nuestro diario vivir; se define como “el sentimiento de que las cosas saldrán bien”. Cuando procedemos con esperanza, “miramos hacia adelante con deseo y con razonable confianza” (dictionary.reference.com/browse/hope). Como tal, la esperanza le da a nuestra vida cierta influencia tranquilizante, mientras esperamos con confianza los acontecimientos futuros.

A veces esperamos aquello por lo que tenemos poco o nada de control; esperamos un buen clima; esperamos tener una primavera anticipada; esperamos que nuestros equipos favoritos ganen la copa mundial, el súperbowl o los campeonatos mundiales.

Esa clase de esperanzas hacen interesante nuestra vida, y muchas veces conducen a un comportamiento fuera de lo común, e incluso supersticioso. Por ejemplo, a mi suegro le gustan mucho los deportes, pero está convencido de que si no ve a su equipo favorito por televisión, es más factible que ellos ganen. Cuando yo tenía doce años, insistía en ponerme el mismo par de calcetines sin lavar para ir al juego de béisbol, con la esperanza de ganar. Mamá hacía que los dejara en el porche de atrás de la casa.

Otras veces, nuestras esperanzas nos pueden llevar a sueños que pueden inspirarnos a actuar. Si tenemos la esperanza de sacar mejores notas en la escuela, esa esperanza se puede realizar con estudio dedicado y sacrificio. Si tenemos la esperanza de jugar en un equipo ganador, esa esperanza puede llevarnos a la práctica constante, a la dedicación, al trabajo en equipo y finalmente, al éxito.

Roger Bannister era un estudiante de la facultad de medicina en Inglaterra, y tenía una ambiciosa esperanza: deseaba ser el primero en correr una milla (1.6 km) en menos de cuatro minutos. Durante los comienzos del siglo veinte, los entusiastas de atletismo habían esperado ansiosos el día en que se rompiera el récord de cuatro minutos. A través de los años, muchos excelentes corredores estuvieron a punto de hacerlo, pero no lo lograron. Bannister se dedicó a un tenaz horario de entrenamiento con la esperanza de realizar su meta de lograr un nuevo récord mundial. Algunas personas del mundo de los deportes habían empezado a dudar de que se pudiera romper el récord de cuatro minutos. Los supuestos expertos incluso habían planteado como hipótesis que el cuerpo humano fisiológicamente no era capaz de correr a esa velocidad una distancia tan larga. Un día nublado, el 6 de mayo de 1954, ¡se realizó la gran esperanza de Roger Bannister! Cruzó la meta en 3:59,4, marcando un nuevo récord mundial. Su esperanza de romper la barrera de los cuatro minutos se hizo un sueño que se logró con entrenamiento, trabajo arduo y dedicación.

La esperanza puede inspirar sueños y estimularnos a realizarlos. Sin embargo, la esperanza sola no nos hace triunfar. Muchas buenas esperanzas no se han cumplido, estrellándose en los arrecifes de las buenas intenciones y la pereza. Seguir leyendo

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Preparar al mundo para la Segunda Venida

Conferencia General Abril 2011
Preparar al mundo para la Segunda Venida
Por el élder Neil L. Andersen
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La misión de ustedes será una oportunidad sagrada de traer a otros a Cristo y ayudar en la preparación “para la segunda venida del Salvador”.

Esta noche hablo en particular a los que tienen de 12 a 25 años y que poseen el sacerdocio de Dios. Pensamos mucho en ustedes y oramos por ustedes. Una vez conté el relato de nuestro nieto de cuatro años que empujó fuertemente a su pequeño hermano. Después de consolar al niño que lloraba, mi esposa Kathy se dirigió al de cuatro años y le preguntó: “¿Por qué empujaste a tu hermanito?” Él miró a su abuela y dijo: “Mimi, lo siento, perdí mi anillo HLJ y no puedo hacer lo justo”. Sabemos que ustedes se esfuerzan mucho para hacer lo justo siempre. Los amamos mucho.

