He ahí tu madre

“He ahí tu madre”

Thomas S. Monsonpor el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Un día de verano me encontraba a solas en el tranquilo “American War Memorial Cemetery” (Cementerio en memoria de los caídos de la Guerra Norteamericana), situado en las Filipinas, donde un espíritu de reverencia llenaba la cálida brisa tropical. En medio de las muchas hectáreas de césped cuidadosamente cortado había en cada sepultura una inscripción con el nombre de los hombres, la mayoría jóvenes, que dieron su vida en los campos de batalla. Al recorrer con la vista la inmensa cantidad de nombres a lo largo de las hileras de inscripciones que se habían levantado para honrar a esos hombres, las lágrimas empezaron a brotar libremente; mientras los ojos se me llenaban de lágrimas, el corazón se me henchía de orgullo. Medité en el alto precio de la libertad y el costoso sacrificio que muchos habían sido llamados a pagar.

Mis pensamientos se apartaron de aquellos que sirvieron con valentía y murieron con nobleza; me puse a pensar en la madre angustiada de cada uno de esos hombres caídos, al tener entre las manos la noticia del supremo sacrificio que había realizado su hijo querido. ¿Quién puede medir el dolor de una madre? ¿Quién puede determinar el límite del amor que siente una madre? ¿Quién puede comprender en toda su extensión la excelsa función de una madre? Con perfecta confianza en Dios, ella anda de la mano con El, en valle de sombra de muerte, para que ustedes y yo podamos salir a la luz.

jesus-mary-johnLas palabras más santas que se puedan pronunciar,
los pensamientos más nobles que se puedan albergar,
indignas son de pronunciar el nombre
más preciado que todos los demás.
Un niño, cuando su primer amor le da,
al igual que cuando llega a hombre,
con reverencia susurra su nombre,
el bendito nombre de mamá.

Con ese mismo espíritu, tomemos en cuenta a la madre. Acuden a mi mente cuatro clases de madres: la primera, la madre olvidada; la segunda, la madre recordada; la tercera, la madre bendecida; y finalmente, la madre amada.

LA MADRE OLVIDADA
Con demasiada frecuencia, se pueden ver “madres olvidadas”. Las casas y los hospicios para ancianos están atiborrados, las camas de los hospitales están llenas, los días vienen y van —muchas veces las semanas y los meses pasan— sin que la madre reciba una visita. ¿Podemos darnos cuenta de la angustiosa soledad, del anhelo que encierra el corazón de una madre, abandonada en su vejez, que hora tras hora mira a través de la ventana en espera del ser querido que no la visita, de la carta que el cartero no trae? Ella espera oír el llamado a la puerta que no llega, el timbre del teléfono que no suena, la voz que no escucha. ¿Cómo se siente esa madre cuando su vecina recibe complacida la sonrisa de un hijo, el abrazo de una hija, la alegre exclamación de un pequeño o una pequeña que dice: “¡Hola, abuelita!”?

Hay también otras formas de olvidar a la madre. Siempre que cometemos errores, siempre que hacemos menos de lo que debemos, en un sentido verdaderamente real, nos olvidamos de nuestra madre.

Recuerdo la vez que hablé con la dueña de una casa para ancianos. Desde el corredor donde nos encontrábamos, ella señaló a varias ancianas que se encontraban reunidas en una tranquila sala. Me dijo: “Aquella es la señora Hansen; su hija la visita todas las semanas, para ser precisa, los domingos a las tres de la tarde. A su derecha se encuentra la señora Peek; cada miércoles recibe una carta de su hijo que vive en Nueva York. Ella la lee una y otra vez antes de guardarla como un precioso tesoro. Pero vea a la señora Carroll; su familia nunca la llama por teléfono ni le escribe ni la visita. Ella con paciencia justifica ese abandono con palabras que ni ella misma cree ni son de ninguna forma una excusa: ‘Es que todos están tan ocupados’ ”.

Vergüenza debería darles a quienes hacen que una noble mujer se convierta en una “madre olvidada”.

Salomón escribió: “Oye a tu padre, a aquel que te engendró; y cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies”2. ¿No es posible convertir a una madre olvidada en una madre recordada?

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LA MADRE RECORDADA
Las personas se alejan de la maldad y se dejan llevar por lo mejor que hay dentro de sí mismas cuando recuerdan a su madre. Un famoso oficial del período de la guerra de Secesión, el coronel Higginson, cuando se le pidió que nombrara el incidente de la guerra de Secesión que él consideraba más extraordinario por su valentía, dijo que había en su regimiento un hombre que todo el mundo apreciaba, un hombre que era valiente y noble, que llevaba una vida pura, carente de los malos hábitos a los que la mayoría de los demás se entregaban.
Una noche, durante una cena en la que se había servido champán y en la que muchos habían comenzado a emborracharse, alguien en tren de burla pidió a ese joven que ofreciera un brindis. El coronel Higginson dijo que el soldado se levantó, pálido pero con un perfecto control de sí mismo, y dijo: “Caballeros, deseo proponer un brindis por el cual pueden brindar con lo que deseen, pero que yo haré con agua. El brindis que voy a proponer es: ‘por nuestras madres’ ”.

