Divino redentor

Conferencia General Octubre 1981

Divino Redentor

por el élder Neal A. Maxwell
del Consejo de los Doce


Mis hermanos, públicamente expreso mi profunda gratitud al Señor, a nuestro extraordinario y querido presidente Kimball, y a sus consejeros por mi llamamiento al Consejo de los Doce Apóstoles, entre quienes seré el menor de todos.

Quiero expresar también mi profundo agradecimiento a mi es­posa, una mujer extraordinaria en todo sentido; a mis buenos padres y a mis hermanas; y a mis hijos, quienes están dedicados a la obra del reino y han sido sensatos como para buscar compañeros eternos.

Comprendo que mi vida deberá manifestar mi aceptación total de la misión apostólica. Pero hoy, con profunda humildad, mi torpe len­gua tratará de pronunciar palabras de adoración y de testimonio de nuestro divino Redentor.

Aunque se le llame en forma descriptiva Creador, Hijo Primo­génito, Príncipe de Paz, Abogado, Mediador, Hijo de Dios, Salvador, Mesías, autor y consumador de la salvación, Rey de Reyes, testifico que Jesucristo es el único nombre bajo el cielo mediante el cual el hombre puede ser salvo. (Véanse Hechos 4:12; D. y C. 18:23.)

Testifico que Él es totalmente sin igual en cuanto a lo que es, lo que sabe, lo que ha efectuado, y lo que ha experimentado. Y aún así, nos llama tiernamente sus amigos.

Podemos confiar en Él, venerar­lo y adorarlo sin restricción alguna. No hay nadie semejante a Él, el único ser perfecto que ha morado en este planeta.

En inteligencia y en obras, tanto individual como colectivamente, ha sobrepasado la capacidad y los lo­gros de todo ser humano que ha vivido, vive y vivirá.

Él se regocija con nuestra virtud y nuestros logros, más cualquier evaluación de dónde estamos con relación a Él nos indica que, frente a su grandeza, sólo somos dignos de estar de rodillas.

¿Podemos acaso, aun en la inten­sidad de nuestras aflicciones, decir­le algo que Él no sepa sobre el sufrimiento? En maneras que no podemos comprender El sufrió en carne propia nuestras enfermeda­des y flaquezas, aun antes de que nosotros las sufriéramos. (Véanse Alma 7:11-12; Mateo 8:17.) El peso mismo de todos nuestros pecados hizo que Él se sometiera a todo eso. Nunca hemos llegado ni llegaremos a las profundidades del sufrimiento que El experimentó; por ese moti­vo su expiación perfeccionó su capa­cidad para comprendernos y soco­rrernos, por lo cual podemos estar­le eternamente agradecidos mientras Él nos guía por este valle de lágrimas. En el monte Calvario no hubo un carnero que reemplaza­ra a este Amigo de Abraham y de Isaac.

¿Pueden aquellos que anhelan el calor de hogar decirle lo que signifi­ca no tener un techo donde cobijar­se y andar a la deriva? ¿No dijo El acaso en una ocasión que “las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; más el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza”? (Mateo 8:20.)

¿Podemos decirle algo sobre ser calumniado, no comprendido o en­gañado, sobre lo que significa ser abandonado por los amigos?

¿Podemos enseñarle algo sobre la injusticia o comparar las imper­fecciones de los sistemas judiciales con la ley dada por el Legislador perfecto, quien, con dignidad divi­na, sufrió los perversos decretos de uno de esos sistemas?

Y cuando nos sentimos completa­mente solos, ¿podemos atrevernos a hablarle de lo que significa sentir­se desamparado, a Él, que clamó a su Padre en procura de consuelo? (Véase Mateo 27:46.)

Aquellos que no tienen hijos y los anhelan, ¿no cuentan acaso con Su total comprensión? Él amaba a los niños y dijo que “de los tales es el reino de los cielos”, y “uno por uno… les bendijo”, y luego “rogó al Padre por ellos”. “Y cuando hubo hecho esto, lloró de nuevo”. (Véanse Mateo 19:14; 3 Nefi 17:21, 22.)

¿Nos atreveríamos a tratar de enseñarle lo que es la compasión o la misericordia? Aun en el apogeo de su agonía sobre la cruz consoló al ladrón que estaba junto a Él, diciéndole:

“De cierto te digo que hoy esta­rás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:39-43.)

¿Podemos acaso justificar nues­tra conducta transigente diciendo que las tentaciones de buscar una posición social son demasiado fuer­tes? El demostró gran integridad cuando el adversario le hizo una oferta que parecía demasiado tenta­dora para rechazar: “todos los rei­nos del mundo y la gloria de ellos”. (Véase Mateo 4:8.) Más Él la recha­zó.

