C. G. Abril 1974
La causa es justa y digna
Por el presidente Spencer W. Kimball
Ahora, amados hermanos, llegamos al final de esta gloriosa conferencia. Hemos escuchado a la mayoría de los hermanos. Sus sermones y testimonios han sido profundos, sinceros y estimulantes. Ellos han sido inspirados y han hablado la palabra de Dios.
Al volver a vuestros hogares y negocios, a vuestras profesiones y jurisdicciones espirituales, esperamos que hayáis reunido suficientes enseñanzas de valor para vosotros y vuestras familias. Las maneras de realizar la obra son en verdad importantes, mas lo que tiene mayor trascendencia es su propósito.
Tenemos el cometido de servir a nuestro Señor. Tenemos la certeza de que la causa es justa y digna, pero por sobre todo, tenemos el conocimiento de que Dios vive y que su Hijo Jesucristo ha dispuesto para todos un plan, que si somos fieles, nos conducirá a la vida eterna. Esa vida será ocupada, y llena de propósitos, realizaciones, gozo y progreso.
Si podéis recordar los más grandes y verdaderos gozos que hayáis experimentado en esta vida, pensad entonces en la vida venidera como una proyección de ésta, con todas sus cosas significativas multiplicadas, aumentadas y aún más deseables. Las experiencias de nuestra vida aquí nos han servido para progresar y al mismo tiempo algunas nos han brindado alegría. Ahora bien, cuando nuestra existencia mortal llegue a su fin, retornaremos a condiciones semejantes a nuestra vida aquí, solo que estaremos menos limitados en nuestro gozo, que será mayor y más glorioso.
«Cualquiera puede edificar un altar», dijo John Henry Jowett, «pero se requiere un Dios que encienda la llama. Cualquiera puede edificar una casa; pero se necesita al Señor (y a los padres) para la creación de un hogar» («God in the Home,» por John Henry Jowett, citado en A. Treasury of Inspiration, Ralph L. Woods, editado en New York; Cía. Thomas Y. Crowell, 1951, pág. 260.)
Habéis escuchado bastante sobre el programa fundamental de la Iglesia para mejorar el funcionamiento del hogar para brindar inspiración y revelación a la familia. Aquellos que toman sus determinaciones apoyándose eternamente en su propio ingenio, en su solo criterio, podría comentar muy lamentables y costosos errores.
Alguien dijo lo siguiente: «muchas personas están dispuestas a afanarse durante un período de dieciséis a veinte años desde la escuela primaria hasta obtener un doctorado en medicina, ingeniería, sicología, matemáticas, sociología, biología, etc.; sometiéndose al estudio, a la investigación, la asistencia a las clases, el costo de aprendizaje y aceptando la ayuda de los profesores y sin embargo, consideran que pueden llegar a conocer a Dios, el Hacedor de todo, el autor de todo, en unas cuantas e intermitentes oraciones, y que en pocas y limitadas horas de investigación pueden aprender la verdad sobre El.
Por esta razón el Señor nos ha dado instrucciones de acudir a las Escrituras y a la oración. «Escudriñad las escrituras.» dijo, «porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39). Dijo además: «¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?» (Lucas 24:25-26).
Pablo, hablándoles a los corintios en su imponente manera de expresarse les dijo: «así que hermanos, cuando fui a vosotros para anunciamos el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabra o de sabiduría.
“Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado.
“Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor;
“Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios.
“Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que parecen.
“Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el espíritu de Dios» (1 Corintios 2:1-6,1 l).
Continuó diciendo: «Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.
Pero el hombre no percibe las cosas que son del espíritu de Dios porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» (1 Corintios 2:12-14).
«Ciertamente espíritu hay en el hombre», dijo Job «y el soplo del omnipotente le hace que entienda» (Job 32:8).
«El Centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera y dijeron: verdaderamente éste era el Hijo de Dios» (Mateo 27:54).
En cierta ocasión, dos hombres conversaban en un coche de ferrocarril y su charla versaba sobre la maravillosa vida de Cristo. Uno de ellos dijo: «Creo que podría escribir una interesante historia sobre El».
El otro le replicó: «Y eres tú la persona indicada para escribirla. Pon de manifiesto los correctos aspectos de su vida y su carácter echando por tierra el extendido concepto de su divinidad y píntalo como lo que fue … un hombre entre los hombres».
