Si estamos dispuestos

Conferencia General Abril 1980logo pdf
Si estamos dispuestos
por el élder Marion D. Hanks
del Primer Quórum de los Setenta

Marion D. HanksEn el libro de Moisés se hace el relato de una conversación que para mí es la más instructiva y emotiva de todo lo que se haya escrito jamás: Enoc «. . .  edificó una ciudad que se llamó la Ciudad de Santidad, aun SION …y, he aquí, con el transcurso del tiempo, Sión fue llevada al cielo. Y . . . el Dios del cielo miró al resto del pueblo (o sea, a los que no habían sido llevados al cielo) y lloró» (Moisés 7:19, 21, 28).

Y Enoc le dijo al Señor:

«¿Cómo es que los cielos lloran, y derraman sus lágrimas como la lluvia sobre las montañas?

… ¿Cómo es que puedes llorar, siendo que eres santo, y de eternidad en eternidad?» (Moisés 7:2829. )

Entonces Enoc recordó a Dios la naturaleza ilimitada y progresiva de Sus creaciones, de Su perfección, gloria y hechos, y le dijo:

«… y nada sino paz, justicia verdad es la habitación de tu trono; y la misericordia irá delante de tu faz y no tendrá fin; ¿cómo es que puedes llorar?

El Señor le contestó a Enoc: He allí a tus hermanos; son la obra de mis propias manos, y yo les di su conocimiento el día en que los hice; y en el Jardín de Edén le di al hombre su albedrío;

Y les he dicho a tus hermanos, y también les he mandado, que deben amarse el uno al otro, y que deben preferirme a mí, su Padre; mas, he aquí, no tienen afecto, y aborrecen su propia sangre;

. y todos los cielos llorarán por ellos, aun toda la hechura de mis ma¬nos; por tanto, ¿no han de llorar los cielos, siendo que éstos han de sufrir?» (Moisés 7:31-33, 37; cursiva agregada.)

Dios, de quien provienen todas las bendiciones, pedía a Sus hijos únicamente que se amasen los unos a los otros y que lo prefirieran a El, su Padre.

Y tal como es en la actualidad, muchos no buscaron al Señor ni se amaron los unos a los otros, y cuando Dios previó el sufrimiento que inevitablemente habría de seguir a ese obstinado y rebelde curso de pecado, lloró. Y dijo a Enoc que ésa era la razón por la cual lloraba.

Hace mucho tiempo oí un importante relato el cual me ha servido muchísimo. Como nunca lo he visto escrito, aunque quisiera no puedo darle al autor el reconocimiento que se merece. Es evidente que fue ideado deliberadamente para enseñar de un modo cautivante principios en los cuales yo creo.

Hubo una vez tres hombres que, como nos sucederá a todos, pasaron de la vida mortal a la inmortalidad. A1 pasar por esa transición, cada uno de ellos se encontró de inmediato en la presencia de una persona benevolente que le hizo sentirse tranquilo y calmó sus recelos.

Y cada uno de ellos, a su vez, sintió dentro de sí preguntas que eran de vital importancia. «¿Qué piensas tú de Cristo?» «¿Cuál es tu relación con El? ¿Lo conoces?»

E1 primero de los hombres contestó con reparo y con cierto pesar que él no había participado en las actividades de ninguna religión organizada, pues consideraba que en éstas había demasiado formalismo, demasiada hipocresía, y muy poco de religión verdadera y que tampoco había procurado por su propia cuenta llegar a una relación personal con el Señor; que había sido buen esposo y buen padre, buen ciudadano y un hombre íntegro, pero que ahora comprendía con toda claridad que había pasado por alto el verdadero objetivo de su vida y el rumbo que debió haber buscado. Con gratitud de su parte, fue acogido en un medio en el cual podría comenzar a aprender lo que necesitaba saber.