¿Alguna vez han pensado por qué se los envió a la tierra en esta época específica? No nacieron durante la época de Adán y Eva, ni cuando los faraones gobernaban Egipto ni durante la dinastía Ming. Han venido a la tierra en este momento, veinte siglos después de la primera venida de Cristo. El sacerdocio de Dios ha sido restaurado en la tierra y el Señor ha extendido Su mano a fin de preparar al mundo para Su glorioso regreso. Éstos son días de gran oportunidad e importantes responsabilidades. Éstos son los días de ustedes.

Con su bautismo, ustedes han declarado su fe en Jesucristo. Con su ordenación al sacerdocio, sus talentos y aptitudes espirituales se han incrementado. Una de sus responsabilidades importantes es ayudar a preparar el mundo para la segunda venida del Salvador.

El Señor ha designado a un profeta, el presidente Thomas S. Monson, para dirigir la obra de Su sacerdocio. A ustedes, el presidente Monson les ha dicho: “El Señor necesita misioneros”1. “Todo joven digno y capaz debe prepararse para servir en una misión. El servicio misional es un deber del sacerdocio, una obligación que el Señor espera de [ustedes] a quienes se [les] ha dado tanto”2.

El servicio misional requiere sacrificio. Siempre habrá algo que dejarán atrás al responder el llamado a servir del profeta.

Los que son seguidores del rugby saben que los “All Blacks” de Nueva Zelanda, nombre otorgado por el color de su uniforme, es el equipo de rugby más aclamado de la historia3. Ser seleccionado para los “All Blacks” de Nueva Zelanda puede compararse a jugar para un equipo de fútbol americano en el Superbowl o un equipo de fútbol en el Mundial.

En 1961, a los 18 años, Sidney Going, quien poseía el Sacerdocio Aarónico, estaba convirtiéndose en una estrella de rugby en Nueva Zelanda. Debido a sus notables habilidades, muchos pensaron que el año siguiente sería elegido para la selección nacional de rugby “All Blacks”.

A los 19 años, en el momento crítico de su ascendiente carrera en el rugby, Sid declaró que iba a renunciar al rugby para servir en una misión. Algunos lo llamaron loco; otros lo llamaron tonto4. Argumentaron que quizás su oportunidad en el rugby nunca volvería.

Sid no se preocupaba de lo que dejaba atrás, sino de la oportunidad y la responsabilidad que tenía por delante. Él tenía el deber del sacerdocio de ofrecer dos años de su vida para declarar la realidad del Señor Jesucristo y de Su Evangelio restaurado. Nada, ni siquiera la oportunidad de jugar en la selección nacional, con todos los elogios que ello traería, le impediría cumplir con ese deber5.

Fue llamado por un profeta de Dios a servir en la Misión Canadá Occidental. Hace cuarenta y ocho años este mes, el élder Sidney Going, de 19 años, salió de Nueva Zelanda para servir como misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Sid me contó una experiencia que tuvo en la misión. Era de noche y él y su compañero estaban a punto de regresar a su apartamento; pero decidieron visitar una familia más. El padre los dejó entrar; el élder Going y su compañero testificaron del Salvador; la familia aceptó un Libro de Mormón y el padre leyó toda la noche. En la siguiente semana y media él leyó todo el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. Después de unas semanas, la familia se bautizó6.

¿Una misión en vez de un puesto en el equipo “All Blacks” de Nueva Zelanda? Sid respondió: “La bendición de traer a [otras personas] al Evangelio sobrepasa cualquier cosa que [uno] pudiera sacrificar”7.

Probablemente se estén preguntando lo que ocurrió con Sid después de la misión. Lo más importante: un matrimonio eterno con su querida Colleen; cinco nobles hijos y una generación de nietos. Él ha vivido su vida confiando en su Padre en los Cielos, guardando los mandamientos y sirviendo a los demás. Seguir leyendo

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Encontrar gozo al servir con amor

Conferencia General Abril 2011
Encontrar gozo al servir con amor
Por el élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Demostremos nuestro amor y aprecio por el sacrificio expiatorio del Salvador a través de actos de servicio sencillos y caritativos.

Hermanos y hermanas, espero que los que estén de visita en Salt Lake aprovechen la oportunidad de disfrutar de los colores y las fragancias de las hermosas flores de primavera en la Manzana del Templo.

