Por esta vida y la eternidad

Conferencia General Abril 1980

Por esta vida y la eternidad

N. Eldon Tanner

por el Presidente N. Eldon Tanner
de la Primera Presidencia


Durante mis muchos años de servicio en la Iglesia, se me ha pedido que una en matrimonio a muchas parejas, y siempre lo hago con placer.  Antes de ser Autoridad General de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, efectué algunos casamientos civiles por esta vida, y algunos en el templo de Dios por el tiempo y por la eternidad.  Más adelante hablaré sobre la diferencia.

Creo que el casamiento constituye uno de los momentos más felices en la vida de una persona, especialmente si tal persona considera que su elección es la adecuada.  Es indudable que en el momento del casamiento, la mayoría de las pareja, están seguras de hacer la elección adecuada; pero demasiado a menudo los problemas comienzan tan pronto finaliza la luna de miel, el casamiento termina en divorcio.

La frecuencia del divorcio ha impulsado a un estilo de vida mediante el cual se trata de escapar de la aparente falta de significado de los rituales, tanto religiosos como civiles.  A menudo me pregunto cuánto saben acerca del propósito de la creación de la tierra en la que viven, y cuánto han estudiado las Escrituras para aprender por qué Dios creó al hombre y a la mujer e instituyó la sagrada ordenanza del matrimonio.

Consideremos primero el propósito de la creación de la tierra.  Las Escrituras aclaran que ésta fue creada para que los hijos de Dios tuvieran un lugar de donde vivir mientras se hallaran en la mortalidad, y allí probaran su dignidad mediante la obediencia a los mandamientos, para luego regresar a la presencia de Dios.

Después de la creación de la tierra, Dios dijo:

“Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. . .

Y creo Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread.” (Génesis 1:26-28.)

Cuando Dios creó a la mujer y se la trajo al hombre, el hombre dijo:

“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24.)

Sí, el matrimonio es ordenado por Dios; y después de esa primera referencia al esposo y la mujer, encontramos muchas otras escrituras como evidencia de que hombres y mujeres se unían en matrimonio mediante ceremonias a las que seguían grandes fiestas.  No estamos aquí solo para comer, beber y divertirnos.  Se nos dio la tierra para sojuzgarla, y recibimos instrucciones para que fructificáramos y nos multiplicáramos.  Es interesante destacar que Dios dijo “multiplicaos” y no tan sólo “llenad la tierra”.

Al estudiar las Escrituras es importante que comprendamos que Dios es eterno, que sus creaciones son eternas al igual que sus verdades.  Por lo tanto, cuando El entregó a Eva en matrimonio a Adán, esa unión fue eterna.  El matrimonio ordenado por Dios y realizado en sus templos sagrados es eterno y no está limitado por la muerte.  En Eclesiastés leemos:

“He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo… (Eclesiastés 3:14.)

Cuando Cristo les pidió a sus discípulos que le dijeran quién era El, Pedro contestó:

“Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

Jesús le dio a Pedro la seguridad de que sabía esto por revelación de Dios el Padre, y que sobre esa roca de la revelación El edificaría su Iglesia.  Entonces dijo:

“y a ti te daré las llaves del reino de los cielos y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desataras en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:15-19.)

Cuando los fariseos tentaron a Jesús preguntándole acerca del divorcio, su respuesta fue la siguiente:

“¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne?

Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.” (Mat. 19:4-6.)

Estas escrituras indican que el casamiento celestial ordenado por Dios y realizado por Su autoridad en los templos sagrados es eterno, que las parejas unidas de esta forma quedan selladas por esta vida y la eternidad y que sus hijos nacen en el convenio del evangelio sempiterno.  Entonces, de acuerdo con su fidelidad, ellos serán una unidad familiar eterna.

¿Cuál es la preparación necesaria para tal matrimonio?  Los jóvenes deben considerar cuidadosamente y mediante la oración el tipo de persona que quisieran tener para la eternidad como cónyuge y como padre o madre de sus hijos.  Los padres tienen la responsabilidad de enseñar a sus hijos la importancia de guardarse limpios y puros, con altas normas morales, para que sean dignos de la clase de persona con la que quieran casarse.  Alguien dio el ejemplo de un ganadero que cuida tanto a sus animales de raza que no permite que el resto del ganado pastoree en el mismo lugar; sin embargo, permite que sus hijos salgan con cualquiera sin interesarse en saber qué clase de persona es el acompañante.

