20
¿De dónde viene el hombre?
El hombre en el mundo espiritual
Una de las verdades más hermosas que se han revelado al hombre mediante la restauración del evangelio en esta dispensación, y que arroja mucha luz sobre una multitud de asuntos, es el conocimiento de que todos los hombres vivieron con Dios y su Hijo Jesucristo en el mundo espiritual antes de venir aquí a la tierra.
Esta doctrina nueva, y a la vez antigua, se describe hermosamente en uno de los himnos de los Santos de los Ultimos Días que lleva por título “Oh mi Padre” (Himno N° 208), cuya letra es composición de Eliza R. Snow:
Oh mi Padre, Tú que moras en el celestial lugar, ¿cuándo volveré a verte y tu santa faz mirar?
¿Tu morada antes era, de mi alma el hogar?
¿En mi juventud primera, fue tu lado mi altar?
Pues por tu gloriosa mira me hiciste renacer, olvidando los recuerdos de mi vida anterior.
Pero algo a menudo dijo: “Tú errante vas”. Y sentí que peregrino soy de donde Tú estás.
Antes te llamaba Padre sin saber por qué lo fue, mas la luz del evangelio aclaróme el porqué.
¿Hay en cielos Padres solos? Niega la razón así; la verdad eterna muestra Madre hay también allí.
Cuando yo me desvanezca, cuando salga del mortal, Padre, Madre, ¿puedo veros en la corte celestial?
Sí, después que ya acabe cuanto haya que hacer, dad me vuestra santa venia con vosotros a morar.
El 6 de mayo de 1833, en una revelación dada por medio del profeta José Smith, el Señor dijo:
“También el hombre fue en el principio con Dios. La inteligencia, o la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser.” (D. y C. 93:29.)
Para ilustrar más claramente esta verdad mientras enseñaba a los miembros de la Iglesia, el profeta José Smith tomó un anillo y explicó que si partimos el anillo, tiene un principio y un fin; pero si no se parte, no tiene principio y consiguientemente tampoco puede tener fin. (Véase Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 438.) Asimismo, como la inteligencia del hombre no tuvo principio, tampoco puede tener fin.
Un concilio en los cielos
El profeta José Smith nos dio la traducción de unos anales antiguos, ciertos escritos de Abraham mientras éste se hallaba en Egipto, los cuales llegaron a manos de José después de haberse descubierto en las catacumbas de Egipto. El Señor le reveló a Abraham que las inteligencias o espíritus de los hombres existieron con Dios antes que el mundo fuese creado. Se verificó un concilio en los cielos, en el cual se forjó un plan para la creación de la tierra, sobre la cual las inteligencias o espíritus pudieran morar. Este plan también proveía su redención:
Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas ante que existiera el mundo; y entre todas éstas había muchas de las nobles y grandes;
y vio Dios que estas almas eran buenas, y estaba en medio de ellas, y dijo: A éstos haré mis gobernantes; pues estaba de pie entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer.
Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a tos que se hallaban con él: Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar;
y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare;
y a los que guarden su primer estado les será añadido; y aquellos que no guarden su primer estado no tendrán gloria en el mismo reino con los que guarden su primer estado; y a quienes guarden su segundo estado, les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás.
Y el Señor dijo: ¿A quién enviaré? Y respondió uno semejante al Hijo del Hombre: Heme aquí; envíame. Y otro contestó, y dijo: Heme aquí, envíame a mí. Y el Señor dijo: Enviaré al primero.
Y el segundo se enojó, y no guardó su primer estado; y muchos ¿o siguieron ese día. (Abraham 3:22-28.)
Por esto se verá que los espíritus de todos los hombres existieron en el principio con Dios; que algunos se habían distinguido a tal grado que el Señor, al hallarse entre muchos que eran nobles y grandes, dijo: “A éstos haré mis gobernantes”; y a Abraham:
“Tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer.”
