Las madres que lo saben

Conferencia General Octubre 2007
Las madres que lo saben
Julie B. Beck
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

En la maternidad hay una influencia y un poder eternos.

En el Libro de Mormón leemos acerca de dos mil jóvenes ejemplares que fueron sumamente valientes, intrépidos y vigorosos. “Sí, eran hombres verídicos y serios, pues se les había enseñado a guardar los mandamientos de Dios y a andar rectamente ante él” (Alma 53:21). Esos fieles jóvenes rindieron tributo a sus madres al decir: “…nuestras madres lo sabían” (Alma 56:48). Supongo que las madres del capitán Moroni, Mosíah, Mormón y otros grandes líderes también lo sabían.

La responsabilidad que las madres tienen hoy día nunca ha exigido más atención. Más que en cualquier otra época de la historia del mundo, necesitamos madres que sepan. Los niños están llegando a un mundo donde “no [tienen] lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12) 1 . No obstante, las madres no tienen que temer. Cuando las madres saben quiénes son, quién es Dios, y han hecho convenios con Él, tendrán gran poder e influencia para el bien de sus hijos.

Las madres que lo saben tienen hijos

Las madres que lo saben desean tener hijos. Aunque en muchas culturas del mundo a los hijos “se los valora menos” 2 , en la cultura del Evangelio todavía creemos en tener hijos. Los profetas, videntes y reveladores que fueron sostenidos en esta conferencia han declarado que “el mandamiento que Dios dio a sus hijos de multiplicarse y henchir la tierra permanece inalterable” 3 . El presidente Ezra Taft Benson enseñó que los matrimonios jóvenes no deben posponer tener hijos y que “en la perspectiva eterna, los hijos —y no las posesiones, ni la posición social, ni el prestigio— son nuestras joyas más valiosas” 4 .

Las hijas fieles de Dios desean hijos. En las Escrituras leemos sobre Eva (véase Moisés 4:26), Sara (véase Génesis 17:16), Rebeca (véase Génesis 24:60), y María (véase 1 Nefi 11:13–20) quienes fueron preordenadas para ser madres antes de que sus hijos hubieran nacido. A algunas mujeres no se les da la responsabilidad de tener hijos en la tierra, pero así como Ana, del Antiguo Testamento, oró con fervor por su hijo (véase 1 Samuel 1:11), el valor que las mujeres den a la maternidad en esta vida y los atributos maternales que logren aquí se levantarán con ellas en la Resurrección (véase D. y C. 130:18). A las mujeres que deseen esa bendición y se esfuercen por lograrla en esta vida, se les promete que la recibirán por toda la eternidad, y la eternidad es mucho, pero mucho más larga que la mortalidad. En la maternidad hay una influencia y un poder eternos.

Las madres que lo saben honran las ordenanzas y los convenios sagrados

Las madres que lo saben honran las ordenanzas y los convenios sagrados. He visitado reuniones sacramentales en algunos de los lugares más pobres de la tierra, donde las madres se han puesto su mejor ropa de domingo a pesar de tener que caminar varios kilómetros por caminos polvorientos o andar en medios de transporte deteriorados. Llevan a sus hijas con vestidos limpios y planchados, con el pelo bien peinado; los hijos llevan camisas blancas y corbatas, con cortes de pelo al estilo de los misioneros. Esas madres saben que van a la reunión sacramental a renovar los convenios; esas madres han hecho convenios en el templo y los guardan; saben que si no preparan a sus hijos para entrar en el templo, no les ayudarán a lograr las metas eternas que desean. Esas madres tienen influencia y poder. Seguir leyendo

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No dejen para mañana lo que puedan hacer hoy

Conferencia General Octubre 2007
No dejen para mañana lo que puedan hacer hoy
Élder Claudio R. M. Costa
De la Presidencia de los Setenta

Éste es el momento para cumplir las responsabilidades que Dios nos ha dado con respecto a la familia.

El 23 de septiembre de 1995, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doces Apóstoles presentaron a la Iglesia y al mundo un documento titulado: “La Familia: Una proclamación para el mundo”. Cito del párrafo que dice: “El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos” 1 . Vivimos en una época en la que este consejo es de suma importancia. Muchos padres afirman que no tienen tiempo para su familia; el acelerado tren de vida de los tiempos modernos y el exceso de trabajo están desviando la atención de los padres de lo que es más importante, es decir: dedicar tiempo y dar de sí mismo a la familia.

El Señor enseñó que todo hombre tiene la responsabilidad de mantener a su familia 2 , pero eso no significa sólo abastecer la casa de comida y otros artículos que se necesiten o se deseen. Debemos también dedicar tiempo para proveerles de enseñanzas, y ¿qué debemos enseñar?

Nuestro Padre nos ha enseñado que los padres tienen la obligación de enseñar el Evangelio a sus hijos 3 . El profeta Lehi comprendió bien su responsabilidad de enseñar a sus hijos. Nefi declaró que a él se le había enseñado “en toda la ciencia de [su] padre” 4 .

El Señor nos enseñó a cuidar a nuestra familia cuando nos dijo a través de Sus profetas en la proclamación para el mundo: “Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, de enseñarles a amarse y a servirse el uno al otro, de guardar los mandamientos de Dios y de ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan” 5 .

Sabemos que Dios nos ha enseñado durante siglos a cuidar y proteger a nuestra familia. También sabemos y vemos que el adversario ha estado atacando a la familia. Éste es el momento para utilizar todas esas enseñanzas, es el momento para cumplir las responsabilidades que Dios nos ha dado con respecto a la familia.

El presidente James E. Faust nos dio tres elementos clave que podemos emplear para proteger y fortalecer a nuestra familia:

1. La oración familiar: Los padres deben enseñar a sus hijos que son hijos de Dios y, por tanto, deben dirigirse a Él en oración diariamente.

2. La noche de hogar: Como nos enseñó el presidente Faust, la noche de hogar es para todos, no importa la etapa de la vida en la que nos encontremos. Debemos procurar que los lunes por la noche no haya otras actividades que nos impidan reunirnos como familia.

3. El estudio personal y familiar de las Escrituras: Debemos ayudar a nuestros hijos a fortalecer su fe y testimonio mediante este hábito fundamental 6 .
Si seguimos el sabio consejo del presidente Faust, estaremos protegiendo a los miembros de la familia de los ataques de Satanás, así como fortaleciendo su fe y su testimonio en el Señor Jesucristo.

En la proclamación sobre la familia también aprendemos que “por designio divino, el padre debe presidir sobre la familia con amor y rectitud y tiene la responsabilidad de protegerla y de proveerle las cosas necesarias de la vida. La responsabilidad primordial de la madre es criar a los hijos. En estas responsabilidades sagradas, el padre y la madre, como iguales, están obligados a ayudarse mutuamente” 7 . Seguir leyendo

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Vivan por fe y no por cobardía

Conferencia General Octubre 2007
Vivan por fe y no por cobardía
Élder Quentin L. Cook
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Si escogemos seguir a Cristo con fe, en lugar de escoger otro camino por temor, se nos bendecirá con la consecuencia que va de acuerdo con lo que hayamos elegido.

Queridos hermanos y hermanas, me uno a ustedes al expresar mi amor y apoyo continuo al presidente Eyring y a su familia. El presidente Hinckley me extendió el llamamiento para servir en el Quórum de los Doce el jueves por la tarde. Me es imposible expresar la variedad de los sentimientos que me han embargado desde entonces. Ha habido noches de insomnio y de mucha oración, sin embargo mi ánimo se ha fortalecido por el conocimiento de que el presidente Hinckley es el profeta y de que los miembros de la Iglesia orarán por mí y por mi familia.

El decir que me siento profundamente incapaz no sería una exageración. Cuando se me llamó como Autoridad General en abril de 1996, también me sentí igual con respecto a mi llamamiento. El élder Neal A. Maxwell me aseguró de que el único requisito para todos los que servimos en el reino era el de ser capaces de compartir el testimonio de la divinidad del Salvador. Una paz me invadió en ese entonces y ha permanecido conmigo desde ese momento porque amo al Salvador y he tenido experiencias espirituales que me permiten testificar de Él. Me regocijo por la oportunidad de ser testigo de Jesucristo en todo el mundo (véase D. y C. 107:23), a pesar de mis debilidades.

