Conferencia General Octubre 2010 Los tres aspectos de las decisiones
Por el presidente Thomas S. Monson
Cada uno de nosotros ha venido a esta tierra con todos los medios necesarios para tomar decisiones correctas.
Mis amados hermanos del sacerdocio, mi ferviente oración esta noche es que pueda recibir la ayuda de nuestro Padre Celestial al expresar las cosas que me siento inspirado a compartir con ustedes.
Últimamente he estado pensando en las decisiones y sus consecuencias. Ni siquiera pasa una hora del día en la que no tengamos que tomar decisiones de una u otra índole. Algunas son triviales, pero otras son de mayor alcance; algunas no marcarán ninguna diferencia en el orden eterno de las cosas, mientras que otras marcarán toda la diferencia.
Al contemplar los diversos aspectos de las decisiones, las he colocado en tres categorías: primero, el derecho de elegir; segundo, la responsabilidad de elegir; y tercero, los resultados de elegir. Los llamo los tres aspectos de las decisiones.
Menciono primeramente el derecho de elegir. Estoy tan agradecido a un amoroso Padre Celestial por el don del albedrío, o el derecho de elegir. El presidente David O. McKay, noveno Presidente de la Iglesia, dijo: “Después de la concesión de la vida misma, el don más grande que Dios ha dado al hombre es el derecho de dirigir esa vida”1.
Sabemos que antes de que este mundo fuese, teníamos nuestro albedrío y que Lucifer trató de quitárnoslo. Él no confiaba en el principio del albedrío o en nosotros, y abogó por imponer la salvación. Insistía en que con su plan no se perdería nadie, pero no parecía reconocer —o quizás no le importaba— que además de eso, nadie tendría más sabiduría, más fuerza, más compasión ni más agradecimiento si se seguía su plan.
Nosotros, los que elegimos el plan del Salvador, sabíamos que nos embarcaríamos en una jornada peligrosa y difícil, porque caminamos por los caminos del mundo y pecamos y caemos, alejándonos de nuestro Padre. Pero el Primogénito en el Espíritu se ofreció a Sí mismo como sacrificio para expiar los pecados de todos. A través de un sufrimiento indescriptible, Él llegó a ser el gran Redentor, el Salvador de toda la humanidad, lo que hace posible que regresemos con éxito a nuestro Padre.
El profeta Lehi nos dice: “Así pues, los hombres son libres según la carne y les son dadas todas las cosas que para ellos son propias. Y son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo; pues él busca que todos los hombres sean miserables como él”2.
Hermanos, dentro de los confines de cualquier circunstancia en la que nos encontremos, siempre tendremos el derecho de elegir.
Segundo, con el derecho de elegir viene la responsabilidad de elegir. No podemos ser neutrales; no hay un terreno intermedio. El Señor lo sabe; Lucifer lo sabe. Mientras vivamos en esta tierra, Lucifer y sus huestes nunca abandonarán la esperanza de obtener nuestras almas.
Nuestro Padre Celestial no nos lanzó en nuestra jornada eterna sin proporcionar los medios por los cuales pudiésemos recibir de Él guía divina para ayudarnos en nuestro regreso a salvo al final de la vida mortal. Me refiero a la oración. Me refiero, también, a los susurros de esa voz suave y apacible que llevamos en nuestro interior, y no paso por alto las Santas Escrituras, escritas por marineros que navegaron con éxito los mares que nosotros también debemos cruzar.
Cada uno de nosotros ha venido a esta tierra con todos los medios necesarios para tomar decisiones correctas. El profeta Mormón nos dice: “…a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal”3.
Estamos rodeados —y a veces nos acosan— los mensajes del adversario. Escuchen algunos de ellos; seguro les resultarán conocidos: “Sólo esta vez no importará”. “No te preocupes; nadie lo sabrá”. “Puedes dejar de fumar, o de beber, o de tomar drogas en el momento que lo quieras”. “Todos lo hacen, así que no puede ser tan malo”. Las mentiras son interminables.
Aunque en nuestra jornada encontraremos bifurcaciones y vueltas en el camino, simplemente no podemos darnos el lujo de tomar un desvío del que tal vez nunca regresemos. Lucifer, ese astuto flautista mágico, toca su cadenciosa melodía y atrae a los desprevenidos, alejándolos de la seguridad de su camino escogido, del consejo de padres amorosos, de la seguridad de las enseñanzas de Dios. Busca no sólo a lo que se le llama escoria de la humanidad, sino que nos busca a todos nosotros, incluso a los elegidos de Dios. El rey David escuchó, flaqueó, y después siguió y cayó. Lo mismo hizo Caín en una época anterior, y Judas Iscariote en una posterior. Los métodos de Lucifer son astutos y numerosas sus víctimas. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2010 Presten servicio con el Espíritu
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Hagamos todo lo que se requiera para ser dignos de que el Espíritu Santo sea nuestro compañero.
Agradezco esta oportunidad de ser uno con ustedes, a quienes Dios da el honor de poseer el sacerdocio. Se nos ha llamado a usar poder divino para servir a los hijos de nuestro Padre Celestial. Lo bien que cumplamos esa obligación tendrá repercusiones eternas para aquellos a quienes prestemos servicio, para nosotros y para las generaciones que aún no han nacido.
Con gran reverencia, recuerdo a dos portadores del sacerdocio dignos de que el Espíritu de Dios los acompañara en la misión a la que el Señor los había llamado. Ellos habían encontrado el Evangelio restaurado en Estados Unidos y fueron los siervos del Señor que primero le hablaron de ese Evangelio a dos de mis antepasados europeos.
Uno de esos antepasados era una jovencita que vivía en una pequeña granja de Suiza. El otro era un joven, un huérfano que inmigró a los Estados Unidos desde Alemania y que vivía en St. Louis, Misuri.
Ambos oyeron a un poseedor del sacerdocio testificar del Evangelio restaurado; la jovencita, junto a la chimenea de su casa en Suiza; el joven, sentado en la terraza de una residencia alquilada en Estados Unidos. Los dos supieron mediante el Espíritu que el mensaje que los misioneros les habían llevado era verdadero.
El joven y la jovencita decidieron bautizarse. Años después, se conocieron en el camino polvoriento mientras caminaban cientos de kilómetros hacia las montañas del oeste de América. Al caminar juntos, iban conversando. El tema de conversación fue la milagrosa bendición que de entre todo el mundo, los siervos de Dios los habían encontrado a ellos; y más milagroso aun, que supieron que su mensaje era verdadero.
Se enamoraron y se casaron. Y gracias a un testimonio del Espíritu, que comenzó cuando oyeron las palabras de poseedores del sacerdocio bajo la influencia del Espíritu Santo, se sellaron por la eternidad por el poder del sacerdocio. Yo soy uno de las decenas de miles de descendientes de ese joven y esa jovencita que bendicen los nombres de dos poseedores del sacerdocio que llevaron con ellos la influencia del Espíritu de Dios al ascender por la colina de Suiza y al ponerse de pie para hablar en esa reunión en St. Louis.
Esa feliz historia, y millones de otras como esa, se repiten en todo el mundo y se repetirán por generaciones. Para algunos, será la historia de un joven maestro orientador que, con sus palabras, encendió en su abuelo el deseo de regresar a la Iglesia. Para otros, serán las palabras de consuelo y bendición de un patriarca que fortalecieron a su madre cuando la tragedia casi la abatió.
Habrá un tema recurrente en todas esas historias; será el poder del sacerdocio que se halla en un poseedor y que se magnifica por el Espíritu Santo.
Entonces, mi mensaje esta noche para todos es éste: Hagamos todo lo que se requiere para ser dignos de que el Espíritu Santo sea nuestro compañero, y luego avancemos sin temor con la confianza de que se nos dará el poder para hacer lo que el Señor nos llame a hacer. Ese aumento en poder para servir quizá venga despacio, quizá venga en pequeñas medidas difíciles de reconocer, pero vendrá.
Esta noche, daré algunas sugerencias para ser dignos de tener al Espíritu Santo como compañero en el servicio del sacerdocio. Luego, daré algunos ejemplos de servicio del sacerdocio en los cuales ustedes pueden esperar ver su poder para servir fortalecido por la influencia del Espíritu.
Todos sabemos que al ser confirmados en la Iglesia se nos dio el don del Espíritu Santo. Pero la compañía del Espíritu Santo, las manifestaciones de ese don en nuestra vida y servicio, requiere que pongamos nuestra vida en orden para tener derecho a ello.
Cultivamos dones espirituales al guardar los mandamientos e intentar llevar una vida sin culpa. Eso requiere fe en Jesucristo para arrepentirnos y quedar limpios mediante Su expiación. Así que, como poseedores del sacerdocio, nunca debemos perder una oportunidad de participar con todo nuestro corazón de la promesa que se ofrece en cada reunión sacramental a los miembros de la Iglesia restaurada de “tomar sobre [nosotros] el nombre [del] Hijo [de Dios], y… recordarle siempre, y… guardar sus mandamientos que él [nos] ha dado, para que siempre [podamos] tener su Espíritu [con nosotros]”1.
Debemos estar libres de pecado para tener el Espíritu con nosotros; debemos ser suficientemente humildes ante Dios para reconocer que necesitamos el Espíritu. Los discípulos del Salvador resucitado demostraron esa humildad, como se registra en el Libro de Mormón.
El Salvador estaba preparándolos para su ministerio y ellos se arrodillaron en el suelo a orar. Éste es el relato: “Y oraron por lo que más deseaban; y su deseo era que les fuese dado el Espíritu Santo”2. Ellos se bautizaron igual que ustedes; y el registro dice que, en respuesta a su súplica, fueron llenos del Espíritu Santo y de fuego.
El Salvador oró en voz alta para agradecer a Su Padre por dar el Espíritu Santo a los que Él había escogido debido a que creían en Él. Luego, el Salvador pidió una bendición espiritual para aquellos a quienes ellos servían. El Señor suplicó a Su Padre: “Padre, te ruego que des el Espíritu Santo a todos los que crean en sus palabras”3.
Como humildes siervos del Salvador, debemos pedir en oración que las manifestaciones del Espíritu Santo vengan a nosotros en nuestro servicio y a aquellos a quienes servimos. La oración humilde a nuestro Padre Celestial, con profunda fe en Jesucristo, es esencial para ser dignos de la compañía del Espíritu Santo. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2010 El orgullo y el sacerdocio
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
El orgullo es un interruptor que apaga el poder del sacerdocio. La humildad es un interruptor que lo enciende.
