El estado de la Iglesia

Conferencia general Octubre 2003
El estado de la Iglesia
Presidente Gordon B. Hinckley

Y éste es apenas el comienzo; sólo hemos empezado. Estamos entregados a una obra que tiene que ver con las almas de los hombres y las mujeres de todo lugar.

Mis amados hermanos y hermanas de todo el mundo, les hacemos llegar nuestros saludos en nombre de nuestro Redentor, junto con nuestro amor y bendiciones. Les encomio sinceramente por todo cuanto hacen para ver que avance la obra del Señor.

En ciertos momentos de tranquilidad, reflexiono en cuanto al crecimiento y el resultado de esta obra. Pienso en aquella reunión con un puñado de personas presentes en la granja de Peter Whitmer el 6 de abril de 1830. Allí se organizó la Iglesia y allí comenzó la larga marcha que la trae hasta su condición actual.

Nuestra gente ha pasado por opresión y persecución; se han visto expulsados y han sido víctimas de toda penuria concebible, y de todo ello ha surgido algo que hoy es absolutamente glorioso de contemplar.

En la apertura de esta obra el Señor declaró:

“Escuchad, oh pueblo de mi iglesia, dice la voz de aquel que mora en las alturas, y cuyos ojos están sobre todos los hombres; sí, de cierto digo: Escuchad, pueblos lejanos; y vosotros los que estáis sobre las islas del mar, oíd juntamente.

“Porque, en verdad, la voz del Señor se dirige a todo hombre, y no hay quien escape; ni habrá ojo que no vea, ni oído que no oiga, ni corazón que no sea penetrado…

“Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días.

“E irán y no habrá quien los detenga, porque yo, el Señor, los he mandado” (D. y C. 1:1–2, 4–5).

No puede cabernos ninguna duda en cuanto a nuestra responsabilidad para con los pueblos de la tierra, y tampoco puede haber ninguna duda de que estamos avanzando en el cumplimiento de esa responsabilidad.

Al dirigirme a ustedes hoy, la mayoría de los miembros de la Iglesia, sin importar dónde vivan, me pueden escuchar. Es un milagro. ¿Quién, en los albores de la Iglesia, hubiera siquiera soñado con todas las oportunidades que tenemos en esta época? Seguir leyendo

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Eres un hijo de Dios

Conferencia General Abril 2003
Eres un hijo de Dios
Presidente Gordon B. Hinckley

Gordon B. Hinckley

Nunca te olvides, mi amiguito, que realmente eres un hijo de Dios… que Él te ama y desea ayudarte y bendecirte.

Mis queridos amiguitos, querido niño y querida niña, estoy muy agradecido de estar aquí hoy que se celebra el aniversario 125 de la Primaria.

Creo que nunca antes hubo una reunión de niños como ésta. Yo les hablo desde el gran centro de conferencias en la ciudad de Salt Lake City. Está lleno de niños, maestros y padres; hay 21 mil. Y niños como tú se han reunido en miles de centros como éste para celebrar esta gran ocasión. Mis palabras se traducirán a muchos idiomas. Vivimos en países diferentes y tenemos banderas distintas, pero tenemos algo en común: todos somos miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Y el que tantos niños, al igual que tú, estén reunidos en todos esos lugares diferentes indica que la Iglesia ha tenido un gran crecimiento desde que fue establecida.

La Iglesia no siempre tuvo Primaria. Durante los primeros 48 años de su historia, los niños no tenían organización propia. Una señora muy querida que se llamaba Aurelia Spencer Rogers pensaba que los varoncitos de la Iglesia debían tener su propia organización para que les enseñaran “a ser mejores hombres”.

Alguien le contó la idea de ella al presidente de la Iglesia, que en aquella época era John Taylor. A él le pareció que si una organización era buena para los varoncitos, también debía ser buena para las niñas. Juntos podían cantar mejor. Fue así que hace muchos años, hace 125 años, se hizo la primera reunión de la Primaria. Había 224 niños “a quienes se les enseñó obediencia, fe en Dios, oración, puntualidad y buenos modales” (de Daniel H. Ludlow, Encyclopedia of Mormonism, 5 tomos, 1992, 3:1146).

Con esos humildes comienzos, la Primaria ha crecido hasta ser parte de la Iglesia en todo el mundo. Hoy hay casi un millón de niños como tú en la Primaria.

Eso es bueno, porque los varoncitos y las niñas deben tener su propia organización, al igual que los hombres y las mujeres jóvenes tienen sus organizaciones y que los mayores tienen sus propias organizaciones de enseñanza.

Las tres mujeres que acaban de hablar dirigen lo que se hace en la Primaria de todo el mundo. Entre las tres tienen 23 hijos, así que entienden lo que les interesa a los niños.

Eres muy afortunado, mi amiguito, por las excelentes maestras que tienes. Ellas te quieren mucho. Tienen muchas ganas de reunirse contigo cada semana y enseñarte los caminos del Señor.

El hermano Artel Ricks nos hace un relato interesante sobre una maestra de primaria inspirada. Cuando él tenía cinco o seis años, su familia se sentó una noche a la mesa y empezaron a hablar de los diezmos. Le dijeron que “el diezmo es diez por ciento de lo que uno gana, y los que aman al Señor se lo pagan a Él”.

Él amaba al Señor, así que quería darle los diezmos a Él. Tomó una décima parte de lo poquito que había ahorrado. En sus propias palabras: “fui al único cuarto de la casa que se podía cerrar con llave, el baño, y me arrodillé junto a la tina. Me coloqué las tres o cuatro monedas en la palma de la mano y le pedí al Señor que las aceptara. [Yo estaba seguro de que se me iba a aparecer el Señor y llevárselas.] Le rogué por un buen rato [pero no pasó nada. ¿Por qué Él no aceptaba mis diezmos?] Cuando me puse de pie, me sentí tan indigno que no me atreví a contarle a nadie lo que me pasó…

“Unos días después en la Primaria, la maestra dijo que sentía la impresión de que debía enseñar algo que no estaba en la lección. Me sorprendí cuando ella nos enseñó cómo pagar los diezmos [al obispo, el siervo del Señor]. Pero aprendí algo mucho más importante que pagar los diezmos. Aprendí que el Señor había escuchado y contestado mi oración, que me amaba y que yo le importaba. Años más tarde valoré otra cosa que me enseñó ese día mi maestra de primaria: a enseñar siguiendo la guía de Espíritu

“Tan dulce es para mí el recuerdo de esa ocasión, que por más de treinta años no se la conté a nadie. Incluso hoy día, sesenta años después de contarlo por primera vez, me resulta difícil hacerlo sin que se me llenen los ojos de lágrimas. La pena es que esa maravillosa maestra de Primaria nunca se enteró que, por medio de ella, el Señor le habló a un varoncito” (“An Answer to Prayer”, Tambuli, mayo de 1988, pág. 28).

Cuando yo era niño, también fui a la Primaria. En aquella época nos reuníamos los martes por la tarde, después de clases. Me parece que siempre estábamos cansados y con hambre a esa hora de la tarde después de clases. Pero nuestras maestras eran tan amables y buenas con nosotros. Muchas veces nos llevaban una galletita para comer, pero, lo que es más importante, es que nos enseñaron lecciones muy buenas y maravillosas. Allí aprendimos sobre Jesús y el gran amor que nos tiene. Aprendimos acerca de Dios, nuestro Padre Eterno, a quien podíamos acudir en oración.

Aprendimos acerca del joven José Smith, que fue a un bosque a orar, y que recibió respuesta a su oración cuando nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo lo visitaron. Allí aprendimos sobre la historia de la Iglesia y acerca de los valientes y fieles hombres y mujeres, niños y niñas, que se esforzaron tanto por fortalecerla. Allí también aprendimos que debemos tratar a los demás con amabilidad y que debemos ayudar a los demás en toda circunstancia. Aprendimos que es muy importante ayudar con lo que hay que hacer en la casa. Aprendimos a portarnos de forma ordenada.

Ahora las reuniones de la Primaria se hacen en domingo. Por muchas razones, es mejor hacerlas ese día. No estamos cansados por pasar todo el día en la escuela. La Primaria es un poco larga, pero nuestras maestras se preparan bien, y además de tener buenas clases, tenemos buenas actividades.