Tomemos nota de la promesa del Señor, que “a los que guarden su primer estado les será añadido”. Este primer estado es la vida que tuvimos en el mundo espiritual antes que naciésemos. Abraham fue escogido antes de nacer y, como veremos más adelante, otros también lo han sido.
Reparemos también en sus otras palabras: “Aquellos que no guarden su primer estado no tendrán gloria en el mismo reino con los que guarden su primer estado.” Cuando Dios aceptó la oferta de su Hijo Jesús, “el segundo se enojó, y no guardó su primer estado; y muchos lo siguieron ese día”.
De modo que Satanás y la tercera parte de las huestes del cielo no guardaron su primer estado. Por tanto, fueron lanzados a la tierra y privados de la oportunidad de tomar sobre sí cuerpos terrenales; y así permanecen cuerpos de espíritu únicamente, y así “no tendrán gloria en el mismo reino con los que guarden su primer estado”. El Señor así lo declaró en una revelación que le comunicó al profeta José Smith en septiembre de 1830:
Y aconteció que Adán, habiendo sido tentado por el diablo— pues, he aquí, éste existió antes que Adán, porque se rebeló contra mí, diciendo: Dame tu honra, la cual es mi poder; y también alejó de mí a la tercera parte de las huestes del cielo, a causa de su albedrío;
y fueron arrojados abajo, y así llegaron a ser el diablo y sus ángeles. (D. y C. 29:36-37.)
Es evidente, pues, que los espíritus de todos los hombres existieron en la presencia de Dios antes que este mundo fuese creado, y se consultaron los unos con los otros con respecto a la creación de la tierra sobre la cual ellos iban a morar. Por haberse aceptado el plan de Jesucristo, dándole al hombre su libre albedrío, y por haberse rechazado el plan de Lucifer, éste se rebeló y fue expulsado de los cielos. La tercera parte de los espíritus le siguieron y fueron echados con él, como lo atestiguan las Escrituras.
Es razonable suponer que entre aquellos que permanecieron, había tanta diferencia, con respecto a su fidelidad y diligencia, como la que hallamos entre estos mismos espíritus después que vienen a la tierra. Esto concuerda con la afirmación de Abraham, que Dios estuvo en medio de ellos y dijo:
A éstos haré mis gobernantes; pues estaba de pie entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo:
Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer. (Abraham 3:23.)
Satanás y sus ángeles
Consideremos ahora lo que la Biblia dice concerniente a Satanás y sus ángeles o la tercera parte de los espíritus que fueron echados de los cielos con él:
Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles;
pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo.
Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. (Apocalipsis 12:7-9.)
Y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó en tierra. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese. (Apocalipsis 12:4.)
Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día. (Judas, versículo 6.)
¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones…
Se inclinarán hacia ti los que te vean, te contemplarán, diciendo: ¿E8 éste aquel varón que hacía temblar la tierra, que trastornaba los reinos. (Isaías 14:12, 16.)
Por lo anterior podemos ver que Satanás y sus huestes fueron arrojados a la tierra; que en otro tiempo fueron ángeles, pero por no haber guardado “su primer estado”, llegaron a ser demonios; que Satanás fue un ser personal en el mundo espiritual, tan real como cualquiera de los espíritus que han recibido cuerpos por medio de su nacimiento en este mundo.
También el apóstol Pedro conocía esta grande verdad:
Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio... (2 Pedro 2:4.)
Los hijos de Dios se regocijaron
El Señor le dio a entender a Job que “se regocijaban todos los hijos de Dios”, mientras se fundaba la tierra. (Job 38:7.) De modo que deben haber tenido la habilidad para entender y regocijarse, aun cuando no conocían sino una existencia espiritual:
Entonces respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo:
¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría?
Ahora ciñe como varón tus lomos; yo te preguntaré, y tú me contestarás.
¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia.
¿Quién ordenó sus medidas, silo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel?
¿Sobre qué están fundadas sus basas? ¿O quién puso su piedra angular,
cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios? (Job 38:1-7.)
