Conferencia General Abril 1980
El libro de mormón
por el presidente Marion G. Romney
de la Primera Presidencia
Mis amados hermanos y amigos, hoy celebramos el sesquicentenario de la organización de la Iglesia. La Iglesia de la que hablamos no es una organización de origen humano, sino que es exactamente lo que indica su nombre.
«Porque así», dijo el Señor, «se llamara mi iglesia en los postreros días, aun La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días.
De cierto os digo a todos: Levantaos y brillad, para que vuestra luz sea un estandarte a las naciones;
A fin de que el recogimiento en la tierra de Sión y sus estacas sea por defensa y por refugio de la tempestad y de la ira, cuando sea derramada sin compasión sobre la tierra.» (D. y C. 115:4-6.)
En el encabezamiento de la sección 20 de Doctrinas y Convenios el profeta José Smith escribió:
«Recibimos de él (Jesucristo) lo siguiente por el espíritu de profecía y revelación, lo que no tan solamente nos dio mucha información, sino que también nos señaló el día preciso en el cual, de acuerdo con su voluntad y mandamiento, habíamos de proceder a la organización de su Iglesia una vez más sobre la tierra.»
Puesto que el Señor especificó la fecha en que su Iglesia sería organizada, y en la misma revelación testificó nuevamente de la autenticidad del Libro de Mormón, he llegado a la conclusión de que mientras celebramos el sesquicentenario de su Iglesia sería apropiado repasar algunas de las enseñanzas del Libro de Mormón. Son muchas las razones por las que debemos hacerlo. Primero, el Señor nos dio la obligación de enseñar las verdades de este libro. Dijo que había enviado a Moroni para revelarlo (D y C. 27:5), y que por su misericordia había dado al profeta José «poder . . . para que tradujera» (D. y C. 20:8; véase también D. y C. 1:29); que «contiene la verdad y la palabra de Dios» (D. y C. 19:26), y «la plenitud del Evangelio de Jesucristo a los gentiles, y también a los judíos» (D. y C. 20:9).
El profeta José Smith declaró «a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría mas a Dios por seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro» (Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 233-34).
Nefi nos dice:
» . . estas cosas irán de generación en generación mientras dure la tierra . . . y . . . serán juzgadas las naciones que las posean [las ense-ñanzas del Libro de Mormón], según las palabras que se han escrito.» (2 Nefi 25:22.)
No existe para mí mayor razón para leer el Libro de Mormón que esta declaración de que quienes lo tengan serán juzgados por lo que esta escrito en él; y Moroni dice que la razón por la que el libro se nos ha dado es que conozcamos los «decretos de Dios» (Eter 2:11) y que, al obedecerlos, escapemos de las calamidades que son el resultado de la desobediencia.
A los primeros santos el Señor les habló con firmeza sobre la importancia de recordar las enseñanzas del libro:
«Y vuestras mentes en tiempos pasados», les dijo, «se han ofuscado a causa de la incredulidad, y por haber tratado ligeramente las cosas que habéis recibido
Y esta incredulidad y esta vanidad han traído la condenación a toda la Iglesia.
Y esta condenación se extiende a todos los hijos de Sión, aun todos. Y permanecerán bajo esta condenación hasta que se arrepientan y recuerden el nuevo convenio, aun el Libro de Mormón . . .» (D. y C. 84:54-57.)
Anteriormente les había dicho: «Y os doy el Libro de Mormón así como las santas escrituras para vuestra instrucción» (D. y C. 33:16). En otra ocasión añadió: «. . . los élderes, presbíteros y maestros de esta Iglesia enseñaran los principios de mi evangelio que se encuentran en. . . el Libro de Mormón» (D. y C. 42:12).
Por supuesto, es obvio que a menos que leamos, estudiemos y aprendamos los principios que se encuentran en el Libro de Mormón, no podremos cumplir con el mandato de enseñarlos. Además, existe otra razón por la que debemos leer el Libro de Mormón: al hacerlo, llenaremos y refrescaremos nuestras mentes con el correr constante de esa «agua» de la que Jesús dijo que sería en nosotros «una fuente de agua que salte para vida eterna» (Juan 4:14). Si queremos resistir al mal y retener las bendiciones de haber nacido nuevamente, debemos obtener un aprovisionamiento constante de esta agua de vida eterna.
