Él las conoce por su nombre

Conferencia General Abril 2005
Él las conoce por su nombre
Elaine S. Dalton
Segunda consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Sister Elaine S. Dalton

Puede ser que no hayan oído al Señor llamarlas por su nombre, pero Él las conoce, individualmente, y Él sabe su nombre.

Era “la mañana de un día hermoso y despejado, a principios de la primavera de 1820” cuando José Smith, de catorce años de edad, fue a la arboleda, se arrodilló en oración y vio “en el aire arriba de [él] a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción”. José dijo: “Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” 1 . ¿Se imaginan lo que el joven José, de catorce años, habrá sentido al ver a Dios el Padre y a Su Hijo Jesucristo, y oír al Padre Celestial llamarle por su nombre?

Cuando fui a la Arboleda Sagrada, traté de imaginarme cómo habría sido haber sido José Smith. En la serenidad de aquellos momentos, el Espíritu le susurró a mi palpitante corazón que yo estaba en tierra santa y que todo lo que el profeta José Smith había dicho era verdadero. En seguida, comprendí con toda claridad que todos somos los beneficiarios de su fe, de su valentía y de su firme deseo de obedecer a Dios. Él recibió una respuesta a su humilde oración y vio al Padre y a Su Hijo Amado. Allá, en la Arboleda Sagrada, comprendí que nuestro Padre Celestial no sólo conocía a José Smith por su nombre, sino que Él también conoce a cada una de nosotras por su nombre, y, al igual que José Smith tuvo una parte importante que desempeñar en esta obra grande y maravillosa, también nosotras tenemos una parte importante que desempeñar en éstos, los últimos días.

¿Sabían que nuestro Padre Celestial las conoce personalmente, por su nombre? Las Escrituras nos enseñan que eso es verdadero. De cuando Enós fue a los bosques a orar, él mismo escribió: “Y vino a mí una voz, diciendo: Enós, tus pecados te son perdonados, y serás bendecido” 2 . Moisés no sólo oró, sino que también habló con Dios cara a cara, y Dios le dijo a Moisés: “…tengo una obra para ti, Moisés, hijo mío” 3 . El Señor sabía el nombre de Jacob y se lo cambió por el de Israel, a fin de reflejar con mayor exactitud su misión sobre la tierra 4 . Del mismo modo, cambió los respectivos nombres de Pablo, de Abraham y de Sara. En Doctrina y Convenios, en la sección 25, se da a Emma Smith una bendición de consuelo y orientación en la vida. El Señor comienza esa bendición, diciendo: “Escucha la voz del Señor tu Dios mientras te hablo, Emma Smith, hija mía…” 5 .

Puede ser que no hayan oído al Señor llamarlas por su nombre, pero Él las conoce, individualmente, y Él sabe su nombre. El élder Neal A. Maxwell dijo: “Les testifico que Dios los ha conocido individualmente… durante mucho, mucho tiempo (véase D. y C. 93:23). Él los ha amado durante mucho, mucho tiempo. Él no sólo sabe el nombre de todas las estrellas (véase Salmos 147:4; Isaías 40:26), sino que Él sabe sus nombres y todos sus pesares y sus alegrías” 6 .

¿Cómo pueden llegar a saber que tanto su nombre como lo que les haga falta lo conoce nuestro Padre Celestial? El élder Robert D. Hales dijo: “Acudan a las Escrituras, arrodíllense en oración, pidan con fe, escuchen al Espíritu Santo… vivan el Evangelio con paciencia y perseverancia” 7 .

Eso fue lo que hizo José y, gracias a su testimonio, todas sabemos que somos conocidas y amadas por nuestro Padre Celestial. En verdad somos “hijas de un Padre Celestial que nos ama” 8 . El élder Jeffrey R. Holland nos ha dicho: “…ninguno de nosotros es menos preciado o menos valorado por Dios que otro… Él ama a cada uno de nosotros: a cada cual con sus inseguridades, afanes, imagen de sí mismo y todo… Él aclama a cada corredor y hace saber que la carrera es en contra del pecado y no de unos contra otros” 9 .

Una vez que José Smith hubo recibido ese conocimiento, su vida no fue más fácil. En realidad, se vio enfrentado con el intenso asedio tanto de la gente de su edad como de los adultos. La historia de José Smith constituye un modelo importante para cada una de nosotras. Podremos poner en práctica sus enseñanzas cuando no sepamos qué hacer, cuando nos enfrentemos con la presión de la gente de nuestra edad, cuando nos sintamos rodeadas de tentaciones o nos sintamos indignas o solas. ¡Podemos orar! Podemos invocar a Dios en el nombre de Su Santo Hijo Jesucristo y buscar consuelo, orientación y guía. ¿Han tenido alguna vez algún problema ante el cual no sabían qué hacer? José dijo: “…invadieron mi mente una seria reflexión y gran inquietud”. Y dijo además: “…a menudo me decía a mí mismo: ¿Qué se puede hacer?” 10 . Seguir leyendo

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Una obra para mí

Conferencia General Abril 2005
Una obra para mí
Julie B. Beck
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Julie B. Beck1

El Señor envió un ángel a José Smith para que le dijera que tenía una obra que llevar a cabo. La obra continúa hoy en día con nosotros.

Recuerdo la lección de una noche de hogar, en la que, de niña, mi padre nos enseñó acerca de la visita del ángel Moroni al profeta José Smith. Nos dijo que, después de una sincera oración, un ángel se apareció junto al lecho de José. Era un mensajero enviado de la presencia de Dios, su nombre era Moroni, y le comunicó a José que Dios tenía una obra para él (véase José Smith—Historia 1:33). Recuerdo que mi padre explicó que “José no dijo: ‘Pero ángel, yo sólo quería saber qué iglesia era la verdadera. ¡No sabía que tenía que hacer algo!’ ”. Pero claro está que José debía hacer algo; él había sido llamado por el Señor.

Lo que José hizo fue extraordinario. Comenzó su vida como un simple campesino, pero por su intermedio, salió a luz el Libro de Mormón y éste fue traducido, se restauraron en la tierra el sacerdocio y sus llaves, se organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y se comenzaron a construir los santos templos. Mediante José Smith, todas las ordenanzas necesarias para que los hijos de nuestro Padre Celestial reciban su salvación ya están sobre la tierra. Ése era el día de los milagros que se menciona en Moroni (véase Moroni 7:35–37) y de la obra grande y maravillosa que se predijo a Nefi siglos atrás (véase 1 Nefi 14:7).

La obra que José comenzó la continuaron los primeros miembros de la Iglesia que tuvieron fe en el Señor Jesucristo y en Su Evangelio restaurado. Mediante sus labores, el Evangelio de Jesucristo comenzó a difundirse por toda la tierra. En verdad, ellos realizaron una obra maravillosa.

Pero el día de los milagros no ha terminado y la obra maravillosa sigue adelante. Al bautizarnos, cada uno de nosotros pasó a formar parte de esa obra.

Durante este último año, he conversado con miembros de la Iglesia y he visto que, por medio de la fe y de la obra de personas débiles y sencillas, el convenio del Señor se está estableciendo sobre la tierra (véase D. y C. 1:17–23).

Una jovencita de Corea, que es el primer miembro de la Iglesia de su familia, mientras sujetaba firmemente su muy gastado libro del Progreso Personal, dijo que soñaba con tener una familia centrada en el Evangelio. Una presidenta de las Mujeres Jóvenes de Armenia cumple fielmente con el programa de las Mujeres Jóvenes, a pesar de no tener el Manual de Instrucciones de la Iglesia en su idioma.

Miembros de Rusia van al templo con regularidad; ellos ahorran su dinero y viajan días en autobús, en tren y por barco hasta llegar al templo más cercano que está en Suecia.

Mi sobrina Kimberly, de nueve años, le habló con tanto entusiasmo a su amiga acerca de la Iglesia que ésta le dijo: “Quiero inscribirme en tu Iglesia. ¿Qué tengo que hacer para inscribirme en ella?”.

Los jóvenes y las jovencitas de mi propio barrio están cultivando aptitudes y talentos de liderazgo; están dispuestos a cantar, a tocar instrumentos musicales, a dar discursos, a participar en proyectos de servicio y a efectuar una gran cantidad de otras cosas con el fin de participar en esta obra maravillosa. Seguir leyendo

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Alegres nuevas de Cumorah

Conferencia General Abril 2005
Alegres nuevas de Cumorah
Susan W. Tanner
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Susan W. Tanner

Tanto ustedes como yo no sólo podemos sobrevivir, sino salir triunfantes, como Moroni, al esforzarnos por defender la verdad en tiempos peligrosos.

