El perdón

El perdón

Como de costumbre el tren hacia su recorrido, pero esta vez fue testigo de una historia cargada de una gran emoción.

En él viajaba un joven que tenía su rostro entre las manos. Cuando se dejaba ver, se percibían las huellas de tristeza, dolor y preocupación.

Un señor mayor que estaba sentado frente a él, le pregunto cuál era el motivo de su turbación. El joven comenzó a relatarle su historia: – «En mi adolescencia, no repare en los consejos de mi madre y en una de mis andanzas, maté a una persona. Fui juzgado y condenado a diez años de prisión, cumplí la sentencia en una cárcel lejos de mi casa. Nadie me visito, ni me escribió durante ese tiempo y todas las cartas que envié no tuvieron respuestas.

Unos meses atrás, cuando supe que me iban a liberar le escribí a mi madre una carta pidiéndole perdón por no haber tenido en cuenta sus consejos, y le comuniqué que en pocos meses saldría en libertad, que deseaba regresar a casa, además quería saber si ella me perdonaría.

Continuó diciendo: – No sé si me estarás esperando, pero si lo vas hacer te pido que me des una señal. ¿Te acuerdas del naranjo que está en la estación de trenes? Si me has perdonado y aceptas que regrese a casa, pon una cinta amarilla en ese árbol, cuando esté llegando, si la veo, me bajaré, de lo contrario seguiré de largo.

Mientras tanto el tren se acercaba a la estación en la que debería bajar. El joven con mucho temor le pidió a su compañero de viaje, que mirara por él, mientras se tapaba su rostro.

El tren comenzó a disminuir su marcha, cuando de repente, el señor que estaba mirando por la ventanilla, gritó lleno de alegría: — ¡Mira, mira…! Alzando los ojos surcados por las lágrimas, el joven no podía creer lo que estaba viendo, contempló el espectáculo más hermoso que podían ver sus ojos. El naranjo no tenía una cinta amarilla, tenía cientos y no solo eso, todos los árboles del pueblo estaban colmados de cintas amarillas. No solo su madre, sino sus amigos y conocidos le querían demostrar que lo habían perdonado. Cientos de personas le dieron una cariñosa bienvenida.

Quiero que sepas que hay una persona llamada Jesús, que como la madre y los amigos del joven de la historia, puede perdonarte hasta el acto más aberrante que hayas cometido. Muchas veces escuchamos decir a las personas, —«No tiene perdón de Dios»— Sí… claro que lo tiene. Hasta el personaje más siniestro que el mundo haya conocido puede alcanzar el perdón de Dios. ¡Quita esta mentira de tu mente, solo debes arrepentirte y recibirás Su misericordia!

Te parecerá extraño, pero así es el Señor. ¿Sabes por qué? Porque Él es amor, y nos ama a pesar de lo miserable que podemos ser. Su misericordia… es infinita…

«El joven de la historia tenía miedo de no ser perdonado, por eso pidió una señal. Cuando pidas perdón a Dios, jamás tengas temor, antes de que tú se lo pidas, todos los árboles del cielo, ya están repletos de cintas amarillas»

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Apacentemos el rebaño de Cristo

Conferencia General Abril 1992
Apacentemos el rebaño de Cristo
Elder Alexander B. Morrison
De los Setenta

Alexander B. Morrison«Los siervos fieles nutren concentrando sus esfuerzos en los personas, individualmente. Dios ama a cada uno de nosotros, en forma individual.»

Una de las tragedias continuas de la sociedad nefita fue su incapacidad de mantener la fortaleza espiritual por medio de un constante cultivo del espíritu. A medida que la fortaleza empezó a disminuir, rápidamente comenzaron a sentirse los efectos de la falta de alimento espiritual. En el libro de Mosíah leemos que durante un período en que hubo relativa fortaleza espiritual, «otra vez empezó a haber mucha paz en el país… Y el Señor los visitó y los hizo prosperar (Mosíah 27:6-7).

Sin embargo, sólo unos pocos años más tarde la Iglesia estaba llena de iniquidad. En el capítulo 4 de Alma leemos:

«Y así, en este octavo año del gobierno de los jueces, empezó a haber grandes contenciones entre los de la iglesia; si, había envidias y contiendas, malicia, persecución y orgullo, aun en exceso del orgullo de aquellos que no pertenecían a la iglesia de Dios.

«…y la iniquidad de los de la iglesia fue un gran tropiezo para los que no pertenecían a ella; y así la iglesia empezó a disminuir en su progreso» (Alma 4:9-10).

La lección que aprendemos con esto es clara: si no recibimos en forma constante el alimento espiritual que necesitamos a diario, pronto, tanto la sociedad como sus miembros individualmente, estaremos en terribles dificultades, privados de la protección de Dios y apartados de las influencias sanadoras del Espíritu. Al igual que aquellos que, con el cuerpo debilitado por la falta de nutrición, pueden contaminarse rápidamente con enfermedades infecciosas, si nos debilitamos espiritualmente seremos presa fácil del adversario y de sus legiones de embaucadores y demonios.

¿Cuál es, entonces, la fuente de la nutrición espiritual que necesitamos? ¿Dónde la encontraremos? Como siempre, Jesús nos da la respuesta. A la mujer samaritana le dijo en el pozo de Jacob: «…el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna» (Juan 4: 14).

La mujer, sorprendida y sin entender el significado de las palabras del Maestro, y no sabiendo quien era El, exclamó: «Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando cl venga nos. declarara todas las cosas» (Juan 4:25). Entonces Jesús le dijo, con palabras tan serenamente seguras y potentes que todavía resuenan en nuestros oídos dos mil años más tarde: «Yo soy, el que habla contigo» (Juan 4:26; cursiva agregada).

Jesús es, por lo tanto, el agua viva que necesitamos para nutrir constantemente nuestro espíritu.

La condición del Señor como fuente del sustento espiritual que es esencial para nosotros se ilustra más adelante en Su glorioso sermón ante la multitud reunida en Capernaum, según se describe en el sexto capítulo de Juan: «Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mi viene, nunca tendrá hambre; y el que en mi cree, no tendrá sed jamás» (Juan 6:35). Seguir leyendo

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Como Conservar la Libertad

Revista de la Soc. Soc. Agosto 1966
Como Conservar la Libertad
Por élder Bruce R. McConkie
Del Primer Consejo de los Setenta

élder Bruce R. McConkie“¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado?”