En Doctrina y Convenios sección 68, versículos 5 y 6, leemos:

“He aquí, ésta es la promesa del Señor a vosotros, oh mis siervos.

“Sed de buen ánimo, pues, y no temáis, porque yo, el Señor, estoy con vosotros y os ampararé; y testificaréis de mí, sí, Jesucristo, que soy el Hijo del Dios viviente; que fui, que soy y que he de venir”.

Busco la compañía del Espíritu Santo al hablarles esta mañana de día de reposo.

El sentimiento sobrecogedor que he tenido al recibir este llamamiento es que debemos vivir por fe y no por temor. En la segunda epístola de Timoteo, el apóstol Pablo habla acerca de la fe de la abuela de Timoteo, Loida y de su madre Eunice. Pablo escribe:

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7).

En mi caso personal, doy reconocimiento respetuoso a los antepasados que ahora están del otro lado del velo, que dieron todo lo que se pidió de ellos para edificar el reino de Dios en la tierra.

Estoy agradecido por haber estado rodeado toda mi vida por personas que aman al Salvador. Mi corazón está lleno de agradecimiento por mi familia. Mi esposa Mary ha sido el gozo de mi vida. Su fortaleza espiritual, su buen ejemplo, su sentido del humor y su amoroso apoyo me han bendecido a lo largo de mi vida. Nuestros tres hijos y sus esposas han sido fuentes de gran satisfacción personal y, junto con nuestros nueve nietos, han sido una bendición para nosotros. Su fe y sus oraciones, y lo bueno que han hecho en su vida han sido de gran consuelo para Mary y para mí.

Cuando pienso en mi juventud transcurrida en Logan, Utah (el adorado Cache Valley del élder Perry), me doy cuenta de lo afortunado que fui de haber crecido en un buen hogar; de tener una madre justa llena de fe, de tener un amoroso padre, un hermano mayor que ha sido para mí un ejemplo extraordinario tanto como amigo como consejero, y una hermana menor que me ha querido y apoyado. Soy muy afortunado también por haber tenido líderes de la Iglesia, maestros, entrenadores y amigos devotos y de gran talento que fueron ejemplos maravillosos para mí.

De joven, tuve la oportunidad de servir en la misión Británica, un hecho fundamental que cambió mi vida. La influencia de un esforzado presidente de misión es uno de los grandes milagros del Evangelio restaurado. Hace unas semanas, recibí una tarjeta para mi cumpleaños en las Oficinas Generales de la Iglesia, de una mujer a quien enseñé el Evangelio en Gloucester, Inglaterra, hace ya muchos años, con la que había perdido contacto. Me contó que ella y su esposo son muy activos en la Iglesia y tienen 6 hijos y 20 nietos, todos nacidos bajo el convenio. Puede que esa haya sido la mejor tarjeta de cumpleaños que haya recibido hasta ahora.

Mary y yo nos fuimos de Utah para que yo pudiese asistir a la facultad de derecho en Palo Alto, California. Planeábamos volver a Utah tras mi graduación, pero el Espíritu nos indicó que nos quedáramos en California, donde vivimos por 33 años y criamos a nuestra familia. Los dos hemos tenido muchas oportunidades de prestar servicio. Allí nos encantó la diversidad de los miembros y su dedicación al evangelio de Jesucristo. Siempre les estaré en deuda a los maravillosos Santos de los Últimos Días de California, que han sido una influencia muy positiva en mi vida. Seguir leyendo

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¡Oh recordad, recordad!

Conferencia General Octubre 2007
¡Oh recordad, recordad!
Presidente Henry B. Eyring
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

“¡Oh recordad, recordad!” suplicaban a menudo los profetas del Libro de Mormón 1 . Mi punto es instarles a buscar formas de reconocer y recordar la bondad de Dios.

Me sentí agradecido al coro por su transmisión de esta mañana, que se centró en el Salvador y me complació ver la letra de una de las canciones que cantaron, “El Cristo es”, que el presidente James E. Faust escribió. Al sentarme al lado del hermano Newell, me acerqué y le pregunté: “¿Cómo se encuentran sus hijos?”. Me respondió: “Cuando el presidente Faust se sentaba en esa silla, eso era lo que él siempre preguntaba”. No me sorprende, ya que el presidente Faust era siempre el ejemplo perfecto del discípulo que se describió en el programa de Música y Palabras de Inspiración el día de hoy. Al ir creciendo, siempre pensé que así era, yo deseaba ser como el presidente Faust y posiblemente todavía haya tiempo.

Cuando nuestros hijos eran muy pequeños, comencé a apuntar algunas cosas que ocurrían diariamente. Les voy a contar cómo comencé: Una noche llegué a casa tarde después de cumplir una asignación de la Iglesia, ya estaba oscuro, y mi suegro, que vivía cerca, me sorprendió cuando yo me dirigía a la puerta de la casa. Él cargaba unos tubos sobre el hombro, caminaba de prisa y llevaba puesta la ropa de trabajo. Yo sabía que había estado instalando un sistema para bombear agua desde el río hasta nuestra propiedad.

Se sonrió, habló suavemente y después desapareció rápidamente entre la oscuridad para continuar su trabajo. Avancé hacia la casa pensando en lo que hacía por nosotros y, en cuanto llegué a la puerta, escuché mentalmente, y no con mi propia voz, estas palabras: “No te doy estas experiencias sólo para ti, escríbelas”.

Entré en la casa, pero no me acosté aunque estaba cansado. Saqué unas hojas de papel y empecé a escribir, y al hacerlo, comprendí el mensaje que había escuchado. Yo debía anotarlo para que mis hijos leyeran en el futuro cómo yo había visto la mano de Dios bendecir a nuestra familia. El abuelo no tenía que hacer lo que hacía por nosotros, podría haberle pedido a alguien más que lo hiciera o simplemente no haberlo hecho, pero servía a su familia, tal como los discípulos comprometidos de Jesucristo siempre lo hacen. Yo sabía que eso era verdad, así que lo escribí para que mis hijos lo recordaran algún día cuando lo necesitaran.

Por años escribí diariamente varias líneas. Nunca dejé pasar un día por más cansado que estuviera o por cuan temprano tuviera que levantarme al otro día. Antes de escribir, meditaba en esta pregunta: “¿Hoy he visto la mano de Dios bendecirnos a nosotros, a nuestros hijos o a nuestra familia?”. Al seguirlo haciendo, algo comenzó a suceder. Al repasar mentalmente el día, me percataba de lo que Dios había hecho por alguno de nosotros y no lo había reconocido en los momentos del día en los que estaba ocupado. Cuando eso ocurría, y pasaba a menudo, comprendí que el tratar de recordar había permitido que Dios me mostrara lo que Él había hecho.

En mi corazón comenzó a crecer algo más que la gratitud, creció también el testimonio. Tuve una creciente certeza de que nuestro Padre Celestial escucha y contesta nuestras oraciones, sentí más gratitud por el enternecimiento y refinamiento, que son el resultado de la expiación del Salvador Jesucristo, y llegué a sentir más confianza en que el Espíritu Santo puede hacernos recordar todas las cosas, aun las que no hayamos notado o no hayamos puesto atención cuando ocurrieron.

Los años han pasado, y mis niños ya son hombres, y de vez en cuando uno de ellos me sorprende al decir: “Papá, leí en mi copia del diario acerca del día en el que…”, y luego me relata que la lectura de lo que ocurrió hace mucho le ayudó a reconocer lo que Dios había hecho en su día.

Mi punto es instarles a buscar formas de reconocer y recordar la bondad de Dios porque eso edificará nuestro testimonio. Tal vez no lleven un diario ni compartan sus registros con las personas a las que aman y sirven, pero ustedes y ellos serán bendecidos al recordar lo que el Señor ha hecho. Recuerdan esa canción que a veces cantamos: “Bendiciones, cuenta y verás cuántas bendiciones de Jesús tendrás” 2 .

No será fácil recordar. Al vivir como lo hacemos, con un velo sobre los ojos, no recordamos cómo era vivir con nuestro Padre Celestial y Su Amado Hijo Jesucristo en el mundo preterrenal; tampoco logramos apreciar sólo con el razonamiento ni con los ojos naturales la mano de Dios en nuestra vida; para eso se requiere el Espíritu Santo, y no es fácil ser merecedor de Su compañía en un mundo inicuo.

