La mayordomía: Una responsabilidad sagrada

Conferencia General Octubre 2009
La mayordomía: Una responsabilidad sagrada
Élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Servimos a nuestro prójimo porque creemos que eso es lo que Dios desea que hagamos.

Vivimos en tiempos peligrosos en los que muchos creen que no somos responsables ante Dios y que no tenemos ni una responsabilidad ni una mayordomía personal sobre nosotros mismos ni sobre otras personas. Muchos en el mundo se centran en el placer personal, se ponen a sí mismos en primer lugar y aman los deleites más que la rectitud. No creen ser guardas de su hermano. Sin embargo, en la Iglesia, consideramos que estas mayordomías son una responsabilidad sagrada.

Hace poco, un grupo de respetados líderes y rabinos judíos visitaron las instalaciones de la Iglesia en el valle del Lago Salado, entre ellas la Manzana de Bienestar, el Centro Humanitario, el Centro de Historia Familiar y el programa de puertas abiertas del Templo Oquirrh Mountain. Al final de su visita, uno de los rabinos más eminentes de Estados Unidos expresó sus sentimientos en cuanto a lo que había visto y sentido 1 .

Citó conceptos de pensadores judíos, basados en el Talmud 2 , y señaló que hay dos razones muy diferentes por las cuales las personas realizan actos de bondad y generosidad. Algunas personas visitan a los enfermos, ayudan a los pobres y sirven a su prójimo porque creen que es lo correcto y que otros se comportarán de igual manera con ellos cuando lo necesiten. Explicó que, si bien eso es bueno, establece comunidades solidarias y se debe considerar una razón noble, un motivo superior es cuando servimos a nuestro prójimo porque creemos que eso es lo que Dios desea que hagamos.

Dijo que como resultado de su visita creía que los Santos de los Últimos Días emprendemos tareas humanitarias y de bienestar y realizamos la obra de salvación en los templos a fin de hacer lo que creemos que Dios desea que hagamos.

Esa sensación de responsabilidad, la cual se encuentra incluida en el primer gran mandamiento de amar a Dios, se ha descrito como la “obediencia a aquello que nadie puede obligarnos a hacer” 3 . Tratamos de hacer lo correcto porque amamos y deseamos complacer a nuestro Padre Celestial y no porque alguien nos esté obligando a obedecer.

La batalla de los cielos se libró después de que Satanás dijo que obligaría a todos a obedecer sus ideas. Eso se rechazó y como resultado tenemos el albedrío moral y la libertad de escoger nuestro curso en la vida. Pero también somos responsables por ese albedrío. El Señor ha dicho que “respond[eremos] por [nuestros] propios pecados en el día del juicio” 4 . Los principios de responsabilidad y mayordomía son muy importantes en nuestra doctrina 5 .

En la Iglesia, la mayordomía no se limita a una responsabilidad temporal. El presidente Spencer W. Kimball enseñó: “…somos mayordomos de nuestro cuerpo, mente, familia y propiedad. Un mayordomo fiel es aquel que ejerce justo dominio, cuida de los suyos y cuida del pobre y del necesitado” 6 .

Si bien hay muchos aspectos de la mayordomía, he decidido hablar de dos. El primero es nuestra mayordomía sobre nosotros mismos y nuestra familia; y el segundo es la mayordomía sobre los pobres y los necesitados.

Cuando el Señor enseñaba acerca de la responsabilidad y la mayordomía, a menudo usaba parábolas relacionadas con la tierra. Cuando era pequeño, yo iba de visita a la finca de mis abuelos durante el verano. En la casa no había energía eléctrica, ni agua corriente ni drenaje; pero lo que sí había era un manantial natural de agua junto a la casita de la finca. El manantial formaba una pequeña laguna de agua pura y limpia, de donde, varias veces al día, ayudaba a mi abuela a sacar agua y llevarla a la casa para beber, cocinar, bañarse y lavar la ropa. Mis abuelos adoraban ese manantial que daba vida y tomaban precauciones especiales para protegerlo.

Muchos años más tarde, mi abuelo tenía más de noventa años y ya no vivía en esa propiedad; no podía mantenerla ni supervisarla. Lo llevé a ver la estancia que tanto quería. Sus altas expectativas por ver la estancia se convirtieron en decepción al darse cuenta de que los cercos que protegían el manantial se encontraban en muy mal estado y las vacas lo habían dañado, por lo cual el agua pura y valiosa del manantial se había contaminado considerablemente. Estaba disgustado por el daño y la contaminación. Para él era una violación de la responsabilidad que había cumplido durante toda su vida de trabajo. Sentía que, de algún modo, no había protegido ese manantial que preservaba la vida y que había sido tan importante para él.

Al igual que el manantial puro, que se contaminó al no estar protegido, vivimos en una época en la que no se protege ni la virtud ni la castidad 7 . No se respeta la importancia eterna de la moralidad personal. Un amoroso Padre Celestial nos ha dado los medios para traer a Sus hijos, procreados como espíritus, a este mundo, a fin de cumplir con la medida de su creación. Nos ha enseñado que nuestra fuente de vida debe mantenerse pura, del mismo modo que el hermoso manantial de la estancia necesitaba protección para preservar la vida. Ésta es una de las razones por las que la virtud y la castidad son tan importantes en el plan de nuestro Padre Celestial.

Debido a la reacción de mi abuelo al ver la fuente contaminada, se realizaron mejoras y se tomaron medidas de protección que le devolvieron al manantial su belleza y pureza originales.

Como siervos del Señor Jesucristo, es nuestra responsabilidad sagrada enseñar Su estándar de moralidad, que es el mismo para todos Sus hijos. Cuando nuestros pensamientos y nuestras acciones no son puros, violamos Su estándar. El Señor ha dicho: “Yo… no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia” 8 . Algunas personas intentan justificar su conducta.

En un poema de John Holmes intitulado “Talk” (“Habla”), un viejo y sordo constructor de barcos de Nueva Inglaterra le enseña a un joven acerca de la justificación. Al describir una de las lecciones que aprendió, el joven explica: “No hubiera sabido que no importa cómo se construya, el barco tiene que navegar; al océano no se le dan explicaciones” 9 . Seguir leyendo

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Seguridad para el alma

Conferencia General Octubre 2009
Seguridad para el alma
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Quiero que quede absolutamente claro cuando esté ante el tribunal del juicio de Dios que he declarado al mundo… que el Libro de Mormón es verdadero.

Las profecías sobre los últimos días a menudo hacen referencia a calamidades de gran escala tales como terremotos, hambre e inundaciones; éstas, a la vez, pueden estar relacionadas con las vasta agitación económica o política de uno u otro tipo.

Pero existe una clase de destrucción de los últimos días que siempre me ha sonado más personal que pública, más individual que colectiva, una advertencia que quizá se aplique más dentro de la Iglesia que fuera de ella. El Salvador advirtió que en los últimos días aun los que son “del convenio”, los escogidos mismos, podrían ser engañados por el enemigo de la verdad 1 . Si pensamos en ello como una forma de destrucción espiritual, eso podría arrojar luz sobre otra profecía de los últimos días. Piensen en el corazón como el centro figurativo de nuestra fe, el lugar poético de nuestras lealtades y valores; entonces, consideren la declaración de Jesús de que en los últimos días “[desfallecerían] los hombres” 2 .

Lo alentador es, desde luego, que nuestro Padre Celestial conoce todos esos peligros de los últimos días, esos problemas del corazón y del alma, y nos ha dado consejo y protección con respecto a ellos.

En vista de ello, siempre ha sido significativo para mí que el Libro de Mormón, una de las poderosas piedras clave 3 del Señor en este contraataque frente a las dificultades de los últimos días, comience con una gran parábola de la vida, una amplia alegoría de la esperanza contra el temor, de la luz contra la oscuridad, de la salvación contra la destrucción, una alegoría a la que, de modo conmovedor, se refirió la hermana Ann Dibb esta mañana.

En el sueño de Lehi, una jornada que ya era difícil, se complica más cuando surge un vapor de tinieblas que nubla toda la vista del seguro pero estrecho camino que su familia y otros habían de seguir. Es imperativo notar que ese vapor de tinieblas desciende sobre todos los viajeros, sobre los fieles y los resueltos (hasta podríamos decir los escogidos), y sobre los débiles y los que no tienen cimientos. El punto principal del relato es que los viajeros que tienen éxito resisten todas las distracciones, incluso la tentación de caminos prohibidos y las burlas provocadoras de los vanos y orgullosos que han seguido dichos caminos. El registro dice que los que estaban protegidos “siguieron hacia adelante, asidos constante y tenazmente” a la barra de hierro que sigue infaliblemente el curso del camino verdadero 4 . Sin importar la obscuridad de la noche o del día, la barra señala el camino de ese sendero solitario y redentor.

