Escribamos nuestra historia

Conferencia General Abril 1980logo pdf
Escribamos nuestra historia
por el élder John H. Groberg
del Primer Quórum de los Setenta

John H. GrobergMis queridos hermanos, ruego que unamos nuestra fe para que el Espíritu de Dios nos ayude a comprender.

Quisiera empezar preguntándoos algo y pidiéndoos que penséis acerca de ello: ¿Cuántos de vosotros, no importa que edad tengáis, tenéis vuestra historia familiar y personal al día?

Como poseedores del sacerdocio tenemos la obligación de seguir el consejo del Profeta. E1 presidente Kimball ha dicho bien claramente que es muy importante que escribamos nuestra historia personal y la de nuestra familia. Es tan importante, que en agosto nuestra Iglesia va a realizar en Salt Lake City una gran conferencia mundial sobre registros para ayudarnos a todos nosotros, y a las personas de todo el mundo, a entender mejor la importancia vital de estas historias y para que aprendamos cómo se escriben. ¿Por qué es tan importante que escribamos nuestra propia historia y la de nuestra familia? Hay muchas razones, y me gustaría hablar acerca de algunas de ellas.

Cuando buscamos los datos necesarios para escribir estas historias, es obvio que nuestros corazones se vuelven hacia nuestros padres como así también hacia nuestros hijos. El Señor dijo que esto debería pasar, «no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición» (Malaquías 4:6). Creo que debemos evitar el ser maldecidos.

El escribir nuestra historia nos ayuda inmensuradamente a ver la vida desde un punto de vista eterno.

Cuando escribimos nuestra historia, incluyendo en ella tanto hechos concretos como nuestros sentimientos (y muchas veces en lo que respecta a las cosas espirituales, los sentimientos son en realidad los hechos), podemos lograr comprender mejor el significado y propósito de nuestra vida de una manera que no podemos obtener de ninguna otra forma.

Muchas veces me pregunto si, al igual que con otras cosas, no nos negamos a nosotros mismos esa comprensión más profunda, simplemente por no escribir nuestra historia.

Algunas personas dicen: «Yo no tengo nada que escribir; nunca me pasa nada espiritual ni importante.» Y yo respondo: «empezad a escribir y estas cosas comenzarán a suceder; en realidad siempre suceden, pero nos damos mejor cuenta de ellas cuando las escribimos.»

Estoy seguro de que escribir nuestra historia nos ayudará a recordar nuestra meta de llegar a obtener la vida eterna.

Cuando nos ponemos a estudiar la vida de nuestros antepasados su fe y valentía, el amor que ellos tenían por sus hijos, y el amor que nosotros sentimos por ellos- entonces nos podemos dar cuenta de la importancia y de la condición eterna de la familia. Empezamos a comprender mejor las cosas de Dios y cambiamos sin siquiera darnos cuenta porque hemos logrado comprender mejor la eternidad. Y también nos damos cuenta de que cuando vemos lo que llamamos «problemas» en nuestra vida, es porque hemos perdido la visión de lo que es la vida eterna.

E1 sacerdocio que poseemos nos da el poder para bendecir a los demás. El sacerdocio es eterno y por lo tanto sus bendiciones también son eternas. El buen uso del sacerdocio, incluyendo el escribir nuestra historia personal y familiar, traerá aparejadas consecuencias que afectarán positivamente nuestra vida eterna.

Sin duda, el anuncio de la construcción de los nuevos templos nos ha emocionado y hecho sentir humildes.

Me pregunto cuántos en los últimos días han registrado en sus relatos los sentimientos profundos de gratitud hacia el Señor por hacer posible que se construyeran los templos que tanto hemos pedido y por los que tantos sacrificios hemos hecho. Cuántos a medida que el tiempo transcurre escribirán sentimientos de gratitud similares.

El escribir nuestra propia historia nos debe motivar a ser mejores. Jovencitos, me pregunto cuántos de vosotros habréis escrito en vuestros diarios: «Prometo vivir una vida digna para poder cumplir una misión. Cuando sea mayor, voy a mantenerme limpio y puro para poder entrar al templo algún día.

Yo sé sin ninguna duda que el presidente Kimball es un Profeta y voy a obedecer siempre su consejo».

Quisiera pedir a cada uno de vosotros, los poseedores del sacerdocio, que os prometáis a vosotros mismos escribir, cuando llegue el momento, en vuestra historia personal las siguientes experiencias y los sentimientos que las acompañaron:»Hoy fui al templo y recibí mis investiduras»; y, «Hoy fui al templo y me sellé con mi familia»; u, «Hoy fui al templo e hice la obra por mi bisabuelo (o cualquiera de mis otros antepasados)»; u,» Hoy fui al templo con mi hermano, o mi amigo, o mi vecino, y presencié su sellamiento».

Escribir, ya de por sí, es algo eterno como lo demuestran tan bien las Escrituras; si nos tomamos el trabajo de compaginar nuestra historia correctamente, ella viene a formar parte de las escrituras de nuestra familia y se transforma en una fuente de gran fortaleza espiritual tanto para nosotros como para nuestra posteridad.

Voy a relataros parte de una experiencia escrita en la historia familiar de una familia hawaiana. Es acerca del sacrificio, las bendiciones del templo y la verdadera perspectiva eterna.

