Predicad Mi Evangelio: La herramienta unificadora entre miembros y misioneros

Conferencia General Octubre 2007
Predicad Mi Evangelio: La herramienta unificadora entre miembros y misioneros
Élder Erich W. Kopischke
De los Setenta

Los misioneros y los miembros deben… ser uno en nuestra labor de proclamar el Evangelio

No hace mucho, invitamos a dos misioneras a almorzar. Después de comer, les pedimos que dejasen con nosotros un pensamiento espiritual. Estaban bien preparadas y nos presentaron una actividad para leer y marcar las Escrituras. Habían llevado consigo un ejemplar nuevo del Libro de Mormón y un juego de lápices de colores. Aceptamos la invitación y, desde entonces, la lectura diaria de las Escrituras en familia del Libro de Mormón ha cambiado. En cada capítulo, marcamos con diferentes colores los pasajes que hablan de Jesucristo a medida que los encontramos. Ese pequeño ejercicio siempre nos hace recordar a las misioneras.

Cuando nos presentaron esa actividad, de inmediato la reconocimos como una actividad de estudio de las Escrituras que se recomienda en Predicad Mi Evangelio. Como familia, estamos muy agradecidos por esta magnífica y poderosa herramienta misional.

En los últimos tres años, los misioneros han estado utilizando Predicad Mi Evangelio por todo el mundo y, en verdad, eso ha revolucionado la obra misional. La gran visión del presidente Hinckley se está llevando a cabo: los misioneros “domina[n] los conceptos de las lecciones” y “[los enseñan] en sus propias palabras bajo la guía del Santo Espíritu” (“El servicio misional”, Reunión Mundial de Capacitación de Líderes, 11 de enero de 2003, pág. 21).

Al entregarse de lleno a Predicad Mi Evangelio, los misioneros aprenden y ponen en práctica doctrinas y principios importantes que les permiten ser más capaces en su valioso servicio. A pesar de eso, siguen necesitando toda nuestra ayuda y apoyo. Únicamente juntos podemos cumplir con el gran mandato que se ha dado a los Apóstoles antiguos y modernos: “Id por todo el mundo y predicad mi evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).

Para alcanzar el éxito en esa labor, debemos ser uno con los misioneros y debemos entendernos unos a otros. ¿Entienden ustedes siempre a los misioneros? No me refiero al idioma, sino a cómo efectúan la obra misional. Los vemos y observamos al invitar a las personas a escuchar su mensaje; enseñan los principios del Evangelio e invitan a aquellos que están interesados a cambiar su vida, a bautizarse y a ser confirmados miembros de la Iglesia.

Si deseamos entender y ayudar a nuestros misioneros, debemos tener fe, tal como ellos la tienen, debemos pensar como ellos piensan y sentir lo que ellos sienten. ¿Cómo podemos lograrlo?

Una manera importante, por supuesto, es estar con los misioneros y observar lo que hacen; pero otra manera es familiarizarnos con Predicad Mi Evangelio y aprender más de la obra misional. Desde que el presidente McKay dijo: “Todo miembro un misionero” (en Conference Report, abril de 1959, pág. 122), los miembros se han estado esforzando por ser más activos en dar a conocer el Evangelio. En Predicad Mi Evangelio, tenemos una maravillosa guía para ayudarnos a responder mejor a esa invitación. Nuestro estudio personal de Predicad Mi Evangelio no sólo nos ayudará a desarrollar un mayor entendimiento y aprecio por nuestros misioneros, sino que también nos ayudará en nuestra vida cotidiana.

Cada miembro de nuestra familia tiene su propio ejemplar de Predicad Mi Evangelio. El estudio de esta guía es de gran ayuda para desarrollar un fuerte testimonio; nos ayuda a entender los principios fundamentales del Evangelio y a tener el deseo de prestar servicio. Permítanme un momento para hacer hincapié en algunos de los encabezamientos de Predicad Mi Evangelio (2004, III), y entenderán a lo que me refiero: Seguir leyendo

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Un corazón quebrantado y un espíritu contrito

Conferencia General Octubre 2007
Un corazón quebrantado y un espíritu contrito
Élder Bruce D. Porter
De los Setenta

Los que tienen un corazón quebrantado y un espíritu contrito están dispuestos a hacer todo lo que Dios les pida.

¡Cuánto aprecio al élder Joseph B. Wirthlin! En 1899, el poeta Rudyard Kipling escribió al imperio británico la siguiente amonestación sobre el orgullo:

Vano poder los reinos son;
huecos los gritos y el clamor.
Constante tu sacrificio de antaño,
corazón compungido y humillado.
(“God of Our Fathers, Known of Old”, Hymns, Nº 80).

Al hacer referencia al corazón compungido como un “sacrificio de antaño”, es probable que Kipling haya pensado en las palabras del rey David, del Salmo 51: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; [el] corazón contrito y humillado” (versículo 17). Las palabras de David demuestran que desde la época del Antiguo Testamento, los del pueblo del Señor ya entendían que debían entregar sus corazones a Dios, que solamente las ofrendas de holocausto no eran suficientes.

Los sacrificios que fueron ordenados en la dispensación de Moisés eran una representación simbólica del sacrificio expiatorio del Mesías, que era el único que podía reconciliar al hombre pecador con Dios, tal como lo enseñó Amulek: “Y he aquí, éste es el significado entero de la ley, pues todo ápice señala a ese gran y postrer sacrificio… el Hijo de Dios” (Alma 34:14).

Después de Su resurrección, Jesucristo declaró al pueblo del Nuevo Mundo:

“…vuestros sacrificios y vuestros holocaustos cesarán, porque no aceptaré ninguno de [ellos]…

“Y me ofreceréis como sacrificio un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Y al que venga a mí con un corazón quebrantado… lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo…” (3 Nefi 9:19–20).

¿Qué son un corazón quebrantado y un espíritu contrito? ¿Y por qué se consideran un sacrificio?

Como en todas las cosas, la vida del Salvador nos ofrece el ejemplo perfecto: A pesar de que Jesús de Nazaret era sin pecado, vivió con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, tal como lo demuestra por medio de Su sumisión a la voluntad del Padre. “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38); dijo a Sus discípulos: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Y cuando llegó la hora de hacer el sacrificio final que formaba parte de la Expiación, Cristo no rehusó beber la amarga copa sino que se sometió totalmente a la voluntad de Su Padre. Seguir leyendo

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El gran mandamiento

Conferencia General Octubre 2007
El gran mandamiento
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Cuando ayudamos al más pequeño de los hijos de nuestro Padre Celestial, lo ayudamos a Él.

Hermanos y hermanas, quisiera hacer una pregunta muy importante. ¿Qué cualidad nos define mejor como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días?

Hoy deseo hablar acerca de la respuesta a esa pregunta.

En el siglo I a. de C., los miembros de la creciente Iglesia en Corinto estaban entusiasmados con el Evangelio. Casi todos eran conversos recientes a la Iglesia; muchos habían llegado atraídos por la predicación del apóstol Pablo y de otras personas.

Sin embargo, los santos de Corinto también eran contenciosos y discutían entre ellos. Algunos se sentían superiores a los demás, y se llevaban a juicio los unos a los otros.

Cuando Pablo se enteró de eso, con un sentimiento de frustración les escribió una epístola suplicándoles que estuvieran más unidos. Les respondió muchas de las preguntas por las que habían estado discutiendo y al final de su misiva les dijo que deseaba mostrarles “un camino aún más excelente” 1 .

¿Recuerdan las palabras que escribió después?

“Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe” 2 .

El mensaje de Pablo a este nuevo grupo de santos fue simple y directo: nada de lo que hagan tendrá gran influencia si no tienen caridad. Pueden hablar en lenguas, tener el don de profecía, entender todos los misterios y poseer toda ciencia, y aun cuando tengan la fe para mover montañas, si no tienen amor, de nada les sirve 3 .

“La caridad es el amor puro de Cristo” 4 . El Salvador ejemplificó ese amor y lo enseñó aún mientras lo atormentaban aquellos que lo odiaban y lo despreciaban.

En una ocasión, los fariseos intentaron tenderle una trampa a Jesús al preguntarle algo que parecía imposible de responder: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?” 5 .

Los fariseos habían discutido muchas veces esa pregunta, y habían encontrado más de 600 mandamientos 6 . Si el ponerlos en orden de importancia había sido una labor sumamente difícil para los eruditos, seguramente pensaron que para el hijo de un carpintero de Galilea, la pregunta sería imposible de contestar.

Más cuando los fariseos oyeron Su respuesta, debieron haber quedado preocupados, pues ésta indicaba la gran flaqueza de ellos. Él respondió:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” 7 .

Desde aquel día, esa declaración inspirada se ha repetido a través de muchas generaciones; mas para nosotros, la medida de nuestro amor es la medida de la grandeza de nuestra alma.

Las Escrituras nos dicen que “si alguno ama a Dios, es conocido por él” 8 . Qué maravillosa promesa: ser conocido por Él. De pensar que el Creador del cielo y de la tierra podría conocernos y amarnos con un amor puro y eterno, se eleva nuestro espíritu.

En 1840, el profeta José envió una epístola a los Doce Apóstoles, en la cual les enseñó que “El amor es una de las características principales de la Deidad, y deben manifestarlo quienes aspiren a ser hijos de Dios. Un hombre lleno del amor de Dios no se conforma con bendecir solamente a su familia, sino que va por todo el mundo anheloso de bendecir a toda la raza humana” 9 .

Al amar a los que nos rodean, cumplimos con la otra mitad del gran mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” 10 .

Ambos mandamientos son necesarios, ya que al sobrellevar los unos las cargas de los otros, cumplimos con la ley de Cristo 11 .

El amor es el comienzo, la mitad y el final del sendero de un discípulo; el cual consuela, aconseja, cura y reconforta, y nos guía a través del valle de tinieblas y del velo de la muerte. Al final, el amor nos conduce a la gloria y a la grandeza de la vida eterna.

Para mí, el profeta José Smith siempre ha sido un ejemplo del amor puro de Cristo. Muchas personas preguntaron por qué él tenía tanta gente que le seguía y podía retenerlos, y su respuesta fue: “Es porque poseo el principio del amor” 12 .

Se cuenta el relato de un joven de catorce años que había llegado a Nauvoo en busca de un hermano suyo que vivía cerca de allí. El muchacho había llegado en invierno, sin dinero ni amigos. Al preguntar por su hermano, lo llevaron a una casa grande que se asemejaba a un hotel, donde conoció a un hombre que le dijo: “Pasa, hijo, nosotros cuidaremos de ti”.

El muchacho aceptó y entró en la casa, donde le dieron de comer, calor y un lecho donde dormir.

Al día siguiente hacía mucho frío, pero a pesar de ello, el muchacho se preparó para recorrer los 13 kilómetros que le separaban de su hermano.

Cuando el hombre de la casa lo vio, le dijo que aguardara un rato, pues no tardaría en llegar una diligencia que le podría llevar.

Cuando el jovencito manifestó que no tenía dinero, el hombre le dijo que no se preocupara por eso, ya que ellos se ocuparían de él.

Tiempo después, aquel muchacho supo que el hombre de la casa no era otro que José Smith, el profeta mormón. Ese joven recordó aquel acto de caridad por el resto de su vida 13 .