La primavera trae una renovación de luz y de vida recordándonos, a través del ciclo de las estaciones, la vida, el sacrificio y la resurrección de nuestro Señor y Redentor Jesucristo, porque “todas las cosas… [dan] testimonio de [Él]” (Moisés 6:63).

En contraste con ese hermoso escenario de la primavera y su simbolismo de esperanza, existe un mundo de incertidumbre, complejidad y confusión. Las exigencias diarias de la vida —los estudios, el trabajo, la crianza de los hijos, la administración y los llamamientos de la Iglesia, las actividades seculares, e incluso el dolor y la tristeza por una enfermedad y tragedia imprevistas— nos pueden agotar. ¿Cómo podemos librarnos de esa maraña de problemas e incertidumbres para encontrar tranquilidad y felicidad?

Muchas veces somos como el joven mercader de Boston, quien, según cuenta la historia, en 1849 se vio atrapado en el fervor de la fiebre del oro de California. Vendió todas sus posesiones para buscar su fortuna en los ríos de California, los cuales, según le habían dicho, estaban llenos de pepitas de oro tan grandes que apenas se podían cargar.

Día tras día, el joven sumergía su batea en el río y salía vacía. Su única recompensa era una pila creciente de piedras. Desalentado y en ruinas, estaba listo para abandonar la empresa; hasta que un día un viejo buscador de oro con experiencia le dijo: “Muchacho, vaya montón de piedras que tienes ahí”.

El joven respondió: “Aquí no hay oro; me voy a volver a casa”.

El viejo buscador de oro caminó hacia el montón de rocas y dijo: “Claro que hay oro aquí; sólo tienes que saber dónde buscarlo”; tomó dos piedras en las manos y golpeó una contra la otra. Una de las rocas se partió y mostró varias partículas de oro que brillaban bajo el sol.

Mirando la bolsa de cuero repleta que el buscador de oro tenía atada a la cintura, el joven dijo: “Busco pepitas como las de la bolsa, no partículas microscópicas”.

El viejo buscador le mostró la bolsa al joven, quien al mirar dentro esperaba ver varias pepitas grandes; pero se sorprendió al ver que estaba llena de miles de partículas de oro.

El viejo buscador, dijo: “Hijo, me parece que estás tan ocupado buscando pepitas grandes que te pierdes la oportunidad de llenar tu bolsa con estas preciosas partículas de oro. La acumulación paciente de estas pequeñas partículas me ha dado una gran fortuna”.

Este relato ilustra la verdad espiritual que Alma enseñó a su hijo Helamán:

“Por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas…

y por medios muy pequeños el Señor… realiza la salvación de muchas almas” (Alma 37:6–7).

Hermanos y hermanas, el evangelio de Jesucristo es sencillo, no importa lo mucho que nos esforcemos por complicarlo. Similarmente, debemos esforzarnos por mantener nuestra vida sencilla, libre de influencias extrañas, centrada en lo que más importa.

¿Cuáles son las cosas preciosas y sencillas del Evangelio que aportan claridad y propósito a nuestra vida? ¿Cuáles son las partículas de oro del Evangelio que acumuladas pacientemente en el transcurso de nuestra vida nos brindarán el máximo tesoro: el precioso don de la vida eterna?

Creo que hay un principio sencillo y a la vez profundo, aun sublime, que abarca la totalidad del evangelio de Jesucristo. Si atesoramos ese principio de todo corazón, y lo convertimos en el centro de nuestra vida, nos purificará y santificará para que podamos vivir de nuevo en la presencia de Dios.

El Salvador habló de ese principio cuando le respondió al fariseo que le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley?

“Y Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente.

“Éste es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:36–39).

Sólo cuando amemos a Dios y a Cristo con todo nuestro corazón, nuestra alma y nuestra mente, seremos capaces de compartir ese amor con nuestro prójimo mediante actos de bondad y de servicio, de la manera en que el Salvador nos amaría y serviría a todos si estuviera hoy entre nosotros.