Mis queridos hermanos, gracias por congregarse por todo el mundo para esta sesión del sacerdocio de la conferencia general. Su presencia demuestra su compromiso de unirse, dondequiera que estén, a sus hermanos que poseen el santo sacerdocio, y servir y honrar a su Señor y Redentor Jesucristo.
A menudo, marcamos el lapso de nuestra vida en base a acontecimientos que dejan impresiones en nuestra mente y nuestro corazón. Hay muchos de esos acontecimientos en mi vida; uno de ellos ocurrió en 1989, cuando escuché el imperecedero sermón del presidente Ezra Taft Benson, “Cuidaos del orgullo”. En la introducción se hizo la observación de que por algún tiempo, el presidente Benson había estado dando seria consideración en su alma a este tema1.
He sentido una carga semejante durante los últimos meses. Los susurros del Espíritu Santo me han instado a añadir mi voz como otro testimonio del mensaje que el presidente Benson pronunció hace veintiún años.
Toda persona ha tenido al menos una experiencia casual, cuando no íntima, con el pecado del orgullo. Nadie lo ha evitado, y pocas personas lo superan. Cuando le dije a mi esposa que éste sería el tema de mi discurso, sonrió y dijo: “Es muy bueno que hables de cosas sobre las que sabes tanto”.
Otros significados del orgullo
También recuerdo un interesante efecto secundario del influyente discurso del presidente Benson. Por un tiempo, casi llegó a ser tabú entre los miembros de la Iglesia decir que estaban “orgullosos” de sus hijos o de su país, o que se “enorgullecían” de su trabajo. La palabra misma orgullo parecía haberse desterrado de nuestro vocabulario.
En las Escrituras hallamos abundantes ejemplos de personas buenas y justas que se regocijan en la rectitud y al mismo tiempo se glorían en la bondad de Dios. Nuestro Padre Celestial mismo presenta a Su Hijo Amado con las palabras “en quien me complazco”2.
Alma se glorió en la idea de que podía ser “un instrumento en las manos de Dios”3. El apóstol Pablo se glorió en la fidelidad de los miembros de la Iglesia4. El gran misionero Amón se glorió en el éxito que él y sus hermanos habían tenido como misioneros5.
Creo que hay una diferencia entre estar orgulloso de ciertas cosas y ser orgulloso. Estoy orgulloso de muchas cosas; estoy orgulloso de mi esposa; estoy orgulloso de nuestros hijos y nietos.
Estoy orgulloso de los jóvenes de la Iglesia, y me regocijo en lo bueno que son. Estoy orgulloso de ustedes, mis queridos y fieles hermanos. Estoy orgulloso de trabajar codo a codo con ustedes como poseedor del santo sacerdocio de Dios.
El orgullo es el pecado de elevarse a uno mismo
Entonces ¿cuál es la diferencia entre esta clase de sentimiento y el orgullo que el presidente Benson denominó “el pecado universal”?6. El orgullo es pecaminoso, tal como el presidente Benson enseñó de forma tan memorable, ya que produce odio u hostilidad y nos coloca en oposición a Dios y a nuestros semejantes. Esencialmente, el orgullo es un pecado de comparación, porque, aunque por lo general comienza con: “Mira qué maravilloso soy y qué cosas grandiosas he hecho”, siempre parece terminar con: “Por lo tanto, soy mejor que tú”.
Cuando nuestro corazón está lleno de orgullo, cometemos un grave pecado, porque violamos los dos grandes mandamientos7. En lugar de adorar a Dios y amar a nuestro prójimo, ponemos de manifiesto el verdadero objeto de nuestro amor y adoración: la imagen que vemos en el espejo.
El orgullo es el gran pecado de elevarse a uno mismo. Para muchas personas es un Rameúmptom personal, un púlpito santo que justifica la envidia, la codicia y la vanidad8. En cierto sentido, el orgullo es el pecado original, porque antes de la fundación de esta tierra, el orgullo hizo caer a Lucifer, un hijo de la mañana “que tenía autoridad delante de Dios”9. Si el orgullo puede corromper a alguien tan capaz y prometedor como él, ¿no deberíamos examinar también nuestra propia alma?
El orgullo tiene muchas facetas
El orgullo es un cáncer mortal. Es un pecado de acceso que conduce a una multitud de otras debilidades humanas. De hecho, podría decirse que todos los demás pecados son, en esencia, una manifestación del orgullo.
Ese orgullo tiene muchas facetas. A algunas personas las conduce a deleitarse en lo que consideran su propia valía, en sus logros, talentos, riquezas o posición. Consideran tales bendiciones como evidencia de que son “escogidos”, “superiores” o “más justos” que los demás. Éste es el pecado de: “Gracias a Dios que soy más especial que tú”. Esencialmente es el deseo de ser admirado o envidiado; es el pecado de la auto-glorificación.
Para otras personas, el orgullo se torna en envidia: miran con resentimiento a quienes tienen una mejor posición, más talentos o mayores posesiones que ellos. Procuran herir, menoscabar y destruir a otras personas en un desacertado e indigno intento de elevarse a sí mismos. Cuando las personas a quienes envidian tropiezan o sufren, en el fondo, se alegran.
El laboratorio de los deportes
Quizás no exista mejor laboratorio para observar el pecado del orgullo que el mundo de los deportes. Siempre me ha encantado participar en eventos deportivos y asistir a ellos, pero confieso que hay ocasiones en que la falta de respeto en los deportes es vergonzosa. ¿Cómo es posible que seres humanos que normalmente son amables y compasivos puedan ser tan intolerantes y estar llenos de odio hacia un equipo contrario y sus simpatizantes?
He visto a los partidarios de equipos deportivos vilipendiar y difamar a sus rivales. Buscan cualquier defecto y lo exageran; justifican su odio con amplias generalizaciones y las aplican a todas las personas relacionadas con el otro equipo. Cuando el infortunio aflige a su rival, se regocijan.
Hermanos, desafortunadamente hoy vemos con demasiada frecuencia que la misma clase de actitud y comportamiento se extiende a la expresión pública sobre política, origen étnico y religión.
Mis queridos hermanos del sacerdocio, mis amados condiscípulos del afable Cristo, ¿no deberíamos atenernos a una norma más elevada? Como poseedores del sacerdocio, debemos comprender que todos los hijos de Dios llevan el mismo uniforme; nuestro equipo es la hermandad de los hombres; esta vida mortal es nuestro campo de juego. Nuestro objetivo es aprender a amar a Dios y extender ese mismo amor a nuestros semejantes. Estamos aquí para vivir de acuerdo con Su ley y establecer el reino de Dios. Estamos aquí para edificar, elevar, tratar justamente y alentar a todos los hijos de nuestro Padre Celestial.
Que no se nos vaya a la cabeza
Cuando se me llamó como Autoridad General, tuve la bendición de tener como mentores a muchas de las Autoridades Generales de más antigüedad en la Iglesia. Un día, tuve la oportunidad de llevar al presidente James E. Faust en automóvil a una conferencia de estaca. Durante las horas que estuvimos en el automóvil, el presidente Faust tomó tiempo para enseñarme algunos principios importantes sobre mi asignación. Me explicó también cuán corteses son los miembros de la Iglesia, en especial con las Autoridades Generales. Dijo: “Lo tratarán muy amablemente, y dirán cosas agradables de usted”. Se rió un poco y luego dijo: “Dieter, esté agradecido por ello; pero que nunca se le vaya a la cabeza”.
Ésa es una buena lección para todos nosotros, hermanos, en cualquier llamamiento o situación de la vida. Podemos estar agradecidos por nuestra salud, riquezas, posesiones o posición, pero cuando se nos empieza a ir a la cabeza, cuando nos obsesionamos con nuestra posición social, cuando nos centramos en nuestra propia importancia, poder o reputación; cuando nos concentramos demasiado en nuestra imagen pública y creemos lo que otras personas dicen de nosotros, es entonces que comienza el problema; es entonces cuando el orgullo empieza a corromper.
Hay muchas advertencias sobre el orgullo en las Escrituras: “Ciertamente la soberbia producirá contienda, pero con los bien aconsejados está la sabiduría”10.
El apóstol Pedro advirtió que “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”11. Mormón explicó: “Nadie es aceptable a Dios sino los mansos y humildes de corazón”12. A propósito, el Señor escoge a “lo débil del mundo… para avergonzar a lo fuerte”13. El Señor hace esto para mostrar que Su mano está en Su obra, no sea que “ponga[mos] [nuestra] confianza en el brazo de la carne”14.
Somos siervos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. No se nos da el sacerdocio para recibir reconocimiento y deleitarnos en los cumplidos. Estamos aquí para arremangarnos y ponernos a trabajar. Estamos enlistados en una labor extraordinaria. Somos llamados a preparar el mundo para la venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. No procuramos nuestra propia honra, sino traer alabanza y gloria a Dios. Sabemos que la contribución que podemos hacer por nosotros mismos es pequeña; no obstante, conforme ejercemos el poder del sacerdocio en rectitud, Dios puede hacer que se lleve a cabo una obra maravillosa mediante nuestros esfuerzos. Debemos aprender, como lo hizo Moisés, que “el hombre no es nada”15 por sí mismo, pero que “para Dios todo es posible”16.
Jesucristo es el ejemplo perfecto de humildad
En esto, como en todas las cosas, Jesucristo es nuestro ejemplo perfecto. Mientras que Lucifer trató de cambiar el plan de salvación del Padre y obtener honra para sí mismo, el Salvador dijo: “Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre”17. A pesar de Sus excelentes habilidades y logros, el Salvador siempre fue manso y humilde.
Hermanos, poseemos “el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios”18. Es el poder que Dios ha concedido a los hombres sobre la tierra para actuar por Él. A fin de ejercer Su poder, debemos esforzarnos para ser como el Salvador. Eso significa que procuramos hacer la voluntad del Padre en todas las cosas, tal como lo hizo el Salvador19; significa que damos toda la gloria al Padre, tal como lo hizo el Salvador20; significa que nos entregamos al servicio a los demás, tal como lo hizo el Salvador.
El orgullo es un interruptor que apaga el poder del sacerdocio21. La humildad es un interruptor que lo enciende.
Sean humildes y llenos de amor
Entonces, ¿cómo conquistamos el pecado del orgullo que prevalece tanto y es tan dañino? ¿Cómo llegamos a ser más humildes?
