¡Crean!

Conferencia General Abril 2004
¡Crean!
Elaine S. Dalton
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Crean en ustedes mismas. Crean que nunca están solas. Crean que serán guiadas.

Hace varios meses, me invitaron a hablar a las mujeres jóvenes de la estaca en la que crecí. La expectativa me llenó de entusiasmo. Mi madre me acompañó y llegamos algo temprano. La reunión se realizó en el edificio al que yo había ido a la Iglesia hasta que me fui a la universidad. No había vuelto allí desde hacía mucho tiempo y no imaginaba lo que sentiría al volver; entonces acudieron a mi memoria tantos recuerdos que comencé a llorar. Mi madre me miró y me dijo: “Elaine, no vas a llorar ahora”; pero me brotaron las lágrimas al ver la oficina que estaba a la subida de la bella escalera de mármol y que ocupaba mi padre cuando era obispo. Tras subir allí, como la puerta estaba abierta, entré y vi que la habían convertido en una pequeña sala de clase; otra vez, me llené de recuerdos. Vi en mi mente a mi padre sentado al escritorio y me vi yo misma de niña pequeña, sentada en una silla enfrente de él, pagando el diezmo, y más adelante, de jovencita, en entrevistas y recibiendo bendiciones del sacerdocio. Mi cariño a ese edificio está íntimamente ligado con las experiencias y los sentimientos espirituales que tuve allí.

De pequeña solía acompañar a la Iglesia a mi padre, que era el obispo, y le esperaba hasta que terminaba las reuniones y entrevistas. Yo me dedicaba a explorar, por lo que conocía todos los rincones de ese edificio. Una de mis salas preferidas era la de la torre, que era espaciosa y estaba en lo alto de una empinada escalera. Había allí un cuadro del Salvador sobre una gran chimenea. Siempre me atraía ese lugar. Tras subir los peldaños, entraba con reverencia. Me sentaba en una silla a contemplar la lámina del Salvador y a orar a nuestro Padre Celestial. Mis oraciones eran sencillas, pero siempre que oraba, me invadía una sensación muy especial que me hacía saber que Él oía mis oraciones infantiles. Entonces fue cuando comencé a creer.

El Señor nos ha prometido que si “[escudriñamos] diligentemente, [oramos] siempre, [y somos] creyentes… todas las cosas obrarán juntamente para [nuestro] bien” (D. y C. 90:24; cursiva agregada). Eso no quiere decir que todo será perfecto ni que no tendremos tribulaciones, pero sí significa que todo marchará bien si seguimos adelante. Nuestra es la oportunidad de ser “ejemplo de los creyentes” (1 Timoteo 4:12), y el Salvador ha prometido que “al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23). Por tanto, crean en ustedes mismas. Crean que nunca están solas. Crean que siempre serán guiadas. Seguir leyendo

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Mi alma se deleita en las Escrituras

Conferencia General Abril 2004
Mi alma se deleita en las Escrituras
Julie B. Beck
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Si todavía no se han formado el hábito del estudio diario de las Escrituras, comiencen ahora y continúen estudiándolas.

De recién casada, le pedí a mi suegra, que cocina muy bien, que me enseñara a hacer los deliciosos panecillos que hacía ella. Con animación, me dijo ¡que le había llevado veinticinco años aprender a hacer un buen panecillo!, y añadió: “Más te vale comenzar a hacerlos ahora”. Seguí su consejo y hemos disfrutado en casa de muchos y muy buenos panecillos.

Por aquel mismo tiempo, me invitaron a un almuerzo que se daba a todas las hermanas de la Sociedad de Socorro de mi barrio que hubiesen leído ya fuese el Libro de Mormón o algún libro breve de historia de la Iglesia. En ese entonces, yo sólo leía las Escrituras de vez en cuando, por lo que llené los requisitos para ir al almuerzo por haber leído un libro breve, lo cual era más fácil y llevaba menos tiempo. Durante el almuerzo, experimenté la fuerte sensación de que, si bien el libro de historia era bueno, yo debía haber leído el Libro de Mormón. El Espíritu Santo me inspiraba a cambiar mis hábitos de lectura de las Escrituras. Aquel mismo día comencé a leer el Libro de Mormón y desde entonces nunca he dejado de leerlo. Aunque no me considero experta en las Escrituras, en verdad me regocijo al leerlas todas y me siento agradecida por haberme formado el hábito de toda una vida de leerlas. Sería imposible aprender las lecciones que contienen las Escrituras al leerlas todas sólo una vez o al estudiar versículos seleccionados en una clase.

Saber hacer panecillos es un gran conocimiento práctico para el ama de casa. Cuando los horneo, un aroma delicioso llena la casa. Me posibilita mostrar mi amor a mis familiares compartir con ellos lo que he hecho. Cuando estudio las Escrituras, el Espíritu del Señor llena mi casa, a la vez que adquiero un importante conocimiento que en seguida comparto con mis familiares, y mi amor por ellos aumenta. El Señor nos ha dicho: “…dedicaréis vuestro tiempo al estudio de las Escrituras” (D. y C. 26:1) y que “el Libro de Mormón y las Santas Escrituras [se nos han dado]… para [nuestra] instrucción” (D. y C. 33:16). Toda mujer puede ser instructora de doctrina del Evangelio en su hogar y toda hermana de la Iglesia debe tener conocimiento del Evangelio como líder y como maestra. Si todavía no se han formado el hábito del estudio diario de las Escrituras, comiencen ahora y continúen estudiándolas a fin de estar preparadas para sus responsabilidades tanto en esta vida como en las eternidades.

Mis primeras tentativas de hacer panecillos y de leer las Escrituras no siempre fueron satisfactorias, pero con el tiempo se volvieron tareas más fáciles. Para las dos labores, debí aprender las debidas técnicas y adquirir un conocimiento de los procedimientos adecuados. La clave fue comenzar e intentarlo una y otra vez. Una forma útil de comenzar a estudiar las Escrituras es “aplicarlas” a nosotras mismas (véase 1 Nefi 19:23). Hay quienes comienzan por escoger un tema en la Guía para el Estudio de las Escrituras del cual deseen saber más. O empiezan al comienzo de un libro de las Escrituras y buscan enseñanzas específicas a medida que lo leen. Seguir leyendo

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Todas las cosas obrarán juntamente para vuestro bien

Conferencia General Abril 2004
Todas las cosas obrarán juntamente para vuestro bien
Susan W. Tanner
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

Al escudriñar, orar y creer reconoceremos los milagros en nuestra vida y nos convertiremos en obradoras de milagros en la vida de los demás.

Me encanta leer, pero no soporto si una novela se pone demasiado seria, si la vida del héroe peligra, si es triste o complicada; por eso tengo que leer el final por adelantado para asegurarme de que todo saldrá bien para el personaje principal.

En cierto modo, todas estamos en medio de nuestra propia novela, la historia de nuestra vida. A veces éstas se complican y nos gustaría leer por adelantado para saber nuestro propio final y asegurarnos de que todo va a salir bien. Aunque no sepamos los detalles particulares de las experiencias de nuestra vida, afortunadamente sí sabemos algo de nuestro futuro si vivimos dignamente.

Se nos dan estas palabras en Doctrina y Convenios 90:24: “Escudriñad diligentemente, orad siempre, sed creyentes, y todas las cosas obrarán juntamente para vuestro bien, si andáis en la rectitud”. Esta maravillosa promesa del Señor, de que todas las cosas obrarán juntamente para nuestro bien, se repite muchas veces en las Escrituras, en particular a las personas o a los profetas que están sufriendo aflicciones en la historia de su propia vida.

