Conferencia General Octubre 2010
Constante e inmutable
Por Silvia H. Allred
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro
Si somos fieles y perseveramos hasta el fin, recibiremos todas las bendiciones de nuestro Padre Celestial, incluso la vida eterna y la exaltación.
Agradezco el ser parte de esta reunión de mujeres fieles en todo el mundo. He conocido a miles de de ustedes en países diferentes. Su fidelidad y devoción me han fortalecido; sus ejemplos de bondad y dedicación al Evangelio me han inspirado; sus callados actos de servicio desinteresado y sus palabras de testimonio y convicción me han hecho sentir humilde.
Les haré hoy las mismas preguntas que he hecho a muchas de ustedes en nuestras conversaciones:
1. ¿Qué les ayuda a ser constantes e inmutables al enfrentar los desafíos que prueban su fe?
2. ¿Qué las sostiene en sus pruebas y adversidades?
3. ¿Qué les ayuda a perseverar y a llegar a ser verdaderas discípulas de Cristo?
Algunas de las respuestas que me han dado son:
1. Su conocimiento de que nuestro Padre Celestial las ama y las cuida.
2. Su esperanza de que por medio del sacrificio expiatorio de Jesucristo, todas las bendiciones prometidas a los fieles se cumplirán.
3. Su conocimiento del plan de redención.
En mi mensaje hoy me explayaré en estas afirmaciones que han venido de su corazón.
Romanos 8:16 dice: “Porque el espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”. La primera vez que recuerdo haber sentido con toda certeza que el Padre Celestial me conocía, me amaba y cuidaba de mí fue cuando entré a las aguas del bautismo a la edad de quince años. Antes de eso, sabía que Dios existía y que Jesucristo era el Salvador del mundo. Creía en Ellos y los amaba, pero nunca había sentido el amor y el interés que Ellos tenían por mí, personalmente, hasta ese día en que me regocijé en mi oportunidad de hacer convenios bautismales.
Me di cuenta del gran milagro que había sido que los misioneros me encontraran y enseñaran, especialmente con sólo unos pocos misioneros, ¡entre dos millones de personas! Supe entonces que mi Padre Celestial me conocía y me amaba de una forma tan especial que Él había guiado a los misioneros a mi casa.
Ahora sé que Dios es un Dios de amor. Esto es cierto porque todos somos Sus hijos y Él desea que todos tengamos gozo y felicidad eterna. Su obra y Su gloria son que podamos tener la inmortalidad y la vida eterna1. Por eso es que Él proporcionó un plan de felicidad eterno. Nuestro propósito en la vida es obtener la vida eterna y la exaltación para nosotras mismas, y ayudar a los demás a hacer lo mismo. Él creó esta tierra para que obtuviésemos un cuerpo físico y para poner a prueba nuestra fe. Nos dio el don preciado del albedrío, por medio del cual podemos elegir el sendero que lleva a la felicidad sempiterna. El plan de redención de nuestro Padre Celestial es para ustedes y para mí. Es para todos Sus hijos.
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
“Y los bendijo Dios y les dijo: Fructificad y multiplicaos; y henchid la tierra”2.
“Y les dio mandamientos de que adorasen al Señor su Dios… Y Adán fue obediente a los mandamientos del Señor”3.
Adán y Eva tuvieron hijos y el plan continúo llevándose a cabo.
Sé que cada una de nosotras tiene un papel vital y esencial como hija de Dios. Él ha conferido a Sus hijas atributos divinos con el propósito de hacer avanzar Su obra. Dios ha confiado a las mujeres la tarea sagrada de tener y criar hijos; ninguna otra obra es más importante. Es un llamamiento santo. El oficio más noble de una mujer es la obra sagrada de edificar familias eternas, idealmente en compañía de su esposo.
Soy consciente de que algunas de nuestras hermanas aún no han recibido la bendición de casarse o de tener hijos. Les aseguro que, en su debido tiempo, recibirán todas las bendiciones prometidas a los fieles. Deben “seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza… y persever[ar] hasta el fin” para tener la vida eterna4. En la perspectiva eterna, las bendiciones que no se han recibido “no serán más que un breve momento”5.
Además, no es necesario estar casada para guardar los mandamientos y para cuidar de la familia, amigos y vecinos. Sus dones, talentos, destrezas y fortalezas espirituales son muy necesarios para edificar el reino. El Señor confía en su buena disposición para realizar estos deberes esenciales.
El Señor dice:
“Yo no me olvidaré de ti.
He aquí que en las palmas de mis manos te tengo grabada; delante de mí están siempre tus muros”6.
El Señor las ama. Él sabe de sus esperanzas y sus desilusiones. No las olvidará porque sus dolores y su sufrimiento están continuamente ante Él. Seguir leyendo

























