No seáis incrédulos

Conferencia General Abril 1978

No seáis incrédulos

gordon-b-hinckley-mormonélder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce


Esta conferencia marca un importante aniversario para mí. Hace exactamente veinte años, me paré por primera vez detrás de este púlpito en calidad de Autoridad General de la Iglesia. Esa mañana de domingo del año 1958, me sentía atemorizado e incapaz; ahora, veinte años y cuarenta conferencias más tarde, todavía tengo algunos de esos mismos sentimientos; por lo tanto, ruego que con la guía del Espíritu Santo esa inquietud sea reemplazada por la inspiración.

Repasando algunas cifras que fueron dadas en aquella conferencia de 1958, podemos advertir el progreso de la Iglesia. En esa oportunidad se informó que había poco más de un millón y medio de miembros de la Iglesia; en el informe de ayer se dio la cifra de casi cuatro millones, o dicho en otras palabras, un aumento de 166~7; en el término de dos décadas. En 1958 había 273 estacas, con aproximadamente 2.500 barrios y ramas, la cifra dada en el día de ayer para 1977 fue de 885 estacas, aunque el último jueves esta cantidad alcanzó las 937, va sea organizadas o aprobadas para su organización. Hoy en día hay aproximadamente 7.500 barrios y ramas independientes, tres veces el total que había veinte años atrás.

Estas pocas cifras son suficientes para ilustrar el notable fenómeno del que he sido testigo en el espacio de unos cuantos años. No hay ningún alarde en esta observación; ‘más bien estoy agradecido, pues detrás de estas cifras he visto hombres, mujeres y niños en muchas partes del mundo, cuya vida se ha elevado espiritualmente, en cuyo hogar reinan más paz y amor, y cuyo entendimiento del lugar que tienen en el plan eterno de Dios ha aumentado, debido a su condición de miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Este notable crecimiento ha tenido lugar, gracias a que mediante el poder del Espíritu Santo, decenas de miles de  personas han recibido testimonio del Cristo viviente y de la restauración del Evangelio verdadero a la tierra, y han tenido el valor de enseñar y la fe de escuchar.

El domingo pasado el mundo cristiano celebró la Pascua recordando la resurrección, cuando el Señor resucitado se apareció primero a María Magdalena, y más tarde ese mismo día, a los diez apóstoles, estando Tomás ausente.

“Le dijeron, pues, los otros discípulos: y al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.” (Juan 20:25.)

¿Habéis escuchado a otras personas hablar como Tomás habló? Se sujetan al empirismo; necesitan ver, escuchar, y palpar, pues de otro modo no creerán. Este es el idioma de este tiempo en que vivimos. Tomás, el incrédulo, se ha transformado en el ejemplo de los hombres de todas las épocas que han rehusado y rehúsan aceptar todo aquello que no puedan probar o explicar físicamente. ¡Como si pudieran probar el amor, o la fe, o aun un fenómeno físico como la electricidad!

Mas, continuando con la narración: ocho días más tarde los apóstoles se encontraban juntos nuevamente,  esa vez Tomás estaba con ellos.

“Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.

Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!

Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.” (Juan 20:26-29)

A todos los que me escuchen y puedan tener dudas, repito las palabras dichas a Tomás al palpar las heridas en las manos del Señor: “No seáis incrédulos, sino creyentes.” Creed en Jesucristo, el Hijo de Dios, el personaje más grandioso de tiempo y eternidad. Creed en el hecho de que su vida sin igual se prolonga más allá de la creación de este mundo. Creed que El fue el Creador de la tierra en la cual vivimos. Creed que El es el Jehová del Antiguo Testamento, que es el Mesías del Nuevo Testamento, que murió y resucitó; que visitó este continente occidental e instruyó a los habitantes del mismo; que se presentó en la dispensación del tiempo en que vivimos, y que El, el Hijo del Dios viviente, nuestro Salvador y nuestro Redentor, vive.

Juan dice acerca de la Creación que “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3).