Por eso el olvidarse de Dios ha sido un problema tan constante entre Sus hijos desde los comienzos del mundo. Piensen en la época de Moisés, cuando Dios mandó maná y de maneras milagrosas y visibles guió y protegió a Sus hijos; y sin embargo, el profeta advirtió a los que habían sido tan bendecidos, tal como siempre lo han hecho los profetas y siempre lo harán: “…guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida” 3 .

Y el desafío de recordar siempre ha sido el más difícil para los que han recibido bendiciones abundantemente. Los que son fieles a Dios son protegidos y prosperan como resultado de servir a Dios y guardar Sus mandamientos. No obstante, a esas bendiciones les acompaña la tentación de olvidar su origen, y es fácil comenzar a sentir que no las otorgó un Dios amoroso, del cual dependemos, sino de nuestro propio poder. Los profetas han repetido una y otra vez esta lamentación: Seguir leyendo

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Tardos para airarse

Conferencia General Octubre 2007
Tardos para airarse
Presidente Gordon B. Hinckley

Que el Señor los bendiga y los inspire a andar sin ira.

Mis amados hermanos, dondequiera que se encuentren, ya sea aquí en el Centro de Conferencias o en la sala de una capilla allende de la mar, qué maravilloso es que podemos hablarles desde este Centro de Conferencias y que ustedes puedan oír lo que decimos en lugares remotos como en la Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

Esta noche he decidido hablar del tema de la ira. Reconozco que esto es un poco fuera de lo común, pero pienso que es muy oportuno.

Un proverbio del Antiguo Testamento dice: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad” (Proverbios 16:32).

Cuando no enojamos, nos metemos en problemas. La intensa ira al conducir que se manifiesta en nuestras carreteras es una detestable expresión de ira. Me atrevo a decir que la mayoría de los presos de nuestras cárceles están allí por haber hecho algo en un arrebato de ira. En su cólera, profirieron insultos, perdieron el control de sí mismos y siguieron cosas terribles, incluso el asesinato. Hubo momentos de agresión seguidos de años de remordimiento.

Se cuenta lo siguiente de Charles W. Penrose, que fue converso a la Iglesia y fue misionero en Inglaterra durante unos once años. Cuando fue relevado, vendió algunas de sus pertenencias para pagar los gastos del viaje a Sión. Algunos de los santos que lo observaban dijeron que él estaba robando propiedad de la Iglesia.

Eso le molestó tanto, que subió a la planta de arriba de su residencia, se sentó y escribió las siguientes estrofas que son tan conocidas para ustedes (véase Karen Lynn Davidson, Our Latter-day Hymns: The Stories and the Messages, 1988, pág. 323.)

Sé prudente, oh hermano,
a tu alma gobernad,
no matando sus anhelos,
mas con juicio gobernad.
Sé prudente, hay gran fuerza
en la mente con pasión,
la pasión razón destruye,
hace ciega la visión.
Ten confianza en el hecho
que el tiempo probará
las calumnias todas falsas,
la verdad se mostrará.
Con intento no ofendas
a ninguno con rencor;
deja que tus pasos anden
en las sendas del amor.
Sé prudente, oh hermano,
a tu alma gobernad,
no matando sus anhelos,
mas con juicio gobernad.
(Sé prudente, oh hermano, Himnos de Sión, Nº 115.)

Hace muchos años, trabajé para una empresa ferroviaria. Un día, un guardagujas caminaba despreocupadamente por el andén y le pedí que moviera un vagón a otra vía. Él perdió los estribos, tiró su gorra al pavimento y la pisoteó mientras injuriaba como un marinero ebrio. Yo me quedé allí y me reí al ver su comportamiento infantil. Al oír mi risa, se empezó a reír de su insensatez y después, tranquilamente, subió a la locomotora de cambio, la condujo hasta el vagón vacío y lo movió a otra vía disponible.

Pensé en el versículo de Eclesiastés: “No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios” (Eclesiastés 7:9).

La ira es la causa de gran número de maldades.

Del periódico matutino recorté un artículo que empezaba con esta declaración: Seguir leyendo

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Un real sacerdocio

Conferencia General Octubre 2007
Un real sacerdocio
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

El tiempo y las circunstancias pueden cambiar, pero los atributos de un verdadero poseedor del sacerdocio de Dios permanecen constantes.

Hermanos, al mirar de un lado al otro de este edificio majestuoso, sólo puedo decir, que es una inspiración verles. Es increíble pensar que, en miles de capillas por todo el mundo, otros como ustedes —poseedores del Sacerdocio de Dios— están recibiendo este programa mediante una transmisión vía satélite. Las nacionalidades varían y los idiomas son muchos, pero nos une algo en común: Se nos ha confiado poseer el sacerdocio y actuar en el nombre de Dios. Se nos ha conferido una sagrada responsabilidad y es mucho lo que se espera de nosotros.

Nosotros, los que poseemos el Sacerdocio de Dios y lo honramos, estamos entre aquellos que han sido reservados para esta época especial de la historia. El apóstol Pedro nos describió en el segundo capítulo de Pedro, en el noveno versículo: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”.

¿Cómo podemos, ustedes y yo, reunir los requisitos para ser dignos de ese título especial: “un real sacerdocio”? ¿Cuáles son las características de un verdadero hijo del Dios viviente? Esta noche quisiera que consideráramos algunas de esas características.

El tiempo y las circunstancias pueden cambiar, pero los atributos de un verdadero poseedor del sacerdocio de Dios permanecen constantes.

Sugiero, antes que nada, que todos cultivemos el atributo de la previsión. Un escritor dijo que la puerta de la historia gira sobre pequeñas bisagras y lo mismo sucede con la vida de las personas. Si fuésemos a aplicar ese adagio a nuestra vida, podríamos decir que somos el resultado de muchas decisiones pequeñas; en realidad, somos el producto de nuestras decisiones. Debemos desarrollar la capacidad de recordar el pasado, de evaluar el presente y de ver hacia el futuro a fin de lograr en la vida lo que el Señor desea que hagamos.

Ustedes, los jovencitos que poseen el Sacerdocio Aarónico, deben tener la facultad de mirar hacia el futuro al día en que poseerán el Sacerdocio de Melquisedec y luego prepararse en calidad de diáconos, maestros y presbíteros para recibir el santo Sacerdocio de Melquisedec de Dios. Al recibirlo, ustedes tienen la responsabilidad de estar preparados para responder al llamado de servir en calidad de misioneros, de aceptar el llamamiento y después cumplirlo. Ruego sinceramente que todo joven y todo hombre tenga el atributo de la previsión.

El segundo principio que me gustaría recalcar como característica de un verdadero poseedor del sacerdocio de Dios es el atributo del esfuerzo. No basta tener el deseo de hacer un esfuerzo y decir que lo intentaremos, sino que en realidad debemos hacerlo. La forma de lograr nuestras metas está en el hacer y no sólo en el pensar. Si constantemente postergamos nuestras metas, nunca las veremos realizadas. Una persona lo explicó de esta manera: Vive sólo para el mañana y hoy tendrás muchos ayeres vacíos 1 .

En julio de 1976, el corredor Garry Bjorklund tenía la determinación de calificar para integrar el equipo olímpico de los Estados Unidos para la carrerea de mil metros que se llevaría a cabo en los Juegos Olímpicos de Montreal. No obstante, a la mitad de la difícil carrera eliminatoria, se le salió el zapato deportivo izquierdo. ¿Qué hubiéramos hecho ustedes y yo si nos hubiese pasado eso? Supongo que él podría haberse dado por vencido y detenerse; podría haber culpado a la mala suerte y hubiera perdido la oportunidad de participar en la carrera más importante de su vida; sin embargo, ese fantástico atleta no lo hizo, sino que corrió sin el zapato. Él sabía que tenía que correr más rápido de lo que había corrido antes en su vida; sabía que sus contrincantes contaban con una ventaja que no habían tenido al iniciar la carrera. Corrió a lo largo de la pista, con un pie descalzo y el otro con zapato; terminó en tercer lugar y calificó para competir en la carrera de la medalla de oro. Ese fue el mejor tiempo que había registrado en ninguna de sus carreras; él hizo el esfuerzo necesario para alcanzar su meta. Seguir leyendo

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Dios ayuda al fiel poseedor del sacerdocio

Conferencia General Octubre 2007
Dios ayuda al fiel poseedor del sacerdocio
Presidente Henry B. Eyring
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El mensaje puede venir a su mente en palabras, con un sentimiento o ambas; pero va a… darle seguridad y guía en lo que deben hacer.

