Vivamos el Evangelio más plenamente

Conferencia General Octubre 2003
Vivamos el Evangelio más plenamente
Presidente Gordon B. Hinckley

¡Qué formidable trabajo realizan ustedes, fieles Santos de los Últimos Días en todo el mundo, que llevan en su corazón un testimonio firme e inquebrantable!

¡Cuán espléndidos los momentos que hemos pasado juntos, mis amados hermanos y hermanas! De cierto, es maravilloso distanciarse del mundo, por así decirlo, y apartar dos días para reflexionar sobre cosas divinas.

Todos estamos ocupadísimos con nuestras actividades rutinarias, las cuales nos llevan de una cosa a otra. Necesitamos, el mundo entero necesita, la oportunidad de meditar y reflexionar acerca de las cosas de Dios y de escuchar palabras que inspiren y ayuden.

Nuestros testimonios se han fortalecido, lo cual es bueno, porque, como en cierta ocasión dijo el presidente Harold B. Lee: “Nuestros testimonios necesitan renovación diaria” 1 .

Estoy convencido de que los Santos de los Últimos Días tienen en su corazón el deseo de hacer lo correcto, de vivir de acuerdo con lo que el Señor ha establecido para nosotros. Durante esta conferencia se nos han recordado muchas de esas cosas.

Espero que cuando regresemos a casa y antes de acostarnos, cada uno de nosotros nos pongamos de rodillas para expresar nuestro agradecimiento y pedir la fortaleza necesaria para vivir el Evangelio más plenamente como resultado de esta conferencia.

Estoy tan agradecido por la hermosa música del coro que ha cantado maravillosamente. El coro es una organización tan grandiosa y dedicada y agradecemos a todos lo que dan en forma tan generosa de su tiempo y talentos a esta gran obra. Estoy agradecido por la música de ayer a cargo del coro de adultos solteros; fueron una inspiración. Y el grandioso canto de anoche a cargo de los jóvenes misioneros del Centro de Capacitación Misional quienes vinieron y nos cantaron con gran poder. Muchas gracias por lo que nos han brindado.

Ahora, para concluir, me gustaría leer sólo algunas palabras de Moroni:

“¡Y despierta y levántate del polvo, oh Jerusalén; sí, y vístete tus ropas hermosas, oh hija de Sión; y fortalece tus estacas, y extiende tus linderos para siempre, a fin de que ya no seas más confundida, y se cumplan los convenios que el Padre Eterno te ha hecho, oh casa de Israel!

“Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad, y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo; y si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo, de ningún modo podréis negar el poder de [Cristo]” (Moroni 10:31–32).

Como resultado de esta gran conferencia, cada uno de nosotros debe ser un mejor hombre o una mejor mujer, un mejor jovencito y una mejor jovencita. Muchas gracias, mis hermanos y hermanas, por su gran servicio al llevar adelante esta obra. ¡Qué formidable trabajo realizan ustedes, fieles Santos de los Últimos Días en todo el mundo, que llevan en su corazón un testimonio firme e inquebrantable de la realidad del Dios viviente y del Señor Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor y de la aparición del Padre y del Hijo en esta dispensación, y de nuevo empezar una gran era en la historia del mundo en preparación para cuando el Hijo de Dios venga a reinar como Señor de señores y Rey de reyes!

Ruego que las bendiciones del cielo reposen sobre ustedes, mis queridos amigos. Ruego que lo que hayan escuchado y visto influya para bien en su vida y que cada uno de nosotros sea un poco más amable, un poco más considerado, un poco más cortés, que refrenemos nuestras lenguas y no permitamos que el enojo nos lleve a decir cosas de las que después nos arrepintamos. También ruego que tengamos la fortaleza y la voluntad para volver la otra mejilla, para ir la segunda milla al levantar las rodillas débiles de quienes estén afligidos.

Este Evangelio es un asunto personal. No se trata de un concepto distante. Se trata de algo que se puede aplicar a nuestra vida y que puede cambiar nuestra naturaleza misma.

Que Dios los bendiga, mis maravillosos y fieles consiervos, en esta gran obra; que Su paz y Su amor descansen sobre ustedes y que consagren su vida con la esencia de la piedad.

Al volver a nuestros hogares, ruego que llevemos en el corazón la determinación de vivir juntos en forma más plena como lo debemos hacer, en calidad de Santos de los Últimos Días. Les dejo mi amor y mi bendición, en el nombre del Señor Jesucristo. Que Dios esté con ustedes hasta que nos volvamos a ver otra vez. Gracias. Amén.

Nota

1. Véase Gordon B. Hinckley, Faith: The Essence of True Religión, 1989, pág. 93.

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¡Un vidente escogido!

Conferencia General Octubre 2003
¡Un vidente escogido!
Élder Neal A. Maxwell
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Aun cuando José Smith hubiera sido el conducto por el cual se hubiera recibido sólo una de esas revelaciones divinas, ese hecho en sí sería suficiente para declarar su grandeza de Profeta.

A partir de 1820, José Smith recibió constantes ataques de acusaciones, seguidos al fin por reivindicaciones. Esa práctica continúa.

Como se profetizó, los necios lo ridiculizan, el infierno brama contra él y se toma su “nombre para bien y para mal” (José Smith—Historia 1:33). Esa agitación inquieta a unos pocos que prefieren roer los huesos en el exterior en lugar de entrar a disfrutar del espléndido banquete de revelación, desviándolos de ese modo de prestar la debida atención a la misión de José Smith como “vidente escogido” (véase 2 Nefi 3:6–7).

Tal como lo enseñó la experiencia de Ammón, un vidente tiene el poder de traducir anales antiguos, “es mayor que un profeta”, pero, dijo Ammón, “un vidente es también… profeta” (véase Mosíah 8:11–16). Así llamado, José Smith ha llegado a ser “un gran beneficio para sus semejantes” (Mosíah 8:18).

El traductor “escogido” sacó a luz —”por el don y el poder de Dios” (D. y C. 135:3)— el Libro de Mormón, algo tangible que se puede verificar. Para todos los que le presten atención, el Libro de Mormón es como abrir de par en par las puertas largo tiempo cerradas de lo que se suponía ser un canon completo de Escrituras.

En la portada misma del Libro se hace constar su capacidad para “convencer” a las personas de que Jesús es el Cristo (véase también 2 Nefi 25:18). En una época de incredulidad y de error con respecto a ese hecho preeminente, la función convincente del libro ¡es tan necesaria! ¡Cuán penetrante su promesa!

