C. G. Abril 1970
Por que un profeta
por el élder LeGrand Richards
del consejo de los Doce
Hermanos y hermanas: Estamos llegando casi al final de una inspirativa e histórica conferencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; histórica porque hoy hemos votado para sostener al hombre a quien Dios ha elegido para estar a la cabeza de su obra sobre la tierra, bajo la dirección de su Hijo Jesucristo, porque esta Iglesia, como lo dijo Pablo en la antigüedad, está edificada sobre los cimientos de apóstoles y profetas, con Cristo nuestro Señor como la principal piedra del ángulo. (Efesios 2:20.) Estoy seguro de que aquellos que conocemos al presidente Joseph Fielding Smith y a los hombres que él ha seleccionado para ser sus consejeros, nos sentimos agradecidos al Señor por ellos. Nos sentimos seguros dentro de nuestro corazón, de saber que esta obra continuará desarrollándose sobre la tierra, edificada sobre los cimientos puestos por sus predecesores, hasta que llegue a ser una gran montaña y llene toda la tierra. (Daniel 2:34-35.)
Durante esta Conferencia se han tributado elogios y cumplidos al profeta José Smith y sus sucesores. Yo pienso en lo que el profeta Lehi dijo a su hijo José en el desierto; lo que el Señor prometió a José, quien fue vendido en Egipto; que en los últimos días, El levantaría de sus lomos un Profeta cuyo nombre sería José, y el nombre de su padre José igualmente. (2 Nefi 3) El dijo que este profeta traería su palabra, y nos trajo el libro de Mormón, Doctrinas y Convenios, Perla de Gran Precio y muchas otras Escrituras. Hasta donde los registros lo indican, nunca ha habido sobre la tierra un profeta que haya dado tanta verdad revelada como la obtenida a través de este profeta quien Dios levantó en nuestros días.
Y declaró que no solamente traería su palabra, sino que traería a los hombres una convicción de su palabra que ya no existiría entre ellos.
Ahora bien, cuando se habla a un hombre como yo lo he hecho en mi labor misionera, enseñando por años en el ministerio, se da uno cuenta que puede estar hablando con él por horas enteras y no tener ninguna pregunta que hacernos, porque uno le está diciendo cosas que jamás ha escuchado y probándoselas con sus propias Escrituras. Esto lo puedo decir gracias a mi propia experiencia. Un hombre que había sido ministro religioso por treinta años, fue traído a la Iglesia. El se sentó en mi oficina y dijo: «Hermano Richards: Cuando pienso en lo poquito que podía ofrecer a mi pueblo como ministro del evangelio, comparado con lo que hoy tengo en la plenitud del evangelio restaurado, quisiera volver atrás y decirles a todos mis amigos lo que he encontrado,» pero, dijo él, «ellos no me escucharían».
El Señor dijo en su promesa a José acerca de este profeta de nuestros días, que él traería a los hombres a la salvación. ¿Por qué? Porque sería dotado con aquella misma autoridad que Jesús dio a sus doce discípulos cuando dijo: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto» (Juan 15:16); «… y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos» (Mateo 16:19). Sin esa autoridad, no habría Iglesia de Jesucristo sobre la tierra que El reconociera.
El Señor agrega en esa promesa concerniente al profeta José: «Y lo magnificaré delante de mí» (2 Nefi 3:8). Sea lo que sea que el mundo pueda pensar de dicho Profeta en esta dispensación, ahí está la promesa y la declaración del Señor de que él sería grande a sus ojos. El Señor lo tuvo reservado, tres mil años antes de que hubiera nacido, para la gran misión a la cual fue llamado, así como el Salvador fue llamado para su misión, no a la misma clase de misión, pero sí de igual importancia en cuanto a que fue una parte del gran plan eterno del Señor para la salvación de sus hijos.