El apóstol Pablo entendía este principio, así como el hecho de que el Señor conocía a todos los espíritus de los hombres antes que vivieran sobre la tierra. Por tanto, con toda razón podía hablar de “los límites de su habitación” aquí en la tierra:
Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación. (Hechos 17:26.)
Los profetas fueron escogidos antes de nacer
Este concepto le señala un propósito a la vida y muestra, por lo menos, quiénes fueron los espíritus “nobles y grandes”, incluso el de Abraham, entre los cuales el Señor estuvo, y a los que también escogió para que fuesen sus príncipes. Indica que pudo habérseles designado a los profetas un tiempo para venir a la tierra a fin de cumplir con la obra que les fue señalada o la misión a la cual se les llamó en el mundo de los espíritus. Nos puede servir como ejemplo el caso del profeta Jeremías, que fue escogido antes de nacer:
Vino pues palabra de Jehová a mí, diciendo:
Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones. (Jeremías 1:4-5.)
El espíritu de José Smith, igual que el de Jeremías, también fue uno de los “nobles y grandes”. El Señor le designó su obra, y lo reservó para que viniera en esta dispensación y fuera por profeta y vidente a las naciones. Por eso es que el Señor llamó a José Smith mientras todavía era joven, porque lo conocía y sabía de su integridad y nobleza.
El profeta Lehi, que vino de Jerusalén a América unos seiscientos años antes de Cristo, explicó esto a José, su hijo:
Ahora te hablo a ti, José, mi postrer hijo. Tú naciste en el desierto de mis aflicciones; sí, tu madre te dio a luz en la época de mis mayores angustias.
Y el Señor te consagre también a ti esta tierra, la cual es una tierra tan preciosa, por herencia tuya y la herencia de tu posteridad con tus hermanos, para vuestra seguridad perpetua, si es que guardáis los mandamientos del Santo de Israel.
Y ahora, José, mi último hijo, a quien he traído del desierto de mis aflicciones, el Señor te bendiga para siempre, porque tu posteridad no será enteramente destruida.
Porque he aquí, tú eres el fruto de mis lomos; y yo soy descendiente de José que fue llevado cautivo a Egipto. Y grandes fueron los convenios que el Señor hizo con José.
Por lo tanto, José realmente vio nuestro día. Y recibió del Señor la promesa de que del fruto de sus lomos Dios el Señor levantaría una rama justa a la casa de Israel; no el Mesías, sino una rama que iba a ser desgajada, mas no obstante, sería recordada en los convenios del Señor de que el Mesías sería manifestado a ellos en los últimos días, con el espíritu de poder, para sacarlos de las tinieblas a la luz; 8í, de la obscuridad oculta y del cautiverio a la libertad.
Porque José en verdad testificó diciendo: El Señor mi Dios levantará a un vidente, el cual será un vidente escogido para los del fruto de mis lomos.
Sí, José verdaderamente dijo: Así me dice el Señor: Levantaré a un vidente escogido del fruto de tus lomos, y será altamente estimado entre los de tu simiente. Y a él daré el mandamiento de que efectúe una obra para el fruto de tus lomos, sus hermanos, la cual será de mucho valor para ellos, aun para llevarlos al conocimiento de los convenios que yo he hecho con tus padres.
Y le daré el mandamiento de que no haga ninguna otra obra, sino la que yo le mande. Y lo haré grande en mis ojos, porque ejecutará mi obra.
Y será grande como Moisés, a quien dije que os levantaría para librar a mi pueblo, ¡oh casa de Israel!
Y levantaré a Moisés para librar a tu pueblo de la tierra de Egipto.
Pero del fruto de tus lomos levantaré a un vidente, y a él daré poder para llevar mi palabra a los de tu descendencia; y no solamente para divulgar mi palabra, dice el Señor, sino para convencerlos de mi palabra que ya se habrá declarado entre ellos.