Es casi imposible envanecerse con orgullo cuando nuestro corazón está lleno de caridad. “Nadie puede ayudar en [esta obra] a menos que sea humilde y lleno de amor”22. Cuando vemos el mundo que nos rodea a través de la lente del amor puro de Cristo, comenzamos a comprender la humildad.
Algunas personas suponen que la humildad tiene que ver con sentirnos culpables e indignos. La humildad no significa convencernos a nosotros mismos de que tenemos poco o ningún valor, ni de que somos insignificantes. Tampoco quiere decir negar o esconder los talentos que Dios nos ha dado. No logramos humildad al pensar menos de nosotros mismos; logramos humildad al pensar menos en nosotros mismos. La humildad llega conforme nos ocupamos de nuestra labor con la actitud de servir a Dios y a nuestros semejantes.
La humildad dirige nuestra atención y amor hacia los demás y hacia los propósitos del Padre Celestial. El orgullo hace lo opuesto. El orgullo saca su energía y su fuerza de los profundos abismos del egoísmo. En el momento en que dejamos de obsesionarnos con nosotros mismos y nos entregamos al servicio, nuestro orgullo disminuye y comienza a morir.
Mis queridos hermanos, hay tantas personas necesitadas en quienes podríamos pensar en vez de pensar en nosotros mismos, y por favor no se olviden nunca de su familia y de su propia esposa. Hay tantas formas en las que podríamos prestar servicio. No tenemos tiempo para estar absortos en nosotros mismos.
Cierta vez tuve un bolígrafo que me encantaba usar cuando era comandante de aerolínea. Con sólo girarlo podía escoger entre cuatro colores. El bolígrafo no se quejaba cuando yo quería usar tinta roja en vez de azul. No me decía: “Preferiría no escribir después de las 10:00 de la noche, ni cuando hay niebla densa ni a grandes alturas”. El bolígrafo no decía: “Úsame sólo para documentos importantes y no para las tareas diarias y triviales”. Sin fallar realizó todas las tareas que necesité sin importar cuán importantes o insignificantes fueran. Siempre estaba presto a servir.
De forma similar, nosotros somos herramientas en las manos de Dios. Cuando nuestro corazón está en el lugar correcto, no nos quejamos porque la tarea que se nos ha asignado no está a la altura de nuestra capacidad. Servimos alegremente dondequiera que se nos pida hacerlo; y al hacerlo, el Señor puede utilizarnos para realizar Su obra de formas que exceden nuestra comprensión.
Permítanme concluir con las palabras del mensaje inspirado del presidente Ezra Taft Benson de hace veintiún años:
“El orgullo es la gran piedra de tropiezo para Sión.
“Debemos limpiar lo interior del vaso venciendo el orgullo…23.
“Debemos someternos ‘al influjo del Santo Espíritu’, despojarnos ‘del hombre natural’ orgulloso, convertirnos en santos por medio de ‘la expiación de Cristo el Señor’ y volvernos ‘como un niño: sumiso, manso, humilde’…24.
“Dios quiere un pueblo humilde… ‘Benditos son aquellos que se humillan sin verse obligados a ser humildes’…25.
“Tomemos la decisión de ser humildes. Podemos hacerlo; yo sé que podemos”26.
Mis amados hermanos, sigamos el ejemplo de nuestro Salvador y tendamos la mano para servir en vez de procurar la alabanza y el honor de los hombres. Mi ruego es que reconozcamos y desarraiguemos el orgullo vil de nuestro corazón y que lo reemplacemos con “la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, [y] la mansedumbre”27. En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.
Conferencia General Octubre 2010 Él nos enseña a dejar el hombre natural
Por el élder Juan A. Uceda
De los Setenta
Doy testimonio de la realidad y del poder de la expiación del Salvador para limpiar, purificar y santificarnos a nosotros y nuestros hogares.
Una mañana, una familia se reunió como de costumbre para estudiar las Escrituras. Al estar reunidos, el padre sintió un espíritu negativo: algunos integrantes de la familia no parecían estar muy entusiasmados por participar. Hicieron su oración familiar y, al comenzar a leer las Escrituras, el padre se dio cuenta de que una de las hijas no tenía sus Escrituras. Él la invitó a que fuera a buscarlas a su cuarto; ella fue de mala gana y, después de un momento que pareció una eternidad, regresó y dijo: “¿Realmente tenemos que hacer esto ahora?”.
El padre pensó que el enemigo de toda rectitud quería crear problemas para que no estudiaran las Escrituras. El padre, tratando de mantenerse tranquilo, dijo: “Sí, tenemos que hacerlo ahora; porque esto es lo que el Señor desea que hagamos”.
Ella respondió: “¡No quiero hacerlo ahora!”.
Entonces, el padre perdió la paciencia, levantó la voz y dijo: “¡Ésta es mi casa y siempre vamos a leer las Escrituras en mi casa!”.
El tono y el volumen de sus palabras lastimó a su hija que, con las Escrituras en la mano, dejó el círculo familiar, corrió a su cuarto y dio un portazo. Así terminó el estudio familiar de las Escrituras: sin armonía y con un sentimiento de poco amor en el hogar.
El padre supo que no había hecho lo correcto, así que fue a su cuarto y se arrodilló a orar. Le suplicó ayuda al Señor, sabiendo que había ofendido a una de Sus hijas, a una hija que él mismo realmente amaba. Le imploró al Señor que restituyera el espíritu de amor y armonía en el hogar y les permitiera continuar el estudio de las Escrituras como familia. Mientras oraba, se le ocurrió una idea: “Ve y dile ‘lo siento’”; él continuó orando de todo corazón, pidiendo que el espíritu del Señor regresara a su hogar. Otra vez tuvo el mismo pensamiento: “Ve y dile ‘lo siento’”.
Él en verdad deseaba ser un buen padre y hacer lo correcto, así que se levantó y fue al dormitorio de su hija. Suavemente tocó a la puerta varias veces sin recibir respuesta. Por lo tanto, lentamente abrió la puerta y encontró a su hija sollozando y llorando en su cama. Se arrodilló junto a ella y le dijo con voz suave y tierna: “Lo siento, perdóname por lo que hice”. Él volvió a repetir: “Lo siento, te amo y no quiero lastimarte”; entonces, de la boca de una niña recibió la lección que el Señor quería enseñarle.
Ella dejó de llorar y, después de un breve silencio, tomó sus Escrituras y comenzó a buscar algunos versículos. El padre observaba esas manos puras y suaves volver las páginas de las Escrituras, una por una. Encontró los versículos que buscaba y comenzó entonces a leer muy despacio, con voz suave: “Porque el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre”1. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2010 “Vengan a mí con íntegro propósito de corazón, y yo los [sanaré]”
Por el élder Patrick Kearon
De los Setenta
Nuestro Salvador es el Príncipe de Paz, el Gran Sanador, el Único que realmente puede limpiarnos del aguijón del pecado.
Esta noche me gustaría compartir un mensaje de consuelo y alivio con cualquiera que se sienta solo o abandonado, que haya perdido la paz mental o el ánimo, o que sienta que ha desaprovechado su última oportunidad. La sanación y la paz completas se pueden encontrar a los pies del Salvador.
Cuando era un niño de siete años y vivía en la Península Arábiga, mis padres constantemente me decían que siempre me pusiera los zapatos, y yo entendía por qué. Sabía que los zapatos me protegerían los pies de los muchos peligros que hay en el desierto, como las víboras, los escorpiones y las espinas. Una mañana, tras haber acampado durante la noche en el desierto, quería ir a explorar, pero no quería tomarme la molestia de ponerme los zapatos. Mi justificación era que sólo iba a caminar un poco y que me quedaría cerca del campamento. Así que en vez de zapatos, me puse chanclas. Me dije a mí mismo que, en cierta manera, las chanclas eran zapatos. Y además, ¿qué podría pasar?.
Al caminar por la arena fresca con mis chanclas sentí algo como una espina que se me clavaba en el arco del pie. Bajé la vista y vi, no una espina, sino un escorpión. Mientras me dí cuenta de que era un escorpión y de lo que había sucedido, el dolor de la picadura había comenzado a subirme por la pierna. Me agarré la parte superior de la pierna para tratar de detener el ascenso del punzante dolor y pedí auxilio. Mis padres vinieron corriendo desde el campamento.
Mientras mi padre golpeaba al escorpión con una pala, un amigo adulto que estaba acampando con nosotros heroicamente trató de succionarme el veneno del pie. En ese momento pensé que iba a morir. Lloré mientras mis padres me subieron al auto y cruzaron el desierto a toda velocidad hacia el hospital más cercano que estaba a unas dos horas de distancia. El dolor que tenía en la pierna era insoportable, y durante todo el camino supuse que me estaba muriendo.
Sin embargo, cuando al fin llegamos al hospital, el doctor nos aseguró que sólo los bebés y los que estaban gravemente desnutridos corrían peligro por la picadura de ese tipo de escorpión. Me puso un anestésico que me durmió la pierna y me quitó el dolor. En un plazo de veinticuatro horas ya no sentía ningún efecto de la picadura del escorpión, pero había aprendido una gran lección.
Yo sabía que cuando mis padres me decían que me pusiera zapatos, no se referían a las chanclas; tenía la edad suficiente para saber que las chanclas no brindaban la misma protección que un par de zapatos. Pero esa mañana en el desierto hice caso omiso de lo que sabía que era correcto; pasé por alto lo que mis padres me habían enseñado repetidas veces. Había sido perezoso y un poco rebelde, y pagué el precio por ello.
Al dirigirme a ustedes, valientes jóvenes, a sus padres, maestros, líderes y amigos, rindo tributo a todos los que se están esforzando diligentemente por llegar a ser lo que el Señor necesita y desea que lleguen a ser. Y testifico, por mi propia experiencia como niño y como hombre, que el hacer caso omiso de lo que sabemos que es correcto, ya sea por pereza o rebelión, siempre trae consecuencias no deseadas y espiritualmente dañinas. No, al final el escorpión no puso en riesgo mi vida, pero nos causó gran dolor y angustia tanto a mí como a mis padres. Cuando se trata de la forma en que vivimos el Evangelio, no debemos responder con pereza ni rebelión. Seguir leyendo →
Por el élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Ya seamos misioneros de tiempo completo o miembros, todos debemos ser buenos ejemplos de los creyentes en Jesucristo.