En un mensaje reciente del programa Música y palabras de inspiración del Coro del Tabernáculo Mormón, se habló acerca de un matrimonio de ancianos que estuvieron casados por muchas décadas. Al ir la esposa perdiendo paulatinamente la vista, no podía cuidar de sí misma como lo había hecho durante tantos años. Sin que ella se lo pidiera, el esposo comenzó a pintarle las uñas de las manos.

“Él sabía que ella podía verse las uñas si se las acercaba a los ojos, desde el ángulo correcto, y que el vérselas la hacía sonreír. Como a él le gustaba verla feliz, siguió pintándole las uñas por más de cinco años, hasta que ella falleció” 14 .

Ése es un ejemplo del amor puro de Cristo. A veces el amor más grande no se halla en las escenas dramáticas que inmortalizan los poetas y los escritores, sino que con frecuencia las mayores muestras de amor son los simples actos de bondad y atención que brindamos a aquellos con quienes nos cruzamos en el camino de la vida.

El amor verdadero dura para siempre. Es eternamente paciente y comprensivo. Todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. Ése es el amor que nuestro Padre Celestial tiene por nosotros.

Todos deseamos sentir un amor así. A pesar de los errores que cometemos y aun cuando no lo merezcamos, esperamos que los demás nos amen a pesar de nuestros defectos.

¡Oh, qué maravilloso es saber que nuestro Padre Celestial nos ama, a pesar de nuestras debilidades! Su amor es tal que aun si nosotros nos diésemos por vencidos, Él jamás lo haría.

Vemos de nosotros mismos el pasado y el presente, pero nuestro Padre Celestial nos contempla con una perspectiva eterna. Aun cuando nosotros nos contentaríamos con menos, nuestro Padre Celestial no, pues Él nos ve como los seres gloriosos que podemos llegar a ser. Seguir leyendo

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Fe, familia, hechos y frutos

Conferencia General Octubre 2007
Fe, familia, hechos y frutos
Por el élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El incremento en la prominencia de la Iglesia y la cantidad cada vez mayor de indagaciones que recibimos nos presentan excelentes oportunidades de formar puentes de comunicación, de hacer amigos y de ofrecer información correcta.

Hermanos y hermanas, desde 1997, el sesquicentenario de la llegada de los pioneros, ha habido un extraordinario aumento de indagaciones sobre la Iglesia por todo el mundo. Lo que provoca ese interés creciente es nuestro rápido crecimiento, algunos acontecimientos como los Juegos Olímpicos de invierno en Salt Lake City y la prominencia de muchos de nuestros miembros en sus respectivas profesiones.

Estoy seguro de que esas indagaciones no sólo llegan a la Iglesia sino también a ustedes, los miembros, y no es fácil explicar algo tan extenso como nuestra Iglesia o tan maravilloso como el Evangelio restaurado a personas que saben poco o nada de nosotros. Incluso las preguntas sobre un aspecto determinado pueden ser difíciles de contestar debido a que cada una parece estar conectada con otras. La petición más común que oímos es una bastante sencilla, algo así como: “Hábleme un poco sobre su religión”. En este caso, la clave está en la expresión un poco. No nos piden: “Dígame todo lo que usted sepa, y mándeme a alguien que me diga todo lo demás”.

Por supuesto, aceptamos con agrado el interés de la gente, y habrá muchas personas que querrán que se les enseñe más sobre nuestras doctrinas y creencias. Es por eso que tenemos más de 53.000 misioneros de tiempo completo que prestan servicio por todo el mundo pagando sus propios gastos.

Pero debemos recordar que existe una diferencia entre el interés y la simple curiosidad. A veces, la gente sólo quiere saber en qué consiste la Iglesia; los que sienten esa curiosidad general merecen recibir información clara y exacta que provenga directamente de nosotros, los miembros, a fin de que no tengan que basarse en las respuestas incompletas, las medias verdades o las afirmaciones falsas que provengan de los medios de comunicación u otras fuentes externas. Las muchas malas interpretaciones e informaciones falsas que hay sobre la Iglesia son, hasta cierto punto, culpa nuestra, por no explicar claramente quiénes somos y en qué creemos.

El Comité de Asuntos Públicos, en el cual presto servicio, ha llegado a la conclusión de que es sumamente importante dar explicaciones claras y sencillas que presenten la Iglesia tal como es actualmente a los que tengan curiosidad en cuanto a los puntos básicos sobre la Iglesia. Quisiera hablarles de algunas de las cosas que nos han resultado útiles. Tal vez ustedes deseen preparar sus propias listas de temas que les ayuden a explicar lo que creemos a sus amigos y conocidos de otras religiones. Quizás les sea de utilidad, como lo es para mí, tener preparada una página con algunos aspectos de la Iglesia como es actualmente, para dársela junto con una copia de los Artículos de Fe.

Hay cuatro temas que contribuirán en la actualidad a que una persona obtenga una comprensión básica de la Iglesia. Bajo cada uno de los cuatro títulos hay explicaciones sencillas que me han resultado útiles; traten de imaginar que la persona que las lea no sepa prácticamente nada acerca de nosotros. Los cuatro temas principales que deben tratarse tienen que ver con los hechos, la fe, la familia y los frutos del Evangelio restaurado.

Los hechos

Algunos de los hechos son:

• Primero, “mormona” es un apodo de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Muchas veces, la gente se refiere a los miembros como “mormones” o “Santos de los Últimos Días”: La palabra “santo” significa “miembro”.

• Segundo, la Iglesia se restauró en 1830, en el norte del estado de Nueva York, con José Smith como su primer Profeta y Presidente. Actualmente, su sede se halla en Salt Lake City, y el presidente Gordon B. Hinckley es el profeta actual. Seguir leyendo

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Señora Patton: La historia continúa

Conferencia General Octubre 2007
Señora Patton: La historia continúa
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Estoy seguro de que nuestro Padre Celestial tenía presente las necesidades de ella y deseaba que escuchara las reconfortantes verdades del Evangelio.

Hoy extraño a mi colega James E. Faust; expreso mi amor a su querida esposa y a su familia y estoy seguro de que está sirviendo al Señor en otro lugar. Les doy la bienvenida a las nuevas Autoridades Generales que hemos sostenido, el presidente Eyring, el élder Cook y el élder González y deseo asegurarles que tienen mi total apoyo.

Hace treinta y ocho años, en una Conferencia General que se llevó a cabo en el Tabernáculo de la Manzana del Templo, hablé acerca de un amigo de la niñez, Arthur Patton, que murió cuando era joven. El discurso se titulaba “Señora Patton, Arthur vive” 1 . Dirigí mis palabras a la madre de Arthur, la señora Patton, que no era miembro de la Iglesia. A pesar de que tenía pocas esperanzas de que la señora Patton oyera mi discurso, deseaba compartir con todos aquellos que me estuvieran escuchando el glorioso mensaje de esperanza y de amor del Evangelio. Últimamente he sentido la impresión de volver a mencionar a Arthur y de relatarles lo que ocurrió después de mi mensaje original.

Primero, permítanme hablarles de Arthur. Tenía el cabello rubio, ondulado y una sonrisa muy amplia. Era más alto que cualquier otro muchacho de la clase. Supongo que por eso, en 1940, cuando el gran conflicto que llegó a ser la Segunda Guerra Mundial se extendía por la mayor parte de Europa, Arthur pudo engañar al personal de reclutamiento y alistarse en la Marina a la tierna edad de quince años. Para Arthur y para la mayoría de los muchachos, la guerra era una gran aventura. Recuerdo cuán apuesto lucía en el uniforme de la Marina. Cómo deseábamos ser mayores, o por lo menos más altos, para poder alistarnos nosotros también.

La juventud es una época muy especial de la vida. Longfellow escribió:

¡Hermosa es la juventud!
¡De brillante resplandor,
de ilusiones, aspiraciones y sueños de fervor!
Libro de comienzos, de historia sin fin,
¡Una heroína en toda joven, y en todo hombre un amigo afín! 2
(traducción libre).
La madre de Arthur estaba muy orgullosa de la estrella azul que adornaba la ventana de la sala de estar, ya que le indicaba a todo el que pasaba frente a la casa que su hijo llevaba el uniforme de su patria y que servía activamente. Cuando yo pasaba por su casa, ella solía abrir la puerta y me invitaba a pasar para leer la carta más reciente de Arthur. Los ojos se le llenaban de lágrimas, tras lo cual me pedía que la leyera en voz alta. Arthur lo era todo para esa madre viuda.

Aún puedo ver las ásperas manos de la señora Patton en el momento en que, con cuidado, volvía a guardar la carta en el sobre. Eran manos trabajadoras; ella limpiaba las oficinas de un edificio del centro de la ciudad. Cada día de su vida, excepto los domingos, se la veía caminar a lo largo de la acera, con el balde y el cepillo en la mano, con el cabello cano recogido en un rodete, con los hombros cansados de trabajar y caídos por la edad.

En marzo de 1944, en pleno furor de la guerra, Arthur recibió un traslado del buque destructor U.S.S. Dorsey al portaaviones U.S.S. White Plains. Mientras estaba en Saipán, en el Pacífico Sur, el barco fue atacado. Arthur, que estaba a bordo, fue uno de los que se perdieron en el mar.

La estrella azul que estaba en la ventana del frente de la casa de los Patton se quitó de su lugar sagrado y se reemplazó con una dorada, que indicaba que aquel al que representaba la estrella azul había muerto en la batalla. En la vida de la señora Patton se apagó una luz, dejándola en total oscuridad y profunda desesperación.

Con una oración en el corazón, me acerqué a la conocida entrada de la familia Patton, preguntándome qué palabras de consuelo podrían salir de los labios de un jovencito.

La puerta se abrió y la señora Patton me abrazó como si fuese su propio hijo. Aquel hogar se tornó en capilla cuando una angustiada madre y un jovencito inseguro se arrodillaron a orar.

Al ponernos de pie, la señora Patton me miró a los ojos y dijo: “Tommy, no pertenezco a ninguna iglesia, pero tú sí; dime, ¿volverá a vivir Arthur?”. Lo mejor que pude, le testifiqué que Arthur en verdad volvería a vivir.

En la Conferencia General de hace tantos años, al contar este relato, mencioné que había perdido contacto con la señora Patton, pero que una vez más quería dar respuesta a su pregunta: “¿Volverá a vivir Arthur?”.

Mencioné al Salvador del mundo, que anduvo por los polvorientos caminos de los pueblos a los que reverentemente llamamos la Tierra Santa; que hizo al ciego ver, al sordo oír, al cojo caminar y a los muertos vivir; a Aquél que con ternura y amor nos aseguró: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” 3 .

Expliqué que el plan de la vida y una explicación de su curso eterno los recibimos del Maestro de los cielos y de la tierra, sí, Jesucristo el Señor. Para comprender el significado de la muerte, debemos entender el propósito de la vida.

Indiqué que en esta dispensación, el Señor declaró: “Y ahora, de cierto os digo, yo estuve en el principio con el Padre, y soy el Primogénito” 4 . “También el hombre fue en el principio con Dios” 5 .