Percibo que esta promesa proviene de un Padre tierno y amoroso que desea bendecirnos y darnos motivo para tener esperanza en nuestra jornada terrenal. El saber que al final las cosas obrarán juntamente para nuestro bien nos servirá para soportar las aflicciones al igual que los fieles pueblos de las Escrituras que sabían y confiaban en cuanto a lo que Dios había prometido, “mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo” (Hebreos 11:13). Nosotros también podemos creer esa promesa.

A veces vemos el cumplimiento inmediato de una promesa; otras veces, suplicamos durante años antes de ver el cumplimiento de las promesas deseadas. A veces, al igual que el fiel Abraham, quizás aceptemos las promesas, pero morimos conforme a la fe “sin haber recibido lo prometido” (Hebreos 11:13) mientras estemos en la tierra. Si bien es cierto, en algunos casos, que las bendiciones que se nos han prometido se cumplirán únicamente en las eternidades, también es cierto que al escudriñar, orar y creer con frecuencia veremos que las cosas obrarán juntamente para nuestro bien en esta vida.

Al leer los relatos de los apóstoles de Jesús después de Su muerte, veo que a menudo eran brutalmente perseguidos, apedreados y encarcelados; sin embargo, vivieron con valor y fe. Ellos sabían que al final las cosas obrarían juntamente para su bien; sabían también que, mediante bendiciones y milagros que recibían mientras tanto, las cosas marchaban bien; fueron sostenidos, guiados y protegidos; abrazaron las promesas no sólo de lejos, sino aquí y ahora.

En la vida de Pedro ocurrió un maravilloso milagro cuando fue encarcelado por el rey Herodes. A su compañero apóstol, Jacobo, le acababan de quitar la vida, y ahora Pedro era encarcelado, bajo la guardia de 16 hombres. Me pregunto si sentiría el sufrimiento que sintió el profeta José Smith en la cárcel de Liberty. Fue allí que el Señor le prometió que “todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7). Sería difícil creer en esa promesa en medio de esas tribulaciones, pero Pedro, al igual que José, fue bendecido por el Señor.

Los de la Iglesia estaban reunidos orando “sin cesar” por Pedro; entonces ocurrió algo maravilloso. Durante la noche, mientras dormía entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, un ángel del Señor “se presentó” y “le despertó”, y “las cadenas se le cayeron de las manos”. Pedro pensaba que era un sueño; siguió al ángel pasando la guardia a través de una puerta de hierro que daba a la calle, “y luego el ángel se apartó de él”. Pedro se dio cuenta de que no era un sueño; había sido milagrosamente librado y el Señor lo estaba bendiciendo en ese preciso momento.

Se dirigió a la casa donde estaban reunidos miembros de la Iglesia orando por él y, cuando llamó a la puerta, una jovencita (alguien como ustedes) llamada Rode salió a escuchar y reconoció la voz de Pedro. En las Escrituras dice que le dio “gozo”; pero con la emoción, olvidó dejarlo entrar, corriendo adentro para compartir con los demás las buenas nuevas de que Pedro estaba a la puerta. Ellos no le creyeron y discutían con ella, diciéndole que no sabía lo que decía. Mientras tanto, Pedro persistía en llamar y esperar. Cuando por fin fueron a él, “se quedaron atónitos” (véase Hechos 12:4–17). Seguir leyendo

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Palabras finales

Conferencia General Abril 2004
Palabras finales
Presidente Gordon B. Hinckley

Que nuestros testimonios de los grandes principios fundamentales de esta obra… resplandezcan con el brillo de nuestras vidas y acciones.

Mis hermanos y hermanas, ya casi terminamos. Al llegar al final de esta conferencia histórica, me vienen a la mente las palabras del imperecedero himno Recessional de Rudyard Kipling:

“Vano poder los reinos son;
huecos los gritos y el clamor.
Constante sólo es tu amor;
al compungido da perdón.
No nos retires tu amor;
haznos pensar en ti, Señor”
(“Haznos pensar en ti, Señor”, Himnos, Nº 35).

Ruego que al regresar a nuestros hogares llevemos el espíritu de esta gran reunión. Ruego que lo que hemos escuchado y experimentado nos quede como una porción de amor y de paz, una actitud de arrepentimiento y una resolución de esforzarnos un poco más por ser mejores ante la radiante luz del sol del Evangelio.

Que nuestros testimonios de los grandes principios fundamentales de esta obra, a los cuales se les ha sacado más brillo, resplandezcan con el fulgor de nuestras vidas y acciones.

Que aumente el espíritu de amor, de paz y de aprecio mutuos en nuestro hogar, que prosperemos en nuestras labores, que nos volvamos más generosos al compartir y que nos acerquemos a quienes nos rodean con amistad y respeto.

Que nuestras oraciones se conviertan en expresiones de gratitud al Dador de todo lo bueno, y de amor a Aquel que es nuestro Redentor.

Ahora, mis hermanos y hermanas, con renuencia deseo tratar algo personal por un momento. Algunos de ustedes habrán notado la ausencia de la hermana Hinckley. Por primera vez, en los 46 años desde llegué a ser Autoridad General, ella no ha asistido a la conferencia general. A comienzos del año estuvimos en África para dedicar el Templo de Accra, Ghana. Al salir de allí, volamos a Sal, una desértica isla del Atlántico, donde nos reunimos con miembros de una rama de la localidad. Después volamos a Saint Thomas, una isla del Caribe, y allí nos reunimos con unos cuantos miembros. Regresábamos a casa cuando ella se desmayó del cansancio y ha pasado días difíciles desde ese entonces. Ahora ella tiene 92 años, un poco más joven que yo. Creo que al reloj se le está acabando la cuerda y no sabemos cómo darle cuerda.

Es un momento profundamente triste para mí. Hemos estado casados durante 67 años este mes. Ella es madre de nuestros cinco talentosos y capaces hijos, abuela de 25 nietos y con un número cada vez más grande de bisnietos. Hemos caminado juntos, lado a lado a lo largo de estos años, en igualdad y como compañeros a través de la tormenta y bajo el resplandor del sol. Ella ha hablado a lo largo y a lo ancho en testimonio de esta obra; ha impartido amor, ánimo y fe doquier que ha ido. Las hermanas le han escrito cartas de agradecimiento desde todas partes del mundo. Seguimos teniendo esperanza y oramos por ella, y expresamos desde lo más profundo de nuestro corazón nuestro agradecimiento hacia los que la han atendido y cuidado, así como por la fe y las oraciones de ustedes a favor de ella. Ahora, al irnos a nuestros hogares, siento que debo decir:

Para siempre Dios esté con vos;
con Su voz Él os sostenga…
Cuando el temor os venga,
en Sus brazos Él os cubra…
que os guíe Su bandera;
que la muerte no os hiera;
para siempre Dios esté con vos.
(“Para siempre Dios esté con vos”, Himnos, Nº 89.)

Cada hombre, mujer, niño, jovencito y jovencita debe salir de esta conferencia siendo una persona mejor de lo que él o ella era al empezar hace dos días. Dejo mi bendición y mi amor a cada uno de ustedes, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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Con la fuerza del Señor

Conferencia General Abril 2004
Con la fuerza del Señor
Élder Henry B. Eyring
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Necesitamos una fortaleza que supere la nuestra para guardar los mandamientos en cualquier circunstancia que nos depare la vida.

