Conferencia General Abril 1982
Activación del sacerdocio
por el obispo Victor L. Brown
Obispo Presidente de la Iglesia
Al cumplir con esta asignación, lo hago con una humilde oración en mi corazón, ya que el tema que se me ha dado es uno de gran importancia, y que no siempre está respaldado por respuestas fáciles y rápidas. Se trata de los pasos que los líderes y miembros del Sacerdocio Aarónico pueden dar para reactivar a los jóvenes inactivos. Por consiguiente, dirigiré mis palabras principalmente a los obispos y a aquellos que cooperan con ellos.
Se perfectamente que todos los que están presentes esta noche saben bien lo que es el Sacerdocio Aarónico. Sin embargo, me gustaría refrescar nuestra memoria al respecto. El nombre de este sacerdocio proviene de Aarón, hermano de Moisés. Debido a las dificultades que Moisés tenía para hablar, Aarón se convirtió en su portavoz. Ellos eran muy unidos, y juntos pasaron por muchas dificultades y problemas. El Señor decidió dar el nombre de Aarón a ese sacerdocio.
Pienso que el acontecimiento más importante de toda la historia en lo tocante al ejercicio de este sacerdocio fue cuando Juan el Bautista bautizo al Salvador en el río Jordán. El hecho siguiente en importancia sucedió el 18 de mayo de 1829, cuando el mismo Juan el Bautista, entonces como un mensajero celestial, coloco las manos sobre la cabeza de José Smith y Oliverio Cowdery, diciéndoles:
«Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este sacerdocio nunca más será quitado de la tierra, hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en justicia. » (D. y C. 13.)
Si tan solo tuviéramos la capacidad de comprender lo que encierra en toda su magnitud el tener las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados, creo firmemente que cada joven que haya sido bautizado estaría ansioso de recibir de todo corazón el Sacerdocio Aarónico y haría todo lo que estuviera a su alcance para llegar a ser digno de él. Tengo la confianza de que hay algunos que sienten de esta manera; pero también hay muchos otros que no.
Todo obispo debe saber la cantidad exacta de jovencitos de su barrio que no han sido ordenados al Sacerdocio Aarónico, cuántos de ellos no poseen el oficio que les correspondería en el sacerdocio según su grado de actividad y la edad, y cuántos de ellos no asisten a ninguna reunión. Cada uno de estos jovencitos es tan hijo de Dios como los activos.
Cómo líderes, ¿cuál es nuestra actitud hacia el porcentaje de activos, en comparación con el de inactivos? Probablemente hayáis escuchado el relato del padre que tenía cuatro hijas. Una noche, cada una de ellas salió con un joven en una cita. Al partir, el padre les advirtió que volvieran a la casa antes de medianoche. La primera regresó a las 22:45, la siguiente a las 22:50 y la tercera a medianoche. Inmediatamente, el padre cerró las puertas, apagó las luces y se fue a dormir. Cuando su esposa le recordó que su cuarta hija aún no había llegado, él le contestó con gran satisfacción: «El setenta y cinco por ciento de nuestras hijas esta en casa, ¿no te parece un buen porcentaje?»
Por lo general resulta fácil querer a aquellos que son activos y responsables, y muy difícil sentir lo mismo por los que son inactivos y rebeldes. Para tener éxito como líder de la juventud, el Señor nos dio una lección que debemos aprender muy bien. Es el relato del hijo pródigo que se encuentra en el capítulo 15 de Lucas.
Recordareis que un padre dividió sus bienes entre sus dos hijos. El menor «se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente». Y cuando el hambre arrasó la provincia en que vivía, comenzó a trabajar para un hombre rico, apacentando cerdos y comiendo del alimento de los animales.
«Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuantos jornaleros en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí padezco de hambre! . . . Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.
«Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a su siervo: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.»
Cuando el hijo mayor, que había permanecido obediente y fiel, se enteró de que su padre se regocijaba con el regreso de su descarriado hermano, se enojó y se quejó porque nadie le había ofrecido a él una fiesta. Entonces su padre le contestó:
«Hijo, tu siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer esta fiesta v regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.» (Lucas 15:11-32.)
La lección que me gustaría recalcar de este pasaje es sobre la importancia del amor. Para tener éxito como maestro de la juventud, uno debe querer verdaderamente a cada uno de los jóvenes sin tener en cuenta si es activo o no. Sin un amor sincero, difícilmente se podrán reunir los requisitos para ser un líder de jóvenes.
De ninguna manera quiero dar a entender que todos, ni aun la mayoría de aquellos que no son activos en sus responsabilidades del sacerdocio, se conducen en la forma que lo hizo el hijo descarriado. Tengo gran fe en la juventud en general pero a pesar de ello, siento que es de extrema importancia que aquellos que no honran su sacerdocio comprendan que han tomado un rumbo que, a menos que lo corrijan, impedirá que reciban el más grande don de Dios a los hombres:
El de la vida eterna y la exaltación.