De tal manera habló Pablo al centurión mientras los soldados ataban al apóstol con correas y le preparaban para el látigo del verdugo.

Entonces el centurión dijo al tribuno, “¿Qué vas a hacer? Porque este hombre es ciudadano romano”.

¿Eres tú ciudadano romano?”, preguntó el tribuno a Pablo.

“Si”, respondió el apóstol.

“Yo con una gran suma adquirí esta ciudadanía”, dijo el tribuno.

Entonces Pablo dijo: “Pero yo lo soy de nacimiento”. (Hechos 2:25-28).

¡Nacer libre! ¡Nacer en la libertad! ¡Nacer para ser libre! ¡Pablo, un romano, nació heredero de la libertad de un ciudadano romano, reclamando sus derechos y privilegios bajo la ley¡ !El tribuno envidioso de no haber gozado siempre de esa bendición, se regocijaba aún de haber sido admitido como ciudadano del imperio, dándole derecho también de disfrutar de sus leyes y de la libertad de su sistema de vida establecido!

Cuán semejante a este ejemplo es la situación de los ciudadanos del reino terrenal de Dios, algunos nacidos dentro de la Iglesia, otros adoptados por medio de las purificantes aguas del bautismo, pero todos herederos de la libertad; su evangelio es la ley de la libertad; y mediante el liberal ejercicio de este don divinamente concedido a los santos, éstos heredan las bendiciones de su reino.

En la existencia preterrenal, todos los hijos espirituales de Dios estaban investidos con el libre albedrío, la libertad de elegir, la cual si es empleada sabiamente, les permitiría progresar y llegar a ser como su Padre.

Cuando el Padre presentó su plan de salvación a sus hijos espirituales, les preguntó “¿A quién enviaré para que sea mi hijo, el que por medio de su ministerio e infinita expiación impondrá las condiciones y obligaciones del plan de salvación?”

Hubo dos voluntarios. Jesús, el Unigénito, se le acercó y con gozosa intención dijo: “Heme aquí, envíame. Seré tu hijo, Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre”. Pero Lucifer, el hijo de la mañana, “intentó destruir el albedrío del hombre” propuso: “Heme aquí envíame. Seré tu hijo y rescataré a todo el género humano, de modo que no se perderá una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra”.

Por consiguiente el Señor dijo, “Enviaré al primero”; Lucifer se rebeló; “hubo una gran batalla en el cielo”; y aquellos espíritus que temieron las pruebas y aflicciones del libre albedrío establecido en la vida mortal, fueron arrojados de los cielos. Y aquí en la tierra continuaron la batalla contra la libertad, la guerra cuyo propósito es “destruir el albedrío del hombre”, la guerra contra aquellos que “guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo.” (Moisés 4: 1-4; Abraham 3: 22-28; Apocalipsis 12: 7-17). Seguir leyendo

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El ser padres es un deber sagrado

El ser padres es un deber sagradoRelief Society seal

Estudie este material con espíritu de oración y busque inspiración para saber lo que debe compartir. ¿De qué manera el entender el documento “La Familia: Una Proclamación para el Mundo” aumentará su fe en Dios y bendecirá a las hermanas que están bajo su cuidado en el programa de maestras visitantes? Si desea más información, visite reliefsociety.lds.org.

family sitting around the table

Nuestro Padre Celestial estableció familias para ayudarnos a enseñar principios correctos en un ambiente de amor. El presidente Thomas S. Monson dijo: “Haz un cumplido a tu hijo y dale un abrazo; dile: ‘te quiero’ más a menudo; siempre da las gracias. Nunca permitas que el problema que se deba resolver sea más importante que la persona a quien amar”1.

Susan W. Tanner, expresidenta General de las Mujeres Jóvenes, enseñó: “Nuestro Padre Celestial ejemplifica el modelo que debemos seguir; Él nos ama, nos enseña, es paciente con nosotros y nos confía nuestro albedrío… A veces, la disciplina (que significa enseñar) se confunde con la crítica. Los niños (así como las personas de todas las edades) mejoran su conducta con el amor y el aliento en vez de la crítica”2.

“… si fielmente llevamos a cabo la oración familiar, el estudio de las Escrituras, la noche de hogar, damos bendiciones del sacerdocio y guardamos el día de reposo”, dijo el élder Quentin L. Cook, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “nuestros hijos… estarán preparados para un hogar eterno en el cielo, sin importar lo que les suceda en un mundo difícil”3.

Escrituras adicionales

1 Nefi 8:37; 3 Nefi 22:13; Doctrina y Convenios 93:40; 121:41

Relatos de la vida real

“… estaba leyendo el periódico cuando uno de mis nietecitos se acurrucó a mi lado”, dijo el élder Robert D. Hales, del Cuórum de los Doce Apóstoles. “Mientras leía, me dio gusto escuchar su dulce voz charlar en el fondo. Imagínense mi sorpresa cuando, unos momentos después, se puso entre el periódico y yo, me tomó de la cara y con la nariz puesta contra la mía me preguntó: ‘¡Abuelo! ¿Estás ahí?’…

“Estar ahí significa comprender el corazón de los jóvenes y conectarse con ellos; y conectarse con ellos significa, no solo conversar con ellos, sino también hacer cosas juntos…

“Debemos planificar y aprovechar momentos de enseñanza…

“Cuanto más vivo, más reconozco que los momentos de enseñanza de mi juventud, especialmente los que tuve con mis padres, han moldeado mi vida y me han hecho quien soy”4.

Considere lo siguiente

¿Por qué se enseña mejor el Evangelio mediante el lenguaje y el ejemplo de amor?

Notas

  1. Presidente Thomas S. Monson, “Amor en el hogar: Consejo de nuestro Profeta”, Liahona, agosto de 2011, pág. 4.
  2. Susan W. Tanner, “¿Te dije…?”, Liahona, mayo de 2003, pág. 74.
  3. Quentin L. Cook, “Jesús es mi luz”, Liahona, mayo de 2015, pág. 64.
  4. Robert D. Hales, “Nuestro deber a Dios: La misión de padres y líderes para con la nueva generación”, Liahona, mayo de 2010, págs. 96, 95.
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El canto de la hermana Mabel

Septiembre 2016
El canto Mabdele la hermana
Por R. Val Johnson

La pasión de la hermana Mabel por el canto era fastidiosamente desbordante.

Sister Mabel

Mi mejor amigo me dio un codazo en el costado para que dejara de reírme; después de todo, estábamos en la reunión sacramental, cantando el himno sacramental.