Mis amados hermanos, esta noche estamos reunidos en muchos lugares del mundo. Entre nosotros hay maravillosos misioneros de tiempo completo. Quisiera invitar a todos los misioneros de tiempo completo a ponerse de pie. Donde sea que estén, élderes y presidencias de misión, pónganse de pie. ¡Estamos agradecidos por cada uno de ustedes! Les damos gracias! ¡Los amamos! Tomen asiento.
De vez en cuando, debemos recordar por qué tenemos misioneros. Se debe a que es un mandamiento del Señor, quien dijo:
“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
“enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”1.
Este mandamiento es uno de los muchos que se han renovado porque el evangelio de Jesucristo se ha restaurado en su plenitud. Hoy los misioneros sirven como lo hicieron en la época del Nuevo Testamento. En el libro de Hechos se describen los primeros esfuerzos misionales de los apóstoles y de otros discípulos tras el ministerio mortal del Señor. Allí leemos sobre la extraordinaria conversión y el bautismo de Saulo de Tarso2, quien anteriormente había estado “respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor”3 y persiguiendo a miembros de la joven Iglesia. Desde esos comienzos, Saulo pasó a ser el Pablo convertido, uno de los más extraordinarios misioneros del Señor. Los últimos quince capítulos del libro de Hechos tratan sobre las labores misionales de Pablo y sus compañeros.
En una carta dirigida a uno de sus compañeros más confiables, Pablo le escribió al joven Timoteo: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes, en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza”4. Ese consejo es tan válido para nosotros ahora como lo fue entonces. Se aplica a nuestros misioneros de tiempo completo y se aplica igualmente a cada miembro de la Iglesia. Ya seamos misioneros de tiempo completo o miembros, todos debemos ser buenos ejemplos de los creyentes en Jesucristo.
Misioneros de tiempo completo
Los misioneros de tiempo completo, más de 52.000, sirven en 340 misiones en todo el mundo. Son siervos creyentes y dedicados del Señor. Su objetivo es “invitar a las personas a venir a Cristo a fin de que reciban el Evangelio restaurado mediante la fe en Jesucristo y Su expiación, el arrepentimiento, el bautismo, la recepción del don del Espíritu Santo y el perseverar hasta el fin”5.
Al igual que Timoteo, la mayoría de los misioneros de tiempo completo son varones jóvenes. Hay algunas hermanas y algunos misioneros mayores. ¡Los amamos a cada uno! Los misioneros sirven a fin de mejorar la vida de los hijos de Dios. El Padre Celestial ama a cada uno de Sus hijos. Después de todo, Él es su Padre. Él desea bendecirlos con el mayor de todos Sus dones: la vida eterna6. Esto enseñan los misioneros dondequiera que sirvan. Ayudan a las personas a desarrollar fe en el Señor, arrepentirse, bautizarse, recibir el Espíritu Santo, recibir las ordenanzas del templo y perseverar fielmente hasta el fin. La obra y la gloria de Dios de “Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”7, es también la sagrada obra y gloria de cada misionero.
Necesitamos más misioneros, más misioneros dignos. Durante Su ministerio terrenal, el Señor dijo a Sus discípulos: “La mies a la verdad es mucha, pero los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies”8.
En la sesión de la conferencia general de esta mañana, nuestro amado presidente Thomas S. Monson hizo un vehemente llamado para que cada varón joven de la Iglesia se prepare para el servicio misional. Tengo la esperanza de que en cada hogar de la Iglesia se haga caso de este mensaje en su totalidad.
Al sabio consejo del presidente Monson agrego mi testimonio. En mi familia, he observado las bendiciones que llegan a cada misionero. Hasta ahora, el número de hijos, nietos y sus cónyuges llamados a servir como misioneros de tiempo completo es 49, y ese número seguirá aumentando. En cada caso, he visto el aumento de sabiduría, madurez de juicio y florecimiento de fe que creció en cada misionero. Ellos, al igual que muchas generaciones que los precedieron, se embarcaron en el servicio de Dios para “serv[irle] con todo [su] corazón, alma, mente y fuerzas”9. El servicio misional ha ayudado a dar forma a su destino divino.
Los miembros misioneros
El consejo de Pablo, “Sé ejemplo de los creyentes”, se aplica también a los miembros. La mayoría no han sido misioneros de tiempo completo, y quizá nunca sean, pero todos pueden ser miembros misioneros. Esa declaración me recuerda algo gracioso que me contaron. En un gran campo deportivo de un centro de capacitación misional habían colocado un cartel que decía: “¡Sólo misioneros!”. Personas que también querían usar el campo colocaron su propio cartel que decía: “¡Todo miembro un misionero!”.
Todo miembro puede ser ejemplo de los creyentes. Hermanos, como seguidores de Jesucristo, cada uno de ustedes puede vivir de acuerdo con las enseñanzas de Él. Pueden tener “un corazón puro y manos limpias”; pueden tener “la imagen de Dios grabada en [su semblante]”10. Sus buenas obras serán evidentes para los demás11. La luz del Señor iluminará sus ojos12. Con ese resplandor, será mejor que se preparen para las preguntas. El apóstol Pablo aconsejó: “Estad siempre preparados para responder con mansedumbre y reverencia a cada uno que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”13.
Sea su respuesta cálida y alegre, y procuren que su respuesta se aplique a esa persona. Recuerden que él o ella es también hijo o hija de Dios, el mismo Dios que tanto desea que esa persona sea digna de la vida eterna y de regresar a Él algún día. Quizá ustedes sean los que abrirán la puerta para la salvación de ellos y su comprensión de la doctrina de Cristo14.
Tras su primera respuesta, estén preparados para el siguiente paso. Pueden invitar a su amigo a ir a la capilla con ustedes. Muchos de sus amigos no saben que son bienvenidos en nuestros edificios de la Iglesia. “Venid y ved” fue la invitación del Señor a quienes deseaban saber más de Él15. Una invitación a asistir a una reunión dominical con ustedes, o a participar en una actividad social o de servicio de la Iglesia, ayudará a disipar mitos erróneos y hará que los visitantes se sientan más cómodos entre nosotros.
Como miembros de la Iglesia, tiendan una mano de amistad hacia quienes no conozcan y denles una cálida bienvenida. Cada domingo, extiendan una mano de hermandad por lo menos hacia una persona que antes no conocían. Cada día, esfuércense por ampliar su círculo de amistades.
Pueden invitar a un amigo a leer el Libro de Mormón. Expliquen que no es una novela ni un libro de historia; es otro testamento de Jesucristo. Su objetivo mismo es “convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones”16 . Este libro tiene un poder que puede llegar al corazón y edificar la vida de aquellos que sinceramente buscan la verdad. Inviten a su amigo a leerlo con oración.
El profeta José Smith dijo “que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios al seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro”17. El Libro de Mormón enseña sobre la expiación de Jesucristo y es el instrumento por el cual Dios cumplirá Su antigua promesa de reunir al Israel disperso en estos últimos días18.
Hace muchos años, dos colegas —una enfermera y su esposo que era médico— me preguntaron por qué vivía como lo hacía. Respondí: “Porque sé que el Libro de Mormón es verdadero”. Les presté mi ejemplar del libro y los invité a leerlo. Una semana después me devolvieron mi libro con un cortés “muchas gracias”.
Yo contesté: “ ‘¿Qué quieren decir con: Muchas gracias’? Ésa es una respuesta absolutamente inapropiada para alguien que ha leído este libro. ¡Ustedes no lo leyeron!, ¿verdad? Por favor, llévenlo de nuevo y léanlo; después me gustaría que me lo devolvieran”.
Admitieron que sólo habían dado vuelta las páginas y aceptaron mi invitación. Al regresar, entre lágrimas, dijeron: “Hemos leído el Libro de Mormón. ¡Sabemos que es verdad! Queremos saber más”. Aprendieron más y tuve el privilegio de bautizarlos a los dos.
Otra manera de compartir el Evangelio es invitar a amigos a reunirse con los misioneros en la casa de ustedes. A ellos se los llama y prepara para enseñar el Evangelio. Los amigos de ustedes, en la comodidad de su casa y con su apoyo constante, pueden emprender el camino hacia la salvación y la exaltación. El Señor dijo: “Y sois llamados para efectuar el recogimiento de mis escogidos; porque éstos escuchan mi voz y no endurecen su corazón”19.
Las Escrituras nos dicen que “todavía hay muchos en la tierra… que… no llegan a la verdad sólo porque no saben dónde hallarla”20. ¿No es esa su oportunidad? ¡Ustedes pueden convertirse para ellos en discípulos de descubrimiento!
En esta época de internet, hay muchos modos nuevos y emocionantes de hacer la obra misional. Pueden invitar a amigos y vecinos a visitar el nuevo sitio de mormon.org. Si tienen blogs o redes sociales de internet, pueden colocar enlaces a mormon.org. Y allí pueden crear su propio perfil. En el perfil se expresan las creencias, se incluye una experiencia y el testimonio. Gracias a esta nueva función, la mayoría de estos perfiles están disponibles en inglés. Más adelante se incluirán perfiles en otros idiomas.
Estos perfiles pueden tener una gran influencia para bien. Hace dos meses, un joven llamado Zac, que recién empieza la universidad, vio un aviso de mormon.org en la televisión, en Baton Rouge, Luisiana. Se conectó al sitio y le llamaron la atención los perfiles de miembros de la Iglesia. En el sitio web encontró un enlace que le informaba a qué capilla podía ir. El siguiente domingo, de camisa blanca y corbata, fue a la capilla, le presentaron a los miembros del barrio y disfrutó de las tres horas de las reuniones. Lo invitaron a cenar a la casa de un miembro, tras lo cual tuvo su primera lección misional. En menos de dos semanas fue bautizado y confirmado miembro de la Iglesia21. ¡Bienvenido, Zac! (Él está escuchando.)
Cada seguidor ejemplar de Jesucristo puede ser un miembro misionero eficaz. Los miembros y los misioneros pueden trabajar juntos y llevar las bendiciones del Evangelio a queridos amigos y vecinos. Muchos de ellos son de Israel, que ya se está recogiendo como se prometió. Todo esto es parte de la preparación para la segunda venida del Señor22. Él desea que cada uno de nosotros sea un verdadero ejemplo de los creyentes.
Sé que Dios vive. Jesús es el Cristo. Ésta es Su Iglesia. El Libro de Mormón es verdadero. José Smith lo tradujo y es el profeta de esta última dispensación. El presidente Thomas S. Monson es el profeta de Dios en la actualidad. De esto testifico, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.