Nefi dice después: “vi que la barra de hierro… representaba la palabra de Dios, la cual conducía… al árbol de la vida;… una representación del amor de Dios”. Al ver esa manifestación del amor de Dios, Nefi dice: “…vi al Redentor del mundo… quien salió, ejerciendo su ministerio entre el pueblo…

“…Y vi a multitudes de personas que estaban enfermas y afligidas con toda clase de males, y con demonios y con espíritus impuros;… Y fueron sanadas por el poder del Cordero de Dios; y los demonios y los espíritus impuros fueron echados fuera” 5 .

Amor. Curación. Ayuda. Esperanza. El poder de Cristo para combatir toda dificultad en todo momento, incluso el final de los tiempos. Ése es el puerto seguro al que Dios quiere que acudamos en nuestros días de desesperación personal o pública. Ése es el mensaje con el que el Libro de Mormón comienza y es el mensaje con el que acaba, llamándonos a todos a “venir a Cristo, y perfeccionarnos en él” 6 . Esa frase que proviene del testimonio final de Moroni, escrito mil años después de la visión de Lehi, es el testimonio sobre el único verdadero camino de un hombre moribundo.

Permítanme referirme a un testimonio moderno “de los últimos días”. Cuando José Smith y su hermano Hyrum partieron hacia Carthage para enfrentar lo que ellos sabían que sería su inminente martirio, Hyrum leyó estas palabras para consolar el corazón de su hermano:

“Tú has sido fiel; por tanto… serás fortalecido, aun hasta sentarte en el lugar que he preparado en las mansiones de mi Padre.

“Y ahora yo, Moroni, me despido… hasta que nos encontremos ante el tribunal de Cristo” 7 . Seguir leyendo

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¿Qué he hecho hoy por alguien?

Conferencia General Octubre 2009
¿Qué he hecho hoy por alguien?
Presidente Thomas S. Monson

Siempre habrá personas con necesidades, y cada uno de nosotros puede hacer algo para ayudar a alguien.

Mis amados hermanos y hermanas, los saludo esta mañana con amor en mi corazón por el evangelio de Jesucristo y por cada uno de ustedes. Estoy agradecido por el privilegio de estar ante ustedes y ruego poder comunicarles eficazmente lo que he tenido la impresión de decir.

Hace algunos años, leí un artículo escrito por el doctor Jack McConnell. Él se crió en las colinas del suroeste del estado de Virginia, en los Estados Unidos. Era uno de los siete hijos de un ministro metodista y una madre que se quedaba en casa para atenderlos. Vivían en circunstancias muy humildes. Él relató que durante su niñez, todos los días, cuando la familia se sentaba a cenar, su padre les preguntaba uno por uno: “¿Y qué hiciste hoy por alguien?” 1 . Los niños habían decidido que todos los días harían algo bueno a fin de informar a su padre que habían ayudado a alguien. El doctor McConnell se refiere a ello como el legado más valioso de su padre, ya que esa expectativa y esas palabras los inspiraron a él y a sus hermanos a ayudar a los demás a lo largo de su vida. Al crecer y madurar, la motivación para prestar servicio se transformó en un deseo interno de ayudar a los demás.

Además de la distinguida carrera médica del doctor McConnell, en la que dirigió el desarrollo de la prueba tuberculínica de punción múltiple, participó en las primeras etapas del desarrollo de la vacuna contra la polio, supervisó el desarrollo del Tylenol y fue clave en el desarrollo del procedimiento de imágenes de resonancia magnética; creó una organización llamada Voluntarios en Medicina para que médicos jubilados tengan la oportunidad de ofrecer sus servicios en clínicas gratuitas que atienden a personas sin seguro médico. El doctor McConnell comentó que, desde que se jubiló, su tiempo libre se ha transformado en semanas de sesenta horas de trabajo sin paga, pero que su vitalidad ha aumentado y que goza de una satisfacción en la vida que antes no tenía. Él mismo comentó: “En una de esas paradojas de la vida, yo me he beneficiado más de Voluntarios en Medicina que mis pacientes 2 ”. Actualmente hay más de setenta de estas clínicas en los Estados Unidos.

Naturalmente, no todos podemos ser un doctor McConnell, fundando clínicas para ayudar a los pobres. Sin embargo, siempre habrá personas con necesidades, y cada uno de nosotros puede hacer algo para ayudar a alguien.

El apóstol Pablo amonestó: “…servíos por amor los unos a los otros” 3 . Recuerden conmigo las conocidas palabras del rey Benjamín en el Libro de Mormón: “…cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios” 4 .

El Salvador enseñó a Sus discípulos: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará” 5 .

Creo que el Salvador nos está diciendo que a menos que nos perdamos en dar servicio a los demás, nuestra propia vida tiene poco propósito. Aquellos que viven únicamente para sí mismos al final se marchitan y, en sentido figurado, pierden la vida, mientras que aquellos que se pierden a sí mismos en prestar servicio a los demás progresan y florecen… y en efecto salvan su vida.

En la conferencia general de octubre de 1963, en la que fui sostenido como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, el presidente David O. McKay dijo lo siguiente: “La felicidad más grande del hombre proviene del perderse a sí mismo para beneficio de los demás” 6 .

Muchas veces convivimos juntos, pero no nos comunicamos de corazón a corazón. Hay personas dentro del ámbito de nuestra influencia que, con manos extendidas, exclaman: “¿No hay bálsamo en Galaad?” 7 .

Estoy seguro de que la intención de todo miembro de la Iglesia es prestar servicio y ayudar a los necesitados. Al bautizarnos hicimos el convenio de “llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras” 8 . ¿Cuántas veces se han sentido conmovidos al ver las necesidades de otras personas? ¿Cuántas veces han tenido la intención de ser la persona que ofrece ayuda? Sin embargo, cuántas veces se ha interpuesto el diario vivir, y han dejado que la ayuda la den otros, pensando que “seguramente alguien se encargará de esa necesidad”.

Nos encontramos tan ocupados en la vida cotidiana; no obstante, si diésemos un paso atrás y mirásemos bien lo que estamos haciendo, quizás nos daríamos cuenta de que nos hallamos sumidos en cosas que carecen de importancia. En otras palabras, muchas veces pasamos casi todo el tiempo atareados con cosas que en el gran plan de la vida no tienen demasiada relevancia, y descuidamos lo que es más importante. Seguir leyendo

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Pide, busca, llama

Conferencia General Octubre 2009
Pide, busca, llama
Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Todo Santo de los Últimos Días puede ser digno de recibir revelación personal.

Mis amados hermanos y hermanas, estoy agradecido por cada uno de ustedes. Estoy agradecido, también, por el milagro de la comunicación moderna que permite que esta conferencia llegue a millones de personas por todo el mundo.

La tecnología de hoy también nos permite usar teléfonos inalámbricos para intercambiar información con rapidez. Hace poco, mi esposa Wendy y yo nos encontrábamos en una asignación en otro continente cuando nos enteramos del nacimiento de un bebé en la familia. Recibimos las buenas noticias minutos después de ese nacimiento del otro lado del mundo.

Más sorprendente aún que la tecnología moderna es la oportunidad que tenemos de acceder a información directamente de los cielos, sin equipo electrónico ni cuotas mensuales. Es uno de los dones más maravillosos que el Señor ha dado a los seres humanos; es Su generosa invitación: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” 1 .

Esa oferta eterna de proporcionar revelación personal se extiende a todos Sus hijos. Casi parece demasiado bueno para ser cierto, ¡pero lo es! Yo he recibido esa ayuda celestial y he respondido a ella; además, he aprendido que siempre debo estar preparado para recibirla.

Hace años, estando sumido en la tarea de preparar un discurso para la conferencia general, me desperté de un sueño profundo con una idea firmemente grabada en la mente. De inmediato agarré lápiz y papel cerca de mi cama y escribí lo más rápido posible. Volví a dormirme, sabiendo que había captado esa grandiosa impresión. A la mañana siguiente, miré la hoja de papel y descubrí, consternado, ¡que lo que escribí era totalmente ilegible! Todavía conservo lápiz y papel al lado de la cama, pero ahora escribo con más cuidado.

Para tener acceso a la información de los cielos, uno debe primeramente tener una fe firme y un deseo profundo; uno necesita “[pedir] con un corazón sincero, [y] con verdadera intención, teniendo fe en [Jesucristo]” 2 . “Verdadera intención” significa que de verdad se tiene la intención de seguir la guía divina que se reciba.

