El matrimonio que perdura

Conferencia General Abril 1974

El matrimonio que perdura

Gordon_B._HinckleyPor el élder Gordon B. Hinckley
Patriarca de la Iglesia


Mis queridos hermanos estoy profundamente agradecido por la oración de apertura ofrecida por el hermano Kan Watanabe, mi amigo y compañero con quien he viajado muchos miles de kilómetros a través de todo Japón, en el ministerio del Señor. Me he sentido inspirado también por la música de este coro de poseedores del sacerdocio de la Universidad Brigham Young. En sus voces hay algo estimulante y hermoso. Si el Espíritu Santo me inspira, quisiera dirigirles la palabra a ellos, aun cuando se encuentran sentados detrás de mí. Pero al hacerlo, me dirigiré también a toda la juventud de la Iglesia.

Esta parte del mundo se encuentra envuelta por la primavera cuando los jóvenes de ambos sexos sueñan con las bodas de otoño.

A modo de presentación, quisiera contaros dos experiencias.

La primera tuvo lugar no hace mucho tiempo, encontrándome en el nuevo Templo de Washington D. C. En esa oportunidad había una gran cantidad de periodistas que tenían una gran curiosidad con respecto al hermoso edificio, tan diferente de otros edificios eclesiásticos en concepto y en propósito; diferente también con respecto a quiénes se permite entrar en sus sagrados recintos.

Para satisfacer su curiosidad, les expliqué que después de su dedicación como la Casa del Señor, sólo los miembros de la Iglesia sinceros y fieles, son admitidos en el edificio; pero que antes de ser dedicado, durante un período de cinco a seis semanas, los visitantes serían bienvenidos para recorrer toda la estructura. Les dije que nuestra intención no es esconder el edificio de la vista del mundo, pero que después de la dedicación lo consideramos tan sagrado que son indispensables una vida pura y una estricta lealtad a las normas y principios de la Iglesia, como condiciones de admisión al templo.

Hablamos de los propósitos por los que se edifican los templos; les expliqué esos propósitos, poniendo especial énfasis en aquél que tan profundamente llega a todo hombre y mujer de sensibilidad, o sea, el casamiento por la eternidad. Al hacerlo me referí a una experiencia ocurrida durante el tiempo anterior a la dedicación del Templo de Londres, en 1958.

En aquella oportunidad, miles de personas, curiosas pero sinceras, hicieron largas filas en paciente espera para entrar al edificio. Un agente de policía que dirigía el tránsito, hizo la observación de que era la primera vez que veía a los ingleses ansiosos por entrar en una iglesia.

A los que visitaban el edificio, se les pidió que hicieran sus preguntas después de haber terminado con el recorrido. Por las tardes, los misioneros y yo estuvimos respondiendo preguntas. Una tarde vi a una joven pareja que bajaba por la escalinata de la entrada principal del Templo, les pregunté si podía serles de alguna ayuda, si tenían alguna pregunta con respecto a la visita que habían efectuado. La joven dijo que sí, que quería saber algo más con respecto a la doctrina del casamiento eterno, sobre la que se había hablado en uno de los cuartos. Nos sentamos en un banco, debajo de un gran roble ubicado a la entrada del edificio. El anillo que llevaba la joven, me dio la pauta de que estaban casados, y la forma en que se tomaban de la mano evidenciaba el amor que sentían el uno por el otro.

—Y ahora a su pregunta —Supongo que ustedes fueron casados por un vicario.

—Sí —respondió ella— hace apenas tres meses.

—¿Se dio cuenta usted de que cuando el vicario pronunció vuestra unión, también decretó vuestra separación?

—¿Qué quiere decir usted? —se apresuró a preguntar ella.

—Ustedes creen que la vida es eterna, ¿no es así?

—Claro —replicó ella.

—¿Pueden imaginarse la vida eterna sin el amor eterno? —continué— ¿Pueden ustedes concebir una eterna felicidad sin la compañía mutua?

—Por supuesto que no—me respondieron rápidamente.

—Pero, ¿qué les dijo el vicario al efectuar la ceremonia? Si no me falla la memoria les dijo al finalizar “hasta que la muerte los separe”. Al casarlos, los unió hasta donde su autoridad se lo permitía, o sea, hasta que les llegue la muerte. En realidad, pienso que si se lo hubieran preguntado, habría negado la existencia del matrimonio y la familia, más allá de la tumba.