Conferencia General Octubre 2010 El poder transformador de la fe y el carácter
Por el élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Una vida recta y constante produce un poder y una fortaleza interiores que resisten permanentemente la influencia corrosiva del pecado y la transgresión.
Cuando la fe se entiende y se utiliza apropiadamente, tiene resultados de alcance extraordinario. Ese tipo de fe puede transformar la vida de una persona de actividades diarias sentimentales y corrientes a una sinfonía de gozo y felicidad. El ejercicio de la fe es vital para el plan de felicidad del Padre Celestial. Pero la verdadera fe, la fe para salvación, se centra en el Señor Jesucristo, es la fe en Sus doctrinas y enseñanzas, fe en la guía profética del ungido del Señor, fe en la capacidad de descubrir características y rasgos escondidos que pueden transformar la vida. Verdaderamente, la fe en el Salvador es un principio de acción y poder.
La fe es un elemento básico fundamental de la creación. Estoy seguro de que el Salvador Jesucristo utiliza la fe en Su capacidad para actuar bajo la dirección del Padre Celestial. El Maestro la utilizó para crear las galaxias más remotas así como para componer los quarks, las partículas de materia más pequeñas que conocemos en la actualidad. Sin embargo, tengo fe de que aún hay elementos básicos más pequeños en la maravilla de la creación.
La fe en el futuro se demuestra cuando una pareja se sella en el templo. Los integrantes de ella comprenden que por medio de la obediencia a las enseñanzas de Jesucristo y al plan de felicidad de nuestro Padre Celestial, pueden tener una vida dichosa juntos; ellos reconocen que cuando vengan los desafíos que procuran ser oportunidades de progreso, hallarán formas, impulsados por el Espíritu Santo, para superarlos de modo que sean productivos y edifiquen el carácter.
La fe y el carácter están íntimamente relacionados. La fe en el poder de la obediencia a los mandamientos de Dios forjará fortaleza de carácter que estará a tu alcance en tiempos de urgente necesidad. Ese tipo de carácter no se obtiene en momentos de grandes desafíos o tentaciones; allí es cuando se deberá utilizar. El ejercicio de la fe en los principios verdaderos edifica el carácter y, el carácter fortalecido expande tu capacidad para ejercer más fe. Como resultado, aumenta tu capacidad y confianza para superar las pruebas de la vida. Cuanto más se fortalezca tu carácter, mayor será tu capacidad de beneficiarte al ejercer el poder de la fe; descubrirás cómo la fe y el carácter interactúan para fortalecerse mutuamente. El carácter se teje pacientemente con los hilos de los principios, la doctrina y la obediencia puestos en práctica.
El presidente Hugh B. Brown dijo: “Dondequiera en la vida que haya grandes valores espirituales disponibles para el hombre, sólo por fe se pueden adquirir. El hombre no puede vivir sin fe, puesto que en la aventura de la vida el problema principal es la edificación del carácter, que no es el producto de la lógica, sino de la fe en ideales y la devoción sacrificada hacia ellos” (en Conference Report, octubre de 1969, pág. 105). Ejercemos la fe al obrar. José Smith dijo que “la fe es un principio de acción y de poder” (Leales a la Fe, 2004, pág. 90).
Llegamos a ser lo que queremos ser, al ser constantemente, cada día, lo que queremos llegar a ser. Un carácter recto es una manifestación preciada de lo que estás llegando a ser. Un carácter recto es más valioso que cualquier otro objeto material que poseas, cualquier conocimiento que hayas obtenido por medio del estudio o cualquier meta que hayas logrado, sin importar lo valorados que sean por la humanidad. En la vida venidera, se evaluará tu carácter recto para determinar cuán bien utilizaste el privilegio de la vida mortal.
Ni Satanás ni ningún otro poder pueden destruir ni menoscabar tu carácter en crecimiento; sólo tú puedes hacerlo por medio de la desobediencia. Un carácter excelente se convierte en cenizas sin valor cuando lo erosiona el engaño o la transgresión.
Un firme carácter moral resulta de las decisiones correctas y constantes durante las dificultades y pruebas de la vida. Dichas decisiones se toman confiando en cosas en las que se cree y que, cuando se actúa en consecuencia, las mismas se confirman.
¿Cuáles son algunos de los principios habilitantes sobre los cuales se basa la fe?
Confiar en Dios y en Su buena disposición para brindar ayuda cuando sea necesario, no importa cuán difíciles sean las circunstancias.
Obedecer Sus mandamientos y una vida que demuestre que Él puede confiar en ti.
Ser sensible a los tenues susurros del Espíritu Santo.
Poner en práctica con valentía la inspiración recibida.
Paciencia y comprensión cuando Dios permite que te esfuerces para que progreses y cuando las respuestas llegan poco a poco durante un largo lapso de tiempo.
Conferencia General Octubre 2010 Nunca lo dejen a Él
Por el élder Neil L. Andersen
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Conforme escojan no ofenderse o avergonzarse, sentirán Su amor y aprobación. Sabrán que están llegando a ser más semejantes a Él.
Mis amados hermanos y hermanas de todo el mundo, expreso mi profunda admiración por la fe y el valor que veo en sus vidas. Vivimos en una época muy asombrosa, pero una época de desafíos.
El Señor nos previene de los peligros que vendrán
El Señor no nos ha dejado solos en nuestro cometido de regresar a Él. Escuchen Sus palabras de advertencia donde nos previene de los peligros que vendrán: “Mirad, velad y orad”1; “cuidaos… para que no seáis engañados”2; “Se[d] vigilantes y cuidadosos”3; “Guardaos, no sea que… caigáis de vuestra firmeza”4.
Nadie es inmune a las influencias del mundo. El consejo del Señor nos mantiene en guardia.
Ustedes recordarán la experiencia que Jesús tuvo en Capernaúm cuando algunos discípulos que habían seguido al Salvador no quisieron aceptar que Él era el Hijo de Dios. El pasaje dice: “Desde entonces, muchos de sus discípulos… ya no andaban con él”5.
Entonces Jesús se volvió a los Doce y preguntó: “¿También vosotros queréis iros?”6.
¿También vosotros queréis iros?
En mi propia mente, he contestado aquella pregunta muchas veces: “¡Absolutamente no! ¡Yo no! ¡Nunca lo dejaré! ¡Estoy aquí para siempre!”. Sé que ustedes han respondido del mismo modo.
Pero la pregunta “¿También vosotros queréis iros?” nos hace pensar en nuestra propia vulnerabilidad. La vida no es fácil espiritualmente. Las palabras de los apóstoles en otro entorno acuden en silencio a nuestra mente: “¿Soy yo, Señor?”7.
Entramos en las aguas del bautismo con gozo y expectativas. El Salvador anuncia: “…venid a mí”8, y respondemos tomando Su nombre sobre nosotros. Ninguno de nosotros desea que este viaje sea un breve coqueteo con la espiritualidad, ni tampoco una etapa notable que luego finalice. El camino del discipulado no es para los espiritualmente débiles de corazón. Jesús dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente”9. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame”10.
Al seguir al Salvador, sin duda habrá retos a los que nos enfrentaremos. Al abordarlos con fe, estas experiencias purificadoras proporcionan una conversión más profunda de la realidad del Salvador. Al abordarlos de manera mundana, esas mismas experiencias empañan nuestra vista y debilitan nuestra determinación. Algunas personas que amamos y admiramos se apartan del sendero estrecho y angosto y “dejan de andar con Él”.
¿Cómo permanecemos leales?
¿Cómo permanecemos leales al Salvador, a Su evangelio y a las ordenanzas de Su sacerdocio? ¿Cómo cultivamos la fe y la fortaleza para nunca dejarlo?
Jesús dijo: “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”11. Necesitamos el corazón creyente de un niño.
Por medio del poder de Su expiación, debemos llegar a ser “como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre [nosotros], tal como un niño se somete a su padre”12. Éste el gran cambio de corazón13.
Pronto vemos por qué es necesario un cambio de corazón. Dos palabras nos advierten peligros venideros: las palabras son ofendido y avergonzado.
Elijan no ofenderse
Jesús preguntó a quienes les inquietaba la divinidad del Salvador: “¿Esto os escandaliza?”14. En la parábola del sembrador, Jesús advirtió: “[Éste persevera] temporal[mente]… [pero] cuando viene la aflicción o la persecución por la palabra, en seguida se ofende”15.
La ofensa viste muchos trajes y continuamente encuentra la forma de entrar en escena. Nos desilusionan personas en las que creemos; tenemos dificultades inesperadas; nuestra vida no llega a ser exactamente lo que esperábamos; cometemos errores, nos sentimos indignos y nos preocupamos en cuanto a ser perdonados; nos preguntamos sobre un punto doctrinal; nos enteramos de algo que se dijo desde el púlpito de la Iglesia hace 150 años y que nos molesta; a nuestros hijos se los trata injustamente; o se nos ignora o menosprecia. Podrían ser cientos de cosas, cada una de ellas muy real para nosotros en el momento16.
En nuestros momentos de debilidad, el adversario procura robar nuestras promesas espirituales. Si no somos cuidadosos, nuestro herido espíritu de niño se retirará nuevamente al frío y oscuro caparazón de nuestro henchido ego anterior, dejando atrás la cálida luz sanadora del Salvador.
Cuando se juzgó injustamente a Parley P. Pratt en 1835, lo que trajo vergüenza y deshonor sobre él y su familia, el profeta José Smith le aconsejó: “[Parley… ignore tales cosas… [y] Dios Todopoderoso estará con usted”17.
Otro ejemplo: En 1830, se bautizó Frederick G. Williams, un prominente doctor en medicina. De inmediato dio de sus talentos y prosperidad a la Iglesia; llegó a ser un líder de ella y donó bienes para el Templo de Kirtland. En 1837, viéndose envuelto en las dificultades de la época, Frederick G. Williams cometió errores graves. El Señor declaró en una revelación que “a consecuencia de [sus] transgresiones [su] anterior posición [de liderazgo en la Iglesia se le había] quitado”18. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2010 Espejos del templo que reflejan la eternidad: Un testimonio sobre la familia
Por el élder Gerrit W. Gong
De los Setenta
Una perspectiva eterna de la conversión al Evangelio y de los convenios del templo nos permite ver las ricas bendiciones en cada una de las generaciones de nuestra familia eterna.
