José el vidente

José el vidente
Por Richard E. Turley, Jr., historiador y registrador auxiliar de la Iglesia,
Robin S. Jensen y Mark Ashurst-McGee, Departamento de Historia de la Iglesia

El registro histórico aclara la manera en que José Smith cumplió su función de vidente y tradujo el Libro de Mormón.

El 6 de abril de 1830, el día en que José Smith organizó la Iglesia de Cristo (que más tarde se llamaría La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días)1, él proclamó las palabras de una revelación a los que se habían congregado. En ella, la voz del Señor declaró: “He aquí, se llevará entre vosotros una historia; y en ella [tú, José Smith] serás llamado vidente” (D. y C. 21:1).

La evidencia más clara de la función de vidente de José Smith en la Iglesia que acababa de establecerse era el Libro de Mormón, el cual, como él explicó reiteradamente, se tradujo “por el don y el poder de Dios”2. El año previo a la organización de la Iglesia, muchos de los más allegados a José habían sido testigos del proceso mediante el cual el Libro de Mormón salió a la luz y, en cierta medida, entendían el significado de la palabra vidente.

El significado de vidente

¿Qué significaba la palabra vidente para el joven profeta y sus contemporáneos? José se crio en una familia que leía la Biblia, en la cual con frecuencia se hace mención a videntes. Por ejemplo, en 1 Samuel, el escritor explica: “Antiguamente en Israel cualquiera que iba a consultar a Dios decía así: Venid y vamos a ver al vidente; porque al que hoy se le llama profeta, antes se le llamaba vidente” (1 Samuel 9:9).

La Biblia también hace alusión a personas que recibían manifestaciones espirituales por medio de objetos tales como varas3, una serpiente de bronce sobre un asta (la cual llegó a ser el símbolo generalizado de la profesión médica)4, un efod (parte de la vestimenta sacerdotal que incluía dos piedras preciosas)5 y el Urim y Tumim6.

Los conceptos de “ver” y de “vidente” formaban parte tanto de la cultura estadounidense como de la cultura de la familia en donde José Smith se crio. Debido a la influencia del lenguaje de la Biblia y a la mezcla de culturas angloeuropeas que los inmigrantes llevaron consigo a Norteamérica, algunas personas a principios del siglo XIX creían que era posible que hubiera personas con ciertos dones que les permitían “ver” o recibir manifestaciones espirituales por medio de objetos como piedras videntes7.

El joven José Smith aceptaba las creencias y prácticas de su época, incluso la idea de utilizar piedras videntes para ver objetos extraviados u ocultos. Ya que los relatos de la Biblia muestran que en la antigüedad Dios se valía de objetos para promover la fe de las personas o para comunicarse espiritualmente, José y otras personas aceptaban que también era posible que eso sucediera en su época. Los padres de José, Joseph Smith, padre, y Lucy Mack Smith, fomentaron la incorporación de esa cultura y el uso de objetos de esa manera en la familia, y los pobladores de Palmyra y Manchester, Nueva York, donde vivían los Smith antes de mudarse a Pennsylvania a fines de 1827, acudían a José para que les ayudara a encontrar objetos extraviados8.

A aquellos que carecen de un entendimiento de la forma en que la gente del siglo XIX en la región donde vivía José practicaba su religión quizás las piedras videntes les sean desconocidas, y los estudiosos han debatido mucho ese período de la vida de él. En parte como resultado de la Ilustración, o la Edad de la Razón, período en el cual se hacía hincapié en la ciencia y en el mundo visible por encima de las cuestiones espirituales, en la época de José muchos llegaron a considerar que el uso de objetos como piedras y varas era supersticioso o inadecuado para fines religiosos.

Años después, cuando José contaba su asombroso relato, él hacía hincapié en sus visiones y otras experiencias espirituales9. Por el contrario, algunas personas que antes eran sus allegados, centraban la atención en el uso que él había hecho anteriormente de piedras videntes con el afán de destruir su reputación en un mundo que cada vez más rechazaba ese tipo de prácticas. En sus labores proselitistas, José y otros de los primeros miembros optaron por restar importancia a la influencia de la cultura local en sus actividades proselitistas, ya que muchos posibles conversos estaban atravesando una transformación en cuanto a la forma de entender la religión en la Edad de la Razón. No obstante, en lo que llegó a ser revelación oficial, José siguió enseñando que las piedras videntes y otros objetos similares, así como la capacidad para utilizarlos, eran dones importantes y sagrados que provenían de Dios10.

Instrumentos empleados para traducir el Libro de Mormón

Las piedras videntes también se mencionan en los relatos históricos sobre José Smith y la traducción del Libro de Mormón. En la historia oficial de José, la cual se comenzó en 1838, se describe la visita de un ángel que se llamaba Moroni y que le habló de unas planchas de oro que estaban enterradas en una colina cercana. José narra que mientras conversaba con el ángel “se manifestó a [su] mente la visión de tal modo que [pudo] ver el lugar… con tanta claridad… que [lo reconoció]… cuando lo [visitó] (José Smith—Historia 1:42).

A lo largo de la historia de la Iglesia, los miembros han procurado comprender el relato de José Smith y la forma en que encontró y tradujo las planchas de oro. En esta obra del pintor C. C. A. Christensen, hecha en 1886, se representa a José Smith recibiendo las planchas de manos del ángel Moroni.

El ángel Moroni entrega las planchas a José Smith, por C. C. A. Christensen

En la historia que José empezó a bosquejar en 1838, Moroni le advierte “que Satanás procuraría [tentarle] (a causa de la situación indigente de la familia de [su] padre) a que obtuviera las planchas con el fin de [hacerse] rico”. El ángel le prohibió eso, cuenta José, y le dijo que si tenía “más objeto” que el de edificar el reino de Dios, “no podría obtenerlas” (José Smith—Historia 1:46). En su anterior relato de 1832, José explica: “Tuve el deseo de procurar las planchas para obtener riqueza y no guardé el mandamiento de tener la mira puesta en la gloria de Dios”11. En consecuencia, se le pidió acudir a la colina cada año durante cuatro años hasta que estuvo preparado para recibir las planchas (véase José Smith—Historia 1:53–54).

José relató que cuando finalmente obtuvo las planchas de manos de Moroni en 1827, también recibió dos piedras que le servirían para traducirlas. Él y otras personas allegadas a él dejaron relatos sobre esas piedras en los que las describen como de apariencia blanca o transparente puestas en un arco, como el de las gafas o los anteojos modernos, y aseguradas a un pectoral grande12. De la forma en que se describió, ese dispositivo habría sido voluminoso. La madre de José Smith contó que él quitaba las piedras del pectoral para usarlas con más comodidad13.

En el Libro de Mormón, a esas piedras se les llama “intérpretes” y se explica que “fueron preparadas desde el principio, y se transmitieron de generación en generación con objeto de interpretar idiomas; y la mano del Señor las ha preservado y guardado” (Mosíah 28:14‒15, 20).

En el libro también se relata la forma en que el Señor entregó “dos piedras” al hermano de Jared, con la promesa de que servirían a futuras generaciones para recuperar las palabras que él escribiera. El Señor le indica: “Escribe estas cosas y séllalas; y en mi propio y debido tiempo las mostraré a los hijos de los hombres”. El Señor explicó que: “… estas piedras [clarificarán] a los ojos de los hombres las cosas que tú escribirás” (Éter 3:24, 27).

Detalle de una página del manuscrito original del Libro de Mormón en el que se encuentra la partida de la familia de Lehi de Jerusalén, en lo que se conoce hoy como 1 Nefi 2. José Smith dictó el texto del Libro de Mormón a varios escribas, uno de los cuales fue Oliver Cowdery, quien transcribió estas líneas.

Cortesía de la Biblioteca de Historia de la Iglesia; Fotografía ampliada para mayor claridad.

Para cuando José Smith terminó de dictar su traducción del Libro de Mormón a sus escribas, a mediados de 1829, el significado de la palabra vidente ya se había aclarado aún más en el libro. En el Libro de Mormón se encuentra una profecía que se atribuye a José de Egipto, en la cual declara que uno de sus descendientes —claramente José Smith— sería “un vidente escogido”, el cual llevaría a otros de sus descendientes “al conocimiento de los convenios” que Dios hizo con los antepasados de ellos (2 Nefi 3:6, 7).

En otro relato del Libro de Mormón, Alma, hijo, entrega los intérpretes a su hijo Helamán. Alma aconseja a su hijo que “[preserve] estos intérpretes”, refiriéndose a las dos piedras puestas en aros de plata. Sin embargo, Alma también cita una profecía en la que parece que se trata de una sola piedra: “Y dijo el Señor: Prepararé para mi siervo Gazelem una piedra que brillará en las tinieblas hasta dar luz” (Alma 37:21, 23).

Al parecer, aunque se dieron en el contexto de “intérpretes” (en plural), esta profecía indica que a un futuro siervo se le entregaría “una piedra” (en singular), que brillará en las tinieblas hasta dar luz”14. Los Santos de los Últimos Días de los primeros días creían que ese siervo de quien se había profetizado era José Smith15.

De hecho, las evidencias históricas demuestran que, además de las dos piedras videntes conocidas como “intérpretes”, José Smith utilizó por lo menos otra piedra al traducir el Libro de Mormón, la cual colocaba a menudo adentro de un sombrero a fin de bloquear la luz. Según personas allegadas a José, eso lo hacía con el fin de ver mejor las palabras que estaban en la piedra16.