¿Puede hombre alguno que haya caminado bajo las estrellas de la noche, o que haya visto el toque de la primavera sobre la tierra, dudar de la Mano divina que participó en la Creación? Observando las bellezas de la tierra, nos sentimos impulsados a hablar como lo hizo el salmista:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios.

Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría.” (Salmos 19: 1-2.)

Toda la belleza de la tierra tiene la marca del Creador magistral, de aquellas manos que tras haber tomado la forma mortal y luego inmortal, Tomás insistió en tocar para poder creer.

No seáis incrédulos, creed en Jehová, cuyo dedo escribió sobre las tablas de piedra entre los truenos del Sinaí:

“No tendrás dioses ajenos delante de mí (Éxodo 20:3). El Decálogo, base de todas las buenas leyes que gobiernan las relaciones humanas, es el producto de su genio divino. Al observar el extenso número de leyes designadas para proteger al hombre y a la sociedad, haced una pausa y entended que éstas tienen su raíz en aquellas pocas y breves declaraciones dadas por el sabio Jehová a Moisés, el líder de Israel.

Creed que El fue el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, y la fuente de inspiración de todos los antiguos profetas, quienes hablaron al sentirse inspirados por el Espíritu Santo; y obraron bajo esa misma influencia cuando censuraron a los reyes, cuando castigaron a las naciones, y cuando como videntes, anunciaron la venida del Mesías prometido, declarando por el poder de revelación:

“Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.” (Isaías 7: 14.)

“Y reposará sobre él Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová.

No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos; sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra…” (Isaías 11:2-4.)

… y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.” (Isaías 9:6.)

No seáis incrédulos. Creed en cambio, que fue El quien nació en un pesebre pues no había más lugar en el mesón. Bien hizo un ángel en preguntar a un profeta que había visto estas cosas en visión: “¿Comprendes la condescendencia de Dios?” (1Nefi 11:16). Supongo que ninguno de nosotros puede entender eso totalmente, cómo el gran Jehová vendría entre los hombres, naciendo en un pesebre, entre un pueblo odiado, en un estado tributario. Pero cuando nació, un coro de ángeles cantó su gloria, hubo pastores que le adoraron, salió una nueva estrella en el oriente, y hubo reyes que viajaron desde lejos para llevarle oro, incienso y mirra. Podemos imaginar que tocarían maravillados aquellas manos pequeñitas al presentar sus regalos al Rey recién nacido.

Herodes, quien había oído las profecías, temió a esas manos y procuró destruirlas con una terrible matanza de seres inocentes cuya sangre cayó sobre sus manos y sobre su cabeza.

Creed que Juan el Bautista habló del poder de la revelación cuando dijo de Jesús: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Y que fue la voz del Todopoderoso la que declaró sobre las aguas del Jordán: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3: 17).

Creed y sabed que El fue un hombre de milagros. El, quien había creado el mundo y lo había gobernado como el gran Jehová, entendía los elementos de la tierra y todas las funciones de la vida. Comenzando por Caná, cuando transformó el agua en vino, continuó su obra haciendo caminar al paralítico y ver al ciego; El revivió a los muertos, y fue el Médico Maestro que sanaba a los enfermos por la autoridad que tenía como Hijo de Dios.

Fue el Consolador de los apesadumbrados de su época, y de todas las generaciones que han venido y que han creído verdaderamente en El. El nos dice a todos:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mateo 11:28-30.)

Un día hablé con un amigo que había escapado de su tierra natal. Cuando su país cayó luego de un conflicto armado, él fue arrestado y recluido; su esposa e hijos habían podido huir, pero durante más de tres años él había estado prisionero, sin medios de poder comunicarse con sus seres queridos; la comida había sido mezquina, las condiciones de vida opresivas y sin ninguna perspectiva de mejorar.

“¿Qué fue lo que te mantuvo en pie durante esos días oscuros?”, le pregunté. A lo que respondió: “Mi fe; mi fe en el Señor Jesucristo. Puse mi yugo sobre él, y éste me pareció entonces mucho más liviano.”

