Te damos, señor, nuestras gracias

Conferencia general Octubre 1973

Te damos, Señor, nuestras gracias

Gordon B. HinckleyPor el élder Gordon B. Hinckley
Del Consejo de los Doce

Treinta y cuatro talentosos e inspirados oradores me han precedido, y hoy, en este día de otoño, me siento como la última hoja del árbol, al pronunciar unas cuantas palabras antes de que el presidente Lee nos dé su consejo y bendición final. No es para mí una experiencia nueva el hablar inmediatamente antes del presidente Lee. Recientemente, he tenido ese privilegio muchas veces. Cada vez me he sentido como el futbolista novato que está esperando en la banca su turno para entrar a un importante partido.

Pero considero esta como una gran oportunidad para aumentar mi testimonio. Pido humildemente la dirección del Espíritu Santo para poder hablaros acerca de un tema sagrado.

Hemos estado cantando por más de un siglo, un himno maravilloso, que realmente nos distingue: “Te damos, Señor, mis gracias”. A menudo entonamos himnos que son originales de otras iglesias, y a su vez otros cantan los nuestros. Pero únicamente nosotros podemos entonar con propiedad las palabras, “Te damos, Señor, nuestras gracias, que mandas de nuevo venir profetas con tu Evangelio, guiándonos cómo vivir.”

Este canto fue escrito hace más de un siglo por un hombre de humilde condición que vivía en Sheffield, Inglaterra. Trabajaba en una fábrica de acero y fue despedido a causa de su conversión a la fe mormona. Pero en su corazón ardía un grandioso y ferviente testimonio, y cautivado por un tremendo espíritu de gratitud escribió estas maravillosas estrofas, que se han transformado en expresión de agradecimiento para millones de personas en la tierra. Yo personalmente las he oído cantar en veintiún idiomas diferentes, como una forma de oración reverente de gratitud por la divina revelación.

Cuán agradecidos debemos estar hermanos, por un Profeta que nos aconseja con divinas palabras de sabiduría mientras transitamos nuestro camino en estos tiempos complejos y difíciles. La firme seguridad, la convicción que tenemos de que Dios hará saber a sus hijos su voluntad a través de estos siervos reconocidos, es la base real de nuestra fe y actividad. O tenemos un Profeta o no tenemos nada ¡Y tener un Profeta, significa tenerlo todo!

Hace doce años, en compañía del Presidente de la Misión de Hong Kong, tuve la oportunidad de abrir la obra misional en las Filipinas. El 28 de abril de 1961, celebramos una reunión que no olvidaremos fácilmente. No contábamos entonces con una sala donde realizarla. Elevamos ana solicitud de permiso a la Embajada de los Estados Unidos para reunirnos en la hermosa explanada de mármol del cementerio militar norteamericano del fuerte Mckinley, en las afueras de Manila.

Nos reunimos a las 6:30 de la mañana. En ese sacrosanto lugar, en el que se recuerdan las tragedias de la guerra, iniciamos la obra de enseñar el evangelio de paz.

Nos pusimos en contacto con el único miembro filipino que pudimos encontrar; él relató una historia que nunca he olvidado.

Cuando era apenas un joven encontró en la basura una copia casi deshecha de la revista Reader’s Digest, que contenía una condensación de un libro en el que se relataba la historia de los Mormones. Hablaba de losé Smith y lo describía como un Profeta. Esa palabra profeta despertó cierto sentimiento en ese muchacho. “¿Es posible que exista en la actualidad un profeta sobre la tierra?” se preguntó. La vieja revista se extravió, pero el sentimiento que le inspiraba la idea de un profeta viviente nunca lo abandonó durante los largos y oscuros años de la guerra, cuando los filipinos fueron subyugados.

Por fin terminó la guerra, y el gobierno de los Estados Unidos reabrió la base aérea de Clark. David Lagman, este hermano filipino, consiguió un empleo en ese lugar, donde se enteró de que uno de sus supervisores era mormón. Deseaba preguntarle si él creía en un profeta, pero tenía temor de hacerlo. Finalmente, tras mucha meditación, reunió valor para preguntarle, “¿Es usted mormón señor?” “Sí lo soy”, fue la franca respuesta. “¿Cree usted en un profeta, tienen ustedes un profeta en su Iglesia?”, preguntó ansiosamente David.

“Sí, tenemos un Profeta, un Profeta viviente que preside en la Iglesia y declara la voluntad del Señor.”

David pidió al oficial que le contara más, y el resultado de estas enseñanzas fue su bautismo. Fue el primer élder nativo ordenado en las Filipinas, y es actualmente Presidente del Distrito Norte de Luzón (isla principal de las Filipinas) teniendo ahora el absoluto conocimiento de que existe verdaderamente un Profeta viviente en la tierra.

