El destino de América

Conferencia General Abril 1976

El destino de América
Si quieren servir al Dios de la Tierra

por el presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia


Siendo ésta la Primera Conferencia General en el año de la conmemoración del bicentenario de la Independencia de los Estados Unidos de América, he estado meditando mucho acerca de este acontecimiento histórico y de su relación con el evangelio y el gran plan de vida y salvación. Todos tenemos la oportunidad de leer y oír abundantemente con respecto a los acontecimientos relacionados con la fundación de los Estados Unidos, así como sobre los modernos artefactos que se encuentran en la actualidad a nuestra disposición, como sucede con los medios de comunicación que alcanzan todos los confines del mundo. Comprendemos mejor que nunca la relación y dependencia que existe entre todos los países del planeta.

Esperamos que todo hombre sea leal a su tierra nativa; la tierra en la que ha nacido, en la que vive, trabaja y cría a su familia. Recuerdo las palabras de Sir Walter Scott, expresadas en su obra «The Lay of the Last Minstre!»:

«Vive allí un hombre
con el alma tan muerta,
que nunca se dijo:
esta es mía,
mi tierra nativa.
Cuyo corazón nunca
dentro de su pecho ardió.
Al volver hacia el hogar sus pasos
desde las extrañas playas.»

Durante las últimas semanas, junto con el presidente Kimball y otros miembros de las Autoridades Generales, tuve el privilegio de asistir a las conferencias de área de Nueva Zelanda, Australia y las hermosas Islas del Pacífico del Sur. Nueva Zelanda afirma ser una tierra escogida y favorecida por el Señor. La noche anterior a nuestra partida de Tahití, uno de los hermanos dijo: «Bueno, mañana seremos echados del Jardín de Edén». Por donde quiera que anduvimos nos sentimos favorablemente impresionados por las hermosuras de las tierras y los paisajes. Mi esposa dijo: «No hay duda de que vivimos en un hermoso mundo.» Sí, todos los países son grandemente bendecidos por el Señor, y cada uno de ellos es particularmente diferente en sus bellezas, sus pueblos, costumbres y tradiciones. Hoy sin embargo, quisiera limitar mis palabras a discutir específicamente algo relacionado con el hemisferio occidental, así como a destacar el destino de América en el eterno plan del Señor.

El descubrimiento de América no fue un mero accidente, sino un acontecimiento preordenado en los concilios eternos, y los profetas antiguos lo previeron. Así sucedió con Jacob cuando bendijo a su hijo José, llamándole: «. . . rama fructífera junto a una fuente . . . hasta el término de los collados eternos» (Génesis 49:22, 26).

También Moisés hizo promesas a la tribu de José, cuya tierra, América, habría de ser preciosa tanto por las cosas de los cielos como de la tierra y que habría de «. . . acornear a los pueblos juntos hasta los confines de la tierra» (Deut. 33: 13-17). Estas son solamente las profecías bíblicas, además de las cuales tenemos el registro del Libro de Mormón que nos habla de los Jareditas, quienes fueron los primeros en venir a este continente. Llegaron durante el tiempo de la confusión de los idiomas, que tuvo lugar cuando se llevaba a cabo la construcción de la torre de Babel.

Del mismo modo que sucedió con Noé, este pueblo también fue instruido para construir naves que les permitieran navegar por los mares. Cuando todo estuvo listo, ellos abordaron las naves y se hicieron a la mar, encomendándose al Señor su Dios.

El relató declara: «Y desembarcaron en las playas de la tierra prometida. Y al pisar sus pies el suelo del país de promisión, se postraron en tierra y se humillaron ante el Señor, vertiendo lágrimas de gozo ante El por la abundancia de sus tiernas misericordias hacia ellos» (Eter 6:12).