Al visitar la pequeña y humilde vivienda restaurada de troncos de José Smith, percibí que me encontraba en un lugar santo; me encontraba en el lugar donde el ángel Moroni se le apareció por primera vez a José Smith para iniciar esta obra grande y maravillosa de la restauración del Evangelio de Jesucristo. Al reflexionar en la conexión que hubo entre esos dos grandes profetas: Moroni, el último profeta de su época, y José, el primer profeta de nuestra dispensación, he pensado en experiencias en las que me he identificado con lo que ellos pasaron. Quisiera relatar algunas de esas lecciones a medida que testifico de esta “obra grande y maravillosa”.

Cuando José vio a Moroni por primera vez, tenía sólo 17 años, la edad que tienen muchas de ustedes. Sabemos la hora y el lugar específicos; fue la noche del 21 de septiembre de 1823, en una habitación superior, mientras cinco de sus hermanos dormían. José oró “para saber de [su] condición y posición ante [Dios]” (José Smith—Historia 1:29); se sentía inepto e indigno ante Dios. Dijo que no era culpable de “cometer pecados graves o malos”, pero que “cometía muchas imprudencias y manifestaba las debilidades de la juventud” (José Smith— Historia 1:28), de modo que oró para pedir tranquilidad del alma. Comprendo perfectamente los sentimientos del joven José, al igual que muchas de ustedes. ¿Cuántas veces nos hemos puesto de rodillas al sentirnos incompetentes y necesitar tranquilidad del alma de una fuente divina?

En respuesta a la oración contrita y fiel de José, Moroni, un mensajero celestial, se le apareció. José registra: “Me llamó por mi nombre, y me dijo… que Dios tenía una obra para mí” (José Smith—Historia 1:33). José se maravilló “grandemente de lo que [le] había dicho este mensajero extraordinario” (José Smith—Historia 1:44).

Nosotras, también, podemos recibir tranquilidad espiritual en respuesta a nuestras oraciones; podemos recibir una confirmación de que nuestro Padre Celestial nos conoce por nuestro respectivo nombre y de que Él tiene una misión terrenal para nosotras.

El ángel Moroni se le apareció a José dos veces más durante la noche, después, una vez más en el campo y en la colina al día siguiente, y cada año durante los próximos cuatro años en lo que ahora conocemos como el cerro de Cumorah. Ese primer día, Moroni repitió el mismo mensaje una y otra vez. ¿Les parece esto semejante a lo que ustedes pasan? A veces, mis hijos se ríen de mí porque les repito las cosas una y otra vez. No sean demasiado duras con sus padres ni con sus líderes cuando repitamos las cosas. El Señor hizo que Moroni instruyera a un joven profeta mediante la repetición, ya que ésta graba los principios del Evangelio en la mente y en el corazón.

Por medio de esas visitas habituales del ángel, nació un magnífico vínculo entre ese antiguo profeta que selló las planchas y el profeta moderno que fue escogido para sacarlas de nuevo a la luz. Creo que también debemos fomentar en nuestros corazones el amor por los profetas, tanto antiguos como modernos. Cuán apropiado es que una estatua del ángel Moroni se encuentre en lo alto de la mayoría de nuestros templos modernos; esas estatuas sirven de recordatorios de que Moroni es ese glorioso “ángel del Señor [que] del cielo descendió” (Himnos, Nº 9) sobre quien cantará el coro esta noche.

Fue mucho lo que José Smith aprendió de Moroni, y posteriormente, en la seguridad y santidad de esa casa de troncos donde se apareció Moroni, José compartió con su receptiva familia gran parte de lo que había aprendido. Su madre dijo:

“José siguió recibiendo instrucciones de cuando en cuando, y todos los atardeceres reuníamos a nuestros hijos a fin de escucharlo contar con respecto a ellas… Supongo que nuestra familia tenía un aspecto más singular que cualquier otra que viviera sobre la faz de la tierra: todos sentados en un círculo… prestando nuestra más profunda atención a las enseñanzas religiosas de un muchacho de dieciocho años” (véase “El testimonio que he dado es verdadero”, Liahona, diciembre de 2002, pág. 44). Seguir leyendo

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Comentarios Finales

Conferencia General Abril 2005
Comentarios Finales
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

En verdad, el Señor nos está bendiciendo como pueblo y nosotros debemos hacer el esfuerzo para bendecir a Sus necesitados dondequiera que estén.

Mis queridos hermanos y hermanas, hemos tenido una conferencia maravillosa. El Espíritu del Señor ha estado con nosotros. Se nos han enseñado muchas verdades. Nuestro testimonio se ha fortalecido, nuestra fe se ha acrecentado.

Mediante el milagro —y es un milagro— de la tecnología moderna, estas reuniones se han transmitido a todo el mundo. El noventa y cinco por ciento de los miembros de la Iglesia en todo el mundo ha participado con nosotros.

Ha sido un tiempo para la renovación de nuestra fe acerca de las grandes y eternas verdades que hemos recibido mediante el profeta José Smith. Cuán bendecidos somos. Cuán afortunados somos por tener el conocimiento de esas transcendentes verdades.

Pero me gustaría decir, como lo he dicho en el pasado, el ser miembros de esta Iglesia, que nos hace elegibles para todas las bendiciones que de ella provienen, nunca debe ser ningún motivo para una actitud de superioridad, de arrogancia, para denigrar a otras personas o menospreciar a los demás. Toda la humanidad es nuestro prójimo. Cuando se le preguntó al Señor cuál era el gran mandamiento, Él dijo: “…Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente… [y] Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37, 39).

Sea cual fuere el color de nuestra piel o la forma de nuestros ojos o el idioma que hablemos, todos somos hijos e hijas de Dios y debemos tendernos una mano el uno al otro con amor y preocupación.

Donde sea que vivamos, podemos ser vecinos amigables. Nuestros hijos pueden relacionarse con los hijos de quienes no sean de esta Iglesia y permanecer firmes si se les enseña apropiadamente; e incluso pueden llegar a ser misioneros para sus amigos.

Encomiamos a nuestros maravillosos jóvenes que le hacen frente a los males del mundo, que rechazan esos males y que viven de una manera que agrada al Señor. Constantemente oramos para que sus padres, de igual manera, vivan en forma digna en todos los aspectos.

Repetimos lo que hemos dicho antes, hagan de su asistencia a la casa del Señor un hábito. No hay mejor manera de asegurarnos de vivir en forma apropiada que asistiendo al templo, que vencerá los males de la pornografía, del abuso de estupefacientes y de la atrofia espiritual; y fortalecerá el matrimonio y las relaciones familiares.

Como Iglesia hemos aprendido a trabajar con otras personas para aliviar el pesar y los sufrimientos de quienes están afligidos. Nuestros esfuerzos humanitarios literalmente han bendecido la vida de muchos miles de personas que no son de nuestra fe. En el terrible desastre del maremoto, y en otros desastres causados por conflictos, enfermedades y hambre, hemos realizado una obra grande y maravillosa ayudando a otras personas, sin preocuparnos quién obtiene el reconocimiento.

En febrero de este año, el presidente de la Cruz Roja Americana otorgó a la Iglesia el premio “Circle of Humanitarians” (El círculo humanitario), que es el honor más elevado conferido por esa institución, en reconocimiento por el dinero provisto por la Iglesia para vacunar contra el sarampión a miles y miles de niños y jovencitos.

El Club de Rotarios Internacional ha reconocido a la Iglesia por la contribución de fondos para llevar a cabo la erradicación de la poliomielitis en los países del tercer mundo, en donde todavía exista.

Muchas vidas se han salvado y se ha evitado mucho dolor y sufrimiento.

Hasta donde sea posible, mediante los recursos que provienen de la generosidad de nuestros miembros, estamos extendiendo una mano de ayuda para socorrer a quienes estén en dificultades.

En verdad, el Señor nos está bendiciendo como pueblo y nosotros debemos hacer el esfuerzo para bendecir a Sus necesitados dondequiera que estén.