El siguiente requisito es estudiar el asunto con diligencia. Ese concepto se enseñó a los líderes de esta Iglesia restaurada cuando inicialmente aprendían a adquirir revelación personal. El Señor los instruyó de esta manera: “…te digo que debes estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien” 3 .

Uno de los aspectos del estar preparado es conocer y obedecer las enseñanzas pertinentes del Señor. Algunas de Sus verdades eternas tienen aplicación general, tales como los mandamientos de no robar, no matar y no dar falso testimonio. Otras enseñanzas o mandamientos son también generales, como los que tienen que ver con el día de reposo, la Santa Cena, el bautismo y la confirmación.

Algunas revelaciones se han dado para circunstancias singulares, como cuando Noé construyó el arca o la necesidad de que profetas como Moisés, Lehi y Brigham guiaran a sus seguidores en viajes rigurosos. El modelo que Dios estableció desde hace mucho de enseñar a Sus hijos mediante profetas nos asegura que Él bendecirá a cada uno de los profetas y que bendecirá a los que den oído al consejo profético.

El deseo de seguir al profeta requiere mucho esfuerzo, ya que el hombre natural sabe muy poco acerca de Dios, y mucho menos de Su profeta. Pablo escribió que “el hombre natural no [recibe] las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” 4 . El cambio de hombre natural a discípulo devoto es muy potente 5 . Seguir leyendo

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Aférrense

Conferencia General Octubre 2009
Aférrense
Ann M. Dibb
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Nuestro Padre Celestial no nos ha abandonado durante nuestra probación en la tierra. Nos ha provisto de todo el “equipo de seguridad” necesario para regresar satisfactoriamente a Él.

Hace varios años me llamó la atención un breve artículo de un periódico local que desde ese entonces no he podido olvidar: “Cuatro personas murieron y siete trabajadores fueron rescatados después de pasar más de una hora aferrados a la parte inferior de un puente de unos cuarenta metros de altura en St. Catharines, Ontario, [Canadá], cuando el andamio en el que estaban trabajando se vino abajo” (“News Capsules”, Deseret News, 9 de junio de 1993, pág. A2).

Esta breve historia me tuvo, y aún me tiene, deslumbrada. Después de leerla, llamé a una amiga que vivía en St. Catharines. Me dijo que los obreros llevaban aproximadamente un año pintando el puente Garden City Skyway y sólo les quedaban dos semanas para terminar el proyecto cuando ocurrió el accidente. Después del accidente se preguntó a los responsables por qué aquellos hombres no disponían de ningún equipo de seguridad. La respuesta fue simple: tenían el equipo de seguridad, pero habían optado por no ponérselo. Cuando el andamio se desplomó, los sobrevivientes se aferraron a un borde de apenas tres centímetros de una viga de acero; permanecieron más de una hora de pie sobre un saliente de veinte centímetros hasta que los equipos de rescate lograron bajarlos. Un sobreviviente relató que pensó mucho en su familia mientras se agarraba al puente. Él mencionó: “Sólo deseo agradecer al Señor el estar vivo… déjame decirte, me dio bastante miedo” (en Rick Bogacz, “Skyway Horror”, Standard, 9 de junio de 1993).

De este incidente se pueden aprender muchas lecciones y hacer muchas comparaciones. Si bien la mayoría de nosotros jamás tendrá que verse en una situación tan dramática, entre la vida y la muerte, muchos sentimos que estamos viviendo un momento angustioso.

Quizá sintamos como que estamos aferrados al borde de tres centímetros de una viga de acero. El período de probación terrenal no es fácil y no es breve. Tenemos la bendición de venir a esta tierra y obtener un cuerpo mortal, y esta vida es nuestra oportunidad de demostrar nuestra valía y ejercitar el albedrío (véase Abraham 3:25). Podemos escoger seguir el plan de salvación (véase Jarom 1:2; Alma 42:5; Moisés 6:62) y redención (véase Jacob 6:8; Alma 12:25; 42:11) de nuestro Padre Celestial, o podemos tratar de forjar nuestro propio camino. Podemos ser obedientes y guardar Sus mandamientos, o podemos rechazarlos y afrontar las consecuencias que seguramente vendrán como resultado de ello.

A causa de eso, nuestros deberes y funciones en la vida también son peligrosos, pero debemos hacerle frente a los desafíos. Tal vez experimentemos la soledad, vivamos relaciones tensas, se traicione nuestra confianza, tengamos tentaciones o adicciones, nuestro cuerpo físico tenga limitaciones o perdamos el tan necesario empleo. Puede que nuestros problemas tengan que ver con sentimientos de decepción porque no hemos podido materializar nuestras esperanzas y sueños justos según nuestro plan. Tal vez dudemos de nuestra capacidad y temamos la posibilidad de fracasar incluso en nuestros llamamientos en la Iglesia o en la familia. Los problemas y los peligros que encaramos actualmente, incluso la tolerancia de la sociedad hacia el pecado, ya ha sido predicha por profetas antiguos y vivientes. Estos desafíos son tan peligrosos y reales como la amenaza de una muerte segura al caer desde un puente de cuarenta metros de altura.

Mi vida no es perfecta. También yo tengo muchos de esos problemas. Todos los tenemos. Sé que las tentaciones del adversario y las dificultades de la vida terrenal siempre están presentes y que siempre nos acosan. Estoy de acuerdo con las palabras del obrero rescatado referentes a la peligrosa experiencia de mantenerse aferrado a aquella viga de acero: “Déjame decirte, me dio bastante miedo”. Seguir leyendo

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Deja que la virtud engalane tus pensamientos

Conferencia General Octubre 2009
Deja que la virtud engalane tus pensamientos
Obispo H. David Burton
Obispo presidente

Debemos mantenernos resueltos y firmemente centrados en perpetuar las virtudes cristianas.

Gracias, élder Pace, por esa hermosa oración, en especial a favor de los que escuchan y de los oradores.

“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios” (D. y C. 121:45).

Cuando estaba para cumplir los doce años, había varios requisitos que debía terminar antes de graduarme de la Primaria. Uno de ellos era recitar en orden los trece Artículos de Fe. Los primeros doce eran relativamente fáciles, pero el número trece era mucho más difícil; el desafío que se presentaba era recordar el orden de las virtudes. Gracias a una maestra de la Primaria que fue paciente y persistente, por fin terminé de memorizarlo.

Años más tarde, mi esposa, los hijos y yo nos mudamos a nuestra primera casa y fue una sorpresa saber que mi antigua maestra de la Primaria sería nuestra vecina. Durante los 40 años en los que hemos vivido en el mismo vecindario, esta encantadora maestra de la Primaria mantuvo nuestro pequeño secreto en cuanto a mi discapacidad de aprendizaje.

“Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos” (Artículos de Fe 1:13).

Hoy quisiera hablar de las características individuales a las que llamamos virtudes. Las características virtuosas son el fundamento de una vida cristiana, al igual que la manifestación externa del hombre interior. La mayoría de las virtudes terminan en “dad”: integridad, humildad, caridad, espiritualidad, responsabilidad, urbanidad, fidelidad, y muchas más. Basándome en una licencia literaria, me refiero a las virtudes que tienen esa terminación como las virtudes “dad”. El sufijo “dad” significa cualidad, estado o grado de ser.

Con sólo mirar a nuestro alrededor y ver lo que sucede en nuestras comunidades, notamos que las características individuales de la virtud se encuentran en un abrupto descenso. Piensen en el comportamiento de los conductores que viajan en carreteras congestionadas; los ataques de ira son demasiado comunes. La cortesía está casi extinta en las disertaciones políticas. Al afrontar los países del mundo los desafíos económicos, parece ser que la fidelidad y la honestidad han sido remplazadas por la avaricia y la corrupción. Si se visita una escuela secundaria, a menudo uno se verá sujeto a un lenguaje soez y a normas de vestir inmodestas. Algunos atletas carecen de espíritu deportivo y pocas veces muestran humildad, a menos que hayan sido expuestos públicamente por infidelidad moral o legal. Gran parte de nuestra población siente muy poca responsabilidad por su propio bienestar temporal. Algunas personas con problemas económicos culpan a los bancos y a las casas financieras por prestarles sumas para satisfacer sus deseos insaciables en lugar de las necesidades asequibles. A veces nuestra generosidad en apoyar una buena causa disminuye cuando prevalece nuestra avidez por obtener más de lo que necesitamos.