Estimados hermanos y hermanas, cuando nuestro hijo estaba en el Centro de Capacitación Misional de Provo, mi esposa le enviaba a él y a sus compañeros pan recién horneado. Aquí tengo algunas notas de agradecimiento que ella recibió de parte de los misioneros: “Hermana Gong, el pan me hizo recordar al de casa”; “Hermana Gong, sólo puedo decir: ¡Exquisito!; ese pan es lo mejor que he probado después de las enchiladas de mi madre”. Pero ésta es mi preferida: “Hermana Gong, el pan estaba delicioso”. Y continuó en broma: “Acuérdese de mí si las cosas no resultan entre usted y el señor Gong”.
Amamos a nuestros misioneros; a cada hermana, élder y pareja mayor. Estamos eternamente agradecidos a ese misionero especial que fue el primero que trajo el Evangelio restaurado de Jesucristo a nuestra familia. Testifico con gratitud que una perspectiva eterna de la conversión al Evangelio y de los convenios del templo nos permite ver las ricas bendiciones en cada una de las generaciones de nuestra familia eterna.
La primera persona de la familia Gong que se convirtió a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días fue nuestra madre, Jean Gong. Cuando era adolescente en Honolulu, Hawai, ella escuchó, supo, fue bautizada y confirmada; y ella aún persevera en la fe. Los fieles miembros de la Iglesia ayudaron a mi madre, y así tuvo amigos en el Evangelio, llamamientos en la Iglesia y fue nutrida continuamente por la buena palabra de Dios. En el lenguaje actual, cada nuevo converso, cada joven adulto soltero, los que regresan a la actividad en la Iglesia y otras personas bendicen a generaciones cuando se convierten en miembros de la familia de Dios1.
Una familia que nutrió a mi madre fue la familia de Gerrit de Jong, Jr. Un lingüista que amaba el idioma del corazón y del Espíritu, el abuelo de Jong, cautivaba mi imaginación infantil con dichos como: “Cuando las moras negras, rojas son, verdes están”. Hoy en día, hablando de dispositivos electrónicos portátiles, digo a mis jóvenes amigos: “Si usas tu celular en la Iglesia, el verdecito obispo te verá y rojo se pondrá”.
Mis padres, Walter y Jean Gong, se casaron tres veces: en una ceremonia china para la familia, en una ceremonia estadounidense para los amigos y en una ceremonia sagrada en la Casa del Señor por tiempo y por la eternidad.
Los niños de la Primaria cantan: “Me encanta ver el templo; un día ir podré”2. Los jóvenes prometen “hacer convenios sagrados y cumplirlos”3.
Hace poco estaba en una casa del Señor con una pareja digna para que recibieran bendiciones por convenio. Los invité a que hicieran que la primera luna de miel durara 50 años; luego, después de 50 años, que comenzaran su segunda luna de miel.
Me encontraba contemplando los espejos del templo con esa linda pareja; un espejo a cada lado. Juntos, los espejos del templo reflejan hacia adelante y hacia atrás las imágenes que se prolongan aparentemente hasta la eternidad.
Los espejos del templo que reflejan la eternidad nos recuerdan que cada ser humano tiene “una naturaleza y un destino divinos”; que “las ordenanzas y los convenios sagrados disponibles en los santos templos hacen posible que las personas regresen a la presencia de Dios y que las familias sean unidas eternamente”4; y que, al crecer juntos en amor y fidelidad, podemos dar a los hijos raíces y alas. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2010 Nuestra supervivencia misma
Por el élder Kevin R. Duncan
De los Setenta
Ruego que tengamos la sabiduría de confiar en el consejo de los profetas y apóstoles vivientes y seguirlo.
El invierno de 1848 fue difícil y desafiante para los colonos pioneros en el valle del Lago Salado. En el verano de 1847, Brigham Young declaró que los santos habían alcanzado finalmente su destino. “Éste es el lugar correcto”1, dijo Brigham Young, que en una visión se le había mostrado el sitio donde los santos habrían de establecerse. Aquellos primeros miembros de la Iglesia tuvieron que soportar una enorme adversidad según se desplegaba la restauración del Evangelio. Fueron expulsados de sus hogares, perseguidos y acosados. Padecieron indecibles penurias al cruzar las planicies; pero por fin se hallaban en “el lugar correcto”.
Aun así, el invierno de 1848 fue extremadamente duro. Hizo tanto frío que a algunas personas se les congelaron gravemente los pies. Un sentimiento de desasosiego comenzó a embargar a los santos. Algunos miembros de la Iglesia dijeron que no iban a construir sus casas en el valle; querían permanecer en sus carromatos pues estaban convencidos de que los líderes de la Iglesia los conducirían a un lugar mejor. Habían traído consigo semillas y árboles frutales, pero no se atrevían a malgastarlos plantándolos en la tierra estéril de un desierto. Jim Bridger, un famoso explorador de la época, le dijo a Brigham Young que daría mil dólares por la primera fanega de maíz cosechada en el valle del Lago Salado, pues afirmaba que era algo que no se podía hacer2.
Por si eso fuera poco, acababa de descubrirse oro en California y algunos miembros de la Iglesia se imaginaron que la vida sería más sencilla y abundante si se trasladaban a California en busca de riquezas y de un clima mejor.
En medio de este ambiente de descontento, Brigham Young declaró a los miembros de la Iglesia:
“[Este valle] es el lugar que Dios ha señalado a Su pueblo.
“Nos han echado de la sartén para caer en las brasas y de las brasas nos han arrojado al suelo. Aquí estamos y aquí nos quedaremos. Dios me ha mostrado que éste es el lugar para que se establezca Su pueblo y aquí es donde prosperará. Él templará los elementos para el bien de Sus santos. Él reprenderá la helada y la esterilidad del suelo, y la tierra fructificará. Hermanos, vayan y planten las… semillas”.
Además de prometer estas bendiciones, el presidente Young declaró que el valle del Lago Salado llegaría a conocerse como un camino para las naciones; reyes y emperadores visitarían esta tierra, y lo mejor de todo es que se levantaría un templo al Señor3.
Esas fueron promesas excepcionales. Muchos miembros de la Iglesia tuvieron fe en las profecías de Brigham Young, mientras que otros se mostraron escépticos y partieron hacia lo que ellos creían que sería una vida mejor. Sin embargo, la historia ha demostrado que cada profecía de Brigham Young se ha cumplido. El valle floreció y produjo; los santos prosperaron. El invierno de 1848 fue un gran catalizador para que el Señor enseñara una valiosa lección a Su pueblo. Ellos aprendieron, así como debemos aprender nosotros, que el único camino seguro y cierto que conduce a la protección en esta vida se halla en confiar y obedecer el consejo de los profetas de Dios.
Ciertamente, una de las bendiciones supremas de ser miembros de esta Iglesia es el que seamos guiados por profetas vivientes de Dios. El Señor declaró: “Nunca hay más de una persona a la vez sobre la tierra a quien se confieren este poder y las llaves de este sacerdocio”4. El profeta y presidente de la Iglesia hoy en día, Thomas S. Monson, recibe la palabra de Dios para todos los miembros de la Iglesia y para el mundo. Además, sostenemos como profetas, videntes y reveladores a los consejeros de la Primera Presidencia y a los miembros del Quórum de los Doce Apóstoles. Seguir leyendo →
Por el obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente
Escojan la fe en lugar de la duda; escojan la fe en lugar del temor; escojan la fe en lugar de lo desconocido y lo que no se ve; y escojan la fe en lugar del pesimismo.
Vivimos en una de las dispensaciones más extraordinarias de todos los tiempos: una época que profetas de antaño esperaron, sobre la que profetizaron y, creo yo, que añoraron. Sin embargo, con todas las bendiciones celestiales que se nos han conferido, Satanás, que es muy real, está muy activo, y continuamente nos asaltan mensajes contradictorios. El ángel Moroni advirtió al joven profeta José Smith que se tomaría su nombre para bien y para mal en todo el mundo (véase José Smith—Historia 1:33), y el cumplimiento de una profecía nunca ha sido más evidente. El Profeta dio su vida por su testimonio y hoy continúan los ataques contra la Iglesia e incluso contra el Salvador mismo. La realidad del Salvador, Su sacrificio expiatorio y la aplicación universal de éste se cuestionan y con frecuencia se rechazan como un mito o como la esperanza infundada de una mente débil e inculta. Más aún, se sigue poniendo en tela de juicio la realidad de la restauración del Evangelio en estos últimos días. El asalto constante de ese tipo de mensajes puede causar confusión, dudas y pesimismo, cada uno de los cuales ataca las verdades fundamentales que creemos, nuestra fe en Dios y nuestra esperanza en el futuro.
Quizás ésta sea la realidad de nuestro mundo, pero aún podemos decidir cómo reaccionaremos. Cuando se atacan nuestra doctrina sagrada y nuestras creencias, se presenta la oportunidad de conocer a Dios de manera más privada e íntima; se presenta la oportunidad de escoger.
Debido a los conflictos y desafíos que enfrentamos en el mundo de hoy, quisiera sugerir una sola opción: una opción de paz y protección, una opción que es adecuada para todos. Esa opción es la fe. Tengan en cuenta que la fe no es un don gratuito que se da sin reflexión, sin deseo ni esfuerzo. No nos llega como rocío del cielo. El Salvador dijo: “Venid a mí” (Mateo 11:28) y “llamad, y se os [dará]” (véase Mateo 7:7). Estos son verbos de acción: venid, llamad; son opciones; de modo que les digo: escojan la fe. Escojan la fe en lugar de la duda; escojan la fe en lugar del temor; escojan la fe en lugar de lo desconocido y lo que no se ve; y escojan la fe en lugar del pesimismo.
El análisis clásico de Alma sobre la fe que se encuentra en el capítulo 32 de Alma en el Libro de Mormón es una serie de opciones que aseguran la edificación y la preservación de nuestra fe. Alma nos mandó escoger. Sus palabras fueron palabras de acción que comenzaron con la opción de escoger. Usó las palabras despertar, avivar, experimentar, ejercitar, desear, obrar y sembrar. Después explicó que si elegimos estas opciones y no echamos fuera la semilla por la incredulidad, entonces “empezará a henchirse en [nuestro] pecho” (Alma 32:28).
Sí, la fe es una elección que se debe buscar y cultivar. Por tanto, somos responsables de nuestra propia fe; y también somos responsables de nuestra falta de fe. La opción es de ustedes.