Otro ejemplo nos cuenta de la hija que una vez fue a hablar con su padre y le dijo:

—Papá, ¿puedo usar el automóvil esta noche?

Y él contestó:
—No está acá.
—¿Qué quieres decir con que no está acá? ¿dónde está?
—No sé.  Se lo presté a alguien. -¿A quién?
—No sé.
—No comprendo. ¿Cuándo lo va a devolver?

El padre entonces le explicó diciendo:

—Tú estás muy preocupada por mi automóvil, y aun así no comprendes mi preocupación por saber con quién sales y cuándo vas a volver.  A mí me preocupa mucho más tu bienestar que el de mi automóvil, y espero que llora puedas comprender por qué te hago preguntas cuando sales con alguien.

Los niños deberían entender, y se les debe hacer sentir el amor y la preocupación que los padres tienen por ellos.  Con una buena relación, tendrán el deseo de hablar de sus planes y se sentirán felices de que sus padres y amigos se conozcan.

Cuando los jóvenes me consultan por asuntos de noviazgos y matrimonios, por lo general les sugiero que se hagan las siguientes preguntas:

“¿Qué clase de madre o padre quiero que tengan mis hijos?

¿Estoy preparándome para ser un buen padre?

¿Quiero relacionarme con alguien solamente por su popularidad, o busco sus valores espirituales y morales?

¿Analizo las similitudes y diferencias que hay entre nosotros, relacionadas con el ambiente en que fuimos criados, con la cultura y el intelecto?

¿Estoy preparado para ajustarme a esas diferencias?

¿Comprendo que esos ajustes deben ser hechos antes del casamiento?”

Estas consideraciones nos ayudarán a elegir la persona apropiada con la cual vamos a vivir en la eternidad. Después del matrimonio, hay muchas responsabilidades que no se pueden descuidar; pero si cada cónyuge hace su parte, no habrá nada en esta vida que le dé, mayores satisfacciones y felicidad.

Al efectuar casamientos, les he hablado a los jóvenes acerca de su futuro y de las cosas que les ayudarán a desarrollar el amor mutuo y a establecer un hogar feliz. Entre otros, hay cuatro elementos específicos que siempre me agrada mencionar.

Primero, les recuerdo que deben guardar los convenios que efectuaron cuando fueron unidos en matrimonio.

Segundo, dirigiéndome al joven, le digo que debe hacer feliz a su esposa.  Si hace todo lo posible por hacerla feliz, ella no podrá menos que ser recíproca y hacer todo lo que esté a su alcance para que él se encuentre a gusto en el hogar. .

Tercero, destaco la importancia de aclarar cualquier mal entendimiento que puedan tener.  Les recuerdo que no importa quién tenga razón, sino qué es justo.  Jamas deberán retirarse a dormir sin haber aclarado sus diferencias.  Al arrodillarse juntos en oración y pedirle al Señor que los bendiga, ayude a vencer sus -dificultades y perdone sus pecados, les invadirá el dulce espíritu del perdón y se perdonarán mutuamente.

Cuarto, y muy importante, les recuerdo que continúen amándose.

También les digo que el matrimonio no es un acuerdo de cincuenta por ciento cada uno; ambos deben caminar la segunda milla para que de esa forma no existan problemas originados por el límite intermedio.  Deben mantener privados los asuntos confidenciales, y les aconsejo que resuelvan sus problemas sin la interferencia de familiares y amigos.

Muchas veces los jóvenes no tienen la paciencia de esperar para conseguir las

 comodidades materiales y los lujos que no se pueden proveer.  El desear tener mucho y muy pronto puede resultar en una carga demasiado pesada para los cónyuges, y las cargas financieras provocadas por el descuidado uso del dinero son a menudo motivo de disputas.  Es mucho más importante desarrollar una atmósfera de amor, armonía y espiritualidad en el hogar, que concentrarse en la compra de cosas que se pueden adquirir en el futuro, a medida que las posibilidades financieras lo permitan.