El segundo tuvo una entrevista más breve. Al percibir de inmediato la importancia de las preguntas, las respondió en seguida. Dijo que había sido soldado de Cristo, que hizo de la campaña por El su profesión, habiendo hablado y escrito mucho sobre el tema. Cuando al cabo de un rato se le escoltó hasta un medio en el cual también él podía comenzar a aprender lo que debía saber, se fue cabizbajo.

E1 tercero de ellos, llegó a la presencia de su anfitrión experimentando una sensación de infinita ternura y asombro: comprendiendo las preguntas, sin poder contener las lágrimas, miró en los ojos llenos de amor de Aquel que estaba a la puerta, y cayendo de rodillas a sus pies, le adoró.

En las Escrituras se hace constar lo siguiente:

«Así pues, amados hermanos míos. . . la vía para el hombre es angosta, mas se halla en línea recta ante él; y el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; porque él no puede ser engañado pues su nombre es el Señor Dios. (2 Nefi 9:41.)

Yo creo que la salvación y la exaltación no son un asunto de registros celestiales, sino de que el alma se haga merecedora de ellas, lo cual se logra cuando se llega a conocer al Señor.

También está escrito que el que no se sujeta a las leyes de los diversos grados de oportunidades eternas, no puede disfrutar de las bendiciones de esos reinos. Hay quienes no gozarán de las bendiciones de un reino de gloria, y deberán ir, según está escrito, a un reino que no es de gloria (D. y C. 88:22-24).

«Y los que quedaren, también serán vivificados; sin embargo, volverán otra vez a su propio lugar, para gozar de lo que quieren recibir, porque no quisieron gozar de lo que pudieron haber recibido.

Porque, ¿en qué se beneficia un hombre a quien se confiere un don, si no lo recibe? He aquí, ni se regocija con lo que le es dado, ni se regocija en aquel que es el donador.» (D. y C. 88:32-33.)

Todos nosotros disfrutaremos de todas las bendiciones de Dios que estemos dispuestos a recibir.

¿Y en qué forma manifestamos nuestra buena disposición? El profeta contesta:

«. . .¿cómo conocerá un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos e intenciones de su corazón?» (Mosíah 5:13.)

Llegamos a conocer al Señor y a preferirlo cuando le servimos, haciéndonos merecedores de Su amistad y llevándolo siempre en nuestro corazón y en nuestra mente. En nuestras aflicciones, incertidumbres y presentimientos, acudimos en busca de Su consuelo y apoyo. El es siempre accesible para aquellos que lo buscan.

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.» (Mateo 11:28.)

«. . he aquí yo estoy con vosotros», dijo el Señor, y añadió: «hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20).

«No os dejaré huérfanos.» (Juan 14~ 18. )

E1 comprende nuestras debilidades, fatigas y problemas. E1, mejor que nadie, comprende lo que e: sentirse olvidado y solo:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46) Pero para amarle a El y llegar

hasta El, también tenemos que vivir su mandamiento de amarnos los unos a los otros. E1 nos enseñó v nos mostró los senderos que debemos seguir. Cuando regresó a Nazaret y entró en la sinagoga en el día de reposo, abrió el libro de Isaías y leyó en voz alta lo que se había escrito 700 años antes acerca de Su ministerio:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimi-dos. » (Lucas 4:18.)

En la magnífica parábola del retorno del Rey, El nos enseñó de un modo inolvidable nuestra responsabilidad para con el hambriento, el sediento, el forastero, el desnudo, el enfermo y el que está en la cárcel. Dijo: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis».

Mil años antes, por medio de Isaías, El delineó el camino de servicio que esperaba que Sus hijos siguiesen:

«. . .desata las ligaduras de impiedad, suelta las cargas de opresión, y deja ir libres a los quebrantados . . . parte tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes alberga en casa; y cuando veas al desnudo, cúbrelo. . . y sacia al alma afligida.» (Isaías 58:6, 7,10.)

Todos sabemos que necesitamos al Señor, y El ha manifestado claramente que también nos necesita a nosotros como instrumentos para que transmitamos el amor que siente por sus otros hijos.