El Libro de Mormón se proclamará al mundo “desde los techos de las casas” (2 Nefi 27:11). Aun cuando se descuide, será siempre una invitación, “mientras dure la tierra” (2 Nefi 25:22).

No es de extrañar que “los extremos de la tierra indagar[á]n [el] nombre [de José Smith]” (D. y C. 122:1). Otras profecías tranquilizadoras afirmaron que los enemigos de José “serán confundidos” y que el pueblo del Profeta no se “volverá… en contra de” él por el testimonio de los traidores (véase 2 Nefi 3:14; D. y C. 122:3).

Como nos lo recordó ayer el presidente Faust, sobre sus propias imperfecciones José Smith dijo: “Yo nunca os he declarado que soy perfecto; pero no hay error en las revelaciones que he enseñado” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 457).

Paradójicamente, el joven José Smith fue a la arboleda con el único deseo de saber a qué religión unirse, no con la intención de ser llamado vidente, revelador, traductor y profeta (véase D. y C. 21:1). En la arboleda, y después, sin embargo, hubo una explosión de bendiciones inesperadas. Las revelaciones y traducciones que resultaron no fueron meras conjeturas, dichos del día ni epigramas, sino en cambio revelaciones que provenían de Dios.

El volumen de esas revelaciones y traducciones es enorme, subrayando las palabras “vidente escogido”. Pero lo asombroso no es sólo el inmenso volumen de lo que José recibió y lo cual ahora se da a conocer a la humanidad, sino también la existencia de revelaciones prodigiosas en medio de tanta abundancia. Seguir leyendo

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El poder que otorga la humildad

Conferencia General Octubre 2003
El poder que otorga la humildad
Obispo Richard C. Edgley
Primer Consejero del Obispado Presidente

La fortaleza de la Iglesia reside en los millones de humildes miembros que se esfuerzan día a día por realizar la voluntad del Salvador.

Hace tiempo, en una reunión de mi quórum de sumos sacerdotes, el maestro presentó la lección preguntándonos quién era nuestro héroe y por qué lo era. Al contestar, las respuestas de cada hermano eran de esperarse. Por supuesto que alguien nombró al Salvador, el Redentor del mundo; otro habló de Abraham Lincoln, que dio libertad a los esclavos, dirigió a Estados Unidos durante la guerra civil y finalmente unificó al país; otros escogieron al profeta José Smith y a nuestro amado profeta actual, Gordon B. Hinckley. A medida que cada uno nombraba a su héroe, silenciosamente coincidí en que todos aquellos hombres eran dignos de ser emulados y que yo sería una mejor persona si poseyera algunas de las cualidades que los hicieron grandes.

Cuando llegó mi turno de contestar, giré hacia mi derecha en dirección de un hermano que estaba sentado unas cuantas sillas más allá, y dije: “Mis héroes son Ken Sweatfield y su esposa Jo Ann”. Durante 20 años observé la forma en que ellos han cuidado a su hijo que se encuentra en estado de coma, con todo el amor y la paciencia que los padres pueden brindar. A menudo, he meditado acerca de la esperanza y los sueños destrozados que con seguridad ellos tuvieron para Shane, antes de que él sufriera un terrible accidente de automóvil, apenas dos semanas antes de que empezara su misión en Leeds, Inglaterra. He visto a Ken y a Jo Ann empujar a Shane en su silla de ruedas hacia la luz del sol, o llevarlo por el vecindario, describiendo el paisaje, con la esperanza de que pudiese oír y sentir, y con la esperanza de que el aire fresco y la luz solar aliviaran su reprimido espíritu. Durante 20 años no hubo vacaciones de este cuidado, pocas salidas por la noche, pero siempre hubo un espíritu de fe, optimismo y gratitud, nunca una señal de enojo, de desesperación o de poner en duda los propósitos de Dios.

Después giré hacia un hermano a mi izquierda y dije: “Mis héroes son Jim Newton y su esposa Helen”. Poco después de que su hijo Zach recibiera su llamamiento misional al Perú, falleció en un accidente de automóvil. Cuando me enteré de lo que había sucedido, fui deprisa al hospital con la esperanza de oír que Zach estuviese vivo y que se iba a recuperar. Los padres, de la manera más circunspecta y tranquila, me explicaron que Zach serviría su misión en el otro lado del velo. Al ser testigo de la calmada determinación de estos fuertes padres, me di cuenta de que en medio del dolor y de la angustia había una paz que sólo emana de la fe profunda y perdurable en un Padre amoroso y en un Salvador que llevó a cabo la Expiación. Mi fe se fortaleció y, por medio de la inspiración que me brindaron Jim y su esposa Helen, mi determinación de seguir su ejemplo para enfrentarme a pruebas y tragedias similares se reafirmó.

También hubiese dicho que mis héroes son Tom Abbott y su hijo John, mis fieles maestros orientadores, que nunca faltaran a su asignación como tales, aunque a menudo nuestra familia es difícil de encontrar en casa. Hubiese nombrado a decenas de personas a quienes admiro, a las cuales llamaría héroes. Muchas de ellas no tienen lo que algunos llaman cargos prominentes en la Iglesia, pero todas ellas son dignas de tener cualquier posición. Ninguna es ampliamente conocida por los miembros de la Iglesia en general, pero estoy seguro de que nuestro Padre Celestial las conoce a todas. Seguir leyendo

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¿Es usted un santo?

Conferencia General Octubre 2003

¿Es usted un santo?

Élder Quentin L. Cook
De los Setenta

Si vamos a ser santos en nuestros días, debemos alejarnos de la conducta malvada y de los fines destructivos que imperan en el mundo.


Hace ya algunos años, me encontraba en Atlanta, Georgia, como abogado representando a un hombre que deseaba comprar un negocio. Después de varios días de negociaciones, llegamos a un acuerdo y firmamos los documentos finales. Esa noche, uno de los vendedores nos invitó a cenar para celebrar el “cierre” del negocio. Al llegar, me ofreció una bebida alcohólica, la cual rechacé. Entonces me dijo: “¿Es usted un santo?” Como yo no comprendía bien lo que quería decir, él repitió: “¿Es usted Santo de los Últimos Días?” y le respondí: “Sí, lo soy”. Dijo que había estado observando mi comportamiento durante las negociaciones y que había llegado a la conclusión de que o bien era miembro de la Iglesia o tenía un problema estomacal. Ambos reímos. Después me contó que sólo había conocido a otro miembro de la Iglesia en persona: a David B. Haight. Ambos habían sido directivos en una gran cadena de tiendas, terminada la Segunda Guerra Mundial. Me habló sobre la influencia significativa que el élder Haight había tenido en su vida y del gran respeto que sentía por él.