Hermanos y hermanas, no tenemos que ser parte de la decadencia de virtud que penetra e infecta a la sociedad. Si seguimos al mundo y abandonamos las virtudes cristianas, las consecuencias podrían ser desastrosas. La fe y la fidelidad individual, cuyas consecuencias son eternas, declinarán; habrá un impacto negativo en la solidaridad y la espiritualidad de la familia; la influencia religiosa en la sociedad menguará y se cuestionará la autoridad de la ley, o quizás hasta se ignore. Se habrá plantado el semillero de todo lo que plaga al hombre natural para el total deleite de Satanás. Seguir leyendo

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La forma que se tenía en el pasado de enfrentar el futuro

Conferencia General Octubre 2009
La forma que se tenía en el pasado de enfrentar el futuro
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Las lecciones del pasado… [nos preparan] para afrontar los retos del futuro.

Mi esposa y yo tuvimos el privilegio de asistir al espectáculo al aire libre titulado “Milagro Mormón”, en Manti, Utah, este verano. Una noche, antes de que comenzara el espectáculo, hablamos con los miembros del reparto. Debido al grupo tan numeroso, tuvimos que hablarles en dos sesiones. La representación tenía un reparto de más de ochocientas personas, de las cuales quinientas setenta eran menores de dieciocho años. Este año participaron cien personas más, por lo que las hermanas a cargo del vestuario tuvieron que preparar más trajes; y lo lograron. Fue inspirador ver lo bien organizadas que estaban para ocuparse de cada detalle.

El escenario de la representación es una hermosa colina al pie del Templo de Manti. La noche que vimos el espectáculo había 15.000 personas presentes. Fue emocionante ver a ese ejército de jóvenes y jovencitas captar la visión de la historia de la restauración del Evangelio al representar sus papeles con tanto entusiasmo y espíritu.

Algo que nos encanta hacer cuando vamos a Manti es asistir a una sesión en el templo. Hay un espíritu especial en esos templos más antiguos que se construyeron con el gran sacrificio de aquellos pioneros.

Participar en una sesión del Templo de Manti fue una experiencia emotiva para mí. Me trajo grandes recuerdos de cómo veía en mi mente el Templo de Logan, Utah, antes de que se remodelara y modernizara. Al ir pasando de un cuarto a otro durante la sesión oía a esos pioneros decir: “Miren lo que construimos con nuestras propias manos; no teníamos herramientas eléctricas, ni contratistas, ni subcontratistas cuando lo edificamos. No teníamos grúas sofisticadas para levantar las pesadas piedras; realizamos esta labor contando sólo con nuestra propia fuerza”.

Qué glorioso patrimonio nos han legado aquellos pioneros del condado de Sanpete.

Se ha citado a Ronald Reagan, ex presidente de los Estados Unidos, que dijo en cierta ocasión: “No quiero regresar al pasado; quiero volver a la forma que se tenía en el pasado de enfrentar el futuro” 1 . Su consejo aún resuena en mi interior. Hay algo valioso en repasar las lecciones del pasado para prepararnos para afrontar los retos del futuro. Qué glorioso legado de fe, valor e ingenio nos dejaron aquellos nobles pioneros mormones, sobre el cual podemos edificar. Cuanto más vivo, más profunda es mi admiración por ellos.

Aceptar el Evangelio tuvo como resultado un cambio completo en sus vidas. Dejaron todo atrás: sus casas, sus negocios, sus granjas e incluso sus amados familiares, para viajar hacia el desierto. Debe haber sido una verdadera sorpresa cuando Brigham Young anunció: “Éste es el lugar” 2 . Ante ellos se encontraba un extenso páramo desierto, desprovisto de colinas verdes, árboles y hermosos prados a los que la mayoría de aquellos pioneros estaban acostumbrados. Con fe firme en Dios y en sus líderes, los pioneros volvieron a ponerse a trabajar para establecer hermosas comunidades al abrigo de las montañas.

Muchos pioneros, cansados, apenas habían comenzado a disfrutar de algunas comodidades modestas de la vida cuando Brigham Young los llamó para que dejaran sus hogares y viajaran hacia el este, hacia el oeste, hacia el norte y hacia el sur a fin de colonizar la Gran Cuenca. Así fue como se establecieron las poblaciones del condado de Sanpete: Fairview, Ephraim, Manti, Moroni y Mount Pleasant.

Al regresar de mi visita al condado de Sanpete, sentí el deseo de saber más acerca de sus primeros colonos. Decidí pasar unas horas en la Biblioteca de Historia de la Iglesia y leer un poco sobre la historia de ellos.

Fue en el año 1849, sólo dos años después de llegar al valle de Lago Salado, en que Brigham Young, el gran colonizador del Oeste, llamó a un grupo de santos para que viajaran hacia el sur y comenzaran nuevamente a construir casas y poblaciones en otro páramo desierto. Poco tiempo después de haberse establecido en Sanpete, el presidente Heber C. Kimball, consejero del presidente Brigham Young, visitó a los habitantes de Manti y les prometió que en esa colina que dominaba el valle se construiría un templo con la roca de las montañas que se hallan hacia el este. Seguir leyendo

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Nuestro ejemplo perfecto

Conferencia General Octubre 2009
Nuestro ejemplo perfecto
Presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El mensaje del evangelio restaurado de Jesucristo es que podemos y debemos tener la expectativa de llegar a ser mejores mientras vivamos.

Me siento bendecido por tener la oportunidad de hablarles en este día de reposo. Aunque nuestras circunstancias y experiencias son diferentes, compartimos el deseo de llegar a ser mejores de lo que somos. Puede que haya algunos pocos que equivocadamente piensen que son suficientemente buenos, y otros que hayan abandonado la lucha por tratar de ser mejores pero, para todos, el mensaje del evangelio restaurado de Jesucristo es que podemos y debemos tener la expectativa de llegar a ser mejores mientras vivamos.

Parte de esa expectativa se establece para nosotros en una revelación dada por Dios al profeta José Smith. La misma describe el día en que estaremos frente al Salvador, lo cual nos sucederá a todos. Nos dice qué hacer para prepararnos y lo que debemos esperar.

Está en el libro de Moroni: “Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; para que lleguéis a ser hijos de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él, porque lo veremos tal como es; para que tengamos esta esperanza; para que seamos purificados así como él es puro. Amén” 1 .

Eso debería ayudarles a comprender por qué todo Santo de los Últimos Días creyente es un optimista en cuanto a su futuro, no importa lo difícil que sea el presente. Nosotros creemos que al vivir el evangelio de Jesucristo podemos llegar a ser como el Salvador, que es perfecto. El considerar los atributos de Jesucristo debería aplastar el orgullo de la persona satisfecha de sí misma que piensa que no tiene necesidad de mejorar; y aun la persona más humilde puede encontrar esperanza en la invitación de llegar a ser como el Salvador.

Para mí, la forma en que se producirá esa maravillosa transformación está expresada en una canción que se escribió para los niños. Recuerdo haber observado los rostros en un salón lleno de niños que la cantaron un domingo. Todos los niños estaban inclinados hacia adelante, sentados casi al borde de la silla. Pude ver la luz en sus ojos y la resolución en sus rostros mientras cantaban con entusiasmo. Ustedes también deben haber oído esa canción; espero que resuene para siempre en nuestra memoria. Sólo espero poder darle el sentimiento que le dieron aquellos niños.

Yo trato de ser como Cristo y hacer lo que hizo Él.
El mismo amor que Él mostró yo quiero mostrar también.
Me tienta a veces el mal a obrar,
mas la voz del Espíritu me empieza a hablar,
dice: “Ama a otros cual Cristo te ama.
Sé bondadoso y tierno y fiel”.
Pues esto es lo que Jesús nos enseña.
Yo quiero seguirlo a Él 2 .

A mí me pareció que no sólo estaban cantando, sino que estaban declarando su resolución. Jesucristo era su ejemplo; ser como Él era la meta que se habían fijado; y sus rostros ansiosos y ojos iluminados me convencieron de que ellos no tenían dudas; esperaban lograrlo. Ellos creían que la instrucción del Salvador de ser perfectos no era una esperanza sino un mandamiento y estaban seguros de que Él había preparado el camino.

Esa resolución y confianza puede y debe estar en el corazón de todo Santo de los Últimos Días. El Salvador ha preparado el camino por medio de Su Expiación y Su ejemplo; y aun los niños que cantaron esa canción sabían cómo lograrlo.

El amor es el principio motivador mediante el cual el Señor nos conduce por el camino para llegar a ser como Él, nuestro ejemplo perfecto. Nuestro modo de vivir, hora tras hora, debe estar lleno de ese amor a Dios y del amor por los demás. Eso no es una sorpresa, ya que el Señor los declaró como su primer y segundo grandes mandamientos. El amor a Dios es el que nos llevará a guardar Sus mandamientos; y el amor por los demás nos da la capacidad de obedecerlo. Seguir leyendo

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Sé prudente… a tu alma gobernad

Conferencia General Octubre 2009

Sé prudente… a tu alma gobernad

Presidente Thomas S. Monson

Si deseamos tener un buen espíritu en todo momento, debemos escoger no enojarnos.


