Recompensas, bendiciones, promesas

Conferencia General Octubre 1973

Recompensas, bendiciones, promesas

Spencer W. Kimballpor el presidente Spencer W. Kimball
Presidente del Consejo de los Doce


Amados hermanos y hermanas: Nuevamente nos encontramos en una gloriosa conferencia.

En las sesiones de esta impresionante conferencia hemos recibido exhortación, instrucción y amonestación. Cada sermón ha sido poderoso y penetrante. Hemos sido instruidos plenamente en las vías del Señor. En los sermones escuchamos palabras tan notables como estas: Caminad rectamente, Guardad mis mandamientos, Vivid mis leyes. Se nos habló acerca del matrimonio, del matrimonio correctamente efectuado, acerca del arrepentimiento y el perdón, acerca del autorrespeto, y de caminar en las vías de justicia. Se nos ha hablado acerca de “mares tormentosos” y se nos ha dicho que la “maldad nunca fue felicidad”.

Roy H. Stetler, editor de una revista religiosa en el este de los Estados Unidos, escribió el siguiente cuento:

“Ocurrió en las afueras del Castillo de Livadia, brillantemente iluminado. Un soldado se paseaba midiendo cuidadosamente sus pasos de un lado a otro, guardando el castillo, dentro del cual se realizaba una trascendental conferencia. El soldado estaba orgulloso de su tarea, porque, ¿a qué soldado no le gustaría contarle a sus hijos y a sus nietos que en una ocasión, hizo guardia para la culminante reunión de los ‘Tres Grandes’?

De pronto, de la oscuridad, como un fantasma surgió una figura en el sendero que conducía a la entrada del castillo, Al acercarse al lugar el guardia le ordenó:

-¡Alto! ¿Quién vive? ¡Acérquese e identifíquese!— al tiempo que bajaba rápidamente el rifle del hombro y lo colocaba en posición de puntería.

La persona contestó:

—Deseo reunirme con los hombres que están en el castillo.

—¡Absurdo!—exclamó el guardia—. No puedes entrar al castillo. ¿No sabes que los ‘Tres Grandes’ se reúnen para decidir el destino del mundo? ¡No se permite la entrada a nadie!

El hombre preguntó entonces: —¿Dices que son los ‘Tres Grandes’? ¿Por qué se les llama así?

—Ellos son —dijo el guardia— quienes dirán cómo se ha de gobernar este mundo.

El extranjero lo miró directamente y sus ojos centellearon cuando dijo:

—Es por eso que debo estar con ellos, porque yo puedo ayudarlos. Yo tengo un plan que en verdad dará resultado y mantendrá la paz en el mundo, sólo con que lo acepten.

El soldado se rió.

—Continúa tu camino, hombre, no tienes credenciales.

—¿Credenciales? .. .tal vez no. .. no aquí— y levantó la mano en señal de despedida. El guardia vio una fea cicatriz en aquella mano. Entonces le miró la otra, y vio que también tenía cicatriz.

—¿Estuviste en la guerra? —preguntó, un poco más cortés— Veo heridas en tus manos.

El hombre se volvió y dijo:

—No pensé que lo notarías. No, no recibí estas heridas en la guerra— y al decir esto desapareció repentinamente, como si la oscuridad se lo hubiera tragado.

El guardia lo buscó y quedó anonadado.

—¡Debiera haberlo sabido! —se lamentó— ¡Si tan sólo le hubiera permitido pasar!— y se desplomó lleno de consternación.

Aquel hombre fue quien trajo bendiciones a todos los habitantes de la tierra, quien dijo refiriéndose a aquellos que le harían esta pregunta:

“¿Qué son estas heridas en tus manos y en tus pies? Entonces sabrán que yo soy el Señor, porque les diré: Estas son las llagas que recibí en la casa de mis amigos. Yo soy el que fue levantado. Soy Jesús quien fue crucificado. Yo soy el Hijo de Dios” (D. y C. 45:51, 52).

Y recordando que la vida es un período de recompensas y castigos, consideremos hoy el lado positivo, las recompensas que recibimos de El a causa de la obediencia.

“Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar, porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.

Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron” (Mateo 4:18-20). Y otros dos, Jacobo y Juan, los hijos de Zebedeo, le siguieron.

Y así dos parejas de hermanos llegaron a ser apóstoles de Jesucristo.

Y yo os aseguro que este llamamiento es una de las más grandes bendiciones que el hombre puede recibir, así como el más grande honor. Hoy 7 de octubre de 1 973, hace exactamente treinta años, casi a esta misma hora, me arrodillé a los pies del presidente Heber J. Grant y fui ordenado Apóstol de Jesucristo.