Para 1833, José Smith y sus allegados comenzaron a emplear el término bíblico “Urim y Tumim” para referirse a cualquiera de las piedras que se usaban para recibir revelaciones divinas, incluso los intérpretes nefitas y la piedra vidente sola17. Esa terminología imprecisa ha complicado los intentos que se han hecho para reconstruir el método exacto mediante el cual José Smith tradujo el Libro de Mormón. Según Martin Harris, además de utilizar los intérpretes, José también utilizó una de sus piedras videntes por cuestiones de comodidad durante la traducción del Libro de Mormón. Otras fuentes corroboran que José cambiaba de instrumentos para traducir18.

Después de la publicación del Libro de Mormón

Tras publicarse el Libro de Mormón en marzo de 1830, José Smith y sus escribientes comenzaron a trabajar en lo que hoy se conoce como la Traducción de José Smith de la Biblia, la cual es una revisión profética de la versión del rey Santiago [en inglés]19. Según lo narra José, el uso de los intérpretes nefitas ya no era una opción para realizar ese proyecto de traducción, debido a que ya no los tenía en su poder.

En la historia de José, él explica: “… mediante la sabiduría de Dios [las planchas y los intérpretes] permanecieron seguros en mis manos hasta que cumplí con ellos lo que se requirió de mí. Cuando el mensajero, de conformidad con el acuerdo, llegó por ellos, se los entregué; y él los tiene a su cargo hasta el día de hoy” (José Smith—Historia 1:60).

Como lo explicó el presidente Brigham Young (1801–1877), “José volvió a colocar el Urim y Tumim con las planchas cuando terminó de traducir”20.

José Smith ha sido conocido como profeta, vidente y revelador por los miles de miembros que vivieron en su época y por los millones que ha habido desde su muerte.

José Smith, atribuido a David Rogers, cortesía de la biblioteca y los archivos de la Comunidad de Cristo, Independence, Misuri

José tenía otras piedras videntes, pero en las palabras del élder Orson Pratt (1811–1881), miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles y posteriormente historiador de la Iglesia, para ese entonces José también había madurado en su entendimiento espiritual. En una reunión llevada a cabo el 28 de junio de 1874, en la cual estuvieron presentes el presidente Brigham Young y muchas otras Autoridades Generales, el élder Pratt le contó a los concurrentes que había estado “presente muchas veces” mientras José Smith “traducía el Nuevo Testamento”. Al ver que no usaba ningún instrumento interpretativo en el proceso de traducción, se preguntaba por qué José “no utilizaba el Urim y Tumim como lo hizo al traducir el Libro de Mormón”.

Mientras el élder Pratt observaba al profeta traducir, “José, como si le leyera el pensamiento, levantó la mirada y explicó que el Señor la había dado el Urim y Tumim cuando no tenía experiencia con el espíritu de inspiración; pero ahora había avanzado tanto que comprendía la forma de trabajar de ese espíritu y ya no necesitaba la ayuda del instrumento”21.

Brigham Young expresó a un grupo de personas sus ideas en cuanto a recibir una piedra vidente. “No estoy seguro de haber tenido alguna vez el deseo de tener una”, reflexionó22. En esa declaración, Brigham demostró su entendimiento de que no era necesario tener piedras para ser vidente.

El 25 de octubre de 1831, José Smith asistió a una conferencia celebrada en Orange, Ohio. Durante la conferencia, su hermano Hyrum dijo que “creía que sería mejor que el propio José contara a los élderes presentes el relato de la salida a la luz del Libro de Mormón a fin de que supieran por ellos mismos”. Según las minutas de la reunión, José “dijo que no se había tenido el propósito de dar a conocer al mundo todos los detalles de la salida a la luz del Libro de Mormón” y “que no era conveniente que él los contara”23. Habiendo madurado en su función de vidente, y al tener claro que no era indispensable tener piedras videntes para recibir revelación, lo que tal vez le preocupaba era que la gente se concentrara demasiado en la forma en que el libro salió a la luz y muy poco en su contenido.

El aspecto de la traducción del Libro de Mormón que José Smith recalcó más fue que lo hizo “por el don y el poder de Dios”24. Él enseñó a los líderes que el libro en sí “era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios al seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro”25.

¿Qué le sucedió a la piedra vidente?

La piedra que se muestra en esta imagen se ha asociado por mucho tiempo con José Smith y con la traducción del Libro de Mormón. La piedra que José Smith utilizó en la tarea de traducción del Libro de Mormón a menudo se describía como una que era de color chocolate y ovalada. La piedra pasó de las manos de José Smith a las de Oliver Cowdery y luego a la Iglesia mediante Brigham Young y otras personas.

Fotografía por Welden C. Andersen y Richard E. Turley Jr.

Según el relato de José Smith, él devolvió el Urim y Tumim, o los “intérpretes” nefitas al ángel. Sin embargo, ¿qué sucedió con la piedra o las piedras videntes que José utilizó para traducir el Libro de Mormón?

David Whitmer escribió que “después de que se terminó la traducción del Libro de Mormón, a principios de la primavera de 1830 y antes del 6 de abril, José entregó la piedra a Oliver Cowdery y me dijo a mí y a los demás que no la necesitaba y que ya no la usaba”26.

Oliver estuvo fuera de la Iglesia durante una década hasta que se volvió a bautizar en 1848, y sus planes eran estar con los santos en Utah, pero murió en 1850 en Richmond, Misuri, antes de hacer el viaje27. Phineas Young, quien había ayudado a Oliver Cowdery a volver a la Iglesia, obtuvo la piedra vidente de la viuda de Oliver, Ann Whitmer Cowdery quien, a su vez, era hermana de David Whitmer. Phineas, en un momento dado, se la entregó a su hermano Brigham Young28.

Phineas Young, que aparece sentado en medio de los hermanos Young y a la izquierda de Brigham Young, obtuvo de Oliver Cowdery una piedra vidente que se utilizó en la traducción del Libro de Mormón y la entregó a su hermano Brigham.

Fotografía tomada alrededor de 1866, cortesía de la Biblioteca de Historia de la Iglesia.

“Tengo en mi poder la primera piedra vidente de José, la cual recibí de Oliver Cowdery”, afirmó el presidente Young en 1853. También había otras piedras. “José tenía 3, las cuales Emma tiene en su poder”, agregó, “2 pequeñas y 1 grande”29. Dos años después, Brigham Young dijo a un grupo de líderes de la Iglesia en una reunión: “Oliver me envió la primera piedra vidente de José; Oliver siempre la tuvo en su poder hasta que me la envió”30.

Después de que Brigham Young murió, Zina D. H. Young, una de sus esposas, y quien más adelante llegó a ser la tercera Presidenta General de la Sociedad de Socorro, obtuvo una piedra vidente color chocolate de las pertenencias de él, la cual coincidía con la descripción de la piedra que José utilizó para traducir el Libro de Mormón, y la donó a la Iglesia31. Desde entonces, líderes de la Iglesia subsiguientes han declarado que la Iglesia tiene en su poder la piedra vidente32.

Representaciones artísticas del proceso de traducción

A lo largo de los años, artistas han intentado representar la traducción del Libro de Mormón mostrando a quienes participaron en ella en distintos lugares y poses, con diferentes objetos. Las interpretaciones artísticas se basan en el punto de vista, la investigación y la imaginación de los artistas, y a veces se han hecho con la ayuda de la opinión y guía de otras personas. Las siguientes son algunas escenas que se han producido a lo largo de los años.

Interpretación de un artista en la que José Smith está estudiando las planchas. José relató haber “[copiado] un número considerable” de caracteres de las planchas. Después de traducir algunos de esos caracteres “por medio del Urim y Tumim”, Martin Harris llevó los caracteres a Charles Anthon y a otros expertos a fin de que confirmaran la traducción (José Smith—Historia 1:62–64).

Por el don y el poder de Dios, por Simon Dewey, cortesía de Altus Fine Arts.

Representación de un artista en la que José Smith y Oliver Cowdery están trabajando en la traducción del Libro de Mormón. A diferencia de lo que aquí se representa, Oliver Cowdery aseveró que él no vio las planchas sino hasta después de que se terminó la traducción. Testigos del proceso afirmaron que durante la traducción las planchas no se podían ver y se cubrían, entre otras cosas, con una tela.

José Smith traduce el Libro de Mormón, por Del Parson.

Representación de un artista en la que José Smith está con el pectoral puesto junto con los intérpretes o anteojos, más tarde conocidos como el Urim y Tumim.

Ilustración por Robert T. Barrett.

Representación de un artista en la que José Smith y un escriba están traduciendo con una manta entre ellos. Aunque en la mayoría de las narraciones del proceso de traducción no se menciona ninguna manta, aparentemente en un principio se utilizó una a fin de impedir que el escriba viera las planchas, los anteojos o el pectoral. Más adelante, en la tarea de traducción, es probable que se haya utilizado una manta para ocultar al traductor y al escriba a fin de impedir que otras personas curiosas observaran la traducción.

La traducción de las planchas, por Earl Jones, cortesía del Museo de Historia de la Iglesia.