Podemos referirnos a cada uno de los sucesores del profeta José Smith. Tomemos a Brigham Young por ejemplo. Yo pienso que la historia no registra otro colonizador como él. Vean solamente de lo que gozamos aquí, en este valle de montañas, este Tabernáculo, ese santo Templo. La ciudad misma es parte de su obra, ya que él guió a los pioneros a este lugar desierto y edificó este gran estado.
Ustedes pueden considerar a cada uno de los otros profetas que lo sucedieron. Mi padre acostumbraba traernos aquí cuando éramos menores, viajando 40 millas (64 Km.) en carreta tirada por mulas, para familiarizarnos con los líderes de la Iglesia. Recuerdo cuando era niño, sentado en este tabernáculo, que Wilford Woodruff dio su último discurso (creo que ese fue su último discurso antes de morir), ocasión en que él dijo cuán maravillosamente el Espíritu del Señor lo había guiado y dirigido. El fue un hombre que realmente vivió cerca del Señor. Ahora ustedes han escuchado la historia de cómo él fue inspirado a levantarse a mitad de la noche y cambiar de lugar sus mulas que había amarrado a un encino plantado en ese lugar por más de cien años. Entonces vino un torbellino que arrancó el encino y lo arrojó exactamente donde estaba el par de mulas y el vagón en el cual dormían su esposa y él. Si él no hubiera oído el aviso del Espíritu, esto le habría costado la vida.
El habló de traer una compañía de pioneros y santos desde Gran Bretaña. Cuando desembarcaron en Nueva Orleans, él estaba a punto de entrar a un barco para contratarlo, cuando algo pareció decirle: «No vayas en este barco, ni tu ni tus compañeros», así que dio las gracias al capitán y decidió esperar… entonces, relató él, el barco no había hecho más que salir por el río, cuando se incendió y ni una sola alma se salvó, y declara: De no haber escuchado el aviso del Espíritu del Señor, no tendríamos ahora al hermano Fulano, ni al hermano Zutano, y siguió nombrando a los hombres que estaban en esa compañía.»
Ahora puedo continuar con los otros profetas a quienes tuve el privilegio de conocer. ¡Cómo amé al presidente Heber J. Grant! El me llamó para ser Obispo Presidente de la Iglesia. ¡Cómo amé al presidente Joseph F. Smith, el padre de nuestro nuevo Presidente! El fue uno de los más grandes Profetas que yo haya conocido. Yo lo oí hablar en este Tabernáculo y bendecir al pueblo y no pienso que haya habido una sola persona que no derramara lágrimas por la fuerza espiritual que él poseía. Cuando había yo cumplido dos misiones y llegué a su oficina a reportarme, él me tomó en sus brazos y dijo: «LeGrand, nosotros lo amamos.» Esto recompensó toda la obra misionera que yo había hecho hasta entonces.
Pienso ahora en el presidente David O. McKay. Por años, donde quiera que yo fuera representando a la Iglesia, los santos decían: «Llévele nuestro amor al presidente McKay.» Aun los niños pequeños escribían sus mensajes y nos pedían traerlos al Presidente. ¡Qué gran líder era realmente!
Me fue relatada la historia de un hombre de negocios que vino aquí del este hace pocos años y mientras hablaba con el Secretario de la Cámara de Comercio, dijo: «¿Sabe usted lo que más me gustaría hacer durante mi estancia aquí?» El Secretario preguntó: «¿Qué?» Y el dijo:
«Quisiera conocer a ese hombre, David O. McKay, el presidente de la Iglesia Mormona.» «Bien», dijo el Secretario,» «creo que puedo arreglar eso». Y así lo hizo, logrando que el presidente McKay, hablara con él casi una hora. Cuando bajaba la escalinata que está al frente del edificio de las oficinas de la Iglesia, se volvió al Secretario y dijo: «Si me pidieran nombrar al hombre que más se aproximara a mi apreciación del Redentor del Mundo, yo nombraría a este hombre.»
El fue amado dentro y fuera de la Iglesia.