Pero era difícil no reírse, y a Pat le estaba costando tanto como a mí.

Teníamos quince años y lo sabíamos todo; sabíamos que todos los miembros de nuestro barrio tenían que ser perfectos… pero no lo eran; sabíamos que los discursos de la reunión sacramental tenían que ser inspiradores… pero la mayoría eran aburridos; y sabíamos que la peor cantante del mundo se sentaba entre nosotros, arruinando los himnos que se suponía debían dirigir nuestros pensamientos hacia los cielos… pero que por lo general los dirigían hacia el lado opuesto.

Solo podíamos taparnos los oídos y retorcernos de dolor. De vez en cuando, la risa parecía ayudar.

No estábamos seguros si la hermana Mabel (que era su nombre de pila y el único que recuerdo que todos usaran para referirse a ella) sabía que era un suplicio oírla cantar y le daba igual, o si era totalmente ajena al efecto que su modo de cantar tenía en el resto de nosotros. Es muy probable que nadie hubiera tratado el tema con ella nunca. Aunque de edad avanzada, era una mujer imponente; no por su tamaño, sino por su energía. Todo lo que hacía era lleno de vigor y ruidoso, especialmente su canto.

Su pasión por el canto hallaba expresión no solo en la congregación, sino también en el coro de nuestro barrio, donde su entusiasmo se desbordaba. Aunque no recuerdo que refrenara su canto en la congregación, en el coro le daba rienda suelta, elevándose hacia alturas y profundidades que dudo que ninguna diva del mundo haya alcanzado jamás… o que haya deseado hacerlo.

Bueno, eso fue hace mucho tiempo; en los años que han pasado desde entonces, la hermana Mabel ha fallecido. Pat y yo hemos seguido cada uno nuestro camino y, al menos yo, he descubierto que a los quince años no sabía tanto como creía. Creo que he aprendido varias cosas sobre la vida —y sobre el canto— a lo largo de los últimos cincuenta años.

He aprendido que la vida se debe vivir con pasión y energía; cada minuto es un tesoro, y una vez que pasa, se va para siempre y solo queda débilmente reflejado en la memoria. He aprendido que cuando se va a prestar servicio a otras personas, o a adorar al Señor, la manera más feliz y eficaz de hacerlo es con todo el gozo y la energía que uno tenga.

He aprendido que ninguna persona de este lado del velo es perfecta. Todo lo que el Señor nos pide es nuestro corazón, alma, mente y fuerza, al grado que podamos ofrecerlos. Él acepta nuestras desbordantes ofrendas, por imperfectas que sean, como la medida plena de nuestra devoción.

Es irónico, supongo, que haya descubierto también que no canto mejor de lo que cantaba la hermana Mabel. Espero que los miembros de mi barrio tengan más caridad hacia mí de la que yo tuve hacia ella. Si aún estuviera aquí, la invitaría a que cantara para mí; añoro su voz angelical.

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Fe, justicia y libertad religiosa

Septiembre 2016
Fe, justicia y libertad religiosa
Por el élder Ronald A. Rasband
Del Cuórum de los Doce Apóstoles

Ronald A. RasbandTomado del discurso “Religious Freedom and Fairness for All”, pronunciado en la Universidad Brigham Young, el 15 de septiembre de 2015. Para leer el discurso completo en inglés, vaya a speeches.byu.edu.Escuchar

Al aceptar la invitación de tratar a los demás con espíritu de justicia, sentirán que aumenta el amor del Salvador por ustedes y por todos los hijos del Padre Celestial.

faith and fairness

Sospecho que para algunos de ustedes quizás la frase “libertad religiosa” se interprete más como “libertad para discriminar”. Deseo hablarles sobre ese punto de vista y ayudarlos a comprender lo que quiere decir la Iglesia cuando habla de libertad religiosa y por qué es de importancia vital para su futuro y para La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. También mencionaré ciertas dudas y malentendidos que algunos de ustedes pudieran tener en lo que se refiere a la libertad religiosa.

Tal vez algunos tengan dificultad para comprender la función que tiene la religión en la sociedad, la política y las cuestiones civiles. Puede que algunos se pregunten incluso por qué hay grupos religiosos que toman parte en la política, y a menudo hasta desconfíen de las intenciones de las personas religiosas cuando lo hacen. La voz colectiva de los grupos que consideran que la religión no debería desempeñar un papel en la deliberación política se ha acrecentado en los últimos años.

La oportunidad de participar en el proceso político es un privilegio que se da al pueblo en la mayoría de las naciones. Las leyes y la legislación tienen una función educativa importante en la formación de la cultura social y moral. Es preciso que todo miembro de la sociedad tome parte activa en el diálogo cívico que contribuye a establecer leyes y legislación que sean justas para todos.

Libertad para todos

¿A qué nos referimos cuando hablamos de libertad religiosa? Les contaré las historias de dos personas y, mientras lo hago, quiero que piensen en cómo se sentirían si fueran una de ellas.

La primera es sobre alguien a quien llamaré Ethan. Ethan acababa de comenzar a trabajar en una carrera que siempre había deseado tener y quería causar una buena impresión. Llegaba temprano y se quedaba hasta tarde trabajando; tomaba trabajos extras y su labor era excelente; muchos de sus colegas lo apreciaban y él disfrutaba mucho de su empleo. Un día en que almorzaba con dos compañeros, se sintió suficientemente cómodo con ellos para decirles que era homosexual. Se produjo un silencio incómodo porque ninguno de ellos supo cómo responder; Ethan quedó desilusionado ante la fría actitud de sus colegas y se sintió herido y rechazado.

Después de aquel almuerzo, la situación en la oficina se volvió cada vez más incómoda para él; empezó a sentirse vulnerable y menos apreciado, se encontró excluido de grandes proyectos y de reuniones sociales después del trabajo, y su rendimiento laboral sufrió porque sentía que no encajaba y que no lo querían allí. Después de unos meses, lo despidieron, porque su jefe consideró que su rendimiento no era bueno. A pesar de todas las afirmaciones al contrario, Ethan sabía que lo habían despedido por ser homosexual. Seguir leyendo

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Elegir vivir: Cómo vencer los pensamientos suicidas

Septiembre 2016
Elegir vivir: Cómo vencer los pensamientos suicidas
Nombre omitido

La Luz del Mundo me ayudó a superar las tinieblas de mi depresión estacional.

woman sitting in the grassMi lucha con pensamientos suicidas comenzó poco después de haberme mudado a una fría ciudad de Islandia, donde la falta de luz solar durante el invierno me provocó un serio trastorno afectivo estacional. Cuando mi angustia se hizo tan intensa que no podía soportarla, empecé a pensar en el suicidio.