Cuando ese amor puro de Cristo, la caridad, nos envuelve, pensamos, sentimos y actuamos más como nuestro Padre Celestial y Jesús piensan, sienten y actúan. Nuestra motivación y el deseo sincero son semejantes a los del Salvador. Él compartió ese deseo con Sus apóstoles en la víspera de Su crucifixión. Él dijo:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado …

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (Juan 13:34–35). Seguir leyendo

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El deseo

Conferencia General Abril 2011
El deseo
Por el élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

A fin de lograr nuestro destino eterno, desearemos las cualidades que se requieran para convertirnos en un ser eterno y trabajaremos para obtenerlas.

He decidido hablar sobre la importancia del deseo. Espero que cada uno de nosotros examine su corazón para determinar lo que realmente desea y cómo clasifica sus deseos más importantes.

Los deseos dictan nuestras prioridades, las prioridades afectan nuestras decisiones y las decisiones determinan nuestras acciones. Los deseos sobre los que actuamos determinan las cosas que cambiamos, lo que logramos y lo que llegamos a ser.

Primero hablo sobre algunos deseos comunes. Como seres mortales, tenemos necesidades físicas básicas. Los deseos que satisfacen estas necesidades compelen nuestras decisiones y determinan nuestras acciones. Tres ejemplos demostrarán cómo anulamos esos deseos con otros deseos que consideramos más importantes.

Primero, la comida. Tenemos la necesidad básica de la comida, pero por un tiempo ese deseo puede superarse por un deseo más fuerte de ayunar.

Segundo, un techo. Como jovencito de 12 años, me resistía al deseo de refugiarme bajo un techo porque tenía un deseo mayor de cumplir con el requisito de escultismo de pasar una noche en el bosque. Yo era uno de los tantos jovencitos que dejaba las cómodas tiendas o carpas y hallaba el modo de construir un refugio y preparaba una cama primitiva de los materiales naturales que podíamos hallar.

Tercero, el dormir. Incluso este deseo básico puede anularse por un deseo aún más importante. Como joven soldado de la Guardia Nacional de Utah, aprendí un ejemplo de ello de un oficial experto en combate.

En los primeros meses de la Guerra de Corea se llamó al servicio activo a una batería de artillería de campaña de Richfield, de la Guardia Nacional de Utah. El grupo de artillería, comandado por el capitán Ray Cox constaba de unos 40 hombres mormones. Después de entrenamiento adicional y con soldados de reserva de otros lugares como refuerzo, se los envió a Corea, donde participaron en algunos de los combates más feroces de esa guerra. En una batalla, tuvieron que rechazar un asalto directo hecho por cientos de soldados de la infantería enemiga, la clase de ataque que había anulado y destruido a otros grupos de artillería de campaña.

¿Qué tiene que ver eso con el superar nuestro deseo de dormir? Durante una noche crucial, cuando la infantería enemiga había atravesado el frente y llegado a la retaguardia que estaba en manos de la artillería, el capitán hizo que las líneas telefónicas se conectaran con su tienda de campaña y ordenó que los numerosos guardias que cuidaban el perímetro lo llamaran a cada hora, en punto, a lo largo de toda la noche. Eso mantuvo a sus guardias despiertos, pero también significó que el sueño del capitán Cox se interrumpió una y otra vez. “¿Cómo lo hizo?”, le pregunté. Su respuesta demuestra el poder de un deseo abrumador:

“Sabía que si alguna vez regresábamos a casa, me encontraría con los padres de esos muchachos en las calles de nuestro pequeño pueblo y no quería tener que enfrentar a ninguno de ellos si sus hijos no regresaban a casa por algo en lo que yo hubiese fallado como su comandante”1.

¡Qué ejemplo del poder que significa un deseo abrumador en cuanto a prioridades y acciones! ¡Qué ejemplo tan poderoso para todos nosotros, que somos responsables por el bienestar de otras personas: padres, líderes y maestros de la Iglesia!

Para concluir esa ilustración, temprano en la mañana que siguió a esa noche de insomnio, el capitán Cox guió a sus hombres en una contraofensiva sobre la infantería enemiga; tomaron 800 prisioneros y sólo tuvieron dos heridos. Al capitán Cox se lo condecoró por su valentía, y a su batería se la condecoró con la Unidad con Mención Presidencial por su extraordinario heroísmo y, como los guerreros de Helamán (véase Alma 57:25–26) todos regresaron a casa2.