Una niñita acogida en una institución para niños sin hogar se atrajo el desagrado de las personas que la cuidaban cuando éstas descubrieron la nota que había colocado en la rama de un árbol que sobresalía hacia la calle. La llevaron de inmediato ante el director, el cual al abrir la nota, vio que decía: «A quien encuentre esto: lo quiero mucho».

Los hijos de Dios necesitan ser amados, y tener a alguien a quien amar.

Pero está escrito:

«. . . no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.» (1Juan 3:18.)

«No sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios.» (Efesios 6:6.)

Amulek, tras haber exhortado a la gente a actuar con rectitud y a orar, dijo:

«Y he aquí, amados hermanos míos, os digo que no creáis que esto es todo; porque si después de haber hecho todas estas cosas, despreciáis al indigente y al desnudo y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración será en vano y no os valdrá nada, mas seréis como los hipócritas que niegan la fe.» (Alma 34:28.)

Eso se refiere al amor que es más grande que la fe, más grande que la esperanza, y que se expresa en servicio, en sacrificio y en generosidad.

Algunas de las personas que necesitan de nuestro amor están cerca, a la mano, otras, se encuentran lejos; entre estas últimas hay muchas que vienen a establecerse en nuestros países y nos recuerdan que un número cada vez mayor de exiliados en toda la tierra, necesita nuestra ayuda. Tal vez estamos enterados de algunas de las tragedias actuales que sufren algunos pueblos, sin embargo, el problema del hambriento, el desamparado y el que perdió la esperanza; el pobre y el despreciado, es mucho más grande que lo que la mayoría de nosotros puede comprender.

Hay personas que están cerca y que luchan con problemas por los cuales también debemos interesarnos. Se está realizando una gran obra en la esfera del plan de bienestar y del servicio social, estamos agradecidos al Señor por estas cosas, sin embargo, todo esto tiene el propósito de aumentar nuestra preocupación individual por los extranjeros que hay entre nosotros, por los forasteros de paso, por los descarriados, los ancianos y los enfermos.

Los que han enviudado y los que se han divorciado se sienten angustiosamente desplazados, muchas veces están solos y necesitan recibir aliento y ayuda. Tenemos entre nosotros padres acongojados, que después de haberse esforzado mucho, han visto a sus hijos emprender otros rumbos y ahora se encuentran desconsolados; les sirven de poco los sermones y los éxitos de otros. El número de familias que se quedan con uno solo de los padres va en aumento, y cada una de ellas tiene necesidades especiales que aquellos que nunca las han experimentado no comprenden.

Contamos con el testimonio de las Escrituras de que Dios, el Señor, llora cuando no lo elegimos a El ni nos amamos de verdad los unos a los otros. La situación más triste que cualquiera de nosotros pueda vislumbrar en verdad, el único mal que al fin realmente nos perjudicará, es el de no elegirlo a El, y por eso quedar separados de Su presencia. Y la tragedia que le acompaña, aquella que también acarrea sufrimiento y hace llorar a nuestro Señor, es la de nuestra falta de afecto los unos para con los otros; de afecto expresado en acciones desinteresadas, tema que ha mencionado repetidamente el presidente Kimball, y que implica el servicio cristiano al hambriento, al desnudo, al oprimido, a aquellos que han sido abandonados; a la viuda y al huérfano; al afligido, al quebrantado, al herido, al anciano, al enfermo, y al encarcelado.

Mientras haya en nosotros un aliento de vida, tendremos siempre dos grandes cometidos que cumplir: seguir a Dios y amarnos los unos a los otros. Entonces podremos estar seguros de que lo conoceremos en este mundo y al fin en ese reino que no es de este mundo, donde está:

«. . . Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.

Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá mas llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.» (Apocalipsis 21:3-4. )

Que el Señor nos bendiga para que podamos pasar la prueba, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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