La santidad del matrimonio

Conferencia General Octubre 1977

La santidad del  matrimonio

James E. Faustpor el élder James E. Faust
de la Presidencia del Primer Quórum de los Setenta


Hace algunos años ayudé profesionalmente a una señora que deseaba divorciarse, en base a acusaciones que en mi opinión eran completamente justificadas. Después de finalizado el divorcio no volví a verla por muchos años, hasta que un día me encontré con ella en la calle; diez años de soledad y desaliento se reflejaban en lo que había sido una vez un hermoso rostro.

Después de unas pocas formalidades, se apresuró a declarar que la vida no era para ella rica ni compensadora, y que estaba cansada de enfrentarse sola con la lucha diaria.  Entonces hizo una asombrosa declaración que comparto con su permiso; me dijo: “A pesar de lo malo que era, si tuviera que hacerlo de nuevo sabiendo lo que ahora sé, no volvería a divorciarme.  Esto es peor”.

Estadísticamente, es difícil evitar el divorcio porque en los Estados Unidos, de cada cien matrimonios, cincuenta terminan en divorcio; y a menos que el promedio presente de constante aumento de divorcios disminuya, en la década de 1980 de cada cien matrimonios, setenta terminarán en divorcio.

El divorcio puede justificarse sólo en las circunstancias más excepcionales, porque a menudo destroza la vida de los cónyuges y la felicidad de la familia.  Frecuentemente, las partes involucradas pierden más de lo que ganan.

La experiencia traumática que significa el divorcio, parece poco comprendida y nunca suficientemente evaluada. Es indudable que debería haber mucho más comprensión por los que han experimentado esta gran tragedia y cuya vida ya no puede volver atrás.  Mucho es lo que todavía pueden esperar los divorciados en términos de relación y felicidad en la vida, siempre que se olviden de sí mismos y se dediquen al servicio de los demás.

¿Por qué para muchos la felicidad del matrimonio es tan frágil y escurridiza, y sin embargo es tan abundante para otros?

¿Por que tiene que ser tan largo el tren de dolores y sufrimientos y llevar en él a tanta gente inocente?

¿Cuáles son los ingredientes que faltan en tantos matrimonios que comenzaron con felicidad y grandes esperanzas?

Por mucho tiempo he estado meditando estas difíciles preguntas.  Habiéndome dedicado casi toda una vida a trabajar con experiencias humanas, hasta cierto punto estoy familiarizado con los problemas de matrimonios infelices, divorcios y familias destrozadas por el dolor.  Puedo también hablar de una gran felicidad, ya que gracias a mi amada esposa he encontrado en mi matrimonio la más completa realización de la existencia humana.

No existen respuestas simples ni fáciles para el complejo problema de la felicidad conyugal.  Existen también muchas supuestas razones para el divorcio, entre ellas los serios problemas de egoísmo, inmadurez, falta de dedicación, comunicación inadecuada, infidelidad y todos los demás, que son obvios y bien conocidos.

De acuerdo con mi experiencia profesional existe otro motivo que no es tan obvio, pero que precede y enlaza a todos los demás: es la ausencia de constante enriquecimiento en el matrimonio, la ausencia de ese algo extra que lo hace precioso, especial y maravilloso, aunque también sea trabajoso, difícil y rutinario.

Vosotros os preguntaréis: “¿Cómo puede ser enriquecido constantemente un matrimonio?” Adán dijo hablando de Eva: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Génesis 2:23).

Edificamos nuestro matrimonio con infinita amistad, confianza, integridad, y sosteniéndonos mutuamente en nuestras dificultades.

Hay un excelente artículo del presidente Kimball con consejos tan importantes que cada persona, ya sea que esté casada o planeando casarse, debería preguntarse honestamente en un esfuerzo por llegar a ser “una carne”:

Primero: ¿Soy capaz de pensar primero en el interés de mi matrimonio y cónyuge, antes de pensar en mis propios deseos?

Segundo: ¿Cuán profunda es mi dedicación para con mi cónyuge, aparte de cualquier otro interés?

Tercero:  ¿s él o ella mi mejor amigo o amiga?

Cuarto: ¿Siento respeto por la dignidad de mi cónyuge como persona de valor?

Quinto: ¿Nos peleamos por asuntos de dinero?  El dinero no parecería necesariamente ser la causa de la felicidad o infelicidad de una pareja, pero sin embargo es a menudo un símbolo de egoísmo.

Sexto: ¿Existe entre nosotros un lazo de santificación espiritual?

Hay un excelente articulo del presidente Kimball, titulado “Marriage and divorce”, en el que nos recuerda: “No existe ninguna combinación de poderes que pueda destruir un matrimonio, excepto el poder interno de uno o de ambos de los cónyuges”. (Marriage and divorce, Des.  Book, pág. 17.)