Mientras volaba de regreso a San Francisco, reflexioné en lo ocurrido, especialmente en dos aspectos: me sorprendió el modo en que me sentí cuando me preguntaron si era un “santo”, y me impactó la influencia positiva que un extraordinario ejemplo, el del élder Haight, tuvo en ese buen hombre.

¿Qué significa ser santo? En la Iglesia del Señor, los miembros son Santos de los Últimos Días y tratan de emular al Salvador, de seguir Sus enseñanzas y recibir las ordenanzas salvadoras con el fin de llegar a vivir en el reino celestial con Dios el Padre y nuestro Salvador, Jesucristo 1 . El Salvador dijo: “…éste es mi evangelio; y vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis;…” 2 .

No es fácil ser Santo de los Últimos Días; ése no fue el objetivo. La meta primordial de vivir en la presencia de Dios el Padre y de Su Hijo, Jesucristo, es un privilegio imposible de comprender.

Entre las pruebas más grandes que la Iglesia ha debido afrontar, se encuentra el martirio del profeta José Smith y después la expulsión de los santos de Nauvoo. Mientras cruzaban las planicies bajo circunstancias sumamente adversas, William Clayton compuso el extraordinario himno: “¡Oh, está todo bien!”, que les conmovió el alma y les hizo recordar su sagrada misión. ¿Quién de nosotros no se emociona al pensar en su sacrificio, valentía y cometido mientras cantamos: “…Aunque morir nos toque sin llegar, ¡oh, qué gozo y paz!”3

Ese himno les brindó consuelo, solaz y esperanza en momentos de gran dificultad y de obstáculos casi insuperables. Les levantó el espíritu y resaltó el hecho de que esta vida terrenal es un viaje entre la vida preterrenal y la vida eterna: el gran plan de felicidad. El inspirador himno del hermano Clayton hace hincapié en los sacrificios y en lo que significa realmente ser un santo. Nuestros miembros pioneros tuvieron que afrontar los desafíos de ser santos en su época. Seguir leyendo

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Ven, sígueme

Conferencia General Octubre 2003
“Ven, sígueme”
Élder William W. Parmley
De los Setenta

La admonición “Ven, sígueme” y la pregunta “¿Qué haría Jesús?” son importantes pautas para la vida cotidiana.

Somos discípulos de Jesucristo. En las palabras de Nefi, “creemos en Cristo… hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo…” (2 Nefi 25:24, 26). Para los creyentes de todas partes, las dos palabras más potentes que Él pronunció y que rigen nuestra conducta son: “Ven, sígueme” (Lucas 18:22; véase también Mateo 16:24; Marcos 1:17; Lucas 9:23). Cuando un escriba le preguntó cuál era el mandamiento más importante, Jesús respondió:

“…amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.

“Y el segundo es… Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos” (Marcos 12:30–31).

Usando como guía esos dos mandamientos, analicemos cuál es la forma mejor de seguirle a Él.

El ejemplo del Salvador del amor recíproco entre Él y Su Padre ha sido siempre evidente; Sus oraciones frecuentes, prolongadas y sinceras son un potente ejemplo que debemos seguir. Y el amor del Padre por Su Hijo fue siempre obvio, particularmente en el momento en que Juan lo bautizó: “Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).

La unidad entre los dos era evidente cuando el Salvador dijo: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). La comprensión de que Su voluntad y la del Padre hayan podido ser diferentes, aun cuando fuera por muy breve tiempo, como en Getsemaní (véase Mateo 26:39), nos hace recordar que nuestras oraciones pueden no siempre recibir la respuesta que hayamos imaginado. Sin embargo, la oración es un importante principio de acción. El Salvador dijo que, si tenemos fe y no dudamos, “todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21:21–22). Nuestro amor por Él debe ir acompañado por nuestras acciones: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

Consideremos ahora el segundo de los grandes mandamientos: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39), o la misma enseñanza impartida en un nivel más alto a los apóstoles: “Que os améis unos a otros… como yo os he amado” (Juan 13:34). Aun cuando el invitar a cenar a los vecinos de puerta es una buena manera de expresar amor, el Salvador eligió un ejemplo mucho más difícil cuando el abogado le preguntó: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lucas 10:29).

A continuación, viene el conocido relato del hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó, a quien robaron y golpearon dejándolo medio muerto junto al camino. Un levita y un sacerdote lo vieron y siguieron de largo; pero un samaritano, que era despreciado por los judíos, tuvo compasión y se ocupó de él. El samaritano no averiguó raza ni procedencia antes de demostrar misericordia. Jesús concluyó esa extraordinaria historia con la admonición: “Vé, y haz tú lo mismo” (Lucas 10:37). Seguir leyendo

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Un testimonio imperecedero de la misión del profeta José Smith

Conferencia General Octubre 2003
Un testimonio imperecedero de la misión del profeta José Smith
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

El profeta José es un ejemplo y un maestro de lo que significa perseverar bien en la fe… le doy las gracias y le amo por ser el profeta del Señor a cargo de la Restauración.

La noche previa a su martirio en Carthage, José Smith dio testimonio, a los guardias que le custodiaban, acerca de la divina autenticidad del Libro de Mormón, así como del ministerio de ángeles y de que el reino de Dios había sido establecido nuevamente en la tierra.

Me pregunto si alguno de los guardias oró aquella noche. El Espíritu Santo estaba listo para decirles que aquel extraordinario mensaje era verdadero. Con el testimonio del Espíritu, habrían sabido que debían solicitar el bautismo y luego habrían recibido el invalorable don del Espíritu Santo, con el cual habrían podido conocer la verdad de todas las cosas. Me pregunto si aquella noche alguno de ellos sintió lo cerca que estuvo de empezar a caminar por el único sendero que les conduciría al Salvador en el mundo venidero, para ver Su rostro con placer y oír las palabras: “Ven a mí, tú, que bendito eres; hay un lugar preparado para ti en las mansiones de mi Padre” 1 .