Jeremías el profeta registró:

“Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo:

“Antes que te formase… te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” 6 . Seguir leyendo

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¿No tenemos razón para regocijarnos?

Conferencia General Octubre 2007
¿No tenemos razón para regocijarnos?
Élder Dieter F. Uchtdorf
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Ésta es una religión llena de gozo, de esperanza, fortaleza y liberación.

Todavía me deleito en el maravilloso espíritu que sentimos esta mañana cuando cantamos juntos:

Ya regocijemos; es día bendito;
ya no sufriremos pesar y aflicción.
El gran evangelio se está proclamando.
(“Ya regocijemos”, Himnos, Nº 3).

Estas palabras del hermano William W. Phelps denotan un marcado contraste con la tendencia del mundo de concentrarse en las malas noticias. Es cierto que vivimos en una época predicha en las Escrituras como un día de “guerras, rumores de guerras y terremotos en diversos lugares” (Mormón 8:30), cuando “… toda la tierra estará en conmoción, y desmayará el corazón de los hombres…” (D. y C. 45:26).

Pero, ¿cómo influye eso en nosotros como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días? ¿Vivimos con temor, miedo y preocupación? ¿O no tenemos razón para regocijarnos en medio de todas nuestras tribulaciones?

Todos pasamos por diferentes experiencias en la vida; algunas están llenas de gozo y otras de pesar e incertidumbre.

Recuerdo una época, cuando era niño, en que mi familia se encontraba en una situación muy difícil. Era el invierno de 1944, uno de los más fríos durante la Segunda Guerra Mundial. El frente de guerra se acercaba a nuestro pueblo y mi madre tuvo que huir con nosotros, dejar atrás todas nuestras posesiones y unirse, junto con sus cuatro hijos, a los millones de refugiados en su búsqueda desesperada de un lugar donde sobrevivir. Nuestro padre todavía estaba en el ejército, pero él y mi madre habían acordado que si alguna vez llegaban a separarse durante la guerra, intentarían reunirse en el pueblo natal de mis abuelos. Pensaban que ese lugar ofrecía la mayor esperanza de obtener refugio y seguridad.

Debido a los bombardeos durante la noche y a los ataques aéreos durante el día, nos llevó muchos días llegar hasta donde estaban mis abuelos. Mis recuerdos de esos días son de oscuridad y frío.

Mi padre regresó ileso, pero nuestro futuro parecía ser extremadamente sombrío. Estábamos viviendo en los escombros de la Alemania de posguerra, con un sentimiento devastador de desesperanza y oscuridad sobre nuestro futuro.

En medio de esa desesperación, mi familia conoció La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y el mensaje sanador del evangelio restaurado de Jesucristo. Ese mensaje tuvo una gran influencia en nosotros y nos elevó por encima de nuestro sufrimiento cotidiano. La vida era aún difícil y las circunstancias seguían siendo horribles, pero el Evangelio brindó luz, esperanza y alegría a nuestra vida. Las verdades claras y sencillas del Evangelio reconfortaron nuestro corazón e iluminaron nuestra mente; nos ayudaron a vernos a nosotros mismos y al mundo que nos rodeaba con otros ojos y desde un punto de vista más optimista.

Mis queridos hermanos y hermanas, ¿no son el evangelio restaurado de Jesucristo y nuestra condición de miembros de Su Iglesia grandes razones para regocijarnos?

Dondequiera que vivan en la tierra, y cualquiera que sea la situación en la que vivan, les testifico que el evangelio de Jesucristo tiene el poder divino de elevarles a grandes alturas desde lo que a veces parece ser una carga o debilidad insoportables. El Señor está al tanto de sus circunstancias y sus tribulaciones. Él le dijo a Pablo y a cada uno de nosotros: “Bástate mi gracia”. Y al igual que Pablo, podemos responder: “…mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).

Como miembros de la Iglesia de Jesucristo, podemos reclamar las bendiciones prometidas en los convenios y las ordenanzas que recibimos cuando aceptamos el evangelio de Jesucristo.

¿Qué es el evangelio de Jesucristo?

El evangelio de Jesucristo son buenas noticias, buenas nuevas y mucho más. Es el mensaje de salvación que repetidamente anunciaron Jesucristo y Sus apóstoles y profetas. Creo firmemente que toda verdad y luz que se origina de Dios está comprendida en el evangelio de Jesucristo. Seguir leyendo

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Reclamar las preciosas y grandísimas promesas

Conferencia General Octubre 2007

Reclamar las preciosas y grandísimas promesas

Élder Spencer J. Condie
De los Setenta

El Señor hace promesas generosas y nos asegura de que Él no se apartará de esas promesas.

Les traigo el cariño y los saludos de los fieles santos del Pacífico Sur.

El primer principio del Evangelio es la fe en el Señor Jesucristo; lo que incluye la fe en Su nacimiento divino y en Su herencia celestial, y la fe en que, bajo la dirección de Su Padre, Él creó la tierra y todas las cosas que moran en ella (véase Juan 1:10; Mosíah 3:8). En el núcleo mismo de nuestra fe en Cristo, se encuentra la certeza de que, por medio de Su sacrificio, aun cuando nuestros “pecados [sean] como la grana, como la nieve [serán] emblanquecidos” (véase Isaías 1:18).

La fe en Cristo incluye el conocimiento de que después de Su crucifixión, Él se levantó de la tumba y Su resurrección hizo posible que todo ser humano viva nuevamente (1 Corintios 15:21–23). La fe en Cristo es la seguridad de que Él y Su Padre Celestial se aparecieron a un joven, a José Smith, para preparar el camino de la restauración de todas las cosas en esta dispensación del cumplimiento de los tiempos. Jesucristo es la Cabeza de la Iglesia que lleva Su santo nombre.

La fe en el Señor Jesucristo se pone en evidencia cuando creemos en Sus enseñanzas y reclamamos “Sus preciosas y grandísimas promesas”, y nos convertimos en “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). Sus profetas proclaman innumerables promesas y el Señor nos ha asegurado: “…mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo” (D. y C. 1:38).

En los postreros días, el Señor reveló que “cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa” (D. y C. 130:21). El Señor hace promesas generosas y nos asegura de que Él no se apartará de esas promesas, ya que dijo: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10).

Preciosas y grandísimas promesas

Las innumerables preciosas y grandísimas promesas incluyen el perdón de nuestros pecados cuando nosotros “los [confesemos] y los [abandonemos]” (D. y C. 58:43; véase también D. y C. 1:32). El que se abran las ventanas de los cielos es una promesa que reclaman los que pagan fielmente el diezmo (véase Malaquías 3:10), y a los que guardan la Palabra de Sabiduría se les otorgan “…grandes tesoros de conocimiento…” (D. y C. 89:19).

El conservarse sin mancha del mundo es una promesa para aquellos que guardan el día de reposo (véase D. y C. 59:9, Éxodo 31:13). Se les promete guía e inspiración divinas a los que se “…[deleiten] en las palabras de Cristo…” (2 Nefi 32:3–5) y a los que “…[apliquen] todas las escrituras…” a sí mismos (1 Nefi 19:23).

El Señor prometió también que: “cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, si es justa, creyendo que recibiréis, he aquí, os será concedida” (3 Nefi 18:20). Se nos promete que el Espíritu Santo será nuestro compañero constante cuando “[dejemos] que la virtud engalane [nuestros] pensamientos incesantemente” (véase D. y C. 121:45–46). Podemos reclamar la promesa del ayuno que libera espiritualmente, que “[desatará] las ligaduras de impiedad,” que “[soltará] las cargas de opresión,” y que “[romperá] todo yugo” (Isaías 58:6).

Aquellos que estén sellados en el santo templo y que con fe guarden sus convenios, recibirán la gloria de Dios, la cual “…será una plenitud y continuación de las simientes por siempre jamás” (D. y C. 132:19).

A menudo, en nuestra impaciencia terrenal, puede que perdamos la visión de las preciosas promesas del Señor y desconectemos la obediencia del cumplimiento de esas promesas. El Señor ha declarado:

“¿Quién soy yo, dice el Señor, para prometer y no cumplir?

“Mando, y los hombres no obedecen; revoco, y no reciben la bendición. Seguir leyendo

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¿Por qué somos miembros de la única Iglesia verdadera?

Conferencia General Octubre 2007
¿Por qué somos miembros de la única Iglesia verdadera?
Élder Enrique R. Falabella
De los Setenta

El poder más valioso que podemos poseer es el tesoro de un testimonio personal de nuestro Señor Jesucristo.

¿Por qué somos miembros de la única Iglesia verdadera? Aunque no puedo responder a esa pregunta por los trece millones de miembros de la Iglesia, quisiera expresar desde mi corazón algunas respuestas que posiblemente coincidan con las suyas.

Las riquezas de la eternidad

“He aquí, rico es el que tiene la vida eterna” (D. y C. 6:7).

Las riquezas no fueron parte de mi niñez; éramos una familia de cinco: mi padre y cuatro hermanos. Mi madre había fallecido cuando yo tenía cinco años. Los escasos ingresos de mi padre se usaban para comprar comida; la compra de ropa se postergaba al máximo.

Un día, un poco molesto, me acerqué a mi padre y le dije: “Papi, ¿por qué no me compras zapatos? Mira éstos, están gastados y se me ve el dedo gordo por el agujero del zapato”.

“Lo arreglaremos”, me contestó, e inmediatamente le dio lustre a mis zapatos. Luego me dijo: “Hijo, ya está arreglado”.

“No”, repliqué, “todavía se me ve el dedo gordo”.

Él dijo: “Eso también se puede arreglar”. Volvió a tomar el lustre para zapatos, me puso un poco en el dedo gordo y al poco rato brillaba tanto como mis zapatos. De modo que, muy temprano en la vida, aprendí que la felicidad no depende del dinero.

Al pasar el tiempo, dos misioneros nos enseñaron las riquezas del Evangelio restaurado, de la doctrina del plan de salvación y de las familias eternas. Nos bautizamos, y cuando mi padre comenzó a servir como presidente de distrito, su primer objetivo fue el de viajar al templo y recibir las bendiciones que vendrían por ese sacrificio. Fue un viaje de 15 días, que abarcaba unos 8.000 km.; fue una travesía llena de dificultades y contratiempos, por rutas en malas condiciones, en autobuses incómodos y sin siquiera conocer el camino, pero con gran esperanza en las ordenanzas de las que participaríamos.

Al llegar a la ciudad de Mesa, Arizona, nos dirigimos por una avenida al final de la cual se veía la casa del Señor, resplandeciente y hermosa. Recuerdo el gozo que llenó nuestros corazones; todos prorrumpimos en cantos y alabanzas, y lágrimas caían por las mejillas de muchos santos. Seguir leyendo

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El fortalecimiento del hogar y la familia

Conferencia General Octubre 2007
El fortalecimiento del hogar y la familia
Mary N. Cook
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

El Señor cuenta con ustedes para ayudar a lograr la exaltación de su familia eterna.

Todos los domingos, las jovencitas de la Iglesia desde Mongolia hasta Manchester y Misisipi repiten estas palabras inspiradas: “Estaremos preparadas para fortalecer el hogar y la familia, hacer convenios sagrados y cumplirlos, recibir las ordenanzas del templo y gozar de las bendiciones de la exaltación” (“Lema de las Mujeres Jóvenes”, El Progreso personal para las Mujeres Jóvenes, libro, 2001, pág. 5).

