El fuego purificador

Conferencia General Abril 1979logo pdf
El fuego purificador
por el élder James E. Faust
del Consejo de los Doce

James E. FaustMis queridos hermanos, y amigos, pararme ante vosotros es siempre una responsabilidad abrumadora.  Ruego tener la guía del Espíritu Santo y que éste permanezca con nosotros, de manera que pueda yo hablar y vosotros entender bajo su influencia.

En esta mañana deseo dirigirme a todos, pero especialmente a aquellos que piensan que tienen más pruebas, pesares, remordimientos y congojas de lo que pueden soportar, y que en medio de la adversidad están a punto de hundirse en las aguas de la amargura.  La intención de mi mensaje, es darles esperanza, fortaleza y libertad.  Me refiero al fuego purificador.

Hace algunos años, desde este mismo púlpito, el presidente David O. McKay, contó una experiencia, ocurrida en una caravana de carros de mano.  Muchos de aquellos primeros conversos, habían emigrado de Europa y eran muy pobres para comprar bueyes o caballos y una carreta, por lo tanto, se vieron obligados a usar su propia fuerza y a tirar carros de mano con sus pertenencias, a través de las praderas.  El presidente McKay relata un episodio ocurrido algunos años después del heroico éxodo:

«Un maestro que conducía una clase, dijo que era absurdo siquiera intentar más aún, permitirles (refiriéndose a la caravana de carros de mano), viajar a través de las planicies bajo aquellas condiciones.

Surgieron severas críticas en contra de la Iglesia y de sus líderes, debido a que se permitía que una caravana de conversos se aventurara a cruzar las praderas, sin más abastecimiento o protección que lo que una compañía de carros de mano podía permitirles.

Un anciano que había permanecido silencioso en un rincón escuchando las críticas, de pronto se levantó y dijo cosas que nadie pudo olvidar jamás; su cara estaba pálida de emoción.  Habló calmada y deliberadamente, pero con sinceridad y seriedad.  En esencia dijo:

‘Os ruego que ceséis en vuestras críticas.  Discutís sobre un asunto que desconocéis.  Los fríos hechos históricos no significan nada aquí, ya que ellos no se ajustan al problema en cuestión. ¿Que fue un error enviar la caravana tan tarde, en aquella época del año?  Sí.  Mi esposa y yo estábamos allí, y junto con los demás sufrimos más de lo que vosotros podéis imaginaros; muchos murieron de frío y hambre, pero, ¿habéis oído alguna vez a algún sobreviviente de esa caravana pronunciar una palabra de crítica?  Ninguno de ellos apostató ni abandonó la Iglesia, porque cada uno de nosotros venía con el conocimiento absoluto de que Dios vive, porque por medio de nuestras penas llegamos a familiarizarnos con El.

Tiré de mi carro aún estando débil y fatigado a causa de las enfermedades y la falta de comida, cuando ya casi ni podía caminar.  Miraba hacia adelante, hacia una duna de arena o una colina y me decía: Hasta allí sólo podré llegar; con esta carga, me será imposible llegar al otro lado.

Mas seguía caminando, y al llegar a la cima, sentía que el carro me empujaba; muchas veces miré hacia atrás para ver si alguien en verdad lo hacía, pero mis ojos no veían a nadie; entonces sabía que los ángeles de Dios estaban allí.

¿Me arrepentí alguna vez de haber hecho eso? No. Ni en ese entonces, ni ahora, ni lo haré jamás durante el resto de mi vida.  El precio que pagamos para llegar a conocer a Dios, fue un privilegio, y estoy agradecido por haber tenido la oportunidad de venir en aquella caravana de carros de mano.’ » (Relief Society Magazine, enero de 1948, pág. 8.)

Ciertamente, en esto se encierra una gran verdad.  En el dolor, la agonía y en el heroico esfuerzo de vivir, pasamos por el fuego purificador, y aquellas insignificancias de nuestra vida, se derretirán como escoria y harán que nuestra fe brille intacta y fuerte.  En esta forma, la imagen divina puede reflejarse desde el alma.  Es por la purificación resultante de nuestros sufrimientos que nos acercamos a Dios, y en las agonías de la vida, parece ser que escuchamos mejor el dulce y piadoso susurro del Divino Pastor.

En la vida de cada uno hay dolores, desesperación, adversidades y golpes.  A veces nos parece que hay demasiada angustia, dolor, y desilusiones para todos, incluyendo a aquellos que con la mayor sinceridad buscan hacer lo justo y permanecer fieles.