Por lo tanto, el fruto de tus lomos escribirá, y el fruto de los lomos de Judá escribirá; y lo que escriba el fruto de tus lomos, y también lo que escriba el fruto de los lomos de Judá, crecerán juntamente para confundir las falsas doctrinas, y poner fin a las contenciones, y establecer la paz entre los del fruto de tus lomos, y llevarlos al conocimiento de sus padres en los postreros días, y también al conocimiento de mis convenios, dice el Señor.
Y de la debilidad será hecho fuerte, el día en que mi obra empiece entre todo mi pueblo para restaurarte, oh casa de Israel, dice el Señor.
Y así profetizó José, diciendo: He aquí, el Señor bendecirá a ese vidente, y tos que traten de destruirlo serán confundidos; porque se cumplirá esta promesa que he recibido del Señor tocante al fruto de mis lomos. He aquí, estoy seguro del cumplimiento de esta promesa;
y su nombre será igual que el mío; y será igual que el nombre de su padre. Y será semejante a mí, porque aquello que el Señor lleve a efecto por su mano, por el poder del Señor, guiará a mi pueblo a la salvación. (2 Nefi 3:1-15.)
El llamamiento y preordenación de Jesús
En lo que respecta al llamamiento y nombramiento de Abraham, Jeremías, José Smith e indudablemente muchos otros, el Señor no hizo más que seguir el modelo que había adoptado para su Unigénito Hijo, Jesucristo. Leamos la explicación de Pedro:
Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata,
sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,
ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros. (1 Pedro 1 :18-20.)
De manera que Jesús fue llamado y ordenado antes de la fundación del mundo. Fue entonces cuando se preparó y se aceptó el evangelio: aun antes que el hombre fuese puesto sobre la tierra: “En la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos.” (Tito 1:2.)
Aquí tenemos la razón por qué se dice que el evangelio es “el evangelio eterno” (Apocalipsis 14:6), porque fue preparado desde “antes de la fundación del mundo”.
Es también la razón por la cual leemos acerca del “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). No es que Jesús literalmente fue “inmolado desde el principio del mundo”, sino que era parte del plan del evangelio que entonces se preparó; y cuando su plan fue aceptado, y rechazado el de Lucifer, libremente se ofreció para ser muerto.
Jesús fue el Creador antes de nacer
Consideremos en seguida a Cristo como el Creador de este mundo antes que naciera en la carne:
En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
Este era en el principio con Dios.
Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella…
Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.
En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.
Y aquel Verbo fue hecho carne, y habito entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. (Juan 1:1-5, 9-10, 14.)
Nos es difícil comprender que cuando el Unigénito del Padre tomó sobre sí un cuerpo de carne y huesos, a pesar del hecho de haber sido el Creador de este mundo, tuvo que aprender a andar y hablar como los otros niños que nacen en este mundo. Indudablemente a esto se estaba refiriendo el apóstol Pablo cuando dijo:
Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos;
mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.
Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.
Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido. (1 Corintios 13:9-12.)
Cuando nacemos en este mundo, no tenemos sino un vago recuerdo de nuestra vida preexistente. Mediante la inspiración del Espíritu, “vemos por espejo, oscuramente” y “en parte conocemos”; pero al fin nos será restaurado nuestro conocimiento anterior, “cuando venga lo perfecto”, y entonces conoceremos como somos conocidos. En esto está comprendida la razón por qué el mundo no reconoció a nuestro Salvador cuando vino en la carne:
“En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.” (Juan 1:10.)
Sin embargo, por fin será quitado el velo de tinieblas, o el olvido, que nos priva del recuerdo de nuestra preexistencia en el mundo espiritual antes de ser hecha esta tierra, así como de las amistades que allá tuvimos. Entonces veremos cómo somos vistos y conoceremos cómo somos conocidos y cómo fuimos conocidos antes de la vida terrenal. Así pasó con Jesús mientras todavía estaba en la carne. A la edad de doce años estaba razonando con los doctores en el templo cuando José y María lo hallaron.
Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.
Y Jesús crecía en sabiduría y en edad y en gracia para con Dios y los hombres. (Lucas 2:51-52.)