Me gustaría ahora sugerir la manera en que nosotros, como líderes, podemos ejercer una influencia positiva en la vida de estos jóvenes, a fin de ayudarles a obedecer las leyes del evangelio, y así hacerse acreedores a recibir las bendiciones eternas.
Primero, es importante que ellos sepan quienes son sus líderes. El obispo es el presidente del Sacerdocio Aarónico en su barrio, y también presidente del quórum de presbíteros. Como presidente del Sacerdocio Aarónico, es directamente responsable por cada uno de los jóvenes de entre doce y dieciocho años de edad, sean ordenados al sacerdocio o no. El, por supuesto, no puede hacer por sí mismo todo lo que se requiera, sino que necesita ayuda; no obstante, determina el espíritu con el cual se trabajara.
Un obispo sabio reconocerá en el padre de cada joven a la persona más importante para brindarle ayuda. A veces esto representa un problema, particularmente cuando el padre es inactivo, o no es un miembro de la Iglesia, o cuando no vive en la casa con el resto de la familia. En la mayoría de los casos, no obstante, el padre es la persona que ejerce la mayor influencia en su propio hijo. Los estudios nos indican que los padres de la mayoría de los jóvenes inactivos son también inactivos.
Si se desea que el padre ejerza una influencia positiva en su hijo, el obispo a su vez, por medio de la presidencia del quórum de élderes, y de los maestros orientadores, tendrá que ejercer una influencia positiva en el padre, guiándolo hacia la actividad, o por lo menos a desarrollar en él una actitud positiva que anime a su hijo a ser activo.
Al mismo tiempo, hay otro oficial que puede tener una gran influencia en el joven. Se trata del presidente de su quórum, en combinación con sus consejeros. A menudo no reconocemos la importancia de la influencia que ejercen los compañeros de la misma edad. Por supuesto que si el presidente del quórum ha de tener la debida influencia, debe reconocer y comprender la responsabilidad que tiene para con cada miembro de su quórum. Si al joven se le llama de una manera casual, y si los lideres adultos no reconocen la importancia de su oficio, es muy probable que la actitud del joven sea también muy casual, y por lo tanto, su éxito muy limitado. Si el obispo delega en otra persona la responsabilidad de entrevistar al joven para darle el llamamiento, esto disminuirá la importancia del mismo ante los ojos del joven. El joven debe recibir el llamamiento directamente del presidente del Sacerdocio Aarónico.
Los consejeros en el obispado tienen responsabilidades muy importantes, pero no tienen las llaves de presidencia que el obispo posee. Ellos participan en el proceso de la elección de la persona adecuada pero es el obispo quien toma la decisión final. El presidente del quórum debe saber que el obispado ha orado fervientemente buscando guía y orientación, y que él ha sido elegido mediante inspiración del Señor.
Cuando se llama a un joven de doce o trece años como presidente de un quórum, y sus líderes lo dejan librado a su propia suerte, lo más probable es que el pierda el hilo de su llamamiento y fracase por lo que es de vital importancia que tanto su asesor como otros le enseñen a ser un presidente eficaz. Para ello, el asesor, quien tiene un papel preponderante, no asumirá las responsabilidades del joven, sino que más bien lo entrenara a fin de que pueda progresar en su llamamiento. Sé del caso de un presidente de quórum de diáconos que tiene que haber sido bien capacitado por su asesor como para haber vivido la siguiente experiencia:
Un miembro del comité del Sacerdocio Aarónico de estaca asistió durante varias semanas, y en forma consecutiva, a la reunión de un determinado quórum. Un domingo por la mañana, observó la presencia de un jovencito que no había estado allí antes. Él era un muchacho inactivo, y para su consternación, se le pidió que ofreciera una de las oraciones. Cualquier persona sabe que un jovencito inactivo, que asiste por primera vez a la reunión del sacerdocio, se siente avergonzado si se le pide que ofrezca una oración.
Después de la reunión, este miembro del sumo consejo le preguntó al asesor la razón por la cual el presidente del quórum cometería un error tan tonto. El asesor le respondió: »¿por qué no le pregunta a él?» Cuando lo hizo el joven le contestó: «Esta semana me pase tres días enseñándole cómo orar». A veces estos jóvenes tienen una influencia especial que solamente verdaderos compañeros parecen tener. Pese a ello, necesitan que se les enseñe a guiar a otros.