Durante el primer año no aceptaba el hecho de estar deprimida; tenía miedo de contarle a alguien, incluso a mi esposo, los pensamientos que tenía. Nadie de mi familia ni de la Iglesia sabía que sufría una enfermedad que podía poner en riesgo mi vida; me veían como miembro activa de la Iglesia, con un testimonio ferviente y sin mayores dificultades que enfrentar. Oraba a menudo, suplicando alivio, y el Padre Celestial me fortalecía. Empecé a tener más cuidado con mi alimentación, hacía ejercicio a menudo, me sumergía en las Escrituras, prestaba servicio a los demás y obedecía todos los mandamientos; pero eso no era suficiente.

La depresión irrumpía en mí como una ola gigantesca; así que me esforzaba más y oraba con mayor devoción, pero no siempre podía huir de la ola. Nadaba contra la corriente, orando para sobrevivir hasta que mis hijos volvieran de la escuela o hasta la hora del almuerzo. Algunos días vivía minuto a minuto, empleando toda mi fuerza de voluntad para vencer mis pensamientos e impulsos.

Recuerdo haber sentido una intensa aflicción mental la primera vez que estuve a punto de cometer suicidio. No lo había planeado ni pensado con anticipación, sino que, por un tiempo, perdí la capacidad de pensar con lógica. Después, me di cuenta lo cerca que había estado de quitarme la vida; no podía comprender qué me pasaba. Me dije a mí misma que no debía tener pensamientos suicidas, hice de cuenta que no los había tenido y me convencí de que nunca volvería a tenerlos.

Pero la idea del suicidio me volvía a la mente cuando menos lo esperaba, y era muy fuerte la tentación de poner fin a aquel insoportable sufrimiento; sin embargo, deseaba curarme. Aunque entonces no entendía que sufría una enfermedad seria (que es grave y súbita), sabía que podía ser sanada; de manera que pedí una bendición del sacerdocio.

Mi esposo, sin saber de mi lucha, me dijo en la bendición muchas cosas que me hicieron comprender que el Padre Celestial estaba al tanto de lo que me pasaba; y me prometió que podría resolver mis dificultades. La solución no fue una curación inmediata, pero acepté el hecho de que el Padre Celestial me iba a ayudar a superar el problema.

Llegó el verano, lleno de sol y con días largos; nunca estaba oscuro, ni siquiera a la medianoche, y yo estaba contenta y sentía que había vuelto a la normalidad. No obstante, al acortarse rápidamente los días en septiembre, volvió la depresión y los pensamientos suicidas se infiltraron otra vez en mi mente. Me asusté mucho. Al principio, traté de hacer lo que había hecho el año anterior: orar más, hacer más ejercicio y esforzarme más en todo; pero los pensamientos suicidas se hicieron más fuertes y más serios. Sostuve esa lucha durante dos meses y finalmente me di cuenta de que no podría sobrevivir otro invierno por mis propios medios; comprendí que el Padre Celestial nos ha bendecido con la medicina moderna y los médicos y que, para recuperarme, era necesario que estuviera dispuesta a hablar abiertamente de mi depresión y consultar con un médico.

Pedir ayuda fue lo más difícil que he hecho en mi vida. Apenas podía hablar ahogada por las lágrimas cuando le expliqué a mi esposo lo de mi depresión y le dije que necesitaba ayuda; tampoco pude pronunciar la palabra suicidio en voz alta. Mi esposo me consiguió una cita con un psiquiatra.

El médico me recetó un medicamento que me ayudó a pasar el invierno. Como muchas otras personas, me resultó difícil dar con la dosis adecuada y soportar los efectos secundarios; eso ocasionó más tensión en mi matrimonio y en la familia, pero mi esposo y mis hijos me apoyaron.

Cuando llegó la primavera, la depresión profunda se me pasó y no fue necesario tomar más la medicina. Nos mudamos a una ciudad soleada, con lo cual pensé que ya estaba bien y que mi enfermedad mental había quedado atrás; pero no estaba completamente curada. Surgieron en mí sentimientos de culpa por los pensamientos, sentimientos e impulsos que había tenido; me fastidiaba el hecho de que mis hijos adolescentes se hubieran dado cuenta de mi tendencia suicida y, además, sentía que había desperdiciado más de un año de mi vida. Seguir leyendo

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Congregados en mi nombre

Septiembre 2016
“Congregados en mi nombre”
Por Jakob R. Jones
El autor vive en California, EE. UU.

El Señor ha designado los consejos de barrio y de rama para ayudarnos a ministrar en amor y unidad.

No hace mucho asistí a la noche de hogar de una familia a la que quiero mucho: un marido joven, su esposa y su pequeña hija. Ya que era su obispo, había ido a su hogar obedeciendo en parte una impresión del Espíritu, y en gran parte la inspiración de la madre y de la hermana de ese joven padre que se sentían preocupadas y que también estaban presentes. El Señor había estado obrando con esa familia para realizar grandes cambios en la vida de ellos y traerlos de regreso a las bendiciones del Evangelio y de la Iglesia; pero algo había sucedido ese día.

Durante meses, ese joven padre había estado sumamente preocupado por proveer de lo necesario para su familia. En poco tiempo se quedaría sin empleo, y él y su esposa estaban tratando de decidir si debían mudarse con la familia a otro estado, lo que significaría grandes cambios para la familia. Ese mismo día, el padre se había enterado de que no recibirían la ayuda financiera que habían esperado con gran anhelo; fueron noticias devastadoras.

Cuando llegué a su apartamento, me percaté del profundo desaliento que denotaba su rostro. La responsabilidad de proveer para una familia y las noticias desalentadoras recaían pesadamente sobre los hombros de ese joven padre.

Para la lección, su esposa había elegido un capítulo de las Escrituras que los ayudara con las preocupaciones por sentirse abrumados. El padre leyó el capítulo entero. Quizás reconozcan estas palabras de Isaías 55:

“Oh los sedientos, ¡venid a las aguas! Y los que no tienen dinero, ¡venid, comprad y comed! Venid, comprad sin dinero y sin precio…

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová” (Isaías 55:1, 8).