A este hogar feliz y agradable, a su tiempo llegarán los hijos, por los que fue consumado el matrimonio, quienes agregarán gozo, al mismo tiempo que se cumplirá el deseo de Dios el Padre cuando instruyó a Adán y Eva diciéndoles que se multiplicaran y llenaran la tierra.  Cuando los padres comprenden el propósito de su existencia, que son hijos espirituales del Padre Celestial, y tienen la responsabilidad de proveer cuerpos terrenales para otros seres, se regocijan en el milagro del nacimiento al comprender que son copartícipes con Dios en la creación de cada hijo que llega a su hogar.

Con respecto a las revelaciones sobre este tema, uno de nuestros primeros líderes, el élder Melvin J. Ballard, dijo:

“Hay un pasaje en nuestras Escrituras que los Santos de los Últimos Días aceptan como divinas y dice:

‘Esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.’ (Moisés 1:39.)

Del mismo modo podemos decir que ésta es la gloria del hombre y la mujer, llevar a cabo la mortalidad de los hijos de Dios, dar vida terrena a los hijos de nuestro Padre que están esperando… La más grande misión de la mujer es dar vida terrena, mediante un

 matrimonio honorable, a los hijos espirituales de nuestro Padre que se encuentran esperando ansiosamente para venir a habitar en esta vida mortal.

Todo el honor y la gloria que puedan recibir hombres y mujeres mediante el desarrollo de sus talentos, el homenaje y la alabanza que puedan recibir de un mundo que los aplaude poniéndolos en el altar de los genios, se desvanecerá frente al alto honor, la gloria eterna y la perdurable felicidad que recibirá la mujer que cumpla con su primera y grande misión que es la de ser madre de los hijos de Dios.” (Melvin J. Ballard, “Día de las madres”, Sermons and Missionary Services, pág. 203.)

Hoy reafirmamos lo que dijo el ex presidente David O. McKay en 1948:

“Buscar los placeres conyugales sin la voluntad de asumir las res-ponsabilidades de una familia es una de las calamidades que ahora aflige la estructura de muchos hogares. La inteligencia y la consideración mutua deben estar siempre presentes al determinar el número de hijos en un hogar.

Cuando los padres son sanos y libres de problemas hereditarios y enfermedades que pudieran ser nocivas para sus hijos, deberá evitarse el uso de anticoncepcionales.” (David O. McKay, Improvement Era, 51:618, 1948. )

Uno de los presidentes de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, dijo en 1917:

“Lo que esta nación necesita en gran manera no es la prédica negativa del control de la

 natalidad que exige una minoría del diez por ciento, sino la prédica positiva que alienta la natalidad y anhela el resto de la población, para crear así un pueblo fuerte y saludable que se perpetúe a sí mismo.” (Theodore Roosevelt, Metropolitan, octubre de 1917. )

Muchos son los motivos para reducir él nacimiento de niños o el tamaño de las familias, pero todos ellos son contrarios a las leyes de Dios. Los primeros habitantes de los Estados Unidos, que eran patriotas y religiosos, y en muchos casos pobres, creían en familias numerosas; y de esa base surgieron nuestros más grandes estadistas, abogados, científicos y educadores. Ellos eran autodidactas criados en hogares humildes con abundancia de espiritualidad.

El hogar feliz es aquél donde las familias viven juntas, trabajan juntas, juegan juntas y oran juntas; donde los padres se demuestran mutuamente el amor y la cortesía. El amor se expresa a menudo mediante los hechos y la palabra. No debemos ser como el avaro quien, durante el funeral de su esposa, recibía las condolencias de sus amigos; entonces un o de ellos le comentó cuán maravillosa persona era ella.  El avaro replicó: “Sí, era una buena mujer, y yo estuve a punto de decír¬selo en una o dos oportunidades.”

En un folleto recientemente publicado y titulado “Asuntos familiares”, la primera frase dice: “¿Sobrevivirá intacta su familia la década del ochenta?.” Menciona las condiciones económicas y la inflación, y luego indica:

“La inflación no es el problema más grande… La decadencia moral es la principal amenaza para la vida familiar en la década del ochenta.  Eso es lo que la mayoría de nuestros vecinos respondieron a una encuesta realizada por una famosa revista en los Estados Unidos.  Culparon a padres desatentos y a la falta de un firme cimiento espiritual.