Todos tenemos seres a los que amamos. Piensen en ellos ahora. Tal vez sean sus hijos o sus nietos. Quizás piensen en su cónyuge. Puede que sea alguien a quien estén enseñando como misioneros. Puede que se trate de un amigo. Ustedes desean de todo corazón que algún día ellos oigan esas palabras de la boca del Maestro. Para que reciban dicha bendición, es preciso que el testimonio que dio el Profeta en Carthage arda en sus corazones durante todas las pruebas de la vida, como sucedió en el caso de José Smith.

Podemos comenzar por ofrecerles el testimonio de otras personas. El Señor permitió que hubiera otros hombres que se sumaran a José Smith para corroborar lo que el Salvador había hecho, y ellos estuvieron con el Profeta cuando se abrieron los cielos.

Oliver Cowdery predicó el primer sermón misional el domingo que siguió a la organización de la Iglesia. Partió para el campo misional para proclamar lo que sabía por medio de lo que había visto, oído y sentido. Junto con otros dos, firmó un testimonio del que jamás renegaron, el cual se halla impreso en el prefacio del Libro de Mormón:

“Conste a todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos, a quienes llegare esta obra, que nosotros, por la gracia de Dios el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo, hemos visto las planchas que contienen esta relación, la cual es una historia del pueblo de Nefi, y también de los lamanitas, sus hermanos, y también del pueblo de Jared, que vino de la torre de que se ha hablado. Y también sabemos que han sido traducidas por el don y el poder de Dios, porque así su voz nos lo declaró; por tanto, sabemos con certeza que la obra es verdadera. También testificamos haber visto los grabados sobre las planchas; y se nos han mostrado por el poder de Dios y no por el de ningún hombre. Y declaramos con palabras solemnes que un ángel de Dios bajó del cielo, y que trajo las planchas y las puso ante nuestros ojos, de manera que las vimos y las contemplamos, así como los grabados que contenían; y sabemos que es por la gracia de Dios el Padre, y de nuestro Señor Jesucristo, que vimos y testificamos que estas cosas son verdaderas. Y es maravilloso a nuestra vista. Sin embargo, la voz del Señor nos mandó que testificásemos de ello; por tanto, para ser obedientes a los mandatos de Dios, testificamos estas cosas. Y sabemos que si somos fieles en Cristo, nuestros vestidos quedarán limpios de la sangre de todos los hombres, y nos hallaremos sin mancha ante el tribunal de Cristo, y moraremos eternamente con Él en los cielos. Y sea la honra al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, que son un Dios. Amén.

Oliver Cowdery
David Whitmer
Martin Harris” 2

Sus seres queridos pueden tener más que la mera evidencia física brindada a aquellos testigos por lo que vieron y oyeron. Los tres testigos contaban con algo más, algo que todos necesitamos. El Espíritu Santo dio testimonio a sus mentes y corazones de la veracidad de lo que vieron y oyeron; el Espíritu les dijo que el ángel era de Dios y que la voz pertenecía al Señor Jesucristo. Ese testimonio del Espíritu les fue concedido a ellos y a muchos otros que no estuvieron allí. Se trata de un testimonio que, si somos merecedores de la compañía del Espíritu Santo, será nuestro y permanecerá con nosotros para siempre. Seguir leyendo

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Creemos todo lo que Dios ha revelado

Conferencia General Octubre 2003
Creemos todo lo que Dios ha revelado
Élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Dios continúa revelando Su voluntad al género humano, como lo ha hecho en todas las etapas cuando Él ha tenido siervos autorizados sobre la tierra.

“Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios” 1 .

Declaramos al mundo que los cielos no se han cerrado. Dios continúa revelando Su voluntad al género humano, como lo ha hecho en todas las etapas cuando Él ha tenido siervos autorizados sobre la tierra. Este hecho debiera ser familiar a todos los hijos de nuestro Padre Celestial, puesto que las Escrituras dan abundante evidencia de él.

A veces, definimos la comunicación de la voluntad de Dios como revelación. A veces, aludimos a tal comunicación como inspiración. Sin embargo, la revelación es un término de significado mucho más amplio. Si bien la inspiración se puede considerar debidamente como revelación, la revelación también puede comprender visiones, sueños, la palabra hablada y otras manifestaciones espirituales. El élder Talmage explicó:

“Revelación significa dar a conocer la verdad divina por medio de comunicación con los cielos…

“La interpretación que a veces se le da a la palabra inspiración, y la que tiene la palabra revelación, son casi idénticas, aunque aquélla por su origen y uso primitivo tuvo un significado particular. Inspirar significa literalmente animar con el espíritu; un hombre está inspirado cuando se halla bajo la influencia de una fuerza aparte de la suya. Se puede decir que la inspiración divina es una operación menor de la influencia espiritual en el hombre, una manifestación no tan directamente intensa como la… revelación. De modo que la diferencia consiste más bien en el grado que en la clase” 2 .

Hay orden en la forma en la que el Señor revela Su voluntad al género humano. Todos tenemos el derecho de pedir al Señor inspiración por medio de Su Espíritu y de recibirla dentro de la esfera de nuestra propia mayordomía. Los padres pueden recibir revelación con respecto a su propia familia, un obispo, con respecto a su designada congregación y, así, hasta la Primera Presidencia con respecto a toda la Iglesia. Sin embargo, no podemos recibir revelación tocante a la mayordomía de otra persona. El profeta José Smith indicó:

“Es contrario al sistema de Dios que un miembro de la Iglesia, o cualquier otro, reciba instrucciones para los que poseen una autoridad mayor que la de ellos” 3 .

“Las revelaciones de la disposición y voluntad de Dios para la Iglesia deben venir por medio de la Presidencia. Tal es el orden celestial, así como el poder y privilegio de este sacerdocio. Cualquiera de los oficiales de esta Iglesia tiene el privilegio de recibir revelaciones, en lo que respecta a su particular llamamiento y deber en la Iglesia” 4 .

Cuanto más nos conservemos en armonía con las instrucciones que el Señor nos ha dado para guiar nuestras vidas, tanto más estaremos en armonía con Su Espíritu. La persona que pide orientación al Señor debe ser digna de recibirla. Su vida debe estar en armonía con las normas que el Señor ha prescrito para Sus hijos. Su vida debe ser recta ante Dios y ante el pueblo de Dios; debe estar en armonía con las enseñanzas de las Escrituras, de los profetas y del orden de la Iglesia. Seguir leyendo

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Un estandarte a las naciones y una luz al mundo

Conferencia General Octubre 2003
Un estandarte a las naciones y una luz al mundo
Presidente Gordon B. Hinckley

Si vamos a [ser] un estandarte a las naciones y una luz al mundo, debemos adoptar más de las cualidades de la vida de Cristo.