El aguijón que punza, que se clava en la carne, que hiere, cambia a menudo vidas que parecían desprovistas de significado y esperanza; este cambio llega a través de un proceso de refinamiento que a veces parece cruel y duro.  De esta manera el alma puede llegar a ser como suave arcilla en las manos del Maestro para modelar una vida de fe, valor, belleza y fortaleza.  A algunos, el fuego purificador les hace perder la creencia y la fe en Dios; pero aquellos con perspectivas eternas comprenden que tal purificación es parte del proceso de perfeccionamiento.

En nuestros grandes pesares, es posible renacer, ser nueva persona en alma y espíritu.  Ya no seguimos más con

la corriente de la multitud, sino que nos regocijamos en la promesa de Isaías, de que nuestras fuerzas serán renovadas y que «levantarán alas como águilas» (Isaías 40:31).

Recibimos nuestro testimonio, después que nuestra fe se haya puesto a prueba.  Moroni nos lo asegura:

» …porque no recibís el testimonio sino hasta después que vuestra fe ha sido puesta a prueba.» (Eter 12:6.)

Esta senda de fe puede llegar a ser una experiencia inapreciable.  Pedro afirma:

«. ..para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria, y honra cuando sea manifestado Jesucristo.» (Pedro 1:7.)

Las tribulaciones y las adversidades pueden ser la reparación para volver a nacer.

El renacer de las adversidades espirituales, nos convierte en nuevos seres.  Del Libro de Mosíah aprendemos que todo el género humano debe nacer otra vez: nacer de Dios, ser cambiados, redimidos por Dios, convertidos en sus hijos e hijas. (Mosíah 27:24-27.)

El presidente Marion G. Romney, hablando en nombre del Señor, ha admitido este poder maravilloso, diciendo:

«El efecto sobre la vida de cada persona, es similar.  Nadie, cuya alma se encuentre iluminada por el Espíritu de Dios, puede permanecer impávido en este mundo de pecado y densa oscuridad. Al fomentar la rectitud, y la liberación de la vida y las almas de los hombres de las ataduras del pecado, es guiado por un estímulo irresistible para convertirse en un agente activo de Dios.» (Conference Report, octubre 4 de 1941, pág. 89.)

Los sentimientos de un nacer de nuevo se encuentran expresados de la siguiente manera, por el élder Parley P. Pratt:

«Si se me hubiese encomendado dar la vuelta al mundo, perforar una montaña, ir a los confines de la tierra, o atravesar los desiertos de Arabia, habría sido más

fácil que intentar descansar sabiendo que poseo el poder del Sacerdocio.  He recibido el santo ungimiento y jamás podré descansar hasta que el último enemigo sea conquistado, la muerte destruida y la verdad reine triunfante.» (Journal of Discourses, 1:15.)

Desafortunadamente, algunas de nuestras tribulaciones más grandes son el resultado de nuestras propias imprudencias y debilidades, y suceden a causa de nuestro descuido, debilidad y transgresión.  Lo principal en la solución de estos problemas es la gran necesidad de volver al camino recto y, si fuera necesario, comprometerse a cumplir cada uno de los pasos de un completo arrepentimiento.  A través de este gran principio, mucho puede perfeccionarse y mejorarse.  Podemos pedir ayuda. ¿A quién podemos dirigirnos?  El élder Orson F. Whitney pregunta y responde esta interrogante: «¿A quién dirigirnos, en días de aflicción y desastre, para recibir ayuda y consuelo? … A hombres y mujeres que han sufrido, y a través de su experiencia pasada pueden mostrar mucho más consuelo y apoyo, como una bendición para los necesitados. ¿Podrían hacerlo si no lo hubieran sufrido en la misma forma?

¿No es ése el propósito de Dios al dejar que Sus hijos sufran?  El desea que lleguemos a ser como El.  Dios ha sufrido mucho más de lo que el hombre ha sufrido o llegará a sufrir, y es por lo tanto la mayor fuente de benevolencia y consuelo. (Improvement Era, noviembre de 1918, pág. 7.)

Isaías, antes del nacimiento del Salvador, se refería a El como «varón de dolores» (Is. 53:3).  Hablando sobre sí mismo, el Salvador dijo lo siguiente, que se encuentra en Doctrinas y Convenios:

«Padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.» (D. y C. 19:18.)

Algunos tienen la tendencia de pensar que sus aflicciones son castigos.  Roy Doxey afirma:

«El profeta José Smith enseñó que es una idea falsa creer que los santos escaparán a todos los juicios, enfermedades, pestilencias, guerras, etc., de los últimos días; en consecuencia, es un principio equivocado decir que sufren esas adversidades por causa de sus transgresiones.

El presidente Joseph F. Smith enseñó que constituye un concepto equivocado el pensar que las enfermedades y las aflicciones son producto de la desaprobación de Dios.» (T e Doctrine and Covenants speaks, SLC, Deseret Book Co., 1970.  Vol. 2, pág. 373.)