¿Podemos enseñarle lo que es soportar la burla? Cuando lo hubie­ron crucificado, echaron suertes so­bre lo único que le quedaba, su túnica, a pesar de que la tierra era el estrado de sus pies (véase Mateo 27:35). Jesús dio a la humanidad el agua de vida para que jamás tuvie­ra sed, pero aun así, estando El en la cruz, le dieron a beber vinagre. (Véanse Juan 4:10-19; Mateo 27:48.)

¿Podemos enseñarle lo que es la libertad a Aquel que nos libró de nuestros últimos enemigos, la muerte y el pecado?

¿Pueden los que respetan la liber­tad humana y lamentan los sufri­mientos de la humanidad lograr una verdadera comprensión de estas aflicciones fuera del Evange­lio de Jesucristo?

¿Pueden quienes se preocupan por dar de comer al hambriento aconsejarlo sobre cómo alimentar a las multitudes?

¿Pueden los que se interesan en la medicina enseñarle a sanar al enfermo?

¿Podemos decirle a Él lo que significa sentir el aguijón de la in­gratitud cuando los demás no reco­nocen nuestros servicios? Sólo uno de los diez leprosos agradeció a Jesús, quien preguntó: “Y los nue­ve, ¿dónde están?” (Lucas 17:17.)

¿Pueden aquellos que con sus estudios buscan la forma de prolon­gar la vida instruir al Creador del género humano?

¿Pueden los científicos que tra­tan de descubrir los detalles en el tejido de la verdad instruir al Hace­dor de todo el universo?

¿Podemos enseñarle algo sobre el valor? ¿Podemos correr hacia El para mostrarle nuestras “meda­llas” terrenales, nuestras cicatri­ces, a Él, quien recibió tantas heri­das?

¿Acaso no es la palabra de su poder la que hace que existan nue­vos mundos y hace que otros dejen de ser? (Véase Moisés 1:35-38.) Y aún así, en medio del gobierno de toda la galaxia, con calma, “uno por uno”, (3 Nefi 28:1) El entrevistó a sus Doce Apóstoles, de la misma manera que en otra oportunidad llamó a un joven granjero en el estado de Nueva York para que entrara a Su servicio.

¿Acaso no nos ha invitado El a observar su obra infinita en los cielos para que podamos ver “a Dios obrando en su majestad y poder”? (Véase D. y C., sección 88.) Pero, ¿no lo vemos también “obrando en su majestad y poder” a medida que cada uno de sus “hijos pródigos” regresa a El después de completar su “órbita” mortal?

Aunque sus creaciones son incon­tables para el hombre, aun en esta etapa de técnica altamente desarro­llada, ¿no nos dijo Jesús que aun nuestros cabellos están todos conta­dos? (Véanse Mateo 10:30; Moisés 1:35-38.)

¿Acaso el Jesús resucitado no estuvo junto al encarcelado Pablo diciéndole que tuviera ánimo y lla­mándole para que fuera a Roma? (Véase Hechos 23:11.) En la misma forma, Jesús no desampara al justo en sus momentos de prueba.

¿No renunció este verdadero Pastor al reposo después de la glo­riosa, pero terrible Expiación, para establecer su reino entre las ovejas perdidas que una vez desobedecie­ron en los días de Noé? (Véase 1 Pedro 3:18-20.) ¿Acaso no visitó también a otras ovejas perdidas en las Américas? (Véanse Juan 10:16; 3 Nefi 15:17, 21.) ¿Y aun a otras ovejas? (Véase 3 Nefi 16:1-3.) ¿Qué podemos decirle a Él en cuanto a la preocupación por el ser humano?

No podemos enseñarle nada, pero podemos escucharle. Podemos brindarle nuestro amor, podemos honrarle, podemos adorarle. Pode­mos obedecer sus mandamientos y gozar de sus Escrituras.

Sí, aunque seamos olvidadizos y aun rebeldes, Él nunca nos olvida­rá, pues somos su “obra” y su “glo­ria”.

Por lo tanto, además de la admi­ración infinita que tengo por sus logros y de la adoración que siento por El —y sabiendo que todos los superlativos son muy insignifican­tes para describirlo— como uno de sus testigos especiales en esta dis­pensación testifico de la plenitud de su ministerio.

¡Cómo pueden algunos atreverse a tratar su ministerio como si hubie­ra sido sólo bienaventuranzas y no mandamientos! ¡Cómo puede al­guien ser tan miope para ver sólo la crucifixión y no la resurrección! ¡Cómo se puede ser tan ignorante para percibir sólo la agonía del Cal­vario y no la gloria de Palmyra! ¡Cómo se puede considerar el re­chazo de El en Capernaum y no la total aceptación en la ciudad de Enoc! ¡Cómo pueden medirse Sus efectos por la decadencia en el antiguo Israel y no por las décadas de plenitud en la tierra de Abundan­cia!