Aunque ése es el lema de las Mujeres Jóvenes, se aplica a todos los jóvenes de la Iglesia. Espero, mis queridos hermanos y hermanas jóvenes, que yo les ayude a comprender el poder que tienen sus propios actos en el fortalecimiento de su hogar y de su familia, sin importar cuales sean las circunstancias. Me doy cuenta, por ejemplo, que muchos de ustedes quizás sean los únicos miembros de la Iglesia en su familia.

El folleto Para la Fortaleza de la Juventud nos recuerda que “el ser parte de una familia es una gran bendición… No todas las familias son iguales, pero cada una de ellas es importante en el plan de nuestro Padre Celestial” (folleto, 2001, pág. 10).

Todas las familias necesitan ser fortalecidas, tanto las ideales como las más atribuladas. Esa fortaleza puede venir de ustedes; de hecho, en algunas familias ustedes serán la única fuente de fortaleza espiritual. El Señor depende de ustedes para llevar las bendiciones del Evangelio a su familia.

Es importante establecer modelos de rectitud en su propia vida, lo cual les permitirá dar un buen ejemplo a su familia sin importar como esté constituida.

El ejemplo de vida recta que ustedes den fortalecerá a su familia. En la reunión general de las Mujeres Jóvenes de la primavera pasada, el presidente Hinckley dio a las mujeres jóvenes “un sencillo programa de cuatro puntos” que no sólo “les asegurará la felicidad”, sino que también bendecirá a su familia. Él nos aconsejó: “(1) oren, (2) estudien, (3) paguen el diezmo y (4) asistan a las reuniones” (“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente”, Liahona, mayo de 2007, pág. 115).

El buscar la ayuda del Señor a diario mediante la oración traerá grandes bendiciones a su familia. Pregúntense a ustedes mismos: “¿A quién de mi familia podrían beneficiar mis oraciones personales?”; “¿qué podría hacer yo para apoyar y fomentar la oración familiar?”.

A medida que ustedes estudien las Escrituras en forma personal, llegarán a conocer al Salvador y Sus enseñanzas. Por medio del ejemplo de Él, sabrán cómo amar, servir y perdonar a los miembros de su familia. Consideren en qué manera podrían compartir su comprensión de las Escrituras con ellos.

En varias ocasiones, el presidente Hinckley nos ha exhortado a “adquirir toda la educación que [podamos]” (Liahona, mayo de 2007, pág. 116). Sus estudios beneficiarán a su familia ahora y ciertamente bendecirán a su familia futura. ¿Qué pueden hacer ahora para planear y prepararse para recibir una buena educación?

El presidente Hinckley nos enseñó: “Aunque el diezmo se paga con dinero, es más importante que se pague con fe” (Liahona, mayo de 2007, pág. 117). ¿Han tenido la experiencia de recibir las bendiciones que vienen de pagar el diezmo, con fe? A medida que obedezcan este mandamiento, el Señor “[abrirá] las ventanas de los cielos” (Malaquías 3:10) para bendecirlos a ustedes y a su familia. Seguir leyendo

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Perseverar juntos

Conferencia General Octubre 2007
Perseverar juntos
Obispo Richard C. Edgley
Primer consejero del Obispado Presidente

El barrio está organizado para atender las necesidades de aquellos que afrontan las pruebas más difíciles y desgarradoras.

Unos años atrás, un periodista humorístico de uno de los periódicos locales escribió sobre un tema serio que daba mucho que pensar. Cito de su artículo: “En Utah, el ser mormón de los que asisten regularmente a la Iglesia significa vivir tan cerca de los miembros de su barrio que no pasan 5 minutos sin que toda la congregación se entere de cualquier cosa que ocurra”.

Continuó: “Esa forma de vivir como carne y uña puede parecernos entrometida… pero también es uno de nuestros puntos fuertes”.

El autor prosiguió: “El martes, en el trabajo, vi las noticias del mediodía en la televisión. En un accidente de tráfico una furgoneta había quedado totalmente destruida. A la joven madre y a los dos niños pequeños se les llevó inmediatamente a salas de emergencias en helicóptero y en ambulancia… Unas horas después me enteré de que la furgoneta pertenecía a Eric y Jeana Quigley, una joven pareja que vivía al cruzar nuestra calle en Herriman.

“No sólo veo a los Quigley en la Iglesia… sino que habíamos cenado con ellos en la fiesta del vecindario la noche antes del accidente. Nuestros nietos jugaron con sus hijas, Bianca y Miranda…

“La niña de 14 meses, Miranda, sufrió serias lesiones en la cabeza y falleció tres días después en el Hospital Primary Children.

“Es entonces que el entrometimiento tiene… sus ventajas. A pesar de que el accidente sucedió a varias millas de la casa, el polvo aún no se había asentado cuando alguien del barrio paró y empezó a buscar entre los escombros del accidente. Los demás miembros del barrio se enteraron del accidente antes de que la policía y los paramédicos llegaran al lugar del siniestro.

“Los miembros del barrio fueron a los tres hospitales, se pusieron en contacto con Eric en su trabajo y organizaron grupos de trabajo. Los que no fueron incluidos en la ayuda inmediata estaban ansiosos por ayudar de cualquier forma.

“En 48 horas, el césped de los Quigley estaba cortado, la casa limpia, la ropa lavada, el refrigerador repleto, a los familiares se les había traído comida y se había creado una cuenta en el banco local. Le hubiéramos dado un baño al perro si hubiesen tenido uno”.

El autor concluye con este perspicaz comentario: “Tiene su aspecto positivo la lupa congregacional bajo la que vive mi barrio… Lo que le afecta a uno, nos afecta a todos” (“Well-Being of Others Is Our Business” Salt Lake Tribune, 30 de julio de 2005, pág. C1).

La compasión y el servicio que prestaron los amorosos miembros del barrio como resultado de ese accidente automovilístico no se limitan a este caso. El profeta Alma, del Libro de Mormón, explicó a los que deseen ser seguidores de Cristo: “Ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras; sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo…”, entonces, como Alma explicó, estaban listos para ser bautizados (véase Mosiah 18:8–9). Estas escrituras establecen los cimientos para ministrar y cuidar a otros de la forma más compasiva. Seguir leyendo

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Los débiles y sencillos de la Iglesia

Conferencia General Octubre 2007
Los débiles y sencillos de la Iglesia
Presidente Boyd K. Packer
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

El Señor no estima a un miembro de la Iglesia más o menos que a cualquier otro.

Rendimos honor al presidente James E. Faust; lo extrañamos. Su amada esposa Ruth está presente esta mañana, y le expresamos nuestro amor. Damos la bienvenida a aquellos que han sido llamados a los puestos que el presidente Hinckley ha mencionado.

En nombre de todos los que hemos sido sostenidos hoy, nos comprometemos a hacer lo mejor que podamos y a ser dignos de la confianza que se ha depositado en nosotros.

Hemos sostenido a los oficiales generales de la Iglesia, en lo que es un procedimiento solemne y sagrado. Esta práctica común ocurre siempre que se llama o se releva de sus puestos a líderes o a maestros, o siempre que hay una reorganización en una estaca, barrio, quórum u organización auxiliar (véase D. y C. 124:123, 144; véase también D. y C. 20:65–67; 26:2). Es algo único de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Siempre sabemos quién es llamado a dirigir o a enseñar y tenemos la oportunidad de sostener u oponernos a esa medida. Eso no resultó como un invento del hombre, sino que se estableció en las revelaciones: “…a ninguno le será permitido salir a predicar mi evangelio ni a edificar mi iglesia, a menos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y sepa la iglesia que tiene autoridad, y que ha sido debidamente ordenado por las autoridades de la iglesia” (D. y C. 42:11; cursiva agregada). De este modo, se protege a la Iglesia de cualquier impostor que quisiese tomar control de un quórum, de un barrio, de una estaca o de la Iglesia.

Hay otro principio que es exclusivo de la Iglesia del Señor. Todos los llamamientos para enseñar y para dirigir los ocupan los miembros de la Iglesia. Esto también se ha definido en las Escrituras. En un versículo de Doctrina y Convenios se estableció el orden de liderazgo en la Iglesia para siempre; era algo sin precedentes, y con seguridad no era la costumbre de las iglesias cristianas de aquel entonces ni de hoy:

“Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos…

“Lo débil del mundo vendrá y abatirá lo fuerte y poderoso, para que…

“…todo hombre hable en el nombre de Dios el Señor, el Salvador del mundo;

“para que también la fe aumente en la tierra;

“para que se establezca mi convenio sempiterno;

“para que la plenitud de mi evangelio sea proclamada por los débiles y sencillos hasta los cabos de la tierra, y ante reyes y gobernantes.

“He aquí, soy Dios, y lo he declarado; estos mandamientos son míos, y se dieron a mis siervos en su debilidad, según su manera de hablar, para que alcanzasen conocimiento” (D. y C. 1:17, 19–24).

Estoy profundamente agradecido por esos pasajes, que explican que el Señor se valdrá de “lo débil del mundo”.

Todo miembro es responsable de aceptar el llamado a servir.

El presidente J. Reuben Clark Jr. dijo: “Cuando servimos al Señor, no interesa dónde sino cómo lo hacemos. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días uno debe aceptar el lugar que se le haya llamado a ocupar y no debe ni procurarlo ni rechazarlo” (“A donde me mandes iré”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 68). La Iglesia no cuenta con un clero profesional. El llamado para ocupar llamamientos de liderazgo por todo el mundo proviene de las congregaciones; nosotros no contamos con instituciones para capacitar a líderes profesionales.

Todo lo que se hace en la Iglesia: la dirección, la enseñanza, los llamamientos, las ordenaciones, las oraciones, los cantos, la preparación de la Santa Cena, el asesoramiento y todo lo demás, lo hacen los miembros comunes y corrientes, “lo débil del mundo”.

Vemos en las iglesias cristianas las dificultades que tienen para suplir sus necesidades de personal; nosotros no tenemos ese problema. Una vez que se predica el Evangelio y se organiza la Iglesia, se cuenta con un abastecimiento inagotable de fieles hermanos y hermanas que tienen ese testimonio y están dispuestos a responder al llamado a servir. Se entregan a la obra del Señor y viven las normas que se requieren de ellos.

Se ha conferido el Espíritu Santo a los miembros después del bautismo (véase D. y C. 33:15; 35:6), y él les enseñará y les dará consuelo, después de lo cual estarán preparados para recibir guía, dirección y corrección, lo que requieran sus cargos o necesidades. (Véase Juan 14:26; D. y C. 50:14; 52:9; 75:10.)

Este principio pone a la Iglesia en un curso diferente al de todas las otras iglesias cristianas en el mundo; nos encontramos en la situación poco común de tener un abastecimiento inagotable de maestros y líderes, entre toda nación, tribu, lengua y pueblo, por todo el mundo. Hay una igualdad singular entre los miembros y ninguno de nosotros debe considerar que vale más que otro. (Véase D. y C. 38:24–25.) “…Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34–35; véase también Romanos 2:11; D. y C. 1:35; 38:16).