En esta tarde pienso en un joven que está en alguna parte del mundo, se pregunta si él podrá hacer lo que se requiere de un poseedor del sacerdocio. Yo tuve esa misma preocupación cuando tenía trece o catorce años.

Me había criado en el campo misional, donde sólo había una pequeña rama que se reunía en mi casa. Después mi familia se mudó a un lugar donde había estacas, barrios grandes, capillas y quórumes de jóvenes que parecían saber mucho más que yo sobre lo que deben hacer los poseedores del sacerdocio. En ese barrio tenían un sistema complicado para repartir la Santa Cena. Yo estaba seguro de que me iba a equivocar cuando me tocara el turno de repartir o preparar la Santa Cena.

En mi miedo y desesperación, recuerdo haber salido de la capilla para estar solo. Estaba preocupado, oré para pedir ayuda y recibir la seguridad de que no fallaría al servir a Dios en Su sacerdocio.

Ahora han pasado muchos años. He sido poseedor del Sacerdocio de Melquisedec por más de cincuenta años, pero en los últimos días he orado con el mismo fervor pidiendo ayuda y seguridad de que no voy a fallar en el llamamiento que se me ha extendido de prestar servicio en la Primera Presidencia. Me parece que otras personas son más capaces para servir y que están mejor preparados, pero al orar esta vez pienso que pude sentir una respuesta que posiblemente se me envió hace muchos años afuera de la capilla del Barrio Yalecrest hace mucho tiempo. Es la misma respuesta que ustedes pueden esperar recibir cuando afronten un llamamiento para servir en el sacerdocio que piensen que esté fuera de su alcance.

El mensaje puede venir a su mente en palabras, con un sentimiento, o ambas; pero eso va a incluir por lo menos tres cosas para darle seguridad y guía en lo que deben hacer en este llamamiento aparentemente abrumador.

Primero, la seguridad se recibirá con el recuerdo de las veces que el Padre Celestial los ha ayudado a través de peligros y dificultades, esto me sucedió a mí en los últimos días.

Cuando era un jovencito y todavía vivía en Nueva Jersey, una muchedumbre de personas airadas se reunió frente a nuestra casa. Mi madre salió a encontrarse con ellos, estaba sola con ese grupo de personas que para mí parecían bastante peligrosas. No pude escuchar lo que dijo ella, pero después de algunos minutos se alejaron pacíficamente, todavía recuerdo haber visto un milagro.

Ya de mayor, tengo un recuerdo más reciente de un grupo de personas airadas, la Primera Presidencia me llamó a afrontar a quienes de pronto y en forma inexplicable sintieron un espíritu de calma y reconciliación.

En una ocasión, se me envió a hablar ante líderes y ministros de iglesias de los Estados Unidos de América que se habían reunido en Miniápolis para tratar el problema de la competencia entre las iglesias.

Cuando llegué, me encontré que se me había asignado como uno de los oradores. El tema asignado era: ¿Por qué había sido necesaria una restauración de la verdadera Iglesia por medio de José Smith? Yo era el sustituto de último momento del élder Maxwell.

Cuando llegué a la ciudad la noche anterior a las reuniones y miré el programa, llamé al presidente Hinckley y le comuniqué que las reuniones durarían tres días, con varios discursos que se pronunciarían al mismo tiempo, que la audiencia podría escoger a cuál asistir, le dije que yo pensaba que si decía la verdad temía que nadie más asistiera a mi segunda sesión y quizás regresaría a casa muy pronto. Le pregunté qué pensaba él que debería hacer yo; él me dijo: “Utilice su buen juicio”.

Oré toda la noche, y cerca del amanecer estaba seguro de que debía hablar de la Restauración, no diciendo: “Esto es lo que nosotros creemos que sucedió con José Smith y por qué creemos que pasó”, sino “Esto es lo que sucedió con José Smith y esta es la razón por la que el Señor lo hizo”. Por la noche no se me dio ninguna confirmación de las consecuencias, sólo una dirección clara, sigue adelante.

Para mi asombro, los ministros hicieron fila para hablar conmigo después de mi primer discurso. Cada uno de ellos me dijo esencialmente lo mismo. Cada uno de ellos, en algún momento de su vida, había conocido a un miembro de la Iglesia al que admiraban. Muchos de ellos dijeron que vivían en una comunidad donde un presidente de estaca había ido a auxiliar no sólo a los miembros sino a toda la comunidad durante un desastre. Me pidieron que diera saludos y agradecimientos no sólo a personas que yo no conocía sino también a otras que ni esperaba conocer. Seguir leyendo

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Hoy es el momento

Conferencia General Octubre 2007
Hoy es el momento
Élder Walter F. González
De la Presidencia de los Setenta

¿Qué estamos haciendo hoy para grabar en nuestra alma los principios del Evangelio que nos sostendrán en los momentos de adversidad?

Cuando el presidente James E. Faust nos avisó a mi esposa y a mí que íbamos a ser transferidos a Lima, Perú, no imaginábamos que el 15 de agosto de 2007, apenas unos días después de nuestra llegada, seríamos testigos de un devastador terremoto. Más de 52.000 casas fueron destruidas por motivo de su extraordinaria magnitud, y lo peor de todo fue que dejó más de 500 muertos, de los cuales nueve eran miembros de la Iglesia. Los miembros de las Estacas de Ica y Pisco y de los Distritos de Cañete y Chincha fueron los que más sufrieron las consecuencias del temblor.

La ayuda de la Iglesia, tanto a sus miembros como a los de otras religiones, fue inmediata. A la mañana siguiente del terremoto, nuestros miembros recibieron alimentos y ropa en la zona del desastre, y antes del mediodía, la Iglesia brindó ayuda humanitaria a la Defensa Civil de la nación. Muchos miembros que se habían quedado sin casa fueron hospedados en nuestras capillas. A pesar de lo inesperado de la catástrofe, la organización del sacerdocio funcionó muy bien para brindar ayuda a los menos afortunados.

Los presidentes de estaca y de distrito, junto con los obispos, salieron a visitar a sus miembros pocos minutos después del terremoto. Vale la pena recalcar la situación terrible en que salieron estos líderes del sacerdocio: era de noche, había apagones, abundaba la destrucción y la tierra no paraba de sacudirse. Estos magníficos líderes del sacerdocio dejaron a sus familias en un lugar seguro y salieron a caminar en la oscuridad, entre llantos de personas rodeadas de casas derrumbadas. Así salieron nuestros líderes durante el transcurso de esa noche y de los días siguientes, encarando frecuentes y fuertes réplicas sísmicas así como una alerta de maremoto, buscando entre los escombros y en medio de la conmoción, poniendo en riesgo sus propias vidas para llegar a todos los miembros. Un obispo manifestó: “Sin pensarlo dos veces corrí a buscar a mis hermanos y líderes de la Iglesia”. Y los encontró. Así pasó casi toda la noche.

¿Qué motivó a estos líderes a salir a ayudar a otros, incluso arriesgando sus propias vidas? Sin duda, fue la gran fe en el Salvador y Su Iglesia; fue la comprensión de su llamamiento como líderes del sacerdocio; fueron los principios del Evangelio grabados en sus vidas antes del terremoto y no durante la crisis, no con tinta sino con fuego por el Espíritu en las tablas de carne de sus corazones. (Véase 2 Corintios 3:3.)

La posibilidad de un terremoto existió siempre, pero nadie sabía dónde ni cómo había de ser. Cuando llegó, fue devastador, pero bajo la dirección del sacerdocio, se afrontó el desafío del momento. En muchos casos, cuando los miembros no podían más, el Señor les tendía una mano de ayuda. Algunos miembros informaron haber visto varones vestidos de blanco ayudándolos a salvar sus vidas. Otros oyeron voces que los dirigieron. Los años de servicio en la Iglesia brindaron una escuela preparatoria para organizarse y ayudarse unos a otros.