Pablo entendió esto perfectamente, y refiriéndose al Salvador, dijo:

«Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia;

Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.» (Hebreos 5:8-9.)

Para algunos el sufrimiento es tremendo.

Stillman Pond, miembro del Segundo Quórum de los Setenta en Nauvoo, era un nuevo converso a la Iglesia, que provenía de Habbardston, Massachusetts.  Como muchos otros, él, su esposa María y sus hijos, fueron saqueados y expulsados de Nauvoo, y en septiembre de 1846, se integraron a la gran emigración hacia el Oeste.  El temprano invierno de ese año fue extremadamente duro, llevando consigo epidemias de malaria, cólera y tuberculosis.  La familia entera padeció estas tres enfermedades.

María contrajo tuberculosis y todos los niños se enfermaron de malaria; tres de ellos murieron mientras viajaban a través de las praderas nevadas, y el hermano Stillman los sepultó en la pradera.  La condición de María empeoró a causa de los sufrimientos, los dolores y la fiebre ocasionada por la malaria, hasta que no pudo caminar.  Débil y enferma dio a luz gemelos, a quienes llamaron Joseph y Hyrum; los niños murieron unos días más tarde.

El resto de la familia llegó a Winter Quarters y, al igual que otras, sufrió amargamente mientras vivía en una tienda.  La muerte de los cinco niños, ocurrida mientras viajaban a través de las praderas hacia Winter Quarters, había sido sólo el principio de sus aflicciones.

En el diario de Horace y Helen Moore Whitney, se encuentra lo siguiente, refiriéndose a otros cuatro hijos de Stillman Pond que también perecieron:

«El miércoles 2 de diciembre de 1846, Laura Jane Pond, de 14 años, murió de frío y de fiebre.  Dos días más tarde, el viernes 4 de diciembre Harriet M. Pond de 11 años falleció de escalofríos.  Tres días más tarde, el lunes 7 de diciembre de 1846, Abigail A. Pond, de 18 años también murió de frío.  Sólo cinco semanas más tarde, el viernes 5 de enero de 1847, Lyman Pond, de seis años pereció con escalofríos y fiebre.» (Sterling Forsyth Histories, págs. 4-5.  Archivos del Departamento Histórico de la Iglesia.)

Cuatro meses más tarde, el 17 de mayo de 1847, fallecía la esposa de Stillman, María Davis Pond.  Cruzando las praderas, Stillman Pond perdió nueve hijos y su esposa.  Más tarde fue un destacado colonizador en Utah y llegó a ser presidente del trigésimo quinto Quórum de los Setenta.

Haber perdí ‘ do a nueve de sus hijos y a su esposa en la penosa travesía, no hizo al hermano Stillman Pond perder la fe.  El no abandonó la lucha, sino que siguió adelante y, como muchos otros anteriores y posteriores a él, pagó el precio para llegar a conocer a Dios.

El Divino Pastor tiene para todos un mensaje de esperanza, fortaleza y salvación.  Si no existiera la noche, no apreciaríamos el día, ni podríamos ver las estrellas en la inmensidad de los cielos.  Nosotros también debemos beber de la amarga copa.  Hay un divino propósito en las adversidades que enfrentamos cada día: ellas nos preparan, nos absuelven, nos purifican, y así somos bendecidos.

Cuando cortamos rosas, muchas veces nos es imposible evitar lastimarnos con las espinas que crecen en el mismo tallo.

Del fuego purificador podemos recibir la gloriosa redención, que llegará a ser un majestuoso y perdurable renacer.  El precio para llegar a conocer a Dios, habrá sido pagado, y como consecuencia nos invadirá una santa paz, y se producirá dentro de nosotros un hermoso despertar.  Se colocará a nuestro alrededor un manto de rectitud, para protegernos y mantenernos en un acogedor nivel espiritual.  La compasión por nosotros mismos desaparecerá, cuando contemos nuestras bendiciones.

Y ahora deseo concluir dejando mi testimonio de que Jesús es el Cristo y el Divino Redentor. ¡El vive!  De El son las dulces palabras de vida eterna.  El es el Hijo del Dios viviente, ésta es su obra y su gloria.  Esta es su Iglesia; es la verdad, y estoy muy agradecido por poseer este sagrado conocimiento.  Tengo el privilegio y el deber de así testificarlo, y lo hago humildemente en el santo nombre del Señor Jesucristo.  Amén.

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1 Response to El fuego purificador

  1. Avatar de Mirna Repeeza Mirna Repeeza dice:

    Hermoso mensaje…. 🙏🙏

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