En esas reuniones cantamos juntos las hermosas canciones de la Primaria. Cuando yo era niño, cantábamos una que decía:

Padre, danos hoy tu luz
para poder ver.
Nuestros ojos abre ya;
haznos comprender.
Nuestra es la gran misión
de hacer la luz brillar,
y el mensaje del Señor
a todos predicar
(“La luz de Dios”, Himnos, Nº 200).

La letra de esa canción tan linda la escribió Matilda W. Cahoon. Ella fue mi maestra de escuela cuando yo era niño.

Tú tienes ahora este hermoso himnario que se llama Canciones para los niños, que está lleno de canciones escritas exclusivamente para los niños. Hoy se han entonado algunas de las canciones de este libro. Todos juntos hemos cantado ese hermoso himno que se escribió para los niños de la Primaria pero que toda la Iglesia lo canta. Es una canción lindísima. Se trata de una verdad muy importante y extraordinaria.

Soy un hijo de Dios,
Él me envió aquí.
me ha dado un hogar y
padres buenos para mí.
Guíame; enséñame
la senda a seguir
Para que algún día yo
con Él pueda vivir.
(“Soy un hijo de Dios”, Himnos, Nº 196).

¡Qué canción tan linda! Enseña una verdad grandiosa. Tú tienes un padre en la tierra. Él es el compañero que tu madre tanto quiere. Espero que tú lo quieras y que le seas obediente. Pero también tienes otro padre, o sea, tu Padre en el cielo. Él es el Padre de tu espíritu así como tu padre en la tierra es el padre de tu cuerpo; y es tan importante querer y obedecer al Padre Celestial como lo es querer y obedecer a tu padre terrenal.

Nosotros hablamos con nuestro padre terrenal; él es nuestro gran amigo, nuestro protector, el que generalmente se encarga de que haya comida y ropa en casa. Pero también hablamos con nuestro Padre Celestial. Le hablamos por medio de la oración. Espero que todas las noches y todas las mañanas te pongas de rodillas para hablar con tu Padre Celestial. Espero que por la mañana le des gracias por el descanso de la noche, por el cariño y consuelo y amor que te dan en casa. Espero que le pidas que te cuide y te bendiga y te guíe durante el día. Espero que ores por tu papá y por tu mamá y por tus hermanos, y que te acuerdes de los enfermos y los necesitados. Espero que en tus oraciones te acuerdes de los misioneros de la Iglesia.

Por la noche, antes de irte a dormir, espero que nuevamente te pongas de rodillas y le agradezcas a tu Padre Celestial las bendiciones del día. Dale gracias otra vez por tus padres y tus maestros; pídele que te bendiga con un buen sueño y que bendiga a todos los demás, especialmente a los necesitados y a los que no tienen nada para comer y a los que no tienen donde dormir.

No es mucho pedir, ¿verdad? El tomarte algunos minutos al comenzar el día y al terminar el día para hablar con tu Padre Celestial no es mucho pedir cuando sabes que eres un hijo de Dios.

Si realmente sabes que eres un hijo de Dios, también sabrás que Él espera mucho de ti porque eres Su hijo. Él espera que sigas Sus enseñanzas y las enseñanzas de Su amado Hijo Jesucristo. Él espera que seas generoso y bondadoso con los demás. Él se va molestar si dices malas palabras o groserías. Él se va a molestar si eres deshonesto de cualquier manera, si haces trampa o robas, por más poco que sea. Pero Él se pondrá contento si cuando oras te acuerdas de los desafortunados. Él te cuidará y guiará y protegerá; Él te bendecirá en la escuela y en la Primaria; Él te bendecirá en casa, para que seas un mejor varoncito o niña, obediente a tus padres, menos peleador con tus hermanos y para que prestes ayuda en casa.

Y así crecerás hasta ser un hombre joven o una mujer joven fuerte de la Iglesia. Serás mejor integrante de la comunidad.

Todo adulto que ha vivido en la tierra, incluso el Señor Jesucristo, un día fue un niño como tú. Los adultos se convirtieron en el tipo de persona que son por lo que hicieron. Si hicieron cosas buenas, se convirtieron en buenos hombres o mujeres.

Nunca te olvides, mi amiguito, que realmente eres un hijo de Dios, que has heredado parte de Su naturaleza divina, y que Él te ama y desea ayudarte y bendecirte. Ruego que tu Padre Celestial te bendiga, que te sonría con aprobación. Ruego que sigas Su camino y Sus enseñanzas. Ruego que nunca digas las palabras feas que dicen tus compañeritos de escuela. Ruego que siempre ores al Padre en el nombre de Su amado Hijo, el Señor Jesucristo. Ruego que cada uno de nosotros tome la determinación de seguirle a Él con fe, y que la vida te trate bien, porque realmente eres un hijo de Dios, digno y merecedor de Su amor y Sus bendiciones.

Nunca olvides que eres miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es mi ruego que el Señor te bendiga. Comparto mi amor contigo, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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Demuestra que sabes

Conferencia General Abril 2003
Demuestra que sabes
Coleen K. Menlove
Presidenta General de la Primaria

coleen k. menlove

Todos los días se nos dan oportunidades de demostrar que sabemos ser como Jesús y seguirle con fe.

Querido niño y querida niña de la Primaria, este año celebramos el aniversario número 125 de la organización de la Primaria. Fue organizada por un profeta de Dios para ayudar a los niños a aprender y a vivir el Evangelio de Jesucristo con alegría. La Primaria es importante y éste será un año maravilloso de celebración. Lo más importante es que nosotros —los padres, los líderes y los maestros— respetamos a los niños; les queremos mucho. Nos regocijamos por lo que tú eres y por lo que puedes llegar a ser.

Tú eres un hijo o una hija de Dios. Tienes un amoroso Padre Celestial que oye y contesta tus oraciones. Él desea que seas digno de volver a vivir con Él algún día. Saber eso te servirá para planear tu futuro terrenal y eterno con un fulgor de esperanza. Cuando mires al futuro, mira mucho más allá que el día de mañana. Las Escrituras, las enseñanzas de los profetas de los últimos días y aun las canciones de la Primaria te ayudarán a comprender y a prepararte para alcanzar tu potencial eterno. Jesucristo nos dio el ejemplo de cómo vivir dignos para que podamos volver a la presencia de nuestro Padre Celestial. Tendrás oportunidades de aprender acerca de Jesucristo y de seguirle con fe.

Demostramos que sabemos seguirle cuando hacemos y guardamos los convenios bautismales y recibimos y escuchamos al Espíritu Santo. Demostramos que sabemos seguirle cada vez que participamos dignamente de la Santa Cena y recordamos a Jesús. Quiero hablar de otra forma en la que podemos demostrar que sabemos, la cual es guardar los mandamientos.

El Señor dijo: “En verdad, en verdad os digo que éste es mi evangelio; y vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis” 1 . Me encanta la canción de la Primaria: “Yo trato de ser como Cristo” 2 , y me gusta lo que siento cuando la canto. Todos los días se nos dan oportunidades de demostrar que sabemos ser como Jesús y seguirle con fe.

Cuando John, de diez años se unió al equipo de natación, le dijo a su entrenador que podría competir el sábado, pero no el domingo. En la última competición de la temporada, la carrera de relevos de John estaba prevista para el domingo. Él recordó la lección de la noche de hogar de tomar decisiones por adelantado, para que fuese más fácil hacer lo correcto cuando llegara el momento. John dijo: “Yo había tomado la decisión de no nadar el domingo, antes de unirme al equipo, y eso me hizo más fácil decirle al entrenador que no podría participar en esa carrera. Pensé que él se enojaría conmigo; pero al final del año, dijo a los del equipo lo orgulloso que estaba de mí porque tenía normas y las obedecía” 3 . John demuestra que sabe porque santifica el día de reposo y da el ejemplo de alguien que sigue las enseñanzas de Jesús. Cada vez que tú santificas el día de reposo, demuestras que sabes.