Hermanos, estamos reunidos como un poderoso grupo del sacerdocio, tanto aquí en el centro de conferencias como en otras localidades alrededor del mundo. Hemos oído mensajes inspiradores esta noche y expreso mi agradecimiento a los hermanos que nos han dirigido la palabra. Me siento honrado, y a la vez humilde, por el privilegio de hablarles, y ruego que el Señor me brinde Su inspiración.

Hace poco, al mirar las noticias en la televisión, me di cuenta de que muchas de las historias principales eran de naturaleza similar, ya que todas las tragedias que se comentaban básicamente tenían su origen en una emoción: el enojo. El padre de una criatura había sido arrestado por maltrato físico. Se alegaba que el llanto del bebé lo había enfurecido tanto, que le había roto una de las extremidades y varias costillas. El informe de la violencia entre pandillas era alarmante, indicando un brusco aumento en las muertes debido a ella. Otra noticia informaba que el esposo de una mujer, de la que estaba separado, le disparó en un ataque de celos por encontrarla con otro hombre. Y luego, por supuesto, las noticias usuales de guerras y conflictos alrededor del mundo.

Pensé en las palabras del salmista: “Deja la ira y desecha el enojo” 1 .

Hace muchos años, una pareja joven llamó a mi oficina y preguntó si podían venir para que yo los aconsejara. Indicaron que habían sufrido una tragedia en su vida y que su matrimonio estaba en serio peligro. Concertamos una cita.

Cuando entraron en mi oficina, la tensión entre ellos era evidente. Al principio, el esposo me contó la historia con lentitud, hablando pausadamente, mientras la esposa lloraba en silencio y participaba muy poco en la conversación.

El joven había regresado de la misión y lo habían aceptado en una prestigiosa universidad del este de los Estados Unidos. Fue allí, en un barrio de la universidad, donde conoció a su futura esposa; ella también era estudiante de la universidad. Después de un cortejo de un año, viajaron a Utah y se casaron en el Templo de Salt Lake. Poco después volvieron al este a terminar los estudios.

Cuando se graduaron y regresaron a su estado natal, estaban esperando su primer hijo y el esposo tenía un empleo en la profesión que había elegido. La esposa dio a luz a un niño. La vida les sonreía.

Cuando el hijo tenía unos 18 meses, decidieron tomarse unas vacaciones cortas para visitar a familiares que vivían a varios cientos de kilómetros de distancia. Fue en una época en la que los cinturones de seguridad y los asientos para bebés apenas si se conocían, mucho menos se usaban. Los tres miembros de la familia viajaron en el asiento delantero, con el niño en el medio.

En algún momento durante el viaje, el matrimonio comenzó a discutir. Después de tantos años no recuerdo la causa, pero sí recuerdo que la discusión se había intensificado y vuelto tan acalorada que al final se hablaban a gritos. Como es comprensible, eso causó que el niño comenzara a llorar, lo cual, dijo el esposo, sólo lo hizo enfurecer más a él. Perdiendo totalmente el control, tomó un juguete que el niño había dejado en el asiento y lo lanzó en dirección a su esposa.

No le pegó a su esposa, sino que el juguete golpeó al hijo; como resultado, le produjo una lesión cerebral y quedó discapacitado para el resto de la vida.

Ésa fue una de las situaciones más trágicas que jamás había afrontado. Los aconsejé y los alenté. Hablamos sobre el compromiso y la responsabilidad, la aceptación y el perdón. Hablamos del afecto y respeto que debía volver a existir en la familia. Leímos palabras de consuelo de las Escrituras y oramos juntos. Aunque no he sabido nada de ellos desde ese día tan lejano, estaban sonriendo a través de las lágrimas cuando salieron de mi oficina. Todos estos años he tenido la esperanza de que hayan decidido permanecer juntos, reconfortados y bendecidos por el evangelio de Jesucristo.

Pienso en ellos cada vez que leo las palabras: “El enojo no resuelve nada ni edifica nada, pero puede destruirlo todo” 2 .

Todos hemos sentido enojo. Puede que sea cuando las cosas no salgan como queremos, o una reacción a algo que se nos dijo o que se dijo de nosotros. Tal vez lo sintamos cuando las personas no se comportan como quisiéramos, o cuando tenemos que esperar por algo más tiempo de lo que pensábamos. Quizás nos enojemos cuando los demás no pueden ver las cosas desde nuestro punto de vista. Parecería haber innumerables razones para enojarnos.

A veces podemos molestarnos por heridas imaginadas o injusticias concebidas. El presidente Heber J. Grant, séptimo presidente de la Iglesia, contó de una ocasión cuando era joven adulto en la que hizo un trabajo para un hombre que luego le había enviado un cheque por quinientos dólares con una carta disculpándose por no poder pagarle más. Después, el presidente Grant hizo un trabajo para otro hombre que, según dijo, fue diez veces más difícil, requirió diez veces más labor y le llevó mucho más tiempo. Este segundo hombre le envió un cheque por ciento cincuenta dólares. El joven Heber sintió que lo habían tratado injustamente. Primero se sintió insultado, y luego furioso. Seguir leyendo

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Estén listos

Conferencia General Octubre 2009
Estén listos
Presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

La preparación que cuenta la realizarán los jóvenes que tomen decisiones para elevarse a su gran destino como siervos del sacerdocio para Dios.

Dondequiera que esté, de día o de noche, tengo a la mano un pequeño frasco de aceite de oliva. Éste es el que guardo en el cajón de en medio del escritorio donde trabajo. Llevo uno en mi bolsillo cuando trabajo afuera o viajo, y también hay uno en el gabinete de la cocina de casa.

El que tengo en la mano tiene una fecha; es el día en que alguien ejerció el poder del sacerdocio con el fin de consagrar el aceite puro para bendecir y sanar a los enfermos. Los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, e incluso los padres de ellos, tal vez piensen que soy un poco exagerado en mis preparativos.

Pero la llamada durante el día o el golpe en la puerta por la noche siempre llegan de sorpresa y alguien dirá: “Por favor, ¿puede venir pronto?”. En una ocasión, hace años, fue un padre que llamaba desde el hospital. Un auto que iba a una velocidad excesiva había atropellado a su hijita de 3 años al cruzar la calle para ir con su mamá, lanzándola a 15 metros. Cuando llegué al hospital, el padre suplicó que el poder del sacerdocio le preservara la vida. De mala gana los médicos y las enfermeras sólo nos permitieron pasar las manos a través de una barrera de plástico para ponerle una gota de aceite en el único espacio entre las vendas que le cubrían la cabeza. Un doctor, irritado, me dijo: “Apúrense con lo que vayan a hacer; ella se está muriendo”.

Estaba equivocado. Ella vivió, y contrariamente a lo que el médico había dicho, no sólo vivió sino que aprendió a caminar de nuevo.

Cuando recibí la llamada, yo estaba listo. La preparación fue mucho más que tener aceite consagrado al alcance de la mano. Debe comenzar mucho antes de la crisis que requiera el poder del sacerdocio. Los que estén preparados estarán listos para responder.

La preparación comienza en la familia, en los quórumes del Sacerdocio Aarónico y, más que nada, en la vida privada de los jóvenes. Los quórumes y las familias deben ayudar, pero la preparación que cuenta la realizarán los jóvenes que tomen decisiones para elevarse a su gran destino como siervos del sacerdocio para Dios.

El destino de la nueva generación de poseedores del sacerdocio es mucho más que estar preparados para invocar el poder de Dios para sanar a los enfermos; la preparación implica estar preparados para ir y hacer lo que el Señor desea que se haga mientras el mundo se prepara para Su venida. Ninguno de nosotros sabe con exactitud lo que esas tareas serán, pero sí sabemos lo que se requerirá para estar listos, así que, podemos prepararnos.

Lo que necesitarán en ese dramático momento lo obtendrán con el fiel desempeño del servicio obediente. Les diré dos de las cosas que necesitarán y la preparación que se requiere para estar listos.

Lo primero es tener fe. El sacerdocio es la autoridad para actuar en el nombre de Dios, es el derecho de invocar los poderes del cielo. De modo que deben tener fe en que Dios vive y que se han ganado Su confianza para permitirles usar Su poder para Sus propósitos.

Un ejemplo del Libro de Mormón les permitirá ver cómo un hombre llevó a cabo esa preparación. Había un poseedor del sacerdocio llamado Nefi que recibió una difícil asignación del Señor. Dios lo envió a llamar al arrepentimiento a la gente inicua antes de que fuera demasiado tarde para ellos. A causa de la iniquidad y el odio, se estaban matando unos a otros. Ni siquiera su pesar los había humillado lo suficiente para arrepentirse y obedecer a Dios.