El Libro de Mormón contiene muchas enseñanzas sobre la importancia del deseo.

Después de muchas horas de luchar con el Señor, se le dijo a Enós que sus pecados le eran perdonados. Entonces, él “empe[zó] a anhelar” el bienestar de sus hermanos (Enos 1:9); él escribió: “Y… después que hube orado y me hube afanado con toda diligencia, me dijo el Señor: Por tu fe, te concederé conforme a tus deseos” (versículo 12). Fíjense en los tres factores esenciales que precedieron la bendición prometida: deseo, labor y fe.

En su sermón sobre la fe, Alma enseña que la fe puede comenzar aunque “más no sea [con un] deseo de creer” si “dejamos que este deseo obre en [nosotros]” (Alma 32:27). Seguir leyendo

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Testimonio

Conferencia General Abril 2011
Testimonio
Por el élder Cecil O. Samuelson Jr.
De los Setenta

Los fundamentos para obtener y mantener un testimonio del evangelio de Jesucristo son sencillos, claros y están al alcance de toda persona.

Durante muchos años, una de las grandes bendiciones que he tenido en la vida ha sido la oportunidad de estar rodeado de los jóvenes de la Iglesia y de trabajar con ellos. Considero que esas asociaciones y amistades están entre las más dulces y valiosas de mi vida; y también son mucha de la base del gran optimismo que tengo en el futuro de la Iglesia, de la sociedad y del mundo.

Durante esas interacciones, también he tenido el privilegio de dialogar con algunos que han tenido diversas dudas o dificultades con su testimonio. Aunque los detalles han sido variados y en ocasiones exclusivos, muchas de las preguntas y las causas de confusión han sido muy similares. Asimismo, esos problemas e inquietudes no se limitan a ningún grupo demográfico ni de edad; pueden afectar a miembros de familias que han formado parte de la Iglesia por generaciones, a miembros de la Iglesia relativamente nuevos y también a los que apenas empiezan a conocer La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Por lo general, sus preguntas son el resultado de la investigación sincera o de la curiosidad. Debido a que las implicaciones revisten tanta importancia y relevancia para cada uno de nosotros, parece adecuado analizar el tema de nuestro testimonio. En el contexto Santo de los Últimos Días, nos referimos al testimonio como nuestra certeza de la veracidad del evangelio de Jesucristo, que se obtiene por revelación mediante el Espíritu Santo.

Aunque un testimonio sea sencillo y claro, varias posibles preguntas surgen de esa definición, tales como: ¿Quién tiene derecho a tener un testimonio? ¿Cómo obtiene uno la revelación necesaria? ¿Cuáles son los pasos para obtener un testimonio? ¿Obtener un testimonio es un acontecimiento aislado o un proceso continuo? Cada una de estas y otras preguntas tienen sus propias ramificaciones, pero los fundamentos para obtener y mantener un testimonio del evangelio de Jesucristo son sencillos, claros y están al alcance de toda persona.

Permítanme responder brevemente a estas posibles incertidumbres y luego referirme a algunas ideas que han compartido mis amigos jóvenes adultos de confianza que han tenido sus propias experiencias al obtener su testimonio. Ellos también han tenido la oportunidad de ministrar a otros que tienen problemas o dificultades con algunos aspectos de su fe y sus creencias.

Primero, ¿quién tiene derecho a tener un testimonio? Todo el que esté dispuesto a pagar el precio; es decir, guardar los mandamientos. “Por tanto, la voz del Señor habla hasta los extremos de la tierra, para que oigan todos los que quieran oír” (D. y C. 1:11). Una de las razones fundamentales para la restauración del Evangelio es que “todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo; para que también la fe aumente en la tierra” (Doctrina y Convenios 1:20–21).

Segundo, ¿cómo se obtiene la revelación necesaria y cuáles son los pasos fundamentales para obtenerla? El modelo ha sido claro y uniforme a lo largo de las épocas. La promesa que se hace para recibir un testimonio del Libro de Mormón también se aplica en general:

“Y cuando recibáis estas cosas [es decir, cuando hayan escuchado, leído, estudiado y meditado el asunto en cuestión]… preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas [es decir, que orarán con esmero, de forma específica y reverente, con un compromiso firme de obedecer lo que se les responda en la oración]; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo; Seguir leyendo

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Establecer un hogar centrado en Cristo

Conferencia General Abril 2011
Establecer un hogar centrado en Cristo
Por el élder Richard J. Maynes
De los Setenta

Entendemos y creemos en la naturaleza eterna de la familia. Este entendimiento y creencia deben inspirarnos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para establecer un hogar centrado en Cristo.