Lo mismo acontece con nuestras vidas. No sabemos cuándo ni cómo nos llegarán terremotos. Probablemente no se tratará de movimientos telúricos literales, como sucedió en Perú, sino que serán terremotos de tentaciones, de pecados o de pruebas tales como el desempleo o una enfermedad grave. Hoy es el momento de prepararnos para cuando llegue ese otro tipo de terremoto. Hoy es el momento de prepararnos y no durante la crisis. ¿Qué estamos haciendo hoy para grabar en nuestra alma los principios del Evangelio que nos sostendrán en los momentos de adversidad? Seguir leyendo

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Bienaventurados son todos los de corazón puro

Conferencia General Octubre 2007
Bienaventurados son todos los de corazón puro
Élder L. Whitney Clayton
De los Setenta

Que Dios bendiga nuestros sinceros esfuerzos por ser puros de corazón y mente, para “que la virtud engalane [nuestros] pensamientos incesantemente”.

Hace unos años, al caminar por una playa del Caribe, en una mañana soleada, mi esposa y yo vimos varios pequeños botes de pescadores que habían sido arrastrados a la arena. Cuando nos detuvimos para verlos, aprendí algo acerca de la pesca que nunca he olvidado. En lugar de utilizar redes, sedal o anzuelos, los pescadores locales usaban trampas hechas de malla metálica. Cada trampa tenía la forma de caja en la que los pescadores cortaban aberturas verticales de unos veinte centímetros de largo a cada lado y después doblaban hacia adentro los alambres cortados, creando así ranuras angostas por donde los peces podían entrar.

Ya se habrán dado cuenta de cómo funcionaba la trampa. Los pescadores llevaban una trampa con carnada al mar y la bajaban al fondo. Cuando un pez lo suficientemente grande se acercaba a la trampa y percibía la carnada, encontraba una abertura en el costado de la trampa y se metía, pasando muy apenas por entre los alambres cortados. Luego, cuando el pez atrapado trataba de salir, descubría que una cosa era pasar muy apenas por los alambres cortados y otra muy diferente era tratar de nadar contra las puntas afiladas del alambre para salir… y se quedaba atrapado. Cuando los pescadores regresaban, sacaban la trampa del agua y el pescado se convertía en una deliciosa cena.

En el Antiguo Testamento hay un relato de una persona que fue presa de una trampa semejante. Ese hombre era el poderoso rey David, y lo que sucedió es uno de los relatos más tristes de las Escrituras.

“Aconteció… en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, y con él a sus siervos y a todo Israel, y [peleó contra] los amonitas…; pero David se quedó en Jerusalén.

“Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa” (2 Samuel 11:1–2).

David averiguó que la mujer se llamaba Betsabé. Urías, el esposo, se encontraba lejos peleando contra los amonitas con el resto del ejército, donde David, su rey, debería haber estado. David mandó que llevaran a Betsabé al palacio; cometieron adulterio, ella quedó embarazada, y David tuvo miedo de que el adulterio se descubriera. Con la intención de cubrir su pecado, David ordenó que Urías regresara a Jerusalén. Éste regresó, pero por principio, se negó a ir a su casa a visitar a Betsabé. Entonces, David hizo los arreglos para que a Urías lo mataran en el campo de batalla (véase 2 Samuel 11:3–17). Esa serie de terribles decisiones ocasionó la muerte a Urías y sufrimiento a David, a Betsabé y, finalmente, a todo el reino. Con gran eufemismo, en la Biblia dice: “…esto que David había hecho, fue desagradable ante los ojos de Jehová” (2 Samuel 11:27). Seguir leyendo

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Hazlo ahora

Conferencia General Octubre 2007
Hazlo ahora
Élder Donald L. Hallstrom
De los Setenta

Ahora es el momento de reconciliarnos con Dios por conducto del misericordioso proceso de cambio que nos concede el Redentor.

Cuando nuestro hijo mayor (que ahora tiene tres hijos y se encuentra en esta congregación del sacerdocio) tenía 11 años, se le asignó como tarea, junto con los demás alumnos de sexto grado de su escuela, llevar su receta familiar predilecta. Los niños de sexto grado, como contribución a una gran feria de primavera, estaban preparando un recetario de cocina para distribuirlo entre la comunidad. Cuando la maestra anunció el proyecto y la fecha de entrega para el viernes siguiente, nuestro hijo Brett de inmediato sacó en conclusión que tenía suficiente tiempo para hacerlo más tarde, así que se despreocupó del asunto. Al comenzar la semana siguiente, cuando la maestra les recordó que la fecha de entrega sería el viernes, Brett pensó que fácilmente podría cumplir la asignación el jueves por la noche y, hasta entonces podría ocuparse de otras cosas más divertidas.

El señalado viernes por la mañana, la maestra pidió a los alumnos que pasaran sus recetas al frente de la clase. La desidia de Brett hizo que se olvidara de la tarea, cosa que lo tomó totalmente desprevenido. Agitado y nervioso, se volvió a un compañero que estaba sentado cerca de él y le contó su problema. Para ayudarlo, el compañero le dijo: “Traje una receta de más; si quieres, usa una de las mías”. Brett rápidamente tomó la receta, le puso su nombre y la entregó, pensando que había escapado de las consecuencias de su falta de preparación.

Una tarde, varias semanas después, llegué a casa después del trabajo para arreglarme antes de ir a las reuniones de la Iglesia que tenía por la noche. Hacía unos días, se me había llamado como presidente de estaca después de servir como obispo durante varios años. En la comunidad se nos reconocía como miembros de la Iglesia que se esforzaban por vivir los principios de nuestra religión. “Hay algo que debes ver”, dijo mi esposa Diane cuando entré a la casa. Me entregó un libro encuadernado con una página marcada; le di un vistazo a la portada, titulada Recetas Preferidas de la Escuela Noelani, 1985; di vuelta a la página marcada y leí “Familia Hallstrom—Receta predilecta: Pastel de Ron Bacardí”.

Muchos de nosotros nos ponemos en situaciones considerablemente más graves que un simple bochorno porque aplazamos el convertirnos plenamente al Evangelio de Jesucristo. Sabemos lo que es correcto, pero demoramos nuestra plena participación espiritual por pereza, miedo, racionalización o falta de fe. Nos convencemos a nosotros mismos de que “algún día lo haré”. Sin embargo, para muchos ese “algún día” nunca llega, y aún para aquellos que al final logran cambiar, hay una irrecuperable pérdida de progreso y seguramente un retroceso.

Una medida para que nosotros mismos podamos evaluar si somos espiritualmente desidiosos es la siguiente: ¿Qué actitud tenemos al asistir a las reuniones de la Iglesia? ¿Es la de aprender “tanto por el estudio como por la fe” (véase D. y C. 88:118), lo cual nos motiva a actuar de acuerdo con lo que aprendamos? ¿O tenemos la actitud de “ya he escuchado todo esto antes”, lo que inmediatamente bloquea el acceso del Espíritu a nuestra mente y corazón, y permite que la desidia llegue a ser una parte fundamental de nuestro carácter?

Se dijo lo siguiente de un investigador prominente en los comienzos de la Iglesia restaurada, que hizo convenio de que obedecería cualquier mandamiento que el Señor le diera: “Y recibió la palabra con alegría, pero en seguida lo tentó Satanás… y los afanes del mundo hicieron que rechazara la palabra” (D. y C. 40:2). Comparemos eso con la clara declaración del Señor: “El que recibe mi ley y la guarda, tal es mi discípulo” (D. y C. 41:5).

Con profunda emoción, Alma declaró: “Y ahora bien, hermanos míos, deseo desde lo más íntimo de mi corazón, sí, con gran angustia, aun hasta el dolor, que escuchéis mis palabras, y desechéis vuestros pecados, y no demoréis el día de vuestro arrepentimiento” (Alma 13:27).

Amulek, el amigo de Alma y compañero de enseñanza, amplió el mensaje al proclamar:

“Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra.

“Y… ya que habéis tenido tantos testimonios, os ruego, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin” (Alma 34:32–33). Seguir leyendo

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Elevar el nivel

Conferencia General Octubre 2007
Elevar el nivel
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Asegúrense de que cumplan fácilmente con las normas mínimas para servir en calidad de misioneros y continuamente eleven ese nivel.

El mes pasado tuve el privilegio de que se me asignara asistir a un seminario con los presidentes de misión del Área Norteamérica Oeste. Entre los presidentes que asistieron se hallaba mi hijo, Lee. Se le había llamado a servir antes de que yo terminara mi asignación por un año en la Presidencia del Área Europa Central. Habían transcurrido tres años desde que había pasado un tiempo con mi hijo a excepción de unas breves visitas mientras viajaba por su área en otras asignaciones.