Siendo joven, serví como consejero de un sabio presidente de distrito de la Iglesia que se afanó por instruirme. Recuerdo que una de las cosas que me dejaron intrigado fue este consejo que me brindó: “Cuando conozcas a una persona, trátala como si tuviera un grave problema… y más de la mitad de las veces habrás acertado”.

En ese entonces pensé que él era muy pesimista, pero ahora, más de cuarenta años después, me doy cuenta de lo bien que entendía el mundo y la vida. Con el paso del tiempo, el mundo se torna cada vez más complicado, y nuestra capacidad física merma lentamente con la edad; se hace patente que vamos a precisar algo más que la fuerza humana. El salmista tenía razón: “Pero la salvación de los justos es de Jehová, y él es su fortaleza en el tiempo de la angustia” 1 .

El Evangelio restaurado de Jesucristo nos ayuda a saber cómo ser merecedores de la fortaleza del Señor mientras luchamos con la adversidad, nos dice por qué nos enfrentamos con pruebas en la vida y, aun más importante, nos indica cómo recibir protección y ayuda del Señor.

Tenemos pruebas que afrontar porque nuestro Padre Celestial nos ama. Su propósito es ayudarnos a merecer la bendición de vivir con Él y con Su Hijo Jesucristo eternamente en gloria y como familias. A fin de ser merecedores de ese don, teníamos que recibir un cuerpo sujeto a la muerte, y, con ello, entendimos que seríamos probados con tentaciones y dificultades.

El Evangelio restaurado no sólo nos enseña por qué debemos ser probados, sino que también nos aclara en qué consiste la prueba. El profeta José Smith nos lo explicó. Por medio de la revelación, pudo poner por escrito palabras que se pronunciaron durante la creación del mundo referentes a nosotros, los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial que descenderíamos a la vida terrenal. Éstas son las palabras:

“Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” 2 .

Esa explicación nos permite comprender por qué tenemos pruebas en la vida. Éstas nos conceden la oportunidad de demostrar nuestra fidelidad a Dios. En la vida pasamos por tantas dificultades que el mero hecho de perseverar podrá parecernos casi incomprensible, o al menos, eso fue lo que las palabras de las Escrituras “[si] perseveráis hasta el fin” 3 me dieron a entender la primera vez que las leí. Me parecía terrible, semejante a quedarme sentado, aferrado a los brazos del sillón, mientras alguien trata de extraerme una muela.

Ciertamente puede parecerle así a la familia que depende de la cosecha cuando no hay lluvia. Tal vez ellos se pregunten: “¿Cuánto podremos aguantar?”. Puede parecerle así al joven que tiene que resistir el incremento de indecencia y de tentaciones. Puede parecerle así al joven que se esfuerza con dificultad por recibir la formación que necesita para obtener un empleo a fin de sostener a su esposa y su familia. Puede parecerle así a la persona que no encuentra empleo o que ha perdido trabajo tras trabajo cuando las empresas cierran. Puede parecerles así a las personas afectadas por la pérdida de la salud o del vigor físico, lo cual puede llegar tarde o temprano en la vida, ya sea a ellas o a seres queridos.

Pero la prueba que nos da un Dios amoroso no es ver si somos capaces de sobrellevar la dificultad, sino si la sobrellevamos bien. Superamos la prueba cuando demostramos que le recordamos a Él y los mandamientos que nos ha dado. Perseverar o sobrellevar bien las pruebas consiste en guardar esos mandamientos sean cuales sean la oposición, la tentación o la confusión que nos rodee. Nuestra comprensión es así de clara porque el Evangelio restaurado hace que el plan de felicidad sea fácil de entender. Seguir leyendo

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Jesús, en la corte celestial

Conferencia General Abril 2004
Jesús, en la corte celestial
Élder David B. Haight
Del Quórum de los Doce

El Evangelio es verdadero; lo sé; soy testigo de él.

Estoy ante ustedes con un corazón humilde, un corazón que está lleno de amor por esta obra, y por ustedes que están presentes y los que nos escuchan. En nuestra conferencia de hace seis meses, estuve de pie aquí junto al presidente Gordon B. Hinckley, quien me animó a que los saludara con la mano, lo cual requirió de toda mi energía. Algunas personas me dijeron que pensaron que me estaba despidiendo; pero he venido hoy día para indicarles y decirles que he regresado y que nadie me está ayudando a levantar el brazo.

Reconozco el poder de la oración, de la fe y de la devoción, y de preciosos testigos de los cielos. De modo que estoy aquí hoy sólo para dar mi testimonio y saludarles, y con la esperanza de que para la siguiente conferencia esté totalmente sanado y pueda hacer lo que se me pida.

Dios vive; Él es nuestro Padre: nuestro Padre Celestial.

Eliza R. Snow, quien compuso algunas piezas de nuestra música famosa, en especial la música para la Santa Cena, escribió estas palabras:

Jesús, en la corte celestial,
Mostró Su gran amor…
Piensen en eso unos instantes; porque nosotros estuvimos allí.

Jesús, en la corte celestial
mostró Su gran amor
al ofrecerse a venir
y ser el Salvador.
(“Jesús, en la corte celestial”, Himnos, Nº 116.)

Nosotros elegimos venir aquí a la tierra y nos encontramos reunidos en este vasto auditorio, en el que nos podemos dirigir la palabra unos a otros y dar fe y testimonio. Les aseguro que en las noches en las que no he podido dormir, cuando uno trata de solucionar todos los problemas y determinar cosas nuevas que se tienen que hacer, yo he tenido esos pensamientos celestiales que nos elevan. Dios nuestro Padre Celestial nos ama y nosotros debemos amarle a Él. Él escogió a Su Hijo para que viniese a la tierra para traer el Evangelio de Jesucristo, cuyo nombre lleva esta Iglesia y de quien damos testimonio. Es un honor ponerme de pie y dar testimonio hoy día de la fundación de esta Iglesia y de nuestro amor por el presidente Hinckley, quien nos guía en la actualidad.

El Evangelio es verdadero; lo sé; soy testigo de él. En el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.

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La Iglesia se fortalece

Conferencia General Abril 2004
La Iglesia se fortalece
Presidente Gordon B. Hinckley

Todavía queda mucho por hacer, pero lo que se ha llevado a cabo es en verdad espectacular.

Mis amados hermanos y hermanas, les damos una cordial bienvenida a otra conferencia mundial de la Iglesia. Ya somos una gran familia internacional, que residimos en muchas naciones y hablamos varios idiomas. Para mí, es maravilloso y milagroso que ustedes nos vean y nos oigan por todo el mundo.

Durante mi vida como Autoridad General, hemos avanzado desde la época en la que pensábamos que era sorprendente que hablásemos en el Tabernáculo de Salt Lake y que nos oyeran por radio por todo el estado de Utah. Hoy nos hemos reunido en este gran y magnífico Centro de Conferencias, y nuestras imágenes y palabras llegan al noventa y cinco por ciento de los miembros de la Iglesia.

Una nueva tecnología se ha abierto paso a medida que la Iglesia ha crecido y se ha fortalecido. El número de nuestros miembros llega hoy casi a los doce millones, y hay más miembros fuera de Norteamérica que los que residen en ella. En un tiempo se nos reconocía como una Iglesia de Utah, pero en la actualidad, hemos llegado a ser una gran organización internacional.