A principios de mi servicio como joven misionero en Uruguay y Paraguay, me di cuenta de que una de las grandes atracciones para los que deseaban saber más en cuanto a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días era su interés en nuestra doctrina en cuanto a la familia. De hecho, desde la Restauración del evangelio de Jesucristo, los investigadores que buscan la verdad se han sentido atraídos a la doctrina de que las familias pueden ser eternas.

El principio de familias eternas es un elemento esencial en el gran plan de nuestro Padre Celestial para Sus hijos. El entendimiento de que tenemos una familia celestial así como una familia terrenal es fundamental en ese plan. El apóstol Pablo nos enseña que nuestro Padre Celestial es el padre de nuestros espíritus:

“Para que buscasen a Dios… [y] le hallasen…

“Porque en él vivimos, y nos movemos y somos… Porque linaje suyo somos”1.

Que somos linaje de un amoroso Padre Celestial es un principio tan básico del evangelio de Jesucristo, que incluso nuestros hijos proclaman su verdad cuando cantan la canción de la Primaria “Soy un hijo de Dios”. ¿Recuerdan la letra?

Soy un hijo de Dios;
Él me envió aquí.
Me ha dado un hogar
y padres buenos para mí.
Guíenme; enséñenme
la senda a seguir
para que algún día yo
con Él pueda vivir2.

Reconocer que tenemos una familia celestial nos ayuda a entender la naturaleza eterna de nuestra familia terrenal. En Doctrina y Convenios se nos enseña que la familia es una parte fundamental del orden del cielo: “Y la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá; pero la acompañará una gloria eterna…”3.

Entender la naturaleza eterna de la familia es un elemento de importancia crítica a fin de comprender el plan de nuestro Padre Celestial para Sus hijos. El adversario, por otro lado, desea hacer todo lo que esté a su alcance para destruir el plan de nuestro Padre Celestial. En su intento por hacer fracasar el plan de Dios, está dirigiendo un ataque sin precedentes contra la institución de la familia. Algunas de las armas más poderosas que utiliza en sus ataques son el egoísmo, la avaricia y la pornografía.

Nuestra felicidad eterna no es uno de los objetivos de Satanás. Él sabe que una de las claves esenciales para hacer que los hombres y las mujeres sean miserables como él es privarlos de las relaciones familiares que tienen potencial eterno. Puesto que Satanás entiende que la verdadera felicidad en esta vida y en la eternidad se encuentra en la familia, hace todo lo que está a su alcance por destruirla.

Alma, el profeta de la antigüedad, denomina el plan de Dios para Sus hijos “el gran plan de felicidad”4. La Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles, a quienes sostenemos como profetas, videntes y reveladores, nos han ofrecido este inspirado consejo en cuanto a la felicidad y la vida familiar: “La familia es ordenada por Dios. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honren sus votos matrimoniales con completa fidelidad. La felicidad en la vida familiar tiene mayor probabilidad de lograrse cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo”5. Seguir leyendo

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Afrontar el futuro con fe

Conferencia General Abril 2011
Afrontar el futuro con fe
Por el élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

¡Su verdad, convenios y ordenanzas nos permiten superar el miedo y afrontar el futuro con fe!

Mis queridos hermanos y hermanas, les agradezco la influencia de su apoyo, no sólo al levantar la mano, sino también por el servicio que eleva el espíritu en su hogar, en la Iglesia y en sus comunidades. Nos encanta estar con ustedes y verlos con su familia y sus amigos. Dondequiera que vivan, observamos los esfuerzos que hacen para que este mundo sea un lugar mejor. ¡Los apoyamos! ¡Los amamos! ¡Al igual que ustedes oran por nosotros, nosotros también oramos por ustedes!