Notas

1. Véase Doctrina y Convenios 115.
2. Prefacio del Libro de Mormón, aproximadamente en agosto de 1829, en Documentos, Tomo I: julio de 1828–junio de 1831, Tomo I de la serie de los Documentos de José Smith, 2013, pág. 93. Véase también “El Testimonio de Tres Testigos”, Libro de Mormón.
3. Véanse Éxodo 4:1‒5, 17, 20‒21; 7:8‒21; 8:16‒19; 9:22‒26; 10:12‒15; 14:15‒18; 17:1‒13; Números 17:1‒10; 20:7‒11; Hebreos 9:4.
4. Véanse Números 21:7‒9; Juan 3:14‒15.
5. Véanse Éxodo 28:12; 35:9, 27; 1 Samuel 23:9‒12; 30:7‒8.
6. Véanse Éxodo 28:30; Levítico 8:8; Números 27:21; Deuteronomio 33:8; 1 Samuel 28:6; Esdras 2:63; Nehemías 7:65.
7. Para obtener más información sobre esa cultura religiosa del siglo XIX, véanse Journals, Tomo I: 1832–1839, Tomo I de la serie Journals de los Documentos de José Smith, 2008, pág. xix; y Revelations and Translations, Tomo III: Printer’s Manuscript of the Book of Mormon, Tomo III de la serie Revelations and Translations de los Documentos de José Smith, 2015, págs. xv–xvi; Dallin H. Oaks, “Recent Events Involving Church History and Forged Documents”, Ensign, octubre de 1987, págs. 68–69.
8. Véase declaración de José Smith, padre, como se cita en Francis W. Kirkham, A New Witness for Christ in America: The Book of Mormon, Tomo II, 1959, pág. 366; véase también Lucy Mack Smith, “Lucy Mack Smith, History, 1844–1845”, libro 3, página 10, josephsmithpapers.org/paperSummarylucy-mack-smith-history-1844-1845. Martin Harris contó que le había pedido a José que encontrara un alfiler en un pajar para poner a prueba su habilidad (véase “Mormonism—No. II”, Tiffany’s Monthly, julio de 1859, pág. 164).
9. Véase, por ejemplo, José Smith—Historia, en la Perla de Gran Precio.
10. Véase Doctrina y Convenios 130:10‒11. Véase también la primera redacción de lo que ahora es Doctrina y Convenios 8, la cual iba dirigida a Oliver Cowdery cuando tuvo el deseo de ayudar a José Smith a traducir el Libro de Mormón (Revelation, abril de 1829–B, en Documentos, Tomo I: julio de 1828–junio de 1831, págs. 44–47).
11. José Smith, “History, ca. Summer 1832”, en Histories, Tomo I: 1832–1844, Tomo I de la serie Histories de los Documentos de José Smith, 2012, pág. 14.
12. Véanse José Smith—Historia 1:35; José Smith, “Church History”, en Histories, Tomo I: 1832–1844, 495; Martin Harris, en “Mormonism—No. II”, págs. 165–166; “Lucy Mack Smith, History, 1844–1845”, libro 5, págs. 7–8, josephsmithpapers.org.
13. Véase, por ejemplo, “Lucy Mack Smith, History, 1844–1845”, libro 5, josephsmithpapers.org.
14. Es comprensible que esta distinción haya desconcertado a los críticos. Véanse, por ejemplo, Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, 2da. edición, 1966, págs. 307–308; Joseph Fielding McConkie y Robert L. Millet, Doctrinal Commentary on the Book of Mormon, 4 tomos, 1987–92, 3:278; y Matthew B. Brown, All Things Restored: Confirming the Authenticity of LDS Beliefs, 2000, pág. 62.
15. Véanse de William W. Phelps, discurso en el funeral de José y Hyrum Smith, Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City; de Orson Pratt, “Explanation of Substituted Names in the Covenants”, The Seer, marzo de 1854, pág. 229; William W. Phelps, carta a Brigham Young, 10 de abril de 1854, en Brigham Young, archivos de oficina, 1832–1878, Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City; y Revelations and Translations, Tomo II: Published Revelations, Tomo II de la serie Revelations and Translations de Documentos de José Smith, 2011, págs. 708–709.
16. Para obtener más información sobre la traducción, véase “Book of Mormon Translation”, disponible en lds.org/topics/book-of-mormon-translation. Véanse también Russell M. Nelson, “A Treasured Testament”, Ensign, julio de 1993, págs. 61–65; Neal A. Maxwell, “By the Gift and Power of God”, Ensign, enero de 1997, págs. 36–41.
17. Wilford Woodruff, por ejemplo, llamó Urim y Tumim a una piedra vidente que vio en Nauvoo (diario de Wilford Woodruff, 27 de diciembre de 1841, Biblioteca de Historia de la Iglesia). Véase también Revelations and Translations, Tomo III: Printer’s Manuscript of the Book of Mormon, pág. xix.
18. Véase Revelations and Translations, Tomo III: Printer’s Manuscript of the Book of Mormon, págs. xviii–xix.
19. Para ver un breve resumen del inicio de este empeño, véase Documentos, Tomo I: julio de 1828–junio de 1831, págs. 150–152.
20. Minutas, 17 de abril de 1853, Biblioteca de Historia de la Iglesia.
21. “Two Days’ Meeting at Brigham City, June 27 and 28, 1874”, Millennial Star, 11 de agosto de 1874, págs. 498–499.
22. Minutas, 30 de septiembre de 1855, Biblioteca de Historia de la Iglesia.
23. Minutas, 25–26 de octubre de 1831, en Documentos, Tomo II: julio de 1831 – enero de 1833, Tomo II de la serie Documentos de José Smith, 2013, pág. 84.
24. Prefacio del Libro de Mormón, aproximadamente en agosto de 1829, en Documentos, Tomo I: julio de 1828–junio de 1831, pág. 93. Véase también “El Testimonio de Tres Testigos”, Libro de Mormón.
25. José Smith, en el diario de Wilford Woodruff, 28 de noviembre de 1841, Biblioteca de Historia de la Iglesia; o Introducción del Libro de Mormón.
26. David Whitmer, An Address to All Believers in Christ, 1887, pág. 32.
27. Para obtener más información sobre el regreso de Oliver Cowdery a la Iglesia antes de su muerte, véase Scott F. Faulring, “The Return of Oliver Cowdery”, en John W. Welch y Larry E. Morris, editores, Oliver Cowdery: Scribe, Elder, Witness, 2006, págs. 321–362.
28. Véanse Minutas, 30 de septiembre de 1855, Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City; “David Whitmer”, The Historical Record, octubre de 1888, pág. 623; carta de Maria L. Cowdery Johnson para David Whitmer, 24 de enero de 1887, biblioteca y archivos de la Comunidad de Cristo, Independence, Misuri; y diario de Franklin D. Richards, 9 de marzo de 1882, Biblioteca de Historia de la Iglesia.
29. Minutas, 17 de abril de 1853, Biblioteca de Historia de la Iglesia.
30. Minutas, 30 de septiembre de 1855, Biblioteca de Historia de la Iglesia.
31. Véase la carta de Zina Young para Franklin D. Richards, 31 de julio de 1896, en Journal History of The Church of Jesus Christ of Latter-day Saints, 31 de julio de 1896, pág. 4, Biblioteca de Historia de la Iglesia.
32. Véanse B. H. Roberts, A Comprehensive History of the Church, Tomo 6 , págs. 230–231; Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, compilación de Bruce R. McConkie, 3 tomos, 1954–1956, 3:225; Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, 2da. edición, 1966, págs. 818–819.

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Calabazas o melones?

¿Calabazas o melones?
Por Rachel Cox
La autora vive en Utah, EE.UU.

En ocasiones no hay una decisión equivocada; solo hay una decisión.

Mi padre se sorprendió bastante al descubrir que las semillas de calabaza que había plantado el año anterior habían decidido brotar este verano en medio del sembradío de melones. Los melones estaban creciendo bien; pero las calabazas también. De hecho, las calabazas estaban creciendo tan bien que mi padre estuvo tentado a dejar que siguieran creciendo; sin embargo, sabía que si lo hacía, las calabazas entorpecerían el crecimiento de los melones.

Así que tenía que tomar una decisión: podía arrancar las calabazas para que los melones tuvieran más posibilidades de florecer, o bien dejar crecer las plantas de calabaza y verlas desplazar a las plantas de melón, lo cual seguramente haría que ambas dieran menos fruto. ¿Calabazas o melones? Tenía que elegir entre dos buenas opciones.

Al sopesar las dos, mi padre decidió arrancar las prósperas plantas de calabaza. No solo porque habían germinado tarde, sino que además decidió que deseaba los melones que había planeado más de lo que deseaba las calabazas que habían aparecido por sorpresa.

Esa experiencia me llevó a pensar en las decisiones que tomamos, sobre todo en nuestras relaciones con los demás. Ya sea con nuestra familia, nuestros amigos, nuestro empleador, las personas con las que salimos, o aquella con quien nos casamos, cuando se trata de elegir entre dos buenas opciones en ocasiones es difícil reconocer la opción correcta o la mejor, especialmente cuando queremos evitar tomar malas decisiones. En ocasiones, el miedo a tomar la decisión equivocada nos paraliza, y ese temor nos puede impedir avanzar con fe. Pero la verdad es que, a veces, no hay una decisiónequivocada; solo hay una decisión. En su caso, mi padre basó su decisión en lo que él valoraba más. No le agradaba ver morir a las calabazas, pero sabía que lamentaría el daño que causarían a los melones más adelante.

En la vida, algunas de las decisiones que tenemos que tomar a menudo no tienen importancia, por ejemplo: ¿Qué tomaré para desayunar? ¿De qué color me visto hoy? Cuando tengamos que tomar una decisión entre dos cosas buenas, podríamos hacer lo mismo que hizo mi padre y simplemente preguntarnos: “¿Qué es lo que yo valoro más?”, y después tomar la decisión y avanzar con fe, confiando en que el Señor nos corregirá si, de algún modo, estamos en error.

Sin embargo, algunas decisiones sí tienen muchaimportancia. El presidente Thomas S. Monson dijo una vez: “Constantemente tenemos decisiones ante nosotros. A fin de tomarlas sabiamente, se necesita valor, el valor para decir no, y el valor para decir sí. Las decisiones determinan nuestro destino” (“Los tres aspectos de las decisiones”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 68). Cuando afrontamos ese tipo de decisiones, una pregunta mejor que podemos hacernos es: “¿Qué es lo que el Señor valora más?”. Si sabemos la respuesta a esa pregunta, todo lo que tenemos que hacer es alinear nuestros valores con los Suyos y luego actuar de acuerdo con esa decisión; siempre será la correcta.