Quizás hayas tenido alguna experiencia como la que yo tuve cuando tenía once años de edad. Tenía una amiga a la que admiraba porque parecía saber mucho. Un día me ofreció un cigarrillo y me dijo que me enseñaría a fumar, e insistió diciéndome: “No te hará daño sólo esta vez”. Yo no quería ofenderla, pero había decidido cuando era muy pequeña que nunca fumaría. Esa decisión me hizo más fácil decirle que no. Demuestra que sabes al obedecer la Palabra de Sabiduría.

Cuando Caitlin tenía seis años, le preguntó a su maestra de baile si podía usar un traje más modesto para el recital de baile. Cuando la maestra le dijo que no, Caitlin sabía lo que tenía que hacer. Dijo a la maestra que no podía participar porque tenía que hacer lo que Jesús deseaba que hiciese. Caitlin dijo: “Fue una decisión difícil de tomar, pero después tuve un buen sentimiento” 4 . Porque escogemos vestir de forma modesta, demostramos que sabemos guardar los mandamientos y seguir al Salvador.

Demostramos que sabemos cuando obedecemos el mandamiento de amarnos unos a otros. Nuestro profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, dijo: “Recibimos gran fortaleza con el conocimiento de que ustedes y yo somos hijos e hijas de Dios… El que tenga ese conocimiento y permita que influya en su vida no se rebajará a hacer cosas malas ni de mal gusto” 5 . Jesús nos mandó amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, e ilustró esa gran enseñanza con el ejemplo del buen samaritano, que actuó con bondad y misericordia cuando nadie más quiso ayudar. Entonces, el Salvador dijo: “Ve, y haz tú lo mismo” 6 . El Salvador nos enseñó a amarnos y hacernos el bien los unos a los otros, incluso a los que tienen normas diferentes de las nuestras. Esas diferencias no son excusa para evitar a otras personas ni para tratarlas mal.

Una amiga de Chelsea, que tiene ocho años, dijo que no le gustaba cierto niño porque no era miembro de nuestra Iglesia. ¿Qué crees tú que hizo Chelsea? ¿Qué harías tú? Chelsea dijo a su amiga que estaba bien que él no fuese miembro de nuestra Iglesia, que aun así era una buena persona 7 . Demostramos que sabemos seguir al Salvador cuando tratamos a los demás con bondad y con respeto.

¿Qué podemos decir de la bondad que mostramos a nuestros propios familiares? El lugar más importante y a veces el más difícil de mostrar bondad es nuestro propio hogar, a nuestros padres y a nuestros hermanos y hermanas. Cuando mi hijo Mitch tenía diez años, quiso ayudar en el hogar, sobre todo si podía hacerlo en forma divertida. Cuando nadie estaba mirando, se colgó una campanilla al cuello e hizo como que era un ayudante de hotel al ayudar en los quehaceres. Cuando veíamos que las cosas estaban hechas, él sólo decía: “Debe de haberlo hecho el ayudante de hotel”. Mitch nos ayudó mucho y también nos recreó y nos llenó de alegría.

Los niños y las niñas de que he hablado demuestran que saben porque santifican el día de reposo, obedecen la Palabra de Sabiduría, se visten con modestia y son bondadosos con sus amigos y sus familiares. Tú también puedes demostrar que sabes si guardas ésos y los demás mandamientos.

Ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días significa que se te da la oportunidad de recibir todas las bendiciones del Evangelio. Todos los días puedes decir con toda confianza:

“Soy un hijo de Dios.

“Sé que mi Padre Celestial me ama, y yo le amo a Él.

“Puedo orar a nuestro Padre Celestial en cualquier momento y en cualquier lugar.

“Trato de recordar a Jesucristo y de seguirle”.

Toma hoy la decisión de demostrar que sabes seguir a Jesucristo con fe. El camino que te llevará de regreso a nuestro Padre Celestial no será fácil. Tendrás que ser valiente para continuar siguiendo al Salvador día tras día. Testifico que si tomas la decisión de demostrar que sabes seguir a Jesucristo con fe, tendrás paz y felicidad ahora y en la eternidad. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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Puedo orar a mi Padre Celestial en cualquier momento y en cualquier lugar

Conferencia General Abril 2003
Puedo orar a mi Padre Celestial en cualquier momento y en cualquier lugar
Sydney S. Reynolds
Primera Consejera de la Presidencia General de la Primaria

Sydney S. Reynolds

Sé que podemos orar al Padre Celestial en cualquier momento y en cualquier parte, y estoy muy agradecida por ello.

Mis queridos hermanitos y hermanitas. ¿Recuerdas la última vez que recibiste respuesta a tus oraciones? ¿Fue cuando perdiste algo? ¿Cuando tenías miedo? Quizás estabas enfermo o algún ser querido estaba enfermo. Yo también he orado en momentos así.

¿Dónde te encontrabas la última vez que oraste? Yo he orado en muchos lugares: he orado en la playa, en las montañas, en la Iglesia, en el patio de recreos; he orado en mi casa, en el avión y en el hospital. Sé que puedo orar al Padre Celestial en cualquier momento, en cualquier lugar. Sé que Él me escucha.

Te voy a contar un relato de dos niños: un niño de unos seis años y una niña que apenas había cumplido siete. Un caluroso día de verano fueron a pasear con su papá en el viejo Jeep del abuelo. Condujeron cerca de una hora y media cuando el automóvil comenzó a hacer ruidos extraños, hasta que finalmente se paró por completo al llegar a una estación de servicio del pueblo más cercano. “Podemos arreglarlo”, dijo el encargado, y les indicó cómo ir a pie hasta un almacén de repuestos. Una vez dentro de la tienda, los niños vieron que había muchas cosas interesantes para ver y no se dieron cuenta de que su papá se fue con el vendedor a la parte de atrás del local. Lo único que sabían era que ya no lo veían. Se asomaron hacia fuera y vieron a un hombre por la calle que llevaba puesto un sombrero como el de su papá. Al verlo doblar la esquina, corrieron detrás de él, gritando: “¡Papá! ¡Papá!”

Cuando se dieron cuenta de que no era su papá, se habían perdido. No podían encontrar el almacén de repuestos ni sabían dónde se encontraban; tampoco conocían a nadie en esa ciudad. La niña quería ir hacia un lado y el niño pensaba que debían ir hacia el otro. ¿Cómo podrían encontrar a su papá o por lo menos al Jeep? “Tenemos que orar”, dijo la niña. Al niño le daba algo de vergüenza orar en público, pero después de orar, ambos comenzaron a caminar en la misma dirección. Encontraron la estación de servicio, se subieron al Jeep y esperaron. Poco después —aunque a ellos les pareció mucho tiempo— llegó su padre. Él también había estado orando para encontrarlos lo más pronto posible.

En las Escrituras hay muchos relatos de oraciones que fueron contestadas; ¿recuerdas alguno de ellos? A Nefi se le dijo cómo debía construir un barco; Daniel oró para ser protegido de los leones; Enós oró todo el día hasta la noche para pedir perdón por sus pecados; Ana oró que pudiese tener un bebé. Mi relato favorito acerca de la oración es el del jovencito que deseaba saber algo. Quería saber a qué iglesia debía unirse. Sus amigos y su familia buscaban iglesias a las cuales unirse, pero él no sabía cuál era la correcta, y sólo tenía catorce años.

Un día, José Smith estaba leyendo la Biblia, y leyó esto: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5). ¡Esa Escritura lo conmovió tanto! Él nunca había orado en voz alta, pero necesitaba una respuesta y creía en lo que decía el pasaje de Escritura. Con humildad, fue hasta un bosque que había cerca de su casa, se arrodilló y comenzó a orar. Era una oración tan importante que los poderes de las tinieblas amenazaron con destruir a ese joven y fuerte muchacho del campo, pero él clamó a Dios que le ayudara. Al hacerlo, una luz descendió y la oscuridad desapareció. José vio a dos personajes en medio de la luz, y uno de Ellos le dijo, señalando al otro: “Éste es mi hijo amado: ¡Escúchalo!” (José Smith– Historia 1:17). Eran Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo.