Hemos recorrido un camino muy largo en la labor de llegar a las naciones del mundo y todavía queda mucho por hacer, pero lo que se ha llevado a cabo es en verdad espectacular.

Cierto es que perdemos algunos miembros, demasiados, pero a todas las organizaciones que conozco les ocurre lo mismo; sin embargo, estoy convencido de que retenemos y conservamos en participación activa a un mayor porcentaje de nuestros miembros que cualquier otra Iglesia grande de las que tengo conocimiento.

En todas partes hay mucha actividad y mucho entusiasmo. Tenemos líderes firmes y capaces por todo el mundo que dan de su tiempo y de sus medios para hacer avanzar la obra.

Es magníficamente reconfortante ver la fe y la fidelidad de nuestros jóvenes. Ellos viven en una época en la que una gran oleada de maldad está cubriendo la tierra, la cual está por todos lados. Las antiguas normas se desechan y los principios de la virtud y de la integridad se dejan de lado. Pero hallamos literalmente a cientos de miles de nuestros jóvenes que se mantienen firmes en las elevadas normas del Evangelio y que encuentran una feliz y edificante asociación con los que comparten sus ideales. Ellos están cultivando su intelecto con instrucción y sus conocimientos prácticos con disciplina, y su influencia para bien se hace sentir más que nunca.

Me complace informales, mis hermanos y hermanas, que la Iglesia se encuentra en buenas condiciones. Seguimos construyendo templos y casas de oración, y llevando a cabo muchas obras de construcción y de mejoras, todo lo cual se hace posible gracias a la fe de nuestra gente.

Seguimos adelante con la gran campaña humanitaria, que está bendiciendo la vida de muchas de las personas menos afortunadas de la tierra, así como la de las que son víctimas de los desastres naturales.

Nos complace mencionar que el 1º de abril de este año, la Cámara de Representantes de Illinois aprobó por unanimidad una resolución de pesar por la expulsión obligada de nuestra gente de la ciudad de Nauvoo en 1846. Esa generosa moción se combina con la medida que tomó el entonces gobernador Christopher S. Bond, de Misuri, que en 1976 revocó la cruel e inconstitucional orden de exterminación contra nuestra gente, la cual dio el gobernador Lilburn W. Boggs en 1838.

Ésos y otros sucesos representan un cambio de actitud de magnitud considerable para con los Santos de los Últimos Días.

Cuán profundamente agradecido me siento para con todos y cada uno de ustedes por su dedicado y consagrado servicio. Les doy las gracias por las muchas atenciones que me dispensan adondequiera que voy. Soy su servidor y estoy listo y dispuesto a ayudarles en cualquier forma que pueda.

Dios los bendiga, mis amados colaboradores. Cuánto los amo. Cuánto oro por ustedes. Cuán agradecido estoy a ustedes.

Ruego a Dios que los bendiga y que haya amor, armonía, paz y bondad en sus hogares. Ruego que sean protegidos de daños y del mal, y que “el gran plan de felicidad” (Alma 42:8) de nuestro Padre sea la norma por la cual vivan. Esto pido con humildad y gratitud en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Ahora, tendremos el gusto de oír a nuestro amado colaborador, el élder David B. Haight, del Quórum de los Doce, que ya tiene noventa y siete años de edad. Élder Haight, venga acá a dirigir la palabra a sus innumerables amigos.

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Tengan valor

Conferencia General Abril 2009
Tengan valor
Presidente Thomas S. Monson

Mi ruego ferviente es que tengan el valor que se necesita para abstenerse de juzgar a los demás, el valor para ser castas y virtuosas, y el valor para defender la verdad y la rectitud.

Mis queridas hermanitas: ¡qué escena tan maravillosa son ustedes! Reconozco que más allá de este magnífico Centro de Conferencias hay miles reunidas en capillas y en otros recintos de muchas partes del mundo. Ruego la ayuda divina al aceptar la oportunidad de dirigirme a ustedes.

Hemos escuchado mensajes oportunos e inspiradores de sus líderes generales de las Mujeres Jóvenes. Ellas son mujeres excelentes, llamadas y apartadas para guiarlas y enseñarles. Ellas las aman, al igual que yo.

Ustedes han venido a esta tierra en una época gloriosa. Las oportunidades que tienen por delante son casi ilimitadas. Casi todas ustedes viven en casas cómodas, con familias que las aman, comida adecuada y ropa suficiente; además, la mayoría de ustedes tiene acceso a increíbles avances tecnológicos; se comunican por teléfono celular, mensajes de texto, mensajes instantáneos, correos electrónicos, blogs, Facebook y medios similares; escuchan música en sus iPODs y reproductores MP3. Desde luego, esta lista representa sólo algunas de las tecnologías que tienen a su disposición.

Todo esto resulta un poco impresionante para alguien como yo que creció cuando las radios eran grandes muebles que se colocaban en el piso y casi no existían televisores, y mucho menos las computadoras y los teléfonos celulares. De hecho, cuando tenía la edad de ustedes, la mayoría de las líneas telefónicas eran compartidas. En nuestra familia, si queríamos usar el teléfono, primero teníamos que levantarlo y escuchar para asegurarnos de que ninguna otra familia estuviera usando la línea, ya que varias familias compartían la misma línea.

Podría pasar toda la noche mencionando las diferencias que existen entre mi generación y la de ustedes. Me basta decir que mucho ha cambiado desde la época en que yo tenía la edad de ustedes y el presente.

Aunque éste es un período extraordinario en el que abundan las oportunidades, ustedes también afrontan desafíos que son propios de esta época. Por ejemplo, las mismas herramientas tecnológicas que he mencionado proporcionan oportunidades al adversario para tentarlas y atraparlas en su red de engaño, con la esperanza de apoderarse de su destino.

Al contemplar todo lo que afrontan en el mundo hoy, me viene a la mente una palabra que describe un atributo que todos necesitamos, pero que ustedes, en este momento de su vida y en este mundo, necesitarán de forma especial. Ese atributo es el valor.

Esta noche me gustaría hablarles sobre el valor que necesitarán en tres aspectos de su vida:

• Primero, el valor para abstenerse de juzgar a los demás.
• Segundo, el valor para ser castas y virtuosas, y
• Tercero, el valor para defender la verdad y la rectitud.
Permítanme hablar primero del valor para abstenerse de juzgar a los demás. Quizás se pregunten: “¿Eso realmente requiere valor?”. Yo les respondería que creo que hay muchas ocasiones cuando abstenerse de juzgar —o de decir chismes o criticar, cosas que por cierto son similares a juzgar— requiere un acto de valor.

Lamentablemente, hay quienes sienten la necesidad de criticar o denigrar a los demás. Sin duda, ustedes se habrán encontrado con ese tipo de personas y lo harán en el futuro. Mis queridas amiguitas, no existe la necesidad de preguntarse cómo debemos comportarnos en esas situaciones. En el Sermón del Monte, el Salvador declaró: “No juzguéis” (1) . Más adelante, amonestó: “Cesad de criticaros el uno al otro” (2) . Al estar rodeadas de sus compañeras y sientan la presión del grupo para criticar y juzgar, se requerirá verdadero valor para no participar en ello.

