Conferencia General Abril 1970
No contiendas con los demás
pero sigue un curso fijo

por el élder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce
Tengo un solo deseo, mis queridos hermanos y hermanas y éste consiste en decir algo que pueda sumarse a vuestra fe. Con ese fin pido la inspiración del Santo Espíritu.
Expreso mi gratitud y me maravillo del crecimiento de la Iglesia, Hace pocos días, participé con el hermano Benson en la organización de una estaca de Sión en Tokio, Japón. Tres semanas antes, el hermano Tuttle y yo, organizamos otra estaca de Sión en Lima, Perú. Hace unas dos semanas, el hermano Romney organizó una estaca en Johannesburgo, Sudáfrica. Piensen en ello; durante un período de pocas semanas, fuertes y productivas estacas han sido organizadas en lugares tan lejanos como Japón, Perú y Sudáfrica.
Los días de los que hablaron nuestros antepasados están ante nosotros. Son días de profecías cumplidas y yo, con ustedes, estoy agradecido de estar vivo y de ser parte de esta vibrante y maravillosa obra, la cual está afectando positivamente a tanta gente en tantas partes del mundo.
Este crecimiento no es una victoria de los hombres; es una manifestación del poder de Dios. Espero que nunca nos enorgullezcamos o alardeemos de ello. Oro por ser siempre humilde y agradecido.
Anoche, fue presentado en este Tabernáculo, con letra y música, un conmovedor tributo al profeta José Smith, conmemorando el 150 aniversario de la Primera Visión. Estoy agradecido que hayamos podido recordar esta notable manifestación, cuando el Padre y el Hijo aparecieron al joven José en el año de 1820, en una mañana primaveral. Todo lo bueno que vemos en la Iglesia hoy, es el fruto de esa notable visitación, cuyo testimonio, ha tocado el corazón de millones en muchas tierras. Yo agrego el testimonio que me fue dado por el Espíritu, de que la descripción que hace el Profeta de ese maravilloso acontecimiento, es verdadero; de que Dios, el Eterno Padre, y el resucitado Jesucristo, nuestro Señor, hablaron con él en esa ocasión, en una conversación tan real, personal e íntima como es mi conversación con ustedes en este día. Yo elevo mi voz en testimonio de que José fue un profeta, y de que la obra traída a través de él es la obra de Dios.
Yo leí nuevamente la otra tarde un resumen de la obra de José Smith y una declaración de la obligación que tenemos de proseguirla.
Estas palabras, de belleza poética fueron escritas por Parley P. Pratt en 1845, menos de un año, después de la muerte de José. Yo cito:
«El ha organizado el reino de Dios; nosotros extenderemos su dominio.
El restauró la plenitud del evangelio; nosotros la extenderemos a lo lejos.
El ha encendido la aurora de un día de gloria; nosotros la llevaremos a su meridiano esplendor.
El era un «pequeño» y vino a ser mil; nosotros somos un «pequeño» y seremos una nación fuerte.
En fin, él cortó la piedra… Nosotros haremos que llegue a ser una gran montaña que llene toda la tierra » (Millennial Star, vol. 5, marzo de 1845, páginas 151-52).
Nosotros estamos viendo el desenvolvimiento de ese sueño. Espero que seamos fieles y veraces a la sagrada confianza que se nos ha dado de edificar su reino. Nuestro esfuerzo no carecerá de tristeza ni contrariedades. Debemos esperar oposición determinada y sofisticado.
Mientras la obra crece, debemos esperar un fortalecimiento de los esfuerzos del adversario contra ella. Nuestra mejor defensa es la callada ofensa de apegarnos a las enseñanzas que han llegado a nosotros, de aquellos a quienes hemos sostenido como profetas de Dios.
José Smith nos dio instrucciones pertinentes a la situación en que nos encontraríamos. Dijo él: «Id con toda humildad, con sobriedad. Enseñad a Jesucristo y su sacrificio; no contendáis con otros a causa de su fe, o religión, sino seguid un curso fijo. Esto os entrego por vía de mandamiento y todos los que no lo observen, traerán persecución sobre su cabeza, mientras que aquellos que lo hagan serán siempre llenos del Espíritu Santo, y esto lo pronuncio como una profecía.»