Al pensar en ese relato, pienso en mis hijos. Todos ellos fueron misioneros fuera de los Estados Unidos y tuvieron que aprender un nuevo idioma. Una de las cosas que aprendieron a compartir en su nuevo idioma fue el relato de la oración de José Smith. ¿Por qué la aprendieron? Porque las personas a las que enseñaban debían saber que el Padre Celestial y Jesús habían elegido a José Smith para ser el profeta que restauraría el Evangelio y la Iglesia de Jesucristo de nuevo sobre la tierra. Y era necesario que las personas supieran que de la misma forma que José Smith había recibido respuesta a su oración, también ellas podían orar al Padre Celestial y recibir respuestas a sus oraciones. Él también contestará tus oraciones. Sé que podemos orar al Padre Celestial en cualquier momento y en cualquier parte, y estoy muy agradecida por ello.

En los dedos de la palma de mi mano está mi testimonio:

(1) Sé que Dios es nuestro Padre Celestial y que Él nos ama.
(2) Jesucristo es Su Hijo, nuestro Salvador y Redentor.
(3) José Smith es un profeta de Dios. Él tradujo el Libro de Mormón por el don y el poder de Dios.
(4) La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la Iglesia del Señor sobre la tierra hoy en día.
(5) El profeta viviente es el presidente Gordon B. Hinckley.
En el nombre de Jesucristo. Amén.

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La luz de Su amor

Conferencia General Abril 2003
La luz de Su amor
Gayle M. Clegg
Segunda Consejera de la Presidencia General de la Primaria

Gayle M. Clegg

Nuestro Padre Celestial nos comprende a cada uno. Él sabe cómo amarnos de la manera que más lo necesitamos.

Cuando yo tenía nueve años, nuestra familia se mudó a una casa con un sótano sin terminar donde dormíamos mi hermana y yo. A veces, al estar acostada, las paredes parecían figuras misteriosas que me hacían tener pesadillas. En ocasiones caminaba dormida por toda la casa y de repente despertaba en un lugar extraño.

Una de esas noches, desperté muy confusa y asustada. Traté de gritar para que me ayudaran, pero no me salió la voz. Estaba tan oscuro que ni podía ver la mano frente a mis ojos. De repente, alguien encendió una luz y pude darme cuenta de dónde me encontraba. Mamá debió haberme oído caminar dormida y bajó al sótano. Al no encontrarme en la cama, encendió la luz para buscarme.

Al sólo ver la luz, supe claramente dónde me encontraba, lo mucho que mi madre me amaba, y cómo volver al calor de mi cama. Por el miedo que yo le tenía a las sombras, le pedí a mamá que dejara encendida una luz, lo cual hizo. Doy gracias de que ella me haya amado lo suficiente para bajar al sótano y encender una luz.

Hoy sentimos que otra clase de luz se encendió en nuestro interior al escuchar al coro de niños cantar: “El Señor me da… Su amor” (“Le seguiré con fe”), Liahona, febrero de 2003, pág. 16). Ésa es la razón por la que cada semana vamos a la Iglesia y cantamos himnos y canciones de la Primaria, y los repetimos una y otra vez. Sabemos la letra, pero, de pronto, las palabras llenan nuestro corazón de luz y amor; es como si recordáramos quiénes somos en realidad. Por ser hijos de nuestro Padre Celestial, es como si Él bajara y encendiera la luz para que podamos ver.

Ese sentimiento de luz que sentimos en la Iglesia es como el amor y la seguridad que sentí cuando mi madre encendió la luz en el sótano.

Una doctora llamada Rachel Remen relata la historia de un apuesto y joven jugador de fútbol que pierde el sentimiento de amor que nos da la luz. Su vida había sido buena, con amigos y un cuerpo lleno de vigor. Un día le encontraron cáncer en una pierna y se la tuvieron que amputar arriba de la rodilla. El jugar fútbol y ser famoso era algo del pasado. Se sentía muy enojado y su vida era triste y confusa. Era difícil para él saber quién era en verdad.

La doctora Remen le pidió al joven que hiciera un dibujo de la apariencia de su cuerpo. Trazó un simple jarrón; luego, con un lápiz de cera, trazó una rajadura de arriba abajo. Era obvio que él pensaba que su cuerpo era como un jarrón quebrado que jamás volvería a ser útil, lo cual no era así. Le hicieron una pierna artificial para que pudiera caminar, pero el corazón de él estaba tan lleno de tristeza que su cuerpo no sanaba.

Luego habló con algunas personas que tenían problemas similares a los de él y comprendió lo que sentían. Empezó a ayudar a los demás a sentirse mejor y al llegar la luz a su propio corazón, empezó a sanar.

Conoció a una jovencita que tenía una condición similar a la de él; ella tenía el corazón lleno de temores. Cuando él entró en la habitación de ella por primera vez en el hospital, ella se negó a mirarle y siguió acostada, con los ojos cerrados. Él hizo todo lo posible por captar su atención: encendió la radio, contó chistes, y por fin se quitó la pierna artificial y la dejó caer en el suelo. Asombrada, ella abrió los ojos y lo vio por primera vez cuando comenzaba a saltar alrededor del cuarto, chasqueando los dedos al compás de la música. Ella soltó la carcajada y dijo: “Si tú puedes bailar, tal vez yo pueda cantar”. Se hicieron amigos; compartieron sus temores y se ayudaron y animaron el uno al otro.

En la última visita que tuvo con la doctora, el joven miró el antiguo dibujo del jarrón con la rajadura y dijo: “Ese dibujo de mi persona no está terminado”. Tomó un lápiz de cera amarillo y trazó líneas que salían de la rajadura hacia los bordes de la hoja. Puso el dedo en la fea rajadura negra y dijo: “La luz sale de aquí”. (Véase Kitchen Table Wisdom, 1996, pág. 114–118.) Creo que quiso decir que las experiencias difíciles y oscuras nos sirven para sentir la luz del amor de nuestro Padre Celestial.

La noche en que caminaba dormida y desperté asustada me encontraba a un lado de mi hermana; ella estaba bien, pero yo necesitaba que alguien me ayudara a encontrar la luz.

Eso nos sucede a todos. El tener experiencias diferentes no es lo bello de todo eso, sino el hecho de que nuestro Padre Celestial nos comprende a cada uno. Él sabe cómo amarnos de la manera que más lo necesitamos. A veces sentimos Su amor por medio de nuestros padres, maestros y amigos. A veces lo sentimos por la inspiración del Espíritu Santo. Otras veces lo sentimos mediante la música y los abrazos, las Escrituras y las oraciones. Él nos puede rodear con Su luz cuando lo necesitemos porque somos Sus hijos.

Sé que nuestro Padre Celestial nos ama a todos. “Teniendo el amor de Dios en [nuestros] corazones” (Alma 13:29) nos da la confianza para hacer las cosas difíciles. Siento ese amor al dirigirme a ti hoy. Espero que recuerdes lo que sientes al escuchar testimonios sobre el amor que nuestro Padre Celestial tiene por ti, y que luego trates de estar en los lugares donde puedas sentir la luz de Su amor.

Ruego que todos los niños sientan y atesoren el amor de nuestro Padre Celestial, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Las virtudes de las hijas rectas de Dios

Conferencia General Abril 2003
Las virtudes de las hijas rectas de Dios
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Las aliento a fortalecer las virtudes que ya han adquirido y a decidir adquirir muchas otras.

Mis queridas jóvenes hermanas, me siento maravillado al estar en su presencia debido al gran potencial que tienen para hacer el bien. Ustedes son una parte indispensable de lo que la Iglesia y el mundo llegarán a ser, así como lo fueron sus madres, tías y abuelas en años pasados; ustedes pueden tener una felicidad que exceda a sus expectativas y sueños más anhelados.

Esta noche nos sentimos especialmente honrados con la presencia del presidente Gordon B. Hinckley, del presidente Thomas S. Monson, así como de otras Autoridades Generales. Felicito a la hermana Tanner, a la hermana Beck y a la hermana Dalton por sus excelentes mensajes acerca de ser firmes en Cristo; de igual manera, la música a cargo de este coro de mujeres jóvenes ha sido, en verdad, excepcional.

Con fecha del 19 de marzo de 2003, la Primera Presidencia envió una carta a los líderes del sacerdocio en la que se les instaba a ayudar a las mujeres jóvenes en su etapa de transición a mujeres adultas, lo cual es muy importante. En la carta se hacía hincapié en que, si bien la responsabilidad primordial es de los padres, los obispados y las hermanas líderes de las Mujeres Jóvenes y de la Sociedad de Socorro deben trabajar juntos para fortalecer a nuestras mujeres adultas jóvenes en dicha transición.