Me atrevo a decir que hay jovencitas a su alrededor que, debido a los comentarios hirientes y críticas que ustedes han hecho, a menudo quedan excluidas. Parece ser lo normal, en especial en esta época de su vida, ser cruel o evitar a las personas que parezcan ser diferentes o no concuerden con lo que nosotros o los demás creen que deberían ser. Seguir leyendo

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El amor de Dios

Conferencia General Octubre 2009
El amor de Dios
Presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El amor es la medida de nuestra fe, la inspiración de nuestra obediencia y la verdadera altura de nuestro discipulado.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días sigue creciendo y dándose a conocer en todo el mundo. Aunque siempre habrá quienes categoricen a la Iglesia y a sus miembros con generalizaciones negativas, la mayoría de las personas nos consideran honrados, serviciales y trabajadores. Algunos tienen la imagen de misioneros de apariencia pulcra, de familias amorosas y de vecinos amigables que no fuman ni toman bebidas alcohólicas. Quizás nos conozcan también como los que asisten a la Iglesia tres horas los domingos, en un lugar donde todos son hermanos y hermanas, donde los niños cantan acerca de arroyitos que hablan, de árboles que producen palomitas de maíz y de niños que quieren ser rayitos de sol.

Hermanos y hermanas, de entre todas las cosas por las que queremos que se nos conozca, ¿hay atributos por encima de todos que deban distinguirnos como miembros de Su Iglesia, sí, como discípulos de Jesucristo? Desde la última conferencia general, hace seis meses, he meditado en esa pregunta y en otras similares. Hoy me gustaría compartir con ustedes algunas ideas e impresiones que he recibido como resultado de esa indagación. La primera pregunta es:

¿Cómo llegamos a ser verdaderos discípulos de Jesucristo?

El Salvador mismo dio la respuesta con esta profunda declaración: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”(1). Ésa es la esencia de lo que significa ser un verdadero discípulo: los que reciben a Cristo Jesús andan con Él(2).

Pero eso podría presentar un problema para algunos, ya que hay tantas cosas que “debemos” y “no debemos” hacer, que el simple hecho de averiguar cuáles son puede ser muy difícil. A veces, las bienintencionadas aclaraciones de principios divinos —que muchas veces provienen de fuentes no inspiradas— complican la situación aún más, al disminuir la pureza de la verdad divina con explicaciones de los hombres. Una buena idea de una persona, algo que quizás a ella le dé resultado, echa raíz y se convierte en una expectativa; y gradualmente, los principios eternos se pierden en un laberinto de “buenas ideas”.

Ésa fue una de las críticas que hizo el Salvador de los “expertos” religiosos de Su época, a los que reprendió por ocuparse de cientos de detalles de la ley que tenían poca importancia, mientras desatendían los más importantes(3).

De modo que, ¿cómo nos mantenemos en armonía con “lo más importante?”. ¿Hay una brújula constante que nos permita dar el debido orden de prioridades a nuestra vida, nuestros pensamientos y nuestras acciones? Seguir leyendo

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Los profetas, el liderazgo y la ley divina

Devocional mundial para jóvenes adultos • 8 de enero de 2017 • Universidad Brigham Young

Los profetas, el liderazgo y la ley divina

Presidente Russell M. Nelson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Una velada con el presidente Russell M. Nelson

Mis amados hermanos y hermanas, les traigo el saludo y el amor de la Primera Presidencia y del Cuórum de los Doce Apóstoles. Agradecemos que estén con nosotros y que preparen el corazón y la mente para recibir instrucción espiritual1.

Desde enero de 2016, cuando les hablé en este devocional mundial, he estado con muchos de ustedes en mis viajes a Japón, Filipinas, China, Canadá, Inglaterra, Gales, Alemania, Italia, España, y en varios lugares de Estados Unidos.

El pasado septiembre tuve una experiencia inolvidable con el élder M. Russell Ballard y otros líderes de la Iglesia cuando fuimos a Baton Rouge, Luisiana, para reunirnos con la gente tras la catastrófica inundación. El domingo, cada uno dirigió una de cuatro grandes reuniones sacramentales: una para las víctimas y tres para los voluntarios que habían ido de muchos estados para ayudar con la limpieza. Estas fotos muestran esas congregaciones dominicales de centenares de personas con las camisetas de Manos Mormonas que Ayudan.

Fíjense en los rostros felices de hombres y mujeres jóvenes que dejaron sus hogares para ayudar a vecinos que no conocían, en medio del calor sofocante de Luisiana, y que hicieron una pausa en el día de reposo para adorar al Señor. Al mirar a esas maravillosas congregaciones de trabajadores dispuestos, la mayoría de la edad de ustedes, tuve la increíble impresión de que estaba viendo a hombres y mujeres que muy pronto serían los líderes de esta Iglesia.

Así que esta noche, al imaginarme verlos reunidos por todo el mundo, quisiera enfatizar y hablar de esa impresión. ¡Ustedes son los futuros líderes de la Iglesia del Señor! ¿Están listos para tomar las riendas del liderazgo?

Cuando les hablé hace un año, les di el reto de que se elevaran al nivel de los verdaderos milénicos que nacieron para ser. Ustedes han de preparar al mundo para el reinado mileniario del Salvador ayudando a reunir a los elegidos de los cuatro cabos de la tierra, para que todos los que lo deseen, reciban el evangelio de Jesucristo y todas sus bendiciones. Esta tarde quiero hablarles de cómo pueden prepararse.

Primero, céntrense en su matrimonio y su familia. Pongan en práctica las impresiones que recibieron al oír las cuatro verdades de la “tía Wendy” sobre el amor y el matrimonio.

Su responsabilidad con el Señor de ayudar a rescatar a los elegidos del caos moral y de la preponderancia del pecado en nuestros días no es una tarea sencilla. Lucifer y sus secuaces están usando toda clase de tecnología y comunicación para difundir mentiras sobre la vida y sobre la verdadera fuente de felicidad. Por tanto, para hacer lo que vinieron a hacer en la tierra se requerirán las mejores habilidades de liderazgo que su generación pueda adquirir. Seguir leyendo

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“… no temáis… en mí vuestro gozo es cumplido” (D. y C. 101:36)

Devocional mundial para jóvenes adultos• 11 de septiembre de 2016 • Centro de estaca de Washington D.C.
“… no temáis… en mí vuestro gozo es cumplido” (D. y C. 101:36)
Élder Quentin L. Cook
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Estoy agradecido de estar con ustedes, jóvenes adultos que están viendo este devocional por todo el mundo. Como se ha indicado, este devocional se origina en la capilla adyacente al Templo de Washington D. C. Elegí este lugar a propósito porque está al lado del templo. Estoy muy agradecido de vivir en una época en la que los templos se extienden por todo el mundo. Necesitamos las bendiciones del templo en estos tiempos tan difíciles.

El mundo parece estar literalmente en conmoción1. Hay un nivel de contención sin precedentes. La tranquilidad y la sensación de seguridad pueden parecer evasivas y casi inalcanzables. Mi mensaje para ustedes esta noche es que no debemos temer, aun en un mundo peligroso y difícil. Las Escrituras nos aseguran que podemos tener un gozo completo a causa del Salvador2.

Hay ciertos acontecimientos maravillosos que han quedado grabados en el corazón y en la mente de muchos de ustedes de manera muy positiva, y pueden recordar cada detalle de ellos. Algunos ejemplos podrían incluir abrir el sobre que contiene un llamamiento misional, el sellamiento a un cónyuge en el templo, el reconocimiento de que el Espíritu Santo ha confirmado a su alma la veracidad del Libro de Mormón. Son el tipo de acontecimientos preciados que brindan no solo un gozo satisfactorio, sino permanente. Es interesante que los acontecimientos que de alguna manera se relacionan con el Salvador, por lo general, son los que brindan el mayor gozo.