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Estaba haciendo lo suficiente?

¿Estaba haciendo lo suficiente?
Por Brooke Barton
La autora vive en Utah, EE. UU.

Una lección sobre ovejas perdidas me ayudó a entender cómo cumplir mejor con mi llamamiento.

Cuando tenía veintitrés años, me llamaron como presidenta de la Sociedad de Socorro en nuestro barrio de estudiantes casados. Recuerdo los sentimientos de ineptitud que tuve, unidos al deseo de dar lo mejor de mí misma. Estaba deseosa y entusiasmada por prestar servicio, pero dudaba de mi capacidad para ser una buena líder.

Después de algunos meses como presidenta de la Sociedad de Socorro, sentí que no estaba haciendo lo suficiente. Quería ser capaz de establecer una relación con las hermanas y comprender sus necesidades particulares, pero sentía que no lo estaba logrando.

Hablé con mi obispo y le expresé mis inquietudes; le expliqué que simplemente no podía llegar a todas las hermanas como yo quería y lo mucho que deseaba poder multiplicarme por cinco para desempeñar la tarea como yo pensaba que debía ser. Traté de que mis inquietudes sonaran leves y humorísticas, pero mis ojos rápidamente se llenaron de lágrimas de desánimo. Él sonrió y me dio algunos de los mejores consejos de liderazgo que he recibido jamás:

“¿Conoces la historia del pastor que, cuando perdió una de su rebaño, dejó a ‘las noventa y nueve’ para ir en su busca?”, preguntó (véase Lucas 15:4–7). Yo asentí.

“Parece haber mucha sabiduría en esa parábola”, prosiguió. “El pastor sabía que las noventa y nueve estarían bien si las dejaba para ir a buscar a la oveja perdida”.

Luego mi obispo me dio el siguiente consejo:

“Mira, las noventa y nueve tienen una buena manera de velar las unas por las otras cuando tú no estás; ellas se alentarán unas a otras y se mantendrán unidas. Te sugiero que te concentres en las que parecen estar perdidas; las demás estarán bien”.

Sentí un fuerte testimonio de que lo que me decía era verdad y que no tenía que preocuparme por todo el rebaño a la vez. Mi objetivo era encontrar a aquellas que estaban perdidas e invitarlas a volver al redil; de ese modo, los propósitos del Padre Celestial podrían cumplirse y yo podría ser un instrumento en Sus manos.

A medida que seguí el consejo del obispo, comprendí en mayor medida cómo deseaba el Señor que yo sirviera en Su reino. También recibí una satisfacción espiritual que me fortaleció en mi llamamiento, porque estaba sirviendo como el Salvador había mandado. Por medio del poder del Espíritu Santo, mi obispo me había dado un gran don de comprensión y conocimiento.

Testifico que, a medida que oremos y busquemos inspiración de nuestros líderes del sacerdocio, ellos recibirán inspiración para mostrarnos cómo liderar con rectitud.

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Los atributos divinos de Jesucristo: Lleno de caridad y de amor

Los atributos divinos de Jesucristo: Lleno de caridad y de amor

Estudie este material con espíritu de oración y procure saber lo que debe compartir. ¿De qué manera el entender los atributos divinos del Salvador aumentará su fe en Él y bendecirá a las hermanas que están bajo su cuidado en el programa de maestras visitantes? Si desea más información, visite reliefsociety.lds.org.

Este artículo es parte de una serie de mensajes de las maestras visitantes que presentan los atributos divinos del Salvador.

La Guía para el Estudio de las Escrituras define caridad como “el amor más fuerte, más noble y más elevado” (“Caridad”). Es el amor puro de Jesucristo. Al aprender sobre Jesucristo y esforzarnos por llegar a ser como Él, comenzaremos a sentir Su amor puro y nos sentiremos impulsadas a amar y prestar servicio a los demás como lo haría Él. “La caridad es tener paciencia con alguien que nos ha defraudado”, dijo el presidente Thomas S. Monson. “Es resistir el impulso de ofenderse con facilidad. Es aceptar las debilidades y los defectos. Es aceptar a las personas como realmente son. Es ver, más que las apariencias físicas, los atributos que no empalidecerán con el tiempo. Es resistir el impulso de categorizar a otras personas”1.

En el Libro de Mormón aprendemos la gran verdad de que debemos “[pedir] al Padre con toda la energía de [nuestros] corazones, que [seamos] llenos de [ese] amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; para que [lleguemos] a ser hijos [e hijas] de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él, porque lo veremos tal como es; para que tengamos [esa] esperanza; para que seamos purificados así como él es puro” (Moroni 7:48).

De nuestra historia

“Una hermana que hacía poco había quedado viuda se sintió agradecida por las maestras visitantes que compartieron el dolor de su pérdida con ella y la consolaron. Ella escribió: ‘Tenía la imperiosa necesidad de tener a alguien a quien acercarme, alguien que me escuchara… y ellas me escucharon, me consolaron, lloraron conmigo y me abrazaron… [y] me ayudaron a salir de la profunda desesperanza y depresión de aquellos primeros meses de soledad’”.

“Después de recibir el servicio caritativo genuino de una maestra visitante, otra hermana resumió así sus sentimientos: ‘Comprendí que yo era más que un número en sus registros de visitas. Supe que ella se preocupaba por mí’”2.

Al igual que estas hermanas, muchos Santos de los Últimos Días alrededor del mundo pueden testificar de la veracidad de esta declaración del presidente Boyd K. Packer (1924–2015), del Cuórum de los Doce Apóstoles: “¡De cuánto consuelo es saber que, [vaya a donde vaya una familia, le] aguarda una familia de miembros de la Iglesia! Desde el día que lleguen, él pertenecerá a un cuórum del sacerdocio y ella a la Sociedad de Socorro”3.

Considere lo siguiente

¿Cómo es Cristo nuestro ejemplo perfecto de amor y caridad?

Notas

1. Thomas S. Monson, “La caridad nunca deja de ser”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 124.
2. Hijas en Mi reino: La historia y la obra de la Sociedad de Socorro, 2011, pág. 134.
3. Hijas en Mi reino, pág. 98.

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Cómo enseñar a los jóvenes a dirigir a la manera del Salvador

Cómo enseñar a los jóvenes a dirigir a la manera del Salvador
Por Carol F. McConkie
Primera Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

Carol F. McConkie

Nuestros jóvenes no son solamente los líderes del futuro; ya son líderes en la actualidad. Podemos ayudarles a dirigir como lo hizo el Salvador.

El élder David A. Bednar, del Cuórum de los Doce Apóstoles, habló a los padres y líderes de los jóvenes sobre el delicado equilibrio que debemos lograr: “Inviten a los jóvenes a actuar; ustedes tienen que estar allí, pero no interfieran; tienen que brindarles guía sin tomar el control”1.

Los padres y líderes pueden ayudar a los hombres y a las mujeres jóvenes a aprender principios que los prepararán para liderar en rectitud y edificar el reino de Dios sobre la tierra.

Cuando tenía 14 años conocí a algunas mujeres jóvenes que eran excelentes líderes. En esa época, mi familia se mudó al otro lado de los Estados Unidos y comenzamos a asistir a un nuevo barrio. No recuerdo quiénes servían en la presidencia de la clase de damitas, pero sí recuerdo claramente que las jovencitas eran particularmente amables conmigo. Acogieron con sinceridad a una nueva chica asustada y esquelética como si fuera una amiga de la que no habían sabido por mucho tiempo y me hicieron sentir cómoda. Como venía de Delaware, donde era la única joven mormona en mi escuela y donde la única otra jovencita miembro de la Iglesia que conocía vivía a una hora de mi casa, pensé: “¡Así debe ser el cielo!”.

Por primera vez en mi vida tenía un círculo de amistades que vivían las normas del folleto Para la Fortaleza de la Juventud, que me invitaban a participar en actividades y que compartían conmigo su testimonio del Evangelio. En ese entonces, sus ejemplos de bondad me ayudaron a aferrarme a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días más que cualquier discurso o lección podría haberlo hecho. Con su amor y luz semejante a la de Cristo, ellas fueron el mensaje del evangelio de Cristo y las que me llevaron y condujeron a Su redil.

¿Qué fue lo que hizo que mis nuevas amigas fueran grandes líderes?

Un joven misionero definió el liderazgo de una manera muy simple; él dijo: “Debemos estar en el lugar y en el momento adecuados haciendo la voluntad del Señor y ayudando a la persona que necesite nuestra ayuda. Eso es lo que nos hace líderes”2. En virtud de lo que son y de la luz de Cristo que irradian, los jóvenes y jovencitas fieles de toda la Iglesia tienen la capacidad para dirigir a la manera del Salvador y “ayudar a otras personas a ser ‘discípulos verdaderos de… Jesucristo’”3.

En nuestra función de líderes, dirigimos, guiamos y apoyamos a nuestros jóvenes y jovencitas. Sin embargo, las presidencias de clase y de cuórum son responsables de liderar y dirigir la labor de sus clases y cuórums, incluso de seleccionar las lecciones dominicales y planificar las actividades de entre semana. Los líderes de clase y de cuórum son llamados y apartados bajo la dirección de aquellos que poseen llaves del sacerdocio; por consiguiente, tienen la autoridad para liderar y fortalecer a los demás jóvenes. Siguen el ejemplo del Salvador y aprenden a prestar servicio y a ministrar como Él lo hizo.