Más adelante, seiscientos años antes del nacimiento de Cristo, un Profeta llamado Lehi, que había estado predicando el arrepentimiento a los habitantes de Jerusalén, fue mandado por el Señor que partiera hacia el desierto, junto con su familia. Como consecuencia de su testimonio y advertencia de que por la maldad del pueblo Jerusalén sería destruida, la gente se burló de él y le despreció y también trataron de matarle. Obediente a las instrucciones del Señor, él partió con su familia y otros que les acompañaban y, después de pasar un tiempo en el desierto, también fueron instruidos para edificar una nave y lanzarse al mar en procura de la tierra prometida. Leemos que dice: «Y ocurrió que después de haber navegado muchos días, llegamos a la tierra prometida; y desembarcamos y plantamos nuestras tiendas; y la llamamos la tierra de promisión» (1 Nefi 18:23).

Mientras se encontraban en el desierto, a Nefi, el hijo de Lehi, le fue permitido ver en visión las cosas que tendrían lugar con relación al destino de América, la tierra prometida: «Y mirando, vi entre los gentiles a un hombre que estaba separado de la posteridad de mis hermanos, por las muchas aguas; y vi que descendió el Espíritu de Dios y obró sobre él y el hombre viajó sobre las muchas aguas, hasta encontrar a los descendientes de mis hermanos que estaban en la tierra de promisión» (1 Nefi 13:12).

Como sabemos, esto se refiere a Cristóbal Colón, quien fue impulsado por el Espíritu de Dios a cruzar el océano y redescubrir América, contribuyendo así a un importante paso en el cumplimiento de los propósitos del Señor.

Colón mismo expresó en una carta dirigida a la jerarquía española: «Nuestro Señor abrió mi mente, me envió por los mares y me dio el fuego necesario para llevar a cabo el fin de mi empresa. Aquellos que de ella oyeron, la llamaron una tontería, se burlaron de mí y se rieron. ¿Pero quién puede dudar que no fue otro sino el Espíritu Santo quien me guió?» (Cita de The Great Prologue, por Mark E. Petersen. Deseret Book Co., 1976, pág. 26.)

Después de varias semanas de navegar sin señales de tierca, la tripulación de Colón se amotinó. Como recurso final, el Almirante les prometió a los capitanes de la Pinta y de la Niña, que insistían en regresar a España, que si no avistaban tierra dentro de las próximas cuarenta y ocho horas, todos volverían al lugar del cual habían partido. Después de haber formulado esa promesa, Cristóbal Colón se dirigió a su cabina y, citando sus propias palabras «. . . oré al Señor con todo mi corazón». El 12 de octubre, o sea al día siguiente de esa experiencia, avistaron América.

Nefi también tuvo una visión en la cual pudo ver la llegada de los peregrinos que escapaban a la persecución religiosa en Inglaterra, y vio asimismo la llegada a América de pueblos de muchas naciones del mundo, sus guerras y contiendas. Como Nefi lo dijo, ellos se humillaron delante del Señor, y «. . . el poder de Dios estaba con ellos. . . que la ira de Dios pesaba sobre todos los que se habían reunido para combatirlos. Y yo, Nefi, vi que los gentiles que habían salido de la cautividad, fueron librados por el poder de Dios de las manos de todas las demás naciones» (1 Nefi 13: 18-19).

Así fue que las colonias americanas lograron su independencia y establecieron sus gobiernos republicanos, entre los cuales se encontraba el de los Estados Unidos, todos ellos bajo la divina intervención de Dios con el fin de preparar esta tierra para su destino divino.

En esta oportunidad rendimos tributo a aquellos grandes hombres que aceptaron y se enfrentaron con el enorme reto de establecer una Constitución para el gobierno de esta tierra. Esto también fue divinamente inspirado, como podemos leer en Doctrinas y Convenios, sección 101, versículos 77 al 80:

«De acuerdo con las leyes y la constitución del pueblo que yo he consentido que sean establecidas, las cuales se deben mantener para los derechos y protección de toda carne, conforme a principios justos y santos:

Para que todo hombre pueda obrar en doctrina y principio pertenecientes a lo futuro, de acuerdo con el albedrío moral que yo le he dado, para que cada hombre responda por sus propios pecados en el día del juicio.