Mis queridas hermanas jóvenes, al viajar en asignaciones de la Iglesia en diversos lugares del mundo, he conocido a algunas de ustedes, mujeres jóvenes maravillosas, y he quedado impresionado con su firmeza. Puedo decir sin vacilar que ustedes pueden tener “un fulgor perfecto de esperanza” por su futuro, así como un gozo sin fin si “[siguen] adelante” como hijas rectas de Dios 1 . Ustedes son jovencitas de virtud y de gran promesa. Las aliento a fortalecer las virtudes que ya han adquirido y a decidir adquirir muchas otras.

Esta noche me gustaría hablar de algunas de esas virtudes. Muchas personas no entienden plenamente el significado de virtud. Comúnmente se entiende que quiere decir ser casto, o moralmente limpio; pero la virtud, en su sentido más completo, comprende todas las características de la rectitud que nos ayudan a formar nuestro carácter. Un antiguo adagio de 1813, enmarcado en un museo de Newfoundland, dice: “La virtud es la belleza más importante de la mente, el más noble ornamento de la humanidad. La virtud es nuestra seguridad y nuestra estrella guiadora que despierta la razón cuando nuestros sentidos yerran”.

Permítanme sugerir diez virtudes que cada una de ustedes puede esforzarse por alcanzar en su búsqueda de la excelencia y la felicidad:

1. Fe

Menciono primero la virtud de la fe porque es la más importante. El profeta José Smith enseñó que la fe en el Señor Jesucristo es “el fundamento de toda rectitud” 2 . Les prometo, encantadoras jovencitas, que si se esfuerzan por vivir los mandamientos, su fe seguirá creciendo. Al ejercitar la fe, nos volvemos alegres y optimistas, caritativos y valientes, porque la fe es la fuerza impulsora de todas esas virtudes.

2. Honradez

Una joven, que integraba el equipo de voleibol de una universidad, cuenta de la ocasión en que ella y su amiga Muki jugaban juntas en un partido de campeonato: Seguir leyendo

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Sigan adelante y sean firmes

Conferencia General Abril 2003
Sigan adelante y sean firmes
Elaine S. Dalton
Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Pueden seguir adelante con visión; el Espíritu Santo les ayudará a permanecer firmes y su testimonio del Salvador les ayudará a avanzar con un fulgor perfecto de esperanza.

En un muelle de Copenhague, Dinamarca, hay una estatua de bronce de una jovencita llamada Kristina, que mira hacia el mar con la meta de unirse a los santos en Sión. El viento sopla con fuerza contra ella, pero no la hace retroceder; con firmeza sigue adelante en algo que es muy difícil, pero que sabe que es lo correcto. Me encanta esa estatua, ya que para mí, Kristina representa a mi propia tatarabuela danesa, quien decidió unirse a la Iglesia en medio de gran oposición. Estoy agradecida por su valor y por su testimonio. De la decisión que ella tomó dependía no sólo mi destino eterno, sino también el destino de generaciones.

En el Libro de Mormón, Nefi nos dice que podemos “seguir adelante” (2 Nefi 31:20); dice que no sólo podemos, sino que debemos hacerlo. Quizás Nefi, al igual que Kristina, comprendía que las decisiones firmes de una persona afectan a generaciones. Cuando el padre de Nefi lo envió de regreso a Jerusalén a obtener las planchas de Labán, Nefi dijo: “Y he aquí, es prudente para Dios que obtengamos estos anales a fin de que preservemos para nuestros hijos el idioma de nuestros padres” (1 Nefi 3:19; cursiva agregada). Nefi pensaba en su futura familia aunque en esa ocasión tenía pocas probabilidades de casarse, ya que, como recordarán, su familia estaba sola en el desierto. Nefi no sólo tenía una visión de cómo regresar a su hogar celestial, sino también de lo que deseaba en su hogar terrenal.

El Salvador les ayudará a ver y comprender la visión que Él tiene para ustedes, que son Sus amadas hijas. Él las conoce personalmente y tiene un plan para la vida de ustedes. Él ha prometido que, si son dignas, Su Espíritu siempre estará con ustedes.

Así como el viento soplaba con fuerza en dirección opuesta a la que mira Kristina en aquel muelle de Dinamarca, cada una de ustedes encontrará resistencia de parte de las fuerzas mundanas. “Seguir adelante” implica resistencia. En el pasaje de Escritura no dice caminar adelante, moverse hacia delante, o simplemente proseguir; ¡dice seguir adelante! Para lograrlo, deben tener una visión de su lugar de destino. El Espíritu Santo les ayudará a permanecer firmes, y su testimonio del Salvador les ayudará a seguir adelante con un fulgor perfecto de esperanza.

Hace varios años, mi esposo y yo nos clasificamos para el maratón de Boston. La noche anterior al evento, y a fin de visualizar lo que se sentiría terminar la carrera, nos dirigimos al centro de Boston, cerca de dos kilómetros de la meta. Allí, en la quietud de la noche, nos amarramos los zapatos deportivos y corrimos los últimos dos kilómetros hasta llegar a la meta. Al cruzar la línea final levantamos las manos en señal de victoria e hicimos la cuenta de que habíamos ganado la carrera. Nos imaginamos a miles de espectadores dándonos una gran ovación. Al día siguiente participamos en la carrera. Cuarenta y dos kilómetros es una distancia considerable, y por muy buenas razones hay unas colinas que llevan el nombre de “Sufrimiento”. Durante todo el tiempo que recorría esas colinas, centré mi atención en la meta y en lo que había sentido la noche anterior al cruzar la línea de la victoria. Esa visión de la meta me ayudó a terminar el maratón bajo una lluvia sumamente helada, propia de la región. Seguir leyendo

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Un fulgor perfecto de esperanza

Conferencia General Abril 2003
Un fulgor perfecto de esperanza
Julie B. Beck
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Pueden despertar cada día… con un fulgor perfecto de esperanza ante ustedes, porque tienen un Salvador.

Pocos días antes de que naciera nuestra primera nieta, sus padres se preguntaban si sería varón o mujer. El domingo siguiente en la Iglesia, mientras cantaban “alegres de ver su fulgor” de esperanza (véase “Te damos, Señor, nuestras gracias”, Himnos Nº 10), de súbito se volvieron el uno hacia el otro y dijeron: “¡Es una niña!”. Cuando la niña nació le pusieron Esperanza.

Esperanza, cuyo nombre es muy apropiado, tiene ahora cinco años, y se levanta cada mañana con ansias de nuevas aventuras. Ella asiste a su primer año de escuela y ¡hay tanto que quiere aprender! Un “fulgor de esperanza” brilla en sus ojos (véase 2 Nefi 31:20).

Durante las últimas semanas, me he reunido con varias de ustedes, las mujeres jóvenes. He hablado con ustedes de sus talentos, de sus problemas y de sus sueños para el futuro. En mi mente, todavía veo sus rostros. Veo el rostro feliz de la joven que sólo ha sido miembro de la Iglesia desde hace sólo seis meses; veo la cara de soledad de la jovencita que es el único miembro de la Iglesia de su familia mientras espera sola en la parada del autobús. Veo el rostro preocupado de la joven que se preguntaba: “¿Seré alguna vez digna de entrar en el templo?”. Y veo las caritas cansadas de las jovencitas tras haberse levantado muy temprano para asistir a seminario. Algunas de ustedes se sienten entusiasmadas por la vida, mientras que otras se preocupan por los problemas y el futuro. Al hablar con ustedes, las he observado para saber si había en sus ojos un fulgor de esperanza.

En ocasiones, me pregunto si ustedes recuerdan que son hijas de un Padre Celestial que las ama. Cuando se bautizaron, siguieron el ejemplo del Salvador y entraron en el camino de regreso al hogar celestial. Nefi dice que están ahora “en este estrecho y angosto camino que conduce a la vida eterna; sí, habéis entrado por la puerta” (2 Nefi 31:18). Dado que ya se encuentran en ese camino, lo único que deben hacer es permanecer en él, y para hacerlo, deben tener esperanza, un fulgor de esperanza que les ilumine el sendero.