Debemos recordar que antes de nacer en la carne, Jesús hizo este mundo. Si hubiese traído consigo el conocimiento y sabiduría que tenía entonces, habría sido imposible que creciera “en sabiduría”. No obstante, el Padre lo iba desarrollando al paso que aumentaba en edad, y le fue quitando el velo de tinieblas que le ocultaba el recuerdo de su vida en el mundo espiritual:
Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra que me diste que hiciese.
Ahora pues, Padre, glorifícame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese. (Juan 17:4-5.)
Como galardón por su obra en este mundo, no buscó sino la gloria que había tenido con el Padre “antes que el mundo fuese”:
“Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre.” (Juan 16:28.)
¿Puede cosa alguna escribirse con mayor claridad?
“¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?” (Juan 6:62.)
Habiéndosele restaurado este conocimiento, Jesús se acordó de haber visto “a Satanás caer del cielo como un rayo”. (Lucas 10:18.)
Satanás y sus ángeles retienen el conocimiento que tuvieron en el mundo espiritual
Debe tenerse presente que cuando el diablo y sus ángeles fueron arrojados a la tierra (véase Apocalipsis 12:9), no fueron privados del conocimiento que tuvieron en el mundo espiritual, porque no tomaron sobre sí cuerpos de carne y sangre. Por lo tanto, quieren posesionarse de los cuerpos de aquellos que guardaron “su primer estado” y tienen el privilegio de venir a la tierra y poseer cuerpos.
Consideremos el caso de Jesús y el hombre poseído de los espíritus inmundos, al cual no podían sujetar ni aun con cadenas:
Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él.
Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Je8ú8, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.
Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo.
Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo:
Legión me llamo; porque somos muchos. (Marcos 5:6-9.)
Esto nos hace saber que los espíritus inmundos ya conocían a Jesús. Lo llamaron por su nombre: “Jesús, Hijo del Dios Altísimo”.
Era por motivo de que los espíritus arrojados del cielo con Satanás habían retenido su conocimiento y memoria de lo que sucedió antes que fuesen expulsados, que conocían a Jesús y el poder que le fue dado. Por tanto, no sólo obedecen sus mandatos, sino los mandatos de aquellos a quienes El envía con su sacerdocio; por ejemplo, los setenta que Jesús envió a todo lugar a donde El mismo habría de venir:
“Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre.” (Lucas 10:17.)
Fue también por razón de este conocimiento que los espíritus retuvieron al ser expulsados, que incitaron a Herodes a decretar la muerte de todos los niños “menores de dos años”. (Mateo 2:16.) Jesús aún no había hecho nada que justificara la expedición de tal decreto, ya que no era más que un infante en la carne; pero Satanás sabía cuál iba a ser su misión, y desde el día de su nacimiento procuró en toda forma posible impedirle que la llevara a cabo.
Lo mismo se puede decir de la misión de José Smith. Ya hemos citado de su propia historia, donde mostramos que Satanás quiso destruirlo cuando no tenía más que catorce años, en la ocasión en que fue al bosque a orar. Muchos otros jóvenes de esa edad habían orado sin que Satanás los molestara. José todavía no había recibido ninguna manifestación del Señor. Por tanto, de no haber sido por el conocimiento que Satanás trajo consigo del mundo espiritual, no habría entendido que José Smith no era como cualquier otro muchacho; pero él sabía quiénes eran los espíritus “nobles y grandes”. Recordemos que “fue hecha una grande batalla en el cielo”, y como Satanás había sido el jefe de un partido, él conocía a los directores principales de la oposición.
Por motivo de que el Señor sabía que Satanás intentaría destruir a José Smith y estorbar su misión, le encargó a Moroni que instruyera a José Smith, el cual ha narrado dichas instrucciones en la siguiente manera:
Me llamó por mi nombre, y me dijo que era un mensajero enviado de la presencia de Dios, y que se llamaba Moroni; que Dios tenía una obra para mi, y que entre todas las naciones, tribus y lenguas se tomaría mi nombre para bien o mal, o que se iba a hablar bien y mal de mí entre todo pueblo. (José Smith—Historia 33.)