Yo quisiera tomar algunas palabras de esta declaración como un tema para algo que quisiera decir, si el Señor me inspira.
«No contiendas con los demás, pero sigue un curso fijo.»
Vivimos días de valores cambiantes, de normas variables, de programas de fuego fatuo que florecen en la mañana para morir por la tarde. Vemos esto en el gobierno, lo vemos en la moralidad pública y privada, lo vemos en los hogares de la gente, lo vemos aun en las iglesias y lo vemos en fin, entre, los miembros mismos, que se alejan de la Iglesia por la sofistería de los hombres.
Los hombres por donde quiera parecen andar a tientas en la obscuridad, desechando las tradiciones que fueron la fuerza de nuestra sociedad, aun incapaces de encontrar una nueva estrella que los guíe.
Recientemente participamos en la dedicación del Pabellón de la Iglesia exhibido en la feria mundial Expo ’70, celebrada en Tokio, Japón. Uno de los oradores fue un oficial del gobierno japonés, quien calurosamente cumplimentó a la Iglesia por su participación en esta exposición, la cual está dedicada casi completamente a los progresos técnicos del hombre. El deploró la menguante influencia de la religión en la vida de las personas de su propio país, con el consecuente deterioro de las normas e ideales.
Y esto parece ser igual por todas partes. Hace algunos meses leí un provocativo artículo escrito por la historiadora Barbara Tuchman, ganadora del Premio Pulitzer. Ella dijo: «Cuando llegamos a los líderes, de los que tenemos en superabundancia; cientos de ellos falsos, flautistas que encantan con su música a los hombres haciéndolos ir en pos de ellos a la cautividad, se deslizan por doquier buscando simpatías, procurando obtener la más amplia aceptación posible. Pero lo que ellos no hacen, y es notorio, es quedarse quietos y decir: ‘Esto es lo que yo creo. Esto es lo que haré y esto otro lo que no haré. Este es mi código de conducta y esto otro queda fuera de mí. Esto es excelente y esto otro es basura. “Esto es una ausencia de moral en los directores, una falta de voluntad general por establecer normas.»
Ella continúa: «De todos los males de los que nuestra pobre… sociedad es heredera, me parece que el centro del cual se deriva toda nuestra inquietud y confusión, es la ausencia de normas. Estamos demasiado inseguros de nosotros mismos para determinarlas, para adherirnos a ellas si es necesario, y en el caso de personas que ocupan posiciones de autoridad, para imponerlas. Parecemos estar afligidos por una muy extendida y perjudicial renuencia a adoptar una posición definida hacia cualquiera de los valores morales, estéticos o de conducta» («The Missing Element — Moral Courage», Me Call’s, junio de 1967, pág. 28).
Aunque las normas generalmente se tambalean, nosotros en la Iglesia no tenemos excusa si fluctuamos en la misma manera. Tenemos normas seguras, probadas y efectivas; mientras las observemos, seguiremos progresando; pero si dejamos de cumplirlas estaremos dificultando nuestro propio ‘ avance y estorbando la obra del Señor, pues estas normas han venido de El. Algunas pueden parecer anticuadas en nuestra sociedad actual, pero ello no reduce su validez, ni disminuye la virtud de su aplicación. Los sutiles razonamientos de los hombres, no importa cuán listos sean, no importa cuán plausibles suenen no abrevian la sabiduría declarada de Dios.
Recientemente escuché del patriarca de la Estaca de Milwaukee-Wisconsin, quien nos acompaña en este salón hoy, algunas palabras que no he olvidado. Dijo:
«Dios no es un político celestial que busca nuestros votos, más bien, Dios está para ser hallado, para ser obedecido» (Hans Kindt).
Lo más satisfactorio es que la obediencia nos trae felicidad. Ella trae paz y crecimiento al individuo; y el buen ejemplo de ésta trae respeto para la institución de la cual es parte.