Oportunidades para que los jóvenes sean líderes

El liderazgo comienza en el hogar. “El cumplir nuestro deber a Dios como padres y líderes empieza por guiar mediante el ejemplo, o sea, vivir los principios del Evangelio con constancia y dedicación en casa”, enseñó el élder Robert D. Hales, del Cuórum de los Doce Apóstoles, “lo cual requiere determinación y diligencia diarias”4. Los padres enseñan la doctrina de Cristo y ayudan a los jóvenes a fijarse y alcanzar metas. El Progreso Personal y Mi Deber a Dios ayudan a los jóvenes a fortalecer su testimonio de Jesucristo, a prepararse para hacer y guardar convenios sagrados, y a cumplir con sus funciones y responsabilidades divinas en la familia, el hogar y la Iglesia.

En la Iglesia, los líderes del Sacerdocio Aarónico y de las Mujeres Jóvenes pueden ayudar a los jóvenes que prestan servicio en las presidencias de cuórum y de clase a comprender sus deberes sagrados y a magnificar su llamamiento de cuidar y fortalecer a los demás miembros de los cuórums y las clases.

En calidad de líderes adultos, preparamos a los jóvenes para que dirijan las reuniones de cuórum y de clase, y las actividades de la Mutual. Participamos con ellos en las reuniones de presidencia en las que ellos determinan maneras de ministrar a aquellos que tienen dificultades, de incluir a todos los jóvenes en las lecciones del domingo, y donde planifican actividades, proyectos de servicio, campamentos y Conferencias para la Juventud.

Instamos a las presidencias de jóvenes a que ayuden a todos los miembros de los cuórums y clases a participar en cada aspecto de la obra de salvación, incluso la obra misional de los miembros, la retención de conversos, la activación de los miembros menos activos, la obra del templo y de historia familiar, y la enseñanza del Evangelio5. Las presidencias de jóvenes ayudan a todos los jóvenes y jovencitas a conocer el gozo y la bendición de servir en el nombre del Salvador y apacentar Sus ovejas.

El trabajo del líder no gira en torno a volantes perfectos hechos con la ayuda de Pinterest ni clases con lujo de detalles. El trabajo del líder es ayudar a los jóvenes y las jovencitas a aprender y aplicar principios que les ayuden a ellos a dirigir a la manera del Salvador. Los siguientes son cuatro de esos principios6.

Prepararse espiritualmente

Ayuden a los jóvenes a comprender el poder que tiene la preparación espiritual personal. Enséñenles a ejercer fe en los convenios que hacen en la ordenanza de la Santa Cena. El estar dispuestos a tomar sobre sí el nombre de Cristo, a recordarle siempre y a guardar Sus mandamientos les otorga el derecho de tener siempre la compañía del Espíritu Santo. Si ellos reciben y reconocen los susurros del Espíritu Santo, y obran en consecuencia, no estarán solos en el servicio que presten.

Para prepararse espiritualmente procuran guía en ferviente oración y escudriñan las Escrituras en busca de respuestas; se esfuerzan por guardar los mandamientos a fin de que el Espíritu Santo les hable al corazón y a la mente, y sientan y sepan quién necesita de su ayuda y qué pueden hacer al respecto. Sienten el amor puro de Cristo por cada uno de los miembros de su clase o cuórum.

La preparación espiritual da a los jóvenes la confianza de que son agentes del Señor y de que están en Su obra (véase D. y C. 64:29).

Participar en consejos

Enseñen a los jóvenes el orden fundamental y el poder revelador de los consejos a medida que participen en ese proceso divinamente instituido, mediante el cual se gobierna la Iglesia del Señor y se bendice a las personas y a las familias7. Las reuniones del comité del obispado para la juventud y de las presidencias de cuórums y clases son consejos en los que los jóvenes aprenden sus deberes y reciben asignaciones de ministrar a los demás.

Los miembros de los consejos:

  • Trabajan en unidad con los líderes del sacerdocio, quienes poseen llaves, y siguen su guía.
  • Expresan su sentir y sus ideas con un espíritu de rectitud, santidad, fe, virtud, paciencia, caridad y bondad fraternal.
  • Colaboran, según los guíe el Espíritu Santo, a fin de planificar sus labores para ayudar a los necesitados.

Ministrar a los demás

Los jóvenes dirigen a la manera del Salvador al ministrar con amor y bondad. José Smith enseñó: “Nada tiene mayor efecto en las personas para inducirlas a abandonar el pecado que llevarlas de la mano y velar por ellas con ternura. Cuando las personas me manifiestan la más mínima bondad y amor, ¡oh, qué poder ejerce aquello en mi mente!”8.

El Salvador enseñó acerca del preciado e incalculable valor que tiene toda alma (véase D. y C. 18:10–15). Ayuden a los jóvenes a comprender la gloriosa verdad de que Jesucristo dio Su vida y abrió el camino para que todos vengamos a Él. Como muestra de gratitud por lo que hizo, los verdaderos siervos del Señor tienden la mano y ministran con bondad a cada joven y cada jovencita, por quienes el Salvador lo sacrificó todo.

Enseñar el evangelio de Jesucristo

Ayuden a los hombres y mujeres jóvenes a reconocer las oportunidades para enseñar el Evangelio y a entender que la enseñanza más importante es el ejemplo que den. A medida que los jóvenes vivan de conformidad con las palabras de los profetas y observen las normas del folleto Para la Fortaleza de la Juventud, dirigirán a la manera del Salvador. Por medio de la integridad de sus palabras y acciones demostrarán lo que significa ser un discípulo verdadero de Jesucristo y serán testigos de Él sin hipocresía. Entonces, cada vez que testifiquen, ayuden a enseñar las lecciones del domingo o compartan con sus amigos verdades del Evangelio, estarán llenos del Espíritu y sus palabras tendrán poder para convertir.

Dirigir a la manera del Salvador

El dirigir a la manera del Salvador es un privilegio sagrado que requerirá que los jóvenes hagan su mayor esfuerzo al servir al Señor en el hogar, la Iglesia y la comunidad. Los hombres y las mujeres jóvenes que dirigen a la manera del Salvador llegan a ser el mensaje del evangelio de Cristo, la respuesta a las oraciones de una persona, los ángeles que ministran a los necesitados y la luz de Cristo para el mundo.

La guía suficiente

La cantidad de apoyo que necesiten los jóvenes al aprender a liderar variará. Algunos pueden hacer más por su propia cuenta, mientras que otros necesitarán más guía. Los padres pueden deliberar en consejo a medida que ayudan a sus hijos a aprender a liderar. También las presidencias de los Hombres Jóvenes y las Mujeres Jóvenes pueden deliberar en consejo entre ellos y con el obispado a fin de determinar cuánta guía deben proporcionar a cada joven del barrio. La meta es: ayudar a los jóvenes y jovencitas a mejorar a partir de donde se encuentren.

Notas

1. David A. Bednar, “Youth and Family History”, lds.org/youth/family-history/leaders.
2. Carta del nieto de Carol F. McConkie, 13 de marzo de 2015.
3. Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 3.1.
4. Robert D. Hales, “Nuestro deber a Dios: La misión de padres y líderes para con la nueva generación”, Liahona, mayo de 2010, pág. 95.
5. Véase Manual 2, 5.
6. Véase Manual 2, 3,2.
7. Véase Manual 2, 4,1.
8. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 419, 456.

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Cómo llenar el libro de tu vida

Cómo llenar el libro de tu vida
Por el élder L. Tom Perry
Del Quórum de los Doce Apóstoles

L. Tom PerryDe un devocional del Sistema Educativo de la Iglesia que se llevó a cabo el 1º de noviembre de 1992.

 

Vengo a ustedes con una pregunta acerca de los recuerdos eternos que están creando en la vida. ¿Llevan esos recuerdos el comentario: “Ojalá hubiera…” o pueden decir: “Estoy feliz de haberlo hecho”?

Remontándonos en la historia, si pudiéramos seleccionar tan sólo un principio que contribuyera definitivamente a los recuerdos del tipo: “Estoy feliz de haberlo hecho”, ¿cuál sería? Sería el principio de la obediencia1.

Todos hacemos anotaciones diarias en el libro de nuestra vida. En ocasiones, revisamos esas anotaciones. ¿Qué tipo de recuerdos acudirán a su mente al examinar las páginas de sus anotaciones personales? ¿Cuántas páginas contendrán anotaciones de: “Ojalá hubiera…”? ¿Habrá anotaciones de postergaciones y fracasos por no haber aprovechado las oportunidades especiales? ¿Encontrarán anotaciones de haber sido desconsiderados en su trato con la familia, los amigos o incluso personas desconocidas? ¿Habrá notas de remordimiento por malas acciones y desobediencia?

Felizmente, cada día trae consigo una página nueva, en blanco, para cambiar las anotaciones de “Ojalá hubiera…” a “Estoy feliz de haberlo hecho”, mediante el proceso de reconocer, sentir remordimiento, arrepentirse y restituir. Los sentimientos de depresión por acciones del pasado u oportunidades perdidas serán eclipsados por la colección de recuerdos llenos de euforia, entusiasmo y el gozo de vivir.

A medida que examinen el conjunto de recuerdos que han ido colocando en el libro de la vida, ¿encontrarán los que prescribe el Señor para ser obedientes a Sus leyes? ¿Estarán allí el certificado de bautismo, las ordenaciones al Sacerdocio, tanto Aarónico como de Melquisedec para los jóvenes, los certificados de reconocimiento de las jovencitas y, por supuesto, una carta de relevo honorable de una misión de tiempo completo? ¿Habrá recomendaciones vigentes para el templo, recibos de diezmos, un matrimonio efectuado en el santo templo y la aceptación de llamamientos en el sacerdocio y en las organizaciones auxiliares?

Mi consejo para ustedes es que llenen sus bancos de memorias y el libro de la vida con tantas actividades del tipo “Estoy feliz de haberlo hecho” como les sea posible (véase Mosíah 2:41).