Pero—continué—el Padre de todos nosotros, que nos ama y desea lo mejor para sus hijos, ha determinado que bajo las circunstancias apropiadas haya una continuación de esta unión, la más sagrada y noble de todas las relaciones humanas.

En aquella grandiosa conversación entre el Señor y sus apóstoles, cuando Pedro declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, y el Señor le respondió: “Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”, el Maestro prosiguió diciendo: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mat. 16:1319).

“En aquella maravillosa adjudicación de autoridad, el Señor le entregó a sus apóstoles las llaves del Santo Sacerdocio, cuyo poder va más allá de la vida y la muerte, hasta la eternidad. Esta autoridad ha sido restaurada a la tierra por los mismos apóstoles que la poseyeron en la antigüedad, o sea, Pedro, Santiago y Juan.” Continué diciéndoles que después de la dedicación del Templo, aquellas mismas llaves del Santo Sacerdocio funcionarían en beneficio de las parejas que allí fueran a solemnizar su matrimonio, uniéndolos en lazos que la muerte no puede desatar ni el tiempo puede destruir.

Este fue el testimonio que di a aquella joven pareja y es el que os dejo hoy, mis jóvenes amigos, a vosotros, y al mundo entero. Nuestro Padre Celestial, que ama a sus hijos, desea para ellos todo lo que pueda brindarles felicidad en esta vida y en la eternidad, y no puede haber felicidad mayor que la que se encuentra en la más significativa de todas las relaciones humanas: la unión entre los esposos y entre padres e hijos.

Hace unos pocos días me llamaron a la cabecera de una madre que se encontraba en el hospital, en las últimas etapas de una enfermedad incurable. Muy poco después murió, dejando a su esposo y cuatro hijos, el más pequeño de seis años, sumidos en un profundo y trágico dolor. Pero brillando a través de las lágrimas estaba la fe inconmovible y hermosa de que, tan seguramente como en ese momento lloraban una dolorosa separación, algún día se regocijarían en una reunión feliz; porque aquel matrimonio había comenzado con un sellamiento por el tiempo y la eternidad en la Casa del Señor, bajo la autoridad del Sagrado Sacerdocio.

Si un hombre y una mujer verdaderamente se aman, sueñan y esperan que su unión perdure por siempre. Pero el matrimonio es un convenio que sella la autoridad, y si ésta pertenece solamente al Estado, su duración estará limitada por la jurisdicción del Estado, que llega sólo hasta la muerte. Mas si agregamos a esa autoridad el poder del don recibido de Aquel que venció la muerte, la unión permanecerá más allá de esta vida si quienes la integran viven de acuerdo con los convenios.

Cuando yo era joven estaba de moda una cancioncilla cuyas palabras eran más o menos así:

“¿Es el amor una rosa,  que florece y perfuma, para marchitarse  y morir al fin del verano?”

Esa canción era solamente una melodía a cuyo son bailábamos, pero encierra una trascendental pregunta que se han hecho a través de los siglos hombres y mujeres enamorados, que contemplaban más allá del presente, hacia un futuro eterno.

La respuesta que damos es no, y repetimos que en el plan del Señor que se nos ha revelado, el amor y el matrimonio no son como una rosa que se marchita al acabar el verano. Por el contrario, son eternos, como el Dios que está en los cielos es eterno.

Pero por este don, precioso por sobre todos los otros, tenemos que pagar solamente un precio: el de la autodisciplina, la virtud y la obediencia a los mandamientos de Dios. Es posible que sea difícil de cumplir, pero se puede lograr con el estímulo que recibimos al comprender la verdad.

Brigham Young dijo: “No habría un solo joven de nuestra comunidad que, con una absoluta comprensión de los motivos, no estuviera dispuesto a viajar hasta Inglaterra, si fuera necesario, para casarse como es debido; ni creo que haya una jovencita que ame el evangelio y desee sus bendiciones, que no estuviera dispuesta a hacer lo mismo”. (Discourses of Brigham Young. pág. 195.)

Muchos han viajado distancias similares, y aún mayores, para recibir las bendiciones de un matrimonio en el templo. Conozco a un grupo de santos de Japón que se han privado de comer a fin de poder hacer el largo viaje hasta el Templo de Hawai con ese propósito. En Londres conocí a otros que también se habían sacrificado para poder viajar más de once mil kilómetros desde África del Sur; el brillo de sus ojos, sus sonrisas y el testimonio que expresaron, valían infinitamente más que el costo de aquel viaje.