La sugerencia fue aceptada y se escribió una novela. La persona que sugirió el libro era el coronel Ingersoll, y el autor, el general Lew Wallace, el título del libro es Ben Hur.
Al intentar abandonar el tema, el escritor se encontró que se enfrentaba a un hombre del cual no podía dar razón. Mientras más estudiaba su vida y su carácter, más profundamente llegaba a convencerse de que había sido algo más que un hombre entre los hombres; hasta que finalmente, como el Centurión aquél que estuvo junto a la cruz, se sintió compelido a exclamar: «Verdaderamente éste era el Hijo de Dios.»
«Mediante sueños, el Señor ha revelado mucho más de lo que yo he podido comprender o sentir». Escuché esto más de una vez en las reuniones del Consejo de los Doce Apóstoles cuando George F. Richards, padre del hermano L. Grand Richards, era el Presidente del Quórum. El hermano Richards dijo: «Yo creo en los sueños, hermanos. El Señor me ha dado sueños que para mí son tan reales y vienen tanto de Dios como lo fue el sueño del Faraón, que constituyó el medio para salvar a una nación de que muriese de inanición, o el sueño de Lehi gracias al cual él condujo su colonia sacándola del país y dirigiéndola a través de los mares hasta esta tierra prometida, o como cualquier otro sueño del cual podamos leer en las escrituras».
Y agregó: «No es algo extraordinario que tengamos sueños importantes. Hace más de cuarenta años tuve un sueño que estoy seguro vino del Señor; en ese sueño, yo me encontraba en la presencia de mi Salvador hallándose El de pie en el aire. No pronunció palabra pero el amor que yo sentía hacia El fue de tal intensidad que no hay expresión capaz de explicarlo. Sé que ningún hombre mortal puede amar al Señor en la forma en que yo lo experimenté en ese momento, a menos que Dios se lo revele. Yo hubiera permanecido en su presencia, pero vino un poder que me apartó de El. Con ese sueño llegué a experimentar el sentimiento de que no obstante lo que puede requerirme, no obstante las consecuencias que puede acarrearme el evangelio, yo haría lo que se me pidiese, incluso dar mi vida.
Y de este modo, al leer en las Escrituras lo que dijo el Salvador a sus discípulos: ‘En la casa de mi Padre muchas moradas hay; … voy pues a preparar lugar para vosotros … para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. (Juan 14:2-3), pienso que es allí donde yo quiero estar.
Tan sólo poder estar con mi Salvador y experimentar esa misma sensación de amor que tuve en aquel sueño constituiría la meta de mi existencia, el anhelo de mi vida.»
El élder George Q. Cannon, que integró la presidencia de la Iglesia en un tiempo, dijo lo siguiente: «Yo sé que Dios vive. Se que Jesús vive, porque lo he visto. Se que ésta es la Iglesia de Dios que está fundamentada en Jesucristo, nuestro Redentor. Os testifico éstas cosas porque las sé, como uno de los Apóstoles del Señor Jesucristo que puede daros testimonio hoy en día en la presencia del Señor, de que El vive y que vendrá a reinar sobre la tierra» (Palabras pronunciadas en la Conferencia General de octubre de 1 896, publicadas en The Deseret Weekly el 31 de octubre de 1896, tomo 53, pág. 610).
Hermanos y hermanas, hemos, llegado al final de esta gran conferencia. Habéis escuchado a la mayoría de los hermanos, como he dicho, y sus testimonios han sido inspirados. Lo que ellos han dicho es verdad. Viene de sus corazones. Ellos tienen este mismo testimonio, y saben que es verdadero. Puedo deciros que son verdaderos siervos de Dios, enviados por El a vosotros. Ruego que los hayáis escuchado, que los recordéis, que llevéis sus enseñanzas con vosotros a vuestros hogares, a vuestras vidas y a vuestras familias.
Hermanos, a los testimonios de los profetas, deseo agregar mi testimonio de que sé que El vive. Sé que podemos verlo, que podemos estar con El; que podemos gozar de su presencia siempre si vivimos sus mandamientos y hacemos las cosas que El nos ha mandado y que sus siervos nos recuerdan constantemente.
Este testimonio os dejo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
