A principios de este siglo, un joven padre de familia se bautizó en la Iglesia en Hawaii junto con sus hijos y esposa. Se sentía muy gozoso de haber encontrado esta religión, y tanto él como su hijo mayor tras dos años de miembros recibieron el sacerdocio. Progresaron y se sentían contentos de vivir entre los miembros de su rama. Esperaban ansiosos que llegara el día en que pudieran ser sellados por las eternidades en el templo que pronto terminaría de construirse en Laie. Pero entonces, como sucede muy a menudo, una prueba se les cruzó en el camino. Una de sus hijas contrajo una enfermedad desconocida para ellos y tuvo que ser llevada a un hospital lejos de allí. La gente de Hawaii temía mucho a las enfermedades desconocidas, pues las epidemias habían causado mucha mortandad entre ellos.

A1 domingo siguiente la preocupada familia fue a la Iglesia esperando encontrar fortaleza y comprensión en sus amigos miembros de la rama. Era una rama bastante pequeña, y este joven padre y su hijo eran muchísimas veces los encargados de bendecir y repartir la Santa Cena. Este era uno de los domingos que estaban encargados de hacerlo. Con reverencia partieron el pan mientras la congregación cantaba el himno sacramental. Cuando el himno hubo finalizado, el padre se arrodilló para bendecir el pan; pero en ese instante el presidente de la rama, dándose cuenta de quien era el que se aprestaba a bendecir la Santa Cena, se paró de improviso. Señalándolo acusatoriamente le dijo: «Deténgase; no toque la Santa Cena. Su hija tiene una enfermedad desconocida. Váyase inmediatamente mientras otro prepara más pan. No podemos permitirle quedarse. Váyase.»

¿Cómo reaccionaríais vosotros`’ ¿Qué hubierais hecho en su lugar? El atónito padre se puso de pie lentamente, miró penetrantemente al presidente de la rama, y luego a la congregación. Dándose cuenta del nerviosismo y la vergüenza que sentían todos, le hizo señas a su familia y se retiraron todos silenciosamente.

Caminaron en silencio, con las cabezas gachas, por el camino polvoriento hasta su pequeña choza.

El hijo observaba los puños y mandíbula apretados de su padre. Cuando entraron se sentaron en un círculo, y el padre dijo: «Nos sentaremos aquí en silencio hasta que yo esté preparado para hablar». Al muchachito le pasaban mil cosas por la mente; imaginaba a su padre pensando en la forma de vengarse. ¿Sería que iban a matar los cerdos del presidente de la rama, o a quemar su casa, o a cambiar de religión? Y le fue muy difícil esperar para ver qué pasaría.

Transcurrieron cinco, diez, quince minutos; y no se escuchaba volar una mosca. Miró a su padre, que mantenía sus ojos cerrados y la boca y las manos apretadas. Pasaron veinte, veinticinco minutos, y aún nada. Pero pronto se dio cuenta de que su padre aflojaba las manos, percibió un temblor en sus labios y un quedo sollozo. Lo miró, y vio que le corrían lágrimas por las mejillas. Muy pronto su madre y los hijos por turno empezaron a llorar.

Por fin el padre abrió los ojos, se aclaró la garganta y anunció: «Ahora estoy listo para hablar; escuchen con cuidado». Se volvió lentamente hacia su esposa y dijo expresivamente: «Te quiero mucho». Y luego le dijo lo mismo a cada uno de sus hijos: «Los amo mucho a todos y quiero que nos mantengamos juntos por las eternidades. La única forma en que podremos lograrlo es siendo buenos miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días para ser sellados por el santo sacerdocio en el templo. Esta no es la Iglesia del presidente de la rama. Es la Iglesia de Jesucristo. No permitiremos que el orgullo o la vergüenza o ninguna persona nos impidan estar unidos por las eternidades. El próximo domingo volveremos a la Iglesia; nos mantendremos separados de los demás hasta que la enfermedad de nuestra hija sea diagnosticada, pero volveremos».

Este gran hombre sin duda veía las cosas desde un punto de vista eterno.

La hija se curó, y la familia fue al templo a ser sellada una vez terminada su construcción. Los hijos, gracias al ejemplo del padre, se mantuvieron fieles y fueron sellados a sus respectivas familias a medida que pasó el tiempo. Hoy en día más de cien personas de esta familia son miembros activos de la Iglesia y agradecen infinitamente a su padre, abuelo, y bisabuelo, porque mantuvo sus ojos fijos en la meta eterna que se había trazado, porque usó su sacerdocio para bendecir a la familia y porque escribió lo que le había sucedido. Realmente, gracias al sacerdocio y a las sagradas ordenanzas del templo, el corazón de este padre se volvió a sus hijos y el corazón de sus hijos se volvió hacia él.

Todos vosotros tenéis experiencias similares en vuestras respectivas familias: haced averiguaciones, escribidlas en vuestros relatos, guiaos por ellas, y permitidle a vuestra posteridad que las conozca.

Yo estoy convencido de que cuando no estemos más aquí, nuestra propia historia y la de nuestra familia tendrán mucho más influencia y serán mucho más importantes que lo que nosotros suponemos ahora.

Hermanos, ésta es la obra del Señor; yo os testifico que El vive y que tiene gran influencia en nuestra vida. Ruego que podamos ver las cosas desde un punto de vista eterno, y que podamos comprender, sentir y escribir la influencia que El tiene en nuestra vida. Lo hago humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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