Cuando era jovencito, era el maestro orientador de una hermana muy anciana; ella me enseñó de las experiencias de su vida.

Cuando ella era niña, el presidente Brigham Young fue a visitar Brigham City, lo cual era un gran acontecimiento en el pueblo que llevaba su nombre. En su honor, los niños de la Primaria, vestidos de blanco, se alinearon a lo largo de la calle que entraba al pueblo, llevando consigo una canasta de flores para dispersarlas frente al carruaje del Presidente de la Iglesia.

Algo la disgustó; en vez de tirar las flores, dio un puntapié a una piedra frente al carruaje, diciendo: “Él no es ni una pizca mejor que mi abuelo Lovelund”. Alguien oyó ese comentario, por el que ella recibió una dura reprimenda.

Estoy seguro de que el presidente Brigham Young sería el primero en estar de acuerdo con la pequeña Janie Steed; él no consideraría que fuese de mayor valor que el abuelo Lovelund o que ningún otro miembro digno de la Iglesia.

El Señor mismo fue bastante claro: “Y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo” (Mateo 20:27). “…éste es nombrado para ser el mayor, a pesar de ser el menor y el siervo de todos” (D. y C. 50:26).

Hace años, cuando por primera vez recibí una asignación que resultó en que se publicara mi fotografía en el periódico, se oyó decir a uno de mis maestros de enseñanza secundaria, obviamente bastante asombrado: “¡Eso prueba que no se sabe cuán alto va a saltar una rana con sólo mirarla!”.

La imagen de esa rana, sentada en el barro, en vez de estar saltando, demuestra cuán insuficiente me he sentido al afrontar las responsabilidades que he tenido.

Esos sentimientos surten su efecto, de modo que después de eso uno nunca se puede sentir superior a nadie, pero a nadie.

Durante mucho tiempo, algo me tenía perplejo. Hace cuarenta y seis años, a la edad de 37 años, yo era un supervisor de seminario. Mi llamamiento en la Iglesia era como maestro auxiliar en una clase del Barrio Lindon.

Para mi gran sorpresa, se me llamó para reunirme con el presidente David O. McKay, quien tomó mis manos entre las suyas y me llamó para ser una de las Autoridades Generales, un Ayudante del Quórum de los Doce Apóstoles.

Unos días más tarde, vine a Salt Lake City para reunirme con la Primera Presidencia para ser apartado como una de las Autoridades Generales de la Iglesia. Esa era la primera vez que me reunía con la Primera Presidencia: el presidente David O. McKay y sus consejeros, el presidente Hugh B. Brown y el presidente Henry D. Moyle.

El presidente McKay explicó que una de las responsabilidades de un Ayudante de los Doce era ser un testigo especial, junto con el Quórum de los Doce Apóstoles, y dar testimonio de que Jesús es el Cristo. Lo que dijo después me dejó atónito: “Antes de proceder a apartarlo, le pido que nos exprese su testimonio. Queremos saber si usted tiene ese testimonio”.

Lo hice lo mejor que pude; expresé mi testimonio tal como lo habría hecho en una reunión de ayuno y testimonios de mi barrio. Para mi sorpresa, los hermanos de la Presidencia parecieron complacidos y procedieron a conferirme ese oficio.

Eso me dejó sumamente perplejo, ya que había supuesto que alguien que fuese llamado a ese oficio poseería un testimonio y un poder espiritual fuera de lo común, diferentes y sumamente grandes.

Me desconcertó durante mucho tiempo, hasta que por fin pude darme cuenta de que ya tenía lo que se requería: un testimonio constante en mi corazón de la restauración de la plenitud del Evangelio mediante el profeta José Smith, de que tenemos un Padre Celestial, y de que Jesucristo es nuestro Redentor. Tal vez no haya sabido todo en cuanto a ello, pero sí tenía un testimonio, y estaba dispuesto a aprender.

Tal vez no fuese diferente de aquéllos de los que se habla en el Libro de Mormón: “…Y al que venga a mí con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, lo bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo, así como los lamanitas fueron bautizados con fuego y con el Espíritu Santo al tiempo de su conversión, por motivo de su fe en mí, y no lo supieron” (3 Nefi 9:20; cursiva agregada).

A través de los años, he llegado a comprender cuán poderosamente importante es ese sencillo testimonio. He llegado a comprender que nuestro Padre Celestial es el Padre de nuestros espíritus (véase Números 16:22; Hebreos 12:9; D. y C. 93:29). Él es un padre, con todo el tierno amor de un padre. Jesús dijo: “pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios” (Juan 16:27).

Hace algunos años, me encontraba con el presidente Marion G. Romney en una reunión de presidentes de misión y sus esposas en Ginebra, Suiza. Les contó que 50 años antes, siendo un joven misionero en Australia, fue una tarde a la biblioteca para estudiar. Cuando salió, ya había anochecido. Al contemplar el cielo estrellado ocurrió algo: el Espíritu lo conmovió y nació en su alma un testimonio certero.

Les dijo a aquellos presidentes de misión que como miembro de la Primera Presidencia, su conocimiento de que Dios el Padre vive; de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre; y de que la plenitud del Evangelio había sido restaurada, no era más certero entonces que cuando era un joven misionero en Australia, hacía 50 años. Dijo que su testimonio había cambiado por el hecho de que era más fácil recibir una respuesta del Señor. Sentía más cerca la presencia del Señor, y lo conocía mucho mejor que hacía 50 años.

Hay una tendencia natural de ver a aquellos que son sostenidos en cargos de dirección y considerar que están en un nivel más alto y que tienen más valor en la Iglesia o para sus familias que un miembro común y corriente. De alguna manera pensamos que tienen más valor para el Señor que nosotros. ¡Eso simplemente no es así!

A mi esposa y a mí nos decepcionaría mucho si supusiéramos que cualquiera de nuestros hijos pensara que nosotros consideramos que valemos más para la familia o la Iglesia que ellos, o pensara que un llamamiento en la Iglesia es más importante que otro, o que cualquier llamamiento se considerara de menos importancia.

Hace poco, uno de nuestros hijos fue sostenido como líder misional de barrio. Su esposa nos contó lo emocionado que él estaba con ese llamamiento, el cual se adapta muy bien a las sumamente pesadas exigencias de su trabajo. Él lleva el espíritu misional y podrá hacer buen uso del idioma español, el cual ha mantenido con fluidez desde los días en que era misionero. Nosotros nos sentimos muy, muy complacidos por ese llamamiento.

Lo que mi hijo y su esposa están haciendo con sus hijitos es mucho más importante que lo que pudieran hacer en la Iglesia o fuera de ella. Ningún servicio sería más importante para el Señor que la devoción que se den el uno al otro y a Sus hijitos, y así es con todos los demás de nuestros hijos. El objetivo máximo de toda actividad en la Iglesia se centra en el hogar y la familia.

Como Autoridades Generales de la Iglesia, nosotros somos iguales que ustedes, y ustedes son iguales que nosotros. Ustedes, al igual que nosotros, tienen el mismo acceso a los poderes de la revelación para sus familias, para su trabajo y para sus llamamientos.

También es cierto que hay un orden en cuanto a las cosas de la Iglesia. Cuando ustedes reciben un oficio, reciben entonces revelación que pertenece a ese oficio y que no se daría a otros.

El Señor no estima a un miembro de la Iglesia más o menos que a cualquier otro. ¡Eso simplemente no es así! Recuerden que Él es un padre: nuestro Padre. El Señor “no hace acepción de personas”.

Nosotros no valemos más para el progreso de la obra del Señor que el hermano Toutai Paletu’a y su esposa en Nuku’alofa, Tonga; o el hermano Carlos Cifuentes y su esposa, en Santiago, Chile; o el hermano Peter Dalebout y su esposa, en los Países Bajos; o el hermano Tatsui Sato y su esposa, de Japón; o cientos de personas que he conocido en mis viajes por el mundo. ¡Eso simplemente no es así!

Y la Iglesia sigue progresando; ese progreso va sobre los hombros de miembros dignos que viven vidas comunes y corrientes entre familias comunes y corrientes, guiados por el Espíritu Santo y la Luz de Cristo que en ellos hay.

Testifico que el Evangelio es verdadero y que el valor de las almas es grande a la vista de Dios —toda alma— y que somos bendecidos por ser miembros de la Iglesia. Tengo el testimonio que me habilita para el llamamiento que tengo; lo he tenido desde que me reuní con la Primera Presidencia hace tantos años. Se lo expreso en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Armados con rectitud

MENSAJE DE LA PRIMERA PRESIDENCIA

Liahona Marzo 2017
Armados con rectitud
Por el presidente Henry B. Eyring
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Henry B. Eyring

El profeta de Dios sobre la tierra, el presidente Thomas S. Monson, ha dicho: “Hoy, nos encontramos ante el despliegue más grande de pecado, vicio y maldad que jamás se haya congregado ante nuestros ojos”1.

Family reading scriptures

¿Les sorprendería saber que el presidente Monson pronunció esas palabras hace cincuenta años? Si en ese entonces nos encontrábamos acampados contra un arsenal sin precedentes de maldad, ¿cuánto más nos amenaza el mal hoy en día? Por una buena razón, el Señor ha dicho de nuestra dispensación: “… he aquí, el enemigo se ha combinado” (D. y C. 38:12).

La guerra en la que “somos los soldados”2 comenzó antes de que naciéramos en la tierra; comenzó incluso antes de que se crease la Tierra; comenzó hace muchos años en la morada preterrenal, donde Satanás se rebeló y “pretendió destruir el albedrío del hombre” (Moisés 4:3).

Satanás perdió esa batalla y “fue arrojado a la tierra” (Apocalipsis 12:9), donde continúa esa batalla en la actualidad. Aquí en la Tierra, “hace la guerra a los santos de Dios, y los rodea por todos lados” (D. y C. 76:29) con mentiras, engaños y tentaciones.

Él lucha contra los profetas y apóstoles; lucha contra la ley de castidad y la santidad del matrimonio; lucha contra la familia y el templo; lucha contra lo que es bueno, santo y sagrado.

¿Cómo luchamos contra tal enemigo? ¿Cómo luchamos contra el mal que parece rodear nuestro mundo? ¿Cuál es nuestra armadura? ¿Quiénes son nuestros aliados?

El poder del Cordero

El profeta José Smith enseñó que Satanás solo tiene poder sobre nosotros en la medida en que se lo permitimos3.

Al ver nuestros días, Nefi vio “que el poder del Cordero de Dios descendió sobre los santos de la iglesia del Cordero y sobre el pueblo del convenio del Señor, que se hallaban dispersados sobre toda la superficie de la tierra; y tenían por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria” (1 Nefi 14:14; cursiva agregada).

¿Cómo nos armamos con rectitud y poder? Santificamos el día de reposo y honramos el sacerdocio; hacemos y guardamos convenios sagrados, trabajamos en nuestra historia familiar y asistimos al templo; nos esforzamos continuamente por arrepentirnos y suplicamos al Señor que aplique “la sangre expiatoria de Cristo para que recibamos el perdón de nuestros pecados, y sean purificados nuestros corazones” (Mosíah 4:2). Oramos, servimos, testificamos y ejercemos fe en Jesucristo.