Debido a la preparación de Nefi, Dios lo bendijo con poder para cumplir su asignación. Las palabras amorosas de Él, que daban el poder a Nefi, son una guía para nosotros:

“Bienaventurado eres tú, Nefi, por las cosas que has hecho; porque he visto que has declarado infatigablemente a este pueblo la palabra que te he dado. Y no les has tenido miedo, ni te has afanado por tu propia vida, antes bien, has procurado mi voluntad y el cumplimiento de mis mandamientos.

“Y porque has hecho esto tan infatigablemente, he aquí, te bendeciré para siempre, y te haré poderoso en palabra y en hecho, en fe y en obras; sí, al grado de que todas las cosas te serán hechas según tu palabra, porque tú no pedirás lo que sea contrario a mi voluntad.

“He aquí, tú eres Nefi, y yo soy Dios. He aquí, te lo declaro, en presencia de mis ángeles, que tendrás poder sobre este pueblo, y herirás la tierra con hambre, y con pestilencia y destrucción, de acuerdo con la iniquidad de este pueblo. Seguir leyendo

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Dos principios para cualquier economía

Conferencia General Octubre 2009

Dos principios para cualquier economía

Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

A menudo, es en la prueba de la adversidad donde aprendemos las lecciones más importantes que moldean nuestro carácter y forjan nuestro destino.


Al visitar a los miembros de la Iglesia por el mundo, y por medio de los canales establecidos del sacerdocio, recibimos información directa en cuanto a las condiciones y los desafíos de nuestros miembros. Durante años, muchos de nuestros miembros se han visto afectados por desastres mundiales, tanto naturales como los causados por el hombre. Además, estamos al tanto de que las familias han tenido que apretarse el cinturón y están preocupadas por superar esta época de retos.

Hermanos, en verdad nos sentimos muy cerca de ustedes; les amamos y oramos siempre por ustedes. He visto suficientes altibajos a lo largo de mi vida para saber que el frío invierno de seguro dará paso a la calidez y a la esperanza de una nueva primavera. Soy optimista en cuanto al futuro. Hermanos, por nuestra parte, debemos permanecer firmes en la esperanza, trabajar con toda nuestra fuerza y confiar en Dios.

Últimamente he pensado en una época de mi vida en la que el peso de la angustia y la preocupación de un futuro incierto parecían estar siempre presentes. Tenía 11 años y vivía con mi familia en el ático de una granja cerca de Francfort, Alemania. Éramos refugiados por segunda vez en un periodo de unos cuantos años, y estábamos luchando por establecernos en un nuevo lugar lejos de nuestra casa anterior. Podría decir que éramos pobres, pero me quedaría corto. Todos dormíamos en un cuarto tan pequeño que apenas había espacio para caminar entre las camas. En el otro cuartito teníamos algunos muebles sencillos y una estufa que mi madre usaba para cocinar. Para ir de un cuarto al otro, teníamos que pasar por un lugar de almacenamiento donde el dueño guardaba su equipo y herramientas, así como una variedad de carnes y embutidos que colgaban del techo. El aroma siempre me despertaba mucha hambre. No teníamos un cuarto de baño, pero sí una letrina al bajar las escaleras y a unos 15 metros de distancia, aunque parecía estar mucho más lejos durante el invierno.

Por mi condición de refugiado, y debido a mi acento alemán oriental, los demás niños solían burlarse de mí y me decían palabras que herían profundamente. De todas las épocas de mi juventud, pienso que ésa fue probablemente la más desalentadora.

Ahora, varias décadas después, contemplo esos días a través del sereno filtro de la experiencia. Aunque aún recuerdo el dolor y la desesperación, ahora logro percatarme de lo que no podía ver en ese entonces: ése fue un periodo de gran progreso personal. Durante ese tiempo nuestra familia se unió más; observaba y aprendía de mis padres; y admiraba su determinación y optimismo. De ellos aprendí que la adversidad, cuando se afronta con fe, valor y tenacidad, se puede superar.

Sabiendo que algunos de ustedes están pasando por sus propios periodos de angustia y desesperación, deseo hablarles hoy sobre dos importantes principios que me sostuvieron durante ese periodo de formación de mi vida.

El primer principio: Trabajar

Hasta el día de hoy, me siento profundamente impresionado por la forma en que mi familia trabajó ¡tras haberlo perdido todo después de la Segunda Guerra Mundial! Recuerdo a mi padre, empleado público, tanto por estudios como por experiencia, que desempeñó varios trabajos difíciles como minero de carbón, minero de uranio, mecánico y conductor de camiones, entre otros. Salía temprano por la mañana y a menudo regresaba tarde por la noche para sostener a nuestra familia. Mi madre empezó una lavandería y trabajaba incontables horas en labores precarias. Ella nos sumó a mi hermana y a mí al negocio, y me convertí en el servicio de recolección y entrega con mi bicicleta. Me sentía bien al ayudar a la familia en algo pequeño y, aunque no lo supe en ese entonces, el esfuerzo físico fue una bendición también para mi salud.

No fue fácil, pero el trabajo evitó que pensáramos demasiado en las dificultades de nuestras circunstancias. Aunque nuestra condición no cambió de la noche a la mañana, sí cambió. Eso es lo que tiene el trabajo: Si perseveramos en él, firmes y constantes, las cosas seguramente mejorarán.

¡Cuánto admiro a los hombres, las mujeres y los niños que saben trabajar! ¡Cuánto ama el Señor al trabajador! Él dijo: “con el sudor de tu rostro comerás el pan” 1 , y “…el obrero es digno de su salario” 2 . También hizo esta promesa: “…mete tu hoz con toda tu alma, y tus pecados te son perdonados” 3 . Aquellos que no tienen miedo de recogerse las mangas y de consagrarse al logro de metas dignas son una bendición para su familia, la comunidad, la nación y la Iglesia. Seguir leyendo

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Me encantan los muchachos bulliciosos

Conferencia General Octubre 2009
Me encantan los muchachos bulliciosos
Élder Yoon Hwan Choi
De los Setenta

Amemos a nuestros jóvenes, por más que algunos sean ruidosos. Enseñémosles a cambiar su vida.

Me gustaría contarles de un grupo de muchachos bulliciosos que llegaron a mi vida hace muchos años cuando yo era un obispo joven en Seúl, Corea. Eran chicos del vecindario. En ese entonces apenas uno o dos eran miembros de la Iglesia, y eran los únicos de su familia que lo eran. Eran un grupo de amigos que iban a la capilla a jugar y estar juntos. Les gustaba jugar al ping-pong durante la semana y participar en actividades divertidas los sábados. La mayoría no eran aplicados en la escuela y mucha gente los consideraba pendencieros.

Yo era un padre joven con dos hijos varones que en esa época tenían siete y nueve años. No sabía qué hacer por aquellos muchachos. Eran tan alborotadores que una vez mi esposa Bon-Kyoung me pidió que nos mudáramos a otro barrio para que nuestros hijos vieran el buen ejemplo de otros jóvenes. Medité y oré al Padre Celestial para que me ayudara a encontrar la forma de ayudar a esos chicos. Por fin tomé la decisión de tratar de enseñarles cómo cambiar su vida.

Llegó a mi mente una visión muy clara. Percibí que si llegaban a ser misioneros, sus vidas cambiarían. A partir de entonces me entusiasmé mucho y traté de pasar la mayor cantidad de tiempo posible con ellos, enseñándoles la importancia del servicio misional y cómo prepararse para salir a la misión.

En aquellos días fue trasladado a nuestro barrio el élder Seo, un misionero de tiempo completo. Se había criado en la Iglesia y como joven del Sacerdocio Aarónico participó con sus amigos en un coro de hombres jóvenes. Conoció a esos chicos bulliciosos de nuestro barrio. A los que no eran miembros el élder Seo les enseñó las charlas misionales y también algunas canciones que antes cantaba. Con esos muchachos ruidosos formó un cuarteto triple al que llamó Cuarteto Hanaro, que quiere decir “sean uno”. Les gustaba cantar juntos, pero todos necesitábamos mucha paciencia cuando los oíamos.

Nuestro hogar estaba abierto a la visita de los miembros. Los muchachos iban a la casa casi todos los fines de semana y a veces también entre semana. Les dábamos de comer y les enseñábamos, tanto los principios del Evangelio como la aplicación del mismo en sus vidas. Tratamos de darles una visión de su vida futura.