A pesar de que todos hemos hecho un esfuerzo para disminuir la función de los programas y aumentar la importancia del ser humano en sí, no hemos todavía alcanzado suficiente progreso. A veces desarrollamos un programa y esperamos que todos los jóvenes encajen dentro de él, y si alguno de ellos no lo hace, mala suerte. Espero que se considere cada joven como una persona con intereses, deseos, problemas y talentos particulares. Si así lo aceptamos, entonces el miembro del obispado que tiene responsabilidad sobre el quórum, junto con la presencia de este y su asesor, determinara con mucho cuidado y diplomacia porque los intereses del mundo han llegado a ser más importantes para un joven que su actividad y devoción hacia el sacerdocio. La respuesta a esto se obtendrá prestando cuidadosa atención a todas las necesidades del jovencito. Entonces, los líderes deben asegurarse de presentar los aspectos del sacerdocio de forma tal que despierten el interés de cada joven en particular. Tengo serias dudas de que pueda tenerse éxito en la reactivación de los miembros de un quórum, llevando a la práctica actividades diseñadas sobre la suposición de que todos los jóvenes tienen las mismas inquietudes. Para obtener el éxito deseado, las actividades deben ajustarse a cada joven en forma individual.
Toda actividad del quórum debe tener un propósito en particular, y dicho propósito debe estar enfocado en los principios del evangelio. Por ejemplo, permitidme contaros una experiencia de un joven del Sacerdocio Aarónico en Corea, que pertenecía a una familia de una posición económica desahogada. Un día llamó al padre del joven uno de sus socios para preguntarle si tenía dificultades económicas y para ofrecerle ayuda si fuera necesaria. El padre respondió que todo estaba bien, a lo que el hombre le preguntó: «¿Está usted seguro?» y el padre contestó: «Todo está bien. ¿Por qué me lo pregunta?»
Entonces el hombre le dijo que había visto a su hijo en una esquina vendiendo periódicos. E1 padre no podía creerlo; le dijo que todos los días le daba a su hijo una cantidad de dinero razonable y le preguntó si no lo habría confundido con otro joven. E1 amigo le contestó que no se había equivocado, y que había hablado personalmente con el joven.
Esa tarde, cuando el hijo llegó a su casa de la escuela, el padre le preguntó si había estado vendiendo periódicos en la calle, a lo que él le respondió que sí. Entonces volvió a preguntarle: »¿Por qué? ¿No te alcanza el dinero que te doy?» E1 joven le dijo que sí, pero que tenía un amigo en la escuela que era muy pobre y que iba a tener que dejar de estudiar si no recibía ayuda monetaria. Este joven poseedor del Sacerdocio Aarónico utilizaba el dinero que su padre le daba para comprar periódicos, y entonces, conjuntamente con otros compañeros de clase, los vendían para recolectar dinero y ayudar a su amigo con sus estudios.
Poco tiempo antes de que se descubriera todo esto, el joven había pedido a su madre que le preparara almuerzos más abundantes. Ella lo hizo, pensando que su hijo estaba creciendo y que tenía más apetito. Luego el joven confesó a su padre que estaba compartiendo su almuerzo con ese amigo que no tenía que comer.
El hombre se sintió muy conmovido ante la consideración de su hijo, pero no pudo menos que preguntarle la razón por la cual hacia eso. El joven entonces contesto: «Hace unas pocas semanas tuvimos una lección acerca del buen samaritano, y sentí deseos de aprender el verdadero significado de esta lección actuando y no simplemente en teoría. » (New Era, junio de 1979, pág. 50.)
La vida de un joven cambia cuando participa en esta clase de experiencia espiritual; el sacerdocio adquiere una magnitud y un significado que nunca había tenido, y hay mayores posibilidades de que siempre sea un activo poseedor del sacerdocio. Si las enseñanzas del Salvador penetran profundamente en el corazón de un joven, pueden convertirse en una protección contra las maldades del mundo.
Que yo sepa, no existe ninguna fórmula mágica que reactive a un joven. Para ello se requiere un liderazgo donde impere el interés el cuidado y el amor constante de parte de los adultos y del presidente del quórum, con la ayuda de sus miembros. Lo que hagan debe ser interesante y significativo, y constituir una experiencia singular. La diversión y los juegos no salvarán a ningún joven. Puede ayudarle a sentirse cómodo con sus amigos pero si no obtiene un testimonio de la veracidad del evangelio que le lleve a vivirlo en su plenitud, habremos fracasado en nuestra posición de líderes.
Ruego que seamos perceptivos como para poder ver en lo más profundo del corazón de cada joven y tener la sabiduría de allegarnos a él, tomarlo de la mano y caminar a su lado en el sendero hacia la exaltación y la vida eterna, y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.
