Las relaciones matrimoniales pueden ser enriquecidas con una mejor comunicación y una forma importante es la de orar juntos; esto resolverá muchas de las diferencias que existan entre la pareja antes de retirarse a dormir.  No quiero poner exagerado énfasis en las diferencias, pero éstas son reales, y hacen más interesante la vida.  Nuestras diferencias son la sal que puede hacer parecer más dulce el matrimonio.  Nos comunicamos en miles de formas, tales como una sonrisa, un roce del pelo, una caricia; recordando decir cada día “te quiero” y que el esposo le diga a la esposa: “¡Qué hermosa eres!”.  Otras palabras importantes que se deben decir cuando las circunstancias lo justifiquen son: “Lo siento”.  El escuchar es la base de la comunicación.

La confianza mutua constituye uno de los factores más valiosos en el matrimonio.  Nada hay que devaste más la médula de la confianza y el amor mutuos, tan necesarios para mantener una relación íntegra, como la infidelidad; nunca puede haber una justificación para el adulterio.  A pesar de esta destructivo experiencia, hay matrimonios que ocasionalmente son salvados y familias que son preservadas; para que esto suceda, se requiere que la parte ofendida sea capaz de brindar infinita cantidad de amor como para perdonar y olvidar; requiere que el cónyuge equivocado desee desesperadamente lograr el arrepentimiento y abandonar el error.

Nuestra lealtad hacia el campanero eterno no debe ser solamente física sino también mental y espiritual.  Puesto que después del matrimonio no existen flirteos inofensivos ni lugar para los celos, es sabio evitar “toda apariencia de maldad”, eludiendo todo contacto cuestionable con cualquiera fuera del matrimonio. La virtud es el poderoso ligamento que nos mantiene a todos unidos.  Dijo el Señor:

“Amarás a tu esposa con todo tu corazón y te allegarás a ella, y a ninguna otra.” (D. y C. 42:22.)

De todo aquello que puede bendecir al matrimonio, existe un ingrediente especial que, sobre todos los demás, favorece y bendice la unión conyugal en un sentido muy real y espiritualmente sagrado: es el de la presencia divina en el matrimonio.  Hablando por boca de Enrique Quinto, dijo Shakespeare: “Dios, el Hacedor de todos los matrimonios, combina vuestros corazones en uno.” Dios es también el mejor preservador de matrimonios.

Muchos son los factores que ennoblecen el matrimonio, aunque algunos parezcan superficiales, pero la médula de una gran felicidad matrimonial es tener la compañía y gozar de los frutos de la divina presencia; la unidad espiritual es el ancla, y las pequeñas manchas que aparecen en esa santificante unidad, son a menudo la causa de que el matrimonio se ensucie y termine por destruirse.

Los divorcios aumentan porque en muchos casos le falta a la unión el ennoblecimiento que produce la bendición santificadora de obedecer los mandamientos de Dios.  Entonces muere, por falta de alimento espiritual.

Después de haber servido durante veinte años como obispo y presidente de estaca, aprendí que un excelente seguro contra los divorcios es el pago de los diezmos.  Esto parece facilitarnos el mantener cargada la batería espiritual, a los efectos de seguir adelante en tiempos en que el generador espiritual no pueda trabajar.

No existe música grande ni majestuosa que produzca en forma constante la armonía de un gran amor; la música más perfecta es la amalgama de dos voces en un solo espiritual.  El matrimonio es la forma provista por Dios para el cumplimiento de las más grandes necesidades humanas, basadas en el respeto mutuo, la madurez, la generosidad, la decencia, la dedicación y la honestidad. La felicidad en el matrimonio y la paternidad, puede exceder en miles de veces cualquier otro tipo de felicidad.

El alma del matrimonio es grandemente ennoblecida y el proceso de desarrollo espiritual inmensamente fortalecido, cuando los cónyuges llegan a ser padres; la paternidad produce la mayor de todas las felicidades.  Los hombres se desarrollan, porque como padres deben cuidar de sus familias; las mujeres florecen, porque como madres deben olvidarse de sí mismas; y todos comprendemos mejor que nunca el total significado del amor cuando tenemos hijos.

Nuestro hogar debe encontrarse entre lo más sagrado de todos los santuarios terrestres.

En el proceso de ennoblecer el matrimonio, las cosas importantes son las más pequeñas; son detalles como el constante aprecio mutuo y la considerada demostración de gratitud; el aliento y la ayuda que mutuamente se brindan los cónyuges para desarrollarse.  El matrimonio es una empresa conjunta en busca del bien, de la belleza y de todo lo divino.

El Salvador ha dicho:

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20.)

Que la presencia de Dios bendiga todos los matrimonios y sus hogares, especialmente los de sus santos, como parte de su plan eterno, lo ruego humildemente en el sagrado nombre de Jesucristo.  Amén

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