Luego, la familia habló sobre lo que esos versículos significaban para ellos. El Espíritu del Señor llenó ese pequeño apartamento a medida que esa noche de hogar se convirtió en un consejo familiar. Ese joven padre habló de sus temores, preocupaciones y deseos, y todos manifestaron el amor y la preocupación que sentían el uno por el otro. Hablaron acerca de qué hacer, qué opciones tenían y qué medidas tomar.

Fue una conversación muy abierta y hubo algunos desacuerdos, pero sentí la impresión de simplemente escuchar y observar. Por último, el esposo y la esposa, unidos, decidieron que tomarían la decisión con la ayuda del Señor por medio de la oración, tras lo cual brindé palabras de apoyo y aliento.

El modelo de revelación del Señor

Son pocas las veces que puedo recordar en las que haya reconocido el Espíritu del Señor con más fuerza que en ese pequeño apartamento aquella noche con aquella familia humilde que estaba pasando por dificultades. Fue el cumplimiento de la promesa que el Señor dio a Sus discípulos hace mucho tiempo: “Donde estén dos o tres congregados en mi nombre, respecto de una cosa, he aquí, allí estaré yo en medio de ellos, así como estoy yo en medio de vosotros” (D. y C. 6:32).

hands on head
Esas palabras del Salvador no son solo un buen consejo o simples palabras de consuelo. Para el joven profeta José Smith y para Oliver Cowdery, esas palabras del Salvador presentan la doctrina y el modelo para obtener revelación y orientación y para tomar decisiones en el Reino de Dios. Seguir leyendo

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Seguir adelante durante los períodos de estancamiento

Septiembre 2016
Seguir adelante durante los períodos de estancamiento
Christopher Drake
California, EE. UU.

Las actividades al aire libre como el senderismo, el ciclismo y el esquí son una parte importante de mi vida. Recientemente, se me ocurrió lo mucho que se asemeja nuestro tiempo en la tierra al tiempo que dedico a la aptitud física al aire libre. Tengo la tendencia a centrarme en mejorar mi resistencia y destrezas en una actividad durante un tiempo o temporada; luego, según mi elección, oportunidad o invitación, cambio a otra. Sin embargo, no importa la buena condición física y la confianza que tenga en cierto tipo de actividad, al cambiar a una nueva, me encuentro sin aliento, no alcanzo la meta y me duelen músculos que “jamás había sentido antes”. Entonces me acostumbro al nuevo tipo de adiestramiento y recupero la resistencia y las destrezas necesarias.

Del mismo modo, en la vida tendemos a concentrarnos en ciertos hábitos; nos sentimos cómodos en nuestro entorno y luego, ya sea por elección, al azar o por invitación, nuestro período de comodidad y reposo se convierte en un período de desafíos y oportunidades para progresar.

El hacer frente a desafíos de la vida puede ser una tarea sobrecogedora. Nefi nos alienta a “seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna” (2 Nefi 31:20).

De vez en cuando, me pregunto lo lindo que podría haber sido permanecer indefinidamente en la existencia preterrenal, escuchando al Padre Celestial decirnos simplemente en cuanto a Su gran plan de felicidad. Sin embargo, nuestro progreso requería un “aula” —la tierra— donde pudiésemos experimentar la mortalidad por nosotros mismos.

A través de los años, al haber testificado de la veracidad y la necesidad del plan del Padre Celestial, las nuevas oportunidades y experiencias, a veces dolorosas, han grabado esa enseñanza en mi alma. Parece que aprendemos las verdades del Evangelio un poco cada vez, volviendo a tratar los mismos temas una y otra vez. A veces me pregunto: “¿Cuánto más es necesario aprender?”; o, como en la preparación física: “¿Cuántos otros grupos de músculos es necesario adiestrar?”.

No obstante, así como las estaciones de la vida cambian y los desafíos varían, sé que el Señor me proporcionará las experiencias que necesito; y a medida que siga adelante, aprenderé a ser más como Él y a regresar a Su presencia.

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Esta vez actué

Septiembre 2016
Esta vez actué
Teresa Weaver
Texas, EE. UU.

woman with car seat

Ajusté el cinturón de mi hija en su gastado asiento de seguridad para niños. Teníamos un presupuesto muy limitado, por lo que me sentía agradecida que hacía poco me habían obsequiado ese asiento usado, el cual le servía de asiento elevador, ya que mi hija ya no cabía en su asiento de seguridad anterior. Estaba entusiasmada por salir a hacer diligencias ese hermoso día.

Llegamos a la biblioteca, nuestra primera parada. Al desabrochar a mi hija, observé a una joven mujer hispana cuyo auto estaba estacionado junto a nosotros. Su bebé, incapaz de mantenerse sentado por sí mismo, estaba directamente sobre el asiento de atrás, encorvado y hecho una bolita. La joven madre se esforzaba por ajustar el cinturón de seguridad lo suficientemente apretado para el pequeño cuerpecito. Se me ocurrieron dos cosas.

“No tiene asiento para su bebé; yo podría darle el mío”.

Pero luego me convencí a mí misma de lo contrario.

“Probablemente no habla inglés; quizás la ofendería; mi asiento de seguridad para niños está muy desgastado; a lo mejor no lo va a querer; y si lo quiere, ¿cómo consigo otro?”.

Así que no hice nada.

Ella se subió al asiento del conductor de su auto y se marchó.

Antes de llegar a las puertas de la biblioteca, me llené de remordimiento. Sabía que había tomado la decisión equivocada y no había manera de dar marcha atrás.

Intenté abrir las puertas, pero no pude; la biblioteca todavía no estaba abierta. Me pasé el resto del tiempo que estuve haciendo diligencias recordando una y otra vez la escena, atormentada por el hecho de no haber hecho nada.

Después de terminar mi última diligencia, decidí ir nuevamente a la biblioteca. Me estacioné en el mismo lugar que antes y para mi sorpresa, vi a la misma mamá e hijo estacionados nuevamente junto a mí. Sentí un gran alivio en el corazón.

Esta vez actué sin vacilar. Desabroché el asiento para niños de mi hija y me acerqué a la joven madre. Ella no hablaba inglés, pero con gestos, señalé a su bebé, el asiento de seguridad y su auto, y entre las dos colocamos y abrochamos el asiento en su auto. Al mostrarle la manera de utilizarlo, me di cuenta de que ya sabía la única palabra en español que necesitaba saber: “gracias”.