Mormón pregunta: “Y ¿qué es lo que habéis de esperar?”. Su respuesta nos brinda tres grandes esperanzas: “He aquí, os digo que debéis tener esperanza, por medio de la expiación de Cristo y el poder de su resurrección, en que seréis resucitados a vida eterna” (Moroni 7:41).

Cuando se bautizaron, se convirtieron en participantes de la primera y gran esperanza, la expiación de Cristo. Cada vez que participan dignamente de la Santa Cena, tienen la oportunidad de comenzar de nuevo y proceder un poco mejor. Es como enterrar la parte vieja e indigna de uno mismo, y comenzar una nueva vida.

Hablé con dos jóvenes que literalmente enterraron sus viejas costumbres. Ellas tenían cierta ropa que no estaba de acuerdo con la norma de las hijas del convenio de Dios, por lo que cavaron un hoyo profundo, colocaron en él su ropa inmodesta y luego, ¡la enterraron! Seguir leyendo

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Firmeza en nuestros convenios

Conferencia General Abril 2003
Firmeza en nuestros convenios
Susan W. Tanner
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes

El tener firmeza en Cristo supone guardar los convenios… cuando hacemos esas cosas… nuestro espíritu se eleva y nuestro corazón se llena de amor.

Desde que fui llamada hace apenas seis meses, he adquirido un profundo amor divino por ustedes, mis queridas hermanas. Mi gran deseo es que las mujeres jóvenes de todas partes se sientan queridas, no sólo por mí, sino también por sus padres y sus líderes y, en especial, por su Padre Celestial.

En ocasiones es difícil sentir ese amor. A una jovencita que conozco parecía que todo le iba de maravilla. Había sido elegida como representante del alumnado, obtuvo un lugar en un coro selecto y fue elegida reina del baile formal de su clase. Un día, llegó a su casa del colegio y se tiró sobre la cama bañada en llanto. Su madre le preguntó qué le pasaba, y ella le dijo: “Me siento una fracasada; nadie me quiere; no tengo talento alguno; no logro cumplir todas mis asignaciones en clase y, además de eso, soy fea”. Nadie hubiese sospechado que ella se sentía insegura, sola e inepta; sin embargo, la mayoría de las adolescentes se sienten de esa forma alguna vez.

Algunas jóvenes sufren incluso dificultades más evidentes. Por ejemplo, entre las chicas que conozco, hay una cuya madre está muriendo de cáncer; los padres de otra son divorciados; hay una joven que se queda sola en casa los fines de semana mientras todas sus amigas salen a beber; hay otra que tuvo un accidente que la dejó minusválida; al padre de otra lo llamaron al servicio militar y otra buena hermana se preocupa por su descarriado hermano.

¿Qué puede brindar ayuda a la juventud que tiene estos problemas tan diversos y monumentales? El tema de la Mutual de este año, el cual es el tema de esta noche, proporciona una respuesta. Dice: “Debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres” (2 Nefi 31:20). Me encanta ese pasaje; describe cómo debemos afrontar los desafíos de la vida. Cuando sigo adelante con esperanza y amor, también siento esperanza y amor.

El tener firmeza en Cristo supone guardar los convenios. Cada semana, renovamos nuestros convenios bautismales de “tomar Su nombre sobre nosotros”, de “recordarle siempre” y de “guardar Sus mandamientos” (véase D. y C. 20:77). Tenemos firmeza en Cristo cuando hacemos esas cosas, y nuestro espíritu se eleva y nuestro corazón se llena de amor. En suma, cuando guardo mis convenios siento esperanza y siento amor.

Una joven amiga, a quien llamaré Lindsey, necesitaba tener esperanza. Vivía en una casa en la que no reinaba ni el Espíritu ni el amor. Sus amigas eran alocadas e incluso la mayoría de sus líderes de las Mujeres Jóvenes la veían sólo como un “proyecto”. Pero en lo profundo de su alma, sentía que el Señor la amaba a pesar de su deplorable situación. Se concentró en recordarle a Él siempre; resolvió no participar con sus amigas cuando hacían cosas malas; trataba de adorar al Padre Celestial en la intimidad de su propio dormitorio porque deseaba sentir Su Espíritu. Algo dentro de ella la hacía desear ser buena y guardar Sus mandamientos. A pesar de su limitado conocimiento y falta de ayuda, procuraba guardar sus convenios bautismales. Sentía la esperanza de seguir adelante y sentía el amor del Padre Celestial.

El Señor nos ha prometido que no nos olvidará porque “en las palmas de las manos [Él nos tiene] esculpid[os]” (Isaías 49:16). Y la promesa que nosotros le hacemos a Él es que no lo olvidaremos, porque lo tenemos esculpido en el corazón. Seguir leyendo

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Bendición

Conferencia General Abril 2003
Bendición
Presidente Gordon B. Hinckley

Les suplico que cada uno procure llevar una vida más cercana al Señor y esté en una comunión más frecuente con Él, exhibiendo mayor fe.

Mis queridos hermanos y hermanas, hemos terminado, pero no de trabajar. Debemos sentirnos muy agradecidos por esta extraordinaria conferencia en la que hemos podido reunirnos en paz sin ningún tipo de contrariedad. Hemos reflexionado bastante sobre las grandiosas bendiciones del Señor, y se ha incrementado nuestro aprecio por las enormes bendiciones que hallamos en el Evangelio. Al escuchar los testimonios de los discursantes, nuestros propios testimonios de la verdad se han avivado como una llama ardiente y luminosa. Espero que en todos los que siguieron la conferencia se haya efectuado un cambio para bien, que cada cual sea una persona mejor a raíz de lo que hemos vivido juntos en estos dos últimos días. En lo personal, me siento más cercano al Señor. Espero que lo mismo les esté ocurriendo a ustedes. Siento un renovado deseo de guardar Sus mandamientos, de vivir según Sus enseñanzas y de estar en íntima comunión con Él mediante la oración para así preservar la relación con mi Padre, con mi Dios.

Y es así que, al llegar al fin de esta gran reunión de Santos de los Últimos Días, les suplico que cada uno procure llevar una vida más cercana al Señor y esté en una comunión más frecuente con Él, exhibiendo mayor fe

Padres, oren por sus hijos para que éstos encuentren resguardo de los males del mundo, para que crezcan en fe y conocimiento, para que sean dirigidos en el camino que lleva a una vida fructífera y de bien. Maridos, oren por sus esposas, expresando al Señor el agradecimiento que sienten por ellas y rogándole a Él el bien de ellas. Esposas, oren por sus maridos. Muchos de ellos transitan un camino difícil y plagado de problemas y de grandes preocupaciones. Rueguen al Todopoderoso que guíe, bendiga, proteja e inspire los esfuerzos justos de sus maridos.

Oren por la paz en la tierra para que el Todopoderoso que gobierna el universo extienda Su mano y haga que Su Espíritu se derrame sobre los habitantes de las naciones a fin de que no estén en guerra unos con otros. Oren por el clima. En algunas partes hay inundaciones y en otras, sequía. Estoy convencido de que si se elevan suficientes oraciones a los cielos rogando que haya precipitación, por causa de los justos el Señor contestará esas oraciones.

Allá por 1969 estuve en Sudamérica. Viajé por avión de Argentina a Santiago de Chile. Los Andes estaban secos, sin nieve. El pasto se secaba. Chile atravesaba una devastadora sequía.

La gente rogaba que lloviera.

Durante mi visita, dedicamos dos edificios nuevos, y en cada servicio dedicatorio rogamos al Señor que cayera lluvia sobre la faz del país. Muchos de los que estuvieron presentes en esas reuniones me dieron testimonio de que los cielos se abrieron permitiendo que cayeran tan copiosas lluvias que la gente luego le pidió al Señor que parara de llover.

Oren para recibir sabiduría y entendimiento al seguir los difíciles senderos de sus vidas. Si tienen la determinación de obrar de manera insensata e imprudente, no creo que el Señor se lo vaya a impedir; pero si procuran obtener Su sabiduría y obrar conforme a los susurros inspirados que reciban, estoy seguro de que serán bendecidos.