Mis amados hermanos y hermanas, deseo expresar mi gratitud por su sustentadora fe y oraciones. El Señor ha depositado sobre los líderes de esta Iglesia una grande y seria obligación, y ustedes nos han apoyado en esa responsabilidad. Sabemos que ustedes oran por nosotros, y deseamos que sepan que nosotros oramos por ustedes.

No pasa un día sin que yo dé gracias al Señor por los fieles Santos de los Últimos Días. No pasa un día sin que yo le suplique que los bendiga a ustedes en cualquier parte que estén y cualesquiera sean sus necesidades.

Deseo recordarles que todos estamos juntos en esta obra. No es cosa de que las Autoridades Generales estén en un lado y los miembros de la Iglesia en el otro. Todos estamos trabajando como uno en una gran causa. Todos somos miembros de la Iglesia de Jesucristo.

Dentro de su esfera de responsabilidad, ustedes tienen una obligación tan seria como la que tengo yo en mi esfera de responsabilidad. Cada uno de nosotros debe tener la resolución de edificar el reino de Dios sobre la tierra y promover la obra de la rectitud.

Creo poder decir sinceramente que no tenemos deseos egoístas con respecto a esta obra que no sean que el que ésta salga adelante con éxito.

Los miembros de la Primera Presidencia tenemos que ocuparnos constantemente de una gran variedad de problemas, los cuales se nos presentan todos los días.

Al fin de un día particularmente difícil, dirigí la mirada al retrato de Brigham Young que está en mi despacho, y le pregunté: “Hermano Brigham, ¿qué debemos hacer? Me pareció que me sonreía un poco y que me decía: “En mis tiempos tuve muchísimos problemas que resolver. No me preguntes qué hacer. Ahora tú estás de guardia. Pregúntale al Señor, cuya obra ésta es en verdad”. Y eso, les aseguro, es lo que hacemos y lo que siempre debemos hacer.

Mientras reflexionaba en esos asuntos ese reciente día difícil, abrí la Biblia en el primer capítulo de Josué y leí estas palabras:

“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo…” (Josué 1:9).

Me dije a mí mismo: “Nunca hay razón para desesperarse. Ésta es la obra de Dios. A pesar de los esfuerzos de todos los que se oponen a ella, saldrá adelante como el Dios del cielo lo ha proyectado”.

Volví las páginas del Antiguo Testamento hasta el segundo capítulo de Isaías y leí lo siguiente:

“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones.

“Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová” (Isaías 2:2–3). Seguir leyendo

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Tres decisiones

Conferencia General Octubre 2003
Tres decisiones
Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Me gustaría ofrecer mi propio plan de superación personal, el cual consiste en tres pasos que me han sido útiles.

Hace poco me di cuenta de que existen muchos programas de superación personal. La demanda de esos productos debe ser enorme porque es casi imposible encender el televisor o la radio sin ver u oír publicidades de productos que prometen de todo, desde hacer bajar de peso hasta hacer renacer un exuberante cabello. A veces me pregunto si las personas que fabrican esos productos me conocerán en persona.

Hoy me gustaría ofrecer mi propio plan de superación personal, el cual consiste en tres pasos que me han sido útiles, y confío en que les servirán también a ustedes. Además, este programa de superación personal es gratis; no es necesario que saquen su tarjeta de crédito, ni tampoco aparecerá en la pantalla un número de teléfono al cual hay que llamar en menos de cinco minutos para no desperdiciar esta oportunidad que se ofrece una sola vez en la vida.

Tal vez la mejor manera de enseñar esos principios sea mediante una parábola.

Había una vez un hombre llamado Juan, que aun cuando era bastante joven, había pasado por mucho sufrimiento y angustia. Vagabundo y adicto al alcohol y a las drogas, se hallaba enfermo y cansado de la vida. Cuanto más se hundía en la enfermedad y la desesperación, más consciente era de que si no cambiaba algunas cosas pronto, existía una gran posibilidad de morir abatido, infeliz y en la soledad.

Tal vez, como resultado de haber asistido a la Primaria algunas pocas veces durante su niñez, Juan fue a un centro de reuniones cercano y pidió ver al obispo.

“He arruinado mi vida”, dijo Juan entre sollozos apesadumbrados que le salían de lo más profundo de su alma acongojada. Habló sobre los errores que había cometido y del sendero de autodestrucción y de sufrimiento por el que había andado.

El obispo escuchó la triste historia de Juan, y se dio cuenta de que el hombre realmente deseaba arrepentirse y cambiar de vida, pero también se percató de que Juan tenía muy poca confianza en su capacidad para cambiar.

Tras pensar unos momentos acerca de lo que debía decir, el obispo finalmente levantó la vista y dijo: “Juan, he hecho tres decisiones que me han ayudado en la vida. Tal vez te sirvan a ti también”.

“Por favor, dígame cuáles son”, rogó Juan. “Haré lo que sea. Lo único que quiero es volver a empezar. Quiero ser como era antes”.

El obispo sonrió, y le dijo: “Lo primero que debes comprender es que no puedes retroceder al pasado y volver a empezar. Pero no todo está perdido, ya que puedes empezar desde el punto en el que estás ahora. Toma la decisión de empezar tu arrepentimiento ahora”. Seguir leyendo

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Él nos conoce; Él nos ama

Conferencia General Octubre 2003
Él nos conoce; Él nos ama
Sydney S. Reynolds
Primera Consejera de la Presidencia General de la Primaria

El Señor… sabe quiénes somos y dónde estamos, y Él sabe quién necesita nuestra ayuda.

José Smith, a los catorce años de edad tiene que haber sido uno de los seres humanos más desconocidos sobre la tierra y, no obstante, el Dios del cielo le conocía y le llamó por su nombre en la Arboleda Sagrada. Creo que el Señor conoce mi nombre y también el nombre de ustedes.

En la Primaria enseñamos a los niños que todos los seres humanos son hijos de Dios y que su Padre Celestial los conoce y los ama. Los líderes de la Primaria y del sacerdocio ejemplifican lo que haría el Salvador cuando llaman a un niño por su nombre. Jesús dijo: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen” 1 . Las Escrituras testifican: “…y a sus ovejas llama por nombre, y las saca…” 2 .