Como siempre lo ha sido, la mayor lucha que tiene lugar en el mundo hoy día es por las almas de los hombres. Cada uno de nosotros participa personalmente en ella, usando como armas aquello que ha almacenado en su mente. En otras palabras, el campo de batalla para cada persona está dentro de sí mismo, ya que es inevitable que uno se incline hacia aquello que domina sus pensamientos. Hace siglos el sabio Salomón declaró esta gran verdad: «. . . cual es su pensamiento en su corazón, tal es él» (Prov. 23:7).
Si queremos dejar a un lado las codicias de la carne y formar para nosotros y para nuestros hijos un carácter noble y grande, debemos atesorar tanto en nuestra mente como en las suyas principios dignos que sean motivo de reflexión y meditación.
No debemos permitir que nuestra mente se sature con las prácticas e intereses mundanos que nos rodean, ya que al hacerlo es como si las adoptáramos en nuestra vida. Las experiencias del género humano apoyan la conclusión de un gran pensador inglés cuando dijo:
El vicio es un monstruo
De cara tan terrible,
Que, para odiarlo
Sólo hay que mirarlo;
Mas al verlo con frecuencia,
Al principio soportamos su presencia,
Luego por él nos apiadamos
Y al final a él nos arraigamos.
( traducción libre. )
Si deseamos evitar seguir los males del mundo, debemos continuar por un camino en el que diariamente alimentemos nuestra mente con cosas espirituales; y no sé de nada mejor para ello que la lectura diaria del Libro de Mormón.
En todas las dispensaciones, el Señor ha aconsejado a su pueblo a llevar en su mente y pensamientos las verdades que El le ha revelado. A los primeros santos de esta dispensación les dijo: «Sobre vuestras mentes descansan las solemnidades de la eternidad» (D. y C. 43:34). Este consejo siguió a la declaración dada a los élderes:
«. . . no sois enviados para que se os enseñe, mas para instruir a los hijos de los hombres en las cosas que yo he puesto en vuestras manos por el poder de mi Espíritu;
Y vosotros seréis enseñados de lo alto.» (D. y C. 43:15-I6. )
Al instruir al antiguo Israel para que no siguiera a «los dioses de los pueblos que están en vuestros contornos» (Deut. 6:14), le dijo:
«Oye, Israel: .
. . . estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón;
y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.
Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos;
y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.» (Deut. 6:4, 6-9.)
«Escudriñad las Escrituras» dijo Jesús a quienes le criticaban y que por estar dedicados a las cosas del mundo, le rechazaron. Sin embargo, si hubiesen querido, hubieran aprendido de ellas la verdad que El les había enseñado sobre sí mismo y sobre la vida eterna (Juan 5:39).
E1 salmista dice así de los galardones que recibimos cuando cono¬cemos la palabra de Dios y dejamos que como rocío destile en nuestras almas:
«¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación.
Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos…
De todo mal camino contuve mis pies, para guardar tu palabra.
No me aparté de tus juicios, porque tú me enseñaste.
¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca.
De tus mandamientos he adquirido inteligencia; por tanto, he aborrecido todo camino de mentira.
Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.» (Salmos 119:97-98, 101-105.)
Estoy convencido, mis queridos hermanos, de que es absurdo esperar escapar las codicias del mundo sin substituirlas en nuestros pensamientos con las cosas de valor espiritual, y sé que éstas se enseñan con gran poder en el Libro de Mormón. Por ejemplo, creo de todo corazón que si al salir de sus hogares nuestros jóvenes estuvieran muy familiarizados con la vida de Nefi e inspirados por el espíritu de su valor y amor por la verdad, siempre escogerían el bien cuando en el transcurso de su vida tuvieran que decidir qué senda los conduciría por el camino del bien. ¡Qué hermoso sería que en ese mismo instante recordaran las palabras de Nefi por haberlas tenido ya en su corazón! «Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que E1 nunca da ningún mandamiento a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que puedan cumplir lo que les ha mandado.» (1 Nefi 3:7.)