Ahora, al partir para nuestras casas, invoco sobre ustedes las bendiciones del cielo. Sean fieles a los mandamientos del Señor y Él abrirá las ventanas de los cielos y derramará sobre ustedes bendiciones. Dejo con ustedes mi bendición y mi amor. Les dejo mi testimonio de que Dios, nuestro Eterno Padre, vive, que es una persona individual y real, que Él es en verdad nuestro Padre y que escucha y contesta nuestras oraciones. Les testifico que Jesús es el Cristo, el Redentor del mundo, el único nombre bajo el cielo por medio del cual podemos ser salvos, y les dejo mi testimonio de que Dios y el Señor Jesús le hablaron en persona al joven José y descorrieron las cortinas que dieron inicio a esta grandiosa y final dispensación.

Que Dios los bendiga, mis amados hermanos y hermanas. Que la paz sea con ustedes ahora y siempre, es mi humilde oración en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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Las entrañables misericordias del Señor

Conferencia General Abril 2005
Las entrañables misericordias del Señor
Élder David A. Bednar
Del Quórum de los Doce Apóstoles

David A. Bednar

Testifico que las entrañables misericordias del Señor están al alcance de todos nosotros y que el Redentor de Israel está ansioso por conferirnos esos dones.

Hace seis meses, me encontré frente a este púlpito por primera vez, como el miembro más nuevo del Quórum de los Doce Apóstoles. Tanto en aquel entonces, e incluso aún más últimamente, he sentido y siento el peso del llamamiento a servir y de la responsabilidad de enseñar con claridad, así como de testificar con autoridad. Ruego contar con la ayuda del Espíritu Santo y la invito al dirigirme ahora a ustedes.

Esta tarde deseo describir y examinar una impresión espiritual que recibí momentos antes de pasar a este púlpito durante la sesión del domingo por la mañana de la conferencia general el pasado octubre. El élder Dieter F. Uchtdorf acababa de terminar su discurso y de declarar su poderoso testimonio del Salvador. Entonces procedimos a ponernos todos de pie para cantar el himno intermedio que previamente había anunciado el presidente Gordon B. Hinckley. El himno intermedio aquella mañana fue “Oh Dios de Israel” (Himnos, Nº 5).

Ahora bien, la música para las diversas sesiones de la conferencia se había determinado con muchas semanas de anticipación y, obviamente, mucho antes de mi nuevo llamamiento a servir. Sin embargo, si se me hubiese invitado a sugerir un himno intermedio para esa sesión particular de la conferencia —un himno que hubiese sido edificante y espiritualmente tranquilizador, tanto para mí como para la congregación, antes de pronunciar mi primer discurso en este Centro de Conferencias— habría seleccionado mi himno favorito “Oh Dios de Israel”. Los ojos se me llenaron de lágrimas al entonar, junto con ustedes, ese conmovedor himno de la Restauración.

Momentos antes de terminar de cantar, acudió a mi mente este versículo del Libro de Mormón: “Pero he aquí, yo, Nefi, os mostraré que las entrañables misericordias del Señor se extienden sobre todos aquellos que, a causa de su fe, él ha escogido, para fortalecerlos, sí, hasta tener el poder de librarse” (1 Nefi 1:20).

De inmediato mi mente se centró en la frase de Nefi: “las entrañables misericordias del Señor”, y en ese preciso instante me di cuenta de que estaba experimentando una de esas entrañables misericordias. Por medio de un himno que se había seleccionado hacía varias semanas, el amoroso Salvador me estaba enviando un mensaje sumamente personal y oportuno de consuelo y tranquilidad. Es posible que para algunos esta experiencia sea simplemente una linda coincidencia, pero yo testifico que las entrañables misericordias del Señor son reales y que no ocurren al azar ni por pura casualidad. Muchas veces, la hora exacta en la que el Señor muestra Sus entrañables misericordias nos ayuda a discernirlas así como a reconocerlas.

¿Qué son las entrañables misericordias del Señor?

Desde el pasado octubre, he reflexionado reiteradamente en la frase “las entrañables misericordias del Señor”. Creo que por medio del estudio personal, de la observación, la meditación y la oración he llegado a comprender mejor que las entrañables misericordias del Señor son las sumamente personales e individualizadas bendiciones, la fortaleza, la protección, la seguridad, la guía, la amorosa bondad, el consuelo, el apoyo y los dones espirituales que recibimos del Señor Jesucristo, por causa de Él y por medio de Él. Verdaderamente, el Señor acomoda “sus misericordias a las condiciones de los hijos de los hombres” (D. y C. 46:15).

Recordarán que el Salvador instruyó a Sus apóstoles, diciéndoles que no los dejaría huérfanos. No sólo enviaría a “otro Consolador” (Juan 14:16), o sea, el Espíritu Santo, sino que el Salvador dijo que Él vendría a ellos (véase Juan 14:18). Yo sugeriría que una de las maneras por las que el Salvador viene a cada uno de nosotros es por medio de Sus abundantes y entrañables misericordias. Por ejemplo, al hacer frente, ustedes y yo, a los desafíos y a las pruebas de la vida, el don de la fe y el sentido apropiado de confianza personal que sobrepasa nuestra propia capacidad son dos ejemplos de las entrañables misericordias del Señor. El arrepentimiento, el perdón de los pecados y la conciencia tranquila son ejemplos de las entrañables misericordias del Señor; y la constancia y la fortaleza que nos permiten seguir adelante con alegría a través de las desventajas físicas y las dificultades espirituales son ejemplos de las entrañables misericordias del Señor.

En una reciente conferencia de estaca, se manifestaron las entrañables misericordias del Señor en el conmovedor testimonio de una joven esposa y madre de cuatro hijos, cuyo marido perdió la vida en Irak, en diciembre del 2003. Esa fiel hermana relató que después de que le notificaron de la muerte de su esposo, recibió la tarjeta y el mensaje de Navidad de él. En medio de la brusca realidad de una vida que cambiaría radicalmente, llegó a esa buena hermana el oportuno y tierno recordatorio de que, en verdad, las familias pueden ser eternas. Con el permiso de ella, cito lo siguiente de esa tarjeta de Navidad: Seguir leyendo

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El apreciar el consejo de los ya “entrados en años”

Conferencia General Abril 2005
El apreciar el consejo de los ya “entrados en años”
Élder Stephen B. Oveson
De los Setenta

Stephen B. OvesonQue tengamos una comprensión mayor y un aprecio más grande por el poder del testimonio, especialmente cuando lo expresan [aquellos que tienen una edad avanzada].

Mis queridos hermanos y hermanas, al prepararnos para escuchar los comentarios finales del presidente Gordon B. Hinckley, al término de esta maravillosa conferencia general, deseo fervientemente que cada uno de nosotros sienta cuán bendecidos somos al haber recibido la sabiduría y la exhortación combinadas de los profetas y apóstoles del Señor, las cuales, si les prestamos atención y obedecemos, nos ayudarán a mantenernos más cerca de nuestro Salvador. Debemos estar particularmente agradecidos por vivir en una época en la que nuestros líderes de la Iglesia, aunque avanzados en años, continúan recibiendo la revelación y la inspiración que impulsan el reino hacia delante, día a día.

Cuando era joven, recibí por escrito una amonestación muy firme de que demostrara ser un hijo fiel y obediente, a fin de que al crecer y al necesitar de consejo y asesoramiento, fuera a mis padres, aunque estuvieran “entrados en años”, para recibir de ellos sabiduría, consuelo y guía. Mi padre falleció hace más de veinte años, habiendo sido para mí una grande y ejemplar fuente de sabiduría todos los días de mi vida. Acabamos de enterrar a mi madre de 101 años, en una tumba junto a su compañero eterno, el lunes pasado. Cuando cumplió 100 años, ella aseveró su testimonio de toda la vida con estas palabras: “El Evangelio es un estilo de vida, es parte del plan para ayudarnos a evitar la amargura. Más que nunca, creo que esta vida es buena, pero que la vida venidera es mejor” (“Growing Old Graciously: Lessons from a Centenarian”, Religious Educator 5, Nº 1, 2004, pág. 11).

Mi madre a menudo me decía que ella oraba todos los días por mí y por nuestra familia. Al acercarse más y más a la muerte, para mí sus oraciones eran especialmente fervorosas y significativas. Mis dos progenitores, así como mis queridos suegros, perseveraron y están perseverando hasta el fin en senderos de justicia, dejando un legado de fiel dedicación para toda su posteridad.