Seamos un pueblo que ora. Criemos a nuestros hijos en la disciplina y amonestación del Señor (Enos 1:1). Ruego que ustedes reciban las merecidas bendiciones del cielo. En palabras de Deuteronomio: “Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma?” (Deuteronomio 10:12).

Tengan la seguridad, mis queridos hermanos y hermanas, que “Él, al cuidar de Israel, no dormita, ni duerme” (Félix Mendelssohn, Elías, traducción).

Ruego humildemente que las bendiciones de los cielos descansen sobre ustedes, expresándoles el amor que les tengo. Gracias por su gran bondad hacia mí y por su gran fidelidad y energía al llevar adelante la obra del Todopoderoso. En el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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Demos las gracias en todas las cosas

Conferencia General Abril 2003
Demos las gracias en todas las cosas
Élder Dallin H. Oaks
Del Quórum de los Doce

Cuando damos gracias por todo, vemos las dificultades y las adversidades en el contexto del propósito de la vida.

En una de las épocas de adversidad espiritual y temporal que está registrada en el Libro de Mormón, cuando el pueblo de Dios “[padecía] toda clase de aflicciones”, el Señor les mandó que “dieran gracias en todas las cosas” (Mosíah 26:38–39). Deseo ahora aplicar esa enseñanza a nuestra época.

I.

A los hijos de Dios se les ha mandado siempre dar las gracias; de ello hay ejemplos a lo largo de todo el Antiguo y el Nuevo Testamentos. El apóstol Pablo escribió: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18). El profeta Alma enseñó: “…cuando te levantes por la mañana, rebose tu corazón de gratitud a Dios” (Alma 37:37). Y en la revelación moderna, el Señor declaró que “el que reciba todas las cosas con gratitud será glorificado; y le serán añadidas las cosas de esta tierra, hasta cien tantos, sí, y más” (D. y C. 78:19).

II.

¡Hay tanto que agradecer! Lo primero y más importante, estamos agradecidos por nuestro Salvador, Jesucristo. Bajo el plan del Padre, Él creó el mundo; por medio de Sus profetas, reveló el plan de salvación con sus mandamientos y ordenanzas. Vino como ser mortal para enseñarnos y mostrarnos el camino; sufrió y pagó el precio de nuestros pecados si nos arrepentimos. Dio Su vida y conquistó la muerte, y se levantó de la tumba para que todos vivamos de nuevo. Él es la Luz y la Vida del mundo. Como el rey Benjamín enseñó: si diéramos “todas las gracias y alabanza que [nuestra] alma entera es capaz de poseer, a ese Dios que [nos] ha creado, y [nos] ha guardado y preservado, y… lo [sirviéramos] con toda [nuestra] alma, todavía [seríamos] servidores inútiles” (Mosíah 2:20–21).

Damos gracias por las verdades reveladas que proporcionan una norma con la cual sopesar todas las cosas. Tal como la Biblia enseña, el Señor nos ha concedido apóstoles y profetas “a fin de perfeccionar a los santos” (véase Efesios 4:11–12). Utilizamos la verdad revelada que ellos nos dan “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efesios 4:14). Quienes examinan cada desastre y evalúan cada nueva idea o descubrimiento comparándolos con las verdades reveladas por Dios no deben ser “fluctuantes”, sino que podrán permanecer firmes y en paz. Dios está en Sus cielos y Sus promesas son seguras. “No os turbéis”, nos dijo concerniente a las destrucciones que precederán al fin del mundo, “porque cuando todas estas cosas acontezcan, sabréis que se cumplirán las promesas que os han sido hechas” (D. y C. 45:35). ¡Qué ancla para el alma en estos tiempos turbulentos!

Damos gracias por los mandamientos. Ellos son directivas para sortear los escollos e invitaciones para recibir bendiciones. Los mandamientos señalan el sendero y nos muestran el camino que conduce a la felicidad en esta vida y a la vida eterna en el mundo venidero.

III.

En los últimos ocho meses en las Filipinas, he oído muchos testimonios de las bendiciones del Evangelio. Al hablar en la dedicación de la capilla de su barrio, un obispo filipino expresó gratitud por el mensaje del Evangelio que llegó a su vida hace unos diez años y describió cómo éste lo rescató de una vida de egoísmo, de excesos y de abusos hacia los demás, y lo convirtió en un buen esposo y padre. Él testificó de las bendiciones que ha recibido al pagar los diezmos.

Al hablar en una reunión de liderazgo, un consejero de una presidencia de estaca que es abogado y líder comunitario, dijo: “Declaro a todo el mundo sin ninguna reserva que lo más grande que me ha sucedido en la vida es convertirme en miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ello… fue un gran cambio en mi vida y en la de mi familia aun cuando pienso que hay mucho más que debo aprender y aplicar. La Iglesia es sin dudas una obra maravillosa y un prodigio”.

No tienen que viajar a las Filipinas para hallar esa clase de testimonios, ya que son evidentes en cualquier lugar en que se recibe y se vive el mensaje del Evangelio. Sin embargo, mi esposa y yo estamos profundamente agradecidos por la oportunidad de vivir y prestar servicio en las Filipinas, donde hemos conocido a miles de miembros maravillosos en un nuevo ambiente y visto el Evangelio bajo una nueva luz.

En lugares donde la Iglesia está en vías de desarrollo, aprendemos la importancia de establecer la Iglesia, no sólo enseñando y bautizando, sino reteniendo a los miembros nuevos mediante el amor, los llamamientos y las ordenaciones, y también nutriéndolos con la buena palabra de Dios. Hemos aprendido la importancia de instar a los miembros a abandonar las tradiciones culturales que sean contrarias a los mandamientos y los convenios del Evangelio, y a vivir de forma que tanto ellos como su posteridad “ya no [sean] extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:19–20). Seguir leyendo

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El matrimonio eterno

Conferenia General Abril 2003
El matrimonio eterno
Élder F. Burton Howard
De los Setenta

Si queremos que algo dure para siempre, debemos tratarlo de forma diferente… llega a ser algo especial porque en eso lo hemos convertido.

Hace algunos años, mi esposa y yo fuimos a una recepción nupcial que se llevó a cabo al aire libre. Horas antes, habíamos estado en el templo, donde la joven pareja que conocíamos se había casado por esta vida y la eternidad. Se amaban mucho y las circunstancias en las que se conocieron habían sido casi milagrosas. Se derramaron muchas lágrimas de felicidad. Al final de un día perfecto, esperábamos nuestro turno para saludar a la pareja. Delante de nosotros estaba un amigo cercano de la familia; se acercó a los recién casados y con su hermosa voz de tenor les cantó las conmovedoras palabras del libro de Rut: “…a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo…” (Rut 1:16–17).

Nos sentimos profundamente conmovidos y animados al pensar en su futura felicidad, supongo que, en parte, porque mi esposa y yo hemos tenido colgadas esas mismas palabras en la pared de nuestra casa durante muchos años.

Lamentablemente, la importancia de esas hermosas palabras está disminuyendo; hoy día demasiados matrimonios terminan en divorcio; el egoísmo, el pecado y la conveniencia personal a menudo se anteponen a los convenios y al compromiso.

El matrimonio eterno es un principio que se estableció antes de la fundación del mundo y se instituyó en esta tierra antes de que la muerte se introdujese en ella. Adán y Eva fueron dados el uno al otro por Dios en el jardín del Edén antes de la Caída. La Escritura dice: “…El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo. Varón y hembra los creó; y los bendijo…” (Génesis 5:1–2; cursiva agregada).

Los profetas han enseñado de manera uniforme que el elemento máximo y culminante del gran plan de Dios para bendecir a Sus hijos es el matrimonio eterno.

El presidente Ezra Taft Benson declaró: “La fidelidad al convenio del matrimonio trae el gozo pleno aquí en la tierra y recompensas gloriosas en el más allá” (The Teachings of Ezra Taft Benson, págs. 533–534). El presidente Howard W. Hunter describió el matrimonio celestial como la “ordenanza suprema del Evangelio”, y aclaró que aunque el lograrlo tome “más tiempo [para algunos], tal vez más allá de esta vida terrenal”, no será denegado a ninguna persona digna (Teachings of Howard W. Hunter, págs. 132, 140). El presidente Gordon B. Hinckley ha dicho que el matrimonio eterno es “una cosa maravillosa”, un “don más precioso que todos los demás” (“The Marriage That Endures”, Ensign, mayo de 1974, pág. 23). Seguir leyendo

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Sigan las instrucciones

Conferencia General Abril 2003
Sigan las instrucciones
Élder D. Rex Gerratt
De los Setenta

A medida que abran su mente y su corazón para sentir el Espíritu, el Señor, en su propio tiempo y a Su manera, les dará las instrucciones que bendecirán su vida.