¡Qué hermoso sería si cuando la tentación se hiciera más fuerte y les instara a abandonar la senda del bien, pudieran pensar en las palabras que Nefi dirigió a sus inicuos hermanos!
«. . . seamos fieles en guardar los mandamientos del Señor, porque El es más poderoso que todo el mundo. ¿Por qué pues no ha de ser más poderoso que Labán con sus cincuenta, o con sus decenas de millares?» (1 Nefi 4:1; 3:15.)
Si desde su niñez se infunden en el corazón de nuestros jovencitos las hermosas enseñanzas del Libro de Mormón, no sólo estarán inspirados a escoger el bien por el ejemplo de Nefi, el de los «2000 hijos de Helamán» y de otros personajes del Libro de Mormón, sino que por habérseles enseñado los principios del Evangelio de Jesucristo, sabrán siempre cuál es el bien.
En casi cada página del Libro de Mormón surge el inspirador testimonio de que Jesús es en verdad el Cristo, el Hijo del Dios viviente, nuestro Redentor y Salvador. Este testimonio por sí solo será como un ancla en cada tormenta, que no les permitirá zozobrar.
En el Libro de Mormón hallarán la explicación más clara que se pueda encontrar en cualquier libro de escrituras sobre la misión divina de Cristo y su sacrificio expiatorio. Se familiarizarán con las virtudes más fundamentales, puesto que está lleno de instrucciones al respecto.
Aprenderán que «ser de ánimo carnal es muerte, y ser de ánimo espiritual es vida eterna» (2 Nefi ni 9:39); sabrán que para el Señor la castidad y la virtud es «más caro y precioso que todas las cosas» (Moroni 9:9; Jacob 2:28); sabrán que a los ojos de Dios la violación de este sagrado principio es «más abominable que todos los pecados, salvo derramar sangre inocente o negar el Espíritu Santo» (Alma 39:5). Aprenderán que es un engaño poner su confianza en los sabios y en los bienes del mundo (2 Nefi 9:28-30).
De hecho, no existe ninguna virtud que no se enseñe en el Libro de Mormón, pues como ya hemos dicho, en él se encuentra «la plenitud del Evangelio de Jesucristo» (D. y C. 20:9; D. y C. 19:26).
De manera que, mis queridos hermanos y amigos en todo el mundo, os exhorto a leer el Libro de Mormón por algunos minutos cada día y por el resto de vuestra existencia. Todos necesitamos la comunicación continua con el Espíritu del Señor y, para no ser engañados, debemos tener su guía constante. Estoy convencido por mi propia experiencia y la de mis seres queridos, al igual que por lo que dijo el profeta José Smith, de que uno puede acercarse más al Señor leyendo el Libro de Mormón, que leyendo cualquier otro libro. No os contentéis sólo con oír de qué se trata, sino gustad vosotros mismos de su divino néctar.
Estoy seguro de que si los padres leen el Libro de Mormón en forma re lar y con oración, solos y con sus hijos, el gran espíritu de este libro penetrará en sus hogares y morará con ellos; el espíritu de reverencia aumentará y el respeto y la consideración mutuos serán aún mayores, desvaneciéndose el ánimo de contención; los padres aconsejarán a sus hijos con más amor y sabiduría, y los hijos serán más sumisos al consejo de ‘sus padres; la justicia aumentará; la fe, la esperanza y la caridad, que constituyen el amor puro de Cristo, engalanarán vuestro hogar y vuestra vida, llevándoos paz, gozo y felicidad.
Es mi oración que busquemos estas bendiciones leyendo el Libro de Mormón, y os dejo mi bendición en el nombre de Jesucristo. Amén.
























