Conferencia General Abril 2005
Permanezcamos en lugares santos
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Deseo animar a nuestros santos de todo el mundo a esforzarse por permanecer más tiempo en lugares santos, siempre que sea posible.
Mis queridos hermanos, hermanas y amigos de todo el mundo, dirigirles la palabra es un gozo y una gran responsabilidad. Les expreso mi amor, respeto y aprecio.
De todos lados nos bombardean con una cantidad de mensajes que no queremos ni necesitamos. En un día se genera más información de la que podamos absorber en toda una vida. A fin de que todos disfrutemos plenamente de la vida, es preciso que tengamos momentos serenos y paz mental 1 . ¿Cómo lo logramos? Hay una sola respuesta. Debemos elevarnos por encima del mal que nos invade; debemos seguir el consejo del Señor, que dijo: “He aquí, es mi voluntad que todos los que invoquen mi nombre, y me adoren de acuerdo con mi evangelio eterno, se congreguen y permanezcan en lugares santos” 2 .
Inevitablemente nos encontramos en tantos lugares impuros y estamos sujetos a tantos elementos que son vulgares, profanos y que destruyen el Espíritu del Señor que deseo animar a nuestros santos de todo el mundo a esforzarse por permanecer más tiempo en lugares santos, siempre que sea posible. Los lugares más santos son nuestros sacros templos; en sus recintos se siente un consuelo sagrado. Debemos ser dignos de llevar nuestra familia al templo para ser sellados por la eternidad. Además, debemos buscar los datos de nuestros parientes muertos a fin de que ellos también puedan ser sellados a nosotros en un templo. Debemos procurar empeñosamente la santidad para ser “ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” 3 . De ese modo, podemos mantener y fortalecer nuestra propia relación personal con Dios.
La santidad es la fortaleza del alma y proviene de la fe por medio de la obediencia a las leyes y ordenanzas de Dios. Él entonces purifica el corazón por la fe y éste queda limpio de todo lo que sea profano e indigno. Cuando se logra la santidad por conformarse a la voluntad de Dios, se sabe intuitivamente lo que es malo y lo que es bueno ante el Señor. En el silencio, la santidad nos habla animándonos a lo que es bueno y reprendiendo lo malo.
La santidad es también una norma de la rectitud. En algunos comentarios que hizo el presidente Brigham Young en el Tabernáculo de Salt Lake, el 16 de febrero de 1862, empleó la expresión “Santidad al Señor”. Luego explicó lo que esa expresión significaba para él, diciendo: “Treinta años de experiencia me han enseñado que todo momento de mi vida debe ser de santidad al Señor y que ésta provenga de tener equidad, justicia, misericordia y rectitud en todas mis acciones, lo cual es el único comportamiento por el que puedo tener conmigo el Espíritu del Todopoderoso” 4 .
El año pasado uno de mis nietos fue con la esposa a la ciudad de Nueva York con sus padres para asistir al hermoso y nuevo Templo de Manhattan. En la calle, el constante trajín y el ruido de miles de personas era ensordecedor. Al detenerse el taxi delante del templo, Katherine, la esposa de mi nieto, se emocionó porque, aunque todavía se hallaban fuera del templo, había percibido su santidad. Entraron, dejando atrás el ruidoso mundo, y adoraron al Señor en Su casa. Fue una experiencia sagrada e inolvidable para ellos.
Tal como nos lo enseñó el presidente Gordon B. Hinckley: “De vez en cuando, sentimos el deseo de dejar atrás el alboroto y el tumulto del mundo y entrar en los recintos de la santa casa de Dios, para sentir Su Espíritu en ese ambiente de santidad y paz” 5 . Esta oración de José Smith en la dedicación del Templo de Kirtland ha sido, en verdad, contestada: “Y para que todas las personas que pasen por el umbral de la casa del Señor sientan tu poder y se sientan constreñidas a reconocer que… es tu casa, lugar de tu santidad” 6 .
En el funeral del patriarca Joseph Smith, padre, se describieron con las siguientes palabras los sentimientos que él tenía con respecto al templo: “El estar en la casa del Señor y aprender en Su templo era su deleite cotidiano; y en él disfrutó de muchas bendiciones y pasó muchas horas en dulce comunión con su Padre Celestial. Ha recorrido sus pasillos sagrados, solo y apartado de la humanidad, mucho antes de que el soberano del día apareciera por el horizonte; y entre sus paredes, mientras la naturaleza dormía, ha expresado sus aspiraciones. Dentro de sus recintos santos se le han abierto visiones de los cielos y su alma se ha deleitado en los tesoros de la eternidad” 7 . Seguir leyendo











Élder Joseph B. Wirthlin
