También nos armamos con rectitud y poder al “[atesorar] constantemente en [nuestras] mentes las palabras de vida” (D. y C. 84:85). Atesoramos esas palabras al escudriñar las Sagradas Escrituras y las palabras de los siervos escogidos del Señor, quienes compartirán Su voluntad, mente y voz (véase D. y C. 68:4) durante la conferencia general del mes que viene

En nuestra batalla contra el mal, siempre debemos recordar que tenemos ayuda de ambos lados del velo. Nuestros aliados incluyen a Dios el Eterno Padre, al Señor Jesucristo y al Espíritu Santo.

Nuestros aliados también incluyen las huestes invisibles del cielo. “No tengas miedo”, dijo Eliseo a un joven temeroso cuando hacían frente a un ejército inicuo, “porque son más los que están con nosotros que los que están con ellos” (véase 2 Reyes 6:15–16).

No tenemos que temer; Dios ama a Sus santos; Él nunca nos abandonará.

Sé que Dios, en respuesta a la oración, ha cumplido mis peticiones para librarme del mal. Testifico que con la ayuda de Dios el Padre, del Salvador del mundo y del Espíritu Santo, podemos tener la seguridad de que se nos dará más que suficiente poder para resistir cualquier fuerza maligna que enfrentemos.

Ruego que siempre estemos armados con rectitud para que podamos tener confianza en la victoria final.

Cómo enseñar con este mensaje

El presidente Eyring nos recuerda que estamos librando una guerra contra el mal. Para empezar, podría cantar “Somos los soldados” (Himnos, nro. 162) junto con las personas a quienes enseña. Después podría invitarlos a hablar de cómo han sido protegidos mediante la rectitud, y reflexionar sobre las diferentes maneras de proteger a su familia contra Satanás, tales como elegir medios de comunicación sanos, llevar a cabo consejos familiares, o efectuar la noche de hogar cada semana. Podría darles el reto de que mediten con espíritu de oración sobre la forma de edificar las defensas familiares y alentarlos a crear un plan para llevar sus ideas a la práctica. Seguir leyendo

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El poder habilitador de Jesucristo y Su expiación

MENSAJE DE LAS MAESTRAS VISITANTES

Liahona Marzo 2017
El poder habilitador de Jesucristo y Su expiación

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿En qué forma el entender el propósito de la Sociedad de Socorro preparará a las hijas de Dios para las bendiciones de la vida eterna?

Nephi bound
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). “Si bien todos tenemos debilidades, podemos superarlas”, dice el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia. “En efecto, es por la gracia de Dios que las debilidades se tornarán en fortalezas”1.

Nuestro Salvador dice en Doctrina y Convenios: “… iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

“Nefi es un ejemplo de alguien que conoció, comprendió el poder habilitador del Salvador y confió en él”, dice el élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles. “A esa altura del trayecto, los hermanos de Nefi lo ataron con cuerdas y planearon su destrucción. Presten atención a la oración de Nefi: ‘¡Oh Señor, según mi fe en ti, líbrame de las manos de mis hermanos; sí, dame fuerzas para romper estas ligaduras que me sujetan!’ (1 Nefi 7:17; cursiva agregada).

“Me parece muy interesante que Nefi no oró para que sus circunstancias cambiaran; más bien, oró para tener la fortaleza de cambiar sus circunstanciás; y creo que él oró de esa manera precisamente porque conocía, comprendía y había experimentado el poder habilitador de la Expiación.

“No creo que las ligaduras con las que Nefi estaba atado se cayeran por arte de magia de sus manos y muñecas; más bien, sospecho que fue bendecido con perseverancia así como con fortaleza personal más allá de su capacidad natural y que después, ‘con la fuerza del Señor’ (Mosíah 9:17) luchó, retorció y tiró de las cuerdas hasta que al final, y en forma literal, pudo romper las ligaduras”2.

Escrituras e información adicionales

Isaías 41:10; Éter 12:27; reliefsociety.lds.org

Relief Society seal
Fe, Familia, Socorro

Considere lo siguiente

¿En qué forma pueden ayudar el poder habilitador de Jesucristo y Su sacrificio expiatorio a convertir nuestras debilidades en fortalezas?

Notas

1. Dieter F. Uchtdorf, “El don de la gracia”, Liahona, mayo de 2015, pág. 108.
2. David A. Bednar, “Fortaleza que va más allá de la nuestra”, Liahona, marzo de 2015, pág 52.

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El poder de enseñar la doctrina

Liahona Marzo 2017
El poder de enseñar la doctrina
Por Douglas D. Holmes
Primer Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes

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¿Cómo podemos aumentar nuestra habilidad para enseñar la doctrina con poder y autoridad?

Siendo nuevo presidente de misión, llegué a la misión que se nos asignó con gran expectativa de reuniones misionales llenas del Espíritu semejantes a las que recordaba de cuando era un joven misionero. Sin embargo, al terminar nuestra primera serie de conferencias de zona, me sentí desilusionado. El Espíritu no era tan abundante como había esperado, y algunos misioneros parecían no tener interés.

Woman in classroom

Cuando mi esposa y yo reflexionamos y oramos en cuanto al modo de tener un mayor espíritu en nuestra vida y en la de los misioneros, sentimos la inspiración de concentrar nuestra enseñanza en la doctrina de Cristo y su poder para cambiarnos. Mientras seguíamos ese curso durante los meses siguientes, varios misioneros vinieron a mí para hablarme de remordimientos por conductas pasadas y para expresar el deseo de ser más diligentes en cumplir con las reglas de la misión y vivir el Evangelio.

¿Qué ocasionó ese cambio?

El presidente Boyd K. Packer (1924–2015), Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, solía enseñar: “La verdadera doctrina, cuando se entiende, cambia la actitud y la conducta. El estudio de la doctrina del Evangelio mejorará el comportamiento de las personas más fácilmente que el estudio sobre el comportamiento humano”1. Yo lo sabía, pero después de esa experiencia con mis misioneros, logré obtener un mayor aprecio por el poder y la virtud de la palabra de Dios para cambiar corazones (véase Alma 31:5). A medida que nuestra misión progresaba y seguíamos concentrándonos en la enseñanza de la doctrina, los corazones de ellos cambiaron y también los nuestros. Debido a que comprendimos la doctrina, entendimos el “por qué” de la obediencia, y no simplemente el “qué” y el “cómo”.

¿Por qué es la enseñanza de la doctrina algo tan potente?

El presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, enseñó: “La palabra de Dios es la doctrina que enseñaron Jesucristo y Sus profetas”2. La verdadera doctrina se centra en Cristo. Su doctrina, cuando se enseña y se recibe por el Espíritu, siempre aumentará la fe en Jesucristo (véanse Alma 32:28–43; Moroni 7:25, 31–32)3. La fe es “el elemento que motiva toda acción” o comportamiento4. A medida que el Padre y el Hijo se revelan a nosotros por medio de palabras llenas del Espíritu, nuestra fe crece, nuestros deseos de arrepentirnos y obedecer aumentan, y somos cambiados.

El poder para cambiar corazones no reside en el maestro, sino en “la virtud de la palabra de Dios” (Alma 31:5). Las letras de una página o las ondas sonoras que salen de la boca no tienen poder en sí para cambiar corazones, pero cuando las palabras verdaderas llevan la potencia del Espíritu Santo de Dios, pueden producir un potente cambio de corazón (véanse 1 Corintios 2:4; 1 Tesalonicenses 1:5; Mosíah 5:2; Alma 5:7; D. y C. 68:4). Cuando enseñamos Su palabra por el Espíritu, el Espíritu Santo lleva luz y verdad al corazón del alumno (véanse Juan 6:63; 2 Nefi 33:1; D. y C. 84:45). Cuando los alumnos abren su corazón para recibir la palabra, el Espíritu ilumina su mente y cambia su corazón, o sea, sus intenciones y conductas.

El Libro de Mormón es un potente testigo de que “la verdadera doctrina, cuando se entiende, cambia la actitud y la conducta”. A continuación se presentan algunos ejemplos:

• El rey Benjamín enseñó a su pueblo las palabras que recibió de un ángel, y el Espíritu produjo un gran cambio en sus corazones, por lo que ya no tenían “más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2).

• Tal como Alma, padre, enseñó al pueblo, “la luz de la sempiterna palabra iluminó sus almas” y fueron salvos (Alma 5:7; véase también el versículo 9).

• Los hijos de Mosíah, “por el poder de su palabra” (Alma 26:13), ayudaron a realizar un cambio total en el corazón de miles de lamanitas (véase Alma 17:14–17; 53:10).

¿Cómo podemos mejorar?

Hay cosas que todos podemos hacer para aumentar nuestra capacidad para enseñar la doctrina con poder y autoridad (véanse Alma 17:3; Helamán 5:18). No tenemos que obtener un doctorado en enseñanza o en estudios religiosos, pero sí tenemos que pagar un precio. Las siguientes ideas pueden servir de ayuda a medida que usted intenta incorporar el poder de la doctrina en su enseñanza.

1. Atesorar y vivir por la palabra. Para enseñar la doctrina con poder y autoridad, necesitamos conocer la doctrina. El Salvador le dijo a José y a Hyrum Smith que antes de procurar declarar Su palabra, primeramente debían procurar obtenerla; entonces tendrían Su Espíritu y Su palabra, “el poder de Dios para convencer a los hombres” (D. y C. 11:21). Esa clase de entendimiento “requiere algo más que una lectura ligera”, tal como enseñó el presidente Howard W. Hunter (1907–95). Requiere un estudio diario y concentrado5.
El estudio por sí solo no es suficiente. Si deseamos conocer la doctrina, también debemos vivirla (véanse Juan 7:17; Alma 12:9). El estudio y la aplicación diligente de las Escrituras y de las palabras de los profetas vivientes es la manera en que llegamos a tener el poder de Su palabra “en nosotros” (Alma 26:13; véase también Alma 17:2–3; 32:42)..

2. Enseñar la doctrina. Debemos tener cuidado de enseñar únicamente la doctrina verdadera. El Espíritu Santo es “el Espíritu de verdad” (Juan 15:26). Los alumnos pueden sentir Su testimonio confirmador si no declaramos “nada sino las cosas de los profetas y apóstoles” (D. y C. 52:36) y evitamos especulación e interpretación personal. Una de las mejores maneras de evitar siquiera acercarse a la doctrina falsa es mantener simple nuestra enseñanza (véanse Mosíah 25:22; 3 Nefi 11:39–40). Además, debemos asociar los comentarios y las experiencias que compartan los miembros de la clase con las doctrinas que estemos estudiando.

3. Enseñar mediante el Espíritu. Debemos recordar que nosotros no somos los protagonistas de la enseñanza; debemos poner nuestra mira solo en Dios. No estamos para entretener ni para ponernos a nosotros mismos como una luz. Pablo dijo a los corintios que estaba con ellos en “debilidad, y mucho temor y temblor” (1 Corintios 2:3; véase también el versículo 4). Eso no suena a que Pablo hubiese usado una presentación bien ensayada y redactada.
Si hemos de ser instrumentos en las manos de Dios para cambiar corazones, necesitamos hacernos a un lado y dejar que el Espíritu Santo enseñe la verdad. Mientras se preparen para enseñar, recuerden que lo que más importará en su clase es la presencia del Espíritu Santo. Hagan todo lo posible por invitar al Espíritu a su clase. Mientras enseñen, no tengan miedo de hacer una pausa para escuchar y sentir la dirección del Espíritu.