Comprométanse y adquieran la disciplina de ir en pos de esas experiencias positivas que los conducirán a la libertad y a la vida eterna. Mi testimonio a ustedes es que Dios vive, y que al moldear nuestra vida conforme a Su ley, hallaremos la verdadera felicidad aquí y oportunidades eternas en la vida venidera.

Nota

  1. Véanse los relatos de Alma hijo (Mosíah 27; Alma 29, 36), Adán y Eva (Moisés 5:4–11), Samuel y Saúl (1 Samuel 15:9–11, 13–14, 20–24) y Nefi (1 Nefi 3–5). Véase también D. y C. 130:20–21.

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Llegar al final con tu antorcha aún encendida

Llegar al final con tu antorcha aún encendida
Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Dieter F. Uchtdorf

En la antigua Grecia, los corredores competían en una carrera de relevos que se llamaba lampadedromía1. En la carrera, los corredores sostenían una antorcha en la mano y se la pasaban al siguiente corredor hasta que el último integrante del equipo cruzaba la línea de llegada.

El premio no se otorgaba al equipo que corría más rápido, sino al primer equipo que alcanzara la meta con su antorcha aún encendida.

Esto encierra una profunda lección, una que los profetas antiguos y modernos enseñaron: aunque es importante comenzar la carrera, más importante todavía es llegar al final con nuestra antorcha aún encendida.

Salomón empezó con firmeza

El gran rey Salomón es un ejemplo de alguien que empezó con firmeza. Cuando era joven, “amó a Jehová y anduvo en los estatutos de su padre David” (1 Reyes 3:3). Dios se sintió complacido con él y dijo: “Pide lo que quieras que yo te dé” (1 Reyes 3:5).

En lugar de pedir riquezas, o una larga vida, Salomón pidió un “corazón con entendimiento para juzgar a tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo” (1 Reyes 3:9).

Eso complació tanto al Señor, que bendijo a Salomón no solo con sabiduría, sino también con incalculables riquezas y con una larga vida.

Aunque Salomón en verdad fue muy sabio e hizo muchas cosas extraordinarias, no llegó al final con firmeza. Lamentablemente, más adelante en su vida “hizo Salomón lo malo ante los ojos de Jehová, y no siguió cumplidamente tras Jehová” (1 Reyes 11:6).

Acabar nuestra carrera

¿Cuántas veces hemos comenzado algo y no lo hemos terminado? ¿Dietas? ¿Programas de ejercicios? ¿El compromiso de leer las Escrituras a diario? ¿La decisión de ser mejores discípulos de Jesucristo?

¿Con cuánta frecuencia tomamos resoluciones en el mes de enero y las cumplimos con determinación férrea durante unos días, algunas semanas, o incluso algunos meses, solo para descubrir que, en octubre, la llama de nuestro compromiso se ha reducido a apenas cenizas?

Un día vi una imagen muy graciosa de un perro echado junto a un trozo de papel que había hecho trizas; el papel decía: “Certificado de adiestramiento para perros”.

Algunas veces somos así;

tenemos buenas intenciones, comenzamos con firmeza, queremos ser la mejor versión de nosotros mismos; pero al final, hacemos trizas nuestras resoluciones, las desechamos y nos olvidamos de ellas.

Tropezar, fallar y, en ocasiones, tener el deseo de abandonar la carrera son parte de la naturaleza humana; pero como discípulos de Jesucristo nos hemos comprometido no solo a comenzar la carrera, sino también a acabarla, y a hacerlo con nuestra antorcha ardiendo todavía con intensidad. El Salvador prometió a Sus discípulos: “…el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24:13).

Permítanme parafrasear lo que el Salvador ha prometido en nuestros días: Si guardamos Sus mandamientos y llegamos al final con nuestra antorcha aún encendida, tendremos la vida eterna, que es el mayor de todos los dones de Dios (véase D. y C. 14:7; véase también 2 Nefi 31:20).

La luz que nunca se apaga

En ocasiones, después de tropezar, fallar, o incluso de rendirnos, nos desalentamos y creemos que nuestra luz se ha apagado y que hemos perdido la carrera. Sin embargo, les testifico que la luz de Cristo no se puede extinguir; brilla en la noche más oscura y volverá a iluminar nuestro corazón si tan solo inclinamos nuestro corazón hacia Él (véase 1 Reyes 8:58).

No importa cuán a menudo o cuán lejos caigamos, la luz de Cristo siempre arde intensamente y, aun en la noche más profunda, Su luz disipará las sombras y volverá a encender el fuego en nuestra alma si tan solo damos un paso hacia Él.

Esta carrera del discipulado no es una carrera de velocidad, sino un maratón; y tiene poca importancia lo rápido que vayamos. De hecho, la única manera en que podemos perder la carrera es si finalmente cedemos o nos damos por vencidos.

Siempre y cuando sigamos levantándonos y avanzando hacia nuestro Salvador, ganamos la carrera con nuestras antorchas ardiendo con intensidad,

porque la antorcha no se trata de nosotros ni de lo que hacemos;

se trata del Salvador del mundo;

y esa es una Luz que nunca se puede apagar. Es una Luz que consume la oscuridad, sana nuestras heridas y resplandece aun en medio de la más profunda tristeza y de las tinieblas más impenetrables;

es una Luz que sobrepasa todo entendimiento.

Ruego que cada uno de nosotros llegue al final del camino que hemos emprendido; y con la ayuda de nuestro Salvador y Redentor, Jesucristo, acabaremos con gozo y con nuestras antorchas aún encendidas.

Cómo enseñar con este mensaje

Quizás desee instar a aquellos a quienes enseña a reflexionar en cuanto a dónde se encuentran en sus “carreras” de la vida. ¿Están ardiendo sus antorchas con intensidad? Podría leer la frase que dice que la luz de Cristo es “una Luz que consume la oscuridad, sana nuestras heridas y resplandece aun en medio de la más profunda tristeza y de las tinieblas más impenetrables”. Luego considere la posibilidad de analizar con aquellos a los que enseña cómo la luz de Cristo ha influido en el pasado en la vida de ellos, y cómo influye en ellos ahora.

Jóvenes

Aviva tu antorcha: La prueba de los treinta días

Para los jóvenes de la Iglesia, con vidas tan ajetreadas, resulta fácil estancarse en la rutina, especialmente en las cosas espirituales. Leemos las Escrituras, oramos y adoramos de la misma manera casi todos los días, y después nos preguntamos por qué parece que estamos decaídos espiritualmente.

Una de las mejores formas de mantener tu antorcha ardiendo con intensidad es asegurarte de que tienes experiencias espirituales significativas. Pero es más fácil decirlo que hacerlo, de modo que aquí tienes una sugerencia para ayudarte a continuar progresando espiritualmente: piensa en una actividad relacionada con el Evangelio que no hayas hecho antes (o que casi nunca haces) y comprométete a realizarla cada día durante un mes. Puedes comenzar con algo pequeño, ya que descubrirás que es más fácil hacer que los cambios pequeños se conviertan en cambios perdurables. El hacer las cosas que nos sacan de nuestra zona de confort espiritual tal vez requiera más fe y mayor esfuerzo de nuestra parte, pero cuando las hacemos, invitamos al Espíritu Santo a estar con nosotros y mostramos mayor fe en el Padre Celestial y el deseo de acercarnos más a Él. Aquí tienes algunas ideas para ayudarte a comenzar:

  • Ponte la meta de orar por las mañanas y por las noches. Trata de orar en voz alta.
  • Despiértate quince minutos antes y lee las Escrituras antes de ir a la escuela.
  • Lee los discursos de la pasada conferencia general.
  • Publica un pasaje del Libro de Mormón en las redes sociales.
  • Escucha himnos o música de la Iglesia en lugar de tu música habitual.

Niños

Haz que tu antorcha brille más

Hace mucho tiempo, en Grecia, había una carrera en la que los corredores sostenían antorchas encendidas. El que corría toda la carrera con la antorcha encendida era el ganador. El presidente Uchtdorf dice que la vida es como esa carrera. La antorcha que sostenemos es la luz de Cristo. Cuando tratamos de ser como Jesucristo, hacemos que nuestras antorchas brillen con más intensidad.

october-2015

Colorea los círculos de las cosas que este niño puede hacer para ser como Jesús y hacer que su antorcha brille más.

Nota

1. Harpers Dictionary of Classical Antiquities, 1898, “Lampadedromia”, http://www.perseus.tufts.edu/hopper. Pausanias describe otra carrera de antorchas en la que los portadores, posiblemente uno de cada tribu, no pasaban la antorcha a otros; pero en lo que a la lampadedromía se refiere, el ganador era el primero en llegar al final de la carrera con su antorcha aún encendida.

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El Reino de Dios

Conferencia General Abril 1971

El Reino de Dios

Theodore M. Burton

por el Élder Theodore M. Burton
Ayudante del Consejo de los Doce


Una de las historias más interesantes en el Antiguo Testamento es la que se refiere a la interpretación que Daniel le dio al sueño de Nabucodonosor. En su sueño, el rey vio una gran imagen de aspecto muy terrible y cuyo brillo era sumamente grande; pero una piedra que se desprendió de una montaña se estrelló contra el ídolo quebrándolo en mil pedazos. Esta experiencia perturbó tanto al rey que buscó una interpretación de su sueño.

En la interpretación del mismo, Daniel el Profeta, dijo que más tarde Dios establecería un reino que nunca sería destruido, que finalmente ese reino consumiría a todos los otros reinos y permanecería para siempre. Sus palabras se encuentran registradas en las escrituras:

«De la manera que viste que del monte fue cortada una piedra, no con mano, la cual desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro. El gran Dios ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir; y el sueño es verdadero, y fiel su interpretación» (Daniel 2:45).