¿Puede cualquier pueblo tener una bendición más grande que la de saber que quien lo dirige es un hombre que recibe y enseña la voluntad de Dios concerniente a ellos? No se requiere demasiada observación sobre este mundo para saber que “la inteligencia de los sabios y el entendimiento del prudente se disipará”. La sabiduría que el mundo debe buscar es la que proviene de Dios, y el único entendimiento que salvará al mundo es el entendimiento divino.

“Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Amós 3:7).

Así acontecía en los días de Amós y en todos los tiempos en que los santos hombres de Dios han hablado inspirados por el Espíritu Santo. (2 Pedro 1:21.) Estos antiguos profetas previeron las cosas que habían de acontecer y más importante aún, fueron los reveladores de la verdad al pueblo, y ellos señalaron la vía por la cual el hombre debería caminar si deseaba obtener felicidad y hallar paz para su vida.

Recuerdo un joven a quien conozco que, investigando como cristiano una iglesia tras otra, no pudo hallar ninguna que enseñara sobre un profeta. Únicamente entre el pueblo judío encontró una mención reverente a los profetas, por lo que aceptó y se convirtió a la religión judía.

En el verano de 1964, viajó hacia la ciudad de Nueva York y visitó la Feria Mundial. Entró al pabellón Mormón donde vio láminas de los profetas del Antiguo Testamento, y se emocionó al escuchar a los misioneros hablar con aprecio de estos hombres de la antigüedad a través de quienes Jehová reveló su voluntad. Entonces, al internarse más en el pabellón, oyó hablar de profetas modernos, de José Smith, que fue llamado como Profeta, Vidente y Revelador. Algo lo conmovió e hizo que su espíritu fuera receptivo al testimonio de los misioneros. Se bautizó y después sirvió como misionero en un país de Sud América, convirtiendo a muchos. Regresó a su hogar y desde entonces está esforzándose por atraer a su familia y a otras personas a la Iglesia. Es realmente reconfortante y conmovedor oírlo testificar que José Smith fue un Profeta de Dios y que todos aquellos que vinieron después de él fueron sucesores legítimos de este alto y sagrado llamamiento.

¿Puede una persona, deseosa de leer sin prejuicios ni predisposición la historia de José Smith, dudar que él fue un gran vidente de los hechos que habrían de acontecer? Cerca de 38 años antes de que fuera disparada la primera bala, predijo la trágica guerra civil de los Estados Unidos declarando que a continuación de la misma, se desataría una guerra entre todas las naciones. Vosotros y yo, como parte de esta generación, somos testigos del cumplimiento de esas admirables palabras.

Predijo que esta gente, que residía en ese entonces en el estado de Illinois sería sacada de allí, habría de sufrir mucha aflicción, y se transformaría en un pueblo grandioso y poderoso en el corazón de las Montañas Rocallosas, en el oeste de los Estados Unidos. Nuestra presencia hoy en este grandioso Tabernáculo en la Manzana del Templo de Salt Lake City, es la evidencia del cumplimiento de esas maravillosas palabras de profecía.

Lo mismo aconteció con aquellos hombres que le sucedieron. En un frío día de invierno de 1849, cuando los pioneros se encontraban hambrientos en el valle de Salt Lake City viviendo de raíces de lirios y flores de cardos, mientras el oro abundaba en California, Brigham Young habló en la enramada que se había levantado en este lugar, pronunciando proféticas palabras a aquellos que sintieran la necesidad de abandonar la vida sacrificada de este lugar y trasladarse a las prometedoras tierras de California. Entre otras cosas, declaró:

“Hemos salido de terrenos peligrosos para entrar en otros peores, hemos abandonado un lugar de persecución, (Missouri) para ir a uno peor (Nauvoo, Illinois) y aquí estamos y aquí habremos de permanecer. . .

Hemos de levantar una ciudad y un Templo para el Altísimo en este lugar. Hemos de colonizar hacia el este y hacia el oeste, hacia el norte y hacia el sur, y levantaremos pueblos y ciudades por cientos; y miles de santos habrán de congregarse aquí procedentes de las naciones de la tierra.

“Este lugar ha de ser la gran encrucijada de las naciones. Reyes y emperadores y los nobles y sabios de la tierra visitarán aquí. . .”

¿Cómo puede cualquier persona dudar que Brigham Young habló como Profeta, si al detenerse frente al centro de visitantes en la Manzana del Templo puede ser testigo de los cientos de miles, sí, los millones de personas que nos visitan año tras año? A través de los años se ha registrado un gran desfile de figuras notables que visitaron la oficina de la Primera Presidencia, para conocer allí al hombre a quien nosotros sostenemos como Presidente de la Iglesia y como Profeta de nuestros días. Entre ellos encontramos líderes de los gobiernos de la tierra, figuras sobresalientes del mundo de los negocios y de la educación. Estos se encuentran entre “los sabios y nobles de la tierra” de quienes Brigham Young habló, cuando éramos tan sólo un pueblo desechado, enclavado en las salvajes montañas.