Hace unos años, cuando prestaba servicio como secretario de barrio, llegaron a mi casa los materiales del barrio para el siguiente año. Entre las numerosas cajas, una dirigida al secretario del barrio captó mi atención porque tenía una etiqueta que con letras acentuadas decía: “Si hasta aquí, todas las tentativas le han fallado, ¡por favor!, siga las instrucciones”.

No creía que esa advertencia fuera genérica y estaba seguro de que alguien de las Oficinas Generales de la Iglesia me conocía personalmente.

Aunque en su momento fue cómico, la imagen de la pequeña etiqueta ha estampado su mensaje en mi mente: “Si hasta aquí, todas las tentativas le han fallado, ¡por favor!, siga las instrucciones”.

Toda persona experimenta muchos desafíos en esta vida mortal; cada cual tiene su albedrío personal para tomar decisiones que afectan su progreso. Las decisiones buenas traen las bendiciones prometidas y las decisiones malas siempre tienen consecuencias no deseadas.

La vida es incierta, es corta, nuestro tiempo es precioso; éste es el momento de prepararnos “para comparecer ante Dios” (Alma 34:32). No hay tiempo que perder con experimentos personales o con cosas que comprobadamente son perjudiciales para nuestro cuerpo y nuestra alma.

Nadie es perfecto y todos necesitamos ayuda; pero no estamos solos si somos humildes, y poseemos corazones listos para sentir y oídos prestos para oír.

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5–6).

¿Cómo recibimos instrucción?

Primero, debemos tener un deseo sincero.

Segundo, debemos tener fe y creer que el Señor nos conoce, que nos ama y que dará respuesta a nuestras oraciones.

Mientras José Smith estudiaba la Biblia, leyó en Santiago 1:5:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.

“Pero pida con fe, no dudando nada”.

José siguió las instrucciones y recibió una respuesta a su oración; nosotros también recibiremos respuestas a nuestras oraciones. Seguir leyendo

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Venzamos el hedor del pecado

Conferencia General Abril 2003
Venzamos el hedor del pecado
Élder Spencer V. Jones
De los Setenta

Nuestro amoroso Padre Celestial, conociendo… que ustedes y yo pecaríamos y nos volveríamos impuros, proveyó un proceso de purificación del pecado, el cual… sí funciona.

Toda decisión que tomamos, sea buena o mala, va acompañada de una consecuencia.

Crecí en lo que algunos de ustedes llamarían una comunidad agrícola bastante aburrida, de 135 habitantes, llamada Virden, en el estado de Nuevo México. Una noche de verano, cuando era jovencito, mis primos, unos amigos y yo buscábamos la manera de divertirnos un poco. Alguien del grupo sugirió que gastáramos una broma inocente a un vecino; mi conciencia me susurró que estaba mal, pero no tuve la valentía de resistir la entusiasmada reacción del grupo.

Después de realizar nuestra travesura, nos fuimos corriendo por el oscuro camino vecinal para escaparnos, riendo y felicitándonos. De repente, uno de los muchachos tropezó y gritó: “¡Ay, pisé un gato!”; y, casi en forma instantánea, sentimos que nos caían unas gotitas muy finas que tenían un olor terrible. Mi amigo pensó que se trataba de un gato pero había sido un zorrillo y nos había rociado en defensa propia. Muy pocos olores son tan nauseabundos como los del zorrillo y olíamos muy mal.

Desalentados, fuimos a casa en busca de un poco de consuelo de nuestros padres por nuestra triste situación. Al entrar en la cocina, mi mamá percibió el olor y nos echó al patio. Fuimos expulsados de nuestra casa. Entonces ella emprendió el proceso de limpieza; quemó nuestra ropa; parecía que la comunidad ofrecía cualquier mejunje imaginable como remedio casero para quitarnos el mal olor. Aguantamos una variedad de baños: primero, con jugo de tomate, después con leche y hasta con un áspero jabón de lejía casero, pero el hedor persistía; ni la poderosa loción de afeitar de mi padre pudo vencer el mal olor. Por varios días fuimos condenados a comer afuera debajo de un árbol, a dormir en una carpa y a viajar en la parte posterior de la camioneta. Seguir leyendo

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Una oración por los niños

Conferencia General Abril 2003

Una oración por los niños

Élder Jeffrey R. Holland
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Como padres podemos mantener la vida estable… con amor y fe, pasándola a la siguiente generación, un hijo a la vez.



Al finalizar Su primer día de enseñanza entre los nefitas fieles, el Jesús resucitado volcó Su atención a un público especial que con frecuencia se encuentra justo debajo del nivel de nuestra mirada, en ocasiones casi fuera de vista.

El registro dice: “Y aconteció que mandó que trajesen a sus niños pequeñitos…

“Y… cuando se hubieron arrodillado en el suelo… se arrodilló él mismo también… y he aquí, oró al Padre, y las cosas que oró no se pueden escribir… tan grandes y maravillosas [fueron] las cosas… que Jesús habló al Padre;
“Y aconteció que cuando Jesús hubo concluido de orar… se levantó… y… lloró… y tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo, y [de nuevo] rogó al Padre por ellos.
“Y cuando hubo hecho esto, lloró de nuevo;
“[Diciendo] a la multitud… Mirad a vuestros pequeñitos” 1 .

No podemos saber exactamente lo que el Salvador sentía en ese momento tan conmovedor, pero sabemos que estaba “turbado” y que “gimió… dentro de sí” a causa de las influencias destructoras que siempre están alrededor de los inocentes. Sabemos que sintió una gran necesidad de orar por los niños y de bendecirlos.

En tiempos como en los que vivimos, ya sea que las amenazas sean globales o locales o en las vidas personales, yo también oro por los niños. En ocasiones parece que un mar de tentaciones y transgresiones los inundan, que simplemente los arrasan antes de que puedan resistirlas con éxito, antes de que debieran enfrentarse a ellas. Y con frecuencia por lo menos algunas de las fuerzas en operación parecen estar fuera de nuestro control personal.

Puede ser que algunas de ellas estén fuera de nuestro control, pero testifico con fe en el Dios viviente que no están fuera del control de Él. Él vive y el poder del sacerdocio está trabajando en ambos lados del velo. No estamos solos y no temblamos como si estuviéramos abandonados. Al hacer nuestra parte, podemos vivir el Evangelio y defender sus principios. Podemos declarar a los demás el Camino seguro, la Verdad salvadora, la Vida de gozo 2 . Podemos arrepentirnos personalmente de lo que tengamos que arrepentirnos, y cuando hayamos hecho todo, podemos orar. Podemos ser una bendición el uno para el otro en todas estas formas, y especialmente para aquellos que necesitan más de nuestra protección: los niños. Como padres podemos mantener la vida estable de la manera en que siempre se hace: con fe, pasándola a la siguiente generación, un hijo a la vez.

Al ofrecer tal oración por los pequeños, me gustaría hablar sobre un aspecto bastante específico de su seguridad. Hablo en cuanto a esto con cuidado y con amor a cualquiera de los adultos de la Iglesia, sean padres o no, que tal vez se inclinan por el cinismo o el escepticismo, que en los asuntos de la devoción de toda el alma siempre parecen frenarse un poco, que en el campamento doctrinal de la Iglesia siempre parecen montar sus tiendas en la periferia de la fe religiosa. A todos ellos —a quienes amamos y deseamos se sientan más cómodos acampando más cerca de nosotros— les digo que estén conscientes de que el precio que se debe pagar por tal postura no siempre se paga durante su vida. No; tristemente, algunos elementos de ello pueden ser como un tipo de deuda nacional despilfarradora, en la que las cuotas saldrán de los bolsillos de sus hijos y nietos en formas mucho más caras de lo que haya sido su intención que fueran. Seguir leyendo

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