También recuerdo el testimonio de un hombre que vivía en una parte remota de Australia; habiéndose unido a la Iglesia con su familia, viajó con ellos atravesando el vasto continente y el Mar de Tasmania hasta el Templo de Nueva Zelanda, situado en el hermoso valle del Waikata. Si mal no recuerdo, sus palabras fueron más o menos éstas: “No podíamos afrontar el gasto del viaje. Nuestras posesiones consistían en un auto viejo, algunos muebles y la vajilla. Le comuniqué a mi familia: ‘No podemos permitirnos el lujo de ir’. Pero cuando miré los rostros de mi bella esposa y nuestros hermosos hijos, me dije: ‘No podemos permitirnos el lujo de no ir. Si el Señor me da fuerzas para trabajar, puedo ganar lo suficiente para comprar otro auto, otros muebles y las demás cosas que necesitamos: pero si pierdo a éstos, mis seres amados, seré verdaderamente pobre, tanto en esta vida como la eternidad’ “.

Cuán cortos de vista somos a veces, cuán inclinados a contemplar sólo el presente sin un pensamiento para el futuro. Pero el futuro ha de llegar, como llegarán también la muerte y la separación. Cuán dulce es la seguridad, cuán reconfortante la paz que recibimos con el conocimiento de que si nos casamos en la forma correcta y vivimos una vida justa, nuestra relación familiar perdurará no obstante la seguridad de la muerte y del paso del tiempo. El hombre puede escribir sonetos y cantar al amor; puede añorar, y esperanzarse, y soñar. Mas todo ello no será más que un romántico anhelo, a menos que exista el sello de autoridad que trascienda los poderes del tiempo y la muerte:

Hablando desde este mismo púlpito, hace muchos años, el presidente Joseph F. Smith dijo: “La Casa del Señor es una casa de orden y no de confusión; y esto significa que… no hay unión por tiempo y eternidad que pueda consumarse fuera de la ley de Dios y el orden de su casa. Los hombres podrán desearlo, podrán efectuarlo siguiendo la forma del mismo en esta vida, pero carecerá de la vigencia, a menos que se haga y se sancione por autoridad divina, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Doctrina del Evangelio, Vol. 2 pág. 1).

Para concluir, quisiera presentaros una situación, que aunque imaginaria, en principio es verdadera. Suponed que conocéis a una pareja, cuyo amor ha madurado en la primavera, con la luna Llena y los rosales florecidos. Entonces, el joven le dice a su novia: “Estoy enamorado de ti y quiero que nos casemos y que seas la madre de mis hijos. Pero no quiero tenerlos a ti ni a ellos para siempre, sino sólo por un tiempo. Después nos diremos adiós.” Y ella, mirándolo a través de lágrimas de emoción, le responde: “Yo también te quiero. No hay para mí nadie en el mundo tan maravilloso como tú, y quiero casarme contigo y que tengamos hijos. Pero después de un tiempo estoy de acuerdo en que nos separemos.”

Esto suena como una tontería, ¿no es así? Y sin embargo, en esencia, eso es lo que se dicen los jóvenes cuando, teniendo la oportunidad de unirse en lazos eternos bajo “el nuevo y sempiterno convenio”, optan por una unión que sólo se mantendrá hasta que la muerte los separe.

La vida es eterna y el Dios de los cielos ha hecho que también sean eternos el amor y los lazos familiares.

Que El os bendiga, mis queridos jóvenes amigos, para que, al contemplar la posibilidad del matrimonio, busquéis el maravilloso compañerismo y las ricas y fructíferas relaciones familiares, no sólo en vuestros días mortales, sino también durante aquel estado eterno en el que se pueden sentir y conocer el amor y las uniones más preciosas, bajo la promesa que Dios nos ha hecho.

Os doy mi testimonio de la realidad viviente del Señor Jesucristo, por medio de quien hemos recibido esta autoridad.

Os doy mi testimonio de que su poder, su Sacerdocio, está entre nosotros y se ejerce en su Santa Casa. No menospreciéis lo que El nos ofrece. Vivid dignamente, participad de su don y permitid que el poder santificador de su Sagrado Sacerdocio selle vuestra unión. Ruego humildemente que podáis gozar de estas bendiciones, al tiempo que os dejo mi testimonio de estas verdades en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.


El matrimonio que perdura .pdf

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s