Hay muchas cosas que no sé. No sé los detalles de la organización de la materia para crear este hermoso mundo en el que vivimos. No entiendo la complejidad de la Expiación, cómo el sacrificio del Salvador puede purificar a todas las personas que se arrepientan, ni cómo pudo el Salvador sufrir “el dolor de todos los hombres” (D. y C. 18:11). No sé dónde estaba la ciudad de Zarahemla, mencionada en el Libro de Mormón. No sé por qué a veces mis creencias están en discrepancia con el supuesto conocimiento científico o secular. Tal vez esos sean asuntos que nuestro Padre Celestial describió como los “misterios… de los cielos” (D. y C. 107:19) que se revelarán más adelante. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2010 ¡Haya luz!
Por el élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles
En nuestro mundo cada vez más inicuo, es esencial que los valores basados en la creencia religiosa formen parte de las disertaciones públicas.
El mes pasado celebré mi cumpleaños; como regalo, mi esposa Mary me dio un CD de canciones de esperanza y fe de la famosa cantante británica Vera Lynn, quien inspiró a sus oyentes durante los días sombríos de la Segunda Guerra Mundial.
Hay una historia detrás del hecho de que mi esposa me haya dado algo así. El bombardeo de Londres en septiembre de 1940 empezó un día antes de que yo naciera1. Mi madre, que escuchaba los sucesos por la radio en la habitación del hospital, decidió ponerme el nombre del anunciador, que se llamaba Quentin.
La cantante Vera Lynn tiene actualmente 93 años. El año pasado se volvieron a sacar a la venta sus canciones del tiempo de la guerra, y de inmediato ascendieron al primer lugar de la lista de éxitos en Gran Bretaña. Algunos de ustedes que sean ya mayores recordarán canciones como “Los blancos acantilados de Dover”.
Una canción titulada “Cuando se vuelvan a encender las luces (por todo el mundo)”, me conmovió profundamente. Me hizo recordar dos cosas: primero, las palabras proféticas de un estadista británico: “Se apagan las lámparas por toda Europa. No las volveremos a ver encendidas en nuestra vida”2; y segundo, los ataques aéreos en ciudades británicas como Londres. Para que fuera más difícil para los bombarderos encontrar un blanco, se instituyeron los apagones; se apagaban las luces y se cubrían las ventanas.
La canción reflejaba la esperanza de que se restablecerían la libertad y la luz. Para aquellos de nosotros que entendemos el papel del Salvador y de la Luz de Cristo3 en el constante conflicto entre el bien y el mal, la analogía que existe entre esa guerra mundial y el conflicto moral actual es clara. Es por medio de la Luz de Cristo que toda la humanidad puede “discernir el bien del mal”4.
Nunca ha sido fácil lograr ni conservar la libertad y la luz. Desde la guerra en los Cielos, las fuerzas de la maldad han utilizado todo medio posible para destruir el albedrío y extinguir la luz. El ataque contra los principios morales y la libertad religiosa nunca han sido tan potentes.
Como Santos de los Últimos Días tenemos que hacer todo lo posible por preservar la luz y proteger a nuestras familias y comunidades de este ataque a la moral y a la libertad religiosa.
Protejamos a la familia
Un peligro constante para la familia es la invasión de las fuerzas del mal que parecen provenir de todas direcciones. Mientras nuestro esfuerzo principal debe ser el buscar la luz y la verdad, seríamos prudentes si mantuviéramos nuestros hogares a oscuras para protegerlos de las bombas mortíferas que destruyen nuestro desarrollo y progreso espiritual. La pornografía, en particular, es un arma de destrucción moral masiva. Su impacto está al frente de la erosión de los valores morales. Igualmente letales son algunos programas de televisión y sitios de internet; esas fuerzas malignas despojan al mundo de la luz y la esperanza. El nivel de decadencia se va acelerando5. Si no apagamos las luces de nuestro hogar y de nuestra vida para que no entre la maldad, entonces, que no nos sorprenda si devastadoras explosiones morales destruyen la paz que es la recompensa de un vivir recto. Nuestra responsabilidad es la de estar en el mundo pero no ser de él.
Además, debemos aumentar considerablemente la observancia religiosa en el hogar. La noche de hogar cada semana, la oración familiar y el estudio de las Escrituras diarios son elementos esenciales. Debemos llevar a nuestros hogares aquello que es “virtuoso, bello, de buena reputación o digno de alabanza”6. Si hacemos de nuestros hogares lugares santos que nos resguarden de la maldad, seremos protegidos de las consecuencias adversas que se han predicho en las Escrituras.
Protejamos la comunidad
Además de proteger a nuestra propia familia, debemos ser una fuente de luz para proteger nuestras comunidades. El Salvador dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”7.
Nuestros días se han descrito como “un tiempo de abundancia y una época de duda”8. La creencia básica en el poder y la autoridad de Dios no sólo se pone en tela de juicio sino que se denigra. Bajo estas circunstancias, ¿cómo podemos fomentar valores de manera que los incrédulos y los apáticos se hagan eco de ellos, y que ayuden a mitigar la vertiginosa caída hacia la violencia y la maldad?
Esta pregunta es de monumental importancia. Piensen en el profeta Mormón y en su angustia cuando declaró: “¡…cómo pudisteis rechazar a ese Jesús que esperaba con los brazos abiertos para recibiros!”9. La angustia de Mormón se justificaba, y su hijo, Moroni, permaneció para describir “el triste relato de la destrucción de [su] pueblo”10.
Mi experiencia personal de vivir y relacionarme con personas de todo el mundo me ha hecho optimista. Creo que la luz y la verdad serán preservadas en nuestros días. En todas las naciones hay grupos numerosos que adoran a Dios y sienten que tienen que darle cuentas a Él de su conducta. Algunos observadores creen que en realidad hay un renacimiento global de fe11. Como líderes de la Iglesia, nos hemos reunido con líderes de otras religiones y hemos descubierto que existe un fundamento moral común que trasciende las diferencias teológicas y nos une en nuestras aspiraciones por una sociedad mejor.
También encontramos que la mayoría de las personas aún respetan los valores morales básicos; pero, que no les quepa la menor duda: también hay personas que están resueltas a destruir la fe así como a rechazar cualquier influencia religiosa en la sociedad. Otras personas malvadas explotan, manipulan y destruyen la sociedad con drogas, pornografía, explotación sexual, tráfico humano, robo y prácticas fraudulentas de negocios. El poder y la influencia de esas personas son sumamente grandes a pesar de que ellas sean relativamente pocas. Seguir leyendo →
Por el élder Robert D. Hales
Del Quórum de los Doce Apóstoles
Cada vez que escogemos venir a Cristo, tomar Su nombre sobre nosotros y seguir a Sus siervos, progresamos a lo largo del sendero a la vida eterna.
Hace poco recibí una carta de un amigo de más de 50 años que no es miembro de nuestra Iglesia. Le había mandado un material de lectura del Evangelio, a lo que respondió: “Al principio me fue difícil entender el significado de la típica jerga mormona, tal como albedrío. Quizá una breve página de vocabulario sería útil”.
Me sorprendió que no entendiera lo que queremos decir con la palabra albedrío. Acudí a un diccionario en línea y, de las diez definiciones y usos de la palabra albedrío, ninguna expresaba la idea de escoger para actuar. Nosotros enseñamos que el albedrío es la facultad y el privilegio que Dios nos da para escoger y “…actuar por [nosotros] mismos y no para que se actúe sobre [nosotros]”1. El albedrío es actuar con responsabilidad y dar cuenta de nuestras acciones. Nuestro albedrío es esencial para el plan de salvación. Con él, somos “…libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo”2.
La letra de un conocido himno enseña este principio claramente:
El hombre tiene libertad
de escoger lo que será;
mas Dios la ley eterna da,
que él a nadie forzará3.
Para contestar la pregunta de mi amigo, y las preguntas de buenos hombres y mujeres de todas partes, permítanme compartir con ustedes más de lo que sabemos acerca del significado del albedrío.
Antes de venir a esta tierra, el Padre Celestial presentó Su plan de salvación, un plan para venir a la tierra y recibir un cuerpo, escoger actuar entre el bien y el mal, y progresar para llegar a ser como Él y vivir con Él para siempre.
Nuestro albedrío —nuestra capacidad para escoger y actuar por nosotros mismos— fue un elemento esencial de este plan. Sin el albedrío, no seríamos capaces de hacer elecciones correctas ni progresar. Sin embargo, con el albedrío podríamos hacer malas elecciones, cometer pecado y perder la oportunidad de estar con nuestro Padre Celestial otra vez. Por esa razón, se proporcionaría un Salvador para sufrir por nuestros pecados y para redimirnos si nos arrepentíamos. Mediante Su Expiación infinita, “…realizó el plan de misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia”4.
Después de que nuestro Padre Celestial presentó Su plan, Lucifer se ofreció y dijo: “Envíame a mí… y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma… dame, pues, tu honra”5. Este plan fue rechazado por nuestro Padre, porque nos privaba de nuestro albedrío. De hecho, era un plan de rebelión.
Entonces Jesucristo, el “Amado y… Escogido [Hijo] del [Padre Celestial] desde el principio”, ejerció Su albedrío para decir: “Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre”6. Él sería nuestro Salvador, el Salvador del mundo.
Debido a la rebelión de Lucifer, se produjo un gran conflicto espiritual. Cada uno de los hijos del Padre Celestial tuvo la oportunidad de ejercer el albedrío que el Padre Celestial le había dado. Decidimos tener fe en el Salvador Jesucristo: venir a Él, seguirlo y aceptar el plan que el Padre Celestial presentó para nuestro beneficio. Pero una tercera parte de los hijos del Padre Celestial no tuvieron fe para seguir al Salvador y, en cambio, decidieron seguir a Lucifer, o Satanás7.
Y Dios dijo: “Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado… hice que fuese echado abajo”8. Los que siguieron a Satanás perdieron la oportunidad de recibir un cuerpo mortal, de vivir en la tierra y progresar. Debido a la forma en que ejercieron su albedrío, perdieron dicho albedrío.
Actualmente, el único poder que Satanás y sus seguidores tienen es el poder de tentarnos y probarnos. Su único gozo es hacernos “miserables como [ellos]”9; su única felicidad se produce cuando somos desobedientes a los mandamientos del Señor.
Pero piensen en esto: En nuestro estado premortal, ¡elegimos seguir al Salvador Jesucristo! Y por haberlo hecho, se nos permitió venir a la tierra. Testifico que al hacer la misma elección de seguir al Salvador ahora, aquí en la tierra, obtendremos una bendición aún mayor en las eternidades; pero conste que debemos continuar escogiendo seguir al Salvador. La eternidad está en juego, y el uso prudente del albedrío y nuestras acciones son esenciales para que logremos la vida eterna.