Tras una cena con todos los presidentes de misión y sus esposas para llegar a conocernos, Lee y yo, junto con nuestras esposas, fuimos a mi cuarto de hotel para charlar. La conversación, por supuesto, se centró en la obra misional. Lee explicó lo que había sucedido con sus misioneros desde que el presidente Hinckley nos pidió que eleváramos el nivel a fin de calificar para servir en una misión, y mencionó un notable progreso en la preparación de los misioneros que llegaban al campo misional. La conversación nos hizo recordar una experiencia que Lee y yo tuvimos mientras él estaba en la escuela de enseñanza secundaria.

Lee era miembro del equipo de atletismo de la escuela, participaba en carreras cortas y en salto de altura. Durante los Juegos Olímpicos de Verano de 1968 que se llevaron a cabo en la ciudad de México, el mundo quedó cautivado con un atleta de salto de altura poco conocido que se llamaba Dick Fosbury. Él había experimentado una nueva técnica de salto de altura que consistía en correr en diagonal hacia el listón o la barra, inclinarse y saltar de espaldas por arriba de ésta. Se llegó a conocer como el salto Fosbury.

Al igual que muchos otros, Lee estaba intrigado con esa nueva técnica, pero no tenía un lugar donde practicarla hasta que iniciara el nuevo año escolar. Una tarde llegué a casa y lo encontré practicando el salto Fosbury en nuestro sótano. Había improvisado dos soportes caseros con sillas, una encima de la otra, y saltaba por encima de un palo de escoba colocado sobre las sillas, utilizando un sofá para amortiguar la caída. Era evidente para mí que el sofá no aguantaría semejante trato, de modo que puse fin a su sesión de saltos de altura bajo techo. En lugar de ello, lo invité a acompañarme a una tienda de artículos deportivos en donde compramos material de goma espuma como colchoneta para la caída, y soportes de salto de altura para que pudiera practicar afuera.

Después de intentar el salto Fosbury, Lee decidió regresar a la técnica del rodillo californiano que había utilizado antes; aun así, desde fines del verano hasta el otoño, practicó el salto de altura en el patio durante muchas horas.

Una tarde, al regresar a casa después del trabajo, encontré a Lee practicando su salto. Le pregunté: “¿A qué altura está la barra?”.

Me dijo: “A un metro y setenta y cuatro centímetros”.

“¿Por qué esa altura?”

Me respondió: “Debes superar esa altura a fin de calificar para la competencia de atletismo estatal”.

“¿Y cómo te va?”, le pregunté.

“Lo he logrado cada vez; no he fallado.”

Mi respuesta fue: “Elevemos la barra y veamos qué tal te va entonces”.

Él contestó: “Entonces quizás falle”.

A lo que pregunté: “Si no elevas la barra, ¿cómo conocerás tu potencial?”

Así que comenzamos por elevar la barra a un metro y setenta y nueve centímetros, luego un metro y ochenta centímetros, y así continuamos, a medida que él trataba de mejorar. Lee se convirtió en un mejor saltador de altura debido a que no se conformó solamente con alcanzar el nivel mínimo; aprendió que aun cuando significara fallar, debía seguir elevando la barra si deseaba convertirse en el mejor saltador de altura que pudiera llegar a ser.

El recordar esta experiencia con mi hijo hizo que me acordara del mensaje que el élder M. Russell Ballard ofreció en la sesión del sacerdocio de la Conferencia General de octubre de 2002, en la que exhortó a los hombres jóvenes de la Iglesia a llegar a ser la generación más grandiosa de misioneros. Anunció que el nivel para los requisitos mínimos para el servicio misional se había elevado, e instruyó a los hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico a prepararse más enérgicamente a fin de alcanzar ese nuevo y más alto nivel mínimo. Además impartió instrucciones a los padres, obispos y presidentes de estaca sobre cómo ayudar a los hombres jóvenes a prepararse para servir en una misión de tiempo completo (véase “La generación más grandiosa de misioneros”, Liahona, noviembre de 2002, págs. 46–49).

En sus comentarios finales de la misma sesión del sacerdocio, el presidente Hinckley se refirió al mensaje del élder Ballard. Dijo: “El élder Ballard les ha hablado con respecto a los misioneros. Quiero decirles que apruebo lo que él ha dicho. Espero que nuestros jóvenes y jovencitas acepten el desafío que él les ha hecho. Debemos aumentar la dignidad y los requisitos de quienes van al mundo como embajadores del Señor Jesucristo” (“A los hombres del sacerdocio”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 57). Seguir leyendo

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Testigos de las Escrituras

Conferencia General Octubre 2007
Testigos de las Escrituras
Élder Russell M. Nelson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Las Escrituras de la Restauración no compiten con la Biblia, sino que la complementan.

Expresamos amor y admiración al presidente Henry B. Eyring, al élder Quentin L. Cook y al élder Walter F. González y rogamos que las bendiciones del Señor los acompañen en sus nuevos llamamientos.

Expresamos sentimientos sinceros de gratitud a cada uno de ustedes, hermanos y hermanas. Sus ejemplos de servicio y compasión están recibiendo mucha atención por todo el mundo. Al mismo tiempo, muchos se preguntan en cuanto a la historia y las doctrinas de esta Iglesia; entre esos críticos están los que ponen en tela de juicio el Libro de Mormón 1 .

La indiferencia hacia el Libro de Mormón o hacia cualquier otra Escritura sagrada me preocupa profundamente. Al tratar esa preocupación, he intitulado mis comentarios “Testigos de las Escrituras”.

Definiciones

Definiré el término escrituras en lo que respecta a la Biblia y a las Escrituras de la Restauración 2 . Los miembros de la Iglesia “creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente; también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios” 3 . Las Escrituras de la Restauración también incluyen Doctrina y Convenios, así como La Perla de Gran Precio.

En el diccionario se define el sustantivo testigo como una “atestación” de un hecho o acontecimiento, o sea, un testimonio 4 . El término testigo encierra especial significado cuando se aplica a la palabra de Dios. En la Biblia leemos esta importante declaración: “Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto” 5 . Esto asegura a los hijos de Dios que a las doctrinas divinas las ratifica más de un testigo de las Escrituras.

Las Escrituras testifican de Jesucristo

Tanto la Biblia como el Libro de Mormón son testigos de Jesucristo; enseñan que Él es el Hijo de Dios, que vivió una vida ejemplar, que expió por toda la humanidad, que murió en la cruz y se levantó de nuevo como el Señor resucitado. En ellas se enseña que Él es el Salvador del mundo.

Los testigos de las Escrituras se corroboran el uno al otro. Este concepto se explicó hace mucho tiempo cuando un profeta escribió que el Libro de Mormón se había escrito “con el fin de que creáis [la Biblia]; y si creéis en [la Biblia], también creeréis en [el Libro de Mormón]” 6 . En cada libro se hace mención del otro; cada libro es evidencia de que Dios vive y de que habla a Sus hijos mediante revelación a Sus profetas 7 .

El amor por el Libro de Mormón expande el amor que uno siente por la Biblia y viceversa. Las Escrituras de la Restauración no compiten con la Biblia, sino que la complementan. Estamos en deuda con mártires que dieron su vida para que pudiésemos tener la Biblia, la cual establece la naturaleza eterna del Evangelio y del plan de felicidad. El Libro de Mormón restaura y recalca doctrinas bíblicas como el diezmo 8 , el templo 9 , el día de reposo 10 y el sacerdocio 11 .

Un ángel proclamó que el Libro de Mormón 12 establecería la verdad de la Biblia 13 . También reveló que los escritos de la Biblia que tenemos hoy en día no están tan completos como cuando fueron originalmente escritos por profetas y apóstoles 14 . Declaró que el Libro de Mormón restauraría cosas claras y preciosas que se habían quitado de la Biblia 15 .

Una profecía del Libro de Mormón advirtió que algunas personas se opondrían al concepto de tener escrituras adicionales. A aquellos que piensan que “no [necesitan] más Biblia” 16 , consideren este consejo que Dios ha dado:

“¿No sabéis que hay más de una nación? ¿No sabéis que yo, el Señor vuestro Dios, he creado a todos los hombres… y que gobierno arriba en los cielos y abajo en la tierra; y manifiesto mi palabra a los hijos de los hombres, sí, sobre todas las naciones de la tierra?