Sin embargo, hay algunos acontecimientos que son tan impactantes o traumáticos, que nos afectan de una manera profunda.

La caída del Muro de Berlín; el asesinato del presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy; y los ataques terroristas de septiembre de 2011 son ejemplos de hechos impactantes de los que la gente puede recordar exactamente dónde estaban y cómo se sintieron al oír las noticias.

La mayoría de ustedes debe haber sido muy joven cuando ocurrió el ataque contra el Centro Mundial de Comercio de la ciudad de Nueva York y el Pentágono, aquí en Washington D.C., que ocurrió este mismo día, el 11 de septiembre de 2001, hace 15 años. Supongo que la mayoría (no importa donde vivan en el mundo) puede recordar dónde se encontraba y los sentimientos de conmoción y consternación que ustedes y quienes estaban a su alrededor sintieron. Fue un acontecimiento que destruyó la sensación de paz e intensificó sentimientos de vulnerabilidad para muchos. Como lo he descrito en el pasado, tuvo un significado especial para mí y para mi esposa, Mary.

Nuestro hijo mayor y su esposa esperaban su primer hijo y vivían a tres cuadras del Centro Mundial de Comercio en la ciudad de Nueva York cuando el primer avión, secuestrado por terroristas, se estrelló contra la Torre Norte. Subieron a la azotea de su edificio y se horrorizaron al observar las consecuencias de lo que pensaban era un terrible accidente. Al ver el segundo avión secuestrado estrellarse contra la Torre Sur, se dieron cuenta de que no se trataba de un accidente y pensaron que el bajo Manhattan estaba bajo ataque. Al desplomarse la Torre Sur, el edificio de ellos quedó envuelto en los escombros que descendían sobre el bajo Manhattan.

Confundidos y horrorizados por lo que habían visto, y preocupados de que hubiera otros ataques, se dirigieron a un área más segura y luego fueron al edificio de la Estaca Manhattan en el Centro Lincoln. Al llegar, se encontraron con decenas de miembros del bajo Manhattan que habían tomado la misma decisión de reunirse en el centro de estaca. Sentimos alivio cuando nos llamaron para avisarnos dónde estaban y que se encontraban bien. No nos sorprendió dónde estaban, porque la revelación moderna enseña que las estacas de Sion son una “defensa y [un] refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra”3. No les permitieron regresar a su apartamento por más de una semana y estaban desolados por la pérdida de vidas inocentes, pero ellos no sufrieron ningún daño permanente.

El avión que se estrelló en el Pentágono, cerca de aquí, Washington, D. C., fue también una misión suicida terrorista con resultados devastadores similares.

Mi propósito esta noche no es que se aflijan por terribles acontecimientos del pasado. Quiero hacer hincapié en la clase de acontecimientos alegres que describí al principio, pero también quiero que mediten en las pruebas, tribulaciones y peligros que enfrentan o enfrentarán en la vida. Algunos acontecimientos podrán afectar a un grupo numeroso de personas, otros serán personales. He decidido abordar tres tipos de acontecimientos: los que conllevan peligros físicos; los que implican retos especiales, algunos de los cuales son propios de sus días; y por último, los que implican peligros y desafíos espirituales.

Peligros o desafíos físicos
Los peligros físicos son los más fáciles de ver y reconocer. No importa cómo o dónde accedan a las noticias diarias, los peligros físicos, la violencia y la tragedia son lo primero que se informa, en particular en la televisión y en internet. Una de las razones es que la violencia y la muerte son muy dramáticas y por lo general son fáciles de representar visualmente y por escrito. La violencia y la muerte, ya sea cerca o lejos, captan nuestra atención y pueden destruir nuestra paz y tranquilidad. Cuando no nos sentimos seguros físicamente, nos sentimos personalmente vulnerables.

El 22 de marzo pasado, un terrorista detonó una bomba suicida en el aeropuerto de Bruselas, Bélgica. Cuatro de nuestros misioneros estaban en el mostrador de la aerolínea Delta. Todos ellos sufrieron lesiones considerables; algunas de gravedad. Las lesiones de un misionero mayor, el élder Richard Norby, resultaron ser muy graves. Recientemente indicó que aunque la vida no volverá a ser la misma, “ha optado por confiar en el Señor y no temer”. Además, dijo: “Voy a vivir mi vida, y voy a enseñar a mis hijos y a mis nietos que [debemos] poner nuestra confianza en Dios”4.

El Señor ha recalcado que incluso las personas que pierden su vida, y han sido fieles a sus convenios, “la [hallarán] otra vez, sí, vida eterna”5.

Me conmovieron los comentarios de la hermana Fanny Clain, una de las misioneras que resultó herida en el atentado del aeropuerto de Bruselas. Ella dijo: “El pasar por estas cosas, me hace entender mejor a las personas, puesto que la gente pasa por cosas muy difíciles en la vida, y ahora yo también he pasado por ellas; así que entiendo mejor”. Durante su recuperación, ella dijo: “Cuando elegimos confiar en Dios, podemos ver cómo nos ayuda y lo extraordinario que es eso. Ahora confío en Él más que nunca”. En particular, se siente muy agradecida porque ha podido continuar su misión6.

En nuestra existencia premortal sabíamos que el albedrío y la oposición eran necesarias a fin de progresar, desarrollarnos y, finalmente, recibir la exaltación.

En el concilio premortal de los cielos, el plan del Padre incluía el elemento esencial del albedrío. Lucifer se rebeló “y pretendió destruir el albedrío del hombre”7; por tanto, a Satanás y a sus seguidores se les negó el privilegio de tener un cuerpo mortal.

Otros espíritus premortales ejercieron su albedrío al seguir el plan de nuestro Padre Celestial. Los espíritus bendecidos con el nacimiento en esta vida mortal siguen teniendo albedrío. Somos libres de elegir y actuar, pero no para controlar las consecuencias de nuestras decisiones. Por tanto, nuestras decisiones determinan la felicidad o infelicidad en esta vida y en la vida venidera. “Si se escoge el bien y la rectitud, el resultado será la felicidad, la paz y la vida eterna; mientras que si se escoge el pecado y la maldad, con el tiempo se recibirán dolor e infelicidad”8.

No podemos culpar las circunstancias ni a otras personas por la decisión de actuar en contra de los mandamientos de Dios. Todos somos responsables ante Dios por la forma en que desarrollamos atributos, talentos y habilidades como los de Cristo, y de cómo utilizamos el tiempo que se nos da en la vida.

La doctrina de la oposición se relaciona estrechamente con la doctrina del albedrío y a veces se considera parte de ella; pero debido a que la oposición con frecuencia proviene de fuentes externas o de terceros, es mejor considerarla por separado. El profeta Lehi resume esta doctrina en 2 Nefi 2:11: “… porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo… no se podría llevar a efecto la rectitud ni la iniquidad, ni tampoco la santidad ni la miseria, ni el bien ni el mal”.

Lehi entonces explica que esta doctrina es tan importante que sin ella “no habría habido ningún objeto en [la] creación” y “la sabiduría de Dios y sus eternos designios, y también el poder, y la misericordia, y la justicia de Dios” habrían sido destruidos9.