El Señor no sólo sabe quiénes somos, sino que Él sabe dónde estamos y nos guía a hacer lo bueno. Un día, una madre de familia que conozco tuvo la fuerte sensación de llamar por teléfono a su hija. (Esto siempre ocurre a las madres.) Era mediodía y se hallaba en el trabajo, por lo que la llamada fue inusitada. Para su sorpresa, el yerno contestó el teléfono; él tampoco suele estar en casa los días laborables. Al pasar el teléfono a su esposa, le dijo: “Es tu mamá con su habitual inspiración”.

Acababan de regresar a casa tras haber ido a ver al médico. La joven se puso al habla conteniendo las lágrimas y le dijo: “Mamá, la ecografía revela que el cordón umbilical da dos vueltas al cuello del niño. El médico dice que no hay más remedio que practicar una operación cesárea y muy pronto”. En seguida, le expresó el verdadero motivo de su angustia: “¡Y dice que no podré levantar nada que pese más que el niño durante cuatro semanas!”. Necesitaba la constancia tranquilizadora, antes de someterse a la intervención, de que el Señor conocía su imperiosa necesidad y de que la amaba, así como de que alguien cuidaría en casa de sus tres hijos, que eran aún muy pequeños. Cuando las madres —y los padres— ruegan al Señor que bendiga y fortalezca a su familia, Él les señala el camino.

La hermana Gayle Clegg, de la presidencia general de la Primaria, y su esposo vivieron un número de años en Brasil. Hace poco, ella fue a Japón por una asignación de la Primaria. Al llegar a la capilla el domingo, se fijó en que, entre los santos japoneses, había una familia brasileña. Dijo que echó de ver en seguida que eran brasileños. Tuvo tan sólo un minuto para saludarlos y, si bien la madre y los hijos le parecieron muy entusiastas, advirtió que el padre estaba algo taciturno. “Tendré ocasión de conversar con ellos después de la reunión”, pensó, mientras la conducían a su asiento en el estrado. Dio su mensaje en inglés, el cual se tradujo al japonés; en seguida, sintió que debía expresar su testimonio también en portugués. Vaciló un poco, puesto que no había traductores de portugués y el 98 por ciento de la gente no entendería lo que ella diría. Seguir leyendo

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El mensaje de la Restauración

Conferencia General Octubre 2003
El mensaje de la Restauración
Élder Charles Didier
De la Presidencia los Setenta

El mensaje de la Restauración es [una] invitación a saber por qué el Evangelio de Jesucristo y Su Iglesia verdadera han sido restaurados por un Profeta en los tiempos modernos.

Las palabras son parte de un vocabulario que utilizamos para compartir sentimientos, conocimiento o datos unos con otros. Entre esas palabras, hay una pregunta que se emplea para saber la causa o la razón de algo. Cuando se pronuncia, es para satisfacer la curiosidad, descubrir lo que no se sabe o recibir respuestas a preguntas vitales que se relacionan con la vida terrenal. Si no se utiliza, el proceso de pensar se detiene y prevalece la ignorancia. ¿Y cuál es esa pregunta esencial? ¿La adivinaron? Se compone de dos palabras; es la pregunta por qué.

Por qué es una de las primeras preguntas favoritas de los niños, y especialmente de los adolescentes. Uno de los por qué preferidos de un nieto mío es “¿Por qué tengo que comer verduras?” Luego, los niños crecen y los por qué comienzan a explorar sentimientos: “¿Por qué tuvo que morir la abuela?”. A continuación viene la búsqueda de conocimiento o la confirmación de responsabilidades: “¿Por qué tengo que ir a la Iglesia, o salir en una misión? ¿Por qué se nos manda dar a conocer el Evangelio a la gente?”.

Esta última pregunta es complicada. La obra misional es también responsabilidad de todo miembro, el hacer oír “la voz de amonestación, cada hombre a su vecino, con mansedumbre y humildad” (véase D. y C. 38:41). ¿Por qué? Para que otras personas puedan recibir las ordenanzas salvadoras en la Iglesia de Jesucristo por haberlos invitado a venir a Cristo (véase Moroni 10:32). El mensaje de la Restauración es esa invitación a saber por qué el Evangelio de Jesucristo y Su Iglesia verdadera han sido restaurados por un Profeta en los tiempos modernos.

¿Cómo pueden extender esa invitación a alguien?

Primero, afirmando que Dios nuestro Padre vive, que nos ama y que es un Dios de revelación. ¿Y cómo lo sabemos? Por revelación y por el testimonio de los profetas.

La historia religiosa comienza en la Biblia, que es un registro de las primeras revelaciones de Dios a Sus profetas respecto a sus tratos con la humanidad. Comienza con el relato de Adán y Eva, nuestros primeros padres; su creación, su caída y las consecuencias de ésta: la mortalidad y la separación de Dios; y sus primeros pasos en el mundo terrenal. Probablemente una de sus primeras preguntas haya sido: “¿Por qué estamos aquí?” Para averiguarlo, su única solución era invocar el nombre del Señor, su sola fuente de verdadero conocimiento (véase Génesis 4:26). Por revelación directa, oyeron la voz del Señor mandándoles que debían adorar al Señor su Dios y hacerle una ofrenda (véase Génesis 4:4; Moisés 5:4–5). Por revelación que recibieron después, a Adán y a Eva se les enseñó que la ofrenda era en semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, y que Jesucristo era el único nombre por medio del cual recibirían la salvación. A continuación, se les prometió el don del Espíritu Santo, por el que se les daría lo que pidieran (véase Moisés 5:6–7; 6:52).

Más adelante, por el poder del Espíritu Santo, Adán obtuvo un testimonio certero e infalible de que Jesús era el Cristo, el Salvador y Redentor del mundo. Al dar a Adán y Eva conocimiento sobre su relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sobre la Expiación y la Resurrección, y sobre los primeros principios y ordenanzas del Evangelio de salvación, se les restauró literalmente la comprensión de su condición mortal después de la Caída. Seguir leyendo

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La grandiosidad de Dios

Conferencia General Octubre 2003
La grandiosidad de Dios
Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Con palabras y con hechos, Jesús intentaba revelarnos y darnos a conocer la verdadera naturaleza de Su Padre, nuestro Padre Celestial.