Al presidente Ezra Taft Benson, en la revista Liahona de enero de 1990, se le cita como sigue: “El Señor conoce y ama a la gente mayor de Su pueblo; siempre ha sido así; y a ellos les ha conferido muchas de Sus mayores responsabilidades. En distintas dispensaciones ha guiado a Su pueblo por medio de profetas de edad avanzada; Él ha necesitado la sabiduría y la experiencia de la madurez, la dirección inspirada de aquellos que por largos años han demostrado fidelidad a Su Evangelio” (“A la gente mayor de la Iglesia”, Liahona, enero de 1990, pág. 4).

Estos pensamientos me han hecho meditar en los grandes sermones, en las bendiciones, en los testimonios y en las advertencias que los profetas y los apóstoles han dejado a lo largo del tiempo, especialmente cuando sintieron que envejecían o se preparaban para “descender al polvo”. Algunos de estos pasajes finales están entre los pasajes de las Escrituras más notables y más citados. Por ejemplo, en Moisés 6:57, Enoc afirma sin lugar a dudas: “Enséñalo, pues, a tus hijos, que es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque ninguna cosa inmunda puede morar… en su presencia”. Estos principios básicos del Evangelio se enseñaron desde la época de Adán y Eva, y pasaron de generación en generación, tal como dan fe las Escrituras, una y otra vez. Seguir leyendo

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Sed de buen ánimo y fieles en la adversidad

Conferencia General Abril 2005
Sed de buen ánimo y fieles en la adversidad
Élder Adhemar Damiani
De los Setenta

Adhemar Damiani

El Evangelio de Jesucristo nos brinda la fortaleza y la perspectiva eterna para hacer frente, con buen ánimo, a lo que venga.

¿Cómo podemos encontrar paz en este mundo? ¿Cómo podemos perseverar hasta el fin? ¿Cómo podemos vencer las dificultades y las aflicciones que afrontamos?

El Salvador Jesucristo dijo: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” 1 .

Como parte de nuestra probación terrenal, experimentamos aflicción, dolor y desilusión. Sólo en Jesucristo podemos encontrar paz. Él puede ayudarnos a ser de buen ánimo y a vencer los desafíos de esta vida.

¿Qué quiere decir ser de buen ánimo? Significa tener esperanza, no desanimarnos ni perder la fe, y vivir la vida con regocijo: “… existen los hombres para que tengan gozo” 2 . Significa encarar la vida con confianza.

El Evangelio de Jesucristo brinda la fortaleza y la perspectiva eterna para hacer frente, con buen ánimo, a lo que venga. No debemos, sin embargo, subestimar las dificultades que se han profetizado para nuestro día.

¿Cuáles son algunas de esas dificultades? ¿Cómo podemos hacerles frente?

Algunas de estas dificultades son la falta de esperanza, de amor y de paz.

El profeta Moroni enseñó: “Y si no tenéis esperanza, os hallaréis en la desesperación; y la desesperación viene por causa de la iniquidad” 3 . Para muchos, los años venideros pueden ser años de desesperación. Mientras más grande sea la iniquidad, más grande será la desesperación.

El Salvador dijo: “y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” 4 . A medida que aumente la iniquidad, el verdadero amor desaparecerá. ¡Como resultado, aumentan el temor, la inseguridad y la desesperación!

El Señor le dijo al profeta José Smith: “… quiero que todo hombre sepa que el día viene con rapidez… cuando la paz será quitada de la tierra, y el diablo tendrá poder sobre su propio dominio. Y también el Señor tendrá poder sobre sus santos, y reinará en medio de ellos…” 5 . Vivimos en una época en la cual la paz ha sido quitada de la tierra.

Por otro lado, vivimos en un tiempo glorioso, en una época en la que el Señor ha restaurado Su sacerdocio. Se ha restaurado el verdadero Evangelio. ¡La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el reino de Dios sobre la tierra! Estamos ayudando a preparar la tierra para cuando el Señor Jesucristo venga y reine personalmente.

¿Por qué debemos pasar por pruebas en esta vida?

El Señor no oculta que Él pondrá a prueba nuestra fe y nuestra obediencia. “Y con esto los probaremos”, dijo Él, “para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”6.

Aprendemos en el libro de Eclesiastés: “Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio… como al bueno, así al que peca… un mismo suceso acontece a todos” 7 . Las tempestades pueden azotar la vida del hombre prudente que edificó su vida sobre la roca del Evangelio así como también azotar la vida del hombre insensato que la edificó sobre las cosas de este mundo 8 .

¿De qué manera debemos reaccionar ante estas pruebas?

El Señor ha dicho: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” 9 . Cada día debemos tomar nuestra cruz y seguir adelante, y no quedarse solamente al margen de nuestro trayecto eterno.

¿Cómo podemos saber si estamos siendo probados o si el Señor nos está castigando?

Las pruebas son oportunidades para nuestro desarrollo. El Señor dijo: “Es preciso que los de mi pueblo sean probados en todas las cosas, a fin de que estén preparados para recibir la gloria que tengo para ellos, sí, la gloria de Sión; y el que no aguanta el castigo, no es digno de mi reino” 10 . Seguir leyendo

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Fortalece a tus hermanos

Conferencia General Abril 2005
Fortalece a tus hermanos
Élder Robert J. Whetten
De los Setenta

Robert J. Whetten

Debes hacer lo que nuestro Salvador y Sus profetas… han enseñado siempre: servir, fortalecer la fe y nutrir a los que precisan de tu amor y bendición.

Para responder a la pregunta: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?”, Jesús contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas”1.

Al antiguo Israel y a través de todas las generaciones, Sus profetas pasados y presentes han enseñado siempre la verdad que es eterna y todo lo abarca de que, para heredar la vida eterna, debemos tener amor en nuestra alma: amor por Dios nuestro Eterno Padre y amor por nuestros semejantes.

En las últimas horas de Su ministerio terrenal, Jesús dijo a Pedro: “Pero yo he rogado por ti, que tu fe no te falte; y tú, una vez [convertido, fortalece] a tus hermanos” 2 .

Pedro tenía un testimonio, proveniente del Espíritu, de la divinidad de Jesucristo. Pedro lo sabía, y recibió su conocimiento de la revelación; pero su conversión, el cambio de todo su estilo de vida y de la naturaleza misma de su ser, fue más evidente después del día de Pentecostés, cuando recibió el don y el testimonio del Espíritu Santo que efectúa el cambio en el corazón.

Sí, hermanos y hermanas, tal como Pedro, tenemos un testimonio, pero, ¿es la conversión un proceso continuo en tu vida? ¿Es cada uno de nosotros una obra en formación en las manos de nuestro Hacedor? ¿Está Dios bendiciendo a otras personas por medio de ti? ¿Oras y preguntas a quién quiere el Señor que bendigas, y le sobrelleves la carga? ¿Amas a los demás como te amas a ti mismo?

Cuando Jesús le dijo al intérprete de la ley que para heredar la vida eterna debía amar a su prójimo como a sí mismo, él le preguntó: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le respondió con la parábola del buen samaritano y luego le preguntó: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él” 3 . Con esa parábola, Jesús enseñó que cada uno de nosotros debe demostrar amor activo y benevolencia hacia cada uno de los otros hijos de Su Padre.

El rey Benjamín enseñó a los santos de su época: “…a fin de retener la remisión de vuestros pecados de día en día… quisiera que de vuestros bienes dieseis al pobre… tal como alimentar al hambriento, vestir al desnudo, visitar al enfermo, y ministrar para su alivio, tanto espiritual como temporalmente” 4 . ¿Ministras alivio espiritual y temporal a los que lo necesitan? ¿Extiendes la mano a los demás y fortaleces la fe de los que llegan al redil, tal como los profetas de nuestros días nos lo piden?

La conversión significa consagrar tu vida al cuidado y al servicio de los que necesiten tu ayuda, y compartir con los demás tus dones y bendiciones. El Señor no nos dijo que “apacentemos Sus ovejas cuando sea conveniente, que las cuidemos cuando no estemos ocupados”, sino que dijo, “apacentad mis ovejas y mis corderos, ayudadles a sobrevivir en este mundo, mantenedlos cerca de vosotros. Dijo que los lleváramos a lugar seguro, a la seguridad de las decisiones correctas que los prepararán para la vida eterna” 5 .