Hace dos semanas viajábamos en avión desde San Francisco a Sidney, Australia. En un asiento cercano iba un joven leyendo el libro, José Smith, un Profeta Americano. Cuando se presentó la oportunidad, me dirigí a él, le dije que había leído ese libro, que había conocido al autor, y le pregunté cuál era su interés en la obra. El me contestó, entre otras cosas, que tenía especial interés en los profetas y que este asunto concerniente a la posibilidad de un profeta moderno lo había intrigado profundamente. Había tomado el libro de la biblioteca. Mantuvimos una larga conversación en la cual le expresé mi testimonio de que José Smith fue en verdad un profeta. Que no solamente habló de las cosas que habrían de acontecer, sino lo que es más importante, fue un revelador de la verdad eterna y un testigo de la misión divina del Señor Jesucristo. Confío en que ese joven, a medida que continúe sus estudios, pueda desarrollar un testimonio similar. Siento íntimamente, que así habrá de suceder.

Mis hermanos, estoy profundamente agradecido no solamente por José Smith como Profeta, que sirvió de instrumento en las manos del Todopoderoso para restaurar su obra, sino también por todos aquellos que le siguieron. Un estudio de su vida nos revela la forma en que el Señor los eligió, la forma en que los refinó y los modeló para estos propósitos eternos. José Smith declaró en una ocasión: “Soy como una enorme piedra áspera rodando desde lo alto de la montaña; . . . todo este corro infernal le allana esta aspereza. . . Y así llegaré a ser dardo pulido y terso en la aljaba del Todopoderoso…”

El fue odiado y perseguido, detenido y puesto en prisión. Se abusaba de él y se le golpeaba. Y al leer sus propias palabras, se puede apreciar la evolución mencionada anteriormente. Se desarrolló una poderosa fuerza en su vida, seguida de un refinamiento.

Así desarrolló por los demás un amor que superaba aún su propio amor por la vida. Las aristas de esa enorme piedra fueron alisándose, y se transformó en una pulida flecha en las manos del Todopoderoso.

Lo mismo aconteció con aquellos que le sucedieron. A lo largo de varios años de servicio dedicado, han sido refinados y purificados, castigados y modelados para los propósitos del Todopoderoso. ¿Puede alguien dudar de esto después de leer sobre la vida de hombres como Brigham Young, Wilford Woodruff y Joseph F. Smith? El Señor sojuzgó el corazón de estos hombres y refinó su naturaleza a fin de prepararlos para las grandes y sagradas responsabilidades que más tarde descansarían sobre ellos. Aconteció lo mismo con nuestro querido presidente Harold B. Lee, quien salió prácticamente de una condición social que hoy se definiría como pobreza. Por experiencia personal conocía el significado del esfuerzo físico. Sirvió como misionero y generalmente fue rechazado; se sacrificó para obtener una educación; sufrió serias enfermedades; recorrió profundos y oscuros valles de dolor. Observando la historia de su vida, todo se presenta como parte de un plan, un proceso refinador para que pudiera entender mejor las pruebas, las aflicciones, y las penas de los demás. Y aún así, a pesar de todo, tenía un gran espíritu de resignación que iba más allá de la tragedia y de la pena, elevando a aquellos sobre quienes él influía.

He caminado con él recientemente como compañero menor por todas las misiones de Europa e Inglaterra. He visto a jóvenes tremendamente impresionados por él, con lágrimas en los ojos y dulces y hermosas sonrisas. He visto misioneros permanecer extasiados mientras él enseñaba las Escrituras, mientras hablaba como un maestro, “como alguien con autoridad”. He visto a niños sentarse casi estáticos mientras él les hablaba en su propio lenguaje y les guiaba en el entendimiento de las sagradas verdades del sacramento. He visto a hombres y mujeres de edad avanzada llorar mientras él les bendecía. He visto pocas cosas más conmovedoras que cuando observé a un joven abrazar al presidente y después, con lágrimas en los ojos, decir, “nunca he estado tan cerca de los cielos.”

Yo os testifico de este profético llamamiento, y sumo mi voz a las de nuestra gente en toda la tierra,

“Te damos Señor, nuestras gracias, que mandas de nuevo venir, profetas con tu Evangelio guiándonos cómo vivir”. Estoy agradecido y me siento satisfecho al saber que la paz y el progreso y la prosperidad de este pueblo descansan en la obediencia a la voluntad del Señor, declarada por medio de su Profeta. Si fracasamos en la observancia de sus consejos estamos rechazando su sagrado llamamiento. Si seguimos su consejo, seremos bendecidos por Dios.

Pedimos hoy por ti, profeta fiel,
Que Dios te dé salud, gozo y paz;
Felicidad tendrás en tu vejez.
Y Dios hará brillar siempre tu faz.
(Himnos de Sión No. 161)

Dios vive y es un revelador de la verdad eterna. Jesucristo es nuestro Salvador y está a la cabecera de esta Iglesia. Tenemos un Profeta sobre la tierra, un Vidente y Revelador que nos enseña. Que Dios nos dé la fe y la disciplina para que sigamos esa enseñanza, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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