Y ahora, hermanos y hermanas, tenemos un hombre que ha venido a nosotros de los lomos de los santos profetas, que ha dedicado su vida a la Iglesia, y que probablemente ha escrito más, en explicaciones de las verdades del evangelio, que ninguna otra persona, desde los días del profeta José. Yo estoy seguro de que fue muy grato al Señor ver cómo lo sostuvimos hoy aquí con nuestros votos.
Pienso que el tema que se ha destacado en esta Conferencia, a mi manera de pensar, ha sido: «¿Por qué un profeta?» ¿Por qué debemos tener un profeta? Yo pienso en el pasaje que el hermano Petersen citó ayer, donde el Señor dice, a través del profeta Amós: «Porque no hará nada Jehová el Señor, sin revelar su secreto a sus siervos los profetas» (Amós 3:7).
¿Qué significa esto? Significa que ninguna persona honrada, creyente en las Sagradas Escrituras, puede tratar de encontrar las verdades eternas de Dios sobre la tierra sin un profeta a su cabeza, porque no tenemos registro de que alguna vez haya El tenido una Iglesia o un movimiento sin un profeta. Entonces pienso en las palabras del Salvador cuando se paró dominando con la mirada a Jerusalén y dijo: «¡Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta, porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Mateo 23:37-39).
Y cuando uno viene en el nombre del Señor, esa persona no puede ser otra más que un profeta del Señor.
El Señor dio testimonio de Juan, que fue enviado a preparar el camino para su venida en el meridiano de los tiempos. El dijo que no hubo más grande profeta nacido de mujer que Juan el Bautista. Luego pienso en las palabras del Señor al profeta Malaquías donde El dice:
«He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis … ¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida?… Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores» (Malaquías 3:1-2).
Obviamente, esto no tiene referencia a su primera venida, porque él no vino súbitamente a su templo y todos los hombres pudieron permanecer el día de su venida. El no vino limpiando y purificando como fuego refinador o como jabón de lavadoras, pero se nos ha dicho en las Santas Escrituras, que cuando él venga en los últimos días, los malvados clamarán a las rocas; «Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquél que está sentado sobre el trono» (Apocalipsis 6:16). A mi manera de pensar, ese profeta fue José Smith, enviado para preparar el camino para su venida, por ser el instrumento en las manos del Señor para traer su gran obra en los Últimos Días.
Ahora bien, el leer las Escrituras, yo no puedo comprender cómo las cosas maravillosas que los antiguos profetas declararon que Dios realizaría en nuestros días, pueden cumplirse sin un profeta. El apóstol Pablo dijo que el Señor le había revelado el misterio de voluntad (Efesios 1:9). Esto es importante. Que en la dispensación del cumplimiento de los tiempos se proponía reunir en una todas las cosas en Cristo, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra… (Efesios 1:10). Nosotros somos la única Iglesia en el mundo que tiene un programa para culminar y cumplir con esa declaración revelada por el Señor al apóstol Pablo, y no podríamos hacerlo a no ser por los profetas que El ha levantado en nuestros días.
Pienso en el tiempo que Pedro habló a aquellos que hicieron matar a Cristo diciéndoles: «Y él [El Señor] envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo» (Hechos 3:20-21).
¿Cómo puede haber una restauración de tocas las cosas a menos que haya un profeta que reciba lo que los santos profetas traerán? Nosotros testificamos que esto se ha cumplido a través de la restauración del evangelio.
Pienso en las palabras de Malaquías cuando dijo: «. . yo envío al profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición» (Malaquías 4:56).
¿Qué consecuencias tendríamos, si no fuera por la venida de Elías? ¿Y a quién vendría, a menos que hubiera un profeta aquí, a la cabeza de la obra del Señor? Nosotros testificamos que Elías ha venido y entregó las naves de su dispensación.
Pienso en las palabras del Señor dadas a través de Isaías. El dijo: «Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado; por tanto, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos» (Isaías 29:13-14).
Pienso que esta Iglesia es la obra maravillosa y el prodigio que Isaías vio, y ¿cómo sería posible a menos que hubiera aquí un profeta a quien el Señor revelara su voluntad? Seguramente, como dice Amós, el Señor Dios no hará nada, «sin revelar su secreto a sus siervos los profetas» (Amós 3:7).