Nos imaginamos a sus familias reunidas alrededor de la televisión o a través de internet para ver las sesiones de la conferencia general desde casa. Una madre y un padre atentos me enviaron una copia de una foto que tomaron durante un momento de la conferencia. Observaron la reacción de su hijo de 18 meses de edad en aquel entonces, quien reconoció las características y la voz del orador. El niño empezó a tirar besos al televisor. Quería acercarse. Así que su considerada hermana mayor rápidamente alzó a su hermano menor poniéndolo en los hombros y lo acercó. Aquí está la fotografía.

Sí, la imagen del televisor es la mía y esos niños son nuestros nietos. En algunos años, ese niño será un élder, investido en el templo y listo para servir en una misión. Más adelante se sellará a una compañera eterna que él haya escogido. ¿Se lo imaginan un día, como esposo y padre, con hijos propios? Y algún día, él dirá adiós a sus abuelos, con el conocimiento certero de que la muerte es parte de la vida.

Es verdad. Vivimos para morir, y morimos para vivir nuevamente. Desde una perspectiva eterna, la única muerte que es realmente prematura es la muerte de alguien que no está preparado para comparecer ante Dios.

Como apóstoles y profetas nos preocupamos no sólo por nuestros hijos y nietos, sino también por los de ustedes, y por cada uno de los hijos de Dios. Todo lo que el futuro tiene reservado para cada sagrado hijo o hija de Dios será determinado por sus padres, sus familiares, sus amigos y sus maestros. De esta manera, nuestra fe ahora se convierte en parte de la fe de nuestra posteridad después.

Cada persona se forjará su camino en un mundo constantemente cambiante, un mundo de ideologías que compiten. Las fuerzas del mal siempre estarán en oposición a las fuerzas del bien. Satanás constantemente se esfuerza para influir en nosotros para que sigamos sus caminos y seamos miserables, así como él es1. Los riesgos normales de la vida como enfermedades, lesiones y accidentes siempre estarán presentes.

Vivimos en una época de confusión; los terremotos y maremotos causan devastación, los gobiernos colapsan, las tensiones económicas son severas, la familia está bajo ataques, los índices de divorcio están aumentando. Tenemos gran motivo para preocuparnos, pero no debemos permitir que nuestros miedos desplacen nuestra fe. Podemos combatir nuestros miedos mediante el fortalecimiento de nuestra fe.

Comiencen por sus hijos. Ustedes, padres, tienen la responsabilidad primordial de fortalecer la fe de ellos. Permítanles sentir la fe de ustedes, aun cuando afronten pruebas difíciles. Centren su fe en nuestro amoroso Padre Celestial y en Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo. Enseñen esa fe con convicción profunda; enseñen a cada precioso niño o niña que él o ella es un hijo de Dios, creado a Su imagen, con un potencial y un propósito sagrados. Cada uno nace con retos para superar y con fe que debe desarrollar2.

Enseñen sobre la fe en el Plan de Salvación de Dios; enseñen que nuestra jornada por la mortalidad es un periodo de probación, un tiempo de tribulaciones y pruebas para ver si haremos lo que el Señor nos mande3.

Enseñen sobre la fe para guardar todos los mandamientos de Dios, sabiendo que se dan para bendecir a Sus hijos y brindarles gozo4. Adviértanles que se encontrarán con personas que escogerán cuáles mandamientos guardarán e que ignorarán otros que han escogido desobedecer. A ese enfoque, lo llamo el “buffet de la obediencia”. Esa práctica de seleccionar y escoger cuáles obedecer no funcionará; los conducirá al sufrimiento. Al prepararse para comparecer ante Dios, uno guarda todos Sus mandamientos. Requiere fe el obedecerlos, y el guardar Sus mandamientos fortalecerá esa fe.

La obediencia permite que las bendiciones de Dios fluyan sin restricciones. Él bendecirá a Sus hijos obedientes con la libertad del cautiverio y del sufrimiento; Él los bendecirá con más luz. Por ejemplo, uno cumple con la Palabra de Sabiduría sabiendo que la obediencia no sólo brinda libertad de las adicciones, sino que también agregará bendiciones de sabiduría y tesoros de conocimiento5. Seguir leyendo

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