Cantaban cada vez que iban a nuestra casa. Los fuertes sonidos que emitían nos lastimaban los oídos, pero siempre los alabábamos porque oírlos cantar era mucho más placentero que verlos meterse en problemas.

Esas actividades prosiguieron por años. La mayor parte de esos jóvenes maduró en el Evangelio, y se produjo un milagro: con el tiempo, nueve de los muchachos que no eran miembros de la Iglesia se bautizaron. Pasaron de ser chicos bulliciosos y alborotadores a ser valientes jóvenes guerreros 1 .

Sirvieron en misiones, conocieron a hermosas hermanitas en la Iglesia y se casaron en el templo. Naturalmente cada uno enfrentó distintos retos al hacer la misión, seguir los estudios y casarse, pero todos permanecieron fieles porque deseaban obedecer a sus líderes y complacer al Señor. Ahora tienen familias felices con hijos que nacieron en el convenio.

Contando a sus esposas e hijos, nueve chicos bulliciosos se convirtieron en cuarenta y cinco miembros activos del reino del Señor. Ahora son líderes en sus barrios y estacas: uno es obispo, dos prestan servicio en obispados, otro sirve en el sumo consejo y dos más son presidentes de Hombres Jóvenes. Uno de ellos es líder misional de barrio, otro secretario ejecutivo y otro maestro de seminario. Siguen cantando en grupo, y he aquí el otro milagro: ¡en realidad suenan bien! Seguir leyendo

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Para llegar a ser portadores del sacerdocio más poderosos

Conferencia General Octubre 2009
Para llegar a ser portadores del sacerdocio más poderosos
Élder Walter F. González
De la Presidencia de los Setenta

Podemos llegar a ser más poderosos al bendecir las vidas de los hijos e hijas de nuestro Padre Celestial al servir a los demás.

Hace muchos años, un grupo de dignos portadores del sacerdocio enseñaba con gran poder y autoridad. Uno de ellos era tan poderoso que era imposible descreer sus palabras 1 . Estos portadores del sacerdocio ayudaron al pueblo a aprender sobre el Salvador y Su doctrina a fin de ayudarlos a hallar la felicidad. Sus enseñanzas y ejemplos fueron un medio para que las personas experimentaran un gran cambio en sus corazones. Sabemos que miles fueron guiados por ellos al bautismo y a hacer convenios para perseverar hasta el fin 2 . Me refiero a los grandes misioneros del Libro de Mormón, los cuales fueron poderosos portadores del sacerdocio.

Podemos aprender mucho de aquellos hijos de Lehi. Al hacer nosotros lo que hicieron ellos, podemos llegar a ser más poderosos al bendecir las vidas de los hijos e hijas de nuestro Padre Celestial, al servir a los demás, al rescatar a otros y al convertirnos en varones más parecidos a Cristo.

Alma hijo nos enseña una de las cosas que hicieron para llegar a tener tanto éxito: emplearon los registros de los cuales salió el Libro de Mormón. Al entregar a su hijo Helamán los registros que llegarían a ser nuestro Libro de Mormón, le enseñó que sin estas planchas “Ammón y sus hermanos no habrían podido convencer a tantos miles […] sí estos anales y sus palabras los llevaron al arrepentimiento…” 3 .

A través de las planchas, Dios demostró Su poder cumpliendo un propósito, “sí, la restauración de miles […] al conocimiento de la verdad”. Alma procedió a profetizar que Dios “también manifestará aún en ellas su poder a generaciones futuras” 4 . Por tanto, los registros fueron preservados para ustedes y para mí como parte de esas generaciones futuras. Igual que en la antigüedad, al usar el Libro de Mormón podemos ser portadores del sacerdocio más poderosos.

El proceso de sacar a luz el Libro de Mormón no se puede comparar con el de ninguna obra literaria de autor alguno en la historia de la humanidad. Podríamos decir que lo dirigió el “dedo mismo” de nuestro Dios. Durante Su visita a la América antigua, el Señor le pidió a Nefi que le trajeran y pusieran frente a Él los registros que llevaban. Jesús entonces los miró y pidió que se agregaran algunos acontecimientos y pasajes que no estaban en los anales 5 . “Y [el Salvador] dijo: estas escrituras que no habíais tenido con vosotros, el Padre mandó que yo os las diera; porque en su sabiduría dispuso que se dieran a las generaciones futuras” 6 . Siento una gratitud eterna por ser parte de esas generaciones futuras. Soy miembro de la Iglesia hoy en día gracias al Libro de Mormón. Jamás olvidaré lo que sentí cuando, siendo un joven en Uruguay, leí por primera vez ese libro sagrado. No me fue necesario leer mucho de 1 Nefi para experimentar un gozo que no se puede expresar en palabras. Era como si el libro estuviera saturado del Espíritu del Señor y me hizo sentir más cerca de Dios.

Esa experiencia le dio más significado a la declaración del profeta José Smith cuando, refiriéndose al libro, expresó que “un hombre se acercaría más a Dios al seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro” 7 . Reconozco, también, la relevancia de la promesa del presidente Thomas S. Monson cuando dijo que “a medida que leamos el Libro de Mormón y los otros libros canónicos, a medida que pongamos a prueba las enseñanzas, llegaremos a saber de la veracidad de la doctrina, porque es lo que se nos ha prometido; sabremos si es del hombre o de Dios” 8 .

Estas promesas nos dan gozo ahora y en el futuro. Una vez que recibí un testimonio del Libro de Mormón, el sentimiento natural que siguió fue desear aplicar las enseñanzas del libro haciendo convenios. Los hice al bautizarme y ser confirmado miembro de la Iglesia. Estos convenios, efectuados mediante las ordenanzas del sacerdocio, junto con el conocimiento obtenido gracias al Libro de Mormón, me cambiaron la vida.

No ha de sorprender, entonces, que cuando el Salvador visitó la América antigua, además de enseñar doctrina, le dio a Nefi y a otros el poder de bautizar 9 . En otras palabras, la doctrina y las ordenanzas estuvieron de la mano. La aplicación plena de las enseñanzas del Libro de Mormón efectivamente requiere las ordenanzas del sacerdocio con sus convenios correspondientes. Seguir leyendo

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Padres e hijos: Una relación excepcional

Conferenciua General Octubre 2009
Padres e hijos: Una relación excepcional
Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Los padres y los hijos pueden desempeñar un papel muy importante en ayudarse mutuamente a alcanzar su máximo potencial.

Es un panorama maravilloso verlos a todos ustedes, los padres sentados hombro a hombro con sus hijos para escuchar las enseñanzas del Señor y recibir consejo de las Autoridades Generales. Es siempre una alegría unirme a hombres y jóvenes del sacerdocio, pero ver aquí a padres e hijos juntos es algo especial. Es un recordatorio visual de dos de los elementos más poderosos de nuestra teología: el sacerdocio y la familia. El sacerdocio es el poder divino mediante el cual las familias son selladas por la eternidad. Todo en el evangelio restaurado de Jesucristo, incluso las ordenanzas del santo templo, se centra en la posibilidad de que las familias individuales lleguen a formar parte de la familia eterna de Dios.

Esta noche quisiera hablarles a ustedes, padres e hijos, sobre la forma en que se hablan el uno al otro. No existe otra relación como la que puede y debe existir entre un muchacho y su papá. Puede ser una de las relaciones más afectivas y gozosas de la vida, una que puede tener un profundo impacto en lo que tanto los hijos como los padres lleguen a ser. Ahora bien, comprendo que algunos de los jóvenes no tienen padres con quienes puedan tener este tipo de conversaciones; y algunos de ustedes, los hombres, no tienen hijos o han perdido a sus hijos debido a un accidente o una enfermedad. Pero mucho de lo que diré esta noche se aplica a los tíos, abuelos, líderes del sacerdocio y otros consejeros que en ocasiones llenan el vacío de esas importantes relaciones entre padre e hijo.

Como saben, todos estamos en una jornada. Los papás ya han avanzado un poco más por el camino, pero ninguno de nosotros ha llegado todavía al destino final. Todos estamos en el proceso de llegar a ser lo que algún día seremos. Los padres y los hijos pueden desempeñar un papel muy importante en ayudarse mutuamente a alcanzar su máximo potencial.

Sé que la relación entre padres e hijos nunca es perfecta, pero todo lo que voy a sugerirles esta noche es posible si ponen empeño para que así sea.

Jóvenes: ustedes son el orgullo y la alegría de su padre. En ustedes ellos ven un futuro prometedor y la esperanza de una versión mejor, perfeccionada, de sí mismos. Los logros de ustedes les producen gran alegría; las preocupaciones y los problemas de ustedes también son los de ellos.