Yo pienso en la experiencia de Daniel cuando fue llamado a interpretar el sueño de Nabucodonosor; vosotros recordáis cómo Nabucodonosor había olvidado su sueño, y él llamó a sus adivinos, sabios y astrólogos, y ninguno de ellos pudo recordarle su sueño; entonces mandó llamar a Daniel. Y Daniel vino y dijo:» … hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer en los postreros días. He aquí tu sueño, y las visiones que has tenido en tu cama» (Daniel 2:28). Entonces les habló acerca de la elevación y caída de los reinos de este mundo, hasta los últimos días, cuando el Dios del cielo establecería un reino que nunca sería destruido ni dado a otro pueblo, sino que sería como una piedra cortada de la montaña, no por la mano del hombre; que rodaría hasta convertirse en una gran montaña que llenaría toda la tierra.
Yo os pregunto ¿por qué un profeta? ¿Cómo podría el Dios del cielo establecer una obra como ésta sin un profeta a través de quien él pudiera obrar y revelar su mente y su voluntad?
Incidentalmente, cuando era presidente de la Misión de los Estados del Sur, una noche, uno de nuestros misioneros en Florida predicó sobre este particular pasaje de las Escrituras. Al terminar la reunión, estaba yo de pie en la puerta, cuando un hombre vino y se presentó como ministro del evangelio. El expresó:
—Ustedes no esperarán que nosotros creamos que la Iglesia Mormona es ese reino verdad?
—Sí señor, ¿por qué no?
—No podría ser.
—¿Por qué no podría ser?
—Bien, dijo él, «no podemos tener un reino sin un rey, y no tenemos un rey, así que no tenemos un reino.
—Oh, —dije yo—, mi amigo, usted no ha leído lo suficiente. Lea usted el capítulo séptimo de Daniel y verá que Daniel vio a uno como Hijo de Hombre viniendo en las nubes del cielo y a él le fue dado el reino, al que todos los otros reinos, poderes y dominios bajo todos los cielos le servirán. (Daniel 7:13-14). —Luego proseguí diciéndole—, mi amigo, dígame, ¿cómo puede entregársele el reino a El cuando venga en las nubes del cielo, si no hay un reino preparado para él? En esto consiste la Iglesia: es la preparación, la restauración de todas las cosas dicha por boca de todos lo santos profetas. Entonces seguí diciendo: «Probablemente a usted le gustaría saber qué sucede con ese reino, y si usted gusta de leer sólo un poco más en ese séptimo capítulo verá donde dice Daniel: «Después recibirán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino… eternamente» (Daniel 7:18). Y por si eso no fuera suficiente, Daniel agrega «y para siempre».
Ahora vosotros, santos del Altísimo, habéis estado asistiendo a esta conferencia, y tenéis la promesa de que el reino se os dará a vosotros, si sois dignos de ello. Por tanto, os digo que no hay otra cosa que podáis hacer en el mundo que os traiga más grande felicidad eterna, que ayudar a desarrollar y avanzar esta obra maravillosa y este prodigio, hasta que cubra completamente toda la tierra.
Podría seguir por una hora diciéndoos otras cosas que el Dios del cielo ha decretado para estos días, y no podría hacerlas sin un profeta; por esto, yo me paro aquí para daros mi testimonio de que esta Iglesia es y ha sido guiada por profetas vivientes. Yo sostengo con todo mi corazón a nuestro nuevo Profeta, Vidente y Revelador, y a sus consejeros; pido a Dios que los bendiga y que bendiga a los santos de Sión en todo el mundo a fin de que puedan ser dignos de su gran herencia, y formen parte de este gran movimiento de los últimos días, con Dios a la cabeza y sus profetas para dirigirlos. Ruego a Dios que os bendiga en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.
