Para los que conocen la gran obra que José Smith efectuó, las maravillosas verdades que enseñó, y la nobleza de su carácter, es fácil entender que la única razón porque hablarían “mal” de él entre todas las naciones sería por causa de la determinación de Satanás de destruir la obra del Señor. En este respecto José Smith padeció una suerte parecida a la de su gran Maestro, así como a la de varios le los Apóstoles de la antigüedad, y por último sacrificó su vida por el testimonio que dio al mundo.
El hermano de Jared vio a Jesús antes que éste naciera
Existe mucha especulación en las mentes de los hombres respecto a lo que el espíritu verdaderamente es y qué forma tiene. Ya hemos indicado en este capítulo que “el hombre fue en el principio con Dios. La inteligencia, o la luz de la verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser” (D. y C. 93:29).
También se nos enseña que se han dado cuerpos espirituales a estas inteligencias, de las cuales Dios es la mayor, (véase Abraham 3:18-19), y subsiguientemente han recibido cuerpos terrenales según la misma forma y modelo del cuerpo de su espíritu.
Jesús explicó estas grandes verdades al hermano de Jared cuando se le apareció, estando aún en el espíritu:
Y sucedió que cuando el hermano de Jared hubo dicho estas palabras, he aquí, el Señor extendió su mano y tocó las piedras, una por una, con su dedo. Y fue quitado el velo de ante los ojos del hermano de Jared, y vio el dedo del Señor; y era como el dedo de un hombre, a semejanza de carne y sangre; y el hermano de Jared cayó delante del Señor, porque fue herido de temor.
Y el Señor vio que el hermano de Jared había caído al suelo, y le dijo el Señor: Levántate, ¿por qué has caído?
Y dijo al Señor: Vi el dedo del Señor, y tuve miedo de que me hiriese; porque no sabía que el Señor tuviese carne y sangre.
Y el Señor le dijo: A causa de tu fe has visto que tomaré sobre mí carne y sangre; y jamás ha venido a mí un hombre con tan grande fe como la que tú tienes; porque de no haber sido así, no hubieras podido ver mi dedo. ¿Viste más que esto?
Y él contestó: No; Señor, muéstrate a mí.
Y le dijo el Señor: ¿Creerás las palabras que hable?
Y él le respondió: Sí, Señor, sé que hablas la verdad, porque eres un Dios de verdad, y no puedes mentir.
Y cuando hubo dicho estas palabras, he aquí, el Señor se le mostró, y dijo: Porque sabes estas cosas, eres redimido de la caída; por tanto, eres traído de nuevo a mi presencia; por consiguiente yo me manifiesto a ti.
He aquí, yo soy el que fui preparado desde la fundación del mundo para redimir a mi pueblo. He aquí, soy Jesucristo. Soy el Padre y el Hijo* En mí tendrá luz, y esto eternamente, todo el género humano, sí, aun cuantos crean en mi nombré; y llegarán a ser mis hijos y mis hijas.
* Franklin D. Richards, en un tiempo presidente del Consejo de los Doce Apóstoles, explicó esta afirmación del Salvador, y se imprime aquí para aquellos que deseen más información sobre el asunto:
Jesucristo no es conocido sólo por ese nombre, sino que tiene muchos títulos. Al escudriñar las Escrituras, hallamos veinte o treinta. Algunos son: “Dios Todopoderoso, Jehová, el Hijo de Dios, el Cristo”. Isaías dijo respecto de El: “Y llamaráse su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”. El Apóstol Juan lo llama:
“Verbo de Dios, Rey de Reyes, Señor de Señores”.