Mi corazón rebosaba de gratitud hacia un misericordioso Padre Celestial que me dio una segunda oportunidad de ayudar a una hermana necesitada.

Agregué una última diligencia a mi lista: una tienda de artículos de segunda mano que quedaba cerca. Le ajusté el cinturón de seguridad a mi hija y me dirigí con cuidado a la tienda. En la esquina al fondo de la tienda, allí en el piso, había un asiento de seguridad para niños idéntico al que yo acababa de regalar e igual de gastado. Lo compré, maravillada y llena de humildad por la secuencia de acontecimientos de esa mañana.

Mediante la enseñanza sutil pero eficaz del Salvador, la lección quedó sembrada en lo profundo de mi corazón: sigue las impresiones del Espíritu Santo, la primera vez.

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Mi investigador desapercibido

Septiembre 2016
Mi investigador desapercibido
Diane Mitchell Call
Arizona, EE. UU.

dad painting the house

Fui bendecida con padres fabulosos. Mi madre era miembro de la Iglesia, y aunque mi padre no lo era, nos apoyaba en lo referente a las actividades de la Iglesia. Desde la infancia yo pedía diariamente en oración que mi padre se uniera a la Iglesia.

Cuando recibí la bendición patriarcal a los dieciséis años, se me prometió que sería una influencia en ayudar a mi padre a unirse a la Iglesia. Yo le hablaba de las cosas que aprendía en Seminario y sobre los pasajes de las Escrituras que indican que era necesario ser bautizado y confirmado para entrar en el Reino de Dios (véase Juan 3:5). Con lágrimas en los ojos, le hablé sobre las bendiciones del templo que harían posible que estuviéramos juntos para siempre.

Yo asistía a un pequeño colegio en el estado de Arizona, EE. UU. Tenía muy buenos amigos en la escuela secundaria aun cuando yo era la única miembro de la Iglesia de mi clase. En ese tiempo, el presidente David O. McKay (1873–1970) era el profeta, y a menudo escuchábamos su consejo de que “todo miembro [debe ser] un misionero” (véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: David O. McKay, 2004, capítulo 6). Un verano, mi hermana Marilyn y yo invitamos a algunas amigas a recibir las lecciones de los misioneros. Tomaron dos lecciones, pero después ya no se interesaron. Nos sentimos decepcionadas, pero no dejamos de ser amigas.

Al final de ese verano me fui a otra ciudad a estudiar en la universidad, y durante el semestre de primavera recibí una carta de mi papá. Me escribió: “Ha sido el privilegio más grande que he tenido el ser el jefe de una familia de hijas maravillosas. Gracias al testimonio tan fuerte que ustedes tienen del Evangelio, a las reuniones que tuvieron con otras jóvenes el verano pasado y al interés que mostraron por ellas, realmente comencé a interesarme en la Iglesia. Mientras estaba afuera de la casa pintando, y ustedes y sus amigas estaban adentro en esas charlas, me convencí de que había sido un observador suficiente tiempo. Le he dado gracias a mi Padre Celestial muchas veces por tu mamá, por el hecho de que se crió en la Iglesia y por la forma en que las ha criado a ustedes”.

Al poco tiempo mi papá se bautizó, y un año después nuestra familia fue sellada por esta vida y por la eternidad en el Templo de Mesa, Arizona.

Aun cuando ninguna de nuestras amigas se unió a la Iglesia, la persona más importante de nuestra vida sí lo hizo. Nunca sabemos en qué forma seremos bendecidos cuando seguimos el consejo del profeta.

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Fortalecidos por la palabra de Dios

Septiembre 2016
Fortalecidos por la palabra de Dios
Por el élder Yoon Hwan Choi
De los Setenta

Yoon Hwan ChoiCuando aprendí la manera de poner en práctica las palabras de los profetas, cambié mi vida de lo que quería ser a lo que el Señor quería que yo fuera.

Durante mi adolescencia en Corea, mi padre permitía que sus hijos asistiéramos a la iglesia de nuestra elección; pero a menudo durante la cena mostrábamos nuestro desacuerdo con respecto a nuestras diversas creencias religiosas. A causa de esa contención, mi padre quiso unificar las creencias religiosas de la familia. Como mi hermano menor iba a las reuniones de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días con mi tío, mi padre empezó a asistir con ellos para aprender más acerca de la Iglesia. Yo también fui y me impresionaron las actividades divertidas de la Mutual y la forma en que el programa de Seminario fortalecía espiritualmente a los jóvenes.

scripturesCuando tenía dieciséis años, mis padres y yo nos bautizamos; y el resto de mis veintitrés familiares y parientes se unieron a la Iglesia en los siete meses siguientes.

Al unirnos a la Iglesia, nos comprometimos a estar plenamente activos y a seguir aprendiendo las doctrinas del Evangelio, lo cual hicimos por medio del estudio diario y fiel de las Escrituras y de muchos otros libros y manuales de la Iglesia. Durante los años siguientes, aprendí dos principios importantes acerca de cómo mantenerse fuertes en la Iglesia:

1. Estudiar las Escrituras en Seminario, en la Iglesia y en el hogar.
2. Escuchar y obedecer el consejo del Profeta.

Fortaleza en las Escrituras

young man reading the scriptures
Además de estudiar las Escrituras en casa, mi hermano y yo asistíamos fielmente a Seminario y a la Mutual. En aquella época, se llevaba a cabo la Escuela Dominical por la mañana y la reunión sacramental hacia el final de la tarde. Debido a la distancia que había hasta el centro de reuniones, nos quedábamos en el edificio de la Iglesia, asistíamos a la clase de Seminario y disfrutábamos de la conversación y la compañía de otros miembros de la Iglesia hasta después de la reunión sacramental. Por aquel entonces se bautizaban muchos jóvenes en Corea, y a medida que aprendíamos juntos y nos divertíamos en las actividades, llegamos a ser muy unidos.

Fui llamado a servir en mi cuórum del Sacerdocio Aarónico y trabajé de cerca con las jovencitas que servían en sus clases. Aprendimos a cuidar a aquellos a los que guiábamos y a orar por ellos, así como a planificar actividades juntos y a utilizar nuestro tiempo con prudencia.