Todo acto abnegado de bondad y servicio aumenta tu espiritualidad. Dios trabajará por medio de ti para bendecir a otras personas. Tu incremento espiritual y progreso eterno continuos están estrechamente ligados en tus relaciones, a la manera en que tratas a los demás. ¿De verdad amas a los demás y eres una bendición para ellos? ¿No se mide el grado de tu conversión según la forma en que tratas a otras personas? La persona que haga en la Iglesia estrictamente lo que le concierna y nada más, nunca alcanzará la meta de la perfección. El servicio a los demás es el punto clave del Evangelio y de la vida exaltada.

En tu jornada por la vida debes extender tu vida hacia los demás y bendecir la vida de tus compañeros de camino, dar de ti a los que te necesiten. “Porque todo el que quiera salvar su vida”, dijo el Maestro, “la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” 6 .

Santiago dirigió su epístola “a las doce tribus que están en la dispersión” 7 . Sus enseñanzas pueden aplicarse a nosotros, el pueblo del Señor que en días postreros iba a aceptar el Evangelio restaurado, y nos instruye en principios que debían guiar tus relaciones con otros miembros de la Iglesia. Él considera el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo una “ley real” 8 . Para Santiago, el testimonio en sí no es suficiente: el Evangelio tiene que ser una realidad activa en tu vida. “…y yo te mostraré mi fe por mis obras” 9 . “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores” 10 . La definición que hace Santiago de la conversión es: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” 11 . Y termina su breve epístola para nosotros con estas palabras: “Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará… un alma, y cubrirá multitud de pecados” 12 . Rescatando a un hermano errante se salvarán ambos, él y tú mismo. Tus pecados se cubren o remiten porque habrás ministrado para la salvación de otra persona. Seguir leyendo

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La pornografía

Conferencia General Abril 2005
La pornografía
Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dallin H. Oaks

Mejoremos nuestra conducta personal y redoblemos nuestros esfuerzos para proteger a nuestros seres queridos y nuestro entorno contra la embestida de la pornografía.

El verano pasado, mi esposa y yo regresamos de las Filipinas donde pasamos dos años. Nos encantó servir en ese lugar, pero también nos agradó volver a casa. Cuando uno pasa un tiempo fuera de su tierra, al regresar ve las cosas desde una perspectiva distinta, con mayor gratitud y a veces con algunas preocupaciones.

Nos inquietó ver cuánto había escalado la pornografía en los Estados Unidos mientras estuvimos fuera. Desde hace muchos años, los líderes de la Iglesia han estado advirtiendo en cuanto a los peligros de las imágenes y de las palabras destinadas a despertar deseos sexuales. Ahora, la corruptora influencia de la pornografía, producida y diseminada con fines comerciales, está arrasando nuestra sociedad como una avalancha maléfica.

En la pasada conferencia general, el presidente Gordon B. Hinckley dedicó un discurso entero a este tema, advirtiendo en los términos más claros que “ése es un problema muy serio aun entre nosotros” (“Un mal trágico entre nosotros”, Liahona, noviembre de 2004, pág. 61). La mayoría de los obispos con quienes nos reunimos en conferencias de estaca dicen tener ahora mayores preocupaciones ante este problema.

Mis compañeros poseedores del Sacerdocio de Melquisedec y también nuestros jovencitos, quisiera hablarles hoy sobre la pornografía. Sé que muchos de ustedes están expuestos a ella y que muchos otros están siendo manchados por ella.

Al concentrar mis palabras en este tema me siento como el profeta Jacob, quien les dijo a los hombres de su época que le entristecía tener que hablar de manera tan audaz delante de sus sensibles esposas e hijos. Pero no obstante la dificultad de la tarea, les dijo que debía hablarles a los hombres sobre ese asunto porque Dios se lo había mandado (véase Jacob 2:7–11). Yo lo hago por la misma razón.

En el segundo capítulo del libro que lleva su nombre, Jacob condena a los hombres por sus “fornicaciones” (vers. 23, 28). Les dijo que habían “quebrantado los corazones de [sus] tiernas esposas y perdido la confianza de [sus] hijos por causa de los malos ejemplos que les [habían] dado” (ver. 35).

¿En qué consistían esas extremadamente inicuas “fornicaciones”? Sin duda algunos de ellos ya eran culpables de actos malignos, pero el enfoque principal del gran sermón de Jacob no residía en los actos malignos ya efectuados, sino en aquellos pensados o maquinados.

Jacob dio comienzo a su sermón diciendo a los hombres: “hasta ahora habéis sido obedientes a la palabra del Señor” (Jacob 2:4). Sin embargo, después les dijo que conocía sus pensamientos y añadió: “ya empezáis a obrar en el pecado, pecado que… es muy abominable… para Dios” (vers. 5). “[Tengo] que testificaros concerniente a la maldad de vuestros corazones” (vers. 6), agregó. Jacob se expresó como lo hizo el Señor cuando dijo: “quien mire a una mujer para codiciarla ya ha cometido adulterio en su corazón” (Mateo 5:28; véase también 3 Nefi 12:28; D. y C. 59:6; 63:16).

Hace más de treinta años, insté a los estudiantes de la Universidad Brigham Young a evitar la literatura publicitaria que promoviese las relaciones sexuales ilícitas en los materiales que leían y veían, y les hice la siguiente analogía:

“Las historias y fotografías pornográficas o eróticas son peores que los alimentos malsanos o contaminados. El cuerpo tiene defensas que le permiten librarse de los alimentos en mal estado. Con algunas excepciones fatales, la comida contaminada hará que la persona enferme, pero no causará daño permanente. Por el contrario, la persona que se deleita en historias indecentes o en fotografías o literatura pornográficas o eróticas, las graba en ese maravilloso sistema de almacenamiento al que llamamos cerebro. El cerebro no vomitará lo indecente; una vez que lo graba, permanece a la espera de ser recordado, destellando esas imágenes pervertidas por la mente, apartando a la persona de las cosas sanas de la vida” 1 .

Ahora, hermanos, debo decirles que nuestros obispos y nuestros consejeros profesionales están observando un marcado incremento en la cantidad de hombres que están envueltos en la pornografía, muchos de los cuales son miembros activos. Algunos de ellos aparentemente le restan gravedad a la pornografía y continúan ejerciendo el sacerdocio de Dios porque suponen que nunca nadie se enterará de lo que hacen. Pero el que usa la pornografía lo sabe, hermanos, y también lo sabe el Señor.

Hay quienes han sugerido que el tema de la pornografía debería ser una pregunta más de la entrevista para la recomendación del templo. Ya lo es; hay por lo menos cinco preguntas que deberían sacar a relucir una confesión de este asunto si la persona que está siendo entrevistada posee la sensibilidad espiritual y la honradez que esperamos de quienes desean entrar en la casa del Señor.

Una de las enseñanzas más memorables del Salvador se aplica a los hombres que secretamente miran pornografía.

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque limpiáis lo de afuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia.

“¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de adentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio” (Mateo 23:25–26; véase también Alma 60:23).

El Señor continúa censurando a aquellos que tratan lo que es visible pero que no limpian lo interior:

“Sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos muertos y de toda inmundicia.

“Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad” (Mateo 23:27–28).

Las consecuencias espirituales inmediatas de tal hipocresía son devastadoras. Aquellos que buscan la pornografía y se entregan a ella, renuncian al poder de su sacerdocio. El Señor dice que “cuando intentamos encubrir nuestros pecados… he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre” (D. y C. 121:37). Seguir leyendo

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¿Qué buscáis?

Conferencia General Abril 2005
¿Qué buscáis?
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

L. Tom Perry

Los que buscan sinceramente la verdad están hallando respuesta a sus preguntas, están hallando al Señor por medio de Su Iglesia restaurada.

Siempre es difícil seguir a este magnífico coro. Otra vez, gracias, coro, por su bella música.

“El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos.
“Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios.
“Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús.
“Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis?” (Juan 1:35–38).

Hallamos en la actualidad un mundo que anda en pos de la respuesta a la pregunta “¿qué buscáis?”, en muchas formas diferentes. Demasiadas personas andan por allí sembrando semillas de un fruto que no nutrirá el alma eterna.

Permítanme explicar eso con una anécdota que tuvo la Presidencia del Área Europa Central mientras se dirigía en tren a una reunión. Aprovechábamos el tiempo del trayecto para hablar de nuestras asignaciones, y a un señor que ocupaba un asiento lateral al nuestro, al otro lado del pasillo, le pareció curiosa nuestra conversación. Por fin, nos preguntó: “¿Son ustedes protestantes o católicos?”. Le contestamos: “Ninguno de los dos; somos miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. Tras indicar que había oído de la Iglesia, prosiguió diciendo: “Nunca lograrán progresar mucho en este país, puesto que el gobierno sólo reconoce a la Iglesia Católica y a las Protestantes, que son las únicas que reciben respaldo económico del gobierno. Y no es posible que Iglesia alguna exista sin respaldo económico gubernamental”.