Padres: para los hijos, ustedes son el modelo principal de hombría. Son el mentor de mayor importancia para ellos y, aunque no lo crean, ustedes son el héroe de ellos en incontables formas. Sus palabras y su ejemplo tienen gran influencia en ellos.

Esta noche quiero dar a los jóvenes tres sugerencias sencillas de cómo sacar el máximo provecho de la relación con su padre. Luego, quiero dar a los padres tres sugerencias en cuanto a relacionarse y comunicarse con sus hijos.

A ustedes, poseedores del Sacerdocio Aarónico: pienso que al hacer estas tres cosas lograrán que la relación con su padre sea aún mejor de lo que es ahora.

Primero, confíen en su padre. Él no es perfecto, pero los ama y nunca haría nada que no pensara que fuese para beneficio de ustedes. Así que, hablen con él; exprésenle sus pensamientos y sentimientos, sus sueños y temores. Cuanto más sepa él sobre la vida de ustedes, más posibilidades tiene de comprender sus preocupaciones y de darles buenos consejos. Al confiar en su papá, él sentirá la responsabilidad de esa confianza y se esforzará más que nunca por comprender y ayudar. Como padre, él tiene el derecho a recibir inspiración para ustedes. Los consejos que les dé serán expresiones sinceras de alguien que los conoce y los ama. Lo que más desea su papá es que sean felices y que tengan éxito; entonces, ¿por qué no confiar en alguien así? Muchachos, confíen en su papá.

Segundo, interésense por la vida de su padre. Pregúntenle en cuanto a su trabajo, sus intereses, sus metas. ¿Cómo decidió dedicarse al trabajo que realiza? ¿Cómo era él cuando tenía la edad de ustedes? ¿Cómo conoció a la mamá de ustedes? Conforme aprendan más de él, quizá se den cuenta de que conocer las experiencias que él tuvo les ayude a comprender mejor por qué responde él de la manera que lo hace. Obsérvenlo. Presten atención a la forma en que trata a la mamá de ustedes. Fíjense cómo cumple con sus llamamientos en la Iglesia; cómo se relaciona con otras personas. Les sorprenderá lo que aprenderán de él simplemente por observarlo y escucharlo. Piensen en lo que no saben de él y averígüenlo. Con lo que aprendan, aumentará el amor y la admiración por él y lo comprenderán mejor. Jóvenes, interésense en la vida de su papá. Seguir leyendo

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Los fundamentos de fe

Conferencia General Abril 2017
Los fundamentos de fe
Por el élder Quentin L. Cook
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Mi ruego es que hagamos los sacrificios y tengamos la humildad necesaria para fortalecer los fundamentos de nuestra fe en el Señor Jesucristo.

Esta ha sido una magnífica conferencia general. Ciertamente, hemos sido edificados. Si hay un objetivo preeminente en las conferencias generales, este consiste en edificar la fe en Dios el Padre y en nuestro Salvador, Jesucristo.

Mi mensaje trata sobre los fundamentos de esa fe.

Las bases o los fundamentos de una persona, tal como sucede con otros objetivos dignos, por lo general se construyen lentamente, capa por capa, experiencia por experiencia; un desafío, un fracaso o un éxito a la vez. Una de las experiencias físicas que más atesoramos es cuando un niño da sus primeros pasos; es algo magnífico de contemplar. La expresión de su rostro —una mezcla de determinación, gozo, sorpresa y logro— indica que se trata de un acontecimiento trascendental.

En nuestra familia destacamos un acontecimiento de naturaleza similar. Cuando nuestro hijo menor tenía unos cuatro años, entró en la casa y anunció a la familia con gran regocijo y orgullo: “Ya sé hacer todo.Sé atar, sé conducir y sé subir la cremallera [cierre]”. Entendimos que se refería a que ya podía atarse los zapatos, conducir su triciclo de ruedas grandes y podía cerrar la cremallera de su abrigo. Nos dio risa, pero comprendimos que, para él, estas cosas eran logros monumentales. Él pensaba que realmente se había convertido en una persona adulta.

El desarrollo físico, mental y espiritual de una persona tienen mucho en común. El desarrollo físico es bastante fácil de percibir. Comenzamos con pequeños pasos de bebé y progresamos día tras día, año tras año, creciendo y desarrollándonos hasta alcanzar nuestra estatura física definitiva; El desarrollo es diferente para cada persona.

Cuando vemos la actuación de un gran atleta o de un músico virtuoso, usualmente decimos que esa persona es muy talentosa, lo cual suele ser cierto, pero su actuación es producto de muchos años de preparación y práctica. Un autor muy conocido, Malcolm Gladwell, lo ha denominado: la regla de las 10,000-horas. Los investigadores han determinado que es necesario practicar esa cantidad de tiempo en los deportes, la música, el mundo académico, las profesiones especializadas, la medicina, el derecho, etc. Uno de esos expertos afirma “que se requieren diez mil horas de práctica para alcanzar el nivel de maestría que permite otorgar reconocimiento mundial como experto en cualquier campo”1.

La mayoría de las personas entienden que tal preparación y práctica es esencial para alcanzar un rendimiento óptimo en lo físico y lo mental.

Lamentablemente, en un mundo cada vez más secular se pone menos énfasis en la cantidad de preparación espiritual necesaria para llegar a ser más como Cristo y para establecer los fundamentos que conducen a una fe duradera. Nosotros tendemos a realzar los momentos sublimes en los que hemos recibido entendimiento espiritual. Esas son ocasiones preciadas en las que sabemos que el Espíritu Santo nos ha confirmado verdades espirituales especiales al corazón y a la mente. Nos regocijamos en esas ocasiones, y no debemos restarles importancia de ninguna manera, pero para tener una fe duradera y la compañía constante del Espíritu, no hay nada que reemplace el desarrollo religioso personal, el cual es comparable al desarrollo físico y mental. Debemos edificar sobre esas experiencias que, a veces, se asemejan a los pasos iniciales de un bebé. Eso lo logramos al comprometernos sagradamente a asistir a las reuniones sacramentales, a estudiar las Escrituras, a orar y a servir según se nos haya llamado. En una esquela fúnebre reciente acerca de un padre de 13 hijos, se informaba que su “lealtad hacia la oración diaria y el estudio de las Escrituras influyeron profundamente en sus hijos, otorgándoles un fundamento inquebrantable de fe en el Señor Jesucristo”2.

Tuve una experiencia a los 15 años que fue fundamental para mí. Mi fiel madre se había esforzado valientemente por ayudarme a establecer los fundamentos de fe en mi vida. Yo asistía a las reuniones sacramentales, la Primaria, los Hombres Jóvenes y Seminario. Había leído el Libro de Mormón y siempre había orado personalmente. En aquel entonces, pasamos por una experiencia intensa como familia, cuando mi hermano mayor estaba considerando la posibilidad de servir en una misión. Mi maravilloso padre, que era un miembro menos activo de la Iglesia, quería que él prosiguiera con sus estudios y no sirviera en una misión. Ese asunto se convirtió en un tema de contención.

En una memorable conversación que tuvimos con mi hermano, que era cinco años mayor que yo y que dirigió esa conversación, concluimos que la decisión de servir en una misión dependía de tres asuntos: (1) ¿Era Jesús un ser divino? (2) ¿Era verdadero el Libro de Mormón?(3) ¿Era José Smith el Profeta de la Restauración?

Esa noche, al orar sinceramente, el Espíritu me confirmó la veracidad de las tres preguntas. Llegué también a entender que casi todas las decisiones que tomaría el resto de mi vida se basarían en las respuestas a esas tres preguntas. En particular, comprendí que la fe en el Señor Jesucristo era esencial. Al mirar atrás, reconozco que, gracias a mi madre, principalmente, conté con los fundamentos en mi vida para recibir una confirmación espiritual aquella noche. Mi hermano, que ya tenía un testimonio, tomó la decisión de servir en una misión y, finalmente, obtuvo el apoyo de nuestro padre.

La guía espiritual se recibe cuando se necesita, en el tiempo del Señor y de acuerdo con Su voluntad3. El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo es un ejemplo excelente. Hace poco contemplé un ejemplar de la primera edición de El Libro de Mormón. José Smith había terminado la traducción cuando tenía 23 años. Sabemos algunas cosas sobre el proceso y los instrumentos que utilizó en esa traducción. En esa primera impresión de 1830, José incluyó un breve prefacio, y declaró simple y claramente que fue traducido “por el don y el poder de Dios”4. ¿Y qué hay de las ayudas para traducir: el Urim y Tumim y las piedras de vidente? ¿Eran imprescindibles o sirvieron de apoyo, como las ruedas laterales de una bicicleta infantil, hasta que José pudo ejercer la fe necesaria para recibir revelación más directamente?5. Seguir leyendo

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