A lo largo de Su vida, el Salvador nos mostró cómo usar nuestro albedrío. Siendo niño en Jerusalén, intencionalmente escogió estar “…en los asuntos de [Su] Padre”10. Durante Su ministerio, eligió obedientemente “…cumplir la voluntad de [Su] Padre”11. En Getsemaní, eligió sufrir todas las cosas, diciendo: “…no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle”12. Sobre la cruz, eligió amar a Sus enemigos, y oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”13. Y entonces, para que pudiera finalmente demostrar que estaba eligiendo por Sí mismo, se le dejó solo. “Padre, ¿por qué me has desamparado?”, preguntó14. Por último, ejerció Su albedrío para actuar, perseverando hasta el fin, hasta que pudo decir: “¡Consumado es!”15. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2010 De las cosas que más importan
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Si la vida y su ritmo apresurado y las muchas tensiones han hecho que les sea difícil sentir gozo, entonces, quizás ahora sea un buen momento para volver a centrarse en lo que más importa.
Es impresionante lo mucho que aprendemos de la vida al estudiar la naturaleza. Por ejemplo, los científicos pueden analizar los anillos de crecimiento de los árboles y hacer conjeturas bastante acertadas del clima y de las condiciones de crecimiento que existían hace cientos e incluso miles de años. Algo que aprendemos al estudiar el crecimiento de los árboles es que en las temporadas en que las condiciones son ideales, los árboles crecen a un ritmo normal. Sin embargo, durante épocas en que las condiciones de crecimiento no son las ideales, los árboles disminuyen el ritmo de crecimiento y dedican su energía a los elementos básicos necesarios para sobrevivir.
En este momento algunos de ustedes tal vez piensen: “Eso es muy cierto y bueno; pero, ¿qué tiene que ver con pilotar un avión?”. Bueno, permítanme decirles.
¿Han estado alguna vez en un avión y sentido la turbulencia? La causa más común de la turbulencia es un cambio repentino en el movimiento del aire que hace que la aeronave cabecee, se balancee y oscile. A pesar de que los aviones se construyen para resistir peores turbulencias que las de un vuelo normal, esto aún puede resultar desconcertante para los pasajeros.
¿Qué creen que hacen los pilotos cuando encuentran turbulencia? Un estudiante de aviación podría pensar que aumentar la velocidad sería una buena estrategia porque así se atravesaría la turbulencia más rápido. Pero eso podría no ser lo indicado. Los pilotos profesionales comprenden que hay una velocidad óptima de penetración que reduce al mínimo los efectos negativos de la turbulencia. Y casi siempre eso implica reducir la velocidad. El mismo principio se aplica también a los badenes [o topes] de las calles.
Por lo tanto, es un buen consejo reducir un poco la velocidad, redefinir el curso y centrarse en lo básico al atravesar condiciones adversas.
El ritmo de la vida moderna
Ésta es una lección sencilla pero fundamental que parece lógica cuando se explica con términos de árboles o turbulencia, pero es sorprendente lo fácil que es pasarla por alto cuando se tratan de aplicar esos principios en nuestra vida cotidiana. Cuando los niveles de estrés aumentan, cuando aparece la angustia, cuando la tragedia azota, con demasiada frecuencia procuramos mantener el mismo ritmo frenético, o incluso acelerar, pensando que cuanto más nos apresuremos, mejor superaremos los problemas.
Una de las características de la vida moderna es nos movemos a un ritmo cada vez mayor, independientemente de la turbulencia o los obstáculos.
Seamos sinceros; resulta un tanto fácil estar ocupados. Todos podemos pensar en una lista de tareas que colmaría nuestras agendas. Algunas personas quizás piensen que su propia valía depende de lo larga que sea su lista de tareas; llenan los espacios libres de su horario con listas de reuniones y pequeñeces, incluso durante épocas de estrés y fatiga. Debido a que se complican la vida sin necesidad, suelen sentir mayor frustración, menos gozo y le hallan muy poco sentido a la vida.
Se dice que cualquier virtud, cuando se lleva al extremo, se convierte en un vicio. Sin duda, la programación de demasiadas actividades para el día podría calificarse como tal. Llega un punto en el que las metas se convierten en piedras de molino y las ambiciones en una carga.
¿Cuál es la solución?
Los sabios comprenden y aplican las lecciones de los anillos de los árboles y la turbulencia de aire. Resisten la tentación de verse envueltos en la frenética carrera de la vida cotidiana; siguen el consejo: “Hay más en la vida que el aumentar su velocidad”1. En resumen, se centran en las cosas que más importan.
El élder Dallin H. Oaks, en una conferencia general reciente, enseñó: “Debemos abandonar algunas cosas buenas a fin de elegir otras que son mejores o excelentes porque desarrollan la fe en el Señor Jesucristo y fortalecen a nuestra familia”2.
La búsqueda de las cosas mejores inevitablemente conduce a los principios fundamentales del evangelio de Jesucristo: las verdades sencillas y hermosas que nos ha revelado un generoso, eterno y omnisciente Padre Celestial. Esas doctrinas y principios fundamentales, aunque bastante sencillos para que un niño los comprenda, aportan las respuestas a los interrogantes más complejos de la vida. Seguir leyendo →
Conferencia General Octubre 2010 Reflexiones sobre una vida consagrada
Por el élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles
El verdadero éxito en esta vida se logra al consagrar nuestra vida, es decir, nuestro tiempo y opciones, a los propósitos de Dios
Cuando era joven, visité la Feria Mundial de 1964 de la ciudad de Nueva York. Uno de mis puestos favoritos era el pabellón de la Iglesia SUD con su impresionante réplica de las torres del Templo de Salt Lake. Allí vi por primera vez el video El hombre y su búsqueda de la felicidad. La presentación del plan de salvación, narrada por el élder Richard L. Evans causó gran impacto en muchos visitantes, incluso en mí. Entre otras cosas, el élder Evans dijo:
“La vida les ofrece dos dones de valor incalculable, uno de ellos es el tiempo, y el otro, la libertad de escoger, la libertad de adquirir lo que deseen con su tiempo. Tienen la libertad de invertir su tiempo en placeres pasajeros; pueden emplearlo para satisfacer sus deseos bajos; son libres de invertirlo en la codicia…
“Suya es la libertad de escoger. Pero no piensen que esto es una ganga, porque en ello no se encuentra satisfacción duradera.
“Llegado el momento, tendrán que responder por cada día, cada hora y cada minuto que haya durado su vida mortal. Es en esta vida que uno camina por la fe y demuestra tener la capacidad de escoger entre el bien y el mal, lo debido y lo indebido, procurando la felicidad más bien que la mera diversión, y la recompensa eterna será acorde con lo que uno escoja.
“Un profeta de Dios ha dicho: ‘Existen los hombres para que tengan gozo’, gozo que incluye la plenitud de la vida, una vida dedicada al servicio, al amor y la armonía en el hogar y los frutos de un trabajo honrado, la aceptación del evangelio de Jesucristo, de sus requisitos y mandamientos.
“Sólo en ellos encontrarán la verdadera felicidad, la felicidad que no se desvanece al extinguirse las luces, la música y la multitud”1.
Estas palabras expresan la realidad de que nuestra vida en la tierra es una mayordomía del tiempo y las opciones que nuestro Creador nos ha otorgado. La palabra mayordomía trae a la mente la ley de consagración del Señor (véase, por ejemplo, D. y C. 42:32, 53) que tiene una función financiera, pero más que eso, es una aplicación de la ley celestial a nuestra vida aquí y ahora (véase D. y C. 105:5). Consagrar es apartar o dedicar algo como sagrado, reservado para propósitos santos. El verdadero éxito en esta vida se logra al consagrar nuestra vida, es decir, nuestro tiempo y opciones, a los propósitos de Dios (véase Juan 17:1, 4, D. y C. 19:19). Al hacerlo, permitimos que Él nos eleve a nuestro destino más alto.
Me gustaría analizar con ustedes cinco elementos de una vida consagrada: pureza, trabajo, respeto hacia el cuerpo físico, servicio e integridad.
Como lo demostró el Salvador, una vida consagrada es una vida pura. Si bien Jesús es el único que tuvo una vida sin pecado, quienes vienen a Él y toman Su yugo sobre sí pueden reclamar Su gracia, que los hará como Él, sin culpa y sin mancha. Con profundo amor el Señor nos alienta con estas palabras: “Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os presentéis ante mí sin mancha” (3 Nefi 27:20).
Por lo tanto, consagración significa arrepentimiento. Se debe abandonar la obstinación, la rebelión y la justificación, y reemplazarlos con sumisión, un deseo de corrección y aceptación de todo lo que el Señor requiera. Esto es a lo que el rey Benjamín llamó despojarse del hombre natural, someterse al influjo del Espíritu Santo y hacerse santo “por la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3:19). A tal persona se le promete la presencia constante del Espíritu Santo, una promesa que se recuerda y se renueva cada vez que un alma arrepentida participa de la Santa Cena del Señor (véase D. y C. 20:77, 79).
En una ocasión, el élder B. H. Roberts expresó el proceso en estas palabras: “El hombre que camina en la luz, sabiduría y poder de Dios, finalmente, por asociación, hará suya la luz, sabiduría y poder de Dios—entrelazando esos rayos brillantes en una cadena divina, uniéndose para siempre a Dios y Dios a él. Eso [es] la sustancia de las palabras místicas del Mesías: ‘Tú, oh Padre, en mí, y yo en ti’— mayor grandeza el ser humano no puede alcanzar”2.
Una vida consagrada es una vida de trabajo. Ya desde temprano en Su vida, Jesús estaba en los asuntos de Su Padre (véase Lucas 2:48–49). Dios mismo es glorificado por Su obra de llevar a cabo la inmortalidad y vida eterna de Sus hijos (véase Moisés 1:39). De forma natural, deseamos participar con él en Su obra y, al hacerlo, debemos reconocer que todo trabajo honrado es el trabajo de Dios. En las palabras de Thomas Carlyle: “Todo verdadero trabajo es sagrado; en todo trabajo verdadero, aunque sólo sea trabajo manual, hay algo de divinidad. El trabajo, tan grande como la tierra, tiene su culminación en los Cielos”3. Seguir leyendo →