Intentamos explicarle que nuestra Iglesia se administra muy bien sin ayuda gubernamental, que utilizamos el sistema del diezmo del Señor. Él insistió en que nuestra Iglesia no llegaría muy lejos en su país y nos sugirió que tal vez debiéramos llevar nuestra obra a otra parte del mundo. Desde luego, le testificamos que el sistema del Señor resulta muy bien y le hablamos de todas las capillas y de todos los templos que estamos construyendo por todo el mundo sin tener que recurrir a pedir dinero prestado para construirlos. Si bien se sorprendió mucho no pareció muy convencido.

Al darnos cuenta de que no podíamos convencerlo de que una Iglesia sí puede existir sin ser financiada por un gobierno, intentamos cambiar el tema. Yo le pregunté: “¿Qué sucederá en su país con todos los cambios que se están produciendo? La disminución del índice de natalidad y la llegada de un número cada vez mayor de inmigrantes al final harán de ustedes una minoría en su propio país”.

Con un gran orgullo patriótico, repuso: “Eso no sucederá nunca”.

Le repliqué: “¿Cómo puede afirmar eso si en su país la inmigración excede a la tasa de natalidad?”. Siguió insistiendo en que eso no ocurriría nunca en su país, que cerrarían las puertas a la inmigración antes de permitir que eso sucediera.

Seguí insistiendo y le dije: “¿Cómo van a impedirlo con la marcha actual de los sucesos?”.

Su respuesta me sobresaltó: “Tengo 82 años de edad. Habrá pasado mucho tiempo después de mi muerte antes de que se presente ese problema”.

Uno de los mayores problemas con que nos enfrentamos en la predicación del Evangelio en esta región del mundo es la apatía general que existe para con la religión y las cosas espirituales. Demasiadas personas se sienten muy cómodas con su actual estilo de vida y consideran que todo lo que tienen que hacer es “comer, beber y divertirse” (Lucas 12:19). No se interesan nada más que en sí mismas y en el “aquí y ahora”.

Los países desarrollados del mundo se están volviendo tan mundanos en sus creencias y actos que piensan que el ser humano es totalmente libre de hacer lo que desee, que no tiene que dar cuentas a nadie ni de nada excepto a sí mismo y, sólo hasta cierto punto, a la sociedad en la que vive.

Las sociedades en las que ese mundano estilo de vida echa raíces tienen un elevado precio espiritual y moral que pagar. La búsqueda de las denominadas libertades individuales, sin que se tengan en cuenta las leyes que el Señor ha establecido para gobernar a Sus hijos sobre la tierra, redundará en la maldición de la extremada mundanería y del excesivo egoísmo, así como en la decadencia de la moralidad pública y privada, y en la falta de respeto a la autoridad.

Ese tipo de sociedades mundanas se describen en Doctrina y Convenios 1:16: “No buscan al Señor para establecer su justicia, antes todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios, cuya imagen es a semejanza del mundo…” Seguir leyendo

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Las cosas grandes que Dios ha revelado

Conferencia General Abril 2005

Las cosas grandes que Dios ha revelado

Gordon B. HinckleyPresidente Gordon B. Hinckley

Seguimos adelante en el firme cimiento del divino llamamiento del profeta José y de las revelaciones de Dios que se recibieron por medio de él.


Mis hermanos y hermanas, como se nos ha recordado, el próximo diciembre conmemoraremos el bicentenario del nacimiento del profeta José Smith. Entretanto, se realizarán muchas cosas para celebrar esta importante ocasión.

Se publicarán libros, se efectuarán simposios en los que participarán diversos eruditos, habrá espectáculos, una nueva película y muchas otras actividades.

Previendo todo esto, y por ocupar el décimo quinto lugar de sucesión desde que él lograra el punto culminante de su labor, he sentido la impresión de expresar mi testimonio de su llamamiento divino.

Tengo en mi mano un pequeño libro valioso que fue publicado en Liverpool, Inglaterra, por Orson Pratt, en 1853, hace 152 años. Es la narración de Lucy Mack Smith sobre la vida de su hijo.

Relata, con algunos detalles, las diversas conversaciones que José tuvo con el ángel Moroni y la salida a la luz del Libro de Mormón.

En el libro dice que al enterarse del encuentro que José tuvo con el ángel, su hermano Alvin sugirió que la familia se reuniera y lo escuchara detallar “las grandes cosas que Dios te ha revelado” (Biographical Sketches of Joseph Smith the Prophet and His Progenitors of Many Generations, pág. 84).

Utilizo esa afirmación como el tema de mi discurso: las grandes cosas que Dios ha revelado por conducto del profeta José. Permítanme mencionar algunas de las muchas doctrinas y prácticas que nos distinguen de todas las demás iglesias, todas las cuales han provenido de la revelación dada al joven Profeta. Ustedes las conocen, pero vale la pena su repetición y reflexión.

La primera de ellas, por supuesto, es la manifestación de Dios mismo y de Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo resucitado. Según mi opinión, esta grandiosa visión es el acontecimiento más sublime que ha acaecido desde el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Señor en el meridiano de los tiempos.

No existe registro de ningún otro acontecimiento que se le iguale.

Durante siglos, los hombres se han congregado y han argüido en cuanto a la naturaleza de la Deidad. En el año 325, Constantino convocó en Nicea a eruditos de varias facciones. Después de dos meses de enconado debate, llegaron a un acuerdo sobre la definición que por generaciones ha llegado a ser, entre los cristianos, la declaración doctrinal sobre la Deidad.

Los invito a leer esa definición y a compararla con la declaración del joven José, que dice simplemente que Dios apareció ante él y le habló. José le vio y le oyó; tenía la forma de hombre, un ser tangible; a Su lado estaba el Señor resucitado, un ser distinto, a quien presentó como Su Amado Hijo, y con quien José también habló.

Yo creo que en el breve período de esa extraordinaria visión José aprendió más en cuanto a la Deidad que todos los eruditos y los clérigos del pasado.

En esa revelación divina se reafirmó, sin duda alguna, la realidad de la resurrección literal del Señor Jesucristo.

Este conocimiento de la Deidad, que estuvo escondido del mundo durante siglos, fue la primera cosa grandiosa que Dios le reveló a Su siervo escogido.

Y sobre la realidad y la veracidad de esta visión descansa la validez de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Hablaré ahora de otra cosa muy importante que Dios ha revelado.

El mundo cristiano acepta la Biblia como la palabra de Dios, pero la mayoría no tiene idea de cómo fue que la obtuvimos.

Acabo de terminar de leer un libro recién publicado por un famoso erudito. De la información que él presenta, se deduce que los diversos libros de la Biblia fueron organizados en lo que parece ser un orden poco sistemático. En algunos casos, los escritos no se produjeron sino hasta mucho después de ocurridos los hechos que describen. Uno se podría preguntar: “¿Es verdadera la Biblia? ¿Es en verdad la palabra de Dios?”.

Nosotros respondemos que lo es, hasta donde esté traducida correctamente. La mano del Señor tuvo que ver con su creación; pero ya no está sola; hay otro testigo de las verdades poderosas e importantes que en ella se encuentran. Seguir leyendo

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Teniendo entrelazados sus corazones

Conferencia General Abril 2005

Teniendo entrelazados sus corazones

Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Henry B. Eyring

Cuando ustedes fueron bautizados, sus antepasados los contemplaron desde el mundo de los espíritus con esperanza… se regocijaron al ver a uno de sus descendientes hacer el convenio de buscarlos.

Mi mensaje es para los conversos de la Iglesia. Más de la mitad de los miembros de la Iglesia de la actualidad han escogido ser bautizados después de los ocho años de edad. Por tanto, ustedes no son una parte pequeña de la Iglesia. A ustedes deseo decirles cuánto los ama el Señor y cuánto confía Él en ustedes. Y, más aún, deseo decirles cuánto depende Él de ustedes.