En una ocasión, mientras el Señor viajaba por Samaria, se encontraba cansado y sediento; deteniéndose junto al pozo de Jacob, descansó y pidió a una mujer que había ido en busca de agua, que le diera de beber. En el curso de la conversación le explicó el poder salvador de sus enseñanzas, diciendo:

“Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed;

Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” (Juan 4: 13-14.)

Durante esa misma conversación dio a conocer su identidad cuando la mujer habló del Mesías prometido. “llamado el Cristo” (Juan 4:25). El, sin vacilar le dijo: “Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:26).

No seáis incrédulos, creed que El es el Señor de la vida y de la muerte. El testificó de su poder a la afligida Marta, cuando le dijo:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.” (Juan 11:2526.)

¿Dónde pueden encontrarse palabras de más consuelo para aquellos que pierden a sus seres queridos? Tomás se encontraba allí cuando el Señor pronunció aquellas palabras, y también cuando luego llamó a Lázaro para que saliera de la tumba. A pesar de todo, dudó del poder del Señor de superar la terrible muerte que había padecido sobre la cruz, manifestando a sus compañeros en el apostolado que a menos que él pudiera palpar las heridas de sus manos, no creería. No es de asombrarse que Jesús le dijese: “No seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27).

Nosotros, al igual que Tomás, somos propensos a olvidar las evidencias de su vida y poder sin igual. Tales evidencias no se encuentran solamente en la Biblia, el testamento del mundo antiguo. Hay un testamento del Nuevo Mundo que fue traído a la luz mediante el don y poder de Dios, para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo; contiene otro Evangelio, hermoso en lenguaje y poderoso en espíritu.

Durante su ministerio terrenal, Jesús habló de otras ovejas, de otro rebaño distinto de aquel a quien El estaba enseñando, y afirmó que ellos también debían oír su voz, “y habrá un rebaño, y un pastor” (Juan 10: 16).

Poco tiempo después de su resurrección, aquellos que habitaban la tierra de abundancia en algún lugar del continente occidental, escucharon una voz proveniente de los cielos. Era la voz de Dios, y les dijo:

“He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd.

…y he aquí, vieron a un Hombre que descendía del cielo; y llevaba puesta una túnica blanca; y descendió y se puso en medio de ellos.” Entonces les dijo:

“He aquí, soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo.” (3 Nefi 11:7, 8, 10.)

Les invitó, al igual que invitó a Tomás, a palpar sus manos y su costado y al hacerlo, se asombraron y lloraron; diciendo:

“¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Más Alto Dios!” (3 Nefi 11:17.) Ellos no dudaron, sino que creyeron, como han creído millones que han leído este maravilloso testigo del Señor resucitado. Si hubiese entre vosotros, los que estáis escuchando esta conferencia, quienes no sabéis de este quinto evangelio, y lo deseáis, lo conoceréis con tan sólo pedirlo, y llegará con una promesa de que si lo leéis con espíritu de oración, conoceréis la verdad de este maravilloso y nuevo testigo de Cristo.

Y existe aún otro elemento testificador, pues con la misma certeza que la voz de Dios declaró la condición divina de Jesús, llamándolo su “Hijo” en las aguas del Jordán, nuevamente en el Monte de la Transfiguración, y una vez más en la Tierra de Abundancia, volvió a hacer esa misma introducción en el comienzo de esta dispensación del evangelio, en una gloriosa visión en la que el Padre Eterno y su Hijo Jesucristo se aparecieron y hablaron a un joven que había estado buscando la verdad, y que en los años siguientes habló como Profeta del Señor resucitado, entregando aun su vida en testimonio de El.

Con tantas evidencias y con la convicción que está en nuestro corazón por el poder del Espíritu Santo, añadimos con palabras sencillas y sinceras nuestro testimonio del Señor Jesucristo; por lo que pedimos a todos los hombres: “no seáis incrédulos, sino creyentes”; creed en El, quien es el Hijo del Dios viviente, nuestro Salvador y nuestro Redentor. Esto lo ruego humildemente y testifico en su Santo nombre, el nombre de Jesucristo. Amén.

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