Nuestra adherencia a estas normas dadas divinamente no requieren de nada ofensivo para la gente que nos rodea; nosotros no tenemos que contender con ella. Pero si seguimos un curso fijo, nuestro buen ejemplo vendrá a ser el argumento más eficaz a mostrar de las virtudes de la causa con la que estamos asociados.
El Señor nos ha dado consejos y mandamientos sobre tantas cosas, que ningún miembro de esta Iglesia puede equivocarse jamás. El ha establecido patrones concernientes a las virtudes personales: ser buenos vecinos, obedientes a la ley, leales al gobierno; observar el día de reposo; ser sobrios y abstenerse del licor y del tabaco; el pagar nuestros diezmos y ofrendas, el cuidar de los pobres; fortalecer el hogar y la familia; y compartir el evangelio; esto, para mencionar sólo unos cuantos.
No necesita haber discusiones ni contención en ningún miembro. Si seguimos un curso fijo en la aplicación de nuestra religión en nuestra propia vida, avanzaremos en la causa más rápidamente que de cualquier otra manera. Puede haber quienes busquen la manera de alejarnos por medio de tentaciones. Puede haber también quienes traten de acosarnos. Podemos ser menospreciados, empequeñecidos, vituperados; podemos ser caricaturizados ante el mundo.
Existen quienes, tanto dentro de la Iglesia Como fuera de ella, quieren compelirnos a cambiar nuestra posición sobre algún asunto, como si fuera prerrogativa suya usurpar la autoridad que corresponde sólo a Dios.
No tenemos el deseo de reñir con otros. Nosotros enseñamos el evangelio de paz. Pero no desecharemos las palabras del Señor, tal como han llegado a nosotros a través de hombres a quienes hemos sostenido como profetas. Nosotros debemos pararnos y decir, para citar nuevamente las palabras de la señorita Tuchman: «Esto es lo que yo creo. Esto es lo que haré y esto lo que no haré. Este es mi código de conducta y esto otro está fuera de él.»
Puede venir tiempos de desánimo y de profunda preocupación. Habrá ciertamente días decisivos en la vida de cada uno. Siempre ha sido así.
Cada hombre y mujer en esta Iglesia sabe algo del precio que pagaron nuestros antepasados por su fe. Esto se me recordó nuevamente cuando recientemente leí la narración de la abuela de mi esposa. Pienso que me gustaría relatar unas cuantas palabras de esa historia que trata sobre una jovencita de trece años. Ella habla de su niñez en Brighton, esa deliciosa ciudad en la costa sur de Inglaterra, donde las suaves y verdes colinas de Sussex, van bajando hacia el mar.
Fue ahí donde su familia se bautizó. Su conversión vino naturalmente porque el Espíritu susurró en su corazón que esto era verdad. Pero hubo parientes y vecinos que les criticaron y aun algún populacho que los escarnecía y ponla a otras gentes en su contra. Necesitaron de valor, esa rara cualidad descrita como valor moral para ponerse de pie y ser contado, para ser bautizado y reconocido como mormón.
La familia viajó a Liverpool, donde con unos novecientos pasajeros más, abordaron el barco de vela «Horizonte’.
Apenas el viento movió las velas, ellos comenzaron a cantar: «Adiós mi tierra nativa, Adiós.» Después de seis semanas en el mar lo que cubre la distancia de un moderno avión a reacción en seis horas arribaron a Boston, Mass., E. U. A., y viajaron por ferrocarril de vapor hasta Iowa City, a fin de ser habilitados con todo lo necesario para seguir su viaje.
Ahí compraron dos yuntas de bueyes y una de vacas, un vagón y una tienda de campaña. Fueron asignados a viajar con una de las compañías de carros de mano. Aquí en Iowa City, E.U.A. ocurrió su primera tragedia. Su niño más pequeño, de menos de dos años, sufrió por haberse expuesto al aire frío y murió, teniendo que ser sepultado en una tumba nunca más visitada por ningún familiar suyo.