Por tanto, no es justo que un hombre sea esclavo de otro.

Y para este fin he establecido la constitución de este país a manos de hombres sabios que yo he levantado para este propósito mismo, y he redimido la tierra por el derrame de sangre.»

Ninguna otra constitución del mundo ha logrado sobrevivir más tiempo que ésta. Generalmente buscamos y encontramos las respuestas a las preguntas de la actualidad en los documentos del pasado. Fue y sigue siendo un milagro, y tanto Washington como Madison la consideraron de tal forma. Se trata de un inspirado documento escrito bajo la guía del Señor. James Madison, llamado comúnmente el «padre de la constitución de los Estados Unidos», reconoció esta inspiración y la atribuyó a la . . . guardia y guía del Todopoderoso Ser, cuyos poderes regulan el destino de las naciones, cuyas bendiciones han sido derramadas en forma tan visible sobre esta naciente república».

Creemos que la Constitución fue creada por Dios para asegurar la existencia de una nación donde la libertad abundara y donde su evangelio pudiera florecer. José Smith dijo: «La Constitución de los Estados Unidos es un estandarte glorioso, está fundada en la sabiduría de Dios, es un pendón celestial.»

Entre otras cosas, la Constitución garantiza la libertad religiosa que permitió la continuidad y el florecimiento de la reforma. Muchos de estos grandes reformadores declararon que su esfuerzo era el de reafirmar las enseñanzas cristianas básicas de la Biblia, reconociendo al mismo tiempo el hecho de que no poseían la autoridad para administrar las ordenanzas de la Iglesia o para reestablecer la Iglesia original de Jesucristo.. Lutero dijo: «El cristianismo ha dejado de existir entre aquellos que debían de haberlo preservado». Roger Williams, fundador de la Iglesia Bautista en América, dijo: «No hay ninguna Iglesia de Cristo debidamente constituida sobre la tierra, ni persona alguna autorizada para administrar ninguna de las ordenanzas de la Iglesia» (Una obra maravillosa y un prodigio, por LeGrand Richards, pág. 26).

Nosotros creemos que, tanto la libertad como la continuación de la reforma que floreció aquí, tuvieron lugar como preparación para la restauración desde los cielos de la plenitud del evangelio de Jesucristo. La restauración comenzó en los Estados Unidos de América en 1820, efectuándose mediante el profeta José Smith, quien fue elegido por el Señor y recibió, mediante manifestaciones personales de mensajeros celestiales, registros que contenían la historia auténtica de los primitivos pueblos americanos y sus relaciones para con Dios. El profeta José Smith recibió el sacerdocio y la autoridad para reestablecer la Iglesia de Jesucristo en estos últimos días.

En el momento de la restauración, Dios el Padre y su Hijo Jesucristo se manifestaron realmente a José Smith, del mismo modo que se habían manifestado a los líderes de las dispensaciones anteriores, anunciándole que la Iglesia de Cristo sería restablecida sobre la tierra, junto con la restauración de los mismos principios y ordenanzas, así como la organización que existió en la Iglesia primitiva, de la cual había habido una apostasía, que se encuentra documentada por evidencias irrefutables. Esta restauración fue el acontecimiento más grande que tuvo lugar en la historia de la humanidad desde el nacimiento, muerte y resurrección de nuestro Salvador, Jesucristo.

Es significativo el hecho de que los americanos primitivos de quienes hemos hecho referencia, tenían el conocimiento del nacimiento, muerte y resurrección del Salvador, por haber visto las mismas señales y prodigios que fueron manifestados en el viejo mundo, como predicción de la venida del Señor, su vida, misión y subsiguiente muerte y resurrección.

Refiriéndose a estos mismos americanos, el Señor dijo lo que se encuentra registrado en el Nuevo Testamento:

«También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo traer y oirán mi voz; y habrá un rebaño y un pastor.» (Juan 10: 16.)

