C. G. Abril 1970
El poder e influencia del sacerdocio
por el presidente N. Eldon Tanner
Segundo Consejero en la Primera Presidencia
Nuestro querido hermano, el presidente Smith, quien está presidiendo esta reunión y todas las demás de esta conferencia, me pidió conducirla, y ahora me solicita también dirigimos unas palabras esta noche.
Siempre me ha llenado de emoción e inspiración el encontrarme con el sacerdocio de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, el cual es el sacerdocio de Dios; y el escuchar los hermosos himnos de esta noche y elocuentes discursos, me conmueve y me inspira más y más.
El sacerdocio es el poder por el cual todas las cosas fueron creadas, y el poder por el cual Dios ha hecho todo eso que el obispo Vandenberg mencionó esta noche; pero para nosotros, como individuos, este es el poder de Dios que ha sido delegado a nosotros para acudir en su nombre, en el oficio que tenemos. Y es un gran privilegio, una gran bendición y una gran responsabilidad tener este sacerdocio sobre nosotros.
Algunas veces nuestros jóvenes creen que deben tener el sacerdocio cuando alcanzan las edades respectivas para su ordenación como diáconos, maestros, y presbíteros, sin importar su situación respecto de sus actividades o a cómo están viviendo. Ellos deben darse cuenta del gran privilegio que es poseer este sacerdocio. Cuando una persona lo recibe, adquiere una responsabilidad muy pesada.
Quiero leeros unas cuantas palabras tomadas de Doctrinas y Convenios:
«He aquí, muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. ¿Y por qué no son escogidos?
Porque tienen sus corazones de tal manera fijos en las cosas de este mundo, y aspiran tanto a los honores de los hombres, que no aprenden esta lección única:
«Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de justicia.
«Cierto es que se nos confieren; pero cuando tratamos de cubrir nuestros pecados, o de gratificar nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o de ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, ¡se acabó el sacerdocio o autoridad de aquel hombre!
«He aquí, antes que se dé cuenta, queda solo para dar coces contra el aguijón, para perseguir a los santos y para combatir contra Dios» (D. y C. 121:34-38).
Yo interpreto esto como lo referente a aquellos que fallan en magnificar su sacerdocio o que lo usan indebidamente. Sé de muchos casos en que un hombre ha fallado gradualmente en magnificar su sacerdocio y se ha alejado de las actividades de la Iglesia. Como resultado, un hombre que había sido muy activo, pierde su testimonio y el espíritu del Señor se aparta de él, y él comienza a criticar a los que tienen autoridad, a perseguir a los santos, a apostatar y a combatir contra Dios.
También encontramos estas palabras del Señor en Doctrinas y Convenios: «El Espíritu Santo será tu compañero constante; tu cetro será un cetro inmutable de justicia y de verdad; tu dominio, un dominio eterno, y sin ser obligado correrá hacia ti para siempre jamás» (D. y C. 121:46). Esto es, si magnificamos nuestro sacerdocio.
Estoy seguro de que todos ustedes han leído el juramento y convenio del sacerdocio, y lo han oído muchas veces. Para mí éste es muy importante:
«Porque los que son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los que he hablado, y magnifican sus llamamientos, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.
«Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón, y la simiente de Abraham, la iglesia y el reino, y los elegidos de Dios.
«Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mi me reciben, dice el Señor;
«Porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí;
«Y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre;
‘Y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado» (D. y C. 84:33-38).
Quiero recalcar que estas bendiciones se han prometido a aquellos que magnifican su sacerdocio, todos los días y en todas formas.
«Y esto va de acuerdo con el juramento y el convenio que corresponden a este sacerdocio.
«Así que, todos aquellos que reciben este sacerdocio, reciben este juramento y convenio de mi Padre que no se puede quebrantar, ni tampoco puede ser traspasado.
«Pero el que violare este convenio, después de haberlo recibido, y lo abandonara totalmente, no logrará el perdón de sus pecados ni en este mundo ni en el venidero» (D. y C. 84:39-41).
El Señor dice aquí, que El no romperá su convenio, pero si lo rompemos nosotros ninguna promesa entonces tenemos.