Lehi continúa: “Por lo tanto, el Señor Dios le concedió al hombre que obrara por sí mismo”10.

En la existencia premortal sabíamos que el ejercer el albedrío podría resultar en oposición y conflicto; la guerra en los cielos es una prueba de esta verdad. Sabíamos que, además de la guerra y la violencia, habría considerable conducta pecaminosa en todo el mundo. También sabíamos que Jesucristo estaba dispuesto a pagar el precio de esos pecados. Su sufrimiento, que estaba más allá de la comprensión, resultaría en la victoria sobre el pecado y la muerte espiritual; Su resurrección vencería la muerte física. Teníamos confianza de que después de la muerte terrenal, todos viviríamos otra vez. Como leemos en Predicad Mi Evangelio: Seguir leyendo

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A las mujeres de la Iglesia

Conferencia General Octubre 2003
A las mujeres de la Iglesia
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

Gracias por ser la clase de personas que son y por hacer lo que hacen. Que las bendiciones de los cielos descansen sobre ustedes.

Alguien ha dicho: “Sean bondadosos con las mujeres. Ellas constituyen la mitad de la población y son las madres de la otra mitad”.

Mis queridas hermanas, mujeres maravillosas que han escogido la buena parte, siento gran admiración por todo lo que ustedes hacen; veo sus labores en todo.

Muchas de ustedes son madres, lo cual es suficiente para ocupar todo su tiempo.

Ustedes son compañeras, las mejores amigas que sus maridos tienen o que tendrán.

Son amas de casa. Eso no parece ser mucho, ¿verdad? Pero ¡qué trabajo es mantener una casa limpia y ordenada!

Son las que hacen las compras. Nunca me imaginé, hasta que llegué a ser adulto, lo difícil que es la responsabilidad de tener lo suficiente para alimentar a la familia, de mantener la ropa limpia y presentable, y de comprar todo lo necesario para que funcione el hogar.

Son enfermeras; son las primeras en enterarse de toda enfermedad que aparece y las primeras en prestar ayuda. En casos de enfermedades graves, permanecen al lado del enfermo día y noche, brindando consuelo, ánimo, ministrando y orando.

Además, son el chofer de la familia; llevan a sus hijos a repartir periódicos, los llevan a eventos deportivos, a las actividades del barrio y los llevan de un lado a otro mientras ellos continúan con sus vidas ocupadas.

Y podría seguir. Todos mis hijos ya son mayores; algunos de ellos tienen más de sesenta años, y cuando llaman por teléfono y yo contesto, preguntan: “¿Cómo estás?”, pero antes de que pueda responder, preguntan: “¿Está mamá por ahí?”.

Ella ha sido la fortaleza durante toda la vida de ellos. Desde que fueron bebés, han acudido a ella, y ella siempre ha respondido con afecto, guía y enseñanza, bendiciendo sus vidas en todo aspecto.

Ahora tenemos nietas que son madres. Ellas nos visitan y me maravillo al ver su paciencia, su capacidad de calmar a sus hijos, de hacer que dejen de llorar y, creo yo, de hacer miles de cosas más.

Conducen autos, usan computadoras, asisten a las actividades de sus hijos, cocinan y cosen, enseñan clases y dan discursos en la Iglesia.

Veo a sus esposos y quisiera decirles: “Despierten y lleven su parte de la carga. ¿En verdad valoran a su esposa? ¿Saben cuánto hace ella? ¿Alguna vez la felicitan? ¿Alguna vez le dan las gracias?”

Bien, queridas hermanas, yo les digo gracias. Gracias por ser la clase de personas que son y por hacer lo que hacen. Que las bendiciones de los cielos descansen sobre ustedes; que sus oraciones sean contestadas y que sus esperanzas y sus sueños se hagan realidad.

Ustedes sirven tan bien en la Iglesia y piensan que es sumamente agotador; lo es, pero con cada responsabilidad que se cumple viene una gran recompensa. Seguir leyendo

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Escojan, por tanto, a Cristo el Señor

Conferencia General Octubre 2003
Escojan, por tanto, a Cristo el Señor
Anne C. Pingree
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Anne C. Pingree

Cuando una hermana escoge colocar a Cristo en el centro de su corazón… ella lleva al Señor al corazón de su hogar y familia.

Hermanas, me parece una gloriosa doctrina el que podamos escoger dar a Cristo todo nuestro corazón: que podamos escoger colocar a nuestro Salvador y Redentor en el centro de nuestro corazón. En cada una de nosotras, el Evangelio restaurado de Jesucristo se puede “[escribir] no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón” 1 . Nosotras escogimos seguir a Cristo en nuestro primer estado. ¡Qué noticia tan maravillosa es saber que podemos escogerlo a Él cada día de nuestra jornada terrenal!

En calidad de mujeres del convenio que vivimos en muchas naciones, es esencial que Cristo esté en el centro de nuestra vida. En estos “tiempos peligrosos” 2 , ¡cuánto lo necesitamos! Él es la fuente de fortaleza y seguridad; Él es luz, Él es vida; Su paz “sobrepasa todo entendimiento” 3 . Siendo nuestro Salvador y Redentor personal, Él nos invita, una a una, con los brazos extendidos, a “[venir] a él” 4 de las formas más personales. Hermanas, cuando una mujer acepta la invitación del Salvador, es fortalecida individualmente y otras personas son bendecidas mediante la recta influencia de ella.

Creo que cuando una hermana escoge colocar a Cristo en el centro de su corazón, en el núcleo de su mundo personal, ella lleva al Señor al corazón de su hogar y familia, ya sea que ésta conste de una o de muchas personas. Doquiera que ella viva, y cualesquiera sean sus circunstancias, siendo ella el corazón del hogar y de la familia, lo que lleve en su corazón se reflejará en el ambiente y el espíritu de su hogar.

Cuando nos encontrábamos en una asignación en Japón, un líder de la Iglesia nos invitó a visitar su hogar. Nos sentimos honradas de tener esa oportunidad, pero nos preguntábamos lo que pensaría su esposa de la invitación de último momento que había hecho su esposo de llevar visitantes de Salt Lake City a su hogar. Por el camino, el hermano llamó por teléfono a su esposa, dándole lo que a mí me parecieron más o menos quince minutos para prepararse para esa visita inesperada.

Desde el momento en que pasamos por la puerta, nos quitamos los zapatos, y fuimos recibidas cortésmente por una hermana de la Sociedad de Socorro joven y de voz suave, percibí un espíritu de orden, paz y amor. Los niños corrieron arriba con sus juguetes; en esa familia de ocho hijos, con siete que aún vivían en casa, era evidente lo que la familia valoraba. Por doquier había evidencias del Señor: pinturas del Salvador en la pared, una foto familiar y una pintura del templo en un lugar prominente, ejemplares bastante usados de las Escrituras y videos de la Iglesia bien acomodados en un estante cercano. “…el fruto del Espíritu… amor, gozo, paz… benignidad, bondad, fe” 5 moraba en ese hogar. Me imaginaba la pequeña habitación llena de niños de todas las edades, mientras los padres se sentaban alrededor de la mesa de baja altura para “[hablar] de Cristo… [regocijarse] en Cristo, [predicar] de Cristo, [profetizar] de Cristo… para que [sus] hijos sepan a qué fuente han de acudir para la redención de sus pecados” 6 . Pude percibir la respuesta que los niños en ese hogar darían a la pregunta que hizo el élder Jeffrey R. Holland: “¿Saben [sus] hijos que amamos a Dios con todo nuestro corazón y que anhelamos ver el rostro —y postrarnos a los pies— de Su Hijo Unigénito?” 7 . Creo que la respuesta a esa pregunta en ese hogar japonés sería un rotundo ¡Sí! Seguir leyendo

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Un convenio con Él

Conferencia General Octubre 2003
Un convenio con Él
Kathleen H. Hughes
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Kathleen H. Hughes

Nuestra hermandad comprende todas las edades y una diversidad de experiencias; estamos unidas por los convenios que hemos hecho.

