El gárment del santo sacerdocio
Por el presidente Jeffrey R. Holland
Presidente en Funciones del Cuórum de los Doce Apóstoles
Como parte de la investidura del templo, se nos ha dado un sagrado recordatorio físico
de nuestros convenios: un símbolo del Salvador mismo.

Independientemente de la preparación que sin duda se les había proporcionado y de los consuelos que trataban de recordar, para Adán y Eva debe haber sido un golpe inesperado dejar su paradisíaco Jardín de Edén y adentrarse en un mundo caído.
Con solemne entendimiento, se dieron cuenta de lo que significaba cambiar su vida tranquila y despreocupada por un mundo de oposición y sudor, espinos y pesar, seguido finalmente de algo llamado muerte. Al principio no podían saber lo que todo aquello significaba, pero pronto aprendieron que cada día podía traer consigo nuevo dolor. De hecho, lo más doloroso de todo fue el entendimiento de que afrontarían todo eso separados de su Padre Celestial, “excluidos de su presencia”, escribiría Moisés más adelante.
Dada esa separación y esa soledad en un mundo frío y lúgubre, cuán reconfortante debe haber sido para Adán y Eva recordar una cosa: que se habían hecho promesas, algo sagrado y eterno llamado convenios. Ellos habían prometido que obedecerían al Padre todos los días de su vida, y Él les había prometido proporcionar un Salvador que aliviaría su dolor y pesar, que expiaría sus errores, y los llevaría a salvo de regreso a Su presencia. Seguir leyendo






