Al deleitarnos y vivir por cada palabra de Dios y enseñar solamente la verdadera doctrina por el poder del Espíritu Santo, descubriremos que el Señor cambia nuestro corazón y el de aquellos a quienes enseñamos. Doy gracias a Dios cada día por el cambio que Su palabra ha traído a mi corazón y por maestros que me enseñaron la verdadera doctrina con poder y autoridad.

La sencillez brinda entendimiento

“Prediquen los primeros principios del Evangelio; predíquenlos una y otra vez: encontrarán que día tras día se les revelarán nuevos conceptos y luz adicional. Ustedes podrán estudiarlos más a fondo a fin de comprenderlos claramente, y entonces podrán impartirlos de tal manera que sean más claros para las personas a las que enseñen”.

Hyrum Smith, en History of the Church, tomo VI, pág. 323.

Notas

1. Véase de Boyd K. Packer, “Los niños pequeños”, Liahona, enero de 1987, pág. 17.
2. Henry B. Eyring, “El poder de enseñar la doctrina”, Liahona, julio de 1999, pág. 85.
3. El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “El Señor diseñó la doctrina de Jesucristo para ayudarnos a incrementar nuestra fe” (“Manifiesten su fe”, Liahona, mayo de 2014, pág. 29).
4. Lectures on Faith [Discursos sobre la fe], 1985, págs. 1–2.
5. Véase de Howard W. Hunter, “El estudio de las Escrituras”, Liahona, enero de 1980, pág. 96.

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Un derramamiento del Espíritu

Liahona Marzo 2017
Un derramamiento del Espíritu

LaRene Porter Gaunt, miembro del personal de revistas de la Iglesia, llevó a cabo esta entrevista. Cronología e información de los recuadros laterales por Kate Holbrook, del Departamento de Historia de la Iglesia.

Hablando con ternura y poder sobre el 175º aniversario de la Sociedad de Socorro, la Presidencia General comparte sus sentimientos, perspectiva y testimonio con nosotras, las hermanas de la Sociedad de Socorro.

Young woman in sunlight

“Amamos a las hermanas de toda la Iglesia”, dice Linda K. Burton, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, hablando por ella misma y por sus consejeras, Carole M. Stephens, Primera Consejera, y Linda S. Reeves, Segunda Consejera. “¿Qué más podríamos desear que ayudarnos unas a otras a lo largo del camino de convenios que conducen a la vida eterna? Dios reveló Su propósito en Moisés 1:39: ‘Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre [y la mujer]’. En la Sociedad de Socorro ayudamos a las mujeres a prepararse para las bendiciones de la vida eterna. Lo hacemos al aumentar la fe en el Padre Celestial y en Jesucristo y Su expiación, al fortalecer a las personas, las familias y los hogares mediante ordenanzas y convenios, y al trabajar en unidad para ayudar a los necesitados1.

“Al recordar y vivir de acuerdo con el propósito de la Sociedad de Socorro, nosotras como mujeres Santos de los Últimos Días seremos ‘diferentes —en forma positiva’2, y ejerceremos una influencia significativa para bien en todo el mundo. Eso es lo que queremos para nuestras hermanas de la Sociedad de Socorro”.

A continuación, en una entrevista con el personal de revistas de la Iglesia, las integrantes de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro responden a preguntas de interés actual y comparten su visión del futuro.

1. ¿Qué tiene la Sociedad de Socorro que une a mujeres de diferentes culturas y diversas circunstancias?

Women talking

Hermana Burton: El conocer y vivir nuestro propósito nos une más allá de las culturas. El año pasado conocí a una hermana en Uruguay que me contó que la habían llamado como presidenta de la Sociedad de Socorro en el momento más lúgubre de su vida. Sintió la tentación de decir: “No puedo hacerlo ahora”. Sin embargo, debido a que había hecho convenios sagrados, dijo: “Haré lo que se me ha pedido que haga; tengo fe en el Padre Celestial y en Jesucristo. Sé que por medio de Su expiación puedo hacerlo”. Entonces me dijo: “Mi llamamiento trajo luz a mi vida mientras servía a mis hermanas. Puse mi confianza en el Señor, y Él me bendijo”.

En su historia reconozco el propósito de la Sociedad de Socorro. Su fe en el Padre Celestial y en Jesucristo y Su expiación la ayudó. Ella había hecho convenios sagrados y deseaba guardarlos. Al trabajar en unión con el obispo, ella cumplió con su llamamiento, y ahora tiene un testimonio de que el Señor nos bendice cuando confiamos en Él. Añado mi testimonio al de ella de que nuestro Salvador Jesucristo nos ayudará a atravesar todo desafío terrenal y todo lo que parece injusto en esta vida.

Hermana Stephens: Nuestra fe en el poder del sacrificio expiatorio del Salvador es lo que nos une. Nuestro amor por nuestro Padre Celestial y el conocimiento de Su gran plan de felicidad nos unen en nuestra búsqueda de la vida eterna. Nuestras hermanas son solteras, casadas con hijos o casadas sin hijos; las hay viudas y las hay quienes están divorciadas. Nuestra esperanza es que todas trabajemos en unidad y seamos una al llegar a comprender nuestra identidad, nuestra obra y nuestro propósito.

Hermana Reeves: La unidad nos da felicidad porque no hay contención y el amor de Dios mora en nuestros corazones (véase 4 Nefi 1:15). La unidad traspasa toda línea. ¡Cómo deseamos que nuestras hermanas sientan ese amor por el Salvador! ¡Cómo deseamos ser una al ayudar a que se cumplan Sus propósitos!

2. ¿Qué pueden hacer las mujeres si no sienten que son parte de la Sociedad de Socorro?

Hermana Stephens: El deseo de nuestros corazones como presidencia es que las hermanas comprendan su identidad eterna. Siempre hemos sido parte de la obra de Dios. Como mujeres, se nos ha investido con dones especiales para beneficiar a todos. En la vida preterrenal recibimos enseñanzas y capacitación sobre cuál sería nuestra obra. Estuvimos en aquel gran concilio de los cielos en que elegimos el plan de nuestro Padre Celestial, el cual incluía la expiación de Jesucristo. Exclamamos de gozo ante la perspectiva de tener un cuerpo mortal.

En la Tierra, comenzando con nuestra madre Eva, las mujeres siguen siendo parte de la obra de Dios. El profeta José Smith organizó a las mujeres según el modelo del sacerdocio —un modelo que siempre ha existido— cuando organizó la Sociedad de Socorro en 1842 en Nauvoo, Illinois.

El presidente Russell M. Nelson, Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, nos ha aconsejado: “… sepan por ustedes mismos quiénes son en verdad. Pregunten a su Padre Celestial, en el nombre de Jesucristo, qué siente Él en cuanto a ustedes y su misión aquí en la tierra. Si piden con verdadera intención, con el tiempo, el Espíritu les susurrará la verdad que cambiará su vida. Anoten esas impresiones, léanlas a menudo y síganlas al pie de la letra.

“¡Les prometo que, al empezar a captar siquiera un destello del modo en que el Padre Celestial los ve y lo que Él confía que ustedes harán por Él, su vida jamás será la misma”3. ¡Vayan al templo y escuchen! Escuchen quiénes son y qué harán.

3. ¿Cómo pueden las mujeres que están sumamente ocupadas disfrutar aun así las bendiciones de la Sociedad de Socorro?

Women walking with containers on heads

Hermana Stephens: Se trata de poner prioridades. Recientemente pasé tiempo en África Occidental, y vi a mujeres que todos los días llevaban agua de pozo sobre su cabeza y luego iban a trabajar para ayudar a proveer el sustento para sus familias. A veces me sentía abrumada por la pobreza. Luego, en las reuniones de capacitación, pasé tiempo con los miembros de la Iglesia, quienes asistían con sus camisas de brillante color blanco y sus coloridos vestidos hechos a mano.

Aprendí que esas personas son ricas en cuanto a las cosas que el dinero no puede comprar; aprendí que dan prioridad a las cosas más importantes. El Evangelio significaba todo para ellos. Me decían: “No necesito nada; tengo todo lo que necesito: tengo el Evangelio y a mi familia”. Cuando ponemos las cosas más importantes en primer lugar, otras cosas quedarán de manera natural eliminadas de nuestra vida.

4. ¿Qué ofrece la Sociedad de Socorro a las mujeres jóvenes?

Young and older women

Hermana Burton: Las mujeres jóvenes tienen la oportunidad de ayudar a cumplir una profecía cuando continúan su progreso en la Sociedad de Socorro. En 1979, el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) profetizó que las buenas mujeres del mundo “… se sentirán atraídas a la Iglesia [en gran número]… si la gente las considera diferentes —en forma positiva— de las mujeres del mundo…”4. Necesitamos los dones, la perspectiva y los talentos singulares que las mujeres jóvenes aportan para ayudar a cumplir esta profecía.

Respecto a la profecía del presidente Kimball, en 2015 el presidente Russell M. Nelson dijo a las mujeres de todas las edades, entre ellas las mujeres jóvenes: “¡Ustedes son las mujeres que [el presidente Kimball] predijo!…

“… necesitamos mujeres que tengan un entendimiento sólido de la doctrina de Cristo… mujeres que sepan cómo acceder al poder que Dios pone a disposición de los que guardan sus convenios… Necesitamos mujeres que tengan la valentía y la visión de nuestra madre Eva…

“Les suplico que den cumplimiento a la profecía del presidente Kimball… Al hacerlo, ¡el Espíritu Santo magnificará su influencia de un modo sin precedentes!”5.

Hermana Reeves: Todas somos “hijas de un Padre Celestial que nos ama y nosotras lo amamos a Él”6. Una se da cuenta de que en la Sociedad de Socorro somos más parecidas que diferentes. Por ejemplo, todas estamos en un mundo con redes sociales, publicidad y modelos a seguir bastante mundanos. El mundo está definiendo el valor de la mujer. El compararnos con lo que vemos y escuchamos en el mundo puede hacernos sentir que así debemos ser. Ahora más que nunca, todas debemos recordar que nuestro valor proviene de ser hijas de Dios, no de lo que el mundo dice que debemos ser. Nuestra fortaleza proviene de nuestra relación con nuestro Padre Celestial, nuestro Salvador y cada una de nosotras como hermanas en el Evangelio. Apóyense en eso.

Hermana Stephens: Mujeres jóvenes, Dios las necesita y nosotras también. Ustedes son la nueva generación y han nacido con la fortaleza para permanecer firmes frente a los desafíos de estos últimos días. Únanse a nosotras para que seamos mujeres que comprenden a Jesucristo y Su expiación, mujeres que hacen y guardan convenios sagrados, mujeres que obran en unidad entre ellas y con los líderes del sacerdocio. Es una bendición ser una mujer de cualquier edad en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Compartamos nuestro testimonio de quiénes somos y quiénes estamos llegando a ser. ¡Compartamos nuestro mensaje de gozo, disfrutando el estar juntas!