En la sección 76 de Doctrinas y Convenios, llamada la Visión, se prometen las siguientes bendiciones:

“De que por guardar los mandamientos pudiesen ser lavados y limpiados de todos sus pecados, y recibir el Espíritu Santo por la imposición de las manos de aquel que ha sido ordenado y confirmado para ejercer este poder

Y son los que vencen por la fe, y los que sella el Santo Espíritu de la promesa, el cual el Padre derrama sobre todos los que son justos y fieles.

Ellos son la Iglesia del Primogénito. Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas

Son sacerdotes y reyes, quienes han recibido de su plenitud y de su gloria. Y son sacerdotes del Altísimo, según el orden de Melquisedec, que fue según el orden de Enoc, que fue según el orden del Hijo Unigénito.

De modo que, como está escrito, ellos son dioses, aun los hijos de Dios—

Por consiguiente, todas las cosas son suyas, sea vida o muerte, cosas presentes o cosas futuras, todas son suyas, y ellos son de Cristo, y Cristo es de Dios.

Y vencerán todas las cosas” (D. y C. 76:52-60).

“Estos morarán en la presencia de Dios y de su Cristo para siempre jamás. Y quienes saldrán en la resurrección de los justos.

Son hombres justos hechos perfectos mediante Jesús, el mediador del nuevo convenio, quien obró esta perfecta expiación derramando su propia sangré” (D. y C. 76:62, 65, 69).

“Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando. . .

“Y le siguió mucha gente de Galilea. . .” (Mateo 4:23,25).

“Viendo la multitud, subió al monte y…vinieron a él sus discípulos.

“Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.

Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos. . .” (Mateo 5:1-12).

Por las Escrituras vemos que siempre abundaban las bendiciones en el corazón de Jesús.

Así dice el profeta José:

“Y así vimos la gloria de lo celestial que sobrepuja todas las cosas; donde Dios, aun el Padre, reina sobre su trono para siempre jamás;

Ante cuyo trono todas las cosas se inclinan en humilde reverencia, y le rinden gloria para siempre jamás (D. y C. 76:92,93).

“Y la gloria de lo celestial es una, aun como la gloria del sol es una” (D. y C. 76:96).

Y también:

“Pero grandes y maravillosas son las obras del Señor y los misterios de su reino que nos enseñó, que sobrepujan toda comprensión en gloria, y en poder, y en dominio” (D. y C. 76:114).

“Ni tampoco es el hombre capaz de darlos a conocer, porque se ven y se comprenden tan solamente por el poder del Espíritu Santo que Dios derrama sobre los que lo aman y se purifican ante él;

“A quienes concede el privilegio de ver y conocer por sí mismos.” (D. y C. 76:116,117).

La revelación de 1832 que se conoce como la Visión, empieza así:

“¡Escuchad, oh cielos, prestad oídos, oh tierra, y regocijaos vosotros los habitantes de ellos porque el Señor es Dios, y aparte de él no hay Salvador!

“Grande es su juicio, maravillosas son sus vías, y el fin de sus obras nadie lo puede saber.

“Sus propósitos nunca se frustran, ni tampoco hay quien pueda detener su mano.

“De eternidad en eternidad es el mismo, y sus años nunca se acaban. “Porque así dice el Señor: Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en justicia y en verdad hasta el fin.

“Grande será su galardón, y eterna será su gloria” (D. y C. 76:1-6). Cuando El promete una bendición la da; y cumple asimismo todas sus promesas. En 1831 el Señor dijo:

“Lo que yo, el Señor, he hablado, he dicho, y no me excuso; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz, o por la voz de mis siervos, es lo mismo” (D. y C. 1:38).

El mensaje del Señor fue de amor y paz.

Cuando el Señor comenzaba a preparar a sus apóstoles para su crucifixión; les dijo:

“El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12).

Y recordamos la historia de Abraham, cuando tres personajes lo visitaron en el valle de Mamre, y Abraham se postró en tierra. Ellos le preguntaron: “¿Dónde está Sara tu mujer?”, y así continúa el incidente:

“He aquí que Sara tu mujer tendrá un hijo. Y Sara escuchaba a la puerta de la tienda, que estaba detrás de él.

“Y Abraham y Sara eran viejos, de edad avanzada; y a Sara le había pasado ya la costumbre de las mujeres.

“Se rió, pues, Sara entre sí, diciendo ¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?