“… ¿No sabéis que el testimonio de dos naciones os es un testigo de que yo soy Dios, que me acuerdo tanto de una nación como de otra? Por tanto, hablo las mismas palabras, así a una como a otra nación. Y… el testimonio de las dos se juntará también” 17 .

El relato de las Escrituras sobre Jesucristo es en verdad acerca de lo que ocurrió en dos hemisferios 18 . Mientras en el hemisferio oriental María y José hacían los preparativos para el nacimiento del santo niño en Belén 19 , Nefi, en el occidental, recibía instrucción del Mesías preterrenal. El Señor dijo a Nefi: “…sé de buen ánimo… mañana vengo al mundo para mostrar al mundo que he de cumplir todas las cosas que he hecho declarar por boca de mis santos profetas” 20 .

A los que dudan de ese segundo testigo —el Libro de Mormón— el Señor amonestó: “…por haber tratado ligeramente las cosas que habéis recibido… permanecerán bajo… condenación hasta que se arrepientan y recuerden… el Libro de Mormón y los mandamientos anteriores que les he dado [la Biblia, y obran] de acuerdo con lo que he escrito” 21 .

El Señor dio otras Escrituras de la Restauración 22 y declaró que esas palabras también se cumplirán 23 . Con esos testigos de las Escrituras, las doctrinas falsas serán confundidas 24 . Con esos testigos de las Escrituras, las doctrinas de la Biblia no sólo se corroboran sino que se aclaran. Seguir leyendo

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El único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Él ha enviado

Conferencia General Octubre 2007
El único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Él ha enviado
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Declaramos que las Escrituras no dejan ninguna duda de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personas distintas, tres seres divinos.

Tal como observó el élder Ballard en esta sesión, varios asuntos que van en contra de la opinión general actual han atraído mayor atención a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El Señor dijo a los de la antigüedad que esta obra de los últimos días sería “un prodigio grande y espantoso” 1 , y lo es. Pero aun cuando invitamos a todos a examinar más detenidamente el prodigio de todo ello, hay algo de lo que no quisiéramos que nadie se espantara o dudara: de si somos o no “cristianos”.

Por lo general, cualquier controversia que ha surgido sobre ese asunto, se ha centrado en dos puntos de doctrina: nuestro punto de vista de la Trinidad y nuestra creencia en el principio de la revelación continua, que conduce a un canon de Escrituras abierto. Al tratar este asunto, no es necesario que contendamos para defender nuestra fe, pero no queremos que se nos malinterprete. De modo que a fin de aumentar el entendimiento y declarar sin lugar a dudas nuestro cristianismo, hoy hablaré en cuanto al primero de esos dos asuntos de doctrina que he mencionado.

El primero y más importante artículo de fe de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” 2 . Creemos que esas tres personas divinas que constituyen una sola Trinidad están unidas en propósito, en su modo de ser, en testimonio, en misión. Creemos que poseen el mismo sentido divino de misericordia y amor, justicia y gracia, paciencia, perdón y redención. Creo que es acertado decir que creemos que son uno en todo aspecto significativo y eterno que se podría imaginar, excepto en que son tres personas combinadas en una sustancia, concepto trinitario que nunca se expuso en las Escrituras porque no es verdadero.

De hecho, nada menos que el prestigioso diccionario Harper’s Bible Dictionary hace constar que “la doctrina formal de la Trinidad, según la definieron los grandes consejos eclesiásticos de los siglos cuarto y quinto, no se encuentra en ninguna parte del [Nuevo Testamento]” 3 .

De modo que cualquier crítica de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no comparte el actual punto de vista cristiano en cuanto a Dios, Jesús y el Espíritu Santo, no es un comentario que tiene que ver con nuestra dedicación a Cristo, sino que más bien es un reconocimiento (exacto, diría yo), de que nuestra opinión de la Trinidad no es compatible con la historia cristiana posterior al Nuevo Testamento, sino que vuelve a la doctrina que Jesús mismo enseñó. Ahora bien, tal vez sea de provecho hacer un comentario sobre esa historia posterior al Nuevo Testamento.

En el año 325 d. de C., el emperador romano Constantino convocó el Concilio de Nicea para tratar —entre otras cosas— el asunto que se hacía cada vez mayor sobre la supuesta “trinidad en la unidad” de Dios. Lo que resultó de los argumentos contenciosos de clérigos, filósofos y dignatarios eclesiásticos se llegó a conocer (después de otros 125 años y tres grandes consejos más) 4 como el Credo de Nicea, con redacciones posteriores como el Credo de Atanasio. Estas diversas evoluciones y versiones de credos —y otras que se han creado a lo largo de los siglos— declaraban que Padre, Hijo y Espíritu Santo eran abstractos, absolutos, trascendentes, inmanentes, consustanciales, coeternos, incomprensibles, sin cuerpo, partes ni pasiones, que moran fuera del tiempo y el espacio. En esos credos, los tres miembros son personas distintas, pero constituyen un solo ser, lo que suele considerarse como el “misterio de la trinidad”. Son tres personas distintas, sin embargo, no son tres Dioses, sino uno. Las tres personas son incomprensibles, es decir, es un Dios que es incomprensible.

Estamos de acuerdo con nuestros críticos en por lo menos ese punto: de que ese concepto de la divinidad es en verdad incomprensible. Con la confusa definición de Dios que se le impone a la iglesia, con razón un monje del siglo cuarto exclamó: “¡Ay de mí! Me han quitado a mi Dios… y no sé a quién adorar o a quién dirigirme” 5 . ¿Cómo habremos de confiar, amar y adorar, e incluso tratar de emular a un Ser que es incomprensible e impenetrable? ¿Cómo habremos de entender la oración de Jesús a Su Padre Celestial de que “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”? 6 .

Nuestra intención no es degradar las creencias de ninguna persona ni la doctrina de ninguna religión. Extendemos a todos el mismo respeto por su doctrina que pedimos para la nuestra. (Ése también es un artículo de nuestra fe.) Pero si una persona dice que no somos cristianos porque no tenemos un concepto del cuarto o quinto siglo con respecto a la Trinidad, ¿entonces qué sería de aquellos primeros santos cristianos, muchos de los cuales fueron testigos oculares del Cristo viviente, que tampoco tenían ese punto de vista? 7

Declaramos que las Escrituras no dejan ninguna duda de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son personas distintas, tres seres divinos, teniendo como claros ejemplos de ello la gran Oración Intercesora del Salvador que se acaba de mencionar, Su bautismo de manos de Juan, la experiencia en el Monte de la Transfiguración, y el martirio de Esteban, siendo éstos sólo cuatro ejemplos.

Con estas fuentes del Nuevo Testamento y otras 8 que resuenan en nuestros oídos, tal vez sería innecesario preguntar qué quiso decir Jesús cuando dijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre” 9 . En otra ocasión dijo: “…he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” 10 . De los que se oponían a Él, dijo: “…han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre” 11 . Está también la respetuosa sumisión a Su Padre, por lo que Jesús dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios” 12 . “…el Padre mayor es que yo” 13 . Seguir leyendo

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No apaguen el Espíritu que vivifica al hombre interior

Conferencia General Octubre 2007
No apaguen el Espíritu que vivifica al hombre interior
Élder Keith K. Hilbig
De los Setenta

Cuando invitamos al Espíritu Santo a llenar nuestras mentes de luz y conocimiento, Él “nos vivifica”, es decir, ilumina y vigoriza tanto al hombre como a la mujer interior.

En 1 Tesalonicenses, capítulo 5, Pablo instó a los miembros a conducirse de manera apropiada para los santos, y luego procedió a enumerar los atributos y la conducta adecuados. En el versículo 19, Pablo impartió consejo con estas cuatro palabras sencillas: “No apaguéis al Espíritu”.

Curiosamente, 500 años antes de los escritos de Pablo, un profeta del Libro de Mormón llamado Jacob trató de enseñar el evangelio de Jesucristo a un pueblo reacio. De manera contundente, preguntó:

“¿Rechazaréis las palabras de los profetas;… y negaréis la buena palabra de Cristo… y el don del Espíritu Santo, y apagaréis el Santo Espíritu…?” 1 .

En nuestros días, muchos siglos después de Pablo y de Jacob, nosotros también debemos tener cuidado de no obstaculizar, despreciar, ni apagar al Espíritu en nuestra vida.