5. ¿Por qué es importante que los poseedores del sacerdocio y las hermanas de la Sociedad de Socorro obren en unidad?

Hermana Burton: Los hombres y las mujeres tienen funciones complementarias. Cada uno de nosotros tiene dones y talentos únicos para contribuir a la obra del reino y para fortalecernos unos a otros. Las mujeres somos la mitad del almacén del Señor; somos vitales para la obra. Aportamos una perspectiva y el deseo de contribuir a la edificación del reino que comenzó con Eva, continuó con Sara, Rebeca, Ester, María, Elisabet, Emma, Eliza y otras valientes hermanas de esta última dispensación y de la antigüedad.

Cuando pensamos en el poder y la influencia, por lo general relacionamos el poder con el poder del sacerdocio. Sin embargo, la influencia de una mujer justa también conlleva un poder enorme. Las mismas virtudes que se mencionan en Doctrina y Convenios 121:41 y que invitan el poder del sacerdocio son las mismas cualidades que invitan el poder de la influencia de una mujer: “persuasión”, “longanimidad”, “benignidad”, “mansedumbre” y “amor sincero”. Estas cosas son inherentes a nuestra naturaleza divina, y en eso yace nuestra oportunidad de influir para bien de una manera poderosa.

Al obrar en unión con nuestros hermanos del sacerdocio, poco a poco nos convertimos en un pueblo más como Sion (véase Moisés 7:18).

Hermana Reeves: Cuando leemos “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, vemos que nuestro Padre Celestial utiliza las fortalezas del hombre y de la mujer según las funciones y responsabilidades que llevarán a un número óptimo de Sus hijos de regreso a Su presencia7. El propósito de la Sociedad de Socorro nos ayuda a hacer eso.

6. ¿Cómo es para ustedes, como presidencia, trabajar con los profetas?

Hermana Burton: Tal como Jesucristo defendió a las mujeres en Su época, lo mismo hacen Sus apóstoles en nuestros días. Nuestros profetas son meticulosos en sus deliberaciones, y siempre procuran la opinión y la perspectiva de las hermanas de la Iglesia. Desearía que cada hermana de la Iglesia pudiera ver y escuchar y sentir lo que nosotras experimentamos al relacionarnos regularmente con los profetas, videntes y reveladores. Son verdaderos discípulos que dan su vida al Señor desinteresada y alegremente al procurar hacer Su voluntad y confiar en Su tiempo. A menudo testifican que esta Iglesia pertenece a Jesucristo y que Él la dirige y la guía.

Hermana Reeves: Cuando interactuamos con nuestros líderes, lo cual sucede a menudo, nos piden nuestra opinión cada vez más. Las Autoridades Generales que están en esos consejos escuchan y valoran lo que decimos, y trabajan con nosotras para lograr las metas que tenemos en común.

Hermana Stephens: La Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles son testigos especiales de Jesucristo. Lo conocen; están llegando a ser como Él. Así que, si desean entender la relación que las líderes mujeres tienen con estos testigos de Jesucristo, miren Su ejemplo en las Escrituras. Jesucristo defendió a las mujeres, las incluyó y las ennobleció. En los consejos que tenemos con las Autoridades Generales, a menudo los he visto y he pensado: “Esta es una pequeña porción de lo que se puede llegar a sentir en presencia del Salvador”.

7. ¿Cuál es la realción que existe entre el poder espiritual y nuestros convenios?

Hermana Stephens: Recibimos poder espiritual mediante los convenios que recibimos y los convenios que hacemos. También hay un poder espiritual que proviene de guardar nuestros convenios.

Recibimos poder espiritual cuando participamos dignamente de la Santa Cena los domingos. Es entonces que podemos renovar todos los convenios que hemos hecho con el Señor; tomamos Su nombre sobre nosotros, prometemos “recordarle siempre”, guardar Sus mandamientos y esforzarnos siempre por “tener su Espíritu [con nosotros]” (D. y C. 20:77, 79).

Hermana Burton: Con respecto a este poder espiritual, Nefi dijo: “… yo, Nefi, vi que el poder del Cordero de Dios descendió sobre los santos de la iglesia del Cordero…” (1 Nefi 14:14). El término santos, ¿no incluye a todos?

Nefi continúa diciendo en el mismo versículo que el poder del Cordero de Dios descendió “sobre el pueblo del convenio del Señor, que se hallaban dispersados sobre toda la superficie de la tierra; y tenían por armas su rectitud y el poder de Dios en gran gloria”. Como “pueblo del convenio”, nosotros —tanto hombres como mujeres—, podemos tener “por armas [nuestra] rectitud y el poder de Dios en gran gloria”. Ese es el destino divino de todos los hijos de Dios que guardan sus convenios.

Hermana Stephens: Para comprender el alcance de nuestro destino divino debemos responder dos preguntas: (1) ¿Sabemos quiénes somos? (2) ¿Sabemos lo que tenemos? Si comprendiéramos lo que tenemos, sabríamos que es todo lo que necesitamos. Mediante las ordenanzas y los convenios que hacemos en el templo, tenemos las bendiciones, el poder y la autoridad de todas las cosas que atañen al sacerdocio. No se nos ha ordenado; no sabemos por qué. La ordenación al sacerdocio de padre a hijo ha sido el orden de Dios desde los días de Adán y Eva.

Hermana Reeves: Tengo un testimonio de que las mujeres que guardan sus convenios reconocen que nuestro Padre nos ha dado todo lo que necesitamos para regresar a Su presencia al hacer y guardar convenios.

8. ¿Qué es lo más importante que quisieran que recordasen las hermanas de la Sociedad de Socorro?

Mother and baby

Hermana Burton: En Doctrina y Convenios 45:3 dice: “Escuchad al que es vuestro intercesor con el Padre, que aboga por vuestra causa ante él”.

“por tanto, Padre, perdona a estos mis hermanos que creen en mi nombre, para que vengan a mí y tengan vida sempiterna” (versículo 5). Me encanta la ternura que Cristo tiene por nosotras. ¡Él aboga por nuestra causa porque nos ama! Él desea que vengamos a Él. Amemos y aumentemos nuestra fe en Jesucristo y en nuestro Padre Celestial.

Como hijas del convenio de Dios diseminadas sobre toda la faz de la tierra hoy en día, tenemos por armas la rectitud y el poder de Dios en gran gloria. Al recordar nuestro propósito, regocijarnos y guardar nuestros convenios, seremos “… diferentes —en forma positiva— de las mujeres del mundo…” y podremos ayudar a preparar al mundo para el regreso de nuestro Salvador Jesucristo.

Aprenda más sobre la historia de la Sociedad de Socorro en history.lds.org/women.

El 17 de marzo de 1842, minutos después de convertirse en presidenta de la nueva Sociedad de Socorro Femenina de Nauvoo, Emma Smith habló sobre el propósito de dicha sociedad. “Buscar y dar alivio a los necesitados”, dijo. Tener la “ambición de hacer el bien” y “velar por la moralidad”8.

“La Sociedad existe no solo para dar alivio al pobre, sino para salvar almas”9. —José Smith

En Utah, las Sociedades de Socorro continuaron obrando para salvar almas y atender necesidades. Las Sociedades de Socorro también ministraron a los inmigrantes recién llegados, entre ellos a los sobrevivientes de las compañías de carros de mano Willie y Martin, a quienes proporcionaron provisiones, alimentos y cuidados médicos. A partir de 1868, las Sociedades de Socorro de barrios locales comenzaron a edificar salas en donde se reunían, cuidaban de los pobres, trataban asuntos y vendían mercancías. La construcción de salas de Sociedades de Socorro de barrio terminó en 1924.

La iniciativa económica más duradera de la Sociedad de Socorro fue el programa de almacenamiento de grano: 1876–1918. Durante la escasez de trigo hacia el final de la Primera Guerra Mundial, lo vendieron tras la petición irrefutable del gobierno de Estados Unidos. El interés del dinero del trigo se utilizó para disminuir la mortalidad infantil, fundar clínicas para mujeres embarazadas y niños pequeños, patrocinar clases de asistencia médica y almacenar artículos para partos.

El Departamento de Servicios Sociales fue establecido por Amy Brown Lyman en 1918 bajo la dirección del Presidente de la Iglesia Joseph F. Smith (1838–1918). La hermana Lyman además organizó cursos para capacitar a las miembros de la Sociedad de Socorro sobre los métodos profesionales de trabajo social. Durante los primeros años de la Gran Depresión, el departamento se ocupó de una enorme cantidad de casos y trabajó en coordinación tanto con funcionarios locales como federales para distribuir ayuda a los necesitados.

Durante la larga administración de la Presidenta General de la Sociedad de Socorro Belle S. Spafford, la Sociedad de Socorro y otras organizaciones auxiliares de la Iglesia se unieron a un proceso más grande de correlación de la Iglesia, el cual apuntaba a eliminar esfuerzos redundantes, disminuir desperdicios y fomentar la estabilidad en una Iglesia que crecía rápidamente en todo el mundo. Los cambios incluyeron la reorganización de las revistas de la Iglesia y el final de cuentas bancarias independientes de las organizaciones auxiliares.

Hoy, gracias al liderazgo de fieles hermanas de la Sociedad de Socorro a lo largo de los últimos 175 años, las Sociedades de Socorro en todo el mundo ayudan a los necesitados. Por ejemplo, las líderes de la Sociedad de Socorro de Caracas, Venezuela, querían encontrar maneras para que las hermanas sirvieran. Visitaron un hogar para ancianos y les mostraron una sala con mujeres que yacían en el suelo, como en posición fetal, sin ropa alguna. Las hermanas de la Sociedad de Socorro lloraban al bañar, vestir, alimentar y cortarle el cabello a esas mujeres.

El propósito de la Sociedad de Socorro

La Sociedad de Socorro prepara a las mujeres para las bendiciones de la vida eterna al:

• aumentar la fe en el Padre Celestial y en Jesucristo y Su expiación;

• fortalecer a las personas, las familias y los hogares mediante las ordenanzas y los convenios y

• trabajar en unidad para ayudar a los necesitados.
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Notas

1. Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 9.1.1.
2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 247.
3. Russell M. Nelson, “Vivan como verdaderos milénicos”, Liahona, octubre de 2016, pág. 49.
4. Enseñanzas de los Presidentes: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 247.
5. Russell M. Nelson, “Una súplica a mis hermanas”, Liahona, noviembre de 2015, págs. 96, 97.
6. Progreso Personal para las Mujeres Jóvenes, librito, 2009, pág. 3.
7. Véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.
8. Emma Smith, en el Libro de actas de la Sociedad de Socorro, 17 de marzo de 1842, pág. 13, Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City.
9. José Smith, en el Libro de actas de la Sociedad de Socorro, 9 de junio de 1842, pág. 63.
10. Véase Jill Mulvay Derr, Janath Russell Cannon y Maureen Ursenbach Beecher, Women of Covenant: The Story of Relief Society (Mujeres del convenio: historia de la Sociedad de Socorro), 1992, pág. 138.
11. Zina D. H. Young, “First General Conference of the Relief Society”, Woman’s Exponent, 15 de abril de 1889, pág. 172.
12. Julie B. Beck, “‘… hijas en mi reino’: La historia y la obra de la Sociedad de Socorro”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 114.

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