En el Libro de Mormón contamos con un hermoso relato de la visita de Cristo a estas otras ovejas poco después de su resurrección, cuando éstas oyeron su voz y le reconocieron al mostrarles El las marcas de los clavos en sus manos y pies. Sabemos que estos habitantes de América eran las otras ovejas, a quienes se había referido, porque El dijo: «Vosotros sois aquellos de quienes dije: Tengo otras ovejas que no son de este redil. . .» (3 Nefi 15:21). El les enseñó el evangelio, instituyó entre ellos el sacramento y ordenó a sus discípulos, a quienes dio autoridad para conferir el Espíritu Santo; curó a los enfermos y bendijo a los pequeños; también oró al Padre por ellos.

Sobre su visita a América, leemos en el Libro de Mormón: «. . . jamás el ojo ha visto o el oído escuchado hasta ahora, cosas tan grandes y maravillosas que las que vimos y oímos que Jesús habló al Padre;

Y no hay lengua que pueda hablar, ni hombre que pueda escribirlo, ni corazón de hombre que pueda concebir tan grandes y maravillosas cosas como las que vimos y oímos que habló Jesús; y nadie se puede imaginar el gozo que llenó nuestras almas cuando lo oímos rogar por nosotros al Padre.» (3 Nefi 17:16-17.)

¿Cuál es entonces el futuro de América? ¿Cómo podemos demostrar nuestro aprecio a Dios por estas maravillosas bendiciones de libertad, por disponer de un lugar donde su verdadero y eterno evangelio fue restaurado, por la preparación y la guía divina en acontecimientos que fueron guiando hacia el más significativo e importante de todos ellos? Debemos recordar lo que el Señor les dijo a los jareditas cuando ellos llegaron a esta tierra:

«He aquí, ésta es una tierra escogida, y la nación que la posea se verá libre de la esclavitud, del cautiverio y de todas las otras naciones debajo del cielo, si tan sólo sirve al Dios de la tierra, que es Jesucristo, que ha sido manifestado por las cosas que hemos escrito.» (Eter 2: 12.)

Hace muchos años el doctor John Lord, escribió un libro titulado «Beacon Lights of History», con respecto al descubrimiento de América y hablando acerca de su gran potencial, dijo:

«El mundo ha sido testigo de muchos poderosos imperios que cesaron de existir sin dejar trazas. ¿Qué queda del mundo antediluviano? ¿Qué queda de Nínive, Babilonia, Tebas, Tiro, Cartago, aquellos grandes centros imperiales de riqueza y poder? ¿Qué queda acaso de la grandeza romana, excepto lo que heredamos de leyes, literatura, y esculturas? . . . ¿Cuál es la simple y repetida historia de todos los siglos? Industria, riqueza, corrupción, decadencia y ruina. ¿Cuál ha sido el poder conservador que ha tenido la fortaleza suficiente para contener la ruina de las naciones de la antigüedad?

Si éste habrá de ser el destino de América, el de limitado desarrollo material, seguido por la corrupción y la ruina, entonces Colón simplemente habría extendido los horizontes para que el hombre llevara a cabo sus experimentos materiales. Hagamos de Nueva York una segunda Cartago, de Buenos Aires una segunda Atenas, de México una segunda Antioquía y de Sáo Paulo una segunda Roma, y de esa forma simplemente repetiremos los antiguos y repetidos experimentos.

¿Pero no tiene acaso América un destino más alto que repetir los pasados experimentos y mejorarlos, para llegar así a ser rica y poderosa? ¿No tiene acaso este continente una misión más noble y altiva? Si América tiene por delante una gran misión para declarar y cumplir, deberá entonces crear nuevas fuerzas que no sean necesariamente materiales; estas fuerzas por sí mismas salvarán este continente al igual que al resto del mundo. La real gloria de América es ser algo completamente diferente de aquello que era objeto del orgullo de los antiguos. Esta riqueza debe ser moral y espiritual, la riqueza que precisamente les faltó a aquellos imperios.»