Mis queridas hermanas, el año ha pasado velozmente y es maravilloso reunirnos de nuevo las mujeres de la Sociedad de Socorro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sean cuales sean nuestras circunstancias, somos mujeres bendecidas. Hemos hecho convenios con nuestro Padre Celestial de realizar Su obra, ¡y la estamos realizando! Al igual que María y Marta, nos hemos puesto a los pies del Maestro y hemos escogido “la buena parte” 1 . Hemos escogido a Cristo y hemos escogido la Sociedad de Socorro.

Pero me pregunto si las hermanas tenemos una visión completa de lo que es la Sociedad de Socorro. Cuando José Smith leyó los primeros estatutos que escribió Eliza R. Snow, dijo que el documento era el mejor que había visto, pero que él veía “algo mejor” y que “organizaría a las hermanas bajo la autoridad del sacerdocio y según el modelo del sacerdocio” 2 . Cuando el profeta José “dio vuelta a la llave” 3 y estableció “La Sociedad de Socorro de Mujeres de Nauvoo”, dijo que la Iglesia no había estado plenamente organizada sino hasta ese momento 4 . Hermanas, es importante comprender esa afirmación. La Sociedad de Socorro fue establecida por Dios, mediante un profeta, por el poder de la autoridad del sacerdocio; su existencia es parte necesaria de la organización de la Iglesia. Hombres y mujeres trabajan unidos en el sacerdocio y en la Sociedad de Socorro en el esfuerzo de traer las familias a Cristo. Las mujeres nunca debemos pensar que nuestra función en la Iglesia es menor que la de los varones. Del mismo modo que, como mujeres justas, honramos al sacerdocio, es preciso que también consideremos sagrado nuestro llamamiento como mujeres.

Al examinar este cuadro de Marta y María con el Salvador, he llegado a conceptuarlas mis predecesoras. Me he preguntado si ellas también “abundaba[n] en buenas obras y limosnas” 5 . Es grato pensar que tanto ellas como otras mujeres fieles que eran discípulas de Cristo deben de haberse reunido para aprender su parte en la edificación del reino. Ellas eran mujeres del convenio como nosotras. Resolvieron dar al Salvador toda su dedicación. Por lo que también, cuando se organizó la Sociedad de Socorro, ésta se originó de nuestro divino llamamiento y de nuestro anhelo de servir, de amar y de cuidar las unas de las otras. Así como las ordenanzas y la dirección del sacerdocio son necesarias en la obra del Señor, del mismo modo lo es el servicio que prestamos.

Para llevar a cabo esta importante obra, escogemos ser mujeres del convenio: mujeres que hemos hecho promesas sagradas al Señor. Las que hemos recibido las bendiciones del templo, hemos prometido consagrar nuestro tiempo y nuestros talentos a la edificación del reino del Señor. Mediante ese convenio, podemos servir a la Iglesia en muchos aspectos. Seguir leyendo

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Escojamos la caridad: la buena parte

Conferencia General Octubre 2003
Escojamos la caridad: la buena parte
Bonnie D. Parkin
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Bonnie D. Parkin

Las exhorto a que no sólo se amen más unas a otras, sino a que se amen con más intensidad.

Es maravilloso estar juntas como hermanas de la Sociedad de Socorro, mujeres del convenio en el Evangelio restaurado del Señor. A cada una de ustedes, no importa su edad, etapa de la vida o circunstancias, se la necesita, se la valora y se la estima en la Sociedad de Socorro. Gracias por lo que son; gracias por todo lo que hacen.

En mi oficina hay una hermosa pintura que representa a Jesús con María y Marta 1 . Cada día, al ver esa pintura, pienso en los desafíos que tenemos como mujeres. La hermana Hughes, la hermana Pingree y yo nos sentimos inspiradas a utilizar el relato de María y Marta como el tema para nuestra reunión. El Señor enseñó: una cosa es necesaria: escoge la buena parte 2 . De eso hablaremos esta noche, de escoger la buena parte.

Marta vivía en la aldea de Betania, donde “recibió [a Jesús] en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra” 3 . Ambas mujeres amaban al Señor, y “amaba Jesús a Marta, [y a María]” 4 . De hecho, esa interacción iba en contra de lo acostumbrado, ya que en esa época no era común que las mujeres hablaran sobre temas del Evangelio con los hombres.

En una ocasión, Marta preparaba la cena y dice la Escritura que “se preocupaba con muchos quehaceres” 5 . En otras palabras, ¡tenía mucho estrés!

María, por el contrario, “sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra” 6 , mientras que Marta se sentía cada vez más disgustada porque nadie le ayudaba. (¿Les parece eso familiar?) ¿Pensaba ella: “¿Por qué está María sentada allí mientras yo trabajo tanto para preparar la comida?”. Marta se volvió a Jesús y le dijo: “Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude” 7 .

La tierna exhortación que el Señor hizo a Marta debió de haberla sorprendido. “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” 8 .

La respuesta del Salvador claramente recalcó lo que era más importante. Esa noche, en el hogar de Marta, la buena parte no se encontraba en la cocina, sino a los pies del Señor; la cena podría esperar.

Al igual que María, añoro aprender a los pies del Salvador, mientras que, al igual que Marta, tengo que lavar la ropa que se va amontonando, terminar mis proyectos pendientes y prepararle a mi esposo algo más que pizza fría. Tengo quince nietos cuyas personalidades y desafíos quiero comprender mejor, aunque también tengo un llamamiento en la Iglesia un poco difícil. No dispongo de mucho tiempo y, como ustedes, tengo que escoger. Todas tratamos de escoger la buena parte que no nos será quitada, de equilibrar lo espiritual y lo temporal en nuestra vida. ¿No sería fácil escoger entre efectuar las visitas de maestras visitantes o robar un banco? En vez de ello, nuestras opciones son a veces más sutiles; debemos escoger entre muchas opciones encomiables.

María y Marta somos ustedes y yo; somos todas las hermanas de la Sociedad de Socorro. Ambas amaban al Señor y deseaban demostrar ese amor. Me parece que en esa ocasión, María expresó su amor al escuchar Su palabra, mientras que Marta expresó el suyo al prestarle servicio.

Marta pensó que estaba haciendo lo correcto y que su hermana debía ayudarla.

No creo que el Señor estuviera diciendo que hay Martas y Marías. Jesús no rechazó la preocupación de Marta, sino que volvió a encauzar la atención de ella al decir “escoge la buena parte”. ¿Y qué es? El profeta Lehi enseñó: “…quisiera que confiaseis en el gran Mediador y que escuchaseis sus grandes mandamientos; y sed fieles a sus palabras y escoged la vida eterna, según la voluntad de su Santo Espíritu” 9 . Seguir leyendo

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