Ahora, permítanme relatarles las propias palabras de esta jovencita de 13 años mientras leo unas pocas líneas de su historia:
«Viajamos de quince a veinticinco millas por día (24 a 40 Km) … hasta llegar al río Platte… Nos reunimos con las compañías de carros de mano ese día. Los vimos cruzar el río. Había grandes trozos de hielo flotando en el río, a tal grado que el frío cortaba la piel. A la mañana siguiente había catorce muertos… Regresamos al campamento e hicimos nuestras oraciones (y)… cantamos ¡Oh, está todo bien! (Himno 214) Esa noche me preguntaba por qué mi madre lloraba… a la mañana siguiente nació mi hermanita; era el 23 de septiembre. La nombramos Edith; ella vivió seis semanas y murió… (Fue sepultada en el último cruce del Sweetwater.)
(Entramos de lleno en la pesada nieve, en donde yo me perdí.) Mis pies y piernas se helaron… Los hombres me los frotaron con nieve, luego pusieron mis pies en un cubo de agua. El dolor fue terrible…
Cuando llegamos al lugar llamado Puerta del Diablo, hacía un frío terrible. Tuvimos que dejar muchas de nuestras cosas ahí… Mi hermano James … estaba bien cuando se metió a la cama (esa noche), pero a la mañana siguiente amaneció muerto… Mis pies estaban helados, también los de mis demás hermanos. No había nada más que nieve (nieve por dondequiera y el constante viento de Wyoming). No podíamos clavar las estacas de nuestras tiendas … no sabíamos qué iba a ser de nosotros.
Entonces, una noche, un hombre vino a nuestro campamento y nos dijo que … Brigham Young había mandado hombres y animales para ayudarnos … cantamos, algunos bailaron y otros lloraron…
Mi madre nunca volvió a quedar bien… ella murió entre las montañas Little y Big… Tenía 43 años de edad…
Llegamos a la ciudad de Lago Salado a las nueve de la noche del once de diciembre de 1856. Tres de cada cuatro que estaban vivos, estaban helados. Y mi madre, estaba muerta en el vagón…
A la mañana siguiente muy temprano, vino Brigham Young… Cuando vio las condiciones en que veníamos, con nuestros pies helados y nuestra madre muerta, las lágrimas rodaron por sus mejillas… El doctor amputó mis dedos, (mientras) las hermanas vestían a mi madre para sepultarla… Cuando curaron mis pies, ellos nos llevaron dentro, para ver a nuestra madre por última vez. Oh, ¿cómo pudimos soportarlo? Esa tarde ella fue sepultada…
«Yo he pensado muchas veces en las palabras de mi madre, antes de dejar Inglaterra: ‘Polly, quiero ir a Sión ahora que mis hijos son pequeños, para que ellos crezcan en el evangelio de Jesucristo, porque yo sé que esta es la Iglesia verdadera. . .» (Vida de Mary Ann Goble Pay.)
Así concluyen estas porciones de la narración de una jovencita de 13 años.
Yo concluyo con esta pregunta: ¿Podría sorprendernos si fuéramos llamados para soportar un poco de crítica solamente, hacer un pequeño sacrificio por nuestra fe, después de saber el tan alto precio que nuestros antepasados pagaron por la suya?
Sin contención, sin discusiones, sin ofensas, sigamos un curso invariable, moviéndonos siempre hacia adelante, para construir el reino de Dios.
Si hay dificultades, enfrentémoslas con calma. Allanemos el mal con el bien.
Esta es la obra de Dios. Ella continuará reforzándose sobre toda la tierra, afectando positivamente la vida de miles de personas, cuyo corazón responderá al mensaje de verdad. Ningún poder bajo el cielo podrá detenerlo.
Esta es mi fe y éste es mi testimonio.
Que Dios nos ayude a ser merecedores de nuestra sagrada comisión de construir su reino, lo ruego humildemente y dejo con ustedes mi testimonio de su divinidad, en el nombre de Jesucristo. Amén.
