Todos somos parte del futuro de América. Nuestra obra es aprender y beneficiarnos del pasado para luego seguir adelante en rectitud, guardando los mandamientos de Dios. El profeta Lehi dijo con respecto a esto: «Por lo tanto, esta tierra está consagrada a los que él conduzca aquí, y si le sirvieren según los mandamientos que ha dado, será para ellos una tierra de libertad; por lo que nunca serán llevados cautivos; y si lo fueren, será por causa de la iniquidad; porque si abundare la iniquidad, maldito será el país por causa de ellos; pero para los justos siempre será una tierra bendita» (2 Nefi 1:7).

Al orar diariamente a Dios por la guía que necesitamos, deberíamos hacer la misma súplica que hizo George Washington en su famosa oración por los Estados Unidos de América:

«Dios Todopoderoso que nos has dado esta nueva tierra de nuestra herencia, te pedimos humildemente que siempre podamos probar que somos un pueblo digno de tu favor y gozosos de llevar a cabo tu voluntad.

Bendice nuestra tierra con una industria honorable, conocimiento firme y costumbres puras.

Líbranos de la violencia, la discordia y la confusión; del orgullo y la arrogancia, así como de todo aquello que sea maligno.

Defiende nuestras libertades y confórmamos en un pueblo unido de multitudes provenientes de muchos pueblos y muchos idiomas.

Confiérenos el espíritu de sabiduría a quienes se nos ha confiado la autoridad del gobierno, para que haya paz y justicia en el hogar. Y que mediante la obediencia a tu ley podamos demostrar nuestra honra hacia ti entre todas las naciones de la tierra.

En tiempos de prosperidad, llena nuestro corazón de agradecimiento; y en el día de la congoja, no permitas que falle nuestra confianza en ti.

Todo lo cual rogamos en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.» Alentamos a nuestro pueblo a ser bueno, leal y obediente a las leyes. «Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley.» (Decimosegundo Artículo de Fe.)

Tenemos también la obligación de buscar diligentemente, apoyar y defender a representantes buenos, honestos, honorables y sabios que nos gobiernen. Permitidme reiterar el mensaje que dejó a los santos el élder Anthony W. Ivins, durante la Conferencia General de abril de 1917, después de discutir la libertad religiosa y la Constitución:

«Me siento autorizado a decir que estas libertades recibidas por el hombre, libertades tanto religiosas como civiles, no han sido establecidas por el Señor para ser destruidas, sino que permanecerán con nosotros hasta que la libertad prevalezca y llene la tierra, hasta que el reino de Dios sea establecido entre los hombres y su voluntad sea hecha en la tierra, así como en el cielo. Hasta que la paternidad universal de Dios y la hermandad de todos los hombres sea reconocida y los reinos del mundo lleguen a ser los reinos de Cristo, quien reinará como Príncipe de Paz.» (Conference Report, abril de 1917, págs. 54-55.)

Dejo mi testimonio de que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el reino de Dios aquí sobre la tierra y que el Señor dirige la obra mediante nuestro Profeta, el presidente Spencer W. Kimball. Exhorto a todos, en todo lugar, a que ayuden a llevar a cabo la justicia y la rectitud en cualquier país en que residan, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio. Si sois miembros activos en la Iglesia sabréis cuáles son estas ordenanzas, y sí no lo sois, quisiera invitaros a que busquéis la oportunidad de investigar y lograr un conocimiento y testimonio propio del hecho de que el evangelio en su plenitud ha sido restaurado junto con la autoridad para administrar sus ordenanzas, y que en la actualidad se encuentra sobre la tierra.

Sólo si aceptamos y obedecemos las enseñanzas del evangelio, podrá ser llevado a cabo el destino que Dios planeó para el continente americano, en unión con un mundo unificado por la paz y la hermandad. Que esto pueda suceder en breve, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s