La mayoría de los escritores religiosos y ciertamente todos los autores cristianos nos aseguran correctamente que este reino que había de venir es el reino de Jesucristo. No obstante, surge una pregunta importante, en cuanto al tiempo en que ese reino había de ser establecido. La mayoría de los cristianos suponen que este sueño hacía referencia al reino eclesiástico que empezó con el ministerio terrenal de Jesucristo; olvidan que el cristianismo, como fue practicado a través de los siglos, creaba reinos en lugar de reemplazarlos. La gente también olvida que Jesucristo mismo habló de una apostasía futura. Al hablar de los últimos días, Jesús amonestó:

«Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos» (Mateo 24:24).

Predijo la muerte de sus apóstoles, la cual sabemos que realmente se llevó a cabo. Antes de la destrucción de estos apóstoles, Pablo amonestó a los santos de esa época:

«Que no os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar, ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, en el sentido de que el día del Señor está cerca.

«Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía. . .» (2 Tesalonicenses 2:2-3). Seguir leyendo

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Todos podemos participar de la bendición de Adán

Conferencia General Abril 1971

Todos podemos participar
de la bendición de Adán

Eldred G. Smith

por el Élder Eldred G. Smith
Patriarca de la Iglesia


Después que Adán y Eva fueron expulsados del Jardín de Edén, les fueron enseñados los principios del evangelio y el plan de salvación; el plan mediante el cual podrían regresar a su Padre Celestial. Asimismo se les instruyó enseñar este plan del evangelio a sus hijos.

Generalmente éstos no aceptaban sus enseñanzas, excepto Abel, quien fue asesinado; entonces, entre otros hijos, nació Set, quien aceptó las enseñanzas de Adán.

El Señor le prometió a Adán que tendría una simiente justa que perduraría hasta el fin de la tierra, lo cual se encuentra registrado en el libro de Moisés: «Y ese día descendió sobre Adán el Espíritu Santo que da testimonio del Padre y del Hijo, diciendo: . . . para que así como has caído puedas ser redimido; también todo el género humano, aun cuantos quisieren» (Moisés 5:9).

En el siguiente capítulo leemos: «Pues este mismo sacerdocio que existió en el principio existirá también al fin del mundo.

«Esta profecía la pronunció Adán por inspiración del Espíritu Santo, y se conservaba una genealogía de los hijos de Dios. . . (Moisés 6:7-8).

Este llegó a ser el registro de la simiente real, el cual, en parte por lo menos, es un registro del cumplimiento de esta promesa. Hoy día lo tenemos, por lo menos en parte, y es conocido como la Biblia.

La revelación moderna nos lo brinda de esta manera:

«Este orden fue instituido en los días de Adán, y descendió por linaje de la siguiente manera:

«De Adán a Set, quien fue ordenado por aquél a la edad de sesenta y nueve años; y tres años antes de la muerte de Adán, fue bendecido por él y recibió la promesa de Dios, por conducto de su padre, de que su posteridad sería la escogida del Señor, y que sería preservada hasta el fin del mundo.» (Doc. y Con, 107:47-42. Cursiva agregada.)

Esta promesa le fue repetida nuevamente a Abraham, que fue la posteridad de Set:

«Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3).

«En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz» (Génesis 22:18).

En la Perla de Gran Precio tenemos un registro escogido, el Libro de Abraham, en donde se describe cómo se aplica a nosotros esta bendición en la actualidad. Dirigiéndose a Abraham, el Señor dijo:

«Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré sobre manera, y engrandeceré tu nombre entre todas las naciones/ y serás una bendición a tu simiente después de ti, para que en sus manos lleven este ministerio y sacerdocio a todas las naciones;

«Y las bendeciré mediante tu nombre; pues cuantos reciban este evangelio llevarán tu nombre, y serán contados entre tu simiente, y se levantarán y te bendecirán como su padre,

Con cada dispensación viene un nuevo énfasis del Sacerdocio con todas sus bendiciones Seguir leyendo

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Y tú, una vez vuelto

«Y tú, una vez vuelto”liahona-19722
Presidente S. Dilworth Young
del Primer Consejo de los Setenta

S. Dilworth Young«. . . Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.» Así le dijo el Señor a Pedro mientras se preparaba a sí mismo y a sus apóstoles para su gran sacrificio. Esta declaración quizás asombró a Pedro, y ciertamente lo perturbó, ya que dijo: «Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte.» Entonces el Señor le respondió que «el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces» (Lucas 22:32-34).

Marcos registra que la vehemente declaración de devoción de Pedro fue repetida por el resto de los apóstoles en estas palabras: «También todos decían lo mismo» (Marcos 14:31). Sin embargo, cuando llegó el momento y una criada acusó a Pedro de ser un discípulo, éste lo negó. De la misma forma, y pese a sus propias declaraciones, los otros diez no hicieron lo que habían declarado que harían.

Pedro había estado al servicio del Señor por tres años; había visto, pero parecía no darse cuenta de lo que el Señor quiso decir cuando dijo: «y tú, una vez vuelto».

De entonces en adelante, las cosas habrían de ser diferentes; habría una crucifixión, uno de los métodos más dolorosos de ejecución que hayan sido inventados por el hombre, que a la vez desgarró las emociones vitales de cualquiera que haya presenciado tal muerte. Habría una resurrección—la primera ocurrida en esta tierra—y de ella, un resurgimiento dé gozó y esperanza. El Señor se alejaría; dejaría su obra en manos de los once que habían estado constantemente con él: hombres que lo habían escuchado por tres años, que no habían comprendido exactamente lo que quiso decir, que presenciaron su crucifixión y palparon su cuerpo resucitado, y aun así no supieron lo que era convertirse hasta que el Espíritu Santo los visitó y tocó sus almas con fuego.

En los hechos inspirados de Pedro en el día de Pentecostés, vemos lo que significa ser convertido, en comparación a las vacilantes negativas en la noche del arresto del Señor. El hombre que se presentó en Pentecostés no fue el mismo que temerosamente protestó «no conozco a este hombre.» Aquel Pablo que después de su bautismo y recepción del Espíritu Santo le declaró intrépidamente la verdad a Agripa, era un hombre completamente diferente del hombre que iba hacia Damasco en busca de cristianos para destruirlos.

Pedro creyó y negó; fue convertido y llegó a ser una roca contra la cual el poder de Satanás era impotente; llegó a ser resuelto e intrépido, empujado por un poder interno, fuerte y verdadero. Pablo persiguió a causa de la incredulidad, pensando que estaba al servido de Dios, pero fue convertido y llegó a ser como Pedro.

La conversión trae consigo la fortaleza y la determinación para defender y propagar la obra del Señor en la tierra. Esta conversión se efectúa cuando una persona recibe el bautismo de fuego, el testimonio del Espíritu Santo.

Y entonces las llaves de todo, dadas antes a Pedro, tendrían para él un verdadero significado. De ahí en adelante llevaría la carga, la entera responsabilidad de llevar la obra del Señor a todo el mundo; tendría que dirigir a los otros miembros de los Doce y la obra del ministerio, tanto para los gentiles como en las ramas organizadas. Seguir leyendo

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Practicando lo que predicamos

Conferencia General Abril 1971

Practicando lo que predicamos

Marion D. Hanks

por el Élder Marion D. Hanks
Ayudante del Consejo de los Doce

Gocemos de las bendiciones de la familia y el hogar, mientras hay tiempo.


Al darle las gradas al hermano Hinckley esta mañana por su gran sermón del domingo, mencioné un recuerdo que acudió a mi mente sobre dos hombres, uno de los cuales acababa de pronunciar un gran discurso; el otro le dio las gracias, lo felicitó y dijo: «Fue un gran sermón; quisiera haberlo dado yo.» El discursante respondió: «lo harás.»

Me imagino que muchos de nosotros utilizaremos como modelo algunos de los grandes sermones que hemos escuchado en esta conferencia.

Mi tema esta mañana es: practicando lo que predicamos. Supongo que todos comprendemos lo que eso significa. El domingo pasado encontrándome en Logan, escuché a una excelente maestra comentar sobre la conversación que tuvo con una pequeña de su clase, a quien le preguntó: «¿Qué significa practicar lo que predicamos?» «Ah,» dijo la niña, «significa escribir el discurso y practicarlo una y otra vez antes de darlo en la Iglesia.»

Está mañana quisiera decir Unas cuantas palabras sobre la interpretación más convencional de practicar lo que predicamos.

La otra noche, visité en el hospital a mi hermana que se encontraba sumamente enferma. Su esposo y familia estaban alrededor de la cama efectuando su noche de hogar, bajo la dirección de uno de los hijos que acababa de regresar de una misión. Me uní a ellos y volví a casa con gozo y agradecimiento a Dios por esa clase de ejemplo; me reuní con mi propia familia que me esperaba, y oramos a fin de poder practicar mejor lo que predicamos.

Esta mañana la visité y ambos nos comunicamos con el Señor, y es con el espíritu de esa humilde experiencia que ofrezco mi testimonio esta mañana.