Durante la semana estudiaba las Escrituras de Seminario antes de hacer las tareas de la escuela. Cuando estaba demasiado cansado para hacer las tareas, o si tenía dificultades en la escuela, abría el manual de Seminario, estudiaba y oraba. Aprendí que cuando hacía eso, podía renovar la mente y me centraba mejor en mis tareas. Todavía lo llevo a la práctica en mi vida. Hoy, siempre que tengo un mal momento, aún leo las Escrituras o discursos de la conferencia general para refrescar la mente. Seguir leyendo

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Mandamientos = Amor

Septiembre 2016
Mandamientos = Amor
Por Charlotte Larcabal
Revistas de la Iglesia

¿Qué relación tiene el amor con los mandamientos?

young man holding sign

Cuando piensan en los mandamientos, quizás piensen en tablas de piedra, reglas, límites, exigencias o requisitos; probablemente no piensen automáticamente en el amor. Entonces, ¿qué relación tienen los mandamientos con el amor?

Bueno, todo.

Porque Él nos ama

¿Recuerdan cuando eran pequeños y sus padres no los dejaban jugar en una calle transitada? ¿O cuando los hacían comer más verduras o irse a dormir más temprano de lo que ustedes querían?

Probablemente no entendían por qué había tantas reglas; y quizás no siempre hayan estado contentos con ellas tampoco. Sin embargo, ahora que son mayores, ¿pueden entender por qué sus padres les pusieron todas esas reglas?

Fue porque los amaban y querían lo mejor para ustedes.

Siendo que es el padre más perfecto, nuestro Padre Celestial nos da reglas o mandamientos por la misma razón: Él nos ama y quiere lo mejor para nosotros; aun más que eso, desea que lleguemos a ser como Él y que recibamos todo lo que Él tiene.

El élder Dallin H. Oaks, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó ese concepto con una parábola:

“Un padre rico sabía que si le dejaba sus riquezas a un hijo que aún no había adquirido la sabiduría y la madurez necesarias, probablemente derrocharía la herencia. El padre dijo a su hijo:“

‘Deseo darte todo lo que poseo, no solo mis riquezas, sino también mi posición y prestigio ante los hombres. Lo que tengo te lo puedo dar fácilmente, pero lo que soy lo debes obtener por ti mismo. Serás merecedor de tu herencia cuando aprendas lo que yo he aprendido y vivas como yo he vivido. Te daré las leyes y los principios mediante los cuales he adquirido mi sabiduría y mi éxito. Sigue mi ejemplo, superando como yo he superado, y llegarás a ser como yo soy; y todo lo que poseo será tuyo’”1.

Igual que el padre del relato del élder Oaks, nuestro Padre Celestial quiere que tengamos todo lo que Él tiene y que lleguemos a ser todo lo que Él es. Sus mandamientos son como los peldaños que nos ayudarán a aprender y a progresar, y a llegar a ser como Él.

“… os doy un mandamiento nuevo… o en otras palabras, os doy instrucciones en cuanto a la manera de conduciros delante de mí, a fin de que se torne para vuestra salvación” (D. y C. 82:8–9).

De la misma manera que un niño pequeño no comprende por qué no se le permite jugar en medio de una calle transitada y peligrosa, probablemente nosotros no siempre comprenderemos las razones detrás de ciertos mandamientos o normas. Pero cuando entendemos que Dios nos da mandamientos porque nos ama y quiere guiarnos a fin de que lleguemos a ser como Él, es más fácil obedecerle.

Porque nosotros lo amamos

Podrían pensar en cada mandamiento como un gran letrero de Dios que dice: “Te amo”; y cuando escogemos guardar Sus mandamientos, es como si nosotros le mostráramos un letrero a Él que también dice: “¡Te amo!”.

El presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, lo expresó de manera simple cuando contestó la pregunta “¿Para qué molestarnos en obedecer [los mandamientos de Dios]?”.

“¡Obedecemos los mandamientos de Dios porque lo amamos!…

“De modo que nuestra obediencia a los mandamientos de Dios es el resultado natural de nuestro amor y gratitud perpetuos por la bondad de Dios”2.

Nuestro Padre Celestial nos ha dado todo lo que tenemos, desde la capacidad de movernos hasta el aire que respiramos, y todo lo que Él pide es que guardemos Sus mandamientos (véase Mosíah 2:21–22). Es la mejor manera de demostrar nuestro amor y gratitud hacia Él.

Jesucristo mismo también lo dijo (véase Juan 14:15).

¿Por qué nos da mandamientos nuestro Padre Celestial? Porque nos ama.

¿Por qué guardamos Sus mandamientos? Porque lo amamos.

Los mandamientos equivalen a amor.

Es así de sencillo.

Una expresión de amor

Carole M. Stephens “[Los mandamientos de Dios] son una manifestación de Su amor por nosotros, y la obediencia a Sus mandamientos es una expresión de nuestro amor por Él”.

Carole M. Stephens, Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, “Si me amáis, guardad mis mandamientos”, Liahona, noviembre de 2015, pág. 120.

Participa en la conversación

Ideas para meditar el domingo
• ¿Cómo me ayudan los mandamientos a llegar a ser más semejante a nuestro Padre Celestial?
• ¿De qué manera me ayuda a guardar los mandamientos el saber que Dios me ama?
Lo que podrías hacer
• Al estudiar los mandamientos, busca y toma nota de las bendiciones que se prometen.
• ¿Cuándo el guardar los mandamientos te ha hecho sentir más cerca del Padre Celestial? Comparte tus sentimientos con tu familia, tus amigos o en las redes sociales.
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Notas

1. Véase de Dallin H. Oaks, “El desafío de lo que debemos llegar a ser”, Liahona, enero de 2001, página 40.
2. Dieter F. Uchtdorf, “El don de la gracia”, Liahona, mayo de 2015, pág. 109.

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Clases de costura y una segunda oportunidad

Septiembre 2016
Clases de costura y una segunda oportunidad
Por Belén Chaparro
La autora vive en Salta, Argentina.

Perdí la oportunidad de compartir el Evangelio con mi profesora de piano. ¿Sería capaz de obedecer esta nueva impresión?

Cuando tenía dieciocho años, mi familia se mudó del sur al norte de Argentina, donde mi padre sirvió como presidente de misión. Los primeros meses fueron un ajuste difícil para mi familia y para mí. Aún no teníamos amigos, así que empezamos a buscar actividades en las que participar; yo me anoté para tomar clases de piano.

Mi maestra de piano, Mabel, era la mejor maestra que había tenido. Disfrutaba muchísimo de las clases, y mi habilidad para tocar empezó a mejorar con rapidez. Sin embargo, Mabel estaba enferma de cáncer y estaba atravesando por momentos difíciles. Dedicaba mucho tiempo a viajar para visitar a curanderos, médicos y sacerdotes en diversos lugares. La tuvieron que internar varias veces en el hospital; pero se recuperaba y volvía a enseñar con el mismo buen ánimo y la misma dedicación.