Jesucristo es el Jehová del Mar Rojo y del Sinaí, el Señor resucita­do; es el Portavoz del Padre en Palmyra, donde hubo un espectácu­lo glorioso con sólo un invitado.

Él vive hoy, concediendo a todas las naciones su resplandor divino hasta el grado en que puedan sopor­tarlo, y enviando mensajeros que puedan enseñarles. (Véase Alma 29:8.) Y, ¿quién mejor que El, que es la Luz del Mundo, puede discer­nir el grado suave o intenso que deben tener sus divinos rayos?

Sin embargo, pronto, toda carne le verá, y toda rodilla se doblará en su presencia, y toda lengua confesa­rá su santo nombre. Aquellos que nunca doblaron la rodilla para ado­rarle lo harán entonces sin reparo. Y las lenguas que sólo profirieron su nombre para profanarlo lo pro­nunciarán para adorarlo. (Véanse D. y C. 76:110-111; Filipenses 2:10- 11.)

Pronto, Aquel que una vez burlo­namente fue vestido en púrpura vendrá de nuevo ataviado en rojo recordándonos que su sangre nos redimió. (Véase D. y C. 133:48-49.)

Entonces reconoceremos que todos sus juicios son rectos, así como su misericordia, (véase Alma 12:15), y comprenderemos que es nuestra indiferencia hacia Dios, y no la de El hacia la humanidad, lo que causa tanto sufrimiento.

Entonces veremos la verdadera historia de la humanidad, y no “por espejo, obscuramente” (véase 1 Co­rintios 13:12). Las grandes batallas militares parecerán simples foga­tas que ardieron brevemente, y los relatos mortales de la experiencia humana serán meros garabatos en las murallas del tiempo.

Sin embargo, antes de ese momento, tanto vuestro ministerio como el mío se ciarán a conocer durante las circunstancias terribles pero gloriosas de los últimos días. Sí, surgirá una gran unificación en este planeta, pero a su vez se llevará a cabo la reunión gloriosa con nuestros colegas en Cristo de la ciudad de Enoc. Sí, a medida que nación tras nación se conviertan en casas divididas (véase Mateo 12:25), se edificarán unificadoras casas del Señor por todo el planeta. Sí, Armagedón se aproxima, pero Adán-ondi-Ahman también está a la puerta. (Véase D. y C., sección 116.)

Pero, ¿acaso no nos dijo Jesús qué podíamos esperar en cuanto al “fuego devorador” en el último ve­rano? (Véase José Smith—Mateo 38; D. y C. 97:26.) ¿No dijo acaso que en las tribulaciones probaría El nuestra fe y nuestra paciencia?

¿Acaso no estableció la debida proporción cuando habló de los pocos que encontrarían el camino angosto que conduce a la puerta estrecha? (Véase Mateo 7:13-14.) ¿No dijo también que sus santos, esparcidos sobre la faz de la tierra estarían, en medio de la maldad, la conmoción, y la persecución, arma­dos con “la justicia y el poder de Dios”, puesto que Él ha determina­do que tendrá “un pueblo puro”? (Véanse 1 Nefi 14:12-14; D. y C. 100:16.)

Su obra continúa avanzando con una calma similar a la que existe en el ojo de una tempestad. El reina primero en medio de sus santos y pronto reinará en todo el mundo. (Véase D. y C. 1:36; 133:2-3.)

Así que, a medida que las persia­nas de la historia empiezan a ce­rrarse antes de la tempestad, y en la escena humana vuelan los aconte­cimientos como las hojas antes de un huracán, quienes estén junto al resplandor del fuego del evangelio podrán sentir su alma reconfortada con un delicioso sentimiento de se­guridad. Pero, en medio de nuestra certeza, aun entre todas estas cosas, sabemos con seguridad que los propósitos divinos no se frustra­rán. Dios “sabe todas las cosas des­de el principio; por tanto, él prepa­ra la vía para realizar todas sus obras entre los hijos de los hom­bres”. (Véase 1 Nefi 9:6.)

Por lo tanto, humildemente pro­meto que iré a dondequiera que se me enviare, y pronunciaré lo que Él quiera que pronuncie, recono­ciendo con el temor de mi alma que no puedo ser totalmente su testigo especial a menos que mi vida sea totalmente especial. Concluyo con las palabras del himno: “Oh divino Redentor”, las cuales conforman mi plegaria:

¡Ay! No me desampares
aun cuando soy indigno.
¡Escúchame,
Señor, en mi dolor! . . .
Muestra piedad
en mi profunda angustia.
¡Dame tu protección,
te ruego, divino Redentor!
Te ruego me perdones
y de mis pecados
no te acuerdes más.
Ayuda te imploro
¡Oh, mi Salvador!

En el santo nombre de Jesucris­to. Amén.

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