¿Qué creemos que debemos estar practicando, o practicar más eficazmente la mayoría de nosotros? ¿Cuál es nuestro deber? ¿Qué se nos ha mandado? ¿Qué predicamos? Pues bien, una cosa importante que predicamos es que los padres deben amar y enseñar a sus hijos y poner un ejemplo honorable ante ellos, y que los hijos deben honrar y obedecer a sus padres. Los padres han de amarse y unirse el uno al otro; y los hijos, como dijo Benjamín, deben «amarse mutuamente y servirse el uno al otro.» Se nos enseña a reunimos cada semana en una noche de hogar, orar juntos como familia, dar un informe de los diezmos que pagamos, asistir a la reunión sacramental y adorar juntos como familia. Nos es requerido ayunar juntos, y entregarle al obispo una cantidad equivalente al costo de lo que no comimos, para el cuidado de los necesitados. Seguir leyendo

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No temeréis

Conferencia General Abril 1971

No temeréis

Alvin R. Dyer

por el Élder Alvin R. Dyer
Ayudante del Consejo de los Doce


En el día de Pentecostés, en la antigua Jerusalén, el apóstol Pedro le declaró al pueblo que Jesucristo, que previamente les había sido predicado, volvería de nuevo, pero que ese día sería retrasado hasta que hubiera una restitución o restauración de todas las cosas, y que este acontecimiento había sido prometido desde que el mundo fue creado. La organización de la Iglesia de Cristo, conocida como La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en este día y época, es parte de esa restauración.

Actualmente reafirmamos nuestra convicción y testimonio de aquello que aconteció en la organización de la Iglesia de Cristo en esta dispensación, hace 141 años. En aquella ocasión, y a los que se encontraban reunidos, el Señor hizo referencia a lo que se había ya logrado en la restauración del evangelio por medio de su siervo José Smith. He aquí sus palabras:

«Y le dio mandamientos que lo inspiraron;

«Y le dio poder de lo alto para que por los medios desde antes preparados tradujera el Libro de Mormón,

«Que contiene la historia de un pueblo caído, y la plenitud del evangelio de Jesucristo a los gentiles, y también a los judíos;

«El cual se dio por inspiración, se confirma a otros por ministración angélica, y por ellos se declara al mundo—

«Probando al mundo que las santas escrituras son verdaderas, y que Dios inspira a los hombres y los llama a su santa obra en esta edad y generación, tanto como en las de la antigüedad;

«Demostrando así que él es el mismo Dios ayer, hoy y para siempre. Amén» (Doc. y Con. 20:7-12).

La Iglesia de Cristo ha sido restaurada en ésta, la última de todas las dispensaciones, a la cual el Señor le llama «la dispensación del cumplimiento de los tiempos» (Doc. y Con. 112: 30). Cuando esté completa, producirá un encadenamiento de todas las dispensaciones previas, con sus llaves, principios e inteligencia desde los días de Adán. Siendo la última, esta dispensación pronostica las doctrinas de las últimas cosas en la preparación para la segunda venida de Cristo el Señor, y del fin de la existencia mortal del hombre sobre la tierra. Seguir leyendo

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El mensaje de la restauración

Conferencia General Abril 1971

El mensaje de la restauración

A. Theodore Tuttle

Presidente A. Theodore Tuttle
del Primer Consejo de los Setenta


Mis queridos hermanos, os habéis congregado para escuchar al Coro del Tabernáculo cantar su música singularmente bella, para adorar en este día de reposo y aprender algo más acerca de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En los minutos siguientes quisiera explicar el mensaje de esta Iglesia.

Es el mensaje del evangelio restaurado. Hablo de la restauración, porque la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la Iglesia restaurada. En organización y poder, es como el Salvador la estableció cuando anduvo en la tierra. La Iglesia de Jesucristo de los «Santos de los Últimos Días» se distingue de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los días antiguos. Ha sido establecida en lo que el Señor ha llamado «la dispensación del cumplimiento de los tiempos» o sea la última dispensación del evangelio.

La piedra angular de nuestro mensaje es la filiación divina de Cristo. Él era el Hijo de Dios, el Padre Eterno, de quien heredó la inmortalidad, o el poder para vivir, y era hijo de María, de quien heredó la mortalidad, o el poder para morir. Por esto, podía decir: «Nadie me la quita (mi vida), sino que yo de mí mismo la pongo… Este mandamiento recibí de mi Padre» (Juan 10:18).

Como Hijo de Dios, tuvo poder para expiar los pecados de toda la humanidad; rompió los lazos de la muerte, inició la resurrección y llegó a ser las primicias de la misma.

Se levantó de la tumba y tomó su cuerpo terrenal:

«Después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios. . .

«Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y. . .

«. . . se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas,

«los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.» (Hechos 1:3, 9-11. Cursiva agregada.)

En Cristo está la salvación; o sea, en El y por medio de Él, de su expiación y resurrección, podemos salvarnos mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas de su evangelio. Seguir leyendo

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El Espíritu da testimonio

El Espíritu da testimonio

President Boyd K. Packerpor el élder Boyd K. Packer
del Consejo de los Doce

 «Sé que Dios vive y que Jesús es el Cristo»


Fue hace un año exactamente, en una asamblea solemne, que tuvimos el privilegio de levantar nuestras manos para sostener a las Autoridades de la Iglesia, de la misma forma que lo hemos hecho esta mañana. Fue en esa mañana de abril que escuché mi nombre al ser presentado para vuestro sostenimiento como miembro del Quorum de los Doce Apóstoles. Recayó sobre mí la obligación de permanecer junto con los otros hombres que habían sido llamados como testigos especiales del Señor Jesucristo sobre la tierra.

Quizás os habréis preguntado, como yo lo he hecho, por qué debía venirme a mí este llamamiento. A veces parecía cosa accidental el haber recibido ayuda para mantenerme digno; sin embargo, siempre prevalecía en mí el sentimiento constante, tranquilo, de que era guiado y preparado.

Esta mañana ha sido nuestro privilegio levantar nuestras manos para sostener al Presidente de la Iglesia. Considero eso como un gran privilegio y una obligación especial, ya que poseo un testimonio sobre él.

Unas semanas antes de la reunión efectuada en el mes de abril pasado, salí de la oficina un viernes por la tarde pensando en la asignación que tenía para la conferencia ese fin de semana. Esperé que el ascensor bajara del quinto piso; al abrirse lentamente las puertas del mismo, vi que se encontraba ahí el presidente José Fíelding Smith. Por un momento me sorprendí al verlo, ya que su oficina se encuentra en un piso más abajo.

Al verlo bajo el marco de la puerta, me sobrevino un poderoso testimonio: he ahí el Profeta de Dios. Esa dulce voz del Espíritu  que es semejante a la luz, que tiene algo que ver con la inteligencia pura, me afirmó que éste era el Profeta de Dios.

No es necesario tratar de definir esta experiencia a los Santos de los Últimos Días; esa clase de testimonio es característica de esta Iglesia. No es algo reservado para los que ocupan altos puestos; es un testimonio, que no solamente está disponible sino que es vital para todo miembro.

Y así como es con el Presidente, así es con sus consejeros.

Al norte de donde nos encontramos, en la cordillera de Wasatch, se encuentran tres grandes montañas. El poeta las describiría como poderosas pirámides de piedra. La del centro, la más alta de las tres, el mapa la identifica como Willard Peak; pero los pioneros la llamaban «La Presidencia». Si algún día llegareis a pasar por Willard, mirad hacia el este, y en lo alto, muy alto, se encuentra «La Presidencia.» Seguir leyendo

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El hombre no puede perseverar con luz prestada

Conferencia General Abril 1971

El hombre no
puede perseverar con luz prestada

Henry D. Taylor

por el élder Henry D. Taylor
Ayudante del Consejo de los Doce

Cada persona debe adquirir un conocimiento personal de la verdad y ser guiada por la luz que lleve dentro de sí.


Al visitar las estacas de la Iglesia y observar vuestro fiel y devoto servicio, uno se siente impresionado por vuestra diligente voluntad para servir al Señor y ayudar a vuestro prójimo.

Este deseo de servir está basado en una firme convicción de que la obra en la que estáis embarcados es verdaderamente la obra del Señor, Esta convicción se llama testimonio, una fuerza impulsora que resulta en hechos rectos y acciones positivas. Al observar este dedicado servicio, uno se da cuenta de que la fortaleza de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días yace en los testimonios de sus miembros.

Todo miembro de la Iglesia tiene el derecho de saber que Dios, nuestro Padre Celestial, vive; que no está muerto. También tiene el derecho de saber que nuestro hermano mayor, Jesucristo, es el Salvador y Redentor del mundo, que El ha abierto la puerta a fin de que nosotros, medíante nuestras acciones individuales, podamos recibir salvación y exaltación, y morar nuevamente en la presencia de nuestro Padre Celestial. Debemos buscar diligentemente esta seguridad y testimonio. En 1856, Heber C. Kimball, consejero del presidente Brigham Young, amonestó a los Santos de que les sobrevendrían muchas tribulaciones para probar su fe; que llegaría el tiempo en que ningún hombre o mujer podría perseverar con luz prestada. Cada uno debía adquirir un conocimiento personal de la verdad y ser guiado por la luz que llevara dentro de sí.

El presidente McKay aseguró a un grupo de jóvenes que ellos podrían obtener un conocimiento de la verdad y un testimonio del evangelio si durante su juventud aprendían una gran lección: «Que la pureza de corazón, y un corazón sincero que busca la inspiración del Salvador diariamente, llevará a un testimonio de la verdad del evangelio de Cristo . . .» Este consejo indica que los testimonios se pueden obtener por medio de una vida limpia y la oración.

José Smith, pese a que era solamente un joven, tuvo fe y oró a nuestro Padre Celestial para recibir respuesta a un problema que era de suma importancia para él. Fue bendecido con una visitación personal de nuestro Padre Celestial y el Señor Jesucristo.

Saulo de Tarso, que fue un perseguidor de los discípulos de Jesús, llegó a ser Pablo, el Apóstol, defensor de Cristo, después de una dramática experiencia que tuvo en el camino a Damasco. Apareció una luz en los cielos y oyó una voz que decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Y le respondió diciendo: «¿Quién eres, Señor?» Y el Señor dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón» (Hechos 9:3-5). Seguir leyendo

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