Día tras día, clase tras clase, yo quería compartir con ella la esperanza del plan de Dios, la esperanza que Jesucristo da con Su poder; pero no sabía cómo.

Cuando las clases empezaron después de las vacaciones de verano, Mabel otra vez estaba enferma. Después de no saber nada de ella durante algún tiempo, la llamé y le dejé un mensaje preguntándole cómo se encontraba. Al día siguiente, su hija me dijo que Mabel había fallecido. Sentí un dolor profundo; sabía que debería haber compartido el Evangelio con ella, pero pospuse el momento tanto tiempo que perdí la oportunidad.

Empecé a tomar clases de costura y tenía otra maestra maravillosa. Ella cree en Dios pero pertenece a otra religión. Durante una de las clases, surgió el tema del Evangelio y cuando me preguntó a qué religión pertenecía, contesté que era miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. A ella pareció confundirle el nombre, así que le aclaré: “La gente también nos conoce como mormones”. Se puso muy contenta y dijo: “¡Me encantan los mormones!”, con una sonrisa en el rostro.

Y añadió: “Se nota que eres mormona”, y empezó a enumerar los motivos. Me alegró que se diera cuenta de que me esforzaba por vivir el Evangelio. Me hizo algunas preguntas acerca del bautismo en la Iglesia, y después de explicárselo, en seguida me dijo: “No puedo bautizarme en tu iglesia porque me crié en una religión diferente”. Al oírla hablar de sus creencias, aprendí mucho acerca de lo que podría compartir con ella. Tuve el sentimiento apacible pero firme de darle un Libro de Mormón, y supe que era el Espíritu quien me hablaba.

Conseguí un ejemplar del Libro de Mormón, tomé una hoja de papel y le escribí una dedicación breve pero sincera junto con mi número de teléfono del otro lado, por si tenía preguntas. Puse el papel en el libro, lo envolví, lo adorné con un moño y se lo di en la clase siguiente. Le encantó recibirlo y me dio las gracias.

Toda la semana me pregunté cómo habría reaccionado al abrir el regalo, si le habría gustado o no. Llegué un poco tarde a la clase siguiente y me sorprendió su reacción al entrar en el cuarto. Me abrazó y me dijo con entusiasmo: “¡Me encantó, me encantó, me encantó! El libro que me diste es hermoso, empezando por la introducción, cuando habla de las planchas. ¡Es totalmente cierto! Tiene Escrituras preciosas. Empecé a leerlo y ya voy por la mitad. ¡No puedo dejar de leerlo!”.

Al oír todo aquel alboroto, el resto de la clase se dio la vuelta para ver qué pasaba. Una compañera, con quien había estado hablando del Libro de Mormón, preguntó si el libro daba paz. La maestra respondió: “Hizo que quisiera llorar, aunque no de tristeza, sino por ser bendecida”. No podía dejar de sonreír y abrazarme.

Me sentía muy feliz. En ese momento entendí que no podemos juzgar quién está preparado para recibir la palabra de Dios; no podemos saber cuán abierto está el corazón de una persona. Si Dios nos inspira a darlo a conocer, debemos hacer algo, porque Él sabe más que nosotros.

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No hay terreno neutral: La manera en que los medios de comunicación influyen en nosotros

Septiembre 2016
No hay terreno neutral: La manera en que los medios de comunicación influyen en nosotros
Por Aysia Tan
La autora vive en Utah, EE. UU.

Nuestra responsabilidad no es evitar los medios de comunicación por completo, ni simplemente rechazar los que son negativos, sino elegir los que sean sanos y que nos edifiquen.


En nuestro mundo moderno y lleno de tecnología, se nos bombardea con opciones: mira esto, lee eso, escucha aquello. Nuestra sociedad está saturada de medios de comunicación y entretenimiento, y la influencia que tienen en nuestras creencias, pensamientos y acciones es sutil y a la vez poderosa. Aquello que permitimos que llene nuestra mente termina por dar forma a nuestro ser. Nos convertimos en lo que pensamos. Mis estudios de postgrado me llevaron a una exploración de la influencia que tienen los medios de comunicación, y llegué a la aplastante conclusión de que los medios de comunicación que decidamos utilizar inevitablemente nos afectarán, ya sea de manera positiva o negativa.

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, explicó: “La tecnología en sí no es buena ni mala. Más bien, los objetivos que se logran con y mediante ella son los indicadores finales de su naturaleza buena o mala”1. Nuestra labor no es rechazar la tecnología, sino usarla de maneras que enriquezcan nuestra vida.

Podemos usar el poder de los medios de comunicación a nuestro favor, para mejorar nuestros pensamientos y conducta, al hacer lo siguiente:

(1) Aceptar que somos susceptibles a la influencia de los medios de comunicación y reconocer la forma en que influyen en nosotros.

(2) Determinar y elegir opciones positivas de entre lo que ofrecen los medios de comunicación.

¿Cómo nos afectan los medios de comunicación?

Nadie es inmune a la influencia de los medios de comunicación. No podemos esperar participar de medios de comunicación que han sido diseñados para afectarnos mental y emocionalmente sin que su influencia permanezca en nuestro subconsciente durante mucho tiempo después de que la película haya terminado, el libro se haya cerrado, o la canción haya terminado. Aquellos que piensan que los medios de comunicación no les afectan a menudo son las personas más afectadas, ya que niegan la influencia que tienen y por lo tanto no se resguardan contra ella. De la misma manera en que el agua continuará filtrándose por una grieta en un barco, ya sea que reconozcamos que hay una grieta o no, igualmente los medios de comunicación continuarán influyendo en nuestros pensamientos, ya sea que consideremos el impacto que tienen o no.

Los medios de entretenimiento pueden influenciar nuestros pensamientos conforme acudamos a ellos en busca de alivio de las tensiones de la vida cotidiana. A menudo buscamos el entretenimiento como un bálsamo temporal para nuestros problemas diarios, ya sea por medio de películas, libros, televisión, revistas o música. Aun cuando acudamos a los medios de entretenimiento para relajarnos, no debemos relajar nuestras normas. Es precisamente en ese momento en que debemos tener cuidado de lo que permitimos que entre a nuestra mente. Seguir leyendo

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