Inmediatamente, un conjuro extraño pareció descender sobre todos los hombres que estaban algo bebidos y que brindaron en silencio. No hubo más risas ni canciones y, uno a uno, fueron saliendo del salón. Había empezado a arder la lámpara de la memoria y la palabra madre había tocado el corazón de cada uno de ellos.

Recuerdo que cuando niño celebrábamos el día de la madre en la Escuela Dominical. A cada madre presente le dábamos una macetita con una pequeña plantita y nos sentábamos en silencio a escuchar embelesados a Melvin Watson, un miembro ciego, que se ponía de pie junto al piano y cantaba “That Wonderful Mother of Mine” (Mi maravillosa madre). Esa fue la primera vez que vi a un ciego llorar. Aun ahora puedo ver en mi memoria cómo las húmedas lágrimas de esos ojos sin vida comen’ zaban a correr por sus mejillas hasta finalmente caer en las solapas de un traje que él nunca había visto. Con la inocencia de un niño, me preguntaba por qué todos los hombres mayores guardaban silencio y por qué había tantos pañuelos a la vista. Ahora lo sé: era el recuerdo de su madre. Parecía como si todo niño o niña, todos los padres y esposos ofrecieran la misma promesa: “Siempre recordaré a mi maravillosa madre”.

Hace algunos años, escuché con atención la experiencia que un hombre de edad avanzada me contó, relacionada con su historia familiar. La madre viuda, que los había traído al mundo a él y a sus hermanos, se había ido a su recompensa eterna y bien merecida. La familia se reunió alrededor de la mesa grande del comedor; la pequeña caja de metal en la que la madre había guardado sus tesoros terrenales fue abierta con suma reverencia. Uno a uno se sacaron de ella los recuerdos acumulados. Allí estaba el certificado de matrimonio del Templo de Salt Lake. “Que bueno; ahora mamá puede estar con papá”. Luego le siguió el título de propiedad de la humilde casa en la que cada uno de ellos había llegado a este mundo. El valor material del inmueble no se comparaba al que la madre le había otorgado.

Después, descubrieron un sobre amarillento que llevaba impreso las huellas del tiempo. Con cuidado lo abrieron y sacaron de él una tarjeta de San Valentín hecha en casa, la que portaba un sencillo mensaje escrito por la mano de un niño; decía así: “Te quiero mamá”. A pesar de que ya no estaba más con ellos, lo que la madre había considerado sagrado les enseñó otra lección más. En la habitación reinaba el silencio; cada uno de los miembros de la familia hizo la promesa de no sólo recordar a su madre, sino también de honrarla.

LA MADRE BENDECIDA
Después de considerar a la “madre recordada”, volvamos a la “madre bendecida”. Acudo a las Santas Escrituras para uno de los ejemplos más hermosos y reverentes.

En el Nuevo Testamento de nuestro Señor quizás no tengamos un relato más conmovedor de la “madre bendecida” que el tierno cuidado que el Maestro demostró por la afligida viuda de Naín.

“Aconteció… que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud.

“Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.

“Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores.

“Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate.

“Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre”3.

¡Qué poder, qué ternura, qué compasión demostró nuestro Maestro y gran Modelo! Nosotros también podemos ser una bendición si tan sólo seguimos Su noble ejemplo. Las oportunidades se presentan por doquier. Lo que se necesita son ojos para ver la lamentable situación, oídos para escuchar los silenciosos ruegos de un corazón quebrantado, sí, y un alma llena de compasión a fin de comunicarnos no sólo con los ojos o con la voz al oído, sino a la manera majestuosa del Salvador: de corazón a corazón. Entonces, las madres de todas partes serán una “madre bendecida”.

LA MADRE AMADA
Por último, meditemos acerca de la “madre amada”. El poema que recuerdo haber oído en mi niñez: “Which Loved Best? (¿Quién la amaba más?) y que aún disfrutan los niños de la actualidad, se aplica universalmente.