Entre los muchos propósitos magníficos de la vida y del ministerio del Señor Jesucristo, a menudo se pasa por alto un aspecto grandioso de esa misión. Sus seguidores no lo comprendieron plenamente en esa época, y muchos de la cristiandad moderna tampoco lo comprenden, pero el Salvador mismo lo mencionó repetida y enfáticamente. La gran verdad es que en todo lo que Jesús vino a hacer y a decir, incluso Su sufrimiento y sacrificio expiatorio, y en eso especialmente, Él nos estaba enseñando quién es y cómo es Dios nuestro Padre Eterno, cuán intensamente se dedica a Sus Hijos en toda época y en toda nación. Con palabras y con hechos, Jesús intentaba revelarnos y darnos a conocer la verdadera naturaleza de Su Padre, nuestro Padre Celestial.

En parte, hizo eso porque en aquel entonces, como ahora, todos debemos conocer a Dios más a fondo para amarle con más fuerza y obedecerle más completamente. Como se declara en el Antiguo y en el Nuevo Testamento: “El primer mandamiento de todos es… amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el [primero y grande] mandamiento” 1 .

Con razón, entonces, el profeta José Smith enseñó: “El primer principio del Evangelio es conocer con certeza el carácter de Dios… Quiero que todos ustedes le conozcan”, dijo él, “y se familiaricen con Él 2 … Debemos tener el concepto correcto de Sus… perfecciones y atributos… una admiración de la excelencia de [Su] carácter” 3 . Por tanto, la primera frase de la declaración de nuestra fe es: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre” 4 . Y así lo hizo Jesús, enfáticamente. Aun al reconocer Su propia función singular en el plan divino, el Salvador insistió, al iniciar su súplica con estas palabras: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero” 5 .

Después de que generaciones de profetas habían intentado enseñar a la familia del hombre la voluntad y el camino de Dios, por lo general con poco éxito, Él, en Su máximo esfuerzo por permitirnos conocerle, envió a la tierra a Su Hijo Unigénito y Perfecto, creado a Su imagen y semejanza, para que sirviera entre mortales y viviera los rigores de la vida cotidiana.

Venir a la tierra con tal responsabilidad, ocupando el lugar de Elohim —hablando como Él hablaría, juzgando y sirviendo, amando y amonestando, soportando y perdonando como Él lo haría— es un deber de proporciones tan asombrosas que ustedes y yo no podemos comprenderlo. Pero con la lealtad y la determinación característicos de un hijo divino, Jesús podía comprenderlo y lo llevó a cabo. Luego, cuando comenzó a recibir las alabanzas y los honores, humildemente dirigió todo el encomio hacia el Padre.

“El Padre… hace las obras”, dijo con fervor. “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” 6 . En otra ocasión dijo: “Yo hablo lo que he visto cerca del Padre… Nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre… He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” 7 . Seguir leyendo

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El Constructor de puentes

Conferencia General Octubre 2003
El Constructor de puentes
Presidente Thomas S. Monson
Primer consejero de la Primera Presidencia

Jesucristo… ha construido los puentes sobre los cuales debemos pasar para llegar a nuestro hogar celestial.

Hace muchos años leí un libro titulado The Way to the Western Sea (“El camino hacia el Mar del Oeste”), de David S. Lavender. La obra ofrece un fascinante relato del colosal viaje de Meriwether Lewis y William Clark al frente de su famosa expedición que cruzaba Norteamérica en busca de un camino por tierra hacia el Océano Pacífico.

Su jornada resultó ser una pesadilla de ardua labor, profundos desfiladeros que debían cruzar y un largo trayecto a pie, llevando con ellos sus embarcaciones cargadas de pesadas provisiones hasta encontrar la siguiente corriente de agua por la cual seguir su viaje.

Al leer en cuanto a sus experiencias, a menudo me preguntaba Si hubieran podido contar con modernos puentes para sortear los cañones o las agitadas aguas, y acudían a mi mente imágenes de magníficos puentes de nuestra época que cumplen con esta función: el hermoso Golden Gate de la bahía de San Francisco; el sólido puente de la bahía de Sydney, Australia, así como otros en distintas partes del mundo.

En realidad, todos somos viajeros y exploradores en la vida mortal. No tenemos la ventaja de una experiencia personal previa; debemos cruzar profundos precipicios y aguas turbulentas en nuestro periplo aquí en la tierra.

Tal vez haya sido aquella sombría imagen la que inspiró al poeta Will Allen Dromgoole a escribir su clásico poema titulado: “El constructor de puentes”.

Caminaba un anciano por un sendero desolado,
al caer la tarde de un día frío y nublado.
Llegó él a un barranco muy ancho y escabroso
por cuyo fondo corría un lúgubre arroyo.
Cruzó así al otro lado en la tenue luz del día,
pues aquello al anciano ningún miedo ofrecía.
Al llegar a la otra orilla construyó el hombre un puente
que hiciera más seguro atravesar la corriente.
“¡Escuche!”, le dijo un viajero que pasaba por allí,
“malgasta usted su tiempo al construir un puente aquí.
Su viaje ya termina, pues ha llegado el fin del día
y ya nunca más transitará por esta vía.
Ha cruzado el barranco, dejando atrás lo más duro,
¿por qué construye un puente, estando ya tan oscuro?
El anciano constructor levantó entonces la cabeza:
“Es que por este mismo camino”, respondió con firmeza,
“noté que hace algunas horas me trataba de alcanzar
un jovencito inexperto que por acá ha de cruzar.
Este profundo barranco para mí no ha sido nada,
mas para el joven que viene será una encrucijada.
En las sombras pasará cuando llegue aquí,
es por eso que para él este puente construí” 1.

El mensaje del poema me hizo reflexionar y consoló mi alma, pues nuestro Señor y Salvador Jesucristo fue el Arquitecto Supremo y el Constructor de Puentes para ustedes, para mí y para toda la humanidad. Él ha construido los puentes sobre los cuales debemos pasar para llegar a nuestro hogar celestial.

La misión del Salvador fue predicha. Mateo escribió: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” 2.

Después vino el milagro de Su nacimiento y los pastores que fueron rápidamente a ese establo, a aquella madre, a aquel niño. Aun los magos que viajaban desde el oriente siguieron aquella estrella y ofrecieron sus presentes al recién nacido.