«De modo que, con toda diligencia aprenda cada varón su deber, así como a obrar en el oficio al cual fuere nombrado. El que fuere perezoso no será considerado digno de permanecer, y quien no aprendiere su deber, y no se presentaré aprobado, no será contado digno de permanecer. Así sea. Amén» (D. y C. 107:99-100).
«Así que, benditos sois si perseveráis en mi bondad, siendo una luz a los gentiles, y por medio de este sacerdocio, salvador a mi pueblo Israel. Lo ha dicho el Señor. Amén» (D. y C. 86:11).
Estamos viviendo en un mundo lleno de dificultades, como se ha señalado ya varias veces durante este día; y el mundo tiene razón y todo el derecho de esperar dirección de alguna parte, para recibir instrucciones y conocimiento de a dónde ir y qué hacer. La gente necesita comprender que hay un propósito en la vida, y lo que es ese propósito, y ellos tienen toda la razón de ver hacia el sacerdocio de Dios, el cual vosotros, mis hermanos, tenéis.
Vosotros no podéis daros cuenta o apreciar la influencia que el sacerdocio de esta Iglesia podría tener en todo el mundo, si cada hombre lo magnificara.
Hermanos, el sacerdocio, si es magnificado, es una fuerza y una influencia estabilizadora. Y así debe ser Cada esposa y madre tiene el perfecto derecho y la responsabilidad de acudir a su esposo que posee el sacerdocio en demanda de guía y consejo, para recibir fuerza y dirección. Y él tiene la responsabilidad de magnificar su sacerdocio para poder dar esa dirección, esa seguridad, esta fuerza que es necesaria en el hogar; y puede hacerlo. Si él magnífica su sacerdocio, él será magnificado por el Señor a los ojos de su familia, y su influencia positiva se dejará sentir.
Nosotros tenemos una responsabilidad para con nuestras hermanas, jóvenes amigos. Cada hermana debe recurrir a un hermano que posee el sacerdocio, ya sea que él tenga doce años o más, y tiene el derecho de esperar de él un ejemplo vivo de lo que debe ser el sacerdocio, y acudir a él en busca de fuerza, consejo y dirección, sintiéndose segura con él. Toda novia debe poder confiar enteramente en un joven que posee el sacerdocio y que está saliendo con ella. Ella debe ser capaz de sentir que él haría cualquier cosa, aun dar su vida, para proteger su condición de mujer y su virtud, y nunca pensaría en privaría de ella si él está magnificando su sacerdocio; y él no será tentado, si está pensando en el sacerdocio que posee y en la responsabilidad que tiene.
Yo quisiera leeros un párrafo de una carta que recibí ayer, para mostraros la importancia de vivir los principios del evangelio y magnificar nuestro sacerdocio. Hay tantos de nuestros hombres que creen pero no tienen la fuerza o el valor para actuar. Si nos diéramos cuenta del efecto que causamos en nuestros semejantes cuando vivimos las enseñanzas del evangelio, yo estoy seguro de que todo lo haríamos mejor. Esta carta viene de un próspero abogado de los Ángeles, a quien conozco muy bien, y él la escribió sólo para darme este mensaje:
«A medida que las semanas se tornan en meses me siento más absorto en la fascinante práctica de la ley, ocasionalmente surge, a través del espectro de esta actividad, una persona que es notablemente excepcional. Acabo de cerrar un caso en el cual mi adversario fue un hombre joven que ejemplifica las más altas cualidades de habilidad técnica en el oficio, unidas a una integridad moral y espiritual. No me sorprendí demasiado cuando inadvertidamente descubrí que él es un dedicado miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.»
Ahora, la persona que escribe esta carta no es un miembro de la Iglesia, y el hombre acerca de quien escribe es su adversario en la corte. Yo conozco a este joven muy bien. El escritor de la carta no sabe que yo lo conozco, pero esto me muestra, mis hermanos, que si nosotros magnificamos nuestro sacerdocio, si vivimos como debemos hacerlo, influiremos al mundo y el Señor nos magnificará. Este es mi testimonio en el nombre de Cristo. Amén.

