Las atrayentes incitaciones del mundo tratan de desviar nuestra atención del sendero estrecho y angosto. El adversario se empeña en entorpecer nuestra sensibilidad a las impresiones del Espíritu, ya sea que seamos adolescentes, jóvenes adultos u hombres y mujeres maduros. La función del Espíritu Santo es fundamental en cada etapa de nuestra vida terrenal.

Desde el principio, el Padre ha prometido a cada uno de sus hijos e hijas espirituales que, por medio de la expiación y de la resurrección de Su Hijo Amado, todos podremos regresar a Su presencia y heredar las bendiciones de la vida eterna en el más alto grado del reino celestial.

Cada uno de nosotros sabía que el camino a la exaltación sería largo, extenuante y algunas veces solitario, pero también sabíamos que no viajaríamos solos. El Padre Celestial concede un compañero y guía a todo el que cumpla con los requisitos de la fe, del arrepentimiento y del bautismo: el Espíritu Santo.

El camino hacia la vida eterna no está en un terreno llano, sino en uno ascendente, y se dirige siempre hacia adelante y hacia arriba; por consiguiente, se requieren entendimiento y energía espirituales en constante aumento para llegar a nuestro destino. Puesto que la oposición perjudicial de Satanás continúa, la guía constante e inspiradora del Espíritu Santo es absolutamente necesaria. No nos atrevemos a obstaculizar, a pasar por alto, a despreciar ni a apagar los susurros del Espíritu Santo; sin embargo, en lo referente a aprovechar las impresiones y bendiciones que derivan del Espíritu Santo, a menudo “vivimos muy por debajo de nuestros privilegios” 2 . Seguir leyendo

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De las cosas pequeñas

Conferencia General Octubre 2007
De las cosas pequeñas
Élder Michael Teh
De los Setenta

Como discípulos del Señor Jesucristo, tenemos la responsabilidad de cuidar y prestar servicio a nuestros hermanos y hermanas.

Mabuhay de parte de la cordial y maravillosa gente de las Filipinas.

Curiosamente, una de las preguntas más antiguas y profundas de la historia de esta tierra la hizo Caín al responder a la que Dios le formuló después de que mató a su hermano Abel: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” 1 . Esta pregunta merece seria reflexión de parte de los que buscan hacer la voluntad de Dios. Una de las respuestas se encuentra en las enseñanzas de Alma:

“Y ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

“sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo…” 2 .

Como discípulos del Señor Jesucristo, tenemos la responsabilidad de cuidar y prestar servicio a nuestros hermanos y hermanas. Al relatar la parábola del buen samaritano, Jesucristo no sólo confundió a sus enemigos, sino que también enseñó una gran lección a todos aquellos que procuraban seguirle. Debemos agrandar el círculo de nuestra influencia; nuestro servicio a otras personas debe ser independiente de la raza, del color, de la posición o el parentesco. Después de todo, el mandamiento de “socorr[er] a los débiles, levant[ar] las manos caídas y fortalec[er] las rodillas debilitadas” 3 no tiene excepciones.

Muchos creen que para que el servicio sea significativo, éste debe consistir en tener planes minuciosos y en formar un comité. Aunque muchos de esos valiosos proyectos ayudan, gran parte del servicio que se necesita en el mundo de hoy se relaciona con la asociación diaria de unos con otros. Con frecuencia, encontramos esas oportunidades dentro de los límites de nuestra casa, vecindario o barrio.

En el siguiente consejo que dio Escrutopo a su sobrino Orugario en la novela “Cartas del diablo a su sobrino”, de C. S. Lewis, se describe un mal común que aqueja a muchos de nosotros en la actualidad:

“Hagas lo que hagas, habrá cierta benevolencia, al igual que cierta malicia, en el alma de tu paciente. Lo bueno es dirigir la malicia a sus vecinos inmediatos, a los que ve todos los días, y proyectar su benevolencia a la circunferencia remota, a gente que no conoce. Así, la malicia se hace totalmente real y la benevolencia en gran parte imaginaria” 4 .

La letra de un himno muy conocido nos recomienda el remedio perfecto:

“¿He hecho ligera la carga de él
porque un alivio le di?
¿O acaso al pobre logré ayudar?
¿Mis bienes con él compartí?
¡Alerta! Y haz algo más
que soñar de celeste mansión.
Por el bien que hacemos paz siempre tendremos,
y gozo y gran bendición” 5 .

He tenido el privilegio de ser testigo de los acontecimientos que mencionaré a continuación, los cuales me han enseñado cómo los sencillos actos de servicio nos ayudan a nosotros y a aquellas personas en quienes se nos permite influir.

Nuestro Padre Celestial pone a personas amorosas en medio de nuestras encrucijadas para que no andemos solos a tientas en la oscuridad. Esos hombres y mujeres nos ayudan por medio de su ejemplo, y con paciencia y amor; ésa ha sido mi experiencia.

Recuerdo una encrucijada particularmente importante: la decisión de servir una misión de tiempo completo. Estuve en esa encrucijada por mucho, mucho tiempo. Mientras me debatía sobre qué camino tomar, mi familia, y mis amigos y líderes del sacerdocio me tomaron de la mano, me alentaron, me instaron y ofrecieron innumerables oraciones por mí. Mi hermana, que servía una misión de tiempo completo, me escribió regularmente y nunca se dio por vencida.

Hasta el día de hoy, sigo recibiendo apoyo de buenos hombres y mujeres. Imagino que todos lo recibimos; hasta cierto punto, todos dependemos de otras personas para regresar a nuestro hogar celestial.

Compartir el mensaje del Evangelio es una de las maneras más gratificantes de prestar servicio a las personas que no son de nuestra fe. Recuerdo una experiencia de mi niñez con alguien a quien llamaré tío Fred.

Cuando tenía seis años, el tío Fred era mi peor pesadilla. Era nuestro vecino y siempre estaba borracho; uno de sus pasatiempos favoritos era tirar piedras a nuestra casa.

Mi madre era muy buena cocinera, así que los miembros adultos solteros de nuestra pequeña rama venían a casa con frecuencia. Un día, cuando el tío Fred estaba sobrio, los miembros entablaron amistad con él y lo invitaron a entrar a casa. Eso me aterrorizó, pues ahora no sólo estaba fuera de la casa, sino adentro. Eso sucedió algunas veces más hasta que finalmente convencieron al tío Fred de que escuchara a los misioneros. Él aceptó el Evangelio y se bautizó; sirvió una misión de tiempo completo, regresó con honor, estudió una carrera y se casó en el templo; ahora es un recto esposo, padre y líder del sacerdocio. Al mirar hoy al tío Fred, resultaría muy difícil creer que alguna vez le causó pesadillas a un niño de seis años. Espero que siempre percibamos las oportunidades de compartir el Evangelio.

Mi madre fue un gran ejemplo de brindar ayuda a los demás al darles lo que necesitaban. Nos enseñó muchas lecciones importantes, pero la que ha tenido mayor impacto en mi vida ha sido el deseo que ella tenía de ayudar a cualquier persona que viniera a casa y estuviera necesitada. Me molestaba ver a muchas de ellas irse con nuestra comida, ropa y aun con nuestro dinero. Como yo era joven y no teníamos dinero, me disgustaba lo que pasaba. ¿Cómo podía darles a los demás cuando nuestra familia no tenía lo suficiente? ¿Estaba mal ocuparse de nuestras necesidades primero? ¿No merecíamos una vida más cómoda?

Por años me debatí con esas preguntas; pero mucho después, me di cuenta finalmente de lo que mi madre nos estaba enseñando. Incluso al luchar contra las secuelas de una enfermedad que la incapacitaba, ella no podía dejar de dar a los necesitados.

“Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” 6 . No es necesario que el servicio a los demás provenga de acontecimientos espectaculares; a menudo es un sencillo hecho diario el que trae consuelo, levanta el ánimo, alienta, da apoyo y hace que aparezca una sonrisa en los demás.

Es mi oración que siempre encontremos oportunidades de servir. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas

1. Génesis 4:9; Moisés 5:34.
2. Mosíah 18:8–9.
3. D. y C. 81:5.
4. Obras completas de C. S. Lewis, Carta VI.
5. “¿He hecho hoy un bien?”, Himnos, Nº 141.
6. D. y C. 64:33.

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