La tendencia actual preocupa mucho a los padres conscientes.”

El artículo continúa detallando una lista alarmante de estadísticas de divorcio, embarazos de adolescentes y consumo de las drogas y el alcohol.  Entonces formula la preguntar”¿Qué se puede hacer para ayudar a los hijos a vivir vidas felices y plenas?” El doctor Paul Glick de la oficina de censos contesta:

“Los padres atentos y cuidadosos son los que brindan a sus hijos el mejor comienzo en la vida.  No hay nada que pueda sustituirlos y contribuir mejor a su desarrollo.”

Otro médico famoso declaró recientemente en un artículo periodístico que había llegado a la misma conclusión.  Dijo que la gente le preguntaba por qué no escribir acerca de la crisis de energía, a lo que él respondió que no lo hacía porque no tenía suficientes hechos concretos para formular un juicio.

Continuó diciendo que tampoco consideraba que fuera suficientemente e importante, ya que Inhumanidad puede resolver sus problemas técnicos, pero que lo que más le preocupaba era el gran problema moral que enfrentamos.  Concluyó diciendo que si fracasamos como especie, nuestro fracaso nada tendrá que ver con obstáculos energéticos o tecnológicos, sino que será a causa de que nos consideramos mutuamente como amenazas y enemigos en lugar de miembros de una misma familia.  Dijo que hasta que no comprendamos quiénes somos y lo que debemos hacer, no habrá ningún conocimiento que pueda salvarnos.  Jesucristo vino a la tierra para darnos ese mensaje; nos dio el plan del evangelio de vida y salvación y dijo que no había ningún otro nombre bajo el cielo por el cual podemos ser salvos.  En estos últimos días contamos con el mismo evangelio restaurado, con el Profeta viviente, Spencer W. Kimball, quien habla por Dios, tal como ha sido el método de comunicación de Dios con el hombre a través de los siglos.  El Evangelio de Jesucristo contesta todas las preguntas a los problemas de la vida.  La revelación continua nos mantiene informados con respecto a los problemas corrientes.  Para fortalecer la debilitada estructura familiar, la Iglesia instituyó el programa de la noche de hogar, donde por lo menos una noche por semana toda la familia se reúne para resolver problemas, disfrutar de actividades conjuntas y aprender a conocerse y amarse mutuamente.  Allí es donde los padres tienen la responsabilidad de ser buenos ejemplos de amor, cortesía y apoyo, cumpliendo además con sus deberes para con la familia.  En tal hogar se enseñan los principios morales y otras virtudes que ayudarán a los miembros de la familia a ser futuros líderes en sus comunidades y países.

De tales hogares provienen hijos que establecerán sus propios hogares fundados en la justicia y la moralidad.  Ellos harán sus convenios matrimoniales puros de cuerpo y mente a fin de ser también ejemplos de virtud para su propia posteridad

Concluiré leyendo de una carta que recibí de un converso de la Iglesia quien,, después del período de espera requerido, llevó a su familia al Templo de Dios para la ordenanza senadora.  El dice:

“Amamos a esta Iglesia y también al Señor, y a nuestro Padre Celestial. Nos encontrábamos al borde del total fracaso familiar cuando algunos de nuestros amigos mormones comenzaron a interesarse en nosotros y a ayudarnos.

Aun ahora, mientras pienso en lo que sucedió el sábado, me maravillo de la forma en que la Iglesia cambió nuestra vida, desde la casi total pérdida familiar, hasta llegar a ser una familia eterna.

No hay nada que se puede comparar a la alegría de ver a mi esposa e hijo vestidos de blanco, radiantes de luz y sentir que el espíritu de Dios me susurra al oído: ‘John, son tuyos para toda la vida y toda la eternidad’.

Sé que mediante el Evangelio de Jesucristo y obedeciendo los mandamientos de Dios y los convenios que hacemos con El, cada uno de nosotros puede hacer de su hogar un cielo en la tierra, mientras nos preparamos junto con nuestros hijos para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial.  Os dejo mi testimonio acerca de la veracidad de las cosas que he dicho hoy, y lo hago en el nombre de Jesucristo.  Amén.

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