“Entonces Jehová dijo a Abraham: ¿Por qué se ha reído Sara diciendo: ¿Será cierto que he de dar a luz siendo ya vieja?

“¿Hay para Dios alguna cosa difícil? . . . Sara tendrá un hijo” (Gén. 18:9-14). Ciertamente nada es imposible para el Señor. Sus promesas se cumplen.

En 1833 el Señor hizo promesas que nosotros no deberíamos de tomar a la ligera:

Dijo: “…el ángel destructor pasará de ellos. . . y no los matará”, recordando los días de Egipto.

Y dijo que tendrían buena salud, fuerza y poder, médula en sus huesos y salud en sus ombligos.

Y quizá promesas aún más grandes que ésas: “Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, aun tesoros escondidos”. (D. y C. 89:1821 .)

Todas estas bendiciones son para los que recuerdan las enseñanzas y caminan en obediencia.

“Si me amáis, guardad mis mandamientos”, decía el Maestro constantemente a su pueblo. (Juan 14:15.)

Hay profundidades en el mar a donde nunca llegan las tormentas que azotan la superficie. Aquellos que se adentran en las profundidades de la vida, y con serenidad escuchan la voz del Señor, tienen el poder estabilizador que los lleva con calma y seguridad a través del huracán de las dificultades.

Hay muchas promesas hermosas. Al leer las Escrituras y volver sus páginas se evidencia que casi todas son recompensas por vivir los mandamientos del Señor.

Y otra promesa solemne vino del Señor:

“Y [aquel que viva en rectitud será cambiado en un abrir y cerrar de ojos. . .” (D. y C. 101:31).

“Escuchad estas palabras. He aquí, que yo soy Jesucristo, el Salvador del mundo. Atesorad estas cosas en vuestro corazón y sobre vuestra mente descansen las solemnidades de la eternidad.

“Sed serios. Guardad todos mis mandamientos” (D. y C. 43:34,35).

Y se promete otra bendición: “Porque en mi propio y debido tiempo vendré sobre la tierra en juicio, y mi pueblo será redimido y reinará conmigo sobre la tierra” (D. y C. 43:29).

De los Salmos tenemos la promesa de esta bendición. El dijo:

“De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan. . . “¿Quién subirá al monte de Jehová?

¿Y quién estará en su lugar santo?

“El limpio de manos y puro de corazón. . .El recibirá bendición de Jehová, y justicia del Dios de salvación” (Salmos 24:1-5).

Ahora, en nuestra propia dispensación, nos promete esta gran recompensa:

“Porque todos los que quisieren recibir una bendición de mi mano han de cumplir con la ley que rige esa bendición” (D. y C. 132:5).

Entonces nos habla de las bendiciones de la eternidad. Y dice de aquellos que guardan sus mandamientos y viven dignamente:

“. . .pasarán a los ángeles y a los dioses que están allí, a su exaltación y gloria en todas las cosas, conforme a lo que haya sido sellado sobre sus cabezas, siendo esta gloria la plenitud y continuación de las simientes para siempre jamás.

“Entonces serán dioses, porque no tienen fin. . . Entonces serán dioses, porque tendrán todo poder, y los Ángeles estarán sujetos a ellos.

“Mas si me recibís en el mundo, entonces me conoceréis y recibiréis vuestra exaltación, para que donde yo estoy vosotros también estéis” (D. y C. 132:19, 20, 23).

Nosotros tenemos actualmente las mismas promesas que hizo el Señor a los hijos de Israel.

“Porque yo me volveré a vosotros, y os haré crecer, y os multiplicaré, y afirmaré mi pacto con vosotros.

Comeréis lo añejo y pondréis fuera lo añejo para guardar lo nuevo.

Y pondré mi morada en medio de vosotros, y mi alma no os abominará; y andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros, seréis mi pueblo” (Lev. 26:9-12).

Y al dejarlos, les prometió:

“La paz os dejo, mi paz os doy, yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Con todo esto, ¿qué más se podría desear o pedir? Tendremos todas estas bendiciones y muchas más siempre que estemos dispuestos a guardar los mandamientos y a ser veraces y honrados en nuestras relaciones.

Doy testimonio de que Dios nos ha dado condicionalmente todas estas cosas y millares de otras más. El ha organizado su Iglesia verdadera sobre la tierra. Esta es su Iglesia. Nos ha dado el plan que nos llevará hacia la perfección; y nos ha dado profetas para que nos dirijan y nos guíen. Y el Presidente de la Iglesia es el director de este reino y de este pueblo, y es un Profeta de Dios. Esto lo sé, y lo testifico solemnemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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