Este nombre de Padre es una designación hermosa. Generalmente entendemos que significa uno que llega a ser padre de hijos. La paternidad tiene un comienzo. La creación de la tierra tuvo un principio, y también lo tiene la creación de la familia de un hombre: pero éste no es el único significado con que se usa la palabra padre. En las Escrituras se emplea a menudo con una acepción más general. Por ejemplo, José dijo a sus hermanos: “Dios. . . me ha puesto por padre de Faraón.” ¿Por qué? Porque le habla dado el poder, la sabiduría y el entendimiento para almacenar alimentos durante los siete años de hartura, en cantidad suficiente para salvar no sólo a Egipto, sino a las naciones circunvecinas en la época de su terrible necesidad. En las Escrituras, Satanás, frecuentemente es llamado el padre de las mentiras, el padre de los engaños, de las calumnias, de las contiendas y las riñas. De varios patriotas se dice que son los padres de su patria. De esta manera el profesor Morse es considerado como el padre de la telegrafía, y el Sr. Watt como padre del desarrollo de la fuerza de vapor. Vemos pues, por lo anterior, que el significado de padre en este sentido general y extenso es el de creador, gobernador, manejador.
El profeta Abinadí nos ha dicho que por causa del Espíritu, Cristo es el Padre; y por haber nacido en la carne es el Hijo; y consiguientemente es llamado “el Padre Eterno del cielo y de la tierra”, que en realidad significa que es efectivamente el Eterno Creador de los cielos y de la tierra. En el principio El creó los cielos y la tierra.
Si leemos el primer capitulo del Apocalipsis de Juan, hallamos que a El se rendirá grande gloria y dominio porque “nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios y su Padre”. Vemos, pues, que no pretende ser el Padre de todo, pero sí es el Padre de los cielos y de la tierra, y que tiene como misión hacer a los hombres reyes y sacerdotes para El y su Padre, entendiendo que El y su Padre son dos personas, como claramente se afirma en todas las Escrituras. Franklin L. West, Lije of Franklin D. Richards, págs. 185-187.)
Y nunca me he mostrado. al hombre que he creado, porque jamás ha. creído en mí el hombre como tú lo has hecho. ¿Ves que eres creado a mi propia imagen? Sí, en el principio todos los hombres fueron creados a mi propia imagen.
He aquí, este cuerpo que ves ahora es el cuerpo de mi espíritu; y he creado al hombre a semejanza del cuerpo de mi espíritu; y así como me aparezco a ti en el espíritu, apareceré a mi pueblo en la carne. (Eter 3:6-16.)
Después de hacer esta narración, Moroni añadió:
Y ahora, dado que yo, Moroni, dije que no podía hacer una relación completa de estas cosas que están escritas, bástame, por tanto, decir que Jesús se mostró a este hombre en el espíritu, según la manera y a semejanza del mismo cuerpo con que se mostró a los nefitas. (Eter 3:17.)
Todos los del género humano son hijos e hijas engendrados para Dios
De modo que si pudieran ser abiertos nuestros ojos como lo fueron los del hermano de Jared, al grado de poder ver a los espíritus de aquellos con quienes nos asociamos en el mundo preexistente antes que tomásemos cuerpos terrenales, descubriríamos que tienen la misma forma y semejanza del cuerpo terrenal y que el espíritu posee todos los atributos del hombre, es decir, el poder de hablar, la facultad de pensar, la libertad de escoger, la habilidad para regocijarse, etc. Veríamos también que el cuerpo mortal es solamente la casa en donde vive el espíritu, y que los cuerpos espirituales “son engendrados hijos e hijas para Dios”, porque leemos:
Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!
Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;
que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios. (D. y C. 76:22-24.)
En esta maravillosa visión, dada por revelación a José Smith y a Sidney Rigdon, el 16 de febrero de 1832, se nos enseña que todos somos “engendrados hijos e hijas para Dios”. Este es un concepto glorioso, porque entonces tenemos razón para suponer que, siendo literalmente sus hijos e hijas, estamos dotados de las posibilidades de llegar a ser como El.
Todos los del género humano son hermanos y hermanas en el espíritu
El apóstol Pablo entendió y enseñó que Dios es el Padre de nuestros espíritus, así como nosotros somos hijos de nuestros padres terrenales en la carne:
Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaron, y los venerábamos. ¿Por qué no obedecemos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? (Hebreos 12:9.) Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos.
Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. (Hechos 17:28-29.)
Pablo también sabía que Cristo no sólo era el Unigénito en la carne, sino el Primogénito en el espíritu:
En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.
El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. (Colosenses 1:14-15.)
Esto nos da a entender el maravilloso parentesco de ser literalmente hermanos y hermanas, en el espíritu, de Jesucristo, nuestro hermano mayor. El mismo afirmó este parentesco cuando dijo a María Magdalena, después que ésta fue a visitar el sepulcro y halló quitada la piedra:
“No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas vé a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.” (Juan 20:17.)
Este concepto le da un significado verdadero a la primera frase de Jesús, cuando enseñó a sus discípulos a orar: “Padre nuestro que estás en los cielos…” (Mateo 6:9.)
Jesús no deseaba ser el único en reconocer a Dios como su Padre, antes quería que todos los hombres entendieran su relación o parentesco con El, y por eso decía: “Padre nuestro”.
Para recalcar todavía más esta verdad, declaró:
“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5:48.)
En el octavo capítulo de los Proverbios, parece ser la Inteligencia la que está hablando, y expresa que antes de existir el mundo, se holgaba en las partes habitables de la tierra del Señor, o sea la morada de los espíritus, y que sus delicias eran con los hijos de los hombres. Por tanto, debe haber habido allí hijos de los hombres antes que existiera esta tierra:
Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras.
Eternamente tuve el principado, desde el principio, antes de la tierra.
Antes de los abismos fui engendrada; antes que fuesen las fuentes de las muchas aguas.
Antes que los montes fuesen formados, antes de los collados, ya había sido yo engendrado:
No había aún hecho la tierra, ni los campos, ni el principio del polvo del mundo.
Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo;
Cuando afirmaba los cielos arriba, cuando afirmaba las fuentes del abismo;
Cuando ponía al mar su estatuto, para que las aguas no traspasan su mandamiento; cuando establecía los fundamentos de la tierra;
Con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo.
Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres. (Proverbio8 8:22-31.)
La muerte señala el regreso del hombre al mundo de los espíritus
Cuando entendemos la verdad de estos pasajes, que antes de existir la tierra, nosotros éramos “su delicia de día a día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo… en la parte habitable de su tierra”, o sea el mundo de espíritus, se añade un verdadero consuelo y significado al concepto de volver uno a casa cuando la muerte separa a nuestro espíritu de nuestro cuerpo:
“Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.” (Eclesiastés 12:7.)
De modo que el espíritu se volverá a Dios, algo que no podría ser a menos que hubiese estado con El antes, así como el cuerpo volverá a la tierra, lo cual no podría ser si no hubiese sido tomado de ella.
Aunque las iglesias no han enseñado esta hermosa verdad, algunos de nuestros poetas la han vislumbrado, como se ve por lo siguiente:
Un sueño y un olvido sólo es el nacimiento.
El alma nuestra, la estrella de la vida,
en otra esfera ha sido constituida
y procede de un lejano firmamento.
No viene el alma en completo olvido
ni de todas las cosas despojada;
pues al salir de Dios, que fue nuestra morada,
con destellos celestiales se ha vestido.
La madre tierra se esfuerza afanosa
porque el hombre, su criatura, su inquilino,
olvide que nació en hogar divino
y ha venido de una esfera más gloriosa.
—William Wordsworth
Una vez más repetimos que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días es la única que está habilitada para explicar: ¿De dónde viene el hombre?
¿Qué cosa más gloriosa puede haber que el conocimiento de que una vez vivimos en la presencia de Dios, “nuestro Padre”; que efectivamente somos sus hijos espirituales; que podremos lograr algunos de sus atributos y realizaciones y por último disfrutar de su compañerismo y asociación eternos dentro del hermoso vínculo de un Padre con sus hijos e hijas?
