Juan a su madre dijo querer,
y aunque el agua tenía que traer,
al patio se fue a hamacar
y se olvidó de trabajar.
Rosa a su madre dijo amar
y así se le oyó jurar,
pero tanto peleó y gritó
que a su madre entristeció.
“Te quiero madre”, dijo Graciela,
y hoy que no tengo clase en la escuela
te ayudaré todo lo que pueda.
Meció al bebé hasta que se durmió,
de puntillas del cuarto salió
y toda la casa muy pronto barrió.
Alegre y feliz hizo los mandados
hasta que el día hubo terminado.
“Te queremos madre”, volvió a resonar
cuando los tres se fueron a acostar.
¿Cómo podía la madre adivinar
cuál de los niños la amaba más?.

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Una forma segura por la que cada uno de nosotros puede demostrar amor genuino por su madre es la de vivir las verdades que ella tan pacientemente enseñó. Una meta tan sublime como ésa no es nueva para nuestra generación actual. En los tiempos descritos en el Libro de Mormón, leemos que existió un líder valiente, bueno y noble llamado Helamán que marchó en justa batalla al frente de dos mil jóvenes. Helamán describió las actividades.de estos jóvenes:

“…jamás había visto yo tan grande valor… [al contestarme] de esta manera: Padre, he aquí, nuestro Dios está con nosotros y no nos dejará caer; así pues, avancemos…
“Hasta entonces nunca habían combatido; no obstante, no temían la muerte, y estimaban más la libertad de sus padres que sus propias vidas; sí, sus madres les habían enseñado que si no dudaban, Dios los libraría.
“Y me repitieron las palabras de sus madres, diciendo: No dudamos que nuestras madres lo sabían”5.

Al terminar la batalla, Helamán continúa diciendo: “Pero he aquí, para mi mayor alegría hallé que ni una sola alma había caído a tierra; sí, y habían combatido como con la fuerza de Dios; sí, nunca se había sabido que hombres combatieran con tan milagrosa fuerza; y con tanto ímpetu…”6.

Milagrosa fuerza, ímpetu: el amor de la madre y el amor por la madre fueron los factores que llevaron al triunfo de los hijos.

Las Santas Escrituras, las páginas de la historia, están repletas de tiernos relatos, conmovedores y convincentes de la “madre amada”. Sin embargo, hay uno que sobresale en forma suprema sobre todos y más que ningún otro. Tiene lugar en Jerusalén, en el período conocido como el meridiano de los tiempos. Allí se encuentran reunidos una multitud de soldados romanos; sus cascos son evidencia de su lealtad al César, sus escudos llevan grabado su emblema y sus lanzas están coronadas con águilas romanas. También se encuentran allí los ciudadanos de Jerusalén. Las voces desaforadas y agresivas que clamaban: “¡Crucifícale, crucifícale!”, se han acallado para siempre disipándose en la quietud de la noche.

La hora ha llegado. El ministerio terrenal personal del Hijo de Dios se mueve rápidamente hacia su dramático final. Reina en el ambiente cierta soledad. Por ningún lado se encuentran los pordioseros cojos que, gracias a ese hombre, pueden andar; los sordos que, gracias a ese hombre, oyen; los ciegos que, gracias a ese hombre, ven; los muertos que, gracias a ese hombre, viven.

Sin embargo, permanecen allí unos cuantos fieles discípulos. Desde Su torturante posición sobre la infame cruz, ve ahí a Su madre y al discípulo a quien El amaba; dice: “Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” 7.

Desde esa espantosa hora en que el tiempo se detuvo, cuando la tierra tembló y grandes montañas desaparecieron —sí, a través de los anales de la historia, a través de los siglos y más allá del transcurso del tiempo— continúan haciendo eco Sus sencillas pero divinas palabras: “He ahí tu madre”.

Al escuchar en verdad ese tierno mandato y al obedecer su propósito con regocijo, se terminarán para siempre las vastas legiones de “madres olvidadas”; por todos lados habrá “madres recordadas”, “madres bendecidas” y “madres amadas”; y, como al comienzo, Dios nuevamente examinará la obra de Sus manos y sentirá el deseo de decir: “Es muy bueno”8.

Que cada uno de nosotros atesore esta verdad: No podemos olvidar a la madre y recordar a Dios. No podemos recordar a la madre y olvidar a Dios. ¿Por qué? Porque esas dos personas sagradas, Dios y la madre, compañeros en la creación, en el amor, en el sacrificio y en el servicio, son como una sola.

NOTAS

1. George Griffith Fether, “The Ñame of Mother”, en Best-Loved Poems of the LDS People, editada por Jack M. Lyon y otros, 1996, pág. 218.
2. Proverbios 23:22.
3. Lucas 7:11-15.
4. Joy Allison, Best-Loved Poems ofthe LDS People, págs. 217-218; citado en “El Portal del amor”, Liahona, enero de 1988, pág. 65.
5. Alma 56:45-48.
6. Alma 56:56.
7. Juan 19:26-27.
8. Véase Génesis 1:31.

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Liahona Abril 1998

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