Ustedes sintieron Su amor al menos en cierta medida cuando fueron bautizados. Hace años, yo llevé a un joven, de veinte años de edad, a las aguas del bautismo. Mi compañero y yo le habíamos enseñado el Evangelio. Era el primero de su familia que oía el mensaje del Evangelio restaurado, y pidió ser bautizado. El testimonio del Espíritu le hizo desear seguir el ejemplo del Salvador, que fue bautizado por Juan el Bautista aun cuando Él era sin pecado.

Cuando levanté a aquel joven de las aguas del bautismo, me sorprendió al lanzar sus brazos alrededor de mi cuello y susurrarme al oído, mientras las lágrimas le surcaban el rostro: “Estoy limpio, estoy limpio”. Ese mismo joven, después que hubimos puesto las manos sobre su cabeza y que, con la autoridad del Sacerdocio de Melquisedec le hubimos conferido el Espíritu Santo, me dijo: “Cuando usted pronunciaba esas palabras, yo sentí como un fuego que me recorría todo el cuerpo desde la coronilla de la cabeza hasta los pies”.

La experiencia de ustedes en ese mismo respecto habrá sido exclusiva de ustedes, pero hasta cierto punto, habrán sentido la magnitud de la bendición que recibieron. Desde entonces, han experimentado la realidad de las promesas que se les hicieron, así como la de las promesas que ustedes hicieron. Han sentido la limpieza que provino de su bautismo, por motivo de la expiación de Jesucristo. Y han sentido el cambio que se ha efectuado en su corazón al haber llegado el Espíritu Santo a ser su compañero. Sus deseos han comenzado a cambiar.

Cuando alguien me dice que se ha convertido a la Iglesia, le pregunto: “¿Ha aceptado alguno de sus familiares el Evangelio?”. Cuando la respuesta es “sí”, sigue a ésta la emocionada descripción del feliz milagro que se ha efectuado en uno de los padres o en un hermano, o en una hermana o en uno de los abuelos. Las personas sienten regocijo cuando saben que alguno de sus familiares comparte su bendición y su felicidad. Cuando la respuesta es: “No, hasta ahora soy el único miembro de la Iglesia”, la persona casi siempre menciona a sus padres y dice algo así: “No, todavía no. Pero sigo intentándolo”. Y por el tono de su voz, uno se da cuenta de que el converso nunca dejará de intentarlo, nunca jamás.

El Señor sabía que ustedes experimentarían esos sentimientos cuando les permitió recibir los convenios que ahora están bendiciendo su vida. Él sabía que ustedes sentirían deseos de que sus familiares tuviesen también las bendiciones que ustedes sintieron al unirse a la Iglesia. Aún más, Él sabía que ese deseo aumentaría cuando llegaran a conocer la dicha de las promesas que Él nos hace en los sagrados templos. En ellos, a los que se hacen merecedores de entrar, Él les permite hacer convenios con Él. Prometemos obedecer Sus mandamientos y Él nos promete que, si somos fieles, podremos vivir con Él en la gloria en familias para siempre jamás en el mundo venidero.

En Su amorosa bondad, Él sabía que ustedes desearían estar unidos para siempre a sus padres y a los padres de sus padres. Puede ser que hayan tenido ustedes un abuelo como el mío, que siempre apreciaba mucho las visitas que yo le hacía. Yo pensaba que era su nieto predilecto hasta que mis primos me dijeron que ellos creían ser los predilectos del abuelo. Él ya ha fallecido. Todos mis abuelos y sus antepasados han fallecido. Muchos de los antepasados de ustedes murieron sin haber tenido nunca la oportunidad de aceptar el Evangelio ni de recibir las bendiciones y las promesas que ustedes han recibido. El Señor es justo y es amoroso, y, por consiguiente, Él ha preparado tanto para ustedes como para mí la manera de que se cumpla el deseo de nuestro corazón de brindar a nuestros antepasados todas las bendiciones que Él nos ha brindado a nosotros.

El plan para hacer eso posible ha existido desde el principio. El Señor hizo promesas a Sus hijos hace mucho tiempo. El último libro del Antiguo Testamento es el libro del profeta Malaquías, y las últimas palabras de éste son tanto una grata promesa como una severa advertencia.

“He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición” 1 . Seguir leyendo

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Quienes nos brindan su amor: amigos que tienen el amor de Cristo

Conferencia General Abril 2005
Quienes nos brindan su amor: amigos que tienen el amor de Cristo
Kathleen H. Hughes
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Kathleen H. Hughes

Dios conoce las necesidades de Sus hijos y Él suele actuar por conducto de nosotros, inspirándonos a ayudarnos unos a otros.

Hace unas semanas, mi esposo y yo fuimos a una sesión del templo. Al entrar, nos saludó una obrera del templo, que es una querida amiga de nuestro barrio. Ese saludo fue el preámbulo de una extraordinaria experiencia. Nos saludaron y ayudaron, más que en cualquier otra ocasión que recuerde, muchas personas que conocíamos: amigos de barrios anteriores, amigos de la localidad, hombres y mujeres con los que habíamos servido en diversos llamamientos. La última persona con la que me encontré fue una joven a la que no reconocí. Era encantadora y cuando comenzó a hablar, de inmediato la recordé: Robin, una de las mujeres jóvenes de mi clase de Laureles cuando fui por primera vez presidenta de las Mujeres Jóvenes. Mientras hablábamos e intercambiábamos recuerdos y sucesos de nuestras vidas, me dijo cuánto había significado para ella aquella época. También había sido así para mí.

Salí del templo sintiéndome enternecida con tanta amabilidad, teniendo plena conciencia de lo importantes que los amigos han sido para mí a lo largo de mi vida. El Señor ha conmovido mi espíritu una y otra vez, y, la mayoría de las veces, lo ha hecho por medio de una mano amiga.

Hace treinta y ocho años este mes, Dean y yo, de recién casados, fuimos a Nuevo México a visitar a mis padres. Mientras nos hallábamos allá, mi padre nos llevó a pasar el día a las montañas de la parte norte del estado. Por la tarde, dimos con un automóvil detenido a un costado del camino con un neumático desinflado. El conductor le dijo a mi padre que la rueda de repuesto también la tenía desinflada y que necesitaba que le llevasen en auto a la ciudad más cercana para que se la repararan. Mi padre, al ver a la familia de ese señor dentro del auto, le dijo: “No le será posible ir a la ciudad y regresar antes de que oscurezca. Óigame, las ruedas de su auto son del mismo tamaño que las del mío. Tome usted mi rueda de repuesto y la próxima vez que vaya a Albuquerque, me la devuelve”.

Aquel desconocido, impresionado por la propuesta, le dijo: “Pero si usted ni siquiera me conoce”.

La respuesta de mi papá, típica de él, fue: “Usted es un hombre honrado y no creo equivocarme. Usted me devolverá el neumático”.

Unas semanas después, le pregunté a mi papá con respecto al neumático, y me dijo que se lo habían devuelto.

Mi padre, que ya tiene noventa años, todavía vive la vida del mismo modo. La mayoría de las personas de su edad reciben las comidas hechas de una institución que las lleva a domicilio, pero mi papá reparte comidas a los “ancianos” y suele estar junto al lecho de amigos enfermos o agonizantes. También sale con su sierra eléctrica a ayudar a los del Club de Rotarios en su obra de limpieza y embellecimiento anual. Cuando pienso en la vida de mi papá y en su forma de actuar, recuerdo el pensamiento del presidente Boyd K. Packer: Él es “activo en el Evangelio” (véase “La edad de oro”, Liahona, mayo de 2003, pág. 82), y, como indica el himno, “brinda su amor”, y al hacerlo, embellece la vida de los demás (véase “Quienes nos brindan su amor”, Himnos, Nº 188). Mi padre comprende lo que es la amistad.

Como presidencia de la Sociedad de Socorro, a veces oímos a hermanas decir que no sienten el amor del Señor. Pero quizás sentirían más de Su amor si viesen la influencia de Él en los actos de las personas que las atienden con cariño. Podrá ser un miembro de su rama o barrio, algún vecino o incluso una persona desconocida que les haga un bien y les manifieste el amor de Cristo. El élder Henry B. Eyring nos dijo: “Se le ha llamado [a usted] para representar al Salvador. Cuando usted testifica, su voz es la de Él, sus manos que auxilian son las de Él…” (“Elévense a la altura de su llamamiento”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 76). Si podemos auxiliar a los demás en el nombre de Cristo, sin duda, también nosotros nos auxiliaremos. Seguir leyendo

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La fe es la respuesta

Conferencia General Abril 2005
La fe es la respuesta
Élder David E. Sorensen
De la Presidencia de los Setenta

David E. Sorensen

[Recuerden] que la fe y la obediencia todavía son las respuestas, incluso cuando las cosas salgan mal; y quizás, especialmente, cuando ése sea el caso.

A principios de la década de 1950, Estados Unidos estaba en guerra en la península coreana. Debido a las normas gubernamentales de reclutamiento de esa época, a los jóvenes no se les permitía servir en misiones, sino que se les requería que prestaran servicio militar. Al saber eso, cuando entré en la universidad me inscribí en el cuerpo de capacitación de oficiales de la reserva del ejército. Mi meta era llegar a ser uno de los oficiales, como lo había sido mi hermano mayor. Sin embargo, durante una visita que hice a casa durante las vacaciones de Navidad, el obispo de mi barrio, Vern Freeman, me invitó a ir a verlo a su oficina; me dijo que un joven líder de la Iglesia, un hermano que se llamaba Gordon B. Hinckley, había negociado un acuerdo con el gobierno, con el que se permitía que de cada barrio de la Iglesia en los Estados Unidos se llamara a un joven para servir en una misión, por lo que ese joven recibiría un aplazamiento automático del servicio militar.

El obispo Freeman dijo que había estado orando sobre ese asunto y había sentido la impresión de que debía recomendarme para servir como misionero de tiempo completo para representar a nuestro barrio. Le expliqué que ya tenía otros planes: que me había alistado en la reserva del ejército y que deseaba ser oficial. Con tacto, el obispo me recordó que había sentido la impresión de recomendarme para servir en una misión en ese momento particular, y dijo: “Ve a casa y habla con tus padres, y vuelve más tarde con tu respuesta”.

Me fui a casa y les conté a mis padres lo ocurrido. Dijeron que el obispo estaba inspirado y que debía aceptar con gusto la invitación del Señor a servir. Mi madre, al darse cuenta de lo decepcionado que me sentí ante la posibilidad de no llegar a ser oficial del ejército de inmediato, citó estas palabras:

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

“Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” 1 .

Esa noche volví a la oficina del obispo y acepté el llamado. Me dijo que fuera a la oficina de reclutamiento y les hiciera saber mi decisión.

Al hacerlo, y para mi sorpresa, la dama que era la encargada de la oficina de reclutamiento me dijo: “Si usted acepta un llamamiento misional, recibirá el aviso de ser llamado a filas antes de que pueda volver a ingresar en la reserva militar, y prestará servicio como soldado raso, y no como oficial”.

A pesar de ese cambio inesperado, mi misión fue maravillosa; cambió el curso de mi vida, tal como les sucede a aquellos que sirven, pero, cumpliendo con lo prometido, el gobierno envió un aviso en el que se me reclutaba en el ejército de los Estados Unidos, aproximadamente un mes antes de ser relevado de la misión.

Después del entrenamiento básico y de asistir al colegio para policías militares, fui asignado a una base para trabajar como policía militar. Una noche, recibí una asignación que duraría toda la noche, la de escoltar a un convoy de prisioneros de un campo a otro.

Durante la noche, el convoy se detuvo a mitad de camino para descansar. El oficial encargado nos mandó ir al restaurante a tomar café a fin de que pudiéramos permanecer despiertos el resto de la noche. De inmediato, él se percató de que yo me negué. Él dijo: “Soldado, tiene que tomar café para que permanezca despierto el resto de este viaje; no quiero que se escapen los prisioneros o que causen algún disturbio mientras yo esté al mando”.

Le respondí: “Señor, con todo respeto, no lo puedo hacer; soy mormón, y los buenos mormones no toman café”.

Mi respuesta no le agradó, y volvió a aconsejarme que tomara el café.

De nuevo, y cortésmente, me negué. Tomé mi lugar al fondo del autobús, con arma en mano, orando para que pudiera permanecer despierto y no tuviese que usarla. El viaje concluyó sin ninguna novedad. Seguir leyendo

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Uno más

Conferencia General Abril 2005
Uno más
Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

M. Russell Ballard

Necesitamos más misioneros trabajadores y de firme testimonio a fin de llegar a más de los hijos de nuestro Padre Celestial.

Hermanos y hermanas, hace unas semanas, mi esposa y yo tuvimos el placer de dirigir la palabra a los misioneros del Centro de Capacitación Misional de Provo. Nos emocionó vivamente ver sus rostros radiantes y deseosos de aprender, y sentir la presencia del Espíritu del Señor. Esos excelentes misioneros ya están en camino para llevar al mundo el mensaje de la restauración del Evangelio de Jesucristo. Damos las gracias a los padres, así como a los obispos, los presidentes de estaca y sobre todo a nuestra gente joven por haber respondido bien a la petición del profeta de esmerarse más en su preparación espiritual para servir al Señor.

Cuando “elevamos el nivel de los requisitos” para el servicio misional, el presidente Gordon B. Hinckley dijo: “Esta obra es rigurosa, exige fuerza y vitalidad; exige agudeza mental y capacidad; exige fe, deseo y consagración; exige manos limpias y un corazón puro”.

Además dijo: “Ha llegado la hora de elevar los niveles de aquellos a los que se llama… como embajadores del Señor Jesucristo… Sencillamente, no podemos permitir que los que no sean completamente dignos vayan al mundo a compartir las buenas nuevas del Evangelio” (Primera Reunión Mundial de Capacitación de Líderes, 11 de enero de 2003, pág. 19).

Hoy en día, pedimos misioneros más capacitados, hombres jóvenes que se hayan preparado para servir habiendo aceptado el reto de nuestro profeta de “practi[car] la autodisciplina para vivir por encima de los bajos valores del mundo a fin de evitar la transgresión y seguir un sendero más elevado en todas sus actividades” (Íbid., pág. 19).

La obra del Señor en nuestras 339 misiones está creciendo, por lo que debemos intensificar nuestro empeño en ocuparnos de que todo jovencito de 12 años de edad sea dignamente ordenado diácono; de que todo joven de 14 años sea ordenado maestro; de que todo joven de 16 años sea ordenado presbítero y de que todo joven de 18 a 19 años reciba dignamente el Sacerdocio de Melquisedec. Lograremos eso si llenamos el corazón de nuestros hombres jóvenes de amor por el Señor, de entendimiento de Su expiación y de gratitud por ella, y de una clara visión de la maravilla de la Restauración.

Si nuestros jóvenes llegan a comprender la importancia de la restauración del Evangelio y a saber por sí mismos que Dios es nuestro Padre Celestial y que Él ama a todos Sus hijos, así como que Jesús es el Cristo y que Ellos dos juntos visitaron a José Smith para abrir ésta, la última dispensación de los tiempos, desearán llevar ese mensaje al mundo. Si nuestros jóvenes llegan a ver el Libro de Mormón como evidencia tangible de que el mensaje de la Restauración es verdadero, se llenarán del deseo de realizar su parte en la enseñanza de esas verdades a los hijos de nuestro Padre Celestial.

Supimos por los misioneros del Centro de Capacitación Misional lo que les habría servido más para prepararse para su misión. Por encima de todo, deseaban haber:

• Aprendido mejor la doctrina mediante un estudio concentrado de las Escrituras.
• Aprendido el modo de estudiar y de orar sinceramente.
• Sido más disciplinados y haberse esforzado con mayor ahínco.
• Comprendido con mayor claridad lo que se esperaba de ellos.
• Tenido más oportunidades de enseñanza y
• Tenido entrevistas más escrutadoras tanto por parte de los obispos como por los padres.

Hermanos y hermanas, juntos podemos enseñar el Evangelio de Jesucristo, en su sencillez y poder, a todos los jóvenes de la Iglesia. Al esforzarnos junto con los padres, les ayudaremos a prepararse para el campo misional, así como para toda una vida de servicio. Sigamos adelante y busquemos a cada uno de nuestros valiosos jóvenes, sea cual sea su nivel de actividad en la Iglesia y hagamos brillar la luz de Cristo que está dentro de ellos. El presidente Boyd K. Packer dijo: “La luz de Cristo es tan universal como la luz del sol. Dondequiera que haya vida humana, ahí está el Espíritu de Cristo. Toda alma viviente la posee… Es el inspirador de todo lo que bendiga y beneficie a la humanidad. Es lo que nutre la bondad misma” (Liahona, abril de 2005, pág. 13). Seguir leyendo

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