Las Escrituras dicen que Jesús “crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” 3, y que Él “anduvo haciendo bienes” 4. Seguir leyendo

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Los pastores de Israel

Conferencia General Octubre 2003
Los pastores de Israel
Presidente Gordon B. Hinckley

Le doy gracias al Señor por los buenos obispos de esta Iglesia… Que encuentren la paz que proviene sólo de Dios a aquellos que le sirven.

Hermanos, en esta ocasión haré algo poco común: repetiré algunas partes de un discurso que pronuncié hace 15 años en una reunión general del Sacerdocio. Hablaré sobre los obispos de la Iglesia y también les hablaré a ellos, ese maravilloso grupo de hombres que en un sentido muy real son los pastores de Israel.

Todos los que participamos en esta conferencia rendimos cuenta a un obispo o a un presidente de rama. Enorme es el peso que ellos llevan sobre sus hombros, e invito a todo miembro de la Iglesia a hacer todo lo posible para que resulten más livianas las cargas que tienen nuestros obispos y presidentes de rama en su labor.

Debemos orar por ellos; ellos necesitan ayuda al llevar esa pesada carga. Podemos apoyarles más y ser menos dependientes de ellos; podemos ayudarles de muchas maneras y agradecerles todo lo que hacen por nosotros. Los estamos agotando en poco tiempo debido a las cargas que imponemos sobre ellos.

Tenemos más de 18.000 obispos en la Iglesia y cada uno de ellos ha sido llamado por el espíritu de profecía y revelación, y ha sido apartado y ordenado por medio de la imposición de manos. Cada uno de ellos tiene las llaves de la presidencia de su barrio; cada uno es sumo sacerdote, el sumo sacerdote presidente de su barrio; cada uno tiene sobre sus hombros tremendas responsabilidades de mayordomía; cada uno se erige como el padre de su gente.

Ninguno recibe sueldo por el servicio que presta; ningún obispo de barrio recibe compensación de la Iglesia por su trabajo como obispo.

Los requisitos de un obispo en la actualidad son los mismos que en los días de Pablo, que escribió a Timoteo:

“…es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar;
“no dado al vino, no pendenciero [esto es, que no tiene que ser matón ni violento], no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro;
“que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad
“(pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?);
“no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo” (1 Timoteo 3:2–6).

En su carta a Tito, Pablo agrega que “es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios…

“retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen” (Tito 1:7, 9).

Estas palabras describen bien a un obispo de la actualidad en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Ahora quisiera hablar directamente a los miles de obispos que están escuchándome esta noche. Primero, quiero que sepan que les amo por su integridad y su bondad. Ustedes deben ser hombres íntegros y ser ejemplos a las congregaciones que presiden; deben tener principios elevados para poder elevar a otras personas; deben ser completamente honrados porque manejan los fondos del Señor, los diezmos de la gente, las ofrendas que provienen de esos ayunos y las contribuciones que hacen de sus limitados recursos. ¡Cuán grande es la confianza que se ha depositado en ustedes como guardianes del dinero del Señor! Seguir leyendo

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Tráele a casa

Conferencia General Octubre 2003
Tráele a casa
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Podemos, con la ayuda del Señor, tender una mano de auxilio y rescatar a aquellos de los que somos responsables.

Mis queridos hermanos, es una lección de humildad estar ante ustedes en esta ocasión y pensar que, además de la imponente congregación que hay aquí, en el Centro de Conferencias, muchos cientos de miles de poseedores del sacerdocio están también reunidos por todo el mundo.

Mientras meditaba en la responsabilidad de dirigirles la palabra, recordé la definición de la autoridad del sacerdocio que dio el presidente Stephen L Richards. Él dijo: “Por lo general, el sacerdocio se define sencillamente como ‘el poder de Dios delegado al hombre’. Creo que esa definición es correcta, pero, por razones prácticas, me gusta definirlo en términos de servicio y con frecuencia lo llamo el ‘plan perfecto del servicio’” 1 .

Ya sea que poseamos el oficio de diácono en el Sacerdocio Aarónico o el de élder en el Sacerdocio de Melquisedec, el deber nos obliga por la revelación del Señor que se encuentra en la sección 107 de Doctrina y Convenios, versículo 99: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado”.

Cuando mi hijo menor Clark estaba por cumplir doce años de edad, él y yo salíamos del Edificio de la Administración de la Iglesia cuando el presidente Harold B. Lee se acercó a saludarnos. Le mencioné que Clark pronto cumpliría doce años, por lo que el presidente Lee se volvió hacia él y le preguntó: “¿Qué te ocurre cuando cumples doce años?”.

Aquél fue uno de esos momentos en los que un padre ruega que el hijo sea inspirado y dé la respuesta correcta. Clark, sin vacilar, dijo al presidente Lee: “¡Seré ordenado diácono!”.

La respuesta fue la que el presidente Lee buscaba. Entonces aconsejó a mi hijo: “Recuerda que es una gran bendición poseer el sacerdocio”.

De niño, yo esperaba con gran anhelo servir la Santa Cena a los miembros del barrio. A los diáconos nos enseñaban con respecto a nuestros deberes. Uno de los hermanos del barrio, Louis, padecía de una parálisis que le hacía temblar la cabeza y las manos con tal violencia que no podía por sí mismo participar de la Santa Cena. Todos los diáconos sabían que su deber al servir a Louis era sostenerle el pan en los labios para que participase de él y, del mismo modo, llevarle el vaso de agua a la boca con una mano y sostenerle a la vez la cabeza con la otra; mientras tanto, otro diácono sostenía la bandeja. Louis siempre decía: “Gracias”.

En esta conferencia se cumplen cuarenta años desde que el presidente David O. McKay me llamó a ser miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. En la primera reunión de la Presidencia y los Doce a la que asistí, en la que se servía la Santa Cena, el presidente McKay anunció: “Antes de que participemos de la Santa Cena, quisiera pedir al más nuevo de los miembros de este grupo, al hermano Monson, que tenga a bien hablarnos a la Presidencia y a los Doce sobre el sacrificio expiatorio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. En aquel momento comprendí en verdad el antiguo adagio que dice: “Cuando el momento de la decisión ha llegado, el tiempo de la preparación ha pasado”. También fue la ocasión de recordar el consejo que se encuentra en 1 Pedro: “…estad siempre preparados para presentar